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Radio Ambulante - La desobediente

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Cuando ser la hija perfecta dejó de ser suficiente.

Andrea Russell creció deseando la llegada del paraíso que le prometían los Testigos de Jehová. Imaginaba que allí finalmente se sentiría amada y libre. Pero cuando su mundo comenzó a derrumbarse, se preguntó si en verdad tenía que esperar para ser ella misma.

En nuestro sitio web puedes encontrar una transcripción del episodio.

Or you can also check this English translation.

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:
Esto
es
Radio
Ambulante
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Andrea
Russell
recuerda
bien
esa
noche.
Cuenta
que
fue
al
poco
tiempo
de
entrar
a
la
universidad,
por
el
2010.
Estaba
de
pie
frente
a
un
club
nocturno
de
la
Ciudad
de
México.
Había
llegado
con
unos
amigos
nuevos. Así
que
yo
estaba
así,
todos
entraban
y
yo
estaba
en
la
puerta.
Entro,
no
entro,
entro,
no
entro. Estaba
inmóvil,
prácticamente
paralizada.
Era
la
primera
vez
en
su
vida
que
iba
a
un
club.Me
acuerdo
que
en
ese
momento
entró
una
chica
y
me
preguntó:
“¿hay
cover
o
no
hay
cover?”Es
decir,
lo
que
cuesta
entrar
al
lugar.
Yo
decía
¿queeé?
Yo
me
acuerdo
que
me
quedé
así.
Y
le
digo:
sí…
Pero
yo
no
sabía
ni
lo
que
era
cover.Pasó
media
hora
y
nada
que
Andrea
se
atrevía
a
entrar.
Tenía
mucho
miedo. Yo
me
imaginaba
que
era
como
un
Sodoma
y
Gomorra,
todos
besándose,
todos
ahí
haciendo
de
todo.Sodoma
y
Gomorra,
dos
ciudades
que,
según
la
Biblia,
fueron
destruidas
sin
misericordia
por
Dios
porque
sus
habitantes
vivían
en
la
lujuria
y
el
desenfreno.
Y
es
que
ella
creció
con
creencias
muy
conservadoras
y
religiosas,
parte
de
los
Testigos
de
Jehová.
Y
eso
significaba
temer
de
todo
aquello
que
escapara
de
las
reglas
de
Dios.
Andrea
solo
podía
pensar
que,
ahí
adentro,
pasaban
muchas
de
las
cosas
que
desde
pequeña
le
habían
dicho
que
eran
del
diablo. Yo
siempre
crecí
con
mucho,
con
mucho
miedo
de
la
gente
de
afuera.
Tenía
mucho
miedo
a
todo
porque
los
testigos
te
enseñan
que,
que
la
gente
de
afuera
es
mala.
Y
que
Dios
va
a
destruir
a
toda
la
gente
que
no
hace
su
voluntad.Así
que
esa
noche,
solo
podía
tener
pánico.
Sentía
que
estaba
exponiéndose
a
un
riesgo
gigante,
pero
también
tenía
mucha
curiosidad
de
probar
algo
nuevo.
Tardé
mucho
en
poder
entrar,
o
sea,
me
tardé
como
media
hora
en
lo
que
entraba,
no
entraba…Hasta
que
sus
amigos
salieron
y
la
metieron
al
bar. Y
una
vez
que
entré,
sentí
como
que
estaba
entrando
al
inframundo,
a
lo
peor,
porque
las
imágenes
con
las
que
yo
crecí
de
los
antros
eran
personas
con
cortes
de
pelo
muy
extravagantes,
toda
la
gente
tatuada.
Tomando
todos
con
una
cerveza
en
la
mano,
peleándose
unos
en
la
esquina,
besándose
en
otra
esquina.El
bar
tenía
dos
pisos
de
pasillos
estrechos
y
con
cuartos
pequeños…
cada
uno
con
un
ambiente
diferente:
karaoke,
música
electrónica,
una
terraza.
Había
luces
neón,
una
bola
de
disco
y
las
paredes
retumbaban
con
el
sonido.
Andrea
entró
con
miedo,
pero
cuando
miró
bien
a
su
alrededor…
Fue
todo
lo
contrario
a
lo
que
yo
imaginaba
porque
vi
gente,
sí,
gente
bailando,
gente
bebiendo,
pero
de
una
forma
muy
normal,
o
sea,
nada
fuera
de
lo
común.Se
sintió
a
gusto
y
eso
la
sorprendió.
Es
más,
fue
una
revelación… Es
como
si
a
ti
te
dicen:
“solamente
existen
rosas
rojas”.
Y
descubres
que
no
es
así.
Que
también
hay
rosas
amarillas,
hay
rosas
blancas.
Y
entonces
te
das
cuenta
que
te
mintieron.
Y
eso
obviamente
te
hace
cuestionarte
y
decir:
“Bueno,
si
esto
no
es
verdad.
¿Qué
me
garantiza
que
todo
lo
demás
lo
sea?” Y
esa
pregunta
la
llevaría
a
cuestionarse
más
y
más
todo
aquello
que
pensaba
que
era
verdad,
porque
tal
vez,
ahí
afuera,
había
un
lugar
para
ella
en
el
mundo.
Una
pausa
y
volvemos. Estamos
de
vuelta.
Nuestra
asistente
de
producción
Selene
Mazón
nos
cuenta.La
puerta
de
ese
bar,
en
Ciudad
de
México,
estaba
muy
lejos
del
lugar
donde
Andrea
había
nacido:
Brooklyn,
Nueva
York.
Allí
pasó
los
primeros
ocho
años
de
su
vida.
Vivía
en
un
departamento
con
su
mamá,
mexicana,
y
su
papá,
estadounidense,
de
ascendencia
irlandesa.
Ambos
trabajaban
mucho
en
el
hospital.
Él
como
doctor,
ella
como
enfermera.Mis
padres
nunca
estaban
en
casa.
Siempre
estaban
trabajando.
Yo
solo
recuerdo
que
escuchaba
cuando
abrían
la
puerta
y
era
ya
muy
noche.Andrea
era
hija
única
y
casi
siempre
estaba
sola
en
casa.
El
único
momento
que
pasaba
con
sus
papás
eran
los
domingos,
cuando
iban
a
la
congregación.
Entre
semana,
Andrea
estudiaba
en
una
escuela
pública.
Una
vez
que
llegaba
a
casa,
después
de
hacer
la
tarea,
se
ponía
a
leer
la
Biblia
y
a
estudiar
libros
y
folletos
sobre
Dios.
Esos
materiales
eran
su
principal
enlace
con
el
mundo,
su
mundo.
Desde
muy
pequeña,
Andrea
supo
que
pertenecía
a
una
comunidad
especial,
diferente,
una
de
la
que
se
sentía
afortunada
de
pertenecer. Siempre
se
nos
decía
que
éramos
el
pueblo
feliz.
Entonces,
siempre
debías
sentir
alegría,
porque
pues
eres
parte
del
pueblo
de
Dios,
no
hay
razón
para
estar
tristes.Un
pueblo
feliz,
una
forma
en
la
que
los
Testigos
de
Jehová
se
refieren
a
mismos.
Los
papás
de
Andrea
se
volvieron
miembros
de
esta
religión
en
momentos
diferentes:
mientras
su
papá
ya
era
Testigo
de
Jehová
desde
que
nació,
su
mamá
se
convirtió
cuando
se
casó
con
él.
Los
Testigos
de
Jehová
es
una
religión
que
surgió
a
finales
del
siglo
XIX
en
Pensilvania,
Estados
Unidos.
A
diferencia
del
catolicismo,
los
Testigos
se
caracterizan
por
adorar
a
Jehová
como
único
Dios.
Rechazan
la
existencia
de
la
Trinidad,
el
concepto
que
engloba
al
padre,
al
hijo
y
al
Espíritu
Santo.
Tienen
su
propia
versión
de
la
Biblia,
denominada
“Traducción
del
Nuevo
Mundo
de
las
Santas
Escrituras”
publicada
completa
a
partir
de
1961,
a
la
que
reconocen
como
la
única
Palabra
de
Dios
y
a
la
que
hay
que
seguir
para
sobrevivir
el
fin
del
mundo.En
los
testigos
te
enseñan
que
va
a
haber
una
destrucción
de
toda
la
gente
mala
y
que
toda
la
tierra
va
a
ser
un
paraíso,
donde
vas
a
vivir
eternamente
y
todo
va
a
ser
maravilloso.
:
Un
mundo
pacífico,
sin
muerte
ni
sufrimiento.
Los
Testigos
se
dividen
en
congregaciones.
Comunidades
locales,
cerradas,
donde
todos
se
conocen.
Tienen
reuniones
semanales
ya
sea
para
estudiar
algún
libro
o
folleto
religioso,
aprender
oratoria,
o
enseñar
técnicas
para
acercarse
a
las
personas
pues
parte
del
objetivo
es
sumar
más
miembros
a
la
congregación.
Todos
los
domingos,
ella
y
sus
papás
iban
al
Salón
del
Reino,
como
se
conoce
a
los
templos
de
los
Testigos
de
Jehová.
Era
un
espacio
grande,
con
hileras
e
hileras
de
sillas,
un
escenario,
un
atril,
un
micrófono
y
un
texto
bíblico
en
la
parte
del
fondo.
La
reunión
del
domingo
era
liderada
por
el
pastor
de
la
congregación,
conocido
como
anciano.
Los
asistentes,
como
Andrea,
cantaban,
escuchaban
la
palabra
de
Dios
y,
al
terminar,
se
organizaban
en
grupos
para
salir
a
predicar
de
casa
en
casa.
Esta
parte
le
encantaba
a
Andrea… Me
gustaba
porque
para
era
un
juego,
porque
predicábamos
abarcando
las
manzanas.
Uno
empezaba
en
una
esquina,
el
otro
en
otra
esquina
y
le
dábamos
la
vuelta
a
la
manzana
y
nos
encontrábamos,
y
para
era
divertido,
porque
yo
decía:
“Ay,
vamos
a
empezar.
Ahorita
te
veo”,
y
era
como
a
ver
quién
llegaba
primero
a
la
esquina,
¿no?
de
encuentro.Se
dividían
en
parejas,
por
lo
general
personas
del
mismo
sexo
o
un
adulto
y
un
niño,
y
tocaban
puerta
por
puerta.
Apenas
alguien
abría,
Andrea
recitaba
de
memoria
una
presentación
de
la
que
se
sentía
muy
orgullosa. Buenos
días,
señora.
Estamos
visitando
a
las
personas,
compartiéndoles
una
información
importante.
¿Usted
sabe
cómo
se
llama
Dios?Entonces
ella,
tal
como
había
ensayado,
sacaba
la
Biblia
y
recitaba
el
verso
Salmos
83:18:
Salmo:
Para
que
la
gente
sepa
que
tú,
cuyo
nombre
es
Jehová,
solo
eres
el
Altísimo
sobre
toda
la
tierra.
:
Y
continuaba:
Jehová
tiene
una
promesa
para
usted.
Y
es
que
esta
tierra
va
a
ser
un
paraíso.
Me
gustaría
dejarle
esta
revista
para
que
usted
la
lea
y
conozca
más
de
las
promesas
de
Dio
:
Las
personas
por
lo
general
aceptaban
el
folleto
y,
a
veces,
como
era
una
niña
de
unos
seis
años,
le
regalaban
dulces.
Andrea
sentía
que
era
parte
de
algo
especial.
Pero
en
casa
la
situación
era
diferente.
Como
casi
siempre
estaba
sola,
a
veces
le
daban
ataques
de
pánico.
La
invadía
un
miedo
profundo,
que
no
podía
explicar
ni
mucho
menos
controlar.
