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Radio Ambulante - A la distancia

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15
30

Antonio Romo Reyes creció en un barrio complicado de Los Ángeles, California, soñando con convertirse en soldado. Como una forma de escapar de la violencia y el crimen, Antonio se enlistó en los Marines apenas cumplió los requisitos, y sirvió durante la Primera Guerra de Irak. Pero como es el caso con muchos otros veteranos, al volver, la vida de Antonio cambió radicalmente. La guerra te marca... A veces de maneras que no creías posible.

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en
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barrio,
en
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país:
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quisieras
que
te
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de
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tus
preguntas
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Tu
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podría
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el
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de
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un
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Recuerda:
radioambulante.org/pregunta
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Gracias.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Hoy
tenemos
una
historia
de
la
periodista
estadounidense
Jenny
Barchfield.
Es
la
historia
de
un
soldado,
de
su
servicio
militar.
Y
todo
comienza
en
un
barrio
de
Los
Ángeles
California.
Se
llama
Lynwood.
Allí,
a
mediados
de
los
años
80,
creció
Antonio
Romo
Reyes,
Rodeado
de…
Pandillas
y
violencia,
policías,
siempre
con
las
patrullas
chillando
y…
o
balaceras
entre
pandillas.
No
era
una
cosa
agradable
que
digamos.
Antonio
—o
Tony,
como
le
gusta
que
le
digan—
vivía
en
una
casa
modesta.
Tenía
8
hermanos.
Sus
papás
eran
mexicanos,
y
como
miles,
habían
migrado
hacia
los
Estados
Unidos
en
busca
de
una
vida
mejor.
Aqui
Jenny
nos
sigue
contando…
Tony
se
acuerda
que
su
papá
siempre
les
decía…
Tenemos
que
estudiar
y
trabajar.
Hacer
lo
mejor.
Muy
estricto
mi
papá.
Todos
los
días,
después
del
colegio,
Tony
y
uno
de
sus
hermanos
iban
al
centro
comunitario
donde
trabajaban.
Con
lo
que
les
pagaban,
ayudaban
en
los
gastos
de
la
casa.
Y
bueno,
esa
era
la
vida
de
Tony:
su
familia.
Socializaba
muy
poco
con
los
otros
muchachos
del
barrio.
Era
muy,
este,
aislado.
Nunca
me
iba
de
callejero.
Nunca,
nunca.
En
sus
ratos
libres,
veía
muchas
películas.
En
una
parte
del
mundo
donde
no
hay
reglas…
Las
que
más
le
gustaban
eran
las
de
acción.
Siempre
me
encantó
jugar
soldado
desde
niño.
Me
encantaban
las
armas,
y
hasta
la
fecha.
O
sea,
para
las
armas
son
un
mecanismo,
igual
que
a
un
mecanico
le
gusta
el
motor.
A
me
gustan
las
armas.
Es
como
un
arte
para
mí.
Su
papá
había
sido
soldado
en
el
ejército
mexicano.
Y
el
sueño
de
Tony
era
seguir
sus
pasos
en
el
ejército
más
fuerte
del
mundo:
el
de
los
Estados
Unidos.
Pero
Tony
no
hablaba
mucho
del
asunto…
Mi
mamá
no
me
hubiera
dejado
ir,
porque
quiere
a
sus
hijos
alrededor
de
ella.
Eran
sus
chamacos.
Y
no,
no
hubiera
estado
de
acuerdo.
Así
que
cuando
cumplió
la
mayoría
de
edad,
Tony
fue
al
centro
de
reclutamiento
en
Los
Ángeles
sin
decirle
a
nadie.
Quería
entrar
a
las
Fuerzas
Armadas,
al
Army
como
se
le
dice
en
inglés,
pero…
Como
llegué
a
la
hora
del
almuerzo,
el
reclutador
del
Army
no
estaba
en
su
oficina.
Solo
había
una
persona:
el
reclutador
de
lo
que
en
inglés
se
conoce
como
los
Marines.
Son
los
que
se
encargan
de
misiones
de
alto
riesgo
en
todo
el
mundo.
Y
Tony
se
acordó
de
inmediato
de
una
película
que
había
visto
la
semana
anterior.
¡Este
es
mi
rifle,
esta
es
mi
arma!
¡Esto
es
para
pelear,
esto
es
para
divertirse!
Se
llamaba
Full
Metal
Jacket.
¡Este
es
mi
rifle,
esta
es
mi
arma!
¡Esto
es
para
pelear,
esto
es
para
divertirse!
Full
Metal
Jacket.
La
famosa
película
de
Stanley
Kubrick.
Pónganse
de
pie
como
si
tuvieran
un
par.
¡Señor,
señor!
Para
los
que
no
la
han
visto,
narra
las
experiencias
de
un
grupo
de
Marines
durante
la
Guerra
de
Vietnam.
Ustedes
serán
un
arma,
serán
un
ministro
de
la
muerte,
rezando
por
más…
Es
una
película
que
muchos
interpretan
como
una
denuncia
a
la
violencia.
Pero
Tony
no
la
vio
con
esos
ojos.
Me
encantó
mucho.
Esa
película
fue
la
que
me
inspiró…
Le
sedujo
la
disciplina
militar,
tan
opuesta
a
toda
la
violencia
y
descontrol
que
veía
en
su
barrio.
Pero
además,
el
reclutador
le
habló
de
unos
beneficios
que
eran
muy
atractivos:
un
salario
relativamente
bueno,
una
pensión
al
final
del
servicio,
y
un
seguro
médico.
Y
para
Tony,
que
quería
seguir
sus
estudios
en
algún
momento,
había
otro
beneficio.
“Mira,
si
te
vas
‘Active
Duty’,
activo,
en
vez
de
reservas,
puedes
tomar
cualquier
clase
de
universidad,
la
que
quieras,
sin
pagar,
sin
pagar
un
cinco”.
Y
dije,
“wow,
ok,
ok,
activo.
Sí,
quiero.
Activo”.
Estaba
decidido.
Esa
misma
semana
hizo
algunas
pruebas.
Las
pasó
y
firmó
un
contrato:
3
años
de
servicio
activo,
y
5
años
en
las
reservas.
Y
Tony
recuerda
que
el
domingo
siguiente…
Eran
las
4,
5
de
la
tarde.
Mi
papá
estaba
fuera
tomando
el
sol,
y
yo
jugando
con
mis
3
hermanitos.
Y
en
una
de
esas
llega
el
reclutador,
el
sargento.
Con
uniforme.
En
un
jeep
oficial
del
ejército.
Y
me
pregunta:
“Are
you
ready?”
—¿Listo?—.
“Pues
sí”
[risa].
Mi
mamá
y
mi
papá
se
quedaron
como:
“¿A
dónde
vas?”.
“Ya
me
voy
a
la
Marina,
ya”.
Nomás
se
me
quedaron
viendo
y…
pues,
no,
no
me
despedí
de
ellos
de
abrazo
ni
nada
eso.
Aún
todavía
me
arrepiento
de
eso.
Mis
hermanos
se
quedaron
tristes.
Casi
fue
la
última
vez
que
los
vi
en
bastante
tiempo.
El
sargento
llevó
a
Tony
al
centro
de
reclutamiento
donde
había
otros
jóvenes
como
él.
Ese
mismo
día
se
los
llevaron
en
un
bus
a
la
base
de
los
Marines
en
San
Diego,
California.
Tony
recuerda
que
al
llegar
se
abrieron
unas
puertas
enormes.
El
autobús
entró
y
estacionó.
Y
antes
de
poderse
bajar
se
sube
un
tipo.
Entra
con
su
gorra,
muy
estricto,
una
cara
muy
seria.
Muy
rudo,
se
ve
como
si
le
buscas
pleitos
te
va
a
partir
en
pedazos.
Y
empieza
a
gritar,
nos
calla
la
boca,
dice:
“Lo
primero
y
lo
último
que
saldrá
de
nuestras
boquitas
va
a
ser
‘sí,
señor;
no,
señor’”.
Y:
“Tienen
30
segundos
para
desembarcar
este
camión.
¡Y
ya!”.
Tony
salió
rapidito
del
autobús
y…
Fuera
del
camión,
hay
otros
3,
4
sargentos
gritando.
Te
gritan
en
la
cara,
se
acercan
a
tu
cara
y
te
dicen
de
cosas.
Y
lo
primero
que
dije:
“¿Qué
hice?
¡Dios
mío,
¿qué
hice?!”
[risa]
.
¿Te…
Te
arrepentiste
de
haber
firmado
ese
contrato
de
8
años?
El
primer
minuto
de
entrenamiento
de
llegar
a
la
base,
me
arrepentí
mil
veces,
tal
vez
millones
de
veces.
O
sea,
no
lloré,
pero
estaba
cerca.
Pero
ya
no
había
marcha
atrás.
Dije:
“Ni
modo,
esto
es
lo
que
me
espera
por
8
años”.
Pensé,
ok,
tomarlo
de
día
en
día
y
así,
porque
mi
papá
siempre
me
enseñó:
si
empiezas
algo
acábalo.
Voy
a
ser
honesta.
Por
lo
que
me
contó
Tony,
el
entrenamiento
inicial
suena
como
una
tortura.
Estás
ahí
en
el
lodo,
estás
en
el
frío,
pasando
hambres,
soportando
los
gritos
de
los
sargentos…
Fueron
14
semanas
de
esfuerzos
físicos
sobrehumanos.
De
insultos.
De
humillaciones.
Súper
difícil.
Tristezas.
En
la
noche
escuchaba
muchas
llorisqueadas
de
muchachos
que
estaban
a
mi
lado
en
el
dormitorio.
De
los
75
reclutas
que
llegaron
a
la
base
con
Tony,
solo
20
se
graduaron.
Él
fue
uno
de
ellos,
claramente.
Cuando
se
terminó
el
entrenamiento,
le
preguntaron…
“Ok,
¿a
qué
le
quieres
tirar?
¿Qué
trabajo
quieres
hacer?
¿Administrativo,
mecánico,
truckero?”.
Y
Tony
les
dijo…
A
me
gustan
las
armas
que
están
en
helicópteros,
quiero
la
arma
grande.
