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Radio Ambulante - Las escaladoras

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Cuando era niña, Lidia soñaba con ver el mundo desde la cima de una montaña. Pero no sería fácil para una mujer aymara como ella.

Históricamente, a las indígenas en Bolivia no se les ha permitido hacer muchas cosas. Entre ellas, escalar montañas. Pero un grupo de cinco mujeres aymaras se propuso lograrlo.



En nuestro sitio web puedes leer una transcripción del episodio.



El próximo sábado 24 de abril haremos la primera #FiestaRadioAmbulante del año. Si quieres conectarte con miles de ambulantes en todo el mundo a escuchar y bailar la mejor música latinoamericana, regístrate acá. Son cupos limitados.

Este
mensaje
viene
de
un
patrocinador
de
NPR,
State
Farm.
Para
celebrar
sus
precios
sorprendentemente
bajos,
State
Farm
te
invita
a
disfrutar
un
nuevo
episodio
de
Radio
Ambulante.
State
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hoy
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agente
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al
1-800-STATE-FARM.
Como
un
buen
vecino,
State
Farm
está
ahí.
Hola
ambulantes.
Soy
Jorge
Caraballo,
director
de
crecimiento.
Estamos
a
punto
de
alcanzar
una
meta
importantísima:
llegar
a
un
millón
de
reproducciones
por
mes.
Eso,
además
de
ser
una
marca
simbólica,
nos
permitirá
conseguir
nuevos
apoyos
financieros
y
oportunidades
como
organización.
Y
para
eso
queremos
pedirte
un
favor
pequeño
que
hace
toda
la
diferencia.
Recomiéndale
hoy
Radio
Ambulante
a
una
persona
que
todavía
no
nos
escucha.
Piensa
en
un
episodio
que
le
pueda
gustar
y
mándale
el
enlace,
de
Spotify
o
de
nuestro
sitio
web.
Si
cada
oyente
trae
una
persona
nueva
a
Radio
Ambulante
vamos
a
lograr
de
lejos
esa
meta
y
abril
va
a
ser
por
primera
vez
el
mes
del
millón.
Desde
ya
muchas,
muchas
gracias.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Hoy
nos
vamos
a
las
alturas
para
conocer
a
Lidia
Huayllas.
Tenía
solo
un
año
cuando
sus
padres
decidieron
mudarse
a
El
Alto,
en
el
oeste
de
Bolivia.
El
nombre
no
es
casual:
estamos
hablando
de
una
de
las
ciudades
más
altas
del
mundo,
a
más
de
cuatro
mil
metros
sobre
el
nivel
del
mar.
Hoy
tiene
casi
un
millón
de
habitantes.
Pero
en
1967,
cuando
llegaron
ahí,
era
un
pueblo,
a
veinte
kilómetros
de
La
Paz.
En
ese
entonces,
los
aymaras
y
los
quechuas
subían
allá
buscando
un
sitio
menos
costoso
para
vivir.
Así
llegó
Lidia,
en
brazos
de
sus
padres.
Como
toda
mudanza,
era
un
nuevo
comienzo
y
en
El
Alto
habían
logrado
comprar
su
primera
casita.
Tenía
suficiente
espacio
para
Lidia,
sus
dos
hermanos
mayores,
y
pronto
nacerían
otros
tres
hermanos
más.
Yo
me
recuerdo
que
solo
las
pajas
estaban
soplando,
¿no?
Y
silbaban
las
pajas,
porque
como
no
había
muchas
casas,
no
había
todavía
mucha
gente
que
vivía
en
El
Alto.
Y
entonces
realmente
se
sentía
ese
frío,
¿no?
Su
papá
era
repartidor
de
periódicos
y
comerciante.
Su
mamá
era
cocinera
y
cuidaba
de
los
hijos.
Era
una
vida
sencilla
y
tranquila,
que
se
derrumbó
cuando
unos
ladrones
mataron
al
padre.
Lidia
tenía
cuatro
años,
su
mamá
tenía
seis
hijos,
y
vivían
lejos
de
todo.
Así
que
la
madre
tuvo
que
encargarse
de
la
familia.
Sus
hijos
la
ayudaban
como
podían.
Mi
infancia…
no
muy
lindo
para
mí.
Siempre
es
un
poco
muy
triste
esa
infancia
en
que
yo
he
tenido,
porque
para
nosotros
no
existía,
digamos,
alguien
que
le
pueda
ayudar
a
mi
mamá
para
que
tenga
una
ayuda.
Para
mi
mamá
era
muy…
muy
tirante
la
vida,
¿no?
Cuando
no
estaba
ayudando
a
su
madre,
Lidia
iba
a
la
escuela
o
jugaba
fútbol
con
otros
niños
del
barrio.
También
solía
quedarse,
ensimismada,
mirando
las
montañas.
El
Chacaltaya,
el
Huayna
Potosí:
picos
imponentes
y
blancos.
Lidia
se
imaginaba
cómo
sería
estar
parada
sobre
esas
tierras,
todavía
más
altas
y
frías.
Aunque
todo
quedaba
allí,
en
su
imaginación.
Solo
verlo
era
para
mí,
tal
vez,
lo
más
hermoso,
¿no?
Pero
poder
llegar
para
tal
vez
inalcanzable,
¿no?
Ir
a
la
montaña
era
solo
como
un
sueño.
No
estaban
tan
lejos:
desde
su
casa
era
un
poco
más
de
una
hora
en
auto
hasta
la
base
de
la
montaña.
Pero
su
familia
estaba
muy
lejos
de
poder
hacer
el
viaje.
Realmente
para
nosotros
era
muy
carito
ir,
¿no?,
porque…
pues
imposible
pedirle
a
mi…
a
mi
mamá
para
que
siquiera
nos
costee
el
pasaje.
No,
realmente
no,
no
podíamos.
A
medida
que
fue
creciendo,
el
interés
de
Lidia
por
las
alturas
fue
tomando
otras
formas.
A
los
diez
años,
llegaba
corriendo
de
la
escuela
a
prender
la
televisión,
para
no
perderse
ningún
capítulo
de
su
personaje
favorito.
Bueno…
(risas).
Mi
héroe
era
pues
el
Superman
(risas).
Más
veloz
que
una
bala.
Más
potente
que
una
locomotora.
Le
fascinaba
que
pudiera
volar:
un
leve
impulso
y
entonces,
el
mundo
allá
abajo,
cada
vez
más
pequeño.
No
teme
a
las
alturas.
(Risa).
Quería
volar
como
Superman.
Y
siempre
yo…
me
gustaba
subir
a
las
paredes
y
saltar
de
las
paredes
(risa).
Lidia
se
subía
a
todo
lo
que
encontraba.
Un
día,
jugando,
se
trepó
a
la
pared
que
separaba
su
casa
de
la
del
vecino.
Bueno,
me
he
caído
de…
de
cabeza.
Me
rompí
la
cabeza.
Y
bueno,
bien
asustada
yo
entré
a
mi
casa
y
me
tapé
con
una
chompa
y
mi
mamá
me
dijo:
«¿Qué
pasó?».
«No,
nada
mami».
Pero
la
sangre
había
estado
chorreando
por
mi
cabeza.
Su
mamá
la
regañó.
Pero
ni
eso
ni
el
accidente
detuvieron
a
Lidia.
Le
encantaba
sentir
la
adrenalina
de
mirar
el
mundo
desde
arriba.
Y
ese
recuerdo
tengo
ya
de
como…
si
tenía
que
volar.
(Risa)
Mientras
tanto,
algunas
de
las
montañas
más
altas
de
Bolivia
seguían
allí,
tan
cerca
y,
al
mismo
tiempo,
inalcanzables.
La
periodista
Cecilia
Diwan
nos
sigue
contando.
La
mamá
de
Lidia,
Doña
Rosa
Estrada
de
Huayllas,
trabajaba
mucho
para
poder
mantener
a
la
familia.
Tenía
un
puesto
en
la
Feria
16
de
Julio,
en
El
Alto,
que
abría
dos
días
a
la
semana:
jueves
y
domingo.
A
principios
de
los
setentas,
la
feria
era
apenas
una
serie
de
puestos
informales,
con
productos
en
el
suelo,
unas
cuantas
mesas
y
toldos
para
protegerse
del
sol.
Empujados
por
la
necesidad,
muchos
habían
comenzado
a
tomarse
las
aceras
y
las
calles
de
tierra
para
vender
cualquier
cosa
que
pudieran.
Hoy
en
día,
es
grandísimo.
Imagínense
más
de
45
canchas
de
fútbol
llenas
de
pasillos
largos
y
estrechos,
con
muchísimos
puestos.
Uno
puede
comprar
desde
ropa
usada
hasta
un
carro,
pasando
por
mascotas,
libros
y
música
pirata.
Y,
por
supuesto,
comida.
De
la
rápida
y
de
la
tradicional.
Esta
última
era
la
especialidad
de
Rosa.
Siempre
mi
mamá
hacía
un
ajicito
de…
de
ispi,
un
ají
de…
de
zapallo…
Y
bueno,
siempre
estaba
con
esos
platillos
mi
mamá,
¿no?
Rosa
preparaba
la
comida
en
su
casa
para
venderla
en
la
feria.
Tenía
un
espacio
para
poner
su
estufa
de
querosén
y
una
única
mesa
para
sus
clientes.
Desde
que
tenía
seis
años,
Lidia
y
sus
hermanos
tenían
que
ayudarla,
sobre
todo
los
domingos.
Hubieran
preferido
estar
jugando
con
sus
amigos,
pero
era
algo
que
tenían
que
hacer.
Necesariamente
teníamos
que
trabajar
nosotros
para,
tal
vez,
podernos
comprar
siquiera
un
cuaderno,
algo
porque
era
muy,
muy,
muy
difícil
para
mi
madre
solita
ella
y
con
seis
hijos.
Los
seis
hermanos
hacían
de
todo
un
poco:
cargaban
los
productos,
cocinaban,
lavaban
y
servían
los
platos
a
los
clientes.
Siempre
estaba
yo
acompañándole
a
mi
mami.
Y
de
eso
también
yo
he
aprendido
ya
a
cocinar
y
también
a
seguir
sus
pasos,
¿no?
Durante
esas
largas
jornadas
también
aprendió
el
idioma
de
su
cultura.
Mi
mami
tenía
otras
amigas
y
yo
escuchaba,
¿no,
lo
que
ellas
hablaban.
De
esa
manera
he
aprendido
yo
el
aymara.
Después
del
español,
el
aymara
es
el
idioma
más
hablado
en
Bolivia,
un
país
donde
más
del
sesenta
por
ciento
de
la
población
reconoce
sus
raíces
indígenas.
Los
aymaras,
como
Lidia,
son
la
segunda
etnia
más
común,
luego
de
los
quechuas.
Por
eso,
sus
costumbres,
sus
fiestas,
su
comida
y
su
música,
están
presentes
en
todos
lados.
Tanto
en
el
campo
como
en
la
ciudad.
Tengo
una
raíz
muy
fuerte
pues
de
ser
una
chola,
¿no?
Cholas
se
les
dice
a
las
que
visten
de
manera
tradicional.
Están
las
Cholas
tarijeñas,
las
chuquisaqueñas,
las
cochabambinas.
Y
a
las
que
nacieron
en
el
departamento
de
La
Paz,
como
Lidia,
se
las
conocen
como
Cholas
Paceñas.
La
vestimenta
de
la
cholita
paceña
es,
pues
ponernos
un
sombrero,
una
manta
y
la
pollera.
Y
dentro
de
la
pollera
tenemos
que
llevar
un
juego
de
enaguas.
Cuatro
piezas
de
enaguas
que
abultan
la
pollera,
la
falda.
Y
también
tenemos
que
llevar
un
prendedor
que
ponemos
al
sombrero
y
los
aretes
que
no
puede
faltar.
Esta
vestimenta
viene
de
la
Colonia,
cuando
los
conquistadores
obligaron
a
las
indígenas
a
vestirse
con
la
ropa
que
era
popular
en
la
península
Ibérica.
Faldas
blancas
con
enagua,
pelo
recogido
con
peineta
y
mantilla
en
los
hombros.
Con
el
tiempo,
las
indígenas
se
apropiaron
de
esta
vestimenta,
la
modificaron
y
la
volvieron
colorida.
Para
las
aymaras,
esta
forma
de
vestir
es
parte
central
de
su
identidad.
Por
eso,
a
Lidia
le
dolía
que
en
la
escuela
le
prohibieran
entrar
vestida
así.
Porque
no,
no
nos
aceptaban
aquí
con
la
pollera
ir
a
estudiar.
Y
todos
teníamos
que
vestir
de…
de
pantalón
y
con
una
chaqueta
para
poder
ingresar
a
la
escuela,
¿no?
No
era
el
único
lugar
en
donde
Lidia
tenía
que
quitarse
su
pollera.
Cuando
teníamos
que
ir,
digamos,
a
una
oficina
y
todo.
A
la
mujer
de
pollera
no
permitían
entrar.
Cuando
tenías
que
ir
a
una
parte
importante,
tenías
que
vestir
pantalón
y
una
chaqueta
para
que
puedas
ingresar.
Ni
siquiera
podían
pisar
una
plaza
vestida
así.
No
es
que
existiera
una
ley
formal,
era
una
prohibición
naturalizada
en
la
sociedad
boliviana
hasta
fines
de
los
ochenta.
Y
si
bien
hoy
en
día
es
común
ver
mujeres
con
vestimentas
tradicionales
en
espacios
públicos
y
administrativos,
e
incluso
en
posiciones
de
poder,
no
significa
que
la
discriminación
histórica
hacia
las
indígenas
se
haya
superado.
En
todo
caso,
lo
que
hay
que
entender
es
lo
arraigado
que
es
el
uso
de
la
pollera
para
la
identidad
de
cientos
de
miles
de
bolivianas.
Y
bueno,
para
Lidia.
Si
me
sacaba
la
pollera
es
como
que
me
quitaba,
¿no?,
algo
de
mí,
¿no?
Como
no
tuviera
siquiera
una
mano,
como
si
me
faltara
algo.
Me
sentía
muy,
muy
triste,
¿no?
Y
discriminada
también,
pues.
Los
años
fueron
pasando,
y
Lidia
se
vio
obligada
a
aceptar
que
solo
en
algunos
lugares
podía
vestirse
con
su
ropa
tradicional.
Cuando
tenía
quince
años,
Lidia
fue
a
uno
de
los
tantos
carnavales
que
se
organizaban
en
El
Alto.
Era
una
Challa,
una
fiesta
de
agradecimiento
a
la
Pachamama
o
Madre
Tierra.
Los
aymaras
la
celebran
lanzando
petardos,
rociando
el
suelo
con
vino
o
cerveza,
y
decorando
las
casas,
los
autos
y
los
negocios
con
serpentinas
y
banderines
de
colores.
También
había
espectáculos
en
vivo,
con
bandas
locales.
Y
ese
día,
en
esa
fiesta,
conoció
a
Eulalio
Gonzales.
Él
era
músico
y
tocaba
el
instrumento
de…
bueno,
la
batería.
