logo
Listen Language Learn
thumb

Radio Ambulante - El lazareto

-
+
15
30

Una enfermedad, un estigma, un hombre y un solo lugar donde vivir.

Durante siglos, muchos colombianos —entre policías, comerciantes, notarios— fueron confinados en pueblos exclusivos para personas con una misma enfermedad. Cuando Claudia supo que su tío había pasado toda su vida en uno de estos pueblos, decidió que tenía que verlo con sus propios ojos.



En nuestro sitio web puedes encontrar una transcripción del episodio. Or you can also check this English translation.



Suscríbete a nuestro boletín, nuestro lugar favorito para estar en contacto con nuestra comunidad. Recibe todos los martes un correo presentando el nuevo episodio de Radio Ambulante, y todos los viernes, uno más con cinco recomendaciones de nuestro equipo.

Súmate a Deambulantes, nuestro programa de membresías. Tu apoyo nos permitirá seguir reportando historias contadas desde perspectivas únicas, curiosas, emotivas y sorprendentes. Si nuestros episodios te conectan a Latinoamérica y al español, considera donar hoy. Tu contribución hará toda la diferencia. ¡Gracias!

Hola,
Ambulantes.
Hoy
empezó
para
nosotros
el
momento
más
importante
del
año.
Noviembre
y
diciembre
son
meses
clave
para
garantizar
la
sostenibilidad
de
nuestros
podcasts,
Radio
Ambulante
y
El
hilo,
en
el
2022.
Si
en
estos
últimos
dos
meses
del
año
sumamos
1.800
nuevas
personas
en
nuestro
programa
de
membresías
Deambulantes,
podremos
seguir
cubriendo
nuestros
costos
y
garantizando
nuestra
independencia.
Y
tenemos
una
buena
noticia:
Fuimos
seleccionados
para
participar
en
NewsMatch,
una
beca
que
apoya
organizaciones
periodísticas
sin
ánimo
de
lucro
como
la
nuestra.
Durante
noviembre
y
diciembre,
NewsMatch
igualará
las
donaciones
que
hagas.
Esto
significa
que
si,
por
ejemplo,
nos
donas
$15
dólares,
recibiremos
$30.
Súmate
hoy
a
Deambulantes
y
haz
que
tu
apoyo
tenga
ese
doble
impacto.
Para
donar
visita:
radioambulante.org/deambulantes.
Y
desde
ya,
¡muchas
gracias! Esto
es
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón…
Mi
tío
era
un
hombre
delgado,
alto,
yo
siempre
lo
vi
alto.
Ella
es
Claudia
Platarrueda.
Es
colombiana
y
está
hablando
de
su
tío
Peter…
Pedro
Pablo
Vanegas,
el
hermano
mayor
de
su
mamá.
Peter
era
carpintero.
Le
faltaba
una
mano
por
un
accidente
en
su
trabajo
y
tenía
una
prótesis
en
la
pierna,
pero
esa
es
la
última
imagen
que
se
le
viene
a
la
memoria
a
Claudia
cuando
piensa
en
él.
Como
yo
lo
recuerdo
era
un
hombre
atractivo,
tenía
una
disposición
corporal
que
lo
hacía
ver
muy
elegante.
Claudia
creció
en
los
años
70
en
una
ciudad
al
nororiente
del
país
que
se
llama
Bucaramanga,
y
uno
de
los
recuerdos
más
claros
que
tiene
de
su
infancia
son
las
visitas
de
su
tío
Peter.
Él
murió
en
2013,
pero
toda
su
vida
estuvo
en
un
pueblo
lejos
de
ahí.
Claudia
nunca
fue
cuando
era
niña
porque
no
era
fácil
llegar
hasta
allá.
Era
él
quien
viajaba
de
vez
en
cuando
a
donde
su
familia
y
siempre
lo
recibían
con
mucho
cariño.
Yo
lo
veo
a
él
llegando
a
la
casa,
abrazándonos.
Un
abrazador
compulsivo,
era
muy,
muy,
muy
afectivo
mi
tío,
muy
afectivo,
era
como
un
personaje
con
su
propio
carisma…
inteligente
y
hábil,
digamos,
con…
en
la
conversación.
En
1988,
Claudia
empezó
a
estudiar
antropología
en
Bogotá.
Cinco
años
después,
cuando
ya
estaba
cerca
de
terminar
la
carrera,
viajó
con
su
familia
de
paseo
a
Suaita,
el
pueblo
de
donde
son
sus
papás.
Peter
también
fue
con
ellos.
Una
tarde,
después
de
almorzar,
se
reunieron
todos
al
lado
de
un
río
para
bañarse
y
pasar
el
rato.
Los
hermanos
mayores
de
Claudia
empezaron
a
preguntarle
a
Peter
por
su
vida.
Para
ese
momento,
él
tenía
66
años.
Claudia,
que
tenía
una
cámara
fotográfica
que
llevaba
a
todas
partes,
empezó
a
tomar
fotos
y
a
enfocar
a
Peter
con
el
lente.
Lo
que
estaba
escuchando
la
sorprendió.
Y
lo
recuerdo
con
una
imagen
muy
linda,
yo
tomé
una
fotografía
cuando
él
está
hablando;
y
le
preguntaron
sobre
cómo
era
Contratación.
Contratación,
el
lugar
donde
vivía
Peter
desde
1947.
Ahí
Claudia
se
enteró
de
que
él
no
se
había
ido
allá
porque
sí,
porque
le
gustara
el
clima,
porque
tuviera
oportunidades
de
trabajo
o
por
invitación
de
algún
amigo.
No.
A
Peter,
la
ley
lo
obligó
a
mudarse
a
ese
pueblo…
Y
es
que
Peter
tuvo
algo
que
técnicamente
se
conoce
como
enfermedad
de
Hansen.
Tal
vez
a
la
mayoría
de
ustedes
no
les
suene
mucho
ese
nombre,
pero
seguro
la
conocen.
También
se
le
dice
lepra.
La
falta
de
su
mano
y
su
pierna
eran
consecuencias
de
la
enfermedad.
Desde
1835
el
gobierno
había
decidido
que
Contratación
sería
uno
de
los
lugares
donde
las
personas
con
lepra
tenían
que
vivir.
A
esos
lugares,
no
solo
en
Colombia,
se
les
llama
lazaretos.
La
razón
es
religiosa:
en
la
Biblia,
Jesús
cuenta
la
historia
de
un
mendigo
leproso
que
se
llama
Lázaro.
No
San
Lázaro
el
que
resucitó,
sino
otro,
que
cuando
murió
se
fue
directo
al
cielo.
Y
la
lepra
sonará
como
algo
muy
antiguo,
algo
extinto.
Pero
no
es
así.
Todavía
existe.
Sin
embargo,
para
contagiarse
se
necesita
estar
en
contacto
directo
y
prolongado
con
las
gotas
que
salen
de
la
boca
o
la
nariz
de
una
persona
infectada.
Hoy
en
día
es
muy
difícil
gracias
a
los
avances
de
la
medicina
y
la
salud
pública.
De
hecho,
cuando
Claudia
nació,
Peter
tenía
secuelas
de
la
enfermedad
pero
ya
no
la
contagiaba.
Tal
vez
por
eso,
ella
nunca
vio
a
su
tío
como
alguien
enfermo…
también
porque
en
su
casa
no
era
frecuente
que
hablaran
del
tema.
No
estoy
consciente
de
tener
un
temor
por
el
contagio.
Seguramente
escuché
de
la
lepra,
pero
no…
no
tenía
como
una
asociación
muy
clara
entre,
entre
la
vida
de
mi
tío
y
la
presencia
de
la
lepra.
Yo
en
realidad
nunca
vi
a
mi
tío
con
temor,
creo
yo.
Claudia
tampoco
sabe
muy
bien
por
qué,
pero
hasta
ese
momento,
cuando
estaban
en
el
paseo
familiar
en
el
río,
ella
nunca
había
escuchado
la
historia
de
su
tío
con
tantos
detalles.
Tal
vez
nunca
había
preguntado
o
prestado
la
suficiente
atención.
Entonces
en
medio,
digamos,
de
esa
conversación,
mi
tío
habló
abiertamente
de…
de
la
historia
del
lazareto
y
a
eso
me
pareció
cautivador.
Contratación
fue
diseñado
casi
como
un
campo
de
concentración
para
aislar
y
contener
personas.
Pero
Peter
hablaba
con
tanto
cariño
y
nostalgia
de
este
lugar,
que
Claudia
tenía
que
ver
con
sus
propios
ojos
lo
que
pasaba
allí.
Una
breve
pausa
y
volvemos.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Juan
Andrés
Rodríguez,
antropólogo
colombiano,
nos
sigue
contando.
Claudia
se
interesó
tanto
en
el
tema
de
la
vida
de
su
tío
en
Contratación
que
decidió
hacer
un
estudio
académico
al
respecto.
Pero,
como
suele
pasar
con
ese
tipo
de
investigaciones
formales,
antes
de
viajar
a
Contratación
debía
entender
la
enfermedad
y
su
historia.
En
1997
empezó
a
recoger
documentos.
Y,
digamos,
me
enfrenté
a
la
Biblioteca
Nacional
donde
había
tanta
riqueza
bibliográfica
que
yo
me
volví…
casi
que
me
daba
angustia
porque
había
demasiados
materiales
y
no
podía
entender
qué
era
eso.
Estaba
abrumada.
Eran
cientos
de
años
de
historia
en
leyes,
reportes,
investigaciones,
crónicas,
novelas,
poemas,
obras
de
teatro,
películas
e
incluso
canciones.
También
fotos
de
personas
enfermas,
anónimas,
sin
una
mínima
expresión
en
el
rostro
que
diera
algún
indicio
de
sus
emociones.
Únicamente
tenían
la
intención
de
mostrar
los
daños
físicos
de
la
enfermedad
y
acompañar
alguna
reseña
médica.
A
Claudia
le
llegó
de
golpe
una
escena
de
una
película
que
había
visto
cuando
era
niña.
Me
dijiste
que
habían
muerto.
Así
me
lo
pidieron.
No
debes
buscarlas
más,
Judá.
Hazlo
por
ellas.
Yo
recuerdo
el
leproso
de
la
cueva
que
salía
en
la
película
de
la
Biblia
en
la
Semana
Santa,
o
sea,
ese
es
como
el
referente
más
claro
que
yo,
que
yo
recuerdo.
Ya
vienen.
Judá,
ámalas
de
la
manera
que
necesitan
ser
amadas.
No
las
mires,
que
sea
como
si
nunca
las
hubieras
visto.
Por
favor,
Judá.
Lo
que
Claudia
recuerda,
lo
que
la
marcó,
es
la
imagen
de
estos
personajes
a
la
entrada
de
una
cueva,
con
la
poca
piel
que
se
les
ve,
roja,
irritada.
Los
hombres
en
harapos,
tapándose
la
cara,
con
los
muñones
tapados,
y
ni
siquiera
viéndose
las
llagas,
pero
uno
lo
que
asume
es
que
hay
llagas,
cierto,
pululantes
abajo.
Y
las
fotos
que
estaba
viendo
se
acercaban
bastante
a
ese
recuerdo.
En
ese
momento
Claudia
empezó
a
ver
una
gravedad
en
la
enfermedad
que
nunca
mostró
su
tío.
Era
como
otra
historia
de
la
lepra,
una
paralela,
una
historia
terrible,
de
discriminación
y
segregación.
Y
eso
le
aumentó
la
curiosidad
de
entender
a
su
tío
y
lo
que
sucedía
en
Contratación.
Así
que
decidió
empezar
por
tratar
de
comprender
lo
básico:
qué
es
la
lepra,
cómo
se
contagia
y
cuáles
son
sus
efectos.
Para
comenzar,
se
transmite
por
un
bacilo,
o
sea,
un
tipo
de
bacteria.
Ya
dijimos
que
el
contagio
se
da
por
contacto
directo
y
prolongado
con
gotas
de
la
nariz
o
la
boca
de
alguien
infectado.
El
bacilo
tiene
gusto
por
las
terminales
nerviosas,
especialmente
en
los
lugares
fríos
del
cuerpo:
los
pies,
la
nariz,
las
orejas,
las
manos…
La
bacteria
deteriora
esas
terminales
nerviosas
hasta
que
se
pierde
la
sensibilidad.