Se
lo
dieron.
Sin
problema.
Después
se
enteraría
que
nadie
quería
ese
trabajo.
Era
de
los
más
arriesgados,
de
los
más
difíciles
de
los
Marines.
Cuando
se
graduó,
le
dieron
10
días
de
descanso,
y
se
fue
visitar
a
su
familia.
Apenas
lo
vieron
quedaron…
Sorprendidos,
“¿qué
te
pasó?”,
después
de
14
semanas…
No
me
vieron,
pues
me
vieron
diferente.
Y
es
que
cuando
se
despidió
de
sus
papás,
antes
de
irse
a
la
base,
Tony
estaba
flaquísimo.
Pero
ahora
había
subido
de
peso,
ganado
músculo.
Se
veía
bien.
Contento.
Contento
de
haber
logrado
sobrevivir
al
entrenamiento,
contento
con
quién
era
ahora.
Mis
hermanos,
orgullosos;
mi
papá,
muy
orgullosos.
Y
yo
también.
Porque,
claro,
en
los
Marines,
constantemente
les
decían…
Somos
los
primeros
de
entrar
a
defender
el
país,
a
defender
a
nuestra
familias,
nuestros
hermanos,
esposas,
hijos,
todos…
A
nuestros
seres
queridos.
Y
a
defender
la
libertad
de
que
gozamos
en
Estados
Unidos.
Pues
te
hace
sentir
bien.
Era
principios
de
los
años
90,
y
Tony
ya
tenía
planeado
su
futuro:
cumplir
su
contrato
con
los
Marines,
estudiar
ciencia
militar
en
la
universidad
y
quedarse
en
el
servicio
militar
como
oficial.
Pensó
que
los
próximos
años
iban
a
ser
mucho
más
fáciles
que
esos
meses
de
entrenamiento.
Que
iban
a
ser
tranquilos…
No
me
cruzó
por
la
mente
que
íbamos
a
estar
en
una
guerra
nunca.
Yo
me
autolavaba
el
coco,
que,
ah,
qué
se
va
a
llegar
a
una
guerra,
ya
pasaron,
no
va
a
haber
nunca
en
mi
tiempo.
Pero…
El
2
de
agosto
de
1990,
Irak
invadió
Kuwait.
Nos
informan:
“Hey,
posiblemente
vamos
a
ir
a
la
guerra,
vamos
a
ir
a
Irak”.
El
presidente
George
Bush
padre
empezó
a
movilizar
las
tropas
hacia
el
Golfo
Pérsico.
Al
día
siguiente
de
la
invasión,
los
Estados
Unidos
anunciaron
sus
primeras
medidas
militares
con
el
despacho
de
Fuerzas
Navales
al
Golfo
para
proteger
a
Arabia
Saudita.
El
nombre
de
la
operación
era
“Desert
Shield”,
y
el
objetivo
era
prevenir
que
el
ejército
iraquí
llegara
a
Arabia
Saudita.
Tony
estaba
haciendo
un
entrenamiento
en
un
barco
cerca
de
las
Filipinas
cuando
le
llegó
la
noticia.
Y
lo
dejó
en
shock.
Todo
su
entrenamiento
era
para
momentos
como
este.
Para
la
guerra.
En
teoría
estaba
preparado.
Pero…
Entrené,
pero
nunca
en
vida
había
estado
en
una
pelea.
Ni
de
adeveras,
ni
en
la
escuela,
ni
pandillero,
nada.
Siempre
fue
solo…
Siempre
trabajar
y
estudiar.
La
unidad
de
Tony
llegó
el
18
de
agosto
del
año
90
al
desierto
de
Omán,
cerca
del
Golfo
Pérsico.
Ahí
se
instalaron.
Por
el
momento,
tenían
que
esperar.
Estados
Unidos
estaba
tratando
de
resolver
el
conflicto
entre
Irak
y
Kuwait
de
forma
diplomática.
Pero
si
no
resultaba,
atacarían.
Fueron
casi
5
meses
de
una
espera
agonizante.
Durante
ese
tiempo,
los
sargentos
les
decían
constantemente
que
Saddam
Hussein
estaba…
Haciendo
atrocidades
con
la
gente,
con
niños,
ancianos,
mujeres…
Nos
platicaban
cómo
el
ejército
de
Saddam
era
muy
muy
“elite”,
muy
bueno,
muy
bien
entrenados.
Muchas
armas…
Un
día
un
sargento
los
juntó
en
grupo,
y
les
dijo:
“Escriban
una
carta:
qué
es
lo
que
le
quieren
decir
a
sus
familias,
su
mamá,
quién
sea.
Porque
tal
vez
será
la
última”.
Entonces…
Se
te
queda
eso
en
la
cabeza.
Los
asustó
bastante.
Tenía
mucho
miedo.
Yo
creo
que
lo
podemos
ver
en
los
ojos
de
todos
nosotros:
mucho
miedo…
lo
que
va
a
pasar.
En
enero
del
91,
finalmente
llegó
la
orden
de
atacar.
Bagdad,
la
capital
iraquí,
está
siendo
objeto
de
un
fuerte
ataque
aéreo.
Hace
unos
minutos,
el
portavoz
de
la
Casa
Blanca
en
Washington
dijo
que
ha
comenzado
la
liberación
de
Kuwait.
El
escuadrón
de
Tony
tenía
que
invadir
la
isla
Failaka.
Era
una
isla
chiquita,
a
unos
20
kilómetros
de
la
capital
de
Kuwait,
donde
la
gente
más
rica
tenía
casas
de
playa.
Les
dijeron
que
ahí
había
más
de
2
mil
tropas
iraquíes,
que
ya
habían
matado
a
la
mayoría
de
los
civiles.
Se
subieron
a
los
helicópteros.
En
el
aire,
Tony…
Iba
temblando,
muchísimo
miedo.
Y
yo
cerraba
los
ojos
por
un
segundo,
ahhh…
querer
despertar
de
esta
pesadilla.
Pensaba
en
la
desventaja
que
tenían.
Yo
decía:
“Pues,
somos
400.
Son
2.400
de
ellos.
Entonces,
¿cómo
le
vamos
a
hacer?”.
Dieron
la
señal:
30
segundos
para
el
aterrizaje.
Aterrizamos.
Helicóptero
tras
helicóptero,
me
acuerdo.
Se
abre
la
rampa
de
atrás…
Corrimos.
Acababa
de
llover.
Las
botas
se
enterraban
en
el
lodo.
El
ruido
de
helicópteros,
el
ruido
de
gente,
no
hallas
por
donde
empezar
a
observar.
Se
acercaron
a
unos
edificios,
y
cuando
oyeron
un
disparo…
Si
los
iraquíes
nos
tiraron
un
balazo,
nosotros
le
dimos
10
mil
para
atrás.
Paranoia
de
susto.
Nada
más
oprimes
el
gatillo
y
das,
y
no
paras.
Y
no,
pues
lo
que
ves
son
cuerpos
desechos.
Partidos
a
la
mitad.
Los
sobrevivientes
iraquíes
que
estaban
ahí,
ellos
mataron
a
sus
propios
heridos
y
a
sus
propios
enfermos.
Ahí
ya
como
que
dejas
de
creer
si
existe
un
Dios.
Ya
volvemos…
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El
espacio.
Era
el
patio
de
juego
de
los
gobiernos.
Ahora,
los
cohetes
y
los
satélites
son
tan
pequeños,
tan
baratos,
que
hasta
un
podcast
puede
tener
uno.
Soy
Robert
Smith,
y
empezando
el
29
de
noviembre,
el
equipo
de
Planet
Money
lanza
su
propio
satélite
al
cosmos.
Escucha
en
NPR
One
o
la
aplicación
que
estás
usando
en
este
momento.
Antes
de
la
pausa,
Jenny
nos
estaba
contando
de
la
primera
batalla
de
Tony
como
Marine,
en
la
Guerra
del
Golfo.
Fue
atroz.
Ganaron
esa
batalla,
aunque
Tony
no
lo
sentía
como
motivo
de
celebración.
Aquí
Jenny…
La
unidad
de
Tony
se
quedó
unos
días
más
en
la
isla
Failaka.
Poco
tiempo
después
volvieron
a
Estados
Unidos.
Esta
fue
la
única
operación
en
la
que
Tony
participó,
pero
a
pesar
de
que
el
combate
duró
apenas
unas
pocas
horas…
Algo
de
ti
se
queda
allá,
y
no
se
puede
cambiar.
Quisieras
regresar
a
como
eras
antes.
Te
sientes…
raro
y
mal
y
culpable,
y…
te
mereces
todo
lo
malo
que
te
pase…
Cuando
llegó,
Tony
se
fue
a
la
casa
de
sus
papás.
Yo
me
acuerdo
que
yo
llegué
a
casa
y
yo
nada
más
me
quedé
en
mi
cuarto.
Mi
mamá,
mis
hermanos
me
dejaron
en
paz,
mi
papá.
Entré
al
cuarto
sin…
como
un
sonámbulo,
zombie.
Ni
los
abracé
ni
nada.
No
más
entré
al
cuarto
y
me
quedé
acostado
viendo
nomás
al
techo.
Muchos
días.
Se
aisló,
y
su
comportamiento
cambió.
Se
volvió…
Agresivo
y
paranoico,
y
me
tomó
mucho
tiempo
siquiera
tomar
una
siesta
a
gusto.
No
salía,
no
iba
a
fiestas,
no…
Nada.
Quieres
estar
lejos
de
todo
eso.
Como
ya
había
cumplido
la
misión
que
le
habían
asignado,
Tony
entró
a
las
reservas.
Esto
significaba
que
no
tenía
que
ir
a
la
base
todos
los
días.
Los
entrenamientos
eran
mucho
más
suaves
y
menos
frecuentes,
así
que
tenía
mucho
tiempo
libre,
y
no
hacía
más
que
pensar
en
lo
que
había
pasado
en
esas
horas
de
combate.
Era
un
infierno.
Le
pregunté
si
había
recibido
alguna
ayuda
psicológica…
No,
no,
nada.
No,
no.
No.
Nada.
Nada,
nunca.
Me
dijo
que
ni
siquiera
se
la
ofrecieron.
