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Radio Ambulante - El mago

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15
30

Olmedo Rentería soñaba con ser un mago famoso. Lo logró, pero no como él lo esperaba.

Hola,
ambulantes.
Qué
semanita,
¿no?
Bueno,
ya
saben
que
nosotros
no
cubrimos
las
noticias
diarias,
pero
estamos
siguiendo
las
noticias
del
coronavirus
muy
de
cerca.
Próximamente
lanzaremos
El
hilo,
un
podcast
que
va
a
explicar
y
contextualizar
las
noticias
más
importantes
y
esta,
sin
duda,
será
una
de
ellas.
Mientras
tanto,
queremos
aportar
para
que
la
situación
mejore.
Por
favor
cuídense
y
cuiden
a
los
demás
tomando
las
medidas
de
precaución
necesarias.
En
Radio
Ambulante
estamos
trabajando
desde
casa
para
acompañarlos
con
nuevos
episodios
en
estos
días
complicados.
Gracias
por
escuchar
y
cuenten
con
nosotros.
Es
un
momento
difícil,
pero
entre
todos
podemos
apoyarnos
y
recordar
que,
a
pesar
de
la
distancia,
seguimos
juntos.
Si
quieren
compartir
ideas
de
lo
que
les
ha
dado
bienestar
y
calma
entre
tanta
incertidumbre,
por
favor
háganlo
escribiéndonos
a
nuestras
redes
sociales.
Nosotros
las
compartiremos
con
los
demás.
Bueno,
gracias,
por
favor
cuídense,
y
aquí
el
episodio.
Good
evening
ladies
and
gentlemen.
I
am
going
to
perform.
Perform
magic.
Magic
for
you.
I
hope
that
you
enjoy
my
performance.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Mi
nombre
es
Olmedo
Rentería.
Olmedo
es
un
mago
como
esos
que
seguramente
han
visto
en
fiestas
infantiles
o
en
shows
de
televisión,
sacando
conejos
de
un
sombrero
o
haciendo
aparecer
palomas
con
un
soplo.
Es
un
señor
mayor,
con
casi
80
años,
el
cabello
muy
corto
y
canoso,
pero
sus
manos
y
sus
gestos
son
de
un
hombre
joven,
con
destreza
y
agilidad.
Entonces,
hoy
comenzamos
con
él
y
con
una
de
sus
presentaciones
en
Nueva
York,
en
noviembre
del
año
pasado.
I
pick
up
on
the
floor
ladies
and
gentlemen.
And
one,
two,
three,
the
handkerchief
appeared
ladies
and
gentlemen.
Magical
show.
Bravo,
bravo,
bravo
(aplausos).
Olmedo
comenzó
su
show
con
un
truco
en
el
que
hizo
desaparecer
un
pañuelo
negro
que
tenía
en
sus
manos.
Y
después
de
fingir
sorpresa
por
esta
desaparición,
lo
hizo
aparecer
otra
vez
de
la
nada.
Un
truco
que,
aunque
pareciera
simple,
no
dejó
de
asombrar
a
los
que
lo
estaban
viendo.
Todo
era
muy
emocionante.
Me
encantó.
El
señor
es
super
dulce.
Muy
padre.
It’s
a
wonderful
thing
to
see
someone
with
so
much
talent.
The
bird
out
of
his
mouth
was
really
like
unexpected.
I
think
it
got
everyone
in
the
crowd.
Increíble,
desde
que
yo
tenía
10
años
yo
he
visto
a
este
señor.
La
historia
de
cómo
llegó
Olmedo
desde
Guayaquil
a
Nueva
York
es
cinemática
y
sorprendente.
Siempre
soñó
con
ser
un
mago
reconocido,
pero
nunca
se
imaginó
lo
que
lo
llevaría
a
la
fama.
Nuestra
productora,
Lisette
Arévalo,
nos
cuenta
su
historia.
Olmedo
quedó
huérfano
a
los
nueve
años.
No
le
gusta
entrar
en
detalles
sobre
qué
pasó
con
su
familia,
pero
desde
esa
edad
tuvo
que
vivir
solo,
dejar
sus
estudios
y
dedicarse
a
trabajar.
Vivía
en
Ecuador
e
iba
de
ciudad
en
ciudad
buscando
distintos
trabajos,
como
cobrar
los
pasajes
en
los
buses
o
entregar
volantes
de
políticos
durante
campañas
electorales.
Hasta
que
cumplió
17
años
y
decidió
quedarse
en
Guayaquil.
Llegó
un
pequeño
circo
al
barrio
en
donde
yo
vivía
y
me
dio
la
curiosidad
de
ir
cuando
estaban
en
el
montaje
de
la
carpa
y
del
circo.
Ahí
conoció
al
dueño
y
le
preguntó
si
había
algún
trabajo
disponible.
El
dueño
le
dijo
que
sí,
y
lo
contrató
para
que
Olmedo
ayudara
a
montar
la
carpa,
preparar
el
escenario
y
vender
golosinas.
Para
Olmedo
este
era
solo
un
trabajo
más:
el
circo
no
era
grande
ni
con
artistas
importantes.
En
realidad
era
bastante
modesto
y
se
presentaba
solo
en
barrios
y
ciudades
pequeñas.
Allí
estuvo
trabajando
por
unos
tres
años
más
o
menos,
hasta
que
en
octubre
de
1960
llegó
un
circo
chileno
a
Guayaquil.
Apenas
se
enteraron,
Olmedo
y
sus
amigos
fueron
a
verlo.
Y
era
exactamente
lo
que
se
están
imaginando.
Tenía
una
carpa
grande
de
colores
verde,
blanco
y
rojo,
con
payasos,
malabaristas
y
acróbatas
haciendo
piruetas,
con
el
olor
a
palomitas
de
maíz
recién
hechas
y
manzanas
caramelizadas
de
un
color
rojo
brillante.
Olmedo
y
sus
amigos
se
quedaron
tan
impresionados
que
le
pidieron
al
dueño
que
los
contratara
para
hacer
lo
que
hacían
en
el
circo
más
pequeño.
Y
a
todos
inmediatamente,
pues,
nos
dieron
trabajo.
Y
allí
nos
enrollamos,
algunos,
aproximadamente
unos
ocho
o
diez.
Yo
ayudaba
en
el
circo:
a
armar
el
circo,
a
desarmarlo.
Se
hacía
ventas
de
comestibles,
golosinas,
dentro
del
circo.
Pero
lo
que
más
le
gustaba
de
su
nuevo
trabajo
era
ver
el
espectáculo,
las
luces,
los
trajes
coloridos,
los
aplausos
y
el
asombro
del
público
con
las
acrobacias
de
los
trapecistas.
Olmedo
se
moría
de
ganas
de
formar
parte
de
ese
mundo,
así
que
en
su
tiempo
libre
entrenaba
con
un
grupo
de
amigos.
Yo
ensayé
mucho
el
trapecio
haciendo
de
fuerte.
El
fuerte
es
el
que
recibe
a
los
dos
o
tres
volantes
cuando
aterrizan
después
de
hacer
las
piruetas.
A
Olmedo
le
encantaba
la
adrenalina
que
le
producía
hacerlo.
Por
eso,
cuando
el
dueño
del
circo
le
propuso
ir
de
gira
por
Perú
y
Chile,
él
aceptó
de
inmediato.
No
tenía
ningún
otro
trabajo
en
Guayaquil.
Era
una
excelente
oportunidad
para
hacer
una
carrera.
Y
ese
viaje
fue
definitivo,
porque
en
Lima
decidió
ir
a
otro
circo
y
allá
vio
actuar
al
mago
Memper.
Y
me
agradó
muchísimo.
Me
llamó
mucho
la
atención.
Yo
no
sabía
qué
cosa
era
magia.
Vio
los
trucos:
palomas
que
aparecían,
bastones
que
desaparecían
y
pañuelos
que
cambiaban
de
color.
Pero
el
que
más
le
impresionó
a
Olmedo
fue
uno
en
el
que
el
mago
tomó
un
huevo
falso
con
un
hueco,
metió
un
pañuelo
por
ese
hueco,
y
al
golpearlo
en
un
vaso,
apareció
un
huevo
de
verdad.
Eso
me
asombró.
Olmedo
quedó
encantado
con
el
mago,
pero
no
se
le
acercó
al
final
de
la
función
para
hablar
con
él,
porque
alguien
le
dijo
que
no
le
gustaba
que
lo
molestaran.
Unas
noches
después
se
sorprendió
al
ver
que
el
mago
Memper
llegó
a
su
circo.
Porque
había
una
fiesta
de
cumpleaños
de
alguien,
un
artista
del
circo.
Olmedo
estaba
practicando
el
trapecio.
Cuando
bajé,
él
me
llama
la
atención
y
me
dice:
“No
ensayes
el
trapecio.
Aprenda
magia,
que
con
eso
usted
puede
trabajar
hasta
cuando
usted
tenga
80
o
más
años”.
Eh,
le
dije:
“Bueno,
pero
¿cómo
hago
para
ensayar
magia
si
no
sé?”.
Entonces
él
me
dice:
“Ven
mañana
al
circo.
Yo
voy
a
hacer
la
función”.
OK,
así
quedamos.
Olmedo
volvió
al
circo
donde
se
presentaba
Memper
y
vio
otra
vez
el
espectáculo.
Esta
vez
puso
mucha
atención
al
truco
del
huevo
y
al
llegar
esa
noche
a
su
casa
lo
primero
que
hizo
fue
buscar
un
huevo.
Busqué
todo
lo
concerniente
e
hice
un
huevo
igual,
y
le
puse
un
trapito
allí
e
hice
todos
los
movimientos.
Todos
los
movimientos
para
reproducir
el
truco
que
había
hecho
Memper.
Cuando
yo
estuve
los
movimientos
listos,
fui
al
circo,
temprano,
donde
él,
y
lo
busqué.
Y
le
dije
que
yo
le
quería
mostrar
cómo
yo
me
inventé
el
juego
del
huevo.
Entonces
él
se
rió
y…
y
se
lo
hice.
Entonces
él
me
dijo:
“¿Tienes
ideas?
¿Muchas?
Yo
te
voy
a
enseñar.”
Desde
ese
momento
Olmedo
dejó
el
trapecio
y
comenzó
a
ensayar
con
el
mago.
Después
de
cada
lección,
regresaba
a
su
circo
y
practicaba
delante
de
la
gente
que
trabajaba
con
él.
Así
pasó
algunos
días
hasta
que
dominó
cuatro
trucos
de
magia
y
decidió
hacer
algo
arriesgado:
le
pidió
al
dueño
del
circo
que
lo
dejara
presentarse
en
el
escenario.
