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Radio Ambulante - El hospital

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El Hospital San Juan de Dios cerró al público en el 2001. Entonces, ¿por qué varios de sus trabajadores siguieron yendo durante quince años más?

Una primera versión de esta historia fue publicada en 2016 –antes de que llegáramos a NPR– y es parte de nuestros archivos.

Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Hoy
volvemos
a
nuestros
archivos
con
una
historia
del
2016
y
entramos
al
hospital
San
Juan
de
Dios,
en
el
centro
de
Bogotá.
Pues
yo
aquí
todos
estos
16
años
siempre
he
venido,
porque
esa
es
mi
profesión.
Entonces,
yo
siempre
he
venido
de
uniforme
todos
estos
años.
Esta
es
Margarita
Castro.
Es
la
enfermera
jefe
de
un
hospital
que
hace
16
años
no
tiene
pacientes.
El
hospital
público
San
Juan
de
Dios
fue
cerrado
en
el
2001.
Margarita
no
ha
recibido
ni
un
solo
peso
de
salario
en
todo
este
tiempo
y
a
duras
penas
tiene
las
monedas
para
pagar
el
bus.
Pero
igual,
todas
las
mañanas
se
levanta
temprano
y
se
va
al
hospital
a
firmar
un
librito
donde
queda
registrado
que
llegó,
que
fue
a
trabajar.
Nunca
sale
de
su
casa
sin
ponerse
en
su
saco
un
pin
blanco.
Ahí
está
el
loguito
del
hospital,
sobre
un
corazón,
y
dice
que
el
San
Juan
vive.
Y
ese
es
el
slogan
de
una
pelea
que
docenas
de
empleados
del
hospital
han
dado
por
años
para
que
les
reconozcan
sus
salarios.
Pero
esta
no
es
solamente
la
historia
de
disputas
laborales,
sino
también
la
de
un
hospital
público
que
dejó
de
serlo,
y
de
gente
como
Margarita,
para
la
que
el
San
Juan
se
ha
vuelto
su
vida
y
una
obsesión.
Es
una
historia
compleja,
llena
de
burocracia,
de
demandas
y
cambios
de
leyes.
Nuestros
productores
José
Luis
Peñarredonda
y
Andrea
Díaz
investigaron
lo
que
pasó.
Aquí
José
Luis
y
Andrea.
Imagínense
el
centro
de
Bogotá.
Congestionado,
caótico,
con
calles
estrechas
y
avenidas
grandes,
todas
con
su
bulla,
y
repletas
de
gente,
¿ya?
Es
como
cualquier
otra
capital
latinoamericana.
Y
en
medio
todo
eso,
en
la
carrera
décima
y
en
la
calle
primera,
hay
un
espacio
gigante,
enorme,
como
si
fuera
una
finca
depositada
en
medio
de
una
ciudad.
Ese
es
el
hospital
San
Juan
de
Dios.
Y
cuando
decimos
que
es
grande,
no…
¡es
muy
grande!
Son
13
hectáreas,
que
son
como
16
canchas
de
fútbol
juntas.
Está
ahí
desde
1901
y
si
uno
lo
recorre
lo
que
ve
son
22
edificios
enormes
—inspirados
en
la
arquitectura
francesa—,
que
en
algún
momento
fueron
impresionantes
pero
que
ahora
están
prácticamente
en
ruinas.
Sí,
cuando
entramos
vimos
varias
ambulancias
abandonadas
y
un
montón
de
puertas
selladas.
Todavía
quedan
unas
cuantas
hileras
de
sillas
arrumadas
y
algunos
teléfonos
públicos
que
no
sirven
desde
hace
años.
Pero
obviamente
el
hospital
no
siempre
estuvo
abandonado.
Ya
conocimos
a
Margarita
y
en
un
momento
volveremos
a
escuchar
su
historia,
pero
primero
hay
que
entender
bien
lo
que
era
el
hospital
antes
de
su
decadencia.
Era
un
lugar
especial,
donde
se
había
atendido
a
toda
la
sociedad
bogotana,
desde
la
gente
más
pobre
hasta
presidentes
de
la
República
y
ministros.
Sí,
el
hospital
San
Juan
de
Dios
fue
un
referente
latinoamericano
de
hospital
universitario.
Este
es
Mario
Hernández,
profesor
de
la
Universidad
Nacional
e
historiador
experto
en
el
San
Juan
de
Dios.
En
un
momento
dado,
el
hospital
San
Juan
de
Dios
llegó
a
tener
unas
1.200
camas,
divididas
por
especialidades
médicas,
formando
especialistas
y
hacer
incluso
investigación,
innovaciones
muy
importantes…
Ahí
hacían
sus
prácticas
los
estudiantes
de
medicina
de
la
Universidad
Nacional,
la
más
importante
del
país.
Y
entonces,
claro,
la
pregunta
es:
¿qué
pasó?
¿Cómo
es
que
una
institución
como
esta
termina
quebrándose,
abandonada
y
en
ruinas?
Bueno,
primero,
una
decadencia
como
esta
no
pasa
de
la
noche
a
la
mañana.
Incluso
antes
de
que
Margarita
comenzara
a
trabajar
en
el
San
Juan,
ya
existían
señales
de
que
había
problemas.
Por
ejemplo,
en
1975
los
médicos
y
residentes
hicieron
una
huelga
reclamando
que
el
gobierno
les
aumentara
el
presupuesto
del
hospital.
Y
es
que
en
esa
época
el
presupuesto
era
tan
poco
que
muchas
veces
los
mismos
pacientes
tenían
que
llevar
sus
propias
jeringas,
gasas
y
hasta
materiales
para
cirugía.
Aquí
se
vuelve
complicada
la
cosa.
Poco
después
de
esa
huelga
—en
el
78—
el
gobierno
nacional
decidió
retirarse
de
la
dirección
del
hospital,
dejándolo
a
la
cabeza
de
la
beneficencia
de
Cundinamarca,
pero
a
través
de
una
figura
extraña:
una
fundación
privada.
Y
bueno,
aquí
hay
que
explicar
algo
para
los
que
nos
son
colombianos.
Primero,
Cundinamarca
es
el
departamento
donde
queda
Bogotá.
Segundo,
que
la
fundación
sea
privada
es
muy
importante
porque
eso
quería
decir
que
desde
ese
momento
el
gobierno
nacional
se
quitaba
la
mayoría
de
la
responsabilidad.
El
San
Juan
ya
no
estaba
a
su
cargo
oficialmente.
Y
la
situación
no
mejoró:
los
costos
de
operación
del
San
Juan
eran
bastante
altos
y
había
menos
recursos
para
cubrirlos.
Los
ingresos
no
aumentaron
y
en
los
ochentas
la
plata
todavía
no
alcanzaba.
A
pesar
de
eso,
cuando
Margarita
Castro
comenzó
a
trabajar
allá
en
1989,
este
seguía
siendo
el
hospital
público
más
importante
de
Bogotá.
Una
institución
respetable,
con
prestigio.
Los
pacientes…
Venían
aquí
a
hacerse
su
chequeo
porque
estaban
los
mejores
médicos,
los
mejores
medios
de
diagnóstico
y
unos
sitios
muy
amplios,
muy
agradables
y
muy
adecuados
para
su
atención.
Eso
es
importante.
Claro,
había
problemas
de
presupuesto,
pero
nada
comparado
con
lo
que
se
iba
a
venir.
En
los
noventas
pasaron
dos
cosas:
primero,
la
nueva
constitución
le
prohibió
al
gobierno
darle
plata
a
entidades
privadas,
como
el
San
Juan.
Y
segundo,
se
aprobó
una
ley
—la
Ley
100—
que
exige
que
todos
los
colombianos
se
afilien
a
una
aseguradora.
Y
si
tuviéramos
que
identificar
la
principal
razón
por
la
decadencia
del
San
Juan
de
Dios,
sería
esta
ley.
Cada
persona
afiliada
tiene
derecho
a
ser
atendida
en
los
hospitales
y
clínicas
que
la
aseguradora
escoja.
Y,
claro,
eso
pues
obliga
a
que
todas
las
instituciones,
sean
públicas
o
privadas,
ajusten
sus
costos
y
traten
de
bajar
las
tarifas
para
poder
vendérselas
a
quien
las
paga,
que
son
los
aseguradores.
Eso
fue
lo
que
no
pudo
hacer
el
hospital
San
Juan
de
Dios
y,
al
contrario,
se
le
abandonó
sistemáticamente
hasta
quebrarlo.
Esto
puso
al
hospital
en
una
situación
imposible
de
resolver.
El
San
Juan
debía
vender
baratos
sus
servicios
para
que
las
aseguradoras
lo
contrataran,
pero
no
podía
hacerlo
porque
debía
pagarles
a
los
profesores
y
correr
con
los
gastos
de
ser
un
centro
universitario.
Por
eso
sus
precios
eran
muy
altos
y
las
aseguradoras
comenzaron
a
mandarle
cada
vez
menos
pacientes.
Y
entonces,
claro,
en
1999
pasó
lo
inevitable.
En
octubre
la
Universidad
Nacional
convocó
a
una
asamblea
urgente
de
los
residentes
que
trabajaban
en
el
hospital.
Margarita
se
acuerda
bien
de
ese
día.
Ella
y
las
otras
enfermeras
estaban
solas,
sin
médicos.
Durante
el
día
los
llamábamos:
“Vengan,
porque
nos
falta
valorar
unos
pacientes,
no
hay
órdenes
médicas
de
otros”.
Y
ellos,
pues,
estaban
en
la
asamblea.
Y
cuando
terminó
la
reunión,
todo
cambió.
Ya
cuando
salieron
de
la
asamblea,
fue
que
los
vimos…
era
sacando
sus
libros,
su
ropa.
Algunos
se
quedaron,
pero
la
mayoría
se
fueron.
Yo
le
llamo
“el
día
del
éxodo”,
porque
como
estábamos
allá
en
el
octavo
piso
con
los
pacientes,
uno
veía
por…
desde
las
ventanas
enormes
de
allá,
salir
y
salir
ellos
con
cosas,
con
ropas,
con
libros,
con
todo,
con
mochilas,
con…
sí,
que
se
iban
y
se
iban.
Porque
la
orden
fue
que
se
fueran
del
hospital.
Y
unas
semanas
después
del
éxodo,
a
los
demás
empleados
les
dejaron
de
pagar
sus
salarios.
Cada
empleado
empezó
a
ver
qué
iba
a
hacer.
Algunos
renunciaron.
Otros
buscaron
trabajos
temporales,
tramitaron
permisos.
Pero
unos
cuantos,
como
Margarita,
siguieron
firmes.
Sentían
que
el
San
Juan
todavía
podía
salvarse.
Nos
resistíamos
a
que…
la…
este
hospital
cerrara
las
puertas
y
le
diera
la
espalda
a
la
gente
que
ya
llegaba
acá.
Es
que
no
tocaba
traer
pacientes
de
ningún
lugar,
sino
ellos
llegaban
a
solicitar
el
servicio.
Atender
pacientes
sin
tener
prácticamente
nada
parecía
utópico
pero
insistían.
Y
lo
primero
que
hicieron
para
eso
fue
buscar
doctores
que
hicieran
lo
que
antes
hacían
los
residentes.