Entonces
la
persona,
al
contacto,
no
siente
que
está
tocando
y
con
mucha
frecuencia,
digamos,
toma
cosas
calientes
o
se
puya,
se
punza,
se
corta.
Y
eso
termina
provocando
heridas
difíciles
de
sanar.
La
persona
enferma
tarda
mucho
en
tratarlas
a
tiempo
porque
simplemente
no
las
siente
y
se
infectan.
Además,
la
piel
afectada
pierde
la
humedad
necesaria
para
cicatrizar.
Ya
existe
un
tratamiento
y
una
cura
que,
si
se
aplican
a
tiempo,
evitan
las
complicaciones.
Pero
lo
del
bacilo
no
se
supo
sino
hasta
1871,
cuando
pudieron
verlo
en
un
microscopio
y
luego
publicaron
el
primer
estudio
al
respecto.
Antes,
por
muchos
años,
se
pensó
que
la
lepra
era
provocada
por
todo
tipo
de
cosas:
desde
castigos
divinos,
brujería
y
hasta
una
cuestión
hereditaria.
Pero
realmente
no
había
una
causa
clara…
Habían
teorías,
digamos,
que
entraban
en
contradicción
de
manera
permanente.
Tampoco
había
un
tratamiento
seguro
y
estandarizado.
Mucho
menos
una
cura.
Y
como
los
daños
físicos
en
algunos
casos
eran
bastante
evidentes
y
el
miedo
al
contagio
era
grande,
varias
sociedades
empezaron
a
aislar
a
las
personas
enfermas
de
lepra.
Con
el
tiempo
terminaron
confinándolas
en
lo
que
se
conocería
como
leprocomios,
colonias
de
lepra
o
lazaretos.
Estos
lugares
fueron
especialmente
comunes
en
varias
partes
del
mundo
en
los
siglos
XIX
y
XX.
Porque
no
es
que
el
descubrimiento
del
bacilo
haya
frenado
esa
práctica.
De
hecho
fortaleció
el
miedo
de
que
cualquier
contacto
con
una
persona
infectada,
por
mínimo
que
fuera,
era
muy
riesgoso.
Aún
faltaban
varios
años
para
entender
mejor
la
enfermedad.
Claudia
también
investigó
cómo
se
había
manejado
la
lepra
en
Colombia.
Así
entendió,
por
ejemplo,
que
la
enfermedad
y
la
figura
de
los
lazaretos
llegaron
de
Europa.
Encontró
registros
de
principios
del
siglo
XVII,
en
plena
época
colonial,
que
cuentan
que
los
vecinos
de
un
hospital
en
Cartagena,
en
la
costa
Caribe,
pidieron
expulsar
a
los
enfermos
de
lepra
que
estaban
confinados
ahí.
La
decisión
del
gobierno
local
fue
llevarlos
a
todos
a
una
isla
lejos
de
la
ciudad.
Ese
fue
el
primer
lazareto
registrado
en
el
país
y
se
llamó
Caño
de
Loro.
Con
el
paso
de
los
años,
se
formaron
lugares
parecidos
en
diferentes
regiones.
A
partir
de
1835
los
lazaretos
fueron
oficializados
por
el
Estado
como
una
estrategia
para
controlar
la
lepra.
Cualquier
persona
diagnosticada
con
la
enfermedad
debía
irse
a
vivir
a
uno
de
los
lazaretos
que
se
establecieron:
Caño
de
Loro,
en
Cartagena;
Agua
de
Dios,
más
cerca
a
Bogotá;
y
Contratación,
en
el
departamento
de
Santander,
que
era
donde
vivía
Peter,
el
tío
de
Claudia.
Lo
más
importante
era
asegurar
el
aislamiento.
Y
para
eso
se
tomaron
medidas
extremas:
cercas
con
alambres
de
púas
en
los
alrededores,
controles
policiales
en
las
entradas
y
hasta
una
moneda
exclusiva,
que
se
llamaba
coscoja
y
que
solo
circulaba
en
estos
lugares.
Pero
los
enfermos
contaban
con
atención
médica
permanente,
podían
trabajar,
ganar
un
sueldo
y
hacer
cualquier
actividad
siempre
y
cuando
no
salieran
del
lazareto.
Ahí
estaba
todo
lo
necesario.
Se
define
que
debe
haber
un
mercado,
que
debe
haber
cura,
que
debe
haber
un
lugar
en
donde
se
separen
los
enfermos
de
gravedad,
que
debe
haber
un
procedimiento
para
asegurar
las
provisiones
y
el
mantenimiento
de
los
enfermos.
Todo
con
dinero
público
o
donaciones
de
caridad.
Las
únicas
personas
sanas
que
podían
entrar
eran
los
médicos,
los
religiosos
y
a
veces
algún
familiar
que
ayudara
en
el
cuidado
de
la
persona
enferma…
Todos
los
cargos
públicos,
incluido
las
enfermeras,
las
cocineras
de
los
hospitales,
de
los
asilos,
del
mercado,
de
la
notaría,
de
los
correos,
del
telégrafo,
todas
esas
personas
debían
ser
personas
enfermas
por
ley,
porque
se
supone
que
adentro
no
debería
haber
personas
sanas.
Hasta
los
policías
dentro
de
los
lazaretos
tenían
la
enfermedad.
Y
sí,
el
número
de
personas
con
lepra
era
suficiente
para
cumplir
con
esa
cantidad
de
labores.
Aunque
no
existían
estadísticas
oficiales
y
rigurosas,
para
comienzos
del
siglo
veinte
se
estima
que
había
entre
treinta
y
cincuenta
mil
enfermos
en
el
país.
Eso
llevó
incluso
a
que
corriera
el
rumor
de
que
Colombia
era
el
país
con
más
casos
en
el
mundo.
Mientras
pasaban
los
años,
los
gobiernos
fueron
adaptando
leyes
y
creando
otras,
para
intentar
mejorar
la
estrategia
pública
de
control
de
la
lepra.
Para
ese
momento,
el
confinamiento
parecía
ser
lo
único
que
funcionaba,
así
que
se
enfocaron
en
no
dejar
por
fuera
a
ninguna
persona
enferma
y
endurecer
el
aislamiento.
Claudia
estaba
maravillada.
Le
parecía
alucinante
lo
que
estaba
descubriendo:
metieron
a
mucha
gente
en
un
mismo
espacio,
y
además
trataron
de
ofrecerles
una
vida
más
o
menos
parecida
a
lo
que
había
afuera.
La
historia
del
lazareto
me
parecía
una
cosa
impresionante,
en
términos
de
lo
que
significa
una
sociedad
en
chiquito,
una
sociedad
aislada,
y
así
la
imaginaba
yo,
digamos,
una…
una,
una
sociedad
micro
ahí.
Cuando
empezó
a
investigar,
a
finales
de
los
90,
ya
habían
pasado
más
de
30
años
desde
que
los
lazaretos
habían
dejado
de
existir.
Los
avances
científicos
en
el
tratamiento
de
la
lepra
los
volvieron
prácticamente
inútiles,
y
desde
1961
se
convirtieron
en
pueblos
como
el
resto.
Eso
sí,
con
una
historia
muy
particular
que
a
Claudia
le
intrigaba.
¿Cómo
había
sido
vivir
en
un
lazareto?
¿Cómo
vivían
ahora?
Lo
que
seguía
era
visitar
a
su
tío
Peter,
que
aún
vivía
en
Contratación.
Ahí
había
una
fuente
de
información
muy
valiosa.
Ya
habiendo
leído
sobre
qué
era
la
lepra,
digamos,
con
una
idea
del
contagio
y
de
todas
estas
cosas,
en
diciembre
de
1997,
viajo
a
Contratación,
sin
que
ni
siquiera
mi
tío
supiera
que
yo
tenía
interés
de
trabajar
en
ese
tema.
Para
llegar
a
Contratación
hoy
en
día
el
trayecto
es
de
más
de
cinco
horas
desde
Bucaramanga,
donde
creció
Claudia.
Pero
en
1997,
cuando
ella
fue
por
primera
vez,
casi
que
ni
existía
una
vía,
y
la
gente
se
podía
tardar
mucho
más
en
el
viaje…
eso,
claro,
si
las
condiciones
del
tiempo
eran
óptimas.
Ir
a
Contratación
implicaba
coger
varios
carros
hasta
la
carretera
principal,
después
desviarse,
ir
a
su
suerte
porque,
digamos,
esta
es
una…
una
región
húmeda,
lluviosa
y
es
muy
frecuente
que
la
carretera
no
le
diera
a
uno
permiso
de
entrar
tan
fácilmente.
La
primera
vez
que
Claudia
fue
se
tardó
18
horas,
porque
el
bus
se
varó
a
mitad
de
camino.
Pero
al
final,
ningún
estrés,
malestar
o
incomodidad
que
le
hubiera
producido
el
viaje
le
dañó
esa
primera
impresión
que
tuvo.
Era
un
pueblo
muy
bello,
las
calles
eran
empedradas
y
eso
lo
hacía
pintoresco.
Eran
casas
de
alar,
de
tejados
de
barro.
Había
murales
pintados
en
las
casas.
Habían
pasado
casi
cuatro
años
desde
la
última
vez
que
vio
a
Peter,
pero
la
recibió
con
la
misma
calidez
y
familiaridad
que
le
mostraba
cuando
él
iba
de
visita.
Aunque
hubo
algo
que
la
sorprendió.
Me
recibió,
me
mostró
su
casa.
Eso
me
llamó
la
atención.
¿Él
no
vivía
entonces
en
un
hospital?
No,
no
vivía
en
un
hospital.
Era
solo
una
de
las
muchas
sorpresas
que
le
esperaban
a
Claudia
en
Contratación.
Ya
volvemos.
Hola,
soy
Denise
Márquez,
editora
digital
de
El
hilo.
Sabemos
que
los
titulares
no
son
suficientes
para
comprender
América
Latina
y
queremos
ampliar
la
conversación
contigo.
Mi
colega,
Desirée
Yepez,
periodista
y
verificadora
de
datos
de
este
podcast,
escribe
para
ti
un
boletín
semanal.
Todos
los
viernes
recibirás
una
cuidadosa
curaduría
de
artículos,
cifras,
videos
y
una
selección
de
las
noticias
más
importantes
para
profundizar
en
el
tema
del
episodio.
También
resaltamos
la
buena
noticia
de
la
semana,
te
recomendamos
algo
y
más.
¿Te
interesa?
Suscríbete
en
elhilo.audio/boletín
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante,
soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
pausa,
Claudia
Platarrueda
imaginaba
a
Contratación,
el
lugar
donde
vivía
su
tío
Peter,
como
un
hospital
lleno
de
enfermedad,
muerte
y
desolación…
pero
en
realidad,
aunque
la
lepra
estaba,
y
era
la
razón
por
la
que
existía
este
lugar,
la
gente
trabajaba,
se
movía
por
todas
partes,
había
bares,
cafeterías,
colegios…
En
otras
palabras,
había
vida.
Para
desde
el
primer
día
esa
ambigüedad
fue
demasiado
develadora,
es
decir,
cómo
es
posible
que
la
lepra,
de
la
que
tenemos
un
temor
tan
abigarrado,
digamos,
unas
ideas
claras
como
de
putrefacción,
de
contaminación…
y
yo
llego
a
Contratación
y
me
doy
cuenta
que
allá
la
vida
circula
y
está
contaminada
de
lepra
por
todas
partes.
Ahora
tenía
muchas
más
preguntas
para
hacerle
a
su
tío
Peter.
Juan
Andrés
nos
sigue
contando.
Si
bien
lo
que
más
le
interesaba
a
Claudia
era
la
historia
de
Contratación,
Peter,
como
todas
las
personas
con
lepra,
tuvo
una
vida
antes
de
su
enfermedad.
Y
estaba
ansioso
por
contarla.
Nació
a
finales
de
los
años
veinte
y
llegó
muy
chiquito
a
una
finca
de
Suaita,
en
el
departamento
de
Santander.
Su
mamá,
o
sea,
la
abuela
de
Claudia,
se
llamaba
Dolores
Vanegas,
y
trabajaba
ahí
como
cocinera
de
los
empleados.
