logo
Listen Language Learn
thumb

Radio Ambulante - El hijo

-
+
15
30

Nunca es fácil ir en contra de la visión del mundo de tus padres. Especialmente cuando están dispuestos a morir por ella.

Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Camila
Segura.
Tal
vez
algunos
de
ustedes
no
lo
sepan,
pero
aquí
en
Radio
Ambulante
llevábamos
5
temporadas
antes
de
unirnos
a
la
familia
de
NPR.
Así
que
de
vez
en
cuando,
nos
gusta
volver
a
nuestros
archivos,
para
compartir
con
nuestra
nueva
audiencia
algunas
de
nuestras
historias
favoritas.
Entonces
hoy
empezamos
en
Lima,
Perú,
con
una
historia
de
nuestro
productor
ejecutivo,
Daniel
Alarcón.
Aquí
Daniel…
La
mamá
de
José
Carlos
Agüero
se
llamaba
Silvia.
Silvia
Solórzano.
Mi
mamá
era
chiquita.
Mediría
un
metro
50
y
tantos,
no
sé,
52.
Le
decían
“La
Flaca.”
Tenía
el
cabello
negro,
largo.
¿No?
Se
hacía
una
cola.
Una
mujer
súper
simple
para…
vestirse,
arreglarse.
No
se
arreglaba,
en
realidad,
¿no?
Muy…
Una
mujer
muy
liberada.
De
un
carácter
fuerte
pero
también
increíblemente
vital.
¿No?
Silvia
creció
en
Lima,
Perú.
Su
mamá,
es
decir,
la
abuela
de
José
Carlos,
era
costurera.
Los
tíos
de
Silvia
cantaban
música
criolla
en
diferentes
bares
de
la
capital.
Y
a
Silvia
le
gustaba
la
música.
Desde
niña.
José
Carlos
se
acuerda
que
su
mamá
cantaba
de
todo.
Constantemente.
Baladas,
boleros,
valses,
música
criolla,
huaynos,
canciones
de
protesta.
Mientras
me
contaba
esto,
desde
su
laptop,
José
Carlos
había
puesto
a
Johnny
Pacheco,
como
música
de
fondo.
“Ma,
tócate
esta”,
le
decíamos.
Y
ella
cantaba
las
canciones.
Y
su
repertorio
era
amplísimo.
Y
su
voz
era…
tal
vez
no…
Tal
vez
no
soy
quién
para
decirlo,
pero
creo
que
es
de
las
voces
más
hermosas
que
he
conocido
de
contralto:
muy
clara,
fuerte,
proyectada.
Linda.
Y
en
un
momento,
sí,
lo
que
realmente
quería
era
ser
cantante.
Cantante
profesional.
Era
su
sueño.
Pero
todo
cambió
con
la
llegada
de
un
familiar.
Un
tío
suyo,
un
comunista
brasileño
—bueno,
peruano
que
vivía
en
Brasil
y
del
Partido
Comunista
brasileño—
vino
cuando
ella
estaba
joven
y
estaba
empezando
a
hacer
carrera
musical,
e
iba
a
salir
en
la
televisión.
Y
le
dijo,
“¿tú
quieres
ser
puta?
¿Tú
quieres
ser
puta?
Porque
eso
es
lo
que
vas
a
ser.
Dedicándote
a
la
música,
¿no?
Yendo
a
estos
programas
de
televisión.
no
tienes
que
hacer
eso”.
“Tú
tienes
que
hacer
otra
cosa”,
le
dijo
su
tío.
“Tienes
que
dedicarte
a
los
demás.
A
la
política.
A
la
lucha”.
Y
así
fue.
Nunca
se
hizo
cantante.
Y
terminó,
años
después,
en
una
playa
de
Lima,
asesinada
de
tres
balazos.
Hoy
tenemos
la
historia
de
Silvia
Solórzano;
la
historia
de
una
madre
y
su
hijo,
de
una
guerra
y
una
ideología,
de
un
país
y
una
familia
que
se
venía
abajo.
Y
la
historia
comienza
aquí,
con
3
personajes
claves.
La
primera
es
Silvia,
claro:
Silvia
Solórzano,
la
mamá
de
José
Carlos.
Limeña,
un
poco
hippie.
A
comienzos
de
los
70
tenía
unos
20
años
y
estaba
estudiando
para
ser
secretaria,
y
sigue
el
consejo
de
su
tío.
Ni
bien
se
gradúa
consigue
un
trabajo
como
secretaria
de
un
alto
mando
del
Partido
Comunista.
Esta
es
su
manera
de
apoyar
la
causa.
Va
todos
los
días
a
las
oficinas
del
partido
en
la
Plaza
Dos
de
Mayo,
en
el
centro
de
Lima.
Segundo
personaje:
José
Manuel
Aguero.
Un
poco
menor
que
Silvia.
Carismático,
buen
hablador.
Es
provinciano,
de
Puno,
pero
llegó
a
Lima
con
su
mamá
y
sus
hermanos
a
estudiar
ingeniería
en
la
Universidad
Nacional.
Una
carrera
que
nunca
terminó.
Como
muchos
de
su
generación,
se
metió
en
la
política
radical
de
la
época.
Se
volvió
dirigente
estudiantil,
y
luego
obrero
en
las
fábricas
de
Lima,
para
acercarse
a
sus
compañeros
de
trabajo
y
convencerlos
de
su
ideología.
El
tercer
personaje
clave
es
José
Carlos,
el
hijo
de
Silvia
y
José
Manuel
quien
ha
estudiado
toda
esta
historia,
tratando
de
entender
bien
quiénes
fueron
sus
padres,
y
cómo
fue
que
terminaron
ahí.
A
comienzos
de
los
70,
Silvia
había
dejado
su
puesto
en
el
Partido
Comunista
y
se
había
ido
a
Junín,
en
la
sierra
central
peruana,
para
hacer
educación
política.
Lo
mismo
que
hacía
José
Manuel
para
otro
partido
de
izquierda,
también
en
Junín.
Entonces
trabajaban
con
gremios
de
obreros,
de
mineros,
campesinos,
y
viajaban
por
todo
el
país
haciendo
esto
para
sus
partidos.
Pero
sus
respectivos
partidos
colapsaron
y
ambos
terminaron
en
la
casa
de
una
familia
izquierdista
de
la
zona.
Se
conocieron
ahí
y
se
enamoraron.
Volvieron
a
Lima
y
formaron
una
familia.
Tuvieron
3
hijos.
José
Carlos
es
el
segundo,
y
nació
en
1975.
Tiene
una
hermana
mayor,
y
un
hermano
menor.
Vivían
en
un
barrio
de
clase
obrera,
y
Silvia
y
José
Manuel
seguían
militando
en
partidos
de
izquierda
radical.
Su
casa…
Siempre
estaba
llena
de
gente.
De
gente
que
entraba,
salía,
reuniones
sindicales,
eran
dirigentes
sindicales,
¿no?
Pero
ojo,
en
esa
época
ellos
formaban
parte
de
la
izquierda
legal.
Pero
eso
estaba
a
punto
de
cambiar.
Para
el
82,
cuando
José
Carlos
tenía
7
años…
Era
obvio
que
estaban
metidos
en
algo
que
no
era
normal.
Era
menos
normal
que
antes.
Cambiaban
las
rutinas.
A
veces
sus
padres
no
llegaban
a
casa.
Había
secretos.
Y
José
Carlos
lo
confirmó
un
día,
mientras
revisaba
los
bolsillos
de
la
chaqueta
de
cuero
que
usaba
su
papá.
Siempre
encontraba
volantes
políticos.
Y
aunque
no
leía
muy
bien,
José
Carlos
sabía
identificar
algunas
letras.
Un
día
le
dijo
a
su
viejo…
“Tú
eres
del
PPC”,
le
dije.
De
tanto…
confundí
de
las
siglas.
¿PPC…?
El
Partido
Popular
Cristiano.
¿No?
Y
él
me
dijo,
“no,
no,
no,
no,
no.
Soy
del
PCP”.
Me
dijo,
“te
voy
a
explicar
qué
es
el
PCP”.
El
PCP.
Partido
Comunista
del
Perú.
Pero
no
en
el
que
había
trabajado
Silvia
hacía
años.
Este
era
otro.
Un
partido
mejor
conocido
como
Sendero
Luminoso.
El
grupo
terrorista
más
notorio
y
sangriento
de
América
Latina.
Y
eso
cambió
todo.
Pero
para
entender
todo
esto,
un
poquito
de
historia,
un
poco
no
más.
En
1980
un
grupo
maoísta
empezó
una
guerra
armada
contra
el
Estado
peruano.
Se
autodenominaban
el
Partido
Comunista
del
Perú,
pero
se
los
conocía
popularmente
como
Sendero
Luminoso.
Se
imaginaban
un
estado
dominado
por
el
proletariado,
una
economía
rígidamente
centralizada.
