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Radio Ambulante - Ciudad Infinita

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En los años setenta, Lima estaba en un periodo de crecimiento acelerado: nuevos barrios surgían de la noche a la mañana, y la capital peruana se iba convirtiendo en la ciudad laberíntica de 9 millones de personas que es hoy. En medio de ese desarrollo llegó Oliver Perrottet, un joven suizo, que se propuso algo en principio imposible: plasmar esta Lima inabarcable en un mapa.



En nuestro sitio web puedes leer una transcripción del episodio.



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Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Hoy
regresamos
a
nuestros
archivos,
a
una
historia
que
se
publicó
por
primera
vez
en
el
2017.
Y
empieza
con
él.
Mi
nombre
es
Juan
Manuel
Robles.
Soy
escritor.
Soy
periodista.
Juan
Manuel
vive
en
Lima,
Perú.
Y
hace
unos
meses,
en
una
exposición
de
arte,
se
encontró
con
una
amiga,
y
ella
estaba
con
su
papá.
Es
un
señor
flaco
—ya
mayor—,
con
el
pelo
largo,
blanco.
Una
especie
de…
eh,
de
hippie
jubilado.
Se
llamaba
Oliver.
Oliver
Perrottet.
Tenía
una
mirada
seria,
y
un
humor
que
Juan
Manuel
me
describió
como
“muy
suizo”.
Humor
suizo
es
un
humor
que…
un
humor
entrecortado,
un
humor
que
se
traba
un
poco,
un
humor…
Sí,
llámalo
lo
contrario
al
humor,
en
realidad.
(Risas).
Y
rápidamente
Juan
Manuel
se
dio
cuenta
quién
era
este
señor
suizo.
Fue
como…
como
encontrar
al
fabricante
de
un
juguete
de
mi
infancia.
Pero
no
cualquier
juguete.
Un
mapa.
Un
mapa
muy
especial
de
una
ciudad
que
es,
a
primer
vista,
abrumadora,
caótica,
incomprensible,
infinita.
Es
decir,
Lima.
El
mapa
que
hizo
Perrottet
fue
muy
importante
para
Juan
Manuel,
y
dicho
sea
de
paso,
para
mí.
Se
llamaba
“Lima
2000”.
Y
fue
el
primer
mapa
comercial
de
la
ciudad
completa.
En
la
portada
tenía
un
cuadro
de
la
ciudad,
del
centro
de
la
ciudad.
Por
supuesto
que
lo
recuerdo
muy
bien.
Era
un
librito
de
como
sesenta
páginas,
muy
colorido,
con
tonos
pasteles.
Una
edición
muy
cuidada
y
linda.
Cuando
escribí
mi
primera
novela,
tuve
ese
mapa
delante
mío
siempre,
pegado
a
la
pared
de
mi
escritorio.
Lo
consultaba
para
trazar
las
rutas
imaginarias
de
mis
personajes.
Y
es
que
fue
con
ese
mapa
que
Juan
Manuel,
en
los
años
90,
y
yo,
a
inicios
de
los
2000,
conocimos
Lima.
Ambos
nacimos
ahí,
pero
crecimos
fuera.
Yo
en
una
ciudad
pequeña
llamada
Birmingham,
al
sur
de
los
Estados
Unidos,
y
Juan
Manuel
en
La
Paz,
Bolivia.
Ambos
volvimos
siendo
jóvenes,
y
para
nosotros
Lima
parecía
un
monstruo
inabarcable.
Pero…
Yo
tuve
esta
guía,
que
me
permitió
conocer
la
ciudad,
que
me
permitió
entenderla.
Desde
entonces
me
volví
un
tipo
de
mapas.
Quiero
decir:
cuando
a
me
llamaban,
me
decían
para
ir
a
algún
lugar,
me
daban
la
dirección,
yo
no
salía
de
mi
casa
sin
haberla
visto
en
el
mapa.
Nuestra
herramienta
fue
esta
guía.
Un
ejemplo:
algo
tan
básico,
como
el
transporte
público.
Yo
no
entendía
cómo
ir
de
un
distrito
a
otro
sin
perderme.
No
entendía
cómo
los
limeños
lograban
desplazarse
por
la
ciudad
sin
ninguna
indicación.
Entonces
me
subía
a
un
bus
cualquiera
y
mientras
andábamos,
yo
apuntaba
en
un
cuadernito
los
nombres
de
las
calles
por
las
que
pasábamos.
Luego,
cuando
volvía
al
departamento
donde
vivía,
sacaba
la
lista
de
lugares
que
había
visto
desde
la
ventana
del
bus,
y
los
buscaba
en
el
mapa
de
Perrottet.
Así
fui
creando
mi
propio
plano
de
las
rutas
de
buses.
Entonces,
creo
que
teniendo
enfrente
a
Perrottet,
yo
hubiese
reaccionado
de
una
manera
muy
similar
a
Juan
Manuel.
Yo
también
me
hubiera
preguntado:
¿Quién
ese
este
señor?
¿Y
cómo
es
que
un
suizo
termina
haciendo
el
mapa
de
una
de
las
ciudades
más
pobladas
y
caóticas
de
Latinoamérica?
La
historia
no
comienza
en
Lima,
obviamente.
Sino
en
Suiza,
en
una
ciudad
llamada
Basilea.
Oliver
Perrottet
recuerda
la
primera
vez
que
vio
un
mapa.
Era
mediados
de
los
años
50.
Tenía
4
o
5
años,
y
su
madre
lo
extendió
encima
de
su
cama.
Este
es
Perrottet.
Y
era
sobre
los
viajes
de
Marco
Polo.
Un
mapa
de
estos
que
tienen…
contienen
dibujitos
de
los
diferentes
personajes,
de
los
sitios
donde
ha
ido,
¿no?,
con
flechas
a
colores
de
sus
diferentes
viajes.
Era
grande,
de
más
de
un
metro
de
largo…
Y
eso
fue,
seguro,
algo
que
me
influenció
tremendamente,
porque
no
solamente
era
mapa,
sino
también
era
viaje
y
tierras
lejanas.
Perrottet
era
de
esos
niños
que,
en
otra
época,
podría
haber
sido
explorador,
y
tenía
un
talento
nato
para
ubicarse.
Alguna
vez,
su
padre,
que
sabía
de
esto,
lo…
Digamos,
se
fueron
de
viaje
a
París,
y
lo
dejó
en
otra
estación
de
metro
para
que
encontrara
el
camino
de
retorno
al
hotel,
¿no?
Estamos
hablando
de
un
niño
de
cinco
años,
¿no?
Y
el
niño
encontró
el
camino
de
retorno
al
hotel,
sin…
sin
ningún
problema.
A
los
siete
años,
su
familia
se
mudó
de
Basilea
a
Zúrich,
que
queda
a
noventa
kilómetros,
pero
que
es
prácticamente
otro
mundo.
Le
pareció…
Traumático
porque
yo
tenía
mis
amigos,
tenía
todo,
y
en
Zúrich…
Zúrich
es
una
ciudad
donde
la
gente
es
un
poco
más
fría,
no
tan
amable,
no
tan
abierta,
no
tan
alegre
como
en
Basilea.
Y
eso
me
chocó
también.
Se
sentía
perdido.
Solo…
Tenía
que
acostumbrarme,
y
para
acostumbrarme
hice…
dibujé
el
mapa
del
barrio.
De
donde
estaba
mi
casa,
mi
colegio,
las
tiendas…
Y
esto
explica
mucho
sobre
quién
es
Perrottet.
Una
persona
que
desde
chico
buscaba
su
lugar
en
el
mundo,
y
que
lo
quería
entender
de
manera
visual.
Ya
más
grande
publicó
su
propio
periódico
de
barrio,
y
como
adolescente
ayudaba
a
un
publicista
con
su
dibujos.
A
los
dieciocho
años
comenzó
a
trabajar
como
taxista
en
Zúrich.
Un
trabajo
que
le
pareció
perfecto.
Y
estás
solo
en
tu
vehículo.
Tampoco,
no
trabajas
en
equipo.
O
sea,
es
un
trabajo
ideal
para
alguien
como
yo.
Y
me
gustaba
mucho
porque
entraba
en
contacto
con
todos
los
niveles
de
la
población.
Todos
los
grupos.
Iba
a
todos
los
barrios
y
todas
las
calles,
y
eso
me
ayudó
a
comprender
la
ciudad
como
un
organismo.
Pero
entender
entender
Zúrich
no
era
suficiente.
Era
joven,
aventurero.
Y
a
los
diecinueve
años…
Se
fue
a…
en
un
carguero
alemán
a
cruzar
el
Atlántico,
¿no?
Ya…
ya
con
un
bichito
de
la
exploración,
de
la
búsqueda,
¿no?
Su
primer
gran
aventura.
Cuando
volvió…
A
los
veinte
años,
se
dio
cuenta
de
que…
Suiza
no
era
para
él…
Es
un
país
muy
pequeño.
No
hay…
no
hay
sitios…
libres.
Un
país
donde
todo
estaba
hecho.
Un
país…
Tan
perfecto
que
camina
como
un
reloj
haciendo
tic-tac-tic-tac
en
algunos
lugares
de
mi
cabeza.
Y
no
lo
aguantaba.
Sentía
que
necesitaba
más
libertad.
Entonces,
miró
el
mapa…
Y
tenía
un
interés
en
Sudamérica,
¿no?