Dolores
tuvo
una
relación
a
escondidas
con
el
dueño
de
esa
finca
y
tuvieron
cuatro
hijos.
Peter
era
el
segundo.
También
le
contó
a
Claudia
de
su
infancia
y
de
las
condiciones
tan
difíciles
en
las
que
vivía
su
familia.
Dolores
se
dedicaba
la
mayor
parte
del
tiempo
al
trabajo,
y
Peter
y
sus
hermanos
sentían
que
el
bienestar
de
ellos
era
la
última
prioridad
de
su
mamá.
Y
respecto
al
papá…
bueno,
ni
siquiera
les
dio
el
apellido.
A
principios
de
la
década
de
los
30,
sacó
a
Dolores
y
a
sus
hijos
de
la
finca
porque
se
había
casado
con
otra
mujer.
Sin
saber
muy
bien
a
dónde
ir,
la
única
opción
que
le
quedó
a
Dolores
fue
mudarse
con
su
hermana,
a
quien
le
habían
diagnosticado
lepra
hacía
un
tiempo
y
vivía
en
Contratación.
Aunque
en
el
papel
el
lazareto
era
exclusivo
para
las
personas
con
lepra,
era
difícil
controlarlo
en
la
práctica.
Sí,
había
cercas
alrededor,
pero
no
es
que
fuera
una
muralla
impenetrable,
y
aunque
la
vigilancia
era
estricta,
a
veces
se
podía
burlar.
Se
podría
suponer
que
lo
que
hacía
que
poca
gente
se
acercara,
además
de
las
dificultades
para
llegar
allá,
era
el
miedo
al
contagio.
Algunos
de
los
enfermos
se
mudaban
con
sus
familiares,
así
estuvieran
sanos,
porque
eran
los
que
ayudaban
económicamente.
Además,
como
tenían
que
abastecerse
de
comida,
llegaba
gente
de
otros
lugares
a
vender
sus
productos.
En
el
caso
de
Dolores,
llegó
ahí
por
supervivencia.
Era
un
viaje
muy
doloroso
para
mi
abuela,
porque
llegó
a
Contratación
sin
muchos
recursos,
ya
sin
plata
para
devolverse
y
se
dio
cuenta
que
mi
tía
abuela
estaba
viviendo
más
lejos,
en
un
lugar
apartado
que
se
llama
San
Pablo.
San
Pablo,
una
colonia
agrícola
que
hace
parte
de
Contratación,
pero
que
no
estaba
precisamente
dentro
del
pueblo.
Bueno
o
malo,
lo
importante
era
que
Dolores
y
sus
cuatro
hijos
ya
tenían
un
lugar
donde
quedarse,
y
al
menos
allá
era
más
fácil
pasar
desapercibidos.
Y
es
que
los
síntomas
de
la
lepra
tardan
aproximadamente
cinco
años
en
aparecer,
pero
a
veces
pueden
pasar
hasta
20
años,
y
la
enfermedad
solo
es
visible
cuando
hay
heridas.
Además,
para
confirmar
el
diagnóstico
hay
que
realizar
varios
exámenes
de
los
tejidos
afectados
y
confirmar
la
presencia
de
la
bacteria.
Dolores
empezó
a
trabajar
en
un
restaurante
para
sostener
a
sus
hijos.
Con
el
tiempo
conoció
a
otro
hombre
con
el
que
tuvo
tres
hijos
más.
Pero
según
las
políticas
del
lazareto,
todos
los
niños
que
vivían
ahí
debían
ser
separados
de
sus
familias.
Si
los
niños
estaban
enfermos
los
llevaban
a
un
asilo
manejado
por
religiosos
católicos
destinado
únicamente
para
ellos,
dentro
del
lazareto.
Ahí
los
cuidaban,
los
alimentaban
y
los
educaban
hasta
que
cumplieran
la
mayoría
de
edad.
Con
los
niños
sanos
era
diferente.
La
idea
es
salvaguardar
a
los
hijos
de
la
lepra,
es
cuidar
a
la
infancia,
entonces
se
hace
todo
lo
posible
para
que
los
niños
sean
enviados
a
sus
familiares
afuera,
para
que
sean
adoptados
por…
por
personas
afuera
y
se
les
garantiza
que
se
les
da
una
pensión.
O
sea,
un
dinero
para
sostenerlos.
Si
los
niños
sanos
no
tenían
a
nadie
que
los
recibiera,
los
llevaban
a
un
asilo
también
destinado
para
ellos
pero
que
quedaba
fuera
del
lazareto.
Por
culpa
de
esa
política,
muchas
familias
no
se
reencontraron
hasta
muchos
años
después.
Algunas
ni
siquiera
pudieron
volver
a
verse.
Después
de
cinco
años
viviendo
ahí,
las
autoridades
de
Contratación
terminaron
enterándose
de
que
ni
Dolores
ni
sus
hijos
estaban
enfermos.
Debían
irse
del
lazareto.
Pero
la
situación
económica
no
le
permitía
a
Dolores
encargarse
de
todos.
Por
eso
decidieron
que
Peter,
el
mayor,
que
en
ese
momento
tenía
ocho
años,
se
quedara
con
la
tía.
Existía
el
riesgo
de
que
lo
descubrieran
y
lo
mandaran
al
asilo,
pero
era
eso
o
no
tener
ni
siquiera
para
comer.
Se
quedó
Peter
trabajando
con
la
tía,
entiendo
que
era
súper
malhumorada
y,
bueno,
no
era
una
estancia
gratificante
para
mi
tío
ahí,
era
más
bien
como
terrible
esa
memoria
de
Contratación.
Tres
años
después,
en
1938,
Peter
pudo
viajar
a
Suaita,
el
pueblo
donde
vivían
su
mamá
y
sus
hermanos.
Ahí
terminó
la
primaria
y
empezó
a
dedicarse
a
la
carpintería.
Hacia
1945,
cuando
tenía
18
años,
decidió
viajar
a
Bogotá
para
poder
trabajar
en
una
fábrica
de
tejidos
e
hilados.
Claudia
grabó
algunas
de
esas
charlas
con
Peter.
El
resultado
son
horas
y
horas
de
audio
en
los
que
hablan
sobre
muchos
temas
de
su
vida.
La
calidad
no
es
muy
buena,
pero
el
que
va
a
hablar
aquí
es
Peter.
Y
yo,
mi
mayor
deseo
tan
pronto
entré
a
esa
fábrica
fue
poder
manejar
una
máquina
yo
solo.
Pero
con
tan
mala
suerte
que
a
los
dos
meses
yo
principié
a
perder
la
elasticidad
de
los
dedos
y
no
podía
sostener
la
hebra
para
poder
enhebrar.
Estaba
perdiendo
la
sensibilidad.
Después
de
esperarlo
por
varios
años,
pasó
lo
que
sabía
que
podía
suceder
en
cualquier
momento:
desarrollar
la
lepra.
Ese
era
el
síntoma
más
claro.
Él
lo
conocía
perfectamente.
Y
fue
eso
lo
que
precisamente,
años
después,
provocó
el
accidente
en
el
que
perdió
su
mano
derecha.
Cuando
empezó
a
dejar
de
sentir,
lo
único
que
pudo
hacer
fue
acercarse
al
médico
de
la
fábrica.
De
inmediato
lo
envió
a
un
hospital
en
Bogotá
que
trataba
enfermedades
de
la
piel.
Ahí
confirmaron
el
diagnóstico.
Pero
a
Peter
en
realidad
no
le
daba
miedo
la
lepra.
La
había
visto
de
frente
desde
que
era
niño,
y
aunque
ni
su
mamá
ni
sus
hermanos
la
tuvieron,
era
una
posibilidad
que
siempre
los
persiguió.
Lo
que
le
preocupaba
era
no
poder
trabajar
y
dejar
de
ayudar
a
su
familia.
Me
había
ido
a
buscar
trabajo
y
resultar
que
yo
no
podía
trabajar
allá
porque
la
salud
no
me
respondía.
Entonces
eso
es
muy
triste
para
uno.
El
paso
siguiente,
como
lo
decía
la
ley,
era
esperar
en
Bogotá
mientras
se
hacía
todo
el
papeleo
para
llevarlo
al
lazareto
más
cercano
que,
en
este
caso,
era
Agua
de
Dios.
Eso
lo
impactó.
Lo
que
me
repitió
hasta
el
cansancio
era
que
él
tenía
mucho
miedo
de
que
lo
enviaran
a
Agua
de
Dios
cuando
supo
que
era
enfermo
de
lepra.
Porque,
claro,
ya
conocía
Contratación.
Se
sabía
mover
por
ahí.
Mientras
que
Agua
de
Dios
era
un
lugar
desconocido,
y
con
cierta
reputación…
Era
el
lazareto
más
grande
y
más
poblado
del
país.
Además,
hacía
un
calor
infernal.
Afortunadamente,
había
un
hombre
que
trabajaba
en
la
parte
administrativa
del
hospital
y
que
venía
de
su
misma
región.
Peter
sintió
la
confianza
para
contarle
lo
que
le
preocupaba
y
le
preguntó
si
lo
dejaban
irse
para
Contratación.
Este
es
Peter
contando
lo
que
le
respondió
el
hombre:
Mire,
pues,
yo
estaba
con
ganas
de
proponerle
la
misma
cosa,
usted
es
de
Suaita
y
yo
soy
de
Suaita
y
los
suaitanos
somos
de
palabra,
cuando
comprometemos
la
palabra
la
cumplimos.
Y
yo
quiero
ayudarlo,
pero
entonces
tendríamos
que
hacer
un
pacto
de
caballeros.
El
pacto
de
caballeros
consistía
en
que
lo
ayudaría
a
escapar,
pero
con
la
condición
de
que
inmediatamente
debería
irse
para
Contratación.
El
problema
era
que
ese
hospital
estaba
vigilado
todo
el
tiempo,
incluso
por
policías,
para
que
los
enfermos
no
se
escaparan.
Si
lo
atrapaban,
lo
mandarían
directo
a
Agua
de
Dios
y
al
hombre
del
hospital
lo
despedirían
o
se
metería
en
un
problema
con
la
ley.
Peter
aceptó
inmediatamente.
Quería
irse
en
ese
instante.
Pero
el
hombre
le
pidió
paciencia.
Le
dijo
que
él
volvería
el
siguiente
domingo
muy
temprano
y,
una
vez
ahí,
mandaría
a
uno
de
los
policías
que
cuidaba
esa
habitación
por
unos
cigarrillos.
Peter
se
encargaría
de
hacer
lo
mismo
con
el
otro
policía.
Y
en
ese
momento
que
no
haiga
el
uno
ni
el
otro,
usted
coge
la
cajita
de
la
ropa
y
se
va
y
no
se
deja
encontrar
en
Bogotá.
Y
así
lo
hicieron.
Ese
día
todo
resultó
como
lo
planearon.
Peter
salió
corriendo
lo
más
rápido
que
pudo
y
se
montó
en
el
primer
tren
que
salía
a
su
región.
Pero
en
vez
de
irse
a
Contratación,
fue
donde
su
mamá,
en
Suaita.
Como
no
tenía
heridas
visibles,
tal
vez
podía
pasar
desapercibido
y
llevar
su
vida
como
si
nada.
Su
mamá
lo
recibió
sabiendo
de
la
lepra,
pero
lo
apoyó
en
su
idea
de
quedarse
ahí.
Peter
decidió
retomar
la
carpintería
y,
para
controlar
la
enfermedad,
el
hombre
del
hospital
le
había
regalado
unas
inyecciones
de
chaulmoogra,
que
era
lo
que
se
usaba
en
ese
momento
como
tratamiento.
Es
un
aceite
sacado
de
una
planta
originaria
de
la
India
que
se
inyectaba
y
que
era
muy
doloroso,
digamos,
en
su
aplicación.
Pero
esas
dosis
de
chaulmoogra
no
le
iban
a
durar
para
siempre.
Por
eso,
Peter
tenía
que
asegurarse
de
no
desperdiciar
ni
una
gota.
El
problema
era
que
se
las
había
dado
de
forma
clandestina.
Era
un
medicamento
que
solo
se
usaba
en
hospitales
que
trataban
la
lepra.
Así
que,
para
aplicarlas,
Peter
buscó
al
farmaceuta
del
pueblo
y
acordaron
un
pago
sin
que
nadie
se
diera
cuenta.
