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Radio Ambulante - 240 aves

-
+
15
30

Juan Pablo Culasso nació ciego pero ve cosas que otros nunca podrán.



En nuestro sitio web puedes leer una transcripción del episodio.



Nos tomaremos un descanso de fin de año. Volveremos a publicar episodios el martes 12 de enero. ¡Gracias por escuchar y te deseamos un feliz final de 2020!



La semana pasada alcanzamos nuestro objetivo de financiamiento de 2020. Nos quedan dos semanas de campaña y estiramos el objetivo para llegar más estables a 2021. Si puedes, súmate a Deambulantes hoy y ayúdanos a recoger los $14K USD que nos faltan. Gracias por escucharnos y apoyarnos.

Antes
de
comenzar
tengo
un
anuncio
muy
feliz:
logramos
nuestra
meta
de
financiamiento
del
2020
en
menos
de
un
mes.
Eso
es
gracias
a
ustedes,
a
los
que
ya
formaban
parte
de
Deambulantes,
nuestro
programa
de
membresías,
y
a
los
más
de
1000
nuevos
miembros
que
se
sumaron
durante
la
campaña.
Quedan
menos
de
tres
semanas
del
año
y
nos
pusimos
una
nueva
meta:
queremos
llegar
a
90,000
dólares.
Eso
nos
permitirá
llegar
con
más
estabilidad
a
2021
y
aumentar
la
capacidad
de
nuestro
equipo.
Súmate
hoy
a
Deambulantes
y
ayúdanos
a
conseguir
lo
que
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Todo
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Para
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ve
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radioambulante.org/deambulantes.
¡Muchas
gracias!
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Hoy
regresamos
a
nuestros
archivos,
con
una
historia
que
publicamos
originalmente
en
el
2016.
Y
vamos
hasta
Montevideo,
Uruguay.
Una
profesora
de
Literatura
—creo—
pobrecita,
me
da…
me
da
pena,
demoró
como
tres
meses
para
saber
que
era
ciego.
Juan
Pablo
Culasso
habla
sin
problemas
sobre
su
ceguera.
Hasta
se
puede
reír
de
las
situaciones
difíciles
que
le
han
tocado.
Como
esta
historia
del
liceo,
cuando
una
profesora
ni
siquiera
se
dio
cuenta
que
tenía
un
alumno
ciego
en
el
salón,
a
pesar
de
que
Juan
Pablo
pasaba
la
clase
entera
escribiendo
en
su
máquina
de
escribir
en
Braille.
Escuchaba
un
ruido
espantoso
en
la
sala
de
la
máquina
Perkins,
que
es
como
un
(golpes)
todo
el
tiempo.
Y…
y
no
se
daba
cuenta.
“Ah,
no”
—les
dijo
a
mis
padres—
“yo
escuchaba
un
ruido
en
la
clase,
pero
no
sabía
que
su
hijo
era
ciego”.
“Bueno,
ahora
sabe”.
Bueno,
pero
quizás
más
increíble
es
este
detalle:
el
mismo
Juan
Pablo
tardó
años
en
entender
que
no
veía.
Nació
ciego,
solo
capaz
de
percibir
algunos
tonos
de
luz.
Cuando
era
niño
se
sentaba
frente
a
la
tele
y
decía
que
la
estaba
mirando.
Andaba
en
bicicleta,
patines,
trepaba
los
árboles,
me
caía,
me
arañaba
las
rodillas.
Y
nada
de
que:
“Ah
no,
no.
Que
no
haga
porque
no
ve”.
Y
es
que
sus
padres
hicieron
todo
lo
posible
para
educarlo
sin
barreras.
Pero
no
fue
tan
fácil.
A
lo
largo
de
su
vida
tuvo
que
escuchar
muchas
veces
que
no,
que
no
podía
hacer
muchas
cosas
porque
no
veía.
Todo
por
una
casualidad
genética.
Lo
que
no
sabían
en
esos
primeros
años
era
que
el
futuro
de
Juan
Pablo
iba
a
depender
de
otra
cosa
que
también
nació
con
él.
La
productora
Nausícaa
Palomeque
nos
cuenta.
Juan
Pablo
recuerda
muy
bien
el
momento
cuando
se
dio
cuenta
que
no
veía.
Estaba
en
su
casa
en
el
barrio
del
Prado,
en
Montevideo.
Allí
se
crió
con
sus
padres
y
sus
dos
hermanos.
Tenía
cinco
o
seis
años.
Hasta
esa
edad,
se
orientaba
usando
sus
otros
sentidos.
Por
ejemplo:
memorizaba
los
colores
de
los
vasos
de
su
casa
según
la
forma
que
tenían.
Había
vasos
de
diferente
tamaño
y
cada
vaso
tenía
un
color
distinto.
Y
yo
decía:
“Ah,
este
es
el
amarillo”.
Pero
no
era
porque
sabía
que
era
amarillo,
sino
porque
era
el
que
tenía
la
manija
doble.
Un
día,
estaba
en
la
cocina
y
su
padre
había
comprado
seis
vasos
iguales,
sin
manija.
Ahí
le
dijo:
“A
ver
Juan
Pablo,
dame
el
azul”.
Y
agarré
el
rojo.
Ya
está.
Aprendí.
Pero
Juan
Pablo
dice
que
él
realmente
entendió
lo
que
significaba
ser
ciego
cuando
entró
a
la
escuela
primaria.
Él
iba
a
una
escuela
para
ciegos
por
las
mañanas
y
por
las
tardes…
A
la
escuela
normal,
digamos
así.
La
verdad
es
que
la
mayoría
de
las
escuelas
en
Uruguay
no
estaban
—ni
están—
preparadas
para
recibir
a
niños
ciegos.
Tampoco
los
maestros.
Juan
Pablo
hoy
tiene
casi
30
años,
entonces
estamos
hablando
de
los
años
ochenta
y
pico.
En
esa
primera
escuela
a
la
que
fui,
la
maestra
de
primer
año
me
mandaba
a
otra
sala
con
no
qué
otra
maestra,
porque
decía
que
no
soportaba
tener
un
niño
ciego
en
la
clase.
Bueno,
empezando
por
ahí.
Después
se
intentó
buscar
una
salida.
¿Cuál
es
la
salida
cuando
vos
decís
que
en
el
colegio
público
no
se
puede?
Ir
a
un
colegio
privado.
Pero
ahí
tampoco
tuvieron
suerte.
Era
el
mismo
colegio
católico
donde
había
ido
su
mamá.
Pensaban
que
ahí
iban
a
tener
más
posibilidades.
Y
las
señoras
monjas
le
dijeron:
“Ah,
no.
No
podemos
aceptarlo
acá
porque
no
sabemos
enseñarle
tampoco.
No
tenemos
pedagogía”.
Y,
bueno,
ahí
se
fueron
las
doñas
monjas.
Eh,
les
mando
un
saludo
a
las
monjas.
Finalmente
encontraron
una
escuela
que
lo
aceptó.
Pero
a
Juan
Pablo
y
a
su
familia
les
tocó
adaptarse
a
un
sistema
diseñado
para
niños
que
no
tienen
ninguna
discapacidad.
Por
ejemplo,
con
sus
tareas…
Era
mucho
más
fácil
que
mi
padre
se
quedara
hasta
altas
horas
de
la
madrugada
traduciendo
los
trabajos
que
yo
hacía
en
braille.
Letra
en
braille,
él
la
escribía
en
tinta.
Letra
en
braille,
letra
en
tinta.
Una
arriba
de
la
otra.
Estaba
horas
escribiendo.
Por
lo
menos
con
sus
compañeros
de
clase,
las
cosas
no
estaban
tan
mal.
Yo
tenía
mis
amigos.
Íbamos
corriendo
para
acá,
entonces
yo…
yo
lo
agarraba
de
la
espalda,
de
la
túnica,
e
iba
corriendo
con
él.
Y
con
el
fútbol
también,
me
dejaban
tirar
los
penales
a
mí.
A
veces,
cuando
había
profesores
suplentes,
Juan
Pablo
se
divertía
burlándose
de
su
propia
ceguera.
Llegaba
un
profesor,
empezaba
a
escribir:
“Profesor”.
“Sí,
dígame”.
