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Radio Ambulante - Dos notas

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15
30

Álvaro estaba en la cima de su carrera de músico —liderando la banda de un programa de televisión nacional— cuando, un día, no le sonaron dos notas de su saxofón. Nunca le había pasado. Y esas dos notas fueron el principio de una larga pesadilla que lo obligaría a evaluar todo acerca de su vida y su identidad. ¿Cómo sigues con tu vida cuando lo que más te define se acaba de repente y sin una explicación?

Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Y
este
es….
Mi
querido
Alvarito,
Quinteto
Clinton,
me
encanta
verlos
allá….Alvarito.
Álvaro
Rodríguez,
el
director
musical
de
este
talk
show
colombiano.
Álvaro
es
un
hombre
altísimo,
de
un
1,93
m.
Y
además
de
dirigir
la
orquesta,
de
hacer
los
arreglos
para
los
cantantes
y
escoger
el
repertorio
musical,
era
el
saxofonista.
Estaba
cumpliendo
su
sueño,
la
verdad.
Lo
que
siempre
quiso
hacer.
Pero…
Una
noche
del
2010,
estaban
empezando
a
grabar…
Ahí
es
cuando
digo:
5,4,3,2,1…
Tantan
tarapa
papán.
La
primera
nota
tenía
que
sonar,
y
la
primera
nota
hizo:
“pufff”.
Sonó
el
viento
afuera,
y
yo
ahí
mismo
paré
la
banda.
Álvaro
no
entendía
qué
pasaba.
Llevaba
casi
20
años
tocando
el
saxofón
y
lo
hacía
muy
bien.
Pensó
que
era
el
instrumento
el
que
fallaba,
aunque
en
el
fondo
sabía
que
algo
muy
raro
le
estaba
pasando…
Ahí
comienza
la
pesadilla
de
mi
vida.
En
ese
instante.
Nuestro
productor
David
Trujillo
nos
sigue
contando.
Devolvámonos
en
el
tiempo,
hacia
mediados
de
los
años
60.
Álvaro
nació
por
esa
época,
y
desde
que
tiene
memoria
siempre
hubo
música
a
su
alrededor.
Su
abuela
y
las
hermanas
de
ella
tocaban
guitarra
y
cantaban,
y
sus
tíos
tocaban
saxofón,
fagot,
acordeón,
trombón…
Su
abuela
le
empezó
a
dar
clases
de
guitarra
cuando
tenía
3
o
4
años.
Y
ya
a
esa
edad…
Prefería
quedarme
estudiando
con
mi
abuela
un
pasillo
que
estar
yo
seguramente
por
ahí
montando
en
bicicleta.
Sus
tíos
también
le
enseñaban
música,
y
en
los
70s
crearon
una
orquesta
tropical
muy
famosa
en
Colombia:
Los
Black
Stars.
La
orquesta
ensayaba
en
un
estudio
que
había
en
la
casa
del
abuelo
de
Álvaro…
Así
que
yo
me
metía
3
horas
y
me
deleitaba
viendo
el
baterista,
los
saxos,
los
teclados,
los
cantantes…
Y
yo
crecí
escuchando
también
esa
música
tropical.
A
los
7
años
su
papá
lo
empezó
a
llevar
a
clases
de
música
en
el
conservatorio.
Su
mamá
lo
veía
como
un
gran
pasatiempo,
una
actividad
para
los
ratos
libres.
Por
eso,
cuando
estaba
en
el
colegio…
Yo
quería
participar
en
el
coro
de
la
misa,
en
la
banda
de
rock,
en
el
conjunto
vallenato…
En
lo
que
fuera
música,
yo
estaba
siempre
dispuesto.
Incluso
se
acuerda
del
primer
concierto
que
dio.
Tenía
10
años.
Fue
para
1.000
alumnos
del
colegio,
yo
cantando
una
canción
al
estilo
country
de
un
vaquero
famosísimo
que
se
llamó
Pecos
Bill.
Y
Pecos
Bill
me
imagino
que
él
también
tenía
sus
sueños,
y
yo
tenía
el
sueño
desenfrenado
de
ser
artista.
Ya
de
adolescente
estaba
totalmente
obsesionado
con
la
música.
No
le
gustaba
nada
más.
No
era
muy
bueno
en
matemáticas,
ni
en
literatura,
ni
en
química,
pero
era
un
gran
músico.
Se
adaptaba
a
un
nuevo
instrumento
de
manera
casi
natural.
Y
siempre
estaba
buscando
escenarios
donde
tocar:
podía
ser
la
tarima
de
un
teatro
o
la
sala
de
la
casa
de
algún
amigo.
Y
lo
invitaban
todo
el
tiempo
a
ser
parte
de
bandas.
Álvaro
tenía
un
gran
futuro
como
músico.
Pero
cuando
tenía
18
años
y
estaba
a
punto
de
graduarse
del
colegio…
Mi
mamá
me
dijo:
«Bueno,
mi
amor,
entonces,
¿tú
qué
vas
a
estudiar
finalmente’».
Y
yo
le
dije
a
mi
mamá,
no,
pues,
decidido,
le
dije:
«Música
en
la
Nacional».
La
respuesta
de
su
mamá
fue
un
silencio
absoluto.
Y
también
una
llamada
a
un
primo
psicólogo
para
que
intentara
convencerlo
de
no
estudiar
eso.
Para
ese
momento
su
papá
ya
se
había
muerto.
Y
aunque
él
lo
motivaba
a
dedicarse
a
la
música,
con
su
mamá
era
diferente.
Yo
sentía
que
le
daba
un
poco
de
temor
que
mi
talento
me
llevara
en
esa
época
a
dedicarme
a
la
música.
Porque,
claro,
en
esa
época,
la
música
se
relacionaba
con
la
fiesta,
el
alcohol,
la
bohemia…
No
es
que
a
su
mamá
no
le
gustara
que
él
cantara
o
tocara
instrumentos.
Pero
para
ella
la
música
debía
ser
más
un
hobbie
que
una
carrera.
Ella
esperaba
que
su
hijo
fuera
un
profesional…
Seguramente
de
corbata
o
de
las
profesiones
que
normalmente
lo
llevaban
seguramente
a
uno
al
éxito.
La
mamá
de
Álvaro
simplemente
le
prohibió
estudiar
música
pero
lo
consoló
con
un
regalo.
A
los
18
años
me
llegó
mi…
mi
sueño
dorado:
el
saxofón.
Era
el
instrumento
que
más
le
gustaba.
Su
papá
siempre
ponía
a
Bob
Fleming,
un
saxofonista
famoso,
durante
los
almuerzos
familiares
de
los
domingos.
Y
Álvaro
había
aprendido
a
tocar
el
instrumento
con
sus
tíos.
Le
encantaba
el
sonido
grave
del
saxo.
Álvaro
terminó
estudiando
comunicación
social.
Su
idea
era
mezclar
la
publicidad
con
la
música
y
hacer
jingles,
canciones
publicitarias.
Pero
cuando
se
graduó,
se
dio
cuenta
de
que
este
era
un
gremio
tremendamente
cerrado,
y
era
muy
difícil
competir
contra
agencias
de
publicidad
que
tenían
la
tecnología
para
grabar.
Vendí
varios
jingles
y
todo,
pero…
pero
finalmente
terminé
frustrando
otra
profesión,
otra
situación
con
mi
música.
Necesitaba
una
estabilidad
económica,
así
que
tuvo
que
buscar
otros
trabajos…
Pero
mira
que
yo
digo
que
yo
siempre
anduve
con
mis
sueños
en
el
baúl
del
carro.
Porque
siempre
estaba
mi
saxofón
y
mi
guitarra
en
el
carro.
A
mediados
de
los
80s
entró
a
trabajar
a
Caracol
Televisión,
una
de
las
programadoras
más
importantes
del
país.
Ahí
vendía
pauta
publicitaria,
pero
en
realidad
quería
ser
el
productor
musical:
poder
escoger
la
música
de
los
programas,
componer
las
canciones
de
las
telenovelas…
Para
eso
tenía
un
plan:
como
siempre
tenía
sus
instrumentos
en
el
carro,
entonces
podía
tocar
en
todas
las
celebraciones
y
darse
a
conocer.
Por
el
cumpleaños
de
mi
jefe,
porque
iba
a
hacer
la
reunión
de
fin
de
año,
porque
cualquier
cosa…
Y
funcionó.
Y
allá
llegó
el
chisme
a
presidencia:
que
Alvarito,
el
comercial,
tocaba
el
saxo
y
además
la
guitarra.
Una
tarde,
el
presidente
de
Caracol
le
pidió
que
fuera
a
verlo
inmediatamente
y
que
llevara
sus
instrumentos.
Álvaro
estaba
ilusionadísimo.
Pensaba
que
le
iba
a
pedir
que
musicalizara
una
novela
o
que
hiciera
un
par
de
jingles.
Pero
lo
que
le
dijo
su
jefe
no
tenía
nada
que
ver
con
su
trabajo
o
una
nueva
posición.
Le
pidió
que
tocara
en
una
fiesta
con
otros
directivos
y
clientes
de
la
empresa.
O
sea,
mi
aspiración
de
productor
no
pasó
más
que
de
ser
un
buen
animador
de
esos
tipo
trío
y
de
guitarra
porque
pa’
todas
las
fiestas
me
llamaban.
Y
en
eso
se
quedó.
Pero
a
Álvaro
realmente
no
le
molestó.
Siguió
trabajando
en
lo
suyo
y
siguió
yendo
a
todas
las
celebraciones
de
la
presidencia.
Y
no
le
pagaban…..
Pues
iba
gratis.
Compartía
un
par
de
whiskys
y
tocaba,
porque
yo
lo
quería
era
cantar
y
tocar
mi
saxofón.
Y
eso,
en
parte,
lo
hacía
feliz.
Aunque,
claro,
en
el
fondo
había
un
vacío.
Cada
sueño
que
yo
iba
construyendo
musical,
se
iba
desvaneciendo.
A
mediados
de
los
90
empezó
a
trabajar
dirigiendo
hoteles
en
Bogotá.