Aunque
en
esa
época
el
chaulmoogra
era
lo
único
que
parecía
controlar
la
lepra,
no
era
un
tratamiento
definitivo
y
tenía
efectos
secundarios
serios.
Sí,
atacaba
directamente
a
la
bacteria,
que
era
la
prioridad
para
los
médicos,
pero
las
heridas
en
la
piel
se
hacían
más
graves.
Era
una
contradicción
porque
podía
curar
la
enfermedad,
pero
a
un
costo
muy
alto.
En
todo
ese
proceso
de
aprendizaje
de
los
agentes
médicos
sobre
cómo
curar
la
lepra
es
que
las
personas
se
deformaron
en
una
gran
medida.
La
cura
era
más
interpretada
como
un
deterioro.
Aun
así,
era
lo
que
había
en
ese
momento,
y
Peter
creía
en
el
tratamiento
médico.
A
me
aplicaron
mucha
chaulmoogra
y
yo
deseaba
enormemente
quitarme
la
enfermedad
de
encima.
Y
la
tomé
con
todo
el
gusto
y
con
toda
la
gana.
Y
no
me
puede
decir
nadie
que
yo
hice
mal
en
eso.
Luego
de
un
tiempo
empezaron
a
aparecer
las
consecuencias
del
chaulmoogra.
Empecé
a
sentir
que…
que
la
vista
se
me…
se
mermaba,
que
me
sentía
mal
del
cuerpo.
Ya
tanto
tomar
eso
diariamente,
yo
la
tomaba
con
insistencia,
y
eso,
pero
la
lepra
no
se
me
quitó.
La
lepra
no
se
le
quitó
sino
que
se
hizo
más
visible,
y
las
heridas
trabajando
como
carpintero
eran
frecuentes.
Así
pasó
casi
dos
años
racionando
las
dosis
de
chaulmoogra
que
le
dieron
en
Bogotá.
Cuando
se
acabaron,
buscó
al
farmaceuta
y
le
pidió
ayuda
para
conseguir
más,
pero
el
hombre
no
reaccionó
como
Peter
esperaba.
Y
él
enseguida
se
fue
donde
el
alcalde,
me
denunció
que
yo
era
enfermo
de
lepra.
El
alcalde
me
llamó,
me
dijo
“Usted
cómo
se
llama”
Dije:
“Pedro
Pablo
Vanegas”.
“Usted
es
enfermo
de
lepra”.
“¿Usted
cómo
lo
sabe?”
Dijo:
“No,
me
lo
dijeron.
El
martes
próximo
lo
mando
para
Contratación
con
dos
policías”.
Seguir
huyendo
no
tenía
mucho
sentido.
Y
así
quisiera,
ya
no
tenía
lugar
a
donde
ir.
Entonces
Peter
llegó
a
la
casa
de
su
mamá
y
le
contó
la
situación.
Ella
empezó
a
llorar.
Yo
le
dije
mire:
eso
no
lloremos
ni
nos
pongamos
a
entristecernos
porque
lo
que
hay
que
hacer
hay
que
hacerlo.
Lo
mejor
era
irse
antes
de
que
fueran
los
policías
a
sacarlo
esposado
de
la
casa.
Así
evitaban
un
escándalo
y
una
investigación
que
muy
seguramente
iba
a
afectar
al
señor
del
hospital
que
lo
ayudó
a
escapar.
Mi
abuela
tomó
la
determinación
de
que
se
fuera
solo,
le
empaquetó
un
fiambre
y
él
salió
corriendo
para
Contratación.
Peter
llegó
a
Contratación
por
segunda
vez
en
su
vida,
pero
no
a
las
afueras
como
cuando
era
niño.
No
quiso
volver
a
ver
a
su
tía,
porque,
por
un
lado,
vivía
lejos
de
ahí,
y
por
el
otro,
la
experiencia
cuando
se
quedó
con
ella
no
había
sido
la
mejor.
Ahora,
con
20
años,
le
aplicaron
el
procedimiento
que
se
hacía
con
todas
las
personas
enfermas
que
llegaban
al
lazareto.
A
me
quitaron
la
cédula
aquí,
la
tarjeta
de
identidad.
Me
la
quitaron
acá
en
el
sanatorio
y
me
dieron
la
cédula
de
enfermo.
La
cédula
de
enfermo,
que
era
como
un
desplegable.
En
ese
documento
aparecían
los
datos
principales
de
la
persona:
nombre,
lugar
y
año
de
nacimiento,
y
foto.
También
dejaba
bien
claro
que
la
persona
tenía
lepra
y
el
tiempo
que
llevaba
de
tratamiento.
Con
eso
se
podía,
según
la
legislación
de
la
época,
hacer
un
seguimiento
del
desarrollo
de
la
enfermedad
de
cada
persona.
Pero
más
allá
de
eso,
con
ese
documento
no
podían
votar.
Tampoco
podían
hacer
trámites
legales
fuera
del
lazareto.
Básicamente,
dejaba
a
estas
personas
sin
derechos
civiles.
A
Peter
lo
llevaron
al
albergue
de
hombres
del
hospital.
Lo
examinaron
y
le
hicieron
todo
tipo
de
pruebas
clínicas.
Después
le
tomaron
fotos…
fotos
muy
parecidas
a
las
tantas
que
vio
Claudia
en
los
archivos
cuando
empezó
su
investigación.
Estas
imágenes
iban
a
la
historia
clínica
de
cada
paciente
y
ayudaban
en
los
estudios
que
se
hacían
para
encontrar
una
cura.
Bueno,
esa
era
la
justificación
de
los
médicos.
Pero
en
realidad
nunca
les
preguntaban
a
estas
personas
si
estaban
de
acuerdo.
Tampoco
era
una
obligación
legal
tener
ese
tipo
de
consideraciones
éticas.
Apenas
ponían
un
pie
en
el
lazareto,
los
enfermos
dejaban
de
ser
ciudadanos
comunes
y
corrientes,
y
se
convertían
en
objetos
de
cuidado
permanente,
de
riesgo
y
de
estudio.
Años
después,
Claudia
le
preguntaría
a
su
tío
Peter
lo
que
tal
vez
a
esos
funcionarios
del
lazareto
no
se
les
pasó
por
la
cabeza.
¿Cómo
se
sentía
usted
como
persona,
pues,
cuando
le
estaban
tomando
esas
fotos?
¿Sentía
algo
particular?
Uno
se
siente
como…
Como
un
animal
raro.
Uno
se
siente
raro
es
por
eso,
porque
le
están
tomando
anomalías
de
su
propio
cuerpo,
algo
que
no
está
bien
en
su
propio
cuerpo.
No
se
escucha
muy
bien,
así
que
repito
lo
que
dice
Peter:
“Uno
se
siente
como
un
animal
raro.
Uno
se
siente
raro
porque
le
están
tomando
anomalías
de
su
propio
cuerpo,
algo
que
no
está
bien
en
su
propio
cuerpo”.
A
Peter
lo
dejaron
en
el
albergue.
Ahí
tenía
que
vivir.
Recordemos
que,
según
la
ley,
todos
los
enfermos
de
lepra
tenían
derecho
a
vivienda,
alimentación
y
cuidados
médicos.
Incluso
les
daban
un
subsidio
mensual.
Lo
que
se
llama
allá
la
guayaba,
que
es
un
sueldo
por
incapacidad,
una
ayuda
mínima
para
la
alimentación,
para
el
lavado
de
la
ropa
y
para
el
arriendo.
No
era
un
sueldo
completo,
pero
ayudaba
a
cubrir
las
necesidades
básicas.
Aun
así,
Peter,
que
tenía
20
años
y
se
sentía
lleno
de
vida,
no
quería
quedarse
quieto,
y
mucho
menos
ahí…
El
albergue
tiene
la
particularidad
de
ser
un
sitio
para
las
personas
que
están
disminuidas
en
términos
de
su
posibilidad
de
movilizarse,
y
de
trabajo
y
demás,
y
él
es
un
hombre
acostumbrado
a
trabajar.
Peter
pensó
en
opciones
de
trabajo.
Sabía,
por
ejemplo,
que
en
el
asilo
de
niños
enfermos
les
enseñaban
carpintería.
Entonces
habló
con
las
autoridades
del
lazareto.
Como
todo
lo
controlaban,
tenían
que
autorizarlo
para
trabajar
con
las
máquinas.
En
1950
logró
que
lo
dejaran
mudarse
del
todo.
Ese
asilo,
digamos,
está
al
interior
del
lazareto,
entonces
él
está
adentro
del
lazareto
pero
viviendo
con
los
niños
y
paulatinamente
ejerce
como
profesor
no
oficial
de
carpintería.
Ya
tenía
trabajo
y
un
lugar
más
cómodo
para
vivir…
Aunque
eso
no
evitaba
que
sintiera
el
aislamiento.
Él
ya
había
vivido
en
Contratación,
y
a
pesar
de
que
en
ese
entonces
tenía
que
hacerlo
un
poco
a
escondidas,
se
sentía
más
libre
que
como
se
sentía
ahora.
Habían
pasado
tres
años,
pero
aún
no
lograba
acostumbrarse
completamente
a
lo
que
significaba
estar
en
un
lazareto
como
enfermo.
Cada
vez
se
le
parecía
más
a
estar
condenado
a
una
cadena
perpetua.
Yo
era
muy
desesperado
por
la
soledad
de
la
falta
de
la
familia
De
su
mamá
y
sus
hermanos…
Lo
único
que
lo
ayudaba
a
despejar
un
poco
su
mente
era
caminar
y
caminar
por
el
pueblo.
Yo
me
la
pasaba
recorriendo
todos…
todo
el…
todos
los
perímetros,
por
eso
me
los
recuerdo
perfectamente.
Y
durante
esos
recorridos
se
le
pasó
por
la
mente
la
opción
de
escaparse.
Hablando
con
más
confianza
con
otros
enfermos
del
lazareto,
se
dio
cuenta
que
no
era
tan
difícil
y
que,
de
hecho,
muchos
lo
hacían.
Lo
importante
era
saber
con
precisión
dónde
estaban
los
controles
policiales.
Luego
esperar
a
los
cambios
de
turno
o
que
estuviera
lloviendo.
Así
era
más
difícil
que
los
vieran.
Claro,
no
es
que
fueran
escapes
definitivos
porque,
después
de
todo,
no
tenían
documentos
y
era
casi
imposible
encontrar
trabajo
así.
Si
los
atrapaban
por
fuera,
les
tocaba
pagar
una
fianza
y
hasta
podrían
perder
por
un
tiempo
el
subsidio.
Pero
valía
la
pena
el
riesgo:
sin
duda
era
un
respiro
para
poder
cambiar
el
ambiente.
Peter
lo
hizo
algunas
veces…
pero
igual
era
cauteloso.
Y
ya
uno
sabía,
de
antemano
uno
se
preparaba,
por
cuál
lado
iba
a
salir
y
las
dificultades
que
tenía
para
sortear
durante
la
noche
y
despistar
la
policía.
Eso
se
programaba
según
por
el
retén
por
donde
uno
fuera
a
salir.
Y
así,
por
las
circunstancias
y
a
la
fuerza,
se
fue
acostumbrando
a
esa
vida.
En
1955,
el
asilo
de
niños
se
convirtió
en
un
colegio
público.
Eso
hizo
que
pudiera
asumir
el
puesto
oficial
de
profesor,
cobrar
un
mejor
sueldo
y
tener
beneficios
laborales.
La
prisión
fue
convirtiéndose
poco
a
poco
en
un
hogar.
Él
construyó
una
vida
allá,
como
muy
activa,
era
una
persona
reconocida,
tenía
muchas
actividades.
Era
muy
religioso,
entonces
él
acompañaba
toda
la,
digamos,
las
actividades
religiosas
a
diario.
Entre
finales
de
la
década
de
los
40
y
principios
de
la
de
los
50,
la
ciencia
logró
dar
con
una
cura
para
la
lepra:
unos
antibióticos
conocidos
como
sulfonas.
La
historia
de
cómo
se
llegó
a
eso
es
curiosa…
En
Venezuela
las
sulfonas
se
usaron
en
el
tratamiento
de
la
tuberculosis
al
interior
de
un
lazareto
y
demostró
tener
efectos
curativos
en
la
lepra.