Para
su
sorpresa,
su
jefe
le
dijo
que
sí,
pero
que
no
podía
pagarle.
A
Olmedo
no
le
importó,
y
de
inmediato
empezó
a
prepararse
para
presentarse
esa
noche.
Lo
primero
que
hizo
fue
buscar
un
atuendo
para
su
presentación.
Y
encontró
uno.
Era
morado.
Me
lo
regaló
un
hombre
árabe
en
el
circo.
Los
zapatos
eran
unos
zapatos
largo,
torcido
hacia
arriba,
como
los
zapatos
de
Aladino.
El
atuendo
estaba
lleno
de
réplicas
de
piedras
preciosas
que
brillaban
con
la
luz.
Llevaba
puesto
un
pantalón
y
una
camisa
bombacha,
un
turbante
y
un
chaleco
largo.
Esa
noche
el
circo
estaba
completamente
lleno.
Olmedo
estaba
emocionado,
pero
nervioso.
Dos
compañeros
artistas
le
propusieron
salir
con
él
y
presentarlo
al
público.
Olmedo
asintió,
tomó
a
los
artistas
de
los
brazos
y
salieron
al
escenario.
Cuando
se
quedó
solo
frente
a
la
audiencia…
El
dueño
del
circo
mandó
dos
muchachas
del
circo
vestidas
con
atuendo
árabe.
De
pantalones
anchos,
ombliguera,
un
gorrito
y
perlas
en
la
frente.
Se
pararon
al
lado
de
Olmedo
y
cuando
sonó
la
música…
Y
las
muchachas
empezaron
a
danzar
al
lado
mío.
Olmedo
empezó
su
show
con
el
truco
del
huevo
—que
salió
bien—
y
la
gente
lo
aplaudió.
Pero
también
se
estrenó
con
uno
más
difícil,
el
que
hacía
aparecer
una
paloma.
El
mago
Memper
se
lo
había
enseñado
y
necesitaba
la
ayuda
de
una
asistente
para
que
le
pasara
la
paloma.
Pero
a
la
hora
del
truco.
Y
la
muchacha,
a
la
hora
de
entregarme
la
pequeña
casa
en
donde
estaba
la
paloma,
se
le
salió
la
paloma
de
la
caja
y
la
paloma
voló.
Entonces,
yo
miré
para
donde
iba
la
paloma.
Y
yo
pues
después
pensé:
“Ya
se
fue,
¿qué
hago?”.
Olmedo
se
quedó
frío.
Lo
que
fueron
un
par
de
segundos,
para
él
se
sintieron
como
minutos.
Y
además
a
una
de
las
ayudantes
se
le
olvidó
que
el
micrófono
estaba
ahí,
prendido,
y
dijo:
“Mago,
se
le
fue
la
paloma”.
Y
no
hubo
una
persona
que
no
se
riera
en
el
circo
en
ese
momento.
Todos
pensaron
que
era
así
el
truco.
Entonces
lo
que
hice
fue
hacer
la
venia
que
terminé
y
salimos
y
nos
fuimos
para
adentro.
Al
público
le
encantó.
Su
espectáculo
fue
un
éxito.
Y
ya
adentro,
detrás
del
escenario…
El
dueño
del
circo
me
abrazó.
Y
así
empezó
mi
vida
en
el
circo,
trabajando
como
mago.
Yo
dije:
“Me
dedicaré
a
esto,
y
con
esto
tengo
que
salir
adelante.
Tengo
que
volverme
un
mago,
y
voy
a
ser
un
mago”.
A
partir
de
ese
día,
Olmedo
formó
parte
del
elenco
permanente
de
artistas
del
circo.
En
el
circo
me
enseñaron
a
caminar,
cómo
yo
debería
de
mirar
al
público.
En
el
circo
me
enseñaron
movimientos
de
mano.
Cada
vez
era
mejor
en
un
tour
de
seis
meses
por
diferentes
ciudades
de
Perú
y
Chile.
Cuando
regresó
a
Guayaquil
a
inicios
de
los
años
sesenta
comenzó
a
hacer
su
show
en
diferentes
lugares,
como
escuelas
y
pequeños
teatros.
Se
acuerda
bien
de
una
de
sus
primeras
presentaciones.
Fue
en
la
ciudad
de
Latacunga,
a
seis
horas
de
Guayaquil.
Las
personas
de
ese
lugar…
No
habían
visto
magos.
No
habían
visto
aparecer
palomas.
Entonces,
cuando
yo
hice
la
presentación,
la
gente
se
puso
de
pie
a
aplaudirme.
Su
show
generaba
mucho
asombro,
sobre
todo
porque
en
esos
años,
en
Ecuador,
no
había
muchos
magos,
y
menos
realmente
buenos.
Es
más,
las
presentaciones
mágicas
de
Olmedo
están
entre
las
más
antiguas
que
se
registran
en
el
país.
Fue
después
de
una
de
estas
presentaciones
que
una
señora
se
le
acercó
y
le
dijo:
“Olmedo
Rentería
no
es
nada.
debes
de
llamarte
como
se
llamaba
Houdini
¿Tú
sabes
quién
fue
Houdini?”
Houdini.
Seguramente
todos
ustedes
han
oído
el
nombre.
El
gran
Houdini,
ilusionista
húngaro-americano
de
finales
de
1800.
Famosísimo
por
sus
tiempos
récords
en
escapar
de
baúles
cerrados
con
cadenas
y
candados,
por
desaparecer
elefantes
del
escenario
y
por
su
truco
de
ser
enterrado
vivo.
Olmedo
le
dijo
a
la
señora
que
había
leído
un
poco
sobre
él,
a
lo
que
ella
le
dijo:
te
llamas
Olmedo,
¿por
qué
no
te
pones
Olmedini?”.
A
él
le
gustó
este
juego
de
palabras
y
desde
ese
día…
Dije:
“Pues
mi
nombre
va
a
ser
Olmedini”,
y
mandé
a
hacer
tarjetas
con
el
nombre
de
Olmedini.
Mi…
El
eslogan
de
mi
tarjeta
era:
“Magia
y
sonrisa,
con
Olmedini”.
Pasaron
los
años
y
Olmedini
era
cada
vez
más
cotizado
y
famoso.
Salió
en
varios
programas
de
televisión
y
se
presentó
con
artistas
nacionales
muy
importantes,
como
el
actor
y
comediante
Ernesto
Albán
o
el
cantante
de
pasillos
Julio
Jaramillo.
A
inicios
de
los
setentas,
Olmedini
hacía
varios
trucos
que
sorprendieron:
en
uno,
con
una
varita
mágica,
hacía
que
una
mujer
desapareciera
de
una
jaula
y
en
su
lugar
apareciera
un
perro
dóberman.
Y
en
otro,
dividía
a
una
mujer
en
dos
con
una
sierra.
Cada
vez
era
más
ambicioso:
llegó
hasta
meter
a
su
asistente
en
una
caja
en
llamas
y
sacarla
ilesa,
y
en
otro
también
la
hizo
levitar.
Eran
trucos
que,
para
la
época,
deslumbraban
a
cualquiera.
En
ese
tiempo
Olmedini
se
hizo
papá:
tuvo
un
hijo
con
su
novia
de
entonces
pero
la
relación
no
funcionó
y
se
separaron
después
de
dos
años.
Pero
poco
tiempo
después,
conoció
a
su
esposa,
con
quien
tuvo
dos
hijos
más.
Los
cuatro
vivían
en
Guayaquil
y
su
vida
giraba
en
torno
a
la
vida
de
Olmedini
y
sus
espectáculos.
Olmedini
hizo
magia
en
su
país
desde
finales
de
los
cincuentas
hasta
finales
de
los
ochentas.
Y
a
pesar
de
toda
la
fama
que
tenía
en
Ecuador,
en
1990,
y
con
50
años,
cuando
estaba
en
la
cima
de
su
carrera,
tomó
una
decisión
drástica:
dejarlo
todo
y
empezar
de
cero
en
los
Estados
Unidos.
Quería
ser
un
mago
famoso
internacionalmente.
Yo
quería
salir
en
esos
programas
que
yo
veía
en
la
televisión.
El
mago
tal
o
el
mago
tal
en
Las
Vegas.
Pues
yo
dije:
“Yo
quiero
ser
como
ellos”.
Entonces,
ese
fue
el
sueño
que
tuve
y
vine
para
acá,
para
Nueva
York.
El
plan
era
establecerse
en
el
nuevo
país
con
su
esposa
y
luego
traer
a
sus
hijos
de
7
y
12
años,
que
se
habían
quedado
en
Guayaquil
con
sus
abuelos.
En
febrero
de
1990,
Olmedini
aterrizó
en
Nueva
York.
Mi
maleta
vino
cargada
de
ilusiones,
con
sueños
de
triunfos,
con
sueños
de
ser
grande,
con
sueños
de
lograr
poner
mi
nombre
donde
yo
quería.
Yo
quería
aparecer
en
la
revista
Genii.
Genii
es
la
revista
más
grande
e
importante
del
mundo
de
la
magia.
Ahí
han
aparecido
los
grandes
magos
de
la
historia:
David
Copperfield,
Lance
Burton,
David
Devant.
Olmedini
no
sabía
dónde
iba
a
vivir
y
no
sabía
inglés.
Los
primeros
seis
meses
yo
sufrí
muchísimo.
Primero,
que
vine
sin
conocer
a
nadie.
No
tenía
dónde
llegar,
¿ya?
No
tenía
amigos.
Logró
conseguir
un
cuarto
para
vivir
con
su
esposa
en
el
Bronx
y
pagaban
el
arriendo
con
los
ahorros
que
habían
traído
de
Ecuador.
En
tres
meses
se
le
acabaron
los
ahorros
y
no
encontraba
dónde
trabajar.
Fue
a
todos
los
restaurantes,
clubes
y
bares
hispanos
que
pudo
para
ofrecer
su
show
de
magia,
pero
no
lo
contrataban.
Lo
que
logró
en
ese
tiempo
fue
aplicar
para
tener
un
permiso
de
trabajo
en
Estados
Unidos.
Aunque
esto
le
permitía
estar
legalmente
en
el
país,
no
lo
ayudó
a
conseguir
trabajo
en
ningún
teatro.
Por
lo
que
buscó
otra
alternativa.
Opté
por
trabajar
las
calles
de
Nueva
York,
andando
en
el
downtown,
o
sea,
en
el
centro
de
Nueva
York.
