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Radio Ambulante - Cuy al ajillo

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La comida une... pero también separa.

¿Qué estarías dispuesto a hacer para comer una vez más tu plato favorito? Esta fue la pregunta que tuvo que hacerse el peruano Fidel Dolorier cuando descubrió que en California, donde había emigrado, su comida predilecta era en realidad una adorable mascota. Y, ¿hasta dónde puede llegar el odio por un alimento? Cuando se trata de cierto ingrediente, la familia de nuestra productora Lisette Arévalo no está dispuesta a hacer concesiones.



En nuestro sitio web puedes encontrar una transcripción del episodio. Or you can also check this English translation.



Súmate a Deambulantes.

Esto
es
Radio
Ambulante
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Hoy
les
traemos
un
capítulo
sabroso,
servido
en
dos
platos:
vamos
a
escuchar
dos
historias
de
comida.
De
las
cosas
que
nos
unen
y
nos
separan
cuando
nos
sentamos
en
la
mesa.
Porque
todos
tenemos
ese
plato
que
nos
transporta
a
la
infancia
o
al
lugar
donde
fuimos
felices.
Pero
esa
misma
receta,
que
hasta
podría
emocionarnos,
a
otra
persona
la
puede
horrorizar.
Eso
le
pasó
a
mi
amigo
Fidel
Dolorier,
cuando
se
mudó
de
Perú
a
California
en
1987.
Cualquier
peruano
que
oiga
nombrar
ese
año
se
podrá
imaginar
lo
que
dejó
Fidel
al
subirse
al
avión:
un
país
inestable,
un
país
azotado
por
el
terrorismo
y
la
violencia
política.
Un
país
que
Fidel
comenzaba
a
añorar
desesperadamente.
Yo
no
podía
regresar
a
Perú
por
muchos
años,
porque
estaba
de
ilegal
y
realmente
extrañaba
fuertemente.
Estaba
muy
deprimido,
triste,
y
una
de
las
maneras,
digamos,
de…
de
llenar
ese
vacío
era
con…
con
la
comida
peruana,
¿no?
Para
muchos
peruanos
la
comida
no
es
sólo
una
fuente
de
nutrición.
En
nuestra
identidad
colectiva,
ocupa
ese
lugar
en
donde
un
argentino
tal
vez
pondría
el
fútbol,
o
un
brasileño
el
carnaval:
un
sitio
en
común,
en
donde
se
mezclan
emociones
y
recuerdos,
orgullo
y
nostalgia.
Una
de
esas
cosas
que
pueden
patear
fuerte
en
el
corazón
de
un
inmigrante,
sobre
todo
si
acaba
de
llegar
a
un
país
que
recién
empieza
a
entender.
Y
bueno,
mis
platos
favoritos…
son
todos
en
realidad.
me
dices
comida
peruana
y
te
como
lo
que
sea.
No
tengo
ningún
aspaviento.
Pero
Fidel
tenía
un
problema:
a
fines
de
los
80,
la
cocina
peruana
todavía
no
era
famosa
en
el
mundo,
y
en
Estados
Unidos
era
casi
imposible
conseguir
sus
ingredientes.
Y
peor
aún:
él
no
había
puesto
una
olla
al
fuego
en
su
vida.
Cuando
yo
llegué
a
este
país
no
sabía
ni
hacer
arroz.
O
sea,
era
un
desastre.
Me
botaban
de
la
cocina
cuando
yo
crecía
porque,
you
know,
éramos
tres
hermanos
varones,
tres
hermanas
mujeres,
más
mi
mamá
y
mi
abuela
en
la
cocina.
Entonces
no
solo
estorbábamos,
pero
también
había
una
cuestión
así
medio
sexista,
¿no?:
«Los
hombres
no
pertenecen
a
la
cocina».
Las
llamadas
a
su
Ayacucho
natal,
en
ese
entonces,
valían
un
dólar
cada
minuto.
Un
dólar
que
a
Fidel
no
le
sobraba.
Entonces
yo:
«Mamá,
rapidito
(risa):
¿cómo
se
hace
el
arroz?».
Y
así
poco
a
poco
aprendí.
Los
ingredientes
de
sus
platos
favoritos
se
los
pedía
a
sus
amigos
que
viajaban
desde
Perú.
Al
principio,
se
los
quitaban
en
la
aduana,
pero
fue
diseñando
un
sistema
para
que
no
los
encontraran.
Con
el
tiempo,
se
transformó
en
un
experto
contrabandista
de
ajíes,
olluco,
maca
y
todo
lo
demás.
Ahora
ya
tengo
mi
método,
¿no?
Este…
no
lo
puedo
decir
(risa).
Pero
es
casi
cien
por
ciento
(risa)
exitoso.
También
esperaba
cualquier
oportunidad
para
ir
a
la
casa
de
otros
peruanos.
En
esas
reuniones
todo
giraba
en
torno
a
las
ollas.
Lo
esperabas
con
ansias,
¿no?
Estabas
realmente
emocionado
porque
sabías
que
se
iba
a
comer
rico.
Y
a
nosotros
los
peruanos
siempre
nos…
nos
critican
porque
fiesta
que
vamos,
nos
vamos
todos
a
la
cocina,
a
conversar,
a
hacer…
a
hacer
bulla
y
estar
picoteando
de…
de
las
ollas…
¿no?
Nos
movemos
socialmente
y
emocionalmente
alrededor
de
la…
de
la
comida.
Pero
había
un
plato
que
no
encontraba
en
ninguna
casa
amiga
y
que
hubiera
sido
una
locura
esconder
en
una
maleta.
Una
receta
típica
de
la
zona
andina
que,
con
el
paso
del
tiempo,
se
fue
transformando
en
una
obsesión:
Fidel
estaba
como
loco
por
comerse
un
cuy
chactado.
Y
se
estarán
preguntando:
¿Qué
es
un
cuy?
Esta
es
una
cuestión
clave
en
esta
historia.
Si
le
preguntas
a
un
gringo,
te
va
a
decir
que
el
cuy,
o
guinea
pig,
es
una
mascota:
un
roedor
chiquito,
peludito,
hasta
tierno,
¿no?
El
tipo
de
animal
inofensivo
y
fácil
de
cuidar
que
le
regalarías
a
un
niño.
Un
ayacuchano
como
Fidel,
en
cambio,
te
va
a
decir
que
sí,
que
puede
vivir
en
casa
con
los
niños…
hasta
que
crezca
lo
suficiente.
Es
un
animal
andino,
¿no?,
que
recién
se
domesticó
hace
cinco
mil
años
antes
de
Cristo.
Y
es,
digamos,
una
fuente
de
proteínas
magnífica
en
los
Andes,
donde
no
hay
mucha
fuente
de
proteína.¿Qué
nos
lleva
a
ver
a
algunos
animales
como
comida
y
a
otros
no?
Esa
es
una
pregunta
difícil,
que
ha
desvelado
a
antropólogos
y
estudiosos
de
la
cultura.
Pero
que
estaba
lejos
de
desvelar
a
mi
amigo
Fidel.
Sucedió
que
un
día
estaba
caminando
por…
por
una
calle
y
veo
un…
una
tienda
de…
de
animales,
¿no?,
para
adoptar.
Entonces
veo
en
la
ventana
y
veo
que
hay
un
cuy.Imaginemos
a
Fidel:
está
parado
frente
a
una
tienda
de
mascotas,
en
un
país
que
apenas
conoce.
Uno
en
el
que
el
cuy,
un
animal
que
proviene
de
su
región
y
que
él
ha
comido
toda
su
vida,
es
tratado
como
si
fuera
un
perrito.
Mira
a
través
del
vidrio.
Lo
ve
allí,
en
su
jaulita,
listo
para
llevar…
Entonces
me
acerco,
lo
miro,
el
cuy
me
mira,
nos
miramos,
y
el
cuy
se
esconde
porque
parece
que
reconoció
algo.