En
esa
época
conoció
a
Claudia
Algarra,
su
esposa,
con
quien
tuvo
dos
hijos.
Así
que
por
esa
época,
entonces,
terminé
muy
bien.
Mi
mamá
yo
creo
que
estaba
orgullosa
y
feliz.
Y
tenía
un
gerente
de
corbata.
Ya
no
cargaba
los
instrumentos
en
el
baúl
del
viejo
Zastaba.
Ahora
los
cargaba
en
el
baúl
de
una
camioneta
más
bonita.
Y
en
medio
de
todo,
Álvaro
disfrutaba
lo
que
hacía:
viajaba
mucho
y
ganaba
bien.
Hasta
que
un
día,
cuando
tenía
33
años,
tuvo
una
reunión
de
trabajo
con
sus
jefes
del
hotel
para
mostrar
los
resultados
del
mes.
Todo
fue
positivo,
así
que
cuando
terminaron
el
jefe
lo
invitó
a
celebrar
en
el
bar.
Esa
noche
iba
a
haber
un
show
de
saxo
y
jazz
que
Álvaro
había
contratado.
Parecía
que
todo
iba
a
salir
de
maravilla,
pero…
Llegó
el
pianista,
el
bajista,
el
baterista,
y
no
llegaba
el
saxofonista
a
las
noches
de
saxo
y
jazz.
Arrancaron
a
tocar
los
3,
pero
el
saxofonista
nada
que
aparecía,
y
ya
se
notaba
el
descontento
de
los
clientes.
Entonces
el
jefe
empezó
a
presionar
a
Álvaro,
a
preguntarle
cómo
resolvían
el
asunto.
Cuando
menos
pensé,
estaba
yo
temblando
sacando
mi
saxofón
del
carro
acompañado
del
botones
y
del
pianista.
Y
le
dije:
«Venga,
ayúdeme
a
salir
de
esta,
y
voy
a
tocar
3
o
4
canciones
para”…
más
para
mamarle
gallo
a
mis
jefes
porque,
pues,
por
una
bobada
de
esas
no
me
iban
a
echar.
Todo
fue
muy
rápido.
A
los
pocos
minutos
estaba
subido
en
la
tarima
con
los
otros
músicos
y
contando
para
empezar
a
tocar:
3,2,1…
”Take
Five”,
de
Dave
Brubeck.
Un
clásico
del
jazz.
Álvaro
se
sentía
tocando
en
el
Blue
Note,
un
famoso
club
de
jazz
en
Nueva
York
donde
se
presentan
los
mejores.
Yo
cerré
los
ojos
y
eso
era
increíble,
pero
yo
me
sentía…
Además,
el
grupo
sonaba
como
si
hubiéramos
ensayado
muchas
veces.
El
bar
se
empezó
a
llenar.
Sus
compañeros
de
trabajo
corrieron
a
verlo
y
los
huéspedes
estaban
encantados.
Álvaro
se
sentía
un
artista
en
pleno
escenario.
Y
ese
día
se
me
descuadró
a
toda
mi
cabeza.
Ese
día
concreté
el
sueño
de
que
yo
me
debería
dar
una
oportunidad
de
ser
músico.
Así
que
poco
después
creó
una
pequeña
empresa
y
empezó
a
ofrecer
sus
servicios
musicales
de
orquesta
tropical,
trío
de
saxofones,
show
de
jazz,
para
todo
tipo
de
eventos:
cocteles,
matrimonios,
comidas…
No
dejó
el
trabajo
que
tenía
en
el
hotel.
Pero
él
y
su
saxofón
eran
cada
vez
más
pedidos.
Duró
un
año
haciendo
las
dos
cosas.
Hasta
que
finalmente…
Renuncié
a
toda
esa
vida
hotelera.
Sin
mente
y
sin
dolor,
con
toda.
Estaba,
por
fin,
dedicándose
a
la
música.
Y
sí,
era
exitoso
como
lo
quiso
su
mamá.
En
el
2002,
lo
contrataron
para
presentarse
en
una
reunión
privada.
Ese
día
Álvaro
llegó
corriendo
porque
se
le
había
hecho
tarde.
Vio
que
había
muchos
guardaespaldas
en
el
lugar,
pero
por
el
afán
ni
se
fijó
en
las
otras
personas
que
había.
A
los
20
minutos
de
estar
tocando
se
le
acercó
un
señor
de
bigotico
y
le
dijo
que
estaba
fascinado
con
su
saxofón,
que
si
podía
darle
una
tarjeta.
Álvaro
quedó
boquiabierto
cuando
se
dio
cuenta
de
quién
era…
Ese
fue
el
encuentro,
nada
más
y
nada
menos,
con
el
Presidente
de
la
República
del
momento,
el
doctor
Andrés
Pastrana.
Pastrana
lo
felicitó
por
el
show.
A
las
pocas
semanas
lo
llamó
para
contarle
que
en
los
próximos
días
se
iba
a
organizar
una
cena
especial
en
Cartagena.
El
invitado
especial
sería
Bill
Clinton,
el
expresidente
de
Estados
Unidos,
que
iba
a
dar
una
conferencia
a
empresarios
del
país.
Pastrana
conocía
a
Clinton,
sus
gustos
musicales,
y
sabía
que
tocaba
el
saxofón.
Lo
que
quería
Pastrana
no
era
que
Álvaro
simplemente
amenizara
la
cena.
Sino
tocar
temas
para
que
en
algún
momento
de
esa
cena
lográramos
persuadir
a
Clinton
y
el
presidente
tocara
una
canción.
Con
un
saxo
que
le
iban
a
regalar.
Álvaro
aceptó
sin
dudarlo.
Well,
thank
you
for
coming
to
welcome
us.
I’m
delighted
to
be
here
with
Queen
Noor
and
the
other
Americans
at
this
important
conference
that
begins
tomorrow…
Lo
citaron
en
Cartagena
y
esa
noche,
Álvaro
empezó
a
tocar.
Clinton
estaba
encantado.
Después
de
un
rato
el
presidente
se
levantó
de
la
mesa
y
lo
abrazó.
Entonces
Álvaro
le
entregó
el
saxofón
y
una
boquilla…
Y
él
humedece
la
caña,
y
es
el
signo
verídico
del
saxofonista
que
va
a
tocar.
Se
subieron
los
dos
a
la
tarima
y
empezaron
con
“Summertime”.
Con
el
primer
tema
fue
suficiente
para
que
se
desbaratara
todo
el
protocolo
y
se
vinieran
frente
a
la
tarima
como
si
se
estuviera
presentando
cualquier
artista
internacional.
Las
palmas,
los
gritos,
el
«otro,
otro,
otro».
Eso
me
dio
a
un
reconocimiento
y
una
fama
impresionante.
Ese
fue
el
destape
de
mi
carrera
duro.
Ese
fue
el
cañón
que
me
disparó.
Porque,
claro,
la
foto
de
los
dos
salió
en
los
periódicos
y
las
revistas
más
importantes
de
Colombia.
Empezaron
los
conciertos.
Un
concierto
con
la
magia
de
la
interpretación
del
saxo
de
Álvaro
Rodríguez…
Las
entrevistas…
Para
nosotros,
un
placer
recibir
a
Álvaro
Rodríguez
con
su
saxofón…
Álvaro
Rodríguez
con
su
Saxo
Banda
Show…
Hasta
entró
al
estudio,
y
grabó
5
discos,
incluyendo
uno
dirigido
y
producido
por
Armando
Manzanero,
el
cantante
y
compositor
mexicano
con
quien
también
dio
un
concierto
en
Bogotá.
Álvaro
sentía
que
estaba
en
medio
del
sueño
que
siempre
había
querido.
Porque
es
que
uno,
mientras
que
ha
buscado
toda
la
vida
ser
músico
y
que
eso
no
se
haya
podido
dar,
y
que
usted
haya
visto
a
todos
los
grandes
y
que
usted
quería
soñar
y
verse
como
algún
grande
de
esos
algún
día,
y
de
un
momento
a
otro
dejar
toda
su
profesión
y
a
los
2
o
3
años
comenzar
a
vivir
este
tipo
de
experiencias…
pues
eran
experiencias
muy
difíciles
de
poder
explicar.
En
el
2010
lo
contrataron
como
director
musical
del
programa
de
José
Gabriel,
del
que
hablamos
al
principio.
Era
uno
de
los
talk
shows
más
importantes
de
la
televisión
colombiana.
Ahí
Álvaro
dirigía
la
orquesta,
componía
todas
las
cortinillas
musicales,
tocaba
el
saxofón.
Grababan
cada
semana
y
tenía
que
tener
preparado
un
repertorio
para
cada
invitado.
Dividía
su
tiempo
entre
grabar
los
episodios
y
seguir
yendo
a
los
eventos
para
los
que
lo
contraban.
Era
pesado:
a
veces
tocaba
el
saxofón
por
más
de
10
horas
al
día.
A
finales
de
ese
primer
año,
anunciaron
que
el
programa
saldría
del
aire
porque
el
presentador
se
iba
del
país.
Cuando
estaban
grabando
uno
de
los
últimos
episodios
del
programa…
Ahí
es
cuando
digo:
5,4,3,2,1…
Tantan
parapan
papán.
La
primera
nota
tenía
que
sonar,
y
la
primera
nota
hizo:
pfff.
Sonó
el
viento
afuera,
y
yo
ahí
mismo
paré
la
banda.
Y
yo
dije:
«Qué
es
tan
raro”.
La
gente
de
producción
le
preguntó
que
qué
pasaba.
No
se
dieron
cuenta
ustedes,
pero
mis
primeras
notas
no
sonaron,
hay
un
desajuste
en
el
saxo.
“Listo,
Alvarito,
tranquilo”.
Hágale,
cuente
otra
vez
y
entra
José
Gabriel.
1,
2,
3…
me
concentré,
pum,
arrancó
pero
ahí
quedó
que
algo
había
pasado
raro.
Durante
el
descanso
de
la
grabación,
Álvaro
salió
a
llamar
a
su
otorrino.
