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Radio Ambulante - El vidente

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15
30

En 1984, en la pequeña ciudad chilena de Villa Alemana, Miguel Ángel Poblete miró hacia el cielo y vio a la Virgen María. Esta es la peculiar historia de un despertar espiritual que cautivó al país entero. Después de la historia de Miguel Ángel Poblete, sigan escuchando para oír un fragmento de "Ruido", una novela de Álvaro Bisama donde retrata a su ciudad natal, Villa Alemana, durante la década de los 80s.

Planet
Money
tiene
un
nuevo
proyecto
y
le
han
puesto
el
nombre
AT
BOTUS.
Es
decir
arroba
B
O
T
U
S.
Nuestros
amigos
de
Planet
Money
siempre
tienen
ideas
interesantes.
En
este
caso,
se
trata
de
un
robot
que
vende
acciones
en
Wall
Street
en
respuesta
a
los
tweets
del
presidente
Trump.
Confieso
que
no
entiendo
nada
de
la
frase
que
acabo
de
decir.
Buena
razón
para
escuchar!
Aprende
sobre
este
mundo
secreto
de
algoritmos
y
fondos
de
Wall
Street
y
ventas
automáticas.
Aprendamos
juntos.
Sigue
el
proyecto
BOTUS
en
en
el
app
de
NPR
ONE
o
en
NPR.org/podcasts
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
La
semana
que
viene
es
Semana
Santa
y
en
nuestros
archivos
tenemos
una
historia
muy
apropiada
para
la
fecha.
Estamos
en
Chile,
en
los
años
80,
en
una
ciudad
llamada
Villa
Alemana.
En
esa
época
era
un
lugar
pequeño
de
unos
50
mil
habitantes
sin
mucho
que
hacer.
Los
adultos
se
iban
todos
los
días
a
trabajar
a
Viña
del
Mar
o
a
Valparaíso.
Y
la
ciudad
se
quedaba
prácticamente
vacía,
en
manos
de
los
jóvenes.
Uno
de
estos
jóvenes
era
Álvaro
Bisama.
Tenía
un
cine,
una
galería
en
forma
de
caracol,
unos
cuantos
bares,
un
par
de
pistas
de
patinaje
vacías,
se
podía
recorrer
la
distancia
de
la
ciudad
a
pie
o
en
bicicleta,
el
eje
de
la
ciudad
era
una
línea
del
tren…
Ahora
Álvaro
es
novelista
y
crítico,
vive
en
Santiago,
y
ha
escrito
muchísimo
sobre
su
ciudad
natal.
Según
él,
Villa
Alemana
tenía
su
encanto
No
fue
un
lugar
malo
para
crecer
porque
era
un
lugar
que
en
el
fondo
era
casi
como
un
campo
de
juego
gigante.
Y
en
medio
de
ese
campo
gigante,
al
pie
de
un
cerro,
vivía
Miguel
Ángel
Poblete,
que
se
convertiría
en
el
residente
más
conocido
de
la
ciudad.
Era
1983
y
tenía
17
años.
Era
un
chico
no
muy
alto,
moreno,
con
una
voz
muy
delgada,
muy
aguda,
que
había
pasado
su
vida
en
muchos
lugares
de
menores,
había
sido
abandonado
por
la
madre.
Era
como
una
de
estas
figura
medias
nómadas,
pérdidas,
que
andan
por
todos
lados.
Y
un
día
Miguel
Ángel
salió
con
sus
amigos
y
subieron
al
cerro.
Algunas
versiones
de
la
historia
dicen
que
aspiraron
pegamento,
que
se
drogaron,
pero
en
fin…
Lo
que
se
sabe
es
que
Miguel
Ángel
miró
al
cielo
y
en
ese
momento…
La
virgen
María
le
habló.
Miguel
Ángel
entró
en
trance.
Poco
después,
la
historia
llegó
a
los
oídos
de
un
sacerdote
local.
Él
se
interesó
en
el
vidente,
en
Miguel
Angel
y
su
milagro.
El
cura
le
ayudó
a
difundir
la
noticia.
Su
lógica
era
simple:
si
la
virgen
podía
aparecerse
en
Fátima,
en
Lourdes
y
en
otros
lugares,
¿por
qué
no
en
Villa
Alemana?…
Milagros
suceden
en
los
lugares
menos
esperados.
Poco
a
poco,
empezaron
a
llegar
los
creyentes.
Veinte
o
treinta
al
comienzo,
luego
cientos,
luego
miles,
luego
decenas
de
miles.