En
uno
de
ellos,
recuerda,
tomó
el
teléfono
y
llamó
a
una
de
las
hermanas
de
la
congregación,
una
vecina
de
más
de
60
años
y
amiga
de
su
mamá,
quien
normalmente
estaba
pendiente
de
Andrea
mientras
sus
papás
estaban
en
el
hospital.
Le
dijo
que
tenía
mucho
miedo. Entonces
ella
me
dijo:
“Haz
una
oración,
haz
una
oración
fuerte
a
Dios
utilizando
su
nombre”,
y
dile:
“Jehová,
protégeme
y
quítame
este
miedo”. Andrea
obedeció.
Apenas
pronunció
el
nombre
de
Jehová,
se
tranquilizó. Yo
dije:
“Ah,
entonces
Jehová
es
el
Dios
verdadero,
porque
me
quitó
esto”.
Y
a
partir
de
ese
momento,
yo
le
hice
una
oración
a
Dios,
dije:
“Yo
quiero
servirte
toda
mi
vida
y
voy
a
dedicar
toda
mi
vida
a
hacer
tu
voluntad
y
tu
servicio”.Desde
ese
momento,
comenzó
a
creer
mucho
en
las
enseñanzas
de
los
Testigos.
Se
esforzaba
por
ser
una
buena
hija
para
sus
padres
y
para
Jehová.
Obedecía,
cumplía
con
sus
deberes,
limpiaba
su
cuarto,
salía
a
predicar,
iba
con
gusto
a
las
reuniones…
Aún
así,
ser
parte
de
esta
comunidad
implicaba
sacrificio.
Una
de
las
reglas
más
importantes
dentro
de
los
Testigos
era
que
no
podía
tener
amigos
fuera
de
la
religión. Hay
una
parte
en
la
Biblia
donde
dice
que
las
malas
compañías
echan
a
perder
los
hábitos
útiles.
Y
también
la
Biblia
dice
que
la
amistad
con
el
mundo
es
enemistad
con
Dios.Su
religión
rechazaba
todo
lo
que
no
estuviera
en
sus
escrituras.
Por
ejemplo,
cuando
Andrea
escuchaba
en
la
escuela
temas
que
contradecían
la
versión
de
la
Biblia,
como
la
teoría
del
Big
Bang
o
la
evolución,
siempre
le
decían
que
esas
eran
cosas
diabólicas.
Que
escuchara,
pero
que
no
creyera
nada.
También
debía
renunciar
a
algunas
cosas
del
mundo
exterior,
o
mundano,
como
se
le
decía
dentro
de
la
congregación.
Por
ejemplo,
tenía
prohibido
celebrar
festividades
como
la
Navidad,
Halloween
o
incluso
los
cumpleaños…
Tampoco
podía
participar
en
ninguna
actividad
patriótica,
como
saludar
a
la
bandera.
Para
los
Testigos
eso
se
consideraba
idolatría
y
era
un
acto
inaceptable.
Según
la
Biblia,
solo
se
debe
adorar
a
Jehová.
Otras
reglas
eran
leyes
no
escritas,
como
por
ejemplo
escuchar
la
música
que
sonaba
en
la
radio
en
esa
época,
como
Christina
Aguilera
o
Britney
Spears.
Andrea
pasaba
sus
tardes
leyendo
la
Biblia
o
libros
editados
por
la
misma
organización.
Cuando
tenía
8
años,
la
vida,
como
la
conocía,
cambió
en
un
momento.
Sin
explicarle
nada,
su
mamá
empacó
sus
cosas,
le
dijo
que
hiciera
lo
mismo
con
las
suyas
y
juntas
tomaron
un
taxi
hacia
el
aeropuerto
de
Nueva
York
donde
se
montaron
a
un
avión.
Ese
día,
su
papá
no
estaba
en
casa. Sentía
como
que
me
estuvieran
secuestrando,
no
sé,
porque
yo
no
veía
a
mi
papá
y
yo
en
la
vida
me
había
subido
a
un
avión,
entonces
yo
era
como
de…
¿por
qué?
No,
no,
no
entendía
nada.Andrea
tenía
muchas
preguntas,
pero
no
se
atrevía
a
hacerlas
por
temor
a
la
reacción
de
su
mamá.
Después
de
unas
horas,
el
avión
aterrizó
en
la
Ciudad
de
México.
Ya
una
vez
aquí,
yo
le
preguntaba
siempre
por
mi
papá
y
ya
me
dijo
que
ya
no
íbamos
a
regresar,
que
se
había
separado
de
mi
papá
y
sí,
la
pasé
muy
mal.
Lloré
mucho.Su
primer
año
en
México
no
fue
fácil.
Empezando
por
el
idioma.
Aunque
entendía
y
hablaba
español
por
su
mamá,
le
costó
trabajo
dominarlo.
También
se
tuvo
que
adaptar
a
la
comida
y
a
ciertos
nuevos
horarios,
como
por
ejemplo
la
cena,
que
se
servía
más
tarde.
Terminó
de
estudiar
el
ciclo
escolar
por
correspondencia
en
su
antigua
escuela
de
Brooklyn
y,
al
año
siguiente,
la
inscribieron
en
una
primaria
bilingüe.
Y
aunque
Andrea
nunca
supo
la
razón
por
la
cuál
sus
papás
se
divorciaron,
su
forma
de
darle
sentido
a
todo
eso
era
a
través
de
la
religión.
Pensaba
que
sus
papás
se
separaron,
probablemente,
por
no
seguir
a
Jehová.
Y
es
que
ellos
no
fueron
realmente
miembros
muy
activos
dentro
de
la
congregación.
Por
eso
yo
sentía
que
yo
tenía
que
hacer
la
diferencia.
Realmente
hacer
lo
que
mis
papás
no
no
hacían.Ser
ejemplar
para
Dios.
Algún
tiempo
después,
su
mamá
se
casó
con
alguien
más
y
tuvo
otro
hijo.
Su
padrastro
no
era
testigo
de
Jehová,
y
se
mantenía
ajeno
a
la
religión.
Andrea
estaba
ilusionada
con
la
idea
de
una
nueva
familia,
pero
pronto
se
dio
cuenta
de
que
no
sería
como
imaginaba. No
sentía
cariño
de
parte
de
él
hacia
mí,
porque
cuando
estuvo
con
mi
mamá,
tuvieron
a
mi
hermano
y
pareciera
como
que
ellos
eran
el
núcleo
de
la
familia:
Mi
padrastro,
mi
madre
y
mi
hermano.
Y
yo
era
como
si
fuese
una
arrimada,
como
algo
que
estorbaba
ahí.
Entonces
nunca
me
trató
bien. Y,
por
otro
lado,
tampoco
sentía
que
podía
contar
con
su
mamá.
Su
relación
con
ella
siempre
fue
difícil.
Era
sumamente
autoritaria
y
exigía
cosas
que
Andrea
sentía
como
absurdas:
por
ejemplo
que,
al
tender
la
cama,
las
colchas
no
podían
quedar
con
ningún
pliegue.
Andrea
le
tenía
miedo;
miedo
a
enojarla,
a
que
le
gritara
o
que
le
pegara.
Por
eso
prefería
pasar
inadvertida.
Casi
no
hablaba
con
ella.
Y
con
su
papá
biológico,
que
estaba
en
Estados
Unidos,
pasaba
lo
mismo.
Andrea
fue
a
visitarlo
un
par
de
veranos,
pero
la
relación
siempre
fue
distante.
Y
en
esos
momentos,
la
religión
seguía
siendo
su
principal
refugio.
Se
mudaron
varias
veces
de
casa
y
de
ciudad
hasta
que
se
establecieron
temporalmente
en
Los
Reyes,
La
Paz,
en
la
periferia
de
la
Ciudad
de
México.
Pasó
por
varias
congregaciones
hasta
que
encontró
una
en
la
que
se
sentía
más
cómoda:
la
de
habla
inglesa.
Y,
aunque
le
quedaba
lejos,
no
le
importaba.
Se
sentía
más
identificada
con
el
idioma.
A
esa
congregación
iban
mexicanos,
pero
también
muchos
extranjeros
radicados
en
México
que
habían
ido
a
evangelizar.
En
medio
de
tantos
cambios,
la
única
constante
era
su
devoción
a
Jehová.
Cuando
Andrea
creciera,
quería
ser
misionera
para
llevar
la
palabra
de
Dios
a
diferentes
partes
del
mundo
y
así
también,
garantizar
su
vida
en
el
paraíso
donde
todo
el
sufrimiento
en
su
vida
iba
a
desaparecer.
Y
en
esa
esperanza,
entre
esas
cosas
que
iban
a
cambiar,
había
una
importantísima
en
su
vida.
Una
que
mantenía
en
secreto,
que
le
daba
muchísima
vergüenza
admitirle
a
los
demás
y
que
solo
Jehová
conocía…Para
era
que
Dios
permitiera
que
yo
fuera
mujer
como
siempre
me
sentí,
desde
que
nací.Y
es
que,
a
pesar
de
que,
en
ese
momento,
Andrea
tenía
un
nombre
masculino
y
era
para
todos
vista
como
un
varón,
ella,
muy
en
el
fondo
y
desde
muy
temprana
edad,
sabía
que
algo
estaba
mal.
Yo
siempre
me
sentí
niña,
pero
siempre
me
dijeron
que
no
era
niña,
que
yo
era
un
niño,
porque
había
desarrollado
genitales
masculinos.Desde
muy
pequeña,
Andrea
aprendió
a
reprimir
lo
que
sentía.
Por
ejemplo,
cuando
pedía
una
Barbie
o
una
muñeca,
la
respuesta
siempre
era
no.Me
acuerdo
que
a
veces
los
domingos
se
organizaban
para
ir
a
jugar
fútbol.
Y
yo
como
niño
pues
tenía
que
ir
a
jugar
fútbol
y
pues
a
no
me
gustaba
el
fútbol,
yo
quería
estar
con
las
niñas
haciendo
sandwichitos.Andrea
no
entendía
esas
reglas,
pero
las
aceptó.
Así
vivió
casi
toda
su
infancia.
Ocultando
quién
era,
hasta
que,
un
día,
a
los
12,
estaba
en
clase
de
educación
física
cuando
notó
algo… Llevábamos
playeras,o
eran
muy
pegadas,
pero
pues
se
veía
que
yo,
que
yo
tenía
ahí
algo
diferente,
¿no?Comparándose
con
sus
compañeros
era
evidente
que
su
cuerpo
estaba
cambiando
de
forma
distinta
a
la
de
ellos…Me
empezó
a
crecer
el
busto
a
los
12
años.
La
voz
no
se
me
hacía
tan
gruesa,
entonces
era
como
raro
para
mi
mamá
eso.Los
pechos,
la
voz…
Desconcertada,
su
mamá
la
llevó
al
endocrinólogo,
el
especialista
que
estudia
las
enfermedades
relacionadas
con
el
metabolismo
y
las
hormonas.
Andrea
recuerda
que
le
hicieron
varios
estudios
y
cuando
regresaron
al
consultorio
a
leer
los
resultados,
hubo
un
silencio
incómodo.El
doctor
simplemente
le
dijo
a
mi
mamá
que
yo
esperara
afuera. Andrea
salió
del
consultorio,
asustada.Me
sentí
mal
porque
sentí
como
que
yo
estaba
haciendo
algo
malo,
como
que
era
mi
culpa
que
estuviéramos
ahí.
Estaba
en
el
pasillo,
sin
saber
dónde
o
cómo
esconderse.
Cada
minuto
que
pasaba
era
eterno.
Su
mamá
salió
del
consultorio,
furiosa.
