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Radio Ambulante - Los aeropiratas

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15
30

La historia del secuestro aéreo más largo y asombroso de América Latina.

En los setenta, secuestrar aviones en Colombia era una tarea fácil. Tanto que ya era rutina: los pilotos no se sorprendían ni la tripulación oponía resistencia. Pero el secuestro del vuelo HK-1274 se salió de control y tuvo en suspenso a todo el continente.



En nuestro sitio web puedes leer una transcripción del episodio.



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Hola
ambulantes.
Soy
Jorge
Caraballo,
director
de
crecimiento.
Estamos
a
punto
de
alcanzar
una
meta
importantísima:
llegar
a
un
millón
de
reproducciones
por
mes.
Eso,
además
de
ser
una
marca
simbólica,
nos
permitirá
conseguir
nuevos
apoyos
financieros
y
oportunidades
como
organización.
Y
para
eso
queremos
pedirte
un
favor
pequeño
que
hace
toda
la
diferencia.
Recomiéndale
hoy
Radio
Ambulante
a
una
persona
que
todavía
no
nos
escucha.
Piensa
en
un
episodio
que
le
pueda
gustar
y
mándale
el
enlace,
de
Spotify
o
de
nuestro
sitio
web.
Si
cada
oyente
trae
una
persona
nueva
a
Radio
Ambulante
vamos
a
lograr
de
lejos
esa
meta
y
abril
va
a
ser
por
primera
vez
el
mes
del
millón.
Desde
ya
muchas,
muchas
gracias.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Hoy
vamos
a
viajar
por
todo
el
continente,
a
bordo
de
un
avión
colombiano.
Pero
no
será
un
viaje
tranquilo,
se
los
advierto…
Hablamos
del
avión
HK-1274
de
la
Sociedad
Aeronáutica
de
Medellín,
más
conocida
como
SAM.
Salió
el
miércoles
30
de
mayo
de
1973
desde
Bogotá
y
aterrizó
en…
bueno…
en
muchas
partes.
El
avión
despegó
sin
contratiempos
y
su
primera
parada
fue
en
Cali.
Ahí
subió
el
ciclista
Luis
Alfonso
Reátegui,
quien
tenía
que
llegar
a
Medellín
e
iba
con
otros
tres
ciclistas.
Al
día
siguiente,
arrancaba
en
esa
ciudad
el
Clásico
RCN,
una
de
las
carreras
más
importantes
del
país.
Recordemos
que
estamos
a
principios
de
los
años
setenta.
Subir
a
un
avión
no
era
igual
a
como
es
ahora:
no
había
detectores
de
metal,
ni
rayos
X,
ni
nadie
revisaba
maletas.
Era
casi
como
tomar
un
bus.
Este
es
Reátegui.
La
subida
era
normal,
por
una
escalerilla.
No
llevábamos
sino
el
tickete
en
la
mano
y
allá
llegábamos,
lo
entregábamos
y
listo.
Pero
no,
seguridad
casi
no…
Hoy
tiene
76
años
y
una
tienda
de
bicicletas
y
motos
en
Cúcuta,
una
ciudad
colombiana
fronteriza
con
Venezuela,
pero
en
ese
entonces
era
un
ciclista
profesional
que
pertenecía
al
equipo
del
Valle.
Despegaron
a
la
una
y
ocho
minutos
de
la
tarde
y
a
la
una
y
treinta
y
cinco
hicieron
otra
escala
de
media
hora
en
Pereira.
Ahí
se
subieron
nuevos
pasajeros
y
se
ubicaron
en
los
pocos
lugares
que
quedaban
libres.
En
total,
eran
84
pasajeros,
ubicados
en
dos
columnas
de
asientos.
Y
dos
de
ellos
se
sentaron
en
la
penúltima
fila.
Se
quedaron
tranquilos,
hasta
que
el
avión
despegó.
Doce
minutos
después,
se
pusieron
unas
capuchas.
Y
lo
que
vino
después
sucedió
muy
rápido.
Nosotros
estábamos
en
la
parte
de
atrás.
Y
con
las
las
dos
pistolas
dispararon
e
hicieron
un
tiro
a
la…
a
la
parte
del
piso
y
nos
dijeron
que
quietos,
que
eso
era
un
secuestro.
Diez
mil
metros
de
altura,
dos
encapuchados,
84
pasajeros
y
un
tiro.
Reátegui
tardó
unos
segundos
en
entender
lo
que
pasaba.
Nosotros
creímos
que
era,
por
ahí,
por
mamar
gallo,
por
molestar.
Pero
cuando
ya
agarraron
la
azafata
y
la
agarraron
del
pelo
y
le
hablaba
duro
y
todo.
Nos
dio
mucho
miedo
a
todos.
¡A
todos
los
que
íbamos
en
el
avión!
Los
pasajeros
se
quedaron
todos
quietos.
Eran
dos
secuestradores,
nada
más,
pero
ya
habían
demostrado
que
no
temían
apretar
el
gatillo.
Mientras
tanto,
en
la
cabina
no
se
habían
dado
cuenta
de
nada
de
lo
que
estaba
sucediendo
en
la
sección
de
pasajeros.
El
capitán
Jorge
Lucena,
distraído,
silbaba
una
melodía.
Ahí
también
iban
un
ingeniero,
un
aprendiz
de
ingeniero
y
el
copiloto
Pedro
Gracia.
Cuando
en
un
momento,
bruscamente,
entró
una
persona
encapuchada,
con
un
revólver
apuntándonos
al
ingeniero
Tulio
Lozano
y
a
mí.
Este
es
Gracia,
el
copiloto.
El
capitán
no
se
dio
cuenta
de
lo
que
estaba
pasando
detrás
de
él.
Siguió
silbando,
mientras
un
hombre
apuntaba
un
revólver
dentro
de
su
cabina.
Yo
le
llamé
la
atención
y
le
dije:
“Capitán,
mire”.
Él
volteó
la
mirada
y
palideció
totalmente.
Un
par
de
minutos
después,
llegó
a
la
cabina
el
otro
secuestrador.
Era
más
alto
y,
por
cómo
hablaba,
parecía
estar
a
cargo.
El
hombre
dijo:
“Esto
es
un
secuestro”.
Y
el
capitán
le
contestó:
“Cuénteme
qué
quiere”.
Y
él
solamente
expresó
una
palabra:
“Aruba”.
Pensando
que
había
escuchado
mal,
el
capitán
le
preguntó:
“¿A
Cuba?”.
Y
él
respondió:
“No,
Aruba”.
Así
empezó
uno
de
los
secuestros
más
espectaculares
en
la
historia
aérea
de
América
Latina.
El
productor
Massimo
Di
Ricco
investigó
durante
años
los
detalles
de
esta
historia.
Aquí
Massimo.
Esa
confusión
del
capitán
Lucena,
pensar
que
la
orden
era
ir
a
Cuba,
no
viene
de
la
nada.
Desde
1967,
al
menos
treinta
aviones
colombianos,
y
otros
59
en
la
región,
habían
sufrido
intentos
de
secuestros
para
volar
hasta
la
isla.
Y
la
mayoría
lo
había
logrado.
Los
secuestradores
solían
ser
simpatizantes
de
la
revolución
o
personas
que
buscaban
irse
de
sus
países,
imaginando
una
mejor
vida
allá.
Para
algunos
la
revolución
daba
pie
a
las
utopías.
Fidel
Castro
había
llegado
al
poder
en
1959
y,
pocos
años
después,
Cuba
tenía
sus
relaciones
cortadas
con
el
continente,
por
lo
que
secuestrar
un
avión
era
una
de
las
pocas
formas
de
llegar.
No
solía
haber
mucha
resistencia
de
parte
de
la
tripulación,
que
casi
siempre
volaba
a
la
isla
sin
más,
esperando
que
el
asunto
acabara
pronto.
Secuestrar
un
avión
en
Latinoamérica
era
un
plan
alocado,
sin
duda,
pero
realizable.
La
prensa
hasta
les
puso
un
nombre:
los
“Aeropiratas”.
Por
su
parte,
el
régimen
cubano
trataba
bien
a
los
pasajeros,
y
si
bien
investigaban
a
los
aeropiratas,
para
diferenciar
entre
revolucionarios,
delincuentes
o
posibles
espías,
no
siempre
los
encarcelaban.
Después
de
todo,
que
hubiera
gente
dispuesta
a
secuestrar
un
avión
para
vivir
allí
era
buena
propaganda
frente
a
los
países
capitalistas.
Para
el
capitán
Lucena,
ni
siquiera
era
su
primer
intento
de
secuestro:
cuatro
años
antes,
un
aeropirata
de
veinte
años
había
puesto
un
cuchillo
en
el
cuello
de
su
copiloto,
y
había
dado
la
orden
de
ir
a
Cuba.
Esa
vez,
se
resistieron
y
no
volaron
a
la
isla.
Incluso
Lucena
le
pegó
un
puñetazo.
Pero,
claro,
solo
era
un
joven
con
un
cuchillo.
Ahora
los
aeropiratas
eran
dos,
tenían
pistolas
y
no
querían
ir
a
Cuba,
sino
que
tenían
otra
isla
caribeña
en
mente:
Aruba,
a
más
de
mil
kilómetros
de
Pereira.
Y
aunque
eso
sorprendió
a
la
tripulación,
no
estaban
en
posición
de
hacer
preguntas.
Nos
concentramos
mucho.
Dejamos
a
un
lado
el
estrés
y
empezamos
a
evaluar
la
situación.
Este
es
el
copiloto
Gracia
de
nuevo.
Lo
primero
que
vieron
fue
que
el
combustible
que
había
en
el
tanque
no
les
alcanzaba.
El
capitán
Lucena
le
dijo
al
aeropirata
más
alto,
el
que
parecía
ser
el
jefe,
que
lo
mejor
era
hacer
una
parada
en
Medellín.
El
hombre
estuvo
de
acuerdo.
Lucena
comunicó
desde
el
aire
que
estaban
secuestrados
y
que
necesitaban
combustible.
Pero
al
aterrizar
en
Medellín,
se
demoraron
más
de
45
minutos
en
recargarlo.
Y
los
aeropiratas,
claro,
comenzaron
a
ponerse
nerviosos.
El
capitán
Lucena
falleció
en
2010,
pero
detalló
los
sucesos
de
ese
día
en
una
entrevista
que
le
hicieron
en
1973
en
la
televisión
colombiana.
Me
puso
un
momento
la
pistola
en
la
cabeza:
«Despegue,
despegue.
No
me
importa
que
usted
no
tenga
combustible».
“No
me
importa
que
usted
no
tenga
combustible”.
Si
lo
hacían
corrían
el
riesgo
de
estrellarse
a
mitad
del
vuelo,
así
que
el
capitán
improvisó
una
jugada:
le
dijo
al
secuestrador
que
para
despegar
tenían
que
cambiarse
de
pista.
No
era
verdad,
pero
le
daba
un
poco
más
de
tiempo
a
ver
si
llegaba
el
combustible.
Y
sí,
llegó,
pero
el
proceso
de
recarga
era
extremadamente
lento.
O
así
parecía
dentro
de
la
cabina
del
avión.
Y
el
hombre
se
desesperó
nuevamente
y
me
puso
la
pistola
en
la
cabeza
y
me
dijo:
“Capitán,
ni
un
segundo
más.
Despega,
despega,
despega».
“Ni
un
segundo
más”.
Ya
tenían
suficiente
combustible,
pero
despegar
con
el
tanque
aun
conectado
al
avión
era
demasiado
peligroso:
podía
dañar
la
nave.
Por
fortuna,
el
equipo
en
tierra
vio
las
señas
desde
la
cabina
y
alcanzaron
a
desconectar
todo.
Y
despegamos
para
Aruba.
Ya
eran
las
tres
de
la
tarde.
Una
vez
en
el
aire,
los
secuestradores
se
veían
más
tranquilos.
Por
primera
vez
dijeron
cuáles
eran
sus
demandas.
La
petición
que
nos
dio
a
conocer
fue
primero
una
suma
de
doscientos
mil
dólares
en
efectivo…
doscientos
mil
dólares,
distribuidos
en
billetes
de
cien
y
cincuenta
dólares.
Era
mucho
dinero.
Para
que
tengan
una
idea,
en
esa
época,
con
eso
se
podían
comprar
más
de
diez
casas
en
Bogotá
o
por
lo
menos
veinticinco
departamentos.
Y
había
otra
petición:
La
libertad
de
sus
compañeros
presos
políticos
de
la
cárcel
del
Socorro,
departamento
de
Santander.
Esa
última
frase
le
dio
una
nueva
dimensión
al
secuestro.
Se
identificaron
como
miembros
del
Ejército
de
Liberación
Nacional
o
ELN,
un
grupo
guerrillero
que
iba
a
cumplir
una
década
en
Colombia.
Y
lo
que
pedían
era
que
liberaran
a
decenas
de
compañeros
de
armas
que
estaban
siendo
juzgados
en
ese
momento,
acusados
de
pertenecer
a
la
guerrilla
urbana.
Era
una
petición
sin
precedentes.
Aunque
la
prensa
siempre
especulaba
que
los
secuestros
de
aviones
colombianos
eran
acciones
de
la
guerrilla,
nunca
una
organización
lo
había
reconocido.
Era
la
primera
vez.
Y
los
secuestradores
querían
demostrar
que
hablaban
en
serio.
Les
dijeron
que
llevaban
bombas
en
un
maletín
y
obligaron
a
Lucena
a
tocarlas.
Metí
la
mano,
sentí
unos
objetos
redondos,
pero
no
puedo
confirmar
que
fueran
verdaderamente
unas
bombas.
Si
no
cumplían
sus
requerimientos,
dijeron,
harían
explotar
el
avión.
Mientras
tanto,
en
la
zona
de
pasajeros,
Luis
Reátegui
y
los
otros
ciclistas
estaban
ansiosos.
Los
habían
dividido:
las
mujeres
en
la
parte
de
adelante
del
avión
y
los
hombres
atrás.
También
habían
registrado
sus
nombres
y
direcciones.
El
aeropirata
más
alto
vigilaba
desde
la
cabina
y
el
más
bajo,
que
también
parecía
el
más
violento,
estaba
pendiente
de
los
pasajeros.
La
situación
era
muy
tensa.
Casi
que
ni
podían
hablar
sin
que
el
secuestrador
más
bajo
gritara
y
los
amenazara.
Nos
decían
que
no
hiciéramos
ruido,
que
no
molestáramos,
que
nos
calláramos,
que
era
mejor
para
nosotros,
que
en
silencio.
Y
nada
de
levantarse
del
asiento.
¡Estarse
sentados
todos!
Tenían
que
pedir
permiso
hasta
para
ir
al
baño
y,
cuando
los
dejaban,
los
vigilaban
afuera
de
la
puerta,
pistola
en
mano.
Y
aunque
solo
eran
dos,
igual
intimidaban.
Los
secuestradores
eran…
eran
cuajados,
musculosos,
pero
como
no
sabemos
quién
eran
esos
se
veían
como
Santo
el
enmascarado
de
plata.
Sí,
así
se
veían.
El
Santo
enmascarado,
el
personaje
más
icónico
de
la
lucha
libre
mexicana.
A
pesar
de
las
capuchas,
los
secuestradores
daban
la
impresión
de
ser
jóvenes.
Pero
lo
más
intrigante,
para
los
ciclistas,
era
el
extraño
acento
que
tenían.
Les
sonaba
como
argentino
o
uruguayo,
pero
no
estaban
seguros.
En
la
cabina,
el
copiloto
Pedro
Gracia
había
notado
lo
mismo,
y
además
le
parecía
que
intentaban
ocultarlo.
Hablaba
muy
poco
para
no
ser
identificado,
porque
tenía
un
acento
muy
particular.
Así
pasaron
dos
horas,
hasta
que
llegaron
al
aeropuerto
Princesa
Beatrix
de
Aruba,
a
las
cinco
de
la
tarde.
