logo
Listen Language Learn
thumb

Radio Ambulante - A oscuras

-
+
15
30

El Huracán María dejó a Puerto Rico devastado, pero para muchos puertorriqueños la verdadera catástrofe vino después de la tormenta.

>Muchos
de
ustedes
nos
han
preguntado
cómo
pueden
apoyar
a
Radio
Ambulante.
Hay
muchas
maneras.
Si
van
a
nuestra
página
web
—radioambulante.org—
pueden
hacer
una
donación,
o
comprar
camisetas
o
bolsos.
Y
para
nuestros
oyentes
en
Estados
Unidos,
deberían
considerar
apoyar
a
su
emisora
local
de
radio
pública.
Pueden
hacerlo
ingresando
a
donate.npr.org/RadioAmbulante.
Repito:
se
deletrea
d-o-n-a-t-e,
donate.npr.org/RadioAmbulante.
Y
no
te
olvides
de
compartir
tu
donación
en
redes
sociales
con
el
hashtag
#WhyPublicRadio.
Gracias.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
empezar,
una
advertencia:
en
el
episodio
de
hoy
escucharan
algunas
palabras
que
algunos
consideran
soeces.
Para
otros
son
simplemente
la
manera
de
comunicarse.
Creemos
que
son
importantes
en
el
contexto
de
la
historia
y
por
eso
las
dejamos
aquí.
Pero
si
quieren
oir
una
versión
“limpia”,
pueden
encontrarla
en
nuestra
página
web
radioambulante.org,
Esa
casita
era
la
mía,
la
de
abajo.
Ay,
si
no
queda
nada…
Ah,
eso,
yo
recogí
todo
eso.
Yo
recogí
todo
ahí,
lo
tengo
ahí
por
si
acaso,
ver
lo
qué
pasa,
por
si
me
ayudan
o
algo,
pues…
Pero
se
te
fueron
las
paredes,
se
te
fue…
¡Toda!
No,
ella
se
fue
toda,
toda,
toda.
Me
dejó
más
que
con
una
muda
de
ropa
que
llevo
puesta.
Te
lo
digo
de
verdad.
Hoy
empezamos
con
lo
que
vivió
Ramón
López
el
20
de
septiembre
de
este
año,
2017,
cuando
el
Huracán
María
pasó
por
Puerto
Rico.
Tres
semanas
después
del
huracán,
nuestro
productor
Luis
Trelles
llegó
hasta
el
barrio
rural
donde
vive
Ramón.
¿Y
cuándo
fue
que
empezaste
a
sentir
los
vientos
fuertes?
Como
a
las…
Como
desde
las
6
de
la
mañana,
sí.
Y
después
a
las
12
fue
que
se
puso
feo
eso.
[Risa]
¿Feo
cómo?
Muchacho.
Feo
de
verdad:
brutal,
brutal,
brutal,
que
no
había
quién
lo
resistiera.
Ramón
vivía
en
una
pequeña
casa
de
madera
que
había
construído
su
padre.
Tenía
el
mismo
techo
de
siempre,
hecho
con
planchas
de
zinc.
Una
típica
casita
de
campo
puertorriqueña,
enclavada
en
la
falda
de
una
montaña,
rodeada
de
montes
verdes
que
Ramón
utilizaba
para
sembrar
tubérculos
y
criar
cerdos.
Pero
este
no
era
el
primer
huracán
que
Ramón
había
sobrevivido.
Había
estado
también
para
Irma,
Irene
y
Hortense,
tres
tormentas
recientes
que
habían
pasado
por
la
isla.
Y
la
casa,
bien,
siempre
había
resistido.
Hasta
que
llegó
María.
Fue
precisamente
a
las
12
del
mediodía
que
una
ráfaga
de
viento
se
llevó
el
techo
de
la
casa.
Bueno,
ahí
salí
corriendo.
¿Tuviste
que
salir
corriendo
en
medio
del
huracán?
Sí,
corriendo.
Es
la
cosa,
sí.
Y
de
ahí
me
fui
pal
monte,
pa
allá,
pa’
a
una
casita
que
hay
allá.
Bajé
casi
en
4
pa…
en
4
piernas
por
ahí
pa
allá
porque
uno
no
puede
estar
en
el
viento
así.
Te
lleva.
Te
lleva.
Me
mató
animales
y
todo
aquí.
Me
mató
un
caballo.
Un
caballo
me
mató
también,.
Mató
3
cerdos,
2
cabras…
Ramón
se
tuvo
que
refugiar
ahí,
en
esa
casa
abandonada
de
cemento
que
quedaba
un
poco
más
arriba
en
el
monte.
Solo.
No
había
nadie
más
a
varios
kilómetros
de
distancia.
Para
millones
de
puertorriqueños
como
Ramón,
María
marcó
un
antes
y
después
en
sus
vidas.
Con
más
de
$90
mil
millones
en
daños
estimados,
este
huracán
ya
se
ha
convertido
en
uno
de
los
desastres
naturales
más
costosos
en
la
historia
de
los
Estados
Unidos.
Pero
las
consecuencias
del
huracán
van
mucho
más
allá
de
las
pérdidas
materiales.
Nuestro
productor
Luis
Trelles
también
estaba
en
la
isla,
junto
con
su
familia,
cuando
llegó
María.
Al
igual
que
tantos
otros
puertorriqueños,
él
también
se
dio
cuenta
de
la
magnitud
del
desastre
muy
lentamente.
Hoy
Luis
nos
trae
la
historia
de
la
catástrofe
que
vino
después
de
la
tormenta.
Una
versión
de
esta
historia
se
presentó
en
Brooklyn
a
finales
de
octubre,
cuando
hicimos
un
evento
en
vivo
para
recaudar
fondos
para
la
recuperación
de
Puerto
Rico.
Aquí,
Luis.
Cuando
llegó,
yo
estaba
dormido.
Es
posible
que
fuera
la
única
persona
en
Puerto
Rico
que
no
se
despertó
durante
el
huracán,
que
llegó
de
madrugada.
La
casa
tembló.
Las
ventanas
vibraron
de
forma
incontrolada
por
el
viento.
El
cielo
parecía
estar
a
punto
de
caerse
con
las
lluvias
torrenciales.
Y
yo…
yo
estaba
en
el
quinto
sueño.
Mi
esposa
y
mi
hija
estaban
a
mi
lado,
aterradas.
A
la
mañana
siguiente
entrevisté
a
Lucy,
mi
esposa,
para
que
me
contara
lo
que
pasó
mientras
yo
dormía.
Y
esto
fue
lo
que
me
dijo:
Como
a
las
4
y
media
de
la
mañana
me
levanté
con
el
rugir
del
viento
—que
francamente
yo
he
pasado
varios
huracanes—
y…
siento
que
estaba
ready,
pero
como
que
estaba
bastante
asustada.
Nuestra
hija
se
levantó
con
el
ruido,
la
dejé
que
se
acurrucara
con
nosotros
en
la
cama.
estabas
yo
creo
que
dormido.
Que
creo
que
te
habías
tomado
una
melatonina.
[Risas]
Esa
es
mi
risa
nerviosa.
Como
yo
llevo
una
década
con
mi
esposa,
puedo
detectar
fácilmente
su
tono
de
resentimiento
y
decepción.
Pero
no
me
arrepiento
de
haberme
dopado.
La
verdad
es
que
si
no
saben
qué
hacer
cuando
llegue
el
fin
del
mundo…
melatonina.
5
miligramos.
Con
un
buen
trago
de
ron
puertorriqueño,
si
tienen
la
botella
a
la
mano.
Al
día
siguiente,
bueno,
no
si
al
día
siguiente
hubo
noticias
en
el
resto
del
mundo.
Porque
en
Puerto
Rico
no
hubo
ninguna.
Cero.
Nada
de
noticias.
Nada
de
electricidad.
Ni
de
teléfonos.
Ni
de
televisión.
Pero
lo
más
preocupante
de
todo
es
que
casi
todas
las
estaciones
de
radio
quedaron
fuera
del
aire.
Eso
era
algo
que
nunca
había
pasado
después
de
un
huracán.
Se
sentía
rarísimo
pasar
de
estación
en
estación,
y
solo
escuchar
la
estática.
Era
como
si
no
hubiera
nadie
al
otro
lado.
Se
sentía
como
un
episodio
de
una
serie
de
ciencia
ficción.
Una
trama
apocalíptica.
Y
pues…
¿Qué
se
supone
que
uno
haga
luego
de
que
pasa
un
huracán
como
María?
Lo
primero
es
salir
a
la
calle.
Y
entrar
en
estado
de
shock
al
ver
cómo
ha
quedado
todo.
Había
árboles
y
postes
de
electricidad
caídos
y
regados
por
todo
lados.
Unos
encima
de
otros.
Obstáculos
de
4
y
5
pies
de
altura.
El
único
vehículo
capaz
de
pasar
hubiera
sido
un
tanque.
Desde
la
loma
en
la
que
está
nuestra
casa
la
ciudad
se
veía
como
nunca
antes.
Ahora,
de
repente,
estábamos
rodeados
por
paisajes
insospechados:
un
vecindario
sobre
una
loma,
la
icónica
torre
de
la
Universidad
de
Puerto
Rico…
Nada
de
esto
se
podía
ver
antes,
pero
ahora
sí,
porque
ya
no
había
árboles
en
el
medio.
Pero
éramos
de
los
afortunados.
La
mayor
parte
de
las
casas
de
mi
cuadra
solo
se
inundaron
con
una
pulgada
de
agua.
Entonces
empezamos
a
hacer
lo
que
todos
estaban
haciendo:
abrir
camino
para
poder
salir.
Mi
vecino
me
prestó
un
machete
para
picar
los
palos
frente
a
mi
casa.
Afortunadamente
los
efectos
del
somnífero
ya
se
habían
terminado,
porque
los
que
me
conocen
saben
que
soy
un
tipo
muy
torpe.
Es
un
milagro
no
haberme
cortado
un
dedo
ese
día.
Dos
días
después
del
huracán,
finalmente
decidí
que
era
seguro
montarme
en
el
carro
para
ir
a
ver
a
mis
padres.
Mi
esposa
y
mi
hija,
Jimena,
de
4
años,
se
montaron
en
el
carro
conmigo.
Usualmente
podemos
llegar
en
10
minutos,
pero
las
carreteras…
OK,
por
ahí
no
podemos
coger.
Inundado.
¡Inundado!
¡Señores,
por
allá
está
inundado!
Muy
bien,
Jimena.
eso
mismo
es
lo
que
querían
decirles.
Nos
tomó
45
minutos,
pero
finalmente
pudimos
llegar
a
casa
de
mis
padres.
Estaban
bien,
pero
se
veían
exhaustos.
Cuando
vi
a
mi
padre,
esto
fue
lo
primero
que
me
dijo:
¿Tú
miraste
cómo
quedó
esto?
Se
inundó
toda
la
casa.
¡¿Se
inundó?!
Sí.
A
Amaral
se
le
cayó
el
árbol.
Amaral,
el
vecino.
No
puede
ni
entrar
ni
salir.
Y
esta
es
la
cosa:
2,
3
días
después
del
huracán
todavía
no
teníamos
idea
de
qué
estaba
pasando
realmente.
De
lo
terrible
que
se
había
puesto
la
situación.
O
sea,
yo
he
vivido
varios
huracanes
ya
en
mi
vida.