Conseguimos
médicos
que
ya
habían
terminado,
que
eran
conocidos,
que
habían
sido,
digamos,
nuestros
alumnos,
nuestros
compañeros.
Entonces
ellos
venían.
Lo
segundo
era
encontrar
medicamentos
y
comida
para
los
pacientes,
pues
poco
de
esto
había
en
el
hospital:
En
las
ambulancias
y
en
las
camionetas
del
hospital,
se
recorría
para
traer
medicamentos,
para
traer
alimentos,
para
traer
las
cosas
que
la
solidaridad
de
las
personas
y
de
las
empresas
nos
daban
para
los
pacientes.
Recibíamos
donaciones
de
personas
que
uno
pues
no
se
imagina.
Por
ejemplo
en
las
cárceles.
Como
oyeron.
De
las
cárceles.
Y
es
que
para
los
presos,
el
San
Juan
de
Dios
era
muy
importante,
pues
allá
los
mandaban
cuando
se
enfermaban.
Así
que
consiguieron
que
las
cárceles
les
ayudaran.
Y
allá
iban
en
la
camioneta
y
recogían
pues
los
huevos
y
las
cosas
que
estaban
dispuestas
para
el
desayuno
de
ellos.
Y
se
los
traían
y
alcanzaban
para
varios
días.
Pero
esta
situación
era
insostenible
a
largo
plazo.
En
medio
de
todo
eso
—en
el
año
2000—
algunos
trabajadores
y
estudiantes
decidieron
salir
a
protestar
en
las
calles
cercanas
al
San
Juan.
Según
ellos,
todo
era
culpa
del
gobierno
porque
favorecía
a
las
aseguradoras
y
no
se
había
interesado
por
la
suerte
del
hospital
Para
mediados
de
2001
los
disturbios
eran
cosa
de
todos
los
días.
Pero
ya
se
presenta
justo
en
este
instante
un
bloqueo
sobre
la
avenida
Caracas
aquí
en
este
sector
de
la
ciudad,
como
consecuencia
de
la
protesta
de
los
trabajadores
por
la
situación,
por
la
crisis
del
hospital.
La
situación
del
hospital
empeoraba
cada
día
pero
algunos
empleados
no
se
rendían.
Y
el
tres
de
septiembre
del
2001…
Se
apagó
el
hospital
San
Juan
de
Dios
de
Bogotá.
Esta
madrugada
Codensa
le
cortó
el
servicio
de
energía
por
una
deuda
que
supera
los
dos
mil
millones
de
pesos.
Codensa
es
la
empresa
de
energía
de
Bogotá
y
la
deuda
era
de
casi
900
mil
dólares
de
la
época.
Eso
fue
lo
que
acabó
el
hospital.
Esta
es
Blanca
Flor
Rivera,
otra
de
las
empleadas
del
San
Juan.
Porque
si
a
ti
te
quitan
la
luz,
¿cómo
funcionas?
Entonces
un
hospital
sin
luz,
¿cómo
haces
cirugías?,
¿cómo
trabajas?
Ese
fue
el
primer
descabezado
que
le
hacen
al
hospital.
Blanca
Flor
tiene
60
años.
Empezó
a
trabajar
en
el
82
haciendo
el
aseo
de
ciertos
pisos
del
hospital
y
para
el
97
la
habían
ascendido
a
mecanógrafa
de
contabilidad.
Hoy
en
día
—como
Margarita—
es
una
de
las
que
sigue
en
la
pelea.
Eh,
en
primera
medida
le
aclaro,
señor
periodista,
que
el
hospital
no
está
cerrado.
El
hospital
está
abandonado,
nunca
tuvo
un
decreto
de
cierre
y
los
cambios
que
yo
he
visto….
Después
de
la
luz
les
quitaron
el
agua,
los
teléfonos
y
mandaron
sacar
a
los
pocos
pacientes
que
quedaban.
Entonces,
para
el
2001,
esta
es
la
situación:
en
el
centro
de
la
capital
colombiana,
hay
un
hospital
abandonado,
con
más
de
20
edificios
sin
mantenimiento.
No
hay
médicos
pagos
desde
1999
y
solo
quedan
algunos
empleados,
los
más
tercos,
que
no
quieren
irse.
Además,
la
gente
más
pobre
de
la
ciudad
sigue
llegando
en
busca
de
atención
médica.
Y
no
hay
nadie
que
los
atienda.
En
una
situación
normal,
uno
diría:
ya,
se
acabó.
Y
el
hospital
cerraría
y
punto.
Pero
no
es
tan
simple.
O
por
lo
menos
no
lo
es
para
gente
como
Margarita
y
Blanca
Flor,
y
unas
docenas
más.
Recordemos
que
esto
fue
en
el
2001
y
hasta
el
día
de
hoy
siguen
firmando
un
cuaderno,
el
registro
de
que
están
ahí.
Pero,
¿por
qué?
Porque
el
director
del
hospital
de
esa
época
—Álvaro
Casallas—
les
dio
la
orden
de
continuar.
Eso
fue
en
el
año
2001.
Y
él
nos
escribía
los
comunicados
de
que
siguiéramos
viniendo,
estando,
resistiendo.
Eso
salió
del
Ministerio
de
Trabajo,
de
las
reuniones
que
tuvimos
allá.
Este
es
Casallas.
Hablamos
con
él
en
mayo
de
este
año,
porque
queríamos
saber
si
él
lo
recordaba
así.
Cuando
yo
les
dije
en
el
Ministerio
de
Trabajo
en
esas
reuniones:
“Oiga,
si
lo
han
de
liquidar,
pásenle
la
carta
a
la
gente,
pásenla
y
digan
que
se
va
a
liquidar.
Punto.
Pásenselo
y
liquídenlo.
Y
hagan
todo
como
se
debe
hacer”.
¿Por
qué
no
lo
hacen?
No
se
les
dio
la
gana
hacerlo.
Por
esa
razón,
Casallas
decidió
enviarles
una
comunicación.
Simplemente
era
una
circular
informativa,
porque
es
obligación
uno
como
directivo
de
decirles,
bueno,
qué
está
pasando.
Entonces,
si
en
el
ministerio
me
dicen:
“No,
esos
contratos
no
han
terminado”,
entonces
yo
le
digo:
“Entonces,
yo
voy
a
informarle
a
la
gente
que
los
contratos
no
han
terminado”.
En
otras
palabras,
como
el
ministerio
no
se
hacía
cargo,
Casallas
decidió
avisarles
a
los
empleados
que
sus
contratos
seguían
vigentes.
Y
entonces,
claro,
Margarita
guarda
ese
documento
como
un
tesoro.
Es
una
hoja
amarillenta
con
letra
de
computador,
en
la
que
dice
textualmente:
“Sus
relaciones
contractuales
no
han
sido
suspendidas
ni
terminadas”.
Algunos
de
los
empleados
del
San
Juan
se
han
agarrado
de
esa
circular
para
seguir
yendo
todos
estos
años.
Y
las
firmas
de
unos
90
empleados
se
han
ido
acumulando
en
más
de
15
cuadernos,
y
unas
dos
cajas
llenas
de
hojas
sueltas.
No
solamente
lo
he
firmado,
sino
que,
pues
yo
como
soy
la
coordinadora,
soy
la
encargada,
pues
tenerlo
para
que
las
personas
vengan,
y
firmen,
y
estén
ahí.
Con
estos
cuadernos
esperan
probar
que
no
han
abandonado
sus
trabajos
y
que,
por
haber
cumplido
con
sus
turnos
durante
todo
este
tiempo,
se
han
ganado
su
salario.
Pero
para
otros
empleados,
firmar
la
planilla
no
ha
sido
la
única
forma
de
pelear.
Blanca
Flor,
por
ejemplo,
además
de
ir
a
las
protestas
y
enfrentarse
a
la
policía,
también
decidió
poner
una
demanda
que
buscaba
anular
la
privatización
del
San
Juan
que
ocurrió
en
el
78.
Para
ella
y
sus
compañeros,
el
hospital
nunca
debió
dejar
de
ser
público
y
muchos
menos
dejar
de
recibir
dinero
del
gobierno.
Y
es
que
los
terrenos
del
San
Juan
han
sido
muy
atractivos,
porque
además
de
que
cuestan
mucha
plata,
están
ubicados
en
una
zona
central
de
la
ciudad,
en
la
que
se
podrían
hacer
muchas
construcciones.
Tal
vez
por
eso,
cuando
Blanca
empezó
a
trabajar
en
el
documento…
nos
llamaban
y
nos
decían
que
nos
iban
a
matar
si
poníamos
la
demanda
de
nulidad.
¿Quién
la
llamaba?
Pues,
no
se
sabe,
pero
esas
amenazas
la
afectaron.
Entonces
para
exponerse
menos,
decidió
quedarse
a
dormir
en
el
hospital.
Ella
lo
pensó
como
una
medida
temporal.
Pero
no
fue
así.
Por
ahí
en
esa
época
su
yerno
fue
asesinado
y
luego
se
separó
del
papá
de
sus
cuatro
hijos
y
se
quedó
sin
donde
vivir.
Entonces
se
le
ocurrió…
Hablar
con
los
compañeros
aquí
médicos,
de
que
me
dejaran
este
apartamento
donde
estamos
acá.
Así
que
en
el
2001
se
fue
a
vivir
al
hospital
con
sus
cuatro
hijos.
Fue
la
primera
de
unas
50
personas,
que
poco
a
poco,
fueron
ocupando
los
edificios
del
San
Juan.
Y
bueno,
en
donde
vive
no
es
tanto
un
apartamento,
como
dice
ella.
Es
más
bien
un
dormitorio,
uno
de
esos
donde
se
quedaban
los
estudiantes
de
medicina
que
tenían
turnos
de
noche.
Queda
en
el
noveno
piso
de
la
torre
principal.
El
ascensor
no
funciona
desde
hace
15
años.
Tiene
dos
cuartos
y
un
baño,
en
el
que
no
ha
habido
agua
desde
esa
época.
En
uno
de
esos
cuartos
Blanca
Flor
improvisó
una
sala
y
una
pequeña
cocina.
En
el
otro,
más
grande,
acomodó
camas
y
colchones.
El
espacio
fue
suficiente
para
ella,
sus
hijos
y
su
nieta.
Pero
las
cosas
no
eran
nada
fáciles.
Además
de
que
no
tenían
luz
ni
agua,
la
zona
que
rodeaba
el
hospital
era
muy
peligrosa.
La
calle
del
Cartucho
quedaba
a
unas
cuadras,
un
lugar
que
durante
muchos
años
fue
el
mercado
central
de
las
drogas
en
Bogotá.
A
Blanca
Flor
le
preocupaba
mucho
que
sus
hijos
se
metieran
en
problemas,
teniendo
ese
ambiente
tan
cerca.
Y
no
era
para
menos:
varios
de
los
casi
25
niños
que
crecieron
en
el
hospital
terminaron
siendo
drogadictos.
Hay
niños
que
se
perdieron,
que
el
sistema
los
absorbió;
que
fuera
de
que
le
robaron
a
sus
papás
la
plata,
el
mismo
sistema
los
volvió
drogos
y
alcohólicos
y
enfermos.