Era
el
final
del
viaje,
la
hora
de
la
negociación.
Pero
las
cosas
no
serían
tan
sencillas.
La
negociación
fue
muy
difícil.
El
negociador
de
la
empresa
SAM
era
un
abogado
muy
eminente
llamado
Ignacio
Mustafá.
Tenía
la
fama
y
reputación
de
ser
muy,
muy
difícil.
Mustafá
solía
liderar
el
equipo
de
negociación
laboral
de
la
empresa.
Entonces
cuando
los
secuestradores
pidieron
doscientos
mil
dólares,
él
apenas
ofreció
veinte
mil.
Era
una
oferta
irrisoria
para
los
secuestradores.
Y
había
otros
problemas:
no
solo
estaban
negociando
con
la
aerolínea
sino
que
también
tenían
que
lidiar
con
varios
gobiernos.
Por
un
lado,
estaban
en
Aruba,
y
las
autoridades
locales
querían
que
se
fueran
lo
antes
posible.
Con
el
avión
ahí
secuestrado,
el
aeropuerto
no
podía
seguir
funcionando.
Y,
por
el
otro,
estaban
las
autoridades
colombianas,
que
aún
no
daban
respuesta.
La
noticia,
en
Colombia
y
en
Aruba,
ya
empezaba
a
atraer
prensa.
Como
gesto
de
buena
voluntad,
los
secuestradores
dejaron
bajar
a
unos
cuarenta
pasajeros,
en
varias
tandas,
sobre
todo
mujeres
y
niños.
Pero
los
demás
ya
se
estaban
desesperando
y
algunos
comenzaban
a
pensar
en
planes
de
escape.
Los
ciclistas,
en
particular,
no
paraban
de
mirar
un
extintor
de
incendios
que
había
en
una
de
las
paredes
del
avión.
Había
un
señor
que
era
cuajado,
bastante
acuerpado,
corpulento,
¿sí?
Un
pasajero
que
estaba
sentado
justo
delante
de
ellos.
Entonces,
nosotros,
entre
los
ciclistas
hablamos:
“Este
es
el
hombre
que
nos
va
a
salvar”.
El
aeropirata
más
bajo
observaba
fijamente
a
los
rehenes,
pero
uno
de
los
ciclistas,
Carlos
Montoya,
se
atrevió
a
sacar
cuidadosamente
el
extintor.
Él
se
agachó
y
le
decía:
“Aquí
le
pasó
el
extinguidor
por
debajo
de
la…
de
la
banca”.
¡Y
se
lo
pasó!
Entonces
le
susurró
el
plan
al
hombre
corpulento.
“Cuando
venga
el…
el
secuestrador
que
siempre
pasea
por
este
pasillo,
le
pegás
un
traquetazo
con
él”.
El
hombre
asintió
y,
disimuladamente,
se
cambió
de
asiento
con
el
pasajero
que
estaba
junto
al
pasillo.
Esperaban
el
momento
justo.
Y
el
momento
llegó:
el
secuestrador
empezó
a
caminar
hacia
ellos.
Cuando
pasó
el
pirata
nosotros
mirábamos
a
ver
a
qué
hora
le
zampaba
el…
el
cachimbarro
con
el
extinguidor.
Pasó
justo
por
donde
estaban.
Un
movimiento
ágil,
un
golpe
seco,
un
ciclista
que
agarrara
el
arma,
y
la
pesadilla
podría
terminar.
Reátegui
miró
al
hombre
con
el
extintor.
Él
era…
Tenía
un
bigote
y
tal
vez
lo
único
que
tenía
era
el
bigote
negro
y
el
resto
pálido.
No
podía…
como
un
papel,
pues
asustado,
no
fue
capaz
de
pegarle.
Las
horas
seguían
pasando
y
el
avión
no
se
movía
de
la
pista.
Estaban
en
el
Caribe,
con
los
motores
apagados,
sin
aire
acondicionado.
El
calor
comenzaba
a
ser
insoportable.
Muchos
pasajeros
se
empezaron
a
quitar
la
ropa.
No
tenían
agua
ni
comida.
El
baño
era
un
desastre
y
los
olores
solo
se
pondrían
peores.
Por
si
fuera
poco,
en
Pereira
habían
subido
un
cargamento
de
trescientos
pollitos
vivos
a
la
bodega.
Era
una
bomba
de
tiempo.
A
medianoche,
después
de
diez
horas
de
secuestro,
el
gobierno
de
Colombia
emitió
un
comunicado
que
tensionó
aún
más
las
cosas.
Decía
que
no
pensaba
negociar
con
ningún
secuestrador,
y
que
en
Colombia
no
existían
presos
políticos.
Con
eso,
el
problema
del
avión
secuestrado
quedaba
en
manos
de
la
empresa
SAM.
Y
aunque
ellos
estaban
dispuestos
a
negociar
un
pago,
el
abogado
insistía
que
jamás
serían
doscientos
mil
dólares.
Los
aeropiratas
también
hicieron
una
declaración:
dijeron
que
si
no
les
cumplían,
estaban
dispuestos
a
morir.
A
las
cuatro
de
la
mañana,
los
secuestradores
obligaron
al
capitán
Lucena
a
despegar
otra
vez,
sin
decirle
a
dónde
iban.
Ya
en
el
aire,
el
secuestrador
jefe
se
lo
comunicó:
irían
a
Lima,
Perú.
Eran
más
de
cuatro
horas
de
vuelo
desde
Aruba,
y
el
capitán
Lucena
empezó
a
preocuparse
por
el
avión.
Le
manifesté
al
secuestrador
que
el
avión
ya
estaba
con
bastante
disminución
de
aceite
y
se
nos
podían
fundir
las
turbinas.
Este
es
el
capitán
Lucena
de
nuevo,
en
la
entrevista
de
1973.
El
problema
era
que
si
iban
a
hacer
trayectos
tan
largos,
necesitaban
aceite
para
las
turbinas
y
las
hélices,
o
podían
romperse
en
pleno
vuelo.
Por
eso,
averiguó
por
radio
si
tenían
en
Guayaquil,
que
quedaba
en
camino.
Pero,
por
ahí
cerca,
solo
tenían
en
Aruba.
Le
dijo
al
secuestrador
que
era
demasiado
peligroso
seguir
así.
Según
Lucena,
el
aeropirata
le
contestó:
“Capitán,
yo
no
quiero
arriesgar
la
vida
de
los
pasajeros.
No
quiero
arriesgar
la
vida
de
la
tripulación,
no
quiero
arriesgar
la
del
avión.
Si
usted
lo
considera,
regrese
a
Aruba”.
Y
así
lo
hicieron.
Llegaron
a
Aruba,
por
segunda
vez,
el
jueves
a
las
ocho
y
media
de
la
mañana.
Habían
pasado
ya
casi
veinte
horas
de
secuestro.
Yo
estaba
ya
muy
cansado,
muy
mal.
Este
es
Luis
Reátegui
otra
vez.
Como
no
podíamos
hablar,
ahí
runruneábamos
de
a
poquito,
y
mirábamos
a
ver
qué
irá
a
pasar,
hombre.
En
Medellín,
el
Clásico
RCN
ya
estaba
por
empezar
y,
aunque
ya
no
iba
a
llegar,
sintió
que
era
el
momento
de
hacer
algo.
Pero
no
sabía
qué.
Entonces
no
podíamos
levantarnos
de
la
silla,
ir
a
hablar
con
los
secuestradores,
porque
de
pronto
nos
pegaban
un
tiro.
Pero
se
arriesgó.
Se
paró
y
caminó
hacia
el
aeropirata
más
bajo,
el
mismo
que
habían
planeado
noquear
con
el
extintor.
Sacó
su
identificación
de
ciclista:
Le
digo:
“Nosotros
somos
ciclistas,
hay
cuatro
que
vamos
a
correr
el
Clásico
RCN”.
El
secuestrador
lo
miró
un
momento.
Ni
siquiera
examinó
la
identificación.
Reátegui
recuerda
que
le
dijo:
“Yo
le
conozco”.
Reátegui
no
entendió.
No
era
como
si
fuera
un
ciclista
famoso.
Por
otro
lado,
él
tampoco
reconocía
la
voz
del
secuestrador.
Pero
todo
pasó
tan
rápido
que
no
tuvo
tiempo
de
preguntarle
nada.
De
inmediato,
el
aeropirata
agregó:
“Pérese,
pérese,
que
más
adelante
resolvemos
el
problema”.
Reátegui
regresó
a
donde
estaban
sus
compañeros
y
les
dijo:
Ese
señor
me
había
dicho
que
nos
iba
a
soltar,
que
a
nosotros
nos
iban
a
soltar,
a
los
ciclistas
y
que
estuviéramos
tranquilos.
Entonces,
bueno,
ya
nos
calmamos
un
poquito.
Y
unos
minutos
después…
Llegaron
y
dijeron,
con
la
pistola
nos
hacían
así:
“¡Salgan,
salgan
los
ciclistas!”.
No
entendían
qué
estaba
pasando
y
tampoco
preguntaron.
Nos
paramos,
aleg…
alegres
con
maletín.
Y
salimos
y
bueno,
ya
libres.
Qué
felicidad
de
nosotros.
Ya
respirábamos
aire
limpio,
porque
el
avión
olía…
olía
a
mil
cosas,
¿oyó?
Eran
las
diez
de
la
mañana
y,
de
golpe,
los
cuatro
ciclistas,
junto
a
un
puñado
de
pasajeros
más,
habían
recuperado
su
libertad.
Es
difícil
saber
con
exactitud
cuántos
pasajeros
quedaban
en
el
avión
en
ese
momento.
Los
diarios
de
la
época
dieron
cifras
que
no
concuerdan,
pero
es
realista
pensar
que
quedaban
más
de
treinta.
Más
la
tripulación,
que
eran
siete.
El
nerviosismo
dentro
de
la
cabina
del
avión
seguía
creciendo.
Los
secuestradores
anunciaron
que,
por
cada
media
hora
que
pasara,
subirían
el
rescate
cincuenta
mil
dólares.
Pero
la
aerolínea
seguía
resistiéndose
a
pagar.
El
aeropirata
jefe,
ya
frustrado,
exigió
que
en
el
próximo
avión
que
llegara
desde
Colombia
le
llevaran
todos
los
diarios
locales,
para
saber
qué
decían
sobre
el
secuestro.
Pero
el
capitán
Lucena
no
siguió
la
orden.
Quizás
pensando
en
el
peligro
de
que
encontrara
algo
en
las
noticias
que
no
le
gustara.
Cuando
llegó
el
primer
avión
colombiano
y
desde
la
torre
les
dijeron
que
no
había
traído
ningún
periódico,
el
secuestrador
estalló.
Me
dijo:
“Capitán,
usted
me
está
engañando”,
tuvo
una
crisis
nerviosa
en
ese
momento.
Volvió
y
me
puso
la
pistola
en
la
cabeza,
y
me
dijo:
“No
le
acepto
ningún
engaño
más”.
La
situación
había
llegado
a
un
límite.
En
otro
vuelo
colombiano,
habían
llegado
a
Aruba
el
secretario
general
de
la
aerolínea
y
el
abogado
Mustafá.
Querían
subirse
al
avión
a
negociar
con
los
secuestradores.
Me
dijo:
“Que
no
se
acerque
ninguno
de
ellos,
porque,
capitán,
los
mato,
porque
los
mato”.
Al
avión
no
subió
nadie.
Solo
dejaron
que
una
azafata
bajara
a
recoger
sándwiches
y
agua
para
los
pasajeros,
que
ya
no
aguantaban
más.
Luego
le
ordenaron
al
capitán
que
despegara
de
nuevo.
Esta
vez
no
había
un
destino
específico.
Le
dijeron
que
se
dirigiera
a
Centroamérica.
Mientras
todo
esto
sucedía,
otros
pasajeros
organizaron
un
plan
de
escape.
Cuando
el
avión
empezó
a
moverse,
alguien
abrió
la
puerta
trasera
de
emergencia…
Empezaron
a
saltar
a
tierra
varios
hombres.
Eran
por
lo
menos
cinco
metros
de
caída,
y
un
par
de
pasajeros
quedaron
con
lesiones
en
la
cabeza
y
en
las
piernas,
pero
ninguno
quedó
grave.
Entre
los
que
saltaron
estaba
una
pareja
de
especial
importancia
para
los
aeropiratas,
millonarios
y
dueños
de
una
de
las
principales
fábricas
de
aceite
de
Colombia.
Cuando
se
dieron
cuenta
de
que
ellos
habían
saltado,
se
alteraron
todavía
más.
Y
encima,
estaban
con
la
puerta
abierta.
Los
secuestradores
se
asustaron
y
pensaron
que
era
al
contrario,
que
la
policía
había
ingresado
al
avión.
Se
estresaron
tanto
que
ordenaron
salir
inmediatamente.
El
avión
se
elevó,
en
medio
del
caos.
Dieron
vueltas
por
Panamá,
Costa
Rica,
hasta
El
Salvador,
pero
en
ningún
aeropuerto
les
permitieron
aterrizar.
Así
que
regresaron,
por
tercera
vez,
a
Aruba.
Estaban
casi
donde
habían
empezado.
En
realidad,
peor:
el
gobierno
colombiano
se
había
negado
a
negociar,
no
les
había
dado
un
peso
y
tenían
cada
vez
menos
rehenes.
A
las
diez
de
la
noche
del
jueves,
32
horas
después
de
iniciado
el
secuestro,
los
aeropiratas
dieron
un
plazo
final:
las
once
de
la
mañana
del
día
siguiente.
Si
no
recibía
el
dinero
para
entonces,
habría
consecuencias.
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y
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el
tiempo.
Es
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Happy
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desde
NPR.
Dos
veces
por
semana,
buscan
entre
todas
las
tonterías
que
hay,
comparten
sus
reacciones
y
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un
resumen
de
lo
que
vale
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todos
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miércoles
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de
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quiero
recomendarles
un
podcast
en
español
que
admiramos
mucho,
se
llama
Entiende
Tu
Mente.
En
episodios
de
veinte
minutos
hace
que
la
psicología
sea
entretenida
y
comprensible
para
cualquiera.
Hay
conversaciones
sobre
cómo
encontrar
tu
vocación,
cómo
mantener
la
independencia
en
pareja,
sobre
maneras
de
acompañar
a
personas
que
tienen
ansiedad
y
más.
Nos
sorprende
que
sea
uno
de
los
podcast
más
escuchados
en
nuestro
idioma.
Entiende
Tu
Mente,
búsquenlo
en
Spotify,
les
va
a
gustar.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
pausa
contamos
cómo
dos
hombres
encapuchados
secuestraron
un
avión
en
Pereira,
Colombia,
con
84
pasajeros.
Se
identificaron
como
guerrilleros
del
Ejército
de
Liberación
Nacional,
pidieron
doscientos
mil
dólares
y
la
liberación
de
prisioneros
políticos.
Pero
ya
había
pasado
más
de
un
día
entero
y
el
avión
no
había
hecho
otra
cosa
que
dar
vueltas
y
regresar
una
y
otra
vez
a
Aruba.
Habían
dejado
salir
pasajeros,
otros
se
habían
escapado
y
no
parecía
que
las
autoridades
estuvieran
dispuestas
a
cumplir
sus
demandas.
Pero
los
secuestradores
no
se
daban
por
vencidos.
Si
a
las
once
de
la
mañana
no
tenían
respuesta,
considerarían
que
la
negociación
había
finalizado.
Y
ya
habían
dicho
que
estaban
dispuestos
a
no
salir
vivos
del
avión.
Massimo
nos
sigue
contando.
Después
del
tercer
aterrizaje,
las
autoridades
de
Aruba
les
hicieron
una
exigencia
a
los
aeropiratas:
un
cambio
de
tripulación.
Era
muy
peligroso
que
siguieran
despegando
con
el
capitán
y
su
equipo
exhaustos.
A
cambio,
la
aerolínea
enviaría
un
maletín
con
cincuenta
mil
dólares,
en
manos
del
nuevo
capitán
que
subiera.