Él
dice
que
su
primer
interés
en
Sudamérica
era
la
forma
del
continente:
le
gustaba
cómo
luce,
eh,
Sudamérica.
Le
parecía
bonito,
le
parecía
elegante,
¿no?
Por
estar
un
poco
alejado
de
todo,
eso
siempre
me…
me
ha
gustado:
esa…
la
idea
de
estar…
de
estar
alejado.
Quería
irse
lejos,
no
quería
irse
al
Atlántico.
Quería
irse
al
otro
lado
del
mar…
Y
ahí
entre
Perú
y…
Chile
y
Ecuador,
ya
escogí
el
Perú
porque
quedaba
en
medio
de
toda
la…
¿no?
Ni
muy
al
norte
ni
muy
al
sur.
Y
dentro
del
Perú…
Quedaba
Lima,
la
capital,
tampoco:
no
queda
muy
al
norte
ni
muy
al
sur,
sino
una
zona
que
es
el
centro
de
la
costa.
La
costa
tenía
que
ser
porque
siempre
me
atraía
mucho
el
mar
y
Suiza
no
tiene.
Así
que
un
día
de
octubre
de
1970,
Oliver
Perrottet
tomó
un
avión
a
Lima.
No
sabía
hablar
español,
y
de
Lima
no
sabía
nada
más
allá
de
que
era
la
capital
y
que
era
una
ciudad
costera.
No
quería
ni
ver
mapas
ni
leer
algo
sobre
Lima,
sobre
Perú.
Ninguna
información
porque
la
idea
—ahora
lo
digo—:
nacer
de
nuevo.
Que
eso
fue.
Hay
que
hablar
un
poco
de
la
ciudad
a
la
que
Perrottet
estaba
llegando.
Eran
los
años
70,
y
Lima
estaba
entrando
en
un
periodo
de
crecimiento
acelerado.
La
reforma
agraria
del
69
había
cambiado
la
estructura
social
de
la
vida
en
el
campo,
y
de
manera
súbita,
miles
de
peruanos
de
zonas
rurales
tenían
la
posibilidad
de
buscarse
una
nueva
vida…
en
la
ciudad.
Y
zonas
de
Lima
que
antes
estaban
completamente
vacías
se
comenzaron
a
llenar.
A
veces
de
la
noche
a
la
mañana.
Con
casitas
precarias,
nuevos
barrios,
nuevos
asentamientos
humanos.
Los
limeños
tradicionales
le
pusieron
un
nombre
a
esta
ola
de
migraciones
de
la
sierra:
se
conocían
como
invasiones.
La
connotación
militar
de
esta
palabra
nos
dice
mucho
sobre
la
actitud
de
la
ciudad
hacia
sus
nuevos
residentes.
En
fin,
todo
esto
cambió
radicalmente
la
geografía
y
la
cultura
de
la
capital,
una
ciudad
que
anteriormente
había
vivido
mirando
el
mar,
a
espaldas
del
país.
Y
claro,
Perrottet,
pues,
no
sabía
nada
de
esto.
Llegó
a
Lima
casi
por
azar.
Cuando
aterrizó
era
de
día,
tomó
un
taxi…
Y
le
dijo
al
taxista
que
lo
llevara
al
centro,
y
el
taxista
lo
dejó
muy
cerca
al
Jirón
de
la
Unión,
que
es
este
paseo
peatonal,
céntrico,
¿no?,
que
une
las
dos
plazas
más
importantes
del
centro
de
Lima.
Estaba
cansado.
Encontró
un
hotel
y
durmió.
Y
cuando
se
despertó…
Se
dio
cuenta
de
que
realmente
estaba
en
un…
En
otro
mundo.
Quería
explorar.
Salió
del
hotel
y
comenzó
a
caminar.
Llegó
a
la
avenida
Abancay,
una
vía
de
seis
carriles
que
a
ciertas
horas
tiene
un
tráfico
realmente
infernal.
De
hecho,
en
un
tiempo
llegó
a
ser
una
de
las
avenidas
más
contaminadas
de
Sudamérica.
Era
el
final
de
la
tarde.
Le
llamó
la
atención,
digamos,
esta
hilera
de
buses.
Era
una
fila
parada
que
avanzaba
poquito.
No
había
paraderos,
y
no
había
sitio
donde
los
buses
co…
corrían
y
después
paraban,
sino
que
simplemente
por
la
gran
cantidad
que
hay
estaban
en
una
fila
y
avanzaban,
y
cuando
paraban,
subía
y
bajaba
gente,
y
cuando….
¿no?
Después
avanzaban
diez
metros
o
veinte
metros,
y…
Y
bueno,
casi
cincuenta
años
después,
la
avenida
Abancay
sigue
igual.
Pero
en
fin,
a
Perrottet
le
encantó
ese
tumulto.
La
bulla,
el
espectáculo
urbano.
Le
gustó
que
todos
los
buses
fueran
de
diferentes
colores.
Estaba
muy
sorprendido.
No
sabía
que…
que
eso…
que
se
iba
a
encontrar
con
eso:
un
montón
de
gente
hablando.
Y
sobre
todo
le
llamó
la
atención
estas
señalizaciones
de
los
policías
de
tránsito.
Los
policías
de
tránsito
tenían
diferentes
maneras
de
pitarle
a
los
carros,
era
casi
un
lenguaje
aparte.
Una
para
indicar
que
pararan,
otra
para
que
avanzaran,
otra
para
que
acelerarán.
A
veces
bien
elaboradas,
¿no?
No
solamente
un
pito
sino
varios,
y
de…
más
fuerte:
una
música.
A
él
le
pareció
que
eran
una
suerte
de
papagayos
urbanos,
¿no?
Entonces
dentro
de
su
mundo
exotizante,
esto
era
un
lugar
donde,
digamos,
una
suerte
de
selva
urbana,
desordenada,
pero
al
mismo
tiempo
fascinante.
Perrottet
sintió
que
había
encontrado
su
lugar.
Y
quería
conocerlo.
Y
al
día
siguiente,
lo
primero
que
hizo
fue
buscar
una
guía
de
buses,
una
guía
que
le
permitiera
ver
dónde
estaba,
digamos,
qué…
qué
línea
le
llevaba
a
qué
parte.
Se
dio
cuenta
que
no
había,
le
dijeron
que
no
existe
tal
cosa.
Además,
con
la
extrañeza
del
caso,
¿no?
En
ese
momento
pensé:
“Entonces
ya
qué
es
lo
que
tengo
que
hacer
acá”.
O
sea,
había
venido
sin
ninguna
idea
y…
y
prácticamente
el
primer
día
ya
estaba
claro.
Tenía
clara
su
meta.
Tenía
claro
cuál
sería
su
proyecto.
Lima
necesitaba
una
guía
de
rutas
de
omnibuses
y
microbuses.
Y
él,
un
extranjero
recién
llegado,
iba
a
hacerla.
Pero
tenía
que
empezar
por
lo
básico:
necesitaba
un
trabajo,
y
un
lugar
donde
vivir.
A
los
pocos
días
de
haber
llegado,
conoció
a
una
mujer
que
le
recomendó
ir
a
buscar
trabajo
al
Instituto
Goethe.
Lo
contrataron
como
profesor
de
Alemán.
Trabajaba
un
día
a
la
semana
y
ganaba
lo
suficiente
para
alquilar
un
pequeño
apartamento
en
la
avenida
Tacna,
cerca
de
un
paradero
de
buses.
Entonces,
tomó
el
único
mapa
comercial
del
centro
de
Lima
que
existía,
un
mapa
incompleto,
parcial,
que
no
tenía
nada
sobre
el
transporte,
y
empezó
su
nueva
guía
haciendo
lo
más
elemental
que
alguien
pueda
imaginarse,
lo
mismo
que
hice
yo,
cuando
llegué
a
Lima
treinta
años
después:
Simplemente
uno
toma
un
bus
y…
y
sube
y
ve
qué
pasa,
¿no?
El
primer
bus
en
el
que
se
montó
lo
llevó
a
Condevilla,
en
San
Martín
de
Porres.
Ahora,
en
el
2017,
San
Martín
es
un
distrito
muy
denso,
tiene
más
de
setecientos
mil
habitantes.
Pero
en
1970
era
una
gran
extensión
de
tierra
vacía,
sin
árboles,
arenosa.
Había
un
paradero
final
de
buses
con
algunos
puestos
de
comida,
de
esos
que
en
Lima
llamamos
“agachaditos”,
donde
la
gente
come
literalmente
agachada
en
una
banquita
y
una
mesa
en
medio
de
la
calle.
Y
Perrottet
—blanco,
rubio,
alto
y
sin
poder
hablar
bien
español—,
digamos
que
destacaba.
Ahí
me
quedé,
bueno,
en
el
paradero
final,
y
la
gente
me
miraba,
¿no?
“¿Qué
hace
este
acá?”,
y…
Al
poco
rato
y
sin
pensarlo
mucho,
se
subió
a
otro
bus
que
salía
de
allí,
de
Condevilla,
y
durante
el
viaje…
Vino
el…
el
boletero
que
había:
“¿Hasta
dónde
va?”,
¿no?
Le
dije:
“Al
final,
final”.
El
recorrido
cruzaba
toda
la
ciudad,
de
norte
a
sur,
y
terminaba
en
Villa
El
Salvador,
una
de
las
llamadas
invasiones
más
grandes
de
todo
Lima.