Delante
de
estas
multitudes,
Miguel
Ángel
llegaba
al
éxtasis,
y
los
fieles
le
pedían
que
hiciera
pruebas.
La
voz
le
cambiaba
y
en
el
fondo
hablaba
y
balbuceaba….
La
aparición
de
la
Virgen
ocurría,
sobre
todo,
los
fines
de
semana,
pues
era
más
conveniente
para
la
gente
que
trabajaba.
El
pueblo
se
llenaba
de
carteles
o
de
afiches
fotocopiados
donde
decía:
“12
de
la
mañana
a
tal
dia
la
virgen
aparece”.
Entonces
la
gente
subía
al
cerro
y
él
veía
la
virgen
y
hablaba
con
ella
y
ella
le
decía
cosas
y
él
las
transmitía.
Era
el
show
de
la
Virgen
María,
versión
Chile,
1983.
Y
la
estrella
era,
sin
duda,
Miguel
Ángel
Poblete,
el
vidente
de
Villa
Alemana.
Hizo
aparecer
una
caja
dorada
con
hostias.
Repartió
pétalos
que
eran
las
lágrimas
de
la
virgen.
Hizo
que
las
rosas
contenidas
en
un
recipiente
se
transformaran
en
una
sandalia
de
Jesucristo.
Le
pidió
a
la
gente
que
lo
siguiera,
que
mirara
al
sol,
que
se
reclinaran
al
suelo,
que
esperarán
el
fin
del
mundo.
Estampó
varias
veces
un
paño
con
la
imagen
de
Cristo
al
modo
de
la
Sábana
Santa
de
Turín.
Cantó
en
arameo,
yo
no
se
como
diablos
sabían
que
eso
era
arameo…pero
canto
en
arameo.
Pidió
que
lo
amarraran
en
una
cruz
y
murió
y
luego
resucitó.
Al
lado
de
él,
las
vírgenes
de
madera
o
yeso
lloraban
lágrimas
y
también
lloraban
sangre.
Levantó
a
un
hombre
de
120
kilos.
Aseguró
que
en
Rusia
explotaría
una
bomba
subterránea.
Hizo
aparecer
más
hostias.
La
iglesia
misma
estaba
escéptica.
Y
después
de
abrir
una
investigación
contra
Miguel
Ángel,
en
1984,
declararon
que
el
Vidente
era
una
farsa.
Aquí
el
vocero
del
obispado
de
Valparaíso
lee
su
declaración
ante
la
prensa:
“Prohibimos
a
todo
sacerdote
de
nuestra
diócesis
cualquier
acto
de
culto
en
ese
lugar…”
La
dictadura
de
Pinochet
terminaría
al
final
de
la
década,
pero
ya
se
sentía
el
cansancio,
hastío,
miedo
después
de
tantos
muertos,
tantos
torturados.
Mientras
tanto,
cada
sábado,
Miguel
Ángel
describía
un
apocalipsis
muy
de
la
época.
Tuvo
visiones…
o
más
bien
premoniciones:
terremotos,
guerras,
la
caída
de
la
Unión
Soviética,
una
bomba
en
el
Vaticano.
Se
declaraba
anticomunista,
antisocialista
y
hablaba
obsesivamente
de
una
posible
invasión
rusa.
Había
algo
hasta
desesperado
en
su
discurso.
Pero
esto
no
parecía
molestarle
a
los
feligreses,
que
seguían
llegando
a
Villa
Alemana,
al
cerro,
con
sus
peticiones
para
el
Vidente…
en
las
manos.
Esa
masa
era
una
masa
dócil,
no
era
una
masa
insurrecta,
era
una
masa
que
estaba
silenciosa
en
la
espera
y
atenta
de
lo
próximo
que
hiciera
el
vidente,
o
lo
próximo
que
le
dijera
la
virgen.
Y
de
repente
esto
abre
la
puerta
y
cede
a
un
país
que
es
mucho
más
irracional,
que
es
mucho
más
complejo,
que
es
mucho
más
profundo,
que
es
mucho
más
terrible
,
que
es
el
país
al
fondo
que
el
Chile
no
quiere
ver.
¿Pero
cómo
se
explican
las
visiones
que
tuvo
Miguel
Angel?
¿Y
cuál
era
la
relación
entre
la
Virgen
de
Villa
Alemana
y
el
régimen
de
Pinochet?
Nadie
sabe
exactamente,
pero
hay
teorías.
Por
ejemplo
esta:
Al
lado
de
Villa
Alemana
había
una
localidad
que
se
llamaba
el
Belloto
donde
había
una
base
aérea
de
la
marina
chilena,
la
armada.
