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Radio Ambulante - Hombre de barro

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Las líneas difusas entre lo original y lo falso.

Brígido Lara es un artesano mexicano que durante décadas creó cientos de figuras de barro inspiradas en las culturas mesoamericanas del Golfo de México. Su talento le trajo dinero y fama, pero también consecuencias que lo forzaron a elegir si quería usar su don para bien o para mal. Sus huellas van desde los años 50 hasta el presente a lo largo de México, Estados Unidos y –quizás– Chile.

En nuestro sitio web puedes encontrar una transcripción del episodio.

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Esto
es
Radio
Ambulante
desde
NPR,
soy
Daniel
Alarcón.
Estamos
a
mediados
de
1974
en
el
puerto
de
Veracruz,
en
México.
Hace
un
calor
sofocante
en
el
penal
Allende,
una
cárcel
vieja,
venida
a
menos.No
es
un
lugar
encantador,
precisamente.
Es
un
lugar
eh,
donde
están
pues
los
policías,
hay
gente
entrando
y
saliendo,
ruido.
Él
es
el
arqueólogo
Mario
Navarrete.
Acaba
de
viajar
desde
Xalapa,
la
capital
del
estado,
a
dos
horas
de
distancia.
Cuando
entra
en
el
penal,
un
hombre
lo
conduce
a
una
habitación.
Y
Mario
ve
la
razón
que
lo
ha
traído
hasta
ahí:
una
caja
sucia
de
cartón,
y
adentro,
un
montón
de
pedazos
de
barro.
:
Las
piezas
arqueológicas
a
las
que
uno
les
tiene
tanto
respeto
y,
este,
las
toca
con
guantes
y
esas
cosas
están
tiradas
allí
en
una
caja
de
cartón
ahí,
y
tienen
encima
basura
que
alguien
creyó
que
era
basurero
y
le
echó
ahí
una
botella
de
refresco.
Entonces
causa
de
momento
confusión
y
causa
de
momento:
“Bueno,
¿qué
es
esto?”
Lo
que
está
viendo
tiene
un
nombre:
tepalcates.
Una
palabra
mexicana
de
origen
náhuatl
que
significa
justo
eso:
pedazos
de
barro.
Mario
comienza
a
observarlos.
Algunos
de
los
fragmentos
tienen
un
color
natural. Ese
color
cafecito.
Yo
soy
de
barro.
Así,
medio
quemado,
chamuscado.
Otros
tienen
un
color
rosado,
otros
están
pintados
con
cal.
Mario
intenta
poner
en
orden
lo
que
ve.
Para
eso
está
en
el
penal.
Como
perito
arqueológico,
para
dar
su
opinión
de
experto.
La
procuraduría
de
justicia
sospecha
que
esos
pedazos
de
barro
son
fragmentos
de
varias
figuras
prehispánicas
y
ha
detenido
a
un
hombre
acusado
de
traficarlos.
Este
es
un
delito
federal
castigado
hasta
con
diez
años
de
cárcel.
Así
era
en
los
años
70,
y
lo
es
hasta
el
día
de
hoy.
Lo
que
Mario
debe
hacer
entonces
es
dar
su
veredicto.
Es
decir,
estas
piezas
que
ve
¿son
los
restos
de
figuras
hechas
hace
siglos?
¿O
son
puros
pedazos
de
artesanías
contemporáneas?
Puede
sonar
fácil,
pero
no
lo
es,
porque
en
México,
un
país
rico
en
arqueología,
abundan
los
saqueadores,
traficantes
y
falsificadores
de
piezas
antiguas.
Gente
muy
habilidosa
capaz
de
desbaratar
el
patrimonio
del
país
y
también
de
sembrar
caos
en
museos
como
en
el
que
Mario
trabaja,
el
Museo
de
Antropología
de
Xalapa,
también
conocido
como
el
MAX. Un
museo
de
antropología
como
el
de
Xalapa
tiene
entre
su
personal,
pues
arqueólogos
que
se
supone
son
capaces
de
identificar
piezas
falsas
y
piezas
originales.
El
problema
es
que
es
muy
difícil
determinar
con
absoluta
certeza
qué
tan
antigua
es
una
pieza
de
cerámica.
Existen
varios
métodos
científicos,
desde
la
termoluminiscencia
hasta
el
radiocarbono,
pero
ninguno
100%
infalible. Lo
que
pasa
es
que
la
arqueología
no
es
una
ciencia
exacta.
Distinguir
a
simple
vista
entre
una
pieza
original
y
una
hecha
por
un
falsificador
talentoso
se
aprende
con
la
práctica.
Ni
siquiera
consiste
en
un
trabajo
visual,
sino
táctil,
donde
uno
pasa
horas
y
horas
con
figuras
en
las
manos,
así
como
Mario
lo
ha
hecho
hasta
entonces,
durante
casi
10
años,
en
la
bodega
del
MAX.
Allí,
en
silencio,
con
los
ojos
cerrados,
muchas
veces,
ha
percibido
sus
texturas
y
sus
formas
entre
los
dedos.
Es
una
tarea
casi
espiritual.
No
te
imaginas
la
emoción
de
tocar
piezas
originales.
Con
tu
mano
desnuda,
¿sí?
Y
sentirla
y
sentir
aquella
textura
que
es
arenosa,
que
es
lisa,
que
está
pintada.
Siente
uno
la
belleza
del
rasgo
humano.
Una
mejilla,
un
ojo,
una
oreja,
un
cuello,
un
adorno,
un
tocado,
unas
escamas,
unos
colmillos.
Y
con
la
misma
disposición
que
ha
tenido
con
los
tesoros
del
museo,
Mario
examina
ahora
las
piezas
que
se
encuentran
en
el
penal
Allende.Tú
las
tocas
ahí,
está
entrando
la
gente
y
gritando
y
todo.
Y
te
abstraes
por
un
momento
y
dices:
“No
estoy
en
el
Ministerio
Público,
no
estoy
en
un
calabozo,
no
estoy
en
nada.
Estoy
en
un
viaje
a
un
pasado
en
donde
hubo
arte.”
Mientras
toca
esos
tepalcates,
nota
que
unos
se
sienten
viejos,
arenosos.
Quizás
son
originales.
Pero
otras
partes…
Parecen
nuevas…
¿Cómo
está
esto?
Mario
sospecha
que
alguien
ha
querido
reconstruir
varias
figuras
prehispánicas
originales
con
estos
pedazos
de
barro,
reemplazando
los
faltantes
con
nuevos.
Es
como
si
frente
a
él
hubiera
partes
revueltas
de
distintos
rompecabezas,
con
el
detalle
de
que
unas
parecen
ser
de
hace
más
de
mil
años,
y
otras
de
las
últimas
décadas.
O
sea,
un
caos.
Mario
quiere
expresar
sus
dudas.
Pero
en
el
penal
Allende
los
peritos
no
están
para
eso.No
puede
uno
explayarse
hablando
como
si
fuera
una
cosa
técnica.
Simplemente,
es
decir
o
no.
No
hay
medias
tintas.
Solo
debe
responder
esta
pregunta:
¿Las
piezas
son
originales,
o
sea,
prehispánicas?
Si
dice
“sí,
son
originales”,
pertenecen
al
patrimonio
arqueológico
de
México
y
el
hombre
acusado
podría
ser
condenado
a
hasta
diez
años
de
cárcel.
Si
dice
“no,
no
son
originales”,
las
piezas
se
convertirán
en
los
restos
de
meras
artesanías
contemporáneas
y
el
hombre
será
liberado.
Mario
toma
una
decisión:“Sí,
son
originales.”
Y
ya.
El
hombre
es
culpable.
Mario
regresa
a
Xalapa
sin
pensar
más
en
el
asunto.
Ha
cumplido
con
su
trabajo.
Pero
a
los
pocos
días
recibe
una
carta
con
una
fotografía.
Brígido
Lara,
el
acusado,
tiene
evidencia
de
que
es
inocente.
Una
pausa
y
volvemos.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
El
periodista
Paul
Antoine
Matos
y
nuestro
productor
Pablo
Argüelles
viajaron
desde
la
Ciudad
de
México
a
Xalapa
para
reportear
esta
historia.
Paul
nos
sigue
contando.Fuimos
a
Xalapa
porque
queríamos
conocer
a
Brígido
Lara,
el
hombre
acusado
de
tráfico
de
piezas
arqueológicas
en
1974.¿Cómo
estamos?Mucho
gusto,
Brígido,
¿cómo
está?El
gusto
es
mío.
Bien,
bien. Hola,
Don
Brígido,
¿cómo
está? Bien,
bien,
pues
aquí.
Nos
encontramos
con
él
una
mañana
nublada
de
mayo
de
este
año,
2023,
en
el
norte
de
la
ciudad.
Hoy
Brígido
tiene
82
años
y
a
veces
le
tiembla
un
poco
la
voz.
Pero
desde
el
comienzo
se
mostró
muy
confiado
y
desenvuelto
con
nosotros.
Nos
pareció
evidente
que
había
contado
su
historia
muchas
veces
y
que
estaba
acostumbrado
a
ser
entrevistado.
Cuando
nos
sentamos
a
platicar,
lo
primero
que
hizo
fue
mostrarnos
un
gran
álbum
en
el
que
a
lo
largo
de
los
años
ha
guardado
notas
de
prensa.
Todas
sobre
él. Aquí
tengo
varios
periódicos.
Unos
buenos
y
otros
malos
porque
también
me
han
atacado
mucho.¿Pues
podemos
revisarlos
en
un
rato?
Si
quiere…Antes
de
contarnos
sobre
cómo
llegó
a
la
cárcel
y
sobre
la
fotografía
que
le
envió
al
perito
arqueólogo
Mario
Navarrete,
Brígido
nos
habló
de
su
infancia
en
un
rancho
de
La
Mixtequilla,
una
región
en
el
estado
de
Veracruz,
muy
cerca
del
Golfo
de
México.
Ahí
en
esa
región
se
pueden
encontrar
vestigios
de
diferentes
tipos
de,
sea
vasijas,
sea
cajetes,
un
plato
o
un
fragmento
de
una
figurilla,
sea
de
un
ser
humano,
como
de
un
ave
o
como
de
un
insecto. Restos
de
cerámica
de
dos
civilizaciones
precolombinas:
la
olmeca
y
la
totonaca.
En
los
años
40,
cuando
Brígido
era
un
niño
y
se
encontraba
esos
fragmentos,
quedaba
muy
impresionado.
Pero
sobre
sus
creadores
–la
gente
de
aquellas
culturas–
se
sabía
muy
poco.
Todo
el
mundo
llamaba
a
las
piezas
simplemente
“ídolos”
o
tepalcates.
Y
casi
nadie
se
interesaba
por
ellas.
Brígido,
en
cambio,
ya
jugaba
a
los
ocho
años
a
hacer
sus
primeras
figuras
con
el
barro
que
encontraba
en
los
arroyos. Empecé,
este,
modelando
animalitos
y
todo
lo
que
teníamos
en
la
casa
como
perros,
marranos,
burros.
Tuve
muchos
fracasos,
tuve
muchísimos
fracasos. Es
que
el
barro
es
muy
frágil
y
caprichoso.
Además,
convertirlo
en
piezas
que
aguanten
el
paso
del
tiempo
era
todo
un
arte
que
Brígido
tuvo
que
aprender
por
solo.
Porque
al
principio,
cuando
llovía,
sus
figuras
se
desbarataban.
Era
algo
que
no
podía
entender:
¿cómo
habían
hecho
los
creadores
prehispánicos
para
que
sus
piezas
fueran
tan
resistentes?
Brígido
encontró
la
respuesta
observando
cuidadosamente
la
naturaleza.Esa
parte
también
me
dio
mucha
sabiduría,
fíjate,
porque
soy
muy
analista.
Y
si
me
pasa
algo
en
un
lado,
yo
tengo
que
estudiar
y
llegar
por
qué
me
pasó
eso.
Se
dio
cuenta
de
que
cada
vez
que
en
el
rancho
quemaban
el
campo
para
resanarlo,
los
refugios
de
barro
de
unos
insectos
llamados
rosquilla
quedaban
intactos.Quedan
lisitas,
lisitas,
todas
las
paredes,
el
huequito
a
donde
ahí
vivió…Y
después,
cuando
llovía… Te
encontrabas
los
cajetitos
llenos
de
agua.
Los
vasitos
esos
donde
durmió
la
rosquilla
llenos
de
agua.
Fue
una
maravilla.
Así
fue
que
entendió
que
debía
hornear
sus
piezas.
Para
mediados
de
los
años
50,
cuando
era
un
adolescente,
Brígido
ya
tenía
un
taller
muy
rudimentario
en
su
pueblo
y
ya
era
capaz
de
copiar
las
figuras
totonacas
y
olmecas
que
se
encontraba
en
las
ruinas,
los
campos
y
los
arroyos.
Pero
también
hacía
invenciones
salidas
de
su
imaginación,
inspiradas
en
las
originales.
Y
mientras
más
talentoso
se
hacía,
más
crecía
su
fama
por
toda
la
Mixtequilla.Y
la
cuestión
se
corre.