Le
decían
Elio,
tenía
21
años
y
era
aymara,
como
Lidia.
También
había
crecido
mirando
el
Huayna
Potosí,
pero
desde
Zongo,
un
pueblo
a
66
kilómetros
de
El
Alto.
Comenzaron
a
conversar
sobre
la
música,
la
banda
y
se
llevaron
muy
bien.
A
Lidia
le
gustó
de
inmediato.
Bien
jovial,
bien
amistoso.
A
no
me
ha…
no
me
ha
tratado
mal.
Más
bien,
me
ha
hablado
bien
y
me
ha
hecho
sentir
mejor,
¿no?
Y
eso
me
ha
llamado
la…
la
atención
de…
de
él.
Le
gustaba
que
era
respetuoso.
Y
a
Elio…
Lo
que
me
gustaba
de
ella
era
que
era
tranquilita,
era
calladita.
No
hace
tanto
problema,
como
se
dice.
Desde
esa
noche
en
el
carnaval
la
relación
avanzó
muy
rápido.
Al
mes
el
papá
de
Elio
fue
a
la
casa
de
Lidia
para
hablar
con
su
mamá
y
pedir
su
mano.
Ella
aceptó.
Enseguida
Lidia
y
Elio
se
fueron
a
vivir
juntos.
Al
año
se
casaron
y
se
mudaron
a
una
casa
que
construyeron
ahí
mismo,
en
El
Alto.
Tiempo
después,
Lidia
tuvo
a
la
primera
de
sus
dos
hijas
y
abandonó
el
colegio.
Tenía
diecisiete
años,
y
seguía
trabajando
en
la
Feria
16
de
Julio
con
su
mamá,
solo
que
ahora
llevaba
a
su
hija
en
la
espalda.
Mientras
tanto,
Elio
se
ganaba
la
vida
tocando
con
una
orquesta
bastante
popular
llamada
“Tormenta”.
Le
propuso
a
Lidia
que
se
uniera
como
vocalista,
porque
cantaba
bien
y
el
pago
era
bueno.
Así
que
comenzó
a
trabajar
en
las
dos
cosas:
en
las
mañanas
preparaba
y
vendía
comida
con
su
mamá,
y
en
las
tardes
tenía
los
ensayos
y
shows
con
la
orquesta.
Muy
rápido,
Lidia
se
convirtió
en
el
centro
de
atención.
La
pretendían
y
se
le
acercaban
a
conversar.
Y
eso
a
Elio
no
le
gustó.
Siempre
la
invitaban,
¿no?,
a
ir
a
los
programas
de
televisión.
Ya
no
la
invitaban
conmigo,
sino
querían
hacerle
las
entrevistas
a
ella
solita.
Y
yo
ya
me
ponía
celoso
y
le
dije:
“Bueno,
no,
no
va.
Salimos
de
la
orquesta”,
y
así
fue
¿no?
Lidia
aceptó
la
orden
de
su
marido.
Bueno,
no
me
quería
ir,
¿no?
Pero
él
era
mi
esposo
y
entonces
yo
tenía
que
hacer
siempre
caso,
¿no?,
a
lo
que
decía
él.
Él
me
decía
sentate
y
yo
me
tenía
que
sentar.
Él
me
decía
párate,
yo
me
tenía
que
parar.
Tenía
que
obedecerlo.
Era
lo
que
se
acostumbraba
y
lo
que
se
esperaba
de
las
mujeres.
Así
que
Lidia
salió
del
mundo
del
espectáculo
boliviano
tan
rápido
como
entró.
Ya
fuera
de
la
orquesta,
a
sus
21
años,
decidió
montar
su
propio
puestito
de
comida
en
la
Feria
16
de
julio.
Ahí
vendía
cerca
de
cuatrocientos
platos
por
día
de
comida
tradicional,
como
fricasé,
sajta
de
pollo
o
trucha.
Elio,
por
su
parte,
dejó
la
batería
y
comenzó
a
trabajar
de
chofer,
llevando
turistas
a
la
montaña.
Después
de
unos
años,
tomó
distintos
cursos
para
ser
guía.
Y
así
fue
como
Elio
logró,
en
cierto
modo,
el
sueño
de
Lidia.
Conocía
las
montañas
que
ella
miraba
desde
niña.
Se
iba
de
excursiones
con
turistas
de
todas
partes
del
mundo,
y
mientras
tanto,
para
Lidia
la
vida
seguía
su
rutina:
vendía
comida
en
el
mercado,
como
había
hecho
desde
pequeña,
y
cuidaba
de
sus
dos
hijas.
Así
estuvieron
por
casi
quince
años.
No
había
esa…
esa
libertad
así
de
la
mujer
que
quiera
expresarse
decir:
“Yo
voy
a
ir,
yo
voy
a
hacer
esto”.
Todavía
no,
no
había.
Pero
a
medida
que
pasaban
los
años,
Lidia
pensaba
cada
vez
más
en
esa
idea.
Hasta
que
un
día
se
atrevió
a
decirle
a
Elio…
«¿A
no
me
puedes
llevar
a
la
montaña?
Porque
yo
también
quisiera
ir».
A
Elio
no
le
pareció
mala
idea.
Me
gustó
que
ella
se
se
defiende
muy
bien
en
la
cocina.
En
un
momento,
en
quince
minutos
ya
está
cocinado,
¿no?
Entonces
esa
práctica
que
tenía
de
muy
niña
con
la
cocina,
la
ayudaba
mucho,
mucho
le
ha
ayudado.
También
le
gustó
la
idea
porque
la
paga
en
el
sector
del
turismo
de
montaña
era
muy
buena
y,
con
los
dos
trabajando
ahí,
la
economía
familiar
mejoraría.
Como
la
mayoría
de
turistas
eran
extranjeros,
pagaban
en
dólares.
Las
cocineras
ganaban
unos
cuarenta
por
día
y
los
guías,
que
eran
casi
todos
hombres,
unos
ciento
cincuenta.
Elio
la
puso
en
contacto
con
la
agencia
que
se
encargaba
de
todo.
Y
me
dijeron:
«Puedes
ir
de
cocinera».
«Sí
yo
quisiera
ir
de
cocinera
a
cocinar
hasta
Campo
Alto,
si
quiera»,
le
digo.
Le
dijeron
que
sí.
Trabajaría
entonces
en
el
Huayna
Potosí.
Una
de
las
montañas
más
visitadas
de
Bolivia,
por
ser
una
de
las
más
altas,
con
casi
6100
metros
sobre
el
nivel
del
mar.
Lidia
cocinaría
para
los
turistas
en
el
último
refugio
de
la
escalada,
novecientos
metros
antes
de
llegar
a
la
cima.
Tenía
35
años
y,
por
primera
vez
en
su
vida,
tendría
la
oportunidad
de
conocer
la
montaña
que
de
niña
miraba
todos
los
días.
Era
el
año
2001.
El
primer
día
se
levantó
muy
temprano.
Estaba
emocionada,
pero
un
poco
nerviosa.
Un
auto
los
recogió
en
su
casa
y,
una
hora
más
tarde,
llegaron
a
Campo
Base,
el
último
punto
de
la
montaña
al
que
se
puede
llegar
en
carro.
Lidia
no
podía
creer
que
estaba
ahí.
Era,
pues,
como
un
impacto,
¿no?
de
tal
vez
de…
de
ver,
¿no?,
tantos
años
la
montaña.
Se
poder
ahora
estar
en
ahí,
de
poder
subir,
¿no?
esas
rocas,
pisar
un
poco
de
nieve…
Emocionada
por
lo
que
vendría,
se
colgó
al
hombro
su
aguayo,
la
manta
tradicional
en
que
las
aymaras
cargan
sus
cosas.
En
él
llevaba
ollas,
vajilla,
alimentos
y
un
hornillo
de
metal.
Ya
estaba
acostumbrada
a
cargar
todo
ese
peso
sobre
su
espalda.
Masticó
un
poco
de
coca
para
tener
energía
y,
junto
a
su
marido,
otros
guías,
cocineras,
y
unos
cuantos
turistas,
comenzaron
la
caminata
de
casi
tres
horas
hasta
Campo
Alto,
a
más
de
5100
metros.
Cuando
dio
el
primer
paso,
Lidia
se
sintió
bien.
Según
que
yo
iba
ya
caminando
esa
sensación
aumentó,
aumentó
y
entonces
parecía
para
que
más
o
menos
estaba
como
en
una
libertad
y
tener
una
emoción
muy,
muy,
muy
linda
de
estar
por
primera
vez
en
la
montaña.
Poco
a
poco
fueron
apareciendo
esos
paisajes
que
siempre
imaginó.
El
paisaje
es,
pues
maravilloso,
¿no?
A
esa
altura
puedes
admirar
muchos
glaciares,
y
también
la
vista
que
hay
abajo
y
pequeñas
montañitas
también…
Grietas,
precipicios,
como
una
laguna.
Y
un
poco
dificultoso
ya,
¿no?
El
poder
respirar
y
todo.
Difícil
respirar
porque
a
esa
altura
hay
mucho
menos
oxígeno,
claro.
Pero
Lidia
se
aclimató
rápido
y
se
puso
a
trabajar.
Quería
lucirse
con
los
platillos
que
le
había
enseñado
su
mamá
cuando
era
pequeña.
Desde
Campo
Alto,
los
picos
que
había
querido
conocer
durante
tantos
años,
estaban
más
cerca
que
nunca.
Desde
ese
día,
esa
fue
su
rutina.
Cada
vez
que
le
asignaban
una
excursión
salía
muy
temprano
de
su
casa,
cargaba
todos
los
utensilios
y
alimentos
hasta
Campo
Alto
y
se
ponía
a
cocinar.
Dormía
dos
o
tres
noches
a
la
semana
en
el
refugio
de
la
montaña,
donde
se
despertaba
un
poco
antes
de
la
medianoche
para
prepararle
el
desayuno
a
los
escaladores.
Salían
a
la
una
de
la
mañana,
porque
a
esa
hora
la
nieve
y
el
hielo
están
compactos.
Es
el
momento
más
seguro
para
subir
los
glaciares.
Lidia
los
observaba
atenta
mientras
se
ponían
sus
abrigos,
sus
botas,
tomaban
sus
piquetas
y
sogas,
y
salían
con
sus
guías
hacia
la
cima.
Pero
jamás
los
acompañaba.
Se
quedaba
ahí,
en
Campo
Alto.
Cuando
los
turistas
regresaban
de
la
excursión,
unas
horas
más
tarde,
ella
los
esperaba
con
la
comida
lista.
Cuando
llegaban
ya
al
refugio
se
veían
muy
felices
pero
yo
me
preguntaba,
¿no?,
¿por
qué
llegarán
tan
contentos,
qué
cosa
habrá
en
la
cumbre?,
yo
decía,
¿no?
Pero
no
se
atrevía
a
preguntarles
nada.
Y
es
que,
en
un
principio,
no
le
fue
fácil
adaptarse
a
trabajar
con
personas
que
venían
de
diferentes
partes
del
mundo.
Italia,
Francia,
Corea,
Estados
Unidos…
Era
muy
tímida,
¿no?,
de
hablar
con
los
turistas
y
todo,
porque
me
daba
tal
vez
un
poco
de
miedo.
Y
yo
decía
ay,
no,
es
que
tal
vez
les
voy
a
hablar
mal
y
me
va
a
criticar.
Y
tantas
esas
dudas
que
yo
tenía,
¿no?
También
le
daba
miedo
que
no
les
gustara
la
comida
que
ella
preparaba.
Sin
embargo,
los
turistas
dejaban
siempre
sus
platos
vacíos.
Me
decían:
“Qué
rico
has
cocinado,
Lidia.
¿Tienes
un
poco
más?
Yo
quisiera
comer”
(risa).
Esos
elogios
hicieron
que
poco
a
poco
entrara
en
confianza
y
se
sintiera
más
cómoda
con
los
turistas
extranjeros.
Incluso
más
que
con
los
propios
bolivianos,
con
los
que
a
veces
se
sentía
maltratada.
En
nuestro
país
siempre
había
discriminación,
¿no?
Es
con
nuestra
propia
raza,
con
nuestra
propia
gente.
«Eres
mujer
de
pollera,
mujer
indígena».
Pero
los
turistas
extranjeros
sí,
¡uh!
Jamás
yo
he
tenido
discriminación
de…
de
un
turista,
nada.
Ellos
aceptan
nuestra
cultura
y
todo,
¿no?
Bueno,
hasta
nuestra
vestimenta
les
llama
mucho
la
atención
a
ellos.
Los
turistas
le
preguntaban
sobre
su
pollera,
su
cultura,
y
a
Lidia
le
gustaba
conversar
con
ellos.
La
hacían
sentir
bienvenida.
Y
siempre
le
hacían
la
misma
pregunta:
“¿Tú
has
ido
siquiera
has
hecho
una
montaña,
algo?”,
me
decían.
“Porque
si
vos
vives
acá,
y
entonces
mirá
dónde
está
la
montaña,
lo
tienes
a…
ahicito
está
la
montaña»,
me
decían.
“Hacer
una
montaña”,
es
decir,
conquistar
su
cima.
Cuando
le
preguntaban
esto,
ella
les
respondía…
«No»,
yo
les
decía,
«no,
no,
no
puedo
hacer».
No
podía
costearme
el
equipo.
El
equipo
que
es
muy
caro,
¿no?
Eso
era
cierto,
pero
también
había
una
parte
de
ella
que
dudaba
poder
llegar
hasta
la
cima.
A
pesar
de
que
cada
vez
que
iba
a
la
montaña,
hacía
una
caminata
larga
y
pesada
hasta
el
refugio,
que
ya
era
un
poco
más
del
ochenta
por
ciento
del
trayecto.
Pero
mientras
más
hablaba
con
los
turistas,
más
curiosidad
tenía
de
saber
cómo
se
veía
el
mundo
desde
la
cima
del
Huayna
Potosí.
Qué
había
allí
que
atraía
a
tantas
personas
de
diferentes
partes.
Y
se
decía
a
misma…
Algún
día
quisiera
ir
y
quisiera
ver
qué
hay
en…
allá.
Lidia
pensaba
en
eso,
pero
se
seguía
sintiendo
lejos
de
lograrlo,
y
le
preocupaba
qué
pasaría
con
sus
hijas
si
le
pasaba
algo.
Estaba
a
solo
novecientos
metros
de
la
cima,
más
cerca
que
nunca
en
su
vida.
Y,
sin
embargo,
pasarían
otros
quince
años
antes
de
que
diera
el
primer
paso
hacia
ella.
Una
tarde
de
diciembre
de
2015,
ya
con
sus
hijas
más
grandes
y
cuando
tenía
cincuenta
años…
Yo
ya
dije,
¿no?,
ahora
quiero
subir
a
la
montaña.
Llegar
a
esta
decisión
había
sido
todo
un
proceso.
En
cierto
modo,
llegar
a
los
cincuenta
era
parte
del
cálculo.
O
lo
hago
ahora,
o
nunca.
Pero
había
algo
más.