O
sea,
se
encontró
la
cura
por
accidente.
El
tratamiento
con
sulfonas
empezó
a
replicarse
en
todo
el
mundo
con
muy
buenos
resultados.
Poco
a
poco
se
fue
haciendo
más
común
en
la
legislación
colombiana
la
figura
de
“curados
sociales”.
Podían
tener
todas
las
afectaciones
sobre
sus
cuerpos
por
las
deformaciones
causadas
por
la
lepra,
pero
ya
no
eran
contaminantes,
entonces
se
les
llamó
curados
sociales,
se
les
daba
un
carnet
de
curados
sociales
y
se
les
permitía
salir
del
lazareto.
El
Estado
empezó
un
plan
para
desmontar
poco
a
poco
los
lazaretos
en
el
país.
Ya
no
había
tantos
enfermos
para
contener
y
podían
ahorrarse
gastos.
Empezaron
por
el
más
viejo,
Caño
de
Loro,
que
quedaba
en
Cartagena.
En
1950
sacaron
a
la
gente
y
bombardearon
el
lugar.
Algunos
dicen
que
para
evitar
que
se
propagara
la
enfermedad,
pero
el
contagio
se
da
de
persona
a
persona,
no
por
contacto
con
superficies.
Pero
era
tal
el
temor
que
preferían
evitar
cualquier
tipo
de
riesgo.
Por
eso
mismo
no
dejaron
que
las
personas
de
Caño
de
Loro
se
fueran
libres.
Querían
asegurarse
completamente
de
que
las
sulfonas
funcionaran
a
largo
plazo,
así
que
mientras
tanto
las
enviaron
a
Agua
de
Dios,
el
lazareto
cercano
a
Bogotá.
El
plan
era
hacer
lo
mismo
con
Contratación.
Lo
que
paradójicamente
sucede
es
que
los
contrateños
no
quieren
que
el
lazareto
se
elimine,
que
desaparezca.
Y
es
que
a
través
de
los
años
los
habitantes
del
pueblo
lograron
apropiarse
del
lugar.
Afuera
eran
estigmatizados,
rechazados,
temidos…
les
habían
negado
la
posibilidad
de
vivir.
En
Contratación,
en
cierta
forma,
estaban
en
condiciones
parecidas
a
las
de
afuera.
Hay
un
sentido
de…
de
pertenencia
y
de
arraigo
que
se
fortalece
en
Contratación
y
además
porque
se
ha
creado
toda
esa
sociedad
muy,
muy
vital,
muy
dinámica
en
torno
religioso
y
social…
de
mucho
arraigo.
La
resistencia
de
los
habitantes
permitió
que
Contratación
se
mantuviera
como
venía
hasta
1961,
cuando
ya
definitivamente
el
gobierno
decretó
el
fin
de
los
lazaretos
en
Colombia.
Un
año
después,
Contratación
se
convirtió
oficialmente
en
un
pueblo,
y
con
Agua
de
Dios
pasó
lo
mismo
en
1963.
Como
muchos
de
los
enfermos
no
tenían
las
herramientas
para
buscar
su
propio
sustento,
el
gobierno
decidió
mantenerles
el
subsidio
mensual.
También
les
devolvió
los
derechos
civiles
y
políticos.
Eso
incluía
la
posibilidad
de
moverse
libremente
por
todo
el
país.
Aunque
muchas
personas
decidieron
irse
de
Contratación,
algunas
nunca
se
fueron
y
otras
terminaron
regresando
y
quedándose
definitivamente.
Estos
curados
sociales
volvieron
al
lazareto
porque
habían
tenido
recaídas
en
la
enfermedad
o
no
habían
sido
aceptados
en
sus
lugares
de
orígenes
y
tenían
que
volver
al
lazareto
donde
tenían
unas
mejores
condiciones
de
vida.
Peter,
por
ejemplo,
nunca
se
fue.
Ya
tenía
su
vida
más
que
hecha
en
Contratación.
Con
el
tiempo
se
fue
a
una
casa
que
alquiló
y
ahora,
sin
restricciones,
la
familia
lo
empezó
a
visitar.
Incluso
su
mamá
se
fue
a
vivir
con
él.
Mi
tío
siempre
tuvo
la
intención
de
responder
por
mi
abuela,
y
llevó
a
vivir
allá
a
su
hermano
menor,
porque
también,
digamos,
era
su
responsabilidad.
Claudia
nació
unos
años
después,
en
1969.
Para
ese
momento,
Peter
ya
visitaba
su
casa
con
frecuencia
y
en
su
mente
empezó
a
formarse
esa
imagen
que
tanto
recuerda:
su
tío
abrazándola
a
ella
y
a
sus
hermanos,
y
sentándose
a
conversar
de
todo
tipo
de
cosas.
No
solía
hablarles
mal
de
Contratación.
De
hecho,
cuando
Peter
sacó
su
nueva
cédula,
la
funcional,
la
real,
la
que
lo
validaba
como
ciudadano,
insistió
hacerlo
allá
mismo.
Yo
quise
que
fuera
de
Contratación,
porque
es
que
Contratación
me
abrió
muchas
puertas,
entonces
necesito
conservar
eso.
En
1977
se
jubiló
de
su
cargo
como
profesor,
pero
no
dejó
del
todo
la
carpintería,
ni
sus
actividades
en
el
pueblo.
Siguió
con
su
proyecto
personal
de
ayudar
en
la
rehabilitación
social
de
los
enfermos
de
lepra
y
conseguirles
oportunidades
laborales.
Para
Claudia,
conocer
la
historia
de
su
tío
y
estar
en
Contratación
le
hizo
cambiar
las
imágenes
equivocadas
que
tenía
sobre
la
lepra.
Pero
más
allá
de
eso,
le
dio
un
vuelco
a
lo
que
durante
años
había
entendido
por
salud
y
enfermedad,
anomalía
y
normalidad…
Eso
fue
lo
que
la
lepra
me
regaló,
la
idea
de
que
la
enfermedad
es
parte
de
la
vida.
Todas
las
formas
de
cosas
que
se
conciben
como
anómalas,
en
realidad
son
parte
de
la
vida.
En
2013,
a
los
86
años,
Peter
murió
de
cáncer
de
estómago.
Claudia
sospecha
que
el
chaulmoogra
y
tantas
sulfonas
que
tomó
hicieron
que
se
le
desarrollara
el
cáncer.
Al
entierro
fue
mucha
gente
del
pueblo
y
ahí
recordaron,
con
mucho
cariño,
diferentes
momentos
de
la
vida
de
Peter.
Yo
siento
que
no
sentimos
un
dolor,
sino
todo
lo
contrario,
como
la
experiencia
de
haber
vivido
con
él,
acompañado
una
vida
plena…y
ese
es
mi
recuerdo
de
él,
de
una
vida
muy,
muy,
muy
plena.
Plena,
sí,
porque
lo
cierto
es
que
Contratación
se
había
convertido
en
su
lugar
seguro.
El
único
lugar
donde
tanto
a
él
como
a
los
otros
enfermos
no
los
iban
a
rechazar.
Para
Peter
habían
sido
más
de
60
años
de
una
vida
aislada,
confinada,
pero
no
por
eso
perdida.
En
1997,
unos
activistas
lograron
que
el
Estado
colombiano
reconociera
la
vulneración
de
los
derechos
humanos
de
las
personas
con
lepra.
No
había
sido
algo
reciente,
sino
un
maltrato
de
siglos.
Como
reparación,
igualó
el
subsidio
que
ya
recibían
al
salario
mínimo,
y
se
les
garantizó
a
todas
las
personas
que
habían
sido
diagnosticadas
con
la
enfermedad.
En
2019,
Claudia
publicó
un
libro
que
recopila
su
investigación
de
la
lepra
de
más
de
20
años.
Se
llama
La
voz
del
proscrito:
Experiencia
de
la
lepra
y
el
devenir
de
los
lazaretos
en
Colombia.
Un
agradecimiento
especial
a
Claudia
por
permitirnos
utilizar
audios
de
sus
entrevistas
con
Peter.
Este
episodio
fue
producido
por
Juan
Andrés
Rodríguez
y
David
Trujillo.
Juan
es
antropólogo
y
David
es
productor
de
Radio
Ambulante.
Ambos
viven
en
Bogotá.
Esta
historia
fue
editada
por
Camila
Segura,
Luis
Fernando
Vargas
y
por
mí.
Desirée
Yépez
hizo
el
fact-checking.
La
música
y
el
diseño
de
sonido
son
de
Andrés
Azpiri.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Paola
Alean,
Nicolás
Alonso,
Lisette
Arévalo,
Aneris
Casassus,
Xochitl
Fabián,
Fernanda
Guzmán,
Camilo
Jiménez
Santofimio,
Rémy
Lozano,
Ana
Pais,
Laura
Rojas
Aponte,
Barbara
Sawhill
y
Elsa
Liliana
Ulloa.