Y
de
buenas
a
primeras
había,
había
mucha
gente.
Sea
gringo,
sea
italiano
o
sea
españoles.
Gente
que
le
compraba
sus
figuras.
Y
le
pagaban
bien:
10
o
hasta
100
veces
más
dinero
de
lo
que
se
ganaba
cosechando
en
el
campo. Cuando
yo
llego
a
los
16,
17
años,
pues
yo
ya
sabía
que
mis
cosas
tenían
un
costo,
¿no?
Y
uno
quiere
tener
dinero
y
dinero
y
más
dinero
y
más
dinero,
¿no?
Y
si
de
hacer
dinero
se
trataba,
podría
decirse
que
Brígido
estaba
en
el
lugar
correcto
en
el
momento
adecuado.
From
every
country
people
come
to
Mexico.
By
air,
by
train
and
by
highway… Esta
es
una
película
promocional
sobre
México
hecha
por
una
empresa
de
Estados
Unidos
en
la
década
de
los
50s.
Justo
por
ese
entonces
el
gobierno
mexicano
comenzó
a
fomentar
el
turismo
en
el
país.
Y,
con
él,
viajeros
de
todo
el
mundo
se
empezaron
a
interesar
cada
vez
más
por
las
culturas
del
México
antiguo.
What
mysterious
ceremonies?
What
solemn
processions
occurred
here?Y
por
los
misterios
de
sus
zonas
arqueológicas,
desde
Monte
Albán
hasta
Teotihuacán.
Y
así,
artistas,
políticos
y
coleccionistas
extranjeros
empezaron
a
llegar
a
México
y
muchos
aprovechaban
para
llevarse
en
sus
maletas
alguna
pieza
prehispánica.
Y
es
que
no
era
tan
difícil
conseguir
piezas
arqueológicas
en
ese
momento.
Por
entonces,
las
leyes
de
protección
de
patrimonio
en
México
tenían
varias
ambigüedades
que
hacían
que
su
aplicación
fuera
difícil,
y
además
el
coleccionismo
privado
estaba
permitido
.
Todo
lo
cual
hacía
que
el
mercado
de
figuras
prehispánicas
fuera
un
mundo
bastante
salvaje,
lleno
de
engaños,
estafas
y
sobornos
a
las
autoridades.
Ese
mercado
por
lo
general
funcionaba
así:
compradores
y
coleccionistas
de
todo
el
mundo
contrataban
a
intermediarios
locales
para
que
buscaran
piezas
por
toda
la
región.
Y
estos
intermediarios
no
tenían
muchos
escrúpulos.
Las
piezas
las
encontraban
en
excavaciones
arqueológicas
reales,
pero
también
en
sitios
que
rellenaban
con
figuras
compradas
a
artesanos
locales.
Artesanos
como
Brígido.
Él
le
vendía
sus
propias
creaciones
a
los
intermediarios
y
también
les
cobraba
por
restaurar
y
completar
piezas
originales
rotas.
Pero
para
1972,
cuando
Brígido
tenía
31
años,
las
reglas
en
México
habían
cambiado.
Ese
año
se
promulgó
la
Ley
Federal
de
Monumentos
y
Zonas
Arqueológicas,
que
hoy
sigue
vigente.
Era
mucho
más
estricta.
Por
un
lado,
el
coleccionismo
privado
estaría
mucho
más
regulado:
todos
los
que
ya
tuvieran
piezas
arqueológicas
deberían
registrarlas
a
las
autoridades.
La
ley
también
prohibió
la
exportación
de
piezas,
así
como
su
transporte
y
sobre
todo
su
reproducción
sin
permisos
comerciales.
Todo
lo
cual
nos
lleva
al
caso
tan
particular
de
Brígido
y
el
lugar
que
él
ocupó
en
ese
mercado
engañoso
de
artesanías
y
piezas
prehispánicas.
Cuándo
le
preguntamos
cómo
entendía
su
negocio
por
aquellos
años,
nos
dijo…Pues
la
verdad,
la
verdad
que
mira
esto,
esto,
esto
no
le
daba
importancia
porque
yo
desconocía
muchísimas
cosas.
Mucha
gente
se
cuidaba
porque
había
un
delito,
cosa
que
yo
no
sabía,
vaya,
qué
tan
grande
o
por
qué
el
delito.
Y,
por
ejemplo,
el
saqueo
es
un
delito
prohibido
por
nuestras
leyes,
¿no?
Pero
si
yo
hacía
una
pieza,
¿por
qué
era
delito?Es
imposible
confirmar
qué
sabía
o
qué
no
sabía
Brígido
sobre
las
leyes
en
los
años
50
o
70,
pero
lo
que
sabemos
es
que
no
veía
problema
en
vender
figuras
inspiradas
en
piezas
prehispánicas…
Según
él
nunca
hizo
pasar
sus
creaciones
por
obras
prehispánicas
originales,
lo
cual
sería
fraude
y
falsificación.
Siguiendo
la
lógica
de
su
historia
–que
recordemos
pasó
hace
mucho,
lo
cual
la
hace
muy
difícil
de
verificar
hoy–
quienes
cometían
esos
engaños
eran
los
intermediarios,
si
es
que
decidían
revender
sus
piezas
por
cientos
de
miles
de
dólares
a
museos
y
coleccionistas
extranjeros.
En
ese
tiempo,
era
un
joven
que
más
que
preocuparse
por
las
leyes,
quería
dinero.
Brígido
ni
siquiera
firmaba
las
piezas
ni
se
enteraba
a
quiénes
las
vendían
los
intermediarios
ni
por
cuánto.
Entonces
una
vez
que
salían
de
su
taller,
él
se
lavaba
las
manos;
pasaba
a
la
siguiente
y
listo.
Trabajó
de
esta
manera
por
casi
dos
décadas.
Hasta
que
en
1974
su
suerte
cambió.
A
mediados
de
ese
año,
escuchó
una
noticia
en
la
radio:
dos
hombres
habían
sido
detenidos
por
tráfico
de
piezas
arqueológicas.
Estaban
en
el
penal
Allende,
donde
comenzamos
este
episodio,
esa
cárcel
en
el
puerto
de
Veracruz
.Eso
corrió
como
pólvora
entre
todos
los
vecinos
y
amigos:
“No,
oye
Brígido,
que
agarraron
a
fulano,
agarraron
a
zutano
y
que
no
qué”.En
este
caso
Fulano
y
Zutano
eran
dos
de
sus
primos
que
a
veces
vendían
sus
piezas.
Los
detuvieron
con
una
caja
llena
de
pedazos
de
barro
y
los
acusaron
de
tráfico
de
piezas
arqueológicas.
Con
el
arresto,
los
vecinos
comenzaron
a
hablar
sobre
Brígido,
llamándolo
saqueador
y
contrabandista
de
piezas
prehispánicas.
Así
que
decidió
ir
al
penal
Allende.
Quería
aclarar
la
situación.
En
el
penal,
Brígido
le
explicó
a
unos
policías
que
sus
primos
estaban
siendo
acusados
de
delito
de
tráfico
de
piezas,
pero
después
les
dijo:“Esas
piezas
yo
las
hice.”
Yo
me
eché
toda
la
responsabilidad.Las
piezas
eran
artesanías
que
él
había
hecho.
Los
policías
le
advirtieron
que
tendría
que
comprobar
que
lo
que
decía
era
cierto.
Brígido
aceptó
y
tomó
el
lugar
de
sus
primos,
quienes
fueron
liberados.
Pensó
que
estaría
en
la
cárcel
unos
pocos
días,
hasta
demostrar
su
inocencia.
Pero
las
cosas
no
fueron
como
esperaba.No,
yo
primero
estuve
20
días
en
una
galera.
Y
en
ese
espacio
estábamos
más
de
230
gentes
y
a
los
20
días,
yo
ya
andaba
como
sonámbulo. Comenzaba
a
arrepentirse
de
haberse
presentado
en
la
prisión
y
poco
a
poco
su
esperanza
de
salir
se
esfumaba.
No
sabía
cómo
comenzar
a
defenderse
de
lo
que
lo
acusaban
y
muy
pronto
se
enteró
de
que
le
podían
dar
entre
3
y
10
años
de
cárcel.
Pero
su
abogado
concibió
un
plan
para
demostrar
que
Brígido
era
el
creador
de
las
piezas:
traer
barro
al
penal
para
que
él
hiciera
una
figura
desde
cero.
Así
que
en
secreto,
sin
el
permiso
del
director
de
la
cárcel,
mandaron
una
camioneta
al
pueblo
de
Brígido…
A
unos
40
kilómetros
de
ahí.
Consiguieron
dos
costales
de
barro
y
volvieron
a
Veracruz.
Llegó
el
barro
a
las
seis
de
la
tarde.
Y
al
otro
día
temprano,
a
las–
por
aquí
desperté,
me
eché
un
baño,
y
sobre
una
de
las
mesas
que
había
ahí,
ahí
me
puse
a
modelar
la
pieza.
Y
tenía
yo
como
dos
o
tres
que
estaban
viendo
como
estaba
yo
manejando
el
barro,
¿no?
Que
eran
guardias,
¿no?No,
que
eran
presos,
también…Ah,
eran
presos…Que
estábamos
en
la
misma
área. Pasaron
horas.
Brígido
seguía
moldeando
ante
su
pequeño
público.
Hasta
que
uno
de
sus
compañeros
le
avisó
que
el
director
de
la
cárcel
venía
muy
apurado.
Y
cuando
llegó,
se
paró
cerquita
de
Brígido,
y
le
dijo:“Pero
sabiendo
cómo
está
su
problema,”
dice,
“ahora,
dice,
¿está
haciendo
piezas
dentro
del
penal?”
Y
yo
agarré,
me
paré
así
sanamente
porque
pues
yo
así
soy,
muy
espontáneo,
¿no?
Ora
que
pensé
lo
que
se
me
vino.
Le
digo:
“Caray,
señor
director,”
digo,
“ya
estoy
preso,
yo
no
creo
que
me
maten
porque
estoy
haciendo
las
piezas
aquí.”
No
me
contestó
nada.
Y
se
fue.
Y
sigo
modelando. El
director
lo
dejó
en
paz.
Y
así,
un
día
después,
la
escultura
estaba
lista:
era
una
mujer
sentada,
de
más
o
menos
un
metro
y
medio
de
altura.
Estaba
inspirada
en
una
figura
totonaca
llamada
Cihuateteo,
una
mujer
que
ha
muerto
durante
el
parto.
Fue
entonces
que
el
abogado
envió
una
foto
de
la
pieza
a
Mario
Navarrete,
el
perito
arqueólogo
que
escuchamos
al
principio
de
esta
historia.Yo
nunca
fui
ahí
con
el
afán
de
decir,
este:
“Que
lo
metan
a
lo
más
profundo
del
calabozo.”
No,
no,
no,
no.
Mi
trabajo
era
muy
simple:
“Dime
si
esto
es
original
o
es
falso”.
Pues
simplemente
dije
lo
que
me
pareció:
“Sí,
son
originales.” Pero
ahora,
con
foto
en
mano,
Mario
dudaba…
La
carta
explicaba
que
Brígido
había
fabricado
esa
pieza,
aparentemente
totonaca,
en
la
cárcel.
O
sea
quizá
Brígido
no
era
un
traficante,
sino
alguien
con
talento
para
elaborar
sus
propias
figuras
de
barro.
Un
artista.El
caso
no
era
discutir
ahí
en
ese
momento
si
era
una
obra
de
arte
o
no.
El
caso
era
echar
abajo
un
diagnóstico
equivocado. Así
que,
después
de
consultarlo
con
su
jefe,
el
director
del
MAX,
Mario
reconoció
que
los
tepalcates
que
había
tocado
en
el
penal
Allende
no
eran,
como
había
creído,
una
mezcla
de
prehispánicos
y
modernos,
sino
todos
de
Brígido.
Días
después,
un
juez
firmó
la
hoja
de
liberación
de
Brígido.
Y
poco
antes
de
salir
en
enero
de
1975,
cuando
ya
muchas
personas
conocían
lo
talentoso
que
era,
cuando
incluso
la
prensa
local
comenzaba
a
escribir
sobre
él,
recibió
dos
invitaciones.
La
primera
era
del
director
del
Museo
de
Antropología
de
Xalapa:
un
señor
llamado
Alfonso
Medellín
y
toda
una
eminencia
de
la
arqueología
mexicana.
Quería
que
Brígido
lo
fuera
a
visitar
para
hacerle
una
oferta
de
trabajo.
La
segunda
vino
de
unos
contrabandistas
que
había
conocido
en
la
cárcel.Ya
me
habían
invitado
para
llevarme
a
Estados
Unidos
para
namás
llevar
el
barro,
las
piezas
las
iba
a
fabricar
allá.Le
ofrecían
llevarlo
al
otro
lado
de
la
frontera.
Ponerle
un
taller
y
llevarle
el
barro
de
su
tierra
para
que
solo
se
dedicara
a
hacer
piezas
falsas,
las
cuales
podrían
vender
por
miles
de
dólares
a
coleccionistas
y
museos.