Había
visto
un
par
de
magos
en
diferentes
lugares
de
la
ciudad
y
decidió
que
él
también
podía
hacerlo.
Investigó
un
poco
cuál
sería
el
mejor
lugar
para
presentarse
y
eligió
Times
Square,
uno
de
los
puntos
más
turísticos
de
la
ciudad.
Como
no
hablaba
inglés,
compró
un
equipo
de
sonido
barato
para
llamar
la
atención
de
la
gente
y
empezó
a
actuar
en
las
calles.
Hacía
trucos
sencillos,
ligeros,
que
cabían
en
un
maletín
pequeño
o
en
su
bolsillo,
como
el
truco
del
pañuelo
que
desaparece
por
ejemplo.
También
se
presentó
cerca
de
la
estación
de
trenes
Penn
Station
y
en
Wall
Street.
Hacía
su
show
desde
las
diez
de
la
mañana
hasta
las
seis
de
la
tarde
todos
los
días.
Le
iba
bien
en
sus
presentaciones
callejeras.
Le
daba
suficiente
dinero
para
comer
y
pagar
la
renta.
Pero
cuando
llegó
el
invierno
se
le
hacía
cada
vez
más
difícil
pasar
todo
el
día
afuera
soportando
un
frío
que
nunca
antes
había
experimentado.
Uno
de
esos
primeros
días
helados,
se
estaba
presentando
afuera
de
un
cine
y
una
señora
que
lo
vio
le
dijo
que
por
qué
no
se
metía
a
una
estación
de
metro
para
así
resguardarse
del
frío.
Olmedini
le
hizo
caso
y,
a
pesar
de
que
ahí
tenía
mucho
más
público,
no
era
exactamente
lo
que
se
había
imaginado
para
él
en
Nueva
York.
Ya
tenía
50
años
y
alcanzar
su
sueño
le
parecía
cada
vez
más
lejano.
Me
sentí
muy
infeliz,
muy
humillado.
Porque
yo
pensaba
en
Guayaquil,
yo
estaba
haciendo
esto
y
esto,
Dios
mío,
¿por
qué
estoy
aquí?
¿Por
qué?
Llamé
a
mi
hijo
mayor
y
le
dije:
“Hijo,
no
estoy
bien
en
Nueva
York.
Me
voy
a
regresar
a
Guayaquil”.
A
lo
que
su
hijo,
de
23
años,
le
contestó:
“Papá,
lo
que
pasa
es
que
usted
lo
ha
tenido
todo
en
bandeja
de
plata
aquí.
Amárrese
los
cinturones
y
aprenda
a
vivir.
No
se
venga”.
Las
palabras
de
su
hijo
fueron
importantes
para
Olmedini,
y
aunque
fue
una
decisión
difícil,
se
quedó
en
Nueva
York.
Pasaron
los
años
y
Olmedini
siguió
presentándose
en
las
estaciones
del
metro.
Hasta
que
un
día
de
junio,
en
1994,
decidió
subirse
en
uno
de
los
vagones
del
tren
para
presentarse
ahí.
Hice
dos
trucos
sencillitos
y
la
gente
se
paraba
y
me
metía
dinero
en
el
bolsillo.
Y
lo
aplaudieron
sin
parar.
Su
show
fue
tan
bien
recibido,
que
al
llegar
a
su
casa
decidió
dejar
el
equipo
de
sonido
y
buscar
trucos
portátiles.
Empecé
a
idearme
cómo
hago,
cómo
hago,
cómo
hago,
qué
hago.
Entonces
se
me
vino
a
la
mente
hacer
un
carrito
fácil
de
transportar
y
que
yo
pudiera
caminar
con
el
carrito
por
medio
del
vagón.
Hice
un
cajoncito,
lo
decore
bien,
puse
una
paloma,
puse
un
conejo
y
un
pañuelo
y
me
fui
al
tren.
El
carrito
era
rojo,
rectangular,
con
ruedas.
Pintó
un
letrero
blanco
con
las
letras
“N”
y
“Y”,
las
siglas
de
Nueva
York,
al
lado
de
un
corazón
rojo
y
la
palabra
magic.
Conoció
a
una
señora
en
el
tren
y
le
ofreció
ser
su
asistente
a
cambio
de
llevarse
la
mitad
de
las
ganancias.
Ella
aceptó.
Apenas
se
subían
al
vagón,
Olmedini
empezaba
a
silbar.
Con
ese
silbido
le
llamaba
la
atención
al
público.
Hacía
el
truco
de
la
aparición
de
la
paloma.
Hacía
la
aparición
del
conejo
y
luego
la
aparición
de
un
pañuelo
que
dice
“Thank
you”.
Si
alguna
vez
han
viajado
en
el
metro
de
Nueva
York
o
incluso
han
visto
películas,
seguro
están
familiarizados
con
la
variedad
de
artistas
que
se
presentan.
Hay
músicos,
cantantes,
bailarines
de
break
dance,
poetas.
Y
esto
es
algo
que
ya
forma
parte
de
la
identidad
del
mundo
subterráneo
de
la
ciudad.
Pero
en
esa
época,
los
noventas,
difícilmente
se
encontraba
a
un
mago
haciendo
trucos
en
un
tren
en
pleno
movimiento.
Por
eso
los
medios
lo
comenzaron
a
notar.
Y
siete
años
después
de
haber
llegado
a
Nueva
York…
Sus
escenarios
se
han
reducido,
pero
Olmedini
dice
haber
aprendido
mucho
durante
estos
largos
siete
años.
Un
canal
de
televisión
sacó
una
nota
sobre
él
después
de
haberlo
seguido
en
el
tren
mientras
hacía
sus
trucos.
Ha
aprendido
a
trabajar
cerca
su
público,
a
reconocer
las
sonrisas,
a
sorprender
en
dos
minutos
de
espectáculos
con
la
aparición
de
palomas
y
conejos.
Y
muy
por
sobre
todas
las
cosas
ha
aprendido
a
nunca
rendirse
ni
perder
las
esperanzas.
Este
medio
no
fue
el
único
en
reportar
sobre
Olmedini:
en
el
2001,
el
New
York
Times
sacó
un
reportaje
sobre
él
y
su
show
de
magia
en
el
tren.
A
pesar
de
que
a
la
mayoría
de
la
gente
le
fascinaban
los
trucos
de
Olmedini,
no
eran
todos.
Había
personas
que
cuando
lo
veían
haciendo
magia
en
el
tren
se
echaban
la
bendición
y
se
iban.
Hay
otros…
me
dicen
que
el
diablo
me
va
a
llevar.
Hay
otros
que
dicen
que
voy
a
morir
de
cáncer.
Hay
otros
que
dicen
que
eso
es
malo,
que
lo
que
estoy
haciendo
es
diabólico.
Y
es
que
para
muchos
creyentes,
la
magia
es
algo
oscuro,
que
viene
del
mismísimo
demonio.
Pero
a
él
no
le
afectaron
estos
comentarios
y
siguió
trabajando.
De
todas
formas
a
Olmedini
le
iba
mejor
presentándose
en
el
tren
que
en
las
estaciones
del
metro
o
las
calles
de
Nueva
York.
Iba
por
lo
menos
cuatro
horas
todos
los
días.
Y
el
dinero
que
ganaba
era
suficiente
para
comer,
transportarse
y
pagar
la
renta
de
un
departamento
pequeño
en
Queens
donde
vivía
solo.
Unos
años
antes,
su
esposa
había
tenido
que
regresar
a
Guayaquil
a
ver
a
sus
hijos,
porque
estaban
teniendo
problemas
en
el
colegio
y
con
los
abuelos.
Ella
después
ya
no
pudo
regresar
a
Nueva
York
y,
a
partir
de
entonces,
Olmedini
se
quedó
solo
en
la
nueva
ciudad.
Olmedini
sentía
que
finalmente
estaba
más
cerca
de
conseguir
lo
que
siempre
quiso:
a
la
gente
le
gustaba
lo
que
él
hacía,
le
pedían
su
tarjeta
de
presentación
y
a
veces
le
daban
las
suyas.
Luego
lo
llamaban
para
contratarlo
en
diferentes
escenarios:
llegó
a
presentarse
en
la
estación
de
metro
Grand
Central
y
a
colaborar
con
otros
magos
en
Nueva
York
para
presentarse
en
clubes
elegantes
de
la
ciudad.
Pero,
además,
también
lo
contactaron
para
que
hiciera
su
show
en
el
aniversario
número
50
de
las
Naciones
Unidas
y
para
una
celebración
con
el
gobernador
de
Nueva
York
de
entonces.
Pasaron
los
años,
quince
desde
que
salió
en
la
televisión,
y
Olmedini
siguió
presentándose
en
el
tren
y
comenzó
a
ser
conocido
como
“el
mago
del
metro
de
Nueva
York”.
Hasta
un
día
de
diciembre
del
2012.
Estaba
a
punto
de
hacer
una
presentación
y
antes
de
su
show
fue
a
la
refrigeradora.
Y
busqué
un
refresco.
Abrí
la
nevera,
me
agacho,
cojo
el
refresco,
cierro
la
nevera
y
me
levanto
y
dije:
¿Quién
apagó
la
luz?
Justo
cuando
parecía
que
las
cosas
empezaban
a
mejorar
para
él
en
Nueva
York,
Olmedini
se
había
quedado
ciego.
Una
pausa
y
volvemos.
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¿qué
tal
si
necesitas
un
pequeño
descanso?
Para
eso
querrás
oír
Wait
Wait
Don’t
Tell
Me,
el
quiz
de
noticias
de
NPR.
Es
el
show
que
deja
que
tu
cerebro
reptiliano
se
divierta
por
una
vez
en
la
vida.
En
todo
caso,
puedes
volver
a
ser
serio
más
tarde.
Wait
Wait
Don’t
Tell
Me,
desde
NPR.
Escúchalo
todos
los
viernes.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
pausa,
Olmedo
Rentería
—Olmedini—,
el
mago
del
metro
de
Nueva
York,
estaba
a
punto
de
hacer
una
presentación.
Cuando
de
pronto
todo
se
hizo
oscuro.
Olmedini
se
mareó,
alcanzó
a
apoyarse
en
la
puerta
de
la
nevera
y
los
que
estaban
con
él
se
acercaron
para
ayudarlo.
Lo
subieron
a
una
ambulancia
y
lo
llevaron
al
hospital
más
cercano.
Cuando
llegó,
lo
atendieron
de
inmediato.
Los
médicos
me
operan,
me
dicen
los
médicos
que
hubo
derrame
y
que
los
ojos
se
llenaron
de
sangre,
todo
por
dentro.
