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Radio Ambulante - Los pibes

-
+
15
30

A finales del 2004, la banda de rock Callejeros estaba en su mejor momento. Tenían varios hits y llenaban estadios en toda Argentina. La noche del 30 de diciembre hicieron un show en un boliche en Buenos Aires llamado Cromañón. Lo que pasaría en Cromañón esa noche marcaría a la escena de rock argentino, y a todo el país, para siempre.

¡Buenas
noches,
Cromañón!
Bienvenidos
a
la
última
velada
del
año.
Gracias
a
este
hermoso
y
distinguido
público.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Damos
comienzo
al
show.
Con
ustedes
y
para
ustedes:
¡Callejeros!
El
audio
que
escuchan
es
del
30
de
diciembre
del
2004.
Está
por
empezar
un
concierto
de
la
banda
de
rock
argentina
Callejeros.
¿Se
van
a
portar
bien?
¡¿Se
van
a
portar
bien?!
Y
él
es
Pato
Fontanet,
el
cantante
y
líder
de
la
banda.
Está
animando
a
sus
fans
en
República
de
Cromañón,
en
Buenos
Aires.
En
ese
momento,
Cromañón
era
un
boliche
—como
le
dicen
en
Argentina
a
las
discotecas—,
pero
no
era
un
boliche
cualquiera,
este
era
grande,
como
un
galpón,
pero
de
dos
niveles.
El
de
arriba
tenía
una
especie
de
balcón.
Y
en
la
planta
baja
había
espacio
para
bailar
o
para
ver
a
los
que
tocaban
en
el
escenario,
como
Callejeros
esa
noche.
El
local
estaba
habilitado
para
unas
mil
personas.
Pero,
esa
noche,
había
más
de
tres
mil.
En
el
2004
Callejeros
estaba
en
su
mejor
momento:
llevaban
siete
años
tocando,
habían
lanzado
su
tercer
disco
y
estaban
llenando
estadios
en
diferentes
partes
de
Argentina.
Es
decir,
Cromañón
ya
les
quedaba
chico.
Pero
decidieron
cerrar
el
año
ahí
porque
el
boliche
y
Omar
Chabán
—quien
lo
administraba—
significaba
mucho
para
la
banda.
Callejeros
había
tocado
en
la
inauguración
de
Cromañón
en
abril
de
ese
2004.
Y
unos
años
antes,
cuando
eran
una
banda
pequeña
y
no
convocaban
tanto,
Chabán
les
había
ayudado
a
conseguir
conciertos.
Presentarse
en
Cromañón
esa
noche
era
como
devolverle
el
favor.
A
mi
me
gustaba
Callejeros,
pero
al
que
más
le
gustaba
Callejeros
era
a
mi
hermano,
Lautaro.
Ella
es
Mailín
Blanco.
Tenía
16
años
la
noche
del
concierto.
Y
Lautaro,
su
hermano,
tenía
13.
Él
la
hizo
escuchar
Callejeros
por
primera
vez
y,
de
entrada,
a
Mailín
le
gustaron
las
letras
contestatarias
y
politizadas
de
la
banda.
Ya
por
el
2000,
las
canciones
de
Callejeros
hablaban
del
aborto
legal
o
de
que
el
gobierno
debía
ser
liderado
por
una
mujer
Mailín
y
Lautaro
se
sentían
representados
en
el
sonido
de
Callejeros.
Y
para
los
hermanos,
ir
a
conciertos
como
el
de
esa
noche
en
Cromañón…
Implicaba
estar
en
un
lugar
donde
uno
sentía
que
formaba
parte
de
algo,
¿no?
La
noche
del
30
de
diciembre
del
2004,
Mailín
y
Lautaro
llegaron
temprano
a
Cromañón.
Querían
escuchar
a
Ojos
Locos,
la
banda
que
tocaba
antes
de
Callejeros.
Me
acuerdo
muy
potente
—es
una
sensación
que
tengo,
eh,
muy
latente—,
que
es
el
hecho
de
que
la
diferencia
de
cantidad
de
gente
que
hubo
cuando
entramos
y
cuando
terminó
Ojos
Locos.
Durante
los
más
o
menos
40
minutos
que
tocó
Ojos
Locos,
Cromañón
se
fue
llenando.
Cuando
la
banda
dejó
el
escenario,
había
tres
veces
más
personas
de
las
que
se
permitían
en
el
local.
Me
acuerdo
como
de
darme
vuelta
después
de
que
terminó
Ojos
Locos
y
ver
que
el
lugar
estaba
rebalsado
de
personas
y
pensar:
“¡Qué
calor
que
hace
acá!
Esto
está
lleno
de
gente”.
De
tener
esa
sensación
en
el
cuerpo
de
pesadez
y
de
calor.
Después
de
Ojos
Locos,
Mailín
y
Lautaro…
Nosotros
nos
quedamos
un
poco
en
la
parte
de
atrás
y
empieza
a
sonar
«Jijiji»
de
los
Redondos.
“Jijijiji”
es
uno
de
los
himnos
del
rock
argentino.
Y
mientras
la
canción
sonaba
por
los
parlantes
del
local,
el
administrador
de
Cromañón
—Omar
Chabán—
salió
al
escenario.
¡Córtenla
con
las
bengalas
que
hace
dos
horas
no
vemos
el
show!
¡Córtenla,
no
se
ve
un
carajo!
Decía:
“Córtenla
con
las
bengalas”.
Que
si
seguíamos
tirando
eso
nos
íbamos
a
morir
todos.
El
público
estaba
prendiendo
candelas
y
bengalas.
Las
candelas
son
pequeños
fuegos
artificiales
que
lanzan
bolitas
encendidas
al
aire.
Y
las
bengalas
encienden
una
llama
y
hacen
humo.
Chabán
siguió
diciendo…
Éramos
más
de
tres
mil
personas
ahí
adentro,
que
si
pasaba
algo
nos
moríamos
todos.
Digo,
en
ese
momento
Chabán
dijo
todo
tal
cual
lo
que
pasó
cinco
minutos
después.
Y
no
es
que
tenía
la
bola
de
cristal,
sino
que
él
sabía
que
ese
lugar
era
un
desastre,
que
no
podía
estar
habilitado.
A
Mailín
le
preocupó
lo
que
estaba
diciendo
Chabán.
Pero
tampoco
era
raro
que
estuvieran
usando
bengalas
en
un
concierto
como
el
de
ese
día.
Pasaba
lo
mismo
en
muchos
recitales.
En
ese
momento
las
bengalas
eran
parte
de
la
cultura
del
rock.
Eran
fuegos
artificiales
que
se
tiraban
en…
durante
los
recitales
de
todas
las
bandas
de
rock.
No
es
que
había
alguna
banda
que
quedara
exenta
de
esa,
de…
de…
de
ese
accionar,
digo
yo.
No
era
la
primera
vez
que
la
pirotecnia
causaba
problemas
en
Cromañón.
Siete
meses
antes,
durante
otro
recital,
los
encargados
de
seguridad
tuvieron
que
apagar
un
comienzo
de
incendio
y
evacuar
a
todo
el
público.
Y
solo
días
antes
del
concierto
de
Callejeros,
una
bengala
había
empezado
otro
incendio,
que
también
lograron
apagar.
Mientras
Chabán
seguía
hablando
desde
el
escenario,
Mailín
y
Lautaro
subieron
a
los
baños,
porque
querían
tomar
agua.
Y
cuando
estamos
empezando
a
bajar
las
escaleras,
eh,
empieza
a
tocar
Callejeros.
Fue
nada,
un
minuto.
Y
veo
al
saxofonista
señalar
para
el
techo
en
frente
nuestro
y
giro
la
cabeza
y
ver
el
humo
que
se
venía
encima
nuestro
y
la
lucecita
de
la
candela
rebotando
en
el
techo.