Entonces
mucha
gente
decía
que
en
las
mañanas
o
los
días
de
los
milagros
de
esa
base
aérea
salían
aviones
o
avionetas
que
tiraban
polvos
químicos
sobre
las
nubes.
Y
según
esta
teoría,
estos
polvos
provocaban
visiones
-alucinaciones
colectivas.
Los
que
defienden
al
gobierno
de
Pinochet
siempre
lo
han
negado.
Entre
la
primera
visión
mariana
y
la
última
pasaron
poco
más
de
cinco
años.
Unas
500
visiones
en
total.
Pero
en
los
últimos
meses,
ya
no
llegaban
miles,
sino
cientos
de
feligreses,
y
luego,
de
pronto,
todo
terminó.
Un
día
de
1988,
Miguel
Ángel
tuvo
su
última
visión.
Pero
viviría
una
transformación
más…
Se
cambiaría
de
nombre
y
de
género.
Comenzó
a
vestirse
de
mujer,
y
decía
ser
la
última
heredera
de
la
dinastía
Rusa.
Se
hacía
llamar
Karole
Romanoff.
Un
personaje
inventado.
Para
ese
entonces,
Álvaro
ya
era
un
adolescente.
Había
crecido
con
el
espectáculo
del
vidente,
con
Miguel
Ángel,
el
ícono…
y
se
acuerda
de
la
primera
vez
que
lo
vió
en
carne
y
hueso.
Solo,
sin
sus
creyentes,
sin
las
cámaras…
Quizá
por
eso,
no
lo
reconoció.
Fue
una
noche
en
el
centro,
saliendo
del
cine
con
unos
amigos.
Nosotros
estamos
acostumbrados
a
ver
a
Miguel
Ángel
siempre
en
éxtasis,
o
camino
al
éxtasis,
o
volviendo
del
éxtasis.
Siempre
era
una
imagen
donde
tenía
la
cara
tensa,
los
ojos
mirando
al
cielo,
la
cabeza
levemente
levantada,
la
mandíbula
hacia
adelante,
en
la
posición
que
siempre
era
tensa,
que
nunca
podría
imaginar
nada
que
fuera
algo
parecido
a
la
paz,
nunca
vimos
a
Miguel
Ángel
en
una
situación,
como
decíamos
hace
un
rato,
como
civil.
Y
luego,
desapareció
de
vista.
La
dictadura
se
cayó
y
Chile
se
olvidó
de
su
vidente.
Karole
reaparecía
de
vez
en
cuando,
mencionada
en
los
medios,
como
una
anécdota
folklórica
de
aquellos
tiempos.
Engordó.
Se
alcoholizó.
Envejeció
rodeada
de
una
docena
de
sus
creyentes
más
fieles.
Mujeres
que
la
cuidaban,
que
la
mantenían.
En
septiembre
del
2008
sufrió
una
hemorragia
digestiva.
Pocos
días
después,
en
una
clínica
de
Villa
Alemana,
no
tan
lejos
del
cerro
donde
se
hizo
famosa,
falleció.
Pero
según
Alvaro,
ahí
no
termina
la
historia.
Quizá
Miguel
Ángel
Poblete
se
lo
inventó
todo,
con
o
sin
la
ayuda
del
régimen
militar,
pero
sin
duda,
tuvo
un
impacto.
Cambió
vidas:
la
suya,
y
las
de
miles
de
sus
seguidores
–la
de
todo
un
país.
Y
años
después,
aunque
la
gente
quiera
olvidarlo,
aún
se
nota.
El
cerro
está
intacto,
sigue
siendo
santuario,
sigue
estando
muy
bien
cuidado,
etc.
A
veces
mi
madre
me
cuenta,
o
mi
padre
me
cuenta,
que
al
tren
que
va
de
Villa
Alemana
a
Valparaíso
sube
una
señora
con
un
pelo
púrpura
a
hablar
del
vidente.
Cuando
tu
pasas
por
el
centro
a
veces
los
sábados
puedes
ver
a
mujeres
con
pelos
blancos,
señoras
con
pelos
blancos
que
sabes
que
van
a
subir
al
cerro.
Una
pausa
y
volvemos.
Existen
miles
de
podcasts….
Aunque
bueno,
relativamente
pocos
en
español…
De
todas
maneras,
a
veces
es
difícil
saber
cuáles
valen
la
pena.
La
emisora
WAMU
junto
con
NPR
tiene
la
solución.
Es
un
programa
que
se
llama
The
Big
Listen
con
Lauren
Ober.