Andrea
solo
recuerda
que
la
regañó,
pero
que
no
le
dio
ninguna
explicación. Me
dijo
que
tenía
que
tomar
unas
pastillas,
que
iba
a
tener
un
tratamiento.
Y
que
esperaba
que
con
eso
me
arreglara.Según
los
resultados
de
los
estudios,
tenía
una
dosis
baja
de
testosterona.
Para
equilibrar,
el
endocrinólogo
le
recetó
unas
cápsulas
que
tenía
que
tomar
todos
los
días.
Andrea
no
entendía,
pero
se
sintió
culpable.
Yo
pensaba
que
yo
lo
provocaba
psicológicamente
porque
yo
siempre
me
sentía
una
niña.
Entonces
dije
a
lo
mejor
lo
deseo
tanto
que
quizás
yo
lo
estoy
provocando. Su
mamá
la
empezó
a
llevar
a
una
psicóloga
para,
supuestamente,
tratar
un
posible
trastorno
de
Déficit
de
Atención
e
Hiperactividad.
Sin
embargo,
las
preguntas
que
le
hacían
no
tenían
nada
que
ver
con
eso.
Me
preguntaba:
¿Tú
quieres
ser
niña?
¿Te
gustaría?
¿Te
gusta
vestirte
de
niña?
¿Te
gustan
las
cosas
de
niña?
¿Te
sientes
mujer?
Ese
tipo
de
preguntas.Andrea
negaba
todo.Yo
como
sabía
que
la
psicóloga
tenía
que
decirle
todo
lo
que
yo
le
dijese
a
mi
mamá,
pues
yo
cuando
ella
me
hacía
ese
tipo
de
preguntas
pues
yo
siempre
le
decía
que
no.Por
una
parte,
era
por
temor
a
la
reacción
de
su
mamá,
pero
por
otra,
también
era
una
forma
de
proteger
la
imagen
de
la
organización
a
la
que
pertenecía.
Según
lo
que
le
enseñaban
los
testigos,
la
psicóloga
no
era
quién
para
juzgarla
o
saber
de
su
vida.
Siguió
con
el
tratamiento
hormonal
y
poco
a
poco
surtió
efecto.
Le
empezó
a
crecer
un
poco
más
de
vello
facial,
los
pechos
dejaron
de
desarrollarse…
Sin
embargo,
el
costo
era
muy
alto.
Le
causaba
náuseas,
dolor
de
cabeza,
irritabilidad…
A
veces,
cuando
podía,
Andrea
ocultaba
las
pastillas
en
las
macetas
de
las
plantas
de
la
casa
o
las
tiraba
a
la
basura…
Así
siguió
tres
años
más,
cuando
dejó
de
tomarlas
por
completo
con
la
aceptación
a
regañadientes
de
su
mamá.
Pero
en
la
congregación
ya
todos
se
habían
dado
cuenta
de
que
algo
raro
pasaba
con
ella.
Aunque
nunca
le
preguntaron
directamente,
Andrea
notaba
las
miradas
extrañas
de
los
demás
miembros.
Por
más
de
que
tratara
de
disimular,
había
algo
en
la
forma
en
que
se
desenvolvía
que
era
muy
difícil
que
pasara
inadvertida.
Todo
el
tiempo
escuchaba
comentarios: ¿Por
qué
es
así?
¿Por
qué
tiene
esas
formas
de
ser?
¿Por
qué,
por
qué
es
tan,
tan
femenina,
cuando
no
es
mujer?
Eso
está
en
contra
de
Dios. Entonces
ella
trataba
de
sentarse
con
las
piernas
abiertas,
hacer
más
gruesa
su
voz,
pero
no
era
suficiente.
La
veían
extraño,
hablaban
a
sus
espaldas…
Y
así
empezó
a
odiar
todo
de
misma:
su
aspecto
físico,
su
forma
de
ser.
Me
daba
mucha
vergüenza,
me
sentía
mal
y
me
daban
muchas
ganas
de
llorar.
Me
sentía
como
alguien
rara. Porque
además
de
su
físico,
sus
intereses
no
eran
los
mismos
que
los
de
sus
compañeros…Porque
yo
veía
que
para
esa
edad
los
mismos
niños
con
los
que
yo
crecí
de
mi
congregación,
ya
estaban
viendo
a
las
niñas,
hablaban:
“No,
mira,
ella
está
bien
bonita”,
y
yo
veía
que
yo
no
sentía
eso
y
me
empecé
a
sentir
muy
diferente,
yo
no
siento
eso. A
ella,
en
cambio,
le
atraían
los
niños,
pero
apenas
esa
idea
llegaba
a
su
mente,
de
inmediato
se
censuraba.
Comenzó
a
ahogarse
en
una
culpa
y
en
una
vergüenza
que
la
apartaba
de
todo
y
de
todos.
Sentía
que
no
podía
hablar
de
esto
con
nadie
ni
con
su
mamá.
Se
volvió
más
retraída
y
dejó
de
asistir
a
los
eventos
sociales
de
la
congregación.
Podía
pasar
días
encerrada
en
casa.
El
único
que
sabía
lo
que
le
pasaba
era
Jehová.
Por
eso
se
aferró
aún
más
a
ser
su
hija
perfecta. En
los
testigos
te
decían
que
esas
cosas
si
te
acercabas
a
Dios,
se
te
quitaban.
Entonces
ya
decía:
“Voy
salir
a
predicar
a
cada
rato
y
voy
a
predicar
mucho,
mucho,
mucho
para
que
se
me
quite…”Andrea
tenía
16
años
y
estudiaba
la
prepa
abierta,
es
decir
en
una
modalidad
no
escolarizada
y
a
distancia.
Sin
embargo,
su
prioridad
era
Dios.
Asistía
a
todas
las
reuniones,
salía
a
predicar
todos
los
días.
Pero
por
más
que
lo
hiciera,
nada
cambiaba.
Solo
se
sentía
peor.
Y
la
situación
con
sus
compañeros
de
la
congregación
tampoco
mejoraba.
Todo
eran
burlas.
Entonces
llegaba
a
su
mente
una
idea
recurrente.Lo
mejor
que
puedo
hacer
es
ya
desaparecer
y
quitarme
la
vida,
porque
los
testigos
no
se,
no
se
enseña
el
infierno,
te
enseñan
que
cuando
te
mueres,
simplemente
desapareces,
te
vas
a
la
tumba
y
te
mueres.
Y
si
fuiste
fiel,
pues
vas
a
resucitar,
pero
si
no
fuiste
fiel,
pues
a
nada
más,
ahí
te
quedaste.Era
un
pensamiento
que
iba
y
venía
desde
que
sus
papás
se
separaron,
pero
Andrea
no
se
atrevía
a
tomar
el
paso.
Le
daba
mucho
miedo
y
hacerlo
era
traer
vergüenza
a
Jehová.
Aún
después
de
terminar
el
colegio,
seguía
sintiendo
lo
mismo.
A
esa
edad,
los
hombres
que
eran
ejemplares,
según
la
religión,
comenzaban
a
prepararse
para
ser
ancianos,
siervos
ministeriales
o
para
ir
a
la
escuela
de
Galaad,
la
escuela
de
misioneros. Como
en
mi
caso
se
me
notaba
mucho
que
yo
era
diferente,
pues
yo
no
tenía
esa
posibilidad. Sentía
que
no
pertenecía,
realmente,
en
ninguna
parte…Entonces
yo
me
sentía
aislada
de
todo.
Aislada
de
mi
familia,
aislada
de
la
congregación,
de
la
sociedad
humana
en
general.
Entonces
dije
pues
es
que
yo
no
tengo
formas
de
desempeñarme.Pensó
entonces
en
la
universidad.
Siempre
le
habían
dicho
que
era
muy
organizada
y
buena
con
los
números.
Hizo
el
examen
de
admisión
y
se
inscribió
a
la
carrera
de
contaduría
en
la
UNAM,
la
universidad
pública
más
grande
de
México.
Entrar
ahí
fue
como
entrar
a
una
dimensión
paralela.
Más
de
190
mil
estudiantes
en
un
campus
enorme.
Jóvenes
de
diferentes
partes
del
país,
de
distintas
carreras,
con
diferentes
historias,
gustos,
formas
de
ser…
Al
principio
Andrea
seguía
las
reglas
que
siempre
le
habían
enseñado:
no
hablar
con
nadie,
no
hacer
amigos.
Pero,
a
medida
que
pasaban
los
días,
se
dio
cuenta
de
que,
técnicamente,
era
imposible.
Poco
a
poco
fue
conviviendo
con
sus
compañeros.
Y
en
esas
interacciones,
hubo
algo
que
le
llamó
mucho
la
atención,
un
trato
distinto
que
no
sentía
ni
en
su
casa,
ni
dentro
de
la
congregación.Nunca
había
burlas
por
mi
forma
de
ser.
Era
algo
insólito
para
ella.
Aunque
seguía
asistiendo
a
las
reuniones
dominicales,
entre
semana
Andrea
se
empezaba
a
permitir
explorar
cosas
diferentes.
Se
metió
a
talleres
de
teatro,
algo
que
siempre
le
había
llamado
la
atención,
pero
que
no
se
había
atrevido
a
intentar.
Las
sesiones
eran
por
la
tarde.
Allí
conoció
a
varios
compañeros,
que
después
se
convertirían
en
amistades.
Muchos
formaban
parte
de
la
comunidad
LGBTQI+
y
cuando
se
presentaba,
le
pasaba
algo
que
no
dejaba
de
sorprenderle…
Para
era
muy
raro
que
había
veces
que
me
decían:
“¿Cómo
quieres
que
te
hablemos?Es
decir
si
se
debían
referir
a
ella
como
hombre
o
como
mujer. Pero
yo
decía
cómo,
si
soy
hombre,
¿no?
vengo
de
hombre.
¿Por
qué
me
preguntan
eso?
Yo…
me
daba
mucha
vergüenza. Sus
compañeros
la
llamaban
por
su
nombre
masculino
de
entonces.
Pero
esa
sola
pregunta
hizo
que
Andrea
se
volviera
a
cuestionar
a
misma. Eso
fue
la
primera
vez
en
que
yo
dije:
“La
gente
se
da
cuenta
de
quién
soy
y
yo
misma
no
me
estoy
aceptando”.Con
el
paso
del
tiempo,
se
empezaba
a
sentir
más
a
gusto
en
ese
mundo
que,
durante
años
en
la
organización,
le
dijeron
que
era
hostil. Y
yo
me
daba
cuenta
que
no
era
gente
mala.
Era
gente
normal
que
se
divertía
y
que
además
me
respetaban. Sentía
que
le
daban
más
respeto
en
la
escuela
que
en
la
congregación.
Y,
aunque
le
costaba,
cada
vez
se
sentía
más
valiente
para
empezar
a
probar
nuevas
cosas
antes
prohibidas.
Por
eso
terminó
parada
frente
a
ese
bar
con
el
que
comenzamos
esta
historia.
Su
mundo
se
abría
cada
vez
más,
pero
ella
seguía
siendo
parte
de
los
Testigos:
leía
la
Biblia,
salía
a
predicar
e
iba
a
las
reuniones.
En
la
universidad
sabían
de
su
religión,
pero
no
daba
muchos
detalles
sobre
el
tema.
Vivía
una
especie
de
doble
vida.
Y,
aunque
sabía
que
eso
iba
en
contra
de
las
reglas,
sentía
que
tenía
que
hacerlo.Porque
yo
era
muy
discriminada
la
dentro
de
la
congregación.
Me
sentía
muy
sola,
me
sentía
aislada,
me
sentía
deprimida.