Mailín
le
preguntó
al
chico
de
la
barra
qué
deberían
hacer,
pero
él
les
dijo
que
no
sabía,
que
trataran
de
salir
si
querían.
Y
Mailín
dice
que
él
siguió
sirviendo
cerveza,
como
si
nada.
Así
que
me
quedo
ahí
con
Lautaro
y
le
digo:
«Bueno,
esperemos
que
ahora
apagan
esto
y
ya
salimos»,
le
digo.
Y
al
ratito
que
le
digo
eso
se
corta
la
luz.
Y,
bueno,
se
corta
la
luz.
Ahí
uno
podía
entender
que
no,
que
no
iban
a
apagar
nada
y
que…
que
era
grave
lo
que
estaba
pasando.
El
incendio
se
estaba
esparciendo
rápidamente.
Era
ver
una
oscuridad
muy
densa
y
muy
espesa.
Y
entonces
en
ese
momento
lo
pierdo
a
Lautaro
en
una
avalancha
de
gente.
Me
quedo
sola.
Mailín
se
acordó
de
algo
que
había
visto
en
la
televisión:
que
en
un
incendio
todavía
queda
oxígeno
a
un
metro
del
piso.
Entonces…
Me
tiré
al
piso
me
saqué
la
remera
me
la
puse
en
la
cara
y
esperé.
Mailín
había
perdido
de
vista
a
Lautaro
y,
mientras
estaba
tirada
en
el
piso,
se
desmayó.
Yo,
cuando
se
corta
la
luz,
yo
estaba
en
el
segundo
piso.
Estaba
con
mi
amigo.
Habíamos
ido
los
dos
solos.
Martín
se
llama,
se
llamaba
mi
amigo.
Bueno,
soy
Ezequiel
Denhoff.
Estuve
en
la
tragedia
de
Cromañón
Desde
el
segundo
piso
del
boliche,
Ezequiel
y
Martín
vieron
cómo
el
techo
empezó
a
incendiarse.
Y,
en
la
desesperación,
tomaron
una
decisión
extrema:
tirarse
hacia
abajo,
a
la
planta
baja,
para
alejarse
lo
más
posible
del
fuego
en
el
techo.
Caigo
arriba
de
gente.
Pero
no
sabés
quién
ni
cuánta.
Vos
sentís
que
caés
arriba
de
gente.
Ezequiel
cayó
al
lado
del
escenario.
Perdió
de
vista
a
Martín.
Sabía
más
o
menos
dónde
estaba
ubicado
sin
ver
nada.
Muchos
gritos
y
me
quedé
ahí.
Y
me
quedé
en
el
piso,
que
creo
que
es
lo
que
me
salvó,
porque
me
quedé
en
el
piso
y
dije:
“Bueno,
ya
está.
Hasta
acá
llegué”.
Ezequiel
no
sabía
a
dónde
ir
porque
no
veía
nada.
Estaba
atrapado
entre
el
escenario
y
las
vallas
de
seguridad,
esas
que
ponen
en
frente
de
los
escenarios
en
los
conciertos.
Para
fui…
fue
una
hora,
que
habrán
sido
cinco
o
diez
minutos
en
realidad.
En
un
momento
dado,
Ezequiel
sintió
una
ráfaga
de
aire.
Sigo
esa
ráfaga
de
aire
y
salgo
por
atrás,
por
un
estacionamiento.
Salgo
a
la
calle
vomitando.
Llegó
a
una
esquina
y
empezó
a
buscar
a
Martín.
Yo
buscaba
a
mi
amigo.
Medía
1.94,
con
una
remera
roja.
Digo,
lo
tengo
que
encontrar.
Ezequiel
llegó
a
una
plaza
muy
cercana
de
Cromañón,
donde
estaban
otros
que
habían
logrado
salir,
pero
no
vio
a
Martín
por
ningún
lado.
Entonces
entró
a
Cromañón
otra
vez.
Suena
como
una
locura,
pero
no
fue
el
único.
Los
que
lograban
salir
volvían
como
fuera
para
buscar
a
sus
seres
queridos,
a
sus
familiares
y
amigos,
atrapados
adentro.
Era
un
caos.
¡Papá!
Los
que
habían
logrado
salir
tosían,
gritaban
el
nombre
de
sus
amigos
y
familiares
para
ver
si
estaban
bien.
Iban
llegando
las
ambulancias,
llevándose
a
los
heridos.
¡Oxígeno!
Gente
tirada
en
la
calle.
Gente
entrando
y
saliendo.
Gente
ya
fallecida.
Al
quemarse
el
techo
—que
estaba
recubierto
por
materiales
muy
inflamables—
un
humo
negro
y
extremadamente
tóxico
envenenó
el
aire.
Y,
según
declararían
después
dos
médicos
forenses,
ese
humo,
más
el
pánico,
causó
la
mayoría
de
las
muertes.
Bueno,
seguí
buscando
a
mi
amigo.
Entraba,
salía,
y
cuando…
en
una
de
esas
—fueron
3
o
4
veces—
lo
están
sacando.
Nada,
lo
suben
a
una
ambulancia.
Él
ya
iba…
había
perdido
el
conocimiento,
iba
vomitando
negro.
Volvamos
a
Mailín.
Ella
no
se
acuerda
cómo
salió
de
Cromañón.
Alguien,
no
sabe
quién,
la
sacó.
Despertó
varias
horas
después.
Entre
las
cuatro
y
las
cinco
de
la
madrugada,
después
de
haber
estado
en
un
coma
leve,
en
el
hospital
Ramos
Mejía,
con
un
respirador
artificial.
Escribí
en
un
papel
mi
nombre,
mi
número
de
teléfono
para
que
pudiera
avisar
a
mis
viejos
dónde
estaba.
Y
quedó
internada.
Estaba
muy
grave,
en
cuidados
intensivos.
Mailín
no
supo
nada
sobre
Lautaro
por
varios
días.
Para
los
doctores
y
sus
papás,
lo
más
importante
era
su
recuperación.
Yo
preguntaba
por
Lautaro
y
me
decían…
nada,
esquivas…
Así
las
cosas.
Hasta
que
en
un
momento
dejé
de
preguntar
porque
ya
me
daba
la
sensación
de
que,
bueno,
de
que
estaba
bien
Lautaro.
Entonces
dije:
“Bueno,
dejo
de
preguntar”.
Tampoco
le
dijeron
nada
sobre
lo
que
había
pasado
en
Cromañón
después
de
desmayarse.
Cuando
salió
de
cuidados
intensivos,
los
doctores
le
dieron
permiso
a
sus
padres
para
que
le
contaran
más.
Y
su
mamá…
Me
contó
todo.
Me
contó
lo
que
fue
Cromañón.
Me
contó
lo
que
pasó
y
me
contó
que
Lautaro
había
fallecido.
No
es
claro
cuándo
o
cómo
falleció
Lautaro.
A
Martín,
el
amigo
de
Ezequiel,
también
lo
llevaron
a
una
clínica.
Falleció
unas
horas
después.
A
Ezequiel
le
tocó
contarle
a
la
mamá
de
Martín
y
a
su
novia.
Las
llamó
esa
misma
noche
por
un
teléfono
público.
Y
no
han
vuelto
a
hablarle
desde
entonces.
No,
desde
ese
día
no.
Como
que
yo
fui
el
culpable.
También
por
ahí
culpable
de
haber
quedado
vivo.
Que
es
la
culpa
que
uno
también
la…
yo
la
siento.
Por
ahí
ellos
sienten:
“Por
qué
yo
quedé
vivo
y
él
no”.
Toda
la
situación
que
pasaste
y
la
vas
recordar
siempre.
Es
algo
que
tenés
que
aprender
a
convivir
con
eso.
Nada,
te
pasa.
Yo
hay
momentos
en
que
escucho
la
radio
o
estoy
solo
y
lloro.
Se
me
caen
lágrimas.