Y
eran
violentos,
dispuestos
a
derramar
sangre
por
cualquier
motivo.
Todo
comenzó
en
Ayacucho,
un
departamento
en
el
sur
del
país,
pero
la
violencia
no
tardó
en
llegar
a
Lima,
la
capital.
Y
sí,
la
respuesta
del
estado
peruano
fue
brutal;
una
represión
letal
que
también
cobró
miles
de
vidas.
Hubo
grupos
paramilitares
y
matanzas
de
parte
del
estado.
Muchas.
Cuando
nos
referimos
a
los
peruanos
que
vivían
en
las
zonas
rurales
en
los
80s,
generalmente
estamos
hablando
de
gente
inocente,
atrapada
entre
2
fuegos:
el
de
Sendero,
sembrando
terror
sin
piedad,
y
el
del
ejército.
Y
así,
miles
de
desplazados
llegaron
a
Lima.
Esto
es,
a
grandes
rasgos,
lo
que
estaba
pasando
en
el
país.
Pero
aquí
vamos
a
hablar
de
un
solo
caso.
Una
familia:
Silvia,
su
esposo
José
Manuel
y
sus
3
hijos.
En
1983,
un
cuadro
de
Sendero
cayó
en
manos
de
la
autoridades
y
delató
a
varios
compañeros.
Entre
ellos,
a
los
padres
de
José
Carlos.
Entonces,
a
ambos
—a
su
papá
y
a
su
mamá—
los
metieron
varios
meses
a
diferentes
cárceles
de
Lima.
Y
mientras
tanto
José
Carlos
y
sus
hermanos
se
fueron
a
vivir
con
su
abuela
paterna.
A
ambos
los
soltaron
por
falta
de
pruebas,
y
luego
de
descansar
unas
semanas
con
la
familia,
su
papá
pasó
a
la
clandestinidad.
De
ahí
en
adelante
pasaba
muy
poco
por
la
casa.
Era
demasiado
peligroso.
Y
no
sabemos
mucho
de
lo
que
hacía
para
el
partido,
aunque
podemos
suponer
que
ya
no
era
solo
cuestión
de
reunirse
con
gente
y
hablar.
Eran
muy
probablemente
acciones
militares,
acciones
violentas.
Total,
era
un
militante
ya
de
confianza,
y
Sendero
le
había
declarado
la
guerra
al
Estado
peruano.
En
zonas
rurales
bajo
su
control
masacraban
pueblos
enteros
por
la
mera
sospecha
de
que
se
oponían
a
su
ideología.
Y
en
la
ciudad,
volaban
torres
eléctricas,
mataban
policías,
ponían
coches
bomba…
Exactamente
a
las
6
de
la
mañana
elementos
terroristas
han
hecho
detonar
varias
cargas
explosivas
frente
a
la
séptima
comisaría,
ubicada
en
la
cuadra
13
de
la
Avenida
Alfonso
Ugarte”.
No
podemos
contabilizar
en
estos
momentos
cuántos
los
heridos
y
cuántos
los
muertos
se
han
producido
a
raíz
de
este
atentado
producido
contra
el
local
de
Canal
2.
José
Carlos,
sus
3
hermanos
y
su
mamá
volvieron
a
la
casa
de
la
madre
paterna,
a
otro
barrio.
Muy
pobre,
muy
pobre.
Vivíamos
en
una
casa
muy
precaria.
Y
los
vecinos
no
tardaron
en
darse
cuenta
de
que
la
mamá
de
José
Carlos
estaba
metida
en
algo
peligroso.
No
se
puede
mantener
un
secreto
así
en
un
barrio
como
en
el
que
nosotros
vivíamos.
Todo
el
mundo
sabe
lo
que
está
haciendo
el
otro.
Los
papás
de
José
Carlos
nunca
fueron
altos
mandos
del
partido,
ni
nada
por
el
estilo.
Al
contrario,
eran
simples
soldados,
carne
de
cañón.
Creían
en
una
ideología
perversa,
violenta,
pero
se
imaginaban
un
futuro
mejor.
Algo
difícil
de
comprender,
porque
esos
años,
los
80s,
eran
años
de
sangre,
guerra,
y
hambre.
Al
papá
lo
veían
muy
de
vez
en
cuando.
Mientras
tanto,
Silvia
se
las
ingeniaba
para
sobrevivir.
No
tenía
un
trabajo
fijo,
porque
tenía
como
antecedente
esta
acusación
de
terrorismo.
Hacía
trabajitos
simples,
cualquier
cosa
para
mantener
a
sus
hijos,
y
además
reclutaba
a
personas
para
el
partido,
involucrando
poco
a
poco
a
la
gente
en
la
labor
de
Sendero.
Y
lo
que
hacía
mi
madre
con
mucha
habilidad
era
tocar
el
lado
sensible
de
la
gente.
Es
un
proceso
de
seducción
interesante.
Lo
que…
Ellos
llamaban
“trabajo
de
masas.”
Y
a
José
Carlos
le
parecía
incomodísimo.
Silvia
identificaba
gente
que
podría
servirle
al
partido
y
les
pedía
cositas,
pequeños
favores.
Guárdeme
esto”,
“si
me
regalas
tal
cosita”,
“si…
si
le
das
de
comer
a
tal
persona”,
cosas
pequeñas,
¿no?
Y
la
idea
era
que
esas
cosas
pequeñas
llevarían
a
otras
más
grandes.
Más
comprometedoras.
Nunca
me
gustó.
Nunca
me
gustó.
Y
yo
lo
veía.
O
sea,
estaba
con
ella
y
veía,
y…
y
me
daba
pena,
básicamente,
la
gente.
Pena
porque
intuía,
incluso
siendo
niño,
que
iban
a
terminar
mal,
que
su
mamá
los
estaba
metiendo
en
algo
muy
oscuro.
Y
tenía
razón.
De
la
gente
que
él
veía
venir
por
la
casa…
Murieron
todos.
Y
los
que
no
murieron
fueron
encarcelados.
Como
su
papá.
Cuando
José
Carlos
tenía
9
años
su
padre
fue
arrestado
por
segunda
vez.
Fue
a
finales
del
84.
Pasó
así:
él
y
4
militantes
más
atacaron
un
puesto
policial
en
el
centro
de
Lima.
Intentaban
robar
armas,
pero
fueron
sorprendidos
por
agentes
de
seguridad.
Hubo
cruce
de
fuego
y
los
senderistas
mataron
a
un
policía.
El
padre
de
José
Carlos
y
los
demás
se
fugaron,
y
hubo
una
persecución.
Esta
vez
no
lo
iban
a
soltar.
Al
padre
de
José
Carlos
lo
llevaron
a
una
cárcel
que
se
conocía
como
el
Frontón.
Impresionante
era
el
Frontón.
Impresionante.
Estos
recuerdos
son
bastante
nítidos
para
José
Carlos.
Era
una
isla
penal.
Para
llegar…
Tomábamos
una
lancha
en
el
muelle
de
Arcena,
en
el
Callao,
junto
a
otro
montón
de
familiares.
Llegábamos
temprano,
hacíamos
cola…
A
veces
iban
con
su
mamá.
Otras
veces
iban
solo
José
Carlos
y
sus
hermanos.
Y
esas
veces
se
hacían
pasar
por
los
hijos
de
otros
adultos,
pues
los
menores
de
edad
no
podían
entrar
solos
al
Frontón.
La
gente
iba
cantando.
Los
familiares
iban
cantando,
eh,
música
de
Sendero.
Sendero
adaptada
canciones
populares,
y
le
cambiaba
las
letras
y
la
volvía
“revolucionarias”,
entre
comillas.
Los
reos
de
la
isla
también
recibían
a
sus
visitas
cantando.
Sendero
se
había
apoderado
de
la
isla.
Era
—es—
una
isla
rocosa
y
seca,
polvorienta
y
desolada.
Por
muchos
meses
del
año
está
envuelta
en
neblina.
Pero
a
pesar
de
lo
inhóspito,
para
finales
del
85,
los
senderistas
—incluyendo
el
papá
de
José
Carlos—
habían
hecho
de
esa
prisión
su
casa.
Entonces,
la
isla
como
es
de
piedras,
lo
que
hicieron
fue
convertirla
como…
como
en
un
lugar
hermoso.
Con
el
permiso
y
la
complicidad
de
las
autoridades,
por
supuesto.
Una
de
las
primeras
cosas
que
lograron
fue…
Que
no
le
cerraran
la
reja
del
pabellón.
Luego
habían
logrado
que
el
torreón
—había
un
torreón,
de
vigilancia—
quedara
libre,
que
ya
no
hubiera
más
vigilancia.
Luego
les
habían…
habían
ganado
acceso
a
la
playa.
Y
finalmente
lo
ganaron
todo.