Dijo:
«Este
es
un
peruano».Peor
para
el
cuy:
era
un
peruano
con
nostalgia.
Entonces
Fidel
entra
al
local
y
ve
a
la
señora
que
atiende.
Parece
tan
amable,
tan
dispuesta
a
ayudarlo.
Me
dice:
«Oh,
can
I
help
you?»
¿Te
puedo
ayudar?
Y
yo:
«Sí,
mira,
este…
ese
animalito»,
le
digo,
este…
«¿está
en
venta?”.La
mujer
mira
a
Fidel:
sus
ojos
parecen
calibrar
la
situación…
Habrá
visto,
no
sé,
una
mirada
diabólica
en
mí,
y
me
dijo:
«Oh,
are
you
peruvian?».
¿Es
usted
peruano?Por
un
momento,
Fidel
cree
que
es
el
inicio
de
un
diálogo.
Uno
que
podría
tratar
del
origen
del
cuy
o
quizás
de
las
diferencias
culturales.
Le
dije:
«Sí»,
¿no?,
pensando
que
iba
a
generar
una
conversación,
algo
¿no?
Y
me
dijo:
«No,
no»,
me
dice,
«no,
no
está
en
venta»
(risa).
Me
negó
el
acceso
a
mi
cuy.
:
Fidel
le
podría
haber
dicho
muchas
cosas:
que
en
la
región
andina
el
cuy
se
ha
comido
durante
milenios,
desde
mucho
antes
de
su
domesticación.
Que
en
su
ciudad,
Ayacucho,
el
cuy
chactado,
que
sería
como
un
cuy
roasted,
es
uno
de
los
platos
típicos
en
celebraciones
familiares,
reencuentros
de
amigos,
bodas
y
hasta
el
carnaval.
Que
en
la
medicina
tradicional
andina
se
usa
para
hacer
diagnósticos:
primero
te
frotan
el
cuy,
y
luego
el
curandero
lo
abre
y
revisa
el
estado
de
sus
órganos,
para
saber
si
tiene
algún
daño.
Incluso
su
carne
contiene
una
enzima,
la
asparaginasa,
que
podría
ayudar
a
prevenir
la
leucemia.
Pero
Fidel
no
le
dijo
nada…
sólo
se
rió.
Me
dio
risa
en
ese
momento,
porque
realmente
entendí,
¿no?,
que
obviamente
(risa)
estaba
ella
defendiendo
la
integridad
física
del
pobre
animalito,
¿no?
Ya
me
veía…
no
sé…
con
la
sangre
en
la
boca,
¿no?,
(risa)Tardaría
algunos
años
en
sacarse
la
espina
de
comer
un
cuy
chactado.
En
un
viaje
a
New
York,
un
amigo
lo
llevó
a
un
mercadito
ecuatoriano,
en
la
zona
rusa
de
Brooklyn,
en
donde
al
fin
pudo
comprar
un
par
de
cuyes
congelados.
Se
los
llevó
de
vuelta
a
California,
donde
estaba
viviendo,
y
entonces
hizo
una
fiesta
con
otros
inmigrantes,
a
la
cual
tuvo
la
decencia
de
invitarme.
Algo
tan
pequeño
como
eso,
un
plato
de
comida
que
otros
no
se
atreverían
a
probar,
puede
difuminar,
por
una
noche,
los
siete
mil
kilómetros
que
hay
entre
un
grupo
de
personas
y
el
lugar
donde
dejaron
sus
recuerdos.
Tiene
que
también
algo
que
ver
con…
con…
con
la
madre,
me
imagino,
¿no?.
Porque
crecimos
viendo
a
la
mamá
cocinar,
estando
cerca
de
ella,
en
el
calor
de
la
cocina,
los
olores.
Todo
eso
te…
te
trae
a
un
mundo
de
memorias,
¿no?,
que…
que
uno
lo…
realmente
lo…
lo
atesora
y
lo…
lo
trata
de
gozar
lo
más
que
se
pueda.
Pero
la
cultura
siempre
encuentra
la
manera
de
abrirse
paso.
Hoy,
si
eres
peruano,
vives
en
Estados
Unidos
y
tienes
una
charla
con
un
desconocido,
lo
más
probable
es
que
termines
hablando
de
comida.
Es
más:
puede
que
ya
ruegues
para
que
te
hablen
de
otra
cosa.
Sólo
en
San
Francisco,
hay
al
menos
25
restaurantes
de
comida
peruana.
No
ofrecen
cuy,
hoy,
para
no
herir
la
susceptibilidad
local.
Pero
sin
embargo
la
gente
está
familiarizada.
O
sea,
hablo
con
cualquier,
ahora,
persona,
sabe
del
lomo
saltado,
del
ceviche,
del
ají
de
gallina,
etcétera,
¿no?
En
ese
sentido,
culturalmente
(risa),
¿no?
la
comida
ha
penetrado,
ha
ayudado
a
penetrar
más
que…
más
que…
más
que
antes,
¿no?
Antes
era…
éramos
Machu
Picchu
nada
más,
o
éramos
Sendero
Luminoso,
¿no?
(risa).
Ahora
es,
este…
(risa)
comida.
Todavía,
claro,
ocurren
situaciones
como
la
que
vivió
Fidel
en
la
tienda
de
mascotas.
En
2015,
alguien
llamó
al
911,
en
Brooklyn,
para
denunciar
un
caso
de
abuso
animal:
un
hombre,
dijo,
estaba
asando
lo
que
creyó
que
eran
ardillas
en
pleno
Prospect
Park.
El
caso
llegó
a
los
medios
locales:
en
la
noticia,
se
ve
la
foto
de
un
señor
ecuatoriano,
solo
y
sonriente,
asando
un
cuy
en
un
palo.
Una
foto
que,
tal
vez,
impresionaría
al
hijo
de
Fidel.
Mi
amigo,
que
hace
30
años
quería
comer
un
cuy
para
recordar
a
su
madre,
hoy
tiene
un
hijo
vegano
militante.
En
Lima,
no
mucho
tiempo
atrás,
si
alguien
decía
que
era
vegetariano
o
vegano,
lo
más
probable
es
que
le
ofrecerían
pollo.
Y
si
no
aceptaba
pollo,
pues…
pescado.
Pero
hoy
las
cosas
han
cambiado
mucho:
hay
restaurantes
veganos,
raw,
y
de
cualquier
otro
tipo.
La
cultura,
como
dijimos,
encuentra
la
forma
de
abrirse
paso
en
todos
lados.
Una
pausa
y
volvemos
con
el
segundo
plato.
Este
mensaje
viene
del
patrocinador
de
NPR,
Russell’s
Reserve.
Cuando
el
maestro
destilador
Eddie
Russell
creó
Russell’s
Reserve,
quiso
hacer
un
bourbon
delicioso
para
todo
el
mundo.
Siéntete
a
gusto
con
este
bourbon
de
10
años,
añejado
a
la
perfección,
para
beber
solo,
con
hielo
o
en
el
clásico
cóctel
boulevardier.
Haz
hoy
tu
pedido
de
Russell’s
Reserve
a
través
de
Drizly
y
disfrútalo
con
tus
seres
queridos.
Russell’s
Reserve:
cuarenta
y
cinco
por
ciento
de
alcohol
por
volumen;
90
Prueba;
2020
Campari
America,
Nueva
York.
Por
favor
beber
responsablemente.
Este
mensaje
viene
del
patrocinador
de
NPR
Squarespace,
el
creador
de
sitios
web
dedicado
a
brindar
a
sus
clientes
plantillas
fáciles
de
usar,
diseñadas
por
profesionales.
Únete
a
los
millones
de
diseñadores
gráficos,
arquitectos,
abogados
y
otros
profesionales
que
usan
Squarespace
para
construir
su
presencia
en
línea.
Visita
squarespace.com/npr
para
obtener
una
prueba
gratuita.