Y
para
los
hijos
de
Blanca
Flor,
vivir
en
lo
que
quedaba
del
hospital
San
Juan
de
Dios
tenía
cierto
estigma.
Como
decirle
que
a
mis
hijos
les
decían:
“¡Ja!,
esos
no
tienen
casa”,
porque
usted
sabe
que
los
niños
son
muy
duros.
Y
tener
usted
que
decirle
a
sus
hijos:
“Mamita,
dígales
que
usted
ha
vivido
en
el
hospital
y
que
esa…
esa
historia
no
la
tienen
ellos.
Y
que
usted
vive
en
el
hospital.
Y
que
usted
tiene
unos
prados
grandes”,
cuando
uno
sabía
que
eso
no
era
cierto.
Que
era
cierto
pero
que
era
una
vida
indigna,
que
era
una
desgracia.
Que
era
una
mierda
lo
que
le
estaba
pasando.
Pasaron
cinco,
diez
años,
y
la
situación
del
hospital
no
cambiaba.
Margarita
se
vio
obligada
a
buscar
otros
ingresos:
hace
manualidades
que
después
vende
y
de
vez
en
cuando
asesora
trabajos
de
grado.
Y
siempre
ha
contado
con
el
apoyo
de
su
familia
para
seguir
en
la
lucha
por
el
hospital.
Pero
otros
fueron
perdiendo
la
paciencia:
de
los
50
iniciales,
unos
12
se
han
ido.
Se
cansaron.
Se
dice
que
algunos
acabaron
en
hospitales
psiquiátricos
y
que
otros
se
suicidaron.
Y
otros
simplemente
se
murieron
de
viejos.
Los
hijos
de
Blanca
Flor
crecieron
y
ahora
viven
fuera
del
hospital.
Tratamos
de
hablar
con
varios
de
los
otros
residentes
del
San
Juan
para
esta
historia,
pero
ninguno
quiso
ser
entrevistado.
Los
que
viven
allí
sospechan
de
cualquiera,
no
importa
si
es
periodista,
funcionario
o
vecino.
Los
años
de
peleas
los
han
vuelto
así:
desconfiados.
Por
eso
tuvimos
que
subir
a
donde
vive
Blanca
Flor
en
total
silencio.
Si
se
daban
cuenta
de
que
había
unos
extraños
por
ahí,
eso
le
podía
traer
problemas.
Es
eso,
convertirse
en
un
inquilinato
de
mala
muerte,
como
todos
los
inquilinatos
de
mala
muerte
y
hay
disputas,
y
ya
con
el
tiempo
empezamos
en
un
desgaste
y
cada
cual
vive
su
mundo.
Y
es
que
entre
los
empleados
que
quedan
del
San
Juan
se
han
formado
diferentes
bandos.
Por
ejemplo,
aunque
Margarita
y
Blanca
Flor
quieren
lo
mismo
—que
el
San
Juan
vuelva
a
ser
lo
que
fue
y
que
les
reconozcan
sus
años
de
trabajo—
ellas
no
son
aliadas.
Yo
me
hablo
con
todos
los
compañeros
y
todo
pero
hay
discrepancias,
pero
discrepancias
políticas
de
fondo.
Bueno,
eso
no
es
tan
cierto.
Blanca
Flor
y
Margarita,
por
ejemplo,
prácticamente
no
se
hablan.
Y
el
problema
de
fondo
parecen
ser
las
diferentes
maneras
de
actuar
ante
la
crisis
del
hospital.
Margarita
y
su
grupo
—los
que
no
viven
en
el
San
Juan—
decidieron
pelear
dentro
del
sistema,
por
así
decirlo.
Tocaron
todas
las
puertas
que
pudieron:
buscaron
ayuda
de
las
autoridades
y
hasta
se
hicieron
amigos
de
algunos
políticos.
Ellos
desconfían
del
grupo
de
Blanca
Flor,
los
que
viven
en
el
hospital.
La
gente
que
vive
acá
no
es
porque
no
tenga
casa,
la
verdad,
¿no?
Ellos
vienen…
es
por
cobrar
una
acreencia
laboral.
Y
tienen
el
derecho
a
cobrarla,
arrendar
sus
casas
y
venir
acá.
Fue
la
determinación
pues
que
ellos
tomaron.
Y
simplemente
que
yo
nunca
tomaría.
Es
lo
único
que
digo.
Blanca
Flor
obviamente
no
lo
ve
así.
Su
grupo
decidió
pelear
por
fuera
del
sistema
y
ser
más
rebeldes.
Aunque
han
puesto
demandas,
nunca
han
creído
del
todo
en
las
instituciones.
Ellos
prefirieron
las
marchas,
los
encontronazos
con
la
policía
y
la
toma
del
hospital.
Y
no,
para
ella,
no
se
están
aprovechando
de
nada.
Se
mudaron
por
necesidad.
Fue
muy
duro
porque
la
gente
se
empezó
a
quedar
sin
sueldo,
empezaron
a
pedir
los
sitios
en
donde
vivían,
empezaron
a
no
tener
con
qué
pagar
arriendo.
Sea
como
sea,
estas
diferencias
hacen
que
todos
los
días
los
empleados
traten
de
ignorarse
mutuamente.
Para
eso
los
diferentes
bandos
se
han
repartido
el
San
Juan.
En
ese
espacio
de
13
hectáreas
han
creado
una
especie
de
barrios,
de
fronteras
invisibles,
nombrados
como
los
edificios
del
hospital:
cirugía
plástica,
ortopedia,
o
salud
mental,
por
ejemplo.
En
la
torre
central,
donde
hoy
en
día
vive
Blanca
Flor
y
otras
cinco
personas,
se
hacían
las
tareas
más
importantes:
cirugías,
hospitalizaciones,
urgencias.
Hoy
está
sucia
y
desgastada.
Y
lejos
de
la
torre,
a
unos
diez
minutos
caminando,
está
la
iglesia.
Al
lado
—en
una
oficina
húmeda
y
sin
luz—
es
donde
todos
los
días
se
reúnen
Margarita
y
su
grupo.
Ahí
no
vive
nadie.
En
comparación
con
las
demás
construcciones
del
hospital,
está
bien
conservada.
Muchas
otras
están
carcomidas
por
el
óxido
y
la
humedad,
y
a
algunas
ya
se
les
ven
los
cimientos
de
hierro.
Pero,
a
pesar
de
las
tensiones,
el
11
de
febrero
de
2015
tuvieron
una
razón
para
reunirse
todos
en
uno
de
los
patios
del
hospital.
El
porqué,
después
de
la
pausa.
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soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
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José
Luis
y
Andrea
nos
contaban
que
se
formaron
diferentes
bandos
entre
los
empleados
del
hospital.
Bandos
que
no
se
ponían
de
acuerdo
en
cuál
era
el
mejor
método
para
que
el
hospital
volviera
funcionar:
unos
creían
en
las
vías
institucionales,
otros
en
la
resistencia.
Claro,
los
bandos
no
se
llevaban
y
trataban
de
ignorarse
a
diario,
pero,
el
11
de
febrero
del
2015,
la
alcaldía
de
Bogotá
organizó
un
evento
para
anunciar
los
nuevos
planes
para
el
San
Juan.
Esto
inevitablemente
los
reunió.
No
señores,
este
hospital
no
es
privado.
Este
hospital
es
parte
de
la
historia
pública
de
Colombia.
Este
hospital
fue
expropiado
ilícitamente
de
una
manera
tal…
Este
es
Gustavo
Petro,
el
entonces
alcalde
de
Bogotá,
hablando
en
ese
evento.
Y
no
fue
poca
cosa
esta
reunión.
Estaba
no
sólo
el
alcalde
sino
también
el
expresidente,
Juan
Manuel
Santos,
y
muchos
otros
funcionarios.
Durante
su
carrera
política,
Petro
varias
veces
ha
dicho
que
el
San
Juan
es
un
símbolo
de
lo
que
él
considera
“el
desastre
de
la
Ley
100”,
esa
que
cambió
el
sistema
de
salud
en
Colombia.
Y
varias
veces
también
ha
dicho
que
debe
ser
reabierto
y
que
debe
pertenecerle
a
los
ciudadanos
y
no
a
una
institución
privada.
Incluso
ese
día
reconoció
públicamente
la
lucha
de
los
empleados.
Pero
es
gracias
a
ese
esfuerzo
de
trabajadoras
y
trabajadores
que
fueron
a
cuidar
el
patrimonio
público,
la
historia
y
el
saber,
que
hoy
podemos
abrir
el
hospital…
José
Luis
y
Andrea
nos
siguen
contando.
Como
oyen.
Reabrir
el
San
Juan
era
uno
de
los
proyectos
bandera
de
su
alcaldía.
Y
ese
día
Petro
estaba
ahí,
anunciando
un
plan
—nada
concreto.
Se
estaba
comprometiendo
a
empezar
el
proceso
de
compra
y
apertura
del
hospital.
Además,
reconoció
que
sin
personas
como
Margarita
y
Blanca
Flor
eso
no
se
hubiera
podido
hacer.
Si
esa
fuerza
laboral
no
hubiera
permanecido
durante
15
o
16
años
de
resistencia,
levantando
la
posibilidad
de
que
este
hospital
no
muriera.
El
hospital
San
Juan
de
Dios
vive.
Y
ese
día
habló
de
todo
lo
que
quería
hacer
antes
de
que
se
acabara
su
periodo.
Aquí
queremos
abrir
las
17
salas
de
cirugía,
aquí
queremos
abrir
las
urgencias
que
tanto
necesita
Bogotá.
Lo
vamos
a
hacer
con
recursos
distritales,
pero
nos
gustaría
que
la
nación
nos
ayudara.
En
un
momento
dado,
Petro
pidió
que
pasara
al
micrófono
uno
de
los
trabajadores.
Y
eso
es
cuando
dice
que
quería
que
yo
pasara,
pues,
uy…
(risa)
ahí
tomé
la
palabra
para…
pues
para
aclararles
que
ellos…
que
pues
él
y
ellos
estaban
equivocados.
No
por
eso
debemos
desconocer
que
unos
derechos
laborales,
que
unos
derechos
pensionales,
están
pendiente
por
resolver,
pero
no
como
nos
dice
el
señor
gobernador
con
unos
extrabajadores,
no:
es
con
unos
trabajadores
y
trabajadoras.
El
compromiso
es
hasta
incluyendo
el
día
de
hoy
que,
como
pueden
ver,
la
comunidad
hospitalaria
estamos
presentes
como
lo
hemos
estado
en
le
día
a
día
acá
en
el
hospital.
Ese
día
también
arrancó
la
cuenta
regresiva
para
Petro
y
su
equipo.
Les
quedaban
diez
meses
de
mandato
para
cumplir
su
promesa.
En
ese
tiempo
debían
reabrir
al
menos
una
parte
del
hospital.
Al
poco
tiempo
de
ese
evento,
comenzaron
algunas
obras
en
el
San
Juan.
El
sitio
se
llenó
de
obreros
y
materiales
de
construcción.
Incluso
se
habilitó
un
edificio
como
oficina
de
Medicina
Legal
y
Ciencias
Forenses
que,
claro,
no
necesitaba
de
mayor
infraestructura
para
funcionar.