Entonces
me
justificaba
y
decía
bueno,
o
sea,
decía
yo
lo
necesito,
necesito. Un
día,
después
del
ensayo
de
una
obra
de
teatro,
Andrea
platicaba
con
sus
amigos
en
una
glorieta
cercana
al
metro
cuando
un
par
de
hermanas
de
la
congregación,
pasó
por
allí…
Y
yo
en
ese
momento
lo
que
sentí
fue
muchísimo,
muchísimo
miedo
y
vergüenza
también,
porque
era
como
estoy
haciendo
algo
que
no
está
bien.
Y
además
dije:
“Y
ahora
ya
me
van
a
acusar”.Andrea
trató
de
esconderse
pero,
como
era
en
un
espacio
abierto,
fue
imposible. Y
ellas
se
acercaron
y
me
hablaron,
me
dijeron:
“Hola,
¿cómo
estás?”
Como
para
decir,
sin
decirlo,
pero
diciéndolo:
“Ya
te
vimos,
te
vamos
a
acusar”
y
pues,
pues
sí,
fue
un
momento
muy,
muy
incómodo
para
mí. En
la
siguiente
reunión,
los
ancianos
le
informaron
que
le
harían
un
comité
judicial,
una
especie
de
juicio
interno
que
busca
mantener
y
aquí
cito:
“limpia”
a
la
organización.
La
cita
era
el
siguiente
domingo
a
las
9
de
la
mañana,
antes
de
la
reunión
dominical.
Pese
a
todo,
Andrea
se
sentía
tranquila. Los
comités
siempre
son
para
hacer
preguntas
sobre
la
vida
de
la
persona:
qué
hizo
la
persona,
si
cometió
un
pecado,
entonces,
como
yo
no
había
cometido
nada,
pues
yo
pensaba
que
no
iba
a
pasar
más
que
de
una
llamada
de
atención.Esa
reunión
definiría
su
futuro
como
parte
del
Pueblo
de
Dios… Una
pausa
y
volvemos…
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Selene
Mazón
nos
sigue
contando.Los
ancianos
citaron
a
Andrea
en
un
cuartito
del
Salón
del
Reino
de
habla
inglesa
al
que
asistía
todos
los
domingos.
Cuando
llegó
vio
a
los
tres
hombres
sentados
y
en
frente
de
ellos,
una
silla
para
ella.
La
acusaban
de
Conducta
Relajada,
que
es
cuando
un
miembro
se
porta
mal
o
de
forma
descarada.
Comenzaron
diciéndole
lo
que
ella
ya
sabía…
que
la
habían
visto
en
la
glorieta. Te
vimos
con
personas
que
tienen
otro
tipo
de
moral.Personas
que
tienen
otro
tipo
de
moral,
la
forma
como
los
ancianos
se
refirieron
a
sus
amigos
de
la
comunidad
LGBTQI+. Pareciera
como
si
el
simplemente
hecho
de
mencionarlos
les
ensuciara
su
boca. El
interrogatorio
comenzó
enseguida.
Le
preguntaban
qué
estaba
haciendo
ese
día,
a
esa
hora,
en
esa
zona,
con
esas
personas. Me
decían:
eso
a
tal
hora,
tal
día,
tal…
y
yo
pues
“no
me
acuerdo”,
“no
sé”,
“la
verdad
no
sé”.
Entonces
ellos
lo
tomaban
como
que
yo
me
estaba
negando
a
responderles
o
a
contestarles
sus
preguntas.
:
Así
pasaron
varias
horas.
Andrea
estaba
cansada,
pero
seguía
pensando
que
Dios
estaba
con
ella
en
ese
cuarto. Yo
pensé
para
mis
adentros:
si
realmente
Dios
está
aquí,
porque
lo
que
te
dicen
ahí
es
que
los
comités
judiciales
está
el
Espíritu
de
Dios
porque
es
Dios
quien
está
juzgando.
Y
si
realmente
el
Espíritu
de
Dios
está
aquí,
se
tiene
que
juzgar
con
justicia.Pero
no
pasó.
Después
de
más
de
cinco
horas,
le
pidieron
que
saliera
de
la
sala
y,
al
volver,
el
veredicto
fue
contundente: El
comité
decidió
que
se
te
expulse.
Tienes
siete
días
para
apelar
si
te
parece
que
la
decisión
fue
injusta.
Y
de
cualquier
manera,
pues
si
das
los
pasos
adecuados
y
te
arrepientes,
pues
te
puedes
restablecer.
El
anuncio
se
va
a
dar
en
la
siguiente
reunión.Andrea
salió
de
ese
cuarto
humillada
y
confundida,
pero
a
la
vez
con
un
poco
de
alivio…
Sentía
que
podía
empezar
a
hacer
cosas
nuevas,
hacerlas
sin
culpa.
Pero
al
llegar
a
casa,
esa
sensación
se
esfumó…
:
Cuando
entré,
abro
la
puerta
de
mi
casa.
Entro
a
mi
habitación.
Y
de
repente
veo
todos
los
libros
que
tenía.
Y
empiezo
a
sentir
mucha
tristeza.Uno
a
uno
vio
en
su
biblioteca
decenas
de
libros,
folletos
y
revistas
de
su
religión.
Esos
materiales
la
habían
acompañado
durante
diferentes
etapas
de
su
vida.
Le
habían
explicado
y
ayudado
a
entender
el
mundo
que
ella
conocía.
Al
día
siguiente…Me
acuerdo
que
era
un
día
donde
llovió
todo
el
día,
y
yo
me
la
pasé
acostada
todo
el
día,
deprimida.
Me
sentía
como
un
zombi,
como
en
el
limbo,
como
si
fuese
una
muerta
viviente.Su
mamá,
quien
iba
a
otra
congregación,
lo
supo
por
Andrea
y
no
reaccionó
bien.
Le
echó
la
culpa
de
todo,
la
acusó
de
abandonar
a
Dios.
Y
aunque
se
sentía
avergonzada,
quiso
despedirse
de
algunas
personas
de
la
congregación
con
las
que
creía
tenía
un
trato
más
o
menos
cordial.
Les
habló
por
teléfono
para
contarles
lo
que
había
pasado… Yo
esperaba
algún
comentario
como:
“Estamos
contigo,
lo
siento,
algo”.
Pero
no,
simplemente
me
decían:
“Ah,
bueno,
pues
ni
modo”. Cuando
una
persona
deja
la
organización,
todos
sus
amigos
y
familiares
activos
tienen
estrictamente
prohibido
relacionarse
con
ella.
A
esta
práctica
se
le
conoce
como
ostracismo,
que
también
sucede
en
otras
religiones.
Para
Andrea
significaba
su
muerte
social
ante
la
comunidad
que,
aunque
comenzaba
a
cuestionarla,
seguía
dándole
sentido
a
muchos
aspectos
de
su
vida.
Dejó
de
ir
a
la
universidad,
no
se
levantaba
de
la
cama,
no
se
bañaba.
Su
mamá
la
llevó
al
psiquiatra,
le
dieron
un
tratamiento
de
antidepresivos
y,
poco
a
poco,
volvió
a
retomar
su
vida.
Por
lo
menos
de
cierta
manera. Seguía
sintiendo
tristeza,
pero
no
podía
como
expresarla. Durante
todo
ese
proceso,
no
se
alejó
del
todo
de
la
religión.
Y
aunque
no
iba
a
la
congregación,
de
vez
en
cuando
visitaba
la
página
de
los
Testigos.
Rezaba,
leía
los
libros,
folletos.
Era
algo
que
todavía
le
costaba
soltar.
Al
año
siguiente
regresó
a
la
escuela
y,
poco
a
poco,
el
rechazo
y
la
discriminación
que
había
recibido
dentro
de
la
congregación
la
impulsaba
a
hacer
más
cosas.
Y
de
todas
esas,
había
una
que
quería
explorar
más:
ir
a
bailar
a
clubes
nocturnos. Siempre
me
gustó
la
música
electrónica,
la
música
rave,
la
música
dance.
Entonces
iba
a
divertirme
y
libremente.
No
tenía
que
tratar
de
aplicar
un
código
de
vestimenta
o
pensar:
“Ah,
ya
bailé
así,
estuvo
mal”.
O
sea,
tener
que
cuidar
cada
paso
que
das.Se
sentía
libre.
Para
ese
momento
ya
no
quería
pensar,
lo
único
que
quería
era
disfrutar.Si
Dios
me
va
a
destruir
en
el
Armagedón,
lo
que
yo
voy
a
hacer
es
disfrutar
la
vida,
digo,
me
va
a
destruir,
pero
ya,
ya
gocé,
ya
hice
todo,
¿no?
Entonces
no
pensaba,
simplemente
era
disfrutar,
disfrutar,
disfrutar,
disfrutar,
salir,
conocer. Andrea
retomó
sus
clases
de
teatro.
Esta
vez
en
un
centro
cultural
cerca
de
Zona
Rosa,
una
parte
conocida
por
su
vida
nocturna.
Después
de
los
ensayos,
ella
y
sus
compañeros
se
reunían
para
tomar
una
cerveza
o
un
café.
Una
de
esas
tardes,
la
invitaron
a
la
Alameda
Central,
un
parque
público
muy
popular
en
la
Ciudad
de
México.
Querían
visitar
a
unas
amigas
que
se
reunían
por
allí.
Andrea
aceptó.Muchos
de
ellos
eran
homosexuales
abiertamente.
Algunos
de
ellos
conocían
a
muchas
de
estas
chicas
que
se
dedicaban
a
la
a
la
prostitución. Estas
chicas
a
las
que
se
refiere
eran
mujeres
trans
y
era
el
primer
contacto
que
Andrea
tenía
con
ellas. Al
principio
me
dio
como
un
poco
de
miedo,
porque
tienes
ese
estigma,
esa
esa
idea
de
cómo
son
las
personas
que
que
se
dedican
al
trabajo
sexual.
Sin
embargo,
como
veía
que
se
llevaban
bien
con
mis
amigos,
pues
yo
también
empecé
a
llevarme
bien
con
ellas. Con
el
tiempo,
comenzó
a
visitarlas
por
su
cuenta.
Empezó
a
admirarlas
y
a
tomarles
mucho
cariño.Veía
mucho
que
era
difícil
porque
son
personas
que
viven
al
día,
o
sea,
viven
de
lo
que
saquen
de…
pues
sí,
de
los
clientes
con
los,
que
las
contraten.Algunas
de
ellas
no
trabajaban,
ya
sea
por
su
edad
o
porque
tenían
alguna
enfermedad.
Por
eso,
una
de
las
cosas
que
más
le
impresionó
a
Andrea,
fue
la
solidaridad
entre
ellas. Las
que
trabajaban,
compraban
comida
para
todas,
era
como
de:
“Ah,
ya
trabajé,
me
fue
bien,
¿qué
quieren
comer?Andrea
estaba
sorprendida.
Ni
cuando
participaba
activamente
de
la
congregación,
había
visto
algo
parecido. En
los
testigos,
la
ayuda
toda
es
fiscalizada.
Es
muy
burocrático,
si
tienes
alguna
necesidad,
tienes
que
ir
con
el
anciano
y
el
anciano
tiene
que
ver
si
realmente
tu
necesidad
es
genuina
o
simplemente
no
es
cierto.
Hay
infinidad
de
protocolos. Protocolos
y
condiciones
que
no
existían
en
la
convivencia
con
sus
nuevas
amigas.Y
yo
digo:
¿cómo
es
posible
que
estas
personas
que
son
catalogadas
como
lo
peor,
como
lo
más
bajo
de
la
sociedad,
sean
más
solidarias
que
quienes
supuestamente
tienen
el
mensaje
de
la
Palabra
de
Dios?Andrea
comenzó
a
frecuentar
más
seguido
a
esas
mujeres
que
pronto
se
fueron
convirtiendo
en
una
especie
de
familia.