No
al
punto
de
tener
que
frenar
o
tener
que
nada,
se
te
cae
una
lágrima,
escuchas
un
tema…
que
no
dejo
de
escuchar
Callejeros,
lo
seguí
yendo
a
escuchar.
Pero
es
algo
que
tenés
que
convivir.
Lautaro,
Martín
y
otras
192
personas
murieron
a
causa
de
ese
incendio.
Casi
1.500
quedaron
heridas.
La
evacuación
del
local
terminó
a
eso
de
las
dos
de
la
mañana
del
31
de
diciembre.
Más
de
tres
horas
después
de
que
empezara
el
incendio.
Una
pausa
y
volvemos.
Durante
veinte
años,
Wait
Wait
Don’t
Tell
Me
se
ha
burlado
de
las
noticias
con
comediantes
y
celebridades
invitadas.
Tenemos
rimas
tontas,
imitaciones
pésimas.
Si
crees
que
las
noticias
son
una
broma,
espera
a
que
escuches
Wait
Wait
Don’t
Tell
Me.
Encuentra
nuevos
episodios
todos
los
sábados.
Hay
tantas
noticias
sobre
política
estos
días,
pero
no
tienes
que
estar
al
día
con
todas,
solo
tienes
que
estar
al
día
con
el
NPR
Politics
Podcast.
Puedes
encontrarlo
en
el
app
de
NPR
One
o
donde
sea
que
escuches
tus
podcasts.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante,
soy
Daniel
Alarcón.
Historias
como
la
de
Lautaro,
Mailín,
Ezequiel
y
Martín,
pues
son
cientas.
Pero
lo
que
dejó
esa
noche
en
Cromañón
fue
mucho
más
que
lo
que
pasó
en
ese
boliche.
También
es
la
historia
de
un
proceso
legal
enredado,
politizado,
emocional.
Mucha
gente
es
responsable
por
lo
que
sucedió
esa
noche,
y
entender
quién
y
cómo
ha
sido
un
proceso
largo.
También
es
la
historia
de
cómo
esta
tragedia
afectó
a
los
argentinos,
a
la
escena
musical.
Este
es
el
periodista
Pablo
Plotkin.
Fue
una
suerte
de
apocalipsis
realmente
lo
que…
lo
que
se
vio
en
Cromañón.
Porque
la
dimensión
era
tan
trágica,
fue
tan
doloroso
lo
que
pasó
ese
fin
de
año
del
2004…
Fue
el
peor
que
yo
viví
en
mi
vida
y
no
tenía
ningún
familiar
ni
ningún
amigo
directo
en
Cromañón.
Pero
la
herida
social
realmente
había
sido
enorme.
Y
llevó
mucho
tiempo
desprenderse
de
esa…
de
ese
shock.
Pablo
escribe
en
el
diario
La
Nación
e
investigó
lo
que
pasó
en
Cromañón
en
una
serie
de
crónicas
para
la
revista
Rolling
Stone.
¿Tú
habías
estado
en
Cromañon?
Sí,
sí.
Y
te
habías,
como
audiencia
o
como
crítico
de
música
entre
tanta
gente
viendo
el
espacio,
las
salidas,
y
también
en
la
cultura
el
rock
con
tanta
bengala,
¿tú
habías
sentido
miedo?
No,
la
verdad
es
que
no
porque
uno
estaba
muy
acostumbrado
a
ese
tipo
de
lugares.
Y
es
más
había
otros
que,
que
quizás
se
veían
peor.
Había
quizás
una
jactancia
en
general
—y
creo
que
en
el
rock
argentino
muy
puntualmente—
de
esa
estética
marginal
y
una
estética
de
lo…
no
si
de
lo
decadente,
pero
por
ahí
esa
herencia
de
lo
que
por
ahí
podía
ser
el
CBGB
en
los
70:
de
los
baños
sucios,
de…
de
la
humedad
que…
que
corroe
las
paredes
y
los
techos,
donde
vivía
el
rock
más
callejero,
digamos;
realmente
solía
campear
este
tipo
de,
de
ambiente.
O
sea,
con
una
cosa
medio,
sí,
hasta
asfixiante.
Lo
de
las
bengalas,
eso
ya
era
parte
de
la
cultura
del
rock
argentino
y,
según
Pablo,
ya
había
llegado
a
niveles
demenciales.
O
sea,
pirotecnia
en
espacios
cerrados
era
ya
absurdamente
peligroso.
Varios
periodistas
habían
notado
esto
—incluyendo
Pablo—
pero,
al
mismo
tiempo,
me
contó
que
era
algo
ya
normalizado.
Sí,
Cromañón
era
peligroso.
Pero
eso
en
ya
no
llamaba
la
atención.
Los
rockeros
convivían
con
el
peligro.
Pienso
en
el
barman
del
segundo
piso
—el
que
mencionó
Mailín—
sirviendo
cervezas
mientras
el
techo
se
quemaba.
En
esos
primeros
días,
¿qué
te
sorprendió
cuando
comenzaste
a
reportar
sobre…
sobre
lo
que
había
pasado?
Una
de
las
primeras
sorpresas
fue
advertir
lo
evidente
y
quizás
lo…
lo
previsible
que…
que
era
todo
y
la
poca
capacidad
que
tuvimos
de
preverlo
a
la
vez.
O
sea,
la
poca
capacidad
que
tuvimos
—en
mi
caso
como
periodista,
por
ejemplo—
de
figurar
en
la
escala
de…
de…
del
peligro
de
lo
que
se
estaba
haciendo,
de
la
manera
en
la
que
se
estaba
experimentando
el
rock
en
vivo
acá.
Es
que
el
caso
de
Cromañón
es
un
ejemplo
de
esto.
En
la
noche
del
concierto
sólo
funcionaba
uno
de
los
tres
extractores
de
aire
y
ninguno
de
los
extintores
estaba
en
condiciones
para
ser
usado.
También,
una
puerta
inmensa,
a
un
lado
del
escenario,
con
un
letrero
que
decía
“Salida”,
estaba
cerrada
con
candado
y
alambre.
Cuando
se
cortó
la
luz,
el
aviso
de
salida
de
esa
puerta
era
lo
único
que
se
veía.
Muchas
personas
fueron
hacia
esa
puerta
esperando
salir.
Los
bomberos
pudieron
abrirla
a
golpes
y
empujones
casi
una
hora
después
de
que
empezara
el
incendio.
El
local
tenía
seis
puertas
dobles,
como
las
de
los
cines.
Esa
noche
solo
dos
estaban
abiertas.
En
el
sector
VIP,
en
el
segundo
piso,
había
una
puerta
metálica
que
tampoco
pudieron
abrir
a
la
fuerza.
Un
bombero
tuvo
que
hacer
un
hueco
en
la
pared
para
que
algunas
personas
pudieran
salir.
Creo
que
hay
que
empezar
por
las
responsabilidades
políticas
en
Cromañón,
que
tienen
que
ver
con
el
desmembramiento
de…
de
una
estructura
de…
de
supervisión
y
de
control
en
la
ciudad
de
Buenos
Aires
que
favorecía
la
corrupción.
Explico:
El
gobierno
de
la
ciudad
era
—y
todavía
es—
el
responsable
de
la
habilitación
y
control
de
los
boliches.
A
finales
del
2003,
un
año
antes
del
incendio
en
Cromañón,
el
jefe
de
gobierno
de
la
ciudad
de
aquel
entonces,
Aníbal
Ibarra,
había
disuelto
el
organismo
que
se
encargaba
de
las
inspecciones.
La
razón,
según
Ibarra,
era
porque
ese
organismo
era,
y
aquí
cito:
“Más
que
un
foco,
un
focazo
de
corrupción”.
Un
funcionario
le
dijo
al
periódico
Página12
que
en
ese
entonces
estaban
recibiendo
en
promedio
tres
denuncias
por
semana
contra
los
inspectores,
denuncias
por
pedidos
de
coimas.