Unos
años
antes,
había
tenido
una
parálisis
del
lado
izquierdo
de
su
cara.
Había
sido
un
virus
que
no
le
dejaba
tocar
bien
el
saxo.
No
fue
algo
grave…
el
médico
le
dio
unas
pastillas
y
lo
mandó
a
unas
terapias
faciales
para
recuperar
la
movilidad
de
los
músculos.
En
un
mes
pudo
volver
a
tocar
el
saxofón.
Entonces
pensó
que
le
estaba
volviendo
a
dar
lo
mismo
y
se
lo
dijo
al
médico.
Pero
él
le
respondió…
«Álvaro,
miremos
bien
qué
es
lo
que
tienes,
porque
no
hay
riesgo
de
que
un
tema
viral
de
esa
categoría,
te
repita.
Así
que
yo
te
espero
aquí
urgente
en
mi
consultorio
para
que
evaluemos
el
tema».
Y
Álvaro
quedó
helado.
Una
pausa
y
volvemos.
¡Hola!
Soy
Guy
Raz.
Y
yo
soy
Mindy
Thomas!
Y
juntos
te
traemos
Wow
in
the
World.
El
podcast
de
NPR
para
familias.
Cada
semana
exploramos
un
nuevo
e
increíble
descubrimiento
científico.
¡También
montamos
un
pájaro!
También
montamos
un
pájaro.
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Cuando
Cici
conoció
al
nuevo
inquilino
de
su
madre,
jamás
sospechó
que
sería
reemplazado
como
hijo.
O
que
su
reemplazo
podría
tener
motivos
siniestros.
Esta
semana,
Invisibilia
mira
las
cosas
que
no
decimos
a
nuestros
seres
queridos
y
a
los
malentendidos
a
los
que
puede
llevar.
Encuéntralo
en
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Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
pausa
estábamos
con
Álvaro,
que
ya
estaba
pensando
que
lo
que
le
pasaba
podría
ser
serio.
Muy
serio.
Aquí
David
Trujillo.
Los
exámenes
que
le
hizo
el
otorrino
salieron
bien.
Álvaro
no
estaba
perdiendo
la
fuerza
en
los
músculos
de
la
cara.
Sin
embargo,
en
los
siguientes
dos
meses
empezó
a
notar
que
ya
no
podía
hacer
melodías
tan
complejas
como
antes.
Y
eso
no
era
todo:
lo
mismo
le
pasó
con
las
ligaduras
y
con
los
efectos
de
sonido.
Todo
lo
que
él
dominaba
por
su
experiencia
musical
se
le
estaba
perdiendo.
Y
ahí
comienza
esa
pesadilla,
una
pesadilla
sin
fin,
porque
del
otorrino
pasé
al
neumólogo,
a
ver
si
había
alguna
falla
respiratoria.
Pero
los
exámenes
de
los
pulmones
también
estaban
bien.
Lo
mismo
pasó
con
los
exámenes
neurológicos.
Todo
normal.
No
sentía
dolor.
Podía
hablar,
masticar,
besar,
soplar.
No
entendía
qué
pasaba,
pero
tocar
el
saxofón
era
cada
vez
más
difícil.
Y
en
cada
presentación…
Mi
mente
diciéndome:
«Desafinado.
Horrible.
Estás
tocando
inmundo.
No
hizo
el
La.
No
hizo
el
Si.
No
pudo
llegar
a
la
nota.
Quedó
por
debajo».
Es
una
criticadera
mía
contra
mismo,
mi
oreja
contra
mis
sentimientos.
Era
un
sufrimiento
constante.
Era
una
tortura
ya
tocar,
era
una
tortura
permanente.
“¡No
pude!;
¡uy,
no
llegué!;
¡uy,
qué
horror!;
¡uy,
qué
vergüenza
la
gente!;
¡uy,
no!”.
Solo
le
contó
a
su
familia
lo
que
pasaba.
Pero
los
músicos
que
lo
acompañaban
se
empezaron
a
dar
cuenta.
Álvaro
se
inventaba
cualquier
excusa.
En
ese
momento,
reconocerlo
no
era
una
opción.
Porque
reconocerlo
es
ponerse
un
cuchillo
uno
y
acabar
con
su
vida
musical.
«Estoy
enfermo
y
no
puedo
tocar».
Intentaba
improvisar.
Los
músicos
seguían
sin
saber
qué
le
pasaba,
pero
le
ayudaban
un
poco
a
disimular
los
errores,
a
seguir
la
melodía.
En
una
de
las
presentaciones,
el
pianista
le
dijo
que
se
le
estaban
abriendo
los
labios.
Álvaro
no
se
había
dado
cuenta,
entonces
fue
al
baño,
se
paró
frente
al
espejo
y
empezó
a
tocar
el
saxo.
Y
fue
en
el
momento
cuando
yo
detecté
que..
que
había
movimientos
involuntarios.
Los
labios
se
abrían
y
por
ahí
se
estaba
saliendo
el
aire.
Trató
de
ponerse
cintas
de
cirugía
transparentes
pegadas
alrededor
de
la
boca
a
ver
si
eso
ayudaba.
Pero
nada…
Comencé
a
tocar
como
habla
un
tartamudo,
con
todo
el
respeto
de
las
personas
que
tienen
esa
limitación
física,
y
es
que
no
pueden
completar
las
frases,
o
que
en
algún
momento
de
su
frase
quedan
en
el
silencio
porque
pierden
el
aire.
Eso
pasaba.
Yo
arrancaba
una
frase
musical
y
no
sabía
en
qué
momento
me
iba
a
quedar
en
silencio.
Iba
a
consultas
con
expertos
internacionales
que
llegaban
a
Colombia,
pagaba
tratamientos
alternativos…
El
dinero
que
yo
invertía
en
buscar
mi
recuperación
era
absurdo.
lo
que
necesitas
realmente
es
una
respuesta.
Si
sabes
qué
es
lo
que
te
pasa,
puedes
tomar
decisiones.
Pero
si
esto
es
un
misterio,
ningún
músico,
ningún
médico,
ni
juntas
médicas,
nadie
se
atrevía
a
dar
nada.
Le
daba
pánico
cada
vez
que
iba
a
tocar.
Entró
en
depresión.
Dos
años
en
los
que
me
despertaba
llorando
porque
había
soñado
que
estaba
tocando
el
saxofón.
El
saxofón
no
lo
desarmaba
porque
yo
decía:
«Mañana
me
suena,
uh,
eso
mañana
tiene
que
funcionarme».
Porque
si
sentías
tu
boca
normal
y
todo
lo
demás
normal,
guardabas
la
esperanza.
Pero
no
solo
era
la
tristeza
de
ir
perdiendo
la
capacidad
de
tocar
su
instrumento.
También
estaba
perdiendo
su
profesión.
Con
el
saxo
traía
la
plata
a
la
casa,
la
comida.
Se
le
venía
encima
un
problema
económico
gravísimo.
En
diciembre
del
2012,
Álvaro
aceptó
presentarse
en
una
cena
de
Navidad
con
pocas
personas.
Iba
a
tocar
villancicos
lentos,
que
no
le
exigían
mucho.
Pero
en
medio
del
show,
alguien
le
pidió
una
canción
mucho
más
exigente.
Álvaro
respiró
profundo.
Y
yo
arranqué
a
tocarlo,
hermano,
y
esos
labios
se
abrían.
Y
no
sonaba,
y
eso
terminé
yo
sudando,
porque
yo
sudaba
ya
en
frío.
Ya
el
desespero,
la…
el
ver
que
todo
lo
que
yo
había
en
20
años
contruido
estaba
completamente
desbaratado,
sin
tener
una
causa.
Terminó
la
presentación.
Álvaro
agradeció
a
los
invitados,
se
despidió
y
guardó
el
saxofón.
Antes
de
subirse
al
carro,
llamó
a
Claudia,
su
esposa
y
su
socia
en
la
empresa:
Me
dice:
“Hasta
hoy
trabajo.
No
vuelvo
a
tocar
en
un
solo
evento.
Yo
no
puedo
seguir,
estoy
desesperado”.
Parte
de
nuestra
vida
sentimental
estaba
enfocada
en
la
música,
en
mis
serenatas,
en
todo
lo
que
yo…
Uno
con
la
música,
pues
Ave
María,
pues
expresa
muchos
sentimientos.
Horrible.
Lloraba,
tenía
pesadillas.
Muchas
lágrimas…
Muchas,
muchas,
muchas.
Y
era
el
dolor
porque
finalmente,
si
tu
esposa
te
ha
visto
triunfar…
La
música
ha
sido
su
vida,
eso
ha
sido
su
pasión.
Y
cada
vez
tocaba
menos,
y
menos,
y
menos.
Ya
era
muy
notorio.
Y
el
saxofón
se
le
volvió
como
un
perro
bravo.
Que
cuando
pasas
por
una
casa
y
a
ti
sale
el
perro
y
te
ladra,
cada
vez
que
pasas
por
esa
casa
ya
pasas
con
cuidado
y
miras
con
miedo.
Entonces
eso
le
pasaba
a
Álvaro
con
el
instrumento:
él
lo
miraba,
pero
lo
miraba
con
miedo
porque
sabía
que
si
lo
cogía
no
iba
a
poder
tocarlo,
no
iba
a
poder
interpretarlo.
Y
le
dije
a
mi
señora:
«Mira,
aquí
está
tu
esposo,
el
papá
de
tus
hijos,
el
trabajador,
el
luchador,
el
socio.
Pero
el
saxofonista
se
murió.
Hoy».
Yo
le
di
mucho
apoyo
a
él.
Yo
soy
mucho
más
tranquila,
manejo
el
estrés
tal
vez
de
otra
manera.
Yo
nunca
le
dije
que
él
tenía
que
seguir
tocando,
yo
nunca
le
recriminé
el
haber…
el
haber
dejado
el
saxo
de
lado.
No,
nunca,
nunca…
Era
como
el
curso
de
la
vida
que
teníamos
que…
que
seguir.
Yo
me
monté
en
el
carro
llorando
y…
y
arranqué
mi
duelo,
y
acepté
mi
duelo.