Y
es
que
además…
Yo
pensé
que
los
psicólogos
eran
nomás
para
locos.
Y
yo
en
ese
tiempo
yo
pensé
que
estaba
bien.
Sabía
que
tenía
algunos
problemas,
pero
pensaba
que
tenía
que
lidiar
con
ellos
solo,
de
alguna
manera.
Lo
que
más
lo
aliviaba
era
tomar.
Emborracharse.
Hasta
quedar
inconsciente.
Un
día,
un
amigo
de
Tony
que
también
estaba
en
el
ejército…
Y
me
dijo:
“Prueba
esto”.
Le
estaba
ofreciendo
cocaína.
Y
Tony
aceptó.
Pues,
yo
lo
que
quiero
es
no
ver
más
las
cosas
para
poder
escapar
porque
es…
es
doloroso.
Y
bueno,
la
droga…
me
hacía
sentir
bien
un
ratito,
no
quería
volver
a
ver
otra
vez
mis
pesadillas.
Pero
cuando
el
efecto
se
le
bajaba,
duraba
varios
días
sin
dormir,
y
los
mismos
pensamientos
de
siempre
lo
seguían
torturando.
Así
que
volvía
a
la
droga.
Durante
ese
tiempo,
Tony
comenzó
a
salir
con
una
mujer.
Ella
tenía
dos
hijos
de
un
matrimonio
anterior,
y
también
tenía
problemas
con
el
alcohol.
Se
casaron,
y
en
el
94
tuvieron
una
niña.
Tony
esperaba
que
el
nacimiento
de
su
hija
lo
iba
a
cambiar…
Con
ella
encontraba
algo
que
me…
me
hacía
sentir
como
a
salvo,
como
algo
calientito
a
donde
llegar,
tener,
y
por
quién
trabajar.
Era
lo
único
por
lo
que
tenía
que
superarme.
Pero
no
supo
cómo.
No
era
nada
fácil.
Tony
empezó
a
desaparecer
por
2
o
3
días,
durmiendo
en
moteles
o
en
su
coche.
Casi
siempre
que
iba
a
un
bar,
terminaba
peleando
con
alguien.
Seguía
emborrachándose
y
consumiendo
cocaína
y
metanfetaminas.
Para
empeorar
las
cosas,
en
el
93,
las
Fuerzas
Armadas
sufrieron
un
gran
recorte
de
presupuesto.
Y
a
Tony
le
negaron
la
posibilidad
de
re-enlistarse.
El
ejército
había
sido
el
único
espacio
de
disciplina
en
su
vida.
Era
lo
que
lo
mantenía
cuerdo
y
fuera
de
problemas.
Tenía
algunos
ahorros,
así
que
decidió
montar
una
venta
de
coches
usados
con
su
papá.
Pero
la
adicción
de
Tony
estaba
fuera
de
control.
No
era
cuidadoso
con
el
dinero
y
pronto
dejó
el
negocio.
Ahora
tenía
el
problema
de
mantener
a
su
familia,
y
también
a
su
adicción.
Cuando
la
gente
que
le
vendía
droga
le
ofreció
trabajar
con
ellos,
Tony
no
vio
otra
opción.
Aceptó.
Le
pagaban
por
hacer
un
trabajo
sucio.
“Ah,
ve
a
hacer
eso,
ve
a
tumbar
esta
puerta”.
Andaba
en
la
acción,
la
adrenalina,
que
era
lo
que
me
gustaba.
Cargabas
arma.
No
me
importaba
lo
que
me
mandaran
a
hacer
mientras
consumiera
ya
sea
coca
o
metanfetaminas.
Tony
trabajó
para
la
banda
de
narcotraficantes
cerca
de
3
años.
Para
ese
entonces,
ya
llevaba
casi
una
década
de
adicción.
Un
día
de
agosto
del
2001
estaba
en
la
casa
con
su
esposa
y
sus
hijos,
y
de
repente
escucharon
un
ruido.
Era
como
si
alguien
quisiera
tumbar
la
puerta.
Entró
el
SWAT
a
mi
casa
y
fueron
por
mí.
Fue
un
operativo
simultáneo
en
el
que
detuvieron
a
7
integrantes
del
grupo
de
Tony.
Las
autoridades
le
venían
siguiendo
la
pista
a
la
banda
durante
varios
meses.
Ese
día
un
escuadrón
de
unos
8
policías
rodearon
la
casa.
No,
no
puse
resistencia.
Lo
llevaron
al
tribunal
en
San
Diego,
California.
Ese
mismo
día
vio
a
un
juez
que
le
leyó
su
cargo:
conspiración
por
venta
de
drogas.
Pero
a
Tony…
Me
valía
un…
estaba
adicto.
No
me
importaba,
estaba
mal.
Yo
lo
que
quería
era
salir,
pensé
que
iba
a
salir
en
esos
días
y
ya,
otra
vez
igual…
Pero
ya
en
la
cárcel,
nada
podría
ser
igual.
Encerrado
con
los
otros
reos,
Tony
empezó
a
sentir
el
síndrome
de
abstinencia.
Fueron
días
muy
duros.
Después
de
un
mes
detenido,
tuvo
su
juicio.
Lo
condenaron
a
7
años
de
cárcel.
Cumpliría
su
sentencia
en
una
prisión
federal
en
California.
Semanas
después,
ya
desenganchado
de
la
droga,
lo
único
en
lo
que
pensaba
era
en
su
hija.
Pues
sí,
quería
que
me
comiera
la
tierra.
Algo
que…
quise
proteger
casi,
oy,
de
dar
mi
vida
por
protegerla…
La…
la
descuidé.
Y
fue
mi
culpa
y
hasta
la
fecha
me
siento
muy
mal…
Y
esa
culpa
lo
quebró.
Quería
aislamiento,
un
cuarto
de
aislamiento.
Porque
ahí
alrededor
de
tanta
gente
no
me
iba
a
ir
bien.
¿Temías
que
podías
llegar
a
ser
violento
con
ellos?
Sí.
Sí,
sí.
Fácil.
Dije
que
si
no
me
suben
a
un
cuarto
de
aislamiento
voy
a
hacer
algo
contra
alguien
o
contra
el
guardia.
Entonces
amenazando
a
un
guardia
vas
a
aislamiento.
Ahí
me
quedé.
En
esa
celda,
solo
pensaba
en
lo
que
había
hecho,
en
lo
que
había
perdido.
Sentía
que
ese
abandono
era
lo
único
que
merecía.
Pero
si
había
recibido
ese
castigo,
iba
a
hacer
que
valiera
la
pena.
Comenzó
a
ver
su
sentencia
como
una
oportunidad
para
rehabilitarse.
Por
su
hija.
Una
vez
que
salió
del
aislamiento
se
enteró
de
que
en
la
cárcel
había
unas
reuniones
de
veteranos
que
hablaban
de
sus
problemas.
Un
día
fue,
solo
por
curiosidad.
Los
veteranos
que
estaban
conmigo
ya
empezaban
a
decirme
por
qué
nos
sucede
eso.
Y
todos
hablan
de
sus…
de
sus
acontecimientos.
De
la
guerra:
qué
edad,
dónde
estuvieron,
qué
pasó,
y
lo
que
ven
y
lo
que
hacemos.
Nuestro
comportamiento.
Entonces
ya
empecé
a
ver:
“Ah,
ok,
entonces
es
por
eso.
Ok”.
Por
primera
vez
desde
que
volvió
de
la
guerra,
se
dio
cuenta
de
que
no
estaba
solo
en
ese
dolor,
en
esa
angustia,
en
esa
culpa.
Y
ahí,
después
de
más
de
10
años
de
no
tener
palabras
suficientes
que
explicaran
lo
que
sentía,
fue
cuando
escuchó
por
primera
vez
el
término
Trastorno
de
Estrés
Post-Traumático,
o
PTSD
por
sus
siglas
en
inglés.
Porque
fue
un
veterano
de
afuera
a
hablarnos
sobre
PTSD.
Él
estuvo
en
Vietnam.
Era
prisionero
de
guerra.
Y
nos
platicó:
“Y
pasa
esto,
y
pasa
lo
otro,
pesadillas
y
eso”.
Entonces
yo
le
dije
que
yo:
“Yo…
Eso”.
Y
me
dijo:
“Ve
a
ver
psicólogo
aquí”.
Y
ya
pedí
ver
psicólogo.
Me
vio
como
por
dos
sesiones,
y
sí,
me
diagnosticó
así:
PTSD.
Siguió
yendo
a
las
reuniones
y
a
terapia
individual.
También
se
dedicó
a
hacer
ejercicio
y
a
leer
todo
lo
que
podía.
Novelas
de
romance
[risas],
y
de
ciencias
de
ejercicio
para
actualizarme,
salud,
yoga,
meditación,
clases
de
droga,
clases
de
alcoholismo,
clases
de
parenting,
de
papás,
manejo
de
enojo.
Todo
con
tal
de
que
me
ocupara
el
día
todo
completo.
Y
alejarme,
estar
solo.
Su
esposa
lo
visitó
dos
veces,
y
luego
dejó
de
ir.
Ella
quería
continuar
con
su
vida.
Sin
Tony.
En
ninguna
de
las
visitas
llevó
a
su
hija.
Él
prefirió
que
fuera
así,
porque
no
quería
que
su
hija
lo
viera
en
esas
condiciones.
Sus
hermanos
también
fueron
algunas
veces.
Pero
en
un
momento
dado…
Les
pedí
que
ya
mejor
gasten
ese
tiempo
con
su
familia,
no
gasten
tiempo
así
en
mí.
Seguía
creyendo
que
se
merecía
un
castigo,
y
ese
castigo
era
el
abandono.
Aún
así,
no
cortó
contacto
con
sus
padres
por
completo.
Los
llamaba
de
vez
en
cuando.
En
una
de
esas
llamadas,
le
contaron
que
su
madre
había
muerto.
Había
estado
enferma
de
diabetes
durante
mucho
tiempo.
Pero
enfrente
de
todos
esos
presos,
llorar
no
es
bueno.
Y
no,
no…
no
lo
hice.
