logo
Listen Language Learn
thumb

Radio Ambulante - Las llaves

-
+
15
30

¿Cómo es salir a la luz después de una vida en la oscuridad?

Al comienzo, el noviazgo de Morella y Enrique parecía igual a otros: salían a pasear, él la visitaba en su casa y hablaban largos ratos por teléfono. Pero muy pronto eso cambió: Enrique se volvió muy controlador y Morella comenzó a aislarse de sus amigas y de su familia. Tenía 18 años cuando abandonó su casa para irse a vivir con él. Sin saberlo, ese día dejaba atrás toda la vida que conocía. Y también su libertad.



En nuestro sitio web puedes encontrar una transcripción del episodio. Or you can also check this English translation.



· Se viene el Radio Ambulante Fest 2022. Ya puedes comprar tus entradas para nuestro festival virtual, que tendrá lugar entre el 20 de abril y el 5 de mayo. Habrá cinco charlas, una pitch session y una fiesta para celebrar nuestros 10 años. Asegura tu cupo hoy.

· Suscríbete a nuestro boletín. Es nuestro lugar favorito para estar en contacto con nuestra comunidad. Recibe todos los martes un correo con el nuevo episodio de Radio Ambulante y otro todos los viernes con cinco recomendaciones del equipo.

· Lupa es nuestra app para estudiantes intermedios de español que quieren aprender con las historias de Radio Ambulante. Pruébala y encuentra más información en lupa.app.

Hola
ambulantes,
¿ya
se
registraron
para
el
Radio
Ambulante
Fest?
Esta
edición
de
nuestro
festival
virtual
se
llevará
a
cabo
del
20
de
abril
al
5
de
mayo….
y
tenemos
un
poco
de
todo,
conversaciones
sobre
literatura
y
música,
con
figuras
como
John
Green
y
Rita
Indiana.
Sobre
Medio
Ambiente,
con
Ramón
Cruz,
el
primer
director
latino
del
Sierra
Club
y
la
activista
Brigitte
Baptiste.
Sobre
periodismo,
con
pioneros
como
Ira
Glass
y
Alma
Guillermoprieto.
Además
tenemos
talleres
prácticos
sobre
edición,
producción
y
mucho
más.
Son
nueve
eventos
en
total,
y
cada
boleta
que
vendemos
nos
ayuda
a
seguir
produciendo
historias
como
la
que
vas
a
escuchar
hoy.
Puedes
ver
todo
el
cronograma
en
radioambulante.org/fest.
Una
advertencia:
este
episodio
contiene
escenas
de
violencia
de
género.
Esto
es
Radio
Ambulante
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Esta
historia
arranca
en
un
apartamento.
En
el
centro
de
Maracay,
en
Venezuela.
Es
un
lugar
pequeño,
que
está
casi
siempre
a
oscuras:
las
ventanas
están
cubiertas
por
cortinas
gruesas,
así
que
de
día
apenas
entra
la
luz
del
sol.
Solo
hay
tres
bombillos
en
la
casa:
en
la
cocina,
en
el
baño
y
en
el
dormitorio.
El
otro
espacio,
la
sala,
está
siempre
a
oscuras.
Y
por
más
de
una
década…
cualquiera
que
lo
viera
desde
afuera,
pensaría
que
está
desocupado,
quizás
en
alquiler
o
esperando
a
que
lo
vendan.
Los
vecinos
nunca
ven
a
nadie,
ni
en
el
pasillo,
ni
asomado
a
la
ventana.
Solo
escuchan,
a
veces,
el
murmullo
de
una
radio,
que
suena
muy
bajito. Y
aunque
el
apartamento
parezca
vacío,
ahí
vive
una
mujer. Su
nombre
es
Morella
León
y,
desde
hace
años,
sus
días
son
todos
iguales.
Levantarme,
prender
el
radio,
ir
al
baño,
tender
la
cama,
limpiar
el
apartamento,
preparar
el
desayuno,
cepillarme
los
dientes,
fregar,
sentarme
a
ver
televisión,
seguir
con
el
radio
prendido…
Esta
rutina
se
interrumpe
solo
algunas
veces,
cuando
llega
a
visitarla
un
hombre.
En
Maracay,
muchos
lo
conocen
como
el
Gordo
Matías.
Pero
para
ella,
él
es
Enrique.
Matías…
o
Enrique…
llega
sin
avisar.
Tiene
sus
propias
llaves,
así
que
tampoco
necesita
golpear.
Es
seis
años
mayor
que
ella
y
siempre
que
va
al
apartamento
le
lleva
comida,
papel
higiénico
y
productos
de
limpieza.
En
el
apartamento,
Morella
tiene
un
teléfono
celular,
que
solo
usa
para
llamarlo
a
él.
También
hay
unas
llaves,
que
cuelgan
de
un
clavito
al
lado
de
la
puerta.
Pero
Morella
no
se
anima
a
usarlas.
Algunos
días,
las
mira
durante
horas,
pero
no
las
toca,
ni
siquiera
para
quitarles
el
polvo.
Y
es
que
Morella
no
sale
del
apartamento.
Nunca.
Jamás.
Por
nada
del
mundo.
Una
breve
pausa
y
volvemos.
Este
mensaje
viene
del
patrocinador
de
NPR,
Carmax.
Imagina
comprar
un
auto
a
tu
manera.
En
línea,
desde
la
comodidad
de
tu
hogar.
En
persona
en
el
lote.
O
una
combinación
de
ambos.
CarMax
te
permite
elegir
cómo
comprar.
Incluso
llevan
tu
auto
a
la
puerta
de
tu
casa
en
mercados
selectos.
Y
sin
importar
cómo
compres,
CarMax
te
tiene
cubierto
gracias
a
una
garantía
de
reembolso
de
30
días
o
mil
quinientas
millas.
Conoce
más
y
empieza
a
comprar
en
CarMax.com.
CarMax.
Reinventando
la
compra
de
autos.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Esta
historia
fue
producida
por
Emilia
Erbetta
y
reporteada
por
Mariana
Zúñiga.
Mariana
nos
cuenta.
La
vida
de
Morella
no
siempre
fue
así.
Nació
en
1970
en
Valencia,
como
a
una
hora
de
Maracay.
Eran
cinco
hermanos:
cuatro
mujeres
y
un
hombre,
y
Morella
era
la
menor.
Y
aunque
sus
papás
se
separaron
cuando
ella
todavía
era
pequeña,
tuvo
una
infancia
feliz.
Su
papá
los
llevaba
a
pasear
y
el
resto
del
tiempo
estaban
con
su
mamá,
que
se
encargaba
de
que
todo
en
la
casa
estuviera
bien.
Además,
ella
tenía
dos
trabajos:
era
docente
y
abogada,
y
llevaba
todo
con
bastante
rigor.
Era
estricta
con
sus
hermanos,
pero
con
Morella
sentía
una
especie
de
debilidad.
Era
la
consentida
de
todos.
Cuando
era
adolescente,
Morella
vivía
con
su
mamá
y
dos
de
sus
hermanas
en
un
conjunto
residencial.
Durante
la
semana
iba
al
colegio
y
los
fines
de
semana
se
encontraba
con
sus
amigas
en
el
cine
o
en
los
centros
comerciales.
Otras
veces
iba
a
la
piscina
o
a
la
playa
con
sus
hermanas.
Le
encantaba
tomar
sol.
En
julio
de
1987,
cuando
tenía
17
años
y
estaba
a
punto
de
graduarse
del
colegio,
viajó
a
Maracay
con
una
amiga.
Las
dos
tenían
planes
de
estudiar
turismo
allí
y
un
amigo
se
ofreció
a
llevarlas.
Llegaron
a
la
ciudad,
estuvieron
un
rato
en
el
apartamento
de
su
amigo
y
después
buscaron
una
parada
de
autobús
para
ir
hasta
el
centro.
Querían
aprovechar
el
día
para
buscar
información
sobre
la
carrera
y
conocer
la
ciudad.
Después
de
todo,
sus
planes
eran
mudarse
allí
juntas
en
unos
meses.
Mientras
esperaban
el
autobús,
un
chico
paró
su
carro
junto
a
ellas.
Este
hombre
joven
nos
pregunta
«Hola,
¿para
dónde
van?»
Y
entonces
yo
le
contesto
“Mira,
nosotros
vamos
hacia
el
centro».
Él
les
explicó
que
si
querían
ir
hacia
allá,
estaban
en
el
lado
equivocado
de
la
calle
y
se
ofreció
a
llevarlas.
Morella
y
su
amiga
se
miraron
y
después
de
un
momento,
bueno,
se
subieron
al
carro.
En
el
camino
se
presentaron.
Les
dijo
que
se
llamaba
Enrique
y
les
preguntó
de
dónde
eran.
Morella
le
contó
que
venían
de
Valencia
y
que
tenían
planes
de
estudiar
allí,
en
Maracay.
Se
fueron
conversando
todo
el
camino
y
él
les
fue
mostrando
la
ciudad.
Su
amiga
no
hablaba
demasiado,
pero
a
Morella,
Enrique
le
llamó
la
atención
desde
el
primer
momento
en
que
se
subió
al
carro…
le
pareció
atractivo:
tenía
22
años,
piel
blanca,
ojos
verdes
y
cabello
castaño
lacio,
por
los
hombros.
Era
alto
y
bastante
grande;
la
doblaba
en
tamaño.
A
Morella,
algo
en
especial
la
cautivó:
Es
un
hombre
que
tiene
una
voz
realmente
impresionante….
voz
casi
como
de
locutor…
además
de
que
era
bastante
sonriente,
él
siempre
iba
en
el
camino
hablando
y
sonriendo
y
muy
relajado.
Cuando
llegaron
al
centro,
él
les
pidió
el
número
de
teléfono. Morella,
sin
dudarlo,
se
lo
dio.
Y
él
le
dio
una
tarjeta.
Entonces
yo
veo
que
en
la
tarjeta
dice
Matías,
la
inicial
E.,
Salazar.
Matías
Enrique
Salazar.
Ese
era
su
nombre
completo.
Después
de
intercambiar
números
se
bajaron
del
carro.
Cuando
nosotros
nos
despedimos,
él
me
dijo
«un
día
de
estos
te
llamo,
¿quién
quita
que
yo
vaya
a
Valencia
y
entonces
podamos
salir
a
pasear?
Esa
tarde
Morella
y
su
amiga
regresaron
a
Valencia
y
esa
misma
noche,
Enrique
la
llamó.
Conversaron
un
rato,
y
al
día
siguiente
la
volvió
a
llamar.
Empezó
a
llamarla
todos
los
días
y
menos
de
dos
semanas
después
la
visitó
en
Valencia.
e
vieron
un
puñado
de
veces
ese
primer
mes
y
él
le
propuso
que
fueran
novios.
Yo
le
dije
«Mira,
si
quieres
salir
conmigo,
si
quieres
que
yo,
tu
y
yo
seamos
novios,
yo
quiero
presentarte
a
mi
familia,
porque
a
mi
mamá
le
gusta
que
uno
le
presente
a
los
novios».
Y
así
fue.
Enrique
llegó
un
día
a
la
casa
de
Morella
para
una
presentación
oficial.
A
su
mamá
le
impresionó
que
fuera
mayor
que
su
hija,
pero
Morella
parecía
contenta,
así
que
al
principio
lo
aceptó.
Pero
muy
rápido
empezó
a
preocuparle
la
relación.
Las
visitas
de
Enrique
eran
demasiado
tarde.
Él
salía
de
Maracay
después
del
trabajo, así
que
llegaba
tipo
siete
y
se
quedaba
hasta
después
de
las
diez,
once
de
la
noche.
Cuando
regresaba
a
Maracay
la
llamaba
desde
un
teléfono
público
y
hablaban
hasta
la
madrugada. Su
mamá
empezó
a
molestarse
cada
vez
más…
Morella
esta
no
es
hora
para
que
estés
hablando
por
teléfono.
Morella
esta
no
es
hora
para
que
él
te
esté
llamando.
Y
frente
a
los
reproches,
Morella,
la
hija
consentida,
por
primera
vez,
empezó
a
confrontar
a
su
mamá.
Yo
le
contestaba
feo
a
mi
mamá.
Sentía
que
me
estaban
fastidiando
mucho,
que
no
me
estaban
comprendiendo,
que
lo
mío
era
una
situación
especial
porque
yo
tenía
un
novio
que
vivía
en
Maracay
y
entonces
él
me
llama
cuando
puede
y
cuando
puede
es
en
cualquier
momento.
Morella
cuenta
que
Enrique
le
empezó
a
pedir
que
no
saliera
demasiado,
porque
él
podía
llamar
y
no
encontrarla.
Entonces
dejó
de
hacer
esas
cosas
que
antes
le
gustaban
tanto:
ir
al
cine
con
sus
amigas
o
sus
hermanas,
a
la
playa
y
a
los
centros
comerciales.
Ahora
se
quedaba
todo
el
día
en
su
casa,
esperando
que
Enrique
la
visitara
o
la
llamara.
A
su
mamá,
esto
la
desesperaba.
Me
decía
«Morella,
estás
perdiendo
el
tiempo,
se
te
está
pasando
el
tiempo,
¿dónde
están
tus
planes?”
No
es
normal
que
estés
encerrada
en
esta
casa
sola
esperando
a
que
ese
hombre
te
llame.
Sus
planes
de
estudiar
al
terminar
la
secundaria
habían
quedado
suspendidos.
Enrique
le
decía
que
no
era
momento
de
empezar
la
carrera
porque
si
su
mamá
le
pagaba
los
estudios,
iba
a
controlarla.
Que
lo
mejor
era
que
comenzara
una
vez
que
se
mudara
con
él
en
Maracay.
Y
él
se
haría
cargo
de
esos
gastos.
Fue
ahí
cuando
él
comenzó
a
tratar
de
empezar
a
marcar
distancia
entre
mi
familia
y
yo.
Y
le
fue
resultando,
porque
yo
fui
distanciándome
de
mis
hermanas
y
de
mi
mamá.
Yo
llegué
un
momento
a
aislarme
tanto
y
a
separarme
de
mi
familia,
que
yo
no
hablaba
con
ellas
estando
en
la
misma
casa.
Así
de
sencillo.
Las
visitas
de
Enrique
se
volvieron
más
y
más
incómodas
para
su
familia.
Él
llegaba,
Morella
lo
recibía
y
se
instalaban
durante
horas
en
la
sala.
Enrique
no
le
dirigía
la
palabra
a
nadie
más
que
a
ella.
Nunca
saludaba
a
la
madre
o
a
la
hermanas,
ni
cuando
llegaba
ni
cuando
se
iba.
Algunas
veces,
apenas
las
miraba.
A
ella
no
le
molestaba,
porque
estaba
feliz
de
que
él
estuviera
allí.
Un
día,
Graciela,
la
hermana
mayor,
lo
confrontó
y
terminaron
peleándose
muy
fuerte.
Después
de
eso,
Morella
recuerda
que
Enrique
le
dijo:
«Yo
estoy
harto
de
tu
familia».
O
sea,
«no
soporto
más
a
esa
gente”.
Yo
no
vuelvo
a
subir
a
esa
casa.
Entonces
vamos
a
hacer
una
cosa.
Cuando
yo
venga
a
visitarte,
yo
te
toco
el
intercomunicador
y
bajas».
De
ahí
en
adelante,
él
tocaba
el
timbre,
Morella
bajaba
y
se
iba
durante
horas.
Cuando
regresaba,
siempre
muy
tarde,
volvía
a
pelear
con
su
mamá.
Y
así
pasó
todo
el
año
1988,
presionada
entre
su
familia
y
su
novio.
La
situación
en
su
casa
era
insostenible
y
ella
estaba
muy
cansada.
Casi
no
comía
y
dormía
mal
porque
se
quedaba
hablando
con
él
hasta
la
madrugada.
En
diciembre,
unos
días
antes
de
Navidad,
decidió
que
iba
a
hablar
con
Enrique.
Había
llegado
a
un
límite.
Aunque
estaba
enamorada,
sentía
que
la
única
salida
era
alejarse
de
él
y
también
de
su
familia.
Cuando
era
pequeña,
había
vivido
con
su
tía
en
el
campo,
quizás
ahora
podía
irse
donde
ella
por
un
tiempo.
La
noche
del
22,
Enrique
la
llamó
por
teléfono,
y
Morella
le
dijo
lo
que
estaba
pensando.
Le
digo
mira,
yo
estoy
muy
cansada
de
esta
situación,
o
sea,
yo
tengo
más
de
un
año
con
esta
pelea
constante.
Yo
estoy
agotada.
Entonces
yo
quiero
terminar
mi
relación
contigo
y
me
voy
a
tomar
un
tiempo
también
con
mi
familia.
A
Enrique
lo
tomó
por
sorpresa
pero
de
inmediato
reaccionó….
Entonces
él
me
dice
«Pero
¿cómo
vas
a
terminar
conmigo?
y
yo
tenemos
demasiado
tiempo
haciendo
planes
como
para
que
decidas
que
todo
ya
se
va
a
acabar
y
ya…”
Morella
siguió
insistiendo
que
no
y
finalmente
logró
colgarle
el
teléfono.
Pero
unos
50
minutos
después
sonó
el
timbre.
Enrique
estaba
en
la
portería
de
su
casa.
Allí
siguieron
hablando.
Y
logró
convencerme.
Él
me
dijo
“recoge
tus
cosas
esta
noche
porque
te
vienes
conmigo
mañana…
Le
estaba
proponiendo
irse
con
él
a
Maracay.