Y
cuando
estés
listo
para
lanzar
tu
página,
usa
el
código
de
oferta
“NPR”
y
ahorra
así
un
diez
por
ciento
en
tu
primera
compra
de
un
sitio
web
o
dominio.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
pausa,
escuchamos
una
historia
de
amor:
la
de
Fidel
y
el
cuy
chactado,
el
plato
peruano
que
lo
hacía
sentir
cerca
de
su
familia.
Pero
ahora
vamos
a
escuchar
una
historia
de
odio.
Del
odio
a
un
ingrediente
que
ha
unido
durante
generaciones
a
la
familia
de
nuestra
productora
Lisette
Arévalo.
Aquí
Lisette.Hay
varias
cosas
que
seguramente
no
saben
del
ajo:
Primero:
el
liquidito
pegajoso
que
sale
de
un
diente
de
ajo
se
usa
para
hacer
pegamento.
Segundo:
En
promedio
una
persona
come
302
dientes
de
ajo
por
año.
Tercero:
La
palabra
Chicago
—sí,
la
ciudad—
viene
del
ajo.
‘Shikaakwa’
es
la
palabra
indígena
que
significa
ajo…
y
que
en
el
siglo
17,
crecía
de
manera
salvaje
en
la
parte
sur
del
lago
Michigan.
Y
cuarto,
y
lo
más
importante
de
esta
historia…
Todos
en
mi
familia
lo
odian.
Y
cuando
digo
todos,
quiero
decir
todos
Mi
primer
recuerdo
del
odio
hacia
el
ajo
es
de
cuando
tenía
5
años
e
íbamos
a
un
centro
comercial
con
mi
mamá.
Había
una
plazoleta
de
comidas
grandísima
donde
vendían
carnes,
ceviches,
pizzas,
pollo
al
horno,
de
todo…
Y
cada
vez
que
pasábamos
por
ahí,
mi
mamá
me
agarraba
de
la
mano,
se
tapaba
la
nariz
y
apresuraba
el
paso,
huyendo.
No
entendía
muy
bien
por
qué
lo
hacía
pero
siempre
la
imitaba,
como
una
especie
de
juego,
caminando
lo
más
rápido
que
podía.
Hasta
que
una
de
esas
veces
le
pregunté
qué
pasaba
y
me
respondió
“es
que
apesta
a
ajo”.
En
ese
tiempo,
ni
siquiera
sabía
qué
era
un
ajo
ni
a
qué
olía,
pero
igual
asentí
como
si
supiera
de
lo
que
hablaba.
La
respuesta
de
mi
mamá
fue
tomando
sentido
a
medida
que
yo
iba
creciendo.
Primero
porque
era
repetida
por
mis
abuelos,
mis
tías,
mis
tíos,
mis
primos,
mis
tías
abuelas…
Y
segundo,
porque
aprendí
a
identificar
ese
olor
tan
particular
que,
realmente,
me
parecía
que
apestaba.
Poco
a
poco
fui
desarrollando
una
especie
de
“superpoder
familiar”.
Era
capaz
de
oler
el
ajo
a
varios
metros
de
distancia
en
un
restaurante,
en
un
plato
de
comida…
o
hasta
en
una
persona.
Estaba
claro:
me
había
unido
al
clan.
Y
aunque
el
ajo
siempre
ha
sido
un
tema
sensible
para
mi
familia,
nunca
supe
por
qué
ni
cuándo
exactamente
comenzó
este
odio.
Entonces
decidí
averiguarlo…
Cuando
le
pregunté
a
mi
abuelo,
José
Antonio
Gross,
esto
fue
lo
que
me
dijo:
Yo
pienso
que
desde
que
nacimos
supimos
que
no
había
que
comer
ajo
pero
no
de
cuándo
viene
todo
eso…
Y
es
que
mi
abuelo
también
se
acuerda
que
desde
que
era
muy
chiquito
sus
tías,
su
mamá
y
su
abuela
siempre
repetían
que
el
ajo
estaba
terminantemente
prohibido,
que
era
algo
que
la
familia
Godoy
nunca
podría
comer.
Y
todo
el
mundo…
pues
lo
aceptó.
Pero
bueno,
si
no
podía
averiguar
el
porqué,
quería
por
lo
menos
saber
quién
comenzó
todo
esto,
quién
dijo
“en
esta
familia
no
se
come
ajo,
y
punto”.
Después
de
que
indagué
por
todos
lados,
la
única
que
tuvo
una
posible
respuesta
fue
mi
tía
abuela
Gloria.
Eso
viene
de
la
familia
Godoy,
de
la
abuelita…
Hortencia,
y
de
la
mamá…
de
la
Viviana
Molina
de…
Becerra.
Entonces:
mi
bisa-bisa-bisa
abuela,
Viviana
Molina,
parece
ser
la
que
empezó
todo…
Se
lo
pasó
a
su
hija,
mi
bisa-bisa
abuela
Hortencia
Becerra…
que
a
su
vez
se
lo
pasó
a
sus
hijos:
Neptaly
Godoy
y
Celina
Godoy…
Que
se
lo
pasaron
a
sus
hijos:
mis
abuelos…
que
además
son
primos:
José
Antonio
Gross
y
Norma
Godoy.
Y,
claro,
finalmente
a
mi
mamá,
a
mis
dos
hermanas
y
a
Pero
el
odio
no
acaba
ahí…
Porque
así
como
mis
abuelos
nos
lo
pasaron
a
nosotras,
sus
hermanos
y
hermanas
lo
pasaron
a
sus
hijos
y
a
sus
nietos…
Es
algo
que
está
presente
en
toda
mi
familia
extendida…
Si
no
me
creen,
a
ver…
escuchemos
a
algunos
de
mis
familiares.
Aquí,
en
orden:
Michelle,
Alejandra,
Josette,
Alex,
Paul,
y
Chaby.
El
ajo
sabe…
bueno
a
me
sabe
como
a
indigestión.
Es
un
olor
que
te
sale
del
estómago
y
te
sale
por
la
piel.
Huele
a
axila.
Alpargata
quemada.
Siento
como
agrio,
fermentado,
como
un
ácido,
una
especie
de
azufre.
Es
bien
fuchi,
fuchi,
fuchi.
A
medida
que
hablaba
con
mis
familiares
sobre
el
ajo,
caí
en
cuenta
de
que
ha
sido
una
parte
fundamental
de
nuestras
vidas
por
generaciones.
Aunque
lo
odiemos,
es
una
de
esas
pocas
cosas
que
nos
unen
y
nos
definen
como
familia.
Se
ha
prohibido
en
el
catering
de
los
matrimonios,
en
las
fiestas
de
quinceañeras,
en
las
celebraciones
de
cumpleaños.
Y
es
que
el
odio
al
ajo
es
tan
importante
para
nosotros
que
hubiera
podido
afectar
hasta
mi
árbol
genealógico…
Voy
a
dejar
que
mis
abuelos
expliquen:
Si
hubiera
comido
la
Norma
ajo…
y
esto
lo
voy
a
decir
la
verdad…
yo
no
me
hubiera
enamorado
de
ella
(risas).
Imagínese,
¿cómo?
Pues,
con
el
olor
a
ajo,
no…
ni
siquiera
le
hubiera
permitido
que
esté
al
lado
mío.
¿Y
usted
abuelita?
¿Si
mi
abuelito
olía
a
ajo?
Igual…
yo
no
le
recibía
ni
en
la
puerta.
Afortunadamente
esto
no
pasó…
Pero
reducir
las
posibilidades
amorosas
solo
a
no-comedores
de
ajo,
no
es
la
única
medida
extrema
de
mi
familia.
El
tío
de
mi
abuelo,
por
ejemplo,
hacía
esto:
Mi
tío
Lizardo
Godoy
era
tan
especial
en
su
comida
que
para
irse
a
la
costa
—donde
se
come
con
ajo
aquí
en
el
Ecuador—,
él
llevaba
su
propio
sartén,
su
propia
olla…
llegaba
y
les
decía:
“A
me
cocinan
en
esta
olla”.
