logo
Listen Language Learn
thumb

Radio Ambulante - El gran maestro

-
+
15
30

En el tablero no hay ningún rival pequeño.

Cada tanto, Luis Wong se metía a aprender cosas nuevas: había tomado clases de tenis con señoras francesas de 70 años, lecciones de chino mandarín... pero nada impactaría en su vida como esas clases con uno de los mejores ajedrecistas peruanos de todos los tiempos.

♥ Radio Ambulante es posible gracias a nuestra comunidad. Únete a Deambulantes, nuestro programa de membresías, antes de fin de año y ayúdanos a garantizar la existencia y la sostenibilidad de nuestro periodismo independiente.

► Si no quieres perderte ningún episodio, suscríbete a nuestro boletín y recibe todos los martes un correo. Además, los viernes te enviaremos cinco recomendaciones inspiradoras del equipo para el fin de semana.

► ¿Nos escuchas para mejorar tu español? Tenemos algo extra para ti: nuestra app Lupa, diseñada para estudiantes intermedios de la lengua que quieren aprender con nuestros episodios.

► En nuestro sitio web puedes encontrar una transcripción del episodio. Or you can also check this English translation.

Esto
es
Radio
Ambulante,
desde
NPR,
soy
Daniel
Alarcón.
Hoy
nos
vamos
para
Lima,
Perú.
Hola.
Sí,
Daniel.
Mi
nombre
es
Luis
Wong.
Tengo
34
años.
Estudié
ingeniería
y
ahora
me
dedico
principalmente
a
hacer
videojuegos.
Sobre
todo,
lo
que
tienen
que
saber
de
Luis
es
que
es
alguien
que
siempre
anda
buscando
aprender
algo
nuevo.
Yo
lo
conocí
hace
muchos
años
ya,
en
un
momento
de
su
vida
en
que
se
había
metido
a
probar
suerte
en
el
periodismo,
en
una
revista
peruana
llamada
Etiqueta
Negra.
Después
se
fue
a
Francia,
a
una
ciudad
pequeña
cuyo
nombre
no
voy
a
intentar
pronunciar,
pero
que
es,
según
me
cuentan,
como
La
Meca
de
los
cómics
y
la
animación
en
Europa.
Hizo
una
maestría
en
videojuegos,
pero
no
fue
lo
único
que
estudió.
También
aprendió
algo
de
tenis.
Había
una
canchita
al
lado
de
su
residencia,
y
un
día
se
acercó
a
preguntar
si
podía
tomar
clases.
El
entrenador
le
dijo
que
sí,
claro…
que
hasta
le
podían
prestar
una
raqueta.
Pero
había
un
detalle…
Y
me
dijo:
el
único
problema
es
que
quizás,
o
sea,
van
a
ser
señoras
de
más
de
70
años.
No
si
te
sientas
cómodo.
Yo
le
dije:
sí,
no
hay
problema.
Así
que
durante
los
siguientes
seis
o
siete
meses,
creo,
estuve
jugando
todos
los
viernes
a
las
6
de
la
tarde,
una
hora
y
media
de
tenis
con,
con
estas
señoras
de
más
de
70
años.
¿Y
cómo
te
iba?
O
sea,
al
principio,
bueno,
recién
estaba
empezando,
entonces
era
muy
malo.
No
podía
ni
siquiera
pasar
la
net.
Pero
ellas
eran
también
muy
cariñosas
y
me
daban
como
fuerzas
para
seguir,
¿no?
¿Te
hiciste
amigo
de
estas…
de
estas
señoras?
Sí,
hablamos
un
poquito
de…
pasteles,
básicamente.
Porque
las
señoras
traían
como
algunos
pasteles
franceses
para
comer
después
de
la
sesión
de
entrenamiento.
Nos
quedábamos
un
rato
comiendo,
llevaba
un
poco
de
vino.
Así
es
Luis:
nunca
le
ha
preocupado
ser…
diferente.
Puede
ser
un
ingeniero
en
medio
de
una
redacción
de
periodistas
o
el
que
habla
de
tortas
con
sus
amigas
francesas
de
70
años.
De
hecho,
luego
de
esa
experiencia
en
Francia,
se
fue
un
semestre
a
Guangzhou,
una
ciudad
grande
al
sur
de
China,
solo,
sin
hablar
una
palabra
del
idioma.
Iba
para
trabajar
en
una
empresa
de
tecnología
y
se
metió
a
clases
de
chino
mandarín
por
las
noches,
en
un
pequeño
puestito
entre
cientos
y
cientos
de
tiendas
de
repuestos
de
computadoras,
dentro
de
un
galpón
industrial.
Anotaba
palabras
en
su
teléfono,
las
memorizaba
y
se
las
arreglaba
como
podía.
Entonces,
básicamente
me
comunicaba,
bueno
trataba
de
comunicarme
en
inglés.
Y
si
no
hablaba
en
inglés,
me
comunicaba
con
señas
o
con
palabras
en
chino,
pero
muy
básicas
como
decir:
“Este,
este,
este
acá”,
cosas
así,
¿no?
Y
bueno,
tratando
de
sonreír
y
tratar
de
pasar
un
poco
por
inadvertido,
¿no?
Pero
hoy
no
vamos
a
hablar
de
tenis
ni
de
idiomas.
Lo
que
nos
interesa
es
la
última
obsesión
extracurricular
de
Luis.
Desde
hace
un
año,
me
contó,
está
metido
de
cabeza
en
el
mundo
del
ajedrez.
Empezó
a
jugar
online
y
de
ahí
se
metió
a
clases…
Y
consiguió
un
profesor
de
lujo:
nada
menos
que
Julio
Granda.
Campeón
mundial
de
ajedrez
infantil
a
principios
de
los
80,
y
campeón
mundial
senior
hace
cinco
años.
El
tercer
peruano
en
lograr
el
título
de
Gran
Maestro.
Uno
de
los
mejores
ajedrecistas
peruanos
y
latinoamericanos
de
todos
los
tiempos.
Le
comenté
esto
a
unos
amigos
que
viven
fuera
de
Perú
y
me
dijeron:
“Bueno,
tienes
una
clase
con
un
Gran
Maestro,
¿no?”
Una
cosa
que
no
es
tan
común
en
cualquier
otro
lado.
¿O
sea,
sentiste
como
orgullo?
Sí.
Sí.
Sentí
muchísimo
orgullo
de
estar
en
clases
con
un
gran
maestro.
Para
dejarlo
claro,
llegar
a
Gran
Maestro
es
la
categoría
y
honor
máximo
para
un
jugador
de
ajedrez.
Es
un
título
vitalicio
que
logran
muy
pocos
jugadores.
En
todo
el
mundo,
los
jugadores
que
lo
han
logrado
no
llegan
a
ser
dos
mil
en
total.
A
Luis,
que
había
empezado
a
jugar
partidas
durante
la
pandemia
en
una
página
web,
le
sorprendió
que
una
leyenda
del
ajedrez
lo
aceptara
en
su
academia.
Era
un
privilegio:
él
estaba
enamorado
del
juego,
pero
era
un
principiante.
De
todas
formas,
no
quiso
preguntar
mucho.
Y
me
dijeron:
“Ok,
pásanos
tu
perfil
de
chess.com”.
Se
los
pasé,
me
dijeron:
“Ok,
vamos
a
ponerte
con
el
grupo
adecuado
para
tu
nivel.
Empiezas
el
jueves”.
Yo
les
dije:
“Excelente”.
Ese
jueves
a
las
6
de
la
tarde,
luego
de
terminar
su
jornada
en
la
empresa
de
videojuegos
donde
trabaja,
Luis
estaba
ansioso,
esperando.
Lo
metieron
a
un
grupo
de
WhatsApp.
Y
me
puse
a
ver
los
integrantes.
Tú,
tú,
ahí
chismoseando,
de
chismoso,
te
pones
a
mirar
las
fotos
de
tus
nuevos
compañeros.
Así
es.
Claro,
para
saber
quiénes
eran.
Y
normal,
era
gente
como
tú.
Siií,
nos
pasan
un
link
por
el
grupo
de
whatsapp,
le
hago
click,
entro,
configuro
mi
cámara
y
el
micro,
era
una
sesión
de
de
Google
Meet.
Me
saluda
el
profesor
y
ahí
aparecen
todos
los
niños.
[
Todos
los
niños.
Sus
compañeros,
los
hijitos
de
los
del
WhatsApp.
Y
eran
seis,
siete
niños.
Niños
chiquitos
aparte,
o
sea,
no
de
12
años…
niños
chiquitos.
Algunos
niños
ni
siquiera
llegaban
a
la
cámara.
dime
en
ese
momento,
¿qué
sentiste?
Por
un
lado,
fue
como
sorpresa
de:
“¿Qué
es
esto?”
De
ahí
sentí:
“¡Qué
ternura!”
Y
de
ahí
dije:
“Bueno,
tiene
algo
de
sentido,
¿no?”
Porque
claro…
él
era
un
novato
¿Y
te
miraron
raro
los
niños?
No,
no
me
miraron
raro.
Y
de
hecho
luego,
luego
descubrí
por
qué,
¿no?
Y
es
porque,
porque
todos
pensaban
que
tenía
15
años.
Estabas
bien
afeitadito.
Sí,
sí,
sí,
sí.
Eso
me
dijeron
sus
papás.
Y
los
niños
también.
Lo
que
no
sabía
Luis
es
que
esa
primera
clase
en
realidad
no
era
una
clase,
era
el
torneo
de
fin
de
mes.
Y
esos
niños
tampoco
eran
tan
principiantes.
Y
su
educación
de
ajedrez
y
de
humildad
estaba
a
punto
de
comenzar.
Una
pausa
y
volvemos.
Este
mensaje
viene
del
patrocinador
de
NPR,
Squarespace.
Destaca
en
cualquier
bandeja
de
entrada
con
las
campañas
por
correo
electrónico
de
Squarespace.
Recopila
suscriptores
y
conviértelos
en
clientes
leales.
Comienza
con
una
plantilla
de
correo
electrónico
y
personalízala
aplicando
los
elementos
de
tu
marca,
como
los
colores
y
el
logotipo
de
tu
sitio.
Los
análisis
integrados
miden
el
impacto
de
cada
envío.
Visita
Squarespace.com/NPR
para
obtener
una
prueba
gratuita,
y
luego
usa
el
código
NPR
para
ahorrar
10
por
ciento
en
la
compra
de
tu
primer
sitio
web
o
dominio.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante,
soy
Daniel
Alarcón.
Luis
nos
sigue
contando.
La
primera
sorpresa
fue
saber
que
mis
compañeros
eran
niños.
La
segunda,
que
estábamos
por
empezar
un
torneo.
Lo
hacían
a
final
de
cada
mes,
y
al
terminar
se
anunciaba
el
ránking
con
las
posiciones.
Yo
miraba
al
Gran
Maestro
y
a
los
siete
niños,
pero
me
parecía
que
ellos
no
a
mí:
ya
estaban
en
la
página
web
del
torneo,
donde
todos
veríamos
las
partidas.
No
sabía
si
era
un
error
que
estuviera
ahí,
pero
a
nadie
parecía
importarle
mucho
mi
presencia.
Era
un
poco
raro…
y
divertido.
Si
me
hubieran
dicho
que
en
mi
primera
clase
con
el
Gran
Maestro
Julio
Granda
iba
a
enfrentarme
a
sus
siete
discípulos
en
un
torneo,
me
hubiera
asustado.
Tal
vez
ni
siquiera
hubiera
entrado.
Pero
ahora
pensaba:
“Bueno,
son
niños,
no
creo
que
me
vaya
mal,
¿no?”
Y
tenía
razón:
no
me
fue
mal.
Me
fue
HORRIBLE.
Los
niños
iban
pasando
y
me
ganaban
con
una
facilidad
casi
ridícula.
Como
si
yo
supiera
mover
las
piezas,
pero
alguien
se
hubiera
olvidado
de
explicarme
un
par
de
reglas
del
juego.
Hubo
una
sola
niña
a
la
que
le
gané,
pero
solo
porque
se
le
acabó
el
tiempo
máximo
para
hacer
sus
movimientos.
Quizás
se
le
había
desconectado
el
internet…
no
sé,
pero
fue
una
victoria
dudosa.
Los
demás
me
destruyeron
sin
piedad,
uno
tras
otro.
La
que
recuerdo
con
claridad
es
la
partida
contra
Mariano.
Era
el
único
niño
con
la
cámara
apagada
y,
por
un
momento
pensé
que
le
iba
a
ganar.
Le
había
comido
muchas
piezas,
pero
en
un
descuido
me
atacó
con
su
torre
y
paf,
jaque
mate.
Recuerdo,
sobre
todo,
sus
gritos
eufóricos,
decía
que
yo
le
llevaba
más
de
20
puntos
de
ventaja
y
que
me
había
ganado.
Los
otros
niños
le
preguntaban:
“¿A
quién,
a
quién?
Sentí
mucha
vergüenza
cuando
escuché
que
un
niño
dijo:
“Acá
dice
que
se
llama
Luis
Wong”.
Desde
ese
momento
todos
me
empezaron
a
decir
así,
con
nombre
y
apellido:
Luis
Wong.
Muy
buenas
tardes,
Luis
Wong.
Buenas
tardes,
Luis
Wong.
Salí
de
esa
primera
sesión
derrotadísimo.
En
la
sala
estaba
mi
esposa,
Denisse,
viendo
televisión.
Me
acerqué
a
contarle
lo
que
había
pasado
en
esa
primera
hora
con
mis
rivales,
y
mientras
le
contaba,
me
daba
cuenta
de
lo
absurdo
que
era.
Me
acuerdo
que
saliste
de
tu
clase
y
me
empezaste
a
contar
riéndote,
que
llegaste
y
de
pronto
era
un
campeonato
y
había
muchos
niños
y
que
quedaste
último.
Y
yo
te
dije:
¿Qué
fue?
¿Cómo
vas
a
quedar
último?
Ella
me
dijo
que
igual
no
le
parecía
tan
raro
que
tuviera
clases
con
niños.
Que
yo
era,
un
poco
como
un
niño:
curioso,
competitivo.
Ella
lo
es
todavía
más:
odia
perder
hasta
cuando
jugamos
entre
nosotros
juegos
de
mesa.
A
mi
esposa
le
daba
risa
y
a
también,
aunque
otra
sensación
ya
empezaba
a
crecer:
quería
revancha.
Recuerdo
que
en
esos
días
me
empecé
a
obsesionar
con
los
videos
de
ajedrez
en
YouTube:
aperturas,
jaque
mates,
errores
comunes.