Por
la
noche
dejaban
que
los
guardias
pasaran
para
cerrar
la
puerta
del
pabellón.
Pero
aparte
de
este
gesto,
dentro
de
la
isla
estaban
libres.
Decoraron
las
paredes
con
murales,
y
crearon
ambientes
agradables
para
que
los
niños
pudieran
pasar
un
lindo
día
con
sus
padres.
La
última
vez
que
José
Carlos
vio
a
su
viejo,
él
le
advirtió
que
algo
iba
a
pasar.
Era
junio
de
1986.
Nos
dijo,
mi
papá,
nos
dijo
que
estuviéramos,
eh,
pendientes,
que
no
nos
preocupáramos,
y
nos
despedimos
en
la
práctica
también.
O
sea,
no
solo
nosotros:
todos
los
presos
se
despidieron
de
sus
familiares.
Todos.
Mi…
mi
hermana
y
mi
hermano,
éramos
como
niños
viejos
siempre.
Estábamos…
gente
muy
enterada.
Eh,
y
sabíamos
que
iba
a
pasar
algo.
El
18
de
junio
los
reos
senderistas
de
3
cárceles
de
Lima,
incluyendo
el
Frontón,
se
amotinaron,
tomando
como
rehenes
a
algunos
guardias
y
a
3
periodistas.
Horas
después
el
estado
contraatacó,
retomando
a
la
fuerza
el
control
de
los
penales.
El
gobierno
cumplirá
con
restaurar
el
orden
nacional
perturbado…
Y
en
el
Frontón,
la
marina
peruana
y
la
guardia
republicana
atacó.
Después
de
unas
horas
los
senderistas
se
rindieron,
y
según
el
informe
de
la
Comisión
de
la
Verdad
y
Reconciliación,
más
de
200
internos
acusados
o
sentenciados
por
terrorismo
fueron
muertos
de
manera
extrajudicial
por
agentes
del
estado.
Entre
los
muertos
estaba
el
padre
de
José
Carlos.
Ahí
comenzaron
los
años
más
duros.
La
mamá
de
José
Carlos
no
tenía
trabajo.
Vivía
de
lo
que
se
llama
en
Perú,
“el
cachueleo”.
Trabajitos.
Favores.
Improvisaciones
económicas.
Tenían
que
salir
a
buscar
agua,
traerla
en
baldes
a
la
casa.
Se
robaban
la
electricidad
de
los
postes
de
luz.
Pero
bueno…
Aunque
fuera
una
choza
igual
se
volvió
un
centro
de
activismo
de
Sendero
Luminoso.
Era
así.
Creo
que
ese
era
un
poco
el
rol
de
mi
madre.
Y
llegaba
muchísima
gente
a
dormir,
a
comer,
a
lo
mismo
de
siempre.
Pero
para
José
Carlos
y
sus
hermanos
no
todos
los
que
llegaban
de
visita
eran
bienvenidos
de
la
misma
manera.
A
algunos
los
querían
más
que
a
otros.
O
sea,
con
algunos
se
hicieron
más
amigos
que
con
otros.
Se
acuerda
bien
de
uno
en
particular.
Casi
todos
eran,
como
te
digo,
jóvenes,
jóvenes.
Pero
él,
no
sé,
me
parecía
entonces
mayor,
¿no?,
pero
yo
me
imagino
que
tendría,
¿qué?,
30,
¿no?
Y
era
diferente,
porque
era
muy
amable.
O
sea,
muy,
muy
tierno.
Él
era
más
tímido,
cariñoso.
En
1988,
Silvia
consiguió
un
trabajo
vendiendo
lapiceros
y
cartulinas
en
un
puesto
en
la
Universidad
de
San
Marcos.
Y
parecía
que
las
cosas
iban
a
mejorar.
Pero
un
día
llegó
a
la
casa
con
una
noticia:
el
militante
al
que
tanto
querían…
“Ha
sido
detenido.
Ha
caído”,
decía.
“Ha
caído
tal”.
Lo
tenía
la
policía.
El
ejército.
Lo
deberían
estar
interrogando
en
ese
instante.
La
familia
de
José
Carlos
no
tenía
mucha
opción
si
quería
sobrevivir.
Sabía
lo
que
tenía
que
hacer.
Fue
levantar
nuestros
pocos
bártulos
que
teníamos
—eran
algunos,
que
no
eran
muchos—
e
irnos
de
la
choza.
Cerrar,
y
largarnos.
¿Por
qué?
Pues,
por
razones
bastante
claras.
Lo
que
le
hacen
a
la
gente,
lo
que
le
hacían
a
la
gente,
ehh,
era
torturarla.
Y
la
mamá
de
José
Carlos,
viuda
de
un
senderista
muerto
en
el
Frontón,
no
podía
quedarse
quieta
a
ver
qué
pasaba.
Esperar
a
ver
si
su
compañero
era
capaz
de
resistir
o
no
a
la
tortura.
Tenía
3
hijos.
Y
nosotros
nos
fuimos.
Nos
fuimos.
Una
pausa
y
volvemos.
Este
podcast
de
NPR
y
el
siguiente
mensaje
son
patrocinados
por
Squarespace.
Un
sueño
es
tan
solo
una
gran
idea
que
todavía
no
tiene
una
página
web.
Personaliza
la
apariencia
y
navegación
de
tu
página,
así
como
la
forma
para
vender
tus
productos,
y
mucho
más
con
un
par
de
clicks.
Ingresa
a
squarespace.com
y
haz
una
prueba
gratuita.
Y
cuando
estés
listo
para
lanzar
tu
página,
usa
el
código
RADIO
para
ahorrarte
10
por
ciento
en
la
compra
de
tu
primer
sitio
web
o
dominio.
El
futuro
está
llegando,
hazlo
brillar.
Con
Squarespace.
¿Por
qué
usar
tenis
rojos
te
hace
parecer
más
influyente?
¿Qué
le
pasa
a
la
relación
con
tus
vecinos
cuando
vives
cerca
a
un
parque?
¿Es
posible
usar
un
método
de
entrenamiento
para
perros…
para
entrenar
médicos?
Las
respuestas
a
estas
y
otras
preguntas
en
Hidden
Brain.
Un
podcast
en
inglés
de
NPR.
¿Qué
pasa
cuando
una
familia
decide
adoptar
a
un
hijo
de
una
raza
diferente?
Esta
semana
en
Code
Switch,
hijos
adoptivos
hablan
por
mismos.
Bienvenidos
de
vuelta
a
Radio
Ambulante.
Soy
Camila
Segura.
Antes
de
la
pausa,
Daniel
nos
estaba
contando
cómo
Silvia
y
sus
hijos
abandonaron
su
casa
después
de
que
un
compañero
fue
capturado
por
la
policía.
La
casa
servía
como
refugio
del
Sendero
Luminoso,
entonces
no
esperaron
a
saber
si
el
muchacho
daría
información
sobre
ellos.
Mantuvieron
un
perfil
bajo.
No
volvieron
a
la
casa
sino
hasta
un
par
de
semanas
después.
Para
recuperar
algunas
de
las
cosas
que
no
habíamos
podido
llevarnos.
Igual
cosas
sin
importancia
real,
pero
para
nosotros
tenían
algún
valor.
Ollas.
Cosas
así.
Ropa.
Y
cuando
llegaron
se
dieron
cuenta
que
todo
había
pasado
tal
cual
lo
habían
previsto.
Que
sí,
que
la
policía
había
ido
a
la
casa,
y
que
había
revolcado
todo
y
habían
interrogado
a
todos
los
vecinos.
En
ese
momento
lo
que
se
produce
es
un
robo,
pues,
¿no?
Basicamente.
O
roba
la
policía,
o
roban
los
que
están
por
ahí.
Y
esta
es
la
parte
interesante…
Los
vecinos
—bueno,
nuestros
vecinos
de
años,
¿no?,
gente
a
la
cual…
con
la
cual
habíamos
convivido
por
mucho
tiempo—
habían
tomado
diferentes
actitudes
respecto
al…
al
hecho.
Daniel
nos
sigue
contando.
A
pesar
de
que
todos
eran
pobres,
había
estratos.
El
que
tenía
casa
de
tablas
era
diferente
al
que
vivía
en
casa
de
esteras.
Y
esas
diferencias
se
manifestaron
de
la
manera
más
inesperada.
Lo
que
a
después
me
dejó
pensando
por
to…
toda
la
vida
es
lo
que
hizo
la
vecina
del
costadito.
La
vecina
era
una
de
esas
personas
que
no
se
sabe
bien
de
qué
vive.
No
tenía
trabajo,
pero
tenía
2
bebés.
Estaba
llena
de
problemas.
Muchas
veces
la
mamá
de
José
Carlos
había
ayudado
a
esta
señora.
Con
comida,
con
dinero.
Y
sin
embargo…
Nos
contaron
los
vecinos
que
nos
fueron
a
recibir
ese
día
que
ella
fue
de
las
que
nos
acusó
con
más
saña,
¿no?