“La
quinta
línea,
tercera
palabra,
tiene
un
error
de
ortografía,
le
falta
el
acento”.
Y
claro,
mi
clase
se
mataba
de
la
risa.
Y
el
profesor
no
entendía
después
por
qué.
Cuando
miraban
que
era
ciego…
En
el
liceo
—que
viene
a
ser
la
secundaria
en
Uruguay—
las
cosas
siguieron
complicadas.
Juan
Pablo
recuerda
muy
bien
a
una
profesora
de
Biología.
“Ah,
pero
Juan
Pablo
no
va
a
poder
ver
al
microscopio”.
Es
obvio
que
no,
que
no
voy
a
ver
nada,
aunque
quisiera
no
voy
a
ver,
querida.
Y
una
profesora
de
Español
que
le
dijo
a
su
madre
en
una
reunión…
“¿Por
qué
no
lo
manda
a
un
liceo
para
ciegos?”
Pero
eso
no
es
el
mundo
real.
El
mundo
real
es
esa
otra
selva
justamente,
la
que
viví
en
el…
en
el
liceo.
Profesores
que
era
mucho
más
fácil
poner
el
“aprobado”,
porque
les
costaba…
les
costaba
supuestamente,
no
sabían
cómo
enseñar
o
qué
yo.
La
profesora
ni
siquiera
sabía
que
en
Uruguay
no
existen
liceos
para
ciegos.
Las
leyes
uruguayas
hablan
de
integración
y
de
inclusión;
es
decir,
que
en
la
secundaria,
todos
los
alumnos
compartan
la
misma
clase.
Pero
en
la
práctica,
muchos
estudiantes
ciegos
no
logran
egresar
de
la
escuela
primaria,
y
terminan
haciendo
algún
curso
particular
o
algún
taller
para
discapacitados.
Ya
como
adolescente,
todo
se
complicó
aún
más
para
Juan
Pablo.
Ya
los…
los…
los
objetivos
para
la
gran
mayoría
de
personas
son
otros:
a
ver
quién
está
con
quién,
a
quién
te
agarraste,
a
quién…
dónde
fuiste
a
bailar,
que
no
qué.
Y
yo
dije:
“Ah
bueno,
¿qué
pasa
con
esto
que
yo
no
estoy
haciendo
lo
mismo?”.
Entonces
Juan
Pablo
se
refugió
en
su
casa,
en
los
libros,
escuchando
programas
de
televisión
y
en
el
piano.
Yo
de
niño
toqué
ocho
años
piano
y
adquirí
una
educación
musical
muy
fuerte.
Pero
no
fue
fácil.
Sus
padres
tuvieron
que
ir
de
profesor
en
profesor,
tratando
de
convencerlos
de
que
adaptaran
sus
clases
para
su
hijo.
Enseñarle
a
un
niño
ciego
es
muy
complicado.
Finalmente
encontraron
a
Susie,
una
señora
bajita,
de
voz
muy
cálida
y
con
mucha
paciencia.
Susie
nunca
había
tenido
experiencia
con
ciegos,
pero
aprendió
con
Juan
Pablo.
Ella
inventó
un
método
para
que
Juan
Pablo
leyera
las
partituras
con
sus
dedos.
Me
hacía
todos
los
pentagramas
en
relieve,
las
figuras:
blancas,
negras,
redondas,
corcheas,
semicorcheas.
Las
hacía
todas
en
cartón
para
que
yo
supiera
la
forma
que
tenían.
Y
me
aprendía
todas
las
partituras
de
oído.
De
memoria.
Música
de
siete,
ocho,
nueve
carillas.
Y
eso
proporcionó
que
yo
adquiriera
teoría
musical.
Juan
Pablo
tenía
muy
buena
memoria.
Avanzó
muy
rápido.
Y
un
día,
paseando
con
su
padre…
Estábamos
en
el
río
Arapey
y
mi
padre
tiraba
piedras
al
agua
y
yo
le
decía:
“Esta
piedra
es
un
do,
esta
es
un
fa,
esta
es
un
mi,
esta
es
un
re”.
Y
ahí
le
dijimos
a
la
profesora
de
piano:
“Mira,
Juan
Pablo
hizo
tal
y
tal
y
tal
cosa
en
el
río,
¿qué
es
esto?”.
Y
Susie
les
dijo:
“Eso
se
llama
oído
absoluto”.
Susie
les
explicó
que
es
una
condición
bastante
particular
que
tiene
poca
gente
en
el
mundo,
como
uno
en
diez
mil.
Un
oído
absoluto
es
básicamente
identificar
todas
las
frecuencias
sonoras
que
están
alrededor
tuyo,
en
notas
musicales,
discriminar,
filtrar
todo
lo
que
está
alrededor
mío.
Por
ejemplo,
si
tocás
este
acorde,
alguien
con
oído
absoluto
puede
decirte
que
las
notas
son:
do-mi-sol.
Solo
con
escucharlo.
Sin
mirar
el
piano
y
sin
que
le
hayas
tocado
una
nota
de
referencia
antes
del
acorde.
Quizás
suene
muy
simple,
pero
poder
hacer
esto,
incluso
entre
músicos,
es
una
rareza.
Quizás
puedan
entrenar
su
oído
para
reconocer
estas
notas,
pero
nunca
con
la
precisión
de
alguien
con
oído
absoluto.
Un
día,
el
afinador
de
pianos
fue
a
la
casa
de
Juan
Pablo.
Y
le
digo:
“Está
con
un
problema
esto”.
Bueno,
lo
empezó
a
afinar,
estaba
desafinado,
bastante.
Y…
la
nota
fundamental
de
la
música
es
el
440
hertz.
Es
un
la.
Y
él
toca
un
la,
me
dice:
“¿Así
está
bien?”.
Y:
“No,
yo
creo
que
le
falta”.
Y
agarra
el
diapasón
electrónico…
Que
es
una
máquina
para
medir
la
frecuencia
de
las
notas.
Lo
mide
y
le
dio
438
hertz.
“Bueno,
va,
afino
un
poco
más”.
¡Pin!,
le
dio
de
nuevo.
“¿A
ver
qué
tal?”.
“No,
creo
que
te
pasaste”.
Le
dio
441
hertz.
Entonces
digamos
que
el
oído
absoluto
te
permite
ese
tipo
de…
de…
de
animaladas
musicales.
También
pueden
identificar
notas
en
sonidos
como
alarmas,
zumbidos,
o
en
esta
bocina
de
barco,
que
para
alguien
con
oído
absoluto
es
un
fa
sostenido.
Es
un
fenómeno
que
se
ve
mucho
más
en
personas
que
nacieron
ciegas.
Tiene
que
ver
con
el
desarrollo
del
oído
en
esos
primeros
años.
Juan
José,
el
padre
de
Juan
Pablo,
se
entusiasmó
con
esta
noticia
y
decidió
inventar
un
juego
sonoro
para
su
hijo.
En
la
casa
tenían
una
enciclopedia
con
grabaciones
de
cientos
de
pájaros.
Su
papá
lo
puso
a
escuchar
esos
discos.
Y
yo
los
memorizaba.
Entonces
él
me
ponía:
“Ah,
¿cuál
es
la
número
144?”.
Yo
decía
tal:
“El
uro…
urogallo”.
Y
ahí
aplicaba
no
sólo
la
memoria,
sino
su
oído
absoluto,
porque
con
este
podía
identificar
notas
en
cada
trino
y
asociarlas
como
si
fueran
parte
de
una
composición
musical.
El
sonido
del
cardenal,
por
ejemplo,
es
un
conjunto
de
notas
musicales
que
están
en
la
quinta
octava,
o
sexta
octava
del
piano.
Un
conjunto
de
acordes,
una
escala
musical
compuesta,
un
ritmo
diferente
—staccatos—.
Yo
asocio
toda
esa
información
para
grabar
en
mi
cabeza
cómo
canta
tal
especie
de
ave.
Su
padre
empezó
a
llevarlo
al
campo
para
buscar
aves
y
aprender
a
identificarlas.
Y
cuando
tenía
quince
años,
en
una
de
esas
excursiones,
Juan
Pablo
conoció
a
una
persona
que
sería
clave.
El
nombre
de
él
es
Santiago
Claramount.