Álvaro
empezó
a
contarle
a
sus
amigos
lo
que
le
pasaba.
Seguía
con
su
empresa
de
presentaciones
musicales,
pero
ahora
ofrecía
el
servicio
de
otro
saxofonista.
A
veces
los
clientes
aceptaban,
otras
no.
Unos
días
después
de
haber
tenido
su
última
presentación,
recibió
una
llamada
de
un
amigo.
Le
contó
que
había
una
mujer
en
la
Orquesta
Filarmónica
de
Bogotá
que
tal
vez
podría
ayudarlo.
Álvaro
la
contactó.
Entonces
me
llama
Alvarito
y
me
dice
que
quiere
que
lo…
que
lo
ayude.
Entonces
yo
le
digo:
“Venga
a
la
orquesta
y
traiga
el
saxofón”.
Amparo
Mosquera
fue
la
primera
mujer
en
ser
primer
trombón
en
la
Filarmónica.
Toda
la
vida
había
tocado
el
instrumento
en
orquestas
populares
y
de
música
clásica.
Pero
en
2006,
cuando
tenía
44
años
y
estaba
en
la
mitad
de
su
carrera,
le
pasó
lo
mismo
que
a
Álvaro.
O
sea,
ya
no…
no
te
sale
ni
el
Re,
ni
el
Mi,
ni
el
Do,
ni
el
Si…
Nada,
no
te
salen
esas
notas.
Yo
ya
no
dominaba
el
trombón.
Amparo
tenía
que
soportar
las
críticas
de
sus
compañeros
y
de
sus
jefes
de
la
Filarmónica
porque
creían
que
no
estaba
estudiando
lo
suficiente.
Le
daba
pánico
tocar
y
empezó
a
sufrir
de
ansiedad,
porque
tenía
miedo
de
que
la
sacaran
de
la
orquesta.
Pero
Amparo
sabía
que
su
problema
no
era
por
falta
de
estudio.
Tenía
que
haber
otra
explicación.
Entonces
yo
dije:
“No,
para
mi
conocimiento
y
para
no
quedar
en
la
ignorancia
quiero
investigar
qué
es
lo
que
me
está
pasando”.
Buscó
en
Internet
“Músico
enfermo”.
Salieron
enlaces
a
investigadores
y
centros
médicos
que
se
dedicaban
a
ayudar
a
los
músicos.
A
Amparo
le
sorprendió
porque
en
Colombia
nunca
ha
existido
algo
así.
Entonces
se
contactó
con
ellos.
Les
habló
de
su
caso,
les
contó
los
síntomas
y
les
envió
videos
de
su
boca
tocando
el
trombón.
El
diagnóstico
fue
casi
inmediato.
Desorden
muscular
específico
distónico.
O
distonía
focal
de
tarea
específica.
Amparo
se
puso
a
estudiar.
Se
trata
del
movimiento
involuntario
de
los
músculos
específicos
a
la
interpretación
de
un
instrumento.
O
sea,
a
quien
toca
piano
se
le
puede
levantar
uno
de
los
dedos,
o
al
que
toca
violín
el
brazo
se
le
va
en
otra
dirección.
Lo
más
curioso
es
que
solo
se
presenta
cuando
se
va
a
tocar
el
instrumento.
El
desorden
de
Amparo,
por
ejemplo,
estaba
en
su
boca:
se
le
abrían
los
labios
sin
que
ella
lo
notara,
pero
solo
cuando
tocaba
el
trombón.
Si
bien
es
un
problema
neuromotriz,
las
causas
no
están
muy
claras
todavía.
Amparo
reunió
toda
esa
información
y
la
organizó
en
una
especie
de
libro
que
le
entregó
a
sus
jefes
de
la
Filarmónica.
Y
así
fue
de
la
única
forma
que
yo
aprendí
a
defenderme
de
que
no
me
echaran
de
la
orquesta.
De
que
los
médicos
la
ayudaran
a
certificar
que
tenía
una
enfermedad
profesional.
Una
que
no
estaba
incluída
en
la
lista
de
riesgos
laborales
de
los
músicos
en
Colombia.
Y
fue
así
como
la
reubicaron
en
una
posición
administrativa,
pero
no
perdió
su
trabajo.
Amparo
compartió
lo
que
había
aprendido
con
sus
compañeros
de
la
Filarmónica.
Ahí
se
enteró
que
dos
colegas
también
tenían
la
enfermedad.
Ella
no
podía
ofrecerles
un
tratamiento,
pero
al
menos
darles
una
respuesta
de
lo
que
les
pasaba.
La
gente
cercana
se
dio
cuenta
de
sus
investigaciones,
y
la
empezaron
a
contactar
con
conocidos
que
estaban
teniendo
síntomas.
Así
conoció
a
Álvaro,
por
un
amigo
en
común.
Cuando
se
vieron
en
la
Filarmónica,
Amparo
se
dio
cuenta
de
lo
notorio
que
era
el
problema
de
Álvaro
y
de
lo
deprimido
que
estaba.
Yo
ya
llevaba
como
6
años
de
investigación
entonces,
entonces
ya
podía
hablar
muy
tranquila,
no
llorando
los
dos
al
tiempo
[ríe].
Entonces
ya
lo
tranquilizo
emocionalmente,
porque
eso
no
es
el
fin
del
mundo.
Porque
existen
tratamientos.
No
en
Colombia,
pero
en
otros
países
como
España,
por
ejemplo.
Para
Álvaro
saber
esto,
fue
un
alivio
enorme.
Tenía
al
menos
algo
de
esperanza.
Y
así,
apenas
pudo,
viajó
a
España.
Allá
lo
vio
un
especialista:
un
músico
que
se
ha
dedicado
a
estudiar
médicamente
este
problema.
Empezó
a
hacerle
fisioterapia
en
los
músculos
de
la
cara
para
disminuir
la
tensión
y,
lo
más
importante,
un
tratamiento
psicológico
para
dejar
el
miedo,
las
inseguridades.
Porque
finalmente
lo
que…
lo
que
pasa
es
que
uno
tiene
que
hacer
un…
un
cierre
total
y
hacer
un…
un
reaprendizaje,
volver
casi
que
de
ceros.
Hay
varios
detonantes
del
desorden.
Puede
ser
por
una
técnica
dañina
que
se
volvió
un
hábito
y
terminó
afectando
el
músculo;
también
el
estrés,
trabajar
bajo
presión
y
el
exceso
de
práctica,
como
en
el
caso
de
Álvaro;
o
incluso
un
impacto
emocional
como
la
muerte
de
un
ser
querido
o
un
accidente
de
tráfico.
Álvaro
estuvo
un
mes
en
España
hasta
que
ya
no
pudo
pagar
más.
El
tratamiento
costaba
unos
$1.000
por
semana
y
era
imposible
saber
cuánto
iba
a
durar.
Entonces
volvió
a
su
país,
decepcionado.
De
saber
que
en
Colombia
realmente
no
hay
ningún
especialista
aún
que
conozca
este
tema.
Pero
ya
no
estaba
deprimido.
Cuando
uno
entiende
qué
pasa
con
una
distonía,
uno
comienza
a
ver
la
música
diferente.
Ya
sabía
que
no
podía
tocar
su
saxo
hasta
tener
un
tratamiento.
Así
que
empezó
a
buscar
opciones
para
sentirse
músico
otra
vez.
Encontró
que
había
un
saxofón
electrónico
que
funcionaba
como
una
especie
de
sintetizador
de
viento
pero
que
se
tocaba
con
el
mismo
movimiento
de
los
dedos.
Es
largo
como
un
clarinete,
tiene
la
misma
embocadura
de
un
saxofón,
pero
se
sopla.
No
tiene
la
fuerza
que
uno
exige
para
tocar
la
caña
del
instrumento
metálico.
En
Colombia
no
lo
vendían,
así
que
lo
compró
en
Estados
Unidos.
Estaba
muy
emocionado.
Hacía
3
años
no
tocaba.
Y
llegué
a
mi
casa,
una
noche,
8
de
la
noche,
y
armé
el
saxofón.
Y
mis
hijos
salieron
felices
y
mi
esposa.
Y
yo
comencé
a
sonarlo.
“Pero
te
suena
bien,
pa.
Suena
parecidísimo.
Parece
el
saxo
tuyo».
“Sí,
yo
que
sí,
muchachos».
Y
a
los
10
minutos
me
estaban
temblando
los
labios
y
las
notas
que
estaba
haciendo
con
ese
saxofón,
se
estaban
perdiendo.
Y
otra
vez
la
frustración.
Le
pidió
a
su
esposa
que
le
pusiera
los
dedos
en
la
comisura
de
los
labios:
si
los
sostenía,
no
se
abrían.
Ahora
tenía
que
encontrar
la
forma
para
hacerle
presión
a
la
boca.
Todos
se
fueron
a
dormir,
y
Álvaro
empezó
a
buscar
en
toda
su
casa
hasta
que
encontró
una
plantilla
ortopédica,
una
especie
de
soporte
que
se
usa
en
los
pies
cuando
duelen.
Como
esta
plantilla
tiene
una
forma
curva
donde
se
apoyan
los
talones,
Álvaro
se
dio
cuenta
de
que
también
se
ajustaba
perfecto
a
la
forma
de
la
cara.
Entonces
lo
puse,
perforé
un
hueco
en
la
mitad,
por
ahí
metí
el
instrumento
y
con
algo
muy…
muy…
muy…
muy
rústico
que
fue
el
círculo
de
donde
se
pone
el
esparadrapo
y
unas
clavijitas,
puse
2
cauchos.
Parecía
como
si
tuviera
una
máscara
de
oxígeno,
pero
no
importaba.
Con
esa
presión
en
la
boca,
pudo
mantener
las
notas
largas.
Así
que
como
a
la
1
de
la
mañana,
2
de
la
mañana
de
esa
noche,
comencé
a
tocar
“Bésame
mucho”.
Mis
hijos
se
pararon
y
mi
señora:
“¡Ay,
está
tocando,
está
tocando!».