Y
cuando
llegó
a
Villa
El
Salvador
lo
que
vio…
Era
una
hilera
de
chocitas
de
esteras.
Una
calle
y
quizás
a
la
espalda
había
otra
hilera,
pero
nada
más.
Era
inicios
de
1971
y
nueve
mil
familias
habían
empezado
a
instalarse
apenas
hace
unos
meses.
Era
un
barrio
literalmente
en
construcción,
un
barrio
que
aún
no
existía
en
ningún
mapa
oficial.
Y
bueno,
se
imaginaran
la
reacción
de
Perrottet.
Era
lindo,
¿no?
Encontrar
algo
así:
si
vienes
de
un
país
donde
todo
está
hecho
y
llegas
a
un
sitio
donde
lo
más
elemental
no
hay,
¿no?
¡Hacerlo!
¡Qué
gratificante!
Y
al
día
siguiente,
Perrottet
hizo
lo
mismo:
se
levantó
temprano,
salió
como
a
las
nueve
de
la
mañana
con
un
cuaderno
y
un
lápiz,
caminó
al
paradero
de
la
esquina,
y
tomó
un
bus.
Esta
vez,
un
bus
distinto.
Durante
el
viaje
apuntó
el
nombre
de
las
calles
y
trazó
el
recorrido
—izquierda,
derecha,
izquierda—.
Viajó
hasta
las
cuatro
o
cinco
de
la
tarde.
Y
al
día
siguiente,
lo
mismo.
Un
amigo
le
ayudó
a
conseguir
un
mapa
grande
de
Lima,
era
un
mapa
catastral,
de
los
que
se
usan
para
la
construcción
y
que
no
se
pueden
comprar
en
una
tienda.
Lo
calcó
en
papel
mantequilla,
y
sobre
la
copia
dibujaba
los
recorridos
que
hacía
a
diario.
Y
eso
lo
hacía
durante
cuatro
meses,
todos
los
días,
en
forma
metódica,
no
como…
como
un
pasatiempo
y
no,
eso
no
fue
intermitente.
Eso
fue
así:
a
diario
eso
era
mi
trabajo.
Cuando
terminó,
resulta
que
había
190
y
pico
de
rutas
de
buses,
¿no?
O
sea,
simplemente
al
quinto
mes
vio…
vio
que
ya
no…
ya
no…
ya
no
se
repetían
las
líneas,
así
fue,
ya…
ya
las
había
visto
todas,
¿no?
Ya
las
había
inventariado
todas.
Al
final
ahí
estaba
el
plano
de
tres
metros
por
dos
metros.
Ya
estaba
hecho.
Pero
la
meta
era
hacer
algo
que
se
puede
doblar
y
meter
al
bolsillo.
A
estas
alturas,
ya
era
el
año
72.
Había
acabado
su
mapa
de
buses,
pero
le
faltaba
encontrar
un
imprenta
que
lo
pudiera
reducir,
que
quedara
de
un
tamaño
que
cupiera
en
el
bolsillo,
para
poder
venderlo.
Pero
le
dieron
ganas
de
viajar.
De
conocer
el
mundo.
Salió
de
Lima,
hacia
Europa.
Visitó
Suiza,
y
luego
partes
de
Estados
Unidos.
En
total
estuvo
fuera
de
Perú
unos
dos
años,
hasta
que
le
pasó
algo
muy
inesperado:
se
dio
cuenta
que
extrañaba
Lima.
Extrañaba
los
buses
multicolor,
extrañaba
el
ruido,
extrañaba
su
gente.
Y
también
empezó
a
echar
de
menos
cosas
que
antes
aborrecía,
como
el
cebiche.
Entonces,
en
el
74,
volvió,
decidido
a
terminar
su
guía
de
autobuses.
Trajo
con
él
una
referencia:
el
mapa
de
buses
de
Londres,
pero
no
era
tan
fácil
como
copiar
el
formato
y
listo.
Porque
si
lo
comparamos
con
Londres,
de
donde
tomé
el
diseño,
ahí
hay,
quizás,
en
el
centro
hay
cinco
o
seis
líneas
que
pasan
por
la
misma
calle.
Entonces
esa
calle,
en
el
plano,
en
el
costado,
tiene
cinco,
seis
numeritos.
Pero
en
Lima,
era
diferente.
Recordemos
esa
avenida
tan
caótica
que
le
llamó
tanto
la
atención
a
Perrottet
cuando
llegó:
la
Avenida
Abancay.
Ahí
Perrottet
descubrió
que
había
como
treinta
líneas
de
buses
diferentes,
lo
cual
aparte
de
ser
una
locura,
pues,
presenta
también
un
problema
de
diseño.
El
plano
tiene
que
ser
mucho
más
grande
para
que
haya
el
espacio
para
poner
treinta
números.
Lo
resolvió
resaltando
en
rojo
las
calles
donde
transitaban
omnibuses,
y
en
azul
las
recorridas
por
los
microbuses.
A
un
costado
colocó
los
números
de
las
rutas.
El
mapa
estaba
listo.
Decidió
ir
con
su
plano
al
Ministerio
de
Transportes
del
Perú.
Por
curiosidad
más
que
nada,
para
ver
qué
información
tenían
ellos
y
ojalá
corroborar
algunos
datos.
No
le
había
mostrado
el
mapa
a
nadie
más
que
a
algunas
personas
muy
cercanas.
Cuando
llegó
y
se
los
enseñó…
Bueno,
fue…
fue
tremendo.
Se
so…
sorprendieron.
Mucho.
El
que
lo
vio
inmediatamente
se
volteó
y
llamó
a
todos
los
de
la
oficina
para
que
vengan:
“Aquí,
miren.
Aquí…
Esto
es
lo
que
siempre
necesitamos:
un
plano
con
todas
las
líneas”.
La
oficina
que
autorizaba
a
las
rutas
de
transporte
en
la
ciudad,
no
tenía
un
mapa
de
esas
mismas
rutas.
Pero
Perrottet
sí.
Solo
faltaba
imprimirlo,
y
para
esto
necesitaba
dinero.
Salió
a
las
calles
de
nuevo,
ahora
a
tocar
puertas
de
empresas.
Les
ofrecía
anuncios
publicitarios
en
el
mapa.
Y
ahí,
pues,
el
hecho
de
ser
extranjero
lo
ayudó
bastante.
Como
gringo
no
tenía
realmente
restricciones:
“Pase
señor”,
¿no?
Aunque
tenía
yo
barba
y
pelo
largo.
Pero
quizás
también
por
eso,
¿no?,
era
un
personaje
un
poco
fuera
de
lo
común,
¿no?,
y
que
infundía
respeto.
O
por
lo
menos
curiosidad.
Y
bueno,
le
funcionó.
Consiguió
patrocinio
y
terminó
de
imprimir
la
“Guía
de
Transporte
de
Lima”
en
1975.
Un
mapa
de
bolsillo
que
costaba
treinta
soles.
En
esa
época,
menos
de
un
dólar.
Y
con
esta
publicación,
el
suizo
se
hizo
algo
famoso.
Salió
en
los
periódicos
locales
con
titulares
como
estos:
Líneas
de
transporte
“marearon”
a
suizo.
El
joven
cartógrafo
ha
hecho
una
guía
de
todas
las
rutas.
La
guía
está
lista
y
se
ha
puesto
a
la
venta
en
un
formato
de
bolsillo
a
todo
color.
Aunque
cabe
mencionar
que
Perrottet
no
era
cartógrafo.
Nunca
había
estudiado,
era
totalmente
autodidacta.
Pero
como
fuera,
la
guía
fue
bien
recibida
y
Perrottet
quedó
entusiasmado.
Seguía
con
ganas
de
hacer
algo
más,
¿pero
qué?
Después
de
todos
los
viajes
a
todos
los
rincones
de
Lima,
Perrottet
sentía
que
tenía
un
conocimiento
muy
útil
y
quería
hacer
algo
con
eso.
Es
casi
una
necesidad,
¿no?
Ya
no
puedo
ese
conocimiento
dejarlo
ahí.
Tenía
que
ser
taxi
o
hacer
algo
donde…
donde
se
necesitan
esos
conocimientos.
Y
a
esto
se
le
suma
algo
que
Perrottet
notó
al
empezar
a
vivir
en
Lima:
Que
me
di
cuenta
que
la
gente
que
vivía
aquí
no
sabía
nada
de
lo
que
había
alrededor,
nunca
habían
ido
a
esos
sitios.
Dijo:
“Bueno,
aquí
la
gente
necesita
conocer
su
ciudad,
¿no?”.
La
gente
reconocía
los
sectores
tradicionales
de
la
ciudad:
el
centro,
Barranco,
Miraflores,
Chorrillos,
El
Callao.
Pero
Perrottet
quería
que
los
limeños
entendieran…
Que
su
ciudad
no
termina
ahí,
que
es
mucho
más
grande.
Muchísimo
más.
Y
crecía
cada
día.
El
nuevo
proyecto
de
Perrottet
era
más
ambicioso
que
una
simple
guía
de
buses.
Ahora
se
proponía
hacer
un
mapa
de
toda
la
ciudad.
Un
mapa
que
cubriría
cada
esquina,
incluidas
esas
nuevas
zonas
de
la
capital,
esas
que
los
residentes
tradicionales
llamaban
invasiones.
Cuando
volvamos:
¿cómo
se
hace
un
mapa
de
una
ciudad
casi
inabarcable?