En
ese
momento,
no
lo
pensó
mucho.
Lo
veía
como
la
única
forma
de
seguir
la
relación.
Yo
le
dije:
«OK,
yo
recojo
mis
cosas
y
nos
vemos
mañana».
Un
rato
después,
sin
que
nadie
la
viera,
metió
algo
de
ropa
y
maquillaje
en
unas
bolsas,
las
escondió
y
se
acostó.
Su
hermana
Gisela
dormía
en
la
misma
habitación
y
entre
sueños
la
vió
moverse
por
el
cuarto,
como
si
estuviese
preparando
algo,
pero
no
le
prestó
demasiada
atención.
A
la
mañana
siguiente,
Morella
se
levantó
muy
temprano
y
salió
de
su
casa.
Sin
despedirse,
tomó
un
bus
hacia
Maracay.
Era
un
viaje
que
ya
había
hecho
muchas
veces.
Pero
esta
vez
era
distinto.
Ya
tenía
18,
era
mayor
de
edad,
y
no
iba
de
visita,
iba
para
quedarse.
Enrique
fue
a
buscarla
a
la
terminal
de
Maracay.
Cuando
se
subieron
al
carro,
empezó
a
hablar.
Me
dice:
“Bueno,
ya
a
partir
de
este
momento
las
cosas
van
a
ser
sólo
y
yo.
No
tienes
de
qué
preocuparte
por
nada
porque
yo
me
voy
a
encargar
de
cubrir
todos
los
gastos”.
Morella
lo
escuchó
sin
contradecirlo.
Recuerda
que
desde
la
terminal
la
llevó
directo
a
un
hotel.
Enrique
le
explicó
que
él
seguiría
en
su
casa,
donde
vivía
con
su
madre,
a
quien
Morella
no
conocía.
También
le
explicó
que
era
mejor
que
no
saliera,
porque
las
calles
de
Maracay
eran
peligrosas.
Y
por
último
le
dio
una
instrucción
muy
clara:
Me
dice
“no
abras
la
puerta
porque
no
sabes
quién
te
está
tocando…
No
importa
si
te
dicen
que
es
el
gerente
del
hotel
o
que
lo
que
sea.
Deja
que
esa
gente
toque
y
ya”.
Para
que
Morella
supiera
cuándo
era
él,
iba
a
tocar
la
puerta
con
una
clave.
En
ese
momento
a
Morella
no
le
llamaron
mucho
la
atención
todas
esas
reglas.
Ella
solo
quería
estar
con
él
y
unos
días
en
un
hotel
pues se
sentían
como
una
luna
de
miel.
Por
supuesto
yo
estaba
brincando
en
una
pata
de
la
felicidad,
porque
estaba
con
el
hombre
del
cual
estaba
absolutamente
enamorada.
Ya
por
fin
estaba
concretando
lo
que
muchas
veces
hablamos
por
meses
de
cómo
iban
a
ser
las
cosas
una
vez
que
estuviésemos
juntos.
Estuvo
dos
semanas
en
esa
habitación.
No
salía
nunca,
se
pasaba
el
día
en
la
cama
mirando
televisión
esperando
a
que
él
llegara.
Enrique
iba
a
visitarla
por
las
noches
y
a
veces
se
quedaba
a
dormir.
Llevaba
comida
para
que
cenaran
juntos
y
para
que
ella
comiera
al
día
siguiente.
Dos
semanas
después,
la
llevó
a
otro
hotel.
No
era
un
hotel
de
lujo,
pero
era
cómodo,
lindo.
Y
ahí
Morella
siguió
con
la
misma
rutina:
no
salía
ni
hablaba
con
nadie
más
que
con
él.
Y
cuando
finalmente
él
llegaba,
ella
se
ponía
feliz.
Estuvo
dos
meses
más
allí,
hasta
que
un
día
Enrique
la
llevó
a
un
lugar
en
el
centro
de
Maracay.
Morella
me
lo
describió
como
un
espacio
pequeño,
que
no
llegaba
a
ser
un
apartamento
y
era
más
bien
una
habitación
con
puerta
de
salida
independiente.
Cambiaba
de
lugar,
pero
no
de
rutina.
Y
dependía
de
Enrique
para
todo.
Estaba
allí
cuando
una
tarde,
tres
meses
después
de
que
ella
dejara
su
casa,
Enrique
le
dijo
que
tenían
que
hacer
una
llamada.
Como
en
esa
habitación
no
había
teléfono,
la
llevó
hasta
una
cabina
pública.
Lo
que
le
pidió
la
sorprendió
un
poco:
que
llamara
a
su
mamá.
Y
yo
le
pregunté
que
¿por
qué?
Él
me
dice:
“porque
tu
mamá
fue
a
mi
casa
a
preguntar
por
ti,
entonces
está
molestando
a
mi
familia»
Marcó
el
número
de
su
casa
y
del
otro
lado
contestó
una
de
sus
hermanas.
Y
yo
le
digo
“pásame
a
mi
mamá”.
Y
ella
me
pregunta:
«Morella,
¿cómo
estás?»
Le
digo
«bien,
pásame
a
mi
mamá”.
Yo
muy
altiva…
En
ese
momento
estaba
enojada
con
todas
ellas,
porque
Enrique
la
había
convencido
de
que
querían
separarlos.
Me
dijo
que
por
eso,
cuando
su
mamá
se
puso
al
teléfono,
repitió
lo
que
él
le
había
pedido
que
dijera.
«Mamá,
no
sigas
yendo
a
esa
casa,
o
sea
no
molestes
a
esa
gente,
no
molestes
a
esa
familia,
porque
yo
no
estoy
ahí,
yo
no
estoy
en
esa
casa».
Esa
casa
de
la
que
hablaba
Morella
era
la
casa
de
la
madre
de
Enrique.
Ella
nunca
había
estado
allí.
Y
tampoco
conocía
a
la
madre
de
su
novio.
Entonces
mi…
mi
mamá
me
dice
«Bueno
hija,
pero
es
que
yo
quería
saber
cómo
estabas».
«Yo
estoy
bien,
yo
estoy
bien,
yo
estoy
feliz,
yo
estoy
bien
y
yo
estoy
decidida
a
quedarme”.
Y
la
última
cosa
que
le
escuché
a
ella,
fue
su
bendición…Me
dijo
“bueno,
que
dios
te
bendiga,
hija…”
A
Morella
le
pareció
que
Enrique
sonreía,
pero
no
entendió
por
qué.
Durante
algunos
meses
más,
la
vida
de
Morella
en
esa
habitación
siguió
sin
muchos
cambios,
hasta
que
un
día
Enrique
puso
una
nueva
regla.
Recuerda
que
estaban
viendo
televisión
juntos
en
la
cama
y
ella
se
levantó
para
ir
al
baño.
Cuando
volvió,
él
se
veía
enojado.
Yo
“ay,
¿qué
te
pasa”?
Y
me
preguntó
«¿Por
qué
no
me
avisaste
que
ibas
al
baño?»
La
reacción
la
sorprendió.
Era
la
primera
vez
que
le
preguntaba
algo
así.
Y
él
me
dijo
de
ahora
en
adelante
me
avisas.
Y
entonces
yo…
de
ahí
en
adelante,
me
levantaba
y
le
avisaba.
Pero
no
era
suficiente
con
avisarle,
también
debía
esperar
que
él
le
diera
permiso.
Morella
se
acuerda
que,
algunas
veces,
Enrique
la
hacía
esperar
unos
minutos
y
después
la
autorizaba.
Esa
dinámica
se
convirtió
en
parte
de
su
rutina
cuando
él
iba
a
visitarla.
Pero,
en
ese
momento,
Morella
no
lo
veía
como
nada
malo.
Se
lo
pregunté
directamente…
si
no
le
parecía
raro,
y
me
dijo
que
no,
que
en
ese
punto,
ya
estaba
acostumbrada
a
hacer
lo
que
él
decía.
Simplemente
si…
si
él
quiere
que
yo
le
avise,
yo
le
aviso
y
ya…
Morella
no
está
realmente
segura
de
las
fechas,
pero
ella
cree
que
fue
alrededor
del
año
90
o
91
cuando
Enrique
la
llevó
a
otro
lugar.
Era
un
apartamento
en
el
centro
de
Maracay,
tenía
un
solo
ambiente
y
un
solo
baño.
Le
cuesta
recordar
con
precisión
cuándo
sucedieron
algunas
cosas.
En
el
encierro,
todos
los
años
se
parecen.
Lo
que
recuerda
es
que
ya
habían
pasado
al
menos
uno
o
dos
años
desde
que
se
había
ido
de
su
casa.
Y
que,
excepto
por
esa
llamada
que
había
hecho
a
su
madre,
en
todo
ese
tiempo
no
había
vuelto
a
hablar
con
nadie
más.
Tampoco
había
salido
a
la
calle
sola,
ni
siquiera
para
hacer
compras.
Enrique
era
el
centro
de
su
vida.
Era
toda
su
vida.
A
ese
nuevo
apartamento
Enrique
llevó
una
llave.
Le
dijo
que
era
para
usar
en
caso
de
emergencia.
A
Morella
le
sorprendió
un
poco
que
fuera
solo
una,
porque
para
entrar
y
salir
del
apartamento
había
que
abrir
una
puerta
y
una
reja.
Pero
pronto
se
olvidó
de
ella.
Yo
no
le
presté
atención
porque
como
mi
intención
tampoco
era
salir
porque
yo
lo
que
hacía
era
esperarlo
a
él,
no
me
pareció
nada
del
otro
mundo.
Un
día,
Morella
tomó
la
llave
y
la
probó
en
la
puerta.
Como
no
funcionó,
la
volvió
a
poner
en
el
mismo
lugar.
Más
tarde,
llegó
Enrique.
Cuando
él
llega,
él
me
reclama,
me
dice
¿por
qué
agarraste
la
llave?
Y
yo
me
puse
nerviosa,
porque
yo
no
entendía
cómo
es
que
él
se
había
dado
cuenta
de
que
yo
había
agarrado
la
llave.
Y
como
me
dio
miedo
le
dije
“No,
yo
no
agarré
la
llave”.
Pero
Enrique
insistió.
Me
dice:
“Claro
que
agarraste
la
llave,
¿para
qué
agarraste
la
llave?”
Ella
seguía
negándolo,
pero
Enrique
no
le
creía.
Así
que
terminó
aceptándolo.
Le
dijo
que
sí,
que
sólo
había
querido
probarla.
Enrique
reaccionó.
Entra
agarrarme
por
el
pelo,
agarrarme
por
la
nuca
y
doblarme,
apretarme
mientras
me
tenía
con
la…
con
la
espalda
doblada
hacia
abajo.
Morella
recuerda
que
todo
duró
casi
una
hora.
A
partir
de
ese
momento,
de
ese
evento
con
la
llave,
yo
caí
en
cuenta
de
que
yo
le
tenía
miedo.
Y
el
cambio
no
fue
sólo
en
ella.
Incidentes
violentos
como
el
de
la
llave
empezaron
a
ser
más
frecuentes.
Cada
vez
que
se
enojaba
por
alguna
razón,
Enrique
la
tomaba
de
los
brazos
y
la
sacudía
tan
fuerte
que
le
dejaba
moretones.
Otras
veces,
le
rodeaba
el
cuello
con
las
manos…
Y
que
me
asfixiaba
hasta
casi
desmayarme,
porque
yo
perdía
noción
de
lo
que
estaba
pasando
a
mi
alrededor.
Entonces,
Morella
empezó
a
ser
mucho
más
cuidadosa
con
sus
movimientos.
Cuidaba
lo
que
hacía
y
lo
que
decía.
Pensaba
que
si
se
comportaba
como
Enrique
quería,
las
cosas
iban
a
estar
siempre
bien.
Y
no
eran
solo
ideas
suyas.
Me
lo
decía
una
y
otra
vez:
“Es
que
si
las
cosas
salen
mal
es
porque
no
haces
lo
que
sabes
que
tienes
que
hacer”.
Ya
ahí
estaba
yo
en
el:
«Compórtate
como
a
él
le
gusta,
porque
si
él
se
molesta
la
culpa
es
tuya».
Morella
recuerda
que
fue
en
1992
cuando
Enrique
volvió
a
cambiarla
de
lugar.
Ya
tenía
22
años
y
era
la
cuarta
vez
que
la
movía.
Cada
vez
que
la
mudaba,
las
reglas
eran
las
mismas:
no
salir
y
no
hablar
con
nadie.
Esa
vez,
la
llevó
a
un
apartamento
en
la
urbanización
Los
Samanes
que
era
solo
un
poco
más
grande
que
el
anterior.
Y
allí,
de
nuevo,
dejó
unas
llaves.
Pero
estas
llaves
ya
tenían
un
significado
diferente
para
ella.
No
eran
una
posibilidad
de
salir.
Por
el
contrario,
se
convirtieron
en
una
tortura
psicológica.
Se
obsesionó
con
ellas.
Jamás
las
limpiaba
ni
las
tocaba.
Rogaba
para
que
se
ensuciaran.
Cuando
por
fin
eso
empezó
a
ocurrir,
yo
respiraba
tranquila
porque
él
llegaba
y
entonces
veía
que
las
llaves
estaban
sucias
y
con
telaraña
y
ya
no
me
miraba
con
sospecha.
Cada
día
que
pasaba
se
sentía
más
deprimida.
Ya
era
claro
que
muchas
de
las
cosas
que
su
mamá
le
había
dicho
sobre
Enrique
eran
ciertas.
Veía
cómo
se
me
estaban
pasando
los
años
y
no
estaba
haciendo
nada
con
mi
vida.
Veía
cómo
mi
relación
con
él
no
era
ni
la
sombra
de
lo
que
habíamos
hablado
durante
meses.
No
podía
hablar
de
esto
con
él
ni
con
nadie.
Y
recuerda
que,
cada
vez
que
intentaba
decirle
que
no
era
feliz,
que
siempre
estaba
sola,
él
se
enfurecía.
Él
me
decía
bueno
esa
eres
que
te
estás
sintiendo
mal
porque
yo
estoy
bien,
yo
estoy
bien,
para
las
cosas
están
bien.
Mira,
dime
qué
te
falta,
no
te
falta
nada.
Para
ese
momento,
a
mediados
de
los
90,
las
visitas
de
Enrique
ya
no
eran
tan
frecuentes.
Solo
pasaba
dos
o
tres
veces
por
mes
a
dejarle
comida
y
productos
de
limpieza.
Ella
no
tenía
cómo
saber
en
qué
momento
llegaría.
Pasó
toda
esa
década
encerrada,
sin
que
nada
cambiara
demasiado.
En
esos
diez
años,
apenas
salió
un
par
de
veces
para
ir
al
médico.
Pero
nunca
sola.
Enrique
la
recogía
en
su
carro
y
la
acompañaba
en
todo
momento.
Recuerda
que
una
de
esas
veces
le
costó
mucho
salir
del
apartamento.
Era
como
si
ya
no
supiera
cómo
estar
en
la
calle.
Cuando
él
va
a
abrir
la
puerta
del
apartamento,
yo
empiezo
a
temblar,
yo
empiezo
a
temblar
y
empiezo
a
llorar
y
él
me
dice:
“Tranquila
que
estás
conmigo”.
Morella
recuerda
que,
a
principios
de
los
2000,
Enrique
dejó
en
el
apartamento
un
teléfono
celular.
Era
uno
de
esos
con
tapita
que
servían
para
enviar
y
recibir
mensajes
de
texto,
pero
que
todavía
no
tenían
acceso
a
internet.
Ella
nunca
había
visto
uno
de
esos
aparatos
antes.
Enrique
agregó
su
número
para
que
pueda
llamarlo
apretando
un
solo
botón.
Y
le
dijo
que
cuando
él
la
llamara,
aparecería
un
mensaje
en
la
pantalla.
Así
sabría
que
era
él.
¿Y
qué
era
lo
que
decía
la
pantalla?
Te
quiero.
Te
quiero
mucho.
Morella
no
terminaba
de
entender
cómo
funcionaba
ese
aparatico,
y
temía
que
si
llamaba
a
alguien
más,
él
iba
a
enterarse.
Él
mismo
se
lo
había
dicho…
Yo
tengo
el
control
de
este
teléfono.
Yo
quién
llama
y
quién
no
llama.
Podría
haber
llamado
a
su
familia,
recordaba
el
número
de
la
casa,
pero
no
solo
le
daba
miedo
la
reacción
de
Enrique.
Después
de
tantos
años,
también
temía
que
no
quisieran
verla.
Un
día
de
agosto
de
2002,
Enrique
fue
a
verla
y
le
ordenó
que
juntara
un
poco
de
ropa.
Tenía
que
dejar
el
apartamento
mientras
hacían
reparaciones
en
el
techo.
Como
siempre,
Morella
obedeció.
Puso
algunas
prendas
en
una
bolsa,
lo
justo
para
pasar
algunos
días
fuera.
Y
se
llevó
con
ella
las
almohadas
y
la
radio.
Salieron
del
edificio
por
la
noche,
en
el
carro
de
Enrique.
Morella
llevaba
cuatro
años
sin
salir,
y
en
la
oscuridad
apenas
alcanzó
a
vislumbrar
cuánto
había
cambiado
la
ciudad
en
todos
esos
años.
Se
había
enterado
de
algunas
cosas
por
la
televisión
y
la
radio:
el
Caracazo
en
el
89,
el
intento
de
golpe
de
Estado
en
el
92,
el
ascenso
de
Chávez
en
el
99,
las
protestas
callejeras…
Pero
aunque
su
país
cambiaba,
su
vida
seguía
igual:
de
encierro
en
encierro.