Con
este
cambio
que
impulsó
Ibarra,
las
habilitaciones
pasaron
a
hacerlas
profesionales
independientes.
Entonces
lo
que
empezó
siendo
como
esa…
ese
desmembramiento
quizás
con
alguna
intención
de
transparentar,
terminó
siendo
el
desarme
de
un
sistema
de…
de
control
que
llevó
a
que
Cromañon,
por
ejemplo,
estuviera
mal
habilitado.
Luego
de
las
consideraciones
precedentes
encuentro
justo
considerar
que
el
suspendido
jefe
de
gobierno
Aníbal
Ibarra,
desde
su
acción
y
omisión,
sería
el
responsable
político
de
que
un
local
como
Cromañón
se
transformara
en
una
auténtica
trampa
mortal.
Este
es
audio
del
2006,
de
un
legislador,
Marcelo
Meis,
durante
el
juicio
político
para
destituir
a
Ibarra.
Ya
lo
habían
suspendido
de
su
cargo,
mientras
dictaban
sentencia.
Meis
y
otros
legisladores
lo
acusaban
por
no
haber
prevenido
ni
controlado
lo
que
pasó
en
Cromañón.
Tengo
para
que
este
fatal
acontecimiento
y
su
correspondiente
sanción
sirva
para
que
nunca
más
ocurra
algo
semejante
en
nuestra
nación.
Ibarra
fue
destituido
de
su
cargo
en
marzo
de
ese
año.
Meses
después,
una
jueza
dijo
que
ya
no
había
razón
para
seguir
investigando
a
Ibarra
para
llevarlo
a
juicio
penal,
porque
la
responsabilidad
directa
por
la
seguridad
de
los
locales
bailables
le
caía
a
otros
tres
funcionarios.
Y
esto
lo
eximía
de
culpa.
Pero
los
problemas
de
habilitación
en
Cromañón
preceden
al
gobierno
de
Ibarra.
Siete
años
antes
del
incendio,
un
inspector
del
gobierno
dijo
que
el
local
no
debía
ser
habilitado
para
espectáculos
públicos,
porque
no
tenía
suficientes
salidas
de
emergencia.
En
ese
momento
no
se
llamaba
Cromañón,
pero
el
recinto
ya
se
usaba
para
conciertos.
En
todo
caso,
solo
cuatro
meses
después,
sin
que
se
hicieran
modificaciones,
el
mismo
inspector
autorizó
la
apertura.
Después,
bueno,
hay
que
hablar
de
las
responsabilidades
de
las
autoridades
policiales
que
tenían
a
cargo
la
ejecución
de…
de…
de
esas
supervisiones,
o
en
todo
caso
de
clausuras,
y
que
en
general
se
resolvían
con
coimas.
Durante
el
primer
juicio
—que
se
abrió
en
el
2008—
se
acusó
a
dos
policías
por
delito
de
incendio
y
cohecho
pasivo,
o
sea,
recibir
sobornos.
Pero
para
mucha
gente
había
un
responsable
claro.
¿Qué
decía
la
gente?
¿Quién
culpaba
primero?
El
primer
culpable
que
apareció
visibilizados
fue
justamente
Omar
Chabán,
porque
él
esa
noche
—antes
de
que…
de
que
la
candela
prendiera
la
media
sombra
del
techo
de
Cromañón—
él
venía
diciendo
por…
a
través
de
los
altoparlantes…
¡Córtenla
con
las
bengalas
que
hace
dos
horas
no
vemos
el
show!
¡Córtenla,
no
se
ve
un
carajo!
“No
hagan,
no
sigan
haciendo
esto.
Nos
vamos
a
prender
fuego”.
O
sea,
era
realmente
el
que
se
figuraba
el
peligro,
con
lo
cual
eso
lo
hace
más
responsable.
Pero
por
otro
lado
creo
que
también
le
jugó
en
contra
su
perfil
público,
justamente.
Hay
cierta…
ciertos
prejuicios
sociales
alrededor
de
él:
un
excéntrico
soltero
que…
que
hablaba
con…
con
sus
modos
así
un
poco
altaneros
y
demás.
Estoy
tratando
de
enganchar
las
bandas
que
tocaron
en
Cemento
para
que
toquen
aquí.
Y
entonces
que
haya
gente,
mucha
gente.
Así
yo
me
siento
feliz.
Gano
dinero.
Es
importante
el
dinero,
¿eh?
Toda
la
opinión
pública
apuntaba
contra
él.
Él
fue
el
primer…
claramente,
el
enemigo
público
número
uno.
Bueno,
me
parece
bastante
obvio
culpar
a
Chabán,
culpar
a
las
autoridades,
digamos,
que
permitieron
que
un
lugar
que
era
claramente
inseguro,
eh,
se…
se
use.
Me
sorprende
—y
creo
que
a
muchos
nos
sorprende—
que…
que
la
banda
misma
sea
una
de
las…
de
los
culpables.
Nuestros
hijos
no
volvieron
nunca
más
a
partir
de
que
fueron
al
recital
de
Callejeros.
Y
Callejeros
es
responsable
máximo
junto
con
todos
los
demás.
Ninguno
es
víctima.
Callejeros
incitaba.
Callejeros
tiraba
bengalas
para
que
los
chicos
las
encendieran.
Que
el
cantante
o
que
el
baterista
o
que
el
bajista,
digamos
que
esta
gente
que
son
músicos,
finalmente,
se
lleven
la
rabia
y
la
ira
de
la
gente
cuando
parece
que
de
algún
modo
también
se
puede
considerar
a
ellos
como
víctimas
de
lo
que
pasó,
¿o
estoy
equivocado?
No,
o
sea,
yo
creo
que
ellos
son
víctimas
de
lo
que
pasó
porque
perdieron
familiares,
muchísimos.
Pensá
que
el
sector
VIP
fue
el
más
perjudicado,
digamos,
de…
por
la
dificultad
de
salir.
Con
lo
cual
había
muchos
familiares
de
músicos
que
quedaron
adentro
y
que
murieron.
Yo
no
hice
nada
para
que
pase
eso,
ni
tampoco…
O
sea
fuimos
a
una
fiesta
y
terminó
en
un
desastre.
Él
es
Maximiliano
Djerfy,
exguitarrista
de
Callejeros.
Nosotros
también
tenemos
dolor
porque
se
nos
murió
un
montón
de
gente
allegada
a
la
banda
y
familiares,
todo.
De
acá
fueron
siete
y
volvieron
dos.
Fueron
siete
y
volvieron
dos”,
dice
Maximiliano,
porque
en
Cromañón
fallecieron
cinco
de
sus
familiares
que
fueron
a
verlo
tocar
ese
día.
Salió
mi
papá
y
una
prima
que
se
fue
agarrando
contra
la
pared
y…
y
pudo
zafar.
Y
los
demás
fallecieron
todos.
Entonces,
no…
no
te
queda
mucho
de
esa
noche
más
que
pensar
que…
que
actuaron
mal
todos.
Lo
que
hay
que
entender
con
respecto
a
la
responsabilidad
de
la
banda
es
justamente
esta
cultura
específica
que
había
alrededor
de…
de
este
tipo
de
grupos
que
tenía
que
ver
con
la
autogestión
y
con
la
independencia,
digamos,
llamada
así.
Entonces,
en
el
caso
de…
de
lo
que
pasó
en
República
Cromañón,
Callejeros
era
parte
organizativa
y
productor
asociado.
Todo…
todo
en
términos
muy
informales
porque
realmente
no
había
contratos
de
por
medio.
Pero,
Callejeros
era
productor
también
del
show.
De
alguna
manera
Callejeros
asumía
el
control
de
la
seguridad
porque
justamente
tenían
la
idea
de
que
al
manejar
ellos
la
seguridad
evitaban
abusos
de
poder
por
parte
de
la
policía
y
demás.