Cada
semana
te
presentan
podcasts
nuevos
que
quizás
no
conocías,
y
te
da
todos
los
detalles
sobre
los
shows
que
ya
escuchas,
podcasts
como
el
nuestro…
Busca
The
Big
Listen
en
el
app
NPR
ONE,
o
en
NPR.org/podcasts
Antes
de
la
pausa
escuchamos
la
historia
de
Miguel
Ángel
Poblete,
conocido
como
el
vidente
de
Villa
Alemana.
Su
historia
es
parte
de
la
novela
“Ruido”
de
Álvaro
Bisama.
Y
queremos
compartir
un
fragmento
con
ustedes.
Aquí
Álvaro:
“¿Cómo
crecimos?
Crecimos
con
el
sonido
de
la
voz
de
nuestros
padres,
viniendo
de
lejos,
convertida
en
un
murmullo
sin
sentido
que
nos
quemaba
los
oídos.
Crecimos
con
la
sensación
de
que
había
un
mundo
ahí
afuera
que
se
estrellaba
con
el
nuestro.
Crecimos
con
el
eco
de
la
guerra
sucia.
Crecimos
con
la
voz
baja
de
quien
habla
de
muertos.
Crecimos
con
el
sonido
de
la
radio
de
fondo:
de
cómo
las
canciones
de
amor
se
intercalaban
con
las
bombas,
relato
de
los
fosos
abiertos,
donde
los
pelos
se
habían
pegado
a
los
huesos
y
la
piel
se
había
retirado
de
los
labios,
y
todas
las
bocas
estaban
abiertas
en
esa
oscuridad
húmeda.
Crecimos
con
dibujos
animados
encendidos
siempre,
en
la
espera
idiota
de
que
terminaran
todos
esos
programas
evangélicos
de
la
mañana.
Crecimos
con
un
tren
que
pasaba
a
la
hora
para
ir
al
puerto.
Crecimos
con
los
cerros
incendiados
de
esos
veranos
tórridos
y
la
escarcha
delgada
del
invierno
que
el
adobe
de
nuestras
casas
trataba
de
tapar.
Crecimos
levantándonos
en
la
madrugada
para
subir
al
cerro
a
pie
con
nuestras
madres
y
abuelas.
Crecimos
entre
laminitas
de
álbumes
de
robots
asesinos.
Crecimos
con
más
álbumes,
pero
de
héroes
de
guerras
pasadas.
Más:
Crecimos
en
el
polvo
de
los
patios
de
las
escuelas
municipales.
Crecimos
con
las
llamadas
a
larga
distancia
de
los
amigos
de
nuestros
padres
que
estaban
en
el
exilio,
con
esos
llamados
de
madrugada
donde
alguien
sostenía
desde
Alemania
o
Bélgica
una
palanca
o
un
fierro
o
una
moneda
trucada
en
una
cabina
en
una
calle
cercana
a
la
Alexanderplatz
mientras
se
escuchaban
voces
en
acentos
desconocidos
detrás
de
otra
voz,
la
de
los
tíos
o
los
hermanos
de
sangre
de
nuestros
padres,
y
esa
era
la
voz
de
alguien
que
no
nos
conocía
pero
que
nos
hablaba
con
familiaridad
desde
el
retraso
de
los
segundos
que
demoraba
en
cruzar
los
cables
varios
continentes.
Crecimos
con
eso,
con
los
segundos
en
que
nuestros
padres
hablaban
con
sus
amigos
y
trataban
de
recuperar
la
cotidianidad
que
habían
borrado
los
fusiles
y
los
corvos,
como
si
Europa
o
México
quedarán
en
la
otra
esquina
de
la
cuadra.
Crecimos;
casi
siempre
quisimos
que
las
bombas
estallaran
acá,
en
el
centro
del
pueblo,
y
el
estruendo,
de
ser
posible,
nos
dejara
sordos
para
siempre.
Nos
volvimos
fanáticos
del
rock.
Empezamos
a
beber
en
la
calle.
Conquistamos
el
centro,
que
era
una
versión
en
miniatura
del
mundo.
Nuestros
padres
no
sabían
qué
hacer
con
nosotros.
Algunos
dejamos
de
cortarnos
el
pelo.
Algunos
nos
rapamos
las
sienes.
Algunos
nos
dibujamos
imágenes
obscenas
en
las
poleras.
Algunos
quemamos
cabezas
de
chancho
en
los
potreros
e
invocamos
al
diablo.