Su
propio
sartén
y
su
propia
olla…
Y
la
verdad
es
que
no
lo
culpo
de
ser
tan
paranoico.
La
forma
como
se
habla
del
ajo
en
mi
familia
ha
influido
en
cómo
nos
comportamos
desde
siempre.
Mi
mamá,
por
ejemplo,
estaba
preocupada
por
su
vida
amorosa
cuando
era
una
adolescente.
Y
mi
bisabuela
decía
que
tenía
que
tener
más
cuidado
de
no
comer
ajo
por
accidente.
Mi
abuelita
decía:
no
tienen
enamorado
porque
comen
con
ajo.
Dejen
de
comer
con
ajo
y
van
a
ver
cómo
se
consiguen
enamorado.
Entonces
“Uy”,
yo
decía,
“¡qué
asco!
¡Cómo
me
olerán!”
Le
pedí
a
mi
mamá
que
me
describiera
cómo
le
huele
el
ajo
a
ella…
Es
una
cosa
penetrante…
que,
o
sea,
me
llega
hasta
el
cerebro…
es
un
rechazo.
No
sé.
Es
como
cuando
uno
huele
thinner
que
es
algo
fuerte
que
se
te
va
arriba.
Así
huelo
yo.
No
soporto…
Thinner…
disolvente
de
pintura.
Para
el
olor
a
ajo
es
más
a
como
huele
un
vagón
de
metro…
repleto
de
gente…
en
el
verano…
sin
aire
acondicionado.
Un
disolvente
de
pintura,
un
tren
repleto,
una
axila,
una
alpargata
quemada…
es
como
si
todos
oliéramos
algo
distinto
cuando
olemos
un
ajo.
Como
si
nuestras
narices
se
acordaran
de
lo
que
más
nos
desagrada.
Como
se
pueden
imaginar,
nuestra
aversión
al
ajo
realmente
reduce
nuestras
opciones
cuando
vamos
a
un
restaurante…
Porque
el
ajo
está
en
todo.
O
sea,
no
puedo
comer
lo
obvio:
camarones
al
ajillo…
pan
de
ajo…
ni
hummus…
claro…
pero
es
que
el
ajo
es
tan
común
que
requiere
esfuerzo
evitarlo:
se
usa
para
condimentar
el
pollo,
la
carne,
el
pescado,
hasta
se
encuentra
en
algunas
vinagretas
para
ensaladas…
Y
ojo
a
esto:
¡Incluso
existe
el
helado
de
ajo!
Este
es
un
periodista
dando
la
bienvenida
a
una
tienda
en
Gilroy,
California,
considerada
una
de
las
capitales
del
ajo
del
mundo.
Hello
everybody
Chris
Bate
is
here
reporting
live
from
Garlic
World
and
we’re
going
to
buy
and
consume
some
garlic
ice
cream.
¡Garlic
World!
El
mundo
del
ajo.
Ajolandia.
Imagínense.
Mi
peor
pesadilla.
Es
en
esa
tienda
y
en
un
festival
anual
que
se
celebra
todos
los
años
en
Gilroy
donde
se
vende
este
famoso
helado
de
ajo…
Y
a
la
gente
le
encanta…
Let
me
tell
you
this
garlic
ice
cream
is
amazing.
It’s
sensational,
how
about
that!
How
about
¡Qué
asco!
Ah,
pero
eso
no
es
todo.
No
falta
el
que
siempre
dice:
“¡Pero
no
sabes
de
lo
que
te
pierdes!
Si
el
ajo
es
bueno
para
prevenir
cáncer
gástrico,
para
curar
la
gripe,
tratar
la
artritis,
el
insomnio,
el
asma,
la
neumonía…”.
O
en
palabras
de
este
supuesto
“especialista”
de
metabolismo
en
Internet…
Ajo,
milagroso.
Señores,
el
ajo
es
milagroso.
Tiene
unos
efectos
más
que
comprobados
científicamente
y
a
través
de
miles
y
miles
de
años
se
ha
sabido
que
el
ajo
es
muy,
pero
muy
beneficioso.
En
fin…
No.
Hay.
Lugar.
Seguro.
Mi
tío
José
sabe
de
lo
que
estoy
hablando.
Bueno,
una
vez
entré
a
un
sitio
que
recomendaron
en
la
radio,
una
hamburguesa
maravillosa,
a
la
parrilla
y
todo.
Y
el
dueño
era
argentino
sin
embargo
dije,
“bueno
los
argentinos
no
ponen
ajo
pero
voy
a
preguntar”…
Así
que
le
pregunté
al
señor
y
me
dijo
que
no,
que
le
pone
muy
poquito
en
un
montón
de
carne…
que
ni
se
va
a
sentir…
Pero,
por
supuesto,
se
sentía…
Y
simplemente
la
rechazó.
Delante
de
él
le
boté
a
la
basura
la
hamburguesa
y
le
dije:
McDonald’s
vende
—en
esa
época,
dos
mil
millones
de
hamburguesas
había
vendido,
anunció
eso—
y
ellos
no
ponen
ajo,
le
dije…
y
ustedes
vienen
a
dañar
su
producto.
Okay,
lo
admito,
es
una
reacción
un
poco
extrema.
Pero
también
soy
culpable
de
irme
de
restaurantes
porque
el
lugar
entero
olía
a
ajo…
o
de
aguantar
mi
respiración
en
un
ascensor
en
el
que
va
alguna
persona
que
acaba
de
comer
mucho
ajo…
En
fin,
creo
que
ya
entendieron:
todos
nosotros
real…
realmente
lo
odiamos.
Y
ya
que
mi
familia
no
me
podía
responder
por
qué
somos
así,
encontré
tres
posibles
explicaciones
para
esto:
Uno:
tenemos…
oigan
bien
esta
palabra:
aliumfobia.
Existe.
Es
la
fobia
de
oler,
estar
cerca
o
comer
ajo.
Más
o
menos
cabemos
en
esta
descripción
pero
cuando
se
habla
de
síntomas
más
fuertes,
como
mareo,
sarpullidos,
pérdida
del
control,
miedo
a
morir…
pues…
no.
Así
que
puede
que
esto
no
lo
explique
del
todo.
Dos:
Memoria
genética
o
epigenética…
esto
es…
la
manera
en
que
los
traumas
o
las
aversiones
pueden
modificar
los
genes
de
las
personas
y
cómo
esto
puede
pasar
de
generación
en
generación.
Entonces…
en
el
caso
de
mi
familia…
De
pronto
mi
bisa-bisa-bisa
abuela
Viviana
se
enfermó
por
haber
comido
ajo…
o
alguien
le
tiró
encima
una
cantidad
de
dientes
de
ajo…
o
lo
comió
alguna
vez
y
no
pudo
deshacerse
del
desagradable
olor
en
su
piel.
Pudo
haber
pasado
cualquier
cosa
que
le
hizo
odiar
el
ajo
de
tal
manera
que
afectó
su
código
genético.
Y
como
resultado
nosotros
lo
odiáramos.
Y
bueno,
la
última
posible
explicación
es
que…
somos
vampiros.
Y
pues…
eso
que
no
puedo
ni
confirmarlo
ni
negarlo…
Solo
diré
que
siempre
nos
han
dicho
que
el
tono
de
nuestra
piel
es
súper
pálido.
Cuando
le
cuento
a
la
gente
sobre
esto,
la
primera
reacción
es:
¿pero
cómo
haces?
Hay
ajo
en
todo.
Y
sí,
como
ya
lo
he
dicho
antes,
es
verdad…
Así
que
cuando
salimos
a
comer
hacemos
de
todo
para
evitar
que
lo
pongan
en
nuestros
platos:
anunciamos
casi
a
gritos
que
en
esta
mesa
no
se
come
ajo,
les
decimos
a
los
meseros
que
por
favor
nos
digan
qué
platos
no
tienen,
pedimos
hablar
con
el
chef
o
con
el
dueño.
Pero
no
siempre
funciona
y
nos
meten
un
poquito
de
ajo
a
escondidas
de
vez
en
cuando…
Así
que
como
familia
hemos
encontrado
una
solución
más
segura:
mentimos.