Entonces
ese
es
un
poco,
esa…
esa
modalidad
y
esa
filosofía
es
una
de
las…
de
las
víctimas
fatales
también
de
Cromañón.
Un
poco
porque
fue
como
el
fracaso
de…
de
ese
sistema
de
producción.
No
había
una
figura
empresarial
responsable
y,
por
lo
tanto,
la
banda
misma
asumió
esa
responsabilidad.
Y
eso
explica
por
qué
penalmente
Callejeros
terminó
pagando
eso:
tomaron
las
decisiones
organizativas
y
estructurales
del
show.
El
juicio
de
Cromañón
que
empezó
en
el
2008
es
complejo.
Y
largo.
Hubo
varias
sentencias.
En
la
primera,
en
el
2009,
a
Omar
Chabán
lo
condenaron
a
20
años.
A
uno
de
los
policías
le
dieron
18.
A
dos
funcionarias
del
gobierno
de
Buenos
Aires,
dos
años
a
cada
una.
Y
al
manager
de
Callejeros,
Diego
Argañaráz,
lo
condenaron
a
18
años
de
prisión.
Pero…
Décimo
segundo:
Absolver
a
Patricio
Rogelio
Santos
Fontanet,
Eduardo
Arturo
Vázquez,
Juan
Alberto
Carbone,
Christian
Eleazar
Torrejón,
Maximiliano
Djerfy,
Elio
Rodrigo
Delgado…
Absolvieron
a
todos
los
integrantes
de
Callejeros.
En
orden
a
los
delitos
de
estrago
doloso
seguido
de
muerte
en
calidad
de
coautores,
en
concurso
real
con
el
delito
de
cohecho
activo,
tanto
en
calidad
de
partícipes
necesario
como
secundario.
Lo
que
se
escucha
son
familiares
de
las
víctimas,
protestando
mientras
se
leía
la
sentencia.
Rechazaban
que
Callejeros
no
tuviera
ningún
tipo
de
culpa.
Incluso
hubo
incidentes
dentro
de
los
tribunales
y
afuera.
Hay
muchísima
bronca
acá
en
la
puerta
de
los
tribunales.
Fue
un
rompecabezas
fatal,
digamos,
que
no
quería
nadie.
Ahora
con
este
fallo,
con
esta
sentencia,
estamos
peor
todavía.
Peor,
peor,
todavía.
El
asunto
es
que
acá
no
había
nadie
que
pudiera
salir
conforme
frente
a
una
tragedia
de
este
tipo,
¿no?
Frente
a
tantos
hijos
muertos
y
tantas
hijas
muertas.
Bueno,
pasa
lo
que
ustedes
están
viendo.
Se
desató
la
furia,
primero
contra
el
portón
de
la
calle
Lavalle
—un
portón
muy
grueso—,
pero
ahora
están
intentando
de
entrar.
Hay
una
insatisfacción
garantizada.
Volaron
algunas
piedras
contra
las
ventanas
de
los
tribunales.
Esto
está
totalmente
fuera
de
control
aquí.
Para
unas
partes
iba
a
parecer
poco,
indefectiblemente,
para
otras
iba
a
parecer
mucho.
Dijiste
que
no
hay
justicia.
No
hay
justicia.
Es
cierto,
no
hay
justicia
para
nada,
para
nada,
para
nada.
¡Hay
asesinos!
¡Hay
asesinos!
¡No
hay
justicia!
Esta
es
una
tragedia,
para
mí,
sin
villanos.
O
mejor
dicho,
con
muchos
villanos.
Con
una
culpa
compartida.
Y
es
difícil
descifrar
en
qué
medida
cada
cual
tiene
responsabilidad.
Varios
de
los
casos
han
seguido
un
patrón:
alguien
paga
un
culpa
—sea
profesional,
política
o
judicial—
y
luego,
después
de
un
tiempo,
lo
sueltan.
Se
patraséan.
Esta
tendencia
nos
dice
algo,
creo.
Qué
tan
complejo
es
el
caso,
qué
tan
difícil
es
poder
llegar
a
una
resolución
que
satisfaga.
Bajo
presión
de
la
fiscalía
y
las
familias,
se
revisó
esa
sentencia.
Y
en
los
años
que
vinieron,
todos
los
integrantes
de
Callejeros
han
ido
entrando
y
saliendo
de
la
cárcel
—excepto
el
baterista,
Eduardo
Vázquez,
que
cumple
cadena
perpetua
por
haber
asesinado
a
su
esposa
Wanda
Taddei
en
el
2010,
prendiéndole
fuego.
Omar
Chabán,
que
estaba
bajo
arresto
domiciliario
con
un
cáncer
terminal,
murió
en
el
2014.
El
último
en
salir
de
la
cárcel
por
cargos
relacionados
a
Cromañón
fue
Pato
Fontanet,
el
cantante
de
Callejeros.
Le
dieron
libertad
condicional
en
mayo
del
2018.
La
banda
Callejeros
—más
allá
de
la
responsabilidad
que
le
toca—
son
pibes
que
quedaron
destrozados,
muy
dañados,
¿no?
Tenés
a
un
cantante
como
Pato
Fontanet,
que
ahora
volvió
a
los
escenarios
pero
que
estuvo
psíquicamente
muy…
muy
afectado
por
esta
situación.
Tratamos
de
llegar
a
Fontanet
por
un
amigo
de
la
banda
y
sus
abogados,
pero
nos
dijeron
que
Fontanet
no
estaba
dando
entrevistas.
Con
su
salida
de
la
cárcel,
el
caso
queda
cerrado.
Pero
no
para
las
familias.
Para
ellos,
no
hay
sentencia
que
cubra
o
cure
ese
dolor.
Y
para
los
sobrevivientes
se
vuelve,
de
muchas
formas,
una
cruz.
Muchos
lo
que
decían
es
que
no
lograban
salir
de
Cromañón.
Que
a
veces
a
la
noche
no…
no
podía
dormir
y
terminaba
durmiendo
con
mi
vieja
como
si
tuviera
5
años,
Mucha
fobia,
mucho
miedo.
Vivís
en
estado
de
alerta,
casi
con
un
ojo
abierto,
te
diría,
durante
mucho
tiempo.
Porque,
viste,
cualquier
ruido
de
la
noche…
No
sabés.
Los
que
salimos,
salimos…
Fue
un
azar,
fue
una
suerte,
fue
una
lotería.
Entonces,
cuando
todo
eso
te
empezó
a
quedar
en
la
cabeza
hubo
que
empezar
a
hacer
los
trabajos
pertinentes
como
para
aprender
a
convivir
con
eso.
Vos
tenés
esa
angustia
y
esa
pena
constantemente.
Todos
los
días.
Que
si
te
pones
a
pensar
te
tirás
en
una
cama
y
no
te
levantas
más,
porque
no
tiene
solución.
Esas
heridas
y
esas
cosas
que
uno…
esas
emociones
que
uno
pasa
no
se
van
nunca.
Tenes
que
aprender
dónde
ubicarlas
y
cómo
convivir
con
ellas,
pero
no
a
borrarlas.
Es
imposible.
Lo
pude
hablar
mucho
todo
el
tiempo.
Lo
pude
llorar
mucho
cuando
hubo
que
llorarlo.
Y
me
ayudó
mucho
a
elaborar,
eh,
eso
que
pasó.
Y
a
tratar
de
llevarlo
de
otra
manera,
¿no?
Y
claro,
hay
los
que
no
lo
han
podido
llevar.
A
los
que
le
duele
demasiado.
En
los
años
después
de
Cromañón,
18
sobrevivientes
de
la
tragedia
se
han
quitado
la
vida.
Creo
que
también
son
las…
las
consecuencias
y
las
víctimas
directas
de,
obviamente,
de
lo
que
pasó
esa
noche.
En
el
2013
se
aprobó
una
ley
de
reparación
y
asistencia
a
los
sobrevivientes
y
familias
de
víctimas
de
la
tragedia
de
Cromañón.