Fuimos
a
recitales
de
rock
satánico
en
gimnasios
y
canchas,
en
centros
vecinales
decorados
con
guirnaldas
que
servían
para
bautizos
y
matrimonios.
Dibujamos
calaveras
en
nuestros
cuadernos
de
colegio.
Nos
vestimos
con
ropa
usada
y
botas
de
seguridad
de
punta
de
fierro.
Llenamos
nuestras
chaquetas
con
parches.
Empezamos
a
creer
en
el
diablo
o
en
la
nada,
en
las
plegarias
sobre
el
apocalipsis
de
las
canciones
de
las
bandas
de
death
metal,
en
la
idea
de
que
el
mundo
está
regulado
por
el
azar,
de
que
el
futuro
no
existe.
Algunos
escapamos
de
ahí.
Nos
fuimos.
El
pasado
no
nos
interesaba.
El
presente
era
nuestro.
El
pueblo
nos
asfixiaba,
pero
era
lo
único
que
teníamos,
la
geografía
del
valle
como
un
mapa
de
nuestros
afectos,
como
las
coordenadas
de
nuestro
corazón.
Algunos
aprendieron
a
tocar
instrumentos
y
fundaron
bandas.
Algunos
se
pusieron
a
coleccionar
discos.
Construimos
una
mitología
ahí,
con
esos
pedazos,
con
ese
sonido.
Nos
volvimos
eruditos
en
reggae,
en
ska,
en
dub.
Nos
pintamos
calaveras
bailando
en
las
poleras.
No
eran
calaveras
mexicanas.
Todos
los
días
era
nuestro
día
de
muertos.
Faltaban
años
para
el
futuro.
Nuestras
novias
y
novios
nos
seguían
la
corriente.
Teníamos
peleas
de
pareja
en
la
calle,
de
madrugada.
Nos
agarrábamos
a
gritos
o
teníamos
sexo
de
pie,
en
la
pared
de
esas
viejas
casas
del
barrio
norte
que
parecían
venir
de
un
pasado
colonial
que
nunca
existió.
Era
un
momento
extraño:
en
cada
esquina
se
ensayaba
una
versión
del
futuro.
Vivimos
ahí;
dentro
del
ruido.
Nos
pareció
natural.
Álvaro
Bisama
es
escritor.
Su
novela
más
reciente
se
llama
El
Brujo.
Vive
en
Santiago.
Esta
historia
fue
producida
por
Nancy
Lopez
y
por
mí.
La
mezcla
y
diseño
de
sonido
es
de
Martina
Castro
y
Andrés
Aspiri.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Camila
Segura,
Silvia
Viñas,
Luis
Trelles,
Elsa
Liliana
Ulloa,
Barbara
Sawhill,
Caro
Rolando,
Melissa
Montalvo,
Désirée
Bayonet,
Ryan
Sweikert,
Luis
Fernando
Vargas,
David
Trujillo,
y
Andrea
Betanzos.
Maytik
Avirama
es
nuestra
pasante
editorial.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
La
semana
que
viene
vamos
a
hacer
una
pequeña
pausa,
una
semana
no
más.
Volvemos
el
18
de
abril
con
una
historia
en
dos
partes
desde
Colombia.
Estén
atentos.
No
se
la
van
a
querer
perder.
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Radio
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historias
de
América
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Soy
Daniel
Alarcón.