Dijeron
que
le
iban
a
quitar
la
venda
de
los
ojos
y
que,
si
al
abrirlos
veía
rosado,
significaba
que
se
mejoraría
pronto.
Cuando
se
la
quitaron…
Pues
yo
le
dije
al
médico
está
todo
rojo,
rosado,
rojo,
más
rojo
que
rosado.
Entonces
me
dijo
el
médico:
“Es
que
sus
retinas
se
rompieron,
pero
no
se
preocupe,
cuando
la
sangre
se
vaya,
usted
va
a
volver
a
ver”.
El
doctor
le
dijo
que
tenían
que
hacer
un
tratamiento
y
que
en
seis
meses
se
recuperaría.
Le
dieron
de
alta
un
día
después
y
desde
ese
momento,
todo
sería
diferente
para
él.
Lisette
nos
sigue
contando.
Olmedini
vivía
solo
en
Nueva
York
y
su
familia
estaba
en
Ecuador.
Entonces
cuando
salió
del
hospital
y
fue
a
su
casa,
no
tenía
quién
lo
ayudara
todo
el
tiempo
en
sus
tareas
diarias.
Las
actividades
que
antes
hacía
sin
dificultad
y
casi
sin
pensar,
ahora
requerían
toda
su
concentración.
No
podía
comer
porque,
increíble,
hasta
para
comer
se
necesitan
los
ojos.
Porque
usted
lleva
el
cubierto
a
el
plato
y
no
sabe
si
cogió
o
no
cogió
y
para
meterlo
a
la
boca
inclusive
no
se
acierta.
La
vida,
toda,
se
hizo
difícil.
Se
golpeaba
contra
los
muebles.
Se
tropezaba
con
cualquier
cosa
y
se
caía
todo
el
tiempo.
A
veces
venían
amigos
a
ayudarlo
pero
cuando
se
iban,
todo
volvía
a
ser
igual:
la
oscuridad,
el
silencio,
la
impotencia.
Yo
no
pensé
en
que
se
iba
a
hacer
magia
otra
vez
o
no.
Yo
dejé
quieto,
dejé
quieto
todo.
Sólo
mi
pensamiento
estaba
en
que
no
podía
ver,
la
desesperación,
que
no
podía
ver,
que
no
podía
comer,
que
no
podía
hacer
nada.
Olmedini
tenía
que
ir
todas
las
semanas
a
su
chequeo
médico.
Cuando
se
cumplieron
los
seis
meses,
él
no
recuperó
la
vista
como
le
había
dicho
su
doctor.
Dice
que
ahí
dejó
de
ir
todas
las
semanas
a
chequeo
y
solo
iba
una
vez
al
mes.
Hasta
que
cumplió
un
año
de
su
derrame
cerebral
y
en
esa
última
cita
el
doctor
le
dijo
que
ya
nunca
recuperaría
su
vista.
Ese
mismo
día,
sintiéndose
derrotado,
regresó
a
su
casa.
Cuando
voy
subiendo
la
escalera,
una
vecina
me
dice:
“Olmedo,
hoy
tengo
una
fiestecita
por
el
Día
de
la
Madre
¿Por
qué
no
pasa
un
rato
y
hace
un
poco
de
magia?”.
A
él
le
pareció
raro
que
su
vecina
le
pidiera
algo
así,
sobre
todo
porque
todos
en
el
edificio
sabían
que
no
podía
ver.
Le
dije:
“Estoy
ciego”.
“Sí,
Olmedo,
yo
que
usted
está
ciego,
pero
usted
puede
hacerlo.
Haga
un
show,
unos
diez
minutos.
Complazca
a
mi
madre”,
me
dijo
ella.
“Mi
madre
lo
quiere
ver
haciendo
magia.”
Me
dijo:
“Yo
voy
a
su
apartamento
y
le
ayudo
a
buscar
las
cosas”.
Olmedini
le
dijo
que
era
imposible.
¿Cómo
podría
saber
el
momento
exacto
en
que
debía
sacar
su
pañuelo?
¿Cómo
sabría
si
logró
desaparecer
el
bastón?
Le
dijo
a
su
vecina
que
no
quería
echarle
a
perder
el
momento,
pero
ella
insistió
e
insistió.
Me
dijo:
“No,
Olmedo,
yo
que
usted
puede
hacerlo.
Usted
es
un
valiente.
Hágalo
que
estamos
aquí,
entre
familia”.
Olmedini
terminó
aceptando
y
la
vecina
se
fue
con
él
a
buscar
lo
que
necesitaba.
Yo
me
puse
a
pensar,
¿qué
hago?
Le
digo:
“Búsqueme
esto,
esto
y
esto,
esto
y
esto”.
Yo
elegí
el
bastón
que
aparece,
el
bastón
que
desaparece.
Elegí
la
producción
de
pañuelos.
Es
un
pañuelito
que
se
muestra
y
se
va
agitando,
y
van
apareciendo
más
y
más
y
más
y
más
y
más.
Cuando
yo
me
estaba
preparando
sentí
mucho
miedo,
mucho
nervio.
“No
me
van
a
salir
las
cosas
bien.
Voy
a
hacer
un…
un
ridículo”.
Pero
aún
así,
se
llenó
de
valor
y
se
fue
con
ella.
Entró
a
la
sala
de
la
vecina
y
con
su
ayuda
comenzó
su
show.
Y
para
su
sorpresa…
Cuando
hice
el
primer
efecto,
la
gente
me
aplaudió
y
siguieron
aplaudiendo,
les
gustó
mucho,
y
allí
dije,
“voy
a
seguir”.
Olmedini
dice
que
al
principio
pensó
que
le
aplaudían
por
compasión,
porque
estaba
ciego.
Pero
que
cuando
terminó
el
show
se
dio
cuenta
de
que
todo
le
había
salido
bien,
de
que
todavía
podía
hacerlo.
Y
para
él,
esa
vecina
lo
salvó.
Esta
experiencia
lo
animó
a
seguir
haciendo
magia
en
el
tren
con
trucos
que
pudiera
llevar
en
su
bolsillo.
Eligió
algunos,
le
pidió
a
su
vecina
que
le
presentara
a
alguien
para
que
fuera
su
asistente
y
ella
le
presentó
a
un
señor.
Olmedini
le
dijo
que
se
dividirían
entre
los
dos
las
ganancias,
él
aceptó
y
juntos
fueron
al
tren.
La
primera
vez
me
sentí
muy
inseguro,
muy
inseguro.
Y
tomé
mucha
precaución.
Precauciones
como
presentarse
en
rutas
y
horas
poco
concurridas
del
metro.
Para
no
tropezarse
o
golpear
a
otras
personas
mientras
hacía
sus
actos.
Pero
ese
día
todos
sus
trucos
le
salieron
bien.
Así
que
decidió
seguir.
Pero
como
no
podía
ver
y
eso
hacía
que
fuera
más
difícil
comunicarse,
se
metió
en
clases
de
inglés
donde
le
enseñaron
a
decir
algunas
palabras
claves
para
su
show.
Y
se
lo
puedo
decir
a
usted
ahora
mismo
a
ojo
cerrado.
Vamos
a
ver
si
lo…
a
ojo
cerrado,
es
a
ojo
cerrado,
¿no?
Es
que
tengo
los
ojos
cerrados
(risas).
Good
evening
ladies
and
gentlemen,
I
am
going
to
perform,
perform
magic,
magic
for
you.
I
hope
that
you
enjoy
my
performance.
Ladies
and
gentlemen,
I
have
a
bird
cage.
My
music
is:
“Tan,
tan,
tan,
one,
two,
three,
tan,
tan,
tan,
tan”.
Era
inicios
de
2014,
un
poco
más
de
un
año
después
de
quedarse
ciego.
Para
ese
momento,
Olmedini,
a
estas
alturas
con
73
años,
regresó
al
metro
con
la
ayuda
de
su
asistente.
Muchos
lo
aplaudían,
lo
abrazaban
o
se
tomaban
fotos
con
él.
Y
dice
que
la
mayoría
de
las
veces
ni
se
daban
cuenta
de
que
estaba
ciego.
Esa
era
la
nueva
etapa
de
su
carrera
como
mago
y
Olmedini
pensaba
que
quizá
sería
la
última.
Pero,
a
finales
del
2018
recibió
una
llamada.
Era
el
fotógrafo
guatemalteco
Jaime
Permuth.
Él
lo
había
visto
hacer
el
show
en
el
tren
en
1998
y,
aunque
no
se
acercó
a
él
en
ese
entonces,
quedó
muy
impresionado.
Tanto
que,
casi
20
años
más
tarde,
lo
buscó
en
Internet,
encontró
un
número
de
teléfono
y
lo
llamó.
Y
me
dijo:
“Olmedini,
vamos
a
trabajar.
Yo
quiero
hacer
un
libro
para
usted.
Yo
soy
del
New
York
Times.
El
New
York
Times
está
interesado
en
hacer
un
libro,
etcétera,
etcétera”.
Olmedini
aceptó.
Para
él,
era
como
volver
a
la
época
en
Ecuador,
cuando
los
periodistas
lo
buscaban
para
tomarle
fotos
y
hacerle
preguntas
sobre
su
vida
como
mago.
Cuando
salió
la
nota
del
New
York
Times,
en
enero
de
2019,
Olmedini
pasó
a
ser
conocido
como
el
mago
ciego
del
metro
de
Nueva
York.
Y
ahí,
claro,
muchos
más
medios
comenzaron
a
buscarlo.
Hoy
les
vengo
a
contar
la
historia
de
Olmedo
Rentería,
conocido
artísticamente
como
Olmedini,
el
mago.
Uno
de
los
magos
más
famosos
de
toda
América
dejó
un
día
el
escenario
y
lo
cambió
por
el
metro.
Y
es
completamente
ciego.
El
mago
Olmedini,
79
años,
encandila
a
los
neoyorquinos.
De
todas
las
sorpresas
de
Nueva
York
quizás
ninguna
tiene
tanto
talento,
valentía
y
encanto
como
Olmedini.
Lo
entrevistaron
para
programas
rusos,
españoles
y
brasileños.
Todos
con
la
noticia
de
que
un
mago
ciego
se
estaba
haciendo
famoso
en
el
metro
de
Nueva
York.
Pero
no
solo
fueron
los
medios
de
comunicación
los
que
querían
conocer
a
Olmedini.
Un
día,
una
de
las
periodistas
que
lo
había
entrevistado
lo
llamó
y
le
pidió
que
el
19
de
junio
de
2019
lo
reservara
para
ella,
porque
quería
que
hiciera
una
presentación
para
unos
niños.