Pero
en
ese
momento
no
se
crearon
los
programas
necesarios
para
que
recibieran
tratamiento.
El
reclamo
de
organizaciones
de
familiares
y
la
preocupación
por
los
suicidios
de
algunos
asistentes
al
concierto
hicieron
que
en
el
2015
el
gobierno
creara
una
red
de
proveedores
de
salud
mental
en
todo
el
país.
La
red
es
coordinada
por
el
Centro
de
Asistencia
a
Víctimas
de
Violaciones
de
Derechos
Humanos
“Doctor
Fernando
Ulloa”,
que
se
especializa
en
estrés
postraumático.
Grupos
de
sobrevivientes
de
Cromañón
y
personas
que
trabajan
en
el
centro
han
denunciado
falta
de
financiamiento
y
una
atención
deficiente.
Desde
el
Centro
Ulloa
niegan
que
haya
falta
de
recursos
y
personal.
Por
favor,
si
tienes
depresión
o
pensamientos
suicidas,
busca
ayuda.
Habla
con
tus
amigos
y
familiares,
y
considera
buscar
ayuda
profesional.
Si
crees
que
un
ser
querido
está
en
una
situación
así,
pregúntale,
escúchalo,
apóyalo.
Vamos
a
poner
links
a
recursos
que
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¡Buenas noches, Cromañón! Bienvenidos a la última velada del año. Gracias a este hermoso y distinguido público. Bienvenidos a Radio Ambulante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Damos comienzo al show. Con ustedes y para ustedes: ¡Callejeros! El audio que escuchan es del 30 de diciembre del 2004. Está por empezar un concierto de la banda de rock argentina Callejeros. ¿Se van a portar bien? ¡¿Se van a portar bien?! Y él es Pato Fontanet, el cantante y líder de la banda. Está animando a sus fans en República de Cromañón, en Buenos Aires. En ese momento, Cromañón era un boliche —como le dicen en Argentina a las discotecas—, pero no era un boliche cualquiera, este era grande, como un galpón, pero de dos niveles. El de arriba tenía una especie de balcón. Y en la planta baja había espacio para bailar o para ver a los que tocaban en el escenario, como Callejeros esa noche. El local estaba habilitado para unas mil personas. Pero, esa noche, había más de tres mil. En el 2004 Callejeros estaba en su mejor momento: llevaban siete años tocando, habían lanzado su tercer disco y estaban llenando estadios en diferentes partes de Argentina. Es decir, Cromañón ya les quedaba chico. Pero decidieron cerrar el año ahí porque el boliche y Omar Chabán —quien lo administraba— significaba mucho para la banda. Callejeros había tocado en la inauguración de Cromañón en abril de ese 2004. Y unos años antes, cuando eran una banda pequeña y no convocaban tanto, Chabán les había ayudado a conseguir conciertos. Presentarse en Cromañón esa noche era como devolverle el favor. A mi me gustaba Callejeros, pero al que más le gustaba Callejeros era a mi hermano, Lautaro. Ella es Mailín Blanco. Tenía 16 años la noche del concierto. Y Lautaro, su hermano, tenía 13. Él la hizo escuchar Callejeros por primera vez y, de entrada, a Mailín le gustaron las letras contestatarias y politizadas de la banda. Ya por el 2000, las canciones de Callejeros hablaban del aborto legal o de que el gobierno debía ser liderado por una mujer Mailín y Lautaro se sentían representados en el sonido de Callejeros. Y para los hermanos, ir a conciertos como el de esa noche en Cromañón… Implicaba estar en un lugar donde uno sentía que formaba parte de algo, ¿no? La noche del 30 de diciembre del 2004, Mailín y Lautaro llegaron temprano a Cromañón. Querían escuchar a Ojos Locos, la banda que tocaba antes de Callejeros. Me acuerdo muy potente —es una sensación que tengo, eh, muy latente—, que es el hecho de que la diferencia de cantidad de gente que hubo cuando entramos y cuando terminó Ojos Locos. Durante los más o menos 40 minutos que tocó Ojos Locos, Cromañón se fue llenando. Cuando la banda dejó el escenario, había tres veces más personas de las que se permitían en el local. Me acuerdo como de darme vuelta después de que terminó Ojos Locos y ver que el lugar estaba rebalsado de personas y pensar: “¡Qué calor que hace acá! Esto está lleno de gente”. De tener esa sensación en el cuerpo de pesadez y de calor. Después de Ojos Locos, Mailín y Lautaro… Nosotros nos quedamos un poco en la parte de atrás y empieza a sonar «Jijiji» de los Redondos. “Jijijiji” es uno de los himnos del rock argentino. Y mientras la canción sonaba por los parlantes del local, el administrador de Cromañón —Omar Chabán— salió al escenario. ¡Córtenla con las bengalas que hace dos horas no vemos el show! ¡Córtenla, no se ve un carajo! Decía: “Córtenla con las bengalas”. Que si seguíamos tirando eso nos íbamos a morir todos. El público estaba prendiendo candelas y bengalas. Las candelas son pequeños fuegos artificiales que lanzan bolitas encendidas al aire. Y las bengalas encienden una llama y hacen humo. Chabán siguió diciendo… Éramos más de tres mil personas ahí adentro, que si pasaba algo nos moríamos todos. Digo, en ese momento Chabán dijo todo tal cual lo que pasó cinco minutos después. Y no es que tenía la bola de cristal, sino que él sabía que ese lugar era un desastre, que no podía estar habilitado. A Mailín le preocupó lo que estaba diciendo Chabán. Pero tampoco era raro que estuvieran usando bengalas en un concierto como el de ese día. Pasaba lo mismo en muchos recitales. En ese momento las bengalas eran parte de la cultura del rock. Eran fuegos artificiales que se tiraban en… durante los recitales de todas las bandas de rock. No es que había alguna banda que quedara exenta de esa, de… de… de ese accionar, digo yo. No era la primera vez que la pirotecnia causaba problemas en Cromañón. Siete meses antes, durante otro recital, los encargados de seguridad tuvieron que apagar un comienzo de incendio y evacuar a todo el público. Y solo días antes del concierto de Callejeros, una bengala había empezado otro incendio, que también lograron apagar. Mientras Chabán seguía hablando desde el escenario, Mailín y Lautaro subieron a los baños, porque querían tomar agua. Y cuando estamos empezando a bajar las escaleras, eh, empieza a tocar Callejeros. Fue nada, un minuto. Y veo al saxofonista señalar para el techo en frente nuestro y giro la cabeza y ver el humo que se venía encima nuestro y la lucecita de la candela rebotando en el techo. Mailín le preguntó al chico de la barra qué deberían hacer, pero él les dijo que no sabía, que trataran de salir si querían. Y Mailín dice que él siguió sirviendo cerveza, como si nada. Así que me quedo ahí con Lautaro y le digo: «Bueno, esperemos que ahora apagan esto y ya salimos», le digo. Y al ratito que le digo eso se corta la luz. Y, bueno, se corta la luz. Ahí uno podía entender que no, que no iban a apagar nada y que… que era grave lo que estaba pasando. El incendio se estaba esparciendo rápidamente. Era ver una oscuridad muy densa y muy espesa. Y entonces en ese momento lo pierdo a Lautaro en una avalancha de gente. Me quedo sola. Mailín se acordó de algo que había visto en la televisión: que en un incendio todavía queda oxígeno a un metro del piso. Entonces… Me tiré al piso me saqué la remera me la puse en la cara y esperé. Mailín había perdido de vista a Lautaro y, mientras estaba tirada en el piso, se desmayó. Yo, cuando se corta la luz, yo estaba en el segundo piso. Estaba con mi amigo. Habíamos ido los dos solos. Martín se llama, se llamaba mi amigo. Bueno, soy Ezequiel Denhoff. Estuve en la tragedia de Cromañón Desde el segundo piso del boliche, Ezequiel y Martín vieron cómo el techo empezó a incendiarse. Y, en la desesperación, tomaron una decisión extrema: tirarse hacia abajo, a la planta baja, para alejarse lo más posible del fuego en el techo. Caigo arriba de gente. Pero no sabés quién ni cuánta. Vos sentís