Formaba
parte
de
un
grupo
de
observadores
de
pájaros
que
salía
a
grabar
e
identificar
sus
sonidos.
En
Uruguay
hay
450
especies
distintas.
Para
poner
esto
en
contexto,
es
una
cuarta
parte
de
las
que
hay
en
todo
Brasil.
Ese
día
estaban
buscando
aves
emigrando
hacia
el
sur
para
grabarlas.
En
algún
momento
Santiago
le
pasó
su
equipo
de
grabación
y
le
dijo:
“Bueno,
Juan
Pablo,
acá
tenés
el
grabador,
el
micrófono.
Este
es
rec,
play
y
preciso
que
grabes
tal,
tal
y
tal
cosa”.
Es
más…
es
decir,
“arréglate
como
puedas,
este,
yo
tengo
que
hacer
otras
cosas,
grabá”.
Y
a
partir
de
ahí,
cuando
él
me
dio
aquel
grabador,
dije:
“Ta,
esto
es
lo
que
yo
quiero
hacer”.
Empezó
a
hacerlo
como
un
hobby.
Seguía
pensando
en
dedicarse
a
una
carrera
más
común
para
alguien
ciego.
Entró
a
la
universidad
pública
para
estudiar
Relaciones
Internacionales,
pero
desde
el
principio
no
le
fue
bien.
Lo
mismo
cuando
trató
de
inscribirse
a
una
escuela
para
aprender
inglés.
No
me
aceptaron
porque
decían
que
el
curso
era
extremamente
visual
y
la
pedagogía
de
la
institución
se
enseñaba
el
inglés
a
través
de
muchos
conceptos
visuales.
“Bueno,
perfecto,
entonces”,
digo,
“sigo
aprendiendo
inglés
solo,
de
la…
de
la
manera
que
pueda”.
Y
¿qué
es
lo
que
pasa?
Vas
a
una
entrevista
de
trabajo
y
decís:
“¿Inglés
tiene?
Bueno,
¿dónde
está
el…
el
diploma?”.
Y:
“No,
no
lo
tengo”.
“¿Y
por
qué
no
lo
tiene?”.
“Porque
no
me
quisieron
aceptar
en
tal
lugar
o
tal
otro,
qué
se
yo”.
Y
ahí
está
el…
el
círculo
vicioso,
¿no?
Hay
algunas
carreras
que
están
más
al
alcance
de
una
persona
ciega,
como
literatura,
filosofía
e
historia.
Y
cuando
se
gradúa…
Ahí
intenta
entrar
en
el
servicio
público,
en
el
Estado.
Y
entran,
ganando
su
salario.
Algunos
son
subaprovechados
pero
cobran
el
sueldo
todos
los
meses
y
no
les
importa.
Y…
pero
yo
no
quiero
eso
para
mi
vida.
Yo
quiero
que
me
traten
como
a
un
profesional.
No
quiero
que
hagan
filantropía.
No
quiero
que
me
den
menos
cosas
para
hacer
porque
es
ciego.
Quiero
que
sea
extraído
todo
mi
potencial
en
lo
que
yo
hacer.
Así
que
Juan
Pablo
decidió
abandonar
sus
estudios
universitarios
y
ver
si
podía
ganarse
la
vida
haciendo
lo
que
más
le
gustaba:
grabar
sonidos
de
la
naturaleza.
Una
pausa
y
volvemos.
¿Qué
es
lo
que
nos
hace
humanos?
¿Por
qué
somos
como
somos?
Cada
semana
TED
Radio
Hour
de
NPR
explora
las
increíbles
fuerzas
que
moldean
nuestra
existencia.
Escucha
ahora
para
conocer
historias
increíbles
y
reflexiones
sobre
nuestra
existencia
compartida.
¿Qué
se
necesita
para
comenzar
algo
de
la
nada?,
¿y
qué
se
necesita
realmente
para
construirlo?
Todas
las
semanas
en
How
I
Built
This,
Guy
Raz
habla
con
los
fundadores
de
algunas
de
las
compañías
más
inspiradoras
del
mundo.
How
I
Built
This
de
NPR.
Escucha
y
comparte
con
tus
amigos.
Hola
hola,ambulantes,
¿ya
se
registraron
para
el
Radio
Ambulante
Fest?
La
serie
de
conversaciones
con
pioneros
del
periodismo
en
audio
cerrará
este
jueves
con
Sarah
Koenig,
creadora
y
host
de
Serial,
el
cual
marca
un
antes
y
un
después
en
el
mundo
del
podcast.
Hablaremos
sobre
los
retos
periodísticos
y
narrativos
de
producir
series.
Ven
con
tus
preguntas
y
apúntate
ya
en
radioambulante.org/fest.
Hola,
soy
Xóchitl
y
les
traigo
una
idea:
¿qué
tal
visitar
la
tienda
virtual
de
Radio
Ambulante
para
escoger
sus
regalos
de
fiestas
de
fin
de
año?
Nuestros
productos
son
tan
buenos
como
nuestras
historias,
y
ahora
tenemos
stickers
y
un
set
de
postales
con
ilustraciones
bellas
y
perfectas
para
recordar
en
la
distancia
a
quienes
quieres.
Visita
radioambulante.org/tienda.
Enviamos
a
todo
el
mundo.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
pausa
escuchábamos
cómo
Juan
Pablo
estaba
luchando
por
encontrar
un
camino
en
la
vida.
Él
quería
una
carrera
convencional,
un
trabajo
entre
comillas
“normal”,
pero
su
ceguera
en
Uruguay,
traía
consigo
un
montón
de
rechazos.
Juan
Pablo
se
sentía
frustrado,
así
que
decidió
abandonar
su
plan
y
dedicarse
a
su
verdadera
pasión:
escuchar
el
mundo
que
lo
rodeaba.
Nausícaa
nos
sigue
contando.
Justamente
en
este
tiempo,
el
padre
de
Juan
Pablo
consiguió
un
trabajo
en
Brasil.
Juan
Pablo
se
fue
con
él
y
buscó
alguien
con
quien
pudiera
seguir
aprendiendo.
Increíblemente
ahí
se
conectó
con
uno
de
los
sonidistas
más
prestigiosos
a
nivel
internacional.
Un
francés
llamado
Jacques
Belliar
en
el
quinto
laboratorio
más
grande
de
sonido
del
mundo.
Él
me
recibe
y
me
dice:
“¿Qué
querés
venir
a
hacer
acá?”.
“No.
Yo
quiero
venir
a
aprender
y
a…
a
adquirir
conocimiento”.
“Pero
mirá
que
yo
no…
no
te
puedo
pagar
nada
por
estar
acá,
por
trabajar
conmigo
ahora”
que
no
qué.
“No,
no
profesor,
no
se
preocupe.
Yo
vengo
a
aprender”.
“Bueno,
entonces
si
venís
a
aprender
el
martes
que
viene
te
quiero
acá”.
De
pronto
se
están
preguntando
qué
hay
que
aprender
para
ser
sonidista
profesional.
Bueno,
son
varias
cosas:
cómo
usar
distintas
grabadoras
y
micrófonos,
saber
no
solo
cuándo
usar
cuál
sino
cómo
y
dónde
colocarlos.
Y
después
está
todo
el
tema
de
digitalización
y
edición
de
sonido.
Por
dos
años,
Juan
Pablo
aprendió
todo
esto
en
el
laboratorio
de
Jacques.
En
2008,
su
padre
le
regaló
su
primer
equipo
de
grabación.
Y
dos
años
después,
sacó
su
primer
CD.
Juan
Pablo
empezó
a
dar
conferencias
y
a
grabar
discos
como
material
didáctico.
Casi
todo
gratis.
Así
grabó,
por
ejemplo,
los
sonidos
en
el
Bañado
de
los
Indios,
en
la
costa
de
Uruguay.
Tenemos
garibaldinos,
junqueros,
teros,
hay
algunos
loros.
Aprendió
mucho.
Hoy
Juan
Pablo
puede
identificar
cientos
de
sonidos
de
pájaros.
Está
el
carao,
cardenal
azul,
bandurria.
Pero
era
algo
todo
muy
amateur,
porque
yo
hacía
mis
CD’s,
ganaba
un
poco
de
plata
pero
la
usaba
para
mejorar
mis
equipos.