Diciendo
,“esa
era
la
li…
la
lideresa,”
¿no?
“Lideresa
es.
Es
terrorista,
es
mala,”
que
no
qué.
Pero
lo
decía
con
rabia,
¿no?
Y
hay
que
tener
claro,
que
este
no
es
el
tipo
de
barrio
—ni
el
tipo
de
país—
donde
la
gente
suele
ayudar
a
la
policía.
Y
menos
con
entusiasmo.
Esa
rabia,
para
José
Carlos,
tiene
una
explicación
muy
clara.
El
pobre
no
es
tonto,
simplemente
es
pobre,
¿no?
sabes
que
no
tienes.
Y
sabes
que
posiblemente
tampoco…
que…
que…
que
eres
poca
cosa.
Y
que
quizás
nunca
salgas
de
eso,
y
tus
hijos
tampoco.
Yo
creo
que
ella
sintió
en
ese
momento,
cuando
la
policía
llegó,
que
podía
haber
alguien
más
abajo
que
ella
en
esta
escala
de
miserias,
digamos.
Por
fin.
Alguien
más
abajo
que
ella.
Peor
que
todos.
Alguién
que
no
solamente
era
miserable
y
pobre,
sino
apestado,
¿no?
Con
mi
mamá
fuimos
por
muchos
años
grandes
amigos.
Ya
no
solamente
mamá
e
hijo.
Lo
que
más
interesante
es,
es
cómo
mi
madre
se
va
desencantando
de
su
guerra,
de
su
revolución.
Para
comienzos
de
los
90,
José
Carlos
ya
era
adolescente
y
se
daba
cuenta
de
que
algo
había
cambiado.
Como
si
su
mamá
estuviera
cansada.
Para
estas
alturas
José
Carlos
y
sus
hermanos
habían
dejado
de
creer…
Como
habíamos
creído
infantilmente
en
la
revolución,
¿no?
Al
contrario,
ya
en
ese
momento
éramos
totalmente
enemigos
de…
del
partido,
y
la
queríamos
sacar.
Como
fuera.
Odiaban
el
partido.
Lo
odiaban.
Por
su
violencia
y
su
hipocresía.
Unos
argumentos
que
son
obvios
para
los
miles
de
peruanos
que
habían
vivido
aterrorizados
por
Sendero.
Pero
si
uno
creció
en
ese
ambiente,
es
más
difícil
reconocer
el
partido
por
lo
que
era.
Y
es
que
José
Carlos
ya
se
había
dado
cuenta…
Que
eran
contrarios
a
lo
que
predicaban.
Que
mataban
gente.
Mataban
gente
inocente.
Y
él
y
sus
hermanos
empezaron
a
usar
cualquier
recurso
para
convencer
a
su
mamá
de
que
se
saliera.
El
chantaje
emocional,
la
pataleta,
la
pelea,
el
argumento
filosófico,
el
argumento
político.
Todo
utilizamos
para
sacarla.
Pero
nada
funcionó.
No
entiendo
a
mi
mamá.
Realmente….
No,
no
entiendo
su
conducta
de
esos
años.
De…
de
ese
año.
De
ese
año
final
Del
92.
Del
92.
No
lo
entiendo.
Según
José
Carlos,
para
el
92
su
mamá
ya
ni
siquiera
creía
en
el
partido.
Porque
no
era
tonta,
¿no?
Y
ya
se
sabía
que
esa
guerra
no
iba
para
ningún
lado.
Pero
no
había
marcha
atrás.
Yo
creo
que
ella
era
consciente
de
que
hacer
lo
que
estaba
haciendo
era
estar
ya
jodida.
Y
lo
veía
como
su
destino.
El
suyo.
No
el
de
sus
hijos.
Por
ejemplo,
cuando
un
compañero
de
ella
trató
de
reclutar
a
José
Carlos,
Silvia
se
puso
furiosa
y
le
dijo:
“Yo
me
voy
a
joder
en
esta
guerra.
Yo.
No
tú”.
Pero
es
que
además,
para
todos
estaba
claro
que
tarde
o
temprano
la
iban
a
matar.
No
nos
quedaba
duda.
O
sea,
a
ninguno
nos
quedaba
duda
que
la
iban
a
matar,
¿no?
Como
mínimo
la
iban
a
meter
presa
20
años,
¿no?
Pero
era
muy
posible
que
la
mataran,
porque,
digamos,
era
para
los
2
lógico
pensarlo.
Y
lo
sabíamos
todos.
Eso
era
lo
loco,
lo
sabíamos.
¿Y
ella
tambien?
¡Claro
que
lo
sabía!
Lo
sabía
tanto
que
cuando
yo…
Le
pedíamos
que
se
fuera
del
país.
Le
pedíamos.
Que
se
fuera.
Y
yo
se
lo
pedía
cada
vez
que
en
el
carro
regresábamos
a
la
casa.
Discutíamos,
y
ella
no…
no
me
hacía
mucho
caso.
Y
a
pesar
de
toda
la
presión
de
sus
hijos,
Silvia
se
quedó
en
Lima.
Se
quedó
en
el
partido.
Hasta
hizo
un
plan
para
dejar
claro
qué
pasaría
con
sus
hijos
en
caso
de
que
muriera.
Cuál
hijo
se
iría
con
cuál
tío.
Quería
que
todos
terminaran
de
estudiar,
incluso
si
ella
no
estaba.
Me
parece
lo
más
increíble
del
mundo.
Porque
también
pudo
irse.
O
sea,
las
mismas…
El
mismo
tiempo
que
se
tomó
en
esas
precauciones,
se
lo
pudo
tomar
en
largarse
del
país.
Y
no
lo
hizo.
Y
no
lo
hizo.
Y
no
por
qué.
Varias
cosas
sucedieron
ese
año,
el
92.
El
presidente
peruano
de
ese
entonces,
Alberto
Fujimori,
disolvió
el
Congreso
en
abril.
Fue
un
autogolpe
que
inauguró
casi
una
década
de
un
gobierno
autoritario.
Mientras
tanto,
la
violencia
en
Lima
era
una
vaina
despiadada.
Sendero
explotó
un
coche-bomba
en
Miraflores,
en
la
calle
Tarata,
en
medio
de
un
barrio
emblemático
de
la
clase
alta
limeña.
Murieron
25
personas.
También
fue
el
año
en
que
José
Carlos
entró
a
la
universidad
pública,
a
San
Marcos.
Estaba
acostumbrado
al
lugar,
tanto
por
la
tiendita
de
su
mamá
como
por
el
ambiente
político.
La
universidad
había
sido
el
punto
de
encuentro
para
Silvia
y
José
Carlos
durante
años.
A
veces
ella
dormía
en
otra
parte,
pero
siempre
se
veían
ahí.
Pero
un
día
de
mayo,
la
mamá
de
José
Carlos
no
llegó
a
la
casa.
Y
tampoco
a
San
Marcos.
José
Carlos
abrió
el
puesto,
y
poco
después
apareció
alguien,
un
señor
que
no
conocía.
Muy
seco.
Muy…
parco.
Me
preguntó,
“¿acá
trabaja
la
señora
Silvia
Solórzano?”
José
Carlos
estaba
muy
preparado
para
este
tipo
de
conversaciones.
Le
dijo
que
sí.
Supo
inmediatamente
que
el
desconocido
que
tenía
delante
era
un
enviado
de
Sendero.
“Bueno,
ella…
ha
muerto”.
“Muy
bien,
muchas
gracias”.
“Muchas
gracias”.
Eso
respondió.
Nada
más.
Los
de
al
lado,
los
que
vendían
en
las
otras
tiendas,
se
acercaron
inmediatamente.
Parecía
que
ya
todos
sabían.
Todos
menos
José
Carlos.
Uno
de
ellos
le
dijo
que
había
visto
a
su
mamá
en
la
televisión.
Es
que
José
Carlos
no
tenía
tele.
Pero
había
aparecido
su
imagen,
su
nombre,
un
poco
deformado,
¿no?:
el
apellido
un
poco
mal,
pero
ella…
Es
decir,
su
cadáver.
Asesinada
de
3
balazos.
Con
un
cartel
en
la
playa,
¿no?
Un
cartel
que
decía:
“Así
mueren
los…
los
soplones,
los
traidores”.
José
Carlos
supone
que
el
cartel
fue
puesto
por
el
ejército
o
el
grupo
paramilitar
que
la
mató,
para
confundir.
Poco
después
llegó
un
tío,
el
que
realmente
era
dueño
de
la
tiendita.
Y
José
Carlos
le
contó
lo
que
le
habían
dicho.
El
tío
se
fue
a
buscar
más
información,
y
José
Carlos
se
quedó.
Esperando.
Entonces
a
mi
lo
que
me
correspondía
era
regresar
a
mi
casa,
nada
más.