Hablamos
con
Marta
Lucía
Zamora,
la
secretaria
general
de
Petro
y
la
voz
oficial
de
la
alcaldía.
La
entrevistamos
en
julio
de
2015,
cuando
solo
faltaban
cinco
meses
para
que
se
acabara
el
mandato
de
Petro.
Vamos
a
tener
que
abrir
urgencias,
eso
lo
vamos
a
hacer
este
año
antes
de
terminar
el
gobierno.
Y
estos
son
actos
que
son…
que
son
concretos
y
que
la
sociedad
y
la
comunidad
van
a
encontrar
que
es
una
realidad
prestar
allí
los
servicios
de
salud.
Y
sí,
el
proceso
parecía
estar
avanzando,
pero
el
problema
de
los
empleados
seguía
sin
resolverse.
Hablamos
con
Margarita
cuando
faltaban
unos
tres
meses
para
que
se
acabara
el
mandato
de
Petro.
¿Qué
se
ha
logrado?
Que
el
hospital,
como
hospital,
hayan
predeterminado
estas
acciones,
¿no?,
de…
de
apertura.
Pero
lo
que
no
se
ha
hecho
es
nada
frente
a
nuestros
derechos.
Petro
sabía
muy
bien
que
la
deuda
de
los
trabajadores
aún
está
pendiente.
Lo
mencionó
en
su
discurso
ese
día
en
el
hospital.
Hay
que
saldar
la
deuda
pensional
y
laboral,
indudablemente,
y
hay
que
cerrar
las
heridas
que
se
abrieron.
Pero,
¿cuándo
se
les
va
a
pagar?,
¿quién
les
va
a
pagar?,
¿cuánta
plata?
Petro
no
se
comprometió
con
cifras
ni
fechas
en
su
discurso.
Y
es
que
el
problema
de
los
trabajadores
es
como
una
papa
caliente
que
se
pasan
entre
todas
las
entidades
involucradas.
Acordémonos
de
que
a
los
empleados
les
dejaron
de
pagar
en
1999
y
que
muchos
no
se
quedaron
de
brazos
cruzados.
Varios
pusieron
demandas
personales
en
diferentes
juzgados.
Pero
dependiendo
del
juez,
los
resultados
fueron
diferentes.
A
algunos
empleados,
los
jueces
ordenaron
que
se
les
pagara,
pero
solo
desde
el
2001
hasta
el
2007.
Y
en
otros
casos,
no.
Ni
un
peso.
Así
que
algunos
trabajadores
recurrieron
a
la
Corte
Constitucional,
uno
de
los
Tribunales
Supremos
del
país.
En
el
2008,
después
de
nueve
años
sin
ver
un
sueldo,
recibieron
una
respuesta
oficial.
La
corte
dijo
que
la
relación
laboral
había
terminado
en
septiembre
del
2001.
El
argumento
de
la
corte
es
que
desde
esa
fecha
el
hospital
dejó
de
funcionar
como
hospital.
Así
que
no
había
trabajo
para
hacer
allí,
no
había
pacientes
para
atender.
Es
decir
que
todas
estas
personas
que
han
estado
viviendo
en
el
hospital
o
yendo
todos
los
días
a
firmar
una
planilla
durante
15
años,
no
serán
compensadas
por
ello.
Y
eso
no
fue
aceptado
por
ellos
y
por
eso
ellos
continúan
en
esa
batalla
de
que
se
les
reconozca
un
tiempo
posterior
de
sus
vínculos
con
el
San
Juan
de
Dios.
¿Se
acuerdan
de
ese
documento
amarillento
firmado
por
Álvaro
Casallas,
el
director
de
la
época,
diciéndoles
a
los
empleados
que
siguieran
trabajando?
¿Ese
que
Margarita
guarda
como
un
tesoro?
Bueno,
pues
ese
es
parte
de
su
argumento.
Aquí
Casallas
otra
vez.
Entonces
usted
oye
a
un
alcalde,
usted
oye
a
un
ministro
y
toda
la
cosa,
y
dice:
“No,
¿cómo
quieren
que
les
reconozcamos
un
tiempo
de
trabajo
cuando
no
hay
pacientes?”.
Pero
nadie
se
atreve
a
decir:
“Es
que
nunca
les
pasaron
una
nota
formal
diciéndoles
que
aquí
terminó
su
contrato”.
Y
en
efecto,
oficialmente
a
ninguno
de
ellos
le
han
terminado
su
contrato.
El
abogado
Sebastián
Senior,
que
está
trabajando
por
la
reapertura
del
hospital,
nos
lo
explicó
así:
El
contrato
se
acaba
cuando
se
hace
la
liquidación
del
contrato.
Y
debe
ser
firmada
tanto
por
el
empleador
como
por
el
empleado.
Pero
eso
nunca
pasó.
Los
contratos
están,
digamos,
en
el
limbo.
No
están
vigentes,
porque
su
razón
de
ser
ya
no
existe.
Pero
tampoco
están
muertos,
porque
no
han
sido
acabados
como
lo
manda
la
ley.
Y
ese
es
justamente
el
argumento
de
los
empleados
para
no
aceptar
la
decisión
de
la
corte.
Además,
como
la
situación
financiera
del
hospital
era
terrible
desde
hacía
muchísimo
tiempo
—al
menos
desde
mitad
de
los
setentas—
hay
todavía
algunos
trabajadores
a
los
que
les
deben
plata
de
antes
del
2001.
Y
la
corte
también
dio
un
ultimátum
al
respecto.
Le
puso
al
gobierno
plazo
hasta
el
2013
para
hacer
esos
pagos.
Pero
esto
no
se
ha
cumplido
y
Petro
en
su
momento
les
ofreció
una
alternativa.
La
solución
que
nosotros
les
hemos
planteado
a
ellos,
sobretodo
los
que
viven
actualmente
en
el
hospital
San
Juan
de
Dios,
es
buscar
una
fórmula
a
través
de
las
viviendas
de
interés
prioritario,
para
que
ellos
puedan
tener
acceso
a
una
vivienda
digna
y
puedan
salir
del
San
Juan
de
Dios
a
otro
sitio.
Es
decir,
les
ofrecían
una
casa
subsidiada
por
el
gobierno.
Pero
ellos
no
quieren
una
casa.
Lo
que
quieren
es
que
les
paguen
por
todos
estos
años,
hasta
hoy,
y
que
el
hospital
vuelva
a
funcionar
como
en
su
mejor
época.
No
puede
haber
un
bien
público
abandonado,
un
bien
estatal
así
como
está
abandonado.
Esto
es
una
vergüenza
pa’
este
sistema,
pa’
estos
gobiernos.
Esto
es
un
acabose
de
todas
las
normas
y
de
todas
las
leyes.
Blanca
Flor
nunca
creyó
en
las
promesas
de
Petro
y
el
tiempo
le
dio
la
razón.
A
pesar
de
las
obras,
a
los
pocos
meses
del
evento
con
el
presidente,
era
claro
que
el
San
Juan
no
iba
a
poder
recibir
pacientes
pronto.
La
sala
de
urgencias,
que
era
el
gran
objetivo
del
exalcalde,
no
alcanzó
a
estar
terminada
antes
de
su
salida,
el
31
de
diciembre
de
2015.
El
nuevo
alcalde,
Enrique
Peñalosa,
no
tiene
al
San
Juan
de
Dios
entre
sus
prioridades.
Para
él,
recuperarlo
vale
demasiado.
Esto
dijo
el
nuevo
secretario
de
salud,
Luis
Gonzalo
Morales,
en
una
conferencia
de
prensa
en
enero
de
2016.
Un
hospital
de
250
camas,
dotado
por
completo
y
construido
con
todas
las
técnicas
modernas,
cuesta
250.000
millones
de
pesos.
Recuperar
el
San
Juan
de
Dios
pues
nos
va
a
costar
un
billón
de
pesos.
Lo
que
resulta
obvio
—y
es
lo
que
ha
dicho
el
alcalde—,
pues
tenemos
otras
prioridades.
Y
yo
prefiero
gastarme
ese
billón
de
pesos
en
construir
cuatro
hospitales,
que
no
tener
uno
solo
por
esa
misma
cantidad
de
dinero.
Buscamos
a
Morales
para
preguntarle
sobre
los
detalles
de
su
declaración
y
lo
encontramos
haciendo
un
recorrido
por
otro
hospital
de
Bogotá.
Habló
con
nosotros
mientras
caminaba.
Esto
fue
lo
que
nos
dijo
en
abril
de
este
año,
2016:
Mire,
lo
primero
es
que
la
propiedad
del
San
Juan
de
Dios
todavía
no
es
del
distrito.
Es
decir
que
el
proceso
de
compra
del
San
Juan
que
se
inició
en
la
alcaldía
de
Petro,
aún
no
se
ha
dado.
Y,
pues
claro,
gran
parte
de
la
demora
se
debe
a
la
situación
de
los
empleados.
Que
es
la
gobernación
de
Cundinamarca
la
que
tiene
que
hacerse
cargo
de
las
32
familias
que
entiendo
están
viviendo…
están
habitando
ese
lugar.
O
sea,
nos
tiene
que
entregar
ese
hospital
sin
esas
familias
que
están
viviendo
allá.
Y
el
gobierno
de
Cundinamarca
es
el
que
hoy
controla
el
hospital.
Por
eso
es
que
Morales
dice
que
debe
ser
la
gobernación
la
que
solucione
el
problema.
Tratamos
de
hablar
con
el
gobernador
Jorge
Rey,
para
saber
en
qué
va
la
situación
con
los
empleados.
Le
mandamos
preguntas
a
su
jefe
de
prensa
y
hasta
el
día
de
hoy
no
nos
han
contestado.
Pero
aquí
está
la
declaración
que
le
dio
a
otro
medio
en
marzo
de
este
año.
Hay
unas
personas
que
están
en
las
instalaciones.
Pues,
eh,
nos
corresponderá,
pues
entregar
el
predio,
eh,
absolutamente
saneado
y
sin
la
presencia
de
estas
personas
a
través
de
un
proceso
policivo.
Lo
que
quiere
decir
Rey
—no
tan
diplomáticamente—
es
que
la
gobernación
va
a
sacar
a
los
habitantes
del
hospital
con
la
policía.
Y
se
supone
que
después
de
que
esté
desocupado,
ahí
se
lo
entregan
a
la
alcaldía
Pero,
para
la
administración
actual,
el
plan
inicial
del
exalcalde
Petro
es
inviable.
Aquí
Morales
otra
vez:
Para
poder
abrir
unas
urgencias,
se
requiere
de
las
áreas
de
respaldo.
Se
requiere
entonces
tener
quirófanos,
se
requiere
tener
laboratorios,
se
requiere
tener
rayos
X,
se
requiere
tener
hospitalización.
Y
lo
que
hizo
la
administración
adecuada…
eh,
anterior
fue
adecuar
solamente
el
primer
piso
que
es
el
área
de
urgencias,
pero
no
tiene
ninguna
de
las
áreas
de
soporte,
entonces
no
se
pueden
abrir
unas
urgencias.