El
nuevo
apartamento
estaba
en
un
conjunto
residencial
muy
grande
llamado
Los
Mangos.
Eran
seis
torres
y
ella
estaría
en
el
cuarto
piso
de
la
torre
C.
Cuando
llegaron,
estaba
a
oscuras.
Había
un
colchón
en
el
piso
y
las
ventanas
estaban
cubiertas
con
cortinas
gruesas.
Morella
me
dijo
que
esa
noche
Enrique
la
dejó
allí
y
se
fue.
Al
día
siguiente
volvió
para
dejarle
comida
y,
unos
días
más
tarde,
le
llevó
algunas
cosas
para
limpiar
el
apartamento,
que
estaba
muy
sucio. Ella
se
sentía
incómoda
en
ese
nuevo
lugar,
pero
cada
vez
que
le
preguntaba
a
Enrique
cuánto
faltaba
para
volver,
él
le
decía
que
había
que
esperar
un
poco
más.
En
algún
momento
se
dio
cuenta
de
que
ya
no
volvería
al
apartamento
anterior.
En
ese
nuevo
lugar,
Morella
se
movía
sigilosa,
como
un
fantasma. No
se
asomaba
por
la
ventana
ni
abría
la
puerta,
no
importaba
si
había
ruidos
en
el
pasillo.
Cuando
limpiaba,
lo
hacía
temprano
en
la
mañana,
para
evitar
que
alguien
pudiera
notar
sus
movimientos.
Cuando
escuchaba
la
radio
o
miraba
la
televisión,
lo
hacía
con
el
volúmen
muy
bajo.
Porque
él
me
decía
no
quiero
que
molestes
a
los
vecinos,
no
quiero
que
los
vecinos
estén
viniendo
para
acá
a
estar
reclamando
porque
estás
molestando.
En
marzo
de
2003,
siete
meses
después
de
llegar
a
ese
apartamento,
Morella
cumplió
33
años.
Y
luego
34…
y
luego
35…
y
seguía
allí
cuando
cumplió
40.
Y
también,
cuando
cumplió
49.
17
años
repitiendo
una
rutina
de
la
que
no
se
despegaba
nunca. Se
despertaba
muy
temprano,
y
escuchaba
siempre
el
mismo
programa,
un
clásico
venezolano.
Nuestro
insólito
universo…
Después,
escuchaba
el
himno
nacional
y
los
titulares,
y
así
empezaba
otro
día
igual
al
anterior.
Su
rutina
de
siempre:
prender
la
radio,
ir
al
baño,
tender
la
cama,
limpiar
el
apartamento,
preparar
el
desayuno… Esa
rutina
era
una
forma
de
mantener
la
cordura,
pero
también
de
sobrevivir.
Yo
sentía
que
constantemente
estaba
siendo
vigilada
por
él
y
yo
ya
sabía:
si
yo
no
hago
lo
que
él
me
dice,
él
va
a
saber
que
yo
lo
estoy
haciendo
fuera
de
las
reglas.
Y
yo
vivía
por
eso
de
forma
autómata,
haciendo
lo
que
él
me
decía,
para
evitar
problemas,
porque
ya
yo
sabía
lo
que
me
esperaba
si
salía
de
ese
rango
de
comportamiento.
Todos
los
días
comía
lo
mismo:
arepa
con
huevo,
arroz
y
granos,
pasta
con
salsa
de
tomate.
La
carne
y
las
verduras,
con
la
crisis
venezolana,
habían
desaparecido
hacía
muchos
años
de
su
dieta
cotidiana.
Después
de
almorzar,
veía
un
ratico
más
de
televisión
y
se
acostaba
a
dormir.
Cuanto
más
tiempo
durmiera,
mejor.
Porque
ya
yo
sabía
que
bloquearme
durmiendo
era
la
mejor
manera
de
llevar
el
día,
día,
tras
día,
tras
día...
Y,
cuando
no
dormía,
miraba
televisión
o
escuchaba
la
radio.
Algunos
días,
cambiar
de
dial
era
casi
una
compulsión.
Incluso
dañó
varios
aparatos
así.
No
recuerda
exactamente
el
día,
pero
sabe
que
fue
un
mediodía
de
2019,
cuando
de
nuevo
empezó
a
jugar
con
la
radio.
Fue
pasando
de
emisora
en
emisora
buscando
algo
que
le
llamara
la
atención.
Se
detuvo
cuando
escuchó
la
voz
de
un
hombre
que
hablaba
sobre
la
violencia
contra
las
mujeres
y
una
ley
que
las
protegía.
Siguió
escuchando.
La
periodista
le
preguntó
al
entrevistado
qué
delitos
estaban
tipificados
en
esta
ley.
Y
cuando
el
hombre
respondió,
Morella
empezó
a
sentir
que
estaba
hablando
de
ella.
Ah,
pero
a
me
pasa
eso,
ah,
pero
es
que
a
mi
me
hace
eso,
ah
pero
es
que
él
me
hace
esto
también.
Yo
dije
“Dios
mío,
¡cuántas
cosas!”.
Siguió
escuchando
la
entrevista,
concentrada
en
todo
lo
que
este
hombre
decía.
Hasta
que
mencionó
un
lugar:
el
Instituto
de
la
Mujer
del
Estado
de
Aragua,
que
estaba
ahí
mismo,
en
Maracay.
Y
por
primera
vez
en
muchos
años,
sintió
que
tenía
un
lugar
dónde
ir.
Grabó
en
su
mente
el
nombre
del
instituto
y
la
zona
en
la
que
estaba.
La
idea
de
escapar
empezó
a
hacerse
más
y
más
fuerte
en
su
cabeza. Además,
Enrique
había
vuelto
a
visitarla
con
frecuencia.
Ya
no
llegaba
sin
avisar,
sino
que
la
llamaba
por
teléfono
unas
horas
antes
y
siempre
le
ordenaba
lo
mismo:
que
se
preparara.
Cuando
él
me
decía
eso
yo
lo
que
hacía
era
pensar
“Dios
mío,
otra
vez
no”.
Ahora,
el
sonido
de
sus
llaves
la
hacía
entrar
en
pánico.
Cuando
él
llegaba,
ella
debía
salir
de
su
cuarto,
atravesar
la
sala
y
recibirlo.
Después,
él
caminaba
hasta
la
habitación.
Fue
la
peor
etapa,
porque
nosotros
estuvimos
bastante
tiempo
sin
tener
encuentros
íntimos.
Y
esos
últimos
meses
él
volvió
a
buscarme.
Yo
al
principio
lo
rechacé.
Las
primeras
tres
veces,
pero
después
él
no
aceptaba
un
no
por
respuesta.
Yo
decido
entonces
que
mi
salida
era
esa:
salir
del
apartamento
e
ir
a
ese
lugar
para
buscar
ayuda…
Ese
lugar
sobre
el
que
había
escuchado
en
la
radio.
Una
pausa
y
volvemos.
Antes
de
la
pausa
Morella
estaba
decidida
a
salir
del
apartamento
donde
vivía
encerrada,
pero
no
sabía
cómo
hacerlo.
Llevaba
31
años
de
esa
vida,
casi
sin
salir
a
la
calle,
dependiendo
de
un
solo
hombre
para
todo.
Pero
en
2019,
cuando
ya
tenía
49
años,
una
entrevista
que
escuchó
en
la
radio
le
hizo
entender
que
su
vida
no
podía
seguir
así.
Mariana
Zúñiga
nos
sigue
contando.
Desde
que
supo
del
Instituto
de
la
Mujer,
Morella
empezó
a
pensar,
por
primera
vez
en
30
años,
en
escapar.
Una
opción
era
tomar
las
llaves
de
Enrique,
las
que
usaba
en
sus
visitas.
Pero
eso
era
demasiado
arriesgado.
También
podía
intentar
salir
con
otras
llaves,
unas
que
él
había
dejado
en
el
apartamento
un
tiempo
atrás.
Yo
nunca
me
atreví
a
tocar
las
llaves
y
yo
decía
esas
llaves
no
son
de
la
puerta.
Yo
no
creo
que
ese
hombre
me
haya
dejado
esa
llave
para
esa
puerta…
La
noche
del
23
de
enero
de
2020,
cuando
Enrique
fue
a
verla,
Morella
sintió
que
llegó
a
un
límite.
Yo
estaba
hastiada,
ya
yo
no
aguantaba,
buscaba
la
forma
y
la
manera
de
que
ese
encuentro
o
esa
visita
fuese
lo
más
corta
posible,
yo
lo
que
quería
era
asearme,
lavarme,
bañarme,
que
él
se
fuese
del
apartamento
lo
más
rápido
posible…
Cuando
finalmente
se
fue,
ya
era
la
madrugada.
Y
Morella
solo
podía
pensar
en
una
cosa:
las
llaves.
Por
la
mañana
hizo
el
mismo
ritual
de
todos
los
días:
se
levantó,
prendió
la
radio,
desayunó,
se
cepilló
los
dientes
y
limpió
el
apartamento.
Después,
se
acercó
hasta
donde
estaban
las
llaves
y
las
observó
durante
un
rato,
para
así
memorizar
cómo
estaban
colocadas.
Así,
si
no
funcionaban,
al
menos
Enrique
no
se
iba
a
dar
cuenta
de
que
las
había
agarrado. Cuando
estuvo
segura
de
que
podía
ponerlas
de
nuevo
en
la
misma
posición,
las
tomó
y
caminó
hacia
la
puerta.
Empecé
a
probar
las
llaves
una
por
una.
Cuando
vi
que
abrió
la
primera
cerradura,
yo
estaba
muy
emocionada
y
decía
Dios
mío.
Dios
mío,
que
los
vecinos
no
salgan,
que
no
me
vean.
Después,
probó
la
segunda.
Cuando
veo
que
la
segunda
cerradura
se
mueve
yo
agarro
una
bocanada
de
aire,
yo
me
emocioné,
yo
decía
“Dios
mío,
gracias,
Dios
mío,
gracias,
dios
mío
gracias”.
No
podía
creer
lo
que
estaba
a
punto
de
hacer.
Sentía
una
valentía
nueva.
Una
que,
después
de
tantos
años,
ya
ni
recordaba
que
tenía.
Morella
cerró
la
puerta,
fue
hasta
su
habitación,
se
cambió
de
ropa
y,
ahí
salió
del
apartamento.
Comenzó
a
correr
por
el
pasillo.
Bajó
por
las
escaleras
los
cuatro
pisos.
En
la
planta
baja
se
topó
con
una
puerta
y
un
vigilante
sentado
frente
a
un
escritorio.
Yo
no
qué
fue
lo
que
él
vio
en
mí,
que
él
me
preguntó
¿Quiere
que
le
abra?
Yo
le
dije
“Sí,
sí,
por
favor…”
Cuando
le
abrió,
Morella
salió
caminando,
simulando
estar
tranquila,
sin
apurar
demasiado
el
paso.
Apenas
pongo
pie
en
calle,
empiezo
a
correr
hacia
la
avenida.
Paso
la
avenida
y
voy
a
un
negocio
y
pregunto
dónde
queda
Calicanto.
Calicanto,
la
zona
donde
había
escuchado
en
la
radio
que
quedaba
el
Instituto
de
la
Mujer.
Pidió
unas
direcciones
y
comenzó
a
caminar.
Era
la
primera
vez
en
30
años
que
andaba
sola
por
la
ciudad,
bajo
el
sol.
Se
paralizaba
cada
vez
que
un
carro
pasaba
cerca
de
ella.
Le
daba
miedo
que
uno
de
esos
fuera
el
de
Enrique.
No
conocía
los
nombres
de
las
calles,
ni
sabía
exactamente
para
dónde
tenía
que
ir.
Un
hombre
le
indicó
que
fuera
hacia
la
Casa
de
la
Mujer,
una
ONG
que
estaba
cerca.
No
era
el
instituto
que
ella
estaba
buscando,
pero
ahí
seguramente
la
iban
a
poder
ayudar.
Llegó
unos
minutos
después
y
la
recibió
una
mujer.
Me
dice
¿en
qué
te
puedo
ayudar?
Le
digo
“mira,
yo
estoy
buscando
ayuda
porque
yo
acabo
de
escaparme
de
un
apartamento
en
el
que
estuve
encerrada
muchos
años”.
La
señora
me
va
haciendo
preguntas
“¿Y
tu
familia?”
Le
digo
“no,
yo
perdí
todo
contacto
con
mi
familia
desde
que
me
fui.
Yo
no
nada
de
mi
familia,
no
nada
de
mi
mamá.
Sólo
puedo
recordar
su
número
de
teléfono…”
Le
dio
el
número
y
la
mujer
marcó.
Pero
no
funcionó
la
llamada
porque
los
códigos
telefónicos
ya
no
eran
los
mismos.
Después
de
ese
intento,
le
recomendó
que
fuera
al
sitio
que
ella
buscaba
desde
el
principio:
el
Instituto
de
la
Mujer.
Y
le
dio
una
buena
noticia:
no
estaba
tan
lejos.
Tenía
que
caminar
apenas
unas
cuadras
hasta
encontrarse
con
un
edificio
de
fachada
blanca.
No
tardó
demasiado
en
llegar.
Allí,
la
recibió
el
abogado
Ricardo
Díaz,
que
se
especializa
en
casos
de
violencia
contra
las
mujeres.
Ricardo
todavía
recuerda
la
impresión
que
le
causó
verla.
Una
tez
blanca,
blanca,
blanca.
Me
sorprendió
también
su
forma
física,
completamente
flaca,
delgada,
39,
40
kilos,
le
calculé
yo.
Y
bastante
nerviosa,
llorosa.
Y
deprimida…
Cuando
Morella
empezó
a
contarle
de
dónde
venía,
Ricardo
llamó
a
su
compañera
Rosa
Perdomo.
En
ese
momento
ella
trabajaba
como
abogada
allí
y
estaba
encargada
de
la
atención
a
las
víctimas.
A
Rosa
le
impresionó
la
forma
de
hablar
de
Morella.
Era
un
tono
de
voz
casi
que
no
se
escuchaba,
era
muy,
muy
bajito,
casi
anormal.
Porque
lo
hacía
con
temor,
lo
hacía
con
miedo.
Durante
varias
horas,
Morella
les
contó
todo
lo
que
acabamos
de
escuchar:
los
años
de
noviazgo,
la
huida
de
la
casa,
los
hoteles,
los
apartamentos,
el
encierro,
los
golpes,
las
llaves,
el
miedo.
Un
miedo
tan
grande
que
ni
siquiera
se
le
ocurría
denunciar
a
Enrique.
Y
yo
les
decía
pero
es
que
yo
no
quiero
tener
problemas
con
él,
o
sea,
yo
no
quiero
que
él
tenga
problemas
legales.
Para
mí,
tener
problemas
con
él
era
entrar
en
su
círculo
de
control
y
de
agresividad.
Rosa
fue
la
primera
en
explicarle
que
había
sido
víctima
de
delitos
muy
graves,
durante
años.
Pero
que
ahora
estaba
a
salvo.
Me
dice
“quédate
tranquila,
que
ya
saliste
de
eso.
O
sea,
ya
de
aquí
en
adelante
tu
vida
es
otra”.
Después
de
escuchar
su
relato,
llevaron
a
Morella
a
que
hiciera
la
denuncia
en
la
policía
y
en
el
Ministerio
Público.
El
caso
lo
tomó
la
fiscalía
25
de
Maracay.
Por
razones
del
proceso,
nos
pidieron
que
no
revelemos
dónde
la
acogieron,
pero
Rosa
y
Ricardo
nos
confirmaron
que
ese
fin
de
semana
estuvieron
todo
el
tiempo
con
ella.
Rosa
recuerda
que
Morella
pedía
permiso
hasta
para
ir
al
baño.
El
lunes,
cuando
ya
llevaba
tres
días
fuera,
la
acompañaron
hasta
el
Ministerio
Público,
porque
la
fiscal
quería
hablar
con
ella.
Entraron
juntos:
Morella,
Rosa
y
Ricardo.
Estaban
sentados
esperando
a
la
fiscal
cuando
Morella
escuchó
que
alguien
se
acercaba.
Y
mi
sorpresa
es
mayúscula
porque
yo
que
estoy
en
la
sala
de
espera
y
él
entra.
Él.
Enrique.
Pasó
caminando
frente
a
ella
y
se
detuvo
en
un
escritorio
a
unos
pocos
metros
de
donde
estaba
sentada,
dándole
la
espalda.
El
miedo
la
paralizó…
Yo
en
ese
momento
lo
que
hacía
era
ver
para
los
lados.
Yo
ni
siquiera
lo
veía
a
él.
O
sea,
yo
le
estaba
viendo…
eran
las
piernas.
Yo
no
me
atrevía
a
verle
la
cara.
Solo
pudo
estirar
el
brazo
hasta
donde
estaba
Ricardo.
Morella
me
jaló
la…
me
jaló
la
camisa
por
detrás
y
eso
enseguida
encendió
mis
alarmas.
Ricardo
se
paró
frente
a
Morella,
como
resguardándola,
y
abrió
la
puerta
del
despacho
de
la
fiscal.
Y
yo
entro
como
una
tromba
en
la
oficina.
Y
le
digo
“doctora,
que
él
está
aquí”.
Me
dice
“Si,
bueno,
está
bien,
tranquila,
tranquila,
déjame
que
yo
me
encargo
de
eso.
Pero…
mira
quién
está
aquí”
Recién
en
ese
momento,
Morella
notó
que
en
el
despacho
había
otras
personas.