Bajé
libros
de
internet,
incluso
me
suscribí
al
plan
premium
de
una
app
para
que
una
computadora
analizara
todas
mis
partidas.
Mi
esposa
miraba
con
asombro
mi
nueva
obsesión.
Cada
vez
que
tenemos
un
minuto
libre
o
esta…,
yo,
estamos
viendo
una
serie
y
de
pronto
pierdes
interés
en
la
serie,
te
pones
a
jugar
chess.com,
lo
cual
a
veces
causa
fricciones
entre
nosotros.
Aunque
me
dedico
a
crear
juegos
—y
hasta
alguna
vez
diseñé
un
juego
de
mesa
que
se
vendió
en
Perú—
nunca
había
logrado
ser
bueno
en
el
ajedrez.
Al
menos
no
como
mi
hermano
David,
que
tiene
13
años
más
que
yo.
De
niño
yo
vivía
con
mis
papás
en
un
departamento
en
Lima
y
él
venía
a
visitarnos.
Por
esos
años
no
tenía
tantos
amigos
y
cuando
venía
David
nos
quedábamos
jugando
videojuegos
durante
horas.
Un
día
llegó
con
un
tablero
y
me
mostró
las
piezas
por
primera
vez:
los
caballos,
los
alfiles,
las
torres,
la
reina,
el
rey.
Me
emocioné
mucho
cuando
dijo
que
iba
a
enseñarme
a
jugar
ajedrez.
Aunque
esa
alegría
también
traería
frustración:
lo
intentaría
decenas
de
veces,
pero
nunca
podría
ganarle.
Ni
una
vez.
Y
lo
recuerdo
porque
de
niño
no
toleraba
perder
en
nada.
Era
muy
competitivo,
sobre
todo
en
el
colegio.
Me
importaba
mucho
ser
el
mejor
de
la
clase.
Mi
colegio
era
muy
tradicional,
de
esos
que
se
jactan
de
sus
exalumnos
más
destacados,
políticos
o
empresarios;
y
esa
competencia
ya
te
la
metían
desde
muy
chico.
Recuerdo
que
en
tercer
grado
recibí
una
carta
de
un
compañero
sin
nombre,
que
decía:
“Sé
quién
eres…
Este
año
te
voy
a
ganar”.
Otro
me
dijo
que
su
mamá
le
iba
a
regalar
un
perro
si
lograba
tener
mejor
promedio
que
yo.
Y
yo,
que
ya
entonces
usaba
anteojos
y
era
el
estereotipo
del
niñito
nerd,
sentía
que
todos
en
mi
entorno
esperaban
que
fuera
el
mejor
y
eso
me
daba
angustia:
creía
que
si
tenía
una
mala
nota
me
volvería
una
decepción
para
todos.
Quizás
por
eso,
pienso
ahora,
era
tan
fanático
de
los
videojuegos:
porque
en
esos
mundos
paralelos
los
errores
estaban
permitidos,
eran
parte
del
juego.
Si
te
equivocabas,
solo
empezabas
de
nuevo
y
ya.
Con
los
años,
fui
dejando
poco
a
poco
esa
competitividad
y
quedándome
con
el
amor
por
esos
otros
mundos:
primero
empecé
a
escribir
sobre
videojuegos
y
después
a
crearlos.
Al
ajedrez
no
volví
hasta
que
llegó
la
pandemia
y
con
ella
la
serie
Gambito
de
Dama.
Entonces,
empecé
a
jugar
online
y
ya
saben
lo
que
vino
después:
tal
como
mi
hermano
David
hace
tantos
años,
un
grupo
de
niños
me
destrozó
en
un
torneo
que
ni
siquiera
sabía
que
íbamos
a
tener.
El
jueves
siguiente
volví
a
conectarme
a
la
clase,
y
el
Gran
Maestro
empezó
a
hablar:
Bueno,
Luis
se
acaba
de
conectar
justo
a
las
6
de
la
tarde
en
mi
computadora
y
vamos
a
dar
solo
un
minutito
de
tolerancia
por
si
alguien
más
se
conecta.
Ahí
estaban
todos
los
niños
que
me
habían
ganado
una
semana
antes.
Vamos
a
hacer
un
repaso
de
las
partidas
que
se
jugó,
importantísimo
siempre
para
revisar
los
errores
más
notorios,
¿no?
Me
preparé
para
las
burlas.
Pero
cuando
llegamos
a
mi
derrota
contra
Mariano,
el
chico
al
que
le
había
sacado
20
puntos
de
ventaja,
el
Gran
Maestro
explicó
mis
errores
con
mucha
calma.
Pero
claro
si
llevamos
el
caballo
ahí,
nos
comen
un
peón
central,
sacamos
la
dama,
que
no
conviene
sacarla,
y
ahora
muy
bien
Luis
que
aprovecha
aquí,
defiende
el
caballo,
amenaza
el
alfil…
Cuando
terminamos
la
revisión
ya
me
sentía
más
tranquilo,
y
empecé
a
asistir
todos
los
jueves
a
las
clases.
El
Gran
Maestro
nos
planteaba
problemas
en
un
tablero
virtual,
ubicando
las
piezas
en
distintas
situaciones,
y
lanzábamos
nuestras
mejores
ideas
para
resolverlos.
Las
mías
solían
estar
mal,
claro,
y
en
esas
primeras
clases
siempre
me
corregía
una
niñita
de
trenzas,
Safrys.
Era
una
de
las
que
más
participaba
en
las
clases.
No
por
qué,
pero
le
hacía
muchísimas
preguntas
sobre
geografía
al
Gran
Maestro,
y
a
veces
nos
contaba
de
los
torneos
en
los
que
competía:
una
semana
había
viajado
a
jugar
en
Cusco,
otra
a
Ecuador.
Y
solía
volver
con
medallas.
Me
parecía
una
niña
muy
dulce,
pero
cuando
nos
enfrentábamos,
era
despiadada.
Yo
la
miraba
de
reojo
y
su
concentración
me
llegaba
a
dar
un
poco
de
susto…
Un
día
el
Gran
Maestro
compartió
una
publicación
del
Instagram
que
le
manejaban
a
Safrys
sus
padres.
Me
metí
y
la
vi
en
Machu
Picchu,
posando
con
un
tablero
de
ajedrez.
En
una
escuela,
enseñando
a
otros
niños
a
mover
las
piezas.
En
un
lago,
recitando
el
poema
Ajedrez,
de
Borges.
En
su
grave
rincón
los
jugadores
rigen
las
lentas
piezas.
Adentro,
irradian
mágicos
rigores
las
formas:
torre
homérica,
ligero
caballo,
armada
reina,
rey
postrero,
oblicuo
alfil
y
peones
agresores.
Tenue
rey,
sesgo
alfil,
encarnizada
reina:
sobre
lo
negro
y
blanco
del
camino
buscan
y
libran
su
batalla
armada.
Pensé
que
si
algún
día
quería
ganarle
a
Safrys
y
a
los
demás
niños,
tenía
que
conocerlos
un
poco
más.
Preguntarles
cómo
practicaban,
qué
libros
de
ajedrez
leían,
qué
estrategias
usaban.
Así
que
le
escribí
a
su
mamá,
me
presenté
y
le
dije
que
era
un
compañero
de
clase
de
su
hija.
Ella,
que
es
bióloga
molecular,
me
dijo
que
estaba
muy
orgullosa
de
sus
logros,
y
que
Safrys
le
había
hablado
de
mí.
Yo
le
conté
que
me
ganaba
sin
despeinarse.
Le
dio
gracia
que
quisiera
derrotar
a
su
hijita
y
quedamos
de
hacer
un
zoom
los
tres.
Mi
nombre
es
Safrys
Valenzuela
Reynoso.
Tengo
siete
años.
Safrys
me
contó
que
le
encantaba
la
geografía,
la
historia
y
leer
todo
tipo
de
libros.
En
el
escritorio
se
veían
algunos,
y
le
pregunté
por
sus
favoritos.
Moby
Dick,
la
biografía
de
Ana
Frank,
El
diario
de
Ana
Frank
y
Cien
años
de
soledad,
La
Hojarasca.
Moby
Dick,
El
Diario
de
Ana
Frank,
Cien
años
de
Soledad,
La
Hojarasca.
Wooooow.
Si
yo
de
niño
hubiera
tenido
a
Safrys
en
mi
salón,
quizás
yo
le
hubiera
mandado
esa
nota:
“Sé
quién
eres.
Este
año
te
voy
a
ganar”.
Aunque
no
lo
hubiera
logrado,
por
supuesto.
Quería
saber
cuándo
aprendió
a
jugar
ajedrez,
y
asumí
que
me
iba
a
decir
que
casi
al
mismo
tiempo
que
aprendió
a
hablar
o
algo
por
el
estilo,
pero
su
respuesta
me
cayó
como
un
baldazo
de
agua
fría.
Me
dijo
que
había
empezado
solo
unos
meses
antes
de
que
nos
conociéramos.
De
hecho,
había
aprendido
a
mover
las
piezas
en
las
clases.
No
podía
creer
que
ya
jugara
tan
bien.
Le
pregunté
cuál
era
su
apertura
favorita.
En
ajedrez,
las
aperturas
son
las
primeras
jugadas
que
haces,
las
que
te
posicionan
en
el
tablero.
Han
sido
estudiadas
por
siglos
y
hay
algunas
que
ya
son
clásicas,
como
la
apertura
española
o
la
italiana.
De
inmediato
pensé
que
Safrys
debía
conocerlas
todas
y,
por
eso,
me
ganaba
como
si
nada.
Seguramente
porque
eso
mismo
era
lo
que
yo
intentaba:
memorizar
patrones
de
tutoriales
de
YouTube.
Pero
me
dijo
que
no,
que
no
utilizaba
ninguna
apertura
de
memoria.
Que
simplemente
jugaba
respetando
siempre
los
principios
del
ajedrez.
Los
principios
del
ajedrez
son
dominar
el
centro,
desarrollar
piezas,
enrocar
y
desarrollar
la
torre
y
luego
ya
la
dama.
Dominar
el
centro,
desarrollar
las
piezas,
enrocar
la
torre
y
luego
ya
la
dama…
Es
un
juego
que
llevas
a
tu
ejército
hasta
hasta
mate,
rey.
Y
eres
el
responsable
de
lo
que
pase
con
tu
ejército.
Eso
era
lo
que
más
le
gustaba:
que
el
futuro
de
su
ejército
estuviera
en
sus
manos.
El
mío
no
debe
estar
muy
contento
con
cómo
los
hago
sufrir,
pero,
de
todas
formas,
Safrys
me
dijo
que
ya
estaba
mejorando
mucho.
Del
uno
al
diez,
con
generosidad,
le
puso
a
mi
juego
un
nivel
cuatro.
Al
menos
no
estaba
en
el
nivel
uno…
En
los
días
siguientes,
me
quedé
pensando
en
lo
que
me
dijo
Safrys
sobre
los
principios
del
ajedrez
y
usar
la
imaginación,
en
vez
de
memorizar
jugadas
como
una
fórmula
para
el
éxito.
Y
me
dieron
ganas
de
contactar
a
mi
hermano
David,
a
ver
si
él
podía
ayudarme
un
poco.
Se
acordaba
tanto
como
yo
de
nuestras
tardes
jugando
juntos
cuando
éramos
niños.
Y
era
muy
bonito.
Además,
éramos
y
yo
y…
Teníamos
que…
que
divertirnos
haciendo
algo,
¿no?
En
esa
época
David
era
el
segundo
mejor
jugador
de
su
colegio.
Y
no
de
cualquier
colegio,
sino
de
uno
ruso,
donde
tenían
ajedrez
como
materia
deportiva
desde
la
secundaria.
Tenía
un
profesor
que
era
Maestro
Internacional
y
yo
entonces
me
lo
imaginaba
como
esos
rusos
de
las
películas
de
Hollywood,
entrenado
desde
los
cinco
años
para
destrozar
a
sus
rivales.
David
estuvo
cerca
de
a
ser
un
Maestro,
un
par
de
categorías
más
abajo
que
Gran
Maestro,
pero
nunca
lo
logró.
No
le
importaba
tanto
ser
el
mejor,
solo
quería
divertirse
jugando.
Le
conté
a
mi
hermano
que
me
había
metido
a
clases
y
que
mis
compañeros
tenían
la
edad
de
Gonzalo,
mi
sobrino.
Él
me
contó
que
hace
poco
Gonzalo,
que
también
está
en
clases
de
ajedrez,
había
jugado
contra
un
señor
mayor
en
un
centro
comercial.
Jaja,
y
había
en
el
piso
esos
ajedrez
enormes
y
empezó
a
jugar,
pero
el
señor
era
una
persona
mayor
que
no
tenía
piedad
de
mi
hijo,
que
tenía
siete
años,
ocho
años.
Así
que
mi
hermano
le
empezó
a
soplar
qué
piezas
mover.
Oye,
el
señor
se
metió
una
picada
cuando
ya
le
iban
a
hacer
el
mate.
Uy
cha
e!
Con
toda
la
gente
alrededor,
oye.
“Señor,
no
se
pique,
no
se
pique,
no
se
pique”…
ya.
Que
no
se
enojara.
Entonces
mi
hermano
tuvo
un
momento
de
compasión,
y
le
dijo
a
mi
sobrino
que
le
diera
las
tablas,
que
en
ajedrez
es
ofrecerle
al
rival
un
empate.Bueno,
ya
le
dije
a
Gonzalo:
“Dale
las
tablas”,
porque
uno
tiene
que
darle
las
tablas
cuando…
por
respeto,
pues,
¿no?
Ya
el
señor
que…
un
chico
de
ocho
años
dándole
las
tablas…
Qué
vergüenza
que
te
empate
un
niño,
¿no?
Le
conté
que
a
me
pasaba
lo
mismo
con
los
niños
de
mi
clase.
Solo
que
peor.
No
me
daban
las
tablas,
sino
que
me
ganaban
todos.
Oye,
¿pero
le
vas
con
todo
o
los
dejas
ganar?
Porque
imagino
que
tienes
tu
corazoncito
y
dices:
“Oye,
no
le
voy
a
ganaaar,
pues…
se
van
a
frustrar,
¿no?”
Ah
no,
yo
trato
de
ganarles.
Yo
los
dejaría
ganar,
por
ejemplo.
O
sea,
yo
no
puedo
ganarles.
¡Eso
es
lo
que
pasa!