Nada
más
podía
hacer.
Y
es
un
largo
trayecto,
pues
está
lejísimos.
En
esa
época
eran
como
2
horas
de
viaje,
en
transporte
público.
Y
fui
retrasando
la
llegada,
porque
no
quería
hablar
con
mi
familia,
esa
es
la
verdad.
Le
esperaba
una
escena
difícil,
y
José
Carlos
no
tenía
muchas
ganas
de
enfrentarla.
Me
senté
al
fondo
del
micro
y
me
quité
los
lentes.
Tenía
unas
gafas
todas
chuecas,
¿no?
Viejas.
Lo
que
sentí
cuando
me
quité
los
lentes
es
que
de
pronto
yo
me
había
vuelto
invisible.
Ver
todo
borroso…
No
es
que
el
mundo
estuviera
borroso,
es
que
yo,
de
pronto,
me
había
vuelto…
Estaba
al
margen.
Estaba
en
mi
lugar
so…
solo,
digamos,
en
ese
micro.
Y
luego
lo
que
sentí
inmediatamente
fue…
alivio.
Pero
un
alivio
físico,
físico.
O
sea,
la
cosa
más
concreta
del
mundo
que
se
pueda
sentir.
Suena
terrible,
pero
es
que
ya.
“Ya
por
fín
se
murió
mi
mamá”.
Era
eso.
Por
fín.
Ya.
Es
que
yo
había
estado
esperando
que
se
muera.
En
algún
momento
la
van
a
matar,
y
estás
esperando.
Y
una
vez
que
está
muerta
ya
no
le
pueden
hacer
nada.
Lo
peor
que
pudo
haber
pasado,
ya
pasó.
Por
eso.
Alivio,
e
inmediatamente
después
la
culpa.
Como
un
golpe.
Pero
yo
amaba
a
mi
madre.
O
sea,
era,
era
la
persona
que
más
he
amado
en
mi
vida.
Entonces,
el
alivio
que
sentí
—egoísta,
¿no?—
al
mismo
tiempo
me
generó
la
culpa
más
grande
que
he
podido
sentir
también.
Conversamos
largo,
José
Carlos
y
yo.
Y
nuestras
vidas
y
experiencias
no
podrían
ser
más
diferentes.
Pero
entendí
que
esa
culpa
la
carga
siempre,
todo
el
tiempo.
Aunque
no
se
la
merece.
O
sea,
yo
que
no
tengo
culpa,
que
no
pedí
la
carga,
¿no?,
de
ser
hijo
de
senderistas.
No
quise
sentir
alivio
por
la
muerte
de
mi
madre.
Pero
son
cosas
que
sí…
ocurrieron.
Le
dije
que
hasta
me
parecía
cruel
darse
palo
por
sentir
ese
alivio.
Y
me
respondió
así:
Yo
te
entiendo.
Estoy
hasta
de
acuerdo.
Lamentablemente…
Estar
de
acuerdo
no
es
suficiente.
Probablemente
la
noticia
que
ustedes
van
a
escuchar
enseguida
es
la
noticia
más
esperada
del
siglo.
Esta
noche,
según
versiones
policiales,
la
DINCOTE
capturó
en
Lima
al
principal
enemigo
del
Perú,
Abimael
Guzmán
Reinoso,
el
terrorista
causante
de
la
muerte
de
25,000
personas…
4
meses
después
de
que
Silvia
Solórzano
fue
asesinada,
en
septiembre
del
92,
Abimael
Guzmán,
el
fundador
y
líder
de
Sendero
Luminoso,
fue
arrestado
en
Lima.
Esto
marcó
el
principio
del
fin
de
la
guerra.
Según
el
informe
de
la
Comisión
de
la
Verdad,
69.000
peruanos
murieron
durante
el
conflicto
interno.
Entre
ellos,
José
Manuel
y
Silvia,
los
padres
de
José
Carlos.
Se
calcula
que
Sendero
Luminoso
es
responsable
de
la
muerte
de
más
de
30.000
peruanos.
José
Carlos
Aguero
vive
en
Lima,
y
contó
parte
de
la
historia
de
su
familia
en
el
libro
“Los
rendidos”,
publicado
en
el
2015.
Su
libro
más
reciente,
“Persona”,
es
un
ensayo
con
partes
autobiográficas
que
también
trata
sobre
el
conflicto
armado
en
el
Perú.
“Persona”
ganó
el
Premio
Nacional
de
Literatura
del
Perú
en
el
2018.
Esta
historia
fue
producida
por
Daniel
Alarcón,
y
editada
por
Silvia
Viñas
y
por
mí.
Gracias
a
Caro
Rolando
por
su
apoyo
en
la
producción.
La
mezcla
y
el
diseño
de
sonido
son
de
Martina
Castro
y
Andrés
Azpiri,
con
la
música
de
Luis
Maurette.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Jorge
Caraballo,
Remy
Lozano,
Patrick
Mosley,
Ana
Prieto,
Laura
Rojas
Aponte,
Baraba
Sawhill,
David
Trujillo,
Elsa
Liliana
Ulloa
y
Luis
Fernando
Vargas.
Nuestras
pasantes
son
Lisette
Arévalo,
Victoria
Estrada
y
Andrea
López
Cruzado.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Tenemos
una
lista
de
difusión
en
WhatsApp
y
nos
gustaría
que
fueras
parte
de
ella.
Todas
las
semanas,
te
mandaremos
un
link
al
episodio
para
que
no
te
lo
pierdas
y
para
que
puedas
compartirlo
fácilmente
con
tus
contactos.
Si
quieres
unirte
a
la
lista,
envía
un
mensaje
al
número
+57
322-950-2192
y
Jorge,
nuestro
editor
de
audiencias,
te
añadirá.
Repito
el
número:
+57
322-950-2192.
Conoce
más
sobre
Radio
Ambulante
y
sobre
esta
historia
en
nuestra
página
web:
radioambulante.org.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Camila
Segura.
Gracias
por
escuchar.
Check out more Radio Ambulante

See below for the full transcript

Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Camila Segura. Tal vez algunos de ustedes no lo sepan, pero aquí en Radio Ambulante llevábamos 5 temporadas antes de unirnos a la familia de NPR. Así que de vez en cuando, nos gusta volver a nuestros archivos, para compartir con nuestra nueva audiencia algunas de nuestras historias favoritas. Entonces hoy empezamos en Lima, Perú, con una historia de nuestro productor ejecutivo, Daniel Alarcón. Aquí Daniel… La mamá de José Carlos Agüero se llamaba Silvia. Silvia Solórzano. Mi mamá era chiquita. Mediría un metro 50 y tantos, no sé, 52. Le decían “La Flaca.” Tenía el cabello negro, largo. ¿No? Se hacía una cola. Una mujer súper simple para… vestirse, arreglarse. No se arreglaba, en realidad, ¿no? Muy… Una mujer muy liberada. De un carácter fuerte pero también increíblemente vital. ¿No? Silvia creció en Lima, Perú. Su mamá, es decir, la abuela de José Carlos, era costurera. Los tíos de Silvia cantaban música criolla en diferentes bares de la capital. Y a Silvia le gustaba la música. Desde niña. José Carlos se acuerda que su mamá cantaba de todo. Constantemente. Baladas, boleros, valses, música criolla, huaynos, canciones de protesta. Mientras me contaba esto, desde su laptop, José Carlos había puesto a Johnny Pacheco, como música de fondo. “Ma, tócate esta”, le decíamos. Y ella cantaba las canciones. Y su repertorio era amplísimo. Y su voz era… tal vez no… Tal vez no soy quién para decirlo, pero creo que es de las voces más hermosas que he conocido de contralto: muy clara, fuerte, proyectada. Linda. Y en un momento, sí, lo que realmente quería era ser cantante. Cantante profesional. Era su sueño. Pero todo cambió con la llegada de un familiar. Un tío suyo, un comunista brasileño —bueno, peruano que vivía en Brasil y del Partido Comunista brasileño— vino cuando ella estaba joven y estaba empezando a hacer carrera musical, e iba a salir en la televisión. Y le dijo, “¿tú quieres ser puta? ¿Tú quieres ser puta? Porque eso es lo que vas a ser. Dedicándote a la música, ¿no? Yendo a estos programas de televisión. Tú no tienes que hacer eso”. “Tú tienes que hacer otra cosa”, le dijo su tío. “Tienes que dedicarte a los demás. A la política. A la lucha”. Y así fue. Nunca se hizo cantante. Y terminó, años después, en una playa de Lima, asesinada de tres balazos. Hoy tenemos la historia de Silvia Solórzano; la historia de una madre y su hijo, de una guerra y una ideología, de un país y una familia que se venía abajo. Y la historia comienza aquí, con 3 personajes claves. La primera es Silvia, claro: Silvia Solórzano, la mamá de José Carlos. Limeña, un poco hippie. A comienzos de los 70 tenía unos 20 años y estaba estudiando para ser secretaria, y sigue el consejo de su tío. Ni bien se gradúa consigue un trabajo como secretaria de un alto mando del Partido Comunista. Esta es su manera de apoyar la causa. Va todos los días a las oficinas del partido en la Plaza Dos de Mayo, en el centro de Lima. Segundo personaje: José Manuel Aguero. Un poco menor que Silvia. Carismático, buen hablador. Es provinciano, de Puno, pero llegó a Lima con su mamá y sus hermanos a estudiar ingeniería en la Universidad Nacional. Una carrera que nunca terminó. Como muchos de su generación, se metió en la política radical de la época. Se volvió dirigente estudiantil, y luego obrero en las fábricas de Lima, para acercarse a sus compañeros de trabajo y convencerlos de su ideología. El tercer personaje clave es José Carlos, el hijo de Silvia y José Manuel quien ha estudiado toda esta historia, tratando de entender bien quiénes fueron sus padres, y cómo fue que terminaron ahí. A comienzos de los 70, Silvia había dejado su puesto en el Partido Comunista y se había ido a Junín, en la sierra central peruana, para hacer educación política. Lo mismo que hacía José Manuel para otro partido de izquierda, también en Junín. Entonces