Casi
todos
los
puertorriqueños
han
vivido
al
menos
uno.
Tenía
12
años
cuando
vino
el
Huracán
Hugo.
Recuerdo
perfectamente
a
mi
abuela
cubana
sentada
en
la
cocina,
con
el
agua
hasta
los
tobillos,
rezando
el
rosario.
Y
francamente
no
qué
fue
peor:
la
tormenta,
o
que
mi
abuelita
me
obligara
a
rezar
con
ella.
Y
en
el
98,
cuando
llegó
el
huracán
Georges,
yo
era
un
perfecto
idiota
de
21
años.
Nunca
se
me
va
a
olvidar
lo
que
pasó
el
día
después.
Estaba
en
el
carro
con
mis
dos
roommates
punketas.
Teníamos
la
misión
de
encontrar
agua
para
tomar.
Y
yo
había
fumado
tanta
yerba
durante
el
ciclón,
que
terminé
chocando
un
autobús
repleto
de
voluntarios
de
la
Cruz
Roja.
O
sea
que
sí.
Yo
lo
que
son
los
huracanes.
Usualmente
te
tienes
que
aguantar
una
semana
sin
luz.
Hay
que
despejar
las
carreteras
con
hachas
y
machetes.
No
hay
señal
de
celular.
Y
ya
después
te
recuperas,
y
el
mal
rato
se
convierte
en
una
anécdota.
Corrección:
yo
pensaba
que
sabía
lo
que
son
los
huracanes.
En
la
mañana
después
de
María,
aún
no
entendíamos
que
esta
vez
era
diferente.
No
sabíamos
que
la
isla
completa
estaba
sin
electricidad.
Que
miles
de
hogares
habían
quedado
destruidos.
Que
la
gente
estaba
pasando
hambre.
Que
había
hospitales
sin
generadores.
Y
que
cientos
de
personas
estaban
a
punto
de
morir
por
falta
de
agua
limpia,
falta
de
oxígeno.
O
por
falta
de
servicios
médicos
básicos.
Nadie
sabía
cuán
desesperada
se
pondría
la
vida
en
la
isla.
Cuán
desesperada
estaba
ya
para
algunos.
Y
es
que
en
ese
momento
era
imposible
saber.
Hay
un
silencio
extraño
que
se
impone
luego
de
un
desastre
como
este.
Estamos
acostumbrados
a
que
las
noticias
vuelen.
A
que
sean
instantáneas…
Pero
después
de
María,
de
lo
único
que
se
podía
estar
seguro
era
de
lo
que
se
tenía
enfrente.
El
huracán
cruzó
Puerto
Rico
de
costa
a
costa,
devastando
a
la
isla.
Lo
que
estaba
pasando
en
tu
calle.
Mucha
reja
caída.
Mucho
alambre
caído.
Un
par
de
días
después
te
enterabas
de
lo
que
había
pasado
en
tu
vecindario.
A
Condado
y
a
Ocean
Park
no
se
puede
entrar.
El
mar
está
afuera.
Una
semana
después,
en
tu
ciudad.
¿Qué
nos
puede
decir
de
San
Juan?
El
horror
que
ves
en
los
ojos
de
la
gente.
Y
finalmente,
la
isla.
Es
un
sitio
con
muchos
árboles,
mucha
vegetación…
Ella
es
Maga
Lorenzo,
y
vivía
en
Ocean
Park,
un
hermoso
vecindario
playero
de
San
Juan.
Maga
pasó
el
huracán
en
casa
de
una
amiga,
y
se
tardó
2
días
en
regresar
a
su
apartamento.
Y
cuando
finalmente
se
acercó
a
su
vecindario,
esto
fue
lo
que
encontró:
Y
era
como
que
si
le
hubiesen
pegado
un
fósforo
a
todos
los
árboles
que
habían.
Casas
con
verjas
rotas
por
montones.
Es
como…
Era
una
escena
súper
triste.
Vecinos
en
kayaks,
en
paddle
boards,
habían
algunos
que
tenían
una
“yolita”,
tratando
de
sacar
cosas,
sacando
gente
de
las
casas.
Y
uno
como
que…
Me
dio
mucha
tristeza.
El
agua
le
llegaba
a
la
rodilla.
Los
rescatistas
a
su
alrededor
le
decían
que
su
calle
estaba
bien,
que
no
se
había
inundado
como
las
demás,
pero
cuando
llegó:
Todas
mis
cositas
flotando.
Zapatos
flotando.
Tenía
las
bolsas
de
reciclaje
que
no
las
boté,
estaban
todas
las
botellas
flotando.
La
comida
del
perro.
El
agua
estaba
completamente
negra.
Este…
Había
mosquitos.
¿Sabes?
abrías
las
puertas
y
era
como,
cada
puerta
salía
una
cascada.
Y
decías
“wow”,
¿sabes?
Fue
como
que
yo
jamás
pensé
que
mi
apartamento
se
fuera
a
inundar
de
esa
forma,
punto.
O
sea,
yo
no
me
lo
esperaba.
Lo
que
se
estaba
haciendo
evidente
para
Maga
—para
todos
en
Puerto
Rico—
era
el
nivel
de
devastación
en
el
país.
Había
cientos
de
vecindarios
como
el
de
Maga.
Miles
de
casas
como
la
suya.
Y
muchas
enfrentaban
una
situación
aún
peor.
Jamás
pensamos
que
el
resto
de
la
isla
iba
a
estar
como
estaba.
Maga
pasó
los
próximos
días
tratando
de
llamar
a
su
familia
en
Aguada,
un
pueblo
pequeño
que
queda
a
2
horas
de
San
Juan.
Pero
no
había
señal,
y
era
imposible
conseguirlos.
Al
quinto
día,
logró
contactar
a
su
hermana.
Ella
me
dice
que
si
yo
puedo
viajar
a
Aguada,
en
ese
mismo
momento.
Y
yo
le
estoy
preguntando,
yo:
“¿Pero
qué
pasa?
Voy
a
hacer
un
viaje
de
2
horas
y
me
estoy
poniendo
súper
nerviosa”.
Su
mayor
preocupación
era
su
padre,
un
hombre
ya
mayor.
Pero
la
hermana
la
había
llamado
para
darle
otra
noticia.
Y
ella
me
dice:
“No,
Maga,
papá
está
bien”.
Y
me
dice
que
es
mi
hermano.
El
hermano
de
Maga
era
un
policía
en
el
pueblo
de
Aguada.
Durante
el
huracán
estuvo
de
turno
por
más
de
30
horas
en
la
estación
de
policía
del
pueblo.
Una
vez
que
pasó
María,
salió
para
ver
a
su
familia.
Estaba
oscuro
y
todavía
llovía
muy
fuerte.
Las
carreteras
principales
estaban
llenas
de
escombros,
por
lo
que
decidió
tomar
una
carretera
rural
que
lo
llevó
a
un
puente
que
atravesaba
un
río.
Lo
que
pasó
después
fue
una
de
esas
noticias
que
todos
habíamos
escuchado
cuando
finalmente
funcionó
una
estación
de
radio.
Maga
lo
había
escuchado
también.
Y
pues
ya
antes
ya
había
escuchado
la
noticia
por
radio
que
dos
policías
se…
se
habían
ahogado
por
un
golpe
de
agua
que
los
arrastró.
Y
cuando
ella
me
dice
que
es
mi
hermano
yo
le
digo:
“No
me
digas
que…
que
Pito
—que
era
como
nosotros
le
decíamos—…
no
me
digas
que
Pito…
fue
uno
de
los
policías
que
murió”…
Y
ella
me
dice
que
sí.
Pito
intentó
cruzar
justo
cuando
el
río
crecía.
El
golpe
de
agua
se
llevó
el
carro
completo,
y
estuvo
desaparecido
por
más
de
48
horas.
Pito
tenía
47
años.
Se
llamaba
Ángel
Luis
Lorenzo.
En
la
policía
lo
ascendieron
póstumamente
al
rango
de
sargento,
en
una
ceremonia
que
se
llevó
a
cabo
en
su
funeral.
De
verdad
que
la
ceremonia
fue
súper
linda,
pero
demasiado
triste.
Demasiado
triste.
Porque
al
final
pasan
una
lista
y
llaman
a
todos
los
sargentos,
y
cuando
toca
su
nombre,
él
no
dice
presente.
Pero
a
la
tercera
vez
que
dicen
su
nombre,
todos
sus
compañeros
gritan
presente.
Cuando
vives
en
una
isla
se
sabe
que
de
alguna
manera
siempre
estás
por
tu
cuenta.
En
Puerto
Rico
hemos
pasado
una
depresión
económica
de
más
de
una
década.
El
resultado
es
que
ahora
el
gobierno
está
en
quiebra,
y
ni
siquiera
controla
sus
propias
finanzas.
Antes
de
María,
ya
había
un
éxodo
masivo.
Más
de
500
mil
puertorriqueños
se
han
ido
para
los
Estados
Unidos
desde
el
2005.
Así
que
hablemos
claro:
el
sistema
eléctrico
de
Puerto
Rico
estaba
en
ruinas
antes
de
María.
La
economía
estaba
hundiéndose
mucho
antes
de
que
llegara
el
huracán.
Por
eso,
todos
sabíamos
que
habría
algún
tipo
de
un
apagón.
Pero
nadie
pensó
que
quedaríamos
a
oscuras
durante
tanto
tiempo.
Y
es
que
hay
algo
más
que
a
veces
parece
olvidarse:
los
puertorriqueños
somos
ciudadanos
estadounidenses.
Y
lo
que
nos
pegó
a
todos
muy
fuerte
fue
darnos
cuenta
que
ni
el
gobierno
local
o
el
federal
estaban
preparado
para
esto.
El
día
de
hoy
ya
algunas
personas
se
han
acercado
hasta
este,
que
es
el
centro
de
control
que
el
gobierno
ha
instalado.
Estamos
aquí
buscando
orientación,
pero
ahora
mismito
las
personas
que
están
encargadas
del
centro
del
gobierno
ni
siquiera
ellos
saben
dónde
es
que
van
a
proveer
los
servicios.
Estamos
aquí
en
ascuas.
Estamos
aquí
en
la
nada.
Y
es
que,
además,
el
gobierno
de
Estados
Unidos
se
tardó
demasiado
en
responder
a
la
emergencia.
Por
su
parte,
el
gobernador
Ricardo
Rosselló
le
urgió
al
Departamento
de
Defensa
más
apoyo
para
poder
mitigar
la
emergencia
y
evitar
también
una
crisis
humanitaria.
Vamos
con…
Y
cuando
finalmente
llegaron,
los
militares
y
los
rescatistas
no
eran
suficientes.
No
traían
suficiente
equipo,
no
había
urgencia
para
llegar
a
las
áreas
más
remotas,
o
ayudar
a
los
más
necesitados.
Como
si
el
gobierno
federal
de
Estados
Unidos
no
quisiera
ayudar
a
Puerto
Rico…
O
simplemente
no
le
importa
lo
que
pasa
en
su
colonia.
El
presidente
Trump
llegó
a
Puerto
Rico
ayer
acompañada
de
su
mujer,
Melania
Trump.
Visita
casi
3
semanas
después
de
que
el
Huracán
María
arrasara
la
isla
precedida
de
la
polémica,
porque
mientras
Puerto
Rico…
Y
cuando
llegó…
esto
fue
lo
que
hizo
Trump
también
visitó
un
centro
de
reparto
de
ayuda,
y
colaboró
a
su
estilo:
tirando
rollos
de
papel
a
los
asistentes.