Brígido
tenía
que
tomar
una
decisión
entre
dos
formas
opuestas
de
seguir
aprovechando
su
talento
con
el
barro.
:Una
pausa
y
volvemos.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Antes
de
la
pausa
Brígido
recibió
dos
ofertas
de
trabajo
que
lo
invitaban
a
ir
por
caminos
muy
distintos…
Uno
lo
llevaría
a
uno
de
los
museos
más
importantes
de
México;
el
otro,
a
falsificar
piezas
arqueológicas
en
Estados
Unidos.
Ahora
tenía
que
decidir.
Nuestro
productor
Pablo
Argüelles
nos
sigue
contando. Pocos
días
antes
de
ser
liberado,
Brígido
recibió
la
visita
de
un
amigo
que
le
preguntó:¿Y
qué
vas
a
hacer?
¿Vas
a
ir
a
la
invitación
del
señor
director?
Le
digo:
“Pues
fíjate
que
no.”
“A
ver
a
ver,
¿cómo?¿Pero
por
qué
no?”
Digo
yo:
“¿Qué
voy
a
hacer
allá?
¿Y
de
qué
voy
a
vivir
ahí?”.
No
conocía
ningún
museo,
no
conocía
un
arqueólogo,
antropólogo,
no
conocía
Xalapa.”
“Oye,”
dice,
“pues
si
te
están
invitando,
yo
te
llevo.” El
amigo
lo
convenció.
Así
que,
poco
después,
Brígido
se
reunió
en
Xalapa
con
el
director
del
MAX,
Alfonso
Medellín.Y
me
dice:
“Mira
Brígido,”
dice,
“yo
tengo
muy
buen
interés
de
que
colabores
con
nosotros
y
con
suerte
pertenezcas
a
nuestro
equipo.”Pero
primero
necesitaba
mostrar
sus
habilidades.
El
director
le
contó
que
se
acababa
de
descubrir
una
zona
arqueológica
importantísima
en
un
lugar
del
estado
llamado
El
Zapotal.
Ahí
habían
encontrado
una
escultura
muy
rara:
un
esqueleto
sentado,
con
un
gran
tocado
y
un
rostro
calavérico
sacándole
la
lengua
a
quienes
lo
observaran.
El
dios
totonaca
de
la
muerte,
Mictlantecuhtli.
Y
el
MAX
necesitaba
una
copia. Ese
fue
mi
examen
profesional
que
me
puso
el
profesor
Medellín.
Ya
habían
venido
por
tres
ocasiones
cinco
personas
del
departamento
de
restauración
de
México
queriendo
sacar
esa,
una
copia
porque
aquella
pieza
no
se
puede
mover
porque
está
en
barro
crudo.
Y
si
le
haces
tantita
presión,
se
florea.O
sea,
se
desbarata.
Era
un
reto
dificilísimo.
Pero
Brígido
lo
aceptó
y
el
director
le
preguntó:“¿Cómo
vas
a
hacer
la
obra?
¿Le
vas
a
sacar
un
molde
o
cómo
la
vas
a
hacer?”
Digo:
“No,
maestro,”
digo,
“esta
pieza
está
modelada,
pero
no
es
para
sacarle
molde.”
Se
quedó
así
y
se
estiró
un
poco
para
atrás.
“Entonces,
¿cómo
la
vas
a
hacer
Brígido? Él
respondió
que
iba
a
esculpir
una
copia
de
pura
vista,
con
sus
propias
manos,
tal
y
como
habían
hecho
los
creadores
originales…
El
director
se
emocionó.Pegó
así
en
el
escritorio.
Y
me
dice:
“Brígido,
adelante.” Brígido
trabajó
en
El
Zapotal
durante
cinco
meses,
esculpiendo
y
esculpiendo
en
el
sitio
arqueológico,
frente
al
dios
Mictlantecuhtli,
hasta
que
logró
replicarlo.
Y
no
solo
lo
hizo
una
vez,
sino
que
hizo
tres
copias
de
tamaños
distintos.
Prueba
superada.
Brígido
entró
al
MAX
como
restaurador
en
1975.
Era
un
gran
logro.
Pero
para
trabajar
ahí
tuvo
que
pagar
un
precio
bastante
alto.Cuando
yo
llego
aquí,
me
quitan
la
inspiración
de
hacer
mi
propia
obra.
Y
de
ahí
me
agarraron.
Y
luego
que
quiero
una
reproducción
de
esta,
quieron
una
copia
de
esta,
copia
de
aquella,
copia…
Puras
reproducciones. Puras
figuras
para
la
tiendita
del
museo,
todas
con
un
sello
oficial
que
las
identificaba
como
réplicas.
Y
así
pasaron
los
años.
En
1985,
una
década
después
de
que
Brígido
se
uniera
al
museo,
el
gobernador
de
Veracruz
anunció
que
reconstruiría
y
ampliaría
el
MAX.
Remodelarlo
era
necesario.
El
viejo
edificio
tenía
goteras
y
en
una
ciudad
tan
lluviosa
como
Xalapa,
la
gente
tenía
que
entrar
con
paraguas
a
ver
las
obras.
Pero
el
proyecto
también
obedecía
a
razones
más
personales
del
gobernador.
Él
era
un
aficionado
de
la
arqueología
y
quería
presumir
al
mundo
entero
la
identidad
mesoamericana
de
Veracruz.
Y
para
hacerlo,
no
escatimó
en
gastos.
Primero:
encargó
la
construcción
del
nuevo
edificio
a
una
firma
estadounidense.
Segundo:
ordenó
a
los
alcaldes
de
los
distintos
municipios
de
Veracruz
enviar
al
MAX
piezas
arqueológicas
de
sus
regiones.
Algo,
que,
recordemos,
era
ilegal.
Y
tercero:
se
fue
de
compras
al
extranjero,
y
no
precisamente
por
ropa
nueva.
Fue
a
casas
de
subasta
muy
prestigiosas,
como
Sotheby’s,
por
piezas
de
las
culturas
que
habitaron
el
estado
de
Veracruz.
Y
así
comenzaron
a
llegar
muchas
y
nuevas
figuras
al
MAX.
Un
día,
unos
meses
antes
de
la
apertura
del
museo,
Brígido
estaba
trabajando
cuando
uno
de
los
conserjes
vino
a
verlo. Me
dice,
este:
“Oiga
maestro,
no
hombre…
qué
chingonería
de
piezas
llegaron
ayer.
Si
quiere
vamos
pa’
que
las
vea.”Brígido
acompañó
al
conserje
para
ver
las
piezas
recién
llegadas
desde
Estados
Unidos.
Varias
de
ellas
ya
estaban
fuera
de
los
embalajes.
Y
eran
una
chingonería,
una
maravilla.
Había
un
caballero
águila,
una
figura
sentada,
un
dios
conocido
como
Xipe
Totec…
Yo
cuando
las
veo,
yo
me
quedé
y
digo:
“Híjole…”“Híjole”…
Estaba
seguro
que
eran
suyas.
Pero…
cuando
vio
las
piezas,
¿cómo
las
reconoció?
¿Cómo
supo
que
eran
suyas?Pues
oye,
uno
sabe
lo
que
hace.
Todo
eso
lo
tengo
aquí.
Dentro
de
mi
mente
y
de
mi
memoria.
Todo,
todo.
Pero
ese
día,
cuando
las
vio,
se
quedó
callado.No
si
decirle
al
director
o
no
decirle.Pasó
un
día,
pasó
otro.
Y
no
dejaba
de
dudar…
Porque,
en
realidad,
nadie
tenía
que
enterarse.
Las
figuras
de
Brígido
podían
pasar
por
originales.
Podía
ser
un
secreto
entre
él
y
las
piezas.Caramba,
cómo
le
hago,
cómo
le
hago
y
cómo…
Pero
ya
un
día
se
me
vino
un
pensamiento
así,
tajante,
que
tenía
yo
que
decirlo.Así
que
fue
a
hablar
con
uno
de
sus
mentores
en
el
MAX
y
cuando
el
director
del
museo
se
enteró… Nunca
me
dijo
nada.
Y
todos
los
arqueólogos…
Nadie
me
dijo
nada.Las
piezas
de
Brígido
fueron
guardadas
en
la
bodega
del
museo.
El
tema
permaneció
en
secreto.
Hasta
que
se
inauguró
el
nuevo
MAX
unos
meses
después,
en
octubre
de
1986.
Hubo
invitados
ilustres,
incluido
el
presidente
de
México.
Y
también
él:Me
llamo
Eugenio
Logan
Wagner.Eugenio
es
un
arquitecto
mexicoestadounidense
que
vive
en
Texas.
En
los
años
80,
hizo
periodismo
independiente
junto
con
una
colega
llamada
Mimi
Crossley.
Publicaban
sobre
arqueología
para
medios
como
el
Washington
Post
y
el
New
York
Times.
Mimi
y
Eugenio
viajaron
desde
Estados
Unidos
a
Xalapa
para
cubrir
la
inauguración
del
museo.
Y
ahí,
el
nuevo
director
–Medellín
acababa
de
morir–
les
contó
sobre
Brígido.Oye,
fíjate
que
el
restaurador
de
las
piezas
de
cerámica
antes
hacía
sus
propias
obras
y
creían
que
estaba
saqueando
y
lo
arrestaron.Fue
una
charla
rápida.
Pero
lo
suficientemente
intrigante
para
que
Eugenio
no
la
olvidara.
De
vuelta
en
Estados
Unidos,
él
y
Mimi
comenzaron
a
buscar
medios
que
quisieran
publicar
algo
sobre
la
inauguración
del
MAX.
Pensaron
en
la
revista
Connoisseur,
especializada
en
Bellas
Artes
y
coleccionismo.
El
editor
de
la
revista
había
sido
el
director
del
Museo
Metropolitano
de
Nueva
York,
el
Met,
durante
casi
una
década. Y
le
encanta
esos
temas
de
medio
escándalos
en
el
mundo
del
arte.
Y
luego,
luego
cuando
le
mencionamos
lo
de
Brígido
Lara
nos
contrató
ahí
en
el
lugar:
“No,
¿sabes
qué?
Vamos
a
hacer
un
artículo
sobre
él.” Así
que
Eugenio
y
Mimi
regresaron
a
México
y
buscaron
a
Brígido.
Pasaron
varios
días
con
él,
incluso
fueron
a
su
pueblo.
Le
preguntaron
sobre
sus
métodos…
Y
nos
platicó
de
sus
técnicas
para
que
se
viera
vieja
la
pieza.
A
veces
le
echaba
Coca
Cola,
a
veces
orines,
lo
que
sea,
como
que
tenía
todas
sus
fórmulas
ahí,
exóticas.Y
también
aprendieron
más
sobre
su
estilo
al
verlo
trabajar. Podíamos
empezar
a
identificar
la
manera
en
que
hacía
las
manos,
por
ejemplo.
Como
que
tiene
un
estilo
que
dices:
“¡Ay,
ese
es
un
Brígido!”Por
los
dedos
muy
finos
y
detallados.
Durante
unos
seis
meses,
Eugenio
y
Mimi
estuvieron
investigando
y
viajando.
Se
la
pasaban
revisando
catálogos
de
distintos
museos
en
todo
el
mundo,
luego
volvían
a
Xalapa
y
le
mostraban
las
imágenes
a
Brígido.Esta
es
tuya,
¿sí
o
no?¿La
del
Museo
de
San
Luis
en
Missouri?Sí,
¿cómo
no?¿Y
el
Ehecatl,
es
decir
el
Dios
del
Viento
del
Museo
Metropolitano
de
Nueva
York?Sí,
efectivamente. ¿Y
las
del
Museo
de
Arte
de
Dallas?Yo
las
hice. Antes
de
publicar
el
artículo,
los
periodistas
contactaron
al
MET,
al
Museo
de
San
Luis
y
al
de
Dallas.
Querían
contarles
lo
que
habían
investigado
y
que
pudieran
comentar
al
respecto.
Ni
el
Met
ni
San
Luis
respondieron
enseguida.
Pero
el
Museo
de
Arte
de
Dallas
sí.Y
luego,
luego
dijeron:
“¿Ah
sí?
Bueno,
vamos
a
hacerle
pruebas
a
ver
qué
fecha
nos
da.” Los
resultados
de
las
pruebas
de
termoluminiscencia
demostraron
que
las
tres
piezas
del
museo
no
habían
sido
hechas
entre
los
años
600
y
900
d.C.,
como
se
creía,
sino
que
eran
contemporáneas.
Y
así,
en
marzo
de
1987,
el
director
del
museo
de
Dallas
viajó
junto
con
una
curadora
hasta
Xalapa.
Brígido
se
acuerda
que
estaba
entrando
a
la
oficina
del
MAX
cuando
ellos
lo
señalaron
en
voz
alta
y
se
le
acercaron.
Según
él
muy
exaltados… Y
metiendo
las
manos
a
unas
mochilas,
sacando
folders
donde
traían
las
fotos
y
que
supuestamente
les
llegó
la
versión
que
yo
decía
que
esas
piezas
eran
falsas.