Después
de
experimentar
y
ser
testigo
de
tanta
discriminación,
llegar
a
la
cima
se
fue
convirtiendo,
de
cierta
forma,
en
un
acto
de
protesta.
Una
manera
de
demostrar
que
las
mujeres
como
ella,
las
cholas,
podían.
Porque
realmente
también
yo
estaba
muy
enojada,
¿no?,
con
todo
lo
que
veía
tanta
discriminación
hacia
la
mujer
de
pollera.
Tanto
racismo.
Había
mucho
feminicidio
y
todo,
¿no?,
aquí
en
mi
país.
Bolivia
es
el
país
de
Suramérica
en
el
que
los
hombres
matan
a
más
mujeres.
Se
produce
un
feminicidio
cada
dos
días.
La
violencia
es
brutal
y
las
aymaras
la
sufren
incluso
más
que
el
promedio.
En
varias
ocasiones
he
visto
¿no?,
a
otras
mujeres,
¿no?delante
de
como
la
maltrataba,
a
mí…
Y
a
no
me
gustaba
eso
para
nada.
En
su
caso,
aunque
Elio
era
el
que
mandaba
en
la
casa,
el
que
había
tomado
decisiones
sobre
su
vida
y
su
carrera,
él
la
trataba
bien
y
la
respetaba.
Pero
esto
no
era
lo
común
entre
sus
conocidas,
que
sufrían
muchos
maltratos
por
parte
de
sus
maridos.
Hubo
un
caso
de
violencia
de
una
amiga
muy
cercana
que
la
marcó
más
que
ninguno.
Y
sufría
mucho
ella.
A
no
me
gustaba
para
nada
el
trato
que
le
daba
su
esposo.
Incluso,
bueno,
hasta
le
apuñaló
en
la
pierna
con
el
cuchillo.
Y
entonces
todo
eso
me
impactó
mucho
a
mí.
Lidia
trataba
de
conversar
con
su
amiga
y
le
aconsejaba
que
lo
dejara.
Pero
sentía
que
era
muy
difícil
hacerla
reaccionar.
Entonces
se
le
ocurrió
que
lo
mejor
que
podía
hacer
era
romper
con
esa
idea
de
que
la
mujer
de
pollera
debía
ser
obediente.
De
esa
manera
yo
bueno,
he
tomado
la
decisión
de
poder
hacer,
¿no?,
el
trabajo
de
un
hombre.
Y
lo
iba
a
hacer
desde
su
lugar:
las
montañas.
Pa’
que
pueda
demostrarles,
¿no?
Que
no
solo
un
hombre
puede
hacer
esta
clase
de
deporte.
También
una
mujer
puede
hacer
y
con
la
vestimenta
que
una
tiene,
¿no?
Pero
no
quería
hacerlo
sola.
Así
que
empezó
por
contarle
su
plan
a
su
amiga
Domitila,
que
también
trabajaba
en
la
montaña
como
ella.
Y
me
dice:
«Claro,
sí,
yo
quiero
ir».
“Puedes
hacer
un
grupito
de
unas
cuatro
o
cinco
personas
para
que
podamos
escalar”,
me
dice.
Lidia
comenzó
a
reclutar
cocineras,
cargadoras
de
equipaje
y
esposas
de
otros
guías
que
trabajaban
en
el
refugio,
porque
sabía
que
ellas
también
querían
conocer
qué
había
en
la
cima.
Solo
necesitaban
un
empujón.
He
dado
el
primer
paso
para
convocarles,
¿no?
A
mis
compañeras.
De
poderles
decir:
«Podemos
subir
a
la
montaña.
Siquiera
vamos
a
ver
y
cómo
es
allá».
Algunas
le
dijeron
que
no,
porque
sus
maridos
no
se
lo
permitían.
Pero
otras,
muy
entusiasmadas,
le
respondieron
que
enseguida.
Y
así,
cuatro
de
sus
compañeras
decidieron
sumarse.
Lidia
tenía
ya
su
grupo
de
escaladoras
armado.
Todas
aymaras,
que
subirían
con
sus
polleras,
enaguas,
trenzas,
mantas
y
sombreros
tipo
hongo.
Ahora
vendría
lo
más
difícil:
prepararse
para
su
aventura.
Ya
volvemos.
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comparten
sus
reacciones
y
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dan
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resumen
de
lo
que
vale
la
pena.
Escucha
Pop
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Happy
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todos
los
miércoles
y
jueves.
Ambulantes,
hay
un
podcast
en
español
que
admiramos
y
que
queremos
recomendarles,
se
llama
Entiende
Tu
Mente.
Este
es
su
presentador,
Molo
Cebrián:
Hola,
te
saluda
un
oyente
más
de
Radio
Ambulante
que
se
siente
muy
honrado
de
poder
saludarte.
Sabemos
y
además
lo
hemos
escuchado
en
muchos
capítulos,
en
muchas
historias
de
este
podcast,
que
vivimos
en
un
mundo
donde
reina
el
estrés,
la
ansiedad
los
miedos,
y
creemos
que
la
forma
más
inteligente
de
afrontar
esta
realidad
es
a
base
de
psicología
útil.
En
Entiende
Tu
Mente
nos
juntamos
cada
miércoles
para
ponerle
nombre
a
lo
que
nos
pasa,
normalizarlo,
compartir
ideas
para
sobrellevarlo
mejor
y
conocer
cuál
es
el
momento
indicado
para
pedir
ayuda
a
un
psicoterapeuta.
Puedes
escucharlo
buscando:
Entiende
Tu
Mente
en
Spotify.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
pausa,
la
cocinera
Lidia
Huayllas
decidió
que
quería
subir
a
la
cima
del
Huayna
Potosí,
una
de
las
montañas
más
altas
de
Bolivia.
Así
que
reunió
a
un
grupo
de
mujeres
aymaras
y
decidieron
hacerlo
juntas.
Cuando
Lidia
le
contó
su
plan
a
su
marido,
él
dudó
que
pudiera
lograrlo.
Porque,
como
estaba
un
poco
gordita,
dije
tal
vez
no
va,
no,
no…
están
adaptadas
aquí,
aclimatadas,
¿no?
Pero
técnicamente
no
estaban,
pues
era
su
primera
salida.
La
altura
es
allá
llegando
a
la
cumbres
es
mucho
más
difícil.
Los
demás
guías
también
dudaban
de
ellas.
Se
lo
decían
a
Elio
todo
el
tiempo.
«No,
qué
van
a
hacer»
Estaban
con
esa…
como
decir,
como…
como
una
burla,
digamos.
«No
van
a
poder».
También
encontró
resistencia
en
su
familia.
Y
mi
mami
me
dice:
«Vos,
agh,
siempre
con
tus
locuras»,
¿no?,
me
dice:
«Porque
ni
a
la
edad
que
tienes,
ni
quien
te
pare,
pues»,
me
dice
mi
mami
(risas).
Y
es
que
el
trabajo
físico
de
un
escalador
es
muy
demandante.
Se
necesitan
muchas
horas
de
entrenamiento
para
adquirir
agilidad,
resistencia
y
conocimientos
técnicos.
Pero
estaba
convencida.
Y
yo
le
digo:
Lo
tengo
que
intentar»,
«si
no
voy
a
intentar,
siempre
me
voy
a
quedar
con
esa
duda
de
no
poder
subir».
Cecilia
nos
sigue
contando.
Viendo
lo
convencida
que
estaba
Lidia
de
llegar
a
la
cima
del
Huayna
Potosí,
Elio
cambió
de
opinión.
Y
entonces
me
dice
mi
esposo:
«Bueno,
si
vos
decides
a
ir,
bueno,
vamos»,
me
dice.
«Yo
te
voy
a
acompañar
por
primera
vez
en
tu
escalada.
Y
entonces
ya,
vamos».
Elio
se
ofreció
a
ser
el
guía
del
grupo
que
Lidia
había
armado.
Así
que
ella
comenzó
a
organizar
los
detalles
que
faltaban
para
su
excursión:
contratar
el
minibus
que
las
llevaría
hasta
la
montaña,
comprar
los
alimentos
y
conseguir
los
equipos.
En
total,
el
viaje
le
costaría
al
grupo
un
poco
más
de
doscientos
dólares
y
las
mujeres
quedaron
en
que
cada
una
pagaría
sus
gastos.
Lidia
le
pidió
prestado
a
su
esposo
unos
crampones,
que
son
unas
puntas
metálicas
que
se
colocan
en
la
suela
de
los
zapatos
para
no
resbalarse
en
las
superficies
heladas.
Elio
también
le
prestó
un
par
de
botas
en
desuso,
muy
grandes
para
ella.
Me
he
tenido
que
poner
unas
botas
bien
viejitas.
Una
talla
de
cuarenta
más
o
menos
de
la
bota,
¿no?
Porque
no
me
calzaba
ni
con
tres
medias
y
yo
dije
no
importa
yo
me
pongo
esto
y
voy
a
la
cumbre.
Ninguna
de
las
cinco
escaladoras
necesitó
entrenamiento
físico.
Subían
por
lo
menos
dos
veces
por
semana
5100
metros.
Y
aunque
los
novecientos
que
faltaban
eran
los
más
duros,
se
sentían
preparadas
para
soportar
la
falta
de
oxígeno.
Pero
igual
sabían
que
les
esperaban
varios
retos
y
peligros:
terreno
rocoso,
nieve,
hielo,
glaciares…
Las
mujeres
realizaron
un
curso
básico
de
supervivencia,
dictado
por
sus
maridos.
Nos
han
enseñado
cómo
pisar
el
grampón
y
también
cómo
ponernos
la
cuerda
y
cómo
manejar
el
piolet…
El
piolet
es
una
herramienta
de
mano
con
forma
de
gancho,
que
sirve
para
aferrarse
en
caso
de
perder
el
equilibrio.
Además,
les
enseñaron
cómo
debían
escalar
el
último
trayecto
de
la
excursión,
el
más
difícil.
Porque
había
en
el
glaciar,
una
parte
de
hielo
y
entonces
es
más
peligroso
y
teníamos
que
pisar
bien
el
grampón
para
que
pueda
agarrar.
Lidia
y
sus
compañeras
aprendieron
rápido.
Mientras
se
preparaban,
su
plan
llegó
a
los
oídos
de
un
periodista
de
la
cadena
de
noticias
AP.
Él
les
propuso
acompañarlas
para
documentar
su
primera
escalada
y
ellas
aceptaron.
Querían
que
todo
mundo
supiera
lo
que
iban
a
lograr.
Después
de
una
semana
de
preparativos,
llegó
la
noche
previa
al
inicio
del
ascenso.
Lidia
improvisó
en
el
patio
de
su
casa
una
Challa,
una
ceremonia
ancestral,
para
pedirle
a
la
Madre
Tierra
que
le
diera
permiso
para
subir
la
montaña.
Primero
derramó
licor
en
el
suelo,
en
busca
de
protección.
Después
prendió
una
fogata
y
quemó
unas
hojas
de
coca
a
modo
de
ofrenda,
mientras
decía
en
aymara…
(Idioma
Aimara)
Dice:
“Déjanos
subir.
Danos
paso,
por
favor.
Queremos
hacer
nosotras
cumbre,
¿nos
puedes
dar
ese
paso
que
queremos
nosotras?”
Así
le
decimos
al…
a
nuestro
a…
Achachila
(risa).
Los
Achachilas
son
los
antepasados
que
habitan
las
montañas.
Junto
con
la
Pachamama,
son
los
grandes
protectores
del
pueblo
aymara.
Lidia
creía
que
si
debía
pedirle
permiso
a
alguien
para
subir
esa
cumbre,
era
a
ellos.
Así
que
les
pidió
buen
clima
y
que
no
les
pusieran
obstáculos.
Y
con
esa
petición,
a
las
siete
de
la
mañana
del
día
siguiente,
Lidia
partió
desde
El
Alto
hacia
el
Huayna
Potosí.
Iba
con
cuatro
cholas
y
algunos
de
los
esposos
guías.
Era
el
16
de
diciembre
de
2015.
Después
de
una
hora
de
viaje
en
la
minivan,
llegaron
a
Campo
Base,
y
desde
ahí
partieron
a
pie
a
Campo
Alto,
donde
habían
trabajado
durante
tantos
años.
Pero
esta
vez
el
trayecto
se
sintió
distinto.
Porque
ya
no
estábamos
yendo
a
trabajar,
sino
que
estábamos
yendo
ya
como
un
hobby
para
nosotras,
¿no?
Para
ir
a
ver
realmente
qué,
qué
había
allá
y
cómo
era,
¿no?
Ir
a
conocer
y
degustar
del
paisaje.
Y
bueno,
nosotras
muy
felices,
¿no?
Cada
una
cargó
su
equipo
de
montaña
en
su
aguayo.
Llevaron
licor
para
hacer
una
challa
de
agradecimiento
en
la
cumbre
y
algunos
refrigerios,
como
chocolate,
maní,
agua
y
hojas
de
coca,
para
evitar
el
mal
de
altura.
Pero
no
solo
se
pusieron
las
ropas
de
montañismo
que
normalmente
se
usan
para
este
tipo
de
ascenso.
Siempre
queríamos
escalar
así,
¿no?
con
nuestras
polleras.
Nosotros,
queríamos
dar,
¿no?,
el
mensaje
que,
que
todos
nos
vean,
¿no?
Cómo
estamos
escalando,
¿no?
Con
nuestra
ropa
aymara.
Tal
cual
somos
la
mujer
boliviana,
¿no?
la
chola
paceña.
Ese
día,
Lidia
llevaba
puesta
una
pollera
delgada
y
liviana.
Era
amarilla
y
blanca.
Debajo
llevaba
medias
largas
y
calientes,
y
un
buzo
para
soportar
el
frío
de
la
montaña,
que
en
diciembre
puede
llegar
a
nueve
grados
bajo
cero.
Además
de
las
mantas
típicas
de
su
vestimenta,
llevaban
cascos
y
lentes
polarizados.
Caminaron
durante
casi
cuatro
horas
hasta
que
llegaron
a
Campo
Alto,
alrededor
del
mediodía.
Se
sacaron
sus
aguayos,
se
instalaron
en
el
refugio
y
comenzaron
a
preparar
la
comida.
Ahí,
Lidia
recibió
una
sorpresa.
Yo
me
acuerdo
que
era
las
seis
de
la
tarde,
entonces
empezaron
a
llegar
más
compañeras,
¿no?
El
plan
de
llegar
a
la
cima
había
circulado
de
boca
en
boca,
y
varias
de
las
mujeres
aymaras
que
trabajaban
en
la
montaña
no
se
lo
querían
perder.
También
querían
subir.
Me
sentí
muy,
muy
feliz
porque
también
ellas
han
creído
en
mí,
¿no?
Y
formáramos
un
grupo
muy
grande
de
las
once
cholitas.
Estaba
muy
emocionada
y
feliz
de
que
crean
en
mí.
Ya
entrada
la
noche,
extendieron
sus
bolsas
de
dormir
en
las
camas
del
refugio.
Tenían
que
acostarse
temprano
porque
debían
levantarse
a
la
medianoche.
Fue
ahí
que
Lidia
se
sintió
nerviosa.