Un
día,
una
de
ellas,
a
quien
le
decían
La
Cubana,
le
hizo
una
propuesta:
quería
transformarla,
es
decir,
hacerle
un
cambio
de
imagen.
Fueron
juntas
a
su
casa,
que
estaba
cerca
de
la
Alameda.
Tenía
un
clóset
enorme,
con
pelucas,
accesorios,
vestidos… Me
prestó
su
ropa.
Me
prestó
una
peluca
que
tenía,
su
maquillaje.
Y
es
la
primera
vez
que
yo
me
arreglaba
así.Hasta
ese
momento,
cuando
nadie
la
veía,
Andrea
solo
se
había
probado
la
ropa
de
su
mamá. Y
es
muy
diferente
cómo
te
ves
con
la
ropa
de
una
señora,
y
sobre
todo
de
una
señora
Testigo
de
Jehová,
a
la
ropa
que
tenía
La
Cubana.Cuando
La
Cubana
la
terminó
de
arreglar
y,
Andrea
por
fin
se
miró
al
espejo… Yo
me
enamoré
de
mí.
Yo
dije:
“ay,
qué
guapa
me
veo.
No
lo
puedo
creer”.Esa
fue
la
primera
vez
que
se
vio
vestida
completamente
como
mujer.
Tenía
una
peluca
rubia,
lacia
arriba
y
ondulada
en
las
puntas.
Su
vestido
era
strapless,
negro,
entallado
arriba
y
con
una
falda
ancha
y
corta. Yo
me
sentía
contenta
y
me
sentía
a
gusto
con
lo
que
estaba
viendo
en
el
espejo.Caminaron
juntas
de
vuelta
hacia
la
Alameda
Central,
donde
estaban
las
demás
mujeres.
Y
allí
pasaron
la
tarde.
Se
sintió
resguardada,
protegida.
A
partir
de
entonces… Empecé
a
maquillarme,
a
ponerme
pelucas
y
fue
cuando
empecé
como
a
verme
como
yo
era.
:
Pero
seguía
siendo
a
escondidas
de
su
madre,
con
quien
aún
vivía.
cada
vez
que
salía
a
bailar
en
las
noches,
llevaba
una
mochila
para
cambiarse
en
el
baño.
Y
antes
de
llegar
a
casa,
se
lo
quitaba
todo.
Para
ese
momento,
Andrea
había
empezado
a
tomar
varios
talleres
de
diversidad
sexual
y
con
toda
la
información
que
iba
aprendiendo,
pronto
se
reconoció
como
parte
de
la
comunidad
de
LGBTIQ+.
]:
Y
fue
cuando
yo
empecé
a
sentir
que
yo
era
una
mujer
trans.
Y
cuando
pensé
eso,
pues
como
que
me
empezó
a
dar
alegría
y
a
la
vez
miedo.Miedo
de
Jehová,
de
su
mamá,
del
qué
dirán.
De
aceptar
la
posibilidad
de
una
realidad
muy
diferente
a
la
que
por
siempre
creyó
del
mundo
y
de
misma.
Andrea
iba
cada
semana
a
los
antros.
En
una
salida,
un
amigo
halagó
su
maquillaje
y
le
recomendó
que
fuera
a
un
casting
para
ser
maquillista.
Le
fue
muy
bien
y
la
contrataron.
Para
ella,
era
el
trabajo
ideal.Porque
trabajaba
poco.
Ganaba
bien.
Podía
seguir
estudiando
y
me
gustaba
lo
que
hacía.El
trabajo
consistía
en
ir
los
fines
de
semana
a
algunas
plazas
comerciales
y
promocionar
productos
de
maquillaje.
Le
empezó
a
ir
tan
bien
que
Andrea
comenzó
a
tomar
cursos
profesionales
y
ahorrar
para
irse
de
su
casa.
Esto
porque,
a
medida
de
que
Andrea
iba
descubriendo
más
información
sobre
ella,
la
relación
con
su
mamá
se
volvía
insostenible.
No
dejaba
de
regañarla
o
reclamarle
y,
por
eso,
en
diciembre
de
2019…Le
dije
que
tenía
que
irme
y
pues
obviamente
me
dijo
que
estaba
bien,
pero
que
no
me
iba
a
llevar
absolutamente
nada.Andrea
ya
intuía
que
esa
iba
a
ser
la
reacción
de
su
mamá.
Pero
no
le
importaba. Lo
importante
es
que
tenga
tranquilidad,
que
tenga
paz,
que
tenga
mi
espacio.Salió
de
su
casa
sin
prácticamente
nada,
pero
con
una
nueva
vida
esperándola
adelante.
A
los
meses
retomó
terapia
psicológica.
Esta
vez
sin
ocultar
ni
guardarse
nada.
Contó
todo
desde
el
principio.
Lo
que
había
vivido,
las
dudas,
el
dolor,
la
incertidumbre.
Estaba
decidida
a
empezar
su
transición
como
mujer
trans.
Y
para
eso,
le
pidieron
que
se
realizara
unos
estudios
de
conteo
hormonal.Empecé
a
hacerme
otros
exámenes
y
fue
cuando
se
vio
que
yo
había
nacido
intersexual,
con
cromosomas
XXY. Intersexual,
es
decir,
que
nace
con
características
sexuales
–incluyendo
genitales
y
patrones
cromosómicos–
que
no
se
ajustan
a
las
nociones
binarias
de
los
cuerpos
masculinos
o
femeninos.
Sentía
que
había
encontrado
la
llave
que
abría
la
caja
con
las
respuestas
a
todas
sus
dudas. Y
fue
cuando
empecé
a
llorar
y
me
di
cuenta
de
cuál
había
sido
mi
verdad
de
toda
la
vida
y
cómo
había
vivido
engañada
desde
siempre.Engañada
por
sus
padres,
por
los
doctores,
por
la
congregación…
por
las
creencias
que,
durante
años,
la
sumieron
en
la
vergüenza
y
la
culpa
de
pensar
que,
para
personas
como
ella,
no
había
lugar. Cuando
estaba
dentro
de
la
organización
no
era
nadie.
Era
como
meramente
un
un
bulto.
Y
una
vez
que
puedo
salir,
puedo
decir
que
terminé
mi
carrera.
Soy
independiente.
Trabajo.
Me
siento
realizada
y
me
siento
feliz.El
paraíso
que
siempre
soñó
para
ella.En
2020,
Andrea
escribió
una
publicación
en
un
grupo
de
Facebook
llamado
Verdaderas
Experiencias
de
Ex-Testigos
de
Jehová.
En
ese
post,
compartía
un
poco
sobre
su
historia.
Sin
imaginarlo,
recibió
mucho
apoyo
por
parte
de
los
integrantes
de
ese
grupo;
personas
desconocidas
y
sobrevivientes
de
la
religión
como
ella.
A
ocho
años
de
su
expulsión
de
la
congregación,
hoy
Andrea
es
una
mujer
profesional
independiente
y
es
activista
en
redes
sociales
en
contra
de
los
discursos
de
odio
dentro
de
la
religión
y
las
prácticas
de
muerte
social
dentro
de
ellas,
como
el
ostracismo.
Selene
Mazón
es
asistente
de
producción
de
Radio
Ambulante
y
vive
en
Ciudad
de
México.
Esta
historia
fue
editada
por
Camila
Segura,
Natalia
Sánchez
Loayza
y
Luis
Fernando
Vargas.
Bruno
Scelza
hizo
el
fact
checking.
El
diseño
de
sonido
es
de
Andrés
Azpiri
y
Rémy
Lozano
con
música
original
de
Rémy.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Paola
Alean,
Lisette
Arévalo,
Pablo
Argüelles,
Aneris
Casassus,
Diego
Corzo,
Emilia
Erbetta,
Nancy
Martínez-Calhoun,
Juan
David
Naranjo,
Ana
Pais,
Melisa
Rabanales,
Natalia
Ramírez,
Natalia
Sánchez
Loayza,
Barbara
Sawhill,
Bruno
Scelza,
David
Trujillo,
Ana
Tuirán
y
Elsa
Liliana
Ulloa.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios,
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
de
Hindenburg
PRO.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
Check out more Radio Ambulante

See below for the full transcript

: Esto es Radio Ambulante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Andrea Russell recuerda bien esa noche. Cuenta que fue al poco tiempo de entrar a la universidad, por el 2010. Estaba de pie frente a un club nocturno de la Ciudad de México. Había llegado con unos amigos nuevos. Así que yo estaba así, todos entraban y yo estaba en la puerta. Entro, no entro, entro, no entro. Estaba inmóvil, prácticamente paralizada. Era la primera vez en su vida que iba a un club.Me acuerdo que en ese momento entró una chica y me preguntó: “¿hay cover o no hay cover?”Es decir, lo que cuesta entrar al lugar. Yo decía ¿queeé? Yo me acuerdo que me quedé así. Y le digo: sí… Pero yo no sabía ni lo que era cover.Pasó media hora y nada que Andrea se atrevía a entrar. Tenía mucho miedo. Yo me imaginaba que era como un Sodoma y Gomorra, todos besándose, todos ahí haciendo de todo.Sodoma y Gomorra, dos ciudades que, según la Biblia, fueron destruidas sin misericordia por Dios porque sus habitantes vivían en la lujuria y el desenfreno. Y es que ella creció con creencias muy conservadoras y religiosas, parte de los Testigos de Jehová. Y eso significaba temer de todo aquello que escapara de las reglas de Dios. Andrea solo podía pensar que, ahí adentro, pasaban muchas de las cosas que desde pequeña le habían dicho que eran del diablo. Yo siempre crecí con mucho, con mucho miedo de la gente de afuera. Tenía mucho miedo a todo porque los testigos te enseñan que, que la gente de afuera es mala. Y que Dios va a destruir a toda la gente que no hace su voluntad.Así que esa noche, solo podía tener pánico. Sentía que estaba exponiéndose a un riesgo gigante, pero también tenía mucha curiosidad de probar algo nuevo. Tardé mucho en poder entrar, o sea, me tardé como media hora en lo que entraba, no entraba…Hasta que sus amigos salieron y la metieron al bar. Y una vez que entré, sentí como que estaba entrando al inframundo, a lo peor, porque las imágenes con las que yo crecí de los antros eran personas con cortes de pelo muy extravagantes, toda la gente tatuada. Tomando todos con una cerveza en la mano, peleándose unos en la esquina, besándose en otra esquina.El bar tenía dos pisos de pasillos estrechos y con cuartos pequeños… cada uno con un ambiente diferente: karaoke, música electrónica, una terraza. Había luces neón, una bola de disco y las paredes retumbaban con el sonido. Andrea entró con miedo, pero cuando miró bien a su alrededor… Fue todo lo contrario a lo que yo imaginaba porque vi gente, sí, gente bailando, gente bebiendo, pero de una forma muy normal, o sea, nada fuera de lo común.Se sintió a gusto y eso la sorprendió. Es más, fue una revelación… Es como si a ti te dicen: “solamente existen rosas rojas”. Y tú descubres que no es así. Que también hay rosas amarillas, hay rosas blancas. Y entonces te das cuenta que te mintieron. Y eso obviamente te hace cuestionarte y decir: “Bueno, si esto no es verdad. ¿Qué me garantiza que todo lo demás sí lo sea?” Y esa pregunta la llevaría a cuestionarse más y más todo aquello que pensaba que era verdad, porque tal vez, ahí afuera, había un lugar para ella en el mundo. Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta. Nuestra asistente de producción Selene Mazón nos cuenta.La puerta de ese bar, en Ciudad de México, estaba muy lejos del lugar donde Andrea había nacido: Brooklyn, Nueva York. Allí pasó los primeros ocho años de su vida. Vivía en un departamento con su mamá, mexicana, y su papá, estadounidense, de ascendencia irlandesa. Ambos trabajaban mucho en el hospital. Él como doctor, ella como enfermera.Mis padres nunca estaban en casa. Siempre estaban trabajando. Yo solo recuerdo que escuchaba cuando abrían la puerta y era ya muy noche.Andrea era hija única y casi siempre estaba sola en casa. El único momento que pasaba con sus papás eran los domingos, cuando iban a la congregación. Entre semana, Andrea estudiaba en una escuela pública. Una vez que llegaba a casa, después de hacer la tarea, se ponía a leer la Biblia y a estudiar libros y folletos sobre Dios. Esos materiales eran su principal enlace con el mundo, su mundo. Desde muy pequeña, Andrea supo que pertenecía a una comunidad especial, diferente, una de la que se sentía afortunada de pertenecer. Siempre se nos decía que éramos el pueblo feliz. Entonces, siempre debías sentir alegría, porque pues eres parte del pueblo de Dios, no hay razón para estar tristes.Un pueblo feliz, una forma en la que los Testigos de Jehová se refieren a sí mismos. Los papás de Andrea se volvieron miembros de esta religión en momentos diferentes: mientras su papá ya era Testigo de Jehová desde que nació, su mamá se convirtió cuando se casó con él. Los Testigos de Jehová es una religión que surgió a finales del siglo XIX en Pensilvania, Estados Unidos. A diferencia del catolicismo, los Testigos se caracterizan por adorar a Jehová como único Dios. Rechazan la existencia de la Trinidad, el concepto que engloba al padre, al hijo y al Espíritu Santo. Tienen su propia versión de la Biblia, denominada “Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras” publicada completa a partir de 1961, a la que reconocen como la única Palabra de Dios y a la que hay que seguir para sobrevivir el fin del mundo.En los testigos te enseñan que va a haber una destrucción de toda la gente mala y que toda la tierra va a ser un paraíso, donde vas a vivir eternamente y todo va a ser maravilloso. : Un mundo pacífico, sin muerte ni sufrimiento. Los Testigos se dividen en congregaciones. Comunidades locales, cerradas, donde todos se conocen. Tienen reuniones semanales ya sea para estudiar algún libro o folleto religioso, aprender oratoria, o enseñar técnicas para acercarse a las personas pues parte del objetivo es sumar más miembros a la congregación. Todos los domingos, ella y sus papás iban al Salón del Reino, como se conoce a los templos de los Testigos de Jehová. Era un espacio grande, con hileras e hileras de sillas, un escenario, un atril, un micrófono y un texto bíblico en la parte del fondo. La reunión del domingo era liderada por el pastor de la congregación, conocido como anciano. Los asistentes, como Andrea, cantaban, escuchaban la palabra de Dios y, al terminar, se organizaban en grupos para salir a predicar de casa en casa. Esta parte le encantaba a Andrea… Me gustaba porque para mí era un juego, porque predicábamos abarcando las manzanas. Uno empezaba en una esquina, el otro en otra esquina y le dábamos la vuelta a la manzana y nos encontrábamos, y para mí era divertido, porque yo decía: “Ay, vamos a empezar. Ahorita te veo”, y era como a ver quién llegaba primero a la esquina, ¿no? de encuentro.Se dividían en parejas, por lo general personas del mismo sexo o un adulto y un niño, y tocaban puerta por puerta. Apenas alguien abría, Andrea recitaba de memoria una presentación de la que se sentía muy orgullosa. Buenos días, señora. Estamos visitando a las personas, compartiéndoles una información importante. ¿Usted sabe cómo se llama Dios?Entonces ella, tal como había ensayado, sacaba la Biblia y recitaba el verso Salmos 83:18: Salmo: Para que la gente sepa que tú, cuyo nombre es Jehová, tú solo eres el Altísimo sobre toda la tierra. : Y continuaba: Jehová tiene una promesa para usted. Y es que esta tierra va a ser un paraíso. Me gustaría dejarle esta revista para que usted la lea y conozca más de las promesas de Dio : Las personas por lo general aceptaban el folleto y, a veces, como era una niña de unos seis años, le regalaban dulces. Andrea sentía que era parte de algo especial. Pero en casa la situación era diferente. Como casi siempre estaba sola, a veces le daban ataques de pánico. La invadía un miedo profundo, que no podía explicar ni mucho menos controlar. En uno de ellos, recuerda, tomó el teléfono y llamó a una de las hermanas de la congregación, una vecina de más de 60 años y amiga de su mamá, quien normalmente estaba pendiente de Andrea mientras sus papás estaban en el hospital. Le dijo que tenía mucho miedo. Entonces ella me dijo: “Haz una oración, haz una oración fuerte a Dios utilizando su nombre”, y dile: “Jehová, protégeme y quítame este miedo”. Andrea obedeció. Apenas pronunció el nombre de Jehová, se tranquilizó. Yo dije: “Ah, entonces Jehová sí es el Dios verdadero, porque me quitó esto”. Y a partir de ese momento, yo le hice una oración a Dios, dije: “Yo quiero servirte toda mi vida y voy a dedicar toda mi vida a hacer tu voluntad y tu servicio”.Desde ese momento, comenzó a creer mucho en las enseñanzas de los Testigos. Se esforzaba por ser una buena hija para sus padres y para Jehová. Obedecía, cumplía con sus deberes, limpiaba su cuarto, salía a predicar, iba con gusto a las reuniones… Aún así, ser parte de esta comunidad implicaba sacrificio. Una de las reglas más importantes dentro de los Testigos era que no podía tener amigos fuera de la religión. Hay una parte en la Biblia donde dice que las malas compañías echan a perder los hábitos útiles. Y también la Biblia dice que la amistad con el mundo es enemistad con Dios.Su religión rechazaba todo lo que no estuviera en sus escrituras. Por ejemplo, cuando Andrea escuchaba en la escuela temas que contradecían la versión de la Biblia, como la teoría del Big Bang o la evolución, siempre le decían que esas eran cosas diabólicas. Que escuchara, pero que no creyera nada. También debía renunciar a algunas cosas del mundo exterior, o mundano, como se le decía dentro de la congregación. Por ejemplo, tenía prohibido celebrar festividades como la Navidad, Halloween o incluso los cumpleaños… Tampoco podía participar en ninguna actividad patriótica, como saludar a la bandera. Para los Testigos eso se consideraba idolatría y era un acto inaceptable. Según la Biblia, solo se debe adorar a Jehová. Otras reglas eran leyes no escritas, como por ejemplo escuchar la música que sonaba en la radio en esa época, como Christina Aguilera o Britney Spears. Andrea pasaba sus tardes leyendo la Biblia o libros editados por la misma organización. Cuando tenía 8 años, la vida, como la conocía, cambió en un momento. Sin explicarle nada, su mamá empacó sus cosas, le dijo que hiciera lo mismo con las suyas y juntas tomaron un taxi hacia el aeropuerto de Nueva York donde se montaron a un avión. Ese día, su papá no estaba en casa. Sentía como que me estuvieran secuestrando, no sé, porque yo no veía a mi papá y yo en la vida me había subido a un avión, entonces yo era como de… ¿por qué? No, no, no entendía nada.Andrea tenía muchas preguntas, pero no se atrevía a hacerlas por temor a la reacción de su mamá. Después de unas horas, el avión aterrizó en la Ciudad de México. Ya una vez aquí, yo le preguntaba siempre por mi papá y ya me dijo que ya no íbamos a regresar, que se había separado de mi papá y sí, la pasé muy mal. Lloré mucho.Su primer año en México no fue fácil. Empezando por el idioma. Aunque entendía y hablaba español por su mamá, le costó trabajo dominarlo. También se tuvo que adaptar a la comida y a ciertos nuevos horarios, como por ejemplo la cena, que se servía más tarde. Terminó de estudiar el ciclo escolar por correspondencia en su antigua escuela de Brooklyn y, al año siguiente, la inscribieron en una primaria bilingüe. Y aunque Andrea nunca supo la razón por la cuál sus papás se divorciaron, su forma de darle sentido a todo eso era a través de la religión. Pensaba que sus papás se separaron, probablemente, por no seguir a Jehová. Y es que ellos no fueron realmente miembros muy activos dentro de la congregación. Por eso yo sentía que yo tenía que hacer la diferencia. Realmente hacer lo que mis papás no no hacían.Ser ejemplar para Dios. Algún tiempo después, su mamá se casó con alguien más y tuvo otro hijo. Su padrastro no era testigo de Jehová, y se mantenía ajeno a la religión. Andrea estaba ilusionada con la idea de una nueva familia, pero pronto se dio cuenta de que no sería como imaginaba. No sentía cariño de parte de él hacia mí, porque cuando estuvo con mi mamá, tuvieron a mi hermano y pareciera como que ellos eran el núcleo de la familia: Mi padrastro, mi madre y mi hermano. Y yo era como si fuese una arrimada, como algo que estorbaba ahí. Entonces nunca me trató bien. Y, por otro lado, tampoco sentía que podía contar con su mamá. Su relación con ella siempre fue difícil. Era sumamente autoritaria y exigía cosas que Andrea sentía como absurdas: por ejemplo que, al tender la cama, las colchas no podían quedar con ningún pliegue. Andrea le tenía miedo; miedo a enojarla, a que le gritara o que le pegara. Por eso prefería pasar inadvertida. Casi no hablaba con ella. Y con su papá biológico, que estaba en Estados Unidos, pasaba lo mismo. Andrea fue a visitarlo un par de veranos, pero la relación siempre fue distante. Y en esos momentos, la religión seguía siendo su principal refugio. Se mudaron varias veces de casa y de ciudad hasta que se establecieron temporalmente en Los Reyes, La Paz, en la periferia de la Ciudad de México. Pasó por varias congregaciones hasta que encontró una en la que se sentía más cómoda: la de habla inglesa. Y, aunque le quedaba lejos, no le importaba. Se sentía más identificada con el idioma. A esa congregación iban mexicanos, pero también muchos extranjeros radicados en México que habían ido a evangelizar. En medio de tantos cambios, la única constante era su devoción a Jehová. Cuando Andrea creciera, quería ser misionera para llevar la palabra de Dios a diferentes partes del mundo y así también, garantizar su vida en el paraíso donde todo el sufrimiento en su vida iba a desaparecer. Y en esa esperanza, entre esas cosas que iban a cambiar, había una importantísima en su vida. Una que mantenía en secreto, que le daba muchísima vergüenza admitirle a los demás y que solo Jehová conocía…Para mí era que Dios permitiera que yo fuera mujer como siempre me sentí, desde que nací.Y es que, a pesar de que, en ese momento, Andrea tenía un nombre masculino y era para todos vista como un varón, ella, muy en el fondo y desde muy temprana edad, sabía que algo estaba mal. Yo siempre me sentí niña, pero siempre me dijeron que no era niña, que yo era un niño, porque había desarrollado genitales masculinos.Desde muy pequeña, Andrea aprendió a reprimir lo que sentía. Por ejemplo, cuando pedía una Barbie o una muñeca, la respuesta siempre era no.Me acuerdo que a veces los domingos se organizaban para ir a jugar fútbol. Y yo como niño pues tenía que ir a jugar fútbol y pues a mí no me gustaba el fútbol, yo quería estar con las niñas haciendo sandwichitos.Andrea no entendía esas reglas, pero las aceptó. Así vivió casi toda su infancia. Ocultando quién era, hasta que, un día, a los 12, estaba en clase de educación física cuando notó algo… Llevábamos playeras,o eran muy pegadas, pero pues sí se veía que yo, que yo tenía ahí algo diferente, ¿no?Comparándose con sus compañeros era evidente que su cuerpo estaba cambiando de forma distinta a la de ellos…Me empezó a crecer el busto a los 12 años. La voz no se me hacía tan gruesa, entonces era como raro para mi mamá eso.Los pechos, la voz… Desconcertada, su mamá la llevó al endocrinólogo, el especialista que estudia las enfermedades relacionadas con el metabolismo y las hormonas. Andrea recuerda que le hicieron varios estudios y cuando regresaron al consultorio a leer los resultados, hubo un silencio incómodo.El doctor simplemente le dijo a mi mamá que yo esperara afuera. Andrea salió del consultorio, asustada.Me sentí mal porque sentí como que yo estaba haciendo algo malo, como que era mi culpa que estuviéramos ahí. Estaba en el pasillo, sin saber dónde o cómo esconderse. Cada minuto que pasaba era eterno. Su mamá salió del consultorio, furiosa. Andrea solo recuerda que la regañó, pero que no le dio ninguna explicación. Me dijo que tenía que tomar unas pastillas, que iba a tener un tratamiento. Y que esperaba que con eso me arreglara.Según los resultados de los