Y
creo
que
esa
fue
la
gran
revelación.
No
sabíamos
qué
tan
aislados
realmente
estamos.
Esta
realidad
se
sintió
con
más
fuerza
afuera
de
San
Juan.
En
el
pueblo
de
Orocovis,
donde
las
carreteras
rurales
atraviesan
las
montañas,
los
problemas
empezaron
a
crecer
rápidamente.
Apenas
se
fue
la
luz,
los
generadores
de
emergencia
en
el
único
hospital
del
pueblo
también
comenzaron
a
fallar.
Yadira
Collazo,
la
asistente
del
alcalde,
describe
lo
que
enfrentaron
los
pacientes:
Al
inicio,
en
esa
semana,
fue
bien
difícil,
porque
no
había
manera
de
salir
de
Orocovis.
No
había
manera.
La
situación
de
la
gasolina…
Gasolina.
Para
los
generadores
de
emergencia
que
mantenían
vivos
a
docenas
de
pacientes.
Y
es
que
además
son
generadores
que
están
diseñados
para
emergencias
a
corto
plazo.
No
están
hechos
para
estar
prendidos
por
varios
días
seguidos.
Pero
la
planta
colapsó,
el
generador
colapsó,
y
se
cerró.
Se
cerró
el
hospital
Y
ese
fue
el
momento
en
que
la
gente
empezó
a
morir.
Personas
que
se
pudieron
haber
salvado
si
solo
el
gobierno
hubiera
mandado
diesel
o
generadores
a
tiempo.
Hace
algunos
4
días, iba
una
persona
en
bicicleta.
Fue
atropellada.
El
hospital
estaba
cerrado.
Y
obviamente
continúan
hacia…
hacia
otro
hospital.
Pero
aquí
el
detalle:
el
hospital
más
cercano
está
a
una
hora
y
media
de
distancia.
Y
con
las
carreteras
bloqueadas
después
del
huracán
y
la
dificultad
para
conseguir
gasolina
llegar
al
otro
hospital
les
tomó
más
de
4
horas.
Y
de
camino
la
persona
falleció.
Y
claro,
Orocovis
y
su
hospital
no
eran
los
únicos
lugares
que
enfrentaban
dificultades
como
esta.
Dos
semanas
después
del
huracán,
el
gobierno
anunció
que
más
de
la
mitad
de
los
71
hospitales
en
la
isla
estaban
funcionando
de
manera
parcial
o
habían
cerrado
por
completo.
Para
muchos
pacientes
en
estado
crítico,
la
falta
de
ayuda
después
del
huracán
se
convirtió
en
un
asunto
de
vida
o
muerte.
El
gobierno
puertorriqueño
dice
que
el
número
oficial
de
muertos
a
causa
del
huracán
es
de
62.
Pero
en
los
hospitales,
en
las
hogares
geriátricos
y
hasta
en
las
funerarias
se
comenta
que
las
muertes
fueron
más.
Muchas
más.
Chico
no,
no,
eso…
eso
es
un
engaño.
Yo
creo
que
en
todo
Puerto
Rico,
en
mi
opinión,
para
pasan
de
muchísimos,
muchísimos.
Este
es
Carlos
Malavé,
el
director
de
una
funeraria
en
Añasco,
un
pueblo
muy
pequeño
en
el
oeste
de
la
isla,
me
dijo
que
él
usualmente
prepara
unos
12
funerales
al
mes.
En
los
5
días
después
de
María
tuvo
9.
Casi
todos
fueron
de
personas
mayores
y
pacientes
en
condiciones
críticas.
Yo
creo
que
pasan…
Muchacha,
no
pasan…
Tienen
que
pasar
de
500,
algo
así.
Porque
si
en
este
pueblito
tan
chiquito
y
si
hay
9,
nada
más
mirá:
no
puede
ser.
No,
no,
no.
Una
semana
después
del
huracán,
empezaron
rumores
sobre
el
aeropuerto.
Se
decía
que
estaba
a
punto
de
cerrar,
y
que
una
vez
que
cerrara,
no
habría
manera
de
salir
de
Puerto
Rico.
Allí
también
se
había
ido
la
luz.
Los
vuelos
de
salida
se
habían
reducido
al
mínimo,
pero
eso
no
frenó
a
las
miles
y
miles
de
personas
que
llegaban
allí
todos
los
días
para
irse
a
Estados
Unidos.
Algunos
estaban
abandonando
sus
carros
en
el
estacionamiento
del
aeropuerto.
Ni
siquiera
había
que
decirlo
en
voz
alta:
se
sabía
que
muchos
de
ellos
se
iban
de
Puerto
Rico
para
no
regresar.
Adentro,
en
los
terminales,
las
filas
se
llenaban
de
personas
mayores
en
sillas
de
ruedas.
Muchos
jalaban
sus
tanques
de
oxígeno.
Los
ancianos
y
los
niños
eran
los
primeros
en
ser
evacuados
de
la
isla.
Un
esfuerzo
improvisado
para
sacar
a
sus
familiares
más
vulnerables.
Es
imposible
saber
cuánta
gente
se
ha
ido
de
Puerto
Rico
después
del
huracán:
100
mil,
200
mil…
No
se
sabrá
a
ciencia
cierta
hasta
el
próximo
censo.
No
me
sorprendería
si
al
final
son
muchos
más.
Mi
esposa
y
yo
también
hablamos
de
irnos.
Es
lo
mismo
que
se
hablaba
en
toda
la
isla,
un
zumbido
constante
de
voces
que
discutían
si
ya
había
llegado
la
hora
de
salir.
Es
una
conversación
provocada
por
el
miedo,
que
se
llena
de
furia
a
veces,
y
que
siempre
termina
en
tristeza.
Cuando
lo
hablamos
por
primera
vez,
en
los
días
después
del
huracán,
mi
esposa
Lucy
no
estaba
lista
para
pensar
en
irse.
Así
lo
recordaba
unas
dos
semanas
después
del
huracán…
Yo
creo
que
acababa
de
pasar
el
huracán.
Yo
no
sabía
cómo
[risa].
Yo…
Yo
pensé,
nene,
en
una
semana
llega
la
luz,
yo
voy
a
estar
en
el
teatro
trabajando.
No
me
voy
a
ir.
No
voy
a
abandonar
mi
islita…
Pero
las
cosas
habían
cambiado.
Dos
semanas
después
del
huracán,
y
la
isla
estaba
casi
irreconocible.
Ahora
era
un
lugar
que
se
sentía
inseguro.
Nos
aterraba
la
idea
de
que
Jimena
se
enfermara
y
tuviéramos
que
llevarla
a
uno
de
los
hospitales
colapsados.
Por
eso
ahora
era
Lucy
la
que
empezaba
esa
conversación
que
no
queríamos
tener.
Ninguno
de
los
dos
sabía
si
había
llegado
el
momento
de
hacer
las
maletas
para
irnos
a
Nueva
York.
Entonces,
¿de
qué
me
querías
hablar?
Bueno,
de
cuáles
son
nuestras
opciones
porque
[risa]
todavía
estaba
considerando
llevarme
a
Jimena
y
irme
pallá,
porque
no
estoy
haciendo
nada.
¿Y
cómo
te
hace
sentir
eso?
Ay,
bien
mal.
Si
estoy
aquí
sin…
Impotente.
No
pensé.
Es
que
el
primer
día
estábamos
todos
abriendo
caminos,
picando
palos…
y
ahora
estamos
todos
de
momento
como:
¡¿qué
vamos
a
hacer?!
Todavía
no
sabemos
cómo
contestar
esa
pregunta.
No
me
parece
que
haya
nadie
que
sepa
qué
es
lo
que
va
a
pasar
en
Puerto
Rico,
qué
tipo
de
país
va
a
salir
de
todo
esto.
Por
eso
la
pregunta
de
si
era
mejor
irse
o
quedarse
estaba
en
boca
de
todos.
Fue
esa
misma
pregunta
la
que
le
hice
yo
a
mi
padre,
que
tiene
87
años.
Es
cubano,
y
ya
le
ha
tocado
vivir
una
revolución
que
lo
llevó
al
exilio.
A
su
edad,
me
preocupa
que
tenga
que
vivir
otro
momento
tan
caótico.
Por
eso
le
pregunté:
¿Y
no
has
pensado
en
irte
de
Puerto
Rico?
No,
yo
por
ahora
no
me
voy.
No
me
parece
bien
que
en
una
situación
así,
he
vivido
los
buenos
tiempos.
“Ay
como
tengo
dinero
me
voy
dos
semanas
y
que
los
demás
se
chaven”.
Que
se
chaven.
Es
decir,
que
se
fastidien.
Yo
voy
a
esperar.
Ahora,
si
yo
me
pusiera
malo,
entonces
antes
de
que
me
hospitalicen
me…
Trataría
de
irme.
Porque
dicen
que
los
hospitales
están
de
madre
también.
Así
que
nada:
en
eso
estamos.
¿Y
has
pensado
en
irte
a
Nueva
York
o
no?
No
sé.
No
sé.
hemos
pensado.
Pero
no
sé.
Yo
digo
por
Jimena.
Sí.
No
qué
vamos
a
hacer.
Ya
estamos
a
3
meses
del
huracán.
La
recuperación
apenas
avanza.
Más
de
la
mitad
de
los
puertorriqueños
siguen
sin
luz,
y
con
cada
día
que
pasa,
la
falta
de
electricidad
hunde
aún
más
a
una
economía
agonizante.
La
conversación
con
mi
papá
fue
de
hace
ya
varias
semanas,
pero
parece
que
fue
ayer.
Todavía
no
qué
vamos
hacer.
Nadie
sabe,
y
esa
es
la
verdadera
catástrofe.
Una
pausa,
y
volvemos.
Muchos
de
ustedes
nos
han
preguntado
cómo
pueden
apoyar
a
Radio
Ambulante.
Hay
muchas
maneras.
Si
van
a
nuestra
página
web
—radioambulante.org—
pueden
hacer
una
donación,
o
comprar
camisetas
o
bolsos.
Y
para
nuestros
oyentes
en
Estados
Unidos,
deberían
considerar
apoyar
a
su
emisora
local
de
radio
pública.
Pueden
hacerlo
ingresando
a
donate.npr.org/RadioAmbulante.
Repito:
se
deletrea
d-o-n-a-t-e,
donate.npr.org/RadioAmbulante.
Y
no
te
olvides
de
compartir
tu
donación
en
redes
sociales
con
el
hashtag
#WhyPublicRadio.
Gracias.
Ya
mencionamos
el
show
en
vivo
que
presentamos
en
octubre
de
este
año.
Luis
vino
a
Nueva
York,
con
su
familia.
Fue
algo
increíble,
de
verdad.
No
solo
por
el
ambiente,
y
el
show,
sino
porque
finalmente
pudimos
ver
a
Luis.
Hemos
trabajado
juntos
por
varios
años
ya,
y
fue
difícil
no
saber
nada
de
él
por
tantos
días
después
de
María.
Una
cosa
que
me
contó
cuando
lo
vi
me
impresionó.