Esa
noche
a
no
me
daba
ni
sueño
porque
más
estaba
pensando.
Cómo
voy
a
subir
y
una
por
primera
vez
no
conoce
nada.
Yo
también
un
poquito
dudaba
y
ahora
si
va
a
ser
un
poco
muy
difícil…
Pero
se
tranquilizó
pensando
que,
si
el
camino
era
muy
difícil,
ella
llegaría
hasta
donde
aguantara.
Lo
importante
era
intentarlo.
Y
se
quedó
dormida.
A
las
doce
de
la
noche
del
diecisiete
de
diciembre,
se
despertaron,
desayunaron
y
empezaron
a
ponerse
los
equipos.
Era
un
ritual
que
habían
visto
hacer
a
los
turistas
muchísimas
veces.
Cerca
de
las
dos
de
la
mañana,
junto
a
sus
diez
compañeras
y
algunos
de
sus
esposos
guías,
Lidia
comenzó
el
ascenso.
Iban
casi
a
oscuras,
solo
los
iluminaban
las
linternas
que
llevaban
en
sus
cascos.
El
primer
tramo
se
les
hizo
fácil,
fue
más
bien
una
caminata.
Pero
a
partir
de
los
5500
metros
el
trayecto
empezó
a
ser
más
difícil.
Tenían
que
atravesar
un
glaciar
muy
resbaloso,
cerca
de
un
precipicio.
Si
pisaban
mal,
se
podían
desbarrancar.
Realmente,
por
primera
vez,
he
sentido
miedo.
Y
bueno,
como
también
mi
esposo
me
dijo:
«Si
podrás
llegar
a
la
cima
o
no?».
Comenzó
a
dudar
de
si
misma.
Pero
estar
acompañada
la
ayudó.
Todo
entre
amigas
era:
«Eh,
vamos
chicas.
Ya
apúrense»,
esa
clase
de…
de
ánimos
que…
que
también
me
daban
mis
compañeras.
Eso
hacía
que
yo
deje
ya
el
mi…
miedo
a
un
lado.
Y
estar
más
confiada,
¿no?
Juntas,
lograron
atravesar
el
glaciar
a
salvo.
Ya
habían
caminado
más
de
cinco
horas
y
empezaba
a
salir
el
sol.
El
paisaje
que
desde
chica
había
soñado
ver
de
cerca,
ahora
se
encontraba
ahí,
frente
a
ella.
Alrededor
se
veía,
pues,
pura
nieve.
Y
a
esa
altura
también
ya
estás
admirando
esos
lindos
paisajes
que
van
quedando
debajo
de…
de
ti.
Ya
solo
le
faltaban
unos
quinientos
metros
para
llegar
a
la
cima.
Había
una,
una
neblina
debajo
de
nosotros.
Y
también
justamente
pasaba
un
avión,
¿no?
Y
cuando
pasaba
el
avión
y
estaba
más…
más
bajo
que
nosotros,
todavía
el
avión.
Y
todas
esas
cosas,
¡guau!,
para…
para
me
impactó
mucho,
¿no?
Eran
las
siete
de
la
mañana
y
la
cima
puntiaguda,
empinada,
estaba
a
pocos
metros.
La
nieve,
cada
vez
más
espesa,
mojaba
sus
polleras.
Teníamos
que
hacer
como
una
fila,
¿no?
Para
que
todas
podamos
ver
y
llegar
ahí
al
filo
de
la
cresta.
Una
por
una,
avanzaron
por
el
estrecho
camino,
hasta
tocar
lo
que
pensaban
inalcanzable.
Llegamos
a
la
cumbre
y
bueno,
gritamos,
nos
abrazamos.
Nos
hemos
puesto
a
llorar.
Y
tantas
emociones
que
hemos
sentido
cada
una
de
nosotras.
Yo
me
sentía
como
en
un
paraíso,
¿no?
Más
o
menos.
Tal
vez
como
un
cóndor,
un
águila,
¿no?
Tal
vez
de
llegar
a
tan
altura.
O
sea
que
me
sentí
la
mujer
más
libre
del
mundo
(risa).
Desde
ese
momento
dije:
«No,
yo
no,
ya
no
dejo
más
la
montaña,
quiero
seguir».
Y
estoy
muy
enamorada,
pues
de…
de
las
montañas,
¿no?
Cuando
la
nieve
comenzó
a
derretirse,
Lidia
y
sus
compañeras
iniciaron
el
descenso.
Todavía
se
encontraron
con
algunos
peligros,
como
que
el
hielo
era
más
resbaloso,
pero
se
sentían
capaces
de
sobrepasar
cualquier
cosa.
Al
llegar
a
Campo
Alto,
compañeros,
familiares
y
turistas
las
recibieron
y
felicitaron.
No
solo
habían
llegado
a
la
cumbre,
les
había
tomado
solo
dos
días.
Un
tiempo
récord
para
unas
principiantes
como
ellas,
porque
generalmente
los
turistas
lo
hacen
en
tres.
No
podían
más
de
la
felicidad.
Al
día
siguiente,
Lidia
organizó
una
reunión
en
su
casa
para
celebrar
con
sus
compañeras,
y
ahí
aprovechó
para
hacerles
una
propuesta.
Y
yo
les
dije,
¿no?:
“Ya
que
hemos
hecho
la
primera
montaña,
entonces,
por
qué
no
hagamos
la
segunda
montaña”.
Aceptaron
de
inmediato.
Estaban
emocionadas
con
la
idea
de
un
nuevo
reto.
Pero
Elio
les
propuso
una
meta
aún
más
ambiciosa:
subir
8
montañas
superiores
a
seis
mil
metros
de
altitud,
un
desafío
común
para
los
montañistas.
A
ellas
les
encantó
la
idea.
Así,
la
expedición
que
había
surgido
como
un
desafío
personal
de
Lidia,
rápidamente
se
transformó
en
un
proyecto
más
grande.
Y
para
hacerlo
oficial,
solo
faltaba
ponerse
un
nombre…
Y
entonces
yo
le
digo
¿por
qué
no
las
Cholitas
Escaladoras?
A
todas
les
sonó
bien,
y
un
18
de
diciembre
de
2015
nacieron
“las
Cholitas
Escaladoras
de
Bolivia”.
Querían
conquistar
los
seis
picos
más
altos
de
Bolivia,
el
Aconcagua
en
Argentina
y
el
monte
Everest,
en
Nepal,
la
montaña
más
alta
del
mundo,
con
casi
nueve
mil
metros
de
altura.
Se
sentían
imparables.
Pero
la
segunda
montaña,
y
las
que
vendrían,
serían
mucho
más
complicadas,
y
no
solo
por
la
dificultad
de
la
escalada,
sino
por
la
discriminación
de
los
guías
hombres.
Y
es
que
ahora
el
proyecto
de
Lidia
y
sus
compañeras
era
más
ambicioso,
con
más
atención
mediática.
Como
ellos
decían,
¿no?
«Cómo
una
mujer
de
pollera
va
a
estar
subiendo,
pues
a…
a
la
montaña.
La
mujer
siempre
tiene
que
estar
en
su
cocina.
Pienso
que
están
haciendo
mal
pues
al
querer
dejarles
que
ellas
vayan
a
escalar”.
Justamente
por
comentarios
como
ese
había
querido
subir
el
Huayna
Potosí,
en
primer
lugar.
Pero
parecía
que
no
había
sido
suficiente.
Las
críticas,
contrario
a
detenerla,
la
impulsaron
más.
Y
animó
a
sus
compañeras
a
seguir.
Les
digo:
“No,
no
importa,
vamos.
¿Y
por
qué
también
les
vamos
a
hacer
caso?
A…
a
palabras
necias,
oídos
sordos.
Así
que
vamos».
Yo
pienso
que
para
todos
es
la
montaña,
que
no
solamente
para
unos
cuantos.
Con
esos
ánimos,
comenzaron
a
prepararse
y
a
ahorrar
dinero
para
la
segunda
montaña:
el
Acotango.
Un
volcán
de
6050
metros
con
forma
de
cono,
ubicado
en
el
departamento
de
Oruro,
justo
en
la
frontera
con
Chile.
Un
volcán
que,
se
cree,
pudo
ser
un
santuario
inca.
Pero
cuando
Lidia
y
sus
compañeras
se
acercaron
a
un
dirigente
del
pueblo
para
pedirle
acceso
a
la
montaña,
se
toparon
con
una
idea
absurda.
Y
entonces
esa
persona
también
nos
dice:
“¿Cómo
ustedes
quieren
estar
yendo
a
escalar?
Si
una
mujer
sube
así
vestida
de
pollera…
Bueno,
se…
ya
no
va
a
haber
ni
nieve,
no
va
a
haber
ya
nada,
creo
que
en
esta
montaña”.
En
Bolivia
y
en
varios
países
de
América
Latina,
todavía
es
posible
toparse
con
supersticiones
de
este
tipo:
que
las
mujeres
traen
sequías,
secan
los
pozos
de
agua,
desaparecen
la
nieve.
Esta
discriminación
no
era
nueva
en
sus
vidas.
Pero
esta
vez
iba
a
ser
diferente.
Lidia
les
dijo
a
los
dirigentes
del
pueblo…
No
nos
discriminen
así.
Uno
también
es
libre,
pues
de…
de
poder
escalar.
¿Y
nosotras
qué
estamos
haciendo?,
sólo
queremos
subir
con
nuestra
vestimenta.
Porque
todavía
otros
tienen
acceso
y
a
nosotros
no
nos
quieren
dejar.
Después
de
una
hora
de
negociación,
Lidia
logró
que
las
dejaran
escalar.
Los
convenció
con
la
promesa
de
publicitar
la
montaña
en
la
próxima
entrevista
que
les
hicieran.
Ya
estaba
circulando
el
reportaje
de
AP,
y
eso
a
los
dirigentes
les
gustó.
De
esta
manera,
les
dieron
vía
libre
a
la
Cholitas
Escaladoras
para
poder
subir,
y
Lidia
sintió
que
se
estaban
acercando
a
su
objetivo.
Yo
pienso,
¿no?
que
bueno,
hemos
tenido
que
romper
un
poquito,
¿no?
Las
tradiciones
que
ellos
tienen
allá
en
su
pueblo
y
todo,
¿no?
Escalaron
la
segunda
montaña
sin
problemas.
Pero
cuando
regresaron
a
El
Alto,
el
conflicto
con
los
guías
que
trabajaban
con
ellas
se
agudizó.
Varios
guías
ya
empezaron
ya
a
criticarnos…
Eh…
Bueno,
como
siempre
ese
machismo,
¿no?
Y
de
esa
manera,
un
poquito,
casi
todos
los
guías
se
agarraron
conmigo,
¿no?
Y
le
decían
cosas
como…
«Ay,
no.
Esa
doña
Lidia
siempre
quiere
llevar.
Y
quiere
hacerles
así
a
las
mujeres
¿Cómo
podemos
permitir?»
Bueno,
los
hombres
hablaban
así.
Ha
sido
una
gran
sorpresa
pues
tener
a
las
señoras
o
cholitas
que
deseaban
hacer
montaña.
Este
es
Sergio
Augusto
López.
Es
boliviano,
tiene
53
años
y
es
un
guía
experimentado
de
montaña.
Ha
trabajado
muchos
años
con
Lidia,
su
esposo
y
los
demás
guías.
No
pensábamos
que
la
pequeña
iniciativa
de,
se
haya
vuelto
pues
un
proyecto
para
que
se
abran
las
puertas
para
ellas
y
querer
escalar
montañas.
Y
bueno,
y
querían
hacer
muchas
más
cosas.
Esto
a
muchos
guías
no
les
gustaba,
porque
veían
el
proyecto
de
Lidia
y
de
las
demás
mujeres
como
una
amenaza
a
su
concepto
de
familia.
Específicamente
la
chola
o
la
cholita
siempre
ha
sido,
pues
objeto
de
que
ellas
siempre
sean
amas
de
casa,
mujeres
del
hogar,
que
atiendan
niños,
que
hagan
el
almuerzo,
que
vean
la
educación
de
los
niños.
Entonces
ha
influido
bastante
eso
del
machismo
en
que
no
se
acepten
rápido
las
cosas.
Algo
que
también
molestaba
a
los
guías
era
que
creían
que
las
cholas
habían
llegado
a
la
actividad
de
una
manera
más
fácil,
sin
haber
tomado
cursos
como
ellos.
Les
parecía
injusto
que
ellos
se
prepararon
por
años
con
guías
extranjeros
y
ellas,
que
no
lo
habían
hecho,
quisieran
hacer
un
proyecto
de
esa
magnitud.
A
pesar
de
toda
la
resistencia,
Lidia
les
insistía
a
sus
compañeras.
Yo
les
decía,
¿no?
Ustedes
no
son,
pues
compradas
nada
también.
Y
entonces
cada
una
decide,
pues
si
quiere
ir
o
no
a
la
montaña»,
les
decía.
Pero
los
maridos
de
varias
no
cedieron.
Ya
les
prohibían
salir
y…
ir
a
la
montaña
y
tal
vez
una
de
las
compañeras,
los
esposos
se
han
puesto
violentos
y
todo,
¿no?
Y
de
esa
manera
bueno
muchas
compañeras,
ya
no
quisieron
venir.
Se
alejaron
ya
y
solo
se
quedaron
en
sus
casas.
De
las
once
escaladoras,
quedaron
seis,
incluída
Lidia.
Ella
no
tuvo
ese
problema
porque
después
del
Huayna
Potosí,
Elio
las
apoyó.
Las
ayudaba
a
practicar
en
los
glaciares
y
a
prepararse
para
sus
próximas
escaladas.
Pero
esto
le
trajo
problemas
a
él.
Me
han
hecho
bullying
a
mí.
«Bueno,
eres
un»,
no
cómo
le
llama
allá,
pero
aquí
le
llaman
mandarina
a
uno
que,
digamos,
está
constantemente
con
su
mujer,
¿no?
Me
decían,
¿no?
Que
por
mi
culpa
las
mujeres
habían
subido,
que
yo
le
he
dado
mucho
lugar
a
eso.
Esas
críticas
comenzaron
a
tener
un
impacto
directo
en
su
vida.
La
principal
fuente
de
trabajo
de
los
guías
viene
de
la
autogestión
de
las
excursiones,
a
través
de
contactos
personales
y
de
las
agrupaciones
que
regulan
la
actividad.
Pero
como
Elio
era
de
los
pocos
que
estaban
apoyando
a
las
cholitas,
ya
no
lo
contrataban
para
las
excursiones.
Lidia
y
él
se
quedaron
casi
sin
clientes.
Incluso
le
costó
su
puesto
como
presidente
de
la
Asociación
Andina
de
Promotores
de
Turismo
en
Aventura
y
Montaña.
Como
las
bases
decían:
«Bueno,
Don
Elio
se
está
dedicando
mucho
más
a
las
cholitas
que
a
los
guías
de
montaña,
¿no?
Entonces
vamos
a
cambiar».
Después
de
eso
también
me
costó
el
puesto
de
presidente.
He
dudado
yo
en
seguir,
porque…
Bueno,
al
ver
que
no,
ya
no
tenía
mi
esposo
trabajo.