Siempre
con
ese
afán
de
mejorar,
y
mejorar,
y
mejorar
los
equipos.
Pero
lo
que
ganaba
no
le
daba
para
independizarse.
Nadie
gana
bien
en
esta
profesión
y
los
equipos
para
grabar
son
caros.
Mucha
gente
te
dice:
“Ah,
qué
lindo,
qué
lindo,
qué
lindo”.
Y…
y
vos
pedís
alguna
ayuda,
un
patrocinio,
mostrás
que…Y
nadie
te
da
nada.
Incluso
llegó
a
pensar
en
volver
a
estudiar
una
carrera
humanística.
Pero
el
5
de
junio
2013,
le
llegó
un
email
de
un
programa
de
National
Geographic.
¡Bienvenidos
SuperCerebros!
Mi
nombre
es
Rafael
Araneada.
SuperCerebros
es
un
game
show
hecho
por
National
Geographic
que
intenta
buscar
la
persona
con
la
mente
más
brillante.
Es
un
concurso
de
diferentes
talentos.
Era
la
primera
competencia
de
SuperCerebros
en
Latinoamérica.
Dije:
“Opa,
bueno,
¿quién
sabe
si
no
se
da
por
acá?
¿Quién
sabe
si
no
es
una…
una
oportunidad?
Vamos
a…
vamos
a
intentar”.
Algo
que
siempre
dice
mi
padre,
que
yo
siempre
digo
que
lo
digo
yo,
pero
es
mentira.
No,
lo
dice
mi
padre:
“El
no
uno
ya
lo
tiene”.
Entonces
envió
los
datos
necesarios
para
postularse.
Y
soy
seleccionado
entre
trescientos
candidatos
de
toda
América
Latina.
¡Bienvenido
Juan
Pablo
desde
Uruguay!
Juan
Pablo
recuerda
muy
bien
lo
que
sintió
cuando
se
subió
por
primera
vez
al
escenario
del
programa.
Como
puede
percibir
los
tonos
de
luz,
recuerda
que
había
una
luz
enorme.
Un
foco
de
esos
que…
que
te
golpean
los
ojos
y
te
los
hacen
cerrar.
Y
la
gente
aplaudiendo.
Dije:
“Uf,
¿dónde
me
metí?,
¿qué
es
esto?”.
Ta,
bajé
la
escalerita,
fui
hasta
el
sillón,
me
senté:
“Bueno,
ya
estamos
acá”.
Ahora…
es
como…
es
como
donde
te
tiras
en
un
trampolín
y
vas
chapotear
a
una
piscina.
Estás
en
una
caída
libre
así.
Te
dejás
llevar.
No
hay
otra.
El
programa
tiene
dos
etapas:
la
primera
—aunque
suene
raro—
se
llama
semifinal.
Dividen
a
los
veinte
participantes
en
cinco
grupos
de
cuatro.
O
sea,
hay
cinco
semifinales.
Y
los
ganadores
de
cada
grupo
llegan
a
la
final.
En
mi
caso,
eh,
competí
contra
Carmen
de
Colombia,
Arturo
de
Perú,
y
Roberto
de
México.
Todos
los
participantes
tenían
talentos
realmente
insólitos.
Puedo
memorizar
cualquier
información
en
muy
corto
tiempo.
Carmen
tenía
memoria
binaria,
que
básicamente
es
números
binarios:
cero,
uno,
blanco,
negro.
Arturo,
de
Perú,
era
muy
bueno
en
cálculo
matemático:
Qué
yo,
sacar
la
raíz
cuadrada
de
147,508
y
te
la
dice
muy
rápido.
Cuando
era
muy
pequeño
mi
padre
revisaba
cálculos,
y
yo
daba
los
resultados
sin
que
me
lo
dijeran.
Roberto
de
México
tenía
una
memoria
increíble
a
corto
plazo.
Te
muestran
un…
una
cantidad
de
datos
por
un
número
limitado
de
tiempo
y
te
los
tenés
que
acordar
todos
muy
rápido.
Y
estaba
yo
con
los
pajaritos.
Juan
Pablo
te
voy
a
hacer
una
pregunta,
¿estás
listo
para
poner
a
prueba
tu
memoria
auditiva?
Más
listo
que
nunca.
Más
listo
que
nunca.
Por
lo
tanto,
Juan
Pablo,
tu
reto
mental
comienza
ahora.
Su
primera
prueba
consistió
en
identificar
diez
sonidos
al
azar,
de
un
total
de
240
cantos
de
aves.
Y
yo
tenía
que
decir
el
nombre
científico
de
esa
ave,
en
latín.
Cantortirus
longilostrus.
Próxima
ave.
Eso
es
un
Caracara
plancus.
Juan
Pablo
se
preparó
bien.
Estudió
durante
semanas.
Pero
dudó
con
uno
de
los
nombres.
Próxima
ave.
No
me
lo
acordaba,
no
me
lo
acordaba,
y
dije:
“Ah,
la
puta
madre,
no
puedo
perder
acá”.
Y
ahí
plin,
se
prendió
la
lamparita,
y
me…
y
me
lo
acordé.
Este
es
un
poco
largo.
Es
un
Pseudoleistes
guirahuro.
Faltan
tres.
Al
final
logró
identificar
los
diez
sonidos.
Si
yo
digo
Drymophila…
Drymophila
squamata.
¡Felicitaciones
Juan
Pablo!
¡Lo
hiciste
increíble!
Después
de
esa
primera
etapa,
los
participantes
pasaron
a
la
votación
del
jurado.
Yo
me
preocupé
muchísimo
en
que
lo
que
se
evaluara
sea
mi
habilidad.
El
público
sabía
que
él
era
ciego,
porque
entró
con
su
perra
guía,
Rania,
que
lo
acompaña
a
todos
lados.
Pero…
Jamás,
eh,
hice
ningún
tipo
de
discurso
de
pobre,
o
de
pobre
cieguito
que
le
cuesta
todo
en
la
vida.
Para
dar
pena,
no.
Yo
me
encargué
de
que
las
personas,
el
conductor
y
todas
las
preguntas
fueran
direccionadas
a
mi
trabajo,
a
mi
habilidad.
Roberto
de
México
se
equivocó
en
su
prueba
y
fue
eliminado.
Entonces
el
público
tenía
que
decidir
si
Juan
Pablo,
Arturo
o
Carmen
ganaban
la
semifinal.
Y
eso…
ese…
esos
segundos
de
la
votación,
cuando
el
conductor
dice:
“Bueno,
pueden
votar
ahora”.
Yo
te
juro
no
sabía
dónde
estaba.
Casi,
este,
ehm…
no
sentí
el
suelo.
Estaba
como:
“¿Qué
está
pasando?”.
El
corazón
me
estaba
latiendo
muy
rápido
y
cuando
él
dijo:
“Ya
tenemos
un
resultado”.
El
público
ya
votó.
El
vencedor
o
la
vencedora
de
este
episodio
es…
Y
él
hizo
un
tiempo
como
de
cuarenta
segundos.
Juan
Pablo
le
agarró
la
mano
a
Carmen,
que
también
estaba
compitiendo
para
llegar
a
la
final.
Hasta
que
el
presentador,
Rafael,
anuncia
el
ganador:
¡Juan
Pablo
de
Uruguay!
¡Increíble!
Inmediatamente,
Juan
Pablo
se
tiró
al
suelo
y
abrazó
a
su
perra
guía
Rania.
Nos
despedimos…
Con…
¡SuperCerebros!
¡Eso!
Y
el
show
termina.
Apagan
las
luces,
empiezan
a
desarmar
el
escenario,
y
Juan
Pablo
pasa
a
un
cuarto
donde
los
asistentes
de
producción
le
preguntan
cómo
se
siente.
Algo
pasaba
porque
yo
ya
no
le
podía
responder.
Eh…
Digamos
que
me
costaba
medio
que
respirar.
Y
me
piden
ahí
una…
una
silla
para
sentarme
y
viene
Rafael
y:
“¿Qué
te
pasa?”.
Y…
“Hablá
algo,
decí
algo”.
Yo
intentaba…
Bueno,
en
fin,
no
cómo
decírtelo.