Este
podcast
y
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siguiente
mensaje
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que
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que
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Escucha
Short
Wave,
el
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diario
de
NPR
sobre
ciencia.
En
un
unos
diez
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de
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a
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te
enterarás
de
nuevos
descubrimientos,
misterios
cotidianos
y
la
ciencia
detrás
de
los
titulares.
Te
volverás
un
poco
más
inteligente,
o
al
menos
así
te
verás
frente
a
tus
amigos.
Escucha
y
suscríbete
ahora
a
Short
Wave
de
NPR.
Entonces,
antes
de
la
pausa,
estábamos
en
1975
y
Oliver
Perrottet
había
decidido
que
Lima
necesitaba
un
mapa
de
la
ciudad
entera.
Este
es
Juan
Manuel
Robles.
Era
una
tarea
que
ni
siquiera
él
previó
cuán
grande
iba
a
ser,
porque
la
ciudad
estaba
mapeada
a
la
mitad.
Y
esa
mitad
que
estaba,
o
sea,
los
distritos
tradicionales,
estaba
desactualizada,
con
errores,
nadie
se
había
preocupado
en
darle
actualidad.
Y
la
otra
mitad
de
Lima…
No
estaba
en
ningún
mapa
comercial.
No
existía.
Simplemente
no
había
forma
de
encontrarlo,
entonces
le
tocó
hacer
las
dos
cosas:
actualizar
los
mapas
de
los
distritos
tradicionales
—caminar,
mirar—,
y
hacer
los
mapas
de
lo
nuevo,
lo
que
se
había
incorporado
a
la
gran
ciudad.
Perrottet
se
enteró
de
algo
súper
útil:
había
una
entidad
del
Estado
llamada
SINAMOS
que
había
hecho
planos
catastrales
de
algunos
de
los
barrios
más
nuevos
de
Lima.
Y
eran
mapas
que
tenían
mucho
de
lo
que
Perrottet
necesitaba:
los
nombres
de
las
calles,
los
números
de
las
cuadras…
Pero
había
un
problema:
O
sea,
si
los
unías
todos
tenías
un
mapa
de…
de
diez
metros.
No
precisamente
un
mapa
de
bolsillo.
Pero
no
se
desmotivó.
Tomó
estos
planos
y
un
mapa
grande
del
centro
de
Lima,
y
los
puso
en
la
pared.
Luego
colocó
papel
mantequilla
y
empezó
a
calcar.
El
mismo
trabajo
que
había
hecho
con
la
ruta
de
los
buses,
pero
ahora
incluía
la
ciudad
entera.
Y
ahí
me
di
cuenta,
pues,
que
esos
planos
tenían
muchos
errores.
Es
que
Perrottet
prácticamente
se
sabía
Lima
de
memoria.
Pero
necesitaba
información
objetiva.
Es
decir,
fotografías.
Investigó
más
y
encontró
que
el
Ministerio
de
Agricultura
había
hecho
un
estudio
de
zonas
agrícolas
en
Lima,
y
había
tomado
fotos
aéreas
de
la
ciudad.
Y
eso
se
podía
comprar.
Costaba
como,
no
sé…
como
si
hoy
costara
diez
soles,
una
cosa
así,
cada
foto.
O
veinte,
o
sea,
no…
nada
en
comparación
con
el
valor
realmente
que
tiene
para
hacer
un
trabajo.
Compró
las
imágenes
que
necesitaba
y
empezó
a
comparar
con
diferentes
mapas.
Y
a
corregir.
Todos
los
días
agregaba
una
calle,
una
plaza,
un
callejón.
Era
un
rompecabezas.
Y
encuentras
esta
parte,
y
encuentras
esta
y
encuentras
esta,
pero
este
de
acá
no
lo
tienes,
¿no?
Entonces,
¿qué
hago?
O
lo
consigo
y
por
último
me
voy…
me
voy
allá
y
veo
cómo
es.
Y
así,
lentamente,
fue
agregándole
lugares
a
este
mapa
que
tenía
en
la
sala
de
su
departamento.
Era
un
espacio
chiquito,
con
una
sala-comedor,
una
cocinita,
un
dormitorio
y
un
baño.
Vivía
ahí
con
su
esposa
y
su
hija
recién
nacida.
Y…
El
mapa
fue
creciendo.
De
hecho
creció
a
tal
punto
y
el
trabajo
se
hizo
tan
grande,
tan
intenso,
tan
minucioso,
que
terminó
alquilando
el
departamento
de
abajo
de
su
casa
para
vivir,
y
este
dejarlo
simplemente
para
trabajar.
En
esos
días,
llegó
de
visita
un
amigo
de
infancia
de
Suiza,
y
se
unió
al
proyecto
de
Perrottet.
Cuando
se
daban
cuenta
que
faltaba
un
detalle
importante,
Perrottet
le
decía
a
su
amigo…
Que
aquí
necesito
el
nombre
de
la
calle,
aquí
quiero
saber
tal
cosa.
Así.
Y
su
amigo
iba
en
moto
a
corroborar
los
datos.
Así
terminaron
de
mapear
todo
Lima,
con
la
información
actualizada,
correcta.
Pero
era
un
mapa
del
tamaño
de
una
pared
entera;
ahora
tenía
el
mismo
reto
al
que
se
había
enfrentado
con
la
guía
de
buses:
hacer
que
ese
mapa
completo
entrara
en
una
hoja
de
un
metro
por
un
metro
cuarenta.
Se
volvió
un
trabajo
minucioso,
delicado.
Por
ejemplo,
una
vez
que
el
plano
se
redujo,
llegó
el
momento
de
pegar
los
nombres
de
las
calles.
Pero
para
eso,
para
poder
pegar,
tenía
que
escribirse
en
una
lista,
mandar
a
escribir
en
tipo
de
imprenta,
tomarle
una
foto
en
negativo,
sacar
el
positivo,
y
en
el
positivo,
después,
ponerle
una
capa
de
pegamento,
y
después
cortarlo
con
una
cuchilla,
para
poder
pegarlo.
O
sea,
es
todo
un…
todo
un
proceso.
Estamos
hablando
de
unas
tiritas
que
tenían
de
ancho
menos
de
un
milímetro,
¿no?
Entonces
él
recuerda
que
cuando
una
de
esas
tiritas
se
le
caía,
pues,
todo
podía
ser
una
joda,
¿no?
Porque
no
había
forma
de
encontrarla
o
era
difícil.
Eran
más
de
veinte
mil
calles.
Y
hay
que
hacerlo
con
orden,
porque
el
mapa
no
es
un
texto.
No
se
puede
releer
y
corregir.
Si
pones
las
calles
en
desorden,
y
te
falta
alguna,
luego
no
te
das
cuenta.
Y
él
me
decía…
Yo
le
decía,
bueno,
pero
eso,
digamos,
lo
que
me
describes
habla
de
una
obsesión
por
el
mapa,
¿no?
Y
él
me
decía:
“No,
bueno.
Es
trabajo
al
estilo
suizo”.
O
sea,
estamos
hablando
de
los
suizos,
los
que
perfeccionaron
el
reloj.
Para
hacer
un
mapa
como
este
se
necesita
ese
nivel
de
obsesión,
de
trabajo
milimétrico,
riguroso,
detallado.
Pero
incluso
con
ese
nivel
de
compromiso
al
estilo
suizo,
igual
tardó
dos
años
en
terminar.
Cuando
Perrottet
se
lo
mostraba
a
sus
amigos….
¿Les
llamaba
la
atención?
¿Llamaba
la
atención
el
mapa?
No,
claro.
Es
evidente,
¿no?
Además
el
tiempo
que
dedicaba
a
eso,
que
era
un
tiempo
completo,
¿no?,
y
un
trabajo
que
nadie
se
imagina
cómo
es.
Ni
yo
me
imaginaba
y
no
quería
saber,
simplemente
quería
hacerlo.
Al
igual
que
con
el
mapa
de
buses,
salió
a
las
calles
a
buscar
anunciantes.
Finalmente
logró
publicarlo
en
1977.
Es
un
plano
que
en
su
momento
fue
revelador.
Se
ve
la
cartografía
de
Perrottet,
una
cartografía
bastante…
bastante
cuidada,
con
colores,
con
nombres
de
lugares
importantes,
¿no?
Y
decidió
crear
una
empresa
de
mapas
y
guías
con
un
nombre
futurista:
“Lima
2000”.
Al
mapa
le
fue
bien,
y
la
empresa
empezó
a
funcionar,
pero
Perrottet
se
dio
cuenta
de
algo,
un
detalle
de
la
cultura
limeña.
Había
tan
poca
difusión
de
mapas,
interés,
y
costumbre
sobre
todo
de
usar
mapas…
Que
la
gente
ni
siquiera
entendía
para
qué
servía,
o
qué
tenía
de
nuevo.
Es
decir…
No
sabían
cómo
era
el
mapa
anterior
y
este
parecía
lo
mismo.
Lima
era
una
ciudad
casi
invisible.
Incluso
para
los
limeños.
Lo
que
él
mismo
dice
es
que,
digamos,
ahí
empezaba
todo
el
proceso
de
educar
un
poco
a
la
gente
para
que
usara
mapas.
No
son
parte
de
la
vida
pública
los
mapas.
Mientras
en
Suiza,
por
ejemplo,
están
en
cada
paradero
del
bus
y
del
tranvía,
hay
un
mapa
de
la
zona,
o
sea
si
uno
baja
del
bus
y
no
sabe
dónde
va
a
ir,
dónde
va
a
ir…
dónde
tiene
que
ir,
ahí
está
el
mapa.