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Planet Money tiene un nuevo proyecto y le han puesto el nombre AT BOTUS. Es decir arroba B O T U S. Nuestros amigos de Planet Money siempre tienen ideas interesantes. En este caso, se trata de un robot que vende acciones en Wall Street en respuesta a los tweets del presidente Trump. Confieso que no entiendo nada de la frase que acabo de decir. Buena razón para escuchar! Aprende sobre este mundo secreto de algoritmos y fondos de Wall Street y ventas automáticas. Aprendamos juntos. Sigue el proyecto BOTUS en en el app de NPR ONE o en NPR.org/podcasts Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. La semana que viene es Semana Santa y en nuestros archivos tenemos una historia muy apropiada para la fecha. Estamos en Chile, en los años 80, en una ciudad llamada Villa Alemana. En esa época era un lugar pequeño de unos 50 mil habitantes sin mucho que hacer. Los adultos se iban todos los días a trabajar a Viña del Mar o a Valparaíso. Y la ciudad se quedaba prácticamente vacía, en manos de los jóvenes. Uno de estos jóvenes era Álvaro Bisama. Tenía un cine, una galería en forma de caracol, unos cuantos bares, un par de pistas de patinaje vacías, se podía recorrer la distancia de la ciudad a pie o en bicicleta, el eje de la ciudad era una línea del tren… Ahora Álvaro es novelista y crítico, vive en Santiago, y ha escrito muchísimo sobre su ciudad natal. Según él, Villa Alemana tenía su encanto No fue un lugar malo para crecer porque era un lugar que en el fondo era casi como un campo de juego gigante. Y en medio de ese campo gigante, al pie de un cerro, vivía Miguel Ángel Poblete, que se convertiría en el residente más conocido de la ciudad. Era 1983 y tenía 17 años. Era un chico no muy alto, moreno, con una voz muy delgada, muy aguda, que había pasado su vida en muchos lugares de menores, había sido abandonado por la madre. Era como una de estas figura medias nómadas, pérdidas, que andan por todos lados. Y un día Miguel Ángel salió con sus amigos y subieron al cerro. Algunas versiones de la historia dicen que aspiraron pegamento, que se drogaron, pero en fin… Lo que se sabe es que Miguel Ángel miró al cielo y en ese momento… La virgen María le habló. Miguel Ángel entró en trance. Poco después, la historia llegó a los oídos de un sacerdote local. Él se interesó en el vidente, en Miguel Angel y su milagro. El cura le ayudó a difundir la noticia. Su lógica era simple: si la virgen podía aparecerse en Fátima, en Lourdes y en otros lugares, ¿por qué no en Villa Alemana?… Milagros suceden en los lugares menos esperados. Poco a poco, empezaron a llegar los creyentes. Veinte o treinta al comienzo, luego cientos, luego miles, luego decenas de miles. Delante de estas multitudes, Miguel Ángel llegaba al éxtasis, y los fieles le pedían que hiciera pruebas. La voz le cambiaba y en el fondo hablaba y balbuceaba…. La aparición de la Virgen ocurría, sobre todo, los fines de semana, pues era más conveniente para la gente que trabajaba. El pueblo se llenaba de carteles o de afiches fotocopiados donde decía: “12 de la mañana a tal dia la virgen aparece”. Entonces la gente subía al cerro y él veía la virgen y hablaba con ella y ella le decía cosas y él las transmitía. Era el show de la Virgen María, versión Chile, 1983. Y la estrella era, sin duda, Miguel Ángel Poblete, el vidente de Villa Alemana. Hizo aparecer una caja dorada con hostias. Repartió pétalos que eran las lágrimas de la virgen. Hizo que las rosas contenidas en un recipiente se transformaran en una sandalia de Jesucristo. Le pidió a la gente que lo siguiera, que mirara al sol, que se reclinaran al suelo, que esperarán el fin del mundo. Estampó varias veces un paño con la imagen de Cristo al modo de la Sábana Santa de Turín. Cantó en arameo, yo no se como diablos sabían que eso era arameo…pero canto en arameo. Pidió que lo amarraran en una cruz y murió y luego resucitó. Al lado de él, las vírgenes de madera o yeso lloraban lágrimas y también lloraban sangre. Levantó a un hombre de 120 kilos. Aseguró que en Rusia explotaría una bomba subterránea. Hizo aparecer más hostias. La iglesia misma estaba escéptica. Y después de abrir una investigación contra Miguel Ángel, en 1984, declararon que el Vidente era una farsa. Aquí el vocero del obispado de Valparaíso lee su declaración ante la prensa: “Prohibimos a todo sacerdote de nuestra diócesis cualquier acto de culto en ese lugar…” La dictadura de Pinochet terminaría al final de la década, pero ya se sentía el cansancio, hastío, miedo después de tantos muertos, tantos torturados. Mientras tanto, cada sábado, Miguel Ángel describía un apocalipsis muy de la época. Tuvo visiones… o más bien premoniciones: terremotos, guerras, la caída de la Unión Soviética, una bomba