Los
secuestradores
aceptaron.
Pero
venía
un
nuevo
reto:
convencer
a
otra
tripulación
de
subirse
a
un
avión
secuestrado,
en
el
que
las
cosas
se
estaban
saliendo
de
control.
Yo
llegué
y
le
dije:
“A
la
orden,
¿para
qué
me
necesita?
Y
el
gerente
me
dijo:
“Hay
que
relevar
la
tripulación
que
está
en
Aruba”.
Esta
es
Edilma
Pérez,
azafata
de
SAM
en
ese
momento,
quien
estaba
empezando
su
turno
en
el
aeropuerto
de
Medellín.
Tenía
32
años
y
acababa
de
cumplir
dos
años
de
trabajar
en
la
compañía.
Ya
estaba
decidido
que
los
comandantes
Hugo
Molina
y
Pedro
Ramírez
formarían
parte
del
reemplazo,
como
capitán
y
copiloto.
Y
también
se
subiría
el
ingeniero
de
vuelo,
Alfredo
Shaffer.
Solo
faltaban
las
azafatas.
Edilma
preguntó
cuáles
de
sus
colegas
ya
se
habían
ofrecido
a
subir.
No
sé,
me
dijo
el
gerente,
no
quién
está
dispuesta.
Entonces
yo
le
dije:
“Yo
voy”.
Y
él
se
quedó
mirándome
y
me
dijo:
“¿Usted
va?
¿Usted
sabe
a
lo
que
van?”.
“Y
sí…
yo
voy”.
Era
madre
soltera
de
cinco
hijos
y
ese
trabajo
le
había
permitido
sacarlos
adelante.
Estaba
muy
agradecida
con
SAM
por
haberla
elegido.
En
esa
época,
era
muy
raro
que
una
aerolínea
contratara
a
una
mujer
con
hijos.
Y
ella,
además,
formaba
parte
del
equipo
de
reserva
del
aeropuerto,
que
debía
presentarse
ante
cualquier
emergencia
o
reemplazo.
Edilma
les
dijo
una
cosa
más:
que
si
llamaban
a
María
Eugenia
Gallo,
que
venía
llegando
de
un
vuelo
de
Cúcuta,
ella
también
iba
a
aceptar.
Eran
muy
buenas
amigas
y
siempre
trataban
de
volar
juntas.
María
Eugenia,
de
hecho,
ya
había
visto
el
avión
secuestrado
en
Medellín,
en
la
primera
parada
que
hicieron
para
cargar
combustible.
Y
lo
vimos,
lo
vimos
a
lo
lejos,
y
le
dije
a
mis
compañeras:
“Ay,
qué
rico
estar
en
ese
avión,
y
tener
esa
experiencia,
y
tener
como
qué
contar
más
adelante
a
nuestros
hijos,
a
nuestros
nietos”.
Mis
compañeras:
“Ay,
estás
loca”.
Y
yo
les
dije:
“No
me
parece,
sería
muy
rico”.
María
Eugenia
tenía
23
años,
no
tenía
pareja
ni
hijos,
y
le
sobraba
espíritu
aventurero.
Por
eso,
cuando
la
llamaron,
no
necesitó
pensarlo
mucho.
Yo
dije:
ay
no,
listo
yo
voy.
De
una.
Y
así…
así
empezó
esa
aventura.
María
Eugenia
se
fue
a
su
casa
a
empacar
ropa
y
le
contó
a
su
mamá
lo
que
estaba
por
hacer.
“Mija,
pero
usted
está
loca.
¿Cómo
se
le
ocurre?”
Mis
hermanas
también.
Y
yo:
“Ay,
no,
yo
quiero,
yo
quiero
ir”.
Y
me
fui.
Edilma
solo
le
avisó
a
una
hermana.
Y
le
dije:
“Hermana,
me
voy,
pa’l
secuestro,
te
quedan
mis
hijos”.
Y
me
dijo:
“¿Cómo?
No
le
di
tiempo
a
que
me
contestara,
sino
le
dije:
“Ahí
están
mis
hijos.
Cuídalos”
yo
le
colgué
el
teléfono.
Ya
estaban
listas:
su
próximo
vuelo
juntas
como
azafatas
sería
a
bordo
de
un
secuestro.
Se
unió
una
tercera
azafata
y
la
tripulación
completa
llegó
a
Aruba
a
la
madrugada.
Pasaron
a
un
hotel
a
descansar
y
comer,
pero,
cuando
iban
a
empezar,
recibieron
una
llamada.
Debían
ir
al
aeropuerto
de
inmediato.
Cuando
llegaron,
vieron
el
avión
en
medio
de
la
pista.
Nosotras
estábamos,
así,
en
una
fila
recta.
Y
al
lado
del
avión
no
había
nadie,
nadie,
nadie.
Ni
policías
ni
gente
de
la
empresa
ni
periodistas.
Los
secuestradores
habían
ordenado
que
nadie
más
que
la
tripulación
se
acercara.
El
primero
en
ser
liberado
fue
el
copiloto
Pedro
Gracia,
a
cambio
del
nuevo
capitán,
que
llevaba
el
maletín
con
los
cincuenta
mil
dólares.
El
intercambio
siguió,
uno
por
uno,
y
al
final
los
aeropiratas
liberaron
a
un
grupo
de
nueve
pasajeros
más.
Edilma
y
María
Eugenia
fueron
las
últimas
en
subir
y
alcanzaron
a
ver
a
las
azafatas
de
la
tripulación
anterior.
Se
veían
demacradas,
y
cuando
pasaron
junto
a
ellas,
las
abrazaron
y
lloraron.
Edilma
caminó
hacia
las
escaleras
del
avión
y,
una
vez
que
estuvo
ahí,
empezó
a
sentir
el
peso
de
la
decisión
que
había
tomado.
Me
temblaban
los
pies.
Cuando
yo
subí
las
escalas,
ya
tenía
miedo,
obvio.
Edilma
subió
y
la
siguió
María
Eugenia.
Los
aeropiratas
las
revisaron
y
les
dijeron
que
tenían
que
acatar
cada
una
de
sus
órdenes,
porque
ellos
mandaban
dentro
del
avión.
Y
cuando
nosotros
entramos,
pues
el
avión
estaba
muy
desordenado…
Todas
las
sillas
volteadas…
Había
mucha
basura
en
el
avión,
porque
no
la
habían
dejado
todavía
bajar…
Y
los
pollitos,
pues
qué
pesar,
se
murieron
ahí
en
la…
en
la
barriga
del
avión.
El
olor
en
el
avión
era
terrible
más
el
calor.
Lo
que
más
las
impresionó
fue
ver
a
los
pasajeros.
Ellos
tenían
una
cara
de
pánico,
como
quién
dice:
¿Ustedes
qué
están
haciendo
aquí?
Nos
miraban
como
asombrados
y
nosotros,
pues,
tranquilizándolos,
que
todo
iba
a
salir
bien,
que
no
se
preocuparan.
Pero,
claro,
no
tenían
cómo
saber
si
las
cosas
iban
a
salir
bien.
Al
menos,
los
secuestradores
tenían
parte
del
dinero
y
ya
no
hablaban
de
liberar
presos
políticos.
Llevaban
38
horas
de
secuestro.
Eran
las
cuatro
y
veinte
de
la
mañana
del
viernes
primero
de
junio,
y
la
nueva
orden
era
volver
a
despegar:
esta
vez,
rumbo
al
sur
del
continente.
Pararon
en
Guayaquil,
Ecuador,
y
exigieron
combustible,
comida
y
periódicos.
Esta
vez,
el
nuevo
capitán,
Hugo
Molina,
cumplió
la
orden,
y
los
aeropiratas
comprobaron
que
ya
eran
famosos:
el
secuestro
era
noticia
en
todas
partes.
Cincuenta
minutos
después,
volvieron
a
despegar,
y
en
el
aire
le
comunicaron
al
capitán
cuál
era
el
nuevo
destino:
Antofagasta,
en
el
norte
de
Chile.
Y
el
capitán
le
dijo
que
el
avión
no
podía
aterrizar
en
Antofagasta
porque
el
avión
era
demasiado
grande
para
esa
pista.
Los
secuestradores
le
pidieron
las
especificaciones
del
avión
al
capitán,
para
contrastarlo
con
sus
cartas
de
navegación.
Entonces
ellos
vieron
que
el
capitán
les
estaba
diciendo
la
verdad.
Así
que
cambiaron
de
plan
y
le
dijeron
a
Molina
que
se
dirigiera
hacia
Lima.
Parecía
como
si
estuvieran
improvisando.
Y
entre
más
tiempo
pasaba,
más
violentos
se
ponían.
Ya
ellos
estaban
agresivos,
gritaban.
Y
como
quien
dice,
yo
soy
el
más
guapo.
Pero
en
realidad
ellos
estaban
demasiado
nerviosos.
Muchos
momentos
en
que
nos
amenazaban
con
la
pistola
en
la
cabeza.
Los
aeropiratas
llevaban
dos
días
sin
dormir,
turnándose
para
comer,
ir
al
baño,
y
vigilar
la
cabina
o
los
pasajeros.
Parecían
a
punto
de
estallar.
Pero
las
azafatas,
que
estaban
descansadas,
entendían
cómo
debían
actuar.
Les
charlábamos,
les
hacíamos
bromas
como
para
que
se
disiparan,
porque
ellos
estaban
muy
tensionados.
Entonces,
ellos
nos
cogieron
como…
como
confianza.
Porque
si
nosotros
nuevamente
nos
hubiéramos
acelarado,
hubiera
habido
una
balacera
y
nos
hubiéramos
muerto
todos.
A
las
10:47
de
la
mañana,
aterrizaron
en
Lima.
Los
aeropiratas
permitieron
que
las
azafatas
limpiaran
el
avión,
que
bajaran
la
basura
en
bolsas
y
recogieran
más
sándwiches
y
bebidas.
Sorpresivamente,
también
decidieron
liberar
a
catorce
de
los
veintitrés
pasajeros
que
quedaban.
Este
es
uno
de
los
que
fueron
liberados,
Jaime
Londoño,
entrevistado
pocas
horas
después
por
la
televisión
colombiana.
Señor,
tenga
la
bondad
de
contarnos
cuáles
fueron
los
motivos
de
los
secuestradores
para
que
ustedes
descendieran
en
la
ciudad
de
Lima.
Nos
prometieron
ellos
que
después
de
Guayaquil,
en
Lima
nos
iban
a
soltar
sin
ningún
problema,
siempre
y
cuando
las
autoridades
no
actuaran.
¿Por
qué
no
soltaron
a
los
otros
nueve
pasajeros?
Porque
cuando
llegamos
a
Guayaquil
ellos
cogieron
la
prensa
y
en
la
prensa
decía
que
los
secuestradores
se
habían
manejado
muy
mal
con
el
personal
a
bordo,
donde
eso
es
mentira.
Entonces
parece
que
a
ellos
les
hirió
bastante
eso.
Cuéntenos,
¿y
alguno
de
los
secuestrados
ha
descansado
en
algún
momento?
No,
no
han
descansado.
Están
drogados
o
dopados.
Mil
gracias
por
sus
declaraciones,
muy
amable.
Pasado
el
mediodía,
volvieron
a
despegar,
ahora
hacia
Mendoza,
Argentina.
En
este
punto,
ya
no
estaba
muy
claro
qué
pretendían
los
aeropiratas:
si
tenían
algún
plan
o
solamente
estaban
volando
de
un
lugar
a
otro.
En
Mendoza,
de
hecho,
ni
siquiera
apagaron
las
turbinas
en
las
dos
horas
que
estuvieron
en
la
pista.
Con
el
avión
moviéndose
y
girando
sobre
mismo,
bajaron
la
escalera
y
le
ordenaron
a
los
nueve
pasajeros
que
quedaban
a
bordo
que
saltaran.
La
torre
de
control
ni
siquiera
notó
que
estaban
bajando
a
los
pasajeros.
Entonces
las
turbinas
era
peligrosísimo
y
un
riesgo
demasiado
grande
para
la
gente.
Nosotros
solamente
les
dijimos
que
tenían
que
correr
contrario
a
la
hélice,
porque
si
corrían
para
el
lado
de
la
hélice,
la
hélice
los
destrozaba.
A
las
nueve
y
media
de
la
noche,
y
después
de
cincuenta
y
cinco
horas,
el
avión
de
SAM
despegó
por
primera
vez
sin
pasajeros.
El
capitán
alcanzó
a
decir
una
última
cosa
a
la
torre
de
control
antes
de
partir:
que
se
dirigían
hacia
Buenos
Aires.
Y
ahí
se
cortaron
las
comunicaciones.
El
secuestro
se
había
vuelto
extremadamente
raro.
No
había
rehenes,
ya
no
se
hablaba
más
del
dinero,
y
la
identidad
de
los
secuestradores
era
un
misterio
cada
vez
mayor.
Decían
ser
miembros
del
Ejército
de
Liberación
Nacional,
pero
los
pasajeros
liberados
no
paraban
de
hablar
de
su
particular
acento.
Al
menos,
como
colombianos
no
sonaban.
También
llamaba
la
atención
su
cercanía
con
los
ciclistas.
Y
cuando
el
capitán
Lucena
se
bajó
del
avión,
contó
que
había
hablado
bastante
sobre
deportes
con
el
secuestrador
jefe.
Incluso
habían
hecho
predicciones
para
la
pelea
entre
el
colombiano
“Rocky”
Valdés
y
el
estadounidense
León
“el
Látigo”
Washington,
que
se
enfrentaban
en
Bogotá.
Gonzalo
Valencia
era
periodista
deportivo
en
Pereira,
la
ciudad
en
donde
comenzó
el
secuestro.
Y
llevaba
días
siguiendo
la
noticia.
Lo
que
se
decía
era
que
probablemente
era
gente
que
tenía
que
ver
con
el
deporte,
porque,
pues,
trataban
con
cierta
familiaridad
a
los
ciclistas
que
estaban
dentro
de
la
nave.
También
se
especulaba
mucho
sobre
la
preparación
que
tenían…
Por
un
lado,
llevaban
cartas
de
navegación,
sabían
leerlas,
tenían
un
protocolo
estricto
para
manejar
tanto
a
los
rehenes
como
a
la
tripulación.
Pero,
por
otro,
seguían
volando
con
un
avión
casi
vacío
y
sin
destino
claro.
Tenían
cincuenta
mil
dólares,
pero
serían
arrestados
apenas
tocaran
tierra.
En
este
punto
de
la
historia,
el
paradero
del
avión
se
vuelve
difuso.
Antes
de
cortar
la
comunicación,
el
capitán
había
dicho
que
iban
hacia
Buenos
Aires,
pero
el
avión
no
llegó.
Esa
noche,
algunos
medios
publicaron
que
aterrizó
en
Resistencia,
una
ciudad
junto
al
río
Paraná,
en
la
frontera
con
Paraguay.
Y
que
una
vez
ahí
pidieron
aceite
a
la
torre
de
control,
pero
despegaron
unos
cinco
minutos
después,
sin
esperar
a
que
llegara.
Después
de
la
medianoche,
los
medios
paraguayos
aseguraron
que
el
avión
pidió
pista
en
el
aeropuerto
de
Asunción,
la
capital
del
país.
Antes
de
aterrizar,
el
capitán
pidió
a
la
torre
que
apagaran
las
luces
de
la
pista.
No
alcanzaron
a
estar
ni
diez
minutos
en
ella
y
volvieron
a
despegar,
para
perderse
en
la
noche.
Poco
después
de
las
tres
de
la
mañana,
los
periodistas
se
amontonaron
en
el
Aeropuerto
de
Ezeiza,
en
Buenos
Aires.
Ahora
sí,
había
llegado
el
avión.
El
periodista
Gonzalo
Valencia,
en
Pereira,
estaba
pegado
a
la
transmisión.
Esperando
a
ver
qué
ocurría.