Nomás
yo
le
pedí
a
mi
hermano
que
no
dejara
a
mi
papá
solo,
y
lo
sentía
mucho,
es
más
lo
único…
alcancé
a
hablar
con
mi
pap…
con
mi
papá
era
que
ya
no
está…
mi
mamá
ya
no
está
sufriendo.
Ya
colgué
y
lo
único
que
queda
es
que…
que…
Yo
pedí
estar
en
una
celda
de
aislamiento
para
estar
solo.
Solo.
Mientras
superaba
el
duelo.
Aunque
cuando
estaba
en
celdas
comunes,
tampoco
se
relacionaba
mucho
con
los
otros
reos.
Así
pasó
prácticamente
los
7
años
de
su
sentencia.
Pero
ese
aislamiento
le
ayudó:
se
sentía
mejor,
más
en
paz
consigo
mismo,
con
todo
lo
que
había
hecho.
Además,
pronto
saldría
de
la
cárcel
y
la
vida
continuaría.
Dije:
«Esto
no
es
para
siempre».
Nomás
pensando
en
la
salida:
qué
es
lo
que
iba
a
hacer,
o
sea,
ya
tenía
planeado,
o
sea,
seguir
con
mis
terapias.
Tengo
que
ver
psicólogo.
Pero
además,
claro,
iba
a
recuperar
el
tiempo
perdido
con
su
hija
y
su
familia,
que
es
lo
que
más
ilusión
le
daba.
Pero
en
agosto
del
2007,
un
mes
antes
de
que
se
cumpliera
su
sentencia,
recibió
una
visita.
Eran
representantes
del
servicio
de
migración.
Y
traen
mi
archivo
y
todo.
Entonces
me
dice:
“Ok.
Tú,
por
tu
delito
este,
eres…
son
méritos
para
ser
deportados
a
México”.
Y
todos
sus
planes
se
esfumaron.
Ok,
aquí
les
tengo
que
explicar
cómo
pasó
todo
esto.
Volvamos
al
principio.
Sí,
los
papás
de
Tony
cruzaron
la
frontera
buscando
mejores
oportunidades,
pero
cruzaron
en
el
año
82,
junto
con
sus
hijos.
Sin
papeles.
Para
ese
entonces
Tony
ya
tenía
12
años.
Permanecieron
indocumentados
hasta
el
86,
cuando
el
Presidente
de
Estados
Unidos,
Ronald
Reagan,
firmó
una
reforma
que
le
daba
amnistía
a
casi
3
millones
de
inmigrantes.
Creo
en
la
idea
de
amnistía
para
aquellos
que
pusieron
sus
raíces
y
han
vivido
aquí,
aunque
algún
tiempo
atrás
hayan
entrado
ilegalmente.
Sin
importar
las
sanciones
del
empleador…
Con
esto,
la
familia
de
Tony
pudo
regularizar
su
situación.
Los
trámites
tardaron
4
años.
Así
obtuvieron
el
permiso
de
residencia
permanente,
o
el
green
card.
Esto
fue
unos
meses
después
de
que
Tony
cumpliera
la
mayoría
de
edad,
y
fue
con
ese
documento
que
él
pudo
entrar
al
ejército,
pues
en
las
Fuerzas
Armadas
de
Estados
Unidos
solo
pueden
servir
ciudadanos
y
residentes
permanentes.
Pero
ser
ciudadano
y
ser
residente
permanente
no
es
lo
mismo.
No
se
tienen
los
mismos
derechos.
Y
entonces,
para
residentes
permanentes,
el
delito
que
cometió
Tony
—conspiración
por
venta
de
drogas—
no
solo
lleva
a
la
cárcel,
sino
que
resulta
en
la
deportación
obligatoria.
Y
en
estos
casos,
la
ley
impide
que
los
jueces
tomen
en
cuenta
los
antecedentes
y
las
circunstancias
de
la
persona.
Digamos,
si
es
su
primer
delito,
por
ejemplo,
o
si,
como
en
el
caso
de
Tony,
se
es
veterano
de
las
Fuerzas
Armadas.
Y
después
de
un
año
de
servicio,
Tony
pudo
haber
solicitado
su
ciudadanía,
sin
tener
que
esperar
los
5
años
que
les
toca
a
los
civiles.
Pero
nadie
le
explicó
esto
a
Tony.
Y
a
él,
con
20
años,
tampoco
se
le
ocurrió
preguntar
cómo
funcionaba
este
proceso.
Se
consideraba
estadounidense,
y
nunca
le
prestó
mucha
atención
a
su
estatus
legal.
Volvamos
al
2007.
Tony
estaba
en
su
celda
y
le
acababan
de
dar
la
noticia
de
que
sería
deportado.
Le
dieron
dos
opciones:
ser
deportado
de
inmediato
o
ir
a
un
juicio
de
apelación.
Tony
eligió
ir
a
juicio
y
esperó
durante
unas
semanas
en
un
centro
de
detención
de
migrantes
en
Hasco,
Texas.
En
el
juicio,
lo
primero
que
el
juez
le
preguntó
a
Tony
fue:
«Mister
Romo,
¿por
qué
debo
dejarlo
yo
que
se
quede
en
mi
país?».
Y
Tony
dijo:
If
your
honor…
O
sea:
Si
usted
juez
puede
tomar
en
consideración
mi
servicio
militar
a
este
país”.
El
juez
no
había
visto
el
archivo
de
Tony,
y
se
sorprendió.
Él
también
era
veterano
de
la
primera
Guerra
en
el
Golfo.
Intercambiaron
brevemente
historias
sobre
el
servicio
militar,
y
el
juez
le
dijo:
“Te
voy
a
mandar
la
aplicación
de
la
ciudadanía.
Llénala
y
mándamela,
y
con
eso”.
Tony
quedó
ilusionado,
y
a
los
pocos
días…
Y
sí,
efectivamente
me
llegó
la
aplicación.
La
llené,
me
tomaron
huellas,
fotos,
todo.
Y
ya,
se
la
envié.
Y
esperó
y
esperó.
Durante
5
meses.
Todo
el
tiempo
encerrado
en
el
centro
de
detención.
Hasta
que
el
2
de
julio
del
2008,
dos
agentes…
Llegaron
a
mi
celda,
y
me
dicen:
«Ok
—a
las
12
de
la
noche—:
empaca
tus
cosas.
Vámonos».
O
sea,
lo
estaban
deportando.
¿Pero
no
les
dijiste
que
tenías
una
aplicación
que
estaba
bajo
consideración?
les
dije,
pero:
«No.
Aquí
está
la
orden».
Lo
montaron
en
un
bus
junto
con
otros
que
iban
a
ser
deportados.
Salieron
rumbo
a
Tamaulipas,
México.
Nunca
había
estado
en
Tamaulipas.
No
tenía
ni
un
cinco
[risa].
Nada
de
dinero.
Nomás
lo
que
traía
puesto
y
una
chamarra,
una
pluma
y
un
lápiz.
No
identificaciones,
nada.
Tony
ni
siquiera
tenía
pasaporte
mexicano.
Llegaron
a
las
3
de
la
mañana
a
la
frontera.
Y
ahí
nos
dijeron:
“Bájense
y
váyanse”.
Crucé
la
frontera,
caminando.
Pero
como
en
ese
tiempo
había
broncas
del
narco
y
eso,
varias
personas
que
se
bajaron
del
camión
no
querían
cruzar.
Pero
yo
bajé,
y
voy.
Yo
lo
que
quería
era
llegar
a
un
lugar.
Tony
seguía
siendo
un
tipo
fuerte.
Y
de
repente
se
me
pegaron
a
mí.
“¿Puedo
caminar
contigo?”,
me
dijeron,
me
preguntaron.
“Sí,
véngase”
[risa].
Una
de
las
personas
que
lo
acompañó
le
agradeció
alquilándole
un
cuarto
de
hotel
y
comprándole
algo
de
comer.
Me
compró
tacos,
y
era
la
primera
vez
que,
en
varios
años,
que
comía
tacos.
Qué
buena
onda,
buena
gente.
Me
comí
como
10
tacos.
De
adobada.
Trabajó
unos
días
en
Tamaulipas,
y
un
hermano
y
su
papá
le
enviaron
dinero.
Se
subió
a
un
autobús.
El
destino
era
Tijuana,
donde
había
vivido
casi
30
años
atrás.
Era
el
único
lugar
de
Mexico
que
él
sentía
que
todavía
conocía,
y
además,
estaba
en
la
frontera,
cerca
de
su
familia
en
California.
Entonces,
como
dijimos,
lo
deportaron
el
2
de
julio
del
2008.
Unos
5
días
después,
llegó
al
centro
de
detención
la
carta
que
lo
citaba
a
tomarse
las
fotos
y
las
huellas.
O
sea,
si
hubiera
estado
todavía
en
Hasco,
ese
día,
de
ahí
salgo
y
me
mandan
a
la
entrevista
de
ciudadanía
por
órdenes
del
juez.
Pero
no
fue
así.
La
cita
estaba
programada
para
el
21
de
julio.
Todavía
había
tiempo.
Entonces
le
pidió
a
su
abogada
que
le
enviara
una
copia
de
la
carta
a
Tijuana.
Fue
a
San
Isidro,
el
mayor
puesto
de
control
de
la
frontera
entre
Tijuana
y
San
Diego.
Y
le
mostró
la
carta
al
oficial.
Les
dije:
“Tengo
mi
cita”.
Y
pues
no
me
dejaron
cruzar.
Parece
que
no
sabían
qué
hacer
con
eso.
Llamó
a
la
oficina
de
las
Fuerzas
Armadas
que
hace
los
trámites
de
ciudadanía.
Lo
único
que
dijeron
ellos:
“Te
vamos
a
cambiar
la
fecha”.
Y
me
mandan
otra.
Y
así
siguieron
como
otras
5
o
6
cartas,
como
6
cartas
más.
Iba
aquí
a
San
Isidro,
a
migración:
“Hey,
pues
son
citas
para
la
entrevista”.
Y
no
me
dejaron
entrar.
Pues
no.
Ya
no
insistí.
Y
bueno,
Tony
lleva
casi
una
década
viviendo
en
Tijuana.