Emilia
Erbetta
es
nuestra
pasante
editorial.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios,
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
Check out more Radio Ambulante

See below for the full transcript

► ► Hola, Ambulantes. Hoy empezó para nosotros el momento más importante del año. Noviembre y diciembre son meses clave para garantizar la sostenibilidad de nuestros podcasts, Radio Ambulante y El hilo, en el 2022. Si en estos últimos dos meses del año sumamos 1.800 nuevas personas en nuestro programa de membresías Deambulantes, podremos seguir cubriendo nuestros costos y garantizando nuestra independencia. Y tenemos una buena noticia: Fuimos seleccionados para participar en NewsMatch, una beca que apoya organizaciones periodísticas sin ánimo de lucro como la nuestra. Durante noviembre y diciembre, NewsMatch igualará las donaciones que hagas. Esto significa que si, por ejemplo, nos donas $15 dólares, recibiremos $30. Súmate hoy a Deambulantes y haz que tu apoyo tenga ese doble impacto. Para donar visita: radioambulante.org/deambulantes. Y desde ya, ¡muchas gracias! Esto es Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón… Mi tío era un hombre delgado, alto, yo siempre lo vi alto. Ella es Claudia Platarrueda. Es colombiana y está hablando de su tío Peter… Pedro Pablo Vanegas, el hermano mayor de su mamá. Peter era carpintero. Le faltaba una mano por un accidente en su trabajo y tenía una prótesis en la pierna, pero esa es la última imagen que se le viene a la memoria a Claudia cuando piensa en él. Como yo lo recuerdo era un hombre atractivo, tenía una disposición corporal que lo hacía ver muy elegante. Claudia creció en los años 70 en una ciudad al nororiente del país que se llama Bucaramanga, y uno de los recuerdos más claros que tiene de su infancia son las visitas de su tío Peter. Él murió en 2013, pero toda su vida estuvo en un pueblo lejos de ahí. Claudia nunca fue cuando era niña porque no era fácil llegar hasta allá. Era él quien viajaba de vez en cuando a donde su familia y siempre lo recibían con mucho cariño. Yo lo veo a él llegando a la casa, abrazándonos. Un abrazador compulsivo, era muy, muy, muy afectivo mi tío, muy afectivo, era como un personaje con su propio carisma… inteligente y hábil, digamos, con… en la conversación. En 1988, Claudia empezó a estudiar antropología en Bogotá. Cinco años después, cuando ya estaba cerca de terminar la carrera, viajó con su familia de paseo a Suaita, el pueblo de donde son sus papás. Peter también fue con ellos. Una tarde, después de almorzar, se reunieron todos al lado de un río para bañarse y pasar el rato. Los hermanos mayores de Claudia empezaron a preguntarle a Peter por su vida. Para ese momento, él tenía 66 años. Claudia, que tenía una cámara fotográfica que llevaba a todas partes, empezó a tomar fotos y a enfocar a Peter con el lente. Lo que estaba escuchando la sorprendió. Y lo recuerdo con una imagen muy linda, yo tomé una fotografía cuando él está hablando; y le preguntaron sobre cómo era Contratación. Contratación, el lugar donde vivía Peter desde 1947. Ahí Claudia se enteró de que él no se había ido allá porque sí, porque le gustara el clima, porque tuviera oportunidades de trabajo o por invitación de algún amigo. No. A Peter, la ley lo obligó a mudarse a ese pueblo… Y es que Peter tuvo algo que técnicamente se conoce como enfermedad de Hansen. Tal vez a la mayoría de ustedes no les suene mucho ese nombre, pero seguro la conocen. También se le dice lepra. La falta de su mano y su pierna eran consecuencias de la enfermedad. Desde 1835 el gobierno había decidido que Contratación sería uno de los lugares donde las personas con lepra tenían que vivir. A esos lugares, no solo en Colombia, se les llama lazaretos. La razón es religiosa: en la Biblia, Jesús cuenta la historia de un mendigo leproso que se llama Lázaro. No San Lázaro el que resucitó, sino otro, que cuando murió se fue directo al cielo. Y la lepra sonará como algo muy antiguo, algo extinto. Pero no es así. Todavía existe. Sin embargo, para contagiarse se necesita estar en contacto directo y prolongado con las gotas que salen de la boca o la nariz de una persona infectada. Hoy en día es muy difícil gracias a los avances de la medicina y la salud pública. De hecho, cuando Claudia nació, Peter tenía secuelas de la enfermedad pero ya no la contagiaba. Tal vez por eso, ella nunca vio a su tío como alguien enfermo… también porque en su casa no era frecuente que hablaran del tema. No estoy consciente de tener un temor por el contagio. Seguramente escuché de la lepra, pero no… no tenía como una asociación muy clara entre, entre la vida de mi tío y la presencia de la lepra. Yo en realidad nunca vi a mi tío con temor, creo yo. Claudia tampoco sabe muy bien por qué, pero hasta ese momento, cuando estaban en el paseo familiar en el río, ella nunca había escuchado la historia de su tío con tantos detalles. Tal vez nunca había preguntado o prestado la suficiente atención. Entonces en medio, digamos, de esa conversación, mi tío habló abiertamente de… de la historia del lazareto y a mí eso me pareció cautivador. Contratación fue diseñado casi como un campo de concentración para aislar y contener personas. Pero Peter hablaba con tanto cariño y nostalgia de este lugar, que Claudia tenía que ver con sus propios ojos lo que pasaba allí. Una breve pausa y volvemos. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Juan Andrés Rodríguez, antropólogo colombiano, nos sigue contando. Claudia se interesó tanto en el tema de la vida de su tío en Contratación que decidió hacer un estudio académico al respecto. Pero, como suele pasar con ese tipo de investigaciones formales, antes de viajar a Contratación debía entender la enfermedad y su historia. En 1997 empezó a recoger documentos. Y, digamos, me enfrenté a la Biblioteca Nacional donde había tanta riqueza bibliográfica que yo me volví… casi que me daba angustia porque había demasiados materiales y no podía entender qué era eso. Estaba abrumada. Eran cientos de años de historia en leyes, reportes, investigaciones, crónicas, novelas, poemas, obras de teatro, películas e incluso canciones. También fotos de personas enfermas, anónimas, sin una mínima expresión en el rostro que diera algún indicio de sus emociones. Únicamente tenían la intención de mostrar los daños físicos de la enfermedad y acompañar alguna reseña médica. A Claudia le llegó de golpe una escena de una película que había visto cuando era niña. Me dijiste que habían muerto. Así me lo pidieron. No debes buscarlas más, Judá. Hazlo por ellas. Yo sí recuerdo el leproso de la cueva que salía en la película de la Biblia en la Semana Santa, o sea, ese es como el referente más claro que yo, que yo recuerdo. Ya vienen. Judá, ámalas de la manera que necesitan ser amadas. No las mires, que sea como si nunca las hubieras visto. Por favor, Judá. Lo que Claudia recuerda, lo que la marcó, es la imagen de estos personajes a la entrada de una cueva, con la poca piel que se les ve, roja, irritada. Los hombres en harapos, tapándose la cara, con los muñones tapados, y ni siquiera viéndose las llagas, pero uno lo que asume es que hay llagas, cierto, pululantes abajo. Y las fotos que estaba viendo se acercaban bastante a ese recuerdo. En ese momento Claudia empezó a ver una gravedad en la enfermedad que nunca mostró su tío. Era como otra historia de la lepra, una paralela, una historia terrible, de discriminación y segregación. Y eso le aumentó la curiosidad de entender a su tío y lo que sucedía en Contratación. Así que decidió empezar por tratar de comprender lo básico: qué es la lepra, cómo se contagia y cuáles son sus efectos. Para comenzar, se transmite por un bacilo, o sea, un tipo de bacteria. Ya dijimos que el contagio se da por contacto directo y prolongado con gotas de la nariz o la boca de alguien infectado. El bacilo tiene gusto por las terminales nerviosas, especialmente en los lugares fríos del cuerpo: los pies, la nariz, las orejas, las manos… La bacteria deteriora esas terminales nerviosas hasta que se pierde la sensibilidad. Entonces la persona, al contacto, no siente que está tocando y con mucha frecuencia, digamos, toma cosas calientes o se puya, se punza, se corta. Y eso termina provocando heridas difíciles de sanar. La persona enferma tarda mucho en tratarlas a tiempo porque simplemente no las siente y se infectan. Además, la piel afectada pierde la humedad necesaria para cicatrizar. Ya existe un tratamiento y una cura que, si se aplican a tiempo, evitan las complicaciones. Pero lo del bacilo no se supo sino hasta 1871, cuando pudieron verlo en un microscopio y luego publicaron el primer estudio al respecto. Antes, por muchos años, se pensó que la lepra era provocada por todo tipo de cosas: desde castigos divinos, brujería y hasta una cuestión hereditaria. Pero realmente no había una causa clara… Habían teorías, digamos, que entraban en contradicción de manera permanente. Tampoco había un tratamiento seguro y estandarizado. Mucho menos una cura. Y como los daños físicos en algunos casos eran bastante evidentes y el miedo al contagio era grande, varias sociedades empezaron a aislar a las personas enfermas de lepra. Con el tiempo terminaron confinándolas en lo que se conocería como leprocomios, colonias de lepra o lazaretos. Estos lugares fueron especialmente comunes en varias partes del mundo en los siglos XIX y XX. Porque no es que el descubrimiento del bacilo haya frenado esa práctica. De hecho fortaleció el miedo de que cualquier contacto con una persona infectada, por mínimo que fuera, era muy riesgoso. Aún faltaban varios años para entender mejor la enfermedad. Claudia también investigó cómo se había manejado la lepra en Colombia. Así entendió, por ejemplo, que la enfermedad y la figura de los lazaretos llegaron de Europa. Encontró registros de principios del siglo XVII, en plena época colonial, que cuentan que los vecinos de un hospital en Cartagena, en la costa Caribe, pidieron expulsar a los enfermos de lepra que estaban confinados ahí. La decisión del gobierno local fue llevarlos a todos a una isla lejos de la ciudad. Ese fue el primer lazareto registrado en el país y se llamó Caño de Loro. Con el paso de los años, se formaron lugares parecidos en diferentes regiones. A partir de 1835 los lazaretos fueron oficializados por el Estado como una estrategia para controlar la lepra. Cualquier persona diagnosticada con la enfermedad debía irse a vivir a uno de los lazaretos que se establecieron: Caño de Loro, en Cartagena; Agua de Dios, más cerca a Bogotá; y Contratación, en el departamento de Santander, que era donde vivía Peter, el tío de Claudia. Lo más importante era asegurar el aislamiento. Y para eso se tomaron medidas extremas: cercas con alambres de púas en los alrededores, controles policiales en las entradas y hasta una moneda exclusiva, que se llamaba coscoja y que solo circulaba en estos lugares. Pero los enfermos contaban con atención médica permanente, podían trabajar, ganar un sueldo y hacer cualquier actividad siempre y cuando no salieran del lazareto. Ahí estaba todo lo necesario. Se define que debe haber un mercado, que debe haber cura, que debe haber un lugar en donde se separen los enfermos de gravedad, que debe haber un procedimiento para asegurar las provisiones y el mantenimiento de los enfermos. Todo con dinero público o donaciones de caridad. Las únicas personas sanas que podían entrar eran los médicos, los religiosos y a veces algún familiar que ayudara en el cuidado de la persona enferma… Todos los cargos públicos, incluido las enfermeras, las cocineras de los hospitales, de los asilos, del mercado, de la notaría, de los correos, del telégrafo, todas esas personas debían ser personas enfermas por ley, porque se supone que adentro no debería haber personas sanas. Hasta los policías dentro de los lazaretos tenían la enfermedad. Y sí, el número de personas con lepra era suficiente para cumplir con esa cantidad de labores. Aunque no existían estadísticas oficiales y rigurosas, para comienzos del siglo veinte se estima que había entre treinta y cincuenta mil enfermos en el país. Eso llevó incluso a que corriera el rumor de que Colombia era el país con más casos en el mundo. Mientras pasaban los años, los gobiernos fueron adaptando leyes y creando otras, para intentar mejorar la estrategia pública de control de la lepra. Para ese momento, el confinamiento parecía ser lo único que funcionaba, así que se enfocaron en no dejar por fuera a ninguna persona enferma y endurecer el aislamiento. Claudia estaba maravillada. Le parecía alucinante lo que estaba descubriendo: metieron a mucha gente en un mismo espacio, y además trataron de ofrecerles una vida más o menos parecida a lo que había afuera. La historia del lazareto me parecía una cosa impresionante, en términos de lo que significa una sociedad en chiquito, una sociedad aislada, y así la imaginaba yo, digamos, una… una, una sociedad micro ahí. Cuando empezó a investigar, a finales de los 90, ya habían pasado más de 30 años desde que los lazaretos habían dejado de existir. Los avances científicos en el tratamiento de la lepra los volvieron prácticamente inútiles, y desde 1961 se convirtieron en pueblos como el resto. Eso sí, con una historia muy particular que a Claudia le intrigaba. ¿Cómo había sido vivir en un lazareto? ¿Cómo vivían ahora? Lo que seguía era visitar a su tío Peter, que aún vivía en Contratación. Ahí había una fuente de información muy valiosa. Ya