Esa
máscara
que
se
inventó
Álvaro
la
mejoró
un
amigo
odontólogo
y
terminó
siendo
más
discreta.
Eso
fue
hace
2
años
y
medio.
Que
comencé
a
tocar
este
instrumento
y
que
he
vuelto
nuevamente
a
las
tarimas.
O
sea,
yo
tengo
una
alegría
y
una
tranquilidad,
¿no?,
que
ese
aparatico
me
permitió
volver
a
sentirme
nuevamente
músico.
Hasta
hace
poco,
Álvaro
fue
capaz
de
volver
a
oír
sus
grabaciones
de
la
época
antes
de
enfermarse.
Me
impacta
mucho.
Yo
cuando…
cuando
grababa
decía:
«Me
quedó
bonito,
pero
no”.
Y
ahora
que
escucho
mis
grabaciones
yo
digo:
«Ufff,
tremendo
saxofonista
ese.
Qué
bonito
sonaba».
Un
día
decidió
volver
a
sacar
el
saxo
metálico
porque
lo
tenía
guardado
desde
que
lo
dejó
de
tocar.
Lo
armó
y
lo
puso
en
su
estudio.
Y
cuando
lo
ve…
Ya
no
me
produce
tristeza.
El
saxo
electrónico
me
ayudó
a
salir
de
esa
pena.
Cuando
me
vi
con
él
a
principios
de
este
año,
2018,
me
contó
que
otro
especialista
español,
Jordi
Albert,
lo
está
tratando.
Es
músico
y
también
tuvo
el
desorden.
Él
no
le
receta
medicamentos
ni
le
hace
fisioterapia.
Lo
que
hace
es
que
le
da
clases
para
que
aprenda
a
tocar
el
saxo
de
una
mejor
manera,
con
técnicas
más
adecuadas.
Es
como
un
entrenador
con
un
deportista.
Hablé
con
Jordi
por
videollamada
para
saber
cómo
va
Álvaro.
Han
pasado
pocos
meses
de
tratamiento
y
la
distancia
lo
dificulta
un
poco,
pero
se
comunican
constantemente
y
Jordi
le
manda
ejercicios
diarios.
Se
vieron
una
vez
en
Colombia
en
octubre
del
2017,
pero
la
idea
es
que
puedan
verse
más
a
menudo.
Ahora
está
volviendo
a
estudiar
y
lo
que
observamos
básicamente
es
que
podría
volver
a
tocar
el
saxofón.
Pero,
claro,
volver
a
tocar
no
es
lo
único.
¿Sabes?
Hay
que
seguir,
hay
que
tocar
y
montarse
en
un
escenario
y
tocar
una
canción,
eso
es
la
recuperación
real.
Y
depende
en
gran
parte
del
empeño
que
Álvaro
le
ponga
al
tratamiento.
Cuando
lo
entrevisté
en
su
casa,
me
atreví
a
hacerle
una
petición.
Le
pregunté
si
se
animaba
a
tocar
el
saxofón
metálico
enfrente
mío.
Llevaba
6
años
sin
hacerlo
delante
de
otras
personas
que
no
fueran
su
familia
o
sus
terapeutas.
Dudó
un
poco
pero
terminó
aceptando.
Empezó
a
lavar
la
boquilla…
Este
lo
volví
a
sacar
ahorita,
sí.
Hasta
hace…
Hasta
en
noviembre.
Yo
lo
tenía
guardado.
Con
este
yo
aprendí,
con
este
fue
que
yo,
digamos,
yo
soy
tenorista,
realmente.
Este
es
mi
saxofón,
el
tenor.
Humedeció
la
caña
y
se
paró
frente
a
un
espejo.
Arrancó
a
tocar
“Take
Five”,
la
misma
canción
que
tocó
20
años
atrás
en
el
bar
del
hotel.
Eso
es
un
desastre
para
mí.
Lo
que…
Lo
que
suena
en
cuanto
a
nivel
interpretativo
es
un
fracaso.
Pero
lo
que
yo
estoy
logrando
en
este
momento
es
maravilloso.
Álvaro
paró
un
momento…
Esto
que
acaba
de
pasar,
por
ejemplo,
es
de
una
intimidad
absoluta.
Porque
el
que
no
entienda,
o
el
que
coja
tarde
la
noticia
dice:
«Uy,
qué
es
eso
tan
horrible,
quién
está
tocando
este
instrumento»
Pero
sabiendo
todo
lo
que
le
ha
pasado,
para
fue
increíble
escuchar
esas
notas
improvisadas,
chuecas
y
esforzadas.
Es
como
si
fueran
las
primeras
palabras
de
un
bebé
que
está
aprendiendo
hablar.
Y
así
se
siente
Álvaro:
Este
es
el
nuevo
saxofonista
que
apenas
está
naciendo.
Porque
el
saxofonista
que
tocó
del
21
de
diciembre
del
2012
no
existe.
Esta
es
una
nueva…
un
nuevo
camino
de
mi
vida.
Este
es
el
nuevo
saxofonista
que
yo
quiero
volver
a…
a
que
aparezca
en
mi
ser.
¿Cuándo?
No
sé.
Ojalá
sea
pronto.
Es
imposible
saber
en
cuánto
tiempo
Álvaro
volverá
a
tocar
su
saxo
metálico.
Cuando
publicamos
esta
historia
todavía
seguía
con
su
tratamiento.
Hoy
en
día
tiene
una
fundación
que
busca
ayudar
a
músicos
colombianos
con
este
desorden.
Amparo
le
ayuda
en
esta
tarea
y
sus
objetivos
son
grandes:
aparte
de
incluirlo
en
la
lista
de
enfermedades
profesionales
de
los
músicos
en
el
país,
esperan
crear
un
centro
de
investigación
y
tratamiento
para
este
tipo
de
trastornos.
Las
canciones
de
saxo
en
este
episodio
son
grabaciones
del
propio
Álvaro.
David
Trujillo
es
productor
de
Radio
Ambulante,
vive
en
Bogotá.
Esta
historia
fue
editada
por
Camila
Segura
y
por
mí.
El
diseño
de
sonido
es
de
Andrés
Azpiri.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Jorge
Caraballo,
Patrick
Mosley,
Laura
Pérez,
Ana
Prieto,
Barbara
Sawhill,
Ryan
Sweikert,
Luis
Trelles,
Elsa
Liliana
Ulloa,
Luis
Fernando
Vargas
y
Silvia
Viñas.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
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más
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Radio
Ambulante
y
sobre
esta
historia
en
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página
web:
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9502192
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Repito:
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9502192.
Jorge
me
asegura
que
no
hay
nada
de
spam,
pero
te
mantendremos
al
tanto
del
nuevo
episodio
y
podrás
grabar
mensajes
de
voz,
con
comentarios,
críticas,
quejas,
preguntas…
Y
saludos
al
equipo.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
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Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Y este es…. Mi querido Alvarito, Quinteto Clinton, me encanta verlos allá….Alvarito. Álvaro Rodríguez, el director musical de este talk show colombiano. Álvaro es un hombre altísimo, de un 1,93 m. Y además de dirigir la orquesta, de hacer los arreglos para los cantantes y escoger el repertorio musical, era el saxofonista. Estaba cumpliendo su sueño, la verdad. Lo que siempre quiso hacer. Pero… Una noche del 2010, estaban empezando a grabar… Ahí es cuando digo: 5,4,3,2,1… Tantan tarapa papán. La primera nota tenía que sonar, y la primera nota hizo: “pufff”. Sonó el viento afuera, y yo ahí mismo paré la banda. Álvaro no entendía qué pasaba. Llevaba casi 20 años tocando el saxofón y lo hacía muy bien. Pensó que era el instrumento el que fallaba, aunque en el fondo sabía que algo muy raro le estaba pasando… Ahí comienza la pesadilla de mi vida. En ese instante. Nuestro productor David Trujillo nos sigue contando. Devolvámonos en el tiempo, hacia mediados de los años 60. Álvaro nació por esa época, y desde que tiene memoria siempre hubo música a su alrededor. Su abuela y las hermanas de ella tocaban guitarra y cantaban, y sus tíos tocaban saxofón, fagot, acordeón, trombón… Su abuela le empezó a dar clases de guitarra cuando tenía 3 o 4 años. Y ya a esa edad… Prefería quedarme estudiando con mi abuela un pasillo que estar yo seguramente por ahí montando en bicicleta. Sus tíos también le enseñaban música, y en los 70s crearon una orquesta tropical muy famosa en Colombia: Los Black Stars. La orquesta ensayaba en un estudio que había en la casa del abuelo de Álvaro… Así que yo me metía 3 horas y me deleitaba viendo el baterista, los saxos, los teclados, los cantantes… Y yo crecí escuchando también esa música tropical. A los 7 años su papá lo empezó a llevar a clases de música en el conservatorio. Su mamá lo veía como un gran pasatiempo, una actividad para los ratos libres. Por eso, cuando estaba en el colegio… Yo quería participar en el coro de la misa, en la banda de rock, en el conjunto vallenato… En lo que fuera música, yo estaba siempre dispuesto. Incluso se acuerda del primer concierto que dio. Tenía 10 años. Fue para 1.000 alumnos del colegio, yo cantando una canción al estilo country de un vaquero famosísimo que se llamó Pecos Bill. Y Pecos Bill me imagino que él también tenía sus sueños, y yo tenía el sueño desenfrenado de ser artista. Ya de adolescente estaba totalmente obsesionado con la música. No le gustaba nada más. No era muy bueno en matemáticas, ni en literatura, ni en química, pero era un gran músico. Se adaptaba a un nuevo instrumento de manera casi natural. Y siempre estaba buscando escenarios donde tocar: podía ser la tarima de un teatro o la sala de la casa de algún amigo. Y lo invitaban todo el tiempo a ser parte de bandas. Álvaro tenía un gran futuro como músico. Pero cuando tenía 18 años y estaba a punto de graduarse del colegio… Mi mamá me dijo: «Bueno, mi amor, entonces, ¿tú qué vas a estudiar finalmente’». Y yo le dije a mi mamá, no, pues, decidido, le dije: «Música en la Nacional». La respuesta de su mamá fue un silencio absoluto. Y también una llamada a un primo psicólogo para que intentara convencerlo de no estudiar eso. Para ese momento su papá ya se había muerto. Y aunque él sí lo motivaba a dedicarse a la música, con su mamá era diferente. Yo sentía que le daba un poco de temor que mi talento me llevara en esa época a dedicarme a la música. Porque, claro, en esa época, la música se relacionaba con la fiesta, el alcohol, la bohemia… No es que a su mamá no le gustara que él cantara o tocara instrumentos. Pero para ella la música debía ser más un hobbie que una carrera. Ella esperaba que su hijo fuera un profesional… Seguramente de corbata o de las profesiones que normalmente lo llevaban seguramente a uno al éxito. La mamá de Álvaro simplemente le prohibió estudiar música pero lo consoló con un regalo. A los 18 años me llegó mi… mi sueño dorado: el saxofón. Era el instrumento que más le gustaba. Su papá siempre ponía a Bob Fleming, un saxofonista famoso, durante los almuerzos familiares de los domingos. Y Álvaro había aprendido a tocar el instrumento con sus tíos. Le encantaba el sonido grave del saxo. Álvaro terminó estudiando comunicación