trabajaban con gremios de obreros, de mineros, campesinos, y viajaban por todo el país haciendo esto para sus partidos. Pero sus respectivos partidos colapsaron y ambos terminaron en la casa de una familia izquierdista de la zona. Se conocieron ahí y se enamoraron. Volvieron a Lima y formaron una familia. Tuvieron 3 hijos. José Carlos es el segundo, y nació en 1975. Tiene una hermana mayor, y un hermano menor. Vivían en un barrio de clase obrera, y Silvia y José Manuel seguían militando en partidos de izquierda radical. Su casa… Siempre estaba llena de gente. De gente que entraba, salía, reuniones sindicales, eran dirigentes sindicales, ¿no? Pero ojo, en esa época ellos formaban parte de la izquierda legal. Pero eso estaba a punto de cambiar. Para el 82, cuando José Carlos tenía 7 años… Era obvio que estaban metidos en algo que no era normal. Era menos normal que antes. Cambiaban las rutinas. A veces sus padres no llegaban a casa. Había secretos. Y José Carlos lo confirmó un día, mientras revisaba los bolsillos de la chaqueta de cuero que usaba su papá. Siempre encontraba volantes políticos. Y aunque no leía muy bien, José Carlos sabía identificar algunas letras. Un día le dijo a su viejo… “Tú eres del PPC”, le dije. De tanto… confundí de las siglas. ¿PPC…? El Partido Popular Cristiano. ¿No? Y él me dijo, “no, no, no, no, no. Soy del PCP”. Me dijo, “te voy a explicar qué es el PCP”. El PCP. Partido Comunista del Perú. Pero no en el que había trabajado Silvia hacía años. Este era otro. Un partido mejor conocido como Sendero Luminoso. El grupo terrorista más notorio y sangriento de América Latina. Y eso cambió todo. Pero para entender todo esto, un poquito de historia, un poco no más. En 1980 un grupo maoísta empezó una guerra armada contra el Estado peruano. Se autodenominaban el Partido Comunista del Perú, pero se los conocía popularmente como Sendero Luminoso. Se imaginaban un estado dominado por el proletariado, una economía rígidamente centralizada. Y eran violentos, dispuestos a derramar sangre por cualquier motivo. Todo comenzó en Ayacucho, un departamento en el sur del país, pero la violencia no tardó en llegar a Lima, la capital. Y sí, la respuesta del estado peruano fue brutal; una represión letal que también cobró miles de vidas. Hubo grupos paramilitares y matanzas de parte del estado. Muchas. Cuando nos referimos a los peruanos que vivían en las zonas rurales en los 80s, generalmente estamos hablando de gente inocente, atrapada entre 2 fuegos: el de Sendero, sembrando terror sin piedad, y el del ejército. Y así, miles de desplazados llegaron a Lima. Esto es, a grandes rasgos, lo que estaba pasando en el país. Pero aquí vamos a hablar de un solo caso. Una familia: Silvia, su esposo José Manuel y sus 3 hijos. En 1983, un cuadro de Sendero cayó en manos de la autoridades y delató a varios compañeros. Entre ellos, a los padres de José Carlos. Entonces, a ambos —a su papá y a su mamá— los metieron varios meses a diferentes cárceles de Lima. Y mientras tanto José Carlos y sus hermanos se fueron a vivir con su abuela paterna. A ambos los soltaron por falta de pruebas, y luego de descansar unas semanas con la familia, su papá pasó a la clandestinidad. De ahí en adelante pasaba muy poco por la casa. Era demasiado peligroso. Y no sabemos mucho de lo que hacía para el partido, aunque podemos suponer que ya no era solo cuestión de reunirse con gente y hablar. Eran muy probablemente acciones militares, acciones violentas. Total, era un militante ya de confianza, y Sendero le había declarado la guerra al Estado peruano. En zonas rurales bajo su control masacraban pueblos enteros por la mera sospecha de que se oponían a su ideología. Y en la ciudad, volaban torres eléctricas, mataban policías, ponían coches bomba… Exactamente a las 6 de la mañana elementos terroristas han hecho detonar varias cargas explosivas frente a la séptima comisaría, ubicada en la cuadra 13 de la Avenida Alfonso Ugarte”. No podemos contabilizar en estos momentos cuántos los heridos y cuántos los muertos se han producido a raíz de este atentado producido contra el local de Canal 2. José Carlos, sus 3 hermanos y su mamá volvieron a la casa de la madre paterna, a otro barrio. Muy pobre, muy pobre. Vivíamos en una casa muy precaria. Y los vecinos no tardaron en darse cuenta de que la mamá de José Carlos estaba metida en algo peligroso. No se puede mantener un secreto así en un barrio como en el que nosotros vivíamos. Todo el mundo sabe lo que está haciendo el otro. Los papás de José Carlos nunca fueron altos mandos del partido, ni nada por el estilo. Al contrario, eran simples soldados, carne de cañón. Creían en una ideología perversa, violenta, pero se imaginaban un futuro mejor. Algo difícil de comprender, porque esos años, los 80s, eran años de sangre, guerra, y hambre. Al papá lo veían muy de vez en cuando. Mientras tanto, Silvia se las ingeniaba para sobrevivir. No tenía un trabajo fijo, porque tenía como antecedente esta acusación de terrorismo. Hacía trabajitos simples, cualquier cosa para mantener a sus hijos, y además reclutaba a personas para el partido, involucrando poco a poco a la gente en la labor de Sendero. Y lo que hacía mi madre con mucha habilidad era tocar el lado sensible de la gente. Es un proceso de seducción interesante. Lo que… Ellos llamaban “trabajo de masas.” Y a José Carlos le parecía incomodísimo. Silvia identificaba gente que podría servirle al partido y les pedía cositas, pequeños favores. Guárdeme esto”, “si me regalas tal cosita”, “si… si le das de comer a tal persona”, cosas pequeñas, ¿no? Y la idea era que esas cosas pequeñas llevarían a otras más grandes. Más comprometedoras. Nunca me gustó. Nunca me gustó. Y yo lo veía. O sea, estaba con ella y veía, y… y me daba pena, básicamente, la gente. Pena porque intuía, incluso siendo niño, que iban a terminar mal, que su mamá los estaba metiendo en algo muy oscuro. Y tenía razón. De la gente que él veía venir por la casa… Murieron todos. Y los que no murieron fueron encarcelados. Como su papá. Cuando José Carlos tenía 9 años su padre fue arrestado por segunda vez. Fue a finales del 84. Pasó así: él y 4 militantes más atacaron un puesto policial en el centro de Lima. Intentaban robar armas, pero fueron sorprendidos por agentes de seguridad. Hubo cruce de fuego y los senderistas mataron a un policía. El padre de José Carlos y los demás se fugaron, y hubo una persecución. Esta vez no lo iban a soltar. Al padre de José Carlos lo llevaron a una cárcel que se conocía como el Frontón. Impresionante era el Frontón. Impresionante. Estos recuerdos son bastante nítidos para José Carlos. Era una isla penal. Para llegar… Tomábamos una lancha en el muelle de Arcena, en el Callao, junto a otro montón de familiares. Llegábamos temprano, hacíamos cola… A veces iban con su mamá. Otras veces iban solo José Carlos y sus hermanos. Y esas veces se hacían pasar por los hijos de otros adultos, pues los menores de edad no podían entrar solos al Frontón. La gente iba cantando. Los familiares iban cantando, eh, música de Sendero. Sendero adaptada canciones populares, y le cambiaba las letras y la volvía “revolucionarias”, entre comillas. Los reos de la isla también recibían a sus visitas cantando. Sendero se había apoderado de la isla. Era —es— una isla rocosa y seca, polvorienta y desolada. Por muchos meses del año está envuelta en neblina. Pero a pesar de lo inhóspito, para finales del 85, los senderistas —incluyendo el papá de José Carlos— habían hecho de esa prisión su casa. Entonces, la isla como es de piedras, lo que hicieron fue convertirla como… como en un lugar hermoso. Con el permiso y la complicidad de las autoridades, por supuesto. Una de las primeras cosas que lograron fue… Que no le cerraran la reja del pabellón. Luego habían logrado que el torreón —había un torreón, de vigilancia— quedara libre, que ya no hubiera más vigilancia. Luego les habían… habían ganado acceso a la playa. Y finalmente lo ganaron todo. Por la noche dejaban que los guardias pasaran para cerrar