Y
es
que
aunque
la
alcaldía
actual
tiene
algunos
planes
para
lo
que
es
hoy
el
San
Juan,
no
son
tan
ambiciosos
como
los
de
Petro.
Dos
centros
de
atención
prioritaria
vamos
a
abrir
en
tres
o
cuatro
meses
máximo.
Dentro
del
San
Juan
de
Dios?
Sí,
en
el
San
Juan
de
Dios.
Y
en
unos
diez
años,
según
él,
se
terminará
un
nuevo
hospital
en
los
terrenos
del
San
Juan
que
hoy
se
encuentran
vacíos.
Reconstruir
los
edificios
actuales
es
demasiado
caro
y
Morales
dice
que
esta
administración
no
lo
va
a
hacer.
La
esperanza
más
cercana
que
tuvo
el
San
Juan
de
Dios
de
revivir
quedó
reducida
a
su
mínima
expresión.
Habrá
que
esperar
otra
década
para
saber
si
el
San
Juan
mantendrá
su
nombre.
Pero
lo
cierto
es
que
para
ese
entonces,
los
empleados
que
aún
vivan
van
a
tener,
casi
todos,
más
de
70
años.
Será
muy
tarde
para
que
puedan
volver
a
trabajar.
A
Casallas,
el
exdirector,
toda
la
situación
con
los
empleados
le
parece…
De
la
miserableza
más
grande,
que
algún
día
alguien
tendrá
que
pagar.
Porque
a
me
parece
una
actitud
de
lo
más
inhumano
y
de
lo
más
insensible.
El
hospital
es
el
monumento
a
la
dejadez,
al
“no
me
importa”,
al…
al
manejo
inhumano
de
las
personas.
Es
decir,
es
todo
lo
contrario
de
lo
que
uno
debiera
ser,
el
estandarte
de
lo
que
fue
el
hospital
históricamente.
Hace
años
que
la
torre
principal
no
se
veía
tan
bien
desde
afuera.
La
cancha
de
fútbol
está
en
buen
estado.
Incluso
se
ven
algunas
obras
terminadas:
un
jardín
infantil,
la
oficina
de
Medicina
Legal
y
algunos
consultorios
en
los
que
la
alcaldía
espera
que
pronto
se
pueda
atender
pacientes.
Pero
el
edificio
en
el
que
vive
Blanca
Flor
sigue
carcomido
por
la
humedad
y
está
lleno
de
palomas.
Los
muebles
están
rotos
y
llenos
de
polvo.
Todo
tiene
un
aire
a
casa
embrujada.
Todavía
no
hay
agua
y
la
electricidad
funciona
en
muy
pocas
partes
del
edificio.
Las
tareas
más
cotidianas,
como
bañarse,
o
preparar
un
café,
requieren
de
una
logística
agotadora.
Blanca
Flor
lleva
años
subiendo
litros
de
agua
al
hombro
por
una
escalera
y
atravesando
un
cable
en
medio
de
los
techos
para
tener
un
bombillo
para
las
noches.
Ella
ya
hizo
su
vida.
Sus
hijos
ya
son
adultos,
lograron
ir
a
la
universidad.
Es
que
se
las
ha
ingeniado
para
sobrevivir
con
casi
nada
y
sacarlos
adelante.
Los
hijos
de
Margarita
también
son
profesionales,
o
están
a
punto
de
serlo.
Ella
perdió
la
pelea
para
que
le
reconocieran
sus
salarios
y
prestaciones
de
los
últimos
15
años,
pero
sigue
peleando
porque
el
San
Juan
es
su
razón
de
vida.
Su
mayor
victoria
es
haber
ayudado
a
que
reconocieran
al
hospital
como
Monumento
Nacional
en
2002.
Más
allá
de
los
honores,
eso
impide
que
el
San
Juan
pueda
ser
demolido.
Su
sueño
es
estar
allí
el
día
en
que
el
hospital
vuelva
a
funcionar.
Y
estamos
nosotros
y
nosotras,
que
sabemos
el…
y
nos
hemos
actualizado,
que
sabemos
cómo
funcionaría
ese
hospital.
La
diferencia
está
en
que
nos
tengan
en
cuenta.
Estuvimos
16
años
cuidando
y
visibilizando
el
hospital,
y
lo
mínimo
que
aspiramos
es
también
poder
ser
partícipes
en
ponerlo
a
funcionar.
En
cambio,
Blanca
Flor
ya
perdió
la
esperanza.
A
las
paredes
se
les
barniza,
se
le
arregla,
se
le
cementan,
se
le
pañetan,
se
le
vuelve
y
se
le
echa
pintura,
pero
los
humanos…
devuélvanos,
hagan
la
máquina
del
tiempo,
retrocedan
el
tiempo
y
vuélvanos
jóvenes,
porque
hay
unos
daños
y
perjuicios
causados.
Y
ya
no
tienen
reversa.
Dos
años
y
medio
después,
la
situación
del
hospital
es
muy
diferente.
La
mayoría
de
las
personas
que
vivían
ahí
ya
se
fueron.
La
alcaldía
de
Bogotá
anunció
en
noviembre
del
2018
un
proyecto
para
reconstruir
la
sede
del
San
Juan
de
Dios
y
poner
a
funcionar
allí
otro
hospital.
Para
eso
se
demolerán
seis
edificios,
entre
ellos,
la
torre
central,
donde
vivía
Blanca
Flor.
Blanca
Flor
se
fue
a
finales
del
2015,
poco
tiempo
después
de
que
hablamos
con
ella.
Estaba
cansada
de
seguir
peleando,
y
nos
dijo
que
las
malas
condiciones
del
edificio
la
estaban
enfermando.
Ahora
vive
con
una
de
sus
hijas.
Desde
2016,
Margarita
no
ha
podido
entrar
al
lugar
donde
solía
pasar
sus
días
porque
los
vigilantes
cambiaron
las
llaves.
A
veces
se
reúne
con
sus
compañeros
en
la
entrada
del
hospital.
Ni
ella,
ni
Blanca
Flor,
están
de
acuerdo
con
el
nuevo
proyecto
de
la
alcaldía.
Dicen
que
se
recuperarían
los
edificios,
pero
se
entierra
para
siempre
el
gran
hospital
público
y
abierto
a
todos
los
colombianos.
Andrea
Díaz
es
periodista
y
documentalista,
y
vive
en
Montreal.
José
Luis
Peñarredonda
es
periodista
y
vive
en
Bogotá.
Camila
Segura
es
la
editora
principal
de
Radio
Ambulante.
Este
episodio
fue
editado
por
Silvia
Viñas,
Luis
Trelles
y
por
mí.
La
mezcla
y
el
diseño
de
sonido
es
de
Andrés
Azpiri,
con
música
de
Luis
Maurette.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Lisette
Arévalo,
Gabriela
Brenes,
Jorge
Caraballo,
Victoria
Estrada,
Miranda
Mazariegos,
Andrea
López
Cruzado,
Rémy
Lozano,
Diana
Morales,
Patrick
Mosley,
Ana
Prieto,
Laura
Rojas
Aponte,
Barbara
Sawhill,
David
Trujillo,
Elsa
Liliana
Ulloa
y
Luis
Fernando
Vargas.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
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Soy
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Alarcón.
Gracias
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Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Hoy volvemos a nuestros archivos con una historia del 2016 y entramos al hospital San Juan de Dios, en el centro de Bogotá. Pues yo aquí todos estos 16 años siempre he venido, porque esa es mi profesión. Entonces, yo siempre he venido de uniforme todos estos años. Esta es Margarita Castro. Es la enfermera jefe de un hospital que hace 16 años no tiene pacientes. El hospital público San Juan de Dios fue cerrado en el 2001. Margarita no ha recibido ni un solo peso de salario en todo este tiempo y a duras penas tiene las monedas para pagar el bus. Pero igual, todas las mañanas se levanta temprano y se va al hospital a firmar un librito donde queda registrado que llegó, que fue a trabajar. Nunca sale de su casa sin ponerse en su saco un pin blanco. Ahí está el loguito del hospital, sobre un corazón, y dice que el San Juan vive. Y ese es el slogan de una pelea que docenas de empleados del hospital han dado por años para que les reconozcan sus salarios. Pero esta no es solamente la historia de disputas laborales, sino también la de un hospital público que dejó de serlo, y de gente como Margarita, para la que el San Juan se ha vuelto su vida y una obsesión. Es una historia compleja, llena de burocracia, de demandas y cambios de leyes. Nuestros productores José Luis Peñarredonda y Andrea Díaz investigaron lo que pasó. Aquí José Luis y Andrea. Imagínense el centro de Bogotá. Congestionado, caótico, con calles estrechas y avenidas grandes, todas con su bulla, y repletas de gente, ¿ya? Es como cualquier otra capital latinoamericana. Y en medio todo eso, en la carrera décima y en la calle primera, hay un espacio gigante, enorme, como si fuera una finca depositada en medio de una ciudad. Ese es el hospital San Juan de Dios. Y cuando decimos que es grande, no… ¡es muy grande! Son 13 hectáreas, que son como 16 canchas de fútbol juntas. Está ahí desde 1901 y si uno lo recorre lo que ve son 22 edificios enormes —inspirados en la arquitectura francesa—, que en algún momento fueron impresionantes pero que ahora están prácticamente en ruinas. Sí, cuando entramos vimos varias ambulancias abandonadas y un montón de puertas selladas. Todavía quedan unas cuantas hileras de sillas arrumadas y algunos teléfonos públicos que no sirven desde hace años. Pero obviamente el hospital no siempre estuvo abandonado. Ya conocimos a Margarita y en un momento volveremos a escuchar su historia, pero primero hay que entender bien lo que era el hospital antes de su decadencia. Era un lugar especial, donde se había atendido a toda la sociedad bogotana, desde la gente más pobre hasta presidentes de la República y ministros. Sí, el hospital San Juan de Dios fue un referente latinoamericano de hospital universitario. Este es Mario Hernández, profesor de la Universidad Nacional e historiador experto en el San Juan de Dios. En un momento dado, el hospital San Juan de Dios llegó a tener unas 1.200 camas, divididas por especialidades médicas, formando especialistas y hacer incluso investigación, innovaciones muy importantes… Ahí hacían sus prácticas los estudiantes de medicina de la Universidad Nacional, la más importante del país. Y entonces, claro, la pregunta es: ¿qué pasó? ¿Cómo es que una institución como esta termina quebrándose, abandonada y en ruinas? Bueno, primero, una decadencia como esta no pasa de la noche a la mañana. Incluso antes de que Margarita comenzara a trabajar en el San Juan, ya existían señales de que había problemas. Por ejemplo, en 1975 los médicos y residentes hicieron una huelga reclamando que el gobierno les aumentara el presupuesto del hospital. Y es que en esa época el presupuesto era tan poco que muchas veces los mismos pacientes tenían que llevar sus propias jeringas, gasas y hasta materiales para cirugía. Aquí se vuelve complicada la cosa. Poco después de esa huelga —en el 78— el gobierno nacional decidió retirarse de la dirección del hospital, dejándolo a la cabeza de la beneficencia de Cundinamarca, pero a través de una figura extraña: una fundación privada. Y bueno, aquí hay que explicar algo para los que nos son colombianos. Primero, Cundinamarca es el departamento donde queda Bogotá. Segundo, que la fundación sea privada es muy importante porque eso quería decir que desde ese momento el gobierno nacional se quitaba la mayoría de la responsabilidad. El San Juan ya no estaba a su cargo oficialmente. Y la situación no mejoró: los costos de operación del San Juan eran bastante altos y había menos recursos para cubrirlos. Los ingresos no aumentaron y en los ochentas la plata todavía no alcanzaba. A pesar de eso, cuando Margarita Castro comenzó a trabajar allá en 1989, este seguía siendo el hospital público más importante de Bogotá. Una institución respetable, con prestigio. Los pacientes… Venían aquí a hacerse su chequeo porque estaban los mejores médicos, los mejores medios de diagnóstico y unos sitios muy amplios, muy agradables y muy adecuados para su atención. Eso es importante. Claro, había problemas de presupuesto, pero nada comparado con lo que se iba a venir. En los noventas pasaron dos cosas: primero, la nueva constitución le prohibió al gobierno darle plata a entidades privadas, como el San Juan. Y segundo, se aprobó una ley —la Ley 100— que exige que todos los colombianos se afilien a una aseguradora. Y si tuviéramos que identificar la principal razón por la decadencia del San Juan de Dios, sería esta ley. Cada persona afiliada tiene derecho a ser atendida en los hospitales y clínicas que la