que caés arriba de gente. Ezequiel cayó al lado del escenario. Perdió de vista a Martín. Sabía más o menos dónde estaba ubicado sin ver nada. Muchos gritos y me quedé ahí. Y me quedé en el piso, que creo que es lo que me salvó, porque me quedé en el piso y dije: “Bueno, ya está. Hasta acá llegué”. Ezequiel no sabía a dónde ir porque no veía nada. Estaba atrapado entre el escenario y las vallas de seguridad, esas que ponen en frente de los escenarios en los conciertos. Para mí fui… fue una hora, que habrán sido cinco o diez minutos en realidad. En un momento dado, Ezequiel sintió una ráfaga de aire. Sigo esa ráfaga de aire y salgo por atrás, por un estacionamiento. Salgo a la calle vomitando. Llegó a una esquina y empezó a buscar a Martín. Yo buscaba a mi amigo. Medía 1.94, con una remera roja. Digo, lo tengo que encontrar. Ezequiel llegó a una plaza muy cercana de Cromañón, donde estaban otros que habían logrado salir, pero no vio a Martín por ningún lado. Entonces entró a Cromañón otra vez. Suena como una locura, pero no fue el único. Los que lograban salir volvían como fuera para buscar a sus seres queridos, a sus familiares y amigos, atrapados adentro. Era un caos. ¡Papá! Los que habían logrado salir tosían, gritaban el nombre de sus amigos y familiares para ver si estaban bien. Iban llegando las ambulancias, llevándose a los heridos. ¡Oxígeno! Gente tirada en la calle. Gente entrando y saliendo. Gente ya fallecida. Al quemarse el techo —que estaba recubierto por materiales muy inflamables— un humo negro y extremadamente tóxico envenenó el aire. Y, según declararían después dos médicos forenses, ese humo, más el pánico, causó la mayoría de las muertes. Bueno, seguí buscando a mi amigo. Entraba, salía, y cuando… en una de esas —fueron 3 o 4 veces— lo están sacando. Nada, lo suben a una ambulancia. Él ya iba… había perdido el conocimiento, iba vomitando negro. Volvamos a Mailín. Ella no se acuerda cómo salió de Cromañón. Alguien, no sabe quién, la sacó. Despertó varias horas después. Entre las cuatro y las cinco de la madrugada, después de haber estado en un coma leve, en el hospital Ramos Mejía, con un respirador artificial. Escribí en un papel mi nombre, mi número de teléfono para que pudiera avisar a mis viejos dónde estaba. Y quedó internada. Estaba muy grave, en cuidados intensivos. Mailín no supo nada sobre Lautaro por varios días. Para los doctores y sus papás, lo más importante era su recuperación. Yo preguntaba por Lautaro y me decían… nada, esquivas… Así las cosas. Hasta que en un momento dejé de preguntar porque ya me daba la sensación de que, bueno, de que estaba bien Lautaro. Entonces dije: “Bueno, dejo de preguntar”. Tampoco le dijeron nada sobre lo que había pasado en Cromañón después de desmayarse. Cuando salió de cuidados intensivos, los doctores le dieron permiso a sus padres para que le contaran más. Y su mamá… Me contó todo. Me contó lo que fue Cromañón. Me contó lo que pasó y me contó que Lautaro había fallecido. No es claro cuándo o cómo falleció Lautaro. A Martín, el amigo de Ezequiel, también lo llevaron a una clínica. Falleció unas horas después. A Ezequiel le tocó contarle a la mamá de Martín y a su novia. Las llamó esa misma noche por un teléfono público. Y no han vuelto a hablarle desde entonces. No, desde ese día no. Como que yo fui el culpable. También por ahí culpable de haber quedado vivo. Que es la culpa que uno también la… yo la siento. Por ahí ellos sienten: “Por qué yo quedé vivo y él no”. Toda la situación que pasaste y la vas recordar siempre. Es algo que tenés que aprender a convivir con eso. Nada, te pasa. Yo hay momentos en que escucho la radio o estoy solo y lloro. Se me caen lágrimas. No al punto de tener que frenar o tener que nada, se te cae una lágrima, escuchas un tema… que no dejo de escuchar Callejeros, lo seguí yendo a escuchar. Pero es algo que tenés que convivir. Lautaro, Martín y otras 192 personas murieron a causa de ese incendio. Casi 1.500 quedaron heridas. La evacuación del local terminó a eso de las dos de la mañana del 31 de diciembre. Más de tres horas después de que empezara el incendio. Una pausa y volvemos. Durante veinte años, Wait Wait Don’t Tell Me se ha burlado de las noticias con comediantes y celebridades invitadas. Tenemos rimas tontas, imitaciones pésimas. Si crees que las noticias son una broma, espera a que escuches Wait Wait Don’t Tell Me. Encuentra nuevos episodios todos los sábados. Hay tantas noticias sobre política estos días, pero no tienes que estar al día con todas, solo tienes que estar al día con el NPR Politics Podcast. Puedes encontrarlo en el app de NPR One o donde sea que escuches tus podcasts. Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Historias como la de Lautaro, Mailín, Ezequiel y Martín, pues son cientas. Pero lo que dejó esa noche en Cromañón fue mucho más que lo que pasó en ese boliche. También es la historia de un proceso legal enredado, politizado, emocional. Mucha gente es responsable por lo que sucedió esa noche, y entender quién y cómo ha sido un proceso largo. También es la historia de cómo esta tragedia afectó a los argentinos, a la escena musical. Este es el periodista Pablo Plotkin. Fue una suerte de apocalipsis realmente lo que… lo que se vio en Cromañón. Porque la dimensión era tan trágica, fue tan doloroso lo que pasó ese fin de año del 2004… Fue el peor que yo viví en mi vida y no tenía ningún familiar ni ningún amigo directo en Cromañón. Pero la herida social realmente había sido enorme. Y llevó mucho tiempo desprenderse de esa… de ese shock. Pablo escribe en el diario La Nación e investigó lo que pasó en Cromañón en una serie de crónicas para la revista Rolling Stone. ¿Tú habías estado en Cromañon? Sí, sí. Y te habías, como audiencia o como crítico de música entre tanta gente viendo el espacio, las salidas, y también en la cultura el rock con tanta bengala, ¿tú habías sentido miedo? No, la verdad es que no porque uno estaba muy acostumbrado a ese tipo de lugares. Y es más había otros que, que quizás se veían peor. Había quizás una jactancia en general —y creo que en el rock argentino muy puntualmente— de esa estética marginal y una estética de lo… no sé si de lo decadente, pero por ahí esa herencia de lo que por ahí podía ser el CBGB en los 70: de los baños sucios, de… de la humedad que… que corroe las paredes y los techos, donde vivía el rock más callejero, digamos; realmente solía campear este tipo de, de ambiente. O sea, con una cosa medio, sí, hasta asfixiante. Lo de las bengalas, eso ya era parte de la cultura del rock argentino y, según Pablo, ya había llegado a niveles demenciales. O sea, pirotecnia en espacios cerrados era ya absurdamente peligroso. Varios periodistas habían notado esto —incluyendo Pablo— pero, al mismo tiempo, me contó que era algo ya normalizado. Sí, Cromañón era peligroso. Pero eso en sí ya no llamaba la atención. Los rockeros convivían con el peligro. Pienso en el barman del segundo piso —el que mencionó Mailín— sirviendo cervezas mientras el techo se quemaba. En esos primeros días, ¿qué te sorprendió cuando comenzaste a reportar sobre… sobre lo que había pasado? Una de las primeras sorpresas fue advertir lo evidente y quizás lo… lo previsible que… que era todo y la poca capacidad que tuvimos de preverlo a la vez. O sea, la poca capacidad que tuvimos —en mi caso como periodista, por ejemplo— de figurar en la escala de… de… del peligro de lo que se estaba haciendo, de la manera en la que se estaba experimentando el rock en vivo acá. Es que el caso de Cromañón es un ejemplo de esto. En la noche del