Sólo
había
ganado
la
semifinal
y
el
premio
era
4,500
dólares.
Pero
estaba
eufórico.
Más
que
por
la
plata…
Porque
fueron
muchos
años
laburando
con
esto
y
ningún
reconocimiento,
¿viste?
Y…
y
cuando
paso
esa…
esa
primera
etapa
y…
no
hay
cómo.
Lloré
muchísimo.
Eh…
no
podía
casi
hablar.
Llamé
a
mi
viejo,
le
conté
que
finalmente
se
había
dado.
Naturalmente
que
él
se
quebró
al
teléfono.
No
hay
otra,
no
hay
otra…
Porque
siempre
estuvo,
¿viste?
Siempre
pagó
todo,
este,
me
ayudó
contra
viento
y
marea,
de
adentro
y
de
afuera.
Pocos
días
después,
grabaron
la
final.
Juan
Pablo
competía
contra
otros
cuatro
finalistas.
Y
atención.
El
ganador
del
título
de
SuperCerebros,
con
un
premio
de
45,000
dólares.
Y
este
es…
Y,
bueno,
ya
se
imaginarán.
Es
de
Uruguay.
¡Y
es
Juan
Pablo!
Juan
Pablo
ganó.
Festejé,
todo
lo
demás.
Hablé
con
todo
el
mundo.
Pero
el
choque
emocional
no
fue
tan
fuerte
como
en
la
semifinal.
Cuarenta
y
cinco
mil
dólares
no
es
una
suma
despreciable
para
nadie.
Para
Juan
Pablo
tampoco.
Pero
lo
más
valioso
no
fue
el
dinero.
Sí,
obviamente,
el
premio
es
muy
importante.
Pero
mostrar
que
si
una
persona
ciega
puede
hacer
cosas
dis…
distintas
a
las
que
la
sociedad
cree,
es
algo
que
no
se
puede
pagar,
digamos.
No,
no
tiene
un
valor.
Es
prácticamente
incalculable
para
mí.
Y
eso
es
lo
más
importante.
Cambiar
un
poco
la
imagen
que
la
sociedad
tiene
de
las
personas
con
algún
tipo
de
discapacidad.
Con
el
dinero
compró
los
mejores
equipos.
Y
con
el
prestigio
del
premio
logró
viajar
a
grabar
a
la
estación
uruguaya
en
la
Antártida,
que
es
una
de
las
experiencias
más
interesantes
para
cualquier
sonidista.
Cumbre
del
glaciar
de
Collins,
un
frío
espantoso.
Pero
no
le
cambió
la
vida.
Los
problemas
siguen.
Hoy,
Juan
Pablo
se
está
preparando
para
postularse
a
una
carrera
de
sonido
en
una
universidad
en
Canadá.
Hasta
el
momento,
ni
en
Uruguay
ni
en
Brasil
lo
han
aceptado.
Y
las
razones
siguen
siendo
las
mismas
que
escuchó
cuando
era
niño:
que
no,
que
no
se
puede
porque
todavía
no
han
aprendido
cómo
enseñarle
a
un
ciego.
Pero
para
él,
es
diferente:
Yo
siempre
digo
que
ustedes
que
ven
son
limitados,
porque
el
sentido
de
la
vista
te
permite
ver
hacia
adelante
unos
70
grados,
más
o
menos.
Si
colocamos
la
cabeza
en
línea
recta.
Por
el
contrario,
yo
puedo
ver
el
mundo
a
360
grados,
porque
las
informaciones
me
entran
por
todos
lados:
izquierda,
derecha,
atrás,
adelante.
Por
eso
yo
digo
que
eso:
ustedes
ven
menos
que
yo. Juan
Pablo
ahora
vive
en
Colombia
con
su
esposa.
No
llegó
a
estudiar
una
carrera
en
sonido,
pero
sigue
trabajando
en
su
pasión.
En
2017
tuvo
una
experiencia
inolvidable:
fue
invitado
al
laboratorio
de
ornitología
de
la
Universidad
de
Cornell
a
dar
una
conferencia.
Y
ahí
pudo
visitar
la
fonoteca
más
grande
del
mundo.
Ha
seguido
publicando
guías
sonoras
de
aves,
pero
ahora
con
el
apoyo
de
organizaciones
ambientales
internacionales
muy
importantes.
Y
este
año,
junto
a
un
compañero,
ganó
un
premio
en
Colombia
con
el
proyecto
de
la
primera
ruta
de
aviturismo
para
personas
con
discapacidad
visual
de
Suramérica.
Recibieron
50
mil
dólares
para
lanzar
esa
ruta
en
el
Bosque
de
Niebla
de
San
Antonio,
en
Cali.
Nausícaa
Palomeque
es
periodista
uruguaya.
Vive
en
Montevideo.
Coprodujo
esta
historia
con
Martina
Castro.
Martina
es
la
CEO
de
Adonde
Media.
Parte
de
los
sonidos
naturales
que
escucharon
durante
la
historia
fueron
grabados
por
Juan
Pablo.
Pueden
encontrar
más
en
su
página
web,
sonidosinvisibles.com.uy
Esta
historia
fue
editada
por
Camila
Segura,
Silvia
Viñas
y
por
mí.
La
música
y
el
diseño
de
sonido
son
de
Andrés
Azpiri.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Paola
Alean,
Lisette
Arévalo,
Jorge
Caraballo,
Aneris
Casassus,
Victoria
Estrada,
Xochitl
Fabián,
Rémy
Lozano,
Miranda
Mazariegos,
Barbara
Sawhill,
David
Trujillo,
Elsa
Liliana
Ulloa
y
Desirée
Yépez.
Fernanda
Guzmán
es
nuestra
pasante
editorial.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios,
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
¿Estás
aprendiendo
español?
¿Te
encantan
los
podcasts?
Of
course
you
do!
You’re
listening
right
now!