Hoy
alquila
un
pequeño
apartamento
en
la
playa,
y
trabaja
en
un
gimnasio
como
entrenador
personal.
Como
gana
poco
dinero,
le
toca
descargar
camiones
y
trabajar
en
construcción
para
llegar
al
fin
del
mes.
Cuando
le
alcanza
la
plata,
ve
a
una
psicóloga.
Pero
las
sesiones
son
poco
frecuentes.
Hace
unos
4
años,
Tony
se
dio
cuenta
de
que
no
era
el
único
en
esta
situación…
Un
día,
estaba
paseando
por
la
playa
cerca
de
la
línea
fronteriza
y
vio
a
varios
hombres
con
uniformes
del
Ejercito
de
Estado
Unidos.
Se
acercó
y
empezó
a
conversar
con
ellos.
También
eran
veteranos
que
habían
sido
deportados,
y
algunos
se
hospedaban
en
un
refugio
especial.
Le
dicen
El
Búnker.
Para
Tony,
encontrar
este
lugar
fue…
Algo
grandioso,
una
sorpresa.
Yo
siempre
me
quedé
en
silencio
de
dónde
venía
y
eso.
Pero
ahora
que
encontré
a
otros
ya
me
siento
mejor,
como
apoyado
moralmente.
¡Hola,
Héctor!
Pasa
adelante…
¡Gracias!
Quería
ver
este
lugar.
Es
un
edificio
pequeño,
de
dos
plantas.
El
primer
piso
tiene
unos
ventanales
grandes
cubiertos
con
varias
banderas
enormes
de
los
Estados
Unidos.
No
hay
ninguna
bandera
mexicana.
El
fundador
del
Búnker
es
Héctor
Barajas,
un
veterano
que
fue
deportado
en
el
2010.
Él
fue
quien
me
recibió
y
me
mostró
el
lugar.
Y
pues
aquí
tenemos
nuestra
cocina.
Y
aquí
tenemos,
este…
Tenemos
más
catres.
Cots.
Pero
ahorita
se
quedan
nomás
dos
personas.
Y
aquí
se
queda
Luis
Vargas…
Además
de
darle
comida
y
cama
a
los
veteranos
que
no
lo
tengan,
El
Búnker
ayuda
a
decenas
de
veteranos
que
viven
en
Tijuana
y
los
alrededores
con
asesoría
legal
y
servicios
médicos,
y
también
a
conseguir
trabajo.
Además
organizan
sesiones
de
apoyo
psicológico.
Tony
va
de
vez
en
cuando.
Hace
más
de
un
año,
Héctor
contactó
a
unos
abogados
de
la
ACLU,
la
American
Civil
Liberties
Union,
para
denunciar
la
situación
de
los
veteranos
deportados.
La
ACLU
es
una
organización
que
defiende
los
derechos
civiles
de
los
estadounidenses
e
hizo
un
informe
que
critica
duramente
las
deportaciones
de
veteranos.
La
organización
argumenta
que
estas
personas
ya
pagaron
su
crimen
al
ir
a
la
cárcel,
y
que
al
ser
deportadas
se
les
está
castigando
de
por
vida.
Como
primer
paso,
la
ACLU
le
pidió
al
gobernador
de
California
que
le
concediera
el
perdón
a
unos
6
veteranos.
En
abril
de
este
año,
el
gobernador
Jerry
Brown
se
lo
concedió
a
3
de
ellos,
incluyendo
a
Héctor.
Esto
significó
limpiar
los
antecedentes
penales,
para
que
pudieran
aplicar
para
la
ciudadanía
desde
el
extranjero.
Pero
conseguir
este
tipo
de
perdón
no
es
viable
en
la
mayoría
de
los
casos.
El
crimen
de
Tony,
por
ejemplo,
es
un
crimen
federal,
y
solo
el
presidente
Trump
lo
podría
perdonar.
Y,
claro,
esto,
en
el
clima
político
actual,
es
poco
probable.
Entonces,
Tony
sigue
en
México,
y
la
ACLU
cree
que
la
única
forma
de
que
él
y
esa
gran
mayoría
de
veteranos
deportados
consigan
volver
a
Estados
Unidos
es
por
medio
de
una
reforma
migratoria,
lo
que
también
parece
poco
probable
en
un
futuro
próximo.
Y
bueno,
a
Tony
no
le
queda
más
que
tratar
de
enfocarse
en
lo
positivo.
Le
gusta
México,
le
gusta
su
trabajo
y
su
rutina,
pero…
Mi
familia
está
en
Estados
Unidos:
mi
papá,
mis
hermanos,
mis
sobrinos,
primos…
Mi
hija…
Tony
no
ve
a
su
hija
desde
hace
16
años,
y
solo
habla
con
ella
por
teléfono
de
vez
en
cuando.
Lo
que
más
le
pesa
es
haber
estado
ausente
durante
tanto
tiempo.
Quiere
recuperar
ese
tiempo
perdido.
Y
bueno,
piensa
que
esto
solo
lo
va
a
lograr
volviendo
a
Estados
Unidos.
Qué
más
quisiera
regresar
el
tiempo
y
empezar
de
nuevo.
Pero
no
se
puede.
No
se
puede.
Es
un
sueño.
No
hay
cifra
oficial
del
gobierno,
pero
la
American
Civil
Liberties
Union
calcula
que,
en
los
últimos
20
años,
miles
de
veteranos
de
las
Fuerzas
Armadas
fueron
deportados
a
más
de
30
países,
entre
ellos
El
Salvador,
Filipinas,
República
Dominicana,
Perú
y,
claro,
México.
Esta
historia
fue
producida
por
Jenny
Barchfield
y
Luis
Fernando
Vargas,
y
fue
editada
por
Camila
Segura,
Silvia
Viñas
y
por
mí.
La
mezcla
y
el
diseño
de
sonido
son
de
Ryan
Sweikert.
Daniel
Villatoro
hizo
el
fact-checking.
Muchas
gracias
a
Hernando
Álvarez
y
Roberto
Belo-Rovella
de
la
BBC
por
darnos
parte
del
audio
de
archivo
que
escucharon
en
el
episodio.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Andrés
Azpiri,
Jorge
Caraballo,
Patrick
Mosley,
Laura
Pérez,
Ana
Prieto,
Barbara
Sawhill,
Luis
Trelles,
David
Trujillo,
y
Elsa
Liliana
Ulloa.
Maytik
Avirama
es
nuestra
pasante
editorial.
Andrea
Betanzos
es
la
coordinadora
de
programas.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Y
recuerda,
envíanos
las
preguntas
que
te
gustaría
que
Radio
Ambulante
investigue
a
radioambulante.org/
pregunta
Radio
Ambulante
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Conoce
más
sobre
Radio
Ambulante
y
sobre
esta
historia
en
nuestra
página
web:
radioambulante.org.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
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Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Hoy tenemos una historia de la periodista estadounidense Jenny Barchfield. Es la historia de un soldado, de su servicio militar. Y todo comienza en un barrio de Los Ángeles California. Se llama Lynwood. Allí, a mediados de los años 80, creció Antonio Romo Reyes, Rodeado de… Pandillas y violencia, policías, siempre con las patrullas chillando y… o balaceras entre pandillas. No era una cosa agradable que digamos. Antonio —o Tony, como le gusta que le digan— vivía en una casa modesta. Tenía 8 hermanos. Sus papás eran mexicanos, y como miles, habían migrado hacia los Estados Unidos en busca de una vida mejor. Aqui Jenny nos sigue contando… Tony se acuerda que su papá siempre les decía… Tenemos que estudiar y trabajar. Hacer lo mejor. Muy estricto mi papá. Todos los días, después del colegio, Tony y uno de sus hermanos iban al centro comunitario donde trabajaban. Con lo que les pagaban, ayudaban en los gastos de la casa. Y bueno, esa era la vida de Tony: su familia. Socializaba muy poco con los otros muchachos del barrio. Era muy, este, aislado. Nunca me iba de callejero. Nunca, nunca. En sus ratos libres, veía muchas películas. En una parte del mundo donde no hay reglas… Las que más le gustaban eran las de acción. Siempre me encantó jugar soldado desde niño. Me encantaban las armas, y hasta la fecha. O sea, para mí las armas son un mecanismo, igual que a un mecanico le gusta el motor. A mí me gustan las armas. Es como un arte para mí. Su papá había sido soldado en el ejército mexicano. Y el sueño de Tony era seguir sus pasos en el ejército más fuerte del mundo: el de los Estados Unidos. Pero Tony no hablaba mucho del asunto… Mi mamá no me hubiera dejado ir, porque quiere a sus hijos alrededor de ella. Eran sus chamacos. Y no, no hubiera estado de acuerdo. Así que cuando cumplió la mayoría de edad, Tony fue al centro de reclutamiento en Los Ángeles sin decirle a nadie. Quería entrar a las Fuerzas Armadas, al Army como se le dice en inglés, pero… Como llegué a la hora del almuerzo, el reclutador del Army no estaba en su oficina. Solo había una persona: el reclutador de lo que en inglés se conoce como los Marines. Son los que se encargan de misiones de alto riesgo en todo el mundo. Y Tony se acordó de inmediato de una película que había visto la semana anterior. ¡Este es mi rifle, esta es mi arma! ¡Esto es para pelear, esto es para divertirse! Se llamaba Full Metal Jacket. ¡Este es mi rifle, esta es mi arma! ¡Esto es para pelear, esto es para divertirse! Full Metal Jacket. La famosa película de Stanley Kubrick. Pónganse de pie como si tuvieran un par. ¡Señor, sí señor! Para los que no la han visto, narra las experiencias de un grupo de Marines durante la Guerra de Vietnam. Ustedes serán un arma, serán un ministro de la muerte, rezando por más… Es una película que muchos interpretan como una denuncia a la violencia. Pero Tony no la vio con esos ojos. Me encantó mucho. Esa película fue la que me inspiró… Le sedujo la disciplina militar, tan opuesta a toda la violencia y descontrol que veía en su barrio. Pero además, el reclutador le habló de unos beneficios que eran muy atractivos: un salario relativamente bueno, una pensión al final del servicio, y un seguro médico. Y para Tony, que quería seguir sus estudios en algún momento, había otro beneficio. “Mira, si te vas ‘Active Duty’, activo, en vez de reservas, puedes tomar cualquier clase de universidad, la que quieras, sin pagar, sin pagar un cinco”. Y dije, “wow, ok, ok, activo. Sí, quiero. Activo”. Estaba decidido. Esa misma semana hizo algunas pruebas. Las pasó y firmó un contrato: 3 años de servicio activo, y 5 años en las reservas. Y Tony recuerda que el domingo siguiente… Eran las 4, 5 de la tarde. Mi papá estaba fuera tomando el sol, y yo jugando con mis 3 hermanitos. Y en una de esas llega el reclutador, el sargento. Con uniforme. En un jeep oficial del ejército. Y me pregunta: “Are you ready?” —¿Listo?—. “Pues sí” [risa]. Mi mamá y mi papá se quedaron como: “¿A dónde vas?”