Y
entonces,
eh,
no
tener
ese
dinero
y,
eh,
me
ponía
mucho
a
pensar
a
y
me
ponía
a
la
vez
muy
triste
¿no?
Pero
mientras
evaluaba
si
abandonar
o
no
su
proyecto,
Lidia
recibió
una
noticia.
Una
productora
de
cine
de
España
había
recolectado
fondos
para
financiar
un
viaje
que
las
Cholitas
Escaladoras
soñaban
hacer:
ir
hasta
la
Argentina
para
escalar
el
Aconcagua,
de
casi
siete
mil
metros,
la
montaña
más
alta
de
América.
La
idea
era
hacer
un
documental
sobre
ellas
intentando
conquistar
la
cima.
Sin
pensarlo
dos
veces,
comenzaron
a
preparar
la
excursión.
En
enero
de
2019,
Lidia
y
otras
cuatro
cholitas
viajaron
en
avión
al
oeste
de
Argentina.
Juntamente
con
mis
compañeras
comentábamos,
¿no?
¡Guau!
Hemos
salido
de
Bolivia
por
primera
vez.
Y
todas
emocionadas,
pues.
Fuerza…
A
la
bin,
a
la
ban,
a
la
bimbomban
¡Cholitas,
escaladoras,
ra,
ra,
ra!
Los
guías
que
las
recibieron
les
dijeron
que
no
era
seguro
que
pudieran
llegar
a
la
cumbre,
por
las
condiciones
extremas
de
la
montaña.
Y
es
que
en
ella
se
enfrentarían
a
temperaturas
de
hasta
veinte
grados
bajo
cero
y
vientos
feroces,
que
habían
reventado
las
carpas
de
otros
turistas.
Yo
sentía
también
un
poco
de
miedo,
¿no?
Me
imaginaba
que
era
muy
difícil,
porque
como
me
contaban
que
ya
iba
a
perder
los
dedos,
que
no
voy
a
poder
llegar…
Pero
eso
no
las
detuvo.
Se
instalaron
en
un
refugio,
en
donde
jugaron
fútbol,
cocinaron,
bailaron
y
cantaron,
mientras
esperaban
que
la
montaña
les
permitiera
subir.
Ahí
recibieron
también
las
instrucciones
de
los
guías.
Una
mañana,
después
de
siete
días
de
recorrido,
al
fin
pudieron
comenzar
su
ascenso.
De
las
cinco
cholitas,
solo
dos
hicieron
cumbre.
Lidia
no
fue
una
de
ellas,
porque
cuando
estaba
a
unos
doscientos
metros,
empezó
a
sentirse
mal.
La
última
parte
era
un
poquito
dificultoso
porque
en
hay
ya
estamos
sintiendo
un
poco
ya
de
tal
vez
del
oxígeno
y
todo,
¿no?
Porque
ya
no
nos
dolía
la
cabeza,
eh…
Otras
compañeras
tenían
náuseas.
Y
también
había
un
olor,
un
olor
a…
a
azufre,
muy
feo.
Y
aunque
hubiera
querido
seguir
hasta
la
cima,
no
le
quedó
más
que
regresar.
Tuvimos
que
derramar
tantas
lágrimas
ahí
y…
Bueno,
pues
ya
no
tenemos
que
conformarnos,
nomás
que
no
podíamos
hacer
más.
Pero
hasta
donde
he
llegado,
yo
me
siento
muy
feliz.
No
era
para
menos.
A
sus
53
años
había
llegado
a
6
mil
700
metros
de
altura.
Además,
no
se
trataba
de
que
ella
llegara
a
la
cima,
sino
de
que
Las
Cholitas
Escaladoras
pudieran
lograrlo.
Y
para
todo
el
grupo
era
como
haber
llegado
toditas
a
la
cima.
Su
expedición
tuvo
una
gran
repercusión
dentro
y
fuera
de
Bolivia
y
apareció
en
varios
medios
de
comunicación.
Todos
querían
entrevistar
o
hablar
de
las
Cholitas
Escaladoras.
Bueno,
y
tenemos
cholitas
andinistas
de
las
cuales
nos
sentimos
sumamente
orgullosos.
But
now
Bolivia
indigenous
women
are
reaching
new
peaks
and
they’re
doing
it
in
their
own
style.
Comadres,
compadres
(habla
en
aymara)
Cholitas
Escaladoras.
La
hazaña
la
hicieron
estas
cinco
indígenas
aymara
de
Bolivia,
subieron
el
Aconcagua
en
Argentina.
Su
logro
impresionó
a
muchos.
El
presidente
boliviano
de
entonces,
Evo
Morales,
escribió
en
su
cuenta
de
Twitter:
“Muy
contento
por
la
hazaña
alcanzada
por
nuestras
cinco
hermanas
“cholitas
escaladoras”,
que
lograron
llegar
a
la
cima
del
Aconcagua,
el
pico
más
alto
del
continente.
Son
un
orgullo
para
Bolivia”.
Incluso
una
cantante
escocesa
compuso
una
canción
en
su
honor.
We
are
the
Cholita
climbers,
we
reach
for
the
sky.
When
we
climb
a
mountain,
freedom
we
find.We
are
the
Cholita
climbers…
Me
sentí
muy
feliz
porque
ese
desafío
que
yo
ya
he
hecho
estaba
dando
frutos.
A
partir
de
entonces,
los
turistas
que
iban
a
Bolivia
pedían
subir
con
las
Cholitas
Escaladoras
a
las
montañas.
Y
ellas
empezaron
a
participar
en
excursiones
como
acompañantes.
Aunque
su
fama
molestó
a
los
otros
guías,
eso
no
duró
mucho.
Porque
unos
meses
después
de
su
ascenso
al
Aconcagua,
la
visibilidad
que
lograron
las
Cholas
empezó
a
favorecer
a
todos
los
trabajadores
de
alta
montaña.
Nos
hemos
hecho
conocer,
también
más
personas
ya
conocen
Bolivia.
Hasta
los
mismos
bolivianos,
¿no?
Antes
no
sabían
qué
era
la
montaña…
Pero
ahora,
como
ya
a
nosotras
nos
han
visto
ya
escalar
y
hacer
esta
clase
de
deporte
extremo.
Ya
es
más
conocida
en
nuestras
montañas
y
todo,
¿no?,
Los
guías,
poco
a
poco,
fueron
dejando
su
actitud
hostil.
Y
gracias
a
las
cholitas
hasta
consiguieron
algo
que
habían
querido
hacer
por
muchos
años:
presentar
ante
el
Ministerio
de
Educación
de
Bolivia
un
proyecto
para
convertir
su
oficio
en
profesión.
Después
de
cinco
años
escalando,
Lidia
y
sus
compañeras
se
han
ganado
el
respeto
de
quienes
no
creían
en
ellas.
Como
muchas
personas
me
han
dicho
a
que
tal
vez
yo
no
podía
ser.
Pero
sí,
yo
les
he
demostrado
con
hechos
y
no
palabras.
La
misma
Lidia
también
ha
cambiado.
Ya
no
es
esa
mujer
callada
y
obediente
que
solía
ser.
Ahora
que
bueno
ya
he
empezado
a
escalar,
he
hecho
muchas
cosas,
¿no?
Ya
no
pienso
de
la
misma
manera
ahora,
ya.
Un
día
ya
tomé
la
decisión
de
decirle
“no,
yo
no
puedo
hacer
lo
que
quieras”.
Yo
voy
a
hacer
ya
lo
que
yo
quiera
también.
Y
ya
más
o
menos
él
ya
acepta
todo
lo
que
tal
vez
yo
ya,
ya
digo,
¿no?
Si
bien
las
mujeres
de
pollera
todavía
son
marginadas
en
Bolivia,
hoy
existe
un
movimiento
potente
que
reivindica
lo
indígena
y
que
se
rebela.
Y
las
Cholitas
Escaladoras
han
aportado
a
esa
lucha.
Incluso
otras
aymaras,
inspiradas
por
el
grupo
que
coordina
Lidia,
se
han
animado
a
escalar
montañas
y
a
trabajar
con
turistas
por
su
cuenta.
Tanto
es
así,
que
hoy
hay
un
mural
de
Lidia
en
una
escuela
de
La
Paz,
uno
de
esos
lugares
que
solían
prohibir
la
ropa
tradicional
aymara.
Pero
en
el
mural,
Lidia
aparece
vestida
con
su
pollera.
Lleva
un
casco
con
linterna,
una
soga
colgando
de
sus
hombros
y
un
piolet
en
sus
manos.
La
pintura
está
acompañada
por
una
frase
que
ella
siempre
repite:
La
cima
es
para
todos.
We
are
the
Cholita
climbers,
we
reach
for
the
sky.
When
we
climb
a
mountain,
freedom
we
find.We
are
the
Cholita
climbers…
Lidia
Huayllas
y
las
Cholitas
Escaladoras
conquistaron
siete
de
las
ocho
montañas
que
se
habían
propuesto.
Actualmente
el
grupo
está
conformado
por
16
mujeres.
Su
próximo
proyecto
es
ir
al
monte
Everest
que,
con
una
altitud
de
8.848
metros,
es
considerado
la
joya
de
la
corona
para
los
escaladores.
Pero
además
de
alpinista,
en
el
camino
Lidia
se
ha
transformado
en
una
líder
política.
A
inicios
de
este
año,
2021,
decidió
lanzarse
para
ser
concejala
de
su
ciudad,
El
Alto
y
ganó.
Su
mandato
comienza
el
3
de
mayo.
En
su
campaña
prometió
seguir
luchando
por
los
derechos
de
las
mujeres
de
pollera.
Este
episodio
fue
producido
por
Cecilia
Diwan
y
Lisette
Arévalo.
Cecilia
es
periodista
y
vive
en
Buenos
Aires,
Argentina.
Lisette
es
productora
de
Radio
Ambulante
y
vive
en
Quito,
Ecuador.
Un
agradecimiento
a
la
antropóloga
boliviana
del
Consejo
Latinoamericano
de
Ciencias
Sociales,
Teresa
Arteaga,
por
su
ayuda
con
este
episodio.
Gracias
a
Arena
Comunicaciones
por
permitirnos
utilizar
audios
de
su
documental
“Cholitas”.
Esta
historia
fue
editada
por
Camila
Segura,
Nicolás
Alonso
y
por
mí.
La
música
y
el
diseño
de
sonido
son
de
Andrés
Azpiri.
Desirée
Yépez
hizo
el
fact-checking.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Paola
Alean,
Jorge
Caraballo,
Aneris
Casassus,
Victoria
Estrada,
Xochitl
Fabián,
Fernanda
Guzmán,
Rémy
Lozano,
Miranda
Mazariegos,
Hans-Gernot
Schenk,
Barbara
Sawhill,
David
Trujillo
y
Elsa
Liliana
Ulloa.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios,
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
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Si cada oyente trae una persona nueva a Radio Ambulante vamos a lograr de lejos esa meta y abril va a ser por primera vez el mes del millón. Desde ya muchas, muchas gracias. Bienvenidos a Radio Ambulante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Hoy nos vamos a las alturas para conocer a Lidia Huayllas. Tenía solo un año cuando sus padres decidieron mudarse a El Alto, en el oeste de Bolivia. El nombre no es casual: estamos hablando de una de las ciudades más altas del mundo, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Hoy tiene casi un millón de habitantes. Pero en 1967, cuando llegaron ahí, era un pueblo, a veinte kilómetros de La Paz. En ese entonces, los aymaras y los quechuas subían allá buscando un sitio menos costoso para vivir. Así llegó Lidia, en brazos de sus padres. Como toda mudanza, era un nuevo comienzo y en El Alto habían logrado comprar su primera casita. Tenía suficiente espacio para Lidia, sus dos hermanos mayores, y pronto nacerían otros tres hermanos más. Yo me recuerdo que solo las pajas estaban soplando, ¿no? Y silbaban las pajas, porque como no había muchas casas, no había todavía mucha gente que vivía en El Alto. Y entonces realmente se sentía ese frío, ¿no? Su papá era repartidor de periódicos y comerciante. Su mamá era cocinera y cuidaba de los hijos. Era una vida sencilla y tranquila, que se derrumbó cuando unos ladrones mataron al padre. Lidia tenía cuatro años, su mamá tenía seis hijos, y vivían lejos de todo. Así que la madre tuvo que encargarse de la familia. Sus hijos la ayudaban como podían. Mi infancia… no muy lindo para mí. Siempre es un poco muy triste esa infancia en que yo he tenido, porque para nosotros no existía, digamos, alguien que le pueda ayudar a mi mamá para que tenga una ayuda. Para mi mamá era muy… muy tirante la vida, ¿no? Cuando no estaba ayudando a su madre, Lidia iba a la escuela o jugaba fútbol con otros niños del barrio. También solía quedarse, ensimismada, mirando las montañas. El Chacaltaya, el Huayna Potosí: picos imponentes y blancos. Lidia se imaginaba cómo sería estar parada sobre esas tierras, todavía más altas y frías. Aunque todo quedaba allí, en su imaginación. Solo verlo era para mí, tal vez, lo más hermoso, ¿no? Pero poder llegar para mí tal vez inalcanzable, ¿no? Ir a la montaña era solo como un sueño. No estaban tan lejos: desde su casa era un poco más de una hora en auto hasta la base de la montaña. Pero su familia sí estaba muy lejos de poder hacer el viaje. Realmente para nosotros era muy carito ir, ¿no?, porque… pues imposible pedirle a mi… a mi mamá para que siquiera nos costee el pasaje. No, realmente no, no podíamos. A medida que fue creciendo, el interés de Lidia por las alturas fue tomando otras formas. A los diez años, llegaba corriendo de la escuela a prender la televisión, para no perderse ningún capítulo de su personaje favorito. Bueno… (risas). Mi héroe era pues el Superman (risas). Más veloz que una bala. Más potente que una locomotora. Le fascinaba que pudiera volar: un leve impulso y entonces, el mundo allá abajo, cada vez más pequeño. No teme a las alturas. (Risa). Quería volar como Superman. Y siempre yo… me gustaba subir a las paredes y saltar de las paredes (risa). Lidia se subía a todo lo que encontraba. Un día, jugando, se trepó a la pared que separaba su casa de la del vecino. Bueno, me he caído de… de cabeza. Me rompí la cabeza. Y bueno, bien asustada yo entré a mi casa y me tapé con una chompa y mi mamá me dijo: «¿Qué pasó?». «No, nada mami». Pero la sangre había estado chorreando por mi cabeza. Su mamá la regañó. Pero ni eso ni el accidente detuvieron a Lidia. Le encantaba sentir la adrenalina de mirar el mundo desde arriba. Y ese recuerdo tengo ya de como… si tenía que volar. (Risa) Mientras tanto, algunas de las montañas más altas de Bolivia seguían allí, tan cerca y, al mismo tiempo, inalcanzables. La periodista Cecilia Diwan nos sigue contando. La mamá de Lidia, Doña Rosa Estrada de Huayllas, trabajaba mucho para poder mantener a la familia. Tenía un puesto en la Feria 16 de Julio, en El Alto, que abría dos días a la semana: jueves y domingo. A principios de los setentas, la feria era apenas una serie de puestos informales, con productos en el suelo, unas cuantas mesas y toldos para protegerse del sol. Empujados por la necesidad, muchos habían comenzado a tomarse las aceras y las calles de tierra para vender cualquier cosa que pudieran. Hoy en día, es grandísimo. Imagínense más de 45 canchas de fútbol llenas de pasillos largos y estrechos, con muchísimos puestos. Uno puede comprar desde ropa usada hasta un carro, pasando por mascotas, libros y música pirata. Y, por supuesto, comida. De la rápida y de la tradicional. Esta última era la especialidad de Rosa. Siempre mi mamá hacía un ajicito de… de ispi, un ají de… de zapallo… Y bueno, siempre estaba con esos platillos mi mamá, ¿no? Rosa preparaba la comida en su casa para venderla en la feria. Tenía un espacio para poner su estufa de querosén y una única mesa para sus clientes. Desde que tenía seis años, Lidia y sus hermanos tenían que ayudarla, sobre todo los domingos. Hubieran preferido estar jugando con sus amigos, pero era algo que tenían que hacer. Necesariamente teníamos que trabajar nosotros para, tal vez, podernos comprar siquiera un cuaderno, algo porque era muy, muy, muy difícil para mi madre solita ella y con seis hijos. Los seis hermanos hacían de todo un poco: cargaban los productos, cocinaban, lavaban y servían los platos a los clientes. Siempre estaba yo acompañándole a mi mami. Y de eso también yo he aprendido ya a cocinar y también a seguir sus pasos, ¿no? Durante esas largas jornadas también aprendió el idioma de su cultura. Mi mami tenía otras amigas y yo escuchaba, ¿no, lo que ellas hablaban. De esa manera he aprendido yo el aymara. Después del español, el aymara es el idioma más hablado en Bolivia, un país donde más del sesenta por ciento de la población reconoce sus raíces indígenas. Los aymaras, como Lidia, son la segunda etnia más común, luego de los quechuas. Por eso, sus costumbres, sus fiestas, su comida y su música, están presentes en todos lados. Tanto en el campo como en la ciudad. Tengo una raíz muy fuerte pues de ser una chola, ¿no? Cholas se les dice a las que