aseguradora escoja. Y, claro, eso pues obliga a que todas las instituciones, sean públicas o privadas, ajusten sus costos y traten de bajar las tarifas para poder vendérselas a quien las paga, que son los aseguradores. Eso fue lo que no pudo hacer el hospital San Juan de Dios y, al contrario, se le abandonó sistemáticamente hasta quebrarlo. Esto puso al hospital en una situación imposible de resolver. El San Juan debía vender baratos sus servicios para que las aseguradoras lo contrataran, pero no podía hacerlo porque debía pagarles a los profesores y correr con los gastos de ser un centro universitario. Por eso sus precios eran muy altos y las aseguradoras comenzaron a mandarle cada vez menos pacientes. Y entonces, claro, en 1999 pasó lo inevitable. En octubre la Universidad Nacional convocó a una asamblea urgente de los residentes que trabajaban en el hospital. Margarita se acuerda bien de ese día. Ella y las otras enfermeras estaban solas, sin médicos. Durante el día los llamábamos: “Vengan, porque nos falta valorar unos pacientes, no hay órdenes médicas de otros”. Y ellos, pues, estaban en la asamblea. Y cuando terminó la reunión, todo cambió. Ya cuando salieron de la asamblea, fue que los vimos… era sacando sus libros, su ropa. Algunos sí se quedaron, pero la mayoría se fueron. Yo le llamo “el día del éxodo”, porque como estábamos allá en el octavo piso con los pacientes, uno veía por… desde las ventanas enormes de allá, salir y salir ellos con cosas, con ropas, con libros, con todo, con mochilas, con… sí, que se iban y se iban. Porque la orden fue que se fueran del hospital. Y unas semanas después del éxodo, a los demás empleados les dejaron de pagar sus salarios. Cada empleado empezó a ver qué iba a hacer. Algunos renunciaron. Otros buscaron trabajos temporales, tramitaron permisos. Pero unos cuantos, como Margarita, siguieron firmes. Sentían que el San Juan todavía podía salvarse. Nos resistíamos a que… la… este hospital cerrara las puertas y le diera la espalda a la gente que ya llegaba acá. Es que no tocaba traer pacientes de ningún lugar, sino ellos llegaban a solicitar el servicio. Atender pacientes sin tener prácticamente nada parecía utópico pero insistían. Y lo primero que hicieron para eso fue buscar doctores que hicieran lo que antes hacían los residentes. Conseguimos médicos que ya habían terminado, que eran conocidos, que habían sido, digamos, nuestros alumnos, nuestros compañeros. Entonces ellos venían. Lo segundo era encontrar medicamentos y comida para los pacientes, pues poco de esto había en el hospital: En las ambulancias y en las camionetas del hospital, se recorría para traer medicamentos, para traer alimentos, para traer las cosas que la solidaridad de las personas y de las empresas nos daban para los pacientes. Recibíamos donaciones de personas que uno pues no se imagina. Por ejemplo en las cárceles. Como oyeron. De las cárceles. Y es que para los presos, el San Juan de Dios era muy importante, pues allá los mandaban cuando se enfermaban. Así que consiguieron que las cárceles les ayudaran. Y allá iban en la camioneta y recogían pues los huevos y las cosas que estaban dispuestas para el desayuno de ellos. Y se los traían y alcanzaban para varios días. Pero esta situación era insostenible a largo plazo. En medio de todo eso —en el año 2000— algunos trabajadores y estudiantes decidieron salir a protestar en las calles cercanas al San Juan. Según ellos, todo era culpa del gobierno porque favorecía a las aseguradoras y no se había interesado por la suerte del hospital Para mediados de 2001 los disturbios eran cosa de todos los días. Pero ya se presenta justo en este instante un bloqueo sobre la avenida Caracas aquí en este sector de la ciudad, como consecuencia de la protesta de los trabajadores por la situación, por la crisis del hospital. La situación del hospital empeoraba cada día pero algunos empleados no se rendían. Y el tres de septiembre del 2001… Se apagó el hospital San Juan de Dios de Bogotá. Esta madrugada Codensa le cortó el servicio de energía por una deuda que supera los dos mil millones de pesos. Codensa es la empresa de energía de Bogotá y la deuda era de casi 900 mil dólares de la época. Eso fue lo que acabó el hospital. Esta es Blanca Flor Rivera, otra de las empleadas del San Juan. Porque si a ti te quitan la luz, ¿cómo funcionas? Entonces un hospital sin luz, ¿cómo tú haces cirugías?, ¿cómo tú trabajas? Ese fue el primer descabezado que le hacen al hospital. Blanca Flor tiene 60 años. Empezó a trabajar en el 82 haciendo el aseo de ciertos pisos del hospital y para el 97 la habían ascendido a mecanógrafa de contabilidad. Hoy en día —como Margarita— es una de las que sigue en la pelea. Eh, en primera medida le aclaro, señor periodista, que el hospital no está cerrado. El hospital está abandonado, nunca tuvo un decreto de cierre y los cambios que yo he visto…. Después de la luz les quitaron el agua, los teléfonos y mandaron sacar a los pocos pacientes que quedaban. Entonces, para el 2001, esta es la situación: en el centro de la capital colombiana, hay un hospital abandonado, con más de 20 edificios sin mantenimiento. No hay médicos pagos desde 1999 y solo quedan algunos empleados, los más tercos, que no quieren irse. Además, la gente más pobre de la ciudad sigue llegando en busca de atención médica. Y no hay nadie que los atienda. En una situación normal, uno diría: ya, se acabó. Y el hospital cerraría y punto. Pero no es tan simple. O por lo menos no lo es para gente como Margarita y Blanca Flor, y unas docenas más. Recordemos que esto fue en el 2001 y hasta el día de hoy siguen firmando un cuaderno, el registro de que están ahí. Pero, ¿por qué? Porque el director del hospital de esa época —Álvaro Casallas— les dio la orden de continuar. Eso fue en el año 2001. Y él nos escribía los comunicados de que siguiéramos viniendo, estando, resistiendo. Eso salió del Ministerio de Trabajo, de las reuniones que tuvimos allá. Este es Casallas. Hablamos con él en mayo de este año, porque queríamos saber si él lo recordaba así. Cuando yo les dije en el Ministerio de Trabajo en esas reuniones: “Oiga, si lo han de liquidar, pásenle la carta a la gente, pásenla y digan que se va a liquidar. Punto. Pásenselo y liquídenlo. Y hagan todo como se debe hacer”. ¿Por qué no lo hacen? No se les dio la gana hacerlo. Por esa razón, Casallas decidió enviarles una comunicación. Simplemente era una circular informativa, porque es obligación uno como directivo de decirles, bueno, qué está pasando. Entonces, si en el ministerio me dicen: “No, esos contratos no han terminado”, entonces yo le digo: “Entonces, yo voy a informarle a la gente que los contratos no han terminado”. En otras palabras, como el ministerio no se hacía cargo, Casallas decidió avisarles a los empleados que sus contratos seguían vigentes. Y entonces, claro, Margarita guarda ese documento como un tesoro. Es una hoja amarillenta con letra de computador, en la que dice textualmente: “Sus relaciones contractuales no han sido suspendidas ni terminadas”. Algunos de los empleados del San Juan se han agarrado de esa circular para seguir yendo todos estos años. Y las firmas de unos 90 empleados se han ido acumulando en más de 15 cuadernos, y unas dos cajas llenas de hojas sueltas. No solamente lo he firmado, sino que, pues yo como soy la coordinadora, soy la encargada, pues tenerlo para que las personas vengan, y firmen, y estén ahí. Con estos cuadernos esperan probar que no han abandonado sus trabajos y que, por haber cumplido con sus turnos durante todo este tiempo, se han ganado su salario. Pero para otros empleados, firmar la planilla no ha sido la única forma de pelear. Blanca Flor, por ejemplo, además de ir a las protestas y enfrentarse a la policía, también decidió poner una demanda que buscaba anular la privatización del San Juan que ocurrió en el 78. Para ella y sus compañeros, el hospital nunca debió dejar de ser público y muchos menos dejar de recibir dinero del gobierno. Y es que los terrenos del San Juan han sido muy atractivos, porque además de que cuestan mucha plata, están ubicados en una zona central de la ciudad, en la que se podrían hacer muchas construcciones. Tal vez por eso, cuando Blanca empezó a trabajar en el documento… Sí nos llamaban y nos decían que nos iban a matar si poníamos la demanda de nulidad. ¿Quién la llamaba? Pues, no se sabe, pero esas amenazas la afectaron. Entonces para exponerse menos, decidió quedarse a dormir en el hospital. Ella lo pensó como una medida temporal. Pero no fue así. Por ahí en esa época su yerno fue asesinado y luego se separó del papá de sus cuatro hijos y se quedó sin donde vivir. Entonces se le ocurrió… Hablar con los compañeros aquí médicos, de que me dejaran este apartamento donde estamos acá. Así que en el 2001 se fue a vivir al hospital con sus cuatro hijos. Fue la primera de unas 50 personas, que poco a poco, fueron ocupando los edificios del San Juan. Y bueno, en donde vive no es tanto un apartamento, como dice ella. Es más bien un dormitorio, uno de esos donde se quedaban los estudiantes de medicina que tenían turnos de noche. Queda en el noveno piso de la torre principal. El ascensor no funciona desde hace 15 años. Tiene dos cuartos y un baño, en el que no ha habido agua desde esa época. En uno de esos cuartos Blanca Flor improvisó una sala y una pequeña cocina. En el otro, más grande, acomodó camas y colchones. El espacio fue suficiente para ella, sus hijos y su nieta. Pero las cosas no eran nada fáciles. Además de que no tenían luz ni agua, la zona que rodeaba el hospital era muy peligrosa. La calle del Cartucho quedaba a unas cuadras, un lugar que durante muchos años fue el mercado central de las drogas en Bogotá. A Blanca Flor le preocupaba mucho que sus hijos se metieran en problemas, teniendo ese ambiente tan cerca. Y no era para menos: varios de los casi 25 niños que crecieron en el hospital terminaron siendo drogadictos. Hay niños que se perdieron, que el sistema los absorbió; que fuera de que le robaron a sus papás la plata, el mismo sistema los volvió drogos y alcohólicos y enfermos. Y para los hijos de Blanca Flor, vivir en lo que quedaba del hospital San Juan de Dios tenía cierto estigma. Como decirle que a mis hijos les decían: “¡Ja!, esos no tienen casa”, porque usted sabe que los niños son muy duros. Y tener usted que decirle a sus hijos: “Mamita, dígales que usted ha vivido en el hospital y que esa… esa historia no la tienen ellos. Y que usted sí vive en el hospital. Y que usted tiene unos prados grandes”, cuando uno sabía que eso no era cierto. Que sí era cierto pero que era una vida indigna, que era una desgracia. Que era una mierda lo que le estaba pasando. Pasaron cinco, diez años, y la