Yo
las
veo…
Yo
veo
que
son
dos
señoras
morenas
y
me
saludan:
“Hola,
Morella”,
me
dicen.
Y
yo
“hola…”
no
entendí
porque
me
estaban
saludando.
Entonces
ahí
la
doctora
me
dice,
“Morella”,
“¿no
las
reconoces?
Morella
se
quedó
mirándolas
en
silencio.
No
tenía
mucha
gente
a
quien
reconocer:
podía
contar
con
los
dedos
de
una
mano
las
personas
que
había
visto
en
los
últimos
30
años.
Y
la
gente
a
la
que
había
conocido
antes
de
su
encierro…
bueno,
ya
parecían
de
otra
vida.
La
fiscal
esperó
unos
segundos
y
entonces
se
lo
dijo:
Ellas
son
tus
hermanas».
Y
yo
no,
doctora…
En
medio
del
despacho
de
la
fiscal,
rodeada
de
caras
extrañas,
Morella
trataba
de
conectar
los
recuerdos
que
tenía
de
sus
hermanas
jóvenes
con
estas
mujeres
que
estaban
paradas
frente
a
ella.
Las
muchachas
me
dicen
“sí,
Morella,
somos
nosotros”.
Yo
“no,
no
puede
ser,
no
puede
ser…”
Me
dicen
“Claro”…
Yo:
“No
puede
ser…”
Hasta
que
una
de
ellas
se
rascó
la
cara.
Morella
podía
llevar
una
vida
sin
ver
a
su
hermana
Gisela,
pero
no
había
olvidado
la
forma
en
que
se
tocaba
la
cara,
siempre
igual,
desde
que
era
una
niña.
Ese
gesto,
tan
mínimo,
fue
como
un
flash.
Yo
dije
«esa
es
Gisela».
Y
así
fue
como
yo
reconocí
a
mis
hermanas.
O
sea,
si
mi
hermana
no
se
rasca
la
cara,
yo
hubiese
seguido
diciendo
“No,
no,
no
puede
ser…”
Era
demasiado
para
procesar
tan
rápido.
Hacía
solo
tres
días
estaba
encerrada
en
un
apartamento
casi
a
oscuras,
y
ahora
su
hermana
Graciela,
la
mayor,
se
acercaba
a
ella
con
los
brazos
abiertos.
Se
fundieron
en
ese
abrazo,
mientras
Gisela,
a
su
lado,
las
miraba
en
silencio.
De
cierta
forma,
ella
también
dudaba
de
que
fuera
cierto.
Esta
es
Gisela.
Cuando
yo
volteo
a
verla
y
veo
a
esa
persona
cadavérica
ahí
temblando,
una
ancianita,
yo
veo
una
ancianita…
No
sabíamos
la
historia,
pero
solamente
con
ver
su
físico
reconocías
un
ser
humano
en
total
desgracia.
Eso
era
algo
terrible.
No
podía
creer
que
ese
ser
humano
era
mi
hermanita.
Hasta
que
ella
también
la
abrazó.
Y
ahí
reconoció
en
esa
mujer
casi
desconocida
la
energía
de
su
hermana
menor.
Y
empezamos
a
hablar
y
empezaba
en
forma
atropellada
a
preguntarnos
sobre
nuestras
vidas.
Mucho….
Una
mañana
muy…
muy…
inenarrable.
Cuando
por
fin
entendió
que
estas
mujeres
eran
sus
hermanas,
le
dio
una
necesidad,
una
urgencia
por
saberlo
todo.
Todo
lo
qué
había
pasado
con
su
familia
en
esos
31
años.
Preguntaba
sobre
todo
por
una
persona.
¿Y
mi
mamá?
¿Mi
mamá
vino?
¿Dónde
está
mi
mamá?
Pero
nadie
le
respondía,
la
misma
fiscal
les
había
pedido
que
no
lo
hicieran,
era
demasiado
pronto
para
eso.
Y
si
Morella
estaba
en
shock,
en
cierto
modo
Graciela
y
Gisela
también.
O
sea,
hasta
el
día
anterior,
cuando
recibieron
la
llamada
de
la
fiscal,
llevaban
décadas
pensando
que
nunca
volverían
a
ver
a
su
hermana.
Era
un
momento
abrumador
para
todas.
Antes
de
que
Morella
entrara
al
despacho,
habían
estado
conversando
con
la
fiscal.
Les
dijo
que
era
su
responsabilidad
jurídica
hacerse
cargo
de
ella, aunque
pasaría
unos
días
más
bajo
el
resguardo
del
Instituto
de
la
Mujer.
Esa
mañana
también
confirmaron
lo
que
siempre
habían
sospechado: que
Morella
había
estado
todos
estos
años
bajo
el
control
de
Enrique. Por
eso,
no
pudieron
creer
que
él
estuviera
ahí,
del
otro
lado
de
la
puerta.
Pero
la
fiscal
levantó
el
teléfono
minutos
después
de
que
Morella
entrara
a
su
oficina.
Mientras
las
hermanas
se
reconocían,
pidió
que
una
comisión
policial
se
acercara
a
la
fiscalía.
Le
había
dicho
a
Morella
que
no
tuviera
miedo,
que
ella
se
encargaría
de
Enrique.
Y
cumplió:
cuando
Morella
salió
del
despacho,
recuerda
que
ya
se
lo
habían
llevado
detenido
a
una
comisaría
de
Maracay.
Durante
varios
días,
Morella
siguió
preguntando
por
su
mamá,
pero
sus
hermanas
evitaban
responderle.
Temían
que
una
mala
noticia
la
derrumbara
y
no
le
permitiera
seguir
adelante
con
el
proceso
judicial.
Pero
un
día,
su
hermana
Graciela
decidió
que
ya
era
momento
de
decirle
la
verdad.
Estaban
paradas
en
el
estacionamiento
del
Palacio
de
Justicia. También
estaban
sus
otras
hermanas
y
una
psicóloga
que
le
había
asignado
la
Fiscalía.
Es
cuando
una
de
ellas
me
lo
dice…
«Mira
Morella,
mi
mamá
se
murió
en
diciembre
del
2011.
Pero…
Si
de
algo
puedes
estar
segura
es
que
mi
mamá
nunca
dejó
de
pensar
en
ti.
Nunca
dudes
de
eso».
En
esas
primeras
semanas,
Morella
fue
enterándose
de
qué
había
pasado
en
su
casa
después
de
que
ella
se
fuera.
Supo
que
lo
primero
que
hicieron
en
los
días
siguientes,
cuando
vieron
que
no
volvía,
fue
ir
a
la
policía
para
denunciar
su
desaparición.
Allí
le
dijeron
a
su
mamá
que
mejor
esperara,
que
seguro
muy
pronto
su
hija
volvería
con
un
nieto.
También
la
buscaron
en
la
casa
de
la
mamá
de
Enrique,
en
Maracay,
pero
ahí
tampoco
les
dieron
respuesta.
La
desaparición
de
Morella
cambió
por
completo
la
vida
de
toda
la
familia.
Con
el
tiempo,
su
mamá
y
sus
hermanas
dejaron
de
ir
a
las
reuniones
familiares
para
evitar
las
preguntas.
O
sea…
es
un
golpe
muy
fuerte,
porque
de
verdad….
Yo
los
primeros
años
la
soñaba,
pero
llegó
un
momento
que
yo
ya
ni
soñaba
con
Morella.
No
cómo
hizo
mi
mamá.
No
cómo
le
hizo
para
aguantar,
porque
ella
sufrió
mucho.
Y
es
que
el
dolor
de
una
desaparición
es
muy
particular.
Una
herida
que
se
parece,
pero
que
no
es
exactamente
igual
a
la
de
una
muerte.
Te
sientes
culpable.
Te
sientes
que
no
hiciste
nada.
Te
sientes
abochornado.
Es
algo…
Es
algo
que
es
como
una
sombra,
como
una
cruz
que
te
persigue
aunque
no
quieras.
Y
esa
cruz
perseguía
a
toda
la
familia,
pero
especialmente
a
su
mamá.
Fue
Gisela
la
que
un
día
le
dijo
que
no
podía
seguir
así,
que
no
podía
pasar
toda
su
vida
esperando
a
Morella.
Porque
entonces
no
puede
ser
que
vas
a
vivir
solo
en
aras
de
la
ausencia
de
Morella.
O
sea,
la
única
que
vive
en
ti
es
Morella.
Estamos
aquí,
al
lado
tuyo,
y
ni
nos
paras.
Y
bueno,
eso
hizo
que
mi
mamá…
retomara
su
vida.
Todavía
lloraba
y
eso,
pero…
pero
a
escondidas.
Aún
así,
siguió
buscándola.
Averiguaron
en
varios
bancos
para
ver
si
había
alguna
cuenta
con
su
nombre.
Ninguna.
Cuando
en
los
años
2000
se
popularizó
el
correo
electrónico
y
después
las
redes
sociales,
pensaron
que
así
podrían
encontrar
algo
de
ella.
Pero
tampoco.
Y
cuando
Gisela
empezó
a
trabajar
como
abogada
penal,
también
intentó
saber
más.
Pero
no
había
nada.
Era
como
si
se
hubiera
desvanecido.
Durante
mucho
tiempo
sus
hermanas
pensaron
que
tal
vez
ya
estaba
muerta.
Pero
su
mamá
no
sentía
lo
mismo.
Incluso
creía
que
algún
día
podía
volver.
Por
eso
nunca
dejó
de
esperarla,
hasta
el
final
de
su
vida.
El
día
que
murió,
a
finales
del
2011,
Gisela
estaba
con
ella.
Y
recuerda
que
no
dejaba
de
hablar
de
Morella.
Le
encomendó
una
misión:
debía
asegurarse
de
que
siempre
alguien
de
la
familia
viviera
en
el
último
apartamento
en
el
que
Morella
había
vivido
con
ellas.
Sabía
que
su
hija
no
olvidaría
esa
dirección
y
si
alguna
vez
regresaba,
iría
a
buscarlas
allí.
Y
aunque
Morella
no
aparecería
hasta
casi
diez
años
después, cuando
lo
hizo,
la
única
dirección
que
pudo
darle
a
la
policía
era
esa
misma
en
la
que
había
pensado
su
mamá.
Y
sirvió.
Ahí
todavía
vivía
una
de
sus
sobrinas,
cumpliendo
la
promesa
que
le
habían
hecho
a
la
mamá
de
Morella.
Cinco
días
después
de
escapar
Morella
volvió
a
Valencia,
la
ciudad
donde
antes
vivía
con
su
familia.
Allí
se
instaló
con
su
hermana
Graciela,
su
marido
y
sus
hijos.
Cuando
estaba
a
solas
en
su
cuarto,
dos
cosas
ocupaban
su
mente:
su
mamá
y
lo
que
le
esperaba
con
el
proceso
judicial
contra
Enrique.
Él
estaba
detenido
en
una
dependencia
policial
desde
el
día
en
que
ella
lo
había
visto
en
el
Ministerio
Público.
Más
tarde,
supo
que
él
había
ido
hasta
allí
para
denunciar
su
desaparición.
Dos
días
después
de
su
detención,
en
una
audiencia
ante
el
Tribunal,
la
fiscal
lo
acusó
oficialmente
de
cuatro
delitos:
violencia
psicológica,
amenaza,
violencia
sexual,
y
esclavitud
sexual
en
acción
continuada.
Y
pronto
el
caso
se
volvería
aún
más
complejo.
Una
semana
después
de
que
Morella
escapó,
un
matrimonio
se
presentó
ante
la
fiscalía
para
denunciar
que
Enrique
también
se
había
llevado
a
su
hija,
Fanny.
No
la
veían
desde
1997,
cuando
dejó
la
casa
familiar para
irse
a
vivir
con
él,
diez
días
antes
de
cumplir
los
18.
En
ese
entonces
hicieron
la
denuncia,
pero
la
policía
les
dijo
lo
mismo
que
a
la
familia
de
Morella:
que
su
hija
se
había
ido
por
voluntad
propia
y
que
seguramente
regresaría.
Tres
años
después
supieron
que
Fanny
estaba
a
punto
de
tener
un
bebé,
pero
no
lograron
acercarse
a
ella. Y
ya
no
volvieron
a
saber
nada
más.
Hasta
que
diecinueve
años
más
tarde
vieron
en
los
medios
que
Enrique
había
sido
detenido
por
tener
cautiva
a
otra
mujer:
Morella.
La
policía
encontró
a
Fanny
en
un
apartamento
de
Los
Mangos, el
mismo
conjunto
residencial
del
que
había
escapado
Morella.
Su
hija
de
20
años
también
vivía
allí
y
salía
poco,
solo
para
ir
a
estudiar.
Enrique
pasaba
mucho
tiempo
allí
con
ellas
e
incluso
varias
noches
a
la
semana
se
quedaba
a
dormir.
A
Morella
le
costaba
creerlo.
Durante
todo
ese
tiempo
Enrique
había
vivido
tan
cerca…
La
fiscal
se
lo
confirmó
en
una
de
sus
entrevistas.
Yo
le
digo,
“Doctora,
¿usted
qué
me
está
hablando?
Pero
si
él
me
dijo
a
que
vivía
con
la
mamá”.
Me
dice:
«No,
mamita,
él
vive
en
el
edificio
de
enfrente,
en
el
apartamento
de
enfrente
y
tiene
hija».
Pero
eso
no
fue
lo
único
que
Morella
descubrió
sobre
Enrique
con
el
avance
de
la
investigación.
También
supo
que
estaba
casado
con
una
mujer
llamada
Ana
María
desde
1985.
O
sea,
desde
antes
que
ella
lo
conociera.
La
mamá
de
Ana
María
también
se
presentó
en
el
Ministerio
Público
después
de
que
se
conocieran
las
noticias
sobre
Morella.
Denunció
que
no
la
veía
desde
mayo
de
1985,
cuando
se
casó
con
Enrique.
Según
una
entrevista
que
le
dio
a
El
Pitazo,
la
historia
de
su
hija
no
era
muy
distinta
a
la
de
Morella
y
a
la
de
Fanny.
Todo
empezó
con
un
noviazgo
con
el
que
la
familia
no
estaba
de
acuerdo.
Se
casaron
en
mayo
de
1985
y
desde
ese
día
no
la
volvieron
a
ver.
Después
de
la
denuncia,
la
fiscal
ordenó
que
sacaran
a
Ana
María
de
la
casa
donde
vivía
con
Enrique
y
la
devolvieran
a
su
familia
mientras
le
realizaban
unas
pruebas
psicológicas.
Su
mamá
le
contó
a
El
Pitazo
que
la
mujer
con
la
que
se
encontró
era
muy
distinta
a
la
chica
que
se
había
ido
de
su
casa:
dijo
que
su
hija
era
una
joven
alegre,
deportista,
muy
activa,
y
que
ahora
se
había
encontrado
con
una
mujer
abstraída,
algo
ausente,
que
solo
hablaba
de
su
marido.
Ana
María
estuvo
con
su
familia
tres
días,
pero
después
quiso
regresar
a
su
casa.
Desde
allí,
grabó
un
video
de
5
minutos
y
lo
envió
a
los
medios.
Hola,
soy
Ana
María,
la
esposa
de
Matías
Enrique
Salazar
Moure…
Su
versión
era
distinta
a
la
de
su
mamá…
O
sea
yo
puedo
salir,
entrar,
es
más,
yo
tengo
la
llave
de
la
casa.
Lo
que
pasa
que
yo
no
soy
de
esas
personas
que
salen
a
la
calle,
porque
bueno,
no
soy
así…
En
ese
punto
el
caso
ya
era
una
de
las
principales
noticias
del
país,
y
todos
los
programas
de
televisión
hablaban
del
tema.
Hay
conmoción
en
Venezuela
por
el
caso
de
una
mujer
a
quien
su
pareja
mantuvo
encerrada
y
secuestrada
durante
31
años.
Un
calvario
al
que
este
hombre
conocido
como
“el
gordo
Matías”
sometió
a
tres
mujeres
más.
En
este
contexto,
en
febrero
de
2020
el
entonces
abogado
de
Enrique
dio
una
conferencia
de
prensa.
Ese
día,
frente
a
un
grupo
de
periodistas,
el
abogado
dijo
que
las
denuncias
de
Morella
y
Fanny
eran
parte
de
un
complot
internacional…
Son
manipuladas,
por
ciertas
personas
del
extranjero…
Y
habló
de
una
campaña
de
desprestigio
orquestada
desde
Perú,
España
y
Estados
Unidos…
La
venganza
contra
Matias
viene
internacionalmente
desde
el
Perú…
También
dijo
que
la
poligamia
no
es
delito
en
Venezuela…
que
lo
único
que
había
hecho
Enrique…
o
Matías…
era
eso:
tener
tres
familias. Pero
que
ninguna
de
ellas
había
estado
secuestrada.
Porque…
la
señora
Morella
tenía
su
juego
de
llaves,
tenía
su
carro,
tenía
su
celular…
si
usted
ve
bien
el
expediente
verificará
y
constatará
que
tiene…
ella
tiene
sus
dos
llaves.
Entonces
yo
no
me
explico
cuál
secuestro…
Lo
cierto
es
que
el
abogado
de
Enrique
no
fue
el
único
que
puso
en
duda
la
versión
de
Morella.
En
las
redes
sociales
muchos
preguntaban
lo
mismo:
por
qué
nunca
había
intentado
escapar.
Muchas
víctimas
de
violencia
de
género
suelen
recibir
preguntas
como
estas:
por
qué
no
se
fueron,
por
qué
no
pidieron
ayuda.