la puerta del pabellón. Pero aparte de este gesto, dentro de la isla estaban libres. Decoraron las paredes con murales, y crearon ambientes agradables para que los niños pudieran pasar un lindo día con sus padres. La última vez que José Carlos vio a su viejo, él le advirtió que algo iba a pasar. Era junio de 1986. Nos dijo, mi papá, nos dijo que estuviéramos, eh, pendientes, que no nos preocupáramos, y nos despedimos en la práctica también. O sea, no solo nosotros: todos los presos se despidieron de sus familiares. Todos. Mi… mi hermana y mi hermano, éramos como niños viejos siempre. Estábamos… gente muy enterada. Eh, y sabíamos que iba a pasar algo. El 18 de junio los reos senderistas de 3 cárceles de Lima, incluyendo el Frontón, se amotinaron, tomando como rehenes a algunos guardias y a 3 periodistas. Horas después el estado contraatacó, retomando a la fuerza el control de los penales. El gobierno cumplirá con restaurar el orden nacional perturbado… Y en el Frontón, la marina peruana y la guardia republicana atacó. Después de unas horas los senderistas se rindieron, y según el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, más de 200 internos acusados o sentenciados por terrorismo fueron muertos de manera extrajudicial por agentes del estado. Entre los muertos estaba el padre de José Carlos. Ahí comenzaron los años más duros. La mamá de José Carlos no tenía trabajo. Vivía de lo que se llama en Perú, “el cachueleo”. Trabajitos. Favores. Improvisaciones económicas. Tenían que salir a buscar agua, traerla en baldes a la casa. Se robaban la electricidad de los postes de luz. Pero bueno… Aunque fuera una choza igual se volvió un centro de activismo de Sendero Luminoso. Era así. Creo que ese era un poco el rol de mi madre. Y llegaba muchísima gente a dormir, a comer, a lo mismo de siempre. Pero para José Carlos y sus hermanos no todos los que llegaban de visita eran bienvenidos de la misma manera. A algunos los querían más que a otros. O sea, con algunos se hicieron más amigos que con otros. Se acuerda bien de uno en particular. Casi todos eran, como te digo, jóvenes, jóvenes. Pero él, no sé, me parecía entonces mayor, ¿no?, pero yo me imagino que tendría, ¿qué?, 30, ¿no? Y era diferente, porque era muy amable. O sea, muy, muy tierno. Él era más tímido, cariñoso. En 1988, Silvia consiguió un trabajo vendiendo lapiceros y cartulinas en un puesto en la Universidad de San Marcos. Y parecía que las cosas iban a mejorar. Pero un día llegó a la casa con una noticia: el militante al que tanto querían… “Ha sido detenido. Ha caído”, decía. “Ha caído tal”. Lo tenía la policía. El ejército. Lo deberían estar interrogando en ese instante. La familia de José Carlos no tenía mucha opción si quería sobrevivir. Sabía lo que tenía que hacer. Fue levantar nuestros pocos bártulos que teníamos —eran algunos, que no eran muchos— e irnos de la choza. Cerrar, y largarnos. ¿Por qué? Pues, por razones bastante claras. Lo que le hacen a la gente, lo que le hacían a la gente, ehh, era torturarla. Y la mamá de José Carlos, viuda de un senderista muerto en el Frontón, no podía quedarse quieta a ver qué pasaba. Esperar a ver si su compañero era capaz de resistir o no a la tortura. Tenía 3 hijos. Y nosotros nos fuimos. Nos fuimos. Una pausa y volvemos. Este podcast de NPR y el siguiente mensaje son patrocinados por Squarespace. Un sueño es tan solo una gran idea que todavía no tiene una página web. Personaliza la apariencia y navegación de tu página, así como la forma para vender tus productos, y mucho más con un par de clicks. Ingresa a squarespace.com y haz una prueba gratuita. Y cuando estés listo para lanzar tu página, usa el código RADIO para ahorrarte 10 por ciento en la compra de tu primer sitio web o dominio. El futuro está llegando, hazlo brillar. Con Squarespace. ¿Por qué usar tenis rojos te hace parecer más influyente? ¿Qué le pasa a la relación con tus vecinos cuando vives cerca a un parque? ¿Es posible usar un método de entrenamiento para perros… para entrenar médicos? Las respuestas a estas y otras preguntas en Hidden Brain. Un podcast en inglés de NPR. ¿Qué pasa cuando una familia decide adoptar a un hijo de una raza diferente? Esta semana en Code Switch, hijos adoptivos hablan por sí mismos. Bienvenidos de vuelta a Radio Ambulante. Soy Camila Segura. Antes de la pausa, Daniel nos estaba contando cómo Silvia y sus hijos abandonaron su casa después de que un compañero fue capturado por la policía. La casa servía como refugio del Sendero Luminoso, entonces no esperaron a saber si el muchacho daría información sobre ellos. Mantuvieron un perfil bajo. No volvieron a la casa sino hasta un par de semanas después. Para recuperar algunas de las cosas que no habíamos podido llevarnos. Igual cosas sin importancia real, pero para nosotros sí tenían algún valor. Ollas. Cosas así. Ropa. Y cuando llegaron se dieron cuenta que todo había pasado tal cual lo habían previsto. Que sí, que la policía había ido a la casa, y que había revolcado todo y habían interrogado a todos los vecinos. En ese momento lo que se produce es un robo, pues, ¿no? Basicamente. O roba la policía, o roban los que están por ahí. Y esta es la parte interesante… Los vecinos —bueno, nuestros vecinos de años, ¿no?, gente a la cual… con la cual habíamos convivido por mucho tiempo— habían tomado diferentes actitudes respecto al… al hecho. Daniel nos sigue contando. A pesar de que todos eran pobres, había estratos. El que tenía casa de tablas era diferente al que vivía en casa de esteras. Y esas diferencias se manifestaron de la manera más inesperada. Lo que a mí después me dejó pensando por to… toda la vida es lo que hizo la vecina del costadito. La vecina era una de esas personas que no se sabe bien de qué vive. No tenía trabajo, pero tenía 2 bebés. Estaba llena de problemas. Muchas veces la mamá de José Carlos había ayudado a esta señora. Con comida, con dinero. Y sin embargo… Nos contaron los vecinos que nos fueron a recibir ese día que ella fue de las que nos acusó con más saña, ¿no? Diciendo ,“esa era la li… la lideresa,” ¿no? “Lideresa es. Es terrorista, es mala,” que no sé qué. Pero lo decía con rabia, ¿no? Y hay que tener claro, que este no es el tipo de barrio —ni el tipo de país— donde la gente suele ayudar a la policía. Y menos con entusiasmo. Esa rabia, para José Carlos, tiene una explicación muy clara. El pobre no es tonto, simplemente es pobre, ¿no? Tú sabes que no tienes. Y sabes que posiblemente tampoco… que… que… que eres poca cosa. Y que quizás nunca salgas de eso, y tus hijos tampoco. Yo creo que ella sintió en ese momento, cuando la policía llegó, que podía haber alguien más abajo que ella en esta escala de miserias, digamos. Por fin. Alguien más abajo que ella. Peor que todos. Alguién que no solamente era miserable y pobre, sino apestado, ¿no? Con mi mamá fuimos por muchos años grandes amigos. Ya no solamente mamá e hijo. Lo que más interesante es, es cómo mi madre se va desencantando de su guerra, de su revolución. Para comienzos de los 90, José Carlos ya era adolescente y se daba cuenta de que algo había cambiado. Como si su mamá estuviera cansada. Para estas alturas José Carlos y sus hermanos habían dejado de creer… Como habíamos creído infantilmente en la revolución, ¿no? Al contrario, ya en ese momento éramos totalmente enemigos de… del partido, y la queríamos sacar. Como fuera. Odiaban el partido. Lo odiaban. Por su violencia y su hipocresía. Unos argumentos que son obvios para los miles de peruanos que habían vivido aterrorizados por Sendero. Pero si uno creció en ese ambiente, es más difícil reconocer el partido por lo que era. Y es que José Carlos ya se había dado cuenta… Que eran contrarios a lo que predicaban. Que mataban gente. Mataban gente inocente. Y él y sus hermanos empezaron a usar cualquier recurso para convencer a su mamá de que se saliera. El chantaje emocional, la pataleta, la pelea, el argumento filosófico, el argumento político. Todo utilizamos para sacarla. Pero nada funcionó. No entiendo a mi mamá. Realmente…. No, no