Y
era
el
reclamo
que
a
me
venían
a
hacer. Querían
que
Brígido
les
demostrara
que
las
tres
piezas
que
ellos
tenían
en
Texas
eran
en
verdad
de
él.
Brígido
los
llevó
a
la
bodega
del
MAX,
donde
estaban
guardadas
muchas
de
las
réplicas
que
él
había
hecho,
esas
que
llegaron
con
la
reconstrucción
del
museo.
Y
ahí
les
mostró
a
los
texanos
unas
figuras:No,
hombre,
estos
hombres
cuando
las
vieron,
no
hallaban
qué
hacer.No
sabían
qué
hacer:
eran
muy
parecidas
a
las
tres
que
ellos
tenían
en
Dallas.
El
director
y
la
curadora
volvieron
a
Estados
Unidos
persuadidos
de
que
sus
piezas
eran
de
Brígido.
Y
a
finales
de
abril
los
museos
de
San
Luis
y
de
Dallas
anunciaron
que
Brígido
decía
ser
el
creador
de
varias
piezas
en
sus
colecciones
y
que
los
análisis
científicos
que
estaban
haciendo
ya
estaban
demostrando
que
algunas
eran,
en
verdad,
modernas.
De
la
noche
a
la
mañana,
varios
periódicos
en
Estados
Unidos
replicaron
la
noticia.
Fue
una
verdadera
sacudida
al
mundo
del
arte.
Por
un
lado
porque
las
colecciones
de
arte
mesoamericano
de
algunos
de
los
museos
más
importantes
del
mundo
podrían
perder
su
valor
en
cientos
de
miles
de
dólares.
Pero
también
porque
se
tambaleaba
el
conocimiento
que
hasta
entonces
se
creía
tener
sobre
la
cerámica
de
las
culturas
prehispánicas
de
Veracruz.
De
repente
una
pieza
que
se
creía
de
estilo
totonaca
se
convertía
en
un
Brígido
Lara.
Después
de
toda
la
investigación
que
hicieron,
Eugenio
y
Mimi
le
creyeron
a
Brígido.
Es
decir,
que
sus
piezas
eran
hechas
por
él.Y
no
eran
copias
así,
réplicas,
eran
piezas
que
él
se
inspiraba
en
el
arte
prehispánico,
pero
hacía
sus
propias
creaciones. Brígido
le
dijo
a
Eugenio,
a
Mimi
y
a
otras
periodistas
lo
mismo
que
nos
dijo
a
nosotros:
que
él
nunca
hizo
pasar
sus
creaciones
por
piezas
prehispánicas.
Para
Eugenio,
él
no
cometió
ningún
delito.
En
el
fondo,
la
noticia
también
ponía
en
evidencia
las
formas
en
las
que
museos
y
coleccionistas
habían
adquirido
piezas
mexicanas
durante
décadas.
Finalmente,
en
junio
del
87,
el
artículo
de
Eugenio
y
Mimi
se
publicó
en
Connoisseur
y
Eugenio
empezó
a
recibir
llamadas
de
coleccionistas
privados
donde
le
decían…“Oye,
creo
que
tengo
una
pieza
de
Brígido
Lara.” De
repente,
Brígido
pasó
de
ser
un
artesano
anónimo
de
un
pequeño
pueblo
a
un
artista.
Un
artista
que
había
puesto
en
jaque
a
algunos
de
los
museos
más
importantes
y
poderosos
del
mundo.
Y
así
vivió
su
fama
durante
años,
contando
que
su
obra
había
estado
expuesta
en
el
MET,
vendiendo
figuras
de
barro
certificadas
y
también
haciendo
restauraciones
y
peritajes
para
el
MAX.
Y
cuando
llegó
la
pandemia,
se
retiró.
Un
día
antes
de
que
Paul
y
yo
volviéramos
de
Xalapa
a
la
Ciudad
de
México,
Brígido
nos
invitó
a
su
taller…¡Hola,
hola!
¡Brígido,
hola!Adelante,
adelante,
¿cómo
están?¿Cómo
está?Allí
nos
comenzó
a
mostrar
todas
sus
herramientas.
En
el
centro
del
cuarto
había
una
gran
mesa
de
concreto
donde
hacía
sus
figuras.
Y
en
una
esquina
había
tres
botes
grandes
llenos
de
barro
crudo
traído
desde
los
arroyos
de
su
pueblo.¿Este
barro
cuánto
tiempo
lleva
así
madurándose?Más
de
veinte
años.Este
es
el
barro
de
más
de
20
años. Sí,
más
de
20
años…Nos
enseñó
que
un
buen
barro
es
como
un
buen
vino. Este
pedazo
de
barro
lo
agarras
así… Cada
uno
tiene
su
propio
aroma,
su
elasticidad
y
también
su
textura.
Por
fin,
podíamos
ver
cómo
el
barro
se
moldeaba
a
su
voluntad.Con
este
barro
yo
puedo
hacer
lo
que
quiera.
Cualquier
pieza
de
cualquier
cultura. Estar
en
el
taller
dio
sentido
a
mucho
de
lo
que
ya
sabíamos
sobre
Brígido.
Antes
de
ir
a
Xalapa
leímos
periódicos
viejos,
vimos
películas
y
también
hablamos
con
conocidos
suyos.
La
mayoría
fueron
charlas
muy
ligeras
tipo:
“Brígido,
es
muy
amable,
es
muy
talentoso”.
Pero
una
de
esas
personas
también
nos
dijo
algo
que
nos
intrigó
más:
que
en
Santiago
de
Chile,
en
el
Museo
Chileno
de
Arte
Precolombino,
hay
una
pieza
mexicana.
Y
que,
a
juzgar
por
su
apariencia
y
su
estilo,
esa
pieza
quizás
era
de
Brígido.
Paul
y
yo
buscamos
la
pieza
en
el
catálogo
en
línea
del
museo.
Ahí
se
le
nombra
Xipe
Totec.
Es
un
hombre
de
barro
de
más
o
menos
un
metro
de
altura.
En
el
rostro
tiene
una
máscara
y
en
el
resto
de
su
cuerpo
una
falda
y
la
piel
de
otra
criatura.
Cuando
lo
vimos,
lo
que
más
llamó
nuestra
atención
fue
lo
finos
que
eran
sus
pies
y
sus
manos
porque,
tal
como
nos
dijeron
Eugenio
y
otras
personas
con
las
que
hablamos,
Brígido
tiene
una
obsesión
con
hacer
pies
y
manos
muy
detallados.
Y
por
eso,
aquel
día
en
el
taller,
cuando
Brígido
sacaba
piezas
y
más
piezas
de
una
enorme
caja
de
madera
y
nos
las
mostraba…
¿Cómo
ves?¡Mira!Estas
son
manos. Paul
y
yo
nos
lanzamos
una
mirada
de
inmediato.
Brígido
acababa
de
sacar
de
la
caja
unas
manos
de
barro
muy
parecidas
a
las
que
tenía
la
pieza
chilena.
Tan
parecidas
que
Paul
dio
ese
pequeño
grito.
Creo
que
en
ese
momento
ambos
sentimos
que
quizás
estábamos
por
desenmascarar
una
pieza
más
de
Brígido,
una
que
había
logrado
sobrevivir
la
gran
revelación
de
los
años
80.
Así
que
Paul
sacó
su
celular
y
le
enseñó
a
Brígido
la
foto
que
teníamos
de
la
piezaBrígido,
yo
quería
preguntarle
sobre
estas
manos. Ajá.Él
vio
la
foto.
Y
cuando
Paul
le
preguntó
si
reconocía
la
pieza,
nos
dijo
que
sí. ¿Cómo
reconoce
que
es
suya?No,
pues
es
que
la,
la…
ahora
que
mi
obra
pues
la
puedo
conocer
donde
quiera,
porque
yo
siempre
les
digo
que,
como
tu
letra,
tu
letra,
la
vas
a
conocer
aquí
y
en
China
y
en
el
tiempo
que
sea. O
sea,
lo
mismo
que
nos
había
dicho
antes.
Que
uno
siempre
reconoce
su
trabajo.
Yo
le
insistí
en
la
pregunta…Esta
imagen
que
que
estaba
viendo,
¿usted
podría
decir
que
está
100%
seguro
que
es
de
usted? Claro,
claro
que
sí. Con
mucho
orgullo
aseguró
que
ese
hombre
de
barro,
el
que
estaba
en
Chile,
era
suyo.
Esa
tarde
nos
despedimos
de
Brígido.
Y,
al
volver
a
la
Ciudad
de
México,
quisimos
investigar
más…Bueno. Hola,
Doctor,
habla
Pablo
Argüelles,
el
periodista
de
Radio
Ambulante.Ajá,
dígame
usted.¿Cómo
está?
Llamamos
a
Alfredo
Delgado,
el
actual
director
del
MAX.
Conoce
bien
a
Brígido
y
también
fue
perito
arqueólogo
durante
muchos
años.
Quisimos
hablar
con
él
antes
de
llamar
al
museo
de
Chile
para
que
analizara
la
pieza
con
nosotros.
Le
enviamos
por
correo
imágenes
y
las
observamos
juntos
por
teléfono.
Alfredo
no
tardó
en
decirnos
que
el
hombre
de
barro
no
le
parecía
prehispánico,
sino
moderno.Sí,
totalmente
falso. Según
él,
la
composición
de
la
figura
no
tenía
sentido,
era
una
mezcla
de
estilos
de
distintas
épocas
y
culturas:
la
cabeza
parecía
azteca,
la
falda
maya
y
la
máscara…
como
la
de
un
héroe
de
la
lucha
libre
y
el
cine
mexicanos:
El
Santo.
O
sea,
el
hombre
de
barro
era
como
un
“grandes
éxitos
de
las
figuras
mesoamericanas”
combinado
con
la
cultura
popular
mexicana
del
siglo
XX.
Alfredo
nos
dijo
que
quienquiera
que
haya
hecho
la
pieza
era
un
buen
artesano.
Pero
también
nos
dijo
que
no
creía
que
fuera
de
Brígido. Definitivamente
creo
que
no
es
del
maestro
Brígido. ¿Qué
le
hace
decir
eso?No
es
el
estilo
de
Brígido
ni
en
la
cocción
ni
en
el
acabado
ni
en
las
proporciones.
Brígido,
si
la
hubiera
hecho,
yo
creo
que
hubiera
cuidado
más
los
detalles
en
el
sentido
de
hacerlo
parecer
más
prehispánico
y
que
no
hubiera
dudas
de
su
autenticidad. ¡Hm!
Le
digo
porque
se
la
mostramos
dos
veces
a
él
y
él
nos
dijo
que
era
suya
100%. Mire,
hay
piezas
originales
que
el
maestro
dice
que
son
suyas… ¿Ah
sí?
Sí…
Y
que
sabemos
que
son
de
excavación.
Y
él
dice
de
pronto:
“Ah,
esa
yo
la
hice.”
Tiene
tanta
obra
que
ni
se
acuerda.Y
sí,
Brígido
hizo
cientos
–sino
miles–
de
piezas
entre
los
años
50
y
60.
Es
probable
que
a
veces
confunda
las
que
pasaron
por
sus
manos
con
las
que
nunca
tocó.
Pero
también
es
posible
que
quiera
atribuirse
obras
ajenas.
Para
Alfredo,
Brígido
quizás
también
quiera
moldear
su
historia
a
su
conveniencia.Brígido
lo
quiere
pasar
como
que
él
hacía
artesanías
y
que
no
sabía
lo
que
estaba
vendiendo.
Que
el
problema
que
pasaran
por
originales
no
era
suyo,
sino
de
los
traficantes.
Y
no:
él
sabía
lo
que
estaba
haciendo.
Por
supuesto
que
lo
sabía.
Este…Qué
interesante
lo
que
me
dice
porque
justo
hablando
con
Brígido,
él
nos
decía
que
él
no
sabía…Bueno…
pues
él
quiere
crear
su
propio
mito,
claro
que
sí.
Yo
quiero
mucho
al
maestro,
por
supuesto,
pero
“Yo
tengo
otros
datos.”Y
es
que
Alfredo
nos
dijo
que
Brígido,
antes
de
llegar
al
MAX,
trabajó
con
otro
falsificador
en
Veracruz
y
nos
recordó
que
cuando
otros
falsificadores
eran
atrapados,
era
común
que
dijeran
que
las
piezas
eran
creaciones
suyas:
meras
artesanías
populares.
Tal
y
como
hizo
Brígido
cuando
se
presentó
en
el
penal
Allende
en
1974.
Al
respecto
Brígido
nos
dijo
que
no
conocía
este
tipo
de
mañas
y
negó
haber
trabajado
con
otros
falsificadores.
Mientras
nos
contaba
esto,
Alfredo
siguió
observando
el
hombre
de
barro
del
museo
chileno.
En
un
momento
empezó
a
ampliar
las
imágenes
para
observar
con
más
atención
los
detalles…
Y
luego,
después
de
fijarse
en
las
extremidades
del
hombre
de
barro,
nos
dijo:Mire,
a
lo
mejor
es
de
Brígido,
¿eh?
Le
voy
a
decir
un
secreto
que
pocos
conocen.