. “Ya me voy a la Marina, ya”. Nomás se me quedaron viendo y… pues, no, no me despedí de ellos de abrazo ni nada eso. Aún todavía me arrepiento de eso. Mis hermanos se quedaron tristes. Casi fue la última vez que los vi en bastante tiempo. El sargento llevó a Tony al centro de reclutamiento donde había otros jóvenes como él. Ese mismo día se los llevaron en un bus a la base de los Marines en San Diego, California. Tony recuerda que al llegar se abrieron unas puertas enormes. El autobús entró y estacionó. Y antes de poderse bajar se sube un tipo. Entra con su gorra, muy estricto, una cara muy seria. Muy rudo, se ve como si le buscas pleitos te va a partir en pedazos. Y empieza a gritar, nos calla la boca, dice: “Lo primero y lo último que saldrá de nuestras boquitas va a ser ‘sí, señor; no, señor’”. Y: “Tienen 30 segundos para desembarcar este camión. ¡Y ya!”. Tony salió rapidito del autobús y… Fuera del camión, hay otros 3, 4 sargentos gritando. Te gritan en la cara, se acercan a tu cara y te dicen de cosas. Y lo primero que dije: “¿Qué hice? ¡Dios mío, ¿qué hice?!” [risa] . ¿Te… Te arrepentiste de haber firmado ese contrato de 8 años? El primer minuto de entrenamiento de llegar a la base, sí me arrepentí mil veces, tal vez millones de veces. O sea, no lloré, pero estaba cerca. Pero ya no había marcha atrás. Dije: “Ni modo, esto es lo que me espera por 8 años”. Pensé, ok, tomarlo de día en día y así, porque mi papá siempre me enseñó: si empiezas algo acábalo. Voy a ser honesta. Por lo que me contó Tony, el entrenamiento inicial suena como una tortura. Estás ahí en el lodo, estás en el frío, pasando hambres, soportando los gritos de los sargentos… Fueron 14 semanas de esfuerzos físicos sobrehumanos. De insultos. De humillaciones. Súper difícil. Tristezas. En la noche escuchaba muchas llorisqueadas de muchachos que estaban a mi lado en el dormitorio. De los 75 reclutas que llegaron a la base con Tony, solo 20 se graduaron. Él fue uno de ellos, claramente. Cuando se terminó el entrenamiento, le preguntaron… “Ok, ¿a qué le quieres tirar? ¿Qué trabajo quieres hacer? ¿Administrativo, mecánico, truckero?”. Y Tony les dijo… A mí me gustan las armas que están en helicópteros, quiero la arma grande. Se lo dieron. Sin problema. Después se enteraría que nadie quería ese trabajo. Era de los más arriesgados, de los más difíciles de los Marines. Cuando se graduó, le dieron 10 días de descanso, y se fue visitar a su familia. Apenas lo vieron quedaron… Sorprendidos, “¿qué te pasó?”, después de 14 semanas… No me vieron, pues me vieron diferente. Y es que cuando se despidió de sus papás, antes de irse a la base, Tony estaba flaquísimo. Pero ahora había subido de peso, ganado músculo. Se veía bien. Contento. Contento de haber logrado sobrevivir al entrenamiento, contento con quién era ahora. Mis hermanos, orgullosos; mi papá, muy orgullosos. Y yo también. Porque, claro, en los Marines, constantemente les decían… Somos los primeros de entrar a defender el país, a defender a nuestra familias, nuestros hermanos, esposas, hijos, todos… A nuestros seres queridos. Y a defender la libertad de que gozamos en Estados Unidos. Pues te hace sentir bien. Era principios de los años 90, y Tony ya tenía planeado su futuro: cumplir su contrato con los Marines, estudiar ciencia militar en la universidad y quedarse en el servicio militar como oficial. Pensó que los próximos años iban a ser mucho más fáciles que esos meses de entrenamiento. Que iban a ser tranquilos… No me cruzó por la mente que íbamos a estar en una guerra nunca. Yo me autolavaba el coco, que, ah, qué se va a llegar a una guerra, ya pasaron, no va a haber nunca en mi tiempo. Pero… El 2 de agosto de 1990, Irak invadió Kuwait. Nos informan: “Hey, posiblemente vamos a ir a la guerra, vamos a ir a Irak”. El presidente George Bush padre empezó a movilizar las tropas hacia el Golfo Pérsico. Al día siguiente de la invasión, los Estados Unidos anunciaron sus primeras medidas militares con el despacho de Fuerzas Navales al Golfo para proteger a Arabia Saudita. El nombre de la operación era “Desert Shield”, y el objetivo era prevenir que el ejército iraquí llegara a Arabia Saudita. Tony estaba haciendo un entrenamiento en un barco cerca de las Filipinas cuando le llegó la noticia. Y lo dejó en shock. Todo su entrenamiento era para momentos como este. Para la guerra. En teoría estaba preparado. Pero… Entrené, pero nunca en vida había estado en una pelea. Ni de adeveras, ni en la escuela, ni pandillero, nada. Siempre fue solo… Siempre trabajar y estudiar. La unidad de Tony llegó el 18 de agosto del año 90 al desierto de Omán, cerca del Golfo Pérsico. Ahí se instalaron. Por el momento, tenían que esperar. Estados Unidos estaba tratando de resolver el conflicto entre Irak y Kuwait de forma diplomática. Pero si no resultaba, atacarían. Fueron casi 5 meses de una espera agonizante. Durante ese tiempo, los sargentos les decían constantemente que Saddam Hussein estaba… Haciendo atrocidades con la gente, con niños, ancianos, mujeres… Nos platicaban cómo el ejército de Saddam era muy muy “elite”, muy bueno, muy bien entrenados. Muchas armas… Un día un sargento los juntó en grupo, y les dijo: “Escriban una carta: qué es lo que le quieren decir a sus familias, su mamá, quién sea. Porque tal vez será la última”. Entonces… Se te queda eso en la cabeza. Los asustó bastante. Tenía mucho miedo. Yo creo que lo podemos ver en los ojos de todos nosotros: mucho miedo… lo que va a pasar. En enero del 91, finalmente llegó la orden de atacar. Bagdad, la capital iraquí, está siendo objeto de un fuerte ataque aéreo. Hace unos minutos, el portavoz de la Casa Blanca en Washington dijo que ha comenzado la liberación de Kuwait. El escuadrón de Tony tenía que invadir la isla Failaka. Era una isla chiquita, a unos 20 kilómetros de la capital de Kuwait, donde la gente más rica tenía casas de playa. Les dijeron que ahí había más de 2 mil tropas iraquíes, que ya habían matado a la mayoría de los civiles. Se subieron a los helicópteros. En el aire, Tony… Iba temblando, muchísimo miedo. Y yo cerraba los ojos por un segundo, ahhh… querer despertar de esta pesadilla. Pensaba en la desventaja que tenían. Yo decía: “Pues, somos 400. Son 2.400 de ellos. Entonces, ¿cómo le vamos a hacer?”. Dieron la señal: 30 segundos para el aterrizaje. Aterrizamos. Helicóptero tras helicóptero, me acuerdo. Se abre la rampa de atrás… Corrimos. Acababa de llover. Las botas se enterraban en el lodo. El ruido de helicópteros, el ruido de gente, no hallas por donde empezar a observar. Se acercaron a unos edificios, y cuando oyeron un disparo… Si los iraquíes nos tiraron un balazo, nosotros le dimos 10 mil para atrás. Paranoia de susto. Nada más oprimes el gatillo y das, y no paras. Y no, pues lo que ves son cuerpos desechos. Partidos a la mitad. Los sobrevivientes iraquíes que estaban ahí, ellos mataron a sus propios heridos y a sus propios enfermos. Ahí ya como que dejas de creer si existe un Dios. Ya volvemos… Este podcast de NPR y el siguiente mensaje son patrocinados por Squarespace. ¿Necesitas una página web para impulsar tu negocio? Con Squarespace puedes personalizar la apariencia y navegación de tu página, así como la forma para vender tus productos y mucho más con tan solo un par de clicks. Entra a squarespace.com para obtener una prueba gratuita. Y cuando estés listo para lanzar tu página, usa el código RADIO para ahorrarte 10% en la compra de tu primer sitio web o dominio. Sigue soñando. Pero hazlo una realidad. Con un sitio web de Squarespace. El espacio. Era el patio de juego de los gobiernos. Ahora, los cohetes y los satélites son tan pequeños, tan baratos, que hasta un podcast puede tener uno. Soy Robert Smith, y empezando el 29 de noviembre, el equipo de Planet Money lanza su propio satélite al cosmos. Escucha en NPR One o la aplicación que estás usando en este momento. Antes de la pausa, Jenny nos estaba contando de la primera batalla de Tony como Marine, en la Guerra del Golfo. Fue atroz. Ganaron esa batalla, aunque Tony no lo sentía como motivo de celebración. Aquí Jenny… La unidad de Tony se quedó unos días más en la isla Failaka. Poco tiempo después volvieron a Estados Unidos. Esta fue la única operación en la que Tony participó, pero a pesar de que el combate duró apenas unas pocas horas… Algo de ti se queda allá, y no se puede cambiar. Quisieras regresar a como eras antes. Te sientes… raro y mal y culpable, y… te mereces todo lo malo que te pase… Cuando llegó, Tony se fue a la casa de sus papás. Yo me acuerdo que yo llegué a casa y yo nada más me quedé en mi cuarto. Mi mamá, mis hermanos me dejaron en paz, mi papá. Entré al cuarto sin… como un sonámbulo, zombie. Ni los abracé ni nada. No más entré al cuarto y me quedé acostado viendo nomás al techo. Muchos días. Se aisló, y su comportamiento cambió. Se volvió… Agresivo y paranoico, y me tomó mucho tiempo siquiera tomar una siesta a gusto. No salía, no iba a fiestas, no… Nada. Quieres estar lejos de todo eso. Como ya había cumplido la misión que le habían asignado, Tony entró a las reservas. Esto significaba que no tenía que ir a la base todos los días. Los entrenamientos eran mucho más suaves y menos frecuentes, así que tenía mucho tiempo libre, y no hacía más que pensar en lo que había pasado en esas horas de combate. Era un infierno. Le pregunté si había recibido alguna ayuda