If
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► Antes de comenzar tengo un anuncio muy feliz: logramos nuestra meta de financiamiento del 2020 en menos de un mes. Eso es gracias a ustedes, a los que ya formaban parte de Deambulantes, nuestro programa de membresías, y a los más de 1000 nuevos miembros que se sumaron durante la campaña. Quedan menos de tres semanas del año y nos pusimos una nueva meta: queremos llegar a 90,000 dólares. Eso nos permitirá llegar con más estabilidad a 2021 y aumentar la capacidad de nuestro equipo. Súmate hoy a Deambulantes y ayúdanos a conseguir lo que falta. Todo sirve. Para donar ve a radioambulante.org/deambulantes. ¡Muchas gracias! Bienvenidos a Radio Ambulante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Hoy regresamos a nuestros archivos, con una historia que publicamos originalmente en el 2016. Y vamos hasta Montevideo, Uruguay. Una profesora de Literatura —creo— pobrecita, me da… me da pena, demoró como tres meses para saber que era ciego. Juan Pablo Culasso habla sin problemas sobre su ceguera. Hasta se puede reír de las situaciones difíciles que le han tocado. Como esta historia del liceo, cuando una profesora ni siquiera se dio cuenta que tenía un alumno ciego en el salón, a pesar de que Juan Pablo pasaba la clase entera escribiendo en su máquina de escribir en Braille. Escuchaba un ruido espantoso en la sala de la máquina Perkins, que es como un (golpes) todo el tiempo. Y… y no se daba cuenta. “Ah, no” —les dijo a mis padres— “yo escuchaba un ruido en la clase, pero no sabía que su hijo era ciego”. “Bueno, ahora sabe”. Bueno, pero quizás más increíble es este detalle: el mismo Juan Pablo tardó años en entender que no veía. Nació ciego, solo capaz de percibir algunos tonos de luz. Cuando era niño se sentaba frente a la tele y decía que la estaba mirando. Andaba en bicicleta, patines, trepaba los árboles, me caía, me arañaba las rodillas. Y nada de que: “Ah no, no. Que no haga porque no ve”. Y es que sus padres hicieron todo lo posible para educarlo sin barreras. Pero no fue tan fácil. A lo largo de su vida tuvo que escuchar muchas veces que no, que no podía hacer muchas cosas porque no veía. Todo por una casualidad genética. Lo que no sabían en esos primeros años era que el futuro de Juan Pablo iba a depender de otra cosa que también nació con él. La productora Nausícaa Palomeque nos cuenta. Juan Pablo recuerda muy bien el momento cuando se dio cuenta que no veía. Estaba en su casa en el barrio del Prado, en Montevideo. Allí se crió con sus padres y sus dos hermanos. Tenía cinco o seis años. Hasta esa edad, se orientaba usando sus otros sentidos. Por ejemplo: memorizaba los colores de los vasos de su casa según la forma que tenían. Había vasos de diferente tamaño y cada vaso tenía un color distinto. Y yo decía: “Ah, este es el amarillo”. Pero no era porque sabía que era amarillo, sino porque era el que tenía la manija doble. Un día, estaba en la cocina y su padre había comprado seis vasos iguales, sin manija. Ahí le dijo: “A ver Juan Pablo, dame el azul”. Y agarré el rojo. Ya está. Aprendí. Pero Juan Pablo dice que él realmente entendió lo que significaba ser ciego cuando entró a la escuela primaria. Él iba a una escuela para ciegos por las mañanas y por las tardes… A la escuela normal, digamos así. La verdad es que la mayoría de las escuelas en Uruguay no estaban —ni están— preparadas para recibir a niños ciegos. Tampoco los maestros. Juan Pablo hoy tiene casi 30 años, entonces estamos hablando de los años ochenta y pico. En esa primera escuela a la que fui, la maestra de primer año me mandaba a otra sala con no sé qué otra maestra, porque decía que no soportaba tener un niño ciego en la clase. Bueno, empezando por ahí. Después se intentó buscar una salida. ¿Cuál es la salida cuando vos decís que en el colegio público no se puede? Ir a un colegio privado. Pero ahí tampoco tuvieron suerte. Era el mismo colegio católico donde había ido su mamá. Pensaban que ahí iban a tener más posibilidades. Y las señoras monjas le dijeron: “Ah, no. No podemos aceptarlo acá porque no sabemos enseñarle tampoco. No tenemos pedagogía”. Y, bueno, ahí se fueron las doñas monjas. Eh, les mando un saludo a las monjas. Finalmente encontraron una escuela que lo aceptó. Pero a Juan Pablo y a su familia les tocó adaptarse a un sistema diseñado para niños que no tienen ninguna discapacidad. Por ejemplo, con sus tareas… Era mucho más fácil que mi padre se quedara hasta altas horas de la madrugada traduciendo los trabajos que yo hacía en braille. Letra en braille, él la escribía en tinta. Letra en braille, letra en tinta. Una arriba de la otra. Estaba horas escribiendo. Por lo menos con sus compañeros de clase, las cosas no estaban tan mal. Yo tenía mis amigos. Íbamos corriendo para acá, entonces yo… yo lo agarraba de la espalda, de la túnica, e iba corriendo con él. Y con el fútbol también, me dejaban tirar los penales a mí. A veces, cuando había profesores suplentes, Juan Pablo se divertía burlándose de su propia ceguera. Llegaba un profesor, empezaba a escribir: “Profesor”. “Sí, dígame”. “La quinta línea, tercera palabra, tiene un error de ortografía, le falta el acento”. Y claro, mi clase se mataba de la risa. Y el profesor no entendía después por qué. Cuando miraban que era ciego… En el liceo —que viene a ser la secundaria en Uruguay— las cosas siguieron complicadas. Juan Pablo recuerda muy bien a una profesora de Biología. “Ah, pero Juan Pablo no va a poder ver al microscopio”. Es obvio que no, que no voy a ver nada, aunque quisiera no voy a ver, querida. Y una profesora de Español que le dijo a su madre en una reunión… “¿Por qué no lo manda a un liceo para ciegos?” Pero eso no es el mundo real. El mundo real es esa otra selva justamente, la que viví en el… en el liceo. Profesores que era mucho más fácil poner el “aprobado”, porque les costaba… les costaba supuestamente, no sabían cómo enseñar o qué sé yo. La profesora ni siquiera sabía que en Uruguay no existen liceos para ciegos. Las leyes uruguayas hablan de integración y de inclusión; es decir, que en la secundaria, todos los alumnos compartan la misma clase. Pero en la práctica, muchos estudiantes ciegos no logran egresar de la escuela primaria, y terminan haciendo algún curso particular o algún taller para discapacitados. Ya como adolescente, todo se complicó aún más para Juan Pablo. Ya los… los… los objetivos para la gran mayoría de personas son otros: a ver quién está con quién, a quién te agarraste, a quién… dónde fuiste a bailar, que no sé qué. Y yo dije: “Ah bueno, ¿qué pasa con esto que yo no estoy haciendo lo mismo?”. Entonces Juan Pablo se refugió en su casa, en los libros, escuchando programas de televisión y en el piano. Yo de niño toqué ocho años piano y adquirí una educación musical muy fuerte. Pero no fue fácil. Sus padres tuvieron que ir de profesor en profesor, tratando de convencerlos de que adaptaran sus clases para su hijo. Enseñarle a un niño ciego es muy complicado. Finalmente encontraron a Susie, una señora bajita, de voz muy cálida y con mucha paciencia. Susie nunca había tenido experiencia con ciegos, pero aprendió con Juan Pablo. Ella inventó un método para que Juan Pablo leyera las partituras con sus dedos. Me hacía todos los pentagramas en relieve, las figuras: blancas, negras, redondas, corcheas, semicorcheas. Las hacía todas en cartón para que yo supiera la forma que tenían. Y me aprendía todas las partituras de oído. De memoria. Música de siete, ocho, nueve carillas. Y eso proporcionó que yo adquiriera teoría musical. Juan Pablo tenía muy buena memoria. Avanzó muy rápido. Y un día, paseando con su padre… Estábamos en el río Arapey y mi padre tiraba piedras al agua y yo le decía: “Esta piedra es un do, esta es un fa, esta es un mi, esta es un re”. Y ahí le dijimos a la profesora de piano: “Mira, Juan Pablo hizo tal y tal y tal cosa en el río, ¿qué es esto?”. Y Susie les dijo: “Eso se llama oído absoluto”. Susie les explicó que es una condición bastante particular que tiene poca gente en el mundo, como uno en diez mil. Un oído absoluto es básicamente identificar todas las frecuencias sonoras que están alrededor tuyo, en notas musicales, discriminar, filtrar todo lo que está alrededor mío. Por ejemplo, si tocás este acorde, alguien con oído absoluto puede decirte que las notas son: do-mi-sol. Solo con escucharlo. Sin mirar el piano y sin que le hayas tocado una nota de referencia antes del acorde. Quizás suene muy simple, pero poder hacer esto, incluso entre músicos, es una rareza. Quizás puedan entrenar su oído para reconocer estas notas, pero nunca con la precisión de alguien con oído absoluto. Un día, el afinador de pianos fue a la casa de Juan Pablo. Y le digo: “Está con un problema esto”. Bueno, lo empezó a afinar, sí estaba desafinado, bastante. Y… la nota fundamental de la música es el 440 hertz. Es un la. Y él toca un la, me dice: “¿Así está bien?”