En
las
esculturas
de
Brígido,
tiene
una
obsesión
con
los
pies
y
están
muy
bien
detallados. ¡Hmm! Ahora
Alfredo
dudaba…
Y
nosotros
colgamos
la
llamada
bastante
desconcertados.
Nos
dejó
pensando
no
solo
si
la
pieza
que
está
en
Chile
sería
o
no
un
Brígido
sino
también
en
algo
más
grande:
que
puede
ser
monumentalmente
difícil
distinguir
una
figura
original
de
una
falsa…
De
todas
maneras,
teníamos
la
sospecha
final
de
Alfredo,
así
que
llamamos
a
otro
arqueólogo
del
MAX.
Él
también
vio
fotos
de
la
pieza
y
estuvo
de
acuerdo
con
Alfredo:
no
era
prehispánica
porque
no
tenía
coherencia
desde
un
punto
de
vista
estilístico.
Incluso
se
atrevió
a
decir
que
le
parecía
que
era
hecha
por
Brígido.
Con
esta
información
y
con
estas
dudas,
decidimos
que
ya
era
hora
de
contactar
al
Museo
Chileno
de
Arte
Precolombino.
Hablamos
con
ella: Soy
Pilar
Alliende
Estévez.Pilar
es
arqueóloga
y
la
encargada
de
las
colecciones
del
museo.
Empezamos
por
contarle
la
historia
de
Brígido
y
nuestras
sospechas
de
que
la
pieza
que
tenían
en
el
museo
podía
no
ser
original.
Después,
ella
nos
contó
lo
que
sabía:
La
pieza
llegó
a
Chile
alrededor
de
la
década
de
1970
de
manos
del
fundador
del
museo,
un
arquitecto
y
coleccionista
de
ese
país.
Esa
pieza
él
la
compró
en
un
remate
en
Estados
Unidos.
Entonces
también
coincide
un
poco
la
historia,
¿no?Porque
la
compró
en
una
subasta,
tal
y
como
había
hecho
el
gobernador
de
Veracruz
con
las
piezas
de
Brígido.
Y
con
la
figura
venía
un
certificado
de
datación.Da
una
fecha
muy
amplia.
El
fechado
le
sale
entre
650
d.C.
y
1450.
Y
es
en
un
pie
y
en
la
zona
de
la
cabeza. Es
decir,
las
pruebas
–realizadas
por
un
laboratorio
en
Estados
Unidos–
solamente
se
hicieron
en
el
pie
izquierdo
y
en
la
cabeza.
En
1981
el
hombre
de
barro
pasó
a
formar
parte
de
las
primeras
mil
obras
con
las
que
se
abrió
el
Museo
Chileno
de
Arte
Precolombino
y
muy
pronto
se
convirtió
en
una
de
las
más
emblemáticas
de
la
colección.
Y
luego,
el
5
de
marzo
de
1985,
durante
uno
de
los
terremotos
más
fuertes
en
la
historia
reciente
de
Chile,
cayó
de
su
soporte
y
se
quebró
en
135
pedazos.Y
quedó
en
evidencia
que
el
brazo,
uno
de
sus
brazos
era
falso. Durante
las
restauraciones
de
la
pieza,
los
expertos
vieron
que
el
brazo
izquierdo
estaba
lleno
de
yeso,
con
una
malla
de
metal.
Y
se
dieron
cuenta
de
que
en
realidad
todo
el
hombre
ya
había
sido
reconstruido
antes,
de
una
forma
bastante
tosca,
con
fierros
para
unir
algunas
piezas
por
dentro
y
también
con
un
pegamento
aplicado
a
altísimas
temperaturas,
lo
cual
impidió
que
se
hicieran
pruebas
de
termoluminiscencia
posteriores. La
persona
que
restauró
o
que,
que
armó
esto
era
una
persona
que
le
interesaba
la
apariencia
externa
y
su
trabajo
como
lo
haría
un
conservador,
un
restaurador,
eh,
por
dentro
no
le
importó
nada. Pilar
nos
dijo
además
que
los
restauradores
del
museo
vieron
que
las
piezas
del
hombre
de
barro
eran
una
mezcla.Veías
que
había
partes
que
eran,
posiblemente,
originales
y
las
otras
eh,
agregadas. Y
después
nos
aclaró
algo:Eso
se
considera
una
pieza
auténtica. Y
sí,
según
los
principios
del
Museo
Chileno
de
Arte
Precolombino,
una
figura
así,
restaurada,
con
una
mezcla
de
piezas
antiguas
y
contemporáneas,
se
sigue
considerando
como
una
pieza
patrimonial.
Y
por
eso
sigue
hoy
en
exhibición.
Pero
Pilar
tampoco
se
cerró
a
la
posibilidad
de
que
toda
la
pieza
fuera
hecha
por
Brígido.Si
es
un
Brígido,
que
puede
ser,
o
sea,
no
sé,
sería
un
Brígido
que
se
quebró
y
fue
restaurado. Y
que
después
llegó
a
una
subasta
en
Estados
Unidos
y
fue
vendido
al
fundador
del
museo
chileno.
Puede
ser.
Para
Pilar,
la
función
de
un
museo
es
investigar
sus
colecciones.Y
tiene
que
siempre
ser
supertransparente
en
eso.
Pero
para
declarar
una
pieza
falsa,
como
tal,
hay
que
hacer
mucho
más
análisis.
Análisis
científicos
mucho
más
minuciosos
que
complementen
las
evaluaciones
de
peritos
arqueólogos.
Pilar
nos
explicó
que
ahora
no
hay
agenda
ni
dinero
para
hacer
un
estudio
así.
Pero
también
nos
dijo:Evidentemente
yo
esta
información
se
la
voy
a
pasar
a
registro.Para
que
en
el
inventario
quede
escrito
que
Brígido
Lara,
mexicano,
reproductor
de
piezas
precolombinas
mesoamericanas,
sostiene
haber
construido
esta
pieza.
Por
ahora
seguirá
en
exhibición.
Habrá
que
ver
qué
deciden
hacer
con
ella:
si
le
hacen
los
análisis
científicos,
si
la
sacan
de
la
colección,
si
le
ponen
algún
texto
aclaratorio
para
los
visitantes
o
si,
sencillamente,
la
dejan
como
está.
Durante
nuestro
reporteo,
Paul
y
yo
nos
repetimos
una
y
otra
vez
lo
que
nos
dijo
Mario
Navarrete,
el
perito
que
escuchamos
al
inicio
de
esta
historia:
la
arqueología
no
es
una
ciencia
exacta.
Fue
nuestro
recordatorio
cada
vez
que
encontrábamos
análisis
científicos
sin
conclusiones,
o
cuando
los
expertos
nos
expresaban
sus
reparos.Pero
lo
cierto
es
que…
cuando
comenzamos
a
averiguar
sobre
el
hombre
de
barro
que
está
en
Chile,
nos
obsesionamos
por
saber
si
era
original
o
falso.
Queríamos
una
respuesta
clara,
sin
medias
tintas.
Sin
embargo,
lo
que
encontramos
fue
algo
diferente.
Un
hombre
de
barro
más
complejo.
Un
hombre
cuya
historia
no
se
ajusta
del
todo
a
las
fronteras
entre
lo
original
y
lo
falso,
entre
lo
antiguo
y
lo
contemporáneo.
Las
obras
de
Brígido
han
sido
expuestas
de
forma
anónima
en
algunos
de
los
mejores
museos
del
mundo.
Y
ya
no
es
una
locura
pensar
que
quien
nos
escuche
pueda
encontrarse
alguna
vez,
en
algún
museo,
con
una
figura
de
la
costa
de
Veracruz
catalogada
como
prehispánica…
Pero
que
esa
figura,
un
hombre
de
barro
por
ejemplo,
pueda
ser
de
Brígido.
Un
Brígido
Lara…
auténtico.
Brígido
sueña
con
recuperar
algunas
de
sus
piezas
regadas
por
el
mundo
y
exponerlas
en
un
museo
con
forma
de
tortuga
que
quiere
construir
en
Tlalixcoyan,
su
pueblo
en
Veracruz.
Gracias
al
Museo
de
Antropología
de
Xalapa
y
a
su
director
Alfredo
por
todas
las
facilidades
que
nos
dieron.
También
a
Pilar
Alliende,
al
Museo
Chileno
de
Arte
Precolombino,
a
Eugenio
Logan
Wagner
y
a
Jesse
Lerner.
Paul
Antoine
Matos
es
periodista
mexicano
y
verificador
de
datos
para
la
Agence
France-Presse.
Pablo
Argüelles
es
productor
de
Radio
Ambulante.
Gracias
a
este
episodio
descubrieron
que
son
vecinos
de
la
misma
calle
en
la
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México.
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Daniel
Alarcón.
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Esto es Radio Ambulante desde NPR, soy Daniel Alarcón. Estamos a mediados de 1974 en el puerto de Veracruz, en México. Hace un calor sofocante en el penal Allende, una cárcel vieja, venida a menos.No es un lugar encantador, precisamente. Es un lugar eh, donde están pues los policías, hay gente entrando y saliendo, ruido. Él es el arqueólogo Mario Navarrete. Acaba de viajar desde Xalapa, la capital del estado, a dos horas de distancia. Cuando entra en el penal, un hombre lo conduce a una habitación. Y Mario ve la razón que lo ha traído hasta ahí: una caja sucia de cartón, y adentro, un montón de pedazos de barro. : Las piezas arqueológicas a las que uno les tiene tanto respeto y, este, las toca con guantes y esas cosas están tiradas allí en una caja de cartón ahí, y tienen encima basura que alguien creyó que era basurero y le echó ahí una botella de refresco. Entonces sí causa de momento confusión y causa de momento: “Bueno, ¿qué es esto?” Lo que está viendo tiene un nombre: tepalcates. Una palabra mexicana de origen náhuatl que significa justo eso: pedazos de barro. Mario comienza a observarlos. Algunos de los fragmentos tienen un color natural. Ese color cafecito. Yo soy de barro. Así, medio quemado, chamuscado. Otros tienen un color rosado, otros están pintados con cal. Mario intenta poner en orden lo que ve. Para eso está en el penal. Como perito arqueológico, para dar su opinión de experto. La procuraduría de justicia sospecha que esos pedazos de barro son fragmentos de varias figuras prehispánicas y ha detenido a un hombre acusado de traficarlos. Este es un delito federal castigado hasta con diez años de cárcel. Así era en los años 70, y lo es hasta el día de hoy. Lo que Mario debe hacer entonces es dar su veredicto. Es decir, estas piezas que ve ¿son los restos de figuras hechas hace siglos? ¿O son puros pedazos de artesanías contemporáneas? Puede sonar fácil, pero no lo es, porque en México, un país rico en arqueología, abundan los saqueadores, traficantes y falsificadores de piezas antiguas. Gente muy habilidosa capaz de desbaratar el patrimonio del país y también de sembrar caos en museos como en el que Mario trabaja, el Museo de Antropología de Xalapa, también conocido como el MAX. Un museo de antropología como el de Xalapa tiene entre su personal, pues arqueólogos que se supone son capaces de identificar piezas falsas y piezas originales. El problema es que es muy difícil determinar con absoluta certeza qué tan antigua es una pieza de cerámica. Existen varios métodos científicos, desde la termoluminiscencia hasta el radiocarbono, pero ninguno 100% infalible. Lo que pasa es que la arqueología no es una ciencia exacta. Distinguir a simple vista entre una pieza original y una hecha por un falsificador talentoso se aprende con la práctica. Ni siquiera consiste en un trabajo visual, sino táctil, donde uno pasa horas y horas con figuras en las manos, así como Mario lo ha hecho hasta entonces, durante casi 10 años, en la bodega del MAX. Allí, en silencio, con los ojos cerrados, muchas veces, ha percibido sus texturas y sus formas entre los dedos. Es una tarea casi espiritual. No te imaginas la emoción de tocar piezas originales. Con tu mano desnuda, ¿sí? Y sentirla y sentir aquella textura que es arenosa, que es lisa, que está pintada. Siente uno la belleza del rasgo humano. Una mejilla, un ojo, una oreja, un cuello, un adorno, un tocado, unas escamas, unos colmillos. Y con la misma disposición que ha tenido con los tesoros del museo, Mario examina ahora las piezas que se encuentran en el penal Allende.Tú las tocas ahí, está entrando la gente y gritando y todo. Y tú te abstraes por un momento y dices: “No estoy en el Ministerio Público, no estoy en un calabozo, no estoy en nada. Estoy en un viaje a un pasado en donde hubo arte.” Mientras toca esos tepalcates, nota que unos se sienten viejos, arenosos. Quizás son originales. Pero otras partes… Parecen nuevas… ¿Cómo está esto? Mario sospecha que alguien ha querido reconstruir varias figuras prehispánicas originales con estos pedazos de barro, reemplazando los faltantes con nuevos. Es como si frente a él hubiera partes revueltas de distintos rompecabezas, con el detalle de que unas parecen ser de hace más de mil años, y otras de las últimas décadas. O sea, un caos. Mario quiere expresar sus dudas. Pero en el penal Allende los peritos no están para eso.No puede uno explayarse hablando como si fuera una cosa técnica. Simplemente, es decir sí o no. No hay medias tintas. Solo debe responder esta pregunta: ¿Las piezas son originales, o sea, prehispánicas? Si dice “sí, son originales”, pertenecen al patrimonio arqueológico de México y el hombre acusado podría ser condenado a hasta diez años de cárcel. Si dice “no, no son originales”, las piezas se convertirán en los restos de meras artesanías contemporáneas y el hombre será liberado. Mario toma una decisión:“Sí, son originales.” Y ya. El hombre es culpable. Mario regresa a Xalapa sin pensar más en el asunto. Ha cumplido con su trabajo. Pero a los pocos días recibe una carta con una fotografía. Brígido Lara, el acusado, tiene evidencia de que es inocente. Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. El periodista Paul Antoine Matos y nuestro productor Pablo Argüelles viajaron desde la Ciudad de México a Xalapa para reportear esta historia. Paul nos sigue contando.Fuimos a Xalapa porque queríamos conocer a Brígido Lara, el hombre acusado de tráfico de piezas arqueológicas en 1974.¿Cómo estamos?Mucho gusto, Brígido, ¿cómo está?El gusto es mío. Bien, bien. Hola, Don Brígido, ¿cómo está? Bien, bien, pues aquí. Nos encontramos con él una mañana nublada de mayo de este año, 2023, en el norte de la ciudad. Hoy Brígido tiene 82 años y a veces le tiembla un poco la voz. Pero desde el comienzo se mostró muy confiado y desenvuelto con nosotros. Nos pareció evidente que había contado su historia muchas veces y que estaba acostumbrado a ser entrevistado. Cuando nos sentamos a platicar, lo primero que hizo fue mostrarnos un gran álbum en el que a lo largo de los años ha guardado notas de prensa. Todas sobre él. Aquí tengo varios periódicos. Unos buenos y otros malos porque también me han atacado mucho.