en el Vaticano. Se declaraba anticomunista, antisocialista y hablaba obsesivamente de una posible invasión rusa. Había algo hasta desesperado en su discurso. Pero esto no parecía molestarle a los feligreses, que seguían llegando a Villa Alemana, al cerro, con sus peticiones para el Vidente… en las manos. Esa masa era una masa dócil, no era una masa insurrecta, era una masa que estaba silenciosa en la espera y atenta de lo próximo que hiciera el vidente, o lo próximo que le dijera la virgen. Y de repente esto abre la puerta y cede a un país que es mucho más irracional, que es mucho más complejo, que es mucho más profundo, que es mucho más terrible , que es el país al fondo que el Chile no quiere ver. ¿Pero cómo se explican las visiones que tuvo Miguel Angel? ¿Y cuál era la relación entre la Virgen de Villa Alemana y el régimen de Pinochet? Nadie sabe exactamente, pero hay teorías. Por ejemplo esta: Al lado de Villa Alemana había una localidad que se llamaba el Belloto donde había una base aérea de la marina chilena, la armada. Entonces mucha gente decía que en las mañanas o los días de los milagros de esa base aérea salían aviones o avionetas que tiraban polvos químicos sobre las nubes. Y según esta teoría, estos polvos provocaban visiones -alucinaciones colectivas. Los que defienden al gobierno de Pinochet siempre lo han negado. Entre la primera visión mariana y la última pasaron poco más de cinco años. Unas 500 visiones en total. Pero en los últimos meses, ya no llegaban miles, sino cientos de feligreses, y luego, de pronto, todo terminó. Un día de 1988, Miguel Ángel tuvo su última visión. Pero viviría una transformación más… Se cambiaría de nombre y de género. Comenzó a vestirse de mujer, y decía ser la última heredera de la dinastía Rusa. Se hacía llamar Karole Romanoff. Un personaje inventado. Para ese entonces, Álvaro ya era un adolescente. Había crecido con el espectáculo del vidente, con Miguel Ángel, el ícono… y se acuerda de la primera vez que lo vió en carne y hueso. Solo, sin sus creyentes, sin las cámaras… Quizá por eso, no lo reconoció. Fue una noche en el centro, saliendo del cine con unos amigos. Nosotros estamos acostumbrados a ver a Miguel Ángel siempre en éxtasis, o camino al éxtasis, o volviendo del éxtasis. Siempre era una imagen donde tenía la cara tensa, los ojos mirando al cielo, la cabeza levemente levantada, la mandíbula hacia adelante, en la posición que siempre era tensa, que nunca podría imaginar nada que fuera algo parecido a la paz, nunca vimos a Miguel Ángel en una situación, como decíamos hace un rato, como civil. Y luego, desapareció de vista. La dictadura se cayó y Chile se olvidó de su vidente. Karole reaparecía de vez en cuando, mencionada en los medios, como una anécdota folklórica de aquellos tiempos. Engordó. Se alcoholizó. Envejeció rodeada de una docena de sus creyentes más fieles. Mujeres que la cuidaban, que la mantenían. En septiembre del 2008 sufrió una hemorragia digestiva. Pocos días después, en una clínica de Villa Alemana, no tan lejos del cerro donde se hizo famosa, falleció. Pero según Alvaro, ahí no termina la historia. Quizá Miguel Ángel Poblete se lo inventó todo, con o sin la ayuda del régimen militar, pero sin duda, tuvo un impacto. Cambió vidas: la suya, y las de miles de sus seguidores –la de todo un país. Y años después, aunque la gente quiera olvidarlo, aún se nota. El cerro está intacto, sigue siendo santuario, sigue estando muy bien cuidado, etc. A veces mi madre me cuenta, o mi padre me cuenta, que al tren que va de Villa Alemana a Valparaíso sube una señora con un pelo púrpura a hablar del vidente. Cuando tu pasas por el centro a veces los sábados puedes ver a mujeres con pelos blancos, señoras con pelos blancos que sabes que van a subir al cerro. Una pausa y volvemos. — Existen miles de podcasts…. Aunque bueno, relativamente pocos en español… De todas maneras, a veces es difícil saber cuáles valen la pena. La emisora WAMU junto con NPR tiene la solución. Es un programa que se llama The Big Listen con Lauren Ober. Cada semana te presentan podcasts nuevos que quizás no conocías, y te da todos los detalles sobre los shows que ya escuchas, podcasts como el nuestro… Busca The Big Listen en el app NPR ONE, o en NPR.org/podcasts — Antes de la pausa escuchamos la historia de Miguel Ángel Poblete, conocido como el vidente de Villa Alemana. Su historia es parte de la novela “Ruido” de Álvaro Bisama. Y queremos compartir un fragmento con ustedes. Aquí Álvaro: “¿Cómo crecimos? Crecimos con el sonido de la voz de nuestros padres, viniendo de lejos, convertida en un murmullo sin sentido que nos quemaba los oídos. Crecimos con la sensación de que había un mundo ahí afuera que se estrellaba con el nuestro. Crecimos con el eco de la guerra sucia. Crecimos