Mi
hermano
se
reía
al
otro
lado
del
teléfono.
Pensaría
que
siempre
fui
muy
malo
para
el
ajedrez
y,
simplemente,
los
años
no
me
habían
cambiado.
Cuando
les
conté
a
mis
papás,
la
reacción
fue
la
misma.
Este
es
mi
papá:
¡Qué
roche!
¿No
te
da
vergüenza
que
te
gane
una
niñita
de
seis
años?
Mi
mamá,
al
menos,
no
cayó
en
el
bullying,
sino
que
trató
de
consolarme.
Me
dijo
que
los
niños
aprenden
más
rápido.
Mis
amigos
me
decían
que
era
como
el
capítulo
de
Seinfeld
en
que
Kramer
se
inscribe
en
karate
y
le
toca
luchar
con
niños
de
ocho
años.
Como
están
en
el
mismo
nivel,
le
parece
justo
y
lo
único
que
quiere
es
ganarles.
Y
no
estaban
tan
lejos
de
la
verdad…
entre
tantas
risas
de
todo
el
mundo,
mis
ganas
de
ganarle
a
estos
niños
eran
cada
vez
más
grandes.
Era
un
poco
como
haber
vuelto
al
colegio,
cuando
la
vida
era
una
competencia
por
ser
el
mejor
sin
un
propósito
claro.
Aunque
al
menos
ya
estaba
progresando:
empecé
a
resolver
bien
algunos
problemas
en
clases,
y
hubieran
visto
mi
emoción
al
ganar
mis
primeras
partidas
en
a
los
niños
menos
avanzados.
Con
un
poco
más
de
confianza,
un
día
me
quedé
conversando
con
el
Gran
Maestro.
Lo
más
importante,
me
dijo,
era
entender
los
tres
conceptos
esenciales,
los
que
definen
toda
estrategia:
desarrollo,
tiempo
y
espacio.
¿Parece
muy
fácil,
no?
Pero
aplicar
eso,
que
es
tan
lógico,
toma
su
tiempo
y
hay
que
insistir
en
ello,
aplicarlo.
Y
bueno,
de
aquí
a
algún
tiempo,
si
uno
ya
logra
dominar
eso,
ya
vas
a
dar
un
paso
importante
como
para
entender
de
pronto
conceptos
más
avanzados.
Me
recordó
un
poco
a
las
cosas
que
me
dijo
Safrys,
a
quien
seguía
sin
poder
ganarle.
Pero
la
dinámica
de
la
clase
había
cambiado:
había
otro
niño
que
también
la
rompía
en
los
torneos,
y
peleaba
con
Safrys
el
segundo
puesto.
Segundo
puesto,
porque
claro,
el
ganador
siempre
era
el
Gran
Maestro.
Este
niño
a
me
ganaba
con
una
facilidad
que
me
llegaba
a
dar
pudor.
De
todos,
pronto
fue
el
que
me
empezó
a
dar
más
curiosidad.
Quizás
porque
me
recordaba
a
cuando
tenía
su
edad:
parecía
muy
metido
en
su
propio
mundo
de
fantasía,
usaba
unas
gafas
azules
enormes,
y
para
Navidad
se
conectaba
con
un
gorrito
de
ayudante
de
Papá
Noel.
Quería
ganarle
al
menos
una
vez,
pero
cada
vez
que
jugábamos
era
peor.
A
veces
trataba
de
hacerme
el
mate
pastor,
ganarme
con
solo
cuatro
jugadas.
Y
después
de
ganarme,
siempre
me
decía:
Buena
partida.
Un
día,
después
de
pedirle
permiso
a
su
mamá,
lo
llamé.
Quería
saber
si
vivía
el
ajedrez
igual
que
Safrys,
si
tenía
otro
tipo
de
entrenamiento,
otras
claves.
Mi
compañero
contestó
el
teléfono
y
se
presentó
con
naturalidad.
Mi
nombre
es
Nicolás
Garrido.
Tengo
nueve
años.
Estoy
en
4.º
grado.
Voy
a
pasar
a
4.º
grado.
Y
mi
curso
favorito
es
la
matemática.
De
inmediato,
empezó
a
contarme,
en
detalle,
su
rutina
de
vacaciones.
Em.
En
la
mañana
a
veces
me
despierto
a
las
6
de
la
mañana
y
juego
tipo
hasta
las
11
o
10.
Luego
por
ahí
que
tengo
un
torneito
de
ajedrez.
Luego
ya
juego
mis
videojuegos
normales,
más
o
menos
lo
que
hace
la
generación
de
cristal.
Luego
paraba
un
poco
a
almorzar.
Vuelvo
a
jugar
ajedrez
un
ratito,
ahora
digamos
que
un
lapso
más
corto
como
de
una
hora
35
minutos,
por
ahí.
Ehhh,
vuelvo
a
jugar
videojuegos
30
o
dos
horas
de
jugar
videojuegos,
vuelvo
a
jugar
ajedrez.
Qué
triste
mi
rutina…
Y
luego
ya
ceno
normal
y
ya
me
voy
a
la
cama
bien
pero
que
bien
cansado
de
jugar
tanto
ajedrez
(se
ríe).
Me
dio
risa
que
dijera
“qué
triste
mi
rutina”.
¡Es
exactamente
la
rutina
que
yo
querría
tener!
Vacaciones,
ajedrez
y
videojuegos
todo
el
día.
Bueno,
Nico
me
contó
que,
a
veces,
hasta
cuando
no
juega,
es
como
si
estuviera
jugando.
A
veces
hago
partidas
en
mi
cabeza
que,
que
no
si
ya
me
volví
loco
de
la
cabeza.
No
si
soy
paranoico,
pero
bueno.
Escuchándolo,
empezaba
a
tener
una
idea
de
por
qué
nunca
le
había
ganado.
Nico
parecía
amar
el
ajedrez
más
que
nadie
que
hubiera
conocido.
Incluso
más
que
mi
hermano
cuando
éramos
niños.
Su
mamá
le
había
enseñado
a
jugar
a
los
cuatro
años,
y
de
inmediato,
se
puso
una
meta
muy
clara.
Y
muy
alta.
Yo
quisiera
ser
primero
Gran
Maestro
y
luego
campeón
mundial
de
ajedrez.
Nico
parecía
tan
competitivo
como
lo
era
yo
a
su
edad,
aunque
había
algo
en
su
ambición
que
parecía
más
genuina
que
la
mía,
más
parecida
a
un
sueño.
En
los
campeonatos,
a
algunos
niños
se
les
notaba
fastidiados
si
perdían,
pero
Nico
lo
vivía
de
forma…
distinta.
A
veces,
en
medio
de
una
partida,
se
enojaba
y
empezaba
a
echarle
la
culpa
a
los
“peones
cabezones”
—así
les
decía
a
los
que
no
lo
ayudaban
a
ganar—.
Pero
era
noble:
siempre
reconocía
cuando
había
sido
una
buena
partida,
ganara
o
perdiera
contra
quien
fuera.
Le
pregunté
si
creía
que
alguna
vez
yo
le
iba
a
poder
ganar,
esperando
que
me
dijera
que
no,
que
nunca
iba
a
ser
tan
bueno
como
él,
porque
él
iba
a
ser
el
mejor
del
mundo.
Pero
esa
no
parecía
ser
su
manera
de
ver
las
cosas.
que
algún
día
me
vas
a
ganar
porque
es
natural.
O
sea,
es
natural.
Según
Nico,
últimamente
le
costaba
bastante
más
ganarme,
aunque
yo
no
lo
notaba
mucho.
A
veces,
me
dijo,
pensaba
que
iba
a
tener
que
darme
el
empate,
y,
de
repente,
sin
saber
cómo,
ganaba.
Seguro
estaba
intentando
ser
amable.
En
su
momento,
Safrys
había
dicho
que
mi
juego
tenía
un
nivel
de
cuatro
en
una
escala
del
uno
al
diez.
Le
pregunté
a
Nico
en
qué
nivel
me
veía
ahora.
Te
doy
un
ocho.
Y
yo
creo
que
has
mejorado
muchísimo.
Poco
después
de
mi
conversación
con
Nico,
por
fin
me
fue
bien
en
un
torneo
y
salí
segundo,
solo
detrás
del
Gran
Maestro.
Y
voy
a
ser
sincero:
al
principio
se
lo
conté
a
todo
el
mundo
y
hasta
les
mandé
capturas
de
pantalla
del
podio.
Mi
nombre
debajo
de
uno
de
los
mejores
ajedrecistas
peruanos
de
la
historia.
Pero
yo
sabía
que
no
era
real.
Safrys
había
faltado
ese
día;
Nico
me
ganó,
como
siempre,
pero
perdió
inesperadamente
otras
de
sus
partidas;
a
otra
niña
se
le
había
desconectado
el
internet,
otros
habían
perdido
porque
se
habían
demorado
mucho
en
hacer
sus
jugadas.
Igual
estaba
contento,
pero
con
los
días
me
fue
quedando
un
sabor
agridulce.
Era
un
poco
ridículo
haber
presumido
de
ese
triunfo
ficticio,
así
que
decidí
que
en
el
próximo
torneo
tenía
que
lograr
un
triunfo
real.
No
sabía
cómo
lo
lograría,
pero
tenía
que
demostrarle
a
todos,
a
mis
papás,
a
mi
esposa,
a
mi
hermano,
al
Gran
Maestro,
a
los
otros
niños,
que
podía
ganar
en
el
ajedrez.
Que
podía,
por
una
vez,
darle
un
destino
de
gloria
a
mi
ejército.
Pero,
para
eso,
Luis
necesitaba
un
maestro
que
lo
entrenara
para
llegar
a
un
nuevo
nivel.
Uno
que
pensara
como
un
niño…
Uno
que
fuera
un
niño.
Una
pausa
y
volvemos.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante,
soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
pausa,
escuchamos
cómo
Luis
Wong,
un
peruano
de
34
años,
entró
a
clases
de
ajedrez
con
niños
de
entre
seis
y
nueve.
Y
se
frustró
por
no
poder
ganarles.
Así
que
buscaría
un
maestro
para
ganar
en
el
próximo
torneo.
Luis
nos
sigue
contando.
Era
una
idea
en
la
que
venía
pensando
desde
hace
unas
semanas,
cuando
la
mamá
de
Nico
me
dio
una
mala
noticia:
habían
decidido
que
Nico
iba
a
tener
que
dejar
las
clases
de
ajedrez
por
un
tiempo,
porque
el
colegio
iba
a
comenzar
y
el
dinero
no
daba
para
tanto.
Sin
él,
era
más
posible
ganar
un
torneo,
o
mejor
dicho,
salir
segundo,
que
es
como
ganar
si
estás
jugando
contra
un
Gran
Maestro.
Pero
sin
Nico
no
sería
igual.
Además,
ya
había
empezado
a
agarrarle
cariño.
Entonces
me
hizo
una
propuesta:
Que,
que
como
ya
tengo
mis
clases
hasta
el
10
de
marzo,
quisiera
saber
si…
si
luego
de
que
termine
mis
clases
y
a
veces
jugamos
los
jueves
o
cuando
quieras…
una
partida.
Me
dio
ternura:
quería
seguir
jugando,
aunque
fuera
solo
conmigo.
En
los
días
siguientes
me
quedé
pensando
en
eso,
y
se
me
ocurrió
una
idea:
¿y
si
le
pedía
que
se
convirtiera
en
mi
entrenador?
Como
lo
habían
sido
Rocky
Balboa
y
Apollo
Creed,
primero
grandes
rivales
y
luego
discípulo
y
maestro.
Estaba
seguro
de
que
la
idea
lo
iba
a
entusiasmar…
así
que
primero
se
lo
planteé
a
su
mamá.
Ya
habíamos
hablado
la
vez
anterior,
cuando
llamé
a
Nico
para
entrevistarlo.
Se
llama
Isabel,
y
me
contó
que
durante
la
pandemia
había
pasado
a
ser
ama
de
casa
para
estar
más
tiempo
con
sus
dos
hijos.
Cuando
la
llamé,
me
contó
algo
que
me
dejó
impresionado:
Nico,
a
sus
9
años,
era
parte
del
Consejo
de
Niños
de
la
Municipalidad
de
Lima.
Tenía
sesiones
con
el
alcalde,
y
le
había
hecho
una
propuesta
para
ayudar
a
madres
y
niños
víctimas
de
maltrato.
Y
me
contó
que
se
tomaba
muy
en
serio
los
torneos
de
ajedrez,
quizás
demasiado.
En
los
días
previos
se
ponía
bastante
nervioso
y
luego
revisaba
sus
partidas
y
las
de
sus
compañeros.
Sabe
que
su
hijo
quiere
ser
campeón
mundial
y
lo
apoya,
aunque
su
pasión
la
ha
hecho
pasar
por
algún
momento
incómodo.
La
primera
vez
que
quedó
en
segundo
lugar,
por
encima
incluso
de
Safrys,
que
es
una
capa,
este,
salió
corriendo,
pero
así
corriendo,
corriendo
a
buscarme,
a
decirme:
“Mamá,
mamá,
quedé
en
el
segundo
lugar.
Quedé
en
segundo
lugar
por
encima
de
Safrys”.
Y
estaba
él
emocionadísimo.
Tanto,
que
la
hizo
correr
a
que
viera
la
pantalla.
Y
yo
vine
corriendo
y
me
dijo:
“Ven,
ve,
mira”
Entonces
yo
me
acerqué
a
la
a
la
pantalla
a
ver
y
le
dije:
“Bien
hijito,
bien,
¿cómo
estás?
¿Y
qué
te
ha
dicho
el
Gran
Maestro,
no?”
Y
en
eso
nos
dimos
cuenta
de
que
la
cámara,
el
audio,
todo
estaba
prendido.
[Risas]
Y
nosotros:
“Qué
vergüenza,
pero
bueno”.
Se
notó
la
emoción.
Me
enteré
de
que
yo
también
solía
ponerlo
contento…
Cuando
te
ha
ganado,
ha
jugado
contigo
y
te
ha
ganado
él
se
ha
sentido,
la
verdad,
bastante
feliz.
Perdón,
perdón.
Pero
se
ha
sentido
feliz.
Gracias
al
ajedrez,
me
contó,
Nico
se
había
vuelto
más
analítico
y
había
ganado
confianza
para
hablar
en
público.
Me
sorprendió
que
dijera
eso:
cuando
habla
conmigo,
su
entusiasmo
y
sus
ganas
de
hablar
siempre
parecen
inagotables.