entiendo su conducta de esos años. De… de ese año. De ese año final Del 92. Del 92. No lo entiendo. Según José Carlos, para el 92 su mamá ya ni siquiera creía en el partido. Porque no era tonta, ¿no? Y ya se sabía que esa guerra no iba para ningún lado. Pero no había marcha atrás. Yo creo que ella era consciente de que hacer lo que estaba haciendo era estar ya jodida. Y lo veía como su destino. El suyo. No el de sus hijos. Por ejemplo, cuando un compañero de ella trató de reclutar a José Carlos, Silvia se puso furiosa y le dijo: “Yo me voy a joder en esta guerra. Yo. No tú”. Pero es que además, para todos estaba claro que tarde o temprano la iban a matar. No nos quedaba duda. O sea, a ninguno nos quedaba duda que la iban a matar, ¿no? Como mínimo la iban a meter presa 20 años, ¿no? Pero era muy posible que la mataran, porque, digamos, era para los 2 lógico pensarlo. Y lo sabíamos todos. Eso era lo loco, lo sabíamos. ¿Y ella tambien? ¡Claro que lo sabía! Lo sabía tanto que cuando yo… Le pedíamos que se fuera del país. Le pedíamos. Que se fuera. Y yo se lo pedía cada vez que en el carro regresábamos a la casa. Discutíamos, y ella no… no me hacía mucho caso. Y a pesar de toda la presión de sus hijos, Silvia se quedó en Lima. Se quedó en el partido. Hasta hizo un plan para dejar claro qué pasaría con sus hijos en caso de que muriera. Cuál hijo se iría con cuál tío. Quería que todos terminaran de estudiar, incluso si ella no estaba. Me parece lo más increíble del mundo. Porque también pudo irse. O sea, las mismas… El mismo tiempo que se tomó en esas precauciones, se lo pudo tomar en largarse del país. Y no lo hizo. Y no lo hizo. Y no sé por qué. Varias cosas sucedieron ese año, el 92. El presidente peruano de ese entonces, Alberto Fujimori, disolvió el Congreso en abril. Fue un autogolpe que inauguró casi una década de un gobierno autoritario. Mientras tanto, la violencia en Lima era una vaina despiadada. Sendero explotó un coche-bomba en Miraflores, en la calle Tarata, en medio de un barrio emblemático de la clase alta limeña. Murieron 25 personas. También fue el año en que José Carlos entró a la universidad pública, a San Marcos. Estaba acostumbrado al lugar, tanto por la tiendita de su mamá como por el ambiente político. La universidad había sido el punto de encuentro para Silvia y José Carlos durante años. A veces ella dormía en otra parte, pero siempre se veían ahí. Pero un día de mayo, la mamá de José Carlos no llegó a la casa. Y tampoco a San Marcos. José Carlos abrió el puesto, y poco después apareció alguien, un señor que no conocía. Muy seco. Muy… parco. Me preguntó, “¿acá trabaja la señora Silvia Solórzano?” José Carlos estaba muy preparado para este tipo de conversaciones. Le dijo que sí. Supo inmediatamente que el desconocido que tenía delante era un enviado de Sendero. “Bueno, ella… ha muerto”. “Muy bien, muchas gracias”. “Muchas gracias”. Eso respondió. Nada más. Los de al lado, los que vendían en las otras tiendas, se acercaron inmediatamente. Parecía que ya todos sabían. Todos menos José Carlos. Uno de ellos le dijo que había visto a su mamá en la televisión. Es que José Carlos no tenía tele. Pero había aparecido su imagen, su nombre, un poco deformado, ¿no?: el apellido un poco mal, pero ella… Es decir, su cadáver. Asesinada de 3 balazos. Con un cartel en la playa, ¿no? Un cartel que decía: “Así mueren los… los soplones, los traidores”. José Carlos supone que el cartel fue puesto por el ejército o el grupo paramilitar que la mató, para confundir. Poco después llegó un tío, el que realmente era dueño de la tiendita. Y José Carlos le contó lo que le habían dicho. El tío se fue a buscar más información, y José Carlos se quedó. Esperando. Entonces a mi lo que me correspondía era regresar a mi casa, nada más. Nada más podía hacer. Y es un largo trayecto, pues está lejísimos. En esa época eran como 2 horas de viaje, en transporte público. Y fui retrasando la llegada, porque no quería hablar con mi familia, esa es la verdad. Le esperaba una escena difícil, y José Carlos no tenía muchas ganas de enfrentarla. Me senté al fondo del micro y me quité los lentes. Tenía unas gafas todas chuecas, ¿no? Viejas. Lo que sentí cuando me quité los lentes es que de pronto yo me había vuelto invisible. Ver todo borroso… No es que el mundo estuviera borroso, es que yo, de pronto, me había vuelto… Estaba al margen. Estaba en mi lugar so… solo, digamos, en ese micro. Y luego lo que sentí inmediatamente fue… alivio. Pero un alivio físico, físico. O sea, la cosa más concreta del mundo que se pueda sentir. Suena terrible, pero es que ya. “Ya por fín se murió mi mamá”. Era eso. Por fín. Ya. Es que yo había estado esperando que se muera. En algún momento la van a matar, y estás esperando. Y una vez que está muerta ya no le pueden hacer nada. Lo peor que pudo haber pasado, ya pasó. Por eso. Alivio, e inmediatamente después la culpa. Como un golpe. Pero yo amaba a mi madre. O sea, era, era la persona que más he amado en mi vida. Entonces, el alivio que sentí —egoísta, ¿no?— al mismo tiempo me generó la culpa más grande que he podido sentir también. Conversamos largo, José Carlos y yo. Y nuestras vidas y experiencias no podrían ser más diferentes. Pero entendí que esa culpa la carga siempre, todo el tiempo. Aunque no se la merece. O sea, yo sé que no tengo culpa, que no pedí la carga, ¿no?, de ser hijo de senderistas. No quise sentir alivio por la muerte de mi madre. Pero son cosas que sí… sí ocurrieron. Le dije que hasta me parecía cruel darse palo por sentir ese alivio. Y me respondió así: Yo te entiendo. Estoy hasta de acuerdo. Lamentablemente… Estar de acuerdo no es suficiente. Probablemente la noticia que ustedes van a escuchar enseguida es la noticia más esperada del siglo. Esta noche, según versiones policiales, la DINCOTE capturó en Lima al principal enemigo del Perú, Abimael Guzmán Reinoso, el terrorista causante de la muerte de 25,000 personas… 4 meses después de que Silvia Solórzano fue asesinada, en septiembre del 92, Abimael Guzmán, el fundador y líder de Sendero Luminoso, fue arrestado en Lima. Esto marcó el principio del fin de la guerra. Según el informe de la Comisión de la Verdad, 69.000 peruanos murieron durante el conflicto interno. Entre ellos, José Manuel y Silvia, los padres de José Carlos. Se calcula que Sendero Luminoso es responsable de la muerte de más de 30.000 peruanos. José Carlos Aguero vive en Lima, y contó parte de la historia de su familia en el libro “Los rendidos”, publicado en el 2015. Su libro más reciente, “Persona”, es un ensayo con partes autobiográficas que también trata sobre el conflicto armado en el Perú. “Persona” ganó el Premio Nacional de Literatura del Perú en el 2018. Esta historia fue producida por Daniel Alarcón, y editada por Silvia Viñas y por mí. Gracias a Caro Rolando por su apoyo en la producción. La mezcla y el diseño de sonido son de Martina Castro y Andrés Azpiri, con la música de Luis Maurette. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Jorge Caraballo, Remy Lozano, Patrick Mosley, Ana Prieto, Laura Rojas Aponte, Baraba Sawhill, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Luis Fernando Vargas. Nuestras pasantes son Lisette Arévalo, Victoria Estrada y Andrea López Cruzado. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Tenemos una lista de difusión en WhatsApp y nos gustaría que fueras parte de ella. Todas las semanas, te mandaremos un link al episodio para que no te lo pierdas y para que puedas compartirlo fácilmente con tus contactos. Si quieres unirte a la lista, envía un mensaje al número +57 322-950-2192 y Jorge, nuestro editor de audiencias, te añadirá. Repito el número: +57 322-950-2192. Conoce más sobre Radio Ambulante y sobre esta historia en nuestra página web: radioambulante.org. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Camila Segura. Gracias por escuchar.

Translation Word Bank
AdBlock detected!

Your Add Blocker will interfere with the Google Translator. Please disable it for a better experience.

dismiss