Parece
que
al
llegar
al
departamento
donde
se
estaban
quedando
en
Nueva
York
—mientras
él
y
Lucy
se
instalaban,
entraban
las
maletas,
etc.—
encontraron
a
Jimena,
su
hija
de
4
años,
en
la
sala,
prendiendo
y
apagando
la
luz.
Una
y
otra
vez.
Asombrada.
Y
es
que
estamos
tan
acostumbrados
—muchos,
no
todos—
a
vivir
conectados.
Con
todas
las
comodidades
y
posibilidades
de
entretenimiento
que
eso
implica.
Pero
entonces,
¿cómo
se
sobrevive
un
apagón
de
3
meses?
¿Uno
se
llega
a
acostumbrar?
Buenas
noches
a
todos.
Gracias
por
estar
aquí
Este
es
el
comediante
Mike
Oliveros.
Me
llegó
la
luz.
Quizá
él
lo
explica
mejor
que
cualquiera.
Lo
que
vamos
a
escuchar
es
un
monólogo
de
comedia
que
Mike
ha
estado
presentando
en
San
Juan
desde
noviembre.
Luis
lo
grabó
en
vivo
hace
unas
semanas.
Aquí
Mike:
Es
hermoso
tener
electricidad.
Para
ustedes
que
todavía
no
lo
tienen,
es
una
cosa
bien
bonita.
Yo
lo
atesoro.
Yo
me
imagino
que
cuando
la
gente
se
casa,
¿verdad?,
el
cura
está
casando
a
la
pareja
y
está
mencionando,
¿verdad?,
todas
estas
circunstancias
en
las
cuales
usted
tiene
que
mantenerse
con
su
pareja.
Hasta
la
muerte
los
separe.
No
lo
que
se
está
imaginando.
Él
dice:
“En
la
riqueza
y
en
la
pobreza,
en
la
salud
y
en
la
enfermedad”.
Yo
estoy
seguro
que
el
cura
no
tenía
en
su
imaginación
un
huracán
Categoría
5.
Él
no
pensó
en
ningún
momento
que
algo
que
pudiese
contrastar
con
el
amor
que
hubo
en
esa
relación
es
pasar
2
meses
sin
electricidad
en
una
infraestructura
con
otro
ser
humano.
Yo
no
quiero
pensar
la
cantidad
de
parejas
que
se
dejaron
durante
este
huracán.
O
sea,
no
quiero
ni
empezar
a
imaginarme
las
cifras.
¿Sí?
O
sea,
me
imagino
que
después
de
tanto
tiempo
así,
metidos
dentro
de
la
casa,
todo,
el
uno
con
el
otro,
llega
un
momento
en
que
uno
dice:
«¿Sabes
qué?,
¿sabes
qué?»…
Le
dices
las
cosas
que
no
le
has
dicho
nunca.
«¡No
te
amo!
¡No
te
amo!
Llevo
10
años
queriendo
decirte
esto,
mi
amor.
Me
voy
de
la
casa».
«¿Pero
para
dónde
vas?».
«¡A
mi
abuela
le
llegó
la
luz!
Voy
para
casa
de
abuela».
Yo
llegué
a
conocer
muy
bien
a
mi
pareja
durante
estos
2
meses
sin
electricidad.
Una
de
las
cosas
que
aprendí
es
que
vivo
con
una
piromaniaca.
Esa
mujer
no
es
capaz
de
prender
una
vela
para
iluminar
su
paso
en
la
sala.
Ella
prendía
todas
las
velas
que
había
en
la
casa.
Yo
he
llegado
de
noche
a
mi
casa
y
siento
que
estoy
llegando
como
a
un
templo.
Es
tanta
la
solemnidad
que
se
siente
en
el
hogar,
que
escucho
hasta
los
cánticos
gregorianos
cuando
estoy
caminando
por
la
sala.
Yo
he
llegado
a
mi
casa
y
era
[entona
cántico]:
“Ah
ah
ah
ah
ah”.
Era
tan
tangible
la
solemnidad
que
yo
ni
me
atrevía
a
gritarle
por
ahí.
Yo
iba
suavecito
por
ahí:
«Mi
amor,
¿donde
tu
estás?»
[Entona
cántico]:
“Ah
ah
ah
ah
ah
ah
ah”.
«Vida,
¿estás
por
aquí?»
[Entona
cántico]:
“Ah
ah
ah
ah
ah
ah
ah”.
Yo
sentía
que
iba
a
entrar
como
en
uno
de
los
cuartos,
iba
a
abrir
una
de
las
puertas,
y
me
la
iba
a
encontrar
como
matando
a
una
cabra,
con
una
daga
gigante,
como:»Es
una
ceremonia
que
me
dijeron
que
es
buena
para
la
suerte.
A
lo
mejor
nos
llega
la
electricidad
esta
semana.
Échate
sangre
en
la
cara.
Sangre
de
oveja.
Bebe.
Come
de
su
riñón».
Había
velas
que
estaban
puestas
inaccesiblemente.
Así
es
que
estoy
seguro
que
ella
tuvo
que
buscar
una
silla
o
una
escalera
para
poner
esa
jodida
vela
allá
arriba.
Cada
vez
que
había
que
irse
acostar,
irse
a
dormir
había
que
apagar
las
177
velas.
[Sopla]
A
veces
me
aburría
tanto
en
mi
casa
que
me
iba
a
hacer
una
fila.
A
hacer
una
fila
por
joder,
porque
sí.
No
necesitaba
nada.
Entretenimiento,
hablar
con
personas.
Voy
a
hacer
una
fila.
A
veces
iba
en
el
carro
y
veía
una
fila
y
me
paraba,
me
estacionaba,
me
alineaba
y
me
bajaba
a
hacer
la
fila.
Yo
no
sabía
ni
para
qué
era
la
fila.
Yo
llegaba
a
la
fila
y
preguntaba:
«Caballero,
¿para
qué
es
esta
fila?».
«Hielo
seco».
«Ah
mira,
hielo
seco.
Vamos
a
hacer
la
fila».
Nadie
me
dijo
que
eso
costaba
como
$15
la
libra.
Tuvimos
la
oportunidad
de
salir
durante
el
huracán,
de
tener
un
breakecito,
una
pausa
durante
el
huracán.
Fuimos
a
Chicago
a
presentar
un
show.
[Aplausos].
Y
fue
un
breakecito
bien
cabrón.
Fue
bien
chévere.
Sobre
todo
sentir,
¿verdad?,
el
apoyo,
la
solidaridad
de
la
gente
cuando
le
decíamos
que
éramos
de
Puerto
Rico.
O
sea,
podías
estar
en
el
medio
de
cualquier
cosa,
todo
el
mundo
la
estaba
pasando
cabrón:
«Hey,
where
you
guys
from?».
«Puerto
Rico».
«Oh
shit…
Some
real
shit
going
on
down
there,
boy.
You
guys
all
right?
You
need
anything?
You
need
money?
You
need
anything?».
Vamos
en
el
Uber,
estamos
escuchando
reggaeton.
Es
como
que:
«Yeah,
where
you
guys
from?».
«Puerto
Rico».
«Whoah!
Hey,
you
know
what
guys?
Ride
is
on
me».
¡Pap!
Y
apagaba
para
darnos
la
ride
gratis.
Y
de
repente
nos
empezamos
como
a
pumpear,
como
que:
«¡Cabrón!
Donde
quiera
que
lleguemos,
digamos
que
somos
de
Puerto
Rico».
Llegamos
a
una
barra:
«Hey,
where
you
guys
from?».
«Puerto
Rico».
El
tipo
nos
miró,
nos
dio
una
mirada.
Y
ella
me
dice:
«Chequéate,
que
en
3
segundos
vienen
shots
por
ahí».
“Meh,
vienen».
3,
2,
1…
«Hey
guys,
this
shots
are
on
me.
You
know
guys,
there’s
so
much
going
on
down
there
in
your
island…».
[Hace
sonido
de
vasos
brindando]
Pero
esa
pendejada,
o
sea,
la
gente
que…
que…
que
se
quedó
aquí
durante
todo
ese
tiempo,
o
sea
que
se
chupó
todo,
que
no
se
cogieron
ningún
break…
[Aplausos]
Yo
pensaba
que
salir
iba
a
ser
como
que,
«ah,
ahora
estoy
lleno
de
energía,
ahora
vuelvo».
Fue
peor.
Como
que
yo
me
fui
y
se
me
olvidó.
O
sea,
inmediatamente
a
mi
se
me
olvidó
lo
que
estaba
pasando.
Y
regresé
y
fue
como
encontrarme
con
esto
otra
vez.
Como:
«¡¿Qué
es
esta
mierda?!
¡Este
cabrón
calor
que
hace
aquí,
puñeta!».
Yo
he
llegado
a
sacar
mosquitos
así,
empujándolos
fuera
de
mi
casa,
de
lo
grandes
que
son.
«¡Vamos,
pa’fuera,
pa’l
carajo!
¡Pa’fuera,
pa’l
carajo!
¿Qué
esta
mierda?
¡Jumanji!».
Así
que
no
me
sentó
bien
salir.
Llegué…
Llegué
más
encojonado
de
lo
que
estaba
cuando
me
fui.
Y
yo
pensaba
que
yo
era
una
persona
fuerte.
Fuerte
de
espíritu,
fuerte
de
mente.
Íntegro.
Y
no
sabía
que
me
iba
a
desmoronar
en
un
momento
que
yo
no
esperaba
para
nada.
Yo
estaba
mapeando
en
mi
casa,
temprano
por
la
mañana.
Después
de
levantarme,
en
mi
nueva
hora,
que
yo
me
levanto
a
las
5:45
de
la
mañana.
Y
cuando
yo
digo
que
me
levanto
a
las
5:45
de
la
mañana,
yo
no
me
levanto
como
en
un
día
cualquiera
como,
«ah,
5:45
de
la
mañana,
¡vamos
a
empezar
este
hermoso
día!».
No.
Yo
me
acuesto
a
dormir
como
a
las
7
de
la
noche,
cuando
yo
estaba
harto
de
estar
despierto
ya.
¡Harto!
Yo
me
autoinducía
el
sueño.
o
me
acostaba
en
la
cama
como
los
nenes
chiquitos:
«¡Duérmete!
¡Duérmete!
¡Duérmete!»
[ronca].
Y
me
levanto
como
me
levanto
regularmente.
Esto
es
usual
ya,
Sobresaltado
[respira
agitado].
Cuando
miro
la
hora,
la
1
y
media
de
la
mañana.
Después
de
eso
me
levantaba
cada
20
minutos.
12
y
media.
Una
de
la
mañana;
una
y
cuarto.
¡Dios
mío!
Era
tanta
la
desesperación,
que
yo
salía
al
balcón
a
ajorar
al
sol
a
que
saliera:
«¡Vamos!
¡Vamos!
¡Son
las 5
y
40!
¡Tú
puedes!
¡Vamos!
¡Un
rayito!
¡Qué
te
cuesta!
Ahí
está.
¡Ahí
está!
¡Saliste!
¡Vamos
a
hacer
café!».
Horrible,
una
desesperación.
La
noche,
¡qué
larga
es!
Me
levanté
de
buen
humor.
Dije:
“Voy
a
mapear.
Voy
a
poner
la
casa
limpia”.
Mapeo.
Estoy
fregando,
cuando
de
repente
escucho
mi
novia
que
pasa
por
encima
de
lo
que
yo
acabo
de
mapear.