Mientras
que
en
Lima
y
en
otras
partes
de
Latinoamérica,
cuando
no
sabemos
dónde
está
algo
le
preguntamos
a
alguien
en
la
calle.
Bueno,
y
cada
vez
más
le
preguntamos
a
nuestros
teléfonos.
No
era
así
cuando
salió
el
mapa
de
Perrottet,
obviamente.
Pasaron
los
años,
y
la
empresa
creció.
Al
igual
que
la
fama
de
Perrottet
como
cartógrafo.
Actualizó
su
mapa
un
par
de
veces,
ya
que
la
ciudad
seguía
creciendo,
y
en
1993,
Juan
Manuel,
siendo
un
adolescente
de
catorce
años,
volvió
a
Lima.
Perú
salía
de
una
guerra.
Lima
había
sido
escenario
de
conflicto
y
violencia.
Y
Juan
Manuel
tenía
su
propia
idea
de
lo
que
era
la
ciudad.
Como
la
que
uno
puede
tener
luego,
pues,
de
otras
ciudades
del
mundo:
de
Bagdad,
¿no?
Digamos,
esas
ciudades
que
aparecen
en
el
mapa…
en
el
mapa
global,
por
algo
que
no
es
necesariamente
lo
que
conoces,
sino
más
bien
por
situaciones
de
conflicto,
de
guerra,
de
bombas,
¿no?
Y
su
transición
no
fue
nada
fácil.
Juan
Manuel
había
vivido
en
La
Paz
desde
los
siete
años,
y
tenía
un
mapa
muy
claro
de
esa
ciudad
en
su
cabeza.
Lima
era
un
monstruo.
Lima…
Lima
era
un
monstruo
lleno
de
lugares
peligrosos,
sobre
todo
peligrosos.Todo
me
parecía
particularmente
gris,
oscuro,
feo,
¿no?
Feo,
feo.
Juan
Manuel
volvió
a
vivir
a
la
casa
de
una
tía,
en
un
barrio
llamado
Corpac,
de
clase
media,
en
el
distrito
de
San
Isidro.
Y
para
él,
Lima
era
una
ciudad
de
límites:
“No
cruces
esta
avenida”,
“no
pares
en
esa
esquina”,
“no
entres
a
ese
barrio”.
Son
el
tipo
de
indicaciones
que
te
da
la
gente
que
te
quiere,
y
lo
hacen
para
protegerte.
Total,
Lima
estaba
saliendo
de
años
de
violencia.
Pero,
al
hacerlo,
crean
una
cárcel
casi
involuntaria.
Y
en
la
mente
de
un
niño
es…
es
realmente
poderoso
ese
límite,
¿no?
Es
un
límite
que
te
paraliza,
o
sea,
como
dices:
“¡No!”.
Y
estos
límites
lo
que
hicieron
fue
acentuar
la
soledad.
La
soledad
de
estar
en
esta
ciudad
nueva,
no
conocerla,
no
entenderla.
Y
estar
en
un
salón
de
clases
con
un
montón
de
desconocidos
que
se
conocían
entre
sí.
Y
cada
día
se
aburría
más.
Cuando
estaba
manejando
bicicleta
y
no
sabía
dónde
ir,
y
tenía
más
bien
solamente
lugares
prohibidos,
o
lugares
donde…
donde
me
habían
metido
el
miedo
de
ir,
fue
que
dije:
“Yo
necesito
un
plano
de…
de
esto”,
¿no?
“Yo
necesito
una
guía
de
calles,
algo…
algo
que
me
permita
orientarme”,
¿no?
Fue
en
esos
primeros
meses,
casi
por
casualidad,
que
Juan
Manuel
se
encontró
con
“Lima
2000”,
el
mapa
de
Perrottet.
Y
no
es
exageración
decir
que
ese
mapa
cambió
todo.
Le
permitió
conocer
la
ciudad,
explorarla.
Y
con
la
guía
en
mano,
comenzó
a
planear
sus
viajes
en
bicicleta.
Ahí
te
das
cuenta
que…
que
la
soledad…
la
soledad
y
explorar
mapas,
digamos,
tiene…
tiene
algo
que
ver,
y
esa
comprensión
te
permite
sentirte
más
dueño
del
lugar,
¿no?
Me
pasó
algo
similar
diez
años
después,
cuando
llegué
de
Estados
Unidos,
a
los
veintidós
años.
Por
primera
vez
no
me
iba
a
quedar
con
un
familiar
sino
que
iba
a
vivir
solo
durante
tres
meses.
Mis
padres
tenían
un
departamento
que
en
ese
momento
estaba
vacío,
casi
sin
muebles.
Pero
tenía
el
mapa
de
Perrottet.
Y
ese
mapa
me
abrió
camino.
Estudiar
ese
mapa
fue
como
sentirme
invitado,
finalmente,
a
ser
parte
de
la
ciudad
donde
había
nacido.
Hasta
lo
mandé
a
enmarcar,
sin
vidrio
para
poder
escribir
sobre
él.
Todos
los
días
lo
miraba,
planeando
mis
viajes,
al
centro,
al
sur,
al
norte,
al
este.
Así
conocí
Lima,
y
gracias
a
este
mapa
comencé
a
sentirme
limeño.
Oliver
Perrottet
falleció
en
Lima,
en
2018.
Nos
sentimos
muy
agradecidos
de
haber
podido
hablar
con
él.
Si
aún
no
lo
han
hecho,
pueden
leer
una
entrevista
adicional
con
Perrottet
que
publicamos
en
2017.
La
encuentran
en
nuestra
página
web.
Juan
Manuel
Robles
es
escritor.
Vive
en
Nueva
York.
Esta
historia
fue
producida
por
Luis
Fernando
Vargas,
y
editada
por
Camila
Segura
y
por
mí.
El
diseño
de
sonido
es
de
Andrés
Azpiri
con
música
de
Rémy
Lozano.
Gracias
a
Eduardo
García
Peña,
en
Lima.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Paola
Alean,
Nicolás
Alonso,
Lisette
Arévalo,
Jorge
Caraballo,
Aneris
Casassus,
Victoria
Estrada,
Xochitl
Fabián,
Fernanda
Guzmán,
Miranda
Mazariegos,
Barbara
Sawhill,
Elsa
Liliana
Ulloa,
David
Trujillo
y
Desirée
Yépez.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios,
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
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► Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Hoy regresamos a nuestros archivos, a una historia que se publicó por primera vez en el 2017. Y empieza con él. Mi nombre es Juan Manuel Robles. Soy escritor. Soy periodista. Juan Manuel vive en Lima, Perú. Y hace unos meses, en una exposición de arte, se encontró con una amiga, y ella estaba con su papá. Es un señor flaco —ya mayor—, con el pelo largo, blanco. Una especie de… eh, de hippie jubilado. Se llamaba Oliver. Oliver Perrottet. Tenía una mirada seria, y un humor que Juan Manuel me describió como “muy suizo”. Humor suizo es un humor que… un humor entrecortado, un humor que se traba un poco, un humor… Sí, llámalo lo contrario al humor, en realidad. (Risas). Y rápidamente Juan Manuel se dio cuenta quién era este señor suizo. Fue como… como encontrar al fabricante de un juguete de mi infancia. Pero no cualquier juguete. Un mapa. Un mapa muy especial de una ciudad que es, a primer vista, abrumadora, caótica, incomprensible, infinita. Es decir, Lima. El mapa que hizo Perrottet fue muy importante para Juan Manuel, y dicho sea de paso, para mí. Se llamaba “Lima 2000”. Y fue el primer mapa comercial de la ciudad completa. En la portada tenía un cuadro de la ciudad, del centro de la ciudad. Por supuesto que lo recuerdo muy bien. Era un librito de como sesenta páginas, muy colorido, con tonos pasteles. Una edición muy cuidada y linda. Cuando escribí mi primera novela, tuve ese mapa delante mío siempre, pegado a la pared de mi escritorio. Lo consultaba para trazar las rutas imaginarias de mis personajes. Y es que fue con ese mapa que Juan Manuel, en los años 90, y yo, a inicios de los 2000, conocimos Lima. Ambos nacimos ahí, pero crecimos fuera. Yo en una ciudad pequeña llamada Birmingham, al sur de los Estados Unidos, y Juan Manuel en La Paz, Bolivia. Ambos volvimos siendo jóvenes, y para nosotros Lima parecía un monstruo inabarcable. Pero… Yo tuve esta guía, que me permitió conocer la ciudad, que me permitió entenderla. Desde entonces me volví un tipo de mapas. Quiero decir: cuando a mí me llamaban, me decían para ir a algún lugar, me daban la dirección, yo no salía de mi casa sin haberla visto en el mapa. Nuestra herramienta fue esta guía. Un ejemplo: algo tan básico, como el transporte público. Yo no entendía cómo ir de un distrito a otro sin perderme. No entendía cómo los limeños lograban desplazarse por la ciudad sin ninguna indicación. Entonces me subía a un bus cualquiera y mientras andábamos, yo apuntaba en un cuadernito los nombres de las calles por las que pasábamos. Luego, cuando volvía al departamento donde vivía, sacaba la lista de lugares que había visto desde la ventana del bus, y los buscaba en el mapa de Perrottet. Así fui creando mi propio plano de las rutas de buses. Entonces, creo que teniendo enfrente a Perrottet, yo hubiese reaccionado de una manera muy similar a Juan Manuel. Yo también me hubiera preguntado: ¿Quién ese este señor? ¿Y cómo es que un suizo termina haciendo el mapa de una de las ciudades más pobladas y caóticas de Latinoamérica? La historia no comienza en Lima, obviamente. Sino en Suiza, en una ciudad llamada Basilea. Oliver Perrottet recuerda la primera vez que vio un mapa. Era mediados de los años 50. Tenía 4 o 5 años, y su madre lo extendió encima de su cama. Este es Perrottet. Y era sobre los viajes de Marco Polo. Un mapa de estos que tienen… contienen dibujitos de los diferentes personajes, de los sitios donde ha ido, ¿no?, con flechas a colores de sus diferentes viajes. Era grande, de más de un metro de largo… Y eso fue, seguro, algo que me influenció tremendamente, porque no solamente era mapa, sino también era viaje y tierras lejanas. Perrottet era de esos niños que, en otra época, podría haber sido explorador, y tenía un talento nato para ubicarse. Alguna vez, su padre, que sabía de esto, lo… Digamos, se fueron de viaje a París, y lo dejó en otra estación de metro para que encontrara el camino de retorno al hotel, ¿no? Estamos hablando de un niño de cinco años, ¿no? Y el niño encontró el camino de retorno al hotel, sin… sin ningún problema. A los siete años, su familia