social. Su idea era mezclar la publicidad con la música y hacer jingles, canciones publicitarias. Pero cuando se graduó, se dio cuenta de que este era un gremio tremendamente cerrado, y era muy difícil competir contra agencias de publicidad que tenían la tecnología para grabar. Vendí varios jingles y todo, pero… pero finalmente terminé frustrando otra profesión, otra situación con mi música. Necesitaba una estabilidad económica, así que tuvo que buscar otros trabajos… Pero mira que yo digo que yo siempre anduve con mis sueños en el baúl del carro. Porque siempre estaba mi saxofón y mi guitarra en el carro. A mediados de los 80s entró a trabajar a Caracol Televisión, una de las programadoras más importantes del país. Ahí vendía pauta publicitaria, pero en realidad quería ser el productor musical: poder escoger la música de los programas, componer las canciones de las telenovelas… Para eso tenía un plan: como siempre tenía sus instrumentos en el carro, entonces podía tocar en todas las celebraciones y darse a conocer. Por el cumpleaños de mi jefe, porque iba a hacer la reunión de fin de año, porque cualquier cosa… Y funcionó. Y allá llegó el chisme a presidencia: que Alvarito, el comercial, tocaba el saxo y además la guitarra. Una tarde, el presidente de Caracol le pidió que fuera a verlo inmediatamente y que llevara sus instrumentos. Álvaro estaba ilusionadísimo. Pensaba que le iba a pedir que musicalizara una novela o que hiciera un par de jingles. Pero lo que le dijo su jefe no tenía nada que ver con su trabajo o una nueva posición. Le pidió que tocara en una fiesta con otros directivos y clientes de la empresa. O sea, mi aspiración de productor no pasó más que de ser un buen animador de esos tipo trío y de guitarra porque pa’ todas las fiestas me llamaban. Y en eso se quedó. Pero a Álvaro realmente no le molestó. Siguió trabajando en lo suyo y siguió yendo a todas las celebraciones de la presidencia. Y no le pagaban….. Pues iba gratis. Compartía un par de whiskys y tocaba, porque yo lo quería era cantar y tocar mi saxofón. Y eso, en parte, lo hacía feliz. Aunque, claro, en el fondo había un vacío. Cada sueño que yo iba construyendo musical, se iba desvaneciendo. A mediados de los 90 empezó a trabajar dirigiendo hoteles en Bogotá. En esa época conoció a Claudia Algarra, su esposa, con quien tuvo dos hijos. Así que por esa época, entonces, terminé muy bien. Mi mamá yo creo que estaba orgullosa y feliz. Y tenía un gerente de corbata. Ya no cargaba los instrumentos en el baúl del viejo Zastaba. Ahora los cargaba en el baúl de una camioneta más bonita. Y en medio de todo, Álvaro disfrutaba lo que hacía: viajaba mucho y ganaba bien. Hasta que un día, cuando tenía 33 años, tuvo una reunión de trabajo con sus jefes del hotel para mostrar los resultados del mes. Todo fue positivo, así que cuando terminaron el jefe lo invitó a celebrar en el bar. Esa noche iba a haber un show de saxo y jazz que Álvaro había contratado. Parecía que todo iba a salir de maravilla, pero… Llegó el pianista, el bajista, el baterista, y no llegaba el saxofonista a las noches de saxo y jazz. Arrancaron a tocar los 3, pero el saxofonista nada que aparecía, y ya se notaba el descontento de los clientes. Entonces el jefe empezó a presionar a Álvaro, a preguntarle cómo resolvían el asunto. Cuando menos pensé, estaba yo temblando sacando mi saxofón del carro acompañado del botones y del pianista. Y le dije: «Venga, ayúdeme a salir de esta, y voy a tocar 3 o 4 canciones para”… más para mamarle gallo a mis jefes porque, pues, por una bobada de esas no me iban a echar. Todo fue muy rápido. A los pocos minutos estaba subido en la tarima con los otros músicos y contando para empezar a tocar: 3,2,1… ”Take Five”, de Dave Brubeck. Un clásico del jazz. Álvaro se sentía tocando en el Blue Note, un famoso club de jazz en Nueva York donde se presentan los mejores. Yo cerré los ojos y eso era increíble, pero yo me sentía… Además, el grupo sonaba como si hubiéramos ensayado muchas veces. El bar se empezó a llenar. Sus compañeros de trabajo corrieron a verlo y los huéspedes estaban encantados. Álvaro se sentía un artista en pleno escenario. Y ese día se me descuadró a mí toda mi cabeza. Ese día concreté el sueño de que yo me debería dar una oportunidad de ser músico. Así que poco después creó una pequeña empresa y empezó a ofrecer sus servicios musicales de orquesta tropical, trío de saxofones, show de jazz, para todo tipo de eventos: cocteles, matrimonios, comidas… No dejó el trabajo que tenía en el hotel. Pero él y su saxofón eran cada vez más pedidos. Duró un año haciendo las dos cosas. Hasta que finalmente… Renuncié a toda esa vida hotelera. Sin mente y sin dolor, con toda. Estaba, por fin, dedicándose a la música. Y sí, era exitoso como lo quiso su mamá. En el 2002, lo contrataron para presentarse en una reunión privada. Ese día Álvaro llegó corriendo porque se le había hecho tarde. Vio que había muchos guardaespaldas en el lugar, pero por el afán ni se fijó en las otras personas que había. A los 20 minutos de estar tocando se le acercó un señor de bigotico y le dijo que estaba fascinado con su saxofón, que si podía darle una tarjeta. Álvaro quedó boquiabierto cuando se dio cuenta de quién era… Ese fue el encuentro, nada más y nada menos, con el Presidente de la República del momento, el doctor Andrés Pastrana. Pastrana lo felicitó por el show. A las pocas semanas lo llamó para contarle que en los próximos días se iba a organizar una cena especial en Cartagena. El invitado especial sería Bill Clinton, el expresidente de Estados Unidos, que iba a dar una conferencia a empresarios del país. Pastrana conocía a Clinton, sus gustos musicales, y sabía que tocaba el saxofón. Lo que quería Pastrana no era que Álvaro simplemente amenizara la cena. Sino tocar temas para que en algún momento de esa cena lográramos persuadir a Clinton y el presidente tocara una canción. Con un saxo que le iban a regalar. Álvaro aceptó sin dudarlo. Well, thank you for coming to welcome us. I’m delighted to be here with Queen Noor and the other Americans at this important conference that begins tomorrow… Lo citaron en Cartagena y esa noche, Álvaro empezó a tocar. Clinton estaba encantado. Después de un rato el presidente se levantó de la mesa y lo abrazó. Entonces Álvaro le entregó el saxofón y una boquilla… Y él humedece la caña, y es el signo verídico del saxofonista que va a tocar. Se subieron los dos a la tarima y empezaron con “Summertime”. Con el primer tema fue suficiente para que se desbaratara todo el protocolo y se vinieran frente a la tarima como si se estuviera presentando cualquier artista internacional. Las palmas, los gritos, el «otro, otro, otro». Eso me dio a mí un reconocimiento y una fama impresionante. Ese fue el destape de mi carrera duro. Ese fue el cañón que me disparó. Porque, claro, la foto de los dos salió en los periódicos y las revistas más importantes de Colombia. Empezaron los conciertos. Un concierto con la magia de la interpretación del saxo de Álvaro Rodríguez… Las entrevistas… Para nosotros, un placer recibir a Álvaro Rodríguez con su saxofón… Álvaro Rodríguez con su Saxo Banda Show… Hasta entró al estudio, y grabó 5 discos, incluyendo uno dirigido y producido por Armando Manzanero, el cantante y compositor mexicano con quien también dio un concierto en Bogotá. Álvaro sentía que estaba en medio del sueño que siempre había querido. Porque es que uno, mientras que ha buscado toda la vida ser músico y que eso no se haya podido dar, y que usted haya visto a todos los grandes y que usted quería soñar y verse como algún grande de esos algún día, y de un momento a otro dejar toda su profesión y a los 2 o 3 años comenzar a vivir este tipo de experiencias… pues eran experiencias muy difíciles de poder explicar. En el 2010 lo contrataron como director musical del programa de José Gabriel, del que hablamos al principio. Era uno de los talk shows más importantes de la televisión colombiana. Ahí Álvaro dirigía la orquesta, componía todas las cortinillas musicales, tocaba el saxofón. Grababan cada semana y tenía que tener preparado un repertorio para cada invitado. Dividía su tiempo entre grabar los episodios y seguir yendo a los eventos para los que lo contraban. Era pesado: a veces tocaba el saxofón por más de 10 horas al día. A finales de ese primer año, anunciaron que el programa saldría del aire porque el presentador se iba del país. Cuando estaban grabando uno de los últimos episodios del programa… Ahí es cuando digo: 5,4,3,2,1… Tantan parapan papán. La primera nota tenía que sonar, y la primera nota hizo: pfff. Sonó el viento afuera, y yo ahí mismo paré la banda. Y yo dije: «Qué es tan raro”. La gente de producción le preguntó que qué pasaba. No se dieron cuenta ustedes, pero mis primeras notas no sonaron, hay un desajuste en el saxo. “Listo, Alvarito, tranquilo”. Hágale, cuente otra vez y entra José Gabriel. 