Yo,
de
verdad,
al
día
de
hoy
no
puedo
explicar
el
calentón,
la
emoción
tan
negativa
que
sobrecogió
mi
cuerpo
en
ese
momento.
El
espíritu
de
mi
mamá
se
apoderó
de
mí.
Y
yo
tomé
aquello
como
una
ofensa.
Eso
fue
lo
más
personal
que
a
me
habían
hecho
en
mi
vida.
“Pero
como
tu
vas
a
cam…”.
Yo
no
lo
podía
concebir.
«¡Esta
mujer
no
me
ama!,
¿Con
quién
yo
me
casé?
¿Qué
es
esto?
¿Cómo
me
faltas
el
respeto
de
esta
manera?».
Yo
no
sabía,
estaba
entrando
en
un
nervous
breakdown.
En
este
momento
ya
yo
que
yo
debo
detenerme.
Que
esto
no
va
para
ningún
sitio.
Que
vamos
a
terminar
peleando
y
son
las
5
y
media
de
la
mañana.
Queda
con
cojones
para
que
llegue
las
7
de
la
noche.
Pero
había
otra
voz,
mucho
más
potente,
dentro
de
mí,
que
me
decía:
«¡Que
se
joda!».
Y
yo
empecé
a
pelear.
Empecé
a
pelear
por
todo.
Todo
lo
que
había
pasado
en
María,
Irma,
antes
de
que
empezó
el
año.
Cosas
que
yo
tenía
desde
niño
en
mi
cabeza,
yo
las
empecé
a
sacar
en
ese
momento.
Ella
no
entendía
lo
que
estaba
pasando.
Es
como:
«¡¿Pero
cómo
te
atreves
a
caminar
por
encima
de
lo
mapeado?!
¡Tú
me
odias!
¡En
qué
cabeza
cabe!
¡Tú
no
puedes
esperar
5
minutos
—5
minutos—
ahí
en
una
esquina
a
lo
que
se
seca?».
Y
me
contestó
lo
peor
que
me
pudo
haber
contestado:
«Yo
lo
mapeo
de
nuevo».
«Ah
no,
estamos
todo
el
día…
¡No
hay
agua!
¡No
hay
agua!
¡No
podemos
estar
todo
el
día
con
el
mapo!
¡Vengan
que
acabo
de
mapear!
¡Pasen
por
encima
de
lo
que
acabo
de
mapear!».
Y
por
ahí
lo
seguí:
«¡No
hay
café,
no
hay
nada
en
esta
maldita
casa!
¡Estamos
viviendo
como
animales!».
Ella
me
mira
a
los
ojos
dulcemente
y
me
dice:
«Mi
amor,
¿tú
estás
así
por
lo
del
huracán?».
«Sabes
qué,
me
voy
a
hacer
una
fila».
A
hacer
una
fila
a
las
5
y
media
de
la
mañana.
Estuve
esperando
a
que
abriera
algo
para
hacer
una
fila
que
no
fuera
de
gasolina.
Me
metí
en
la
fila
del
supermercado.
Esa
fue
una
de
las
experiencias
más
horribles
del
huracán.
Porque,
mientras
estábamos
haciendo
fila
debajo
del
sol,
por
horas,
salían
personas
dentro
del
supermercado
enunciando
los
artículos
que
se
habían
terminado.
«Se
acabó
la
jamonilla».
Y
aquello
se
empezaba
a
caldear:
«¿Cómo
que
se
acabó
la
jamonilla?».
«Mira
negro,
se
acabó
la
jamonilla…».
«Si
no
hay
jamonilla
no
hay
corned
beef».
«Ay
bendito,
nos
chavamos,
vámonos,
te
lo
dije».
Salía
otro:
«Se
acabó
el
agua».
«¡Se
acabó
el
agua!»,
y
empezaba
el
drama.
Había
madres
explicándoles
a
sus
niños
la
situación:
«Papito
escúchame,
estamos
en
una
fila,
y
después
de
que
acabemos
esta
de
aquí
vamos
para
otra
fila,
y
después
de
eso,
¿sabes
lo
que
vamos
a
hacer?».
«¿Qué
mami?».
¡Otra
fila!».
De
repente
sale
otra
persona
del
supermercado,
«se
acabó
la
Coca
Cola».
Mira,
aquello
era
primero
de
mayo
otra
vez.
La
gente
comenzó
a
quitarse
las
camisas,
a
ponérselas
de
capucha,
sacaron
molotovs:
«¡¿Cómo
que
se
acabó
la
Coca
Cola?!
¡¿Cómo
que
se
acabó
la
Coca
Cola?!
¡¿En
qué
país
estamos
viviendo?!
¡Cómo
no
va
a
haber
Coca
Cola!
¡Cómo
vamos
a
comer!».
«¡Y
en
qué
mierda
de
país
estamos
viviendo!».
Estamos
viviendo
en
la
misma
mierda
de
país
hace
500
años,
esto
no
empezó
porque
se
acabó
la
Coca
cola.
Este
es
todo
mi
tiempo
por
hoy.
Mi
nombre
es
Mike,
sigan
disfrutando
del
show…
Mike
Oliveros
es
el
director
creativo
de
Teatro
Breve.
Este
monólogo
forma
parte
de
un
show
especial
de
su
grupo,
que
se
llama
Teatro
Breve
DM.
Después
de
María.
A
3
meses
del
Huracán,
el
gobierno
de
Puerto
Rico
aún
no
sabe
cuántas
personas
siguen
sin
electricidad.
Para
el
4
de
diciembre,
el
país
solo
estaba
produciendo
el
68%
de
la
electricidad
que
normalmente
se
consume.
Mientras
tanto,
la
emigración
masiva
de
puertorriqueños
a
Estados
Unidos
sigue.
La
División
de
Manejo
de
Emergencia
de
la
Florida
estima
que
más
de
200
mil
puertorriqueños
han
llegado
a
ese
estado
en
los
meses
después
del
huracán.
Luis
Trelles
es
reportero
y
productor
de
Radio
Ambulante.
Vive
en
San
Juan.
Esta
historia
fue
editada
por
Camila
Segura,
Silvia
Viñas
y
por
mí.
La
mezcla
y
el
diseño
de
sonido
son
de
Andrés
Azpiri.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Jorge
Caraballo,
Patrick
Mosley,
Laura
Pérez,
Ana
Prieto,
Barbara
Sawhill,
Ryan
Sweikert,
David
Trujillo,
Elsa
Liliana
Ulloa
y
Luis
Fernando
Vargas.
Andrea
Betanzos
es
la
coordinadora
de
programas.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Con
este
episodio
nos
despedimos
de
Maytik
Avirama,
que
termina
su
pasantía
editorial
con
Radio
Ambulante.
Gracias,
Maytik.
Y
mucha
suerte.
Radio
Ambulante
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Hace
un
par
de
episodios
les
pedimos
que
nos
mandaran
preguntas
sobre
su
ciudad
o
su
país.
Preguntas
que
Radio
Ambulante
les
puede
ayudar
a
responder.
Hicimos
una
preselección
y
ahora
queremos
que
nos
ayuden
a
escoger
la
pregunta
ganadora.
En
nuestro
sitio
web
hay
5
opciones.
La
ganadora
se
convertirá
en
un
episodio
que
haremos
en
colaboración
con
el
oyente
que
la
mandó.
Voten
hasta
este
viernes
22
de
diciembre
en
radioambulante.org/pregunta
Conoce
más
sobre
Radio
Ambulante
y
sobre
esta
historia
en
nuestra
página
web:
radioambulante.org.
Atentos…
Volvemos
en
un
par
de
semanas,
el
9
de
enero,
con
nuevos
episodios.
Felices
fiestas
y
feliz
año
de
parte
de
todo
el
equipo.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
Check out more Radio Ambulante

See below for the full transcript

>Muchos de ustedes nos han preguntado cómo pueden apoyar a Radio Ambulante. Hay muchas maneras. Si van a nuestra página web —radioambulante.org— pueden hacer una donación, o comprar camisetas o bolsos. Y para nuestros oyentes en Estados Unidos, deberían considerar apoyar a su emisora local de radio pública. Pueden hacerlo ingresando a donate.npr.org/RadioAmbulante. Repito: se deletrea d-o-n-a-t-e, donate.npr.org/RadioAmbulante. Y no te olvides de compartir tu donación en redes sociales con el hashtag #WhyPublicRadio. Gracias. Bienvenidos a Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Antes de empezar, una advertencia: en el episodio de hoy escucharan algunas palabras que algunos consideran soeces. Para otros son simplemente la manera de comunicarse. Creemos que son importantes en el contexto de la historia y por eso las dejamos aquí. Pero si quieren oir una versión “limpia”, pueden encontrarla en nuestra página web radioambulante.org, Esa casita era la mía, la de abajo. Ay, si no queda nada… Ah, eso, yo recogí todo eso. Yo recogí todo ahí, lo tengo ahí por si acaso, ver lo qué pasa, por si me ayudan o algo, pues… Pero se te fueron las paredes, se te fue… ¡Toda! No, ella se fue toda, toda, toda. Me dejó más que con una muda de ropa que llevo puesta. Te lo digo de verdad. Hoy empezamos con lo que vivió Ramón López el 20 de septiembre de este año, 2017, cuando el Huracán María pasó por Puerto Rico. Tres semanas después del huracán, nuestro productor Luis Trelles llegó hasta el barrio rural donde vive Ramón. ¿Y cuándo fue que empezaste a sentir los vientos fuertes? Como a las… Como desde las 6 de la mañana, sí. Y después a las 12 fue que se puso feo eso. [Risa] ¿Feo cómo? Muchacho. Feo de verdad: brutal, brutal, brutal, que no había quién lo resistiera. Ramón vivía en una pequeña casa de madera que había construído su padre. Tenía el mismo techo de siempre, hecho con planchas de zinc. Una típica casita de campo puertorriqueña, enclavada en la falda de una montaña, rodeada de montes verdes que Ramón utilizaba para sembrar tubérculos y criar cerdos. Pero este no era el primer huracán que Ramón había sobrevivido. Había estado también para Irma, Irene y Hortense, tres tormentas recientes que habían pasado por la isla. Y la casa, bien, siempre había resistido. Hasta que llegó María. Fue precisamente a las 12 del mediodía que una ráfaga de viento se llevó el techo de la casa. Bueno, ahí salí corriendo. ¿Tuviste que salir corriendo en medio del huracán? Sí, corriendo. Es la cosa, sí. Y de ahí me fui pal monte, pa allá, pa’ a una casita que hay allá. Bajé casi en 4 pa… en 4 piernas por ahí pa allá porque uno no puede estar en el viento así. Te lleva. Te lleva. Me mató animales y todo aquí. Me mató un caballo. Un caballo me mató también,. Mató 3 cerdos, 2 cabras… Ramón se tuvo que refugiar ahí, en esa casa abandonada de cemento que quedaba un poco más arriba en el monte. Solo. No había nadie más a varios kilómetros de distancia. Para millones de puertorriqueños como Ramón, María marcó un antes y después en sus vidas. Con más de $90 mil millones en daños estimados, este huracán ya se ha convertido en uno de los desastres naturales más costosos en la historia de los Estados Unidos. Pero las consecuencias del huracán van mucho más allá de las pérdidas materiales. Nuestro productor Luis Trelles también estaba en la isla, junto con su familia, cuando llegó María. Al igual que tantos otros puertorriqueños, él también se dio cuenta de la magnitud del desastre muy lentamente. Hoy Luis nos trae la historia de la catástrofe que vino después de la tormenta. Una versión de esta historia se presentó en Brooklyn a finales de octubre, cuando hicimos un evento en vivo para recaudar fondos para la recuperación de Puerto Rico. Aquí, Luis. Cuando llegó, yo estaba dormido. Es posible que fuera la única persona en Puerto Rico que no se despertó durante el huracán, que llegó de madrugada. La casa tembló. Las ventanas vibraron de forma incontrolada por el viento. El cielo parecía estar a punto de caerse con las lluvias torrenciales. Y yo… yo estaba en el quinto sueño. Mi esposa y mi hija estaban a mi lado, aterradas. A la mañana siguiente entrevisté a Lucy, mi esposa, para que me contara lo que pasó mientras yo dormía. Y esto fue lo que me dijo: Como a las 4 y media de la mañana me levanté con el rugir del viento —que francamente yo he pasado varios huracanes— y… siento que estaba ready, pero como que estaba bastante asustada. Nuestra hija se levantó con el ruido, la dejé que se acurrucara con nosotros en la cama. Tú estabas yo creo que dormido. Que creo que te habías tomado una melatonina. [Risas] Esa es mi risa nerviosa. Como yo llevo una década con mi esposa, puedo detectar fácilmente su tono de resentimiento y decepción. Pero no me arrepiento de haberme dopado. La verdad es que si no saben qué hacer cuando llegue el fin del mundo… melatonina. 