Esta
es
mi
mamá.
Cuando
yo
voy
a
un
restaurante
les
digo
que
tengo
alergia
porque
ahí
me
respetan.
Porque
cuando
piensan
que
es
solo
por
capricho
que
no
como
ajo,
ahí
me
ponen
un
poco
o
qué
yo…
A
ninguno
de
nosotros
nos
han
hecho
exámenes
para
ver
si
realmente
somos
alérgicos.
Bueno,
excepto
a
mi
cuñado
canadiense…
Y
esto
que
es
absurdo…
resultó
ser
muy
alérgico.
No
cuáles
son
las
probabilidades,
pero
en
la
familia
lo
interpretamos
como
una
señal
de
que
él
y
mi
hermana
estaban
hechos
el
uno
para
el
otro.
Entonces
claro,
viniendo
de
un
linaje
de
personas
que
no
comen
ajo,
resultó
extraño
que
yo
termine
enamorándome
de
alguien
que
lo
ha
comido
toda
su
vida.
Cuando
estábamos
de
novios,
no
pude
dejar
de
preguntarle
a
Agustín,
si
eventualmente
dejaría
de
comerlo…
me
dijo
que
no
sabía.
Pero
que
voy
a
bajar
la
cantidad.
Porque
somos
pareja,
y
no
puedo
yo
comer
ajo,
si
no
comes
ajo,
porque
a
ti
te
va
a
hacer
daño
el
ajo,
y
yo
voy
a
oler
a
ajo…
Entonces
nos
conviene
alejar
un
poco
el
ajo
de
nuestras
vidas. Ya
han
pasado
4
años
desde
que
le
pregunté
esto
a
Agustín.
Y
la
verdad
es
que
en
mi
mente
sabía
que
esto
no
era
una
negociación.
Que
tenía
que
elegir:
o
el
ajo
o
yo.
Regresé
de
estudiar
afuera,
nos
mudamos
juntos,
nos
casamos
y
tengo
que
decir
que
eligió
bien:
el
ajo
no
ha
entrado
a
esta
casa.
Y
eso
no
es
todo:
poco
a
poco
él
también
ha
desarrollado
ese
“superpoder”
de
oler
ajo
a
distancia
y
cuando
termina
comiendo
algo
que
tiene
ajo,
le
cae
súper
mal…
Y
eso
ha
pasado
con
varias
personas
que
se
unen
a
nuestra
familia,
ya
sea
por
noviazgo
o
por
matrimonio.
Es
más,
a
veces
hasta
terminan
odiando
el
ajo
más
que
nosotros.
Como
el
esposo
de
mi
prima
Alejandra,
por
ejemplo.
Y
ahora
él
ya
no
come
ajo.
Peor
que
yo.
Entra
a
un
restaurante
y
es
como
mi
mamá
ahora
huele
y
es
“huele
a
ajo”,
o
“tu
comida
huele
ajo”…
O
si
comí
algo
en
el
colegio
por
casualidad
y
nos
dieron
y
tenía
ajo
y
yo
ya
me
comí…
Llego
a
la
casa
y
me
dice
“¡apestas!”
Es
como
si
de
esa
manera
se
sintieran
parte
de
nuestra
familia,
como
la
última
prueba
que
deben
pasar
para
ser
aceptados.
Y
creo
que
por
eso
es
que
ha
durado
de
generación
en
generación.
Lo
conversé
con
mi
cuñado
canadiense,
Matthew,
quien
llegó
a
Ecuador
y
a
formar
parte
de
nuestra
familia
hace
más
de
10
años.
Le
pregunté
si,
luego
de
una
década
conviviendo
con
nosotros,
tenía
alguna
teoría
de
lo
que
nos
pasa.
De
qué
significa
el
ajo
en
nuestras
vidas.
El
ajo
es
una
suerte
de
manera
de
pertenecer
a
la
familia.
Permite
que
la
persona
pertenezca
a
un
tribu.
Ah,
y
por
otro
lado
es
un
tema
de
conversación
constante.
Es
una
manera
de
conversar,
siempre
que
lleguemos
a
un
restaurant,
siempre
que
vayamos
a
cualquier
sitio
es
la
primera
cosa
de
que
podemos
conversar.
Y
tiene
razón.
Debo
confesar
que
muchas
veces
me
daba
vergüenza
contar
esto
a
personas
fuera
de
mi
familia.
Me
acuerdo
que
cuando
era
chiquita
y
mi
mami
llamaba
a
las
casas
de
mis
amigas
a
pedirles
que
no
me
dieran
comida
con
ajo,
me
mortificaba.
Muchas
veces
comía
lo
que
me
servían
por
no
hacer
problema,
por
no
quedar
mal,
por
no
tener
una
conversación
eterna
de
lo
extraña
que
es
mi
familia.
Pero
después
de
hablar
con
ellos
para
esta
historia,
de
escuchar
sus
anécdotas,
de
ver
cómo
a
pesar
de
cualquier
posición
política
o
desacuerdo,
estamos
unidos
por
el
odio
al
ajo…
eso
ha
cambiado
para
mí. Entonces
ahora
digo,
a
mucha
honra,
soy
Lisette
Arévalo
y
no
como
ajo.
Y
si
ustedes
son
como
nosotros,
pues,
no
están
solos…
¡Bienvenidos
a
mi
familia!
Este
episodio
fue
producido
por
Lisette
Arévalo
y
Nicolás
Alonso.
Lisette
es
productora
y
vive
en
Quito,
Ecuador.
Nicolás
es
editor
y
vive
en
Santiago
de
Chile.
Este
episodio
fue
editado
por
Camila
Segura,
Nicolás
Alonso
y
por
mí.
Desirée
Yépez
hizo
el
fact-checking.
El
diseño
de
sonido
es
de
Andrés
Azpiri
y
Rémy
Lozano,
con
música
original
de
Rémy.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Paola
Alean,
Aneris
Casassus,
Xochitl
Fabián,
Fernanda
Guzmán,
Camilo
Jiménez
Santofimio,
Jorge
Ramis,
Laura
Rojas
Aponte,
Barbara
Sawhill,
David
Trujillo,
Elsa
Liliana
Ulloa
y
Luis
Fernando
Vargas.