Ana
Lucía
Jaramillo
Sierra, psicóloga
especializada
en
violencia,
pareja
y
familia,
también
ha
escuchado
este
tipo
de
comentarios
muchas
veces
.
Ana
no
ha
tratado
a
Morella,
así
que
no
puede
hablarnos
de
sus
procesos
internos,
ni
de
los
de
Enrique,
pero
si
ha
estudiado
bien
cómo
es
que
un
noviazgo
puede
transformarse
en
una
relación
de
control,
sometimiento
y
sumisión.
Lo
primero
que
nos
explicó
es
que
un
control
así
de
extremo no
aparece
de
un
momento
para
el
otro.
Suele
ser
un
proceso
gradual…
Te
aisla
de
tus
amigos,
te
aísla
de
tu
familia.
Te
aísla
de
tus
redes
de
apoyo,
te
maneja
tus
cuentas,
te
maneja
tu
movilidad,
te
maneja
la
posibilidad
de…
de
hacer
las
cosas
que
te
gustan
para
tu
desempeño
profesional
y
eso
puede
ser
educación,
trabajo
o
cualquier
otra
ocupación.
Y
en
algunos
casos,
los
más
extremos,
ese
control
puede
llegar
a
ser
total.
Es
una
relación
en
donde
lo
más
grave
no
es
la
violencia,
sino
que
te
tienen
coercionada
tu
vida
y
te
tienen
privados
de
todos
tus
derechos.
Y
muchas
veces
esto
se
da
no
por
la
fuerza,
sino
por
la
manipulación,
por
la
coerción,
por
la
amenaza
de
cosas
que
no
te
va
a
dejar
hacer
o
no
vas
a
poder
hacer,
o
porque
te
empiezan
a
convencer
que…
que
realmente
vales
menos
y
no
eres
capaz.
Cada
nuevo
acto
de
control
se
suma
al
anterior,
hasta
que
se
naturalizan:
primero
no
salir,
después
no
atender
la
puerta,
más
tarde
no
ir
al
baño
sin
permiso…
Y
este
control
es
muy
potente,
porque
en
un
momento
ya
ni
siquiera
viene
desde
afuera.
Llega
un
momento
en
que
es
el
control
por
dentro.
Hay
una
internalización
de
la
voz
del
otro.
Se
vuelve
el
agresor
viviendo
por
dentro,
habita
por
dentro.
Y
esa
es
la
voz
que
se
vuelve
cada
vez
más
dominante.
Por
eso,
una
vez
dentro
de
una
relación
así,
salirse
es
muy
difícil.
A
pesar
de
que,
después
de
31
años,
Morella
había
logrado
escapar
físicamente,
en
los
primeros
meses
de
libertad,
el
encierro,
de
cierta
forma,
seguía
dentro
suyo.
Su
hermana
Gisela,
por
ejemplo,
recuerda
que
al
principio
seguía
comportándose
como
si
aún
estuviera
prisionera.
Y
ella
todo
pedía
permiso
y
veía
para
el
piso.
Tu
medio
hacías
algo,
no
qué,
y
ya
se
ponía
como
recogidita.
Le
daba
pena
todo.
Se
pasaba
el
día
encerrada.
Le
costaba
socializar,
ya
no
sabía
cómo
actuar
cuando
estaba
con
otras
personas.
¿Qué
anécdotas
puedo
compartir
si
no
viví
nada?
No
tengo
viajes
que
contar,
o
vacaciones,
o
episodios,
o
cosas
de
trabajo
o
compañeros.
Nada.
No
tenía
nada
que
decir.
También
lloraba
mucho.
Y
es
que
al
duelo
por
su
madre,
se
sumaba
el
duelo
por
todo
un
mundo
que
se
había
desvanecido
mientras
ella
no
estaba.
Los
parientes
que
habían
muerto.
Los
amigos
que
se
habían
ido
del
país.
Todas
las
noticias
me
cayeron
de
golpe.
Una
y
otra
y
otra
vez
le
pregunto
a
mi
hermana
qué
fue
lo
que
pasó
con
esto?
¿Qué
fue
lo
que
pasó
con
otro?
Y
mi
hermana,
con
toda
la
paciencia
del
mundo,
me
vuelve
a
contar.
En
marzo
del
2020,
dos
meses
después
de
escapar,
Morella
cumplió
50
años.
En
ese
festejo
no
estuvo
esa
familia
que
ella
recordaba,
pero
una
nueva,
formada
por
sus
sobrinos
y
sobrinas,
que
habían
crecido
escuchando
historias
sobre
ella
y
viendo
sus
fotos.
Ellos
le
enseñaron
a
usar
algunas
cosas
básicas
de
este
nuevo
mundo.
Los
celulares
inteligentes,
por
ejemplo.
De
repente
me
encontré
con
un
teléfono
de
pantalla
táctil
y
yo
me
complicaba
mucho…
decía
“con
esta
cosa
uno
no
la
puede
agarrar
porque
cualquier
cosa
que
uno
agarra
en
la
pantalla
se
me
mueve…”
Sus
sobrinos
le
enseñaron
a
hacer
llamadas,
abrir
el
correo
electrónico,
chatear
y
navegar
por
internet.
Una
de
las
primeras
cosas
que
hizo
fue
entrar
a
YouTube.
En
sus
últimos
años
de
encierro,
ella
ya
había
oído
en
la
radio
algunos
de
estos
nombres:
Twitter,
Facebook…
Y
estaba
en
eso,
aprendiendo
a
vivir
en
el
siglo
XXI,
cuando
llegó
la
pandemia.
El
13
de
marzo
del
2020,
Venezuela
declaró
el
estado
de
alarma.
Morella
iba
en
el
carro
con
una
de
sus
hermanas
y
sus
sobrinos
cuando
escuchó
el
anuncio
de
las
medidas
de
confinamiento.
Y
yo
decía
no
puede
ser.
O
sea,
no
puede
ser…
o
sea
yo
me
voy
a
tener
que
encerrar
otra
vez.
No
puede
ser.
Una
cosa
increíble:
seis
semanas
fue
lo
único
que
yo
pude
disfrutar
entre
comillas,
de
no
saber
lo
que
era
el
confinamiento.
Seis
semanas
para
pasar
de
un
encierro
a
otro.
Pasó
gran
parte
del
2020
confinada.
Los
primeros
meses
casi
no
salía
de
su
cuarto.
Le
costaba
incluso
salir
a
caminar.
Pero
poco
a
poco,
sus
hermanas
lograron
sacarla
de
ese
letargo.
El
celular
que
le
dieron
también
le
abrió
todo
un
mundo
nuevo.
En
Facebook
buscó
a
sus
amigos
del
bachillerato.
Al
principio no
encontró
a
nadie,
y
ella
tampoco
se
animaba
a
poner
su
nombre
en
su
cuenta.
Lo
hizo
recién
a
comienzos
de
2021,
y
enseguida
recibió
una
solicitud
de
amistad.
Cuando
veo
el
nombre
y
es
una
compañera
de
clases…
En
eso
le
mando
la
respuesta
y
me
manda
ella
respuesta
y
todo
fue
por
Facebook.
Y
¿cuál
es
mi
sorpresa?
Que
al
día
siguiente
son
otras
dos
amigas.
Y
después
otra.
En
pocos
días,
se
puso
en
contacto
con
varias
de
sus
amigas
del
bachillerato
y
cuando
las
medidas
sanitarias
lo
permitieron,
hasta
se
reunió
con
ellas
en
persona.
La
vida
empezó
a
moverse
de
nuevo.
Consiguió
un
empleo
como
ayudante
de
cocina
en
una
pizzería
y,
poco
a
poco,
fue
perdiendo
el
miedo
a
salir
a
la
calle
sola.
Cuando
la
entrevisté
por
primera
vez,
en
mayo
del
2021,
todavía
trabajaba
allí.
Ya
se
ubicaba
bien
en
la
ciudad,
pero
aún
le
costaba
hacerse
escuchar.
Hablaba
bajito,
como
en
sus
días
en
Los
Mangos. Volví
a
hablar
con
ella
en
febrero
del
2022,
cuando
estábamos
por
cerrar
esta
historia.
Quería
saber
qué
había
pasado
en
todo
este
tiempo
y cómo
había
vivido
ese
año
de
libertad
reducida
por
la
pandemia. Fue
difícil
coordinar
la
charla,
porque
había
conseguido
un
trabajo
nuevo
en
una
pequeña
empresa
y
tenía
muy
poco
tiempo
libre.
Sonaba
más
animada,
incluso
sentí
que
ya
hablaba
más
fuerte.
Me
contó
que
la
primera
semana
en
su
nuevo
empleo
no
durmió:
temía
no
hacerlo
bien.
Después
de
pasar
30
años
encerrada,
sin
hablar
casi
con
nadie,
tendría
que
atender
a
desconocidos
sentada
detrás
de
un
computador.
Morella
me
dijo
que
le
costó
mucho
conseguir
ese
empleo,
con
50
años
y
casi
sin
experiencia
laboral.
Al
final,
una
persona
cercana
la
ayudó
a
encontrarlo.
Sus
hermanas
la
siguen
apoyando
con
todo,
pero
hay
cosas
que
fueron
y
siguen
siendo
difíciles.
Sobre
todo
la
falta
de
asistencia
psicológica,
que
se
cortó
cuando
empezó
la
pandemia
y
nunca
más
se
reanudó.
Del
proceso
judicial
contra
Enrique
sabe
poco,
mucho
menos
de
lo
que
le
gustaría.
Como
hoy
vive
en
Valencia,
su
único
contacto
con
la
Fiscalía
es
por
Whatsapp
y,
según
me
contó,
la
fiscal
le
dice
que
todo
va
bien,
pero
que
prefiere
no
compartir
datos
sensibles
por
esa
vía.
Y
Morella
no
tiene
dinero
para
viajar
a
Maracay.
No
sabe
quién
ha
declarado
en
las
audiencias,
ni
cuándo,
y
esa
falta
de
información
la
preocupa
mucho:
teme
que
el
juicio
se
estanque
y
que
no
haya
justicia
por
los
31
años
que
perdió
de
su
vida.
Treinta
y
un
años
desde
que
era
esa
adolescente
de
pelo
crespo
y
oscuro,
que
disfrutaba
de
ir
a
la
playa
con
sus
amigas
y
sus
hermanas.
A
algunas
de
esas
amigas
volvió
a
verlas
y
con
sus
hermanas
está
intentando
recuperar
el
tiempo
perdido.
Pero
aún
no
ha
podido
volver
a
la
playa.
Ese,
me
dijo,
es
un
sueño
que
le
gustaría
cumplir
pronto:
volver
a
ver
el
mar.
Matías
Enrique
Salazar
se
encuentra
detenido
en
Maracay
mientras
se
desarrolla
el
juicio
en
su
contra.
Según
los
documentos
disponibles,
al
elevar
su
caso
a
juicio,
el
Ministerio
Público
lo
acusó
de
los
delitos
de
violencia
psicológica,
amenaza,
violencia
sexual
y
esclavitud
sexual
contra
Morella
y
de
violencia
psicológica
contra
otras
tres
mujeres,
entre
ellas
su
hija.
El
abogado
de
Enrique,
Luis
Perdomo
Franco,
no
aceptó
hablar
con
nosotros
para
este
episodio.
La
fiscal
Daniela
Corsini,
que
lleva
el
caso
en
esta
instancia,
tampoco
accedió
a
darnos
una
entrevista.
Este
episodio
fue
reporteado
por
Mariana
Zúñiga
y
producido
por
Emilia
Erbetta.
Mariana
es
productora
en
El
hilo
y
vive
en
Caracas.
Emilia
es
nuestra
asistente
de
producción
y
vive
en
Buenos
Aires.
Esta
historia
fue
editada
por
Camila
Segura,
Nicolás
Alonso,
Aneris
Casassus
y
por
mí.
Desirée
Yépez
hizo
el
fact
checking.
El
diseño
de
sonido
es
de
Andrés
Azpiri
con
música
original
de
Ana
Tuirán.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Paola
Alean,
Lisette
Arévalo,
Fernanda
Guzmán,
Camilo
Jiménez
Santofimio,
Rémy
Lozano,
Ana
Pais,
Laura
Rojas
Aponte,
Barbara
Sawhill,
Elsa
Liliana
Ulloa,
David
Trujillo
y
Luis
Fernando
Vargas.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios,
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
de
Hindenburg
PRO.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
¿Necesitas
ayuda?
Si
estás
sufriendo
maltrato
o
quieres
ayudar
a
alguien
que
lo
está
viviendo,
te
recomendamos
llamar
a
una
línea
local
de
atención
contra
la
violencia
de
género.
ONU
Mujeres
tiene
un
listado
de
números
de
asistencia
y
recomienda
este
banco
de
datos
de
organizaciones
que
brindan
servicios
por
país.