Los
hombres
empiezan
a
narrar
cuando
el
avión
se
detiene
completamente.
Dicen:
“aquí
empiezan
a
bajar
personas”.
Los
primeros
en
descender
fueron
los
miembros
de
la
tripulación.
Que
baja
una
señorita,
que
baja
alguien
con
un
uniforme,
que
puede
ser
un
copiloto
y
el
piloto
y
tal
cosa.
El
capitán
Molina.
El
copiloto
Ramírez.
Maria
Eugenia,
Edilma.
Hasta
que
dijeron:
“Bueno,
en
este
momento
ya
no
sale
nadie.
Vamos
a
ver
qué
va
a
pasar
con
los
que
son
los
secuestradores,
que
deben
ser
los
últimos
en
salir”.
Pero
los
secuestradores
no
salían
del
avión.
Así
que
alguien
dio
la
orden
al
Ejército
y
a
la
policía,
que
esperaban
en
la
pista:
entren
al
avión
y
sáquenlos.
Y
la
sorpresa
fue…
cuando
dijeron:
“No
están
los
secuestradores
en
el
avión
en
ninguna
parte.
¿Qué
ocurrió?”
Esfumados.
Después
de
sesenta
horas,
paradas
en
seis
países
y
22.750
kilómetros
recorridos,
el
avión
secuestrado
no
estaba
secuestrado.
Estaba
vacío.
De
todos
los
finales
posibles
para
esa
noche
de
expectativa
mediática,
ese
era
uno
de
los
más
extraordinarios.
Y
la
tripulación
no
decía
nada.
Pero
iban
a
tener
que
hablar.
Uno
a
uno
fueron
interrogados
por
la
policía.
Si
unos
minutos
antes
eran
víctimas,
ahora
empezaban
a
ser
sospechosos.
Para
entender
lo
que
pasó
tenemos
que
devolvernos
al
momento
en
que
el
avión
hizo
sus
últimas
dos
paradas,
en
Resistencia
y
en
Asunción.
En
cada
una,
como
contamos,
estuvieron
cinco
y
ocho
minutos,
respectivamente.
Hicieron
varias
peticiones
a
las
torres
de
control,
y
despegaron
antes
de
que
pudieran
dárselas.
Pero
no
estaban
improvisando.
Poco
antes
de
llegar
al
primer
destino,
los
aeropiratas
le
revelaron
al
capitán
Molina
el
final
de
su
plan:
se
bajarían
uno
en
cada
parada.
Y
se
llevarían
a
Edilma
y
a
María
Eugenia
con
ellos.
Quería
que
nos
quitáramos
el
uniforme,
que
nos
pusiéramos
la
ropa
de
civil
y
que
lo
acompañáramos.
Serían
su
seguro
de
escape.
Luego
de
la
última
parada
en
Asunción,
el
resto
de
la
tripulación
tendría
que
volar
hacia
Buenos
Aires,
y
si
decían
dónde
se
habían
bajado
con
las
azafatas,
la
vida
de
ellas
estaría
en
peligro.
Edilma
sintió
pavor
cuando
se
enteró
del
plan.
Me
dio
temblor,
me
acordé
de
mis
hijos.
Mis
hijos
estaban
chiquitos.
Me
parecía
que
ellos
se
quedaban
desprotegidos.
En
ese
momento
seguro
que
sentí
demasiado
miedo.
María
Eugenia
también
estaba
muerta
de
susto.
Pero
no
decían
una
palabra.
No
nos
atrevíamos
a
hablar.
Simplemente
me
acuerdo
que
María
Eugenia
me
dijo:
“Perez,
nos
tocó”.
Y
yo
le
decía:
“Sí,
hermana…
ya”.
En
Resistencia,
Edilma
tenía
que
bajar
primero,
junto
al
secuestrador
más
alto,
el
que
había
dirigido
la
operación.
Así
que
fue
a
la
cabina
a
dejarle
su
cartera
al
copiloto
Ramírez,
a
quien
conocía
mejor,
porque
era
amigo
de
su
hermano.
Le
habían
dicho
que
no
llevara
nada
que
pudiera
identificarla…
Entonces,
Ramírez
me
dijo:
“¿Y
esto?”
El
copiloto
no
se
había
enterado
aún
del
plan
de
los
aeropiratas.
Entonces
yo
le
dije:
“Capitán,
es
que
yo
me
bajo
allí
en
el
Chaco
como
rehén”.
En
Resistencia,
provincia
del
Chaco,
Argentina.
Ramírez
la
miró
extrañado,
y
le
respondió:
“Usted
no
se
baja
ni
María
Eugenia
se
baja.
Nosotros
regresamos
vivos
a
Colombia
todos
o
muertos
a
Colombia
todos,
pero
ninguno
se
baja”.
El
copiloto
salió
de
la
cabina
para
hablar
con
los
secuestradores
y
les
dijo
que
si
querían
un
rehén
podía
ser
él,
pero
que
ninguna
de
las
azafatas
se
bajaría
con
ellos.
Por
unos
minutos,
los
aeropiratas
dudaron
qué
hacer.
El
plan
se
vendría
abajo
si
la
policía
empezaba
a
buscarlos
en
cuanto
pusieran
un
pie
en
tierra.
Pero
el
copiloto
parecía
hablar
en
serio..
Al
final,
los
pilotos
propusieron
otra
solución:
harían
un
pacto.
Si
ellos
no
se
llevaban
a
nadie
como
rehén,
la
tripulación
se
comprometía
a
no
avisar
por
radio
dónde
se
habían
bajado,
ni
tampoco
cooperar
con
la
investigación.
Y
los
pilotos
les
dieron
su
palabra,
de
que
no
decían
nada
hasta
que
no
llegáramos
a
Ezeiza.
Eso
les
daría
unas
horas
para
perderse.
Poco
a
poco,
los
aeropiratas
se
fueron
convenciendo.
Pero
antes
de
abandonar
el
avión,
hicieron
una
última
amenaza.
Ellos
dijeron
que
si
nosotros
decíamos
algo,
nosotros
teníamos
familia.
Y
ellos
habían
recolectado
los
nombres
y
las
direcciones
de
toda
la
tripulación.
Y
usted
sabe
que
uno
por…
por
la
familia
uno
da
todo.
Puede
que
ya
se
estén
imaginando
lo
que
pasó.
En
Resistencia,
tocaron
pista,
pero
no
detuvieron
el
avión.
El
avión
giró
sobre
mismo
y,
cuando
entró
en
un
punto
ciego,
el
secuestrador
jefe
saltó
con
la
mitad
del
dinero.
Era
la
misma
maniobra
de
distracción
que
habían
usado
en
Mendoza
para
bajar
a
los
últimos
nueve
pasajeros.
Seguramente
había
sido
un
ensayo.
Minutos
después,
volvieron
a
despegar
rumbo
a
Paraguay.
En
el
aeropuerto
de
Asunción
hicieron
lo
mismo.
Al
tocar
tierra,
el
capitán
Molina
pidió
que
apagaran
las
luces
de
la
pista.
El
avión
dio
un
giro
y
el
segundo
pirata
saltó.
Algunas
autoridades
locales,
que
observaban
el
avión
desde
el
aeropuerto,
creyeron
ver
un
cuerpo,
y
pensaron
que
el
avión
había
atropellado
a
alguien.
De
inmediato,
atravesaron
la
pista
en
dos
camionetas,
una
con
policías
y
otra
con
periodistas.
Pero
cuando
llegaron
al
lugar,
ya
no
había
nadie.
Cuando
se
bajó
el
último
secuestrador,
adentro
del
avión
todos
celebraron
eufóricos
.
Nos
dimos
un
abrazo,
lloramos.
Eso
fue
una
emoción
muy
grande.
Fue
un
momento
demasiado
emotivo
y
felices.
Yo
recuerdo
que
yo
me
senté
en
una
silla
ahí
y
caí.
Apenas
vine
a
despertar
como
cuando
ya
estábamos
sobre
Buenos
Aires.
Pero
sabían
que
la
llegada
a
Buenos
Aires
no
iba
a
ser
fácil,
tendrían
que
dar
explicaciones
incómodas.
Corríamos
un
riesgo,
porque
los
pilotos
no
podían
avisar
que
iban
solos.
Pues
aunque
había
sido
bajo
amenaza
contra
sus
vidas
y
la
de
sus
familias,
en
la
práctica,
habían
ayudado
a
los
secuestradores
a
escapar.
Una
vez
que
aterrizaron
en
Ezeiza
y
el
truco
final
de
los
aeropiratas
fue
revelado,
la
sospecha
cayó
de
inmediato
sobre
la
tripulación.
La
policía
los
trató
como
posibles
cómplices,
y
revisaron
sus
maletas
para
ver
si
no
tenían
escondidos
ahí
parte
de
los
cincuenta
mil
dólares.
A
lo
mejor
pensaron
que
nosotros
teníamos
algo
que
ver
con
ellos
o
que
nos
habían
dado
plata
o
cualquier
cosa.
A
la
mañana
siguiente,
los
interrogaron
cinco
horas
más
en
el
aeropuerto.
Al
salir,
el
capitán
Molina
dio
sus
explicaciones
ante
la
prensa.
Y
cito:
“En
su
desesperación,
dijeron
que
si
intentaban
apresarlos
matarían
a
las
azafatas.
Para
salvarles
la
vida
llegamos
a
un
pacto
de
caballeros”.
La
prensa
colombiana
criticó
fuertemente
al
capitán
Molina
por
no
haber
avisado
por
radio
que
los
secuestradores
ya
no
estaban
en
el
avión.
Hasta
su
padre
tuvo
que
dar
una
entrevista
para
defender
a
su
hijo.
El
diario
El
Tiempo
de
Bogotá
habló
de
un
“acuerdo
para
que
los
aeropiratas
escaparan”,
y
era
cierto
que
hubo
un
acuerdo,
pero
para
que
las
azafatas
que
habían
subido
voluntariamente
pudieran
regresar
a
sus
casas.
Pues
uno,
tranquilo,
porque
como
uno
sabía
que
estaba
haciendo
un
bien,
porque
ofrecerse
uno
a
una
cosa
de
esas,
pues
quién
lo
va
a
hacer
con
mala
intención,
¿no?
Sino
pues
con
el
fin
de…
de
ayudar,
de
ayudar
a
la
gente,
que
ese
al
final
era
nuestro
trabajo.
Los
diarios
colombianos
no
solo
los
atacaron
a
ellos:
también
levantaron
sospechas
sobre
algunos
pasajeros,
por
rumores
de
que
habían
estado
muy
tranquilos
durante
el
secuestro.
También
publicaban
supuestas
filtraciones
de
la
investigación
policial,
como
que
los
piratas
habían
recibido
formación
en
la
Unión
Soviética
o
Cuba,
y
se
preguntaban
si
el
nombre
del
lugar
donde
habían
aterrizado,
“Resistencia”,
sería
un
mensaje
político
en
clave.
No
había
nada
claro,
solo
que
los
secuestradores
se
habían
desvanecido.
La
policía
argentina
había
rastreado
los
alrededores
de
Resistencia,
pero
una
densa
niebla
no
dejaba
ver
a
más
de
cincuenta
metros.
En
Paraguay
pusieron
controles
en
la
frontera.
Parecía
demasiado
tarde:
los
secuestradores
llevaban
horas
de
ventaja,
tenían
el
dinero
para
desaparecer
y
nadie
les
había
visto
el
rostro.
Sin
embargo,
habían
dejado
algunas
huellas.
Estaba
la
cercanía
con
los
ciclistas,
lo
de
los
comentarios
deportivos
entre
Lucena
y
el
secuestrador
jefe,
y
se
habían
bajado
uno
en
Paraguay,
y
el
otro
casi
en
la
frontera.
En
la
ciudad
donde
comenzó
el
secuestro,
Pereira,
existía
una
comunidad
de
inmigrantes
paraguayos:
eran
futbolistas
que
llevaban
décadas
migrando
para
jugar
en
las
filas
del
club
local,
el
Deportivo
Pereira.
Desde
la
década
de
los
cincuenta,
habían
pasado
un
centenar
de
jugadores
paraguayos
por
el
club.
La
comunidad
se
conocía
como
la
“Pereira
paraguaya”.
Y
dentro
de
esta
había
sospechas.
Gonzalo
Valencia,
el
periodista
deportivo
que
habló
antes,
las
conoció
poco
después
del
fin
del
secuestro,
cuando
fue
con
su
esposa
a
un
restaurante.
Ahí
se
encontraron
con
un
exfutbolista
paraguayo
y
empezaron
a
hablar
de
eso.
Nos
comentó
que
si
sabíamos
quiénes
eran
los
secuestradores.
Le
dijimos
que
en
Colombia
nadie
sabía.
Pero
el
ex
jugador
paraguayo
les
dijo
que
él
sí.
Que
mucha
gente
sabía,
o
por
lo
menos
que
corrían
rumores.
Nos
contó
que
eran
dos
compatriotas
de
ellos
los
que
habían
secuestrado
el
avión.
Y
estaban
recién
llegados
al
fútbol
de
Colombia.
Así,
de
golpe,
sentado
en
un
restaurante,
Gonzalo
escuchó
los
nombres
de
los
dos
hombres
que
habían
tenido
en
vilo
al
país
durante
sesenta
horas.
Eran
Eusebio
Borja
y
Francisco
Solano
López.
Gonzalo
no
lo
podía
creer.
Resulta
que
los
había
conocido.
Yo
había
hablado
con
ellos,
había
alguna
vez
tomado
un
café
con
ellos,
y
no
había
intuido
jamás
en
la
vida
que
pudieran
dar
un
vuelo
de
esa
categoría.
El
exfutbolista
le
contó
que
semanas
antes
del
secuestro,
Solano
López
y
Borja
habían
intentado
juntar
dinero
entre
la
comunidad
paraguaya
para
un
negocio
que
estaban
armando.
Tenían
problemas
económicos:
se
habían
mudado
a
Pereira
para
jugar
en
la
liga
local,
pero
no
tenían
equipo.
Cuando
se
supo
que
uno
de
los
secuestradores
se
había
bajado
en
Asunción,
los
de
la
Pereira
Paraguaya
se
preocuparon.
Un
crimen
de
este
tipo
podría
dañar
la
buena
imagen
de
los
paraguayos
en
la
ciudad.
Cuando
investigué
esta
historia,
hablé
con
más
de
treinta
personas
sobre
lo
que
pasó
en
esos
días,
y
tres
fuentes
me
dijeron
que
probablemente
fue
alguien
de
la
Pereira
Paraguaya
quien
alertó
a
la
policía.
Lo
cierto
es
que
cinco
días
después
de
que
terminara
el
secuestro,
se
confirmó
la
identidad
de
los
aeropiratas.
En
Asunción
la
policía
detuvo
al
más
bajo,
Francisco
Solano
López,
de
31
años.
Tampoco
fue
muy
difícil:
estaba
en
una
casa
que
había
arrendado
cerca
de
donde
vivía
su
familia.
Yo
me
imagino
que
ellos
se
consideraban
unos
héroes.
Él
estaba
tan
emocionado
y
tan
lleno
de
soberbia,
que
repartía
dólares
en
el
barrio
donde
él
habitualmente
había
vivido
en
Asunción.
Le
quedaban
veinte
de
los
veinticinco
mil
dólares
con
los
que
había
escapado.
Gran
parte
de
eso
lo
había
regalado
a
familiares
y
amigos.
Después
de
saltar
del
avión,
esperó
a
que
se
hiciera
de
día
en
una
estación
de
trenes
abandonada,
y
luego
intentó
pagar
con
los
dólares
un
pasaje
de
bus.
Al
final
lo
llevaron
gratis.
Después
de
su
arresto,
fue
exhibido
ante
la
prensa
como
un
trofeo
por
el
gobierno
del
dictador
paraguayo
Stroessner.
Lo
fotografiaron
con
la
capucha
puesta
y
en
la
pista
del
aeropuerto,
donde
saltó
del
avión.