visten de manera tradicional. Están las Cholas tarijeñas, las chuquisaqueñas, las cochabambinas. Y a las que nacieron en el departamento de La Paz, como Lidia, se las conocen como Cholas Paceñas. La vestimenta de la cholita paceña es, pues ponernos un sombrero, una manta y la pollera. Y dentro de la pollera tenemos que llevar un juego de enaguas. Cuatro piezas de enaguas que abultan la pollera, la falda. Y también tenemos que llevar un prendedor que ponemos al sombrero y los aretes que no puede faltar. Esta vestimenta viene de la Colonia, cuando los conquistadores obligaron a las indígenas a vestirse con la ropa que era popular en la península Ibérica. Faldas blancas con enagua, pelo recogido con peineta y mantilla en los hombros. Con el tiempo, las indígenas se apropiaron de esta vestimenta, la modificaron y la volvieron colorida. Para las aymaras, esta forma de vestir es parte central de su identidad. Por eso, a Lidia le dolía que en la escuela le prohibieran entrar vestida así. Porque no, no nos aceptaban aquí con la pollera ir a estudiar. Y todos teníamos que vestir de… de pantalón y con una chaqueta para poder ingresar a la escuela, ¿no? No era el único lugar en donde Lidia tenía que quitarse su pollera. Cuando teníamos que ir, digamos, a una oficina y todo. A la mujer de pollera no permitían entrar. Cuando tenías que ir a una parte importante, tenías que vestir pantalón y una chaqueta para que tú puedas ingresar. Ni siquiera podían pisar una plaza vestida así. No es que existiera una ley formal, era una prohibición naturalizada en la sociedad boliviana hasta fines de los ochenta. Y si bien hoy en día es común ver mujeres con vestimentas tradicionales en espacios públicos y administrativos, e incluso en posiciones de poder, no significa que la discriminación histórica hacia las indígenas se haya superado. En todo caso, lo que hay que entender es lo arraigado que es el uso de la pollera para la identidad de cientos de miles de bolivianas. Y bueno, para Lidia. Si me sacaba la pollera es como que me quitaba, ¿no?, algo de mí, ¿no? Como no tuviera siquiera una mano, como si me faltara algo. Me sentía muy, muy triste, ¿no? Y discriminada también, pues. Los años fueron pasando, y Lidia se vio obligada a aceptar que solo en algunos lugares podía vestirse con su ropa tradicional. Cuando tenía quince años, Lidia fue a uno de los tantos carnavales que se organizaban en El Alto. Era una Challa, una fiesta de agradecimiento a la Pachamama o Madre Tierra. Los aymaras la celebran lanzando petardos, rociando el suelo con vino o cerveza, y decorando las casas, los autos y los negocios con serpentinas y banderines de colores. También había espectáculos en vivo, con bandas locales. Y ese día, en esa fiesta, conoció a Eulalio Gonzales. Él era músico y tocaba el instrumento de… bueno, la batería. Le decían Elio, tenía 21 años y era aymara, como Lidia. También había crecido mirando el Huayna Potosí, pero desde Zongo, un pueblo a 66 kilómetros de El Alto. Comenzaron a conversar sobre la música, la banda y se llevaron muy bien. A Lidia le gustó de inmediato. Bien jovial, bien amistoso. A mí no me ha… no me ha tratado mal. Más bien, me ha hablado bien y me ha hecho sentir mejor, ¿no? Y eso me ha llamado la… la atención de… de él. Le gustaba que era respetuoso. Y a Elio… Lo que me gustaba de ella era que era tranquilita, era calladita. No hace tanto problema, como se dice. Desde esa noche en el carnaval la relación avanzó muy rápido. Al mes el papá de Elio fue a la casa de Lidia para hablar con su mamá y pedir su mano. Ella aceptó. Enseguida Lidia y Elio se fueron a vivir juntos. Al año se casaron y se mudaron a una casa que construyeron ahí mismo, en El Alto. Tiempo después, Lidia tuvo a la primera de sus dos hijas y abandonó el colegio. Tenía diecisiete años, y seguía trabajando en la Feria 16 de Julio con su mamá, solo que ahora llevaba a su hija en la espalda. Mientras tanto, Elio se ganaba la vida tocando con una orquesta bastante popular llamada “Tormenta”. Le propuso a Lidia que se uniera como vocalista, porque cantaba bien y el pago era bueno. Así que comenzó a trabajar en las dos cosas: en las mañanas preparaba y vendía comida con su mamá, y en las tardes tenía los ensayos y shows con la orquesta. Muy rápido, Lidia se convirtió en el centro de atención. La pretendían y se le acercaban a conversar. Y eso a Elio no le gustó. Siempre la invitaban, ¿no?, a ir a los programas de televisión. Ya no la invitaban conmigo, sino querían hacerle las entrevistas a ella solita. Y yo ya me ponía celoso y le dije: “Bueno, no, no va. Salimos de la orquesta”, y así fue ¿no? Lidia aceptó la orden de su marido. Bueno, no me quería ir, ¿no? Pero él era mi esposo y entonces yo tenía que hacer siempre caso, ¿no?, a lo que decía él. Él me decía sentate y yo me tenía que sentar. Él me decía párate, yo me tenía que parar. Tenía que obedecerlo. Era lo que se acostumbraba y lo que se esperaba de las mujeres. Así que Lidia salió del mundo del espectáculo boliviano tan rápido como entró. Ya fuera de la orquesta, a sus 21 años, decidió montar su propio puestito de comida en la Feria 16 de julio. Ahí vendía cerca de cuatrocientos platos por día de comida tradicional, como fricasé, sajta de pollo o trucha. Elio, por su parte, dejó la batería y comenzó a trabajar de chofer, llevando turistas a la montaña. Después de unos años, tomó distintos cursos para ser guía. Y así fue como Elio logró, en cierto modo, el sueño de Lidia. Conocía las montañas que ella miraba desde niña. Se iba de excursiones con turistas de todas partes del mundo, y mientras tanto, para Lidia la vida seguía su rutina: vendía comida en el mercado, como había hecho desde pequeña, y cuidaba de sus dos hijas. Así estuvieron por casi quince años. No había esa… esa libertad así de la mujer que quiera expresarse decir: “Yo voy a ir, yo voy a hacer esto”. Todavía no, no había. Pero a medida que pasaban los años, Lidia pensaba cada vez más en esa idea. Hasta que un día se atrevió a decirle a Elio… «¿A mí no me puedes llevar a la montaña? Porque yo también quisiera ir». A Elio no le pareció mala idea. Me gustó que ella se se defiende muy bien en la cocina. En un momento, en quince minutos ya está cocinado, ¿no? Entonces esa práctica que tenía de muy niña con la cocina, la ayudaba mucho, mucho le ha ayudado. También le gustó la idea porque la paga en el sector del turismo de montaña era muy buena y, con los dos trabajando ahí, la economía familiar mejoraría. Como la mayoría de turistas eran extranjeros, pagaban en dólares. Las cocineras ganaban unos cuarenta por día y los guías, que eran casi todos hombres, unos ciento cincuenta. Elio la puso en contacto con la agencia que se encargaba de todo. Y me dijeron: «Puedes ir de cocinera». «Sí yo quisiera ir de cocinera a cocinar hasta Campo Alto, si quiera», le digo. Le dijeron que sí. Trabajaría entonces en el Huayna Potosí. Una de las montañas más visitadas de Bolivia, por ser una de las más altas, con casi 6100 metros sobre el nivel del mar. Lidia cocinaría para los turistas en el último refugio de la escalada, novecientos metros antes de llegar a la cima. Tenía 35 años y, por primera vez en su vida, tendría la oportunidad de conocer la montaña que de niña miraba todos los días. Era el año 2001. El primer día se levantó muy temprano. Estaba emocionada, pero un poco nerviosa. Un auto los recogió en su casa y, una hora más tarde, llegaron a Campo Base, el último punto de la montaña al que se puede llegar en carro. Lidia no podía creer que estaba ahí. Era, pues, como un impacto, ¿no? de tal vez de… de ver, ¿no?, tantos años la montaña. Se poder ahora estar en ahí, de poder subir, ¿no? esas rocas, pisar un poco de nieve… Emocionada por lo que vendría, se colgó al hombro su aguayo, la manta tradicional en que las aymaras cargan sus cosas. En él llevaba ollas, vajilla, alimentos y un hornillo de metal. Ya estaba acostumbrada a cargar todo ese peso sobre su espalda. Masticó un poco de coca para tener energía y, junto a su marido, otros guías, cocineras, y unos cuantos turistas, comenzaron la caminata de casi tres horas hasta Campo Alto, a más de 5100 metros. Cuando dio el primer paso, Lidia se sintió bien. Según que yo iba ya caminando esa sensación aumentó, aumentó y entonces parecía para mí que más o menos estaba como en una libertad y tener una emoción muy, muy, muy linda de estar por primera vez en la montaña. Poco a poco fueron apareciendo esos paisajes que siempre imaginó. El paisaje es, pues maravilloso, ¿no? A esa altura tú puedes admirar muchos glaciares, y también la vista que hay abajo y pequeñas montañitas también… Grietas, precipicios, como una laguna. Y un poco dificultoso ya, ¿no? El poder respirar y todo. Difícil respirar porque a esa altura hay mucho menos oxígeno, claro. Pero Lidia se aclimató rápido y se puso a trabajar. Quería lucirse con los platillos que le había enseñado su mamá cuando era pequeña. Desde Campo Alto, los picos que había querido conocer durante tantos años, estaban más cerca que nunca. Desde ese día, esa fue su rutina. Cada vez que le asignaban una excursión salía muy temprano de su casa, cargaba todos los utensilios y alimentos hasta Campo Alto y se ponía a cocinar. Dormía dos o tres noches a la semana en el refugio de la montaña, donde se despertaba un poco antes de la medianoche para prepararle el desayuno a los escaladores. Salían a la una de la mañana, porque a esa hora la nieve y el hielo están compactos. Es el momento más seguro para subir los glaciares. Lidia los observaba atenta mientras se ponían sus abrigos, sus botas, tomaban sus piquetas y sogas, y salían con sus guías hacia la cima. Pero jamás los acompañaba. Se quedaba ahí, en Campo Alto. Cuando los turistas regresaban de la excursión, unas horas más tarde, ella los esperaba con la comida lista. Cuando llegaban ya al refugio se veían muy felices pero yo me preguntaba, ¿no?, ¿por qué llegarán tan contentos, qué cosa habrá en la cumbre?, yo decía, ¿no? Pero no se atrevía a preguntarles nada. Y es que, en un principio, no le fue fácil adaptarse a trabajar con personas que venían de diferentes partes del mundo. Italia, Francia, Corea, Estados Unidos… Era muy tímida, ¿no?, de hablar con los turistas y todo, porque me daba tal vez un poco de miedo. Y yo decía ay, no, es que tal vez les voy a hablar mal y me va a criticar. Y tantas esas dudas que yo tenía, ¿no? También le daba miedo que no les gustara la comida que ella preparaba. Sin embargo, los turistas dejaban siempre sus platos vacíos. Me decían: “Qué rico has cocinado, Lidia. ¿Tienes un poco más? Yo quisiera comer” (risa). Esos elogios hicieron que poco a poco entrara en confianza y se sintiera más cómoda con los turistas extranjeros. Incluso más que con los propios bolivianos, con los que a veces se sentía maltratada. En nuestro país siempre había discriminación, ¿no? Es con nuestra propia raza, con nuestra propia gente. «Eres mujer de pollera, mujer indígena». Pero los turistas extranjeros sí, ¡uh! Jamás yo he tenido discriminación de… de un turista, nada. Ellos sí aceptan nuestra cultura y todo, ¿no? Bueno, hasta nuestra vestimenta les llama mucho la atención a ellos. Los turistas le preguntaban sobre su pollera, su cultura, y a Lidia le gustaba conversar con ellos. La hacían sentir bienvenida. Y siempre le hacían la misma pregunta: “¿Tú has ido siquiera has hecho una montaña, algo?”, me decían. “Porque si vos vives acá, y entonces mirá dónde está la montaña, lo tienes a… ahicito está la montaña», me decían. “Hacer una montaña”, es decir, conquistar su cima. Cuando le preguntaban esto, ella les respondía… «No», yo les decía, «no, no, no puedo hacer». No podía costearme el equipo. El equipo que es muy caro, ¿no? Eso era cierto, pero también había una parte de ella que dudaba poder llegar hasta la cima. A pesar de que cada vez que iba a la montaña, hacía una caminata larga y pesada hasta el refugio, que ya era un poco más del ochenta por ciento del trayecto. Pero mientras más hablaba con los turistas, más curiosidad tenía de saber cómo se veía el mundo desde la cima del Huayna Potosí. Qué había allí que atraía a tantas personas de diferentes partes. Y se decía a sí misma… Algún día quisiera ir y quisiera ver qué hay en… allá. Lidia pensaba en eso, pero se seguía sintiendo lejos de lograrlo, y le preocupaba qué pasaría con sus hijas si le pasaba algo. Estaba a solo novecientos metros de la cima, más cerca que nunca en su vida. Y, sin embargo, pasarían otros quince años antes de que diera el primer paso hacia ella. Una tarde de diciembre de 2015, ya con sus hijas más grandes y cuando tenía cincuenta años… Yo ya dije, ¿no?, ahora sí quiero subir a la montaña. Llegar a esta decisión había sido todo un proceso. En cierto modo, llegar a los cincuenta era parte del cálculo. O lo hago ahora, o nunca. Pero había algo más. Después de experimentar y ser testigo de tanta discriminación, llegar a la cima se fue convirtiendo, de cierta forma, en un acto de protesta. Una manera de demostrar que las mujeres como ella, las cholas, sí podían. Porque realmente también yo estaba muy enojada, ¿no?, con todo lo que veía tanta discriminación hacia la mujer de pollera. Tanto racismo. Había mucho feminicidio y todo, ¿no?, aquí en mi país. Bolivia es el país de Suramérica en el que los hombres matan a más mujeres. Se produce un feminicidio cada dos días. La violencia es brutal y las aymaras la sufren incluso más que el promedio. En varias ocasiones he visto ¿no?, a otras mujeres, ¿no?delante de mí como la maltrataba, a mí… Y a mí no me gustaba eso para nada. En su caso, aunque Elio era el que mandaba en la casa, el que había tomado decisiones sobre su vida y su carrera, él la trataba bien y la respetaba. Pero esto no era lo común entre sus conocidas, que sufrían muchos maltratos por parte de sus maridos. Hubo un caso de violencia de una amiga muy cercana que la marcó más que ninguno. Y sufría mucho ella. A mí no me gustaba para nada el trato que le daba su esposo. Incluso, bueno, hasta le apuñaló en la pierna con el cuchillo. Y entonces todo eso me impactó mucho a mí. Lidia trataba de conversar con su amiga y le aconsejaba que lo dejara. Pero sentía que era muy difícil hacerla reaccionar. Entonces se le ocurrió que lo mejor que podía hacer era romper con esa idea de que la mujer de pollera debía ser obediente. De esa manera yo bueno, he tomado la decisión de poder hacer, ¿no?, el trabajo de un hombre. Y lo iba a hacer desde su lugar: las montañas. Pa’ que pueda demostrarles, ¿no? Que no solo un hombre puede hacer esta clase de deporte. También una mujer puede hacer y con la vestimenta que una tiene, ¿no? Pero no quería hacerlo sola. Así que empezó por contarle su plan a su amiga Domitila, que también trabajaba en la montaña como ella. Y me dice: «Claro, sí, yo quiero ir». “Puedes hacer un grupito de unas cuatro o cinco personas para que podamos escalar”, me dice. Lidia comenzó a reclutar cocineras, cargadoras de equipaje y esposas de otros guías que trabajaban en el refugio, porque sabía que ellas también querían conocer qué había en la cima. Solo necesitaban un empujón. He dado el primer paso para convocarles, ¿no? A mis compañeras. De poderles decir: «Podemos subir a la montaña. Siquiera vamos a ver y cómo es allá». Algunas le dijeron que no, porque sus maridos no se lo permitían. Pero otras, muy entusiasmadas, le respondieron que sí enseguida. Y así, cuatro de sus compañeras decidieron sumarse. Lidia tenía ya su grupo de escaladoras armado. Todas aymaras, que subirían con sus polleras, enaguas, trenzas, mantas y sombreros tipo hongo. Ahora vendría lo más difícil: prepararse para su aventura. Ya volvemos. Este podcast de NPR y el siguiente mensaje son patrocinados por Miller Lite. 