1, 2, 3… me concentré, pum, arrancó pero ahí quedó que algo había pasado raro. Durante el descanso de la grabación, Álvaro salió a llamar a su otorrino. Unos años antes, había tenido una parálisis del lado izquierdo de su cara. Había sido un virus que no le dejaba tocar bien el saxo. No fue algo grave… el médico le dio unas pastillas y lo mandó a unas terapias faciales para recuperar la movilidad de los músculos. En un mes pudo volver a tocar el saxofón. Entonces pensó que le estaba volviendo a dar lo mismo y se lo dijo al médico. Pero él le respondió… «Álvaro, miremos bien qué es lo que tienes, porque no hay riesgo de que un tema viral de esa categoría, te repita. Así que yo te espero aquí urgente en mi consultorio para que evaluemos el tema». Y Álvaro quedó helado. Una pausa y volvemos. ¡Hola! Soy Guy Raz. Y yo soy Mindy Thomas! Y juntos te traemos Wow in the World. El podcast de NPR para familias. Cada semana exploramos un nuevo e increíble descubrimiento científico. ¡También montamos un pájaro! También montamos un pájaro. Encuentra Wow in the World en Apple Podcast o donde escuches tus podcasts. Cuando Cici conoció al nuevo inquilino de su madre, jamás sospechó que sería reemplazado como hijo. O que su reemplazo podría tener motivos siniestros. Esta semana, Invisibilia mira las cosas que no decimos a nuestros seres queridos y a los malentendidos a los que puede llevar. Encuéntralo en NPR One o donde escuches tus podcasts. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa estábamos con Álvaro, que ya estaba pensando que lo que le pasaba podría ser serio. Muy serio. Aquí David Trujillo. Los exámenes que le hizo el otorrino salieron bien. Álvaro no estaba perdiendo la fuerza en los músculos de la cara. Sin embargo, en los siguientes dos meses empezó a notar que ya no podía hacer melodías tan complejas como antes. Y eso no era todo: lo mismo le pasó con las ligaduras y con los efectos de sonido. Todo lo que él dominaba por su experiencia musical se le estaba perdiendo. Y ahí comienza esa pesadilla, una pesadilla sin fin, porque del otorrino pasé al neumólogo, a ver si había alguna falla respiratoria. Pero los exámenes de los pulmones también estaban bien. Lo mismo pasó con los exámenes neurológicos. Todo normal. No sentía dolor. Podía hablar, masticar, besar, soplar. No entendía qué pasaba, pero tocar el saxofón era cada vez más difícil. Y en cada presentación… Mi mente diciéndome: «Desafinado. Horrible. Estás tocando inmundo. No hizo el La. No hizo el Si. No pudo llegar a la nota. Quedó por debajo». Es una criticadera mía contra mí mismo, mi oreja contra mis sentimientos. Era un sufrimiento constante. Era una tortura ya tocar, era una tortura permanente. “¡No pude!; ¡uy, no llegué!; ¡uy, qué horror!; ¡uy, qué vergüenza la gente!; ¡uy, no!”. Solo le contó a su familia lo que pasaba. Pero los músicos que lo acompañaban se empezaron a dar cuenta. Álvaro se inventaba cualquier excusa. En ese momento, reconocerlo no era una opción. Porque reconocerlo es ponerse un cuchillo uno y acabar con su vida musical. «Estoy enfermo y no puedo tocar». Intentaba improvisar. Los músicos seguían sin saber qué le pasaba, pero le ayudaban un poco a disimular los errores, a seguir la melodía. En una de las presentaciones, el pianista le dijo que se le estaban abriendo los labios. Álvaro no se había dado cuenta, entonces fue al baño, se paró frente al espejo y empezó a tocar el saxo. Y fue en el momento cuando yo detecté que.. que había movimientos involuntarios. Los labios se abrían y por ahí se estaba saliendo el aire. Trató de ponerse cintas de cirugía transparentes pegadas alrededor de la boca a ver si eso ayudaba. Pero nada… Comencé a tocar como habla un tartamudo, con todo el respeto de las personas que tienen esa limitación física, y es que no pueden completar las frases, o que en algún momento de su frase quedan en el silencio porque pierden el aire. Eso pasaba. Yo arrancaba una frase musical y no sabía en qué momento me iba a quedar en silencio. Iba a consultas con expertos internacionales que llegaban a Colombia, pagaba tratamientos alternativos… El dinero que yo invertía en buscar mi recuperación era absurdo. Tú lo que necesitas realmente es una respuesta. Si tú sabes qué es lo que te pasa, tú puedes tomar decisiones. Pero si esto es un misterio, ningún músico, ningún médico, ni juntas médicas, nadie se atrevía a dar nada. Le daba pánico cada vez que iba a tocar. Entró en depresión. Dos años en los que me despertaba llorando porque había soñado que estaba tocando el saxofón. El saxofón no lo desarmaba porque yo decía: «Mañana me suena, uh, eso mañana tiene que funcionarme». Porque si tú sentías tu boca normal y todo lo demás normal, tú guardabas la esperanza. Pero no solo era la tristeza de ir perdiendo la capacidad de tocar su instrumento. También estaba perdiendo su profesión. Con el saxo traía la plata a la casa, la comida. Se le venía encima un problema económico gravísimo. En diciembre del 2012, Álvaro aceptó presentarse en una cena de Navidad con pocas personas. Iba a tocar villancicos lentos, que no le exigían mucho. Pero en medio del show, alguien le pidió una canción mucho más exigente. Álvaro respiró profundo. Y yo arranqué a tocarlo, hermano, y esos labios se abrían. Y no sonaba, y eso terminé yo sudando, porque yo sudaba ya en frío. Ya el desespero, la… el ver que todo lo que yo había en 20 años contruido estaba completamente desbaratado, sin tener una causa. Terminó la presentación. Álvaro agradeció a los invitados, se despidió y guardó el saxofón. Antes de subirse al carro, llamó a Claudia, su esposa y su socia en la empresa: Me dice: “Hasta hoy trabajo. No vuelvo a tocar en un solo evento. Yo no puedo seguir, estoy desesperado”. Parte de nuestra vida sentimental estaba enfocada en la música, en mis serenatas, en todo lo que yo… Uno con la música, pues Ave María, pues expresa muchos sentimientos. Horrible. Lloraba, tenía pesadillas. Muchas lágrimas… Muchas, muchas, muchas. Y era el dolor porque finalmente, si tu esposa te ha visto triunfar… La música ha sido su vida, eso ha sido su pasión. Y cada vez tocaba menos, y menos, y menos. Ya era muy notorio. Y el saxofón se le volvió como un perro bravo. Que cuando tú pasas por una casa y a ti sale el perro y te ladra, tú cada vez que pasas por esa casa ya pasas con cuidado y miras con miedo. Entonces eso le pasaba a Álvaro con el instrumento: él lo miraba, pero lo miraba con miedo porque sabía que si lo cogía no iba a poder tocarlo, no iba a poder interpretarlo. Y le dije a mi señora: «Mira, aquí está tu esposo, el papá de tus hijos, el trabajador, el luchador, el socio. Pero el saxofonista se murió. Hoy». Yo le di mucho apoyo a él. Yo soy mucho más tranquila, manejo el estrés tal vez de otra manera. Yo nunca le dije que él tenía que seguir tocando, yo nunca le recriminé el haber… el haber dejado el saxo de lado. No, nunca, nunca… Era como el curso de la vida que teníamos que… que seguir. Yo me monté en el carro llorando y… y arranqué mi duelo, y acepté mi duelo. Álvaro empezó a contarle a sus amigos lo que le pasaba. Seguía con su empresa de presentaciones musicales, pero ahora ofrecía el servicio de otro saxofonista. A veces los clientes aceptaban, otras no. Unos días después de haber tenido su última presentación, recibió una llamada de un amigo. Le contó que había una mujer en la Orquesta Filarmónica de Bogotá que tal vez podría ayudarlo. Álvaro la contactó. Entonces me llama Alvarito y me dice que quiere que lo… que lo ayude. Entonces yo le digo: “Venga a la orquesta y traiga el saxofón”. Amparo Mosquera fue la primera mujer en ser primer trombón en la Filarmónica. Toda la vida había tocado el instrumento en orquestas populares y de música clásica. Pero en 2006, cuando tenía 44 años y estaba en la mitad de su carrera, le pasó lo mismo que a Álvaro. O sea, ya no… no te sale ni el Re, ni el Mi, ni el Do, ni el Si… Nada, no te salen esas notas. Yo ya no dominaba el trombón. Amparo tenía que soportar las críticas de sus compañeros y de sus jefes de la Filarmónica porque creían que no estaba estudiando lo suficiente. Le daba pánico tocar y empezó a sufrir de ansiedad, porque tenía miedo de que la sacaran de la orquesta. Pero Amparo sabía que su problema no era por falta de estudio. Tenía que haber otra explicación. Entonces yo dije: “No, para mi conocimiento y para no quedar en la ignorancia quiero investigar qué es lo que me está pasando”. Buscó en Internet “Músico enfermo”. Salieron enlaces a investigadores y centros médicos que se dedicaban a ayudar a los músicos. A Amparo le sorprendió porque en Colombia nunca ha existido algo así. Entonces se contactó con ellos. Les habló de su caso, les contó los síntomas y les envió videos de su boca tocando el trombón. El diagnóstico fue casi inmediato. Desorden muscular específico distónico. O distonía focal de tarea específica. Amparo se puso a estudiar. Se trata del movimiento involuntario de los músculos específicos a la interpretación de un instrumento. O sea, a quien toca piano se le puede levantar uno de los dedos, o al que toca violín el brazo se le va en otra dirección. Lo más curioso es que solo se presenta cuando se va a tocar el instrumento. El desorden de Amparo, por ejemplo, estaba en su boca: se le abrían los labios sin que ella lo notara, pero solo cuando tocaba el trombón. Si bien es un problema neuromotriz, las causas no están muy claras todavía. Amparo reunió toda esa información y la organizó en una especie de libro que le entregó a sus jefes de la Filarmónica. Y así fue de la única forma que yo aprendí a defenderme de que no me echaran de la orquesta. De que los médicos la