psicológica… No, no, nada. No, no. No. Nada. Nada, nunca. Me dijo que ni siquiera se la ofrecieron. Y es que además… Yo pensé que los psicólogos eran nomás para locos. Y yo en ese tiempo yo pensé que estaba bien. Sabía que tenía algunos problemas, pero pensaba que tenía que lidiar con ellos solo, de alguna manera. Lo que más lo aliviaba era tomar. Emborracharse. Hasta quedar inconsciente. Un día, un amigo de Tony que también estaba en el ejército… Y me dijo: “Prueba esto”. Le estaba ofreciendo cocaína. Y Tony aceptó. Pues, yo lo que quiero es no ver más las cosas para poder escapar porque sí es… es doloroso. Y bueno, la droga… Sí me hacía sentir bien un ratito, no quería volver a ver otra vez mis pesadillas. Pero cuando el efecto se le bajaba, duraba varios días sin dormir, y los mismos pensamientos de siempre lo seguían torturando. Así que volvía a la droga. Durante ese tiempo, Tony comenzó a salir con una mujer. Ella tenía dos hijos de un matrimonio anterior, y también tenía problemas con el alcohol. Se casaron, y en el 94 tuvieron una niña. Tony esperaba que el nacimiento de su hija lo iba a cambiar… Con ella encontraba algo que me… me hacía sentir como a salvo, como algo calientito a donde llegar, tener, y por quién trabajar. Era lo único por lo que tenía que superarme. Pero no supo cómo. No era nada fácil. Tony empezó a desaparecer por 2 o 3 días, durmiendo en moteles o en su coche. Casi siempre que iba a un bar, terminaba peleando con alguien. Seguía emborrachándose y consumiendo cocaína y metanfetaminas. Para empeorar las cosas, en el 93, las Fuerzas Armadas sufrieron un gran recorte de presupuesto. Y a Tony le negaron la posibilidad de re-enlistarse. El ejército había sido el único espacio de disciplina en su vida. Era lo que lo mantenía cuerdo y fuera de problemas. Tenía algunos ahorros, así que decidió montar una venta de coches usados con su papá. Pero la adicción de Tony estaba fuera de control. No era cuidadoso con el dinero y pronto dejó el negocio. Ahora tenía el problema de mantener a su familia, y también a su adicción. Cuando la gente que le vendía droga le ofreció trabajar con ellos, Tony no vio otra opción. Aceptó. Le pagaban por hacer un trabajo sucio. “Ah, ve a hacer eso, ve a tumbar esta puerta”. Andaba en la acción, la adrenalina, que era lo que me gustaba. Cargabas arma. No me importaba lo que me mandaran a hacer mientras consumiera ya sea coca o metanfetaminas. Tony trabajó para la banda de narcotraficantes cerca de 3 años. Para ese entonces, ya llevaba casi una década de adicción. Un día de agosto del 2001 estaba en la casa con su esposa y sus hijos, y de repente escucharon un ruido. Era como si alguien quisiera tumbar la puerta. Entró el SWAT a mi casa y fueron por mí. Fue un operativo simultáneo en el que detuvieron a 7 integrantes del grupo de Tony. Las autoridades le venían siguiendo la pista a la banda durante varios meses. Ese día un escuadrón de unos 8 policías rodearon la casa. No, no puse resistencia. Lo llevaron al tribunal en San Diego, California. Ese mismo día vio a un juez que le leyó su cargo: conspiración por venta de drogas. Pero a Tony… Me valía un… estaba adicto. No me importaba, estaba mal. Yo lo que quería era salir, pensé que iba a salir en esos días y ya, otra vez igual… Pero ya en la cárcel, nada podría ser igual. Encerrado con los otros reos, Tony empezó a sentir el síndrome de abstinencia. Fueron días muy duros. Después de un mes detenido, tuvo su juicio. Lo condenaron a 7 años de cárcel. Cumpliría su sentencia en una prisión federal en California. Semanas después, ya desenganchado de la droga, lo único en lo que pensaba era en su hija. Pues sí, quería que me comiera la tierra. Algo que… quise proteger casi, oy, de dar mi vida por protegerla… La… la descuidé. Y fue mi culpa y hasta la fecha me siento muy mal… Y esa culpa lo quebró. Quería aislamiento, un cuarto de aislamiento. Porque ahí alrededor de tanta gente no me iba a ir bien. ¿Temías que podías llegar a ser violento con ellos? Sí. Sí, sí. Fácil. Dije que si no me suben a un cuarto de aislamiento voy a hacer algo contra alguien o contra el guardia. Entonces amenazando a un guardia vas a aislamiento. Ahí me quedé. En esa celda, solo pensaba en lo que había hecho, en lo que había perdido. Sentía que ese abandono era lo único que merecía. Pero si había recibido ese castigo, iba a hacer que valiera la pena. Comenzó a ver su sentencia como una oportunidad para rehabilitarse. Por su hija. Una vez que salió del aislamiento se enteró de que en la cárcel había unas reuniones de veteranos que hablaban de sus problemas. Un día fue, solo por curiosidad. Los veteranos que estaban conmigo ya empezaban a decirme por qué nos sucede eso. Y todos hablan de sus… de sus acontecimientos. De la guerra: qué edad, dónde estuvieron, qué pasó, y lo que ven y lo que hacemos. Nuestro comportamiento. Entonces ya empecé a ver: “Ah, ok, entonces es por eso. Ok”. Por primera vez desde que volvió de la guerra, se dio cuenta de que no estaba solo en ese dolor, en esa angustia, en esa culpa. Y ahí, después de más de 10 años de no tener palabras suficientes que explicaran lo que sentía, fue cuando escuchó por primera vez el término Trastorno de Estrés Post-Traumático, o PTSD por sus siglas en inglés. Porque fue un veterano de afuera a hablarnos sobre PTSD. Él estuvo en Vietnam. Era prisionero de guerra. Y nos platicó: “Y pasa esto, y pasa lo otro, pesadillas y eso”. Entonces yo le dije que yo: “Yo… Eso”. Y me dijo: “Ve a ver psicólogo aquí”. Y ya pedí ver psicólogo. Me vio como por dos sesiones, y sí, me diagnosticó así: PTSD. Siguió yendo a las reuniones y a terapia individual. También se dedicó a hacer ejercicio y a leer todo lo que podía. Novelas de romance [risas], y de ciencias de ejercicio para actualizarme, salud, yoga, meditación, clases de droga, clases de alcoholismo, clases de parenting, de papás, manejo de enojo. Todo con tal de que me ocupara el día todo completo. Y alejarme, estar solo. Su esposa lo visitó dos veces, y luego dejó de ir. Ella quería continuar con su vida. Sin Tony. En ninguna de las visitas llevó a su hija. Él prefirió que fuera así, porque no quería que su hija lo viera en esas condiciones. Sus hermanos también fueron algunas veces. Pero en un momento dado… Les pedí que ya mejor gasten ese tiempo con su familia, no gasten tiempo así en mí. Seguía creyendo que se merecía un castigo, y ese castigo era el abandono. Aún así, no cortó contacto con sus padres por completo. Los llamaba de vez en cuando. En una de esas llamadas, le contaron que su madre había muerto. Había estado enferma de diabetes durante mucho tiempo. Pero enfrente de todos esos presos, llorar no es bueno. Y no, no… no lo hice. Nomás yo le pedí a mi hermano que no dejara a mi papá solo, y lo sentía mucho, es más lo único… alcancé a hablar con mi pap… con mi papá era que ya no está… mi mamá ya no está sufriendo. Ya colgué y lo único que queda es que… que… Yo pedí estar en una celda de aislamiento para estar solo. Solo. Mientras superaba el duelo. Aunque cuando estaba en celdas comunes, tampoco se relacionaba mucho con los otros reos. Así pasó prácticamente los 7 años de su sentencia. Pero ese aislamiento le ayudó: se sentía mejor, más en paz consigo mismo, con todo lo que había hecho. Además, pronto saldría de la cárcel y la vida continuaría. Dije: «Esto no es para siempre». Nomás pensando en la salida: qué es lo que iba a hacer, o sea, ya tenía planeado, o sea, seguir con mis terapias. Tengo que ver psicólogo. Pero además, claro, iba a recuperar el tiempo perdido con su hija y su familia, que es lo que más ilusión le daba. Pero en agosto del 2007, un mes antes de que se cumpliera su sentencia, recibió una visita. Eran representantes del servicio de migración. Y traen mi archivo y todo. Entonces me dice: “Ok. Tú, por tu delito este, eres… son méritos para ser deportados a México”. Y todos sus planes se esfumaron. Ok, aquí les tengo que explicar cómo pasó todo esto. Volvamos al principio. Sí, los papás de Tony cruzaron la frontera buscando mejores oportunidades, pero cruzaron en el año 82, junto con sus hijos. Sin papeles. Para ese entonces Tony ya tenía 12 años. Permanecieron indocumentados hasta el 86, cuando el Presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, firmó una reforma que le daba amnistía a casi 3 millones de inmigrantes. Creo en la idea de amnistía para aquellos que pusieron sus raíces y han vivido aquí, aunque algún tiempo atrás hayan entrado ilegalmente. Sin importar las sanciones del empleador… Con esto, la familia de Tony pudo regularizar su situación. Los trámites tardaron 4 años. Así obtuvieron el permiso de residencia permanente, o el green card. Esto fue unos meses después de que Tony cumpliera la mayoría de edad, y fue con ese documento que él pudo entrar al ejército, pues en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos solo pueden servir ciudadanos y residentes permanentes. Pero ser ciudadano y ser residente permanente no es lo mismo. No se tienen los mismos derechos. Y entonces, para residentes permanentes, el delito que cometió Tony —conspiración por venta de drogas— no solo lleva a la cárcel, sino que