. Y: “No, yo creo que le falta”. Y agarra el diapasón electrónico… Que es una máquina para medir la frecuencia de las notas. Lo mide y le dio 438 hertz. “Bueno, va, afino un poco más”. ¡Pin!, le dio de nuevo. “¿A ver qué tal?”. “No, creo que te pasaste”. Le dio 441 hertz. Entonces digamos que el oído absoluto te permite ese tipo de… de… de animaladas musicales. También pueden identificar notas en sonidos como alarmas, zumbidos, o en esta bocina de barco, que para alguien con oído absoluto es un fa sostenido. Es un fenómeno que se ve mucho más en personas que nacieron ciegas. Tiene que ver con el desarrollo del oído en esos primeros años. Juan José, el padre de Juan Pablo, se entusiasmó con esta noticia y decidió inventar un juego sonoro para su hijo. En la casa tenían una enciclopedia con grabaciones de cientos de pájaros. Su papá lo puso a escuchar esos discos. Y yo los memorizaba. Entonces él me ponía: “Ah, ¿cuál es la número 144?”. Yo decía tal: “El uro… urogallo”. Y ahí aplicaba no sólo la memoria, sino su oído absoluto, porque con este podía identificar notas en cada trino y asociarlas como si fueran parte de una composición musical. El sonido del cardenal, por ejemplo, es un conjunto de notas musicales que están en la quinta octava, o sexta octava del piano. Un conjunto de acordes, una escala musical compuesta, un ritmo diferente —staccatos—. Yo asocio toda esa información para grabar en mi cabeza cómo canta tal especie de ave. Su padre empezó a llevarlo al campo para buscar aves y aprender a identificarlas. Y cuando tenía quince años, en una de esas excursiones, Juan Pablo conoció a una persona que sería clave. El nombre de él es Santiago Claramount. Formaba parte de un grupo de observadores de pájaros que salía a grabar e identificar sus sonidos. En Uruguay hay 450 especies distintas. Para poner esto en contexto, es una cuarta parte de las que hay en todo Brasil. Ese día estaban buscando aves emigrando hacia el sur para grabarlas. En algún momento Santiago le pasó su equipo de grabación y le dijo: “Bueno, Juan Pablo, acá tenés el grabador, el micrófono. Este es rec, play y preciso que grabes tal, tal y tal cosa”. Es más… es decir, “arréglate como puedas, este, yo tengo que hacer otras cosas, grabá”. Y a partir de ahí, cuando él me dio aquel grabador, dije: “Ta, esto es lo que yo quiero hacer”. Empezó a hacerlo como un hobby. Seguía pensando en dedicarse a una carrera más común para alguien ciego. Entró a la universidad pública para estudiar Relaciones Internacionales, pero desde el principio no le fue bien. Lo mismo cuando trató de inscribirse a una escuela para aprender inglés. No me aceptaron porque decían que el curso era extremamente visual y la pedagogía de la institución se enseñaba el inglés a través de muchos conceptos visuales. “Bueno, perfecto, entonces”, digo, “sigo aprendiendo inglés solo, de la… de la manera que pueda”. Y ¿qué es lo que pasa? Vas a una entrevista de trabajo y decís: “¿Inglés tiene? Bueno, ¿dónde está el… el diploma?”. Y: “No, no lo tengo”. “¿Y por qué no lo tiene?”. “Porque no me quisieron aceptar en tal lugar o tal otro, qué se yo”. Y ahí está el… el círculo vicioso, ¿no? Hay algunas carreras que están más al alcance de una persona ciega, como literatura, filosofía e historia. Y cuando se gradúa… Ahí intenta entrar en el servicio público, en el Estado. Y entran, ganando su salario. Algunos son subaprovechados pero cobran el sueldo todos los meses y no les importa. Y… pero yo no quiero eso para mi vida. Yo quiero que me traten como a un profesional. No quiero que hagan filantropía. No quiero que me den menos cosas para hacer porque es ciego. Quiero que sea extraído todo mi potencial en lo que yo sé hacer. Así que Juan Pablo decidió abandonar sus estudios universitarios y ver si podía ganarse la vida haciendo lo que más le gustaba: grabar sonidos de la naturaleza. Una pausa y volvemos. ¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Por qué somos como somos? Cada semana TED Radio Hour de NPR explora las increíbles fuerzas que moldean nuestra existencia. Escucha ahora para conocer historias increíbles y reflexiones sobre nuestra existencia compartida. ¿Qué se necesita para comenzar algo de la nada?, ¿y qué se necesita realmente para construirlo? Todas las semanas en How I Built This, Guy Raz habla con los fundadores de algunas de las compañías más inspiradoras del mundo. How I Built This de NPR. Escucha y comparte con tus amigos. Hola hola,ambulantes, ¿ya se registraron para el Radio Ambulante Fest? La serie de conversaciones con pioneros del periodismo en audio cerrará este jueves con Sarah Koenig, creadora y host de Serial, el cual marca un antes y un después en el mundo del podcast. Hablaremos sobre los retos periodísticos y narrativos de producir series. Ven con tus preguntas y apúntate ya en radioambulante.org/fest. Hola, soy Xóchitl y les traigo una idea: ¿qué tal visitar la tienda virtual de Radio Ambulante para escoger sus regalos de fiestas de fin de año? Nuestros productos son tan buenos como nuestras historias, y ahora tenemos stickers y un set de postales con ilustraciones bellas y perfectas para recordar en la distancia a quienes quieres. Visita radioambulante.org/tienda. Enviamos a todo el mundo. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa escuchábamos cómo Juan Pablo estaba luchando por encontrar un camino en la vida. Él quería una carrera convencional, un trabajo entre comillas “normal”, pero su ceguera en Uruguay, traía consigo un montón de rechazos. Juan Pablo se sentía frustrado, así que decidió abandonar su plan y dedicarse a su verdadera pasión: escuchar el mundo que lo rodeaba. Nausícaa nos sigue contando. Justamente en este tiempo, el padre de Juan Pablo consiguió un trabajo en Brasil. Juan Pablo se fue con él y buscó alguien con quien pudiera seguir aprendiendo. Increíblemente ahí se conectó con uno de los sonidistas más prestigiosos a nivel internacional. Un francés llamado Jacques Belliar en el quinto laboratorio más grande de sonido del mundo. Él me recibe y me dice: “¿Qué querés venir a hacer acá?”. “No. Yo quiero venir a aprender y a… a adquirir conocimiento”. “Pero mirá que yo no… no te puedo pagar nada por estar acá, por trabajar conmigo ahora” que no sé qué. “No, no profesor, no se preocupe. Yo vengo a aprender”. “Bueno, entonces si venís a aprender el martes que viene te quiero acá”. De pronto se están preguntando qué hay que aprender para ser sonidista profesional. Bueno, son varias cosas: cómo usar distintas grabadoras y micrófonos, saber no solo cuándo usar cuál sino cómo y dónde colocarlos. Y después está todo el tema de digitalización y edición de sonido. Por dos años, Juan Pablo aprendió todo esto en el laboratorio de Jacques. En 2008, su padre le regaló su primer equipo de grabación. Y dos años después, sacó su primer CD. Juan Pablo empezó a dar conferencias y a grabar discos como material didáctico. Casi todo gratis. Así grabó, por ejemplo, los sonidos en el Bañado de los Indios, en la costa de Uruguay. Tenemos garibaldinos, junqueros, teros, hay algunos loros. Aprendió mucho. Hoy Juan Pablo puede identificar cientos de sonidos de pájaros. Está el carao, cardenal azul, bandurria. Pero era algo todo muy amateur, porque yo hacía mis CD’s, ganaba un poco de plata pero la usaba para mejorar mis equipos. Siempre con ese afán de mejorar, y mejorar, y mejorar los equipos. Pero lo que ganaba no le daba para independizarse. Nadie gana bien en esta profesión y los equipos para grabar son caros. Mucha gente te dice: “Ah, qué lindo, qué lindo, qué lindo”. Y… y vos pedís alguna ayuda, un patrocinio, mostrás que…Y nadie te da nada. Incluso llegó a pensar en volver a estudiar una carrera humanística. Pero el 5 de junio 2013, le llegó un email de un programa de National Geographic. ¡Bienvenidos SuperCerebros! Mi nombre es Rafael Araneada. SuperCerebros es un game show hecho por National Geographic que intenta buscar la persona con la mente más brillante. Es un concurso de diferentes talentos. Era la primera competencia de SuperCerebros en Latinoamérica. Dije: “Opa, bueno, ¿quién sabe si no se da por acá? ¿Quién sabe si no es una… una oportunidad? Vamos a… vamos a intentar”. Algo que siempre dice mi padre, que yo siempre digo que lo digo yo, pero es mentira. No, lo dice mi padre: “El no uno ya lo tiene”. Entonces envió los datos necesarios para postularse. Y soy seleccionado entre trescientos candidatos de toda América Latina. ¡Bienvenido Juan Pablo desde Uruguay! Juan Pablo recuerda muy bien lo que sintió cuando se subió por primera vez al escenario del programa. Como puede percibir los tonos de luz, recuerda que había una luz enorme. Un foco de esos que… que te golpean los ojos y te los hacen cerrar. Y la gente aplaudiendo. Dije: “Uf, ¿dónde me metí?, ¿qué es esto?”