Emilia
Erbetta
es
nuestra
pasante
editorial.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios,
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
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Esto es Radio Ambulante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Hoy les traemos un capítulo sabroso, servido en dos platos: vamos a escuchar dos historias de comida. De las cosas que nos unen y nos separan cuando nos sentamos en la mesa. Porque todos tenemos ese plato que nos transporta a la infancia o al lugar donde fuimos felices. Pero esa misma receta, que hasta podría emocionarnos, a otra persona la puede horrorizar. Eso le pasó a mi amigo Fidel Dolorier, cuando se mudó de Perú a California en 1987. Cualquier peruano que oiga nombrar ese año se podrá imaginar lo que dejó Fidel al subirse al avión: un país inestable, un país azotado por el terrorismo y la violencia política. Un país que Fidel comenzaba a añorar desesperadamente. Yo no podía regresar a Perú por muchos años, porque estaba de ilegal y realmente extrañaba fuertemente. Estaba muy deprimido, triste, y una de las maneras, digamos, de… de llenar ese vacío era con… con la comida peruana, ¿no? Para muchos peruanos la comida no es sólo una fuente de nutrición. En nuestra identidad colectiva, ocupa ese lugar en donde un argentino tal vez pondría el fútbol, o un brasileño el carnaval: un sitio en común, en donde se mezclan emociones y recuerdos, orgullo y nostalgia. Una de esas cosas que pueden patear fuerte en el corazón de un inmigrante, sobre todo si acaba de llegar a un país que recién empieza a entender. Y bueno, mis platos favoritos… son todos en realidad. Tú me dices comida peruana y te como lo que sea. No tengo ningún aspaviento. Pero Fidel tenía un problema: a fines de los 80, la cocina peruana todavía no era famosa en el mundo, y en Estados Unidos era casi imposible conseguir sus ingredientes. Y peor aún: él no había puesto una olla al fuego en su vida. Cuando yo llegué a este país no sabía ni hacer arroz. O sea, era un desastre. Me botaban de la cocina cuando yo crecía porque, you know, éramos tres hermanos varones, tres hermanas mujeres, más mi mamá y mi abuela en la cocina. Entonces no solo estorbábamos, pero también había una cuestión así medio sexista, ¿no?: «Los hombres no pertenecen a la cocina». Las llamadas a su Ayacucho natal, en ese entonces, valían un dólar cada minuto. Un dólar que a Fidel no le sobraba. Entonces yo: «Mamá, rapidito (risa): ¿cómo se hace el arroz?». Y así poco a poco aprendí. Los ingredientes de sus platos favoritos se los pedía a sus amigos que viajaban desde Perú. Al principio, se los quitaban en la aduana, pero fue diseñando un sistema para que no los encontraran. Con el tiempo, se transformó en un experto contrabandista de ajíes, olluco, maca y todo lo demás. Ahora ya tengo mi método, ¿no? Este… no lo puedo decir (risa). Pero es casi cien por ciento (risa) exitoso. También esperaba cualquier oportunidad para ir a la casa de otros peruanos. En esas reuniones todo giraba en torno a las ollas. Lo esperabas con ansias, ¿no? Estabas realmente emocionado porque sabías que se iba a comer rico. Y a nosotros los peruanos siempre nos… nos critican porque fiesta que vamos, nos vamos todos a la cocina, a conversar, a hacer… a hacer bulla y estar picoteando de… de las ollas… ¿no? Nos movemos socialmente y emocionalmente alrededor de la… de la comida. Pero había un plato que no encontraba en ninguna casa amiga y que hubiera sido una locura esconder en una maleta. Una receta típica de la zona andina que, con el paso del tiempo, se fue transformando en una obsesión: Fidel estaba como loco por comerse un cuy chactado. Y se estarán preguntando: ¿Qué es un cuy? Esta es una cuestión clave en esta historia. Si le preguntas a un gringo, te va a decir que el cuy, o guinea pig, es una mascota: un roedor chiquito, peludito, hasta tierno, ¿no? El tipo de animal inofensivo y fácil de cuidar que le regalarías a un niño. Un ayacuchano como Fidel, en cambio, te va a decir que sí, que puede vivir en casa con los niños… hasta que crezca lo suficiente. Es un animal andino, ¿no?, que recién se domesticó hace cinco mil años antes de Cristo. Y es, digamos, una fuente de proteínas magnífica en los Andes, donde no hay mucha fuente de proteína.¿Qué nos lleva a ver a algunos animales como comida y a otros no? Esa es una pregunta difícil, que ha desvelado a antropólogos y estudiosos de la cultura. Pero que estaba lejos de desvelar a mi amigo Fidel. Sucedió que un día estaba caminando por… por una calle y veo un… una tienda de… de animales, ¿no?, para adoptar. Entonces veo en la ventana y veo que hay un cuy.Imaginemos a Fidel: está parado frente a una tienda de mascotas, en un país que apenas conoce. Uno en el que el cuy, un animal que proviene de su región y que él ha comido toda su vida, es tratado como si fuera un perrito. Mira a través del vidrio. Lo ve allí, en su jaulita, listo para llevar… Entonces me acerco, lo miro, el cuy me mira, nos miramos, y el cuy se esconde porque parece que reconoció algo. Dijo: «Este es un peruano».Peor para el cuy: era un peruano con nostalgia. Entonces Fidel entra al local y ve a la señora que atiende. Parece tan amable, tan dispuesta a ayudarlo. Me dice: «Oh, can I help you?» ¿Te puedo ayudar? Y yo: «Sí, mira, este… ese animalito», le digo, este… «¿está en venta?”.La mujer mira a Fidel: sus ojos parecen calibrar la situación… Habrá visto, no sé, una mirada diabólica en mí, y me dijo: «Oh, are you peruvian?». ¿Es usted peruano?Por un momento, Fidel cree que es el inicio de un diálogo. Uno que podría tratar del origen del cuy o quizás de las diferencias culturales. Le dije: «Sí», ¿no?, pensando que iba a generar una conversación, algo ¿no? Y me dijo: «No, no», me dice, «no, no está en venta» (risa). Me negó el acceso a mi cuy. : Fidel le podría haber dicho muchas cosas: que en la región andina el cuy se ha comido durante milenios, desde mucho antes de su domesticación. Que en su ciudad, Ayacucho, el cuy chactado, que sería como un cuy roasted, es uno de los platos típicos en celebraciones familiares, reencuentros de amigos, bodas y hasta el carnaval. Que en la medicina tradicional andina se usa para hacer diagnósticos: primero te frotan el cuy, y luego el curandero lo abre y revisa el estado de sus órganos, para saber si tiene algún daño. Incluso su carne contiene una enzima, la asparaginasa, que podría ayudar a prevenir la leucemia. Pero Fidel no le dijo nada… sólo se rió. Me dio risa en ese momento, porque realmente entendí, ¿no?, que obviamente (risa) estaba ella defendiendo la integridad física del pobre animalito, ¿no? Ya me veía… no sé… con la sangre en la boca, ¿no?, (risa)Tardaría algunos años en sacarse la espina de comer un cuy chactado. En un viaje a New York, un amigo lo llevó a un mercadito ecuatoriano, en la zona rusa de Brooklyn, en donde al fin pudo comprar un par de cuyes congelados. Se los llevó de vuelta a California, donde estaba viviendo, y entonces hizo una fiesta con otros inmigrantes, a la cual tuvo la decencia de invitarme. Algo tan pequeño como eso, un plato de comida que otros no se atreverían a probar, puede difuminar, por una noche, los siete mil kilómetros que hay entre un grupo de personas y el lugar donde dejaron sus recuerdos. Tiene que también algo que ver con… con… con la madre, me imagino, ¿no?. Porque crecimos viendo a la mamá cocinar, estando cerca de ella, en el calor de la cocina, los olores. Todo eso te… te trae a un mundo de memorias, ¿no?, que… que uno lo… realmente lo… lo atesora y lo… lo trata de gozar lo más que se pueda. Pero la cultura siempre encuentra la manera de abrirse paso. Hoy, si eres peruano, vives en Estados Unidos y tienes una charla con un desconocido, lo más probable es que termines hablando de comida. Es más: puede que ya ruegues para que te hablen de otra cosa. Sólo en San Francisco, hay al menos 25 restaurantes de comida peruana. No ofrecen cuy, hoy, para no herir la susceptibilidad local. Pero sin embargo la gente está familiarizada. O sea, hablo con cualquier, ahora, persona, sabe