Le
pregunté
si
Nico
podía
ser
mi
maestro
y
me
dijo
que
ella
no
tenía
problema,
siempre
que
él
quisiera.
Me
pidió
que
lo
coordinara
con
él,
pero
que
tenía
que
ser
por
las
tardes,
una
vez
que
volviera
del
colegio.
Le
escribí
a
Nico
por
WhatsApp
y
aceptó
de
inmediato:
el
lunes
por
la
tarde
tendríamos
nuestro
primer
entrenamiento.
Quedaban
tres
semanas
para
el
torneo
de
fin
de
mes,
así
que
tenía
tiempo
para
prepararme.
Me
puse
a
leer
un
libro
de
una
leyenda
cubana
del
ajedrez
que
el
Gran
Maestro
solía
mencionar,
seguí
viendo
tutoriales
y
compitiendo
con
extraños
por
internet…
estaba
ansioso
porque
empezaran
mis
clases
con
Nico.
Hasta
que
llegó
el
día.
Nico
acababa
de
regresar
del
colegio
y
yo
había
logrado
salirme
del
trabajo
temprano.
Nos
conectamos
a
las
cinco
y
treinta
de
la
tarde.
Tenía
muchas
expectativas.
Nico
era
un
niño,
sí,
pero
no
dejaba
de
ser
un
jugador
extraordinario.
Primero
vamos
a
revisar
un
poco
el
temilla
de…
de
la
defensa
francesa,
y
luego
ya
si
quieres
jugamos
una
partida
y
la
analizamos.
La
defensa
francesa:
una
manera
de
disputar
el
centro
del
tablero,
jugando
con
las
piezas
negras,
desde
la
primera
jugada.
Me
dijo
que
íbamos
a
aprender
un
poco
de
teoría
y
haríamos
una
partida
de
práctica,
para
ver
si
lograba
captar
la
materia.
Se
notaba
que
se
lo
tomaba
muy
en
serio.
Yo
pensaba
en
lo
generoso
que
era:
hubiera
podido
estar
con
amigos,
haciendo
tareas
o
lo
que
sea…
y,
sin
embargo,
estaba
explicándole
cómo
jugar
ajedrez
a
un
adulto
que,
por
algún
motivo,
quería
ganar
un
torneo
a
un
grupo
de
niños.
Rápidamente,
me
empezó
a
enseñar
una
apertura.
Las
ideas
de
blanco
son
consolidar
su
centro
porque…
Nico
era
un
maestro
paciente
y
diría
que
hasta
inspiraba
autoridad.
Le
creía
todo
lo
que
me
decía.
En
esa
primera
clase,
me
enseñó
conceptos
teóricos
y
también
algunos
términos
utilizados
por
youtubers
de
ajedrez,
como
lo
de
los
“peones
cabezones”.
También
existían
los
“caballos
lechugueros”.
El
caballo
lechuguero
me
refiero
a
cuando
está
en
tierras
fértiles,
no
se
queda
en
su
lado,
pues,
en
su
tierra…
simplemente
va
a
conquistar
otras.
Al
final
de
la
clase,
jugamos
una
partida
que
duró
muy
poco.
Bueno,
en
realidad,
por
lo
demás,
no
has
jugado
tan
mal,
o
sea…
Tan
mal.
La
analizamos
un
poquito.
Después
de
cada
partida,
Nico
analizaba
todos
mis
errores,
metódicamente,
al
tiempo
que
me
daba
ánimos.
Siempre
remarcaba
mis
progresos
y
me
daba
confianza:
decía
que
pronto
le
iba
a
ganar
a
él
y
a
los
otros
niños.
Era
un
profesor
excelente…
parecía
como
si
hubiera
dado
lecciones
muchas
veces
antes,
y
me
daba
la
impresión
de
que
quería
que
me
enamorara
del
ajedrez
tanto
como
él.
Aunque
en
un
momento
me
confesó
que,
cuando
me
vio
llegar
a
la
clase,
su
primera
reacción
fue
la
que
hubiera
tenido
yo:
competitiva.
Primero
me
sentí
extraño.
O
sea,
cuando
prendes
tu
cámara
y
veo
un
adulto,
en
ese
momento
mi
cabeza
dijo:
“Despídete
Nicolás
de
tu
tercer
lugar,
porque
te
lo
van
a
quitar
e
incluso
Safrys
despídete
de
tu
segundo
lugar,
¡porque
te
lo
van
a
quitar!”
Bueno,
ya
sabemos
que
sus
miedos
eran
infundados…
y
ahora
la
idea
era
que
él
me
ayudara
a
a
ocupar
uno
de
esos
lugares.
Después
de
esa
primera
clase,
me
sentí
bastante
más
optimista.
Quedé
convencido
de
que
Nico
me
iba
a
ayudar
a
mirar
el
juego
como
lo
veía
él,
mucho
mejor
que
cualquier
tutorial.
Bueno,
muchas
gracias
por
tu
tiempo.
Nos
vemos
el
próximo
lunes
a
las
cinco
y
30.
Dale.
Eh…
buena
semana.
Nos
vemos.
Gracias,
Nicolás.
Buena
semana.
Toda
esa
semana
seguí
practicando
y
tratando
de
seguir
los
consejos
de
Nico.
En
la
segunda
sesión,
me
enseñó
formas
de
cerrar
una
partida
y
llegar
al
jaque
mate,
sobre
todo
cuando
ya
solo
te
quedan
el
rey
y
unos
cuantos
peones.
Me
explicaba
las
ideas
detrás
de
estos
movimientos
y
yo
trataba
de
mostrarme
atento,
como
un
alumno
que
busca
impresionar
a
su
maestro.
Finalmente,
llegó
la
tercera
y
última
clase
antes
del
torneo.
Me
sentía
un
poco
nervioso
por
el
torneo…
quizás
porque
estaba
grabando
este
episodio,
o
porque
Nico,
en
ese
punto,
tenía
mucha
confianza
en
mí.
Lo
que
menos
quería
era
decepcionarlo.
No
paraba
de
repetirme
que
confiaba
en
mi
esfuerzo.
Yo
creo
que
le
vas
a
ganar
a
Safrys
y
a
todos
los
de
la
clase
en
algún
momento
porque
veo
que
te
esfuerzas
un
montón.
En
esa
última
clase
hicimos
“repasito”,
como
dice
Nico:
revisamos
todas
las
jugadas
y
conceptos
que
me
enseñó,
y
al
final
terminamos
con
una
partida.
Me
la
tomé
muy
en
serio,
era
mi
última
práctica
antes
del
examen
final.
Y
pasó
lo
inesperado.
No
muy
bien
cómo,
pero
de
golpe,
me
di
cuenta
de
que
nos
empezamos
a
quedar
con
pocas
piezas…
y
yo
llevaba
la
delantera.
Tenía
un
par
de
peones
más,
y
los
dos
ya
habíamos
perdido
a
nuestra
reina.
Nico
se
defendía,
y
se
empezaba
a
demorar
mucho
en
cada
jugada,
raro
en
él…
como
si
cualquier
paso
en
falso
pudiera
ser
decisivo.
Yo
trataba
de
jugar
con
calma:
ya
me
había
pasado
antes
que,
por
ir
ganando,
perdía
la
concentración
y
lo
arruinaba.
Al
final
solo
nos
quedaban
unos
peones
y
el
rey:
justo
Nico
me
había
preparado
para
situaciones
como
estas,
a
cerrar
este
tipo
de
partidas.
Y
no
parecía
haber
marcha
atrás.
Mis
peones
estaban
mejor
colocados,
pero
me
costaba
convencerme:
pensaba
que
mi
maestro
tenía
un
as
bajo
la
manga…
hasta
que,
de
pronto,
apareció
el
mensaje
en
mi
pantalla.
Nico
se
rendía.
Entonces
me
dijo
por
la
llamada
de
Google
Meet:
Bien
jugado
Sí,
¿te
dejaste
ganar
o…?
No,
la
verdad
jugué
lo
mejor
que
pude.
Yo
siempre
juego
en
serio
porque
dejarse
vencer
es
una
acción
antideportiva.
Luego
de
meses,
de
jugar
una
decena
de
partidas,
al
fin
le
había
ganado
a
Nico.
Traté
de
estar
concentrado,
no
desesperarme.
Y
seguí
los
principios
del
ajedrez
que
me
enseñaron
Safrys
y
él:
sacar
mis
piezas,
dominar
el
centro,
enrocar
el
rey.
Este
triunfo
marcó
el
final
de
nuestras
clases.
Ten
un
lindo
fin
de
semana,
bueno,
toda
la
semana
que
te
vaya
muy
bien
ehh,
y
bueno,
nos
vemos,
bueno,
cuando
quieras.
Qué
te
vaya
muy
bien
en
el
torneo.
Sobre
todo,
esperaba
no
decepcionarlo.
Y
finalmente
llega
el
día
del
torneo.
Estoy
muy
nervioso.
Toda
la
semana
he
estado
pensando
en
eso.
Le
conté
a
mi
esposa,
a
mis
papás,
a
mis
amigos…
y
traté
de
terminar
mis
tareas
del
trabajo
para
jugar
unas
cuantas
partidas
de
calentamiento
antes
de
que
empiece.
Para
entonces,
ya
estoy
convencido
de
que
mi
victoria
sobre
Nico
ha
sido
pura
suerte.
No
me
puedo
confiar
ni
por
un
segundo.
Estoy
a
punto
de
conectarme,
cuando
me
llega
un
mensaje
de
voz.
Suerte,
que
te
vaya
muy
bien,
Luis
Wong.
Ehh,
seguro
que
vas
a
quedar
muy
bien,
top
2
o
top
3
en
el
podio.
Y
recuerda
siempre
ir
a
las
posiciones
ganadoras.
Nico
está
pendiente
de
mí…
no
puedo
defraudarlo.
No
voy
a
defraudarlo.
Veo
quiénes
están
presentes
y,
de
golpe,
siento
que
tengo
una
oportunidad.
Está
Safrys,
que
para
es
como
si
estuviera
Garry
Kasparov,
pero
a
los
otros
tres
niños
alguna
vez
les
he
ganado…
por
suerte,
tiempo
o
lo
que
sea.
El
torneo
va
a
durar
exactamente
una
hora
y
queda
un
minuto
para
el
arranque.
La
cuenta
regresiva
termina
y
empezamos.
Mi
primer
rival
es
Salvador,
el
chico
del
espacio.
Es
un
niño
de
unos
seis
años,
quizás
siete,
que
suele
aparecer
en
la
pantalla
con
fondos
de
galaxias,
o
adentro
de
una
nave
que
va
a
toda
velocidad
por
el
cosmos.
Me
ha
derrotado
varias
veces,
pero
yo
también
le
he
ganado
últimamente.
Tenemos
7
minutos
cada
uno
para
todos
los
movimientos
que
hagamos
en
la
partida,
y
cada
vez
que
movemos
ganamos,
tres
segundos
extra.
Hay
que
pensar
rápido.
Cada
segundo
vale
oro.
La
partida
con
Salvador
es
intensa.
Él
juega
agresivo
y
me
come
varias
piezas.
Empiezo
a
sentirme
acorralado,
pero
veo
una
oportunidad:
un
agujero
en
su
línea
de
peones.
Su
rey
está
desprotegido.
Decido
arriesgar
mi
defensa,
y
lanzarme
a
matar
o
morir.
Encuentro
un
espacio,
jaque
mate.
Y
de
pronto,
empiezo
a
sentirlo:
este
puede
ser
mi
torneo.
Quizás
Nico
tenía
razón.
Estoy
en
lo
alto
de
la
tabla,
junto
al
Gran
Maestro
y
Safrys,
la
gran
favorita.
Sin
Nico
en
el
torneo,
la
responsabilidad
de
derrotarla
es
mía.
Empieza
la
segunda
ronda
y
me
toca
con
ella.
Temo
que
una
derrota
me
meta
en
un
pozo
del
que
no
pueda
salir.
Nuestras
últimas
partidas
han
sido
reñidas,
pero
ninguna
como
ésta:
14
minutos
después,
seguimos
parejos.
A
los
dos
nos
quedan
tres
peones
y
un
caballo,
y
yo
tengo
el
tiempo
de
mi
lado:
a
ella
le
quedan
veinte
segundos
para
jugar
y
a
cuarenta.
Miro
de
reojo
su
cámara
y
solo
alcanzo
a
ver
la
mitad
de
su
cabeza
con
trencitas,
inmóvil,
completamente
concentrada.
Soy
yo
el
que
comete
el
primer
error.
Muevo
un
peón
lejos
de
la
protección
de
mi
rey,
y
lo
come
de
inmediato,
como
si
ya
lo
hubiera
tenido
planeado
desde
antes.
Quince
segundos.
Otros
dos
movimientos
y
ya
no
tengo
salida,
mi
única
opción
es
estirar
la
partida
y
ganarle
por
tiempo.
Diez
segundos.
Trato
de
huir,
de
proteger
a
mi
rey,
pero
es
imposible…
jaque
mate.
Estuve
tan
cerca…
que
la
derrota
tiene
un
efecto
devastador.
De
inmediato,
empiezo
a
pensar
que
no
lo
voy
a
lograr.
No
entiendo
cuál
fue
mi
error:
pensé
al
detalle
cada
jugada,
demoré
lo
justo
en
cada
decisión.
Mantuve
el
control
de
la
partida
pero
Safrys
tenía
el
control
total
de
su
ejército,
tal
como
le
gustaba:
era
como
si
me
pudiera
leer
la
mente.
Sigo
en
el
podio,
pero
ahora
tercero.
Y,
por
si
no
fuera
suficiente,
la
pantalla
me
anuncia
que
voy
a
jugar
contra
el
Gran
Maestro,
Julio
Granda,
la
leyenda.
Nunca
lo
he
visto
perder
y
claro…
yo
no
voy
a
ser
la
excepción.
Me
gana
con
facilidad,
con
elegancia
incluso.
Pero
no
me
frustro:
era
una
derrota
inevitable.
Mi
nueva
meta
es
al
menos
quedar
dentro
del
podio,
pero
veo
que
Salvador,
el
chico
del
espacio,
me
ha
quitado
el
tercer
lugar.
Aunque
estamos
a
solo
dos
puntos.
Estoy
pensando
en
eso
cuando
me
entra
un
WhatsApp.
Luis,
¿cómo
te
fue
en
tu
partida?
Es
Nico.
Ni
siquiera
me
deja
contestar
y
se
responde
a
mismo.
Creo
que
muy
bien.
Me
da
pena
decepcionarlo,
pero
le
cuento
de
mis
resultados:
una
victoria
y
dos
derrotas.