. Ta, bajé la escalerita, fui hasta el sillón, me senté: “Bueno, ya estamos acá”. Ahora… es como… es como donde te tiras en un trampolín y vas chapotear a una piscina. Estás en una caída libre así. Te dejás llevar. No hay otra. El programa tiene dos etapas: la primera —aunque suene raro— se llama semifinal. Dividen a los veinte participantes en cinco grupos de cuatro. O sea, hay cinco semifinales. Y los ganadores de cada grupo llegan a la final. En mi caso, eh, competí contra Carmen de Colombia, Arturo de Perú, y Roberto de México. Todos los participantes tenían talentos realmente insólitos. Puedo memorizar cualquier información en muy corto tiempo. Carmen tenía memoria binaria, que básicamente es números binarios: cero, uno, blanco, negro. Arturo, de Perú, era muy bueno en cálculo matemático: Qué sé yo, sacar la raíz cuadrada de 147,508 y te la dice muy rápido. Cuando era muy pequeño mi padre revisaba cálculos, y yo daba los resultados sin que me lo dijeran. Roberto de México tenía una memoria increíble a corto plazo. Te muestran un… una cantidad de datos por un número limitado de tiempo y te los tenés que acordar todos muy rápido. Y estaba yo con los pajaritos. Juan Pablo te voy a hacer una pregunta, ¿estás listo para poner a prueba tu memoria auditiva? Más listo que nunca. Más listo que nunca. Por lo tanto, Juan Pablo, tu reto mental comienza ahora. Su primera prueba consistió en identificar diez sonidos al azar, de un total de 240 cantos de aves. Y yo tenía que decir el nombre científico de esa ave, en latín. Cantortirus longilostrus. Próxima ave. Eso es un Caracara plancus. Juan Pablo se preparó bien. Estudió durante semanas. Pero dudó con uno de los nombres. Próxima ave. No me lo acordaba, no me lo acordaba, y dije: “Ah, la puta madre, no puedo perder acá”. Y ahí plin, se prendió la lamparita, y me… y me lo acordé. Este es un poco largo. Es un Pseudoleistes guirahuro. Faltan tres. Al final logró identificar los diez sonidos. Si yo digo Drymophila… Drymophila squamata. ¡Felicitaciones Juan Pablo! ¡Lo hiciste increíble! Después de esa primera etapa, los participantes pasaron a la votación del jurado. Yo me preocupé muchísimo en que lo que se evaluara sea mi habilidad. El público sabía que él era ciego, porque entró con su perra guía, Rania, que lo acompaña a todos lados. Pero… Jamás, eh, hice ningún tipo de discurso de pobre, o de pobre cieguito que le cuesta todo en la vida. Para dar pena, no. Yo me encargué de que las personas, el conductor y todas las preguntas fueran direccionadas a mi trabajo, a mi habilidad. Roberto de México se equivocó en su prueba y fue eliminado. Entonces el público tenía que decidir si Juan Pablo, Arturo o Carmen ganaban la semifinal. Y eso… ese… esos segundos de la votación, cuando el conductor dice: “Bueno, pueden votar ahora”. Yo te juro no sabía dónde estaba. Casi, este, ehm… no sentí el suelo. Estaba como: “¿Qué está pasando?”. El corazón me estaba latiendo muy rápido y cuando él dijo: “Ya tenemos un resultado”. El público ya votó. El vencedor o la vencedora de este episodio es… Y él hizo un tiempo como de cuarenta segundos. Juan Pablo le agarró la mano a Carmen, que también estaba compitiendo para llegar a la final. Hasta que el presentador, Rafael, anuncia el ganador: ¡Juan Pablo de Uruguay! ¡Increíble! Inmediatamente, Juan Pablo se tiró al suelo y abrazó a su perra guía Rania. Nos despedimos… Con… ¡SuperCerebros! ¡Eso! Y el show termina. Apagan las luces, empiezan a desarmar el escenario, y Juan Pablo pasa a un cuarto donde los asistentes de producción le preguntan cómo se siente. Algo pasaba porque yo ya no le podía responder. Eh… Digamos que me costaba medio que respirar. Y me piden ahí una… una silla para sentarme y viene Rafael y: “¿Qué te pasa?”. Y… “Hablá algo, decí algo”. Yo intentaba… Bueno, en fin, no sé cómo decírtelo. Sólo había ganado la semifinal y el premio era 4,500 dólares. Pero estaba eufórico. Más que por la plata… Porque fueron muchos años laburando con esto y ningún reconocimiento, ¿viste? Y… y cuando paso esa… esa primera etapa y… no hay cómo. Lloré muchísimo. Eh… no podía casi hablar. Llamé a mi viejo, le conté que finalmente se había dado. Naturalmente que él se quebró al teléfono. No hay otra, no hay otra… Porque siempre estuvo, ¿viste? Siempre pagó todo, este, me ayudó contra viento y marea, de adentro y de afuera. Pocos días después, grabaron la final. Juan Pablo competía contra otros cuatro finalistas. Y atención. El ganador del título de SuperCerebros, con un premio de 45,000 dólares. Y este es… Y, bueno, ya se imaginarán. Es de Uruguay. ¡Y es Juan Pablo! Juan Pablo ganó. Festejé, todo lo demás. Hablé con todo el mundo. Pero el choque emocional no fue tan fuerte como en la semifinal. Cuarenta y cinco mil dólares no es una suma despreciable para nadie. Para Juan Pablo tampoco. Pero lo más valioso no fue el dinero. Sí, obviamente, el premio es muy importante. Pero mostrar que si una persona ciega puede hacer cosas dis… distintas a las que la sociedad cree, es algo que no se puede pagar, digamos. No, no tiene un valor. Es prácticamente incalculable para mí. Y eso es lo más importante. Cambiar un poco la imagen que la sociedad tiene de las personas con algún tipo de discapacidad. Con el dinero compró los mejores equipos. Y con el prestigio del premio logró viajar a grabar a la estación uruguaya en la Antártida, que es una de las experiencias más interesantes para cualquier sonidista. Cumbre del glaciar de Collins, un frío espantoso. Pero no le cambió la vida. Los problemas siguen. Hoy, Juan Pablo se está preparando para postularse a una carrera de sonido en una universidad en Canadá. Hasta el momento, ni en Uruguay ni en Brasil lo han aceptado. Y las razones siguen siendo las mismas que escuchó cuando era niño: que no, que no se puede porque todavía no han aprendido cómo enseñarle a un ciego. Pero para él, es diferente: Yo siempre digo que ustedes que ven son limitados, porque el sentido de la vista te permite ver hacia adelante unos 70 grados, más o menos. Si colocamos la cabeza en línea recta. Por el contrario, yo puedo ver el mundo a 360 grados, porque las informaciones me entran por todos lados: izquierda, derecha, atrás, adelante. Por eso yo digo que eso: ustedes ven menos que yo. Juan Pablo ahora vive en Colombia con su esposa. No llegó a estudiar una carrera en sonido, pero sigue trabajando en su pasión. En 2017 tuvo una experiencia inolvidable: fue invitado al laboratorio de ornitología de la Universidad de Cornell a dar una conferencia. Y ahí pudo visitar la fonoteca más grande del mundo. Ha seguido publicando guías sonoras de aves, pero ahora con el apoyo de organizaciones ambientales internacionales muy importantes. Y este año, junto a un compañero, ganó un premio en Colombia con el proyecto de la primera ruta de aviturismo para personas con discapacidad visual de Suramérica. Recibieron 50 mil dólares para lanzar esa ruta en el Bosque de Niebla de San Antonio, en Cali. Nausícaa Palomeque es periodista uruguaya. Vive en Montevideo. Coprodujo esta historia con Martina Castro. Martina es la CEO de Adonde Media. Parte de los sonidos naturales que escucharon durante la historia fueron grabados por Juan Pablo. Pueden encontrar más en su página web, sonidosinvisibles.com.uy Esta historia fue editada por Camila Segura, Silvia Viñas y por mí. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Jorge Caraballo, Aneris Casassus, Victoria Estrada, Xochitl Fabián, Rémy Lozano, Miranda Mazariegos, Barbara Sawhill, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Desirée Yépez. Fernanda Guzmán es nuestra pasante editorial. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar. ¿Estás aprendiendo español? ¿Te encantan los podcasts? Of course you do! You’re listening right now! 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