¿Pues podemos revisarlos en un rato? Si quiere…Antes de contarnos sobre cómo llegó a la cárcel y sobre la fotografía que le envió al perito arqueólogo Mario Navarrete, Brígido nos habló de su infancia en un rancho de La Mixtequilla, una región en el estado de Veracruz, muy cerca del Golfo de México. Ahí en esa región se pueden encontrar vestigios de diferentes tipos de, sea vasijas, sea cajetes, un plato o un fragmento de una figurilla, sea de un ser humano, como de un ave o como de un insecto. Restos de cerámica de dos civilizaciones precolombinas: la olmeca y la totonaca. En los años 40, cuando Brígido era un niño y se encontraba esos fragmentos, quedaba muy impresionado. Pero sobre sus creadores –la gente de aquellas culturas– se sabía muy poco. Todo el mundo llamaba a las piezas simplemente “ídolos” o tepalcates. Y casi nadie se interesaba por ellas. Brígido, en cambio, ya jugaba a los ocho años a hacer sus primeras figuras con el barro que encontraba en los arroyos. Empecé, este, modelando animalitos y todo lo que teníamos en la casa como perros, marranos, burros. Tuve muchos fracasos, tuve muchísimos fracasos. Es que el barro es muy frágil y caprichoso. Además, convertirlo en piezas que aguanten el paso del tiempo era todo un arte que Brígido tuvo que aprender por sí solo. Porque al principio, cuando llovía, sus figuras se desbarataban. Era algo que no podía entender: ¿cómo habían hecho los creadores prehispánicos para que sus piezas fueran tan resistentes? Brígido encontró la respuesta observando cuidadosamente la naturaleza.Esa parte también me dio mucha sabiduría, fíjate, porque soy muy analista. Y si me pasa algo en un lado, yo tengo que estudiar y llegar por qué me pasó eso. Se dio cuenta de que cada vez que en el rancho quemaban el campo para resanarlo, los refugios de barro de unos insectos llamados rosquilla quedaban intactos.Quedan lisitas, lisitas, todas las paredes, el huequito a donde ahí vivió…Y después, cuando llovía… Te encontrabas los cajetitos llenos de agua. Los vasitos esos donde durmió la rosquilla llenos de agua. Fue una maravilla. Así fue que entendió que debía hornear sus piezas. Para mediados de los años 50, cuando era un adolescente, Brígido ya tenía un taller muy rudimentario en su pueblo y ya era capaz de copiar las figuras totonacas y olmecas que se encontraba en las ruinas, los campos y los arroyos. Pero también hacía invenciones salidas de su imaginación, inspiradas en las originales. Y mientras más talentoso se hacía, más crecía su fama por toda la Mixtequilla.Y la cuestión se corre. Y de buenas a primeras había, había mucha gente. Sea gringo, sea italiano o sea españoles. Gente que le compraba sus figuras. Y le pagaban bien: 10 o hasta 100 veces más dinero de lo que se ganaba cosechando en el campo. Cuando yo llego a los 16, 17 años, pues yo ya sabía que mis cosas tenían un costo, ¿no? Y uno quiere tener dinero y dinero y más dinero y más dinero, ¿no? Y si de hacer dinero se trataba, podría decirse que Brígido estaba en el lugar correcto en el momento adecuado. From every country people come to Mexico. By air, by train and by highway… Esta es una película promocional sobre México hecha por una empresa de Estados Unidos en la década de los 50s. Justo por ese entonces el gobierno mexicano comenzó a fomentar el turismo en el país. Y, con él, viajeros de todo el mundo se empezaron a interesar cada vez más por las culturas del México antiguo. What mysterious ceremonies? What solemn processions occurred here?Y por los misterios de sus zonas arqueológicas, desde Monte Albán hasta Teotihuacán. Y así, artistas, políticos y coleccionistas extranjeros empezaron a llegar a México y muchos aprovechaban para llevarse en sus maletas alguna pieza prehispánica. Y es que no era tan difícil conseguir piezas arqueológicas en ese momento. Por entonces, las leyes de protección de patrimonio en México tenían varias ambigüedades que hacían que su aplicación fuera difícil, y además el coleccionismo privado estaba permitido . Todo lo cual hacía que el mercado de figuras prehispánicas fuera un mundo bastante salvaje, lleno de engaños, estafas y sobornos a las autoridades. Ese mercado por lo general funcionaba así: compradores y coleccionistas de todo el mundo contrataban a intermediarios locales para que buscaran piezas por toda la región. Y estos intermediarios no tenían muchos escrúpulos. Las piezas las encontraban en excavaciones arqueológicas reales, pero también en sitios que rellenaban con figuras compradas a artesanos locales. Artesanos como Brígido. Él le vendía sus propias creaciones a los intermediarios y también les cobraba por restaurar y completar piezas originales rotas. Pero para 1972, cuando Brígido tenía 31 años, las reglas en México habían cambiado. Ese año se promulgó la Ley Federal de Monumentos y Zonas Arqueológicas, que hoy sigue vigente. Era mucho más estricta. Por un lado, el coleccionismo privado estaría mucho más regulado: todos los que ya tuvieran piezas arqueológicas deberían registrarlas a las autoridades. La ley también prohibió la exportación de piezas, así como su transporte y sobre todo su reproducción sin permisos comerciales. Todo lo cual nos lleva al caso tan particular de Brígido y el lugar que él ocupó en ese mercado engañoso de artesanías y piezas prehispánicas. Cuándo le preguntamos cómo entendía su negocio por aquellos años, nos dijo…Pues la verdad, la verdad que mira esto, esto, esto no le daba importancia porque yo desconocía muchísimas cosas. Mucha gente se cuidaba porque había un delito, cosa que yo no sabía, vaya, qué tan grande o por qué el delito. Y, por ejemplo, el saqueo es un delito prohibido por nuestras leyes, ¿no? Pero si yo hacía una pieza, ¿por qué era delito?Es imposible confirmar qué sabía o qué no sabía Brígido sobre las leyes en los años 50 o 70, pero lo que sí sabemos es que no veía problema en vender figuras inspiradas en piezas prehispánicas… Según él nunca hizo pasar sus creaciones por obras prehispánicas originales, lo cual sería fraude y falsificación. Siguiendo la lógica de su historia –que recordemos pasó hace mucho, lo cual la hace muy difícil de verificar hoy– quienes cometían esos engaños eran los intermediarios, si es que decidían revender sus piezas por cientos de miles de dólares a museos y coleccionistas extranjeros. En ese tiempo, era un joven que más que preocuparse por las leyes, quería dinero. Brígido ni siquiera firmaba las piezas ni se enteraba a quiénes las vendían los intermediarios ni por cuánto. Entonces una vez que salían de su taller, él se lavaba las manos; pasaba a la siguiente y listo. Trabajó de esta manera por casi dos décadas. Hasta que en 1974 su suerte cambió. A mediados de ese año, escuchó una noticia en la radio: dos hombres habían sido detenidos por tráfico de piezas arqueológicas. Estaban en el penal Allende, donde comenzamos este episodio, esa cárcel en el puerto de Veracruz .Eso corrió como pólvora entre todos los vecinos y amigos: “No, oye Brígido, que agarraron a fulano, agarraron a zutano y que no sé qué”.En este caso Fulano y Zutano eran dos de sus primos que a veces vendían sus piezas. Los detuvieron con una caja llena de pedazos de barro y los acusaron de tráfico de piezas arqueológicas. Con el arresto, los vecinos comenzaron a hablar sobre Brígido, llamándolo saqueador y contrabandista de piezas prehispánicas. Así que decidió ir al penal Allende. Quería aclarar la situación. En el penal, Brígido le explicó a unos policías que sus primos estaban siendo acusados de delito de tráfico de piezas, pero después les dijo:“Esas piezas yo las hice.” Yo me eché toda la responsabilidad.Las piezas eran artesanías que él había hecho. Los policías le advirtieron que tendría que comprobar que lo que decía era cierto. Brígido aceptó y tomó el lugar de sus primos, quienes fueron liberados. Pensó que estaría en la cárcel unos pocos días, hasta demostrar su inocencia. Pero las cosas no fueron como esperaba.No, yo primero estuve 20 días en una galera. Y en ese espacio estábamos más de 230 gentes y a los 20 días, yo ya andaba como sonámbulo. Comenzaba a arrepentirse de haberse presentado en la prisión y poco a poco su esperanza de salir se esfumaba. No sabía cómo comenzar a defenderse de lo que lo acusaban y muy pronto se enteró de que le podían dar entre 3 y 10 años de cárcel. Pero su abogado concibió un plan para demostrar que Brígido era el creador de las piezas: traer barro al penal para que él hiciera una figura desde cero. Así que en secreto, sin el permiso del director de la cárcel, mandaron una camioneta al pueblo de Brígido… A unos 40 kilómetros de ahí. Consiguieron dos costales de barro y volvieron a Veracruz. Llegó el barro a las seis de la tarde. Y al otro día temprano, a las– por aquí desperté, me eché un baño, y sobre una de las mesas que había ahí, ahí me puse a modelar la pieza. Y tenía yo como dos o tres que estaban viendo como estaba yo manejando el barro, ¿no? Que eran guardias, ¿no?No, que eran presos, también…Ah, eran presos…Que estábamos en la misma área. Pasaron horas. Brígido seguía moldeando ante su pequeño público. Hasta que uno de sus compañeros le avisó que el director de la cárcel venía muy apurado. Y cuando llegó, se paró cerquita de Brígido, y le dijo:“Pero sabiendo cómo está su problema,” dice, “ahora, dice, ¿está haciendo piezas dentro del penal?” Y yo agarré, me paré así sanamente porque pues yo así soy, muy espontáneo, ¿no? Ora sí que pensé lo que se me vino. Le digo: “Caray, señor director,” digo, “ya estoy preso, yo no creo que me maten porque estoy haciendo las piezas aquí.” No me contestó nada. Y se fue. Y sigo modelando. El director lo dejó en paz. Y así, un día después, la escultura estaba lista: era una mujer sentada, de más o menos un metro y medio de altura. Estaba inspirada en una figura totonaca llamada Cihuateteo, una mujer que ha muerto durante el parto. Fue entonces que el abogado envió una foto de la pieza a Mario Navarrete, el perito arqueólogo que escuchamos al principio de esta historia.Yo nunca fui ahí con el afán de decir, este: “Que lo metan a lo más profundo del calabozo.” No, no, no, no. Mi trabajo era muy simple: “Dime si esto es original o es falso”. Pues simplemente dije lo que me pareció: “Sí, son originales.” Pero ahora, con foto en mano, Mario dudaba… La carta explicaba que Brígido había fabricado esa pieza, aparentemente totonaca, en la cárcel. O sea quizá Brígido no era un traficante, sino alguien con talento para elaborar sus propias figuras de barro. Un artista.El caso no era discutir ahí en ese momento si era una obra de arte o no. El caso era echar abajo un diagnóstico equivocado. Así que, después de consultarlo con su jefe, el director del MAX, Mario reconoció que los tepalcates que había tocado en el penal Allende no eran, como había creído, una mezcla de prehispánicos y modernos, sino todos de Brígido. Días después, un juez firmó la hoja de liberación de Brígido. Y poco antes de salir en enero de 1975, cuando ya muchas personas conocían lo talentoso que era, cuando incluso la prensa local comenzaba a escribir sobre él, recibió dos invitaciones. La primera era del director del Museo de Antropología de Xalapa: un señor llamado Alfonso Medellín y toda una eminencia de la arqueología mexicana. Quería que Brígido lo fuera a visitar para hacerle una oferta de trabajo. La segunda vino de unos contrabandistas que había conocido en la cárcel.Ya me habían invitado para llevarme a Estados Unidos para namás llevar el barro, las piezas las iba a fabricar allá.Le ofrecían llevarlo al otro lado de la frontera. Ponerle un taller y llevarle el barro de su tierra para que solo se dedicara a hacer piezas falsas, las cuales podrían vender por miles de dólares a coleccionistas y museos. Brígido tenía que tomar una decisión entre dos formas opuestas de seguir aprovechando su talento con el barro. :Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Antes de la pausa Brígido recibió dos ofertas de trabajo que lo invitaban a ir por caminos muy distintos… Uno lo llevaría a uno de los museos más importantes de México; el otro, a falsificar piezas arqueológicas en Estados Unidos. Ahora tenía que decidir. Nuestro productor Pablo Argüelles nos sigue contando. Pocos días antes de ser liberado, Brígido recibió la visita de un amigo que le preguntó:¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a ir a la invitación del señor director? Le digo: “Pues fíjate que no.” “A ver a ver, ¿cómo?