5 miligramos. Con un buen trago de ron puertorriqueño, si tienen la botella a la mano. Al día siguiente, bueno, no sé si al día siguiente hubo noticias en el resto del mundo. Porque en Puerto Rico no hubo ninguna. Cero. Nada de noticias. Nada de electricidad. Ni de teléfonos. Ni de televisión. Pero lo más preocupante de todo es que casi todas las estaciones de radio quedaron fuera del aire. Eso era algo que nunca había pasado después de un huracán. Se sentía rarísimo pasar de estación en estación, y solo escuchar la estática. Era como si no hubiera nadie al otro lado. Se sentía como un episodio de una serie de ciencia ficción. Una trama apocalíptica. Y pues… ¿Qué se supone que uno haga luego de que pasa un huracán como María? Lo primero es salir a la calle. Y entrar en estado de shock al ver cómo ha quedado todo. Había árboles y postes de electricidad caídos y regados por todo lados. Unos encima de otros. Obstáculos de 4 y 5 pies de altura. El único vehículo capaz de pasar hubiera sido un tanque. Desde la loma en la que está nuestra casa la ciudad se veía como nunca antes. Ahora, de repente, estábamos rodeados por paisajes insospechados: un vecindario sobre una loma, la icónica torre de la Universidad de Puerto Rico… Nada de esto se podía ver antes, pero ahora sí, porque ya no había árboles en el medio. Pero éramos de los afortunados. La mayor parte de las casas de mi cuadra solo se inundaron con una pulgada de agua. Entonces empezamos a hacer lo que todos estaban haciendo: abrir camino para poder salir. Mi vecino me prestó un machete para picar los palos frente a mi casa. Afortunadamente los efectos del somnífero ya se habían terminado, porque los que me conocen saben que soy un tipo muy torpe. Es un milagro no haberme cortado un dedo ese día. Dos días después del huracán, finalmente decidí que era seguro montarme en el carro para ir a ver a mis padres. Mi esposa y mi hija, Jimena, de 4 años, se montaron en el carro conmigo. Usualmente podemos llegar en 10 minutos, pero las carreteras… OK, por ahí no podemos coger. Inundado. ¡Inundado! ¡Señores, por allá está inundado! Muy bien, Jimena. eso mismo es lo que querían decirles. Nos tomó 45 minutos, pero finalmente pudimos llegar a casa de mis padres. Estaban bien, pero se veían exhaustos. Cuando vi a mi padre, esto fue lo primero que me dijo: ¿Tú miraste cómo quedó esto? Se inundó toda la casa. ¡¿Se inundó?! Sí. A Amaral se le cayó el árbol. Amaral, el vecino. No puede ni entrar ni salir. Y esta es la cosa: 2, 3 días después del huracán todavía no teníamos idea de qué estaba pasando realmente. De lo terrible que se había puesto la situación. O sea, yo he vivido varios huracanes ya en mi vida. Casi todos los puertorriqueños han vivido al menos uno. Tenía 12 años cuando vino el Huracán Hugo. Recuerdo perfectamente a mi abuela cubana sentada en la cocina, con el agua hasta los tobillos, rezando el rosario. Y francamente no sé qué fue peor: la tormenta, o que mi abuelita me obligara a rezar con ella. Y en el 98, cuando llegó el huracán Georges, yo era un perfecto idiota de 21 años. Nunca se me va a olvidar lo que pasó el día después. Estaba en el carro con mis dos roommates punketas. Teníamos la misión de encontrar agua para tomar. Y yo había fumado tanta yerba durante el ciclón, que terminé chocando un autobús repleto de voluntarios de la Cruz Roja. O sea que sí. Yo sé lo que son los huracanes. Usualmente te tienes que aguantar una semana sin luz. Hay que despejar las carreteras con hachas y machetes. No hay señal de celular. Y ya después te recuperas, y el mal rato se convierte en una anécdota. Corrección: yo pensaba que sabía lo que son los huracanes. En la mañana después de María, aún no entendíamos que esta vez era diferente. No sabíamos que la isla completa estaba sin electricidad. Que miles de hogares habían quedado destruidos. Que la gente estaba pasando hambre. Que había hospitales sin generadores. Y que cientos de personas estaban a punto de morir por falta de agua limpia, falta de oxígeno. O por falta de servicios médicos básicos. Nadie sabía cuán desesperada se pondría la vida en la isla. Cuán desesperada estaba ya para algunos. Y es que en ese momento era imposible saber. Hay un silencio extraño que se impone luego de un desastre como este. Estamos acostumbrados a que las noticias vuelen. A que sean instantáneas… Pero después de María, de lo único que se podía estar seguro era de lo que se tenía enfrente. El huracán cruzó Puerto Rico de costa a costa, devastando a la isla. Lo que estaba pasando en tu calle. Mucha reja caída. Mucho alambre caído. Un par de días después te enterabas de lo que había pasado en tu vecindario. A Condado y a Ocean Park no se puede entrar. El mar está afuera. Una semana después, en tu ciudad. ¿Qué nos puede decir de San Juan? El horror que tú ves en los ojos de la gente. Y finalmente, la isla. Es un sitio con muchos árboles, mucha vegetación… Ella es Maga Lorenzo, y vivía en Ocean Park, un hermoso vecindario playero de San Juan. Maga pasó el huracán en casa de una amiga, y se tardó 2 días en regresar a su apartamento. Y cuando finalmente se acercó a su vecindario, esto fue lo que encontró: Y era como que si le hubiesen pegado un fósforo a todos los árboles que habían. Casas con verjas rotas por montones. Es como… Era una escena súper triste. Vecinos en kayaks, en paddle boards, habían algunos que tenían una “yolita”, tratando de sacar cosas, sacando gente de las casas. Y uno como que… Me dio mucha tristeza. El agua le llegaba a la rodilla. Los rescatistas a su alrededor le decían que su calle estaba bien, que no se había inundado como las demás, pero cuando llegó: Todas mis cositas flotando. Zapatos flotando. Tenía las bolsas de reciclaje que no las boté, estaban todas las botellas flotando. La comida del perro. El agua estaba completamente negra. Este… Había mosquitos. ¿Sabes? Tú abrías las puertas y era como, cada puerta salía una cascada. Y tú decías “wow”, ¿sabes? Fue como que yo jamás pensé que mi apartamento se fuera a inundar de esa forma, punto. O sea, yo no me lo esperaba. Lo que se estaba haciendo evidente para Maga —para todos en Puerto Rico— era el nivel de devastación en el país. Había cientos de vecindarios como el de Maga. Miles de casas como la suya. Y muchas enfrentaban una situación aún peor. Jamás pensamos que el resto de la isla iba a estar como estaba. Maga pasó los próximos días tratando de llamar a su familia en Aguada, un pueblo pequeño que queda a 2 horas de San Juan. Pero no había señal, y era imposible conseguirlos. Al quinto día, logró contactar a su hermana. Ella me dice que si yo puedo viajar a Aguada, en ese mismo momento. Y yo le estoy preguntando, yo: “¿Pero qué pasa? Voy a hacer un viaje de 2 horas y me estoy poniendo súper nerviosa”. Su mayor preocupación era su padre, un hombre ya mayor. Pero la hermana la había llamado para darle otra noticia. Y ella me dice: “No, Maga, papá está bien”. Y me dice que es mi hermano. El hermano de Maga era un policía en el pueblo de Aguada. Durante el huracán estuvo de turno por más de 30 horas en la estación de policía del pueblo. Una vez que pasó María, salió para ver a su familia. Estaba oscuro y todavía llovía muy fuerte. Las carreteras principales estaban llenas de escombros, por lo que decidió tomar una carretera rural que lo llevó a un puente que atravesaba un río. Lo que pasó después fue una de esas noticias que todos habíamos escuchado cuando finalmente funcionó una estación de radio. Maga lo había escuchado también. Y pues ya antes ya había escuchado la noticia por radio que dos policías se… se habían ahogado por un golpe de agua que los arrastró. Y cuando ella me dice que es mi hermano yo le digo: “No me digas que… que Pito —que era como nosotros le decíamos—… no me digas que Pito… fue uno de los policías que murió”… Y ella me dice que sí. Pito intentó cruzar justo cuando el río crecía. El golpe de agua se llevó el carro completo, y estuvo desaparecido por más de 48 horas. Pito tenía 47 años. Se llamaba Ángel Luis Lorenzo. En la policía lo ascendieron póstumamente al rango de sargento, en una ceremonia que se llevó a cabo en su funeral. De verdad que la ceremonia fue súper linda, pero demasiado triste. Demasiado triste. Porque al final pasan una lista y llaman a todos los sargentos, y cuando toca su nombre, él no dice presente. Pero a la tercera vez que dicen su nombre, todos sus compañeros gritan presente. Cuando vives en una isla se sabe que de alguna manera siempre estás por tu cuenta. En Puerto Rico hemos pasado una depresión económica de más de una década. El resultado es que ahora el gobierno está en quiebra, y ni siquiera controla sus propias finanzas. Antes de María, ya había un éxodo masivo. Más de 500 mil puertorriqueños se han ido para los Estados Unidos desde el 2005. Así que hablemos claro: el sistema eléctrico de Puerto Rico estaba en ruinas antes de María. La economía estaba hundiéndose mucho antes de que llegara el huracán. Por eso, todos sabíamos que habría algún tipo de un apagón. Pero nadie pensó que quedaríamos a oscuras durante tanto tiempo. Y es que hay algo más que a veces parece olvidarse: los puertorriqueños somos ciudadanos estadounidenses. Y lo que nos pegó a todos muy fuerte fue darnos cuenta que ni el gobierno local o el federal estaban preparado para esto. El día de hoy ya algunas personas se han acercado hasta este, que es el centro de control que el gobierno ha instalado. Estamos aquí buscando orientación, pero ahora mismito las personas que están encargadas del centro del gobierno ni siquiera ellos saben dónde es que van a proveer los servicios. Estamos aquí en ascuas. Estamos aquí en la nada. Y es que, además, el gobierno de Estados Unidos se tardó demasiado en responder a la emergencia. Por su parte, el gobernador Ricardo Rosselló le urgió al Departamento de Defensa más apoyo para poder mitigar la emergencia y evitar también una crisis humanitaria. Vamos con… Y cuando finalmente llegaron, los militares y los rescatistas no eran suficientes. No traían suficiente equipo, no había urgencia para llegar a las áreas más remotas, o ayudar a los más necesitados. Como si el gobierno federal de Estados Unidos no quisiera ayudar a Puerto Rico… O simplemente no le importa lo que pasa en su colonia. El presidente Trump llegó a Puerto Rico