Olmedini
aceptó.
Se
preparó
con
todo
lo
que
necesitaba
para
sus
efectos
de
magia
y
se
vistió
con
una
chaqueta
roja
brillante,
un
corbatín
rojo,
un
sombrero
negro
de
copa
y
una
camisa
blanca.
Cuando
llegó
el
día,
la
señora
fue
a
ver
a
Olmedini
a
su
casa.
Cuando
bajo
y
abre
la
puerta
del
edificio
es
un
bullón.
No
entendía
lo
que
estaba
pasando…
Y
me
dice
la
señora:
“Frente
a
usted
hay
catorce
cámaras
de
televisión
de
todos
los
canales
de
aquí
de
Nueva
York.
Frente
a
usted
está
el
equipo
de
los
Yankees,
que
lo
van
a
llevar
para
que
usted
desayune
allá
con
los
niños”.
El
gran
Olmedini
y
su
acompañante
salían
de
su
apartamento
en
East
Harlem,
Nueva
York,
a
realizar
su
show
diario
de
magia
cuando
frente
a
su
puerta
tuvo
una
aparición.
Eran
nada
más
y
nada
menos
que
un
grupo
de
jugadores
de
los
Yankees
de
Nueva
York
que
estaban
ahí
para
rendirle
un
homenaje
a
su
perseverancia
y
dedicación.
Los
Yankees
se
habían
comunicado
con
la
periodista
para
que
los
ayudara
a
sorprender
a
Olmedini.
Todo
formaba
parte
de
un
plan
de
los
Yankees
para
su
programa
llamado
HOPE
Week,
en
el
que
los
jugadores
eligen
cinco
historias
inspiradoras
de
individuos,
familias
u
organizaciones
para
rendirles
homenaje.
Y
ese
año,
2019,
Olmedini
fue
uno
de
los
elegidos.
Él
no
lo
podía
creer.
No
son
todos
los
días
que
los
Yankees
le
pagan
una
visita.
Una
visita.
Imagínese,
Los
Yankees,
qué
cosa.
Esto
es
una
bendición.
¿Cómo
se
siente?
Me
siento
muy
emocionado,
very
excited.
Muy…
¡No
tengo
palabras
cómo
describir
que
los
Yankees
estén
conmigo,
visitándome!
Todos
caminaron
a
la
estación
del
metro
y
tomaron
el
tren
para
ir
al
estadio
de
los
Yankees
juntos.
Ahí
Olmedini
hizo
su
rutina
en
el
tren:
la
jaula
de
metal
que
desaparece,
el
pañuelo
rojo…
One,
two,
three…
Tan
tan
tan
tan.
Ladies
and
gentleman,
a
magical
show…
Cuando
llegaron
al
estadio,
lo
llevaron
a
una
mesa
donde
había
un
buffet.
Comieron
y
después
de
eso
le
dieron
una
sorpresa:
a
partir
de
ese
día,
Olmedini
iba
a
ser
un
miembro
reconocido
de
la
Sociedad
Estadounidense
de
Magos.
Para
Olmedini
esto
era
un
sueño
hecho
realidad.
Después
del
anuncio
lo
llevaron
para
que
hiciera
su
show
frente
a
74
niños
que
tenían
entre
8
y
11
años,
y
que
habían
ido
al
estadio
a
verlo.
Preparé
las
banderas,
preparé
flores.
Y
le
dije
a
la
señora,
dos
señoras:
“Preparen
la
magia
rápido”.
Ya
me
presentaron
ahí
pam,
pam,
pam,
pam,
pam,
pam,
el
show.
Olmedini
arrugó
unos
periódicos
viejos
y
de
ahí
aparecieron
unas
banderas
de
colores.
Hizo
que
unas
tiras
de
tela
se
convirtieran
en
un
bastón.
Los
Yankees
y
los
niños
estaban
asombrados
con
cada
uno
de
sus
trucos.
Cuando
terminó
lo
llevaron
al
estadio
y
le
pidieron
que
lanzara
la
primera
bola
del
partido
que
iban
a
jugar
ese
día.
Y
cuando
en
la
pantalla
grande
sale,
“Olmedo
Rentería,
mago
ecuatoriano,
Olmedini”.
Y
la
gente:
“Wooo”,
la
ovación
y
los
aplausos,
y
me
sentaron
en
el
palco
de
honor
y
a
cada
momento
venía
la
televisión
mostrarme
allí
como
la
gran
figura
(risa).
Eso
fue
una
emoción
que
hasta
hoy
me
embarga
mi
mente.
Algo
verdaderamente
fantástico
e
inolvidable.
Y
aunque
esto
para
él
significó
cumplir
uno
de
sus
más
grandes
sueños,
dos
meses
después
salió
en
la
portada
de
la
revista
Genii,
esa
con
la
que
tanto
había
soñado
desde
que
llegó
a
Nueva
York,
casi
treinta
años
antes.
Con
la
publicación
de
la
revista
de
los
grandes
magos
me
sentí
una
estrella,
me
sentí
que
mi
sueño
hasta
allí
era,
que
hasta
allí
había
llegado.
Y
lo
celebró
con
su
familia,
pero
a
la
distancia.
Llamó
a
su
hija
que
está
viviendo
en
Argentina,
a
su
hijo
menor
que
está
en
Ecuador,
y
les
contó
las
buenas
noticias.
Y
cuando
lo
habló
por
teléfono
con
su
hijo
mayor,
que
tenía
ya
53
años,
y
que
vive
en
Australia…
Le
dije:
“Hijo,
llegué
al
último
peldaño
de
la
escalera.
Esto
es
lo
que
yo
quería.
Llegué
al
último
peldaño.
Creo
que
hasta
aquí
es”.
Mi
hijo
me
dijo:
“No,
papá.
Todavía
hay
mucho
más.
El
peldaño
de
la
escalera
no
se
termina
nunca”.
Para
Olmedini,
en
este
último
año
y
medio,
ha
cumplido
varios
sueños
que
antes
ni
siquiera
concebía
o
parecían
imposibles:
ser
homenajeado
por
los
Yankees
de
Nueva
York
(su
equipo
favorito),
formar
parte
de
la
Sociedad
Estadounidense
de
Magos
y,
sobre
todo,
presentarse
en
congresos
importantes
de
magia
como
Magifest
en
Estados
Unidos.
Pero
lo
que
todos
estos
logros
tienen
en
común
es
que
ocurrieron
después
de
que
quedara
ciego.
Y
Olmedini
ha
pensado
mucho
sobre
esto.
Yo
pienso
que
el
éxito
que
he
tenido
se
lo
atribuyo
a
la
pérdida
de
mi
vista,
puesto
que
no
hay
mago
en
el
mundo
que
haya
perdido
la
vista
y
que
esté
en
los
escenarios.
No
hubiese
saboreado
la
fama.
Lisette
Arévalo
es
productora
de
Radio
Ambulante.
Vive
en
Quito.
Esta
historia
fue
editada
por
Camila
Segura
y
por
mí.
El
diseño
de
sonido
es
de
Andrés
Azpiri
con
música
de
Rémy
Lozano.
Andrea
López
Cruzado
hizo
el
fact
checking.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Gabriela
Brenes,
Jorge
Caraballo,
Victoria
Estrada,
Miranda
Mazariegos,
Patrick
Moseley,
Laura
Rojas
Aponte,
Barbara
Sawhill,
David
Trujillo,
Elsa
Liliana
Ulloa
y
Luis
Fernando
Vargas.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios,
y
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Muy
pronto
lanzaremos
nuestro
nuevo
podcast
noticioso:
El
hilo.
Vayan
a
elhilo.audio
para
enterarse
de
todas
las
novedades
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar
y
cuídense
mucho.