Check out more Radio Ambulante

See below for the full transcript

Hola ambulantes, ¿ya se registraron para el Radio Ambulante Fest? Esta edición de nuestro festival virtual se llevará a cabo del 20 de abril al 5 de mayo…. y tenemos un poco de todo, conversaciones sobre literatura y música, con figuras como John Green y Rita Indiana. Sobre Medio Ambiente, con Ramón Cruz, el primer director latino del Sierra Club y la activista Brigitte Baptiste. Sobre periodismo, con pioneros como Ira Glass y Alma Guillermoprieto. Además tenemos talleres prácticos sobre edición, producción y mucho más. Son nueve eventos en total, y cada boleta que vendemos nos ayuda a seguir produciendo historias como la que vas a escuchar hoy. Puedes ver todo el cronograma en radioambulante.org/fest. Una advertencia: este episodio contiene escenas de violencia de género. Esto es Radio Ambulante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Esta historia arranca en un apartamento. En el centro de Maracay, en Venezuela. Es un lugar pequeño, que está casi siempre a oscuras: las ventanas están cubiertas por cortinas gruesas, así que de día apenas entra la luz del sol. Solo hay tres bombillos en la casa: en la cocina, en el baño y en el dormitorio. El otro espacio, la sala, está siempre a oscuras. Y por más de una década… cualquiera que lo viera desde afuera, pensaría que está desocupado, quizás en alquiler o esperando a que lo vendan. Los vecinos nunca ven a nadie, ni en el pasillo, ni asomado a la ventana. Solo escuchan, a veces, el murmullo de una radio, que suena muy bajito. Y aunque el apartamento parezca vacío, ahí vive una mujer. Su nombre es Morella León y, desde hace años, sus días son todos iguales. Levantarme, prender el radio, ir al baño, tender la cama, limpiar el apartamento, preparar el desayuno, cepillarme los dientes, fregar, sentarme a ver televisión, seguir con el radio prendido… Esta rutina se interrumpe solo algunas veces, cuando llega a visitarla un hombre. En Maracay, muchos lo conocen como el Gordo Matías. Pero para ella, él es Enrique. Matías… o Enrique… llega sin avisar. Tiene sus propias llaves, así que tampoco necesita golpear. Es seis años mayor que ella y siempre que va al apartamento le lleva comida, papel higiénico y productos de limpieza. En el apartamento, Morella tiene un teléfono celular, que solo usa para llamarlo a él. También hay unas llaves, que cuelgan de un clavito al lado de la puerta. Pero Morella no se anima a usarlas. Algunos días, las mira durante horas, pero no las toca, ni siquiera para quitarles el polvo. Y es que Morella no sale del apartamento. Nunca. Jamás. Por nada del mundo. Una breve pausa y volvemos. Este mensaje viene del patrocinador de NPR, Carmax. Imagina comprar un auto a tu manera. En línea, desde la comodidad de tu hogar. En persona en el lote. O una combinación de ambos. CarMax te permite elegir cómo comprar. Incluso llevan tu auto a la puerta de tu casa en mercados selectos. Y sin importar cómo compres, CarMax te tiene cubierto gracias a una garantía de reembolso de 30 días o mil quinientas millas. Conoce más y empieza a comprar en CarMax.com. CarMax. Reinventando la compra de autos. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Esta historia fue producida por Emilia Erbetta y reporteada por Mariana Zúñiga. Mariana nos cuenta. La vida de Morella no siempre fue así. Nació en 1970 en Valencia, como a una hora de Maracay. Eran cinco hermanos: cuatro mujeres y un hombre, y Morella era la menor. Y aunque sus papás se separaron cuando ella todavía era pequeña, tuvo una infancia feliz. Su papá los llevaba a pasear y el resto del tiempo estaban con su mamá, que se encargaba de que todo en la casa estuviera bien. Además, ella tenía dos trabajos: era docente y abogada, y llevaba todo con bastante rigor. Era estricta con sus hermanos, pero con Morella sentía una especie de debilidad. Era la consentida de todos. Cuando era adolescente, Morella vivía con su mamá y dos de sus hermanas en un conjunto residencial. Durante la semana iba al colegio y los fines de semana se encontraba con sus amigas en el cine o en los centros comerciales. Otras veces iba a la piscina o a la playa con sus hermanas. Le encantaba tomar sol. En julio de 1987, cuando tenía 17 años y estaba a punto de graduarse del colegio, viajó a Maracay con una amiga. Las dos tenían planes de estudiar turismo allí y un amigo se ofreció a llevarlas. Llegaron a la ciudad, estuvieron un rato en el apartamento de su amigo y después buscaron una parada de autobús para ir hasta el centro. Querían aprovechar el día para buscar información sobre la carrera y conocer la ciudad. Después de todo, sus planes eran mudarse allí juntas en unos meses. Mientras esperaban el autobús, un chico paró su carro junto a ellas. Este hombre joven nos pregunta «Hola, ¿para dónde van?» Y entonces yo le contesto “Mira, nosotros vamos hacia el centro». Él les explicó que si querían ir hacia allá, estaban en el lado equivocado de la calle y se ofreció a llevarlas. Morella y su amiga se miraron y después de un momento, bueno, se subieron al carro. En el camino se presentaron. Les dijo que se llamaba Enrique y les preguntó de dónde eran. Morella le contó que venían de Valencia y que tenían planes de estudiar allí, en Maracay. Se fueron conversando todo el camino y él les fue mostrando la ciudad. Su amiga no hablaba demasiado, pero a Morella, Enrique le llamó la atención desde el primer momento en que se subió al carro… le pareció atractivo: tenía 22 años, piel blanca, ojos verdes y cabello castaño lacio, por los hombros. Era alto y bastante grande; la doblaba en tamaño. A Morella, algo en especial la cautivó: Es un hombre que tiene una voz realmente impresionante…. voz casi como de locutor… además de que era bastante sonriente, él siempre iba en el camino hablando y sonriendo y muy relajado. Cuando llegaron al centro, él les pidió el número de teléfono. Morella, sin dudarlo, se lo dio. Y él le dio una tarjeta. Entonces yo veo que en la tarjeta dice Matías, la inicial E., Salazar. Matías Enrique Salazar. Ese era su nombre completo. Después de intercambiar números se bajaron del carro. Cuando nosotros nos despedimos, él me dijo «un día de estos te llamo, ¿quién quita que yo vaya a Valencia y entonces podamos salir a pasear? Esa tarde Morella y su amiga regresaron a Valencia y esa misma noche, Enrique la llamó. Conversaron un rato, y al día siguiente la volvió a llamar. Empezó a llamarla todos los días y menos de dos semanas después la visitó en Valencia. e vieron un puñado de veces ese primer mes y él le propuso que fueran novios. Yo le dije «Mira, si tú quieres salir conmigo, si tú quieres que yo, tu y yo seamos novios, yo quiero presentarte a mi familia, porque a mi mamá le gusta que uno le presente a los novios». Y así fue. Enrique llegó un día a la casa de Morella para una presentación oficial. A su mamá le impresionó que fuera mayor que su hija, pero Morella parecía contenta, así que al principio lo aceptó. Pero muy rápido empezó a preocuparle la relación. Las visitas de Enrique eran demasiado tarde. Él salía de Maracay después del trabajo, así que llegaba tipo siete y se quedaba hasta después de las diez, once de la noche. Cuando regresaba a Maracay la llamaba desde un teléfono público y hablaban hasta la madrugada. Su mamá empezó a molestarse cada vez más… Morella esta no es hora para que tú estés hablando por teléfono. Morella esta no es hora para que él te esté llamando. Y frente a los reproches, Morella, la hija consentida, por primera vez, empezó a confrontar a su mamá. Yo le contestaba feo a mi mamá. Sentía que me estaban fastidiando mucho, que no me estaban comprendiendo, que lo mío era una situación especial porque yo tenía un novio que vivía en Maracay y entonces él me llama cuando puede y cuando puede es en cualquier momento. Morella cuenta que Enrique le empezó a pedir que no saliera demasiado, porque él podía llamar y no encontrarla. Entonces dejó de hacer esas cosas que antes le gustaban tanto: ir al cine con sus amigas o sus hermanas, a la playa y a los centros comerciales. Ahora se quedaba todo el día en su casa, esperando que Enrique la visitara o la llamara. A su mamá, esto la desesperaba. Me decía «Morella, estás perdiendo el tiempo, se te está pasando el tiempo, ¿dónde están tus planes?” No es normal que tú estés encerrada en esta casa sola esperando a que ese hombre te llame. Sus planes de estudiar al terminar la secundaria habían quedado suspendidos. Enrique le decía que no era momento de empezar la carrera porque si su mamá le pagaba los estudios, iba a controlarla. Que lo mejor era que comenzara una vez que se mudara con él en Maracay. Y él se haría cargo de esos gastos. Fue ahí cuando él comenzó a tratar de empezar a marcar distancia entre mi familia y yo. Y le fue resultando, porque yo fui distanciándome de mis hermanas y de mi mamá. Yo llegué un momento a aislarme tanto y a separarme de mi familia, que yo no hablaba con ellas estando en la misma casa. Así de sencillo. Las visitas de Enrique se volvieron más y más incómodas para su familia. Él llegaba, Morella lo recibía y se instalaban durante horas en la sala. Enrique no le dirigía la palabra a nadie más que a ella. Nunca saludaba a la madre o a la hermanas, ni cuando llegaba ni cuando se iba. Algunas veces, apenas las miraba. A ella no le molestaba, porque estaba feliz de que él estuviera allí. Un día, Graciela, la hermana mayor, lo confrontó y terminaron peleándose muy fuerte. Después de eso, Morella recuerda que Enrique le dijo: «Yo estoy harto de tu familia». O sea, «no soporto más a esa gente”. Yo no vuelvo a subir a esa casa. Entonces vamos a hacer una cosa. Cuando yo venga a visitarte, yo te toco el intercomunicador y tú bajas». De ahí en adelante, él tocaba el timbre, Morella bajaba y se iba durante horas. Cuando regresaba, siempre muy tarde, volvía a pelear con su mamá. Y así pasó todo el año 1988, presionada entre su familia y su novio. La situación en su casa era insostenible y ella estaba muy cansada. Casi no comía y dormía mal porque se quedaba hablando con él hasta la madrugada. En diciembre, unos días antes de Navidad, decidió que iba a hablar con Enrique. Había llegado a un límite. Aunque estaba enamorada, sentía que la única salida era alejarse de él y también de su familia. Cuando era pequeña, había vivido con su tía en el campo, quizás ahora podía irse donde ella por un tiempo. La noche del 22, Enrique la llamó por teléfono, y Morella le dijo lo que estaba pensando. Le digo mira, yo estoy muy cansada de esta situación, o sea, yo tengo más de un año con esta pelea constante. Yo estoy agotada. Entonces yo quiero terminar mi relación contigo y me voy a tomar un tiempo también con mi familia. A Enrique lo tomó por sorpresa pero de inmediato reaccionó…. Entonces él me dice «Pero ¿cómo vas a terminar conmigo? Tú y yo tenemos demasiado tiempo haciendo planes como para que tú decidas que todo ya se va a acabar y ya…” Morella siguió insistiendo que no y finalmente logró colgarle el teléfono. Pero unos 50 minutos después sonó el timbre. Enrique estaba en la portería de su casa. Allí siguieron hablando. Y logró convencerme. Él me dijo “recoge tus cosas esta noche porque te vienes conmigo mañana… Le estaba proponiendo irse con él a Maracay. En ese momento, no lo pensó mucho. Lo veía como la única forma de seguir la relación. Yo le dije: «OK, yo recojo mis cosas y nos vemos mañana». Un rato después, sin que nadie la viera, metió algo de ropa y maquillaje en unas bolsas, las escondió y se acostó. Su hermana Gisela dormía en la misma habitación y entre sueños la vió moverse por el cuarto, como si estuviese preparando algo, pero no le prestó demasiada atención. A la mañana siguiente, Morella se levantó muy temprano y salió de su casa. Sin despedirse, tomó un bus hacia Maracay. Era un viaje que ya había hecho muchas veces. Pero esta vez era distinto. Ya tenía 18, era mayor de edad, y no iba de visita, iba para quedarse. Enrique fue a buscarla a la terminal de Maracay. Cuando se subieron al carro, empezó a hablar. Me dice: “Bueno, ya a partir de este momento las cosas van a ser sólo tú y yo. No tienes de qué preocuparte por nada porque yo me voy a encargar de cubrir todos los gastos”. Morella lo escuchó sin contradecirlo. Recuerda que desde la terminal la llevó directo a un hotel. Enrique le explicó que él seguiría en su casa, donde vivía con su madre, a quien Morella no conocía. También le explicó que era mejor que no saliera, porque las calles de Maracay eran peligrosas. Y por último le dio una instrucción muy clara: Me dice “no abras la puerta porque tú no sabes quién te está tocando… No importa si te dicen que es el gerente del hotel o que lo que sea. Deja que esa gente toque y ya”. Para que Morella supiera cuándo era él, iba a tocar la puerta con una clave. En ese momento a Morella no le llamaron mucho la atención todas esas reglas. Ella solo quería estar con él y unos días en un hotel pues se sentían como una luna de miel. Por supuesto yo estaba brincando en una pata de la felicidad, porque estaba con el hombre del cual estaba absolutamente enamorada. Ya por fin estaba concretando lo que muchas veces hablamos por meses de cómo iban a ser las cosas una vez que estuviésemos juntos. Estuvo dos semanas en esa habitación. No salía nunca, se pasaba el día en la cama mirando televisión esperando a que él llegara. Enrique iba a visitarla por las noches y a veces se quedaba a dormir. Llevaba comida para que cenaran juntos y para que ella comiera al día siguiente. Dos semanas después, la llevó a otro hotel. No era un hotel de lujo, pero era cómodo, lindo. Y ahí Morella siguió con la misma rutina: no salía ni hablaba con nadie más que con él. Y cuando finalmente él llegaba, ella se ponía feliz. Estuvo dos meses más allí, hasta que un día Enrique la llevó a un lugar en el centro de Maracay. Morella me lo describió como un espacio pequeño, que no llegaba a ser un apartamento y era más bien una habitación con puerta de salida independiente. Cambiaba de lugar, pero no de rutina. Y dependía de Enrique para todo. Estaba allí cuando una tarde, tres meses después de que ella dejara su casa, Enrique le dijo que tenían que hacer una llamada. Como en esa habitación no había teléfono, la llevó hasta una cabina pública. Lo que le pidió la sorprendió un poco: que llamara a su mamá. Y yo le pregunté que ¿por qué? Él me dice: “porque tu mamá fue a mi casa a preguntar por ti, entonces está molestando a mi familia» Marcó el número de su casa y del otro lado contestó una de sus hermanas. Y yo le digo “pásame a mi mamá”. Y ella me pregunta: «Morella, ¿cómo estás?» Le digo «bien, pásame a mi mamá”. Yo muy altiva… En ese momento estaba enojada con todas ellas, porque Enrique la había convencido de que querían separarlos. Me dijo que por eso, cuando su mamá se puso al teléfono, repitió lo que él le había pedido que dijera. «Mamá, no sigas yendo a esa casa, o sea no molestes a esa gente, no molestes a esa familia, porque yo no estoy ahí, yo no estoy en esa casa». Esa casa de la que hablaba Morella era la casa de la madre de Enrique. Ella nunca había estado allí. Y tampoco conocía a la madre de su novio. Entonces mi… mi mamá me dice «Bueno hija, pero es que yo quería saber cómo estabas». «Yo estoy bien, yo estoy bien, yo estoy feliz, yo estoy bien y yo estoy decidida a quedarme”. Y la última cosa que le escuché a ella, fue su bendición…Me dijo “bueno, que dios te bendiga, hija…” A Morella le pareció que Enrique sonreía, pero no entendió por qué. Durante algunos meses más, la vida de Morella en esa habitación siguió sin muchos cambios, hasta que un día Enrique puso una nueva regla. Recuerda que estaban viendo televisión juntos en la cama y ella se levantó para ir al baño. Cuando volvió, él se veía enojado. Yo “ay, ¿qué te pasa”? Y me preguntó «¿Por qué no me avisaste que ibas al baño?» La reacción la sorprendió. Era la primera vez que le preguntaba algo así. Y él me dijo de ahora en adelante me avisas. Y entonces yo… de ahí en adelante, me levantaba y le avisaba. Pero no era suficiente con avisarle, también debía esperar que él le diera permiso. Morella se acuerda que, algunas veces, Enrique la hacía esperar unos minutos y después la autorizaba. Esa dinámica se convirtió en parte de su rutina cuando él iba a visitarla. Pero, en ese momento, Morella no lo veía como nada malo. Se lo pregunté directamente… si no le parecía raro, y me dijo que no, que en ese punto, ya estaba acostumbrada a hacer lo que él decía. Simplemente si… si él quiere que yo le avise, yo le aviso y ya… Morella no está realmente segura de las fechas, pero ella cree que fue alrededor del año 90 o 91 cuando Enrique la llevó a otro lugar. Era un apartamento en el centro de Maracay, tenía un solo ambiente y un solo baño. Le cuesta recordar con precisión cuándo sucedieron algunas cosas. En el encierro, todos los años se parecen. Lo que sí recuerda es que ya habían pasado al menos uno o dos años desde que se había ido de su casa. Y que, excepto por esa llamada que había hecho a su madre, en todo ese tiempo no había vuelto a hablar con nadie más. Tampoco había salido a la calle sola, ni siquiera para hacer compras. Enrique era el centro de su vida. Era toda su vida. A ese nuevo apartamento Enrique llevó una llave. Le dijo que era para usar en caso de emergencia. A Morella le sorprendió un poco que fuera solo una, porque para entrar y salir del apartamento había que abrir una puerta y una reja. Pero pronto se olvidó de ella. Yo no le presté atención porque como mi intención tampoco era salir porque yo lo que hacía era esperarlo a él, no me pareció nada del otro mundo. Un día, Morella tomó la llave y la probó en la puerta. Como no funcionó, la volvió a poner en el mismo lugar. Más tarde, llegó Enrique. Cuando él llega, él me reclama, me dice ¿por qué agarraste la llave? Y yo me puse nerviosa, porque yo no entendía cómo es que él se había dado cuenta de que yo había agarrado la llave. Y como me dio miedo le dije “No, yo no agarré la llave”. Pero Enrique insistió. Me dice: “Claro que agarraste la llave, ¿para qué agarraste la llave?” Ella seguía negándolo, pero Enrique no le creía. Así que terminó aceptándolo. Le dijo que sí, que sólo había querido probarla. Enrique reaccionó. Entra agarrarme por el pelo, agarrarme por la nuca y doblarme, apretarme mientras me tenía con la… con la espalda doblada hacia abajo. Morella recuerda que todo duró casi una hora. A partir de ese momento, de ese evento con la llave, yo caí en cuenta de que yo le tenía miedo. Y el cambio no fue sólo en ella. Incidentes violentos como el de la llave empezaron a ser más frecuentes. Cada vez que se enojaba por alguna razón, Enrique la tomaba de los brazos y la sacudía tan fuerte que le dejaba moretones. Otras veces, le rodeaba