habiendo leído sobre qué era la lepra, digamos, con una idea del contagio y de todas estas cosas, en diciembre de 1997, viajo a Contratación, sin que ni siquiera mi tío supiera que yo tenía interés de trabajar en ese tema. Para llegar a Contratación hoy en día el trayecto es de más de cinco horas desde Bucaramanga, donde creció Claudia. Pero en 1997, cuando ella fue por primera vez, casi que ni existía una vía, y la gente se podía tardar mucho más en el viaje… eso, claro, si las condiciones del tiempo eran óptimas. Ir a Contratación implicaba coger varios carros hasta la carretera principal, después desviarse, ir a su suerte porque, digamos, esta es una… una región húmeda, lluviosa y es muy frecuente que la carretera no le diera a uno permiso de entrar tan fácilmente. La primera vez que Claudia fue se tardó 18 horas, porque el bus se varó a mitad de camino. Pero al final, ningún estrés, malestar o incomodidad que le hubiera producido el viaje le dañó esa primera impresión que tuvo. Era un pueblo muy bello, las calles eran empedradas y eso lo hacía pintoresco. Eran casas de alar, de tejados de barro. Había murales pintados en las casas. Habían pasado casi cuatro años desde la última vez que vio a Peter, pero la recibió con la misma calidez y familiaridad que le mostraba cuando él iba de visita. Aunque sí hubo algo que la sorprendió. Me recibió, me mostró su casa. Eso me llamó la atención. ¿Él no vivía entonces en un hospital? No, no vivía en un hospital. Era solo una de las muchas sorpresas que le esperaban a Claudia en Contratación. Ya volvemos. Hola, soy Denise Márquez, editora digital de El hilo. Sabemos que los titulares no son suficientes para comprender América Latina y queremos ampliar la conversación contigo. Mi colega, Desirée Yepez, periodista y verificadora de datos de este podcast, escribe para ti un boletín semanal. Todos los viernes recibirás una cuidadosa curaduría de artículos, cifras, videos y una selección de las noticias más importantes para profundizar en el tema del episodio. También resaltamos la buena noticia de la semana, te recomendamos algo y más. ¿Te interesa? Suscríbete en elhilo.audio/boletín Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa, Claudia Platarrueda imaginaba a Contratación, el lugar donde vivía su tío Peter, como un hospital lleno de enfermedad, muerte y desolación… pero en realidad, aunque la lepra estaba, y era la razón por la que existía este lugar, la gente trabajaba, se movía por todas partes, había bares, cafeterías, colegios… En otras palabras, había vida. Para mí desde el primer día esa ambigüedad fue demasiado develadora, es decir, cómo es posible que la lepra, de la que tenemos un temor tan abigarrado, digamos, unas ideas claras como de putrefacción, de contaminación… y yo llego a Contratación y me doy cuenta que allá la vida circula y está contaminada de lepra por todas partes. Ahora tenía muchas más preguntas para hacerle a su tío Peter. Juan Andrés nos sigue contando. Si bien lo que más le interesaba a Claudia era la historia de Contratación, Peter, como todas las personas con lepra, tuvo una vida antes de su enfermedad. Y estaba ansioso por contarla. Nació a finales de los años veinte y llegó muy chiquito a una finca de Suaita, en el departamento de Santander. Su mamá, o sea, la abuela de Claudia, se llamaba Dolores Vanegas, y trabajaba ahí como cocinera de los empleados. Dolores tuvo una relación a escondidas con el dueño de esa finca y tuvieron cuatro hijos. Peter era el segundo. También le contó a Claudia de su infancia y de las condiciones tan difíciles en las que vivía su familia. Dolores se dedicaba la mayor parte del tiempo al trabajo, y Peter y sus hermanos sentían que el bienestar de ellos era la última prioridad de su mamá. Y respecto al papá… bueno, ni siquiera les dio el apellido. A principios de la década de los 30, sacó a Dolores y a sus hijos de la finca porque se había casado con otra mujer. Sin saber muy bien a dónde ir, la única opción que le quedó a Dolores fue mudarse con su hermana, a quien le habían diagnosticado lepra hacía un tiempo y vivía en Contratación. Aunque en el papel el lazareto era exclusivo para las personas con lepra, era difícil controlarlo en la práctica. Sí, había cercas alrededor, pero no es que fuera una muralla impenetrable, y aunque la vigilancia era estricta, a veces se podía burlar. Se podría suponer que lo que hacía que poca gente se acercara, además de las dificultades para llegar allá, era el miedo al contagio. Algunos de los enfermos se mudaban con sus familiares, así estuvieran sanos, porque eran los que ayudaban económicamente. Además, como tenían que abastecerse de comida, llegaba gente de otros lugares a vender sus productos. En el caso de Dolores, llegó ahí por supervivencia. Era un viaje muy doloroso para mi abuela, porque llegó a Contratación sin muchos recursos, ya sin plata para devolverse y se dio cuenta que mi tía abuela estaba viviendo más lejos, en un lugar apartado que se llama San Pablo. San Pablo, una colonia agrícola que hace parte de Contratación, pero que no estaba precisamente dentro del pueblo. Bueno o malo, lo importante era que Dolores y sus cuatro hijos ya tenían un lugar donde quedarse, y al menos allá era más fácil pasar desapercibidos. Y es que los síntomas de la lepra tardan aproximadamente cinco años en aparecer, pero a veces pueden pasar hasta 20 años, y la enfermedad solo es visible cuando hay heridas. Además, para confirmar el diagnóstico hay que realizar varios exámenes de los tejidos afectados y confirmar la presencia de la bacteria. Dolores empezó a trabajar en un restaurante para sostener a sus hijos. Con el tiempo conoció a otro hombre con el que tuvo tres hijos más. Pero según las políticas del lazareto, todos los niños que vivían ahí debían ser separados de sus familias. Si los niños estaban enfermos los llevaban a un asilo manejado por religiosos católicos destinado únicamente para ellos, dentro del lazareto. Ahí los cuidaban, los alimentaban y los educaban hasta que cumplieran la mayoría de edad. Con los niños sanos era diferente. La idea es salvaguardar a los hijos de la lepra, es cuidar a la infancia, entonces se hace todo lo posible para que los niños sean enviados a sus familiares afuera, para que sean adoptados por… por personas afuera y se les garantiza que se les da una pensión. O sea, un dinero para sostenerlos. Si los niños sanos no tenían a nadie que los recibiera, los llevaban a un asilo también destinado para ellos pero que quedaba fuera del lazareto. Por culpa de esa política, muchas familias no se reencontraron hasta muchos años después. Algunas ni siquiera pudieron volver a verse. Después de cinco años viviendo ahí, las autoridades de Contratación terminaron enterándose de que ni Dolores ni sus hijos estaban enfermos. Debían irse del lazareto. Pero la situación económica no le permitía a Dolores encargarse de todos. Por eso decidieron que Peter, el mayor, que en ese momento tenía ocho años, se quedara con la tía. Existía el riesgo de que lo descubrieran y lo mandaran al asilo, pero era eso o no tener ni siquiera para comer. Se quedó Peter trabajando con la tía, entiendo que era súper malhumorada y, bueno, no era una estancia gratificante para mi tío ahí, era más bien como terrible esa memoria de Contratación. Tres años después, en 1938, Peter pudo viajar a Suaita, el pueblo donde vivían su mamá y sus hermanos. Ahí terminó la primaria y empezó a dedicarse a la carpintería. Hacia 1945, cuando tenía 18 años, decidió viajar a Bogotá para poder trabajar en una fábrica de tejidos e hilados. Claudia grabó algunas de esas charlas con Peter. El resultado son horas y horas de audio en los que hablan sobre muchos temas de su vida. La calidad no es muy buena, pero el que va a hablar aquí es Peter. Y yo, mi mayor deseo tan pronto entré a esa fábrica fue poder manejar una máquina yo solo. Pero con tan mala suerte que a los dos meses yo principié a perder la elasticidad de los dedos y no podía sostener la hebra para poder enhebrar. Estaba perdiendo la sensibilidad. Después de esperarlo por varios años, pasó lo que sabía que podía suceder en cualquier momento: desarrollar la lepra. Ese era el síntoma más claro. Él lo conocía perfectamente. Y fue eso lo que precisamente, años después, provocó el accidente en el que perdió su mano derecha. Cuando empezó a dejar de sentir, lo único que pudo hacer fue acercarse al médico de la fábrica. De inmediato lo envió a un hospital en Bogotá que trataba enfermedades de la piel. Ahí confirmaron el diagnóstico. Pero a Peter en realidad no le daba miedo la lepra. La había visto de frente desde que era niño, y aunque ni su mamá ni sus hermanos la tuvieron, era una posibilidad que siempre los persiguió. Lo que sí le preocupaba era no poder trabajar y dejar de ayudar a su familia. Me había ido a buscar trabajo y resultar que yo no podía trabajar allá porque la salud no me respondía. Entonces eso es muy triste para uno. El paso siguiente, como lo decía la ley, era esperar en Bogotá mientras se hacía todo el papeleo para llevarlo al lazareto más cercano que, en este caso, era Agua de Dios. Eso sí lo impactó. Lo que me repitió hasta el cansancio era que él tenía mucho miedo de que lo enviaran a Agua de Dios cuando supo que era enfermo de lepra. Porque, claro, ya conocía Contratación. Se sabía mover por ahí. Mientras que Agua de Dios era un lugar desconocido, y con cierta reputación… Era el lazareto más grande y más poblado del país. Además, hacía un calor infernal. Afortunadamente, había un hombre que trabajaba en la parte administrativa del hospital y que venía de su misma región. Peter sintió la confianza para contarle lo que le preocupaba y le preguntó si lo dejaban irse para Contratación. Este es Peter contando lo que le respondió el hombre: Mire, pues, yo estaba con ganas de proponerle la misma cosa, usted es de Suaita y yo soy de Suaita y los suaitanos somos de palabra, cuando comprometemos la palabra la cumplimos. Y yo quiero ayudarlo, pero entonces tendríamos que hacer un pacto de caballeros. El pacto de caballeros consistía en que lo ayudaría a escapar, pero con la condición de que inmediatamente debería irse para Contratación. El problema era que ese hospital estaba vigilado todo el tiempo, incluso por policías, para que los enfermos no se escaparan. Si lo atrapaban, lo mandarían directo a Agua de Dios y al hombre del hospital lo despedirían o se metería en un problema con la ley. Peter aceptó inmediatamente. Quería irse en ese instante. Pero el hombre le pidió paciencia. Le dijo que él volvería el siguiente domingo muy temprano y, una vez ahí, mandaría a uno de los policías que cuidaba esa habitación por unos cigarrillos. Peter se encargaría de hacer lo mismo con el otro policía. Y en ese momento que no haiga el uno ni el otro, usted coge la cajita de la ropa y se va y no se deja encontrar en Bogotá. Y así lo hicieron. Ese día todo resultó como lo planearon. Peter salió corriendo lo más rápido que pudo y se montó en el primer tren que salía a su región. Pero en vez de irse a Contratación, fue donde su mamá, en Suaita. Como no tenía heridas visibles, tal vez podía pasar desapercibido y llevar su vida como si nada. Su mamá lo recibió sabiendo de la lepra, pero lo apoyó en su idea de quedarse ahí. Peter decidió retomar la carpintería y, para controlar la enfermedad, el hombre del hospital le había regalado unas inyecciones de chaulmoogra, que era lo que se usaba en ese momento como tratamiento. Es un aceite sacado de una planta originaria de la India que se inyectaba y que era muy doloroso, digamos, en su aplicación. Pero esas dosis de chaulmoogra no le iban a durar para siempre. Por eso, Peter tenía que asegurarse de no desperdiciar ni una gota. El problema era que se las había dado de forma clandestina. Era un medicamento que solo se usaba en hospitales que trataban la lepra. Así que, para aplicarlas, Peter buscó al farmaceuta del pueblo y acordaron un pago sin que nadie se diera cuenta. Aunque en esa época el chaulmoogra era lo único que parecía controlar la lepra, no era un tratamiento definitivo y tenía efectos secundarios serios. Sí, atacaba directamente a la bacteria, que era la prioridad para los médicos, pero las heridas en la piel se hacían más graves. Era una contradicción porque podía curar la enfermedad, pero a un costo muy alto. En todo ese proceso de aprendizaje de los agentes médicos sobre cómo curar la lepra es que las personas se deformaron en una gran medida. La cura era más interpretada como un deterioro. Aun así, era lo que había en ese momento, y Peter creía en el tratamiento médico. A mí me aplicaron mucha chaulmoogra y yo deseaba enormemente quitarme la enfermedad de encima. Y la tomé con todo el gusto y con toda la gana. Y no me puede decir nadie que yo hice mal en eso. Luego de un tiempo empezaron a aparecer las consecuencias del chaulmoogra. Empecé a sentir que… que la vista se me… se mermaba, que me sentía mal del cuerpo. Ya tanto tomar eso diariamente, yo la tomaba con insistencia, y eso, pero la lepra no se me quitó. La lepra no se le quitó sino que se hizo más visible, y las heridas trabajando como carpintero eran frecuentes. Así pasó casi dos años racionando las dosis de chaulmoogra que le dieron en Bogotá. Cuando se acabaron, buscó al farmaceuta y le pidió ayuda para conseguir más, pero el hombre no reaccionó como Peter esperaba. Y él enseguida se fue donde el alcalde, me denunció que yo era enfermo de lepra. El alcalde me llamó, me dijo “Usted