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Hola, ambulantes. Qué semanita, ¿no? Bueno, ya saben que nosotros no cubrimos las noticias diarias, pero estamos siguiendo las noticias del coronavirus muy de cerca. Próximamente lanzaremos El hilo, un podcast que va a explicar y contextualizar las noticias más importantes y esta, sin duda, será una de ellas. Mientras tanto, queremos aportar para que la situación mejore. Por favor cuídense y cuiden a los demás tomando las medidas de precaución necesarias. En Radio Ambulante estamos trabajando desde casa para acompañarlos con nuevos episodios en estos días complicados. Gracias por escuchar y cuenten con nosotros. Es un momento difícil, pero entre todos podemos apoyarnos y recordar que, a pesar de la distancia, seguimos juntos. Si quieren compartir ideas de lo que les ha dado bienestar y calma entre tanta incertidumbre, por favor háganlo escribiéndonos a nuestras redes sociales. Nosotros las compartiremos con los demás. Bueno, gracias, por favor cuídense, y aquí el episodio. Good evening ladies and gentlemen. I am going to perform. Perform magic. Magic for you. I hope that you enjoy my performance. Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Mi nombre es Olmedo Rentería. Olmedo es un mago como esos que seguramente han visto en fiestas infantiles o en shows de televisión, sacando conejos de un sombrero o haciendo aparecer palomas con un soplo. Es un señor mayor, con casi 80 años, el cabello muy corto y canoso, pero sus manos y sus gestos son de un hombre joven, con destreza y agilidad. Entonces, hoy comenzamos con él y con una de sus presentaciones en Nueva York, en noviembre del año pasado. I pick up on the floor ladies and gentlemen. And one, two, three, the handkerchief appeared ladies and gentlemen. Magical show. Bravo, bravo, bravo (aplausos). Olmedo comenzó su show con un truco en el que hizo desaparecer un pañuelo negro que tenía en sus manos. Y después de fingir sorpresa por esta desaparición, lo hizo aparecer otra vez de la nada. Un truco que, aunque pareciera simple, no dejó de asombrar a los que lo estaban viendo. Todo era muy emocionante. Me encantó. El señor es super dulce. Muy padre. It’s a wonderful thing to see someone with so much talent. The bird out of his mouth was really like unexpected. I think it got everyone in the crowd. Increíble, desde que yo tenía 10 años yo he visto a este señor. La historia de cómo llegó Olmedo desde Guayaquil a Nueva York es cinemática y sorprendente. Siempre soñó con ser un mago reconocido, pero nunca se imaginó lo que lo llevaría a la fama. Nuestra productora, Lisette Arévalo, nos cuenta su historia. Olmedo quedó huérfano a los nueve años. No le gusta entrar en detalles sobre qué pasó con su familia, pero desde esa edad tuvo que vivir solo, dejar sus estudios y dedicarse a trabajar. Vivía en Ecuador e iba de ciudad en ciudad buscando distintos trabajos, como cobrar los pasajes en los buses o entregar volantes de políticos durante campañas electorales. Hasta que cumplió 17 años y decidió quedarse en Guayaquil. Llegó un pequeño circo al barrio en donde yo vivía y me dio la curiosidad de ir cuando estaban en el montaje de la carpa y del circo. Ahí conoció al dueño y le preguntó si había algún trabajo disponible. El dueño le dijo que sí, y lo contrató para que Olmedo ayudara a montar la carpa, preparar el escenario y vender golosinas. Para Olmedo este era solo un trabajo más: el circo no era grande ni con artistas importantes. En realidad era bastante modesto y se presentaba solo en barrios y ciudades pequeñas. Allí estuvo trabajando por unos tres años más o menos, hasta que en octubre de 1960 llegó un circo chileno a Guayaquil. Apenas se enteraron, Olmedo y sus amigos fueron a verlo. Y era exactamente lo que se están imaginando. Tenía una carpa grande de colores verde, blanco y rojo, con payasos, malabaristas y acróbatas haciendo piruetas, con el olor a palomitas de maíz recién hechas y manzanas caramelizadas de un color rojo brillante. Olmedo y sus amigos se quedaron tan impresionados que le pidieron al dueño que los contratara para hacer lo que hacían en el circo más pequeño. Y a todos inmediatamente, pues, nos dieron trabajo. Y allí nos enrollamos, algunos, aproximadamente unos ocho o diez. Yo ayudaba en el circo: a armar el circo, a desarmarlo. Se hacía ventas de comestibles, golosinas, dentro del circo. Pero lo que más le gustaba de su nuevo trabajo era ver el espectáculo, las luces, los trajes coloridos, los aplausos y el asombro del público con las acrobacias de los trapecistas. Olmedo se moría de ganas de formar parte de ese mundo, así que en su tiempo libre entrenaba con un grupo de amigos. Yo ensayé mucho el trapecio haciendo de fuerte. El fuerte es el que recibe a los dos o tres volantes cuando aterrizan después de hacer las piruetas. A Olmedo le encantaba la adrenalina que le producía hacerlo. Por eso, cuando el dueño del circo le propuso ir de gira por Perú y Chile, él aceptó de inmediato. No tenía ningún otro trabajo en Guayaquil. Era una excelente oportunidad para hacer una carrera. Y ese viaje fue definitivo, porque en Lima decidió ir a otro circo y allá vio actuar al mago Memper. Y me agradó muchísimo. Me llamó mucho la atención. Yo no sabía qué cosa era magia. Vio los trucos: palomas que aparecían, bastones que desaparecían y pañuelos que cambiaban de color. Pero el que más le impresionó a Olmedo fue uno en el que el mago tomó un huevo falso con un hueco, metió un pañuelo por ese hueco, y al golpearlo en un vaso, apareció un huevo de verdad. Eso me asombró. Olmedo quedó encantado con el mago, pero no se le acercó al final de la función para hablar con él, porque alguien le dijo que no le gustaba que lo molestaran. Unas noches después se sorprendió al ver que el mago Memper llegó a su circo. Porque había una fiesta de cumpleaños de alguien, un artista del circo. Olmedo estaba practicando el trapecio. Cuando bajé, él me llama la atención y me dice: “No ensayes el trapecio. Aprenda magia, que con eso usted puede trabajar hasta cuando usted tenga 80 o más años”. Eh, le dije: “Bueno, pero ¿cómo hago para ensayar magia si no sé?”. Entonces él me dice: “Ven mañana al circo. Yo voy a hacer la función”. OK, así quedamos. Olmedo volvió al circo donde se presentaba Memper y vio otra vez el espectáculo. Esta vez puso mucha atención al truco del huevo y al llegar esa noche a su casa lo primero que hizo fue buscar un huevo. Busqué todo lo concerniente e hice un huevo igual, y le puse un trapito allí e hice todos los movimientos. Todos los movimientos para reproducir el truco que había hecho Memper. Cuando yo estuve los movimientos listos, fui al circo, temprano, donde él, y lo busqué. Y le dije que yo le quería mostrar cómo yo me inventé el juego del huevo. Entonces él se rió y… y se lo hice. Entonces él me dijo: “¿Tienes ideas? ¿Muchas? Yo te voy a enseñar.” Desde ese momento Olmedo dejó el trapecio y comenzó a ensayar con el mago. Después de cada lección, regresaba a su circo y practicaba delante de la gente que trabajaba con él. Así pasó algunos días hasta que dominó cuatro trucos de magia y decidió hacer algo arriesgado: le pidió al dueño del circo que lo dejara presentarse en el escenario. Para su sorpresa, su jefe le dijo que sí, pero que no podía pagarle. A Olmedo no le importó, y de inmediato empezó a prepararse para presentarse esa noche. Lo primero que hizo fue buscar un atuendo para su presentación. Y encontró uno. Era morado. Me lo regaló un hombre árabe en el circo. Los zapatos eran unos zapatos largo, torcido hacia arriba, como los zapatos de Aladino. El atuendo estaba lleno de réplicas de piedras preciosas que brillaban con la luz. Llevaba puesto un pantalón y una camisa bombacha, un turbante y un chaleco largo. Esa noche el circo estaba completamente lleno. Olmedo estaba emocionado, pero nervioso. Dos compañeros artistas le propusieron salir con él y presentarlo al público. Olmedo asintió, tomó a los artistas de los brazos y salieron al escenario. Cuando se quedó solo frente a la audiencia… El dueño del circo mandó dos muchachas del circo vestidas con atuendo árabe. De pantalones anchos, ombliguera, un gorrito y perlas en la frente. Se pararon al lado de Olmedo y cuando sonó la música… Y las muchachas empezaron a danzar al lado mío. Olmedo empezó su show con el truco del huevo —que salió bien— y la gente lo aplaudió. Pero también se estrenó con uno más difícil, el que hacía aparecer una paloma. El mago Memper se lo había enseñado y necesitaba la ayuda de una asistente para que le pasara la paloma. Pero a la hora del truco. Y la muchacha, a la hora de entregarme la pequeña casa en donde estaba la paloma, se le salió la paloma de la caja y la paloma voló. Entonces, yo miré para donde iba la paloma. Y yo pues después pensé: “Ya se fue, ¿qué hago?”. Olmedo se quedó frío. Lo que fueron un par de segundos, para él se sintieron como minutos. Y además a una de las ayudantes se le olvidó que el micrófono estaba ahí, prendido, y dijo: “Mago, se le fue la paloma”. Y no hubo una persona que no se riera en el circo en ese momento. Todos pensaron que era así el truco. Entonces lo que hice fue hacer la venia que terminé y salimos y nos fuimos para adentro. Al público le encantó. Su espectáculo fue un éxito. Y ya adentro, detrás del escenario… El dueño del circo me abrazó. Y así empezó mi vida en el circo, trabajando como mago. Yo dije: “Me dedicaré a esto, y con esto tengo que salir adelante. Tengo que volverme un mago, y voy a ser un mago”. A partir de ese día, Olmedo formó parte del elenco permanente de artistas del circo. En el circo me enseñaron a caminar, cómo yo debería de mirar al público. En el circo me enseñaron movimientos de mano. Cada vez era mejor en un tour de seis meses por diferentes ciudades de Perú y Chile. Cuando regresó a Guayaquil a inicios de los años sesenta comenzó a hacer su show en diferentes lugares, como escuelas y pequeños teatros. Se acuerda bien de una de sus primeras presentaciones. Fue en la ciudad de Latacunga, a seis horas de Guayaquil. Las personas de ese lugar… No habían visto magos. No habían visto aparecer palomas. Entonces, cuando yo hice la presentación, la gente se puso de pie a aplaudirme. Su show generaba mucho asombro, sobre todo porque en esos años, en Ecuador, no había muchos magos, y menos realmente buenos. Es más, las presentaciones mágicas de Olmedo están entre las más antiguas que se registran en el país. Fue después de una de estas presentaciones que una señora se le acercó y le dijo: “Olmedo Rentería no es nada. Tú debes de llamarte como se llamaba Houdini ¿Tú sabes quién fue Houdini?” Houdini. Seguramente todos ustedes han oído el nombre. El gran Houdini, ilusionista húngaro-americano de finales de 1800. Famosísimo por sus tiempos récords en escapar de baúles cerrados con cadenas y candados, por desaparecer elefantes del escenario y por su truco de ser enterrado vivo. Olmedo le dijo a la señora que había leído un poco sobre él, a lo que ella le dijo: Tú te llamas Olmedo, ¿por qué no te pones Olmedini?”