Entonces,
como
si
pudiera
adivinar
lo
que
siento,
me
escribe
que
no
me
desanime:
que
mantenga
la
esperanza
y
nunca
me
rinda,
ni
en
las
posiciones
más
difíciles.
Su
mensaje
me
tranquiliza,
pero
no
si
con
eso
sea
suficiente.
Me
toca
contra
Luana,
una
niña
que
habla
muy
poco
en
clases.
Es
una
rival
difícil,
pero
ahora,
por
alguna
razón,
se
demora
mucho
en
sus
movimientos.
No
está
jugando
mal
—me
va
ganando
por
poco—,
pero
se
tarda
demasiado,
como
si
le
estuviera
fallando
el
internet.
Gano
por
tiempo.
Me
da
un
poco
de
pena
por
ella,
pero
bueno,
una
victoria
es
una
victoria.
Faltan
diez
minutos
para
que
termine
el
torneo
y
otra
vez
me
toca
con
Julio
Granda.
Esta
vez
duro
3
minutos,
ni
siquiera
me
da
tiempo
para
pensar
en
algún
consejo
de
Nico.
El
Gran
Maestro
da
los
resultados
parciales:
Ya
Safrys
tiene
asegurado
el
segundo
lugar
y
estamos
a
la
espera
de
la
partida
de
Salvador
y
Luis.
Todo
se
va
a
definir
en
una
partida
final,
otra
vez
contra
mi
gran
rival
de
esta
noche:
Salvador,
el
chico
del
espacio.
Si
le
gano,
entraré
al
podio.
Pero
solo
quedan
cinco
minutos,
y
si
el
tiempo
se
acaba
en
medio
de
la
partida,
los
puntos
no
cuentan.
Tengo
que
arriesgar
todo
si
quiero
quedar
tercero.
Así
que
me
lanzo
al
ataque.
Salvador,
en
una
galaxia
lejana,
siente
la
presión.
Empiezo
con
una
defensa
francesa:
le
como
un
alfil
y
me
pongo
a
la
delantera.
Tengo
una
pieza
más
y
empiezo
a
controlar
el
centro
del
tablero…
pero
me
confío
y,
de
un
momento
a
otro,
entro
en
un
remolino
de
errores.
Pierdo
la
reina…
sus
peones
avanzan
peligrosamente.
Me
queda
un
caballo,
una
torre
y
poco
más.
Todo
se
viene
abajo
y
Salvador
tiene
aún
tres
minutos
para
darme
el
golpe
de
gracia.
Transforma
uno
de
sus
peones
en
otra
reina
y
entonces
que
estoy
perdido:
mi
rey
está
totalmente
expuesto.
Salvador
lo
sabe
también.
Un
par
de
movimientos
certeros
y
me
gana.
Jaque
mate,
fin
del
torneo.
Justo
el
sistema
de
Lichess
acaba
de
proclamar
a
los
ganadores,
Safrys
en
segundo
lugar
con
16
puntos
y
Salvador
con
8.
Muy
bien
por
ambos.
Yo
quedo
cuarto,
justo
debajo
del
podio.
Me
siento
decepcionado
de
mismo…
todo
iba
bien
y,
de
un
momento
a
otro,
dejé
que
se
me
escapara
una
vez
más
de
las
manos.
Me
da
vergüenza
decirle
a
Nico,
porque
nadie
cree
en
tanto
como
él,
pero
seguro
está
esperando
mi
mensaje.
Le
escribo:
“Nico,
perdí
con
Salvador
en
la
última
y
quedé
cuarto”.
Él
me
contesta
de
inmediato:
No
hay
problema
si
no
has
quedado
en
el
podio.
Lo
que
importa
es
que
diste
lo
máximo
de
ti
y
lo
que
tienes
en
el
cerebro.
Que,
que
siempre,
eh,
vas
a
jugar
lo
mejor
que
puedas,
y
sobre
todo
que
hayas
aprendido
mucho.
A
veces
siento
que
sabe
más
de
la
vida
que
yo.
Nico
me
manda
un
emoji
de
una
persona
señalando
su
cabeza
y
luego
me
dice
que
nunca
abandone
el
ajedrez.
O
que
lo
haga,
pero
solo
si
es
lo
que
yo
quiero
hacer.
Que,
como
sea,
él
va
a
estar
cuando
lo
necesite.
Me
da
un
poco
de
risa,
me
parece
casi
un
cliché
que
un
niño
de
9
años
me
esté
dando
una
lección
de
vida.
Pero
así
sucede.
En
los
días
siguientes,
la
frustración
va
pasando,
y
no
dejo
de
pensar
en
lo
que
me
dijo
Nico.
No
logré
mi
meta,
pero
me
siento
contento
con
mis
otros
logros
de
estos
meses…
mejorar
mi
juego,
reencontrarme
con
un
hobbie
de
mi
niñez,
entender
que
la
competencia
no
lo
es
todo,
y
lo
más
importante,
conocer
a
Nico.
Y
también
empiezo
a
sentir
que
toda
esta
experiencia
debería
servirme
para
mi
trabajo
haciendo
videojuegos.
Había
perdido
pasión…
desde
hace
algún
tiempo
todo
se
reducía
a
números,
dinero,
descargas.
La
belleza
del
ajedrez,
la
elegancia
de
sus
reglas,
que
han
entusiasmado
a
hombres
y
mujeres
durante
milenios,
me
hace
pensar
en
lo
mucho
que
disfrutaba
de
los
juegos
antes
de
que
fueran
mi
trabajo.
En
que
debería
recuperar
algo
de
eso.
Creo
que
las
clases
con
Nico
y
con
el
resto
de
los
chicos
me
hicieron
volver
a
enamorarme
de
jugar.
Y
también
creo
que
en
el
fondo
a
Nico
nunca
le
importó
que
yo
lo
destronara,
que
solo
estaba
feliz
de
tener
otro
amigo
con
quien
jugar
al
juego
que
amaba.
Sigo
practicando
todos
los
días
en
chess.com
y
leyendo
libros,
aunque
la
obsesión
va
bajando.
Pero
empiezo
a
disfrutar
más
las
partidas.
Luego
de
unos
días,
le
escribo
a
Nico
para
una
última
partida.
Como
cuando
Rocky
y
Apollo
se
juntan
al
final
de
Rocky
3,
en
un
ring
a
oscuras
y
sin
público,
solo
por
el
placer
de
boxear.
Nos
conectamos
un
par
de
días
después.
Hola
Luis,
¿qué
tal
estás?
Tengo
un
poco
de
nostalgia,
porque
pienso
en
esa
sesión
como
una
especie
de
despedida.
Pero
él
está
igual
de
simpático
que
siempre.
Le
cuento
los
detalles
del
torneo,
lo
cerca
que
estuve
de
ganarle
a
Safrys,
el
enfrentamiento
doble
con
Salvador.
A
él
no
le
importa
para
nada
que
al
final
haya
perdido.
Esa
tarde
revisamos
algunas
partidas
del
torneo
y
puedo
ver
más
claramente
mis
errores.
Y
Nico
me
hace
ver
uno
que
no
había
notado:
que
pienso
demasiado
las
cosas,
y
eso
también
puede
perjudicarme.
te
concentras
muy
bien.
Yo
lo
he
notado
porque
cuando
yo
estoy
contigo,
como
ahora,
no
te
noto
ninguna
música,
ni
que,
ni
que
hables,
ni
que
un
glu
glu
glu.
Y
también
que
piensas
mucho
tus
movimientos,
por
eso
es
que
no
te
desconcentras
Es
cierto:
trato
de
pensar
al
detalle
cada
jugada,
ver
todas
las
posibilidades
antes
de
tomar
una
decisión.
Pero
eso
no
siempre
es
algo
bueno.
Debería
confiar
en
mismo.
Ser
más
decisivo.
Quizás
deberías
seguir
tú,
o
sea,
lo
que
intuyes
que
es
lo
mejor.
Pensar
un
poco,
claro,
pero,
pero
en
menos
tiempo.
Es
decir,
cuando
voy
a
tomar
la
oportunidad,
ya
se
me
fue
el
tren:
no
actúo
cuando
debo
hacerlo
y,
al
pensar
demasiado,
le
doy
tantas
vueltas
que
me
equivoco.
Tengo
que
seguir
mis
corazonadas.
Dejar
de
pensar
tanto
y
que
el
juego
fluya,
que
mi
vida
fluya.
Y
sobre
todo
divertirme,
porque
sino
para
qué.
Nico
quiere
ser
el
mejor,
pero
eso
lo
tiene
claro.
Por
ejemplo,
si
un
campeón
mundial
es
muy
bueno,
pero
no
se
divierte
haciéndolo,
no
creo
que
sea
lo
mejor
que
se,
o
sea,
que
se
dedique
toda
su
vida
a
eso.
Suena
tan
obvio,
dicho
así…
pero
tal
vez
necesitaba
que
un
niño
me
lo
dijera.
De
hecho,
yo
me
divierto
mucho
contigo.
Y
yo
también,
Nico.
Luis
sigue
en
sus
clases
de
ajedrez
todos
los
jueves
y
ya
no
es
el
único
adulto
en
ellas.
Safrys
ganó
la
medalla
de
bronce
en
el
Campeonato
Mundial
Escolar
de
Ajedrez,
categoría
sub
7,
que
se
disputó
en
Panamá.
Nico
aún
no
regresa
a
las
clases,
pero
con
Luis
quedaron
en
juntarse
cada
tanto
para
jugar
partidas
en
línea.
Luis
Wong
produjo
esta
historia.
Vive
en
Lima,
Perú.
Este
episodio
fue
editado
por
Camila
Segura,
Nicolás
Alonso
y
por
mí.
Bruno
Scelza
hizo
el
fact-checking.
El
diseño
de
sonido
es
de
Andrés
Azpiri
y
Rémy
Lozano,
con
música
original
de
Rémy.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Paola
Alean,
Lisette
Arévalo,
Pablo
Arguelles,
Aneris
Casassus,
Diego
Corzo,
José
Díaz,
Emilia
Erbetta,
Camilo
Jiménez
Santofimio,
Juan
David
Naranjo,
Ana
Pais,
Laura
Rojas
Aponte,
Barbara
Sawhill,
David
Trujillo,
Ana
Tuirán,
Elsa
Liliana
Ulloa
y
Luis
Fernando
Vargas.
Natalia
Sánchez
Loayza
es
nuestra
pasante
editorial.
Selene
Mazón
es
nuestra
pasante
de
producción.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios.