Solano
López
no
se
mostró
arrepentido.
Dijo,
y
cito,
que
“estaba
cansado
de
pasar
hambre
y
miseria
y
por
eso
decidí
secuestrar
el
avión”.
También
dijo
que
lo
del
Ejército
de
Liberación
Nacional
y
los
presos
políticos
era
parte
del
guión.
Y
que
tampoco
eran
reales
las
bombas,
solo
las
pistolas.
Todo
era
parte
de
una
serie
de
engaños
para
sacar
adelante
el
secuestro.
De
hecho,
en
el
avión
no
se
encontraron
huellas
del
disparo
que
empezó
todo.
Al
parecer,
lo
hicieron
con
un
arma
de
fogueo,
o
sea,
una
capaz
de
hacer
el
estruendo
de
un
tiro,
pero
sin
disparar
ninguna
bala.
Fue
una
cosa
tan
bien
lograda,
que
eludieron
la
seguridad
de
varios
países
en
América.
Ellos
tenían
todo
eso
manipulado
y
lo
tenían
organizado.
Ellos
sabían
lo
que
iban
a
hacer.
Ellos
tenían
las
cartas
de
navegación
marcaditas.
Eso
pues,
indudablemente
ellos
eran
unos
bandidos,
unos
ambiciosos.
Ellos
querían
plata.
Según
Solano
López,
improvisaron
dos
cosas:
el
itinerario
de
los
países
por
los
que
fueron
pasando
y
el
destino
final.
Dijo
que
el
plan
original
era
bajarse
en
Ecuador
y
desaparecer,
pero
que
las
condiciones
atmosféricas
y
de
visibilidad
no
les
dejaron
bajar
en
el
lugar
exacto
que
habían
elegido.
Tenía
sentido:
ambos
conocían
bien
Ecuador.
Cuando
detuvieron
a
Solano
López
dijo
que
a
Eusebio
Borja
lo
había
conocido
unos
días
antes.
Pero
era
mentira:
habían
sido
compañeros
cuatro
años
atrás
en
el
equipo
América
de
Ambato,
de
la
primera
división
ecuatoriana.
Los
dos
eran
delanteros.
Les
decían
el
“Toro”
Solano
y
el
“Cacho”
Borja.
El
primero
era
agresivo,
peleador,
y
el
segundo,
que
antes
del
fútbol
había
estudiado
Medicina,
era
un
jugador
más
cerebral.
Pero
ese
año
el
América
descendió
y
empezaron
a
deambular
entre
equipos
de
perfil
más
bajo,
que
casi
siempre
descendían.
Tenían
31
y
27
años
cuando
llegaron
juntos
a
Colombia,
en
busca
de
mejor
suerte.
Pero
nunca
la
encontraron.
Borja,
de
más
talento,
estuvo
algo
más
cerca:
consiguió
jugar
en
el
Once
Caldas
unos
pocos
partidos,
pero
no
lo
contrataron.
El
equipo
tenía
un
estilo
de
juego
vistoso,
de
mucho
toque,
y
los
jugadores
paraguayos
tenían
la
fama
de
ser
rústicos.
Solano
López
lo
intentó
en
varios
clubes
y
tampoco
lo
ficharon.
Era
un
jugador
de
poca
categoría
sinceramente,
e
intentó
jugar
en
el
Deportivo
Pereira,
pero
no
tenía
condiciones
y
no
lo
contrataron.
Entonces
quedó
en
el
aire,
viviendo
al
lado
de
los
paraguayos,
de
los
compatriotas
que
había
en
Pereira,
pero
sin
poder
tener
ninguna
actividad
deportiva
ni
ninguna
actividad
laboral.
Poco
después
de
llegar
a
Colombia,
los
dos
estaban
desempleados,
con
sus
carreras
deportivas
acabadas.
De
vez
en
cuando,
jugaban
partidos
amistosos
con
los
jugadores
de
la
Pereira
Paraguaya,
pero
no
convivían
mucho
con
ellos.
Presumían
de
un
nivel
de
vida
más
alto
del
que
tenían:
llevaban
relojes
vistosos
y,
cuando
iban
a
alguna
comida,
les
gustaba
pagar
la
cuenta
de
todos.
De
dónde
sacaban
ese
dinero,
no
se
sabe.
Pero
la
verdad
era
que
se
les
estaba
acabando.
Dos
años
después
de
la
captura,
Solano
López
fue
extraditado
a
Colombia,
en
donde
le
dieron
cinco
años
de
cárcel.
El
ciclista
Luis
Reátegui
asegura
que
lo
visitó
mientras
cumplía
su
condena,
junto
a
un
periodista
que
quería
escribir
un
artículo
sobre
el
aeropirata.
Y
que
era
verdad
lo
que
le
dijo
Solano
López
en
el
avión:
se
conocían.
En
una
oportunidad,
recuerda,
se
habían
encontrado
en
un
hotel
en
Pereira
y
habían
jugado
un
juego
de
mesa.
Este
es
Reátegui,
contando
esa
visita:
“Miiiira,
mira,
¡Reategui
estaba
cagado
de
mieeedo!
¡Igual
los
otros!”,
y
se
reía
con
nosotros.
Es
difícil
saber
cómo
o
en
qué
momento
se
les
ocurrió
secuestrar
un
avión.
Solano
López
nunca
lo
contó,
porque
quería
escribir
un
libro.
Algunos
dicen
que
lo
escribió
en
la
cárcel
y
se
llamaba:
“Yo,
pirata
aéreo”,
pero
nunca
se
publicó.
Quizás
influyó
el
haber
llegado
a
Colombia,
entonces
el
segundo
país
con
más
secuestros
aéreos
del
mundo,
y
que
llevaban
muchos
años
de
club
en
club,
de
avión
en
avión.
Es
probable
que
se
hayan
sentido
expertos
en
el
tema.
Y
sabemos
una
cosa
más:
algo
que
dijeron
varias
veces
en
el
aire,
mientras
pedían
los
diarios
para
saber
qué
decían
de
ellos.
Algo
que
seguramente
no
estaba
en
el
plan,
y
añadieron
mientras
se
volvían
más
y
más
famosos.
Se
lo
dijeron
al
capitán
Lucena,
a
modo
de
despedida:
«Lamentamos
mucho
que
se
vaya
y
no
pueda
acompañarnos
a
batir
el
récord
mundial
de
secuestros”.
Querían
una
hazaña
para
ser
recordados
por
siempre.
Es
muy
difícil
seguirle
la
pista
a
Solano
López
desde
el
momento
en
que
entró
a
la
cárcel.
De
hecho,
no
encontramos
registros
en
el
sistema
penitenciario
colombiano
sobre
cuándo
salió.
Y
en
los
diarios
dejó
de
ser
noticia.
En
Pereira
existe
el
rumor
de
que
murió
años
después,
en
un
asalto
a
un
banco
en
Buenos
Aires.
De
Eusebio
Borja,
el
secuestrador
jefe
que
saltó
del
avión
en
Resistencia,
no
se
supo
nada
más,
a
pesar
de
que
lo
siguieron
buscando.
Era
como
si
nunca
hubiera
tocado
tierra.
Cada
tanto,
se
escuchaba
un
nuevo
rumor:
que
lo
habían
visto
en
una
isla
colombiana,
que
se
había
comunicado
con
una
persona
de
la
Pereira
Paraguaya,
pero
jamás
volvió
a
ser
visto
en
público.
Casi
cincuenta
años
después,
si
aún
está
vivo
y
escuchando
este
episodio
desde
algún
lugar,
el
secuestro
más
largo
del
mundo
aún
no
termina
para
él.
En
los
años
que
siguieron
a
este
secuestro
se
empezaron
a
ratificar
entre
los
distintos
países
de
Latinoamérica
tratados
contra
la
piratería
aérea.
Se
subieron
las
penas
y
se
fortaleció
la
seguridad
en
todos
los
aeropuertos.
Todo
esto
significó
el
fin
de
la
época
dorada
de
los
aeropiratas.
El
capitán
Molina
y
el
copiloto
Ramírez,
quienes
propusieron
el
“pacto
de
caballeros”,
murieron
diez
años
después.
Su
avión
tuvo
complicaciones
al
despegar
y
se
estrelló
contra
una
fábrica
cerca
del
aeropuerto
de
Medellín.
Al
día
de
hoy,
el
secuestro
del
avión
HK-1274
de
SAM
sigue
siendo
uno
de
los
más
largos
y
espectaculares
en
la
historia
de
la
aviación
mundial.
Massimo
Di
Ricco
es
investigador
independiente.
Vive
en
Barcelona.
Coprodujo
esta
historia
con
Victoria
Estrada.
Victoria
es
editora
en
Radio
Ambulante
y
vive
en
Xalapa,
México.
Massimo
ha
recolectado
esta
y
otras
historias
sobre
la
piratería
aérea
en
América
Latina
en
el
libro
Los
Condenados
del
Aire
El
viaje
a
la
utopía
de
los
aeropiratas
del
Caribe,
publicado
en
Colombia
en
2020.
Este
episodio
fue
editado
por
Camila
Segura,
Nicolás
Alonso
y
por
mí.
Desirée
Yépez
hizo
el
fact-checking.
El
diseño
de
sonido
es
de
Andrés
Azpiri
y
Rémy
Lozano,
con
música
de
Rémy.
Gracias
a
David
Trujillo
y
a
Aneris
Casassus
por
su
ayuda
con
esta
historia.
Y
un
agradecimiento
especial
a
Ismael
Torres
por
prestarnos
su
voz
para
este
episodio.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Paola
Alean,
Lisette
Arévalo,
Jorge
Caraballo,
Xochitl
Fabián,
Fernanda
Guzmán,
Miranda
Mazariegos,
Barbara
Sawhill,
Hans-Gernot
Schenk,
y
Elsa
Liliana
Ulloa.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios,
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Estamos
a
punto
de
concluir
nuestra
décima
temporada,
pero
tenemos
otro
gran
podcast,
El
Hilo
y
desde
ahí
seguimos…
Cada
viernes
revisamos
la
noticia
más
importante
de
Latinoamérica
y
contamos
la
historia
detrás
de
ella.
En
el
episodio
del
viernes
pasado,
reportamos
desde
México,
uno
de
los
países
con
más
trabajadores
sanitarios
fallecidos
por
coronavirus.
No
se
lo
pierdan.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
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► Hola ambulantes. Soy Jorge Caraballo, director de crecimiento. Estamos a punto de alcanzar una meta importantísima: llegar a un millón de reproducciones por mes. Eso, además de ser una marca simbólica, nos permitirá conseguir nuevos apoyos financieros y oportunidades como organización. Y para eso queremos pedirte un favor pequeño que hace toda la diferencia. Recomiéndale hoy Radio Ambulante a una persona que todavía no nos escucha. Piensa en un episodio que le pueda gustar y mándale el enlace, de Spotify o de nuestro sitio web. Si cada oyente trae una persona nueva a Radio Ambulante vamos a lograr de lejos esa meta y abril va a ser por primera vez el mes del millón. Desde ya muchas, muchas gracias. Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Hoy vamos a viajar por todo el continente, a bordo de un avión colombiano. Pero no será un viaje tranquilo, se los advierto… Hablamos del avión HK-1274 de la Sociedad Aeronáutica de Medellín, más conocida como SAM. Salió el miércoles 30 de mayo de 1973 desde Bogotá y aterrizó en… bueno… en muchas partes. El avión despegó sin contratiempos y su primera parada fue en Cali. Ahí subió el ciclista Luis Alfonso Reátegui, quien tenía que llegar a Medellín e iba con otros tres ciclistas. Al día siguiente, arrancaba en esa ciudad el Clásico RCN, una de las carreras más importantes del país. Recordemos que estamos a principios de los años setenta. Subir a un avión no era igual a como es ahora: no había detectores de metal, ni rayos X, ni nadie revisaba maletas. Era casi como tomar un bus. Este es Reátegui. La subida era normal, por una escalerilla. No llevábamos sino el tickete en la mano y allá llegábamos, lo entregábamos y listo. Pero no, seguridad casi no… Hoy tiene 76 años y una tienda de bicicletas y motos en Cúcuta, una ciudad colombiana fronteriza con Venezuela, pero en ese entonces era un ciclista profesional que pertenecía al equipo del Valle. Despegaron a la una y ocho minutos de la tarde y a la una y treinta y cinco hicieron otra escala de media hora en Pereira. Ahí se subieron nuevos pasajeros y se ubicaron en los pocos lugares que quedaban libres. En total, eran 84 pasajeros, ubicados en dos columnas de asientos. Y dos de ellos se sentaron en la penúltima fila. Se quedaron tranquilos, hasta que el avión despegó. Doce minutos después, se pusieron unas capuchas. Y lo que vino después sucedió muy rápido. Nosotros estábamos en la parte de atrás. Y con las las dos pistolas dispararon e hicieron un tiro a la… a la parte del piso y nos dijeron que quietos, que eso era un secuestro. Diez mil metros de altura, dos encapuchados, 84 pasajeros y un tiro. Reátegui tardó unos segundos en entender lo que pasaba. Nosotros creímos que era, por ahí, por mamar gallo, por molestar. Pero cuando ya agarraron la azafata y la agarraron del pelo y le hablaba duro y todo. Nos dio mucho miedo a todos. ¡A todos los que íbamos en el avión! Los pasajeros se quedaron todos quietos. Eran dos secuestradores, nada más, pero ya habían demostrado que no temían apretar el gatillo. Mientras tanto, en la cabina no se habían dado cuenta de nada de lo que estaba sucediendo en la sección de pasajeros. El capitán Jorge Lucena, distraído, silbaba una melodía. Ahí también iban un ingeniero, un aprendiz de ingeniero y el copiloto Pedro Gracia. Cuando en un momento, bruscamente, entró una persona encapuchada, con un revólver apuntándonos al ingeniero Tulio Lozano y a mí. Este es Gracia, el copiloto. El capitán no se dio cuenta de lo que estaba pasando detrás de él. Siguió silbando, mientras un hombre apuntaba un revólver dentro de su cabina. Yo le llamé la atención y le dije: “Capitán, mire”. Él volteó la mirada y palideció totalmente. Un par de minutos después, llegó a la cabina el otro secuestrador. Era más alto y, por cómo hablaba, parecía estar a cargo. El hombre dijo: “Esto es un secuestro”. Y el capitán le contestó: “Cuénteme qué quiere”. Y él solamente expresó una palabra: “Aruba”. Pensando que había escuchado mal, el capitán le preguntó: “¿A Cuba?”. Y él respondió: “No, Aruba”. Así empezó uno de los secuestros más espectaculares en la historia aérea de América Latina. El productor Massimo Di Ricco investigó durante años los detalles de esta historia. Aquí Massimo. Esa confusión del capitán Lucena, pensar que la orden era ir a Cuba, no viene de la nada. Desde 1967, al menos treinta aviones colombianos, y otros 59 en la región, habían sufrido intentos de secuestros para volar hasta la isla. Y la mayoría lo había logrado. Los secuestradores solían ser simpatizantes de la revolución o personas que buscaban irse de sus países, imaginando una mejor vida allá. Para algunos la revolución daba pie a las utopías. Fidel Castro había llegado al poder en 1959 y, pocos años después, Cuba tenía sus relaciones cortadas con el continente, por lo que secuestrar un avión era una de las pocas formas de llegar. No solía haber mucha resistencia de parte de la tripulación, que casi siempre volaba a la isla sin más, esperando que el asunto acabara pronto. Secuestrar un avión en Latinoamérica era un plan alocado, sin duda, pero realizable. La prensa hasta les puso un nombre: los “Aeropiratas”. Por su parte, el régimen cubano trataba bien a los pasajeros, y si bien investigaban a los aeropiratas, para diferenciar entre revolucionarios, delincuentes o posibles espías, no siempre los encarcelaban. Después de todo, que hubiera gente dispuesta a secuestrar un avión para vivir allí era buena propaganda frente a los países capitalistas. Para el capitán Lucena, ni siquiera era su primer intento de secuestro: cuatro años antes, un aeropirata de veinte años había puesto un cuchillo en el cuello de su copiloto, y había dado la orden de ir a Cuba. Esa vez, se resistieron y no volaron a la isla. Incluso Lucena le pegó un puñetazo. Pero, claro, solo era un joven con un cuchillo. Ahora los aeropiratas eran dos, tenían pistolas y no querían ir a Cuba, sino que tenían otra isla caribeña en mente: Aruba, a más de mil kilómetros de Pereira. Y aunque eso sorprendió a la tripulación, no estaban en posición de hacer preguntas. Nos concentramos mucho. Dejamos a un lado el estrés y empezamos a evaluar la situación. Este es el copiloto Gracia de nuevo. Lo primero que vieron fue que el combustible que había en el tanque no les alcanzaba. El capitán Lucena le dijo al aeropirata más alto, el que parecía ser el jefe, que lo mejor era hacer una parada en Medellín. El hombre estuvo de acuerdo. Lucena comunicó desde el aire que estaban secuestrados y que necesitaban combustible. Pero al aterrizar en Medellín, se demoraron más de 45 minutos en recargarlo. Y los aeropiratas, claro, comenzaron a ponerse nerviosos. El capitán Lucena falleció en 2010, pero detalló los sucesos de ese día en una entrevista que le hicieron en 1973 en la televisión colombiana. Me puso un momento la pistola en la cabeza: «Despegue, despegue. No me importa que usted no tenga combustible». “No me importa que usted no tenga combustible”. Si lo hacían corrían el riesgo de estrellarse a mitad del vuelo, así que el capitán improvisó una jugada: le dijo al secuestrador que para despegar tenían que cambiarse de pista. No era verdad, pero le daba un poco más de tiempo a ver si llegaba el combustible. Y sí, llegó, pero el proceso de recarga era extremadamente lento. O así parecía dentro de la cabina del avión. Y el hombre se desesperó nuevamente y me puso la pistola en la cabeza y me dijo: “Capitán, ni un segundo más. Despega, despega, despega». “Ni un segundo más”. Ya tenían suficiente combustible, pero despegar con el tanque aun conectado al avión era demasiado peligroso: podía dañar la nave. Por fortuna, el equipo en tierra vio las señas desde la cabina y alcanzaron a desconectar todo. Y despegamos para Aruba. Ya eran las tres de la tarde. Una vez en el aire, los secuestradores se veían más tranquilos. Por primera vez dijeron cuáles eran sus demandas. La petición que nos dio a conocer fue primero una suma de doscientos mil dólares en efectivo… doscientos mil dólares, distribuidos en billetes de cien y cincuenta dólares. Era mucho dinero. Para que tengan una idea, en esa época, con eso se podían comprar más de diez casas en Bogotá o por lo menos veinticinco departamentos. Y había otra petición: La libertad de sus compañeros presos políticos de la cárcel del Socorro, departamento de Santander. Esa última frase le dio una nueva dimensión al secuestro. Se identificaron como miembros del Ejército de Liberación Nacional o ELN, un grupo guerrillero que iba a cumplir una década en Colombia. Y lo que pedían era que liberaran a decenas de compañeros de armas que estaban siendo juzgados en ese momento, acusados de pertenecer a la guerrilla urbana. Era una petición sin precedentes. Aunque la prensa siempre especulaba que los secuestros de aviones colombianos eran acciones de la guerrilla, nunca una organización lo había reconocido. Era la primera vez. Y los secuestradores querían demostrar que hablaban en serio. Les dijeron que llevaban bombas en un maletín y obligaron a Lucena a tocarlas. Metí la mano, sentí unos objetos redondos, pero no puedo confirmar que fueran verdaderamente unas bombas. Si no cumplían sus requerimientos, dijeron, harían explotar el avión. Mientras tanto, en la zona de pasajeros, Luis Reátegui y los otros ciclistas estaban ansiosos. Los habían dividido: las mujeres en la parte de adelante del avión y los hombres atrás. También habían registrado sus nombres y direcciones. El aeropirata más alto vigilaba desde la cabina y el más bajo, que también parecía el más violento, estaba pendiente de los pasajeros. La situación era muy tensa. Casi que ni podían hablar sin que el secuestrador más bajo gritara y los amenazara. Nos decían que no hiciéramos ruido, que no molestáramos, que nos calláramos, que era mejor para nosotros, que en silencio. Y nada de levantarse del asiento. ¡Estarse sentados todos! Tenían que pedir permiso hasta para ir al baño y, cuando los dejaban, los vigilaban afuera de la puerta, pistola en mano. Y aunque solo eran dos, igual intimidaban. Los secuestradores eran… eran cuajados, musculosos, pero como no sabemos quién eran esos se veían como Santo el enmascarado de plata. Sí, así se veían. El Santo enmascarado, el personaje más icónico de la lucha libre mexicana. A pesar de las capuchas, los secuestradores daban la impresión de ser jóvenes. Pero lo más intrigante, para los ciclistas, era el extraño acento que tenían. Les sonaba como argentino o uruguayo, pero no estaban seguros. En la cabina, el copiloto Pedro Gracia había notado lo mismo, y además le parecía que intentaban ocultarlo. Hablaba muy poco para no ser identificado, porque tenía un acento muy particular. Así pasaron dos horas, hasta que llegaron al aeropuerto Princesa Beatrix de Aruba, a las cinco de la tarde. Era el final del viaje, la hora de la negociación. Pero las cosas no serían tan sencillas. La negociación fue muy difícil. El negociador de la empresa SAM era un abogado muy eminente llamado Ignacio Mustafá. Tenía la fama y reputación de ser muy, muy difícil. Mustafá solía liderar el equipo de negociación laboral de la empresa. Entonces cuando los secuestradores pidieron doscientos mil dólares, él apenas ofreció veinte mil. Era una oferta irrisoria para los secuestradores. Y había otros problemas: no solo estaban negociando con la aerolínea sino que también tenían que lidiar con varios gobiernos. Por un lado, estaban en Aruba, y las autoridades locales querían que se fueran lo antes posible. Con el avión ahí secuestrado, el aeropuerto no podía seguir funcionando. Y, por el otro, estaban las autoridades colombianas, que aún no daban respuesta. La noticia, en Colombia y en Aruba, ya empezaba a atraer prensa. Como gesto de buena voluntad, los secuestradores dejaron bajar a unos cuarenta pasajeros, en varias tandas, sobre todo mujeres y niños. Pero los demás ya se estaban desesperando y algunos comenzaban a pensar en planes de escape. Los ciclistas, en particular, no paraban de mirar un extintor de incendios que había en una de las paredes del avión. Había un señor que era cuajado, bastante acuerpado, corpulento, ¿sí? Un pasajero que estaba sentado justo delante de ellos. Entonces, nosotros, entre los ciclistas hablamos: “Este es el hombre que nos va a salvar”. El aeropirata más bajo observaba fijamente a los rehenes, pero uno de los ciclistas, Carlos Montoya, se atrevió a sacar cuidadosamente el extintor. Él se agachó y le decía: “Aquí le pasó el extinguidor por debajo de la… de la banca”. ¡Y se lo pasó! Entonces le susurró el plan al hombre corpulento. “Cuando venga el… el secuestrador que siempre pasea por este pasillo, le pegás un traquetazo con él”. El hombre asintió y, disimuladamente, se cambió de asiento con el pasajero que estaba junto al pasillo. Esperaban el momento justo. Y el momento llegó: el secuestrador empezó a caminar hacia ellos. Cuando pasó el pirata nosotros mirábamos a ver a qué hora le zampaba el… el cachimbarro con el extinguidor. Pasó justo por donde estaban. Un movimiento ágil, un golpe seco, un ciclista que agarrara el arma, y la pesadilla podría terminar. Reátegui miró al hombre con el extintor. Él era… Tenía un bigote y tal vez lo único que tenía era el bigote negro y el resto pálido. No podía… como un papel, pues asustado, no fue capaz de pegarle. Las horas seguían pasando y el avión no se movía de la pista. Estaban en el Caribe, con los motores apagados, sin aire acondicionado. El calor comenzaba a ser insoportable. Muchos pasajeros se empezaron a quitar la ropa. No tenían agua ni comida. El baño era un desastre y los olores solo se pondrían peores. Por si fuera poco, en Pereira habían subido un cargamento de trescientos pollitos vivos a la bodega. Era una bomba de tiempo. A medianoche, después de diez horas de secuestro, el gobierno de Colombia emitió un comunicado que tensionó aún más las cosas. Decía que no pensaba negociar con ningún secuestrador, y que en Colombia no existían presos políticos. Con eso, el problema del avión secuestrado quedaba en manos de la empresa SAM. Y aunque ellos sí estaban dispuestos a negociar un pago, el abogado insistía que jamás serían doscientos mil dólares. Los aeropiratas también hicieron una declaración: dijeron que si no les cumplían, estaban dispuestos a morir. A las cuatro de la mañana, los secuestradores obligaron al capitán Lucena a despegar otra vez, sin decirle a dónde iban. Ya en el aire, el secuestrador jefe se lo comunicó: irían a Lima, Perú. Eran más de cuatro horas de vuelo desde Aruba, y el capitán Lucena empezó a preocuparse por el avión. Le manifesté al secuestrador que el avión ya estaba con bastante disminución de aceite y se nos podían fundir las turbinas. Este es el capitán Lucena de nuevo, en la entrevista de 1973. El problema era que si iban a hacer trayectos tan largos, necesitaban aceite para las turbinas y las hélices, o podían romperse en pleno vuelo. Por eso, averiguó por radio si tenían en Guayaquil, que quedaba en camino. Pero, por ahí cerca, solo tenían en Aruba. Le dijo al secuestrador que era demasiado peligroso seguir así. Según Lucena, el aeropirata le contestó: “Capitán, yo no quiero arriesgar la vida de los pasajeros. No quiero arriesgar la vida de la tripulación, no quiero arriesgar la del avión. Si usted lo considera, regrese a Aruba”. Y así lo hicieron. Llegaron a Aruba, por segunda vez, el jueves a las ocho y media de la mañana. Habían pasado ya casi veinte horas de secuestro. Yo estaba ya muy cansado, muy mal. Este es Luis Reátegui otra vez. Como no podíamos hablar, ahí runruneábamos de a poquito, y mirábamos a ver qué irá a pasar, hombre. En Medellín, el Clásico RCN ya estaba por empezar y, aunque ya no iba a llegar, sintió que era el momento de hacer algo. Pero no sabía qué. Entonces no podíamos levantarnos de la silla, ir a hablar con los secuestradores, porque de pronto nos pegaban un tiro. Pero se arriesgó. Se paró y caminó hacia el aeropirata más bajo, el mismo que habían planeado noquear con el extintor. Sacó su identificación de ciclista: Le digo: “Nosotros somos ciclistas, hay cuatro que vamos a correr el Clásico RCN”. El secuestrador lo miró un momento. Ni siquiera examinó la identificación. Reátegui recuerda que le dijo: “Yo le conozco”. Reátegui no entendió. No era como si fuera un ciclista famoso. Por otro lado, él tampoco reconocía la voz del secuestrador. Pero todo pasó tan rápido que no tuvo tiempo de preguntarle nada. De inmediato, el aeropirata agregó: “Pérese, pérese, que más adelante resolvemos el problema”. Reátegui regresó a donde estaban sus compañeros y les dijo: Ese señor me había dicho que nos iba a soltar, que a nosotros nos iban a soltar, a los ciclistas y que estuviéramos tranquilos. Entonces, bueno, ya nos calmamos un poquito. Y unos minutos después… Llegaron y dijeron, con la pistola nos hacían así: “¡Salgan, salgan los ciclistas!”. No entendían qué estaba pasando y tampoco preguntaron. Nos paramos, aleg… alegres con maletín. Y salimos y bueno, ya libres. Qué felicidad de nosotros. Ya respirábamos aire limpio, porque el avión olía… olía a mil cosas, ¿oyó? Eran las diez de la mañana y, de golpe, los cuatro ciclistas, junto a un puñado de pasajeros más, habían recuperado su libertad. Es difícil saber con exactitud cuántos pasajeros quedaban en el avión en ese momento. Los diarios de la época dieron cifras que no concuerdan, pero es realista pensar que quedaban más de treinta. Más la tripulación, que eran siete. El nerviosismo dentro de la cabina del avión seguía creciendo. Los secuestradores anunciaron que, por cada media hora que pasara, subirían el rescate cincuenta mil dólares. Pero la aerolínea seguía resistiéndose a pagar. El aeropirata jefe, ya frustrado, exigió que en el próximo avión que llegara desde Colombia le llevaran todos los diarios locales, para saber qué decían sobre el secuestro. Pero el capitán Lucena no siguió la orden. Quizás pensando en el peligro de que encontrara algo en las noticias que no le gustara. Cuando llegó el primer avión colombiano y desde la torre les dijeron que no había traído ningún periódico, el secuestrador estalló. Me dijo: “Capitán, usted me está engañando”, tuvo una crisis nerviosa en ese momento. Volvió y me puso la pistola en la cabeza, y me dijo: “No le acepto ningún engaño más”. La situación había llegado a un límite. En otro vuelo colombiano, habían llegado a Aruba el secretario general de la aerolínea y el abogado Mustafá. Querían subirse al avión a negociar con los secuestradores. Me dijo: “Que no se acerque ninguno de ellos, porque, capitán, los mato, porque los mato”. Al avión no subió nadie. Solo dejaron que una azafata bajara a recoger sándwiches y agua para los pasajeros, que ya no aguantaban más. Luego le ordenaron al capitán que despegara de nuevo. Esta vez no había un destino específico. Le dijeron que se dirigiera a Centroamérica. Mientras todo esto sucedía, otros pasajeros organizaron un plan de escape. Cuando el avión empezó a moverse, alguien abrió la puerta trasera de emergencia… Empezaron a saltar a tierra varios hombres. Eran por lo menos cinco metros de caída, y un par de pasajeros quedaron con lesiones en la cabeza y en las piernas, pero ninguno quedó grave. Entre los que saltaron estaba una pareja de especial importancia para los aeropiratas, millonarios y dueños de una de las principales fábricas de aceite de Colombia. Cuando se dieron cuenta de que ellos habían saltado, se alteraron todavía más. Y encima, estaban con la puerta abierta. Los secuestradores se asustaron y pensaron que era al contrario, que la policía había ingresado al avión. Se estresaron tanto que ordenaron salir inmediatamente. El avión se elevó, en medio del caos. Dieron vueltas por Panamá, Costa Rica, hasta El Salvador, pero en ningún aeropuerto les permitieron aterrizar. Así que regresaron, por tercera vez, a Aruba. Estaban casi donde habían empezado. En realidad, peor: el gobierno colombiano se había negado a negociar, no les había dado un peso y tenían cada vez menos rehenes. A las diez de la noche del jueves, 32 horas después de iniciado el secuestro, los aeropiratas dieron un plazo final: las once de la mañana del día siguiente. Si no recibía el dinero para entonces, habría consecuencias. Una pausa y volvemos. Este mensaje viene de un patrocinador de NPR, Squarespace, el creador de sitios web fácil de usar y diseñado por profesionales reconocidos internacionalmente. La plataforma todo en uno de Squarespace se especializa en hacer más fácil establecer una presencia en línea, con dominios, herramientas de marketing, análisis y más. Visita Squarespace punto com slash NPR para obtener una prueba gratuita y cuando estés listo para lanzar tu página, usa el código NPR para ahorrarte diez por ciento en la compra de tu primer sitio web o dominio. NPR y el siguiente mensaje son patrocinados por VICE News. Contra Natura es un nuevo podcast producido por VICE News que narra historias desde la primera línea de la crisis climática. En la primera temporada, los reporteros de VICE News viajan a Colombia, donde una compañía norteamericana de carbón ha sido acusada de financiar a los paramilitares que asesinaron a tres líderes sindicales. Una historia de misterio que recorre América y nunca has escuchado antes. Escucha Contra Natura en Spotify o donde sea que escuches tus podcasts. Estos días hay tantas cosas para ver que jamás te va a alcanzar el tiempo. Es por eso que existe Pop Culture Happy Hour, desde NPR. Dos veces por semana, buscan entre todas las tonterías que hay, comparten sus reacciones y te dan un resumen de lo que sí vale la pena. Escucha Pop Culture Happy Hour todos los miércoles y jueves. Ambulantes, antes de continuar quiero recomendarles un podcast en español que admiramos mucho, se llama Entiende Tu Mente. En episodios de veinte minutos hace que la psicología sea entretenida y comprensible para cualquiera. Hay conversaciones sobre cómo encontrar tu vocación, cómo mantener la independencia en pareja, sobre maneras de acompañar a personas que tienen ansiedad y más. Nos sorprende que sea uno de los podcast más escuchados en nuestro idioma. Entiende Tu Mente, búsquenlo en Spotify, les va a gustar. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa contamos cómo dos hombres encapuchados secuestraron un avión en Pereira, Colombia, con 84 pasajeros. Se identificaron como guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional, pidieron doscientos mil dólares y la liberación de prisioneros políticos. Pero ya había pasado más de un día entero y el avión no había hecho otra cosa que dar vueltas y regresar una y otra vez a Aruba. Habían dejado salir pasajeros, otros se habían escapado y no parecía que las autoridades estuvieran dispuestas a cumplir sus demandas. Pero los secuestradores no se daban por vencidos. Si a las once de la mañana no tenían respuesta, considerarían que la negociación había finalizado. Y ya habían dicho que estaban dispuestos a no salir vivos del avión. Massimo nos sigue contando. Después del tercer aterrizaje, las autoridades de Aruba les hicieron una exigencia a los aeropiratas: un cambio de tripulación. Era muy peligroso que siguieran despegando con el capitán y su equipo exhaustos. A cambio, la aerolínea enviaría un maletín con cincuenta mil dólares, en manos del nuevo capitán que subiera. Los secuestradores aceptaron. Pero venía un nuevo reto: convencer a otra tripulación de subirse a un avión secuestrado, en el que las cosas se estaban saliendo de control. Yo llegué y le dije: “A la orden, ¿para qué me necesita? Y el gerente me dijo: “Hay que relevar la tripulación que está en Aruba”. Esta es Edilma Pérez, azafata de SAM en ese momento, quien estaba empezando su turno en el aeropuerto de Medellín. Tenía 32 años y acababa de cumplir dos años de trabajar en la compañía. Ya estaba decidido que los comandantes Hugo Molina y Pedro Ramírez formarían parte del reemplazo, como capitán y copiloto. Y también se subiría el ingeniero de vuelo, Alfredo Shaffer. Solo faltaban las azafatas. Edilma preguntó cuáles de sus colegas ya se habían ofrecido a subir. No sé, me dijo el gerente, no sé quién está dispuesta. Entonces yo le dije: “Yo voy”. Y él se quedó mirándome y me dijo: “¿Usted va? ¿Usted sabe a lo que van?”. “Y sí… yo voy”. Era madre soltera de cinco hijos y ese trabajo le había permitido sacarlos adelante. Estaba muy agradecida con SAM por haberla elegido. En esa época, era muy raro que una aerolínea contratara a una mujer con hijos. Y ella, además, formaba parte del equipo de reserva del aeropuerto, que debía presentarse ante cualquier emergencia o reemplazo. Edilma les dijo una cosa más: que si llamaban a María Eugenia Gallo, que venía llegando de un vuelo de Cúcuta, ella también iba a aceptar. Eran muy buenas amigas y siempre trataban de volar juntas. María Eugenia, de hecho, ya había visto el avión secuestrado en Medellín, en la primera parada que hicieron para cargar combustible. Y lo vimos, lo vimos a lo lejos, y le dije a mis compañeras: “Ay, qué rico estar en ese avión, y tener esa experiencia, y tener como qué contar más adelante a nuestros hijos, a nuestros nietos”. Mis compañeras: “Ay, estás loca”. Y yo les dije: “No me parece, sería muy rico”. María Eugenia tenía 23 años, no tenía pareja ni hijos, y le sobraba espíritu aventurero. Por eso, cuando la llamaron, no necesitó pensarlo mucho. Yo dije: ay no, listo yo voy. De una. Y así… así empezó esa aventura. María Eugenia se fue a su casa a empacar ropa y le contó a su mamá lo que estaba por hacer. “Mija, pero usted está loca. ¿Cómo se le ocurre?” Mis hermanas también. Y yo: “Ay, no, yo quiero, yo quiero ir”. Y me fui. Edilma solo le avisó a una hermana. Y le dije: “Hermana, me voy, pa’l secuestro, te quedan mis hijos”. Y me dijo: “¿Cómo? No le di tiempo a que me contestara, sino le dije: “Ahí están mis hijos. Cuídalos” yo le colgué el teléfono. Ya estaban listas: su próximo vuelo juntas como azafatas sería a bordo de un secuestro. Se unió una tercera azafata y la tripulación completa llegó a Aruba a la madrugada. Pasaron a un hotel a descansar y comer, pero, cuando iban a empezar, recibieron una llamada. Debían ir al aeropuerto de inmediato. Cuando llegaron, vieron el avión en medio de la pista. Nosotras estábamos, así, en una fila recta. Y al lado del avión no había nadie, nadie, nadie. Ni policías ni gente de la empresa ni periodistas. Los secuestradores habían ordenado que nadie más que la tripulación se acercara. El primero en ser liberado fue el copiloto Pedro Gracia, a cambio del nuevo capitán, que llevaba el maletín con los cincuenta mil dólares. El intercambio siguió, uno por uno, y al final los aeropiratas liberaron a un grupo de nueve pasajeros más. Edilma y María Eugenia fueron las últimas en subir y alcanzaron a ver a las azafatas de la tripulación anterior. Se veían demacradas, y cuando pasaron junto a ellas, las abrazaron y lloraron. Edilma caminó hacia las escaleras del avión y, una vez que estuvo ahí, empezó a sentir el peso de la decisión que había tomado. Me temblaban los pies. Cuando yo subí las escalas, ya tenía miedo, obvio. Edilma subió y la siguió María Eugenia. Los aeropiratas las revisaron y les dijeron que tenían que acatar cada una de sus órdenes, porque ellos mandaban dentro del avión. Y cuando nosotros entramos, pues el avión estaba muy desordenado… Todas las sillas volteadas… Había mucha basura en el avión, porque no la habían dejado todavía bajar… Y los pollitos, pues qué pesar, se murieron ahí en la… en la barriga del avión. El olor en el avión era terrible más el calor. Lo que más las impresionó fue ver a los pasajeros. Ellos tenían una cara de pánico, como quién dice: ¿Ustedes qué están haciendo aquí? Nos miraban como asombrados y nosotros, pues, tranquilizándolos, que todo iba a salir bien, que no se preocuparan. Pero, claro, no tenían cómo saber si las cosas iban a salir bien. Al menos, los secuestradores tenían parte del dinero y ya no hablaban de liberar presos políticos. Llevaban 38 horas de secuestro. Eran las cuatro y veinte de la mañana del viernes primero de junio, y la nueva orden era volver a despegar: esta vez, rumbo al sur del continente. Pararon en Guayaquil, Ecuador, y exigieron combustible, comida y periódicos. Esta vez, el nuevo capitán, Hugo Molina, sí cumplió la orden, y los aeropiratas comprobaron que ya eran famosos: el secuestro era noticia en todas partes. Cincuenta minutos después, volvieron a despegar, y en el aire le comunicaron al capitán cuál era el nuevo destino: Antofagasta, en el norte de Chile. Y el capitán le dijo que el avión no podía aterrizar en Antofagasta porque el avión era demasiado grande para esa pista. Los secuestradores le pidieron las especificaciones del avión al capitán, para contrastarlo con sus cartas de navegación. Entonces ellos vieron que el capitán les estaba diciendo la verdad. Así que cambiaron de plan y le dijeron a Molina que se dirigiera hacia Lima. Parecía como si estuvieran improvisando. Y entre más tiempo pasaba, más violentos se ponían. Ya ellos estaban agresivos, gritaban. Y como quien dice, yo soy el más guapo. Pero en realidad ellos estaban demasiado nerviosos. Muchos momentos en que nos amenazaban con la pistola en la cabeza. Los aeropiratas llevaban dos días sin dormir, turnándose para comer, ir al baño, y vigilar la cabina o los pasajeros. Parecían a punto de estallar. Pero las azafatas, que estaban descansadas, entendían cómo debían actuar. Les charlábamos, les hacíamos bromas como para que se disiparan, porque ellos estaban muy tensionados. Entonces, ellos nos cogieron como… como confianza. Porque si nosotros nuevamente nos hubiéramos acelarado, hubiera habido una balacera y nos hubiéramos muerto todos. A las 10:47 de la mañana, aterrizaron en Lima. Los aeropiratas permitieron que las azafatas limpiaran el avión, que bajaran la basura en bolsas y recogieran más sándwiches y bebidas. Sorpresivamente, también decidieron liberar a catorce de los veintitrés pasajeros que quedaban. Este es uno de los que fueron liberados, Jaime Londoño, entrevistado pocas horas después por la televisión colombiana. Señor, tenga la bondad de contarnos cuáles fueron los motivos de los secuestradores para que ustedes descendieran en la ciudad de Lima. Nos prometieron ellos que después de Guayaquil, en Lima nos iban a soltar sin ningún problema, siempre y cuando las autoridades no actuaran. ¿Por qué no soltaron a los otros nueve pasajeros? Porque cuando llegamos a Guayaquil ellos cogieron la prensa y en la prensa decía que los secuestradores se habían manejado muy mal con el personal a bordo, donde eso es mentira. Entonces parece que a ellos les hirió bastante eso. Cuéntenos, ¿y alguno de los secuestrados ha descansado en algún momento? No, no han descansado. Están drogados o dopados. Mil gracias por sus declaraciones, muy amable. Pasado el mediodía, volvieron a despegar, ahora hacia Mendoza, Argentina. En este punto, ya no estaba muy claro qué pretendían los aeropiratas: si tenían algún plan o solamente estaban volando de un lugar a otro. En Mendoza, de hecho, ni siquiera apagaron las turbinas en las dos horas que estuvieron en la pista. Con el avión moviéndose y girando sobre sí mismo, bajaron la escalera y le ordenaron a los nueve pasajeros que quedaban a bordo que saltaran. La torre de control ni siquiera notó que estaban bajando a los pasajeros. Entonces las turbinas era peligrosísimo y un riesgo demasiado grande para la gente. Nosotros solamente les dijimos que tenían que correr contrario a la hélice, porque si corrían para el lado de la hélice, la hélice los destrozaba. A las nueve y media de la noche, y después de cincuenta y cinco horas, el avión de SAM despegó por primera vez sin pasajeros. El capitán alcanzó a decir una última cosa a la torre de control antes de partir: que se dirigían hacia Buenos Aires. Y ahí se cortaron las comunicaciones. El secuestro se había vuelto extremadamente raro. No había rehenes, ya no se hablaba más del dinero, y la identidad de los secuestradores era un misterio cada vez mayor. Decían ser miembros del Ejército de Liberación Nacional, pero los pasajeros liberados no paraban de hablar de su particular acento. Al menos, como colombianos no sonaban. También llamaba la atención su cercanía con los ciclistas. Y cuando el capitán Lucena se bajó del avión, contó que había hablado bastante sobre deportes con el secuestrador jefe. Incluso habían hecho predicciones para la pelea entre el colombiano “Rocky” Valdés y el estadounidense León “el Látigo” Washington, que se enfrentaban en Bogotá. Gonzalo Valencia era periodista deportivo en Pereira, la ciudad en donde comenzó el secuestro. Y llevaba días siguiendo la noticia. Lo que se decía era que probablemente era gente que tenía que ver con el deporte, porque, pues, trataban con cierta familiaridad a los ciclistas que estaban dentro de la nave. También se especulaba mucho sobre la preparación que tenían… Por un lado, llevaban cartas de navegación, sabían leerlas, tenían un protocolo estricto para manejar tanto a los rehenes como a la tripulación. Pero, por otro, seguían volando con un avión casi vacío y sin destino claro. Tenían cincuenta mil dólares, pero serían arrestados apenas tocaran tierra. En este punto de la historia, el paradero del avión se vuelve difuso. Antes de cortar la comunicación, el capitán había dicho que iban hacia Buenos Aires, pero el avión no llegó. Esa noche, algunos medios publicaron que aterrizó en Resistencia, una ciudad junto al río Paraná, en la frontera con Paraguay. Y que una vez ahí pidieron aceite a la torre de control, pero despegaron unos cinco minutos después, sin esperar a que llegara. Después de la medianoche, los medios paraguayos aseguraron que el avión pidió pista en el aeropuerto de Asunción, la capital del país. Antes de aterrizar, el capitán pidió a la torre que apagaran las luces de la pista. No alcanzaron a estar ni diez minutos en ella y volvieron a despegar, para perderse en la noche. Poco después de las tres de la mañana, los periodistas se amontonaron en el Aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires. Ahora sí, había llegado el avión. El periodista Gonzalo Valencia, en Pereira, estaba pegado a la transmisión. Esperando a ver qué ocurría. Los hombres empiezan a narrar cuando el avión se detiene completamente. Dicen: “aquí empiezan a bajar personas”. Los primeros en descender fueron los miembros de la tripulación. Que baja una señorita, que baja alguien con un uniforme, que puede ser un copiloto y el piloto y tal cosa. El capitán Molina. El copiloto Ramírez. Maria Eugenia, Edilma. Hasta que dijeron: “Bueno, en este momento ya no sale nadie. Vamos a ver qué va a pasar con los que son los secuestradores, que deben ser los últimos en salir”. Pero los secuestradores no salían del avión. Así que alguien dio la orden al Ejército y a la policía, que esperaban en la pista: entren al avión y sáquenlos. Y la sorpresa fue… cuando dijeron: “No están los secuestradores en el avión en ninguna parte. ¿Qué ocurrió?” Esfumados. Después de sesenta horas, paradas en seis países y 22.750 kilómetros recorridos, el avión secuestrado no estaba secuestrado. Estaba vacío. De todos los finales posibles para esa noche de expectativa mediática, ese era uno de los más extraordinarios. Y la tripulación no decía nada. Pero iban a tener que hablar. Uno a uno fueron interrogados por la policía. Si unos minutos antes eran víctimas, ahora empezaban a ser sospechosos. Para entender lo que pasó tenemos que devolvernos al momento en que el avión hizo sus últimas dos paradas, en Resistencia y en Asunción. En cada una, como contamos, estuvieron cinco y ocho minutos, respectivamente. Hicieron varias peticiones a las torres de control, y despegaron antes de que pudieran dárselas. Pero no estaban improvisando. Poco antes de llegar al primer destino, los aeropiratas le revelaron al capitán Molina el final de su plan: se bajarían uno en cada parada. Y se llevarían a Edilma y a María Eugenia con ellos. Quería que nos quitáramos el uniforme, que nos pusiéramos la ropa de civil y que lo acompañáramos. Serían su seguro de escape. Luego de la última parada en Asunción, el resto de la tripulación tendría que volar hacia Buenos Aires, y si decían dónde se habían bajado con las azafatas, la vida de ellas estaría en peligro. Edilma sintió pavor cuando se enteró del plan. Me dio temblor, me acordé de mis hijos. Mis hijos estaban chiquitos. Me parecía que ellos se quedaban desprotegidos. En ese momento seguro que sentí demasiado miedo. María Eugenia también estaba muerta de susto. Pero no decían una palabra. No nos atrevíamos a hablar. Simplemente me acuerdo que María Eugenia me dijo: “Perez, nos tocó”. Y yo le decía: “Sí, hermana… ya”. En Resistencia, Edilma tenía que bajar primero, junto al secuestrador más alto, el que había dirigido la operación. Así que fue a la cabina a dejarle su cartera al copiloto Ramírez, a quien conocía mejor, porque era amigo de su hermano. Le habían dicho que no llevara nada que pudiera identificarla… Entonces, Ramírez me dijo: “¿Y esto?” El copiloto no se había enterado aún del plan de los aeropiratas. Entonces yo le dije: “Capitán, es que yo me bajo allí en el Chaco como rehén”. En Resistencia, provincia del Chaco, Argentina. Ramírez la miró extrañado, y le respondió: “Usted no se baja ni María Eugenia se baja. Nosotros regresamos vivos a Colombia todos o muertos a Colombia todos, pero ninguno se baja”. El copiloto salió de la cabina para hablar con los secuestradores y les dijo que si querían un rehén podía ser él, pero que ninguna de las azafatas se bajaría con ellos. Por unos minutos, los aeropiratas dudaron qué hacer. El plan se vendría abajo si la policía empezaba a buscarlos en cuanto pusieran un pie en tierra. Pero el copiloto