el cuello con las manos… Y sé que me asfixiaba hasta casi desmayarme, porque yo perdía noción de lo que estaba pasando a mi alrededor. Entonces, Morella empezó a ser mucho más cuidadosa con sus movimientos. Cuidaba lo que hacía y lo que decía. Pensaba que si se comportaba como Enrique quería, las cosas iban a estar siempre bien. Y no eran solo ideas suyas. Me lo decía una y otra vez: “Es que si las cosas salen mal es porque tú no haces lo que sabes que tienes que hacer”. Ya ahí estaba yo en el: «Compórtate como a él le gusta, porque si él se molesta la culpa es tuya». Morella recuerda que fue en 1992 cuando Enrique volvió a cambiarla de lugar. Ya tenía 22 años y era la cuarta vez que la movía. Cada vez que la mudaba, las reglas eran las mismas: no salir y no hablar con nadie. Esa vez, la llevó a un apartamento en la urbanización Los Samanes que era solo un poco más grande que el anterior. Y allí, de nuevo, dejó unas llaves. Pero estas llaves ya tenían un significado diferente para ella. No eran una posibilidad de salir. Por el contrario, se convirtieron en una tortura psicológica. Se obsesionó con ellas. Jamás las limpiaba ni las tocaba. Rogaba para que se ensuciaran. Cuando por fin eso empezó a ocurrir, yo respiraba tranquila porque él llegaba y entonces veía que las llaves estaban sucias y con telaraña y ya no me miraba con sospecha. Cada día que pasaba se sentía más deprimida. Ya era claro que muchas de las cosas que su mamá le había dicho sobre Enrique eran ciertas. Veía cómo se me estaban pasando los años y no estaba haciendo nada con mi vida. Veía cómo mi relación con él no era ni la sombra de lo que habíamos hablado durante meses. No podía hablar de esto con él ni con nadie. Y recuerda que, cada vez que intentaba decirle que no era feliz, que siempre estaba sola, él se enfurecía. Él me decía bueno esa eres tú que te estás sintiendo mal porque yo estoy bien, yo estoy bien, para mí las cosas están bien. Mira, dime qué te falta, no te falta nada. Para ese momento, a mediados de los 90, las visitas de Enrique ya no eran tan frecuentes. Solo pasaba dos o tres veces por mes a dejarle comida y productos de limpieza. Ella no tenía cómo saber en qué momento llegaría. Pasó toda esa década encerrada, sin que nada cambiara demasiado. En esos diez años, apenas salió un par de veces para ir al médico. Pero nunca sola. Enrique la recogía en su carro y la acompañaba en todo momento. Recuerda que una de esas veces le costó mucho salir del apartamento. Era como si ya no supiera cómo estar en la calle. Cuando él va a abrir la puerta del apartamento, yo empiezo a temblar, yo empiezo a temblar y empiezo a llorar y él me dice: “Tranquila que estás conmigo”. Morella recuerda que, a principios de los 2000, Enrique dejó en el apartamento un teléfono celular. Era uno de esos con tapita que servían para enviar y recibir mensajes de texto, pero que todavía no tenían acceso a internet. Ella nunca había visto uno de esos aparatos antes. Enrique agregó su número para que pueda llamarlo apretando un solo botón. Y le dijo que cuando él la llamara, aparecería un mensaje en la pantalla. Así sabría que era él. ¿Y qué era lo que decía la pantalla? Te quiero. Te quiero mucho. Morella no terminaba de entender cómo funcionaba ese aparatico, y temía que si llamaba a alguien más, él iba a enterarse. Él mismo se lo había dicho… Yo tengo el control de este teléfono. Yo sé quién llama y quién no llama. Podría haber llamado a su familia, recordaba el número de la casa, pero no solo le daba miedo la reacción de Enrique. Después de tantos años, también temía que no quisieran verla. Un día de agosto de 2002, Enrique fue a verla y le ordenó que juntara un poco de ropa. Tenía que dejar el apartamento mientras hacían reparaciones en el techo. Como siempre, Morella obedeció. Puso algunas prendas en una bolsa, lo justo para pasar algunos días fuera. Y se llevó con ella las almohadas y la radio. Salieron del edificio por la noche, en el carro de Enrique. Morella llevaba cuatro años sin salir, y en la oscuridad apenas alcanzó a vislumbrar cuánto había cambiado la ciudad en todos esos años. Se había enterado de algunas cosas por la televisión y la radio: el Caracazo en el 89, el intento de golpe de Estado en el 92, el ascenso de Chávez en el 99, las protestas callejeras… Pero aunque su país cambiaba, su vida seguía igual: de encierro en encierro. El nuevo apartamento estaba en un conjunto residencial muy grande llamado Los Mangos. Eran seis torres y ella estaría en el cuarto piso de la torre C. Cuando llegaron, estaba a oscuras. Había un colchón en el piso y las ventanas estaban cubiertas con cortinas gruesas. Morella me dijo que esa noche Enrique la dejó allí y se fue. Al día siguiente volvió para dejarle comida y, unos días más tarde, le llevó algunas cosas para limpiar el apartamento, que estaba muy sucio. Ella se sentía incómoda en ese nuevo lugar, pero cada vez que le preguntaba a Enrique cuánto faltaba para volver, él le decía que había que esperar un poco más. En algún momento se dio cuenta de que ya no volvería al apartamento anterior. En ese nuevo lugar, Morella se movía sigilosa, como un fantasma. No se asomaba por la ventana ni abría la puerta, no importaba si había ruidos en el pasillo. Cuando limpiaba, lo hacía temprano en la mañana, para evitar que alguien pudiera notar sus movimientos. Cuando escuchaba la radio o miraba la televisión, lo hacía con el volúmen muy bajo. Porque él me decía no quiero que molestes a los vecinos, no quiero que los vecinos estén viniendo para acá a estar reclamando porque tú estás molestando. En marzo de 2003, siete meses después de llegar a ese apartamento, Morella cumplió 33 años. Y luego 34… y luego 35… y seguía allí cuando cumplió 40. Y también, cuando cumplió 49. 17 años repitiendo una rutina de la que no se despegaba nunca. Se despertaba muy temprano, y escuchaba siempre el mismo programa, un clásico venezolano. Nuestro insólito universo… Después, escuchaba el himno nacional y los titulares, y así empezaba otro día igual al anterior. Su rutina de siempre: prender la radio, ir al baño, tender la cama, limpiar el apartamento, preparar el desayuno… Esa rutina era una forma de mantener la cordura, pero también de sobrevivir. Yo sentía que constantemente estaba siendo vigilada por él y yo ya sabía: si yo no hago lo que él me dice, él va a saber que yo lo estoy haciendo fuera de las reglas. Y yo vivía por eso de forma autómata, haciendo lo que él me decía, para evitar problemas, porque ya yo sabía lo que me esperaba si salía de ese rango de comportamiento. Todos los días comía lo mismo: arepa con huevo, arroz y granos, pasta con salsa de tomate. La carne y las verduras, con la crisis venezolana, habían desaparecido hacía muchos años de su dieta cotidiana. Después de almorzar, veía un ratico más de televisión y se acostaba a dormir. Cuanto más tiempo durmiera, mejor. Porque ya yo sabía que bloquearme durmiendo era la mejor manera de llevar el día, día, tras día, tras día... Y, cuando no dormía, miraba televisión o escuchaba la radio. Algunos días, cambiar de dial era casi una compulsión. Incluso dañó varios aparatos así. No recuerda exactamente el día, pero sabe que fue un mediodía de 2019, cuando de nuevo empezó a jugar con la radio. Fue pasando de emisora en emisora buscando algo que le llamara la atención. Se detuvo cuando escuchó la voz de un hombre que hablaba sobre la violencia contra las mujeres y una ley que las protegía. Siguió escuchando. La periodista le preguntó al entrevistado qué delitos estaban tipificados en esta ley. Y cuando el hombre respondió, Morella empezó a sentir que estaba hablando de ella. Ah, pero a mí me pasa eso, ah, pero es que a mi me hace eso, ah pero es que él me hace esto también. Yo dije “Dios mío, ¡cuántas cosas!”. Siguió escuchando la entrevista, concentrada en todo lo que este hombre decía. Hasta que mencionó un lugar: el Instituto de la Mujer del Estado de Aragua, que estaba ahí mismo, en Maracay. Y por primera vez en muchos años, sintió que tenía un lugar dónde ir. Grabó en su mente el nombre del instituto y la zona en la que estaba. La idea de escapar empezó a hacerse más y más fuerte en su cabeza. Además, Enrique había vuelto a visitarla con frecuencia. Ya no llegaba sin avisar, sino que la llamaba por teléfono unas horas antes y siempre le ordenaba lo mismo: que se preparara. Cuando él me decía eso yo lo que hacía era pensar “Dios mío, otra vez no”. Ahora, el sonido de sus llaves la hacía entrar en pánico. Cuando él llegaba, ella debía salir de su cuarto, atravesar la sala y recibirlo. Después, él caminaba hasta la habitación. Fue la peor etapa, porque nosotros estuvimos bastante tiempo sin tener encuentros íntimos. Y esos últimos meses él volvió a buscarme. Yo al principio lo rechacé. Las primeras tres veces, pero después él no aceptaba un no por respuesta. Yo decido entonces que mi salida era esa: salir del apartamento e ir a ese lugar para buscar ayuda… Ese lugar sobre el que había escuchado en la radio. Una pausa y volvemos. Antes de la pausa Morella estaba decidida a salir del apartamento donde vivía encerrada, pero no sabía cómo hacerlo. Llevaba 31 años de esa vida, casi sin salir a la calle, dependiendo de un solo hombre para todo. Pero en 2019, cuando ya tenía 49 años, una entrevista que escuchó en la radio le hizo entender que su vida no podía seguir así. Mariana Zúñiga nos sigue contando. Desde que supo del Instituto de la Mujer, Morella empezó a pensar, por primera vez en 30 años, en escapar. Una opción era tomar las llaves de Enrique, las que usaba en sus visitas. Pero eso era demasiado arriesgado. También podía intentar salir con otras llaves, unas que él había dejado en el apartamento un tiempo atrás. Yo nunca me atreví a tocar las llaves y yo decía esas llaves no son de la puerta. Yo no creo que ese hombre me haya dejado esa llave para esa puerta… La noche del 23 de enero de 2020, cuando Enrique fue a verla, Morella sintió que llegó a un límite. Yo estaba hastiada, ya yo no aguantaba, buscaba la forma y la manera de que ese encuentro o esa visita fuese lo más corta posible, yo lo que quería era asearme, lavarme, bañarme, que él se fuese del apartamento lo más rápido posible… Cuando finalmente se fue, ya era la madrugada. Y Morella solo podía pensar en una cosa: las llaves. Por la mañana hizo el mismo ritual de todos los días: se levantó, prendió la radio, desayunó, se cepilló los dientes y limpió el apartamento. Después, se acercó hasta donde estaban las llaves y las observó durante un rato, para así memorizar cómo estaban colocadas. Así, si no funcionaban, al menos Enrique no se iba a dar cuenta de que las había agarrado. Cuando estuvo segura de que podía ponerlas de nuevo en la misma posición, las tomó y caminó hacia la puerta. Empecé a probar las llaves una por una. Cuando vi que abrió la primera cerradura, yo estaba muy emocionada y decía Dios mío. Dios mío, que los vecinos no salgan, que no me vean. Después, probó la segunda. Cuando veo que la segunda cerradura se mueve yo agarro una bocanada de aire, yo me emocioné, yo decía “Dios mío, gracias, Dios mío, gracias, dios mío gracias”. No podía creer lo que estaba a punto de hacer. Sentía una valentía nueva. Una que, después de tantos años, ya ni recordaba que tenía. Morella cerró la puerta, fue hasta su habitación, se cambió de ropa y, ahí sí salió del apartamento. Comenzó a correr por el pasillo. Bajó por las escaleras los cuatro pisos. En la planta baja se topó con una puerta y un vigilante sentado frente a un escritorio. Yo no sé qué fue lo que él vio en mí, que él me preguntó ¿Quiere que le abra? Yo le dije “Sí, sí, por favor…” Cuando le abrió, Morella salió caminando, simulando estar tranquila, sin apurar demasiado el paso. Apenas pongo pie en calle, empiezo a correr hacia la avenida. Paso la avenida y voy a un negocio y pregunto dónde queda Calicanto. Calicanto, la zona donde había escuchado en la radio que quedaba el Instituto de la Mujer. Pidió unas direcciones y comenzó a caminar. Era la primera vez en 30 años que andaba sola por la ciudad, bajo el sol. Se paralizaba cada vez que un carro pasaba cerca de ella. Le daba miedo que uno de esos fuera el de Enrique. No conocía los nombres de las calles, ni sabía exactamente para dónde tenía que ir. Un hombre le indicó que fuera hacia la Casa de la Mujer, una ONG que estaba cerca. No era el instituto que ella estaba buscando, pero ahí seguramente la iban a poder ayudar. Llegó unos minutos después y la recibió una mujer. Me dice ¿en qué te puedo ayudar? Le digo “mira, yo estoy buscando ayuda porque yo acabo de escaparme de un apartamento en el que estuve encerrada muchos años”. La señora me va haciendo preguntas “¿Y tu familia?” Le digo “no, yo perdí todo contacto con mi familia desde que me fui. Yo no sé nada de mi familia, no sé nada de mi mamá. Sólo puedo recordar su número de teléfono…” Le dio el número y la mujer marcó. Pero no funcionó la llamada porque los códigos telefónicos ya no eran los mismos. Después de ese intento, le recomendó que fuera al sitio que ella buscaba desde el principio: el Instituto de la Mujer. Y le dio una buena noticia: no estaba tan lejos. Tenía que caminar apenas unas cuadras hasta encontrarse con un edificio de fachada blanca. No tardó demasiado en llegar. Allí, la recibió el abogado Ricardo Díaz, que se especializa en casos de violencia contra las mujeres. Ricardo todavía recuerda la impresión que le causó verla. Una tez blanca, blanca, blanca. Me sorprendió también su forma física, completamente flaca, delgada, 39, 40 kilos, le calculé yo. Y bastante nerviosa, llorosa. Y deprimida… Cuando Morella empezó a contarle de dónde venía, Ricardo llamó a su compañera Rosa Perdomo. En ese momento ella trabajaba como abogada allí y estaba encargada de la atención a las víctimas. A Rosa le impresionó la forma de hablar de Morella. Era un tono de voz casi que no se escuchaba, era muy, muy bajito, casi anormal. Porque lo hacía con temor, lo hacía con miedo. Durante varias horas, Morella les contó todo lo que acabamos de escuchar: los años de noviazgo, la huida de la casa, los hoteles, los apartamentos, el encierro, los golpes, las llaves, el miedo. Un miedo tan grande que ni siquiera se le ocurría denunciar a Enrique. Y yo les decía pero es que yo no quiero tener problemas con él, o sea, yo no quiero que él tenga problemas legales. Para mí, tener problemas con él era entrar en su círculo de control y de agresividad. Rosa fue la primera en explicarle que había sido víctima de delitos muy graves, durante años. Pero que ahora estaba a salvo. Me dice “quédate tranquila, que ya tú saliste de eso. O sea, ya de aquí en adelante tu vida es otra”. Después de escuchar su relato, llevaron a Morella a que hiciera la denuncia en la policía y en el Ministerio Público. El caso lo tomó la fiscalía 25 de Maracay. Por razones del proceso, nos pidieron que no revelemos dónde la acogieron, pero Rosa y Ricardo nos confirmaron que ese fin de semana estuvieron todo el tiempo con ella. Rosa recuerda que Morella pedía permiso hasta para ir al baño. El lunes, cuando ya llevaba tres días fuera, la acompañaron hasta el Ministerio Público, porque la fiscal quería hablar con ella. Entraron juntos: Morella, Rosa y Ricardo. Estaban sentados esperando a la fiscal cuando Morella escuchó que alguien se acercaba. Y mi sorpresa es mayúscula porque yo que estoy en la sala de espera y él entra. Él. Enrique. Pasó caminando frente a ella y se detuvo en un escritorio a unos pocos metros de donde estaba sentada, dándole la espalda. El miedo la paralizó… Yo en ese momento lo que hacía era ver para los lados. Yo ni siquiera lo veía a él. O sea, yo le estaba viendo… eran las piernas. Yo no me atrevía a verle la cara. Solo pudo estirar el brazo hasta donde estaba Ricardo. Morella me jaló la… me jaló la camisa por detrás y eso enseguida encendió mis alarmas. Ricardo se paró frente a Morella, como resguardándola, y abrió la puerta del despacho de la fiscal. Y yo entro como una tromba en la oficina. Y le digo “doctora, que él está aquí”. Me dice “Si, bueno, está bien, tranquila, tranquila, déjame que yo me encargo de eso. Pero… mira quién está aquí” Recién en ese momento, Morella notó que en el despacho había otras personas. Yo las veo… Yo veo que son dos señoras morenas y me saludan: “Hola, Morella”, me dicen. Y yo “hola…” no entendí porque me estaban saludando. Entonces ahí la doctora me dice, “Morella”, “¿no las reconoces? Morella se quedó mirándolas en silencio. No tenía mucha gente a quien reconocer: podía contar con los dedos de una mano las personas que había visto en los últimos 30 años. Y la gente a la que había conocido antes de su encierro… bueno, ya parecían de otra vida. La fiscal esperó unos segundos y entonces se lo dijo: Ellas son tus hermanas». Y yo no, doctora… En medio del despacho de la fiscal, rodeada de caras extrañas, Morella trataba de conectar los recuerdos que tenía de sus hermanas jóvenes con estas mujeres que estaban paradas frente a ella. Las muchachas me dicen “sí, Morella, somos nosotros”. Yo “no, no puede ser, no puede ser…” Me dicen “Claro”… Yo: “No puede ser…” Hasta que una de ellas se rascó la cara. Morella podía llevar una vida sin ver a su hermana Gisela, pero no había olvidado la forma en que se tocaba la cara, siempre igual, desde que era una niña. Ese gesto, tan mínimo, fue como un flash. Yo dije «esa es Gisela». Y así fue como yo reconocí a mis hermanas. O sea, si mi hermana no se rasca la cara, yo hubiese seguido diciendo “No, no, no puede ser…” Era demasiado para procesar tan rápido. Hacía solo tres días estaba encerrada en un apartamento casi a oscuras, y ahora su hermana Graciela, la mayor, se acercaba a ella con los brazos abiertos. Se fundieron en ese abrazo, mientras Gisela, a su lado, las miraba en silencio. De cierta forma, ella también dudaba de que fuera cierto. Esta es Gisela. Cuando yo volteo a verla y veo a esa persona cadavérica ahí temblando, una ancianita, yo veo una ancianita… No sabíamos la historia, pero solamente con ver su físico reconocías un ser humano en total desgracia. Eso era algo terrible. No podía creer que ese ser humano era mi hermanita. Hasta que ella también la abrazó. Y ahí sí reconoció en esa mujer casi desconocida la energía de su hermana menor. Y empezamos a hablar y empezaba en forma atropellada a preguntarnos sobre nuestras vidas. Mucho…. Una mañana muy… muy… inenarrable. Cuando por fin entendió que estas mujeres eran sus hermanas, le dio una necesidad, una urgencia por saberlo todo. Todo lo qué había pasado con su familia en esos 31 años. Preguntaba sobre todo por una persona. ¿Y mi mamá? ¿Mi mamá vino? ¿Dónde está mi mamá? Pero nadie le respondía, la misma fiscal les había pedido que no lo hicieran, era demasiado pronto para eso. Y si Morella