ayudaran a certificar que tenía una enfermedad profesional. Una que no estaba incluída en la lista de riesgos laborales de los músicos en Colombia. Y fue así como la reubicaron en una posición administrativa, pero no perdió su trabajo. Amparo compartió lo que había aprendido con sus compañeros de la Filarmónica. Ahí se enteró que dos colegas también tenían la enfermedad. Ella no podía ofrecerles un tratamiento, pero al menos sí darles una respuesta de lo que les pasaba. La gente cercana se dio cuenta de sus investigaciones, y la empezaron a contactar con conocidos que estaban teniendo síntomas. Así conoció a Álvaro, por un amigo en común. Cuando se vieron en la Filarmónica, Amparo se dio cuenta de lo notorio que era el problema de Álvaro y de lo deprimido que estaba. Yo ya llevaba como 6 años de investigación entonces, entonces ya podía hablar muy tranquila, no llorando los dos al tiempo [ríe]. Entonces ya lo tranquilizo emocionalmente, porque eso no es el fin del mundo. Porque existen tratamientos. No en Colombia, pero sí en otros países como España, por ejemplo. Para Álvaro saber esto, fue un alivio enorme. Tenía al menos algo de esperanza. Y así, apenas pudo, viajó a España. Allá lo vio un especialista: un músico que se ha dedicado a estudiar médicamente este problema. Empezó a hacerle fisioterapia en los músculos de la cara para disminuir la tensión y, lo más importante, un tratamiento psicológico para dejar el miedo, las inseguridades. Porque finalmente lo que… lo que pasa es que uno tiene que hacer un… un cierre total y hacer un… un reaprendizaje, volver casi que de ceros. Hay varios detonantes del desorden. Puede ser por una técnica dañina que se volvió un hábito y terminó afectando el músculo; también el estrés, trabajar bajo presión y el exceso de práctica, como en el caso de Álvaro; o incluso un impacto emocional como la muerte de un ser querido o un accidente de tráfico. Álvaro estuvo un mes en España hasta que ya no pudo pagar más. El tratamiento costaba unos $1.000 por semana y era imposible saber cuánto iba a durar. Entonces volvió a su país, decepcionado. De saber que en Colombia realmente no hay ningún especialista aún que conozca este tema. Pero ya no estaba deprimido. Cuando uno entiende qué pasa con una distonía, uno comienza a ver la música diferente. Ya sabía que no podía tocar su saxo hasta tener un tratamiento. Así que empezó a buscar opciones para sentirse músico otra vez. Encontró que había un saxofón electrónico que funcionaba como una especie de sintetizador de viento pero que se tocaba con el mismo movimiento de los dedos. Es largo como un clarinete, tiene la misma embocadura de un saxofón, pero se sopla. No tiene la fuerza que uno exige para tocar la caña del instrumento metálico. En Colombia no lo vendían, así que lo compró en Estados Unidos. Estaba muy emocionado. Hacía 3 años no tocaba. Y llegué a mi casa, una noche, 8 de la noche, y armé el saxofón. Y mis hijos salieron felices y mi esposa. Y yo comencé a sonarlo. “Pero te suena bien, pa. Suena parecidísimo. Parece el saxo tuyo». “Sí, yo sé que sí, muchachos». Y a los 10 minutos me estaban temblando los labios y las notas que estaba haciendo con ese saxofón, se estaban perdiendo. Y otra vez la frustración. Le pidió a su esposa que le pusiera los dedos en la comisura de los labios: si los sostenía, no se abrían. Ahora tenía que encontrar la forma para hacerle presión a la boca. Todos se fueron a dormir, y Álvaro empezó a buscar en toda su casa hasta que encontró una plantilla ortopédica, una especie de soporte que se usa en los pies cuando duelen. Como esta plantilla tiene una forma curva donde se apoyan los talones, Álvaro se dio cuenta de que también se ajustaba perfecto a la forma de la cara. Entonces lo puse, perforé un hueco en la mitad, por ahí metí el instrumento y con algo muy… muy… muy… muy rústico que fue el círculo de donde se pone el esparadrapo y unas clavijitas, puse 2 cauchos. Parecía como si tuviera una máscara de oxígeno, pero no importaba. Con esa presión en la boca, pudo mantener las notas largas. Así que como a la 1 de la mañana, 2 de la mañana de esa noche, comencé a tocar “Bésame mucho”. Mis hijos se pararon y mi señora: “¡Ay, está tocando, está tocando!». Esa máscara que se inventó Álvaro la mejoró un amigo odontólogo y terminó siendo más discreta. Eso fue hace 2 años y medio. Que comencé a tocar este instrumento y que he vuelto nuevamente a las tarimas. O sea, yo tengo una alegría y una tranquilidad, ¿no?, que ese aparatico me permitió volver a sentirme nuevamente músico. Hasta hace poco, Álvaro fue capaz de volver a oír sus grabaciones de la época antes de enfermarse. Me impacta mucho. Yo cuando… cuando grababa decía: «Me quedó bonito, pero no”. Y ahora que escucho mis grabaciones yo digo: «Ufff, tremendo saxofonista ese. Qué bonito sonaba». Un día decidió volver a sacar el saxo metálico porque lo tenía guardado desde que lo dejó de tocar. Lo armó y lo puso en su estudio. Y cuando lo ve… Ya no me produce tristeza. El saxo electrónico me ayudó a salir de esa pena. Cuando me vi con él a principios de este año, 2018, me contó que otro especialista español, Jordi Albert, lo está tratando. Es músico y también tuvo el desorden. Él no le receta medicamentos ni le hace fisioterapia. Lo que hace es que le da clases para que aprenda a tocar el saxo de una mejor manera, con técnicas más adecuadas. Es como un entrenador con un deportista. Hablé con Jordi por videollamada para saber cómo va Álvaro. Han pasado pocos meses de tratamiento y la distancia lo dificulta un poco, pero se comunican constantemente y Jordi le manda ejercicios diarios. Se vieron una vez en Colombia en octubre del 2017, pero la idea es que puedan verse más a menudo. Ahora está volviendo a estudiar y lo que observamos básicamente es que podría volver a tocar el saxofón. Pero, claro, volver a tocar no es lo único. ¿Sabes? Hay que seguir, hay que tocar y montarse en un escenario y tocar una canción, eso es la recuperación real. Y depende en gran parte del empeño que Álvaro le ponga al tratamiento. Cuando lo entrevisté en su casa, me atreví a hacerle una petición. Le pregunté si se animaba a tocar el saxofón metálico enfrente mío. Llevaba 6 años sin hacerlo delante de otras personas que no fueran su familia o sus terapeutas. Dudó un poco pero terminó aceptando. Empezó a lavar la boquilla… Este lo volví a sacar ahorita, sí. Hasta hace… Hasta en noviembre. Yo lo tenía guardado. Con este yo aprendí, con este fue que yo, digamos, yo soy tenorista, realmente. Este es mi saxofón, el tenor. Humedeció la caña y se paró frente a un espejo. Arrancó a tocar “Take Five”, la misma canción que tocó 20 años atrás en el bar del hotel. Eso es un desastre para mí. Lo que… Lo que suena en cuanto a nivel interpretativo es un fracaso. Pero lo que yo estoy logrando en este momento es maravilloso. Álvaro paró un momento… Esto que acaba de pasar, por ejemplo, es de una intimidad absoluta. Porque el que no entienda, o el que coja tarde la noticia dice: «Uy, qué es eso tan horrible, quién está tocando este instrumento» Pero sabiendo todo lo que le ha pasado, para mí fue increíble escuchar esas notas improvisadas, chuecas y esforzadas. Es como si fueran las primeras palabras de un bebé que está aprendiendo hablar. Y así se siente Álvaro: Este es el nuevo saxofonista que apenas está naciendo. Porque el saxofonista que tocó del 21 de diciembre del 2012 no existe. Esta es una nueva… un nuevo camino de mi vida. Este es el nuevo saxofonista que yo quiero volver a… a que aparezca en mi ser. ¿Cuándo? No sé. Ojalá sea pronto. Es imposible saber en cuánto tiempo Álvaro volverá a tocar su saxo metálico. Cuando publicamos esta historia todavía seguía con su tratamiento. Hoy en día tiene una fundación que busca ayudar a músicos colombianos con este desorden. Amparo le ayuda en esta tarea y sus objetivos son grandes: aparte de incluirlo en la lista de enfermedades profesionales de los músicos en el país, esperan crear un centro de investigación y tratamiento para este tipo de trastornos. Las canciones de saxo en este episodio son grabaciones del propio Álvaro. David Trujillo es productor de Radio Ambulante, vive en Bogotá. Esta historia fue editada por Camila Segura y por mí. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Jorge Caraballo, Patrick Mosley, Laura Pérez, Ana Prieto, Barbara Sawhill, Ryan Sweikert, Luis Trelles, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas y Silvia Viñas. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Conoce más sobre Radio Ambulante y sobre esta historia en nuestra página web: radioambulante.org. Y únete a nuestro Club de Podcast, un grupo privado en Facebook donde discutimos sobre el episodio de la semana con otros oyentes y miembros de nuestro equipo. Búscanos como: Club de Podcast Radio Ambulante. Otra manera de comunicarte con nosotros es a través de nuestra lista de WhatsApp, envía un mensaje al número +57 322 9502192 y quedas conectado. Repito: +57 322 9502192. Jorge me asegura que no hay nada de spam, pero te mantendremos al tanto del nuevo episodio y podrás grabar mensajes de voz, con comentarios, críticas, quejas, preguntas… Y saludos … al equipo. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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