estudios, tenía una dosis baja de testosterona. Para equilibrar, el endocrinólogo le recetó unas cápsulas que tenía que tomar todos los días. Andrea no entendía, pero se sintió culpable. Yo pensaba que yo lo provocaba psicológicamente porque yo siempre me sentía una niña. Entonces dije a lo mejor lo deseo tanto que quizás yo lo estoy provocando. Su mamá la empezó a llevar a una psicóloga para, supuestamente, tratar un posible trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad. Sin embargo, las preguntas que le hacían no tenían nada que ver con eso. Me preguntaba: ¿Tú quieres ser niña? ¿Te gustaría? ¿Te gusta vestirte de niña? ¿Te gustan las cosas de niña? ¿Te sientes mujer? Ese tipo de preguntas.Andrea negaba todo.Yo como sabía que la psicóloga tenía que decirle todo lo que yo le dijese a mi mamá, pues yo cuando ella me hacía ese tipo de preguntas pues yo siempre le decía que no.Por una parte, era por temor a la reacción de su mamá, pero por otra, también era una forma de proteger la imagen de la organización a la que pertenecía. Según lo que le enseñaban los testigos, la psicóloga no era quién para juzgarla o saber de su vida. Siguió con el tratamiento hormonal y poco a poco surtió efecto. Le empezó a crecer un poco más de vello facial, los pechos dejaron de desarrollarse… Sin embargo, el costo era muy alto. Le causaba náuseas, dolor de cabeza, irritabilidad… A veces, cuando podía, Andrea ocultaba las pastillas en las macetas de las plantas de la casa o las tiraba a la basura… Así siguió tres años más, cuando dejó de tomarlas por completo con la aceptación a regañadientes de su mamá. Pero en la congregación ya todos se habían dado cuenta de que algo raro pasaba con ella. Aunque nunca le preguntaron directamente, Andrea notaba las miradas extrañas de los demás miembros. Por más de que tratara de disimular, había algo en la forma en que se desenvolvía que era muy difícil que pasara inadvertida. Todo el tiempo escuchaba comentarios: ¿Por qué es así? ¿Por qué tiene esas formas de ser? ¿Por qué, por qué es tan, tan femenina, cuando no es mujer? Eso está en contra de Dios. Entonces ella trataba de sentarse con las piernas abiertas, hacer más gruesa su voz, pero no era suficiente. La veían extraño, hablaban a sus espaldas… Y así empezó a odiar todo de sí misma: su aspecto físico, su forma de ser. Me daba mucha vergüenza, me sentía mal y me daban muchas ganas de llorar. Me sentía como alguien rara. Porque además de su físico, sus intereses no eran los mismos que los de sus compañeros…Porque yo veía que para esa edad los mismos niños con los que yo crecí de mi congregación, ya estaban viendo a las niñas, hablaban: “No, mira, ella está bien bonita”, y yo veía que yo no sentía eso y me empecé a sentir muy diferente, yo no siento eso. A ella, en cambio, le atraían los niños, pero apenas esa idea llegaba a su mente, de inmediato se censuraba. Comenzó a ahogarse en una culpa y en una vergüenza que la apartaba de todo y de todos. Sentía que no podía hablar de esto con nadie ni con su mamá. Se volvió más retraída y dejó de asistir a los eventos sociales de la congregación. Podía pasar días encerrada en casa. El único que sabía lo que le pasaba era Jehová. Por eso se aferró aún más a ser su hija perfecta. En los testigos te decían que esas cosas si te acercabas a Dios, se te quitaban. Entonces ya decía: “Voy salir a predicar a cada rato y voy a predicar mucho, mucho, mucho para que se me quite…”Andrea tenía 16 años y estudiaba la prepa abierta, es decir en una modalidad no escolarizada y a distancia. Sin embargo, su prioridad era Dios. Asistía a todas las reuniones, salía a predicar todos los días. Pero por más que lo hiciera, nada cambiaba. Solo se sentía peor. Y la situación con sus compañeros de la congregación tampoco mejoraba. Todo eran burlas. Entonces llegaba a su mente una idea recurrente.Lo mejor que puedo hacer es ya desaparecer y quitarme la vida, porque los testigos no se, no se enseña el infierno, te enseñan que cuando tú te mueres, simplemente desapareces, te vas a la tumba y te mueres. Y si fuiste fiel, pues vas a resucitar, pero si no fuiste fiel, pues a nada más, ahí te quedaste.Era un pensamiento que iba y venía desde que sus papás se separaron, pero Andrea no se atrevía a tomar el paso. Le daba mucho miedo y hacerlo era traer vergüenza a Jehová. Aún después de terminar el colegio, seguía sintiendo lo mismo. A esa edad, los hombres que eran ejemplares, según la religión, comenzaban a prepararse para ser ancianos, siervos ministeriales o para ir a la escuela de Galaad, la escuela de misioneros. Como en mi caso se me notaba mucho que yo era diferente, pues yo no tenía esa posibilidad. Sentía que no pertenecía, realmente, en ninguna parte…Entonces yo me sentía aislada de todo. Aislada de mi familia, aislada de la congregación, de la sociedad humana en general. Entonces dije pues es que yo no tengo formas de desempeñarme.Pensó entonces en la universidad. Siempre le habían dicho que era muy organizada y buena con los números. Hizo el examen de admisión y se inscribió a la carrera de contaduría en la UNAM, la universidad pública más grande de México. Entrar ahí fue como entrar a una dimensión paralela. Más de 190 mil estudiantes en un campus enorme. Jóvenes de diferentes partes del país, de distintas carreras, con diferentes historias, gustos, formas de ser… Al principio Andrea seguía las reglas que siempre le habían enseñado: no hablar con nadie, no hacer amigos. Pero, a medida que pasaban los días, se dio cuenta de que, técnicamente, era imposible. Poco a poco fue conviviendo con sus compañeros. Y en esas interacciones, hubo algo que le llamó mucho la atención, un trato distinto que no sentía ni en su casa, ni dentro de la congregación.Nunca había burlas por mi forma de ser. Era algo insólito para ella. Aunque seguía asistiendo a las reuniones dominicales, entre semana Andrea se empezaba a permitir explorar cosas diferentes. Se metió a talleres de teatro, algo que siempre le había llamado la atención, pero que no se había atrevido a intentar. Las sesiones eran por la tarde. Allí conoció a varios compañeros, que después se convertirían en amistades. Muchos formaban parte de la comunidad LGBTQI+ y cuando se presentaba, le pasaba algo que no dejaba de sorprenderle… Para mí era muy raro que había veces que me decían: “¿Cómo quieres que te hablemos?Es decir si se debían referir a ella como hombre o como mujer. Pero yo decía cómo, si soy hombre, ¿no? vengo de hombre. ¿Por qué me preguntan eso? Yo… me daba mucha vergüenza. Sus compañeros la llamaban por su nombre masculino de entonces. Pero esa sola pregunta hizo que Andrea se volviera a cuestionar a sí misma. Eso fue la primera vez en que yo dije: “La gente se da cuenta de quién soy y yo misma no me estoy aceptando”.Con el paso del tiempo, se empezaba a sentir más a gusto en ese mundo que, durante años en la organización, le dijeron que era hostil. Y yo me daba cuenta que no era gente mala. Era gente normal que se divertía y que además me respetaban. Sentía que le daban más respeto en la escuela que en la congregación. Y, aunque le costaba, cada vez se sentía más valiente para empezar a probar nuevas cosas antes prohibidas. Por eso terminó parada frente a ese bar con el que comenzamos esta historia. Su mundo se abría cada vez más, pero ella seguía siendo parte de los Testigos: leía la Biblia, salía a predicar e iba a las reuniones. En la universidad sabían de su religión, pero no daba muchos detalles sobre el tema. Vivía una especie de doble vida. Y, aunque sabía que eso iba en contra de las reglas, sentía que tenía que hacerlo.Porque yo era muy discriminada la dentro de la congregación. Me sentía muy sola, me sentía aislada, me sentía deprimida. Entonces me justificaba y decía bueno, o sea, decía yo lo necesito, necesito. Un día, después del ensayo de una obra de teatro, Andrea platicaba con sus amigos en una glorieta cercana al metro cuando un par de hermanas de la congregación, pasó por allí… Y yo en ese momento lo que sentí fue muchísimo, muchísimo miedo y vergüenza también, porque era como estoy haciendo algo que no está bien. Y además dije: “Y ahora ya me van a acusar”.Andrea trató de esconderse pero, como era en un espacio abierto, fue imposible. Y ellas se acercaron y me hablaron, me dijeron: “Hola, ¿cómo estás?” Como para decir, sin decirlo, pero diciéndolo: “Ya te vimos, te vamos a acusar” y pues, pues sí, fue un momento muy, muy incómodo para mí. En la siguiente reunión, los ancianos le informaron que le harían un comité judicial, una especie de juicio interno que busca mantener y aquí cito: “limpia” a la organización. La cita era el siguiente domingo a las 9 de la mañana, antes de la reunión dominical. Pese a todo, Andrea se sentía tranquila. Los comités siempre son para hacer preguntas sobre la vida de la persona: qué hizo la persona, si cometió un pecado, entonces, como yo no había cometido nada, pues yo pensaba que no iba a pasar más que de una llamada de atención.Esa reunión definiría su futuro como parte del Pueblo de Dios… Una pausa y volvemos… Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Selene Mazón nos sigue contando.Los ancianos citaron a Andrea en un cuartito del Salón del Reino de habla inglesa al que asistía todos los domingos. Cuando llegó vio a los tres hombres sentados y en frente de ellos, una silla para ella. La acusaban de Conducta Relajada, que es cuando un miembro se porta mal o de forma descarada. Comenzaron diciéndole lo que ella ya sabía… que la habían visto en la glorieta. Te vimos con personas que tienen otro tipo de moral.Personas que tienen otro tipo de moral, la forma como los ancianos se refirieron a sus amigos de la comunidad LGBTQI+. Pareciera como si el simplemente hecho de mencionarlos les ensuciara su boca. El interrogatorio comenzó enseguida. Le preguntaban qué estaba haciendo ese día, a esa hora, en esa zona, con esas personas. Me decían: eso a tal hora, tal día, tal… y yo pues “no me acuerdo”, “no sé”, “la verdad no sé”. Entonces ellos lo tomaban como que yo me estaba negando a responderles o a contestarles sus preguntas. : Así pasaron varias horas. Andrea estaba cansada, pero seguía pensando que Dios estaba con ella en ese cuarto. Yo pensé para mis adentros: si realmente Dios está aquí, porque lo que te dicen ahí es que los comités judiciales está el Espíritu de Dios porque es Dios quien está juzgando. Y si realmente el Espíritu de Dios está aquí, se tiene que juzgar con justicia.Pero no pasó. Después de más de cinco horas, le pidieron que saliera de la sala y, al volver, el veredicto fue contundente: El comité decidió que se te expulse. Tienes siete días para apelar si te parece que la decisión fue injusta. Y de cualquier manera, pues si tú das los pasos adecuados y te arrepientes, pues te puedes restablecer. El anuncio se va a