. A él le gustó este juego de palabras y desde ese día… Dije: “Pues mi nombre va a ser Olmedini”, y mandé a hacer tarjetas con el nombre de Olmedini. Mi… El eslogan de mi tarjeta era: “Magia y sonrisa, con Olmedini”. Pasaron los años y Olmedini era cada vez más cotizado y famoso. Salió en varios programas de televisión y se presentó con artistas nacionales muy importantes, como el actor y comediante Ernesto Albán o el cantante de pasillos Julio Jaramillo. A inicios de los setentas, Olmedini hacía varios trucos que sorprendieron: en uno, con una varita mágica, hacía que una mujer desapareciera de una jaula y en su lugar apareciera un perro dóberman. Y en otro, dividía a una mujer en dos con una sierra. Cada vez era más ambicioso: llegó hasta meter a su asistente en una caja en llamas y sacarla ilesa, y en otro también la hizo levitar. Eran trucos que, para la época, deslumbraban a cualquiera. En ese tiempo Olmedini se hizo papá: tuvo un hijo con su novia de entonces pero la relación no funcionó y se separaron después de dos años. Pero poco tiempo después, conoció a su esposa, con quien tuvo dos hijos más. Los cuatro vivían en Guayaquil y su vida giraba en torno a la vida de Olmedini y sus espectáculos. Olmedini hizo magia en su país desde finales de los cincuentas hasta finales de los ochentas. Y a pesar de toda la fama que tenía en Ecuador, en 1990, y con 50 años, cuando estaba en la cima de su carrera, tomó una decisión drástica: dejarlo todo y empezar de cero en los Estados Unidos. Quería ser un mago famoso internacionalmente. Yo quería salir en esos programas que yo veía en la televisión. El mago tal o el mago tal en Las Vegas. Pues yo dije: “Yo quiero ser como ellos”. Entonces, ese fue el sueño que tuve y vine para acá, para Nueva York. El plan era establecerse en el nuevo país con su esposa y luego traer a sus hijos de 7 y 12 años, que se habían quedado en Guayaquil con sus abuelos. En febrero de 1990, Olmedini aterrizó en Nueva York. Mi maleta vino cargada de ilusiones, con sueños de triunfos, con sueños de ser grande, con sueños de lograr poner mi nombre donde yo quería. Yo quería aparecer en la revista Genii. Genii es la revista más grande e importante del mundo de la magia. Ahí han aparecido los grandes magos de la historia: David Copperfield, Lance Burton, David Devant. Olmedini no sabía dónde iba a vivir y no sabía inglés. Los primeros seis meses yo sufrí muchísimo. Primero, que vine sin conocer a nadie. No tenía dónde llegar, ¿ya? No tenía amigos. Logró conseguir un cuarto para vivir con su esposa en el Bronx y pagaban el arriendo con los ahorros que habían traído de Ecuador. En tres meses se le acabaron los ahorros y no encontraba dónde trabajar. Fue a todos los restaurantes, clubes y bares hispanos que pudo para ofrecer su show de magia, pero no lo contrataban. Lo que sí logró en ese tiempo fue aplicar para tener un permiso de trabajo en Estados Unidos. Aunque esto le permitía estar legalmente en el país, no lo ayudó a conseguir trabajo en ningún teatro. Por lo que buscó otra alternativa. Opté por trabajar las calles de Nueva York, andando en el downtown, o sea, en el centro de Nueva York. Había visto un par de magos en diferentes lugares de la ciudad y decidió que él también podía hacerlo. Investigó un poco cuál sería el mejor lugar para presentarse y eligió Times Square, uno de los puntos más turísticos de la ciudad. Como no hablaba inglés, compró un equipo de sonido barato para llamar la atención de la gente y empezó a actuar en las calles. Hacía trucos sencillos, ligeros, que cabían en un maletín pequeño o en su bolsillo, como el truco del pañuelo que desaparece por ejemplo. También se presentó cerca de la estación de trenes Penn Station y en Wall Street. Hacía su show desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde todos los días. Le iba bien en sus presentaciones callejeras. Le daba suficiente dinero para comer y pagar la renta. Pero cuando llegó el invierno se le hacía cada vez más difícil pasar todo el día afuera soportando un frío que nunca antes había experimentado. Uno de esos primeros días helados, se estaba presentando afuera de un cine y una señora que lo vio le dijo que por qué no se metía a una estación de metro para así resguardarse del frío. Olmedini le hizo caso y, a pesar de que ahí tenía mucho más público, no era exactamente lo que se había imaginado para él en Nueva York. Ya tenía 50 años y alcanzar su sueño le parecía cada vez más lejano. Me sentí muy infeliz, muy humillado. Porque yo pensaba en Guayaquil, yo estaba haciendo esto y esto, Dios mío, ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué? Llamé a mi hijo mayor y le dije: “Hijo, no estoy bien en Nueva York. Me voy a regresar a Guayaquil”. A lo que su hijo, de 23 años, le contestó: “Papá, lo que pasa es que usted lo ha tenido todo en bandeja de plata aquí. Amárrese los cinturones y aprenda a vivir. No se venga”. Las palabras de su hijo fueron importantes para Olmedini, y aunque fue una decisión difícil, se quedó en Nueva York. Pasaron los años y Olmedini siguió presentándose en las estaciones del metro. Hasta que un día de junio, en 1994, decidió subirse en uno de los vagones del tren para presentarse ahí. Hice dos trucos sencillitos y la gente se paraba y me metía dinero en el bolsillo. Y lo aplaudieron sin parar. Su show fue tan bien recibido, que al llegar a su casa decidió dejar el equipo de sonido y buscar trucos portátiles. Empecé a idearme cómo hago, cómo hago, cómo hago, qué hago. Entonces se me vino a la mente hacer un carrito fácil de transportar y que yo pudiera caminar con el carrito por medio del vagón. Hice un cajoncito, lo decore bien, puse una paloma, puse un conejo y un pañuelo y me fui al tren. El carrito era rojo, rectangular, con ruedas. Pintó un letrero blanco con las letras “N” y “Y”, las siglas de Nueva York, al lado de un corazón rojo y la palabra magic. Conoció a una señora en el tren y le ofreció ser su asistente a cambio de llevarse la mitad de las ganancias. Ella aceptó. Apenas se subían al vagón, Olmedini empezaba a silbar. Con ese silbido le llamaba la atención al público. Hacía el truco de la aparición de la paloma. Hacía la aparición del conejo y luego la aparición de un pañuelo que dice “Thank you”. Si alguna vez han viajado en el metro de Nueva York o incluso han visto películas, seguro están familiarizados con la variedad de artistas que se presentan. Hay músicos, cantantes, bailarines de break dance, poetas. Y esto es algo que ya forma parte de la identidad del mundo subterráneo de la ciudad. Pero en esa época, los noventas, difícilmente se encontraba a un mago haciendo trucos en un tren en pleno movimiento. Por eso los medios lo comenzaron a notar. Y siete años después de haber llegado a Nueva York… Sus escenarios se han reducido, pero Olmedini dice haber aprendido mucho durante estos largos siete años. Un canal de televisión sacó una nota sobre él después de haberlo seguido en el tren mientras hacía sus trucos. Ha aprendido a trabajar cerca su público, a reconocer las sonrisas, a sorprender en dos minutos de espectáculos con la aparición de palomas y conejos. Y muy por sobre todas las cosas ha aprendido a nunca rendirse ni perder las esperanzas. Este medio no fue el único en reportar sobre Olmedini: en el 2001, el New York Times sacó un reportaje sobre él y su show de magia en el tren. A pesar de que a la mayoría de la gente le fascinaban los trucos de Olmedini, no eran todos. Había personas que cuando lo veían haciendo magia en el tren se echaban la bendición y se iban. Hay otros… me dicen que el diablo me va a llevar. Hay otros que dicen que voy a morir de cáncer. Hay otros que dicen que eso es malo, que lo que estoy haciendo es diabólico. Y es que para muchos creyentes, la magia es algo oscuro, que viene del mismísimo demonio. Pero a él no le afectaron estos comentarios y siguió trabajando. De todas formas a Olmedini le iba mejor presentándose en el tren que en las estaciones del metro o las calles de Nueva York. Iba por lo menos cuatro horas todos los días. Y el dinero que ganaba era suficiente para comer, transportarse y pagar la renta de un departamento pequeño en Queens donde vivía solo. Unos años antes, su esposa había tenido que regresar a Guayaquil a ver a sus hijos, porque estaban teniendo problemas en el colegio y con los abuelos. Ella después ya no pudo regresar a Nueva York y, a partir de entonces, Olmedini se quedó solo en la nueva ciudad. Olmedini sentía que finalmente estaba más cerca de conseguir lo que siempre quiso: a la gente le gustaba lo que él hacía, le pedían su tarjeta de presentación y a veces le daban las suyas. Luego lo llamaban para contratarlo en diferentes escenarios: llegó a presentarse en la estación de metro Grand Central y a colaborar con otros magos en Nueva York para presentarse en clubes elegantes de la ciudad. Pero, además, también lo contactaron para que hiciera su show en el aniversario número 50 de las Naciones Unidas y para una celebración con el gobernador de Nueva York de entonces. Pasaron los años, quince desde que salió en la televisión, y Olmedini siguió presentándose en el tren y comenzó a ser conocido como “el mago del metro de Nueva York”. Hasta un día de diciembre del 2012. Estaba a punto de hacer una presentación y antes de su show fue a la refrigeradora. Y busqué un refresco. Abrí la nevera, me agacho, cojo el refresco, cierro la nevera y me levanto y dije: ¿Quién apagó la luz? Justo cuando parecía que las cosas empezaban a mejorar para él en Nueva York, Olmedini se había quedado ciego. Una pausa y volvemos. 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Antes de la pausa, Olmedo Rentería —Olmedini—, el mago del metro de Nueva York, estaba a punto de hacer una presentación. Cuando de pronto todo se hizo oscuro. Olmedini se mareó, alcanzó a apoyarse en la puerta de la nevera y los que estaban con él se acercaron para ayudarlo. Lo subieron a una ambulancia y lo llevaron al hospital más cercano. Cuando llegó, lo atendieron de inmediato. Los médicos me operan, me dicen los médicos que hubo derrame y que los ojos se llenaron de sangre, todo por dentro. Dijeron que le iban a quitar la venda de los ojos y que, si al abrirlos veía rosado, significaba que se mejoraría pronto. Cuando se la quitaron… Pues yo le dije al médico está todo rojo, rosado, rojo, más rojo que rosado. Entonces me dijo el médico: “Es que sus retinas se rompieron, pero no se preocupe, cuando la sangre se vaya, usted va a volver a ver”. El doctor le dijo que tenían que hacer un tratamiento y que en seis meses se recuperaría. Le dieron de alta un día después y desde ese momento, todo sería diferente para él. Lisette nos sigue contando. Olmedini vivía solo en Nueva York y su familia estaba en Ecuador. Entonces cuando salió del hospital y fue a su casa, no tenía quién lo ayudara todo el tiempo en sus tareas diarias. Las actividades que antes hacía sin dificultad y casi sin pensar, ahora requerían toda su concentración. No podía comer porque, increíble, hasta para comer se necesitan los ojos. Porque usted lleva el cubierto a el plato y no sabe si cogió o no cogió y para meterlo a la boca inclusive no se acierta. La vida, toda, se hizo difícil. Se golpeaba contra los muebles. Se tropezaba con cualquier cosa y se caía todo el tiempo. A veces venían amigos a ayudarlo pero cuando se iban, todo volvía a ser igual: la oscuridad, el silencio, la impotencia. Yo no pensé en que se iba a hacer magia otra vez o no. Yo dejé quieto, dejé quieto todo. Sólo mi pensamiento estaba en que no podía ver, la desesperación, que no podía ver, que no podía comer, que no podía hacer nada. Olmedini tenía que ir todas las semanas a su chequeo médico. Cuando se cumplieron los seis meses, él no recuperó la vista como le había dicho su doctor. Dice que ahí dejó de ir todas las semanas a chequeo y solo iba una vez al mes. Hasta que cumplió un año de su derrame cerebral y en esa última cita el doctor le dijo que ya nunca recuperaría su vista. Ese mismo día, sintiéndose derrotado, regresó a su casa. Cuando voy subiendo la escalera, una vecina me dice: “Olmedo, hoy tengo una fiestecita por el Día de la Madre ¿Por qué no pasa un rato y hace un poco de magia?”