parecía hablar en serio.. Al final, los pilotos propusieron otra solución: harían un pacto. Si ellos no se llevaban a nadie como rehén, la tripulación se comprometía a no avisar por radio dónde se habían bajado, ni tampoco cooperar con la investigación. Y los pilotos les dieron su palabra, de que no decían nada hasta que no llegáramos a Ezeiza. Eso les daría unas horas para perderse. Poco a poco, los aeropiratas se fueron convenciendo. Pero antes de abandonar el avión, hicieron una última amenaza. Ellos dijeron que si nosotros decíamos algo, nosotros teníamos familia. Y ellos habían recolectado los nombres y las direcciones de toda la tripulación. Y usted sabe que uno por… por la familia uno da todo. Puede que ya se estén imaginando lo que pasó. En Resistencia, tocaron pista, pero no detuvieron el avión. El avión giró sobre sí mismo y, cuando entró en un punto ciego, el secuestrador jefe saltó con la mitad del dinero. Era la misma maniobra de distracción que habían usado en Mendoza para bajar a los últimos nueve pasajeros. Seguramente había sido un ensayo. Minutos después, volvieron a despegar rumbo a Paraguay. En el aeropuerto de Asunción hicieron lo mismo. Al tocar tierra, el capitán Molina pidió que apagaran las luces de la pista. El avión dio un giro y el segundo pirata saltó. Algunas autoridades locales, que observaban el avión desde el aeropuerto, creyeron ver un cuerpo, y pensaron que el avión había atropellado a alguien. De inmediato, atravesaron la pista en dos camionetas, una con policías y otra con periodistas. Pero cuando llegaron al lugar, ya no había nadie. Cuando se bajó el último secuestrador, adentro del avión todos celebraron eufóricos . Nos dimos un abrazo, lloramos. Eso fue una emoción muy grande. Fue un momento demasiado emotivo y felices. Yo recuerdo que yo me senté en una silla ahí y caí. Apenas vine a despertar como cuando ya estábamos sobre Buenos Aires. Pero sabían que la llegada a Buenos Aires no iba a ser fácil, tendrían que dar explicaciones incómodas. Corríamos un riesgo, porque los pilotos no podían avisar que iban solos. Pues aunque había sido bajo amenaza contra sus vidas y la de sus familias, en la práctica, sí habían ayudado a los secuestradores a escapar. Una vez que aterrizaron en Ezeiza y el truco final de los aeropiratas fue revelado, la sospecha cayó de inmediato sobre la tripulación. La policía los trató como posibles cómplices, y revisaron sus maletas para ver si no tenían escondidos ahí parte de los cincuenta mil dólares. A lo mejor pensaron que nosotros teníamos algo que ver con ellos o que nos habían dado plata o cualquier cosa. A la mañana siguiente, los interrogaron cinco horas más en el aeropuerto. Al salir, el capitán Molina dio sus explicaciones ante la prensa. Y cito: “En su desesperación, dijeron que si intentaban apresarlos matarían a las azafatas. Para salvarles la vida llegamos a un pacto de caballeros”. La prensa colombiana criticó fuertemente al capitán Molina por no haber avisado por radio que los secuestradores ya no estaban en el avión. Hasta su padre tuvo que dar una entrevista para defender a su hijo. El diario El Tiempo de Bogotá habló de un “acuerdo para que los aeropiratas escaparan”, y era cierto que hubo un acuerdo, pero para que las azafatas que habían subido voluntariamente pudieran regresar a sus casas. Pues uno, tranquilo, porque como uno sabía que estaba haciendo un bien, porque ofrecerse uno a una cosa de esas, pues quién lo va a hacer con mala intención, ¿no? Sino pues con el fin de… de ayudar, de ayudar a la gente, que ese al final era nuestro trabajo. Los diarios colombianos no solo los atacaron a ellos: también levantaron sospechas sobre algunos pasajeros, por rumores de que habían estado muy tranquilos durante el secuestro. También publicaban supuestas filtraciones de la investigación policial, como que los piratas habían recibido formación en la Unión Soviética o Cuba, y se preguntaban si el nombre del lugar donde habían aterrizado, “Resistencia”, sería un mensaje político en clave. No había nada claro, solo que los secuestradores se habían desvanecido. La policía argentina había rastreado los alrededores de Resistencia, pero una densa niebla no dejaba ver a más de cincuenta metros. En Paraguay pusieron controles en la frontera. Parecía demasiado tarde: los secuestradores llevaban horas de ventaja, tenían el dinero para desaparecer y nadie les había visto el rostro. Sin embargo, habían dejado algunas huellas. Estaba la cercanía con los ciclistas, lo de los comentarios deportivos entre Lucena y el secuestrador jefe, y se habían bajado uno en Paraguay, y el otro casi en la frontera. En la ciudad donde comenzó el secuestro, Pereira, existía una comunidad de inmigrantes paraguayos: eran futbolistas que llevaban décadas migrando para jugar en las filas del club local, el Deportivo Pereira. Desde la década de los cincuenta, habían pasado un centenar de jugadores paraguayos por el club. La comunidad se conocía como la “Pereira paraguaya”. Y dentro de esta había sospechas. Gonzalo Valencia, el periodista deportivo que habló antes, las conoció poco después del fin del secuestro, cuando fue con su esposa a un restaurante. Ahí se encontraron con un exfutbolista paraguayo y empezaron a hablar de eso. Nos comentó que si sabíamos quiénes eran los secuestradores. Le dijimos que en Colombia nadie sabía. Pero el ex jugador paraguayo les dijo que él sí. Que mucha gente sabía, o por lo menos que corrían rumores. Nos contó que eran dos compatriotas de ellos los que habían secuestrado el avión. Y estaban recién llegados al fútbol de Colombia. Así, de golpe, sentado en un restaurante, Gonzalo escuchó los nombres de los dos hombres que habían tenido en vilo al país durante sesenta horas. Eran Eusebio Borja y Francisco Solano López. Gonzalo no lo podía creer. Resulta que los había conocido. Yo había hablado con ellos, había alguna vez tomado un café con ellos, y no había intuido jamás en la vida que pudieran dar un vuelo de esa categoría. El exfutbolista le contó que semanas antes del secuestro, Solano López y Borja habían intentado juntar dinero entre la comunidad paraguaya para un negocio que estaban armando. Tenían problemas económicos: se habían mudado a Pereira para jugar en la liga local, pero no tenían equipo. Cuando se supo que uno de los secuestradores se había bajado en Asunción, los de la Pereira Paraguaya se preocuparon. Un crimen de este tipo podría dañar la buena imagen de los paraguayos en la ciudad. Cuando investigué esta historia, hablé con más de treinta personas sobre lo que pasó en esos días, y tres fuentes me dijeron que probablemente fue alguien de la Pereira Paraguaya quien alertó a la policía. Lo cierto es que cinco días después de que terminara el secuestro, se confirmó la identidad de los aeropiratas. En Asunción la policía detuvo al más bajo, Francisco Solano López, de 31 años. Tampoco fue muy difícil: estaba en una casa que había arrendado cerca de donde vivía su familia. Yo me imagino que ellos se consideraban unos héroes. Él estaba tan emocionado y tan lleno de soberbia, que repartía dólares en el barrio donde él habitualmente había vivido en Asunción. Le quedaban veinte de los veinticinco mil dólares con los que había escapado. Gran parte de eso lo había regalado a familiares y amigos. Después de saltar del avión, esperó a que se hiciera de día en una estación de trenes abandonada, y luego intentó pagar con los dólares un pasaje de bus. Al final lo llevaron gratis. Después de su arresto, fue exhibido ante la prensa como un trofeo por el gobierno del dictador paraguayo Stroessner. Lo fotografiaron con la capucha puesta y en la pista del aeropuerto, donde saltó del avión. Solano López no se mostró arrepentido. Dijo, y cito, que “estaba cansado de pasar hambre y miseria y por eso decidí secuestrar el avión”. También dijo que lo del Ejército de Liberación Nacional y los presos políticos era parte del guión. Y que tampoco eran reales las bombas, solo las pistolas. Todo era parte de una serie de engaños para sacar adelante el secuestro. De hecho, en el avión no se encontraron huellas del disparo que empezó todo. Al parecer, lo hicieron con un arma de fogueo, o sea, una capaz de hacer el estruendo de un tiro, pero sin disparar ninguna bala. Fue una cosa tan bien lograda, que eludieron la seguridad de varios países en América. Ellos tenían todo eso manipulado y lo tenían organizado. Ellos sabían lo que iban a hacer. Ellos tenían las cartas de navegación marcaditas. Eso sí pues, indudablemente ellos eran unos bandidos, unos ambiciosos. Ellos querían plata. Según Solano López, sí improvisaron dos cosas: el itinerario de los países por los que fueron pasando y el destino final. Dijo que el plan original era bajarse en Ecuador y desaparecer, pero que las condiciones atmosféricas y de visibilidad no les dejaron bajar en el lugar exacto que habían elegido. Tenía sentido: ambos conocían bien Ecuador. Cuando detuvieron a Solano López dijo que a Eusebio Borja lo había conocido unos días antes. Pero era mentira: habían sido compañeros cuatro años atrás en el equipo América de Ambato, de la primera división ecuatoriana. Los dos eran delanteros. Les decían el “Toro” Solano y el “Cacho” Borja. El primero era agresivo, peleador, y el segundo, que antes del fútbol había estudiado Medicina, era un jugador más cerebral. Pero ese año el América descendió y empezaron a deambular entre equipos de perfil más bajo, que casi siempre descendían. Tenían 31 y 27 años cuando llegaron juntos a Colombia, en busca de mejor suerte. Pero nunca la encontraron. Borja, de más talento, estuvo algo más cerca: consiguió jugar en el Once Caldas unos pocos partidos, pero no lo contrataron. El equipo tenía un estilo de juego vistoso, de mucho toque, y los jugadores paraguayos tenían la fama de ser rústicos. Solano López lo intentó en varios clubes y tampoco lo ficharon. Era un jugador de poca categoría sinceramente, e intentó jugar en el Deportivo Pereira, pero no tenía condiciones y no lo contrataron. Entonces quedó en el aire, viviendo al lado de los paraguayos, de los compatriotas que había en Pereira, pero sin poder tener ninguna actividad deportiva ni ninguna actividad laboral. Poco después de llegar a Colombia, los dos estaban desempleados, con sus carreras deportivas acabadas. De vez en cuando, jugaban partidos amistosos con los jugadores de la Pereira Paraguaya, pero no convivían mucho con ellos. Presumían de un nivel de vida más alto del que tenían: llevaban relojes vistosos y, cuando iban a alguna comida, les gustaba pagar la cuenta de todos. De dónde sacaban ese dinero, no se sabe. Pero la verdad era que se les estaba acabando. Dos años después de la captura, Solano López fue extraditado a Colombia, en donde le dieron cinco años de cárcel. El ciclista Luis Reátegui asegura que lo visitó mientras cumplía su condena, junto a un periodista que quería escribir un artículo sobre el aeropirata. Y que era verdad lo que le dijo Solano López en el avión: se conocían. En una oportunidad, recuerda, se habían encontrado en un hotel en Pereira y habían jugado un juego de mesa. Este es Reátegui, contando esa visita: “Miiiira, mira, ¡Reategui estaba cagado de mieeedo! ¡Igual los otros!”, y se reía con nosotros. Es difícil saber cómo o en qué momento se les ocurrió secuestrar un avión. Solano López nunca lo contó, porque quería escribir un libro. Algunos dicen que lo escribió en la cárcel y se llamaba: “Yo, pirata aéreo”, pero nunca se publicó. Quizás influyó el haber llegado a Colombia, entonces el segundo país con más secuestros aéreos del mundo, y que llevaban muchos años de club en club, de avión en avión. Es probable que se hayan sentido expertos en el tema. Y sabemos una cosa más: algo que dijeron varias veces en el aire, mientras pedían los diarios para saber qué decían de ellos. Algo que seguramente no estaba en el plan, y añadieron mientras se volvían más y más famosos. Se lo dijeron al capitán Lucena, a modo de despedida: «Lamentamos mucho que se vaya y no pueda acompañarnos a batir el récord mundial de secuestros”. Querían una hazaña para ser recordados por siempre. Es muy difícil seguirle la pista a Solano López desde el momento en que entró a la cárcel. De hecho, no encontramos registros en el sistema penitenciario colombiano sobre cuándo salió. Y en los diarios dejó de ser noticia. En Pereira existe el rumor de que murió años después, en un asalto a un banco en Buenos Aires. De Eusebio Borja, el secuestrador jefe que saltó del avión en Resistencia, no se supo nada más, a pesar de que lo siguieron buscando. Era como si nunca hubiera tocado tierra. Cada tanto, se escuchaba un nuevo rumor: que lo habían visto en una isla colombiana, que se había comunicado con una persona de la Pereira Paraguaya, pero jamás volvió a ser visto en público. Casi cincuenta años después, si aún está vivo y escuchando este episodio desde algún lugar, el secuestro más largo del mundo aún no termina para él. En los años que siguieron a este secuestro se empezaron a ratificar entre los distintos países de Latinoamérica tratados contra la piratería aérea. Se subieron las penas y se fortaleció la seguridad en todos los aeropuertos. Todo esto significó el fin de la época dorada de los aeropiratas. El capitán Molina y el copiloto Ramírez, quienes propusieron el “pacto de caballeros”, murieron diez años después. Su avión tuvo complicaciones al despegar y se estrelló contra una fábrica cerca del aeropuerto de Medellín. Al día de hoy, el secuestro del avión HK-1274 de SAM sigue siendo uno de los más largos y espectaculares en la historia de la aviación mundial. Massimo Di Ricco es investigador independiente. Vive en Barcelona. Coprodujo esta historia con Victoria Estrada. Victoria es editora en Radio Ambulante y vive en Xalapa, México. Massimo ha recolectado esta y otras historias sobre la piratería aérea en América Latina en el libro Los Condenados del Aire – El viaje a la utopía de los aeropiratas del Caribe, publicado en Colombia en 2020. Este episodio fue editado por Camila Segura, Nicolás Alonso y por mí. Desirée Yépez hizo el fact-checking. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri y Rémy Lozano, con música de Rémy. Gracias a David Trujillo y a Aneris Casassus por su ayuda con esta historia. Y un agradecimiento especial a Ismael Torres por prestarnos su voz para este episodio. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Jorge Caraballo, Xochitl Fabián, Fernanda Guzmán, Miranda Mazariegos, Barbara Sawhill, Hans-Gernot Schenk, y Elsa Liliana Ulloa. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Estamos a punto de concluir nuestra décima temporada, pero tenemos otro gran podcast, El Hilo y desde ahí seguimos… Cada viernes revisamos la noticia más importante de Latinoamérica y contamos la historia detrás de ella. En el episodio del viernes pasado, reportamos desde México, uno de los países con más trabajadores sanitarios fallecidos por coronavirus. No se lo pierdan. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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