resulta en la deportación obligatoria. Y en estos casos, la ley impide que los jueces tomen en cuenta los antecedentes y las circunstancias de la persona. Digamos, si es su primer delito, por ejemplo, o si, como en el caso de Tony, se es veterano de las Fuerzas Armadas. Y después de un año de servicio, Tony pudo haber solicitado su ciudadanía, sin tener que esperar los 5 años que les toca a los civiles. Pero nadie le explicó esto a Tony. Y a él, con 20 años, tampoco se le ocurrió preguntar cómo funcionaba este proceso. Se consideraba estadounidense, y nunca le prestó mucha atención a su estatus legal. Volvamos al 2007. Tony estaba en su celda y le acababan de dar la noticia de que sería deportado. Le dieron dos opciones: ser deportado de inmediato o ir a un juicio de apelación. Tony eligió ir a juicio y esperó durante unas semanas en un centro de detención de migrantes en Hasco, Texas. En el juicio, lo primero que el juez le preguntó a Tony fue: «Mister Romo, ¿por qué debo dejarlo yo que se quede en mi país?». Y Tony dijo: If your honor… O sea: Si usted juez puede tomar en consideración mi servicio militar a este país”. El juez no había visto el archivo de Tony, y se sorprendió. Él también era veterano de la primera Guerra en el Golfo. Intercambiaron brevemente historias sobre el servicio militar, y el juez le dijo: “Te voy a mandar la aplicación de la ciudadanía. Llénala y mándamela, y con eso”. Tony quedó ilusionado, y a los pocos días… Y sí, efectivamente me llegó la aplicación. La llené, me tomaron huellas, fotos, todo. Y ya, se la envié. Y esperó y esperó. Durante 5 meses. Todo el tiempo encerrado en el centro de detención. Hasta que el 2 de julio del 2008, dos agentes… Llegaron a mi celda, y me dicen: «Ok —a las 12 de la noche—: empaca tus cosas. Vámonos». O sea, lo estaban deportando. ¿Pero no les dijiste que tenías una aplicación que estaba bajo consideración? Sí les dije, pero: «No. Aquí está la orden». Lo montaron en un bus junto con otros que iban a ser deportados. Salieron rumbo a Tamaulipas, México. Nunca había estado en Tamaulipas. No tenía ni un cinco [risa]. Nada de dinero. Nomás lo que traía puesto y una chamarra, una pluma y un lápiz. No identificaciones, nada. Tony ni siquiera tenía pasaporte mexicano. Llegaron a las 3 de la mañana a la frontera. Y ahí nos dijeron: “Bájense y váyanse”. Crucé la frontera, caminando. Pero como en ese tiempo había broncas del narco y eso, varias personas que se bajaron del camión no querían cruzar. Pero yo bajé, y voy. Yo lo que quería era llegar a un lugar. Tony seguía siendo un tipo fuerte. Y de repente se me pegaron a mí. “¿Puedo caminar contigo?”, me dijeron, me preguntaron. “Sí, véngase” [risa]. Una de las personas que lo acompañó le agradeció alquilándole un cuarto de hotel y comprándole algo de comer. Me compró tacos, y era la primera vez que, en varios años, que comía tacos. Qué buena onda, buena gente. Me comí como 10 tacos. De adobada. Trabajó unos días en Tamaulipas, y un hermano y su papá le enviaron dinero. Se subió a un autobús. El destino era Tijuana, donde había vivido casi 30 años atrás. Era el único lugar de Mexico que él sentía que todavía conocía, y además, estaba en la frontera, cerca de su familia en California. Entonces, como dijimos, lo deportaron el 2 de julio del 2008. Unos 5 días después, llegó al centro de detención la carta que lo citaba a tomarse las fotos y las huellas. O sea, si hubiera estado todavía en Hasco, ese día, de ahí salgo y me mandan a la entrevista de ciudadanía por órdenes del juez. Pero no fue así. La cita estaba programada para el 21 de julio. Todavía había tiempo. Entonces le pidió a su abogada que le enviara una copia de la carta a Tijuana. Fue a San Isidro, el mayor puesto de control de la frontera entre Tijuana y San Diego. Y le mostró la carta al oficial. Les dije: “Tengo mi cita”. Y pues no me dejaron cruzar. Parece que no sabían qué hacer con eso. Llamó a la oficina de las Fuerzas Armadas que hace los trámites de ciudadanía. Lo único que dijeron ellos: “Te vamos a cambiar la fecha”. Y me mandan otra. Y así siguieron como otras 5 o 6 cartas, como 6 cartas más. Iba aquí a San Isidro, a migración: “Hey, pues son citas para la entrevista”. Y no me dejaron entrar. Pues no. Ya no insistí. Y bueno, Tony lleva casi una década viviendo en Tijuana. Hoy alquila un pequeño apartamento en la playa, y trabaja en un gimnasio como entrenador personal. Como gana poco dinero, le toca descargar camiones y trabajar en construcción para llegar al fin del mes. Cuando le alcanza la plata, ve a una psicóloga. Pero las sesiones son poco frecuentes. Hace unos 4 años, Tony se dio cuenta de que no era el único en esta situación… Un día, estaba paseando por la playa cerca de la línea fronteriza y vio a varios hombres con uniformes del Ejercito de Estado Unidos. Se acercó y empezó a conversar con ellos. También eran veteranos que habían sido deportados, y algunos se hospedaban en un refugio especial. Le dicen El Búnker. Para Tony, encontrar este lugar fue… Algo grandioso, una sorpresa. Yo siempre me quedé en silencio de dónde venía y eso. Pero ahora que encontré a otros ya me siento mejor, como apoyado moralmente. ¡Hola, Héctor! Pasa adelante… ¡Gracias! Quería ver este lugar. Es un edificio pequeño, de dos plantas. El primer piso tiene unos ventanales grandes cubiertos con varias banderas enormes de los Estados Unidos. No hay ninguna bandera mexicana. El fundador del Búnker es Héctor Barajas, un veterano que fue deportado en el 2010. Él fue quien me recibió y me mostró el lugar. Y pues aquí tenemos nuestra cocina. Y aquí tenemos, este… Tenemos más catres. Cots. Pero ahorita se quedan nomás dos personas. Y aquí se queda Luis Vargas… Además de darle comida y cama a los veteranos que no lo tengan, El Búnker ayuda a decenas de veteranos que viven en Tijuana y los alrededores con asesoría legal y servicios médicos, y también a conseguir trabajo. Además organizan sesiones de apoyo psicológico. Tony va de vez en cuando. Hace más de un año, Héctor contactó a unos abogados de la ACLU, la American Civil Liberties Union, para denunciar la situación de los veteranos deportados. La ACLU es una organización que defiende los derechos civiles de los estadounidenses e hizo un informe que critica duramente las deportaciones de veteranos. La organización argumenta que estas personas ya pagaron su crimen al ir a la cárcel, y que al ser deportadas se les está castigando de por vida. Como primer paso, la ACLU le pidió al gobernador de California que le concediera el perdón a unos 6 veteranos. En abril de este año, el gobernador Jerry Brown se lo concedió a 3 de ellos, incluyendo a Héctor. Esto significó limpiar los antecedentes penales, para que pudieran aplicar para la ciudadanía desde el extranjero. Pero conseguir este tipo de perdón no es viable en la mayoría de los casos. El crimen de Tony, por ejemplo, es un crimen federal, y solo el presidente Trump lo podría perdonar. Y, claro, esto, en el clima político actual, es poco probable. Entonces, Tony sigue en México, y la ACLU cree que la única forma de que él y esa gran mayoría de veteranos deportados consigan volver a Estados Unidos es por medio de una reforma migratoria, lo que también parece poco probable en un futuro próximo. Y bueno, a Tony no le queda más que tratar de enfocarse en lo positivo. Le gusta México, le gusta su trabajo y su rutina, pero… Mi familia está en Estados Unidos: mi papá, mis hermanos, mis sobrinos, primos… Mi hija… Tony no ve a su hija desde hace 16 años, y solo habla con ella por teléfono de vez en cuando. Lo que más le pesa es haber estado ausente durante tanto tiempo. Quiere recuperar ese tiempo perdido. Y bueno, piensa que esto solo lo va a lograr volviendo a Estados Unidos. Qué más quisiera regresar el tiempo y empezar de nuevo. Pero no se puede. No se puede. Es un sueño. No hay cifra oficial del gobierno, pero la American Civil Liberties Union calcula que, en los últimos 20 años, miles de veteranos de las Fuerzas Armadas fueron deportados a más de 30 países, entre ellos El Salvador, Filipinas, República Dominicana, Perú y, claro, México. Esta historia fue producida por Jenny Barchfield y Luis Fernando Vargas, y fue editada por Camila Segura, Silvia Viñas y por mí. La mezcla y el diseño de sonido son de Ryan Sweikert. Daniel Villatoro hizo el fact-checking. Muchas gracias a Hernando Álvarez y Roberto Belo-Rovella de la BBC por darnos parte del audio de archivo que escucharon en el episodio. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Andrés Azpiri, Jorge Caraballo, Patrick Mosley, Laura Pérez, Ana Prieto, Barbara Sawhill, Luis Trelles, David Trujillo, y Elsa Liliana Ulloa. Maytik Avirama es nuestra pasante editorial. Andrea Betanzos es la coordinadora de programas. Carolina Guerrero es la CEO. Y recuerda, envíanos las preguntas que te gustaría que Radio Ambulante investigue a radioambulante.org/ pregunta Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Conoce más sobre Radio Ambulante y sobre esta historia en nuestra página web: radioambulante.org. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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