situación del hospital no cambiaba. Margarita se vio obligada a buscar otros ingresos: hace manualidades que después vende y de vez en cuando asesora trabajos de grado. Y siempre ha contado con el apoyo de su familia para seguir en la lucha por el hospital. Pero otros fueron perdiendo la paciencia: de los 50 iniciales, unos 12 se han ido. Se cansaron. Se dice que algunos acabaron en hospitales psiquiátricos y que otros se suicidaron. Y otros simplemente se murieron de viejos. Los hijos de Blanca Flor crecieron y ahora viven fuera del hospital. Tratamos de hablar con varios de los otros residentes del San Juan para esta historia, pero ninguno quiso ser entrevistado. Los que viven allí sospechan de cualquiera, no importa si es periodista, funcionario o vecino. Los años de peleas los han vuelto así: desconfiados. Por eso tuvimos que subir a donde vive Blanca Flor en total silencio. Si se daban cuenta de que había unos extraños por ahí, eso le podía traer problemas. Es eso, convertirse en un inquilinato de mala muerte, como todos los inquilinatos de mala muerte y hay disputas, y ya con el tiempo empezamos en un desgaste y cada cual vive su mundo. Y es que entre los empleados que quedan del San Juan se han formado diferentes bandos. Por ejemplo, aunque Margarita y Blanca Flor quieren lo mismo —que el San Juan vuelva a ser lo que fue y que les reconozcan sus años de trabajo— ellas no son aliadas. Yo me hablo con todos los compañeros y todo pero hay discrepancias, pero discrepancias políticas de fondo. Bueno, eso no es tan cierto. Blanca Flor y Margarita, por ejemplo, prácticamente no se hablan. Y el problema de fondo parecen ser las diferentes maneras de actuar ante la crisis del hospital. Margarita y su grupo —los que no viven en el San Juan— decidieron pelear dentro del sistema, por así decirlo. Tocaron todas las puertas que pudieron: buscaron ayuda de las autoridades y hasta se hicieron amigos de algunos políticos. Ellos desconfían del grupo de Blanca Flor, los que viven en el hospital. La gente que vive acá no es porque no tenga casa, la verdad, ¿no? Ellos vienen… es por cobrar una acreencia laboral. Y tienen el derecho a cobrarla, arrendar sus casas y venir acá. Fue la determinación pues que ellos tomaron. Y simplemente que yo nunca tomaría. Es lo único que digo. Blanca Flor obviamente no lo ve así. Su grupo decidió pelear por fuera del sistema y ser más rebeldes. Aunque han puesto demandas, nunca han creído del todo en las instituciones. Ellos prefirieron las marchas, los encontronazos con la policía y la toma del hospital. Y no, para ella, no se están aprovechando de nada. Se mudaron por necesidad. Fue muy duro porque la gente se empezó a quedar sin sueldo, empezaron a pedir los sitios en donde vivían, empezaron a no tener con qué pagar arriendo. Sea como sea, estas diferencias hacen que todos los días los empleados traten de ignorarse mutuamente. Para eso los diferentes bandos se han repartido el San Juan. En ese espacio de 13 hectáreas han creado una especie de barrios, de fronteras invisibles, nombrados como los edificios del hospital: cirugía plástica, ortopedia, o salud mental, por ejemplo. En la torre central, donde hoy en día vive Blanca Flor y otras cinco personas, se hacían las tareas más importantes: cirugías, hospitalizaciones, urgencias. Hoy está sucia y desgastada. Y lejos de la torre, a unos diez minutos caminando, está la iglesia. Al lado —en una oficina húmeda y sin luz— es donde todos los días se reúnen Margarita y su grupo. Ahí no vive nadie. En comparación con las demás construcciones del hospital, está bien conservada. Muchas otras están carcomidas por el óxido y la humedad, y a algunas ya se les ven los cimientos de hierro. Pero, a pesar de las tensiones, el 11 de febrero de 2015 tuvieron una razón para reunirse todos en uno de los patios del hospital. El porqué, después de la pausa. El siguiente mensaje viene de Squarespace, patrocinador de NPR. Squarespace le permite a pequeños negocios diseñar y crear sus propias páginas web usando layouts modificables, y otras funciones de e-commerce y edición móvil. Además, Squarespace te permite optimizar tu página para los motores de búsqueda. Ingresa a Squarespace.com/NPR para obtener una prueba gratuita, y cuando estés listo para lanzar página, usa el código NPR para ahorrarte 10% en la compra de tu primer sitio web o dominio. Si te gusta este show, entonces checa el Life Kit: son herramientas para poner tu vida en orden. Aprende de todo: desde cómo invertir tu dinero hasta cómo divertirte haciendo ejercicio. Búscalo en Apple podcasts o en NPR.org/life kit . Hola, soy María Hinojosa, del programa Latino USA, en NPR. ¿Qué les parece? Hay casi 60 millones de latinos y latinas en los Estados Unidos. Nosotros documentamos esas historias y esas experiencias cada semana. Encuéntranos en NPR One o en donde escuchas tus podcasts. Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa José Luis y Andrea nos contaban que se formaron diferentes bandos entre los empleados del hospital. Bandos que no se ponían de acuerdo en cuál era el mejor método para que el hospital volviera funcionar: unos creían en las vías institucionales, otros en la resistencia. Claro, los bandos no se llevaban y trataban de ignorarse a diario, pero, el 11 de febrero del 2015, la alcaldía de Bogotá organizó un evento para anunciar los nuevos planes para el San Juan. Esto inevitablemente los reunió. No señores, este hospital no es privado. Este hospital es parte de la historia pública de Colombia. Este hospital fue expropiado ilícitamente de una manera tal… Este es Gustavo Petro, el entonces alcalde de Bogotá, hablando en ese evento. Y no fue poca cosa esta reunión. Estaba no sólo el alcalde sino también el expresidente, Juan Manuel Santos, y muchos otros funcionarios. Durante su carrera política, Petro varias veces ha dicho que el San Juan es un símbolo de lo que él considera “el desastre de la Ley 100”, esa que cambió el sistema de salud en Colombia. Y varias veces también ha dicho que debe ser reabierto y que debe pertenecerle a los ciudadanos y no a una institución privada. Incluso ese día reconoció públicamente la lucha de los empleados. Pero es gracias a ese esfuerzo de trabajadoras y trabajadores que fueron a cuidar el patrimonio público, la historia y el saber, que hoy podemos abrir el hospital… José Luis y Andrea nos siguen contando. Como oyen. Reabrir el San Juan era uno de los proyectos bandera de su alcaldía. Y ese día Petro estaba ahí, anunciando un plan —nada concreto. Se estaba comprometiendo a empezar el proceso de compra y apertura del hospital. Además, reconoció que sin personas como Margarita y Blanca Flor eso no se hubiera podido hacer. Si esa fuerza laboral no hubiera permanecido durante 15 o 16 años de resistencia, levantando la posibilidad de que este hospital no muriera. El hospital San Juan de Dios vive. Y ese día habló de todo lo que quería hacer antes de que se acabara su periodo. Aquí queremos abrir las 17 salas de cirugía, aquí queremos abrir las urgencias que tanto necesita Bogotá. Lo vamos a hacer con recursos distritales, pero nos gustaría que la nación nos ayudara. En un momento dado, Petro pidió que pasara al micrófono uno de los trabajadores. Y eso es cuando dice que quería que yo pasara, pues, uy… (risa) ahí tomé la palabra para… pues para aclararles que ellos… que pues él y ellos estaban equivocados. No por eso debemos desconocer que unos derechos laborales, que unos derechos pensionales, están pendiente por resolver, pero no como nos dice el señor gobernador con unos extrabajadores, no: es con unos trabajadores y trabajadoras. El compromiso es hasta incluyendo el día de hoy que, como pueden ver, la comunidad hospitalaria estamos presentes como lo hemos estado en le día a día acá en el hospital. Ese día también arrancó la cuenta regresiva para Petro y su equipo. Les quedaban diez meses de mandato para cumplir su promesa. En ese tiempo debían reabrir al menos una parte del hospital. Al poco tiempo de ese evento, comenzaron algunas obras en el San Juan. El sitio se llenó de obreros y materiales de construcción. Incluso se habilitó un edificio como oficina de Medicina Legal y Ciencias Forenses que, claro, no necesitaba de mayor infraestructura para funcionar. Hablamos con Marta Lucía Zamora, la secretaria general de Petro y la voz oficial de la alcaldía. La entrevistamos en julio de 2015, cuando solo faltaban cinco meses para que se acabara el mandato de Petro. Vamos a tener que abrir urgencias, eso lo vamos a hacer este año antes de terminar el gobierno. Y estos son actos que son… que son concretos y que la sociedad y la comunidad van a encontrar que sí es una realidad prestar allí los servicios de salud. Y sí, el proceso parecía estar avanzando, pero el problema de los empleados seguía sin resolverse. Hablamos con Margarita cuando faltaban unos tres meses para que se acabara el mandato de Petro. ¿Qué se ha logrado? Que el hospital, como hospital, hayan predeterminado estas acciones, ¿no?, de… de apertura. Pero lo que sí no se ha hecho es nada frente a nuestros derechos. Petro sabía muy bien que la deuda de los trabajadores aún está pendiente. Lo mencionó en su discurso ese día en el hospital. Hay que saldar la deuda pensional y laboral, indudablemente, y hay que cerrar las heridas que se abrieron. Pero, ¿cuándo se les va a pagar?, ¿quién les va a pagar?, ¿cuánta plata? Petro no se comprometió con cifras ni fechas en su discurso. Y es que el problema de los trabajadores es como una papa caliente que se pasan entre todas las entidades involucradas. Acordémonos de que a los empleados les dejaron de pagar en 1999 y que muchos no se quedaron de brazos cruzados. Varios pusieron demandas personales en diferentes juzgados. Pero dependiendo del juez, los resultados fueron diferentes. A algunos empleados, los jueces ordenaron que sí se les pagara, pero solo desde el 2001 hasta el 2007. Y en otros casos, no. Ni un peso. Así que algunos trabajadores recurrieron a la Corte Constitucional, uno de los Tribunales Supremos del país. En el 2008, después de nueve años sin ver un sueldo, recibieron una respuesta oficial. La corte dijo que la relación laboral había terminado en septiembre del 2001. El argumento de la corte es que desde esa fecha el hospital dejó de funcionar como hospital. Así que no había trabajo para hacer allí, no había pacientes para atender. Es decir que todas estas personas que han estado viviendo en el hospital o yendo todos los días a firmar una planilla durante 15 años, no serán compensadas por ello. Y eso no fue aceptado por ellos y por eso ellos continúan en esa batalla de que se les reconozca un tiempo posterior de sus vínculos con el San Juan de Dios. ¿Se acuerdan de ese documento amarillento firmado por Álvaro Casallas, el director de la época, diciéndoles a los empleados que siguieran trabajando? ¿Ese que Margarita guarda como un tesoro? Bueno, pues ese es parte de su argumento. Aquí Casallas otra vez. Entonces usted oye a un alcalde, usted oye a un ministro y toda la cosa, y dice: “No, ¿cómo quieren que les reconozcamos un tiempo de trabajo cuando no hay pacientes?”