Se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
Pro.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
Check out more Radio Ambulante

See below for the full transcript

Esto es Radio Ambulante, desde NPR, soy Daniel Alarcón. Hoy nos vamos para Lima, Perú. Hola. Sí, Daniel. Mi nombre es Luis Wong. Tengo 34 años. Estudié ingeniería y ahora me dedico principalmente a hacer videojuegos. Sobre todo, lo que tienen que saber de Luis es que es alguien que siempre anda buscando aprender algo nuevo. Yo lo conocí hace muchos años ya, en un momento de su vida en que se había metido a probar suerte en el periodismo, en una revista peruana llamada Etiqueta Negra. Después se fue a Francia, a una ciudad pequeña cuyo nombre no voy a intentar pronunciar, pero que es, según me cuentan, como La Meca de los cómics y la animación en Europa. Hizo una maestría en videojuegos, pero no fue lo único que estudió. También aprendió algo de tenis. Había una canchita al lado de su residencia, y un día se acercó a preguntar si podía tomar clases. El entrenador le dijo que sí, claro… que hasta le podían prestar una raqueta. Pero había un detalle… Y me dijo: el único problema es que quizás, o sea, van a ser señoras de más de 70 años. No sé si te sientas cómodo. Yo le dije: sí, no hay problema. Así que durante los siguientes seis o siete meses, creo, estuve jugando todos los viernes a las 6 de la tarde, una hora y media de tenis con, con estas señoras de más de 70 años. ¿Y cómo te iba? O sea, al principio, bueno, recién estaba empezando, entonces era muy malo. No podía ni siquiera pasar la net. Pero ellas eran también muy cariñosas y me daban como fuerzas para seguir, ¿no? ¿Te hiciste amigo de estas… de estas señoras? Sí, hablamos un poquito de… pasteles, básicamente. Porque las señoras traían como algunos pasteles franceses para comer después de la sesión de entrenamiento. Nos quedábamos un rato comiendo, llevaba un poco de vino. Así es Luis: nunca le ha preocupado ser… diferente. Puede ser un ingeniero en medio de una redacción de periodistas o el que habla de tortas con sus amigas francesas de 70 años. De hecho, luego de esa experiencia en Francia, se fue un semestre a Guangzhou, una ciudad grande al sur de China, solo, sin hablar una palabra del idioma. Iba para trabajar en una empresa de tecnología y se metió a clases de chino mandarín por las noches, en un pequeño puestito entre cientos y cientos de tiendas de repuestos de computadoras, dentro de un galpón industrial. Anotaba palabras en su teléfono, las memorizaba y se las arreglaba como podía. Entonces, básicamente me comunicaba, bueno trataba de comunicarme en inglés. Y si no hablaba en inglés, me comunicaba con señas o con palabras en chino, pero muy básicas como decir: “Este, este, este acá”, cosas así, ¿no? Y bueno, tratando de sonreír y tratar de pasar un poco por inadvertido, ¿no? Pero hoy no vamos a hablar de tenis ni de idiomas. Lo que nos interesa es la última obsesión extracurricular de Luis. Desde hace un año, me contó, está metido de cabeza en el mundo del ajedrez. Empezó a jugar online y de ahí se metió a clases… Y consiguió un profesor de lujo: nada menos que Julio Granda. Campeón mundial de ajedrez infantil a principios de los 80, y campeón mundial senior hace cinco años. El tercer peruano en lograr el título de Gran Maestro. Uno de los mejores ajedrecistas peruanos y latinoamericanos de todos los tiempos. Le comenté esto a unos amigos que viven fuera de Perú y me dijeron: “Bueno, tienes una clase con un Gran Maestro, ¿no?” Una cosa que no es tan común en cualquier otro lado. ¿O sea, sentiste como orgullo? Sí. Sí. Sentí muchísimo orgullo de estar en clases con un gran maestro. Para dejarlo claro, llegar a Gran Maestro es la categoría y honor máximo para un jugador de ajedrez. Es un título vitalicio que logran muy pocos jugadores. En todo el mundo, los jugadores que lo han logrado no llegan a ser dos mil en total. A Luis, que había empezado a jugar partidas durante la pandemia en una página web, le sorprendió que una leyenda del ajedrez lo aceptara en su academia. Era un privilegio: él estaba enamorado del juego, pero era un principiante. De todas formas, no quiso preguntar mucho. Y me dijeron: “Ok, pásanos tu perfil de chess.com”. Se los pasé, me dijeron: “Ok, vamos a ponerte con el grupo adecuado para tu nivel. Empiezas el jueves”. Yo les dije: “Excelente”. Ese jueves a las 6 de la tarde, luego de terminar su jornada en la empresa de videojuegos donde trabaja, Luis estaba ansioso, esperando. Lo metieron a un grupo de WhatsApp. Y me puse a ver los integrantes. Tú, tú, tú ahí chismoseando, de chismoso, te pones a mirar las fotos de tus nuevos compañeros. Así es. Claro, para saber quiénes eran. Y normal, era gente como tú. Siií, nos pasan un link por el grupo de whatsapp, le hago click, entro, configuro mi cámara y el micro, era una sesión de de Google Meet. Me saluda el profesor y ahí aparecen todos los niños. [ Todos los niños. Sus compañeros, los hijitos de los del WhatsApp. Y eran seis, siete niños. Niños chiquitos aparte, o sea, no de 12 años… niños chiquitos. Algunos niños ni siquiera llegaban a la cámara. Tú dime en ese momento, ¿qué sentiste? Por un lado, fue como sorpresa de: “¿Qué es esto?” De ahí sentí: “¡Qué ternura!” Y de ahí dije: “Bueno, tiene algo de sentido, ¿no?” Porque claro… él era un novato ¿Y te miraron raro los niños? No, no me miraron raro. Y de hecho luego, luego descubrí por qué, ¿no? Y es porque, porque todos pensaban que tenía 15 años. Estabas bien afeitadito. Sí, sí, sí, sí. Eso me dijeron sus papás. Y los niños también. Lo que no sabía Luis es que esa primera clase en realidad no era una clase, era el torneo de fin de mes. Y esos niños tampoco eran tan principiantes. Y su educación de ajedrez y de humildad estaba a punto de comenzar. Una pausa y volvemos. Este mensaje viene del patrocinador de NPR, Squarespace. Destaca en cualquier bandeja de entrada con las campañas por correo electrónico de Squarespace. Recopila suscriptores y conviértelos en clientes leales. Comienza con una plantilla de correo electrónico y personalízala aplicando los elementos de tu marca, como los colores y el logotipo de tu sitio. Los análisis integrados miden el impacto de cada envío. Visita Squarespace.com/NPR para obtener una prueba gratuita, y luego usa el código NPR para ahorrar 10 por ciento en la compra de tu primer sitio web o dominio. Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Luis nos sigue contando. La primera sorpresa fue saber que mis compañeros eran niños. La segunda, que estábamos por empezar un torneo. Lo hacían a final de cada mes, y al terminar se anunciaba el ránking con las posiciones. Yo miraba al Gran Maestro y a los siete niños, pero me parecía que ellos no a mí: ya estaban en la página web del torneo, donde todos veríamos las partidas. No sabía si era un error que estuviera ahí, pero a nadie parecía importarle mucho mi presencia. Era un poco raro… y divertido. Si me hubieran dicho que en mi primera clase con el Gran Maestro Julio Granda iba a enfrentarme a sus siete discípulos en un torneo, me hubiera asustado. Tal vez ni siquiera hubiera entrado. Pero ahora pensaba: “Bueno, son niños, no creo que me vaya mal, ¿no?” Y tenía razón: no me fue mal. Me fue HORRIBLE. Los niños iban pasando y me ganaban con una facilidad casi ridícula. Como si yo supiera mover las piezas, pero alguien se hubiera olvidado de explicarme un par de reglas del juego. Hubo una sola niña a la que le gané, pero solo porque se le acabó el tiempo máximo para hacer sus movimientos. Quizás se le había desconectado el internet… no sé, pero fue una victoria dudosa. Los demás me destruyeron sin piedad, uno tras otro. La que recuerdo con claridad es la partida contra Mariano. Era el único niño con la cámara apagada y, por un momento pensé que le iba a ganar. Le había comido muchas piezas, pero en un descuido me atacó con su torre y paf, jaque mate. Recuerdo, sobre todo, sus gritos eufóricos, decía que yo le llevaba más de 20 puntos de ventaja y que me había ganado. Los otros niños le preguntaban: “¿A quién, a quién? Sentí mucha vergüenza cuando escuché que un niño dijo: “Acá dice que se llama Luis Wong”. Desde ese momento todos me empezaron a decir así, con nombre y apellido: Luis Wong. Muy buenas tardes, Luis Wong. Buenas tardes, Luis Wong. Salí de esa primera sesión derrotadísimo. En la sala estaba mi esposa, Denisse, viendo televisión. Me acerqué a contarle lo que había pasado en esa primera hora con mis rivales, y mientras le contaba, me daba cuenta de lo absurdo que era. Me acuerdo que saliste de tu clase y me empezaste a contar riéndote, que llegaste y de pronto era un campeonato y había muchos niños y que quedaste último. Y yo te dije: ¿Qué fue? ¿Cómo vas a quedar último? Ella me dijo que igual no le parecía tan raro que tuviera clases con niños. Que yo era, un poco como un niño: curioso, competitivo. Ella lo es todavía más: odia perder hasta cuando jugamos entre nosotros juegos de mesa. A mi esposa le daba risa y a mí también, aunque otra sensación ya empezaba a crecer: quería revancha. Recuerdo que en esos días me empecé a obsesionar con los videos de ajedrez en YouTube: aperturas, jaque mates, errores comunes. Bajé libros de internet, incluso me suscribí al plan premium de una app para que una computadora analizara todas mis partidas. Mi esposa miraba con asombro mi nueva obsesión. Cada vez que tenemos un minuto libre o esta…, yo, estamos viendo una serie y de pronto pierdes interés en la serie, te pones a jugar chess.com, lo cual a veces causa fricciones entre nosotros. Aunque me dedico a crear juegos —y hasta alguna vez diseñé un juego de mesa que se vendió en Perú— nunca había logrado ser bueno en el ajedrez. Al menos no como mi hermano David, que tiene 13 años más que yo. De niño yo vivía con mis papás en un departamento en Lima y él venía a visitarnos. Por esos años no tenía tantos amigos y cuando venía David nos quedábamos jugando videojuegos durante horas. Un día llegó con un tablero y me mostró las piezas por primera vez: los caballos, los alfiles, las torres, la reina, el rey. Me emocioné mucho cuando dijo que iba a enseñarme a jugar ajedrez. Aunque esa alegría también traería frustración: lo intentaría decenas de veces, pero nunca podría ganarle. Ni una vez. Y lo recuerdo porque de niño no toleraba perder en nada. Era muy competitivo, sobre todo en el colegio. Me importaba mucho ser el mejor de la clase. Mi colegio era muy tradicional, de esos que se jactan de sus exalumnos más destacados, políticos o empresarios; y esa competencia ya te la metían desde muy chico. Recuerdo que en tercer grado recibí una carta de un compañero sin nombre, que decía: “Sé quién eres… Este año te voy a ganar”. Otro me dijo que su mamá le iba a regalar un perro si lograba tener mejor promedio que yo. Y yo, que ya entonces usaba anteojos y era el estereotipo del niñito nerd, sentía que todos en mi entorno esperaban que fuera el mejor y eso me daba angustia: creía que si tenía una mala nota me volvería una decepción para todos. Quizás por eso, pienso ahora, era tan fanático de los videojuegos: porque en esos mundos paralelos los errores estaban permitidos, eran parte del juego. Si te equivocabas, solo empezabas de nuevo y ya. Con los años, fui dejando poco a poco esa competitividad y quedándome con el amor por esos otros mundos: primero empecé a escribir sobre videojuegos y después a crearlos. Al ajedrez no volví hasta que llegó la pandemia y con ella la serie Gambito de Dama. Entonces, empecé a jugar online y ya saben lo que vino después: tal como mi hermano David hace tantos años, un grupo de niños me destrozó en un torneo que ni siquiera sabía que íbamos a tener. El jueves siguiente volví a conectarme a la clase, y el Gran Maestro empezó a hablar: Bueno, Luis se acaba de conectar justo a las 6 de la tarde en mi computadora y vamos a dar solo un minutito de tolerancia por si alguien más se conecta. Ahí estaban todos los niños que me habían ganado una semana antes. Vamos a hacer un repaso de las partidas que se jugó, importantísimo siempre para revisar los errores más notorios, ¿no? Me preparé para las burlas. Pero cuando llegamos a mi derrota contra Mariano, el chico al que le había sacado 20 puntos de ventaja, el Gran Maestro explicó mis errores con mucha calma. Pero claro si llevamos el caballo ahí, nos comen un peón central, sacamos la dama, que no conviene sacarla, y ahora muy bien Luis que aprovecha aquí, defiende el caballo, amenaza el alfil… Cuando terminamos la revisión ya me sentía más tranquilo, y empecé a asistir todos los jueves a las clases. El Gran Maestro nos planteaba problemas en un tablero virtual, ubicando las piezas en distintas situaciones, y lanzábamos nuestras mejores ideas para resolverlos. Las mías solían estar mal, claro, y en esas primeras clases siempre me corregía una niñita de trenzas, Safrys. Era una de las que más participaba en las clases. No sé por qué, pero le hacía muchísimas preguntas sobre geografía al Gran Maestro, y a veces nos contaba de los torneos en los que competía: una semana había viajado a jugar en Cusco, otra a Ecuador. Y solía volver con medallas. Me parecía una niña muy dulce, pero cuando nos enfrentábamos, era despiadada. Yo la miraba de reojo y su concentración me llegaba a dar un poco de susto… Un día el Gran Maestro compartió una publicación del Instagram que le manejaban a Safrys sus padres. Me metí y la vi en Machu Picchu, posando con un tablero de ajedrez. En una escuela, enseñando a otros niños a mover las piezas. En un lago, recitando el poema Ajedrez, de Borges. En su grave rincón los jugadores rigen las lentas piezas. Adentro, irradian mágicos rigores las formas: torre homérica, ligero caballo, armada reina, rey postrero, oblicuo alfil y peones agresores. Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada reina: sobre lo negro y blanco del camino buscan y libran su batalla armada. Pensé que si algún día quería ganarle a Safrys y a los demás niños, tenía que conocerlos un poco más. Preguntarles cómo practicaban, qué libros de ajedrez leían, qué estrategias usaban. Así que le escribí a su mamá, me presenté y le dije que era un compañero de clase de su hija. Ella, que es bióloga molecular, me dijo que estaba muy orgullosa de sus logros, y que Safrys le había hablado de mí. Yo le conté que me ganaba sin despeinarse. Le dio gracia que quisiera derrotar a su hijita y quedamos de hacer un zoom los tres. Mi nombre es Safrys Valenzuela Reynoso. Tengo siete años. Safrys me contó que le encantaba la geografía, la historia y leer todo tipo de libros. En el escritorio se veían algunos, y le pregunté por sus favoritos. Moby Dick, la biografía de Ana Frank, El diario de Ana Frank y Cien años de soledad, La Hojarasca. Moby Dick, El Diario de Ana Frank, Cien años de Soledad, La Hojarasca. Wooooow. Si yo de niño hubiera tenido a Safrys en mi salón, quizás yo le hubiera mandado esa nota: “Sé quién eres. Este año te voy a ganar”. Aunque no lo hubiera logrado, por supuesto. Quería saber cuándo aprendió a jugar ajedrez, y asumí que me iba a decir que casi al mismo tiempo que aprendió a hablar o algo por el estilo, pero su respuesta me cayó como un baldazo de agua fría. Me dijo que había empezado solo unos meses antes de que nos conociéramos. De hecho, había aprendido a mover las piezas en las clases. No podía creer que ya jugara tan bien. Le pregunté cuál era su apertura favorita. En ajedrez, las aperturas son las primeras jugadas que haces, las que te posicionan en el tablero. Han sido estudiadas por siglos y hay algunas que ya son clásicas, como la apertura española o la italiana. De inmediato pensé que Safrys debía conocerlas todas y, por eso, me ganaba como si nada. Seguramente porque eso mismo era lo que yo intentaba: memorizar patrones de tutoriales de YouTube. Pero me dijo que no, que no utilizaba ninguna apertura de memoria. Que simplemente jugaba respetando siempre los principios del ajedrez. Los principios del ajedrez son dominar el centro, desarrollar piezas, enrocar y desarrollar la torre y luego ya la dama. Dominar el centro, desarrollar las piezas, enrocar la torre y luego ya la dama… Es un juego que tú llevas a tu ejército hasta hasta mate, rey. Y tú eres el responsable de lo que pase con tu ejército. Eso era lo que más le gustaba: que el futuro de su ejército estuviera en sus manos. El mío no debe estar muy contento con cómo los hago sufrir, pero, de todas formas, Safrys me dijo que ya estaba mejorando mucho. Del uno al diez, con generosidad, le puso a mi juego un nivel cuatro. Al menos no estaba en el nivel uno… En los días siguientes, me quedé pensando en lo que me dijo Safrys sobre los principios del ajedrez y usar la imaginación, en vez de memorizar jugadas como una fórmula para el éxito. Y me dieron ganas de contactar a mi hermano David, a ver si él podía ayudarme un poco. Se acordaba tanto como yo de nuestras tardes jugando juntos cuando éramos niños. Y era muy bonito. Además, éramos tú y yo y… Teníamos que… que divertirnos haciendo algo, ¿no? En esa época David era el segundo mejor jugador de su colegio. Y no de cualquier colegio, sino de uno ruso, donde tenían ajedrez como materia deportiva desde la secundaria. Tenía un profesor que era Maestro Internacional y yo entonces me lo imaginaba como esos rusos de las películas de Hollywood, entrenado desde los cinco años para destrozar a sus rivales. David estuvo cerca de a ser un Maestro, un par de categorías más abajo que Gran Maestro, pero nunca lo logró. No le importaba tanto ser el mejor, solo quería divertirse jugando. Le conté a mi hermano que me había metido a clases y que mis compañeros tenían la edad de Gonzalo, mi sobrino. Él me contó que hace poco Gonzalo, que también está en clases de ajedrez, había jugado contra un señor mayor en un centro comercial. Jaja, y había en el piso esos ajedrez enormes y empezó a jugar, pero el señor era una persona mayor que no tenía piedad de mi hijo, que tenía siete años, ocho años. Así que mi hermano le empezó a soplar qué piezas mover. Oye, el señor se metió una picada cuando ya le iban a hacer el mate. Uy cha e! Con toda la gente alrededor, oye. “Señor, no se pique, no se pique, no se pique”… ya. Que no se enojara. Entonces mi hermano tuvo un momento de compasión, y le dijo a mi sobrino que le diera las tablas, que en ajedrez es ofrecerle al rival un empate.Bueno, ya le dije a Gonzalo: “Dale las tablas”, porque uno tiene que darle las tablas cuando… por respeto, pues, ¿no? Ya el señor que… un chico de ocho años dándole las tablas… Qué vergüenza que te empate un niño, ¿no? Le conté que a mí me pasaba lo mismo con los niños de mi clase. Solo que peor. No me daban las tablas, sino que me ganaban todos. Oye, ¿pero tú le vas con todo o los dejas ganar? Porque imagino que tú tienes tu corazoncito y dices: “Oye, no le voy a ganaaar, pues… se van a frustrar, ¿no?” Ah no, yo trato de ganarles. Yo los dejaría ganar, por ejemplo. O sea, yo no puedo ganarles. ¡Eso es lo que pasa! Mi hermano se reía al otro lado del teléfono. Pensaría que siempre fui muy malo para el ajedrez y, simplemente, los años no me habían cambiado. Cuando les conté a mis papás, la reacción fue la misma. Este es mi papá: ¡Qué roche! ¿No te da vergüenza que te gane una niñita de seis años? Mi mamá, al menos, no cayó en el bullying, sino que trató de consolarme. Me dijo que los niños aprenden más rápido. Mis amigos me decían que era como el capítulo de Seinfeld en que Kramer se inscribe en karate y le toca luchar con niños de ocho años. Como están en el mismo nivel, le parece justo y lo único que quiere es ganarles. Y no estaban tan lejos de la verdad… entre tantas risas de todo el mundo, mis ganas de ganarle a estos niños eran cada vez más grandes. Era un poco como haber vuelto al colegio, cuando la vida era una competencia por ser el mejor sin un propósito claro. Aunque al menos ya estaba progresando: empecé a resolver bien algunos problemas en clases, y hubieran visto mi emoción al ganar mis primeras partidas en a los niños menos avanzados. Con un poco más de confianza, un día me quedé conversando con el Gran Maestro. Lo más importante, me dijo, era entender los tres conceptos esenciales, los que definen toda estrategia: desarrollo, tiempo y espacio. ¿Parece muy fácil, no? Pero aplicar eso, que es tan lógico, toma su tiempo y hay que insistir en ello, aplicarlo. Y bueno, de aquí a algún tiempo, si uno ya logra dominar eso, ya vas a dar un paso importante como para entender de pronto conceptos más avanzados. Me recordó un poco a las cosas que me dijo Safrys, a quien seguía sin poder ganarle. Pero la dinámica de la clase había cambiado: había otro niño que también la rompía en los torneos, y peleaba con Safrys el segundo puesto. Segundo puesto, porque claro, el ganador siempre era el Gran Maestro. Este niño a mí me ganaba con una facilidad que me llegaba a dar pudor. De todos, pronto fue el que me empezó a dar más curiosidad. Quizás porque me recordaba a mí cuando tenía su edad: parecía muy metido en su propio mundo de fantasía, usaba unas gafas azules enormes, y para Navidad se conectaba con un gorrito de ayudante de Papá Noel. Quería ganarle al menos una vez, pero cada vez que jugábamos era peor. A veces trataba de hacerme el mate pastor, ganarme con solo cuatro jugadas. Y después de ganarme, siempre me decía: Buena partida. Un día, después de pedirle permiso a su mamá, lo llamé. Quería saber si vivía el ajedrez igual que Safrys, si tenía otro tipo de entrenamiento, otras claves. Mi compañero contestó el teléfono y se presentó con naturalidad. Mi nombre es Nicolás Garrido. Tengo nueve años. Estoy en 4.º grado. Voy a pasar a 4.º grado. Y mi curso favorito es la matemática. De inmediato, empezó a contarme, en detalle, su rutina de vacaciones. Em. En la mañana a veces me despierto a las 6 de la mañana y juego tipo hasta las 11 o 10. Luego por ahí que tengo un torneito de ajedrez. Luego ya juego mis videojuegos normales, más o menos lo que hace la generación de cristal. Luego paraba un poco a almorzar. Vuelvo a jugar ajedrez un ratito, ahora digamos que un lapso más corto como de una hora 35 minutos, por ahí. Ehhh, vuelvo a jugar videojuegos 30 o dos horas de jugar videojuegos, vuelvo a jugar ajedrez. Qué triste mi rutina… Y luego ya ceno normal y ya me voy a la cama bien pero que bien cansado de jugar tanto ajedrez (se ríe). Me dio risa que dijera “qué triste mi rutina”. ¡Es exactamente la rutina que yo querría tener! Vacaciones, ajedrez y videojuegos todo el día. Bueno, Nico me contó que, a veces, hasta cuando no juega, es como si estuviera jugando. A veces hago partidas en mi cabeza que, que no sé si ya me volví loco de la cabeza. No sé si soy paranoico, pero bueno. Escuchándolo, empezaba a tener una idea de por qué nunca le había ganado. Nico parecía amar el ajedrez más que nadie que hubiera conocido. Incluso más que mi hermano cuando éramos niños. Su mamá le había enseñado a jugar a los cuatro años, y de inmediato, se puso una meta muy clara. Y muy alta. Yo quisiera ser primero Gran Maestro y luego campeón mundial de ajedrez. Nico parecía tan competitivo como lo era yo a su edad, aunque había algo en su ambición que parecía más genuina que la mía, más parecida a un sueño. En los campeonatos, a algunos niños se les notaba fastidiados si perdían, pero Nico lo vivía de forma… distinta. A veces, en medio de una partida, se enojaba y empezaba a echarle la culpa a los “peones cabezones” —así les decía a los que no lo ayudaban a ganar—. Pero era noble: siempre reconocía cuando había sido una buena partida, ganara o perdiera contra quien fuera. Le pregunté si creía que alguna vez yo le iba a poder ganar, esperando que me dijera que no, que nunca iba a ser tan bueno como él, porque él iba a ser el mejor del mundo. Pero esa no parecía ser su manera de ver las cosas. Sé que algún día me vas a ganar porque es natural. O sea, es natural. Según Nico, últimamente le costaba bastante más ganarme, aunque yo no lo notaba mucho. A veces, me dijo, pensaba que iba a tener que darme el empate, y, de repente, sin saber cómo, ganaba. Seguro estaba intentando ser amable. En su momento, Safrys había dicho que mi juego tenía un nivel de cuatro en una escala del uno al diez. Le pregunté a Nico en qué nivel me veía ahora. Te doy un ocho. Y yo creo que has mejorado muchísimo. Poco después de mi conversación con Nico, por fin me fue bien en un torneo y salí segundo, solo detrás del Gran Maestro. Y voy a ser sincero: al principio se lo conté a todo el mundo y hasta les mandé capturas de pantalla del podio. Mi nombre debajo de uno de los mejores ajedrecistas peruanos de la historia. Pero yo sabía que no era real. Safrys había faltado ese día; Nico me ganó, como siempre, pero perdió inesperadamente otras de sus partidas; a otra niña se le había desconectado el internet, otros habían perdido porque se habían demorado mucho en hacer sus jugadas. Igual estaba contento, pero con los días me fue quedando un sabor agridulce. Era un poco ridículo haber presumido de ese triunfo ficticio, así que decidí que en el próximo torneo tenía que lograr un triunfo real. No sabía cómo lo lograría, pero tenía que demostrarle a todos, a mis papás, a mi esposa, a mi hermano, al Gran Maestro, a los otros niños, que podía ganar en el ajedrez. Que podía, por una vez, darle un destino de gloria a mi ejército. Pero, para eso, Luis necesitaba un maestro que lo entrenara para llegar a un nuevo nivel. Uno que pensara como un niño… Uno que fuera un niño. Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa, escuchamos cómo Luis Wong, un peruano de 34 años, entró a clases de ajedrez con niños de entre seis y nueve. Y se frustró por no poder ganarles. Así que buscaría un maestro para ganar en el próximo torneo. Luis nos sigue contando. Era una idea en la que venía pensando desde hace unas semanas, cuando la mamá de Nico me dio una mala noticia: habían decidido que Nico iba a tener que dejar las clases de ajedrez por un tiempo, porque el colegio iba a comenzar y el dinero no daba para tanto. Sin él, era más posible ganar un torneo, o mejor dicho, salir segundo, que es como ganar si estás jugando contra un Gran Maestro. Pero sin Nico no sería igual. Además, ya había empezado a agarrarle cariño. Entonces me hizo una propuesta: Que, que como ya tengo mis clases hasta el 10 de marzo, quisiera saber si… si luego de que termine mis clases y a veces jugamos los jueves o cuando quieras… una partida. Me dio ternura: quería seguir jugando, aunque fuera solo conmigo. En los días siguientes me quedé pensando en eso, y se me ocurrió una idea: ¿y si le pedía que se convirtiera en mi entrenador? Como lo habían sido Rocky Balboa y Apollo Creed, primero grandes rivales y luego discípulo y maestro. Estaba seguro de que la idea lo iba a entusiasmar… así que primero se lo planteé a su mamá. Ya habíamos hablado la vez anterior, cuando llamé a Nico para entrevistarlo. Se llama Isabel, y me contó que durante la pandemia había pasado a ser ama de casa para estar más tiempo con sus dos hijos. Cuando la llamé, me contó algo que me dejó impresionado: Nico, a sus 9 años, era parte del Consejo de Niños de la Municipalidad de Lima. Tenía sesiones con el alcalde, y le había hecho una propuesta para ayudar a madres y niños víctimas de maltrato. Y me contó que se tomaba muy en serio los torneos de ajedrez, quizás demasiado. En los días previos se ponía bastante nervioso y luego revisaba sus partidas y las de sus compañeros. Sabe que su hijo quiere ser campeón mundial y lo apoya, aunque su pasión la ha hecho pasar por algún momento incómodo. La primera vez que quedó en segundo lugar, por encima incluso de Safrys, que es una capa, este, salió corriendo, pero así corriendo, corriendo a buscarme, a decirme: “Mamá, mamá, quedé en el segundo lugar. Quedé en segundo lugar por encima de Safrys”. Y estaba él emocionadísimo. Tanto, que la hizo correr a que viera la pantalla. Y yo vine corriendo y me dijo: “Ven, ve, mira” Entonces yo me acerqué a la a la pantalla a ver y le dije: “Bien hijito, bien, ¿cómo estás? ¿Y qué te ha dicho el Gran Maestro, no?” Y en eso nos dimos cuenta de que la cámara, el audio, todo estaba prendido. [Risas] Y nosotros: “Qué vergüenza, pero bueno”. Se notó la emoción. Me enteré de que yo también solía ponerlo contento… Cuando te ha ganado, ha jugado contigo y te ha ganado él se ha sentido, la verdad, bastante feliz. Perdón, perdón. Pero se ha sentido feliz. Gracias al ajedrez, me contó, Nico se había vuelto más analítico y había ganado confianza para hablar en público. Me sorprendió que dijera eso: cuando habla conmigo, su entusiasmo y sus ganas de hablar siempre parecen inagotables. Le pregunté si Nico podía ser mi maestro y me dijo que ella no tenía problema, siempre que él quisiera. Me pidió que lo coordinara con él, pero que tenía que ser por las tardes, una vez que volviera del colegio. Le escribí a Nico por WhatsApp y aceptó de inmediato: el lunes por la tarde tendríamos nuestro primer entrenamiento. Quedaban tres semanas para el torneo de fin de mes, así que tenía tiempo para prepararme. Me puse a leer un libro de una leyenda cubana del ajedrez que el Gran Maestro solía mencionar, seguí viendo tutoriales y compitiendo con extraños por internet… estaba ansioso porque empezaran mis clases con Nico. Hasta que llegó el día. Nico acababa de regresar del colegio y yo había logrado salirme del trabajo temprano. Nos conectamos a las cinco y treinta de la tarde. Tenía muchas expectativas. Nico era un niño, sí, pero no dejaba de ser un jugador extraordinario. Primero vamos a revisar un poco el temilla de… de la defensa francesa, y luego ya si quieres jugamos una partida y la analizamos. La defensa francesa: una manera de disputar el centro del tablero, jugando con las piezas negras, desde la primera jugada. Me dijo que íbamos a aprender un poco de teoría y haríamos una partida de práctica, para ver si lograba captar la materia. Se notaba que se lo tomaba muy en serio. Yo pensaba en lo generoso que era: hubiera podido estar con amigos, haciendo tareas o lo que sea… y, sin embargo, estaba explicándole cómo jugar ajedrez a un adulto que, por algún motivo, quería ganar un torneo a un grupo de niños. Rápidamente, me empezó a enseñar una apertura. Las ideas de blanco son consolidar su centro porque… Nico era un maestro paciente y diría que hasta inspiraba autoridad. Le creía todo lo que me decía. En esa primera clase, me enseñó conceptos teóricos y también algunos términos utilizados por youtubers de ajedrez, como lo de los “peones cabezones”. También existían los “caballos lechugueros”. El caballo lechuguero