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Escucha Contra Natura en Spotify o donde sea que escuches tus podcasts. Estos días hay tantas cosas para ver que jamás te va a alcanzar el tiempo. Es por eso que existe Pop Culture Happy Hour, desde NPR. Dos veces por semana, buscan entre todas las tonterías que hay, comparten sus reacciones y te dan un resumen de lo que sí vale la pena. Escucha Pop Culture Happy Hour todos los miércoles y jueves. Ambulantes, hay un podcast en español que admiramos y que queremos recomendarles, se llama Entiende Tu Mente. Este es su presentador, Molo Cebrián: Hola, te saluda un oyente más de Radio Ambulante que se siente muy honrado de poder saludarte. Sabemos y además lo hemos escuchado en muchos capítulos, en muchas historias de este podcast, que vivimos en un mundo donde reina el estrés, la ansiedad los miedos, y creemos que la forma más inteligente de afrontar esta realidad es a base de psicología útil. En Entiende Tu Mente nos juntamos cada miércoles para ponerle nombre a lo que nos pasa, normalizarlo, compartir ideas para sobrellevarlo mejor y conocer cuál es el momento indicado para pedir ayuda a un psicoterapeuta. Puedes escucharlo buscando: Entiende Tu Mente en Spotify. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa, la cocinera Lidia Huayllas decidió que quería subir a la cima del Huayna Potosí, una de las montañas más altas de Bolivia. Así que reunió a un grupo de mujeres aymaras y decidieron hacerlo juntas. Cuando Lidia le contó su plan a su marido, él dudó que pudiera lograrlo. Porque, como estaba un poco gordita, dije tal vez no va, no, no… están adaptadas aquí, aclimatadas, ¿no? Pero técnicamente no estaban, pues era su primera salida. La altura es allá llegando a la cumbres es mucho más difícil. Los demás guías también dudaban de ellas. Se lo decían a Elio todo el tiempo. «No, qué van a hacer» Estaban con esa… como decir, como… como una burla, digamos. «No van a poder». También encontró resistencia en su familia. Y mi mami me dice: «Vos, agh, siempre con tus locuras», ¿no?, me dice: «Porque ni a la edad que tienes, ni quien te pare, pues», me dice mi mami (risas). Y es que el trabajo físico de un escalador es muy demandante. Se necesitan muchas horas de entrenamiento para adquirir agilidad, resistencia y conocimientos técnicos. Pero estaba convencida. Y yo le digo: Lo tengo que intentar», «si no voy a intentar, siempre me voy a quedar con esa duda de no poder subir». Cecilia nos sigue contando. Viendo lo convencida que estaba Lidia de llegar a la cima del Huayna Potosí, Elio cambió de opinión. Y entonces me dice mi esposo: «Bueno, si vos decides a ir, bueno, vamos», me dice. «Yo te voy a acompañar por primera vez en tu escalada. Y entonces ya, vamos». Elio se ofreció a ser el guía del grupo que Lidia había armado. Así que ella comenzó a organizar los detalles que faltaban para su excursión: contratar el minibus que las llevaría hasta la montaña, comprar los alimentos y conseguir los equipos. En total, el viaje le costaría al grupo un poco más de doscientos dólares y las mujeres quedaron en que cada una pagaría sus gastos. Lidia le pidió prestado a su esposo unos crampones, que son unas puntas metálicas que se colocan en la suela de los zapatos para no resbalarse en las superficies heladas. Elio también le prestó un par de botas en desuso, muy grandes para ella. Me he tenido que poner unas botas bien viejitas. Una talla de cuarenta más o menos de la bota, ¿no? Porque no me calzaba ni con tres medias y yo dije no importa yo me pongo esto y voy a la cumbre. Ninguna de las cinco escaladoras necesitó entrenamiento físico. Subían por lo menos dos veces por semana 5100 metros. Y aunque los novecientos que faltaban eran los más duros, se sentían preparadas para soportar la falta de oxígeno. Pero igual sabían que les esperaban varios retos y peligros: terreno rocoso, nieve, hielo, glaciares… Las mujeres realizaron un curso básico de supervivencia, dictado por sus maridos. Nos han enseñado cómo pisar el grampón y también cómo ponernos la cuerda y cómo manejar el piolet… El piolet es una herramienta de mano con forma de gancho, que sirve para aferrarse en caso de perder el equilibrio. Además, les enseñaron cómo debían escalar el último trayecto de la excursión, el más difícil. Porque había en el glaciar, una parte de hielo y entonces es más peligroso y teníamos que pisar bien el grampón para que pueda agarrar. Lidia y sus compañeras aprendieron rápido. Mientras se preparaban, su plan llegó a los oídos de un periodista de la cadena de noticias AP. Él les propuso acompañarlas para documentar su primera escalada y ellas aceptaron. Querían que todo mundo supiera lo que iban a lograr. Después de una semana de preparativos, llegó la noche previa al inicio del ascenso. Lidia improvisó en el patio de su casa una Challa, una ceremonia ancestral, para pedirle a la Madre Tierra que le diera permiso para subir la montaña. Primero derramó licor en el suelo, en busca de protección. Después prendió una fogata y quemó unas hojas de coca a modo de ofrenda, mientras decía en aymara… (Idioma Aimara) Dice: “Déjanos subir. Danos paso, por favor. Queremos hacer nosotras cumbre, ¿nos puedes dar ese paso que queremos nosotras?” Así le decimos al… a nuestro a… Achachila (risa). Los Achachilas son los antepasados que habitan las montañas. Junto con la Pachamama, son los grandes protectores del pueblo aymara. Lidia creía que si debía pedirle permiso a alguien para subir esa cumbre, era a ellos. Así que les pidió buen clima y que no les pusieran obstáculos. Y con esa petición, a las siete de la mañana del día siguiente, Lidia partió desde El Alto hacia el Huayna Potosí. Iba con cuatro cholas y algunos de los esposos guías. Era el 16 de diciembre de 2015. Después de una hora de viaje en la minivan, llegaron a Campo Base, y desde ahí partieron a pie a Campo Alto, donde habían trabajado durante tantos años. Pero esta vez el trayecto se sintió distinto. Porque ya no estábamos yendo a trabajar, sino que estábamos yendo ya como un hobby para nosotras, ¿no? Para ir a ver realmente qué, qué había allá y cómo era, ¿no? Ir a conocer y degustar del paisaje. Y bueno, nosotras muy felices, ¿no? Cada una cargó su equipo de montaña en su aguayo. Llevaron licor para hacer una challa de agradecimiento en la cumbre y algunos refrigerios, como chocolate, maní, agua y hojas de coca, para evitar el mal de altura. Pero no solo se pusieron las ropas de montañismo que normalmente se usan para este tipo de ascenso. Siempre queríamos escalar así, ¿no? con nuestras polleras. Nosotros, queríamos dar, ¿no?, el mensaje que, que todos nos vean, ¿no? Cómo estamos escalando, ¿no? Con nuestra ropa aymara. Tal cual somos la mujer boliviana, ¿no? la chola paceña. Ese día, Lidia llevaba puesta una pollera delgada y liviana. Era amarilla y blanca. Debajo llevaba medias largas y calientes, y un buzo para soportar el frío de la montaña, que en diciembre puede llegar a nueve grados bajo cero. Además de las mantas típicas de su vestimenta, llevaban cascos y lentes polarizados. Caminaron durante casi cuatro horas hasta que llegaron a Campo Alto, alrededor del mediodía. Se sacaron sus aguayos, se instalaron en el refugio y comenzaron a preparar la comida. Ahí, Lidia recibió una sorpresa. Yo me acuerdo que era las seis de la tarde, entonces empezaron a llegar más compañeras, ¿no? El plan de llegar a la cima había circulado de boca en boca, y varias de las mujeres aymaras que trabajaban en la montaña no se lo querían perder. También querían subir. Me sentí muy, muy feliz porque también ellas han creído en mí, ¿no? Y formáramos un grupo muy grande de las once cholitas. Estaba muy emocionada y feliz de que crean en mí. Ya entrada la noche, extendieron sus bolsas de dormir en las camas del refugio. Tenían que acostarse temprano porque debían levantarse a la medianoche. Fue ahí que Lidia se sintió nerviosa. Esa noche a mí no me daba ni sueño porque más estaba pensando. Cómo voy a subir y una por primera vez no conoce nada. Yo también un poquito dudaba y ahora si va a ser un poco muy difícil… Pero se tranquilizó pensando que, si el camino era muy difícil, ella llegaría hasta donde aguantara. Lo importante era intentarlo. Y se quedó dormida. A las doce de la noche del diecisiete de diciembre, se despertaron, desayunaron y empezaron a ponerse los equipos. Era un ritual que habían visto hacer a los turistas muchísimas veces. Cerca de las dos de la mañana, junto a sus diez compañeras y algunos de sus esposos guías, Lidia comenzó el ascenso. Iban casi a oscuras, solo los iluminaban las linternas que llevaban en sus cascos. El primer tramo se les hizo fácil, fue más bien una caminata. Pero a partir de los 5500 metros el trayecto empezó a ser más difícil. Tenían que atravesar un glaciar muy resbaloso, cerca de un precipicio. Si pisaban mal, se podían desbarrancar. Realmente, por primera vez, he sentido miedo. Y bueno, como también mi esposo me dijo: «Si podrás llegar a la cima o no?». Comenzó a dudar de si misma. Pero estar acompañada la ayudó. Todo entre amigas era: «Eh, vamos chicas. Ya apúrense», esa clase de… de ánimos que… que también me daban mis compañeras. Eso hacía que yo deje ya el mi… miedo a un lado. Y estar más confiada, ¿no? Juntas, lograron atravesar el glaciar a salvo. Ya habían caminado más de cinco horas y empezaba a salir el sol. El paisaje que desde chica había soñado ver de cerca, ahora se encontraba ahí, frente a ella. Alrededor se veía, pues, pura nieve. Y a esa altura también ya estás admirando esos lindos paisajes que van quedando debajo de… de ti. Ya solo le faltaban unos quinientos metros para llegar a la cima. Había una, una neblina debajo de nosotros. Y también justamente pasaba un avión, ¿no? Y cuando pasaba el avión y estaba más… más bajo que nosotros, todavía el avión. Y todas esas cosas, ¡guau!, para… para mí me impactó mucho, ¿no? Eran las siete de la mañana y la cima puntiaguda, empinada, estaba a pocos metros. La nieve, cada vez más espesa, mojaba sus polleras. Teníamos que hacer como una fila, ¿no? Para que todas podamos ver y llegar ahí al filo de la cresta. Una por una, avanzaron por el estrecho camino, hasta tocar lo que pensaban inalcanzable. Llegamos a la cumbre y bueno, gritamos, nos abrazamos. Nos hemos puesto a llorar. Y tantas emociones que hemos sentido cada una de nosotras. Yo me sentía como en un paraíso, ¿no? Más o menos. Tal vez como un cóndor, un águila, ¿no? Tal vez de llegar a tan altura. O sea que me sentí la mujer más libre del mundo (risa). Desde ese momento dije: «No, yo no, ya no dejo más la montaña, quiero seguir». Y estoy muy enamorada, pues de… de las montañas, ¿no? Cuando la nieve comenzó a derretirse, Lidia y sus compañeras iniciaron el descenso. Todavía se encontraron con algunos peligros, como que el hielo era más resbaloso, pero se sentían capaces de sobrepasar cualquier cosa. Al llegar a Campo Alto, compañeros, familiares y turistas las recibieron y felicitaron. No solo habían llegado a la cumbre, les había tomado solo dos días. Un tiempo récord para unas principiantes como ellas, porque generalmente los turistas lo hacen en tres. No podían más de la felicidad. Al día siguiente, Lidia organizó una reunión en su casa para celebrar con sus compañeras, y ahí aprovechó para hacerles una propuesta. Y yo les dije, ¿no?: “Ya que hemos hecho la primera montaña, entonces, por qué no hagamos la segunda montaña”. Aceptaron de inmediato. Estaban emocionadas con la idea de un nuevo reto. Pero Elio les propuso una meta aún más ambiciosa: subir 8 montañas superiores a seis mil metros de altitud, un desafío común para los montañistas. A ellas les encantó la idea. Así, la expedición que había surgido como un desafío personal de Lidia, rápidamente se transformó en un proyecto más grande. Y para hacerlo oficial, solo faltaba ponerse un nombre… Y entonces yo le digo ¿por qué no las Cholitas Escaladoras? A