se mudó de Basilea a Zúrich, que queda a noventa kilómetros, pero que es prácticamente otro mundo. Le pareció… Traumático porque yo tenía mis amigos, tenía todo, y en Zúrich… Zúrich es una ciudad donde la gente es un poco más fría, no tan amable, no tan abierta, no tan alegre como en Basilea. Y eso me chocó también. Se sentía perdido. Solo… Tenía que acostumbrarme, y para acostumbrarme hice… dibujé el mapa del barrio. De donde estaba mi casa, mi colegio, las tiendas… Y esto explica mucho sobre quién es Perrottet. Una persona que desde chico buscaba su lugar en el mundo, y que lo quería entender de manera visual. Ya más grande publicó su propio periódico de barrio, y como adolescente ayudaba a un publicista con su dibujos. A los dieciocho años comenzó a trabajar como taxista en Zúrich. Un trabajo que le pareció perfecto. Y estás solo en tu vehículo. Tampoco, no trabajas en equipo. O sea, es un trabajo ideal para alguien como yo. Y me gustaba mucho porque entraba en contacto con todos los niveles de la población. Todos los grupos. Iba a todos los barrios y todas las calles, y eso me ayudó a comprender la ciudad como un organismo. Pero entender entender Zúrich no era suficiente. Era joven, aventurero. Y a los diecinueve años… Se fue a… en un carguero alemán a cruzar el Atlántico, ¿no? Ya… ya con un bichito de la exploración, de la búsqueda, ¿no? Su primer gran aventura. Cuando volvió… A los veinte años, se dio cuenta de que… Suiza no era para él… Es un país muy pequeño. No hay… no hay sitios… libres. Un país donde todo estaba hecho. Un país… Tan perfecto que camina como un reloj haciendo tic-tac-tic-tac en algunos lugares de mi cabeza. Y no lo aguantaba. Sentía que necesitaba más libertad. Entonces, miró el mapa… Y tenía un interés en Sudamérica, ¿no? Él dice que su primer interés en Sudamérica era la forma del continente: le gustaba cómo luce, eh, Sudamérica. Le parecía bonito, le parecía elegante, ¿no? Por estar un poco alejado de todo, eso siempre me… me ha gustado: esa… la idea de estar… de estar alejado. Quería irse lejos, no quería irse al Atlántico. Quería irse al otro lado del mar… Y ahí entre Perú y… Chile y Ecuador, ya escogí el Perú porque quedaba en medio de toda la… ¿no? Ni muy al norte ni muy al sur. Y dentro del Perú… Quedaba Lima, la capital, tampoco: no queda muy al norte ni muy al sur, sino una zona que es el centro de la costa. La costa tenía que ser porque siempre me atraía mucho el mar y Suiza no tiene. Así que un día de octubre de 1970, Oliver Perrottet tomó un avión a Lima. No sabía hablar español, y de Lima no sabía nada más allá de que era la capital y que era una ciudad costera. No quería ni ver mapas ni leer algo sobre Lima, sobre Perú. Ninguna información porque la idea —ahora lo digo—: nacer de nuevo. Que eso fue. Hay que hablar un poco de la ciudad a la que Perrottet estaba llegando. Eran los años 70, y Lima estaba entrando en un periodo de crecimiento acelerado. La reforma agraria del 69 había cambiado la estructura social de la vida en el campo, y de manera súbita, miles de peruanos de zonas rurales tenían la posibilidad de buscarse una nueva vida… en la ciudad. Y zonas de Lima que antes estaban completamente vacías se comenzaron a llenar. A veces de la noche a la mañana. Con casitas precarias, nuevos barrios, nuevos asentamientos humanos. Los limeños tradicionales le pusieron un nombre a esta ola de migraciones de la sierra: se conocían como invasiones. La connotación militar de esta palabra nos dice mucho sobre la actitud de la ciudad hacia sus nuevos residentes. En fin, todo esto cambió radicalmente la geografía y la cultura de la capital, una ciudad que anteriormente había vivido mirando el mar, a espaldas del país. Y claro, Perrottet, pues, no sabía nada de esto. Llegó a Lima casi por azar. Cuando aterrizó era de día, tomó un taxi… Y le dijo al taxista que lo llevara al centro, y el taxista lo dejó muy cerca al Jirón de la Unión, que es este paseo peatonal, céntrico, ¿no?, que une las dos plazas más importantes del centro de Lima. Estaba cansado. Encontró un hotel y durmió. Y cuando se despertó… Se dio cuenta de que realmente estaba en un… En otro mundo. Quería explorar. Salió del hotel y comenzó a caminar. Llegó a la avenida Abancay, una vía de seis carriles que a ciertas horas tiene un tráfico realmente infernal. De hecho, en un tiempo llegó a ser una de las avenidas más contaminadas de Sudamérica. Era el final de la tarde. Le llamó la atención, digamos, esta hilera de buses. Era una fila parada que avanzaba poquito. No había paraderos, y no había sitio donde los buses co… corrían y después paraban, sino que simplemente por la gran cantidad que hay estaban en una fila y avanzaban, y cuando paraban, subía y bajaba gente, y cuando…. ¿no? Después avanzaban diez metros o veinte metros, y… Y bueno, casi cincuenta años después, la avenida Abancay sigue igual. Pero en fin, a Perrottet le encantó ese tumulto. La bulla, el espectáculo urbano. Le gustó que todos los buses fueran de diferentes colores. Estaba muy sorprendido. No sabía que… que eso… que se iba a encontrar con eso: un montón de gente hablando. Y sobre todo le llamó la atención estas señalizaciones de los policías de tránsito. Los policías de tránsito tenían diferentes maneras de pitarle a los carros, era casi un lenguaje aparte. Una para indicar que pararan, otra para que avanzaran, otra para que acelerarán. A veces bien elaboradas, ¿no? No solamente un pito sino varios, y de… más fuerte: una música. A él le pareció que eran una suerte de papagayos urbanos, ¿no? Entonces dentro de su mundo exotizante, esto era un lugar donde, digamos, una suerte de selva urbana, desordenada, pero al mismo tiempo fascinante. Perrottet sintió que había encontrado su lugar. Y quería conocerlo. Y al día siguiente, lo primero que hizo fue buscar una guía de buses, una guía que le permitiera ver dónde estaba, digamos, qué… qué línea le llevaba a qué parte. Se dio cuenta que no había, le dijeron que no existe tal cosa. Además, con la extrañeza del caso, ¿no? En ese momento pensé: “Entonces ya sé qué es lo que tengo que hacer acá”. O sea, había venido sin ninguna idea y… y prácticamente el primer día ya estaba claro. Tenía clara su meta. Tenía claro cuál sería su proyecto. Lima necesitaba una guía de rutas de omnibuses y microbuses. Y él, un extranjero recién llegado, iba a hacerla. Pero tenía que empezar por lo básico: necesitaba un trabajo, y un lugar donde vivir. A los pocos días de haber llegado, conoció a una mujer que le recomendó ir a buscar trabajo al Instituto Goethe. Lo contrataron como profesor de Alemán. Trabajaba un día a la semana y ganaba lo suficiente para alquilar un pequeño apartamento en la avenida Tacna, cerca de un paradero de buses. Entonces, tomó el único mapa comercial del centro de Lima que existía, un mapa incompleto, parcial, que no tenía nada sobre el transporte, y empezó su nueva guía haciendo lo más elemental que alguien pueda imaginarse, lo mismo que hice yo, cuando llegué a Lima treinta años después: Simplemente uno toma un bus y… y sube y ve qué pasa, ¿no? El primer bus en el que se montó lo llevó a Condevilla, en San Martín de Porres. Ahora, en el 2017, San Martín es un distrito muy denso, tiene más de setecientos mil habitantes. Pero en 1970 era una gran extensión de tierra vacía, sin árboles, arenosa. Había un paradero final de buses con algunos puestos de comida, de esos que en Lima llamamos “agachaditos”, donde la gente come literalmente agachada en una banquita y una mesa en medio de la calle. Y Perrottet —blanco, rubio, alto y sin poder hablar bien español—, digamos que destacaba. Ahí me quedé, bueno, en el paradero final, y la gente me miraba, ¿no? “¿Qué hace este acá?”, y… Al poco rato y sin pensarlo mucho, se subió a otro bus que salía de allí, de Condevilla, y durante el viaje… Vino el… el boletero que había: “¿Hasta dónde va?”, ¿no? Le dije: “Al final, final”. El recorrido cruzaba toda la ciudad, de norte a sur, y terminaba en Villa El Salvador, una de las llamadas invasiones más grandes de todo Lima. Y cuando llegó a Villa El Salvador lo que vio… Era una hilera de chocitas de esteras. Una calle y quizás a la espalda había otra hilera, pero nada más. Era inicios de 1971 y nueve mil familias habían empezado a instalarse apenas hace unos meses. Era un barrio literalmente en construcción, un barrio que aún no existía en ningún mapa oficial. Y bueno, se imaginaran la reacción de Perrottet. Era lindo, ¿no? Encontrar