¿Pero por qué no?” Digo yo: “¿Qué voy a hacer allá? ¿Y de qué voy a vivir ahí?”. No conocía ningún museo, no conocía un arqueólogo, antropólogo, no conocía Xalapa.” “Oye,” dice, “pues si te están invitando, yo te llevo.” El amigo lo convenció. Así que, poco después, Brígido se reunió en Xalapa con el director del MAX, Alfonso Medellín.Y me dice: “Mira Brígido,” dice, “yo tengo muy buen interés de que tú colabores con nosotros y con suerte pertenezcas a nuestro equipo.”Pero primero necesitaba mostrar sus habilidades. El director le contó que se acababa de descubrir una zona arqueológica importantísima en un lugar del estado llamado El Zapotal. Ahí habían encontrado una escultura muy rara: un esqueleto sentado, con un gran tocado y un rostro calavérico sacándole la lengua a quienes lo observaran. El dios totonaca de la muerte, Mictlantecuhtli. Y el MAX necesitaba una copia. Ese fue mi examen profesional que me puso el profesor Medellín. Ya habían venido por tres ocasiones cinco personas del departamento de restauración de México queriendo sacar esa, una copia porque aquella pieza no se puede mover porque está en barro crudo. Y si le haces tantita presión, se florea.O sea, se desbarata. Era un reto dificilísimo. Pero Brígido lo aceptó y el director le preguntó:“¿Cómo vas a hacer la obra? ¿Le vas a sacar un molde o cómo la vas a hacer?” Digo: “No, maestro,” digo, “esta pieza está modelada, pero no es para sacarle molde.” Se quedó así y se estiró un poco para atrás. “Entonces, ¿cómo la vas a hacer Brígido? Él respondió que iba a esculpir una copia de pura vista, con sus propias manos, tal y como habían hecho los creadores originales… El director se emocionó.Pegó así en el escritorio. Y me dice: “Brígido, adelante.” Brígido trabajó en El Zapotal durante cinco meses, esculpiendo y esculpiendo en el sitio arqueológico, frente al dios Mictlantecuhtli, hasta que logró replicarlo. Y no solo lo hizo una vez, sino que hizo tres copias de tamaños distintos. Prueba superada. Brígido entró al MAX como restaurador en 1975. Era un gran logro. Pero para trabajar ahí tuvo que pagar un precio bastante alto.Cuando yo llego aquí, me quitan la inspiración de hacer mi propia obra. Y de ahí me agarraron. Y luego que quiero una reproducción de esta, quieron una copia de esta, copia de aquella, copia… Puras reproducciones. Puras figuras para la tiendita del museo, todas con un sello oficial que las identificaba como réplicas. Y así pasaron los años. En 1985, una década después de que Brígido se uniera al museo, el gobernador de Veracruz anunció que reconstruiría y ampliaría el MAX. Remodelarlo era necesario. El viejo edificio tenía goteras y en una ciudad tan lluviosa como Xalapa, la gente tenía que entrar con paraguas a ver las obras. Pero el proyecto también obedecía a razones más personales del gobernador. Él era un aficionado de la arqueología y quería presumir al mundo entero la identidad mesoamericana de Veracruz. Y para hacerlo, no escatimó en gastos. Primero: encargó la construcción del nuevo edificio a una firma estadounidense. Segundo: ordenó a los alcaldes de los distintos municipios de Veracruz enviar al MAX piezas arqueológicas de sus regiones. Algo, que, recordemos, era ilegal. Y tercero: se fue de compras al extranjero, y no precisamente por ropa nueva. Fue a casas de subasta muy prestigiosas, como Sotheby’s, por piezas de las culturas que habitaron el estado de Veracruz. Y así comenzaron a llegar muchas y nuevas figuras al MAX. Un día, unos meses antes de la apertura del museo, Brígido estaba trabajando cuando uno de los conserjes vino a verlo. Me dice, este: “Oiga maestro, no hombre… qué chingonería de piezas llegaron ayer. Si quiere vamos pa’ que las vea.”Brígido acompañó al conserje para ver las piezas recién llegadas desde Estados Unidos. Varias de ellas ya estaban fuera de los embalajes. Y sí eran una chingonería, una maravilla. Había un caballero águila, una figura sentada, un dios conocido como Xipe Totec… Yo cuando las veo, yo me quedé y digo: “Híjole…”“Híjole”… Estaba seguro que eran suyas. Pero… cuando vio las piezas, ¿cómo las reconoció? ¿Cómo supo que eran suyas?Pues oye, uno sabe lo que hace. Todo eso lo tengo aquí. Dentro de mi mente y de mi memoria. Todo, todo. Pero ese día, cuando las vio, se quedó callado.No sé si decirle al director o no decirle.Pasó un día, pasó otro. Y no dejaba de dudar… Porque, en realidad, nadie tenía que enterarse. Las figuras de Brígido podían pasar por originales. Podía ser un secreto entre él y las piezas.Caramba, cómo le hago, cómo le hago y cómo… Pero ya un día se me vino un pensamiento así, tajante, que tenía yo que decirlo.Así que fue a hablar con uno de sus mentores en el MAX y cuando el director del museo se enteró… Nunca me dijo nada. Y todos los arqueólogos… Nadie me dijo nada.Las piezas de Brígido fueron guardadas en la bodega del museo. El tema permaneció en secreto. Hasta que se inauguró el nuevo MAX unos meses después, en octubre de 1986. Hubo invitados ilustres, incluido el presidente de México. Y también él:Me llamo Eugenio Logan Wagner.Eugenio es un arquitecto mexicoestadounidense que vive en Texas. En los años 80, hizo periodismo independiente junto con una colega llamada Mimi Crossley. Publicaban sobre arqueología para medios como el Washington Post y el New York Times. Mimi y Eugenio viajaron desde Estados Unidos a Xalapa para cubrir la inauguración del museo. Y ahí, el nuevo director –Medellín acababa de morir– les contó sobre Brígido.Oye, fíjate que el restaurador de las piezas de cerámica antes hacía sus propias obras y creían que estaba saqueando y lo arrestaron.Fue una charla rápida. Pero lo suficientemente intrigante para que Eugenio no la olvidara. De vuelta en Estados Unidos, él y Mimi comenzaron a buscar medios que quisieran publicar algo sobre la inauguración del MAX. Pensaron en la revista Connoisseur, especializada en Bellas Artes y coleccionismo. El editor de la revista había sido el director del Museo Metropolitano de Nueva York, el Met, durante casi una década. Y le encanta esos temas de medio escándalos en el mundo del arte. Y luego, luego cuando le mencionamos lo de Brígido Lara nos contrató ahí en el lugar: “No, ¿sabes qué? Vamos a hacer un artículo sobre él.” Así que Eugenio y Mimi regresaron a México y buscaron a Brígido. Pasaron varios días con él, incluso fueron a su pueblo. Le preguntaron sobre sus métodos… Y nos platicó de sus técnicas para que se viera vieja la pieza. A veces le echaba Coca Cola, a veces orines, lo que sea, como que tenía todas sus fórmulas ahí, exóticas.Y también aprendieron más sobre su estilo al verlo trabajar. Podíamos empezar a identificar la manera en que hacía las manos, por ejemplo. Como que tiene un estilo que dices: “¡Ay, ese es un Brígido!”Por los dedos muy finos y detallados. Durante unos seis meses, Eugenio y Mimi estuvieron investigando y viajando. Se la pasaban revisando catálogos de distintos museos en todo el mundo, luego volvían a Xalapa y le mostraban las imágenes a Brígido.Esta es tuya, ¿sí o no?¿La del Museo de San Luis en Missouri?Sí, ¿cómo no?¿Y el Ehecatl, es decir el Dios del Viento del Museo Metropolitano de Nueva York?Sí, efectivamente. ¿Y las del Museo de Arte de Dallas?Yo las hice. Antes de publicar el artículo, los periodistas contactaron al MET, al Museo de San Luis y al de Dallas. Querían contarles lo que habían investigado y que pudieran comentar al respecto. Ni el Met ni San Luis respondieron enseguida. Pero el Museo de Arte de Dallas sí.Y luego, luego dijeron: “¿Ah sí? Bueno, vamos a hacerle pruebas a ver qué fecha nos da.” Los resultados de las pruebas de termoluminiscencia demostraron que las tres piezas del museo no habían sido hechas entre los años 600 y 900 d.C., como se creía, sino que eran contemporáneas. Y así, en marzo de 1987, el director del museo de Dallas viajó junto con una curadora hasta Xalapa. Brígido se acuerda que estaba entrando a la oficina del MAX cuando ellos lo señalaron en voz alta y se le acercaron. Según él muy exaltados… Y metiendo las manos a unas mochilas, sacando folders donde traían las fotos y que supuestamente les llegó la versión que yo decía que esas piezas eran falsas. Y era el reclamo que a mí me venían a hacer. Querían que Brígido les demostrara que las tres piezas que ellos tenían en Texas eran en verdad de él. Brígido los llevó a la bodega del MAX, donde estaban guardadas muchas de las réplicas que él había hecho, esas que llegaron con la reconstrucción del museo. Y ahí les mostró a los texanos unas figuras:No, hombre, estos hombres cuando las vieron, no hallaban qué hacer.No sabían qué hacer: eran muy parecidas a las tres que ellos tenían en Dallas. El director y la curadora volvieron a Estados Unidos persuadidos de que sus piezas eran de Brígido. Y a finales de abril los museos de San Luis y de Dallas anunciaron que Brígido decía ser el creador de varias piezas en sus colecciones y que los análisis científicos que estaban haciendo ya estaban demostrando que algunas eran, en verdad, modernas. De la noche a la mañana, varios periódicos en Estados Unidos replicaron la noticia. Fue una verdadera sacudida al mundo del arte. Por un lado porque las colecciones de arte mesoamericano de algunos de los museos más importantes del mundo podrían perder su valor en cientos de miles de dólares. Pero también porque se tambaleaba el conocimiento que hasta entonces se creía tener sobre la cerámica de las culturas prehispánicas de Veracruz. De repente una pieza que se creía de estilo totonaca se convertía en un Brígido Lara. Después de toda la investigación que hicieron, Eugenio y Mimi le creyeron a Brígido. Es decir, que sus piezas eran hechas por él.Y no eran copias así, réplicas, eran piezas que él se inspiraba en el arte prehispánico, pero hacía sus propias creaciones. Brígido le dijo a Eugenio, a Mimi y a otras periodistas lo mismo que nos dijo a nosotros: que él nunca hizo pasar sus creaciones por piezas prehispánicas. Para Eugenio, él no cometió ningún delito. En el fondo, la noticia también ponía en evidencia las formas en las que museos y coleccionistas habían adquirido piezas mexicanas durante décadas. Finalmente, en junio del 87, el artículo de Eugenio y Mimi se publicó en Connoisseur y Eugenio empezó a recibir llamadas de coleccionistas privados donde le decían…“Oye, creo que tengo una pieza de Brígido Lara.” De repente, Brígido pasó de ser un artesano anónimo de un pequeño pueblo a un artista. Un artista que había puesto en jaque a algunos de los museos más importantes y poderosos del mundo. Y así vivió su fama durante años, contando que su obra había estado expuesta en el MET, vendiendo figuras de barro certificadas y también haciendo restauraciones y peritajes para el MAX. Y cuando llegó la pandemia, se retiró. Un día antes de que Paul y yo volviéramos de Xalapa a la Ciudad de México, Brígido nos invitó a su taller…¡Hola, hola! ¡Brígido, hola!Adelante, adelante, ¿cómo están?¿Cómo está?Allí nos comenzó a mostrar todas sus herramientas. En el centro del cuarto había una gran mesa de concreto donde hacía sus figuras. Y en una esquina había tres botes grandes llenos de barro crudo traído desde los arroyos de su pueblo.