. Pero nadie se atreve a decir: “Es que nunca les pasaron una nota formal diciéndoles que aquí terminó su contrato”. Y en efecto, oficialmente a ninguno de ellos le han terminado su contrato. El abogado Sebastián Senior, que está trabajando por la reapertura del hospital, nos lo explicó así: El contrato se acaba cuando se hace la liquidación del contrato. Y debe ser firmada tanto por el empleador como por el empleado. Pero eso nunca pasó. Los contratos están, digamos, en el limbo. No están vigentes, porque su razón de ser ya no existe. Pero tampoco están muertos, porque no han sido acabados como lo manda la ley. Y ese es justamente el argumento de los empleados para no aceptar la decisión de la corte. Además, como la situación financiera del hospital era terrible desde hacía muchísimo tiempo —al menos desde mitad de los setentas— hay todavía algunos trabajadores a los que les deben plata de antes del 2001. Y la corte también dio un ultimátum al respecto. Le puso al gobierno plazo hasta el 2013 para hacer esos pagos. Pero esto no se ha cumplido y Petro en su momento les ofreció una alternativa. La solución que nosotros les hemos planteado a ellos, sobretodo los que viven actualmente en el hospital San Juan de Dios, es buscar una fórmula a través de las viviendas de interés prioritario, para que ellos puedan tener acceso a una vivienda digna y puedan salir del San Juan de Dios a otro sitio. Es decir, les ofrecían una casa subsidiada por el gobierno. Pero ellos no quieren una casa. Lo que quieren es que les paguen por todos estos años, hasta hoy, y que el hospital vuelva a funcionar como en su mejor época. No puede haber un bien público abandonado, un bien estatal así como está abandonado. Esto es una vergüenza pa’ este sistema, pa’ estos gobiernos. Esto es un acabose de todas las normas y de todas las leyes. Blanca Flor nunca creyó en las promesas de Petro y el tiempo le dio la razón. A pesar de las obras, a los pocos meses del evento con el presidente, era claro que el San Juan no iba a poder recibir pacientes pronto. La sala de urgencias, que era el gran objetivo del exalcalde, no alcanzó a estar terminada antes de su salida, el 31 de diciembre de 2015. El nuevo alcalde, Enrique Peñalosa, no tiene al San Juan de Dios entre sus prioridades. Para él, recuperarlo vale demasiado. Esto dijo el nuevo secretario de salud, Luis Gonzalo Morales, en una conferencia de prensa en enero de 2016. Un hospital de 250 camas, dotado por completo y construido con todas las técnicas modernas, cuesta 250.000 millones de pesos. Recuperar el San Juan de Dios pues nos va a costar un billón de pesos. Lo que resulta obvio —y es lo que ha dicho el alcalde—, pues tenemos otras prioridades. Y yo prefiero gastarme ese billón de pesos en construir cuatro hospitales, que no tener uno solo por esa misma cantidad de dinero. Buscamos a Morales para preguntarle sobre los detalles de su declaración y lo encontramos haciendo un recorrido por otro hospital de Bogotá. Habló con nosotros mientras caminaba. Esto fue lo que nos dijo en abril de este año, 2016: Mire, lo primero es que la propiedad del San Juan de Dios todavía no es del distrito. Es decir que el proceso de compra del San Juan que se inició en la alcaldía de Petro, aún no se ha dado. Y, pues claro, gran parte de la demora se debe a la situación de los empleados. Que es la gobernación de Cundinamarca la que tiene que hacerse cargo de las 32 familias que entiendo están viviendo… están habitando ese lugar. O sea, nos tiene que entregar ese hospital sin esas familias que están viviendo allá. Y el gobierno de Cundinamarca es el que hoy controla el hospital. Por eso es que Morales dice que debe ser la gobernación la que solucione el problema. Tratamos de hablar con el gobernador Jorge Rey, para saber en qué va la situación con los empleados. Le mandamos preguntas a su jefe de prensa y hasta el día de hoy no nos han contestado. Pero aquí está la declaración que le dio a otro medio en marzo de este año. Hay unas personas que están en las instalaciones. Pues, eh, nos corresponderá, pues entregar el predio, eh, absolutamente saneado y sin la presencia de estas personas a través de un proceso policivo. Lo que quiere decir Rey —no tan diplomáticamente— es que la gobernación va a sacar a los habitantes del hospital con la policía. Y se supone que después de que esté desocupado, ahí sí se lo entregan a la alcaldía Pero, para la administración actual, el plan inicial del exalcalde Petro es inviable. Aquí Morales otra vez: Para poder abrir unas urgencias, se requiere de las áreas de respaldo. Se requiere entonces tener quirófanos, se requiere tener laboratorios, se requiere tener rayos X, se requiere tener hospitalización. Y lo que hizo la administración adecuada… eh, anterior fue adecuar solamente el primer piso que es el área de urgencias, pero no tiene ninguna de las áreas de soporte, entonces no se pueden abrir unas urgencias. Y es que aunque la alcaldía actual sí tiene algunos planes para lo que es hoy el San Juan, no son tan ambiciosos como los de Petro. Dos centros de atención prioritaria vamos a abrir en tres o cuatro meses máximo. Dentro del San Juan de Dios? Sí, en el San Juan de Dios. Y en unos diez años, según él, se terminará un nuevo hospital en los terrenos del San Juan que hoy se encuentran vacíos. Reconstruir los edificios actuales es demasiado caro y Morales dice que esta administración no lo va a hacer. La esperanza más cercana que tuvo el San Juan de Dios de revivir quedó reducida a su mínima expresión. Habrá que esperar otra década para saber si el San Juan mantendrá su nombre. Pero lo cierto es que para ese entonces, los empleados que aún vivan van a tener, casi todos, más de 70 años. Será muy tarde para que puedan volver a trabajar. A Casallas, el exdirector, toda la situación con los empleados le parece… De la miserableza más grande, que algún día alguien tendrá que pagar. Porque a mí me parece una actitud de lo más inhumano y de lo más insensible. El hospital es el monumento a la dejadez, al “no me importa”, al… al manejo inhumano de las personas. Es decir, es todo lo contrario de lo que uno debiera ser, el estandarte de lo que fue el hospital históricamente. Hace años que la torre principal no se veía tan bien desde afuera. La cancha de fútbol está en buen estado. Incluso se ven algunas obras terminadas: un jardín infantil, la oficina de Medicina Legal y algunos consultorios en los que la alcaldía espera que pronto se pueda atender pacientes. Pero el edificio en el que vive Blanca Flor sigue carcomido por la humedad y está lleno de palomas. Los muebles están rotos y llenos de polvo. Todo tiene un aire a casa embrujada. Todavía no hay agua y la electricidad funciona en muy pocas partes del edificio. Las tareas más cotidianas, como bañarse, o preparar un café, requieren de una logística agotadora. Blanca Flor lleva años subiendo litros de agua al hombro por una escalera y atravesando un cable en medio de los techos para tener un bombillo para las noches. Ella ya hizo su vida. Sus hijos ya son adultos, lograron ir a la universidad. Es que se las ha ingeniado para sobrevivir con casi nada y sacarlos adelante. Los hijos de Margarita también son profesionales, o están a punto de serlo. Ella perdió la pelea para que le reconocieran sus salarios y prestaciones de los últimos 15 años, pero sigue peleando porque el San Juan es su razón de vida. Su mayor victoria es haber ayudado a que reconocieran al hospital como Monumento Nacional en 2002. Más allá de los honores, eso impide que el San Juan pueda ser demolido. Su sueño es estar allí el día en que el hospital vuelva a funcionar. Y estamos nosotros y nosotras, que sabemos el… y nos hemos actualizado, que sabemos cómo funcionaría ese hospital. La diferencia está en que nos tengan en cuenta. Estuvimos 16 años cuidando y visibilizando el hospital, y lo mínimo que aspiramos es también poder ser partícipes en ponerlo a funcionar. En cambio, Blanca Flor ya perdió la esperanza. A las paredes se les barniza, se le arregla, se le cementan, se le pañetan, se le vuelve y se le echa pintura, pero los humanos… devuélvanos, hagan la máquina del tiempo, retrocedan el tiempo y vuélvanos jóvenes, porque hay unos daños y perjuicios causados. Y ya no tienen reversa. Dos años y medio después, la situación del hospital es muy diferente. La mayoría de las personas que vivían ahí ya se fueron. La alcaldía de Bogotá anunció en noviembre del 2018 un proyecto para reconstruir la sede del San Juan de Dios y poner a funcionar allí otro hospital. Para eso se demolerán seis edificios, entre ellos, la torre central, donde vivía Blanca Flor. Blanca Flor se fue a finales del 2015, poco tiempo después de que hablamos con ella. Estaba cansada de seguir peleando, y nos dijo que las malas condiciones del edificio la estaban enfermando. Ahora vive con una de sus hijas. Desde 2016, Margarita no ha podido entrar al lugar donde solía pasar sus días porque los vigilantes cambiaron las llaves. A veces se reúne con sus compañeros en la entrada del hospital. Ni ella, ni Blanca Flor, están de acuerdo con el nuevo proyecto de la alcaldía. Dicen que se recuperarían los edificios, pero se entierra para siempre el gran hospital público y abierto a todos los colombianos. Andrea Díaz es periodista y documentalista, y vive en Montreal. José Luis Peñarredonda es periodista y vive en Bogotá. Camila Segura es la editora principal de Radio Ambulante. Este episodio fue editado por Silvia Viñas, Luis Trelles y por mí. La mezcla y el diseño de sonido es de Andrés Azpiri, con música de Luis Maurette. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Lisette Arévalo, Gabriela Brenes, Jorge Caraballo, Victoria Estrada, Miranda Mazariegos, Andrea López Cruzado, Rémy Lozano, Diana Morales, Patrick Mosley, Ana Prieto, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Luis Fernando Vargas. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. ¿Ya te uniste a nuestro Club de Podcast? Es un grupo privado en Facebook en el que discutimos los episodios de Radio Ambulante con oyentes de otros lugares de Latinoamérica y del mundo. Además, nuestro equipo comparte consejos para la producción de historias en audio. Búscalo como Club de Podcast Radio Ambulante. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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