ayer acompañada de su mujer, Melania Trump. Visita casi 3 semanas después de que el Huracán María arrasara la isla precedida de la polémica, porque mientras Puerto Rico… Y cuando llegó… esto fue lo que hizo Trump también visitó un centro de reparto de ayuda, y colaboró a su estilo: tirando rollos de papel a los asistentes. Y creo que esa fue la gran revelación. No sabíamos qué tan aislados realmente estamos. Esta realidad se sintió con más fuerza afuera de San Juan. En el pueblo de Orocovis, donde las carreteras rurales atraviesan las montañas, los problemas empezaron a crecer rápidamente. Apenas se fue la luz, los generadores de emergencia en el único hospital del pueblo también comenzaron a fallar. Yadira Collazo, la asistente del alcalde, describe lo que enfrentaron los pacientes: Al inicio, en esa semana, fue bien difícil, porque no había manera de salir de Orocovis. No había manera. La situación de la gasolina… Gasolina. Para los generadores de emergencia que mantenían vivos a docenas de pacientes. Y es que además son generadores que están diseñados para emergencias a corto plazo. No están hechos para estar prendidos por varios días seguidos. Pero la planta colapsó, el generador colapsó, y se cerró. Se cerró el hospital Y ese fue el momento en que la gente empezó a morir. Personas que se pudieron haber salvado si solo el gobierno hubiera mandado diesel o generadores a tiempo. Hace algunos 4 días, iba una persona en bicicleta. Fue atropellada. El hospital estaba cerrado. Y obviamente continúan hacia… hacia otro hospital. Pero aquí el detalle: el hospital más cercano está a una hora y media de distancia. Y con las carreteras bloqueadas después del huracán y la dificultad para conseguir gasolina llegar al otro hospital les tomó más de 4 horas. Y de camino la persona falleció. Y claro, Orocovis y su hospital no eran los únicos lugares que enfrentaban dificultades como esta. Dos semanas después del huracán, el gobierno anunció que más de la mitad de los 71 hospitales en la isla estaban funcionando de manera parcial o habían cerrado por completo. Para muchos pacientes en estado crítico, la falta de ayuda después del huracán se convirtió en un asunto de vida o muerte. El gobierno puertorriqueño dice que el número oficial de muertos a causa del huracán es de 62. Pero en los hospitales, en las hogares geriátricos y hasta en las funerarias se comenta que las muertes fueron más. Muchas más. Chico no, no, eso… eso es un engaño. Yo creo que en todo Puerto Rico, en mi opinión, para mí pasan de muchísimos, muchísimos. Este es Carlos Malavé, el director de una funeraria en Añasco, un pueblo muy pequeño en el oeste de la isla, me dijo que él usualmente prepara unos 12 funerales al mes. En los 5 días después de María tuvo 9. Casi todos fueron de personas mayores y pacientes en condiciones críticas. Yo creo que pasan… Muchacha, no pasan… Tienen que pasar de 500, algo así. Porque si en este pueblito tan chiquito y si hay 9, nada más mirá: no puede ser. No, no, no. Una semana después del huracán, empezaron rumores sobre el aeropuerto. Se decía que estaba a punto de cerrar, y que una vez que cerrara, no habría manera de salir de Puerto Rico. Allí también se había ido la luz. Los vuelos de salida se habían reducido al mínimo, pero eso no frenó a las miles y miles de personas que llegaban allí todos los días para irse a Estados Unidos. Algunos estaban abandonando sus carros en el estacionamiento del aeropuerto. Ni siquiera había que decirlo en voz alta: se sabía que muchos de ellos se iban de Puerto Rico para no regresar. Adentro, en los terminales, las filas se llenaban de personas mayores en sillas de ruedas. Muchos jalaban sus tanques de oxígeno. Los ancianos y los niños eran los primeros en ser evacuados de la isla. Un esfuerzo improvisado para sacar a sus familiares más vulnerables. Es imposible saber cuánta gente se ha ido de Puerto Rico después del huracán: 100 mil, 200 mil… No se sabrá a ciencia cierta hasta el próximo censo. No me sorprendería si al final son muchos más. Mi esposa y yo también hablamos de irnos. Es lo mismo que se hablaba en toda la isla, un zumbido constante de voces que discutían si ya había llegado la hora de salir. Es una conversación provocada por el miedo, que se llena de furia a veces, y que siempre termina en tristeza. Cuando lo hablamos por primera vez, en los días después del huracán, mi esposa Lucy no estaba lista para pensar en irse. Así lo recordaba unas dos semanas después del huracán… Yo creo que acababa de pasar el huracán. Yo no sabía cómo [risa]. Yo… Yo pensé, nene, en una semana llega la luz, yo voy a estar en el teatro trabajando. No me voy a ir. No voy a abandonar mi islita… Pero las cosas habían cambiado. Dos semanas después del huracán, y la isla estaba casi irreconocible. Ahora era un lugar que se sentía inseguro. Nos aterraba la idea de que Jimena se enfermara y tuviéramos que llevarla a uno de los hospitales colapsados. Por eso ahora era Lucy la que empezaba esa conversación que no queríamos tener. Ninguno de los dos sabía si había llegado el momento de hacer las maletas para irnos a Nueva York. Entonces, ¿de qué me querías hablar? Bueno, de cuáles son nuestras opciones porque [risa] todavía estaba considerando llevarme a Jimena y irme pallá, porque no estoy haciendo nada. ¿Y cómo te hace sentir eso? Ay, bien mal. Si estoy aquí sin… Impotente. No pensé. Es que el primer día estábamos todos abriendo caminos, picando palos… y ahora estamos todos de momento como: ¡¿qué vamos a hacer?! Todavía no sabemos cómo contestar esa pregunta. No me parece que haya nadie que sepa qué es lo que va a pasar en Puerto Rico, qué tipo de país va a salir de todo esto. Por eso la pregunta de si era mejor irse o quedarse estaba en boca de todos. Fue esa misma pregunta la que le hice yo a mi padre, que tiene 87 años. Es cubano, y ya le ha tocado vivir una revolución que lo llevó al exilio. A su edad, me preocupa que tenga que vivir otro momento tan caótico. Por eso le pregunté: ¿Y no has pensado en irte de Puerto Rico? No, yo por ahora no me voy. No me parece bien que en una situación así, he vivido los buenos tiempos. “Ay como tengo dinero me voy dos semanas y que los demás se chaven”. Que se chaven. Es decir, que se fastidien. Yo voy a esperar. Ahora, si yo me pusiera malo, entonces antes de que me hospitalicen sí me… Trataría de irme. Porque dicen que los hospitales están de madre también. Así que nada: en eso estamos. ¿Y tú has pensado en irte a Nueva York o no? No sé. No sé. Sí hemos pensado. Pero no sé. Yo digo por Jimena. Sí. No sé qué vamos a hacer. Ya estamos a 3 meses del huracán. La recuperación apenas avanza. Más de la mitad de los puertorriqueños siguen sin luz, y con cada día que pasa, la falta de electricidad hunde aún más a una economía agonizante. La conversación con mi papá fue de hace ya varias semanas, pero parece que fue ayer. Todavía no sé qué vamos hacer. Nadie sabe, y esa es la verdadera catástrofe. Una pausa, y volvemos. Muchos de ustedes nos han preguntado cómo pueden apoyar a Radio Ambulante. Hay muchas maneras. Si van a nuestra página web —radioambulante.org— pueden hacer una donación, o comprar camisetas o bolsos. Y para nuestros oyentes en Estados Unidos, deberían considerar apoyar a su emisora local de radio pública. Pueden hacerlo ingresando a donate.npr.org/RadioAmbulante. Repito: se deletrea d-o-n-a-t-e, donate.npr.org/RadioAmbulante. Y no te olvides de compartir tu donación en redes sociales con el hashtag #WhyPublicRadio. Gracias. Ya mencionamos el show en vivo que presentamos en octubre de este año. Luis vino a Nueva York, con su familia. Fue algo increíble, de verdad. No solo por el ambiente, y el show, sino porque finalmente pudimos ver a Luis. Hemos trabajado juntos por varios años ya, y fue difícil no saber nada de él por tantos días después de María. Una cosa que me contó cuando lo vi me impresionó. Parece que al llegar al departamento donde se estaban quedando en Nueva York —mientras él y Lucy se instalaban, entraban las maletas, etc.— encontraron a Jimena, su hija de 4 años, en la sala, prendiendo y apagando la luz. Una y otra vez. Asombrada. Y es que estamos tan acostumbrados —muchos, no todos— a vivir conectados. Con todas las comodidades y posibilidades de entretenimiento que eso implica. Pero entonces, ¿cómo se sobrevive un apagón de 3 meses? ¿Uno se llega a acostumbrar? Buenas noches a todos. Gracias por estar aquí Este es el comediante Mike Oliveros. Me llegó la luz. Quizá él lo explica mejor que cualquiera. Lo que vamos a escuchar es un monólogo de comedia que Mike ha estado presentando en San Juan desde noviembre. Luis lo grabó en vivo hace unas semanas. Aquí Mike: Es hermoso tener electricidad. Para ustedes que todavía no lo tienen, es una cosa bien bonita. Yo lo atesoro. Yo me imagino que cuando la gente se casa, ¿verdad?, el cura está casando a la pareja y está mencionando, ¿verdad?, todas estas circunstancias en las cuales usted tiene que mantenerse con su pareja. Hasta la muerte los separe. No sé lo que se está imaginando. Él dice: “En la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad”. Yo estoy seguro que el cura no tenía en su imaginación un huracán Categoría 5. Él no pensó en ningún momento que algo que pudiese contrastar con el amor que hubo en esa relación es pasar 2 meses sin electricidad en una infraestructura con otro ser humano. Yo no quiero pensar la cantidad de parejas que se dejaron durante este huracán. O sea, no quiero ni empezar a imaginarme las cifras. ¿Sí? O sea, me imagino que después de tanto tiempo así, metidos dentro de la casa, todo, el uno con el otro, llega un momento en que uno dice: «¿Sabes qué?, ¿sabes qué?»