del lomo saltado, del ceviche, del ají de gallina, etcétera, ¿no? En ese sentido, culturalmente sí (risa), ¿no? la comida ha penetrado, ha ayudado a penetrar más que… más que… más que antes, ¿no? Antes era… éramos Machu Picchu nada más, o éramos Sendero Luminoso, ¿no? (risa). Ahora es, este… (risa) comida. Todavía, claro, ocurren situaciones como la que vivió Fidel en la tienda de mascotas. En 2015, alguien llamó al 911, en Brooklyn, para denunciar un caso de abuso animal: un hombre, dijo, estaba asando lo que creyó que eran ardillas en pleno Prospect Park. El caso llegó a los medios locales: en la noticia, se ve la foto de un señor ecuatoriano, solo y sonriente, asando un cuy en un palo. Una foto que, tal vez, impresionaría al hijo de Fidel. Mi amigo, que hace 30 años quería comer un cuy para recordar a su madre, hoy tiene un hijo vegano militante. En Lima, no mucho tiempo atrás, si alguien decía que era vegetariano o vegano, lo más probable es que le ofrecerían pollo. Y si no aceptaba pollo, pues… pescado. Pero hoy las cosas han cambiado mucho: hay restaurantes veganos, raw, y de cualquier otro tipo. La cultura, como dijimos, encuentra la forma de abrirse paso en todos lados. Una pausa y volvemos con el segundo plato. Este mensaje viene del patrocinador de NPR, Russell’s Reserve. Cuando el maestro destilador Eddie Russell creó Russell’s Reserve, quiso hacer un bourbon delicioso para todo el mundo. Siéntete a gusto con este bourbon de 10 años, añejado a la perfección, para beber solo, con hielo o en el clásico cóctel boulevardier. 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Pero ahora vamos a escuchar una historia de odio. Del odio a un ingrediente que ha unido durante generaciones a la familia de nuestra productora Lisette Arévalo. Aquí Lisette.Hay varias cosas que seguramente no saben del ajo: Primero: el liquidito pegajoso que sale de un diente de ajo se usa para hacer pegamento. Segundo: En promedio una persona come 302 dientes de ajo por año. Tercero: La palabra Chicago —sí, la ciudad— viene del ajo. ‘Shikaakwa’ es la palabra indígena que significa ajo… y que en el siglo 17, crecía de manera salvaje en la parte sur del lago Michigan. Y cuarto, y lo más importante de esta historia… Todos en mi familia lo odian. Y cuando digo todos, quiero decir todos Mi primer recuerdo del odio hacia el ajo es de cuando tenía 5 años e íbamos a un centro comercial con mi mamá. Había una plazoleta de comidas grandísima donde vendían carnes, ceviches, pizzas, pollo al horno, de todo… Y cada vez que pasábamos por ahí, mi mamá me agarraba de la mano, se tapaba la nariz y apresuraba el paso, huyendo. No entendía muy bien por qué lo hacía pero siempre la imitaba, como una especie de juego, caminando lo más rápido que podía. Hasta que una de esas veces le pregunté qué pasaba y me respondió “es que apesta a ajo”. En ese tiempo, ni siquiera sabía qué era un ajo ni a qué olía, pero igual asentí como si supiera de lo que hablaba. La respuesta de mi mamá fue tomando sentido a medida que yo iba creciendo. Primero porque era repetida por mis abuelos, mis tías, mis tíos, mis primos, mis tías abuelas… Y segundo, porque aprendí a identificar ese olor tan particular que, realmente, sí me parecía que apestaba. Poco a poco fui desarrollando una especie de “superpoder familiar”. Era capaz de oler el ajo a varios metros de distancia en un restaurante, en un plato de comida… o hasta en una persona. Estaba claro: me había unido al clan. Y aunque el ajo siempre ha sido un tema sensible para mi familia, nunca supe por qué ni cuándo exactamente comenzó este odio. Entonces decidí averiguarlo… Cuando le pregunté a mi abuelo, José Antonio Gross, esto fue lo que me dijo: Yo pienso que desde que nacimos supimos que no había que comer ajo pero no sé de cuándo viene todo eso… Y es que mi abuelo también se acuerda que desde que era muy chiquito sus tías, su mamá y su abuela siempre repetían que el ajo estaba terminantemente prohibido, que era algo que la familia Godoy nunca podría comer. Y todo el mundo… pues lo aceptó. Pero bueno, si no podía averiguar el porqué, quería por lo menos saber quién comenzó todo esto, quién dijo “en esta familia no se come ajo, y punto”. Después de que indagué por todos lados, la única que tuvo una posible respuesta fue mi tía abuela Gloria. Eso viene de la familia Godoy, de la abuelita… Hortencia, y de la mamá… de la Viviana Molina de… Becerra. Entonces: mi bisa-bisa-bisa abuela, Viviana Molina, parece ser la que empezó todo… Se lo pasó a su hija, mi bisa-bisa abuela Hortencia Becerra… que a su vez se lo pasó a sus hijos: Neptaly Godoy y Celina Godoy… Que se lo pasaron a sus hijos: mis abuelos… que además son primos: José Antonio Gross y Norma Godoy. Y, claro, finalmente a mi mamá, a mis dos hermanas y a mí Pero el odio no acaba ahí… Porque así como mis abuelos nos lo pasaron a nosotras, sus hermanos y hermanas lo pasaron a sus hijos y a sus nietos… Es algo que está presente en toda mi familia extendida… Si no me creen, a ver… escuchemos a algunos de mis familiares. Aquí, en orden: Michelle, Alejandra, Josette, Alex, Paul, y Chaby. El ajo sabe… bueno a mí me sabe como a indigestión. Es un olor que te sale del estómago y te sale por la piel. Huele a axila. Alpargata quemada. Siento como agrio, fermentado, como un ácido, una especie de azufre. Es bien fuchi, fuchi, fuchi. A medida que hablaba con mis familiares sobre el ajo, caí en cuenta de que ha sido una parte fundamental de nuestras vidas por generaciones. Aunque lo odiemos, es una de esas pocas cosas que nos unen y nos definen como familia. Se ha prohibido en el catering de los matrimonios, en las fiestas de quinceañeras, en las celebraciones de cumpleaños. Y es que el odio al ajo es tan importante para nosotros que hubiera podido afectar hasta mi árbol genealógico… Voy a dejar que mis abuelos expliquen: Si hubiera comido la Norma ajo… y esto lo voy a decir la verdad… yo no me hubiera enamorado de ella (risas). Imagínese, ¿cómo? Pues, con el olor a ajo, no… ni siquiera le hubiera permitido que esté al lado mío. ¿Y usted abuelita? ¿Si mi abuelito olía a ajo? Igual… yo no le recibía ni en la puerta. Afortunadamente esto no pasó… Pero reducir las posibilidades amorosas solo a no-comedores de ajo, no es la única medida extrema de mi familia. El tío de mi abuelo, por ejemplo, hacía esto: Mi tío Lizardo Godoy era tan especial en su comida que para irse a la costa —donde sí se come con ajo aquí en el Ecuador—, él llevaba su propio sartén, su propia olla… llegaba y les decía: “A mí me cocinan en esta olla”. Su propio sartén y su propia olla… Y la verdad es que no lo culpo de ser tan paranoico. La forma como se habla del ajo en mi familia ha influido en cómo nos comportamos desde siempre. Mi mamá, por ejemplo, estaba preocupada por su vida amorosa cuando era una adolescente. Y mi bisabuela decía que tenía que tener más cuidado de no comer ajo por accidente. Mi abuelita decía: no tienen enamorado porque comen con ajo. Dejen de comer con ajo y van a ver cómo se consiguen enamorado. Entonces “Uy”, yo decía, “¡qué asco! ¡Cómo me olerán!” Le pedí a mi mamá que me describiera cómo le huele el ajo a ella… Es una cosa penetrante… que, o sea, me llega hasta el cerebro… es un rechazo. No sé. Es como cuando uno huele thinner que es algo fuerte que se te va arriba. Así huelo yo. No soporto… Thinner… disolvente de pintura. Para mí el olor a ajo es más a como huele un vagón de metro… repleto de gente… en el verano… sin aire acondicionado. Un disolvente de pintura, un tren repleto, una axila, una alpargata quemada… es como si todos oliéramos algo distinto cuando olemos un ajo. Como si nuestras narices se acordaran de lo que más nos desagrada. Como se pueden imaginar, nuestra aversión al ajo realmente reduce nuestras opciones cuando vamos a un restaurante… Porque el ajo está en todo. O sea, no puedo comer lo obvio: camarones al ajillo… pan de ajo… ni hummus… claro… pero es que el ajo es tan común que requiere esfuerzo evitarlo: se usa para condimentar el pollo, la carne, el pescado, hasta se encuentra en algunas vinagretas para ensaladas… Y