. A él le pareció raro que su vecina le pidiera algo así, sobre todo porque todos en el edificio sabían que no podía ver. Le dije: “Estoy ciego”. “Sí, Olmedo, yo sé que usted está ciego, pero usted puede hacerlo. Haga un show, unos diez minutos. Complazca a mi madre”, me dijo ella. “Mi madre lo quiere ver haciendo magia.” Me dijo: “Yo voy a su apartamento y le ayudo a buscar las cosas”. Olmedini le dijo que era imposible. ¿Cómo podría saber el momento exacto en que debía sacar su pañuelo? ¿Cómo sabría si logró desaparecer el bastón? Le dijo a su vecina que no quería echarle a perder el momento, pero ella insistió e insistió. Me dijo: “No, Olmedo, yo sé que usted puede hacerlo. Usted es un valiente. Hágalo que estamos aquí, entre familia”. Olmedini terminó aceptando y la vecina se fue con él a buscar lo que necesitaba. Yo me puse a pensar, ¿qué hago? Le digo: “Búsqueme esto, esto y esto, esto y esto”. Yo elegí el bastón que aparece, el bastón que desaparece. Elegí la producción de pañuelos. Es un pañuelito que se muestra y se va agitando, y van apareciendo más y más y más y más y más. Cuando yo me estaba preparando sentí mucho miedo, mucho nervio. “No me van a salir las cosas bien. Voy a hacer un… un ridículo”. Pero aún así, se llenó de valor y se fue con ella. Entró a la sala de la vecina y con su ayuda comenzó su show. Y para su sorpresa… Cuando hice el primer efecto, la gente me aplaudió y siguieron aplaudiendo, les gustó mucho, y allí dije, “voy a seguir”. Olmedini dice que al principio pensó que le aplaudían por compasión, porque estaba ciego. Pero que cuando terminó el show se dio cuenta de que todo le había salido bien, de que todavía podía hacerlo. Y para él, esa vecina lo salvó. Esta experiencia lo animó a seguir haciendo magia en el tren con trucos que pudiera llevar en su bolsillo. Eligió algunos, le pidió a su vecina que le presentara a alguien para que fuera su asistente y ella le presentó a un señor. Olmedini le dijo que se dividirían entre los dos las ganancias, él aceptó y juntos fueron al tren. La primera vez me sentí muy inseguro, muy inseguro. Y tomé mucha precaución. Precauciones como presentarse en rutas y horas poco concurridas del metro. Para no tropezarse o golpear a otras personas mientras hacía sus actos. Pero ese día todos sus trucos le salieron bien. Así que decidió seguir. Pero como no podía ver y eso hacía que fuera más difícil comunicarse, se metió en clases de inglés donde le enseñaron a decir algunas palabras claves para su show. Y se lo puedo decir a usted ahora mismo a ojo cerrado. Vamos a ver si lo… a ojo cerrado, es a ojo cerrado, ¿no? Es que tengo los ojos cerrados (risas). Good evening ladies and gentlemen, I am going to perform, perform magic, magic for you. I hope that you enjoy my performance. Ladies and gentlemen, I have a bird cage. My music is: “Tan, tan, tan, one, two, three, tan, tan, tan, tan”. Era inicios de 2014, un poco más de un año después de quedarse ciego. Para ese momento, Olmedini, a estas alturas con 73 años, regresó al metro con la ayuda de su asistente. Muchos lo aplaudían, lo abrazaban o se tomaban fotos con él. Y dice que la mayoría de las veces ni se daban cuenta de que estaba ciego. Esa era la nueva etapa de su carrera como mago y Olmedini pensaba que quizá sería la última. Pero, a finales del 2018 recibió una llamada. Era el fotógrafo guatemalteco Jaime Permuth. Él lo había visto hacer el show en el tren en 1998 y, aunque no se acercó a él en ese entonces, quedó muy impresionado. Tanto que, casi 20 años más tarde, lo buscó en Internet, encontró un número de teléfono y lo llamó. Y me dijo: “Olmedini, vamos a trabajar. Yo quiero hacer un libro para usted. Yo soy del New York Times. El New York Times está interesado en hacer un libro, etcétera, etcétera”. Olmedini aceptó. Para él, era como volver a la época en Ecuador, cuando los periodistas lo buscaban para tomarle fotos y hacerle preguntas sobre su vida como mago. Cuando salió la nota del New York Times, en enero de 2019, Olmedini pasó a ser conocido como el mago ciego del metro de Nueva York. Y ahí, claro, muchos más medios comenzaron a buscarlo. Hoy les vengo a contar la historia de Olmedo Rentería, conocido artísticamente como Olmedini, el mago. Uno de los magos más famosos de toda América dejó un día el escenario y lo cambió por el metro. Y es completamente ciego. El mago Olmedini, 79 años, encandila a los neoyorquinos. De todas las sorpresas de Nueva York quizás ninguna tiene tanto talento, valentía y encanto como Olmedini. Lo entrevistaron para programas rusos, españoles y brasileños. Todos con la noticia de que un mago ciego se estaba haciendo famoso en el metro de Nueva York. Pero no solo fueron los medios de comunicación los que querían conocer a Olmedini. Un día, una de las periodistas que lo había entrevistado lo llamó y le pidió que el 19 de junio de 2019 lo reservara para ella, porque quería que hiciera una presentación para unos niños. Olmedini aceptó. Se preparó con todo lo que necesitaba para sus efectos de magia y se vistió con una chaqueta roja brillante, un corbatín rojo, un sombrero negro de copa y una camisa blanca. Cuando llegó el día, la señora fue a ver a Olmedini a su casa. Cuando bajo y abre la puerta del edificio es un bullón. No entendía lo que estaba pasando… Y me dice la señora: “Frente a usted hay catorce cámaras de televisión de todos los canales de aquí de Nueva York. Frente a usted está el equipo de los Yankees, que lo van a llevar para que usted desayune allá con los niños”. El gran Olmedini y su acompañante salían de su apartamento en East Harlem, Nueva York, a realizar su show diario de magia cuando frente a su puerta tuvo una aparición. Eran nada más y nada menos que un grupo de jugadores de los Yankees de Nueva York que estaban ahí para rendirle un homenaje a su perseverancia y dedicación. Los Yankees se habían comunicado con la periodista para que los ayudara a sorprender a Olmedini. Todo formaba parte de un plan de los Yankees para su programa llamado HOPE Week, en el que los jugadores eligen cinco historias inspiradoras de individuos, familias u organizaciones para rendirles homenaje. Y ese año, 2019, Olmedini fue uno de los elegidos. Él no lo podía creer. No son todos los días que los Yankees le pagan una visita. Una visita. Imagínese, Los Yankees, qué cosa. Esto es una bendición. ¿Cómo se siente? Me siento muy emocionado, very excited. Muy… ¡No tengo palabras cómo describir que los Yankees estén conmigo, visitándome! Todos caminaron a la estación del metro y tomaron el tren para ir al estadio de los Yankees juntos. Ahí Olmedini hizo su rutina en el tren: la jaula de metal que desaparece, el pañuelo rojo… One, two, three… Tan tan tan tan. Ladies and gentleman, a magical show… Cuando llegaron al estadio, lo llevaron a una mesa donde había un buffet. Comieron y después de eso le dieron una sorpresa: a partir de ese día, Olmedini iba a ser un miembro reconocido de la Sociedad Estadounidense de Magos. Para Olmedini esto era un sueño hecho realidad. Después del anuncio lo llevaron para que hiciera su show frente a 74 niños que tenían entre 8 y 11 años, y que habían ido al estadio a verlo. Preparé las banderas, preparé flores. Y le dije a la señora, dos señoras: “Preparen la magia rápido”. Ya me presentaron ahí pam, pam, pam, pam, pam, pam, el show. Olmedini arrugó unos periódicos viejos y de ahí aparecieron unas banderas de colores. Hizo que unas tiras de tela se convirtieran en un bastón. Los Yankees y los niños estaban asombrados con cada uno de sus trucos. Cuando terminó lo llevaron al estadio y le pidieron que lanzara la primera bola del partido que iban a jugar ese día. Y cuando en la pantalla grande sale, “Olmedo Rentería, mago ecuatoriano, Olmedini”. Y la gente: “Wooo”, la ovación y los aplausos, y me sentaron en el palco de honor y a cada momento venía la televisión mostrarme allí como la gran figura (risa). Eso fue una emoción que hasta hoy me embarga mi mente. Algo verdaderamente fantástico e inolvidable. Y aunque esto para él significó cumplir uno de sus más grandes sueños, dos meses después salió en la portada de la revista Genii, esa con la que tanto había soñado desde que llegó a Nueva York, casi treinta años antes. Con la publicación de la revista de los grandes magos me sentí una estrella, me sentí que mi sueño hasta allí era, que hasta allí había llegado. Y lo celebró con su familia, pero a la distancia. Llamó a su hija que está viviendo en Argentina, a su hijo menor que está en Ecuador, y les contó las buenas noticias. Y cuando lo habló por teléfono con su hijo mayor, que tenía ya 53 años, y que vive en Australia… Le dije: “Hijo, llegué al último peldaño de la escalera. Esto es lo que yo quería. Llegué al último peldaño. Creo que hasta aquí es”. Mi hijo me dijo: “No, papá. Todavía hay mucho más. El peldaño de la escalera no se termina nunca”. Para Olmedini, en este último año y medio, ha cumplido varios sueños que antes ni siquiera concebía o parecían imposibles: ser homenajeado por los Yankees de Nueva York (su equipo favorito), formar parte de la Sociedad Estadounidense de Magos y, sobre todo, presentarse en congresos importantes de magia como Magifest en Estados Unidos. Pero lo que todos estos logros tienen en común es que ocurrieron después de que quedara ciego. Y Olmedini ha pensado mucho sobre esto. Yo pienso que el éxito que he tenido se lo atribuyo a la pérdida de mi vista, puesto que no hay mago en el mundo que haya perdido la vista y que esté en los escenarios. No hubiese saboreado la fama. Lisette Arévalo es productora de Radio Ambulante. Vive en Quito. Esta historia fue editada por Camila Segura y por mí. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri con música de Rémy Lozano. Andrea López Cruzado hizo el fact checking. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Gabriela Brenes, Jorge Caraballo, Victoria Estrada, Miranda Mazariegos, Patrick Moseley, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Luis Fernando Vargas. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, y se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Muy pronto lanzaremos nuestro nuevo podcast noticioso: El hilo. Vayan a elhilo.audio para enterarse de todas las novedades Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar y cuídense mucho.

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