… Le dices las cosas que no le has dicho nunca. «¡No te amo! ¡No te amo! Llevo 10 años queriendo decirte esto, mi amor. Me voy de la casa». «¿Pero para dónde vas?». «¡A mi abuela le llegó la luz! Voy para casa de abuela». Yo llegué a conocer muy bien a mi pareja durante estos 2 meses sin electricidad. Una de las cosas que aprendí es que vivo con una piromaniaca. Esa mujer no es capaz de prender una vela para iluminar su paso en la sala. Ella prendía todas las velas que había en la casa. Yo he llegado de noche a mi casa y siento que estoy llegando como a un templo. Es tanta la solemnidad que se siente en el hogar, que escucho hasta los cánticos gregorianos cuando estoy caminando por la sala. Yo he llegado a mi casa y era [entona cántico]: “Ah ah ah ah ah”. Era tan tangible la solemnidad que yo ni me atrevía a gritarle por ahí. Yo iba suavecito por ahí: «Mi amor, ¿donde tu estás?» [Entona cántico]: “Ah ah ah ah ah ah ah”. «Vida, ¿estás por aquí?» [Entona cántico]: “Ah ah ah ah ah ah ah”. Yo sentía que iba a entrar como en uno de los cuartos, iba a abrir una de las puertas, y me la iba a encontrar como matando a una cabra, con una daga gigante, como:»Es una ceremonia que me dijeron que es buena para la suerte. A lo mejor nos llega la electricidad esta semana. Échate sangre en la cara. Sangre de oveja. Bebe. Come de su riñón». Había velas que estaban puestas inaccesiblemente. Así es que estoy seguro que ella tuvo que buscar una silla o una escalera para poner esa jodida vela allá arriba. Cada vez que había que irse acostar, irse a dormir había que apagar las 177 velas. [Sopla] A veces me aburría tanto en mi casa que me iba a hacer una fila. A hacer una fila por joder, porque sí. No necesitaba nada. Entretenimiento, hablar con personas. Voy a hacer una fila. A veces iba en el carro y veía una fila y me paraba, me estacionaba, me alineaba y me bajaba a hacer la fila. Yo no sabía ni para qué era la fila. Yo llegaba a la fila y preguntaba: «Caballero, ¿para qué es esta fila?». «Hielo seco». «Ah mira, hielo seco. Vamos a hacer la fila». Nadie me dijo que eso costaba como $15 la libra. Tuvimos la oportunidad de salir durante el huracán, de tener un breakecito, una pausa durante el huracán. Fuimos a Chicago a presentar un show. [Aplausos]. Y fue un breakecito bien cabrón. Fue bien chévere. Sobre todo sentir, ¿verdad?, el apoyo, la solidaridad de la gente cuando le decíamos que éramos de Puerto Rico. O sea, tú podías estar en el medio de cualquier cosa, todo el mundo la estaba pasando cabrón: «Hey, where you guys from?». «Puerto Rico». «Oh shit… Some real shit going on down there, boy. You guys all right? You need anything? You need money? You need anything?». Vamos en el Uber, estamos escuchando reggaeton. Es como que: «Yeah, where you guys from?». «Puerto Rico». «Whoah! Hey, you know what guys? Ride is on me». ¡Pap! Y apagaba para darnos la ride gratis. Y de repente nos empezamos como a pumpear, como que: «¡Cabrón! Donde quiera que lleguemos, digamos que somos de Puerto Rico». Llegamos a una barra: «Hey, where you guys from?». «Puerto Rico». El tipo nos miró, nos dio una mirada. Y ella me dice: «Chequéate, que en 3 segundos vienen shots por ahí». “Meh, vienen». 3, 2, 1… «Hey guys, this shots are on me. You know guys, there’s so much going on down there in your island…». [Hace sonido de vasos brindando] Pero esa pendejada, o sea, la gente que… que… que se quedó aquí durante todo ese tiempo, o sea que se chupó todo, que no se cogieron ningún break… [Aplausos] Yo pensaba que salir iba a ser como que, «ah, ahora estoy lleno de energía, ahora vuelvo». Fue peor. Como que yo me fui y se me olvidó. O sea, inmediatamente a mi se me olvidó lo que estaba pasando. Y regresé y fue como encontrarme con esto otra vez. Como: «¡¿Qué es esta mierda?! ¡Este cabrón calor que hace aquí, puñeta!». Yo he llegado a sacar mosquitos así, empujándolos fuera de mi casa, de lo grandes que son. «¡Vamos, pa’fuera, pa’l carajo! ¡Pa’fuera, pa’l carajo! ¿Qué esta mierda? ¡Jumanji!». Así que no me sentó bien salir. Llegué… Llegué más encojonado de lo que estaba cuando me fui. Y yo pensaba que yo era una persona fuerte. Fuerte de espíritu, fuerte de mente. Íntegro. Y no sabía que me iba a desmoronar en un momento que yo no esperaba para nada. Yo estaba mapeando en mi casa, temprano por la mañana. Después de levantarme, en mi nueva hora, que yo me levanto a las 5:45 de la mañana. Y cuando yo digo que me levanto a las 5:45 de la mañana, yo no me levanto como en un día cualquiera como, «ah, 5:45 de la mañana, ¡vamos a empezar este hermoso día!». No. Yo me acuesto a dormir como a las 7 de la noche, cuando yo estaba harto de estar despierto ya. ¡Harto! Yo me autoinducía el sueño. o me acostaba en la cama como los nenes chiquitos: «¡Duérmete! ¡Duérmete! ¡Duérmete!» [ronca]. Y me levanto como me levanto regularmente. Esto es usual ya, Sobresaltado [respira agitado]. Cuando miro la hora, la 1 y media de la mañana. Después de eso me levantaba cada 20 minutos. 12 y media. Una de la mañana; una y cuarto. ¡Dios mío! Era tanta la desesperación, que yo salía al balcón a ajorar al sol a que saliera: «¡Vamos! ¡Vamos! ¡Son las 5 y 40! ¡Tú puedes! ¡Vamos! ¡Un rayito! ¡Qué te cuesta! Ahí está. ¡Ahí está! ¡Saliste! ¡Vamos a hacer café!». Horrible, una desesperación. La noche, ¡qué larga es! Me levanté de buen humor. Dije: “Voy a mapear. Voy a poner la casa limpia”. Mapeo. Estoy fregando, cuando de repente escucho mi novia que pasa por encima de lo que yo acabo de mapear. Yo, de verdad, al día de hoy no puedo explicar el calentón, la emoción tan negativa que sobrecogió mi cuerpo en ese momento. El espíritu de mi mamá se apoderó de mí. Y yo tomé aquello como una ofensa. Eso fue lo más personal que a mí me habían hecho en mi vida. “Pero como tu vas a cam…”. Yo no lo podía concebir. «¡Esta mujer no me ama!, ¿Con quién yo me casé? ¿Qué es esto? ¿Cómo tú me faltas el respeto de esta manera?». Yo no sabía, estaba entrando en un nervous breakdown. En este momento ya yo sé que yo debo detenerme. Que esto no va para ningún sitio. Que vamos a terminar peleando y son las 5 y media de la mañana. Queda con cojones para que llegue las 7 de la noche. Pero había otra voz, mucho más potente, dentro de mí, que me decía: «¡Que se joda!». Y yo empecé a pelear. Empecé a pelear por todo. Todo lo que había pasado en María, Irma, antes de que empezó el año. Cosas que yo tenía desde niño en mi cabeza, yo las empecé a sacar en ese momento. Ella no entendía lo que estaba pasando. Es como: «¡¿Pero cómo tú te atreves a caminar por encima de lo mapeado?! ¡Tú me odias! ¡En qué cabeza cabe! ¡Tú no puedes esperar 5 minutos —5 minutos— ahí en una esquina a lo que se seca?». Y me contestó lo peor que me pudo haber contestado: «Yo lo mapeo de nuevo». «Ah no, estamos todo el día… ¡No hay agua! ¡No hay agua! ¡No podemos estar todo el día con el mapo! ¡Vengan que acabo de mapear! ¡Pasen por encima de lo que acabo de mapear!». Y por ahí lo seguí: «¡No hay café, no hay nada en esta maldita casa! ¡Estamos viviendo como animales!». Ella me mira a los ojos dulcemente y me dice: «Mi amor, ¿tú estás así por lo del huracán?». «Sabes qué, me voy a hacer una fila». A hacer una fila a las 5 y media de la mañana. Estuve esperando a que abriera algo para hacer una fila que no fuera de gasolina. Me metí en la fila del supermercado. Esa fue una de las experiencias más horribles del huracán. Porque, mientras estábamos haciendo fila debajo del sol, por horas, salían personas dentro del supermercado enunciando los artículos que se habían terminado. «Se acabó la jamonilla». Y aquello se empezaba a caldear: «¿Cómo que se acabó la jamonilla?». «Mira negro, se acabó la jamonilla…». «Si no hay jamonilla no hay corned beef». «Ay bendito, nos chavamos, vámonos, te lo dije». Salía otro: «Se acabó el agua». «¡Se acabó el agua!», y empezaba el drama. Había madres explicándoles a sus niños la situación: «Papito escúchame, estamos en una fila, y después de que acabemos esta de aquí vamos para otra fila, y después de eso, ¿sabes lo que vamos a hacer?». «¿Qué mami?». ¡Otra fila!». De repente sale otra persona del supermercado, «se acabó la Coca Cola». Mira, aquello era primero de mayo otra vez. La gente comenzó a quitarse las camisas, a ponérselas de capucha, sacaron molotovs: «¡¿Cómo que se acabó la Coca Cola?! ¡¿Cómo que se acabó la Coca Cola?! ¡¿En qué país estamos viviendo?! ¡Cómo no va a haber Coca Cola! ¡Cómo vamos a comer!». «¡Y en qué mierda de país estamos viviendo!». Estamos viviendo en la misma mierda de país hace 500 años, esto no empezó porque se acabó la Coca cola. Este es todo mi tiempo por hoy. Mi nombre es Mike, sigan disfrutando del show… Mike Oliveros es el director creativo de Teatro Breve. Este monólogo forma parte de un show especial de su grupo, que se llama Teatro Breve DM. Después de María. A 3 meses del Huracán, el gobierno de Puerto Rico aún no sabe cuántas personas siguen sin electricidad. Para el 4 de diciembre, el país solo estaba produciendo el 68% de la electricidad que normalmente se consume. Mientras tanto, la emigración masiva de puertorriqueños a Estados Unidos sigue. La División de Manejo de Emergencia de la Florida estima que más de 200 mil puertorriqueños han llegado a ese estado en los meses después del huracán. Luis Trelles es reportero y productor de Radio Ambulante. Vive en San Juan. Esta historia fue editada por Camila Segura, Silvia Viñas y por mí. La mezcla y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Jorge Caraballo, Patrick Mosley, Laura Pérez, Ana Prieto, Barbara Sawhill, Ryan Sweikert, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Luis Fernando Vargas. Andrea Betanzos es la coordinadora de programas. Carolina Guerrero es la CEO. Con este episodio nos despedimos de Maytik Avirama, que termina su pasantía editorial con Radio Ambulante. Gracias, Maytik. Y mucha suerte. Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Hace un par de episodios les pedimos que nos mandaran preguntas sobre su ciudad o su país. Preguntas que Radio Ambulante les puede ayudar a responder. Hicimos una preselección y ahora queremos que nos ayuden a escoger la pregunta ganadora. En nuestro sitio web hay 5 opciones. La ganadora se convertirá en un episodio que haremos en colaboración con el oyente que la mandó. Voten hasta este viernes 22 de diciembre en radioambulante.org/pregunta Conoce más sobre Radio Ambulante y sobre esta historia en nuestra página web: radioambulante.org. Atentos… Volvemos en un par de semanas, el 9 de enero, con nuevos episodios. Felices fiestas y feliz año de parte de todo el equipo. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

Translation Word Bank
AdBlock detected!

Your Add Blocker will interfere with the Google Translator. Please disable it for a better experience.

dismiss