me refiero a cuando está en tierras fértiles, no se queda en su lado, pues, en su tierra… simplemente va a conquistar otras. Al final de la clase, jugamos una partida que duró muy poco. Bueno, en realidad, por lo demás, no has jugado tan mal, o sea… Tan mal. La analizamos un poquito. Después de cada partida, Nico analizaba todos mis errores, metódicamente, al tiempo que me daba ánimos. Siempre remarcaba mis progresos y me daba confianza: decía que pronto le iba a ganar a él y a los otros niños. Era un profesor excelente… parecía como si hubiera dado lecciones muchas veces antes, y me daba la impresión de que quería que me enamorara del ajedrez tanto como él. Aunque en un momento me confesó que, cuando me vio llegar a la clase, su primera reacción fue la que hubiera tenido yo: competitiva. Primero me sentí extraño. O sea, cuando prendes tu cámara y veo un adulto, en ese momento mi cabeza dijo: “Despídete Nicolás de tu tercer lugar, porque te lo van a quitar e incluso Safrys despídete de tu segundo lugar, ¡porque te lo van a quitar!” Bueno, ya sabemos que sus miedos eran infundados… y ahora la idea era que él me ayudara a mí a ocupar uno de esos lugares. Después de esa primera clase, me sentí bastante más optimista. Quedé convencido de que Nico me iba a ayudar a mirar el juego como lo veía él, mucho mejor que cualquier tutorial. Bueno, muchas gracias por tu tiempo. Nos vemos el próximo lunes a las cinco y 30. Dale. Eh… buena semana. Nos vemos. Gracias, Nicolás. Buena semana. Toda esa semana seguí practicando y tratando de seguir los consejos de Nico. En la segunda sesión, me enseñó formas de cerrar una partida y llegar al jaque mate, sobre todo cuando ya solo te quedan el rey y unos cuantos peones. Me explicaba las ideas detrás de estos movimientos y yo trataba de mostrarme atento, como un alumno que busca impresionar a su maestro. Finalmente, llegó la tercera y última clase antes del torneo. Me sentía un poco nervioso por el torneo… quizás porque estaba grabando este episodio, o porque Nico, en ese punto, tenía mucha confianza en mí. Lo que menos quería era decepcionarlo. No paraba de repetirme que confiaba en mi esfuerzo. Yo creo que tú le vas a ganar a Safrys y a todos los de la clase en algún momento porque veo que te esfuerzas un montón. En esa última clase hicimos “repasito”, como dice Nico: revisamos todas las jugadas y conceptos que me enseñó, y al final terminamos con una partida. Me la tomé muy en serio, era mi última práctica antes del examen final. Y pasó lo inesperado. No sé muy bien cómo, pero de golpe, me di cuenta de que nos empezamos a quedar con pocas piezas… y yo llevaba la delantera. Tenía un par de peones más, y los dos ya habíamos perdido a nuestra reina. Nico se defendía, y se empezaba a demorar mucho en cada jugada, raro en él… como si cualquier paso en falso pudiera ser decisivo. Yo trataba de jugar con calma: ya me había pasado antes que, por ir ganando, perdía la concentración y lo arruinaba. Al final solo nos quedaban unos peones y el rey: justo Nico me había preparado para situaciones como estas, a cerrar este tipo de partidas. Y no parecía haber marcha atrás. Mis peones estaban mejor colocados, pero me costaba convencerme: pensaba que mi maestro tenía un as bajo la manga… hasta que, de pronto, apareció el mensaje en mi pantalla. Nico se rendía. Entonces me dijo por la llamada de Google Meet: Bien jugado Sí, ¿te dejaste ganar o…? No, la verdad jugué lo mejor que pude. Yo siempre juego en serio porque dejarse vencer es una acción antideportiva. Luego de meses, de jugar una decena de partidas, al fin le había ganado a Nico. Traté de estar concentrado, no desesperarme. Y seguí los principios del ajedrez que me enseñaron Safrys y él: sacar mis piezas, dominar el centro, enrocar el rey. Este triunfo marcó el final de nuestras clases. Ten un lindo fin de semana, bueno, toda la semana que te vaya muy bien ehh, y bueno, nos vemos, bueno, cuando tú quieras. Qué te vaya muy bien en el torneo. Sobre todo, esperaba no decepcionarlo. Y finalmente llega el día del torneo. Estoy muy nervioso. Toda la semana he estado pensando en eso. Le conté a mi esposa, a mis papás, a mis amigos… y traté de terminar mis tareas del trabajo para jugar unas cuantas partidas de calentamiento antes de que empiece. Para entonces, ya estoy convencido de que mi victoria sobre Nico ha sido pura suerte. No me puedo confiar ni por un segundo. Estoy a punto de conectarme, cuando me llega un mensaje de voz. Suerte, que te vaya muy bien, Luis Wong. Ehh, seguro que vas a quedar muy bien, top 2 o top 3 en el podio. Y recuerda siempre ir a las posiciones ganadoras. Nico está pendiente de mí… no puedo defraudarlo. No voy a defraudarlo. Veo quiénes están presentes y, de golpe, siento que tengo una oportunidad. Está Safrys, que para mí es como si estuviera Garry Kasparov, pero a los otros tres niños alguna vez les he ganado… por suerte, tiempo o lo que sea. El torneo va a durar exactamente una hora y queda un minuto para el arranque. La cuenta regresiva termina y empezamos. Mi primer rival es Salvador, el chico del espacio. Es un niño de unos seis años, quizás siete, que suele aparecer en la pantalla con fondos de galaxias, o adentro de una nave que va a toda velocidad por el cosmos. Me ha derrotado varias veces, pero yo también le he ganado últimamente. Tenemos 7 minutos cada uno para todos los movimientos que hagamos en la partida, y cada vez que movemos ganamos, tres segundos extra. Hay que pensar rápido. Cada segundo vale oro. La partida con Salvador es intensa. Él juega agresivo y me come varias piezas. Empiezo a sentirme acorralado, pero veo una oportunidad: un agujero en su línea de peones. Su rey está desprotegido. Decido arriesgar mi defensa, y lanzarme a matar o morir. Encuentro un espacio, jaque mate. Y de pronto, empiezo a sentirlo: este puede ser mi torneo. Quizás Nico tenía razón. Estoy en lo alto de la tabla, junto al Gran Maestro y Safrys, la gran favorita. Sin Nico en el torneo, la responsabilidad de derrotarla es mía. Empieza la segunda ronda y me toca con ella. Temo que una derrota me meta en un pozo del que no pueda salir. Nuestras últimas partidas han sido reñidas, pero ninguna como ésta: 14 minutos después, seguimos parejos. A los dos nos quedan tres peones y un caballo, y yo tengo el tiempo de mi lado: a ella le quedan veinte segundos para jugar y a mí cuarenta. Miro de reojo su cámara y solo alcanzo a ver la mitad de su cabeza con trencitas, inmóvil, completamente concentrada. Soy yo el que comete el primer error. Muevo un peón lejos de la protección de mi rey, y lo come de inmediato, como si ya lo hubiera tenido planeado desde antes. Quince segundos. Otros dos movimientos y ya no tengo salida, mi única opción es estirar la partida y ganarle por tiempo. Diez segundos. Trato de huir, de proteger a mi rey, pero es imposible… jaque mate. Estuve tan cerca… que la derrota tiene un efecto devastador. De inmediato, empiezo a pensar que no lo voy a lograr. No entiendo cuál fue mi error: pensé al detalle cada jugada, demoré lo justo en cada decisión. Mantuve el control de la partida pero Safrys tenía el control total de su ejército, tal como le gustaba: era como si me pudiera leer la mente. Sigo en el podio, pero ahora tercero. Y, por si no fuera suficiente, la pantalla me anuncia que voy a jugar contra el Gran Maestro, Julio Granda, la leyenda. Nunca lo he visto perder y claro… yo no voy a ser la excepción. Me gana con facilidad, con elegancia incluso. Pero no me frustro: era una derrota inevitable. Mi nueva meta es al menos quedar dentro del podio, pero veo que Salvador, el chico del espacio, me ha quitado el tercer lugar. Aunque estamos a solo dos puntos. Estoy pensando en eso cuando me entra un WhatsApp. Luis, ¿cómo te fue en tu partida? Es Nico. Ni siquiera me deja contestar y se responde a sí mismo. Creo que muy bien. Me da pena decepcionarlo, pero le cuento de mis resultados: una victoria y dos derrotas. Entonces, como si pudiera adivinar lo que siento, me escribe que no me desanime: que mantenga la esperanza y nunca me rinda, ni en las posiciones más difíciles. Su mensaje me tranquiliza, pero no sé si con eso sea suficiente. Me toca contra Luana, una niña que habla muy poco en clases. Es una rival difícil, pero ahora, por alguna razón, se demora mucho en sus movimientos. No está jugando mal —me va ganando por poco—, pero se tarda demasiado, como si le estuviera fallando el internet. Gano por tiempo. Me da un poco de pena por ella, pero bueno, una victoria es una victoria. Faltan diez minutos para que termine el torneo y otra vez me toca con Julio Granda. Esta vez duro 3 minutos, ni siquiera me da tiempo para pensar en algún consejo de Nico. El Gran Maestro da los resultados parciales: Ya Safrys tiene asegurado el segundo lugar y estamos a la espera de la partida de Salvador y Luis. Todo se va a definir en una partida final, otra vez contra mi gran rival de esta noche: Salvador, el chico del espacio. Si le gano, entraré al podio. Pero solo quedan cinco minutos, y si el tiempo se acaba en medio de la partida, los puntos no cuentan. Tengo que arriesgar todo si quiero quedar tercero. Así que me lanzo al ataque. Salvador, en una galaxia lejana, siente la presión. Empiezo con una defensa francesa: le como un alfil y me pongo a la delantera. Tengo una pieza más y empiezo a controlar el centro del tablero… pero me confío y, de un momento a otro, entro en un remolino de errores. Pierdo la reina… sus peones avanzan peligrosamente. Me queda un caballo, una torre y poco más. Todo se viene abajo y Salvador tiene aún tres minutos para darme el golpe de gracia. Transforma uno de sus peones en otra reina y entonces sé que estoy perdido: mi rey está totalmente expuesto. Salvador lo sabe también. Un par de movimientos certeros y me gana. Jaque mate, fin del torneo. Justo el sistema de Lichess acaba de proclamar a los ganadores, Safrys en segundo lugar con 16 puntos y Salvador con 8. Muy bien por ambos. Yo quedo cuarto, justo debajo del podio. Me siento decepcionado de mí mismo… todo iba bien y, de un momento a otro, dejé que se me escapara una vez más de las manos. Me da vergüenza decirle a Nico, porque nadie cree en mí tanto como él, pero seguro está esperando mi mensaje. Le escribo: “Nico, perdí con Salvador en la última y quedé cuarto”. Él me contesta de inmediato: No hay problema si no has quedado en el podio. Lo que importa es que diste lo máximo de ti y lo que tienes en el cerebro. Que, que siempre, eh, vas a jugar lo mejor que puedas, y sobre todo que hayas aprendido mucho. A veces siento que sabe más de la vida que yo. Nico me manda un emoji de una persona señalando su cabeza y luego me dice que nunca abandone el ajedrez. O que lo haga, pero solo si es lo que yo quiero hacer. Que, como sea, él va a estar cuando lo necesite. Me da un poco de risa, me parece casi un cliché que un niño de 9 años me esté dando una lección de vida. Pero así sucede. En los días siguientes, la frustración va pasando, y no dejo de pensar en lo que me dijo Nico. No logré mi meta, pero me siento contento con mis otros logros de estos meses… mejorar mi juego, reencontrarme con un hobbie de mi niñez, entender que la competencia no lo es todo, y lo más importante, conocer a Nico. Y también empiezo a sentir que toda esta experiencia debería servirme para mi trabajo haciendo videojuegos. Había perdido pasión… desde hace algún tiempo todo se reducía a números, dinero, descargas. La belleza del ajedrez, la elegancia de sus reglas, que han entusiasmado a hombres y mujeres durante milenios, me hace pensar en lo mucho que disfrutaba de los juegos antes de que fueran mi trabajo. En que debería recuperar algo de eso. Creo que las clases con Nico y con el resto de los chicos me hicieron volver a enamorarme de jugar. Y también creo que en el fondo a Nico nunca le importó que yo lo destronara, que solo estaba feliz de tener otro amigo con quien jugar al juego que amaba. Sigo practicando todos los días en chess.com y leyendo libros, aunque la obsesión va bajando. Pero empiezo a disfrutar más las partidas. Luego de unos días, le escribo a Nico para una última partida. Como cuando Rocky y Apollo se juntan al final de Rocky 3, en un ring a oscuras y sin público, solo por el placer de boxear. Nos conectamos un par de días después. Hola Luis, ¿qué tal estás? Tengo un poco de nostalgia, porque pienso en esa sesión como una especie de despedida. Pero él está igual de simpático que siempre. Le cuento los detalles del torneo, lo cerca que estuve de ganarle a Safrys, el enfrentamiento doble con Salvador. A él no le importa para nada que al final haya perdido. Esa tarde revisamos algunas partidas del torneo y puedo ver más claramente mis errores. Y Nico me hace ver uno que no había notado: que pienso demasiado las cosas, y eso también puede perjudicarme. Tú te concentras muy bien. Yo lo he notado porque cuando yo estoy contigo, como ahora, no te noto ninguna música, ni que, ni que hables, ni que un glu glu glu. Y también que piensas mucho tus movimientos, por eso es que no te desconcentras Es cierto: trato de pensar al detalle cada jugada, ver todas las posibilidades antes de tomar una decisión. Pero eso no siempre es algo bueno. Debería confiar en mí mismo. Ser más decisivo. Quizás deberías seguir tú, o sea, lo que intuyes que es lo mejor. Pensar un poco, claro, pero, pero en menos tiempo. Es decir, cuando voy a tomar la oportunidad, ya se me fue el tren: no actúo cuando debo hacerlo y, al pensar demasiado, le doy tantas vueltas que me equivoco. Tengo que seguir mis corazonadas. Dejar de pensar tanto y que el juego fluya, que mi vida fluya. Y sobre todo divertirme, porque sino para qué. Nico quiere ser el mejor, pero eso lo tiene claro. Por ejemplo, si un campeón mundial es muy bueno, pero no se divierte haciéndolo, no creo que sea lo mejor que se, o sea, que se dedique toda su vida a eso. Suena tan obvio, dicho así… pero tal vez necesitaba que un niño me lo dijera. De hecho, yo me divierto mucho contigo. Y yo también, Nico. Luis sigue en sus clases de ajedrez todos los jueves y ya no es el único adulto en ellas. Safrys ganó la medalla de bronce en el Campeonato Mundial Escolar de Ajedrez, categoría sub 7, que se disputó en Panamá. Nico aún no regresa a las clases, pero con Luis quedaron en juntarse cada tanto para jugar partidas en línea. Luis Wong produjo esta historia. Vive en Lima, Perú. Este episodio fue editado por Camila Segura, Nicolás Alonso y por mí. Bruno Scelza hizo el fact-checking. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri y Rémy Lozano, con música original de Rémy. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Pablo Arguelles, Aneris Casassus, Diego Corzo, José Díaz, Emilia Erbetta, Camilo Jiménez Santofimio, Juan David Naranjo, Ana Pais, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, David Trujillo, Ana Tuirán, Elsa Liliana Ulloa y Luis Fernando Vargas. Natalia Sánchez Loayza es nuestra pasante editorial. Selene Mazón es nuestra pasante de producción. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios. Se produce y se mezcla en el programa Hindenburg Pro. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

Translation Word Bank
AdBlock detected!

Your Add Blocker will interfere with the Google Translator. Please disable it for a better experience.

dismiss