estaba en shock, en cierto modo Graciela y Gisela también. O sea, hasta el día anterior, cuando recibieron la llamada de la fiscal, llevaban décadas pensando que nunca volverían a ver a su hermana. Era un momento abrumador para todas. Antes de que Morella entrara al despacho, habían estado conversando con la fiscal. Les dijo que era su responsabilidad jurídica hacerse cargo de ella, aunque pasaría unos días más bajo el resguardo del Instituto de la Mujer. Esa mañana también confirmaron lo que siempre habían sospechado: que Morella había estado todos estos años bajo el control de Enrique. Por eso, no pudieron creer que él estuviera ahí, del otro lado de la puerta. Pero la fiscal levantó el teléfono minutos después de que Morella entrara a su oficina. Mientras las hermanas se reconocían, pidió que una comisión policial se acercara a la fiscalía. Le había dicho a Morella que no tuviera miedo, que ella se encargaría de Enrique. Y cumplió: cuando Morella salió del despacho, recuerda que ya se lo habían llevado detenido a una comisaría de Maracay. Durante varios días, Morella siguió preguntando por su mamá, pero sus hermanas evitaban responderle. Temían que una mala noticia la derrumbara y no le permitiera seguir adelante con el proceso judicial. Pero un día, su hermana Graciela decidió que ya era momento de decirle la verdad. Estaban paradas en el estacionamiento del Palacio de Justicia. También estaban sus otras hermanas y una psicóloga que le había asignado la Fiscalía. Es cuando una de ellas me lo dice… «Mira Morella, mi mamá se murió en diciembre del 2011. Pero… Si de algo puedes estar segura es que mi mamá nunca dejó de pensar en ti. Nunca dudes de eso». En esas primeras semanas, Morella fue enterándose de qué había pasado en su casa después de que ella se fuera. Supo que lo primero que hicieron en los días siguientes, cuando vieron que no volvía, fue ir a la policía para denunciar su desaparición. Allí le dijeron a su mamá que mejor esperara, que seguro muy pronto su hija volvería con un nieto. También la buscaron en la casa de la mamá de Enrique, en Maracay, pero ahí tampoco les dieron respuesta. La desaparición de Morella cambió por completo la vida de toda la familia. Con el tiempo, su mamá y sus hermanas dejaron de ir a las reuniones familiares para evitar las preguntas. O sea… es un golpe muy fuerte, porque de verdad…. Yo los primeros años la soñaba, pero llegó un momento que yo ya ni soñaba con Morella. No sé cómo hizo mi mamá. No sé cómo le hizo para aguantar, porque ella sufrió mucho. Y es que el dolor de una desaparición es muy particular. Una herida que se parece, pero que no es exactamente igual a la de una muerte. Te sientes culpable. Te sientes que no hiciste nada. Te sientes abochornado. Es algo… Es algo que es como una sombra, como una cruz que te persigue aunque no quieras. Y esa cruz perseguía a toda la familia, pero especialmente a su mamá. Fue Gisela la que un día le dijo que no podía seguir así, que no podía pasar toda su vida esperando a Morella. Porque entonces no puede ser que tú vas a vivir solo en aras de la ausencia de Morella. O sea, la única que vive en ti es Morella. Estamos aquí, al lado tuyo, y ni nos paras. Y bueno, eso hizo que mi mamá… retomara su vida. Todavía lloraba y eso, pero… pero a escondidas. Aún así, siguió buscándola. Averiguaron en varios bancos para ver si había alguna cuenta con su nombre. Ninguna. Cuando en los años 2000 se popularizó el correo electrónico y después las redes sociales, pensaron que así podrían encontrar algo de ella. Pero tampoco. Y cuando Gisela empezó a trabajar como abogada penal, también intentó saber más. Pero no había nada. Era como si se hubiera desvanecido. Durante mucho tiempo sus hermanas pensaron que tal vez ya estaba muerta. Pero su mamá no sentía lo mismo. Incluso creía que algún día podía volver. Por eso nunca dejó de esperarla, hasta el final de su vida. El día que murió, a finales del 2011, Gisela estaba con ella. Y recuerda que no dejaba de hablar de Morella. Le encomendó una misión: debía asegurarse de que siempre alguien de la familia viviera en el último apartamento en el que Morella había vivido con ellas. Sabía que su hija no olvidaría esa dirección y si alguna vez regresaba, iría a buscarlas allí. Y aunque Morella no aparecería hasta casi diez años después, cuando lo hizo, la única dirección que pudo darle a la policía era esa misma en la que había pensado su mamá. Y sirvió. Ahí todavía vivía una de sus sobrinas, cumpliendo la promesa que le habían hecho a la mamá de Morella. Cinco días después de escapar Morella volvió a Valencia, la ciudad donde antes vivía con su familia. Allí se instaló con su hermana Graciela, su marido y sus hijos. Cuando estaba a solas en su cuarto, dos cosas ocupaban su mente: su mamá y lo que le esperaba con el proceso judicial contra Enrique. Él estaba detenido en una dependencia policial desde el día en que ella lo había visto en el Ministerio Público. Más tarde, supo que él había ido hasta allí para denunciar su desaparición. Dos días después de su detención, en una audiencia ante el Tribunal, la fiscal lo acusó oficialmente de cuatro delitos: violencia psicológica, amenaza, violencia sexual, y esclavitud sexual en acción continuada. Y pronto el caso se volvería aún más complejo. Una semana después de que Morella escapó, un matrimonio se presentó ante la fiscalía para denunciar que Enrique también se había llevado a su hija, Fanny. No la veían desde 1997, cuando dejó la casa familiar para irse a vivir con él, diez días antes de cumplir los 18. En ese entonces hicieron la denuncia, pero la policía les dijo lo mismo que a la familia de Morella: que su hija se había ido por voluntad propia y que seguramente regresaría. Tres años después supieron que Fanny estaba a punto de tener un bebé, pero no lograron acercarse a ella. Y ya no volvieron a saber nada más. Hasta que diecinueve años más tarde vieron en los medios que Enrique había sido detenido por tener cautiva a otra mujer: Morella. La policía encontró a Fanny en un apartamento de Los Mangos, el mismo conjunto residencial del que había escapado Morella. Su hija de 20 años también vivía allí y salía poco, solo para ir a estudiar. Enrique pasaba mucho tiempo allí con ellas e incluso varias noches a la semana se quedaba a dormir. A Morella le costaba creerlo. Durante todo ese tiempo Enrique había vivido tan cerca… La fiscal se lo confirmó en una de sus entrevistas. Yo le digo, “Doctora, ¿usted qué me está hablando? Pero si él me dijo a mí que vivía con la mamá”. Me dice: «No, mamita, él vive en el edificio de enfrente, en el apartamento de enfrente y tiene hija». Pero eso no fue lo único que Morella descubrió sobre Enrique con el avance de la investigación. También supo que estaba casado con una mujer llamada Ana María desde 1985. O sea, desde antes que ella lo conociera. La mamá de Ana María también se presentó en el Ministerio Público después de que se conocieran las noticias sobre Morella. Denunció que no la veía desde mayo de 1985, cuando se casó con Enrique. Según una entrevista que le dio a El Pitazo, la historia de su hija no era muy distinta a la de Morella y a la de Fanny. Todo empezó con un noviazgo con el que la familia no estaba de acuerdo. Se casaron en mayo de 1985 y desde ese día no la volvieron a ver. Después de la denuncia, la fiscal ordenó que sacaran a Ana María de la casa donde vivía con Enrique y la devolvieran a su familia mientras le realizaban unas pruebas psicológicas. Su mamá le contó a El Pitazo que la mujer con la que se encontró era muy distinta a la chica que se había ido de su casa: dijo que su hija era una joven alegre, deportista, muy activa, y que ahora se había encontrado con una mujer abstraída, algo ausente, que solo hablaba de su marido. Ana María estuvo con su familia tres días, pero después quiso regresar a su casa. Desde allí, grabó un video de 5 minutos y lo envió a los medios. Hola, soy Ana María, la esposa de Matías Enrique Salazar Moure… Su versión era distinta a la de su mamá… O sea yo puedo salir, entrar, es más, yo tengo la llave de la casa. Lo que pasa que yo no soy de esas personas que salen a la calle, porque bueno, no soy así… En ese punto el caso ya era una de las principales noticias del país, y todos los programas de televisión hablaban del tema. Hay conmoción en Venezuela por el caso de una mujer a quien su pareja mantuvo encerrada y secuestrada durante 31 años. Un calvario al que este hombre conocido como “el gordo Matías” sometió a tres mujeres más. En este contexto, en febrero de 2020 el entonces abogado de Enrique dio una conferencia de prensa. Ese día, frente a un grupo de periodistas, el abogado dijo que las denuncias de Morella y Fanny eran parte de un complot internacional… Son manipuladas, por ciertas personas del extranjero… Y habló de una campaña de desprestigio orquestada desde Perú, España y Estados Unidos… La venganza contra Matias viene internacionalmente desde el Perú… También dijo que la poligamia no es delito en Venezuela… que lo único que había hecho Enrique… o Matías… era eso: tener tres familias. Pero que ninguna de ellas había estado secuestrada. Porque… la señora Morella tenía su juego de llaves, tenía su carro, tenía su celular… si usted ve bien el expediente verificará y constatará que tiene… ella tiene sus dos llaves. Entonces yo no me explico cuál secuestro… Lo cierto es que el abogado de Enrique no fue el único que puso en duda la versión de Morella. En las redes sociales muchos preguntaban lo mismo: por qué nunca había intentado escapar. Muchas víctimas de violencia de género suelen recibir preguntas como estas: por qué no se fueron, por qué no pidieron ayuda. Ana Lucía Jaramillo Sierra, psicóloga especializada en violencia, pareja y familia, también ha escuchado este tipo de comentarios muchas veces . Ana no ha tratado a Morella, así que no puede hablarnos de sus procesos internos, ni de los de Enrique, pero si ha estudiado bien cómo es que un noviazgo puede transformarse en una relación de control, sometimiento y sumisión. Lo primero que nos explicó es que un control así de extremo no aparece de un momento para el otro. Suele ser un proceso gradual… Te aisla de tus amigos, te aísla de tu familia. Te aísla de tus redes de apoyo, te maneja tus cuentas, te maneja tu movilidad, te maneja la posibilidad de… de hacer las cosas que te gustan para tu desempeño profesional y eso puede ser educación, trabajo o cualquier otra ocupación. Y en algunos casos, los más extremos, ese control puede llegar a ser total. Es una relación en donde lo más grave no es la violencia, sino que te tienen coercionada tu vida y te tienen privados de todos tus derechos. Y muchas veces esto se da no por la fuerza, sino por la manipulación, por la coerción, por la amenaza de cosas que no te va a dejar hacer o no vas a poder hacer, o porque te empiezan a convencer que… que tú realmente vales menos y no eres capaz. Cada nuevo acto de control se suma al anterior, hasta que se naturalizan: primero no salir, después no atender la puerta, más tarde no ir al baño sin permiso… Y este control es muy potente, porque en un momento ya ni siquiera viene desde afuera. Llega un momento en que es el control por dentro. Hay una internalización de la voz del otro. Se vuelve el agresor viviendo por dentro, habita por dentro. Y esa es la voz que se vuelve cada vez más dominante. Por eso, una vez dentro de una relación así, salirse es muy difícil. A pesar de que, después de 31 años, Morella sí había logrado escapar físicamente, en los primeros meses de libertad, el encierro, de cierta forma, seguía dentro suyo. Su hermana Gisela, por ejemplo, recuerda que al principio seguía comportándose como si aún estuviera prisionera. Y ella todo pedía permiso y veía para el piso. Tu medio hacías algo, no sé qué, y ya se ponía como recogidita. Le daba pena todo. Se pasaba el día encerrada. Le costaba socializar, ya no sabía cómo actuar cuando estaba con otras personas. ¿Qué anécdotas puedo compartir si no viví nada? No tengo viajes que contar, o vacaciones, o episodios, o cosas de trabajo o compañeros. Nada. No tenía nada que decir. También lloraba mucho. Y es que al duelo por su madre, se sumaba el duelo por todo un mundo que se había desvanecido mientras ella no estaba. Los parientes que habían muerto. Los amigos que se habían ido del país. Todas las noticias me cayeron de golpe. Una y otra y otra vez le pregunto a mi hermana qué fue lo que pasó con esto? ¿Qué fue lo que pasó con otro? Y mi hermana, con toda la paciencia del mundo, me vuelve a contar. En marzo del 2020, dos meses después de escapar, Morella cumplió 50 años. En ese festejo no estuvo esa familia que ella recordaba, pero sí una nueva, formada por sus sobrinos y sobrinas, que habían crecido escuchando historias sobre ella y viendo sus fotos. Ellos le enseñaron a usar algunas cosas básicas de este nuevo mundo. Los celulares inteligentes, por ejemplo. De repente me encontré con un teléfono de pantalla táctil y yo me complicaba mucho… decía “con esta cosa uno no la puede agarrar porque cualquier cosa que uno agarra en la pantalla se me mueve…” Sus sobrinos le enseñaron a hacer llamadas, abrir el correo electrónico, chatear y navegar por internet. Una de las primeras cosas que hizo fue entrar a YouTube. En sus últimos años de encierro, ella ya había oído en la radio algunos de estos nombres: Twitter, Facebook… Y estaba en eso, aprendiendo a vivir en el siglo XXI, cuando llegó la pandemia. El 13 de marzo del 2020, Venezuela declaró el estado de alarma. Morella iba en el carro con una de sus hermanas y sus sobrinos cuando escuchó el anuncio de las medidas de confinamiento. Y yo decía no puede ser. O sea, no puede ser… o sea yo me voy a tener que encerrar otra vez. No puede ser. Una cosa increíble: seis semanas fue lo único que yo pude disfrutar entre comillas, de no saber lo que era el confinamiento. Seis semanas para pasar de un encierro a otro. Pasó gran parte del 2020 confinada. Los primeros meses casi no salía de su cuarto. Le costaba incluso salir a caminar. Pero poco a poco, sus hermanas lograron sacarla de ese letargo. El celular que le dieron también le abrió todo un mundo nuevo. En Facebook buscó a sus amigos del bachillerato. Al principio no encontró a nadie, y ella tampoco se animaba a poner su nombre en su cuenta. Lo hizo recién a comienzos de 2021, y enseguida recibió una solicitud de amistad. Cuando veo el nombre y es una compañera de clases… En eso le mando la respuesta y me manda ella respuesta y todo fue por Facebook. Y ¿cuál es mi sorpresa? Que al día siguiente son otras dos amigas. Y después otra. En pocos días, se puso en contacto con varias de sus amigas del bachillerato y cuando las medidas sanitarias lo permitieron, hasta se reunió con ellas en persona. La vida empezó a moverse de nuevo. Consiguió un empleo como ayudante de cocina en una pizzería y, poco a poco, fue perdiendo el miedo a salir a la calle sola. Cuando la entrevisté por primera vez, en mayo del 2021, todavía trabajaba allí. Ya se ubicaba bien en la ciudad, pero aún le costaba hacerse escuchar. Hablaba bajito, como en sus días en Los Mangos. Volví a hablar con ella en febrero del 2022, cuando estábamos por cerrar esta historia. Quería saber qué había pasado en todo este tiempo y cómo había vivido ese año de libertad reducida por la pandemia. Fue difícil coordinar la charla, porque había conseguido un trabajo nuevo en una pequeña empresa y tenía muy poco tiempo libre. Sonaba más animada, incluso sentí que ya hablaba más fuerte. Me contó que la primera semana en su nuevo empleo no durmió: temía no hacerlo bien. Después de pasar 30 años encerrada, sin hablar casi con nadie, tendría que atender a desconocidos sentada detrás de un computador. Morella me dijo que le costó mucho conseguir ese empleo, con 50 años y casi sin experiencia laboral. Al final, una persona cercana la ayudó a encontrarlo. Sus hermanas la siguen apoyando con todo, pero hay cosas que fueron y siguen siendo difíciles. Sobre todo la falta de asistencia psicológica, que se cortó cuando empezó la pandemia y nunca más se reanudó. Del proceso judicial contra Enrique sabe poco, mucho menos de lo que le gustaría. Como hoy vive en Valencia, su único contacto con la Fiscalía es por Whatsapp y, según me contó, la fiscal le dice que todo va bien, pero que prefiere no compartir datos sensibles por esa vía. Y Morella no tiene dinero para viajar a Maracay. No sabe quién ha declarado en las audiencias, ni cuándo, y esa falta de información la preocupa mucho: teme que el juicio se estanque y que no haya justicia por los 31 años que perdió de su vida. Treinta y un años desde que era esa adolescente de pelo crespo y oscuro, que disfrutaba de ir a la playa con sus amigas y sus hermanas. A algunas de esas amigas volvió a verlas y con sus hermanas está intentando recuperar el tiempo perdido. Pero aún no ha podido volver a la playa. Ese, me dijo, es un sueño que le gustaría cumplir pronto: volver a ver el mar. Matías Enrique Salazar se encuentra detenido en Maracay mientras se desarrolla el juicio en su contra. Según los documentos disponibles, al elevar su caso a juicio, el Ministerio Público lo acusó de los delitos de violencia psicológica, amenaza, violencia sexual y esclavitud sexual contra Morella y de violencia psicológica contra otras tres mujeres, entre ellas su hija. El abogado de Enrique, Luis Perdomo Franco, no aceptó hablar con nosotros para este episodio. La fiscal Daniela Corsini, que lleva el caso en esta instancia, tampoco accedió a darnos una entrevista. Este episodio fue reporteado por Mariana Zúñiga y producido por Emilia Erbetta. Mariana es productora en El hilo y vive en Caracas. Emilia es nuestra asistente de producción y vive en Buenos Aires. Esta historia fue editada por Camila Segura, Nicolás Alonso, Aneris Casassus y por mí. Desirée Yépez hizo el fact checking. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri con música original de Ana Tuirán. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Fernanda Guzmán, Camilo Jiménez Santofimio, Rémy Lozano, Ana Pais, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, Elsa Liliana Ulloa, David Trujillo y Luis Fernando Vargas. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa de Hindenburg PRO. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar. ¿Necesitas ayuda? Si estás sufriendo maltrato o quieres ayudar a alguien que lo está viviendo, te recomendamos llamar a una línea local de atención contra la violencia de género. ONU Mujeres tiene un listado de números de asistencia y recomienda este banco de datos de organizaciones que brindan servicios por país.

Translation Word Bank
AdBlock detected!

Your Add Blocker will interfere with the Google Translator. Please disable it for a better experience.

dismiss