algo así: si tú vienes de un país donde todo está hecho y llegas a un sitio donde lo más elemental no hay, ¿no? ¡Hacerlo! ¡Qué gratificante! Y al día siguiente, Perrottet hizo lo mismo: se levantó temprano, salió como a las nueve de la mañana con un cuaderno y un lápiz, caminó al paradero de la esquina, y tomó un bus. Esta vez, un bus distinto. Durante el viaje apuntó el nombre de las calles y trazó el recorrido —izquierda, derecha, izquierda—. Viajó hasta las cuatro o cinco de la tarde. Y al día siguiente, lo mismo. Un amigo le ayudó a conseguir un mapa grande de Lima, era un mapa catastral, de los que se usan para la construcción y que no se pueden comprar en una tienda. Lo calcó en papel mantequilla, y sobre la copia dibujaba los recorridos que hacía a diario. Y eso lo hacía durante cuatro meses, todos los días, en forma metódica, no como… como un pasatiempo y no, eso no fue intermitente. Eso fue así: a diario eso era mi trabajo. Cuando terminó, resulta que había 190 y pico de rutas de buses, ¿no? O sea, simplemente al quinto mes vio… vio que ya no… ya no… ya no se repetían las líneas, así fue, ya… ya las había visto todas, ¿no? Ya las había inventariado todas. Al final ahí estaba el plano de tres metros por dos metros. Ya estaba hecho. Pero la meta era hacer algo que se puede doblar y meter al bolsillo. A estas alturas, ya era el año 72. Había acabado su mapa de buses, pero le faltaba encontrar un imprenta que lo pudiera reducir, que quedara de un tamaño que cupiera en el bolsillo, para poder venderlo. Pero le dieron ganas de viajar. De conocer el mundo. Salió de Lima, hacia Europa. Visitó Suiza, y luego partes de Estados Unidos. En total estuvo fuera de Perú unos dos años, hasta que le pasó algo muy inesperado: se dio cuenta que extrañaba Lima. Extrañaba los buses multicolor, extrañaba el ruido, extrañaba su gente. Y también empezó a echar de menos cosas que antes aborrecía, como el cebiche. Entonces, en el 74, volvió, decidido a terminar su guía de autobuses. Trajo con él una referencia: el mapa de buses de Londres, pero no era tan fácil como copiar el formato y listo. Porque si lo comparamos con Londres, de donde tomé el diseño, ahí hay, quizás, en el centro hay cinco o seis líneas que pasan por la misma calle. Entonces esa calle, en el plano, en el costado, tiene cinco, seis numeritos. Pero en Lima, era diferente. Recordemos esa avenida tan caótica que le llamó tanto la atención a Perrottet cuando llegó: la Avenida Abancay. Ahí Perrottet descubrió que había como treinta líneas de buses diferentes, lo cual aparte de ser una locura, pues, presenta también un problema de diseño. El plano tiene que ser mucho más grande para que haya el espacio para poner treinta números. Lo resolvió resaltando en rojo las calles donde transitaban omnibuses, y en azul las recorridas por los microbuses. A un costado colocó los números de las rutas. El mapa estaba listo. Decidió ir con su plano al Ministerio de Transportes del Perú. Por curiosidad más que nada, para ver qué información tenían ellos y ojalá corroborar algunos datos. No le había mostrado el mapa a nadie más que a algunas personas muy cercanas. Cuando llegó y se los enseñó… Bueno, fue… fue tremendo. Se so… sorprendieron. Mucho. El que lo vio inmediatamente se volteó y llamó a todos los de la oficina para que vengan: “Aquí, miren. Aquí… Esto es lo que siempre necesitamos: un plano con todas las líneas”. La oficina que autorizaba a las rutas de transporte en la ciudad, no tenía un mapa de esas mismas rutas. Pero Perrottet sí. Solo faltaba imprimirlo, y para esto necesitaba dinero. Salió a las calles de nuevo, ahora a tocar puertas de empresas. Les ofrecía anuncios publicitarios en el mapa. Y ahí, pues, el hecho de ser extranjero lo ayudó bastante. Como gringo no tenía realmente restricciones: “Pase señor”, ¿no? Aunque tenía yo barba y pelo largo. Pero quizás también por eso, ¿no?, era un personaje un poco fuera de lo común, ¿no?, y que infundía respeto. O por lo menos curiosidad. Y bueno, le funcionó. Consiguió patrocinio y terminó de imprimir la “Guía de Transporte de Lima” en 1975. Un mapa de bolsillo que costaba treinta soles. En esa época, menos de un dólar. Y con esta publicación, el suizo se hizo algo famoso. Salió en los periódicos locales con titulares como estos: Líneas de transporte “marearon” a suizo. El joven cartógrafo ha hecho una guía de todas las rutas. La guía está lista y se ha puesto a la venta en un formato de bolsillo a todo color. Aunque cabe mencionar que Perrottet no era cartógrafo. Nunca había estudiado, era totalmente autodidacta. Pero como fuera, la guía fue bien recibida y Perrottet quedó entusiasmado. Seguía con ganas de hacer algo más, ¿pero qué? Después de todos los viajes a todos los rincones de Lima, Perrottet sentía que tenía un conocimiento muy útil y quería hacer algo con eso. Es casi una necesidad, ¿no? Ya no puedo ese conocimiento dejarlo ahí. Tenía que ser taxi o hacer algo donde… donde se necesitan esos conocimientos. Y a esto se le suma algo que Perrottet notó al empezar a vivir en Lima: Que me di cuenta que la gente que vivía aquí no sabía nada de lo que había alrededor, nunca habían ido a esos sitios. Dijo: “Bueno, aquí la gente necesita conocer su ciudad, ¿no?”. La gente reconocía los sectores tradicionales de la ciudad: el centro, Barranco, Miraflores, Chorrillos, El Callao. Pero Perrottet quería que los limeños entendieran… Que su ciudad no termina ahí, que es mucho más grande. Muchísimo más. Y crecía cada día. El nuevo proyecto de Perrottet era más ambicioso que una simple guía de buses. Ahora se proponía hacer un mapa de toda la ciudad. Un mapa que cubriría cada esquina, incluidas esas nuevas zonas de la capital, esas que los residentes tradicionales llamaban invasiones. Cuando volvamos: ¿cómo se hace un mapa de una ciudad casi inabarcable? Este podcast y el siguiente mensaje son patrocinados por la Fundación Marguerite Casey, construyendo una mayor libertad para que los agentes de cambio puedan construir una economía verdaderamente representativa. La Fundación Marguerite Casey tiene la convicción de que los trabajadores y sus familias deben poder moldear nuestras instituciones, nuestra democracia y nuestra economía. Conoce más sobre la Fundación en www punto caseygrants punto o-r-g, y conéctate con la Fundación en Facebook y Twitter en arroba caseygrants. Cambiando el poder, empoderando la libertad. Este mensaje viene de un patrocinador de NPR, CarMax. En Carmax, la mejor forma de comprar un auto es la tuya. 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Entonces, antes de la pausa, estábamos en 1975 y Oliver Perrottet había decidido que Lima necesitaba un mapa de la ciudad entera. Este es Juan Manuel Robles. Era una tarea que ni siquiera él previó cuán grande iba a ser, porque la ciudad estaba mapeada a la mitad. Y esa mitad que estaba, o sea, los distritos tradicionales, estaba desactualizada, con errores, nadie se había preocupado en darle actualidad. Y la otra mitad de Lima… No estaba en ningún mapa comercial. No existía. Simplemente no había forma de encontrarlo, entonces le tocó hacer las dos cosas: actualizar los mapas de los distritos tradicionales —caminar, mirar—, y hacer los mapas de lo nuevo, lo que se había incorporado a la gran ciudad. Perrottet se enteró de algo súper útil: había una entidad del Estado llamada SINAMOS que había hecho planos catastrales de algunos de los barrios más nuevos de Lima. Y eran mapas que tenían mucho de lo que Perrottet necesitaba: los nombres de las calles, los números de las cuadras… Pero había un problema: O sea, si los unías todos tenías un mapa de… de diez metros. No precisamente un mapa de bolsillo. Pero no se desmotivó. Tomó estos planos y un mapa grande del centro de Lima, y los puso en la pared. Luego colocó papel mantequilla y empezó a calcar. El mismo trabajo que había hecho con la ruta de los buses, pero ahora incluía la ciudad entera. Y ahí me di cuenta, pues, que esos planos tenían muchos errores. Es que Perrottet prácticamente se sabía Lima de memoria. Pero necesitaba información objetiva. Es decir, fotografías. Investigó más y encontró que el Ministerio de Agricultura había hecho un estudio de zonas agrícolas en Lima, y había tomado fotos aéreas de la ciudad. Y eso se podía comprar. Costaba como, no sé… como si hoy costara diez soles, una cosa así, cada foto. O veinte, o sea, no… nada en comparación con el valor realmente que tiene para hacer un trabajo. Compró