ojo a esto: ¡Incluso existe el helado de ajo! Este es un periodista dando la bienvenida a una tienda en Gilroy, California, considerada una de las capitales del ajo del mundo. Hello everybody Chris Bate is here reporting live from Garlic World and we’re going to buy and consume some garlic ice cream. ¡Garlic World! El mundo del ajo. Ajolandia. Imagínense. Mi peor pesadilla. Es en esa tienda y en un festival anual que se celebra todos los años en Gilroy donde se vende este famoso helado de ajo… Y a la gente le encanta… Let me tell you this garlic ice cream is amazing. It’s sensational, how about that! How about ¡Qué asco! Ah, pero eso no es todo. No falta el que siempre dice: “¡Pero no sabes de lo que te pierdes! Si el ajo es bueno para prevenir cáncer gástrico, para curar la gripe, tratar la artritis, el insomnio, el asma, la neumonía…”. O en palabras de este supuesto “especialista” de metabolismo en Internet… Ajo, milagroso. Señores, el ajo es milagroso. Tiene unos efectos más que comprobados científicamente y a través de miles y miles de años se ha sabido que el ajo es muy, pero muy beneficioso. En fin… No. Hay. Lugar. Seguro. Mi tío José sabe de lo que estoy hablando. Bueno, una vez entré a un sitio que recomendaron en la radio, una hamburguesa maravillosa, a la parrilla y todo. Y el dueño era argentino sin embargo dije, “bueno los argentinos no ponen ajo pero voy a preguntar”… Así que le pregunté al señor y me dijo que no, que le pone muy poquito en un montón de carne… que ni se va a sentir… Pero, por supuesto, se sentía… Y simplemente la rechazó. Delante de él le boté a la basura la hamburguesa y le dije: McDonald’s vende —en esa época, dos mil millones de hamburguesas había vendido, anunció eso— y ellos no ponen ajo, le dije… y ustedes vienen a dañar su producto. Okay, lo admito, es una reacción un poco extrema. Pero también soy culpable de irme de restaurantes porque el lugar entero olía a ajo… o de aguantar mi respiración en un ascensor en el que va alguna persona que acaba de comer mucho ajo… En fin, creo que ya entendieron: todos nosotros real… realmente lo odiamos. Y ya que mi familia no me podía responder por qué somos así, encontré tres posibles explicaciones para esto: Uno: tenemos… oigan bien esta palabra: aliumfobia. Existe. Es la fobia de oler, estar cerca o comer ajo. Más o menos cabemos en esta descripción pero cuando se habla de síntomas más fuertes, como mareo, sarpullidos, pérdida del control, miedo a morir… pues… no. Así que puede que esto no lo explique del todo. Dos: Memoria genética o epigenética… esto es… la manera en que los traumas o las aversiones pueden modificar los genes de las personas y cómo esto puede pasar de generación en generación. Entonces… en el caso de mi familia… De pronto mi bisa-bisa-bisa abuela Viviana se enfermó por haber comido ajo… o alguien le tiró encima una cantidad de dientes de ajo… o lo comió alguna vez y no pudo deshacerse del desagradable olor en su piel. Pudo haber pasado cualquier cosa que le hizo odiar el ajo de tal manera que afectó su código genético. Y como resultado nosotros lo odiáramos. Y bueno, la última posible explicación es que… somos vampiros. Y pues… eso sí que no puedo ni confirmarlo ni negarlo… Solo diré que siempre nos han dicho que el tono de nuestra piel es súper pálido. Cuando le cuento a la gente sobre esto, la primera reacción es: ¿pero cómo haces? Hay ajo en todo. Y sí, como ya lo he dicho antes, es verdad… Así que cuando salimos a comer hacemos de todo para evitar que lo pongan en nuestros platos: anunciamos casi a gritos que en esta mesa no se come ajo, les decimos a los meseros que por favor nos digan qué platos no tienen, pedimos hablar con el chef o con el dueño. Pero no siempre funciona y nos meten un poquito de ajo a escondidas de vez en cuando… Así que como familia hemos encontrado una solución más segura: mentimos. Esta es mi mamá. Cuando yo voy a un restaurante les digo que tengo alergia porque ahí sí me respetan. Porque cuando piensan que es solo por capricho que no como ajo, ahí me ponen un poco o qué sé yo… A ninguno de nosotros nos han hecho exámenes para ver si realmente somos alérgicos. Bueno, excepto a mi cuñado canadiense… Y esto sí que es absurdo… resultó ser muy alérgico. No sé cuáles son las probabilidades, pero en la familia lo interpretamos como una señal de que él y mi hermana estaban hechos el uno para el otro. Entonces claro, viniendo de un linaje de personas que no comen ajo, resultó extraño que yo termine enamorándome de alguien que sí lo ha comido toda su vida. Cuando estábamos de novios, no pude dejar de preguntarle a Agustín, si eventualmente dejaría de comerlo… me dijo que no sabía. Pero sé que voy a bajar la cantidad. Porque somos pareja, y no puedo yo comer ajo, si tú no comes ajo, porque a ti te va a hacer daño el ajo, y yo voy a oler a ajo… Entonces nos conviene alejar un poco el ajo de nuestras vidas. Ya han pasado 4 años desde que le pregunté esto a Agustín. Y la verdad es que en mi mente sabía que esto no era una negociación. Que tenía que elegir: o el ajo o yo. Regresé de estudiar afuera, nos mudamos juntos, nos casamos y tengo que decir que eligió bien: el ajo no ha entrado a esta casa. Y eso no es todo: poco a poco él también ha desarrollado ese “superpoder” de oler ajo a distancia y cuando termina comiendo algo que tiene ajo, le cae súper mal… Y eso ha pasado con varias personas que se unen a nuestra familia, ya sea por noviazgo o por matrimonio. Es más, a veces hasta terminan odiando el ajo más que nosotros. Como el esposo de mi prima Alejandra, por ejemplo. Y ahora él ya no come ajo. Peor que yo. Entra a un restaurante y es como mi mamá ahora huele y es “huele a ajo”, o “tu comida huele ajo”… O si comí algo en el colegio por casualidad y nos dieron y tenía ajo y yo ya me comí… Llego a la casa y me dice “¡apestas!” Es como si de esa manera se sintieran parte de nuestra familia, como la última prueba que deben pasar para ser aceptados. Y creo que por eso es que ha durado de generación en generación. Lo conversé con mi cuñado canadiense, Matthew, quien llegó a Ecuador y a formar parte de nuestra familia hace más de 10 años. Le pregunté si, luego de una década conviviendo con nosotros, tenía alguna teoría de lo que nos pasa. De qué significa el ajo en nuestras vidas. El ajo es una suerte de manera de pertenecer a la familia. Permite que la persona pertenezca a un tribu. Ah, y por otro lado es un tema de conversación constante. Es una manera de conversar, siempre que lleguemos a un restaurant, siempre que vayamos a cualquier sitio es la primera cosa de que podemos conversar. Y tiene razón. Debo confesar que muchas veces me daba vergüenza contar esto a personas fuera de mi familia. Me acuerdo que cuando era chiquita y mi mami llamaba a las casas de mis amigas a pedirles que no me dieran comida con ajo, me mortificaba. Muchas veces comía lo que me servían por no hacer problema, por no quedar mal, por no tener una conversación eterna de lo extraña que es mi familia. Pero después de hablar con ellos para esta historia, de escuchar sus anécdotas, de ver cómo a pesar de cualquier posición política o desacuerdo, estamos unidos por el odio al ajo… eso ha cambiado para mí. Entonces ahora digo, a mucha honra, soy Lisette Arévalo y no como ajo. Y si ustedes son como nosotros, pues, no están solos… ¡Bienvenidos a mi familia! Este episodio fue producido por Lisette Arévalo y Nicolás Alonso. Lisette es productora y vive en Quito, Ecuador. Nicolás es editor y vive en Santiago de Chile. Este episodio fue editado por Camila Segura, Nicolás Alonso y por mí. Desirée Yépez hizo el fact-checking. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri y Rémy Lozano, con música original de Rémy. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Aneris Casassus, Xochitl Fabián, Fernanda Guzmán, Camilo Jiménez Santofimio, Jorge Ramis, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Luis Fernando Vargas. Emilia Erbetta es nuestra pasante editorial. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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