con la voz baja de quien habla de muertos. Crecimos con el sonido de la radio de fondo: de cómo las canciones de amor se intercalaban con las bombas, relato de los fosos abiertos, donde los pelos se habían pegado a los huesos y la piel se había retirado de los labios, y todas las bocas estaban abiertas en esa oscuridad húmeda. Crecimos con dibujos animados encendidos siempre, en la espera idiota de que terminaran todos esos programas evangélicos de la mañana. Crecimos con un tren que pasaba a la hora para ir al puerto. Crecimos con los cerros incendiados de esos veranos tórridos y la escarcha delgada del invierno que el adobe de nuestras casas trataba de tapar. Crecimos levantándonos en la madrugada para subir al cerro a pie con nuestras madres y abuelas. Crecimos entre laminitas de álbumes de robots asesinos. Crecimos con más álbumes, pero de héroes de guerras pasadas. Más: Crecimos en el polvo de los patios de las escuelas municipales. Crecimos con las llamadas a larga distancia de los amigos de nuestros padres que estaban en el exilio, con esos llamados de madrugada donde alguien sostenía desde Alemania o Bélgica una palanca o un fierro o una moneda trucada en una cabina en una calle cercana a la Alexanderplatz mientras se escuchaban voces en acentos desconocidos detrás de otra voz, la de los tíos o los hermanos de sangre de nuestros padres, y esa era la voz de alguien que no nos conocía pero que nos hablaba con familiaridad desde el retraso de los segundos que demoraba en cruzar los cables varios continentes. Crecimos con eso, con los segundos en que nuestros padres hablaban con sus amigos y trataban de recuperar la cotidianidad que habían borrado los fusiles y los corvos, como si Europa o México quedarán en la otra esquina de la cuadra. Crecimos; casi siempre quisimos que las bombas estallaran acá, en el centro del pueblo, y el estruendo, de ser posible, nos dejara sordos para siempre. Nos volvimos fanáticos del rock. Empezamos a beber en la calle. Conquistamos el centro, que era una versión en miniatura del mundo. Nuestros padres no sabían qué hacer con nosotros. Algunos dejamos de cortarnos el pelo. Algunos nos rapamos las sienes. Algunos nos dibujamos imágenes obscenas en las poleras. Algunos quemamos cabezas de chancho en los potreros e invocamos al diablo. Fuimos a recitales de rock satánico en gimnasios y canchas, en centros vecinales decorados con guirnaldas que servían para bautizos y matrimonios. Dibujamos calaveras en nuestros cuadernos de colegio. Nos vestimos con ropa usada y botas de seguridad de punta de fierro. Llenamos nuestras chaquetas con parches. Empezamos a creer en el diablo o en la nada, en las plegarias sobre el apocalipsis de las canciones de las bandas de death metal, en la idea de que el mundo está regulado por el azar, de que el futuro no existe. Algunos escapamos de ahí. Nos fuimos. El pasado no nos interesaba. El presente era nuestro. El pueblo nos asfixiaba, pero era lo único que teníamos, la geografía del valle como un mapa de nuestros afectos, como las coordenadas de nuestro corazón. Algunos aprendieron a tocar instrumentos y fundaron bandas. Algunos se pusieron a coleccionar discos. Construimos una mitología ahí, con esos pedazos, con ese sonido. Nos volvimos eruditos en reggae, en ska, en dub. Nos pintamos calaveras bailando en las poleras. No eran calaveras mexicanas. Todos los días era nuestro día de muertos. Faltaban años para el futuro. Nuestras novias y novios nos seguían la corriente. Teníamos peleas de pareja en la calle, de madrugada. Nos agarrábamos a gritos o teníamos sexo de pie, en la pared de esas viejas casas del barrio norte que parecían venir de un pasado colonial que nunca existió. Era un momento extraño: en cada esquina se ensayaba una versión del futuro. Vivimos ahí; dentro del ruido. Nos pareció natural. Álvaro Bisama es escritor. Su novela más reciente se llama El Brujo. Vive en Santiago. Esta historia fue producida por Nancy Lopez y por mí. La mezcla y diseño de sonido es de Martina Castro y Andrés Aspiri. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Camila Segura, Silvia Viñas, Luis Trelles, Elsa Liliana Ulloa, Barbara Sawhill, Caro Rolando, Melissa Montalvo, Désirée Bayonet, Ryan Sweikert, Luis Fernando Vargas, David Trujillo, y Andrea Betanzos. Maytik Avirama es nuestra pasante editorial. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. La semana que viene vamos a hacer una pequeña pausa, una semana no más. Volvemos el 18 de abril con una historia en dos partes desde Colombia. Estén atentos. No se la van a querer perder. Conoce más sobre Radio Ambulante y sobre esta historia en nuestra página web: radioambulante.org. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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