las imágenes que necesitaba y empezó a comparar con diferentes mapas. Y a corregir. Todos los días agregaba una calle, una plaza, un callejón. Era un rompecabezas. Y tú encuentras esta parte, y encuentras esta y encuentras esta, pero este de acá no lo tienes, ¿no? Entonces, ¿qué hago? O lo consigo y por último me voy… me voy allá y veo cómo es. Y así, lentamente, fue agregándole lugares a este mapa que tenía en la sala de su departamento. Era un espacio chiquito, con una sala-comedor, una cocinita, un dormitorio y un baño. Vivía ahí con su esposa y su hija recién nacida. Y… El mapa fue creciendo. De hecho creció a tal punto y el trabajo se hizo tan grande, tan intenso, tan minucioso, que terminó alquilando el departamento de abajo de su casa para vivir, y este dejarlo simplemente para trabajar. En esos días, llegó de visita un amigo de infancia de Suiza, y se unió al proyecto de Perrottet. Cuando se daban cuenta que faltaba un detalle importante, Perrottet le decía a su amigo… Que aquí necesito el nombre de la calle, aquí quiero saber tal cosa. Así. Y su amigo iba en moto a corroborar los datos. Así terminaron de mapear todo Lima, con la información actualizada, correcta. Pero era un mapa del tamaño de una pared entera; ahora tenía el mismo reto al que se había enfrentado con la guía de buses: hacer que ese mapa completo entrara en una hoja de un metro por un metro cuarenta. Se volvió un trabajo minucioso, delicado. Por ejemplo, una vez que el plano se redujo, llegó el momento de pegar los nombres de las calles. Pero para eso, para poder pegar, tenía que escribirse en una lista, mandar a escribir en tipo de imprenta, tomarle una foto en negativo, sacar el positivo, y en el positivo, después, ponerle una capa de pegamento, y después cortarlo con una cuchilla, para poder pegarlo. O sea, es todo un… todo un proceso. Estamos hablando de unas tiritas que tenían de ancho menos de un milímetro, ¿no? Entonces él recuerda que cuando una de esas tiritas se le caía, pues, todo podía ser una joda, ¿no? Porque no había forma de encontrarla o era difícil. Eran más de veinte mil calles. Y hay que hacerlo con orden, porque el mapa no es un texto. No se puede releer y corregir. Si tú pones las calles en desorden, y te falta alguna, luego no te das cuenta. Y él me decía… Yo le decía, bueno, pero eso, digamos, lo que me describes habla de una obsesión por el mapa, ¿no? Y él me decía: “No, bueno. Es trabajo al estilo suizo”. O sea, estamos hablando de los suizos, los que perfeccionaron el reloj. Para hacer un mapa como este se necesita ese nivel de obsesión, de trabajo milimétrico, riguroso, detallado. Pero incluso con ese nivel de compromiso al estilo suizo, igual tardó dos años en terminar. Cuando Perrottet se lo mostraba a sus amigos…. ¿Les llamaba la atención? ¿Llamaba la atención el mapa? No, claro. Es evidente, ¿no? Además el tiempo que dedicaba a eso, que era un tiempo completo, ¿no?, y un trabajo que nadie se imagina cómo es. Ni yo me imaginaba y no quería saber, simplemente quería hacerlo. Al igual que con el mapa de buses, salió a las calles a buscar anunciantes. Finalmente logró publicarlo en 1977. Es un plano que en su momento fue revelador. Se ve la cartografía de Perrottet, una cartografía bastante… bastante cuidada, con colores, con nombres de lugares importantes, ¿no? Y decidió crear una empresa de mapas y guías con un nombre futurista: “Lima 2000”. Al mapa le fue bien, y la empresa empezó a funcionar, pero Perrottet se dio cuenta de algo, un detalle de la cultura limeña. Había tan poca difusión de mapas, interés, y costumbre sobre todo de usar mapas… Que la gente ni siquiera entendía para qué servía, o qué tenía de nuevo. Es decir… No sabían cómo era el mapa anterior y este parecía lo mismo. Lima era una ciudad casi invisible. Incluso para los limeños. Lo que sí él mismo dice es que, digamos, ahí empezaba todo el proceso de educar un poco a la gente para que usara mapas. No son parte de la vida pública los mapas. Mientras en Suiza, por ejemplo, están en cada paradero del bus y del tranvía, hay un mapa de la zona, o sea si uno baja del bus y no sabe dónde va a ir, dónde va a ir… dónde tiene que ir, ahí está el mapa. Mientras que en Lima y en otras partes de Latinoamérica, cuando no sabemos dónde está algo le preguntamos a alguien en la calle. Bueno, y cada vez más le preguntamos a nuestros teléfonos. No era así cuando salió el mapa de Perrottet, obviamente. Pasaron los años, y la empresa creció. Al igual que la fama de Perrottet como cartógrafo. Actualizó su mapa un par de veces, ya que la ciudad seguía creciendo, y en 1993, Juan Manuel, siendo un adolescente de catorce años, volvió a Lima. Perú salía de una guerra. Lima había sido escenario de conflicto y violencia. Y Juan Manuel tenía su propia idea de lo que era la ciudad. Como la que uno puede tener luego, pues, de otras ciudades del mundo: de Bagdad, ¿no? Digamos, esas ciudades que aparecen en el mapa… en el mapa global, por algo que no es necesariamente lo que tú conoces, sino más bien por situaciones de conflicto, de guerra, de bombas, ¿no? Y su transición no fue nada fácil. Juan Manuel había vivido en La Paz desde los siete años, y tenía un mapa muy claro de esa ciudad en su cabeza. Lima era un monstruo. Lima… Lima era un monstruo lleno de lugares peligrosos, sobre todo peligrosos.Todo me parecía particularmente gris, oscuro, feo, ¿no? Feo, feo. Juan Manuel volvió a vivir a la casa de una tía, en un barrio llamado Corpac, de clase media, en el distrito de San Isidro. Y para él, Lima era una ciudad de límites: “No cruces esta avenida”, “no pares en esa esquina”, “no entres a ese barrio”. Son el tipo de indicaciones que te da la gente que te quiere, y lo hacen para protegerte. Total, Lima estaba saliendo de años de violencia. Pero, al hacerlo, crean una cárcel casi involuntaria. Y en la mente de un niño es… es realmente poderoso ese límite, ¿no? Es un límite que te paraliza, o sea, como dices: “¡No!”. Y estos límites lo que hicieron fue acentuar la soledad. La soledad de estar en esta ciudad nueva, no conocerla, no entenderla. Y estar en un salón de clases con un montón de desconocidos que se conocían entre sí. Y cada día se aburría más. Cuando estaba manejando bicicleta y no sabía dónde ir, y tenía más bien solamente lugares prohibidos, o lugares donde… donde me habían metido el miedo de ir, fue que dije: “Yo necesito un plano de… de esto”, ¿no? “Yo necesito una guía de calles, algo… algo que me permita orientarme”, ¿no? Fue en esos primeros meses, casi por casualidad, que Juan Manuel se encontró con “Lima 2000”, el mapa de Perrottet. Y no es exageración decir que ese mapa cambió todo. Le permitió conocer la ciudad, explorarla. Y con la guía en mano, comenzó a planear sus viajes en bicicleta. Ahí te das cuenta que… que la soledad… la soledad y explorar mapas, digamos, tiene… tiene algo que ver, y esa comprensión te permite sentirte más dueño del lugar, ¿no? Me pasó algo similar diez años después, cuando llegué de Estados Unidos, a los veintidós años. Por primera vez no me iba a quedar con un familiar sino que iba a vivir solo durante tres meses. Mis padres tenían un departamento que en ese momento estaba vacío, casi sin muebles. Pero tenía el mapa de Perrottet. Y ese mapa me abrió camino. Estudiar ese mapa fue como sentirme invitado, finalmente, a ser parte de la ciudad donde había nacido. Hasta lo mandé a enmarcar, sin vidrio para poder escribir sobre él. Todos los días lo miraba, planeando mis viajes, al centro, al sur, al norte, al este. Así conocí Lima, y gracias a este mapa comencé a sentirme limeño. Oliver Perrottet falleció en Lima, en 2018. Nos sentimos muy agradecidos de haber podido hablar con él. Si aún no lo han hecho, pueden leer una entrevista adicional con Perrottet que publicamos en 2017. La encuentran en nuestra página web. Juan Manuel Robles es escritor. Vive en Nueva York. Esta historia fue producida por Luis Fernando Vargas, y editada por Camila Segura y por mí. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri con música de Rémy Lozano. Gracias a Eduardo García Peña, en Lima. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Nicolás Alonso, Lisette Arévalo, Jorge Caraballo, Aneris Casassus, Victoria Estrada, Xochitl Fabián, Fernanda Guzmán, Miranda Mazariegos, Barbara Sawhill, Elsa Liliana Ulloa, David Trujillo y Desirée Yépez. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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