¿Este barro cuánto tiempo lleva así madurándose?Más de veinte años.Este es el barro de más de 20 años. Sí, más de 20 años…Nos enseñó que un buen barro es como un buen vino. Este pedazo de barro lo agarras así… Cada uno tiene su propio aroma, su elasticidad y también su textura. Por fin, podíamos ver cómo el barro se moldeaba a su voluntad.Con este barro yo puedo hacer lo que quiera. Cualquier pieza de cualquier cultura. Estar en el taller dio sentido a mucho de lo que ya sabíamos sobre Brígido. Antes de ir a Xalapa leímos periódicos viejos, vimos películas y también hablamos con conocidos suyos. La mayoría fueron charlas muy ligeras tipo: “Brígido, es muy amable, es muy talentoso”. Pero una de esas personas también nos dijo algo que nos intrigó más: que en Santiago de Chile, en el Museo Chileno de Arte Precolombino, hay una pieza mexicana. Y que, a juzgar por su apariencia y su estilo, esa pieza quizás era de Brígido. Paul y yo buscamos la pieza en el catálogo en línea del museo. Ahí se le nombra Xipe Totec. Es un hombre de barro de más o menos un metro de altura. En el rostro tiene una máscara y en el resto de su cuerpo una falda y la piel de otra criatura. Cuando lo vimos, lo que más llamó nuestra atención fue lo finos que eran sus pies y sus manos porque, tal como nos dijeron Eugenio y otras personas con las que hablamos, Brígido tiene una obsesión con hacer pies y manos muy detallados. Y por eso, aquel día en el taller, cuando Brígido sacaba piezas y más piezas de una enorme caja de madera y nos las mostraba… ¿Cómo ves?¡Mira!Estas son manos. Paul y yo nos lanzamos una mirada de inmediato. Brígido acababa de sacar de la caja unas manos de barro muy parecidas a las que tenía la pieza chilena. Tan parecidas que Paul dio ese pequeño grito. Creo que en ese momento ambos sentimos que quizás estábamos por desenmascarar una pieza más de Brígido, una que había logrado sobrevivir la gran revelación de los años 80. Así que Paul sacó su celular y le enseñó a Brígido la foto que teníamos de la piezaBrígido, yo quería preguntarle sobre estas manos. Ajá.Él vio la foto. Y cuando Paul le preguntó si reconocía la pieza, nos dijo que sí. ¿Cómo reconoce que es suya?No, pues es que la, la… ahora sé que mi obra pues la puedo conocer donde quiera, porque yo siempre les digo que, como tu letra, tu letra, tú la vas a conocer aquí y en China y en el tiempo que sea. O sea, lo mismo que nos había dicho antes. Que uno siempre reconoce su trabajo. Yo le insistí en la pregunta…Esta imagen que que estaba viendo, ¿usted podría decir que está 100% seguro que es de usted? Claro, claro que sí. Con mucho orgullo aseguró que ese hombre de barro, el que estaba en Chile, era suyo. Esa tarde nos despedimos de Brígido. Y, al volver a la Ciudad de México, quisimos investigar más…Bueno. Hola, Doctor, habla Pablo Argüelles, el periodista de Radio Ambulante.Ajá, dígame usted.¿Cómo está? Llamamos a Alfredo Delgado, el actual director del MAX. Conoce bien a Brígido y también fue perito arqueólogo durante muchos años. Quisimos hablar con él antes de llamar al museo de Chile para que analizara la pieza con nosotros. Le enviamos por correo imágenes y las observamos juntos por teléfono. Alfredo no tardó en decirnos que el hombre de barro no le parecía prehispánico, sino moderno.Sí, totalmente falso. Según él, la composición de la figura no tenía sentido, era una mezcla de estilos de distintas épocas y culturas: la cabeza parecía azteca, la falda maya y la máscara… como la de un héroe de la lucha libre y el cine mexicanos: El Santo. O sea, el hombre de barro era como un “grandes éxitos de las figuras mesoamericanas” combinado con la cultura popular mexicana del siglo XX. Alfredo nos dijo que quienquiera que haya hecho la pieza era un buen artesano. Pero también nos dijo que no creía que fuera de Brígido. Definitivamente creo que no es del maestro Brígido. ¿Qué le hace decir eso?No es el estilo de Brígido ni en la cocción ni en el acabado ni en las proporciones. Brígido, si la hubiera hecho, yo creo que hubiera cuidado más los detalles en el sentido de hacerlo parecer más prehispánico y que no hubiera dudas de su autenticidad. ¡Hm! Le digo porque se la mostramos dos veces a él y él nos dijo que era suya 100%. Mire, hay piezas originales que el maestro dice que son suyas… ¿Ah sí? Sí… Y que sabemos que son de excavación. Y él dice de pronto: “Ah, esa yo la hice.” Tiene tanta obra que ni se acuerda.Y sí, Brígido hizo cientos –sino miles– de piezas entre los años 50 y 60. Es probable que a veces confunda las que pasaron por sus manos con las que nunca tocó. Pero también es posible que quiera atribuirse obras ajenas. Para Alfredo, Brígido quizás también quiera moldear su historia a su conveniencia.Brígido lo quiere pasar como que él hacía artesanías y que no sabía lo que estaba vendiendo. Que el problema que pasaran por originales no era suyo, sino de los traficantes. Y no: él sí sabía lo que estaba haciendo. Por supuesto que lo sabía. Este…Qué interesante lo que me dice porque justo hablando con Brígido, él nos decía que él no sabía…Bueno… pues él quiere crear su propio mito, claro que sí. Yo quiero mucho al maestro, por supuesto, pero “Yo tengo otros datos.”Y es que Alfredo nos dijo que Brígido, antes de llegar al MAX, sí trabajó con otro falsificador en Veracruz y nos recordó que cuando otros falsificadores eran atrapados, era común que dijeran que las piezas eran creaciones suyas: meras artesanías populares. Tal y como hizo Brígido cuando se presentó en el penal Allende en 1974. Al respecto Brígido nos dijo que no conocía este tipo de mañas y negó haber trabajado con otros falsificadores. Mientras nos contaba esto, Alfredo siguió observando el hombre de barro del museo chileno. En un momento empezó a ampliar las imágenes para observar con más atención los detalles… Y luego, después de fijarse en las extremidades del hombre de barro, nos dijo:Mire, a lo mejor sí es de Brígido, ¿eh? Le voy a decir un secreto que pocos conocen. En las esculturas de Brígido, tiene una obsesión con los pies y están muy bien detallados. ¡Hmm! Ahora Alfredo dudaba… Y nosotros colgamos la llamada bastante desconcertados. Nos dejó pensando no solo si la pieza que está en Chile sería o no un Brígido sino también en algo más grande: que puede ser monumentalmente difícil distinguir una figura original de una falsa… De todas maneras, teníamos la sospecha final de Alfredo, así que llamamos a otro arqueólogo del MAX. Él también vio fotos de la pieza y estuvo de acuerdo con Alfredo: no era prehispánica porque no tenía coherencia desde un punto de vista estilístico. Incluso se atrevió a decir que sí le parecía que era hecha por Brígido. Con esta información y con estas dudas, decidimos que ya era hora de contactar al Museo Chileno de Arte Precolombino. Hablamos con ella: Soy Pilar Alliende Estévez.Pilar es arqueóloga y la encargada de las colecciones del museo. Empezamos por contarle la historia de Brígido y nuestras sospechas de que la pieza que tenían en el museo podía no ser original. Después, ella nos contó lo que sabía: La pieza llegó a Chile alrededor de la década de 1970 de manos del fundador del museo, un arquitecto y coleccionista de ese país. Esa pieza él la compró en un remate en Estados Unidos. Entonces también coincide un poco la historia, ¿no?Porque la compró en una subasta, tal y como había hecho el gobernador de Veracruz con las piezas de Brígido. Y con la figura venía un certificado de datación.Da una fecha muy amplia. El fechado le sale entre 650 d.C. y 1450. Y es en un pie y en la zona de la cabeza. Es decir, las pruebas –realizadas por un laboratorio en Estados Unidos– solamente se hicieron en el pie izquierdo y en la cabeza. En 1981 el hombre de barro pasó a formar parte de las primeras mil obras con las que se abrió el Museo Chileno de Arte Precolombino y muy pronto se convirtió en una de las más emblemáticas de la colección. Y luego, el 5 de marzo de 1985, durante uno de los terremotos más fuertes en la historia reciente de Chile, cayó de su soporte y se quebró en 135 pedazos.Y quedó en evidencia que el brazo, uno de sus brazos era falso. Durante las restauraciones de la pieza, los expertos vieron que el brazo izquierdo estaba lleno de yeso, con una malla de metal. Y se dieron cuenta de que en realidad todo el hombre ya había sido reconstruido antes, de una forma bastante tosca, con fierros para unir algunas piezas por dentro y también con un pegamento aplicado a altísimas temperaturas, lo cual impidió que se hicieran pruebas de termoluminiscencia posteriores. La persona que restauró o que, que armó esto era una persona que le interesaba la apariencia externa y su trabajo como lo haría un conservador, un restaurador, eh, por dentro no le importó nada. Pilar nos dijo además que los restauradores del museo vieron que las piezas del hombre de barro eran una mezcla.Veías que había partes que eran, posiblemente, originales y las otras eh, agregadas. Y después nos aclaró algo:Eso se considera una pieza auténtica. Y sí, según los principios del Museo Chileno de Arte Precolombino, una figura así, restaurada, con una mezcla de piezas antiguas y contemporáneas, se sigue considerando como una pieza patrimonial. Y por eso sigue hoy en exhibición. Pero Pilar tampoco se cerró a la posibilidad de que toda la pieza fuera hecha por Brígido.Si es un Brígido, que puede ser, o sea, no sé, sería un Brígido que se quebró y fue restaurado. Y que después llegó a una subasta en Estados Unidos y fue vendido al fundador del museo chileno. Puede ser. Para Pilar, la función de un museo es investigar sus colecciones.Y tiene que siempre ser supertransparente en eso. Pero para declarar una pieza falsa, como tal, hay que hacer mucho más análisis. Análisis científicos mucho más minuciosos que complementen las evaluaciones de peritos arqueólogos. Pilar nos explicó que ahora no hay agenda ni dinero para hacer un estudio así. Pero también nos dijo:Evidentemente yo esta información se la voy a pasar a registro.Para que en el inventario quede escrito que Brígido Lara, mexicano, reproductor de piezas precolombinas mesoamericanas, sostiene haber construido esta pieza. Por ahora seguirá en exhibición. Habrá que ver qué deciden hacer con ella: si le hacen los análisis científicos, si la sacan de la colección, si le ponen algún texto aclaratorio para los visitantes o si, sencillamente, la dejan como está. Durante nuestro reporteo, Paul y yo nos repetimos una y otra vez lo que nos dijo Mario Navarrete, el perito que escuchamos al inicio de esta historia: la arqueología no es una ciencia exacta. Fue nuestro recordatorio cada vez que encontrábamos análisis científicos sin conclusiones, o cuando los expertos nos expresaban sus reparos.Pero lo cierto es que… cuando comenzamos a averiguar sobre el hombre de barro que está en Chile, nos obsesionamos por saber si era original o falso. Queríamos una respuesta clara, sin medias tintas. Sin embargo, lo que encontramos fue algo diferente. Un hombre de barro más complejo. Un hombre cuya historia no se ajusta del todo a las fronteras entre lo original y lo falso, entre lo antiguo y lo contemporáneo. Las obras de Brígido han sido expuestas de forma anónima en algunos de los mejores museos del mundo. Y ya no es una locura pensar que quien nos escuche pueda encontrarse alguna vez, en algún museo, con una figura de la costa de Veracruz catalogada como prehispánica… Pero que esa figura, un hombre de barro por ejemplo, pueda ser de Brígido. Un Brígido Lara… auténtico. Brígido sueña con recuperar algunas de sus piezas regadas por el mundo y exponerlas en un museo con forma de tortuga que quiere construir en Tlalixcoyan, su pueblo en Veracruz. Gracias al Museo de Antropología de Xalapa y a su director Alfredo por todas las facilidades que nos dieron. También a Pilar Alliende, al Museo Chileno de Arte Precolombino, a Eugenio Logan Wagner y a Jesse Lerner. Paul Antoine Matos es periodista mexicano y verificador de datos para la Agence France-Presse. Pablo Argüelles es productor de Radio Ambulante. Gracias a este episodio descubrieron que son vecinos de la misma calle en la Ciudad de México. Este episodio fue editado por Camila Segura, Natalia Sánchez Loayza, Luis Fernando Vargas y por mí. Bruno Scelza hizo el factchecking. El diseño de sonido y la música son de Andrés Azpiri. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Aneris Casassus, Diego Corzo, Emilia Erbetta, Rémy Lozano, Nancy Martinez-Calhoun, Selene Mazón, Juan David Naranjo, Ana Pais, Melisa Rabanales, Natalia Ramírez, Barbara Sawhill, David Trujillo, Ana Tuirán, y Elsa Liliana Ulloa. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa de Hindenburg PRO. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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