todas les sonó bien, y un 18 de diciembre de 2015 nacieron “las Cholitas Escaladoras de Bolivia”. Querían conquistar los seis picos más altos de Bolivia, el Aconcagua en Argentina y el monte Everest, en Nepal, la montaña más alta del mundo, con casi nueve mil metros de altura. Se sentían imparables. Pero la segunda montaña, y las que vendrían, serían mucho más complicadas, y no solo por la dificultad de la escalada, sino por la discriminación de los guías hombres. Y es que ahora el proyecto de Lidia y sus compañeras era más ambicioso, con más atención mediática. Como ellos decían, ¿no? «Cómo una mujer de pollera va a estar subiendo, pues a… a la montaña. La mujer siempre tiene que estar en su cocina. Pienso que están haciendo mal pues al querer dejarles que ellas vayan a escalar”. Justamente por comentarios como ese había querido subir el Huayna Potosí, en primer lugar. Pero parecía que no había sido suficiente. Las críticas, contrario a detenerla, la impulsaron más. Y animó a sus compañeras a seguir. Les digo: “No, no importa, vamos. ¿Y por qué también les vamos a hacer caso? A… a palabras necias, oídos sordos. Así que vamos». Yo pienso que para todos es la montaña, que no solamente para unos cuantos. Con esos ánimos, comenzaron a prepararse y a ahorrar dinero para la segunda montaña: el Acotango. Un volcán de 6050 metros con forma de cono, ubicado en el departamento de Oruro, justo en la frontera con Chile. Un volcán que, se cree, pudo ser un santuario inca. Pero cuando Lidia y sus compañeras se acercaron a un dirigente del pueblo para pedirle acceso a la montaña, se toparon con una idea absurda. Y entonces esa persona también nos dice: “¿Cómo ustedes quieren estar yendo a escalar? Si una mujer sube así vestida de pollera… Bueno, se… ya no va a haber ni nieve, no va a haber ya nada, creo que en esta montaña”. En Bolivia y en varios países de América Latina, todavía es posible toparse con supersticiones de este tipo: que las mujeres traen sequías, secan los pozos de agua, desaparecen la nieve. Esta discriminación no era nueva en sus vidas. Pero esta vez iba a ser diferente. Lidia les dijo a los dirigentes del pueblo… No nos discriminen así. Uno también es libre, pues de… de poder escalar. ¿Y nosotras qué estamos haciendo?, sólo queremos subir con nuestra vestimenta. Porque todavía otros tienen acceso y a nosotros no nos quieren dejar. Después de una hora de negociación, Lidia logró que las dejaran escalar. Los convenció con la promesa de publicitar la montaña en la próxima entrevista que les hicieran. Ya estaba circulando el reportaje de AP, y eso a los dirigentes les gustó. De esta manera, les dieron vía libre a la Cholitas Escaladoras para poder subir, y Lidia sintió que se estaban acercando a su objetivo. Yo pienso, ¿no? que bueno, hemos tenido que romper un poquito, ¿no? Las tradiciones que ellos tienen allá en su pueblo y todo, ¿no? Escalaron la segunda montaña sin problemas. Pero cuando regresaron a El Alto, el conflicto con los guías que trabajaban con ellas se agudizó. Varios guías ya empezaron ya a criticarnos… Eh… Bueno, como siempre ese machismo, ¿no? Y de esa manera, un poquito, casi todos los guías se agarraron conmigo, ¿no? Y le decían cosas como… «Ay, no. Esa doña Lidia siempre quiere llevar. Y quiere hacerles así a las mujeres ¿Cómo podemos permitir?» Bueno, los hombres hablaban así. Ha sido una gran sorpresa pues tener a las señoras o cholitas que deseaban hacer montaña. Este es Sergio Augusto López. Es boliviano, tiene 53 años y es un guía experimentado de montaña. Ha trabajado muchos años con Lidia, su esposo y los demás guías. No pensábamos que la pequeña iniciativa de, se haya vuelto pues un proyecto para que se abran las puertas para ellas y querer escalar montañas. Y bueno, y querían hacer muchas más cosas. Esto a muchos guías no les gustaba, porque veían el proyecto de Lidia y de las demás mujeres como una amenaza a su concepto de familia. Específicamente la chola o la cholita siempre ha sido, pues objeto de que ellas siempre sean amas de casa, mujeres del hogar, que atiendan niños, que hagan el almuerzo, que vean la educación de los niños. Entonces ha influido bastante eso del machismo en que no se acepten rápido las cosas. Algo que también molestaba a los guías era que creían que las cholas habían llegado a la actividad de una manera más fácil, sin haber tomado cursos como ellos. Les parecía injusto que ellos se prepararon por años con guías extranjeros y ellas, que no lo habían hecho, quisieran hacer un proyecto de esa magnitud. A pesar de toda la resistencia, Lidia les insistía a sus compañeras. Yo les decía, ¿no? Ustedes no son, pues compradas nada también. Y entonces cada una decide, pues si quiere ir o no a la montaña», les decía. Pero los maridos de varias no cedieron. Ya les prohibían salir y… ir a la montaña y tal vez una de las compañeras, los esposos se han puesto violentos y todo, ¿no? Y de esa manera bueno muchas compañeras, ya no quisieron venir. Se alejaron ya y solo se quedaron en sus casas. De las once escaladoras, quedaron seis, incluída Lidia. Ella no tuvo ese problema porque después del Huayna Potosí, Elio las apoyó. Las ayudaba a practicar en los glaciares y a prepararse para sus próximas escaladas. Pero esto le trajo problemas a él. Me han hecho bullying a mí. «Bueno, eres un», no sé cómo le llama allá, pero aquí le llaman mandarina a uno que, digamos, está constantemente con su mujer, ¿no? Me decían, ¿no? Que por mi culpa las mujeres habían subido, que yo le he dado mucho lugar a eso. Esas críticas comenzaron a tener un impacto directo en su vida. La principal fuente de trabajo de los guías viene de la autogestión de las excursiones, a través de contactos personales y de las agrupaciones que regulan la actividad. Pero como Elio era de los pocos que estaban apoyando a las cholitas, ya no lo contrataban para las excursiones. Lidia y él se quedaron casi sin clientes. Incluso le costó su puesto como presidente de la Asociación Andina de Promotores de Turismo en Aventura y Montaña. Como las bases decían: «Bueno, Don Elio se está dedicando mucho más a las cholitas que a los guías de montaña, ¿no? Entonces vamos a cambiar». Después de eso también me costó el puesto de presidente. He dudado yo en seguir, porque… Bueno, al ver que no, ya no tenía mi esposo trabajo. Y entonces, eh, no tener ese dinero y, eh, me ponía mucho a pensar a mí y me ponía a la vez muy triste ¿no? Pero mientras evaluaba si abandonar o no su proyecto, Lidia recibió una noticia. Una productora de cine de España había recolectado fondos para financiar un viaje que las Cholitas Escaladoras soñaban hacer: ir hasta la Argentina para escalar el Aconcagua, de casi siete mil metros, la montaña más alta de América. La idea era hacer un documental sobre ellas intentando conquistar la cima. Sin pensarlo dos veces, comenzaron a preparar la excursión. En enero de 2019, Lidia y otras cuatro cholitas viajaron en avión al oeste de Argentina. Juntamente con mis compañeras comentábamos, ¿no? ¡Guau! Hemos salido de Bolivia por primera vez. Y todas emocionadas, pues. Fuerza… A la bin, a la ban, a la bimbomban ¡Cholitas, escaladoras, ra, ra, ra! Los guías que las recibieron les dijeron que no era seguro que pudieran llegar a la cumbre, por las condiciones extremas de la montaña. Y es que en ella se enfrentarían a temperaturas de hasta veinte grados bajo cero y vientos feroces, que habían reventado las carpas de otros turistas. Yo sentía también un poco de miedo, ¿no? Me imaginaba que era muy difícil, porque como me contaban que ya iba a perder los dedos, que no voy a poder llegar… Pero eso no las detuvo. Se instalaron en un refugio, en donde jugaron fútbol, cocinaron, bailaron y cantaron, mientras esperaban que la montaña les permitiera subir. Ahí recibieron también las instrucciones de los guías. Una mañana, después de siete días de recorrido, al fin pudieron comenzar su ascenso. De las cinco cholitas, solo dos hicieron cumbre. Lidia no fue una de ellas, porque cuando estaba a unos doscientos metros, empezó a sentirse mal. La última parte era un poquito dificultoso porque en hay ya estamos sintiendo un poco ya de tal vez del oxígeno y todo, ¿no? Porque ya no nos dolía la cabeza, eh… Otras compañeras tenían náuseas. Y también había un olor, un olor a… a azufre, muy feo. Y aunque hubiera querido seguir hasta la cima, no le quedó más que regresar. Tuvimos que derramar tantas lágrimas ahí y… Bueno, pues ya no tenemos que conformarnos, nomás que no podíamos hacer más. Pero hasta donde he llegado, yo me siento muy feliz. No era para menos. A sus 53 años había llegado a 6 mil 700 metros de altura. Además, no se trataba de que ella llegara a la cima, sino de que Las Cholitas Escaladoras pudieran lograrlo. Y para todo el grupo era como haber llegado toditas a la cima. Su expedición tuvo una gran repercusión dentro y fuera de Bolivia y apareció en varios medios de comunicación. Todos querían entrevistar o hablar de las Cholitas Escaladoras. Bueno, y tenemos cholitas andinistas de las cuales nos sentimos sumamente orgullosos. But now Bolivia indigenous women are reaching new peaks and they’re doing it in their own style. Comadres, compadres (habla en aymara) Cholitas Escaladoras. La hazaña la hicieron estas cinco indígenas aymara de Bolivia, subieron el Aconcagua en Argentina. Su logro impresionó a muchos. El presidente boliviano de entonces, Evo Morales, escribió en su cuenta de Twitter: “Muy contento por la hazaña alcanzada por nuestras cinco hermanas “cholitas escaladoras”, que lograron llegar a la cima del Aconcagua, el pico más alto del continente. Son un orgullo para Bolivia”. Incluso una cantante escocesa compuso una canción en su honor. We are the Cholita climbers, we reach for the sky. When we climb a mountain, freedom we find.We are the Cholita climbers… Me sentí muy feliz porque ese desafío que yo ya he hecho estaba dando frutos. A partir de entonces, los turistas que iban a Bolivia pedían subir con las Cholitas Escaladoras a las montañas. Y ellas empezaron a participar en excursiones como acompañantes. Aunque su fama molestó a los otros guías, eso no duró mucho. Porque unos meses después de su ascenso al Aconcagua, la visibilidad que lograron las Cholas empezó a favorecer a todos los trabajadores de alta montaña. Nos hemos hecho conocer, también más personas ya conocen Bolivia. Hasta los mismos bolivianos, ¿no? Antes no sabían qué era la montaña… Pero ahora, como ya a nosotras nos han visto ya escalar y hacer esta clase de deporte extremo. Ya es más conocida en nuestras montañas y todo, ¿no?, Los guías, poco a poco, fueron dejando su actitud hostil. Y gracias a las cholitas hasta consiguieron algo que habían querido hacer por muchos años: presentar ante el Ministerio de Educación de Bolivia un proyecto para convertir su oficio en profesión. Después de cinco años escalando, Lidia y sus compañeras se han ganado el respeto de quienes no creían en ellas. Como muchas personas me han dicho a mí que tal vez yo no podía ser. Pero sí, yo les he demostrado con hechos y no palabras. La misma Lidia también ha cambiado. Ya no es esa mujer callada y obediente que solía ser. Ahora que bueno ya he empezado a escalar, he hecho muchas cosas, ¿no? Ya no pienso de la misma manera ahora, ya. Un día ya tomé la decisión de decirle “no, yo no puedo hacer lo que tú quieras”. Yo voy a hacer ya lo que yo quiera también. Y ya más o menos él ya acepta todo lo que tal vez yo ya, ya digo, ¿no? Si bien las mujeres de pollera todavía son marginadas en Bolivia, hoy existe un movimiento potente que reivindica lo indígena y que se rebela. Y las Cholitas Escaladoras han aportado a esa lucha. Incluso otras aymaras, inspiradas por el grupo que coordina Lidia, se han animado a escalar montañas y a trabajar con turistas por su cuenta. Tanto es así, que hoy hay un mural de Lidia en una escuela de La Paz, uno de esos lugares que solían prohibir la ropa tradicional aymara. Pero en el mural, Lidia aparece vestida con su pollera. Lleva un casco con linterna, una soga colgando de sus hombros y un piolet en sus manos. La pintura está acompañada por una frase que ella siempre repite: La cima es para todos. We are the Cholita climbers, we reach for the sky. When we climb a mountain, freedom we find.We are the Cholita climbers… Lidia Huayllas y las Cholitas Escaladoras conquistaron siete de las ocho montañas que se habían propuesto. Actualmente el grupo está conformado por 16 mujeres. Su próximo proyecto es ir al monte Everest que, con una altitud de 8.848 metros, es considerado la joya de la corona para los escaladores. Pero además de alpinista, en el camino Lidia se ha transformado en una líder política. A inicios de este año, 2021, decidió lanzarse para ser concejala de su ciudad, El Alto y ganó. Su mandato comienza el 3 de mayo. En su campaña prometió seguir luchando por los derechos de las mujeres de pollera. Este episodio fue producido por Cecilia Diwan y Lisette Arévalo. Cecilia es periodista y vive en Buenos Aires, Argentina. Lisette es productora de Radio Ambulante y vive en Quito, Ecuador. Un agradecimiento a la antropóloga boliviana del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Teresa Arteaga, por su ayuda con este episodio. Gracias a Arena Comunicaciones por permitirnos utilizar audios de su documental “Cholitas”. Esta historia fue editada por Camila Segura, Nicolás Alonso y por mí. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri. Desirée Yépez hizo el fact-checking. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Jorge Caraballo, Aneris Casassus, Victoria Estrada, Xochitl Fabián, Fernanda Guzmán, Rémy Lozano, Miranda Mazariegos, Hans-Gernot Schenk, Barbara Sawhill, David Trujillo y Elsa Liliana Ulloa. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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