cómo se llama” Dije: “Pedro Pablo Vanegas”. “Usted es enfermo de lepra”. “¿Usted cómo lo sabe?” Dijo: “No, me lo dijeron. El martes próximo lo mando para Contratación con dos policías”. Seguir huyendo no tenía mucho sentido. Y así quisiera, ya no tenía lugar a donde ir. Entonces Peter llegó a la casa de su mamá y le contó la situación. Ella empezó a llorar. Yo le dije mire: eso no lloremos ni nos pongamos a entristecernos porque lo que hay que hacer hay que hacerlo. Lo mejor era irse antes de que fueran los policías a sacarlo esposado de la casa. Así evitaban un escándalo y una investigación que muy seguramente iba a afectar al señor del hospital que lo ayudó a escapar. Mi abuela tomó la determinación de que se fuera solo, le empaquetó un fiambre y él salió corriendo para Contratación. Peter llegó a Contratación por segunda vez en su vida, pero no a las afueras como cuando era niño. No quiso volver a ver a su tía, porque, por un lado, vivía lejos de ahí, y por el otro, la experiencia cuando se quedó con ella no había sido la mejor. Ahora, con 20 años, le aplicaron el procedimiento que se hacía con todas las personas enfermas que llegaban al lazareto. A mí me quitaron la cédula aquí, la tarjeta de identidad. Me la quitaron acá en el sanatorio y me dieron la cédula de enfermo. La cédula de enfermo, que era como un desplegable. En ese documento aparecían los datos principales de la persona: nombre, lugar y año de nacimiento, y foto. También dejaba bien claro que la persona tenía lepra y el tiempo que llevaba de tratamiento. Con eso se podía, según la legislación de la época, hacer un seguimiento del desarrollo de la enfermedad de cada persona. Pero más allá de eso, con ese documento no podían votar. Tampoco podían hacer trámites legales fuera del lazareto. Básicamente, dejaba a estas personas sin derechos civiles. A Peter lo llevaron al albergue de hombres del hospital. Lo examinaron y le hicieron todo tipo de pruebas clínicas. Después le tomaron fotos… fotos muy parecidas a las tantas que vio Claudia en los archivos cuando empezó su investigación. Estas imágenes iban a la historia clínica de cada paciente y ayudaban en los estudios que se hacían para encontrar una cura. Bueno, esa era la justificación de los médicos. Pero en realidad nunca les preguntaban a estas personas si estaban de acuerdo. Tampoco era una obligación legal tener ese tipo de consideraciones éticas. Apenas ponían un pie en el lazareto, los enfermos dejaban de ser ciudadanos comunes y corrientes, y se convertían en objetos de cuidado permanente, de riesgo y de estudio. Años después, Claudia le preguntaría a su tío Peter lo que tal vez a esos funcionarios del lazareto no se les pasó por la cabeza. ¿Cómo se sentía usted como persona, pues, cuando le estaban tomando esas fotos? ¿Sentía algo particular? Uno se siente como… Como un animal raro. Uno se siente raro es por eso, porque le están tomando anomalías de su propio cuerpo, algo que no está bien en su propio cuerpo. No se escucha muy bien, así que repito lo que dice Peter: “Uno se siente como un animal raro. Uno se siente raro porque le están tomando anomalías de su propio cuerpo, algo que no está bien en su propio cuerpo”. A Peter lo dejaron en el albergue. Ahí tenía que vivir. Recordemos que, según la ley, todos los enfermos de lepra tenían derecho a vivienda, alimentación y cuidados médicos. Incluso les daban un subsidio mensual. Lo que se llama allá la guayaba, que es un sueldo por incapacidad, una ayuda mínima para la alimentación, para el lavado de la ropa y para el arriendo. No era un sueldo completo, pero ayudaba a cubrir las necesidades básicas. Aun así, Peter, que tenía 20 años y se sentía lleno de vida, no quería quedarse quieto, y mucho menos ahí… El albergue tiene la particularidad de ser un sitio para las personas que están disminuidas en términos de su posibilidad de movilizarse, y de trabajo y demás, y él es un hombre acostumbrado a trabajar. Peter pensó en opciones de trabajo. Sabía, por ejemplo, que en el asilo de niños enfermos les enseñaban carpintería. Entonces habló con las autoridades del lazareto. Como todo lo controlaban, tenían que autorizarlo para trabajar con las máquinas. En 1950 logró que lo dejaran mudarse del todo. Ese asilo, digamos, está al interior del lazareto, entonces él está adentro del lazareto pero viviendo con los niños y paulatinamente ejerce como profesor no oficial de carpintería. Ya tenía trabajo y un lugar más cómodo para vivir… Aunque eso no evitaba que sintiera el aislamiento. Él ya había vivido en Contratación, y a pesar de que en ese entonces tenía que hacerlo un poco a escondidas, se sentía más libre que como se sentía ahora. Habían pasado tres años, pero aún no lograba acostumbrarse completamente a lo que significaba estar en un lazareto como enfermo. Cada vez se le parecía más a estar condenado a una cadena perpetua. Yo era muy desesperado por la soledad de la falta de la familia De su mamá y sus hermanos… Lo único que lo ayudaba a despejar un poco su mente era caminar y caminar por el pueblo. Yo me la pasaba recorriendo todos… todo el… todos los perímetros, por eso me los recuerdo perfectamente. Y durante esos recorridos se le pasó por la mente la opción de escaparse. Hablando con más confianza con otros enfermos del lazareto, se dio cuenta que no era tan difícil y que, de hecho, muchos lo hacían. Lo importante era saber con precisión dónde estaban los controles policiales. Luego esperar a los cambios de turno o que estuviera lloviendo. Así era más difícil que los vieran. Claro, no es que fueran escapes definitivos porque, después de todo, no tenían documentos y era casi imposible encontrar trabajo así. Si los atrapaban por fuera, les tocaba pagar una fianza y hasta podrían perder por un tiempo el subsidio. Pero valía la pena el riesgo: sin duda era un respiro para poder cambiar el ambiente. Peter lo hizo algunas veces… pero igual era cauteloso. Y ya uno sabía, de antemano uno se preparaba, por cuál lado iba a salir y las dificultades que tenía para sortear durante la noche y despistar la policía. Eso se programaba según por el retén por donde uno fuera a salir. Y así, por las circunstancias y a la fuerza, se fue acostumbrando a esa vida. En 1955, el asilo de niños se convirtió en un colegio público. Eso hizo que pudiera asumir el puesto oficial de profesor, cobrar un mejor sueldo y tener beneficios laborales. La prisión fue convirtiéndose poco a poco en un hogar. Él construyó una vida allá, como muy activa, era una persona reconocida, tenía muchas actividades. Era muy religioso, entonces él acompañaba toda la, digamos, las actividades religiosas a diario. Entre finales de la década de los 40 y principios de la de los 50, la ciencia logró dar con una cura para la lepra: unos antibióticos conocidos como sulfonas. La historia de cómo se llegó a eso es curiosa… En Venezuela las sulfonas se usaron en el tratamiento de la tuberculosis al interior de un lazareto y demostró tener efectos curativos en la lepra. O sea, se encontró la cura por accidente. El tratamiento con sulfonas empezó a replicarse en todo el mundo con muy buenos resultados. Poco a poco se fue haciendo más común en la legislación colombiana la figura de “curados sociales”. Podían tener todas las afectaciones sobre sus cuerpos por las deformaciones causadas por la lepra, pero ya no eran contaminantes, entonces se les llamó curados sociales, se les daba un carnet de curados sociales y se les permitía salir del lazareto. El Estado empezó un plan para desmontar poco a poco los lazaretos en el país. Ya no había tantos enfermos para contener y podían ahorrarse gastos. Empezaron por el más viejo, Caño de Loro, que quedaba en Cartagena. En 1950 sacaron a la gente y bombardearon el lugar. Algunos dicen que para evitar que se propagara la enfermedad, pero el contagio se da de persona a persona, no por contacto con superficies. Pero era tal el temor que preferían evitar cualquier tipo de riesgo. Por eso mismo no dejaron que las personas de Caño de Loro se fueran libres. Querían asegurarse completamente de que las sulfonas funcionaran a largo plazo, así que mientras tanto las enviaron a Agua de Dios, el lazareto cercano a Bogotá. El plan era hacer lo mismo con Contratación. Lo que paradójicamente sucede es que los contrateños no quieren que el lazareto se elimine, que desaparezca. Y es que a través de los años los habitantes del pueblo lograron apropiarse del lugar. Afuera eran estigmatizados, rechazados, temidos… les habían negado la posibilidad de vivir. En Contratación, en cierta forma, estaban en condiciones parecidas a las de afuera. Hay un sentido de… de pertenencia y de arraigo que se fortalece en Contratación y además porque se ha creado toda esa sociedad muy, muy vital, muy dinámica en torno religioso y social… de mucho arraigo. La resistencia de los habitantes permitió que Contratación se mantuviera como venía hasta 1961, cuando ya definitivamente el gobierno decretó el fin de los lazaretos en Colombia. Un año después, Contratación se convirtió oficialmente en un pueblo, y con Agua de Dios pasó lo mismo en 1963. Como muchos de los enfermos no tenían las herramientas para buscar su propio sustento, el gobierno decidió mantenerles el subsidio mensual. También les devolvió los derechos civiles y políticos. Eso incluía la posibilidad de moverse libremente por todo el país. Aunque muchas personas decidieron irse de Contratación, algunas nunca se fueron y otras terminaron regresando y quedándose definitivamente. Estos curados sociales volvieron al lazareto porque habían tenido recaídas en la enfermedad o no habían sido aceptados en sus lugares de orígenes y tenían que volver al lazareto donde tenían unas mejores condiciones de vida. Peter, por ejemplo, nunca se fue. Ya tenía su vida más que hecha en Contratación. Con el tiempo se fue a una casa que alquiló y ahora, sin restricciones, la familia lo empezó a visitar. Incluso su mamá se fue a vivir con él. Mi tío siempre tuvo la intención de responder por mi abuela, y llevó a vivir allá a su hermano menor, porque también, digamos, era su responsabilidad. Claudia nació unos años después, en 1969. Para ese momento, Peter ya visitaba su casa con frecuencia y en su mente empezó a formarse esa imagen que tanto recuerda: su tío abrazándola a ella y a sus hermanos, y sentándose a conversar de todo tipo de cosas. No solía hablarles mal de Contratación. De hecho, cuando Peter sacó su nueva cédula, la funcional, la real, la que lo validaba como ciudadano, insistió hacerlo allá mismo. Yo quise que fuera de Contratación, porque es que Contratación me abrió muchas puertas, entonces necesito conservar eso. En 1977 se jubiló de su cargo como profesor, pero no dejó del todo la carpintería, ni sus actividades en el pueblo. Siguió con su proyecto personal de ayudar en la rehabilitación social de los enfermos de lepra y conseguirles oportunidades laborales. Para Claudia, conocer la historia de su tío y estar en Contratación le hizo cambiar las imágenes equivocadas que tenía sobre la lepra. Pero más allá de eso, le dio un vuelco a lo que durante años había entendido por salud y enfermedad, anomalía y normalidad… Eso fue lo que la lepra me regaló, la idea de que la enfermedad es parte de la vida. Todas las formas de cosas que se conciben como anómalas, en realidad son parte de la vida. En 2013, a los 86 años, Peter murió de cáncer de estómago. Claudia sospecha que el chaulmoogra y tantas sulfonas que tomó hicieron que se le desarrollara el cáncer. Al entierro fue mucha gente del pueblo y ahí recordaron, con mucho cariño, diferentes momentos de la vida de Peter. Yo siento que no sentimos un dolor, sino todo lo contrario, como la experiencia de haber vivido con él, acompañado una vida plena…y ese es mi recuerdo de él, de una vida muy, muy, muy plena. Plena, sí, porque lo cierto es que Contratación se había convertido en su lugar seguro. El único lugar donde tanto a él como a los otros enfermos no los iban a rechazar. Para Peter habían sido más de 60 años de una vida aislada, confinada, pero no por eso perdida. En 1997, unos activistas lograron que el Estado colombiano reconociera la vulneración de los derechos humanos de las personas con lepra. No había sido algo reciente, sino un maltrato de siglos. Como reparación, igualó el subsidio que ya recibían al salario mínimo, y se les garantizó a todas las personas que habían sido diagnosticadas con la enfermedad. En 2019, Claudia publicó un libro que recopila su investigación de la lepra de más de 20 años. Se llama La voz del proscrito: Experiencia de la lepra y el devenir de los lazaretos en Colombia. Un agradecimiento especial a Claudia por permitirnos utilizar audios de sus entrevistas con Peter. Este episodio fue producido por Juan Andrés Rodríguez y David Trujillo. Juan es antropólogo y David es productor de Radio Ambulante. Ambos viven en Bogotá. Esta historia fue editada por Camila Segura, Luis Fernando Vargas y por mí. Desirée Yépez hizo el fact-checking. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Nicolás Alonso, Lisette Arévalo, Aneris Casassus, Xochitl Fabián, Fernanda Guzmán, Camilo Jiménez Santofimio, Rémy Lozano, Ana Pais, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill y Elsa Liliana Ulloa. Emilia Erbetta es nuestra pasante editorial. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

Translation Word Bank
AdBlock detected!

Your Add Blocker will interfere with the Google Translator. Please disable it for a better experience.

dismiss