dar en la siguiente reunión.Andrea salió de ese cuarto humillada y confundida, pero a la vez con un poco de alivio… Sentía que podía empezar a hacer cosas nuevas, hacerlas sin culpa. Pero al llegar a casa, esa sensación se esfumó… : Cuando entré, abro la puerta de mi casa. Entro a mi habitación. Y de repente veo todos los libros que tenía. Y empiezo a sentir mucha tristeza.Uno a uno vio en su biblioteca decenas de libros, folletos y revistas de su religión. Esos materiales la habían acompañado durante diferentes etapas de su vida. Le habían explicado y ayudado a entender el mundo que ella conocía. Al día siguiente…Me acuerdo que era un día donde llovió todo el día, y yo me la pasé acostada todo el día, deprimida. Me sentía como un zombi, como en el limbo, como si fuese una muerta viviente.Su mamá, quien iba a otra congregación, lo supo por Andrea y no reaccionó bien. Le echó la culpa de todo, la acusó de abandonar a Dios. Y aunque se sentía avergonzada, quiso despedirse de algunas personas de la congregación con las que creía tenía un trato más o menos cordial. Les habló por teléfono para contarles lo que había pasado… Yo esperaba algún comentario como: “Estamos contigo, lo siento, algo”. Pero no, simplemente me decían: “Ah, bueno, pues ni modo”. Cuando una persona deja la organización, todos sus amigos y familiares activos tienen estrictamente prohibido relacionarse con ella. A esta práctica se le conoce como ostracismo, que también sucede en otras religiones. Para Andrea significaba su muerte social ante la comunidad que, aunque comenzaba a cuestionarla, seguía dándole sentido a muchos aspectos de su vida. Dejó de ir a la universidad, no se levantaba de la cama, no se bañaba. Su mamá la llevó al psiquiatra, le dieron un tratamiento de antidepresivos y, poco a poco, volvió a retomar su vida. Por lo menos de cierta manera. Seguía sintiendo tristeza, pero no podía como expresarla. Durante todo ese proceso, no se alejó del todo de la religión. Y aunque no iba a la congregación, de vez en cuando visitaba la página de los Testigos. Rezaba, leía los libros, folletos. Era algo que todavía le costaba soltar. Al año siguiente regresó a la escuela y, poco a poco, el rechazo y la discriminación que había recibido dentro de la congregación la impulsaba a hacer más cosas. Y de todas esas, había una que quería explorar más: ir a bailar a clubes nocturnos. Siempre me gustó la música electrónica, la música rave, la música dance. Entonces iba a divertirme y libremente. No tenía que tratar de aplicar un código de vestimenta o pensar: “Ah, ya bailé así, estuvo mal”. O sea, tener que cuidar cada paso que das.Se sentía libre. Para ese momento ya no quería pensar, lo único que quería era disfrutar.Si Dios me va a destruir en el Armagedón, lo que yo voy a hacer es disfrutar la vida, digo, me va a destruir, pero ya, ya gocé, ya hice todo, ¿no? Entonces no pensaba, simplemente era disfrutar, disfrutar, disfrutar, disfrutar, salir, conocer. Andrea retomó sus clases de teatro. Esta vez en un centro cultural cerca de Zona Rosa, una parte conocida por su vida nocturna. Después de los ensayos, ella y sus compañeros se reunían para tomar una cerveza o un café. Una de esas tardes, la invitaron a la Alameda Central, un parque público muy popular en la Ciudad de México. Querían visitar a unas amigas que se reunían por allí. Andrea aceptó.Muchos de ellos eran homosexuales abiertamente. Algunos de ellos conocían a muchas de estas chicas que se dedicaban a la a la prostitución. Estas chicas a las que se refiere eran mujeres trans y era el primer contacto que Andrea tenía con ellas. Al principio me dio como un poco de miedo, porque tú tienes ese estigma, esa esa idea de cómo son las personas que que se dedican al trabajo sexual. Sin embargo, como veía que se llevaban bien con mis amigos, pues yo también empecé a llevarme bien con ellas. Con el tiempo, comenzó a visitarlas por su cuenta. Empezó a admirarlas y a tomarles mucho cariño.Veía mucho que era difícil porque son personas que viven al día, o sea, viven de lo que saquen de… pues sí, de los clientes con los, que las contraten.Algunas de ellas no trabajaban, ya sea por su edad o porque tenían alguna enfermedad. Por eso, una de las cosas que más le impresionó a Andrea, fue la solidaridad entre ellas. Las que trabajaban, compraban comida para todas, era como de: “Ah, ya trabajé, me fue bien, ¿qué quieren comer?Andrea estaba sorprendida. Ni cuando participaba activamente de la congregación, había visto algo parecido. En los testigos, la ayuda toda es fiscalizada. Es muy burocrático, si tienes alguna necesidad, tienes que ir con el anciano y el anciano tiene que ver si realmente tu necesidad es genuina o simplemente no es cierto. Hay infinidad de protocolos. Protocolos y condiciones que no existían en la convivencia con sus nuevas amigas.Y yo digo: ¿cómo es posible que estas personas que son catalogadas como lo peor, como lo más bajo de la sociedad, sean más solidarias que quienes supuestamente tienen el mensaje de la Palabra de Dios?Andrea comenzó a frecuentar más seguido a esas mujeres que pronto se fueron convirtiendo en una especie de familia. Un día, una de ellas, a quien le decían La Cubana, le hizo una propuesta: quería transformarla, es decir, hacerle un cambio de imagen. Fueron juntas a su casa, que estaba cerca de la Alameda. Tenía un clóset enorme, con pelucas, accesorios, vestidos… Me prestó su ropa. Me prestó una peluca que tenía, su maquillaje. Y es la primera vez que yo me arreglaba así.Hasta ese momento, cuando nadie la veía, Andrea solo se había probado la ropa de su mamá. Y es muy diferente cómo te ves con la ropa de una señora, y sobre todo de una señora Testigo de Jehová, a la ropa que tenía La Cubana.Cuando La Cubana la terminó de arreglar y, Andrea por fin se miró al espejo… Yo me enamoré de mí. Yo dije: “ay, qué guapa me veo. No lo puedo creer”.Esa fue la primera vez que se vio vestida completamente como mujer. Tenía una peluca rubia, lacia arriba y ondulada en las puntas. Su vestido era strapless, negro, entallado arriba y con una falda ancha y corta. Yo me sentía contenta y me sentía a gusto con lo que estaba viendo en el espejo.Caminaron juntas de vuelta hacia la Alameda Central, donde estaban las demás mujeres. Y allí pasaron la tarde. Se sintió resguardada, protegida. A partir de entonces… Empecé a maquillarme, a ponerme pelucas y fue cuando empecé como a verme como yo era. : Pero seguía siendo a escondidas de su madre, con quien aún vivía. cada vez que salía a bailar en las noches, llevaba una mochila para cambiarse en el baño. Y antes de llegar a casa, se lo quitaba todo. Para ese momento, Andrea había empezado a tomar varios talleres de diversidad sexual y con toda la información que iba aprendiendo, pronto se reconoció como parte de la comunidad de LGBTIQ+. ]: Y fue cuando yo empecé a sentir que yo era una mujer trans. Y cuando pensé eso, pues como que me empezó a dar alegría y a la vez miedo.Miedo de Jehová, de su mamá, del qué dirán. De aceptar la posibilidad de una realidad muy diferente a la que por siempre creyó del mundo y de sí misma. Andrea iba cada semana a los antros. En una salida, un amigo halagó su maquillaje y le recomendó que fuera a un casting para ser maquillista. Le fue muy bien y la contrataron. Para ella, era el trabajo ideal.Porque trabajaba poco. Ganaba bien. Podía seguir estudiando y me gustaba lo que hacía.El trabajo consistía en ir los fines de semana a algunas plazas comerciales y promocionar productos de maquillaje. Le empezó a ir tan bien que Andrea comenzó a tomar cursos profesionales y ahorrar para irse de su casa. Esto porque, a medida de que Andrea iba descubriendo más información sobre ella, la relación con su mamá se volvía insostenible. No dejaba de regañarla o reclamarle y, por eso, en diciembre de 2019…Le dije que tenía que irme y pues obviamente me dijo que estaba bien, pero que no me iba a llevar absolutamente nada.Andrea ya intuía que esa iba a ser la reacción de su mamá. Pero no le importaba. Lo importante es que tenga tranquilidad, que tenga paz, que tenga mi espacio.Salió de su casa sin prácticamente nada, pero con una nueva vida esperándola adelante. A los meses retomó terapia psicológica. Esta vez sin ocultar ni guardarse nada. Contó todo desde el principio. Lo que había vivido, las dudas, el dolor, la incertidumbre. Estaba decidida a empezar su transición como mujer trans. Y para eso, le pidieron que se realizara unos estudios de conteo hormonal.Empecé a hacerme otros exámenes y fue cuando se vio que yo había nacido intersexual, con cromosomas XXY. Intersexual, es decir, que nace con características sexuales –incluyendo genitales y patrones cromosómicos– que no se ajustan a las nociones binarias de los cuerpos masculinos o femeninos. Sentía que había encontrado la llave que abría la caja con las respuestas a todas sus dudas. Y fue cuando empecé a llorar y me di cuenta de cuál había sido mi verdad de toda la vida y cómo había vivido engañada desde siempre.Engañada por sus padres, por los doctores, por la congregación… por las creencias que, durante años, la sumieron en la vergüenza y la culpa de pensar que, para personas como ella, no había lugar. Cuando estaba dentro de la organización no era nadie. Era como meramente un un bulto. Y una vez que puedo salir, puedo decir que terminé mi carrera. Soy independiente. Trabajo. Me siento realizada y me siento feliz.El paraíso que siempre soñó para ella.En 2020, Andrea escribió una publicación en un grupo de Facebook llamado Verdaderas Experiencias de Ex-Testigos de Jehová. En ese post, compartía un poco sobre su historia. Sin imaginarlo, recibió mucho apoyo por parte de los integrantes de ese grupo; personas desconocidas y sobrevivientes de la religión como ella. A ocho años de su expulsión de la congregación, hoy Andrea es una mujer profesional independiente y es activista en redes sociales en contra de los discursos de odio dentro de la religión y las prácticas de muerte social dentro de ellas, como el ostracismo. Selene Mazón es asistente de producción de Radio Ambulante y vive en Ciudad de México. Esta historia fue editada por Camila Segura, Natalia Sánchez Loayza y Luis Fernando Vargas. Bruno Scelza hizo el fact checking. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri y Rémy Lozano con música original de Rémy. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Pablo Argüelles, Aneris Casassus, Diego Corzo, Emilia Erbetta, Nancy Martínez-Calhoun, Juan David Naranjo, Ana Pais, Melisa Rabanales, Natalia Ramírez, Natalia Sánchez Loayza, Barbara Sawhill, Bruno Scelza, David Trujillo, Ana Tuirán y Elsa Liliana Ulloa. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa de Hindenburg PRO. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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