concierto sólo funcionaba uno de los tres extractores de aire y ninguno de los extintores estaba en condiciones para ser usado. También, una puerta inmensa, a un lado del escenario, con un letrero que decía “Salida”, estaba cerrada con candado y alambre. Cuando se cortó la luz, el aviso de salida de esa puerta era lo único que se veía. Muchas personas fueron hacia esa puerta esperando salir. Los bomberos pudieron abrirla a golpes y empujones casi una hora después de que empezara el incendio. El local tenía seis puertas dobles, como las de los cines. Esa noche solo dos estaban abiertas. En el sector VIP, en el segundo piso, había una puerta metálica que tampoco pudieron abrir a la fuerza. Un bombero tuvo que hacer un hueco en la pared para que algunas personas pudieran salir. Creo que hay que empezar por las responsabilidades políticas en Cromañón, que tienen que ver con el desmembramiento de… de una estructura de… de supervisión y de control en la ciudad de Buenos Aires que favorecía la corrupción. Explico: El gobierno de la ciudad era —y todavía es— el responsable de la habilitación y control de los boliches. A finales del 2003, un año antes del incendio en Cromañón, el jefe de gobierno de la ciudad de aquel entonces, Aníbal Ibarra, había disuelto el organismo que se encargaba de las inspecciones. La razón, según Ibarra, era porque ese organismo era, y aquí cito: “Más que un foco, un focazo de corrupción”. Un funcionario le dijo al periódico Página12 que en ese entonces estaban recibiendo en promedio tres denuncias por semana contra los inspectores, denuncias por pedidos de coimas. Con este cambio que impulsó Ibarra, las habilitaciones pasaron a hacerlas profesionales independientes. Entonces lo que empezó siendo como esa… ese desmembramiento quizás con alguna intención de transparentar, terminó siendo el desarme de un sistema de… de control que llevó a que Cromañon, por ejemplo, estuviera mal habilitado. Luego de las consideraciones precedentes encuentro justo considerar que el suspendido jefe de gobierno Aníbal Ibarra, desde su acción y omisión, sería el responsable político de que un local como Cromañón se transformara en una auténtica trampa mortal. Este es audio del 2006, de un legislador, Marcelo Meis, durante el juicio político para destituir a Ibarra. Ya lo habían suspendido de su cargo, mientras dictaban sentencia. Meis y otros legisladores lo acusaban por no haber prevenido ni controlado lo que pasó en Cromañón. Tengo para mí que este fatal acontecimiento y su correspondiente sanción sirva para que nunca más ocurra algo semejante en nuestra nación. Ibarra fue destituido de su cargo en marzo de ese año. Meses después, una jueza dijo que ya no había razón para seguir investigando a Ibarra para llevarlo a juicio penal, porque la responsabilidad directa por la seguridad de los locales bailables le caía a otros tres funcionarios. Y esto lo eximía de culpa. Pero los problemas de habilitación en Cromañón preceden al gobierno de Ibarra. Siete años antes del incendio, un inspector del gobierno dijo que el local no debía ser habilitado para espectáculos públicos, porque no tenía suficientes salidas de emergencia. En ese momento no se llamaba Cromañón, pero el recinto ya se usaba para conciertos. En todo caso, solo cuatro meses después, sin que se hicieran modificaciones, el mismo inspector autorizó la apertura. Después, bueno, hay que hablar de las responsabilidades de las autoridades policiales que tenían a cargo la ejecución de… de… de esas supervisiones, o en todo caso de clausuras, y que en general se resolvían con coimas. Durante el primer juicio —que se abrió en el 2008— se acusó a dos policías por delito de incendio y cohecho pasivo, o sea, recibir sobornos. Pero para mucha gente había un responsable claro. ¿Qué decía la gente? ¿Quién culpaba primero? El primer culpable que apareció visibilizados fue justamente Omar Chabán, porque él esa noche —antes de que… de que la candela prendiera la media sombra del techo de Cromañón— él venía diciendo por… a través de los altoparlantes… ¡Córtenla con las bengalas que hace dos horas no vemos el show! ¡Córtenla, no se ve un carajo! “No hagan, no sigan haciendo esto. Nos vamos a prender fuego”. O sea, era realmente el que se figuraba el peligro, con lo cual eso lo hace más responsable. Pero por otro lado creo que también le jugó en contra su perfil público, justamente. Hay cierta… ciertos prejuicios sociales alrededor de él: un excéntrico soltero que… que hablaba con… con sus modos así un poco altaneros y demás. Estoy tratando de enganchar las bandas que tocaron en Cemento para que toquen aquí. Y entonces que haya gente, mucha gente. Así yo me siento feliz. Gano dinero. Es importante el dinero, ¿eh? Toda la opinión pública apuntaba contra él. Él fue el primer… claramente, el enemigo público número uno. Bueno, me parece bastante obvio culpar a Chabán, culpar a las autoridades, digamos, que permitieron que un lugar que era claramente inseguro, eh, se… se use. Me sorprende —y creo que a muchos nos sorprende— que… que la banda misma sea una de las… de los culpables. Nuestros hijos no volvieron nunca más a partir de que fueron al recital de Callejeros. Y Callejeros es responsable máximo junto con todos los demás. Ninguno es víctima. Callejeros incitaba. Callejeros tiraba bengalas para que los chicos las encendieran. Que el cantante o que el baterista o que el bajista, digamos que esta gente que son músicos, finalmente, se lleven la rabia y la ira de la gente cuando parece que de algún modo también se puede considerar a ellos como víctimas de lo que pasó, ¿o estoy equivocado? No, o sea, yo creo que ellos son víctimas de lo que pasó porque perdieron familiares, muchísimos. Pensá que el sector VIP fue el más perjudicado, digamos, de… por la dificultad de salir. Con lo cual había muchos familiares de músicos que quedaron adentro y que murieron. Yo no hice nada para que pase eso, ni tampoco… O sea fuimos a una fiesta y terminó en un desastre. Él es Maximiliano Djerfy, exguitarrista de Callejeros. Nosotros también tenemos dolor porque se nos murió un montón de gente allegada a la banda y familiares, todo. De acá fueron siete y volvieron dos. Fueron siete y volvieron dos”, dice Maximiliano, porque en Cromañón fallecieron cinco de sus familiares que fueron a verlo tocar ese día. Salió mi papá y una prima que se fue agarrando contra la pared y… y pudo zafar. Y los demás fallecieron todos. Entonces, no… no te queda mucho de esa noche más que pensar que… que actuaron mal todos. Lo que hay que entender con respecto a la responsabilidad de la banda es justamente esta cultura específica que había alrededor de… de este tipo de grupos que tenía que ver con la autogestión y con la independencia, digamos, llamada así. Entonces, en el caso de… de lo que pasó en República Cromañón, Callejeros era parte organizativa y productor asociado. Todo… todo en términos muy informales porque realmente no había contratos de por medio. Pero, Callejeros era productor también del show. De alguna manera Callejeros asumía el control de la seguridad porque justamente tenían la idea de que al manejar ellos la seguridad evitaban abusos de poder por parte de la policía y demás. Entonces ese es un poco, esa… esa modalidad y esa filosofía es una de las… de las víctimas fatales también de Cromañón. Un poco porque fue como el fracaso de… de ese sistema de producción. No había una figura empresarial responsable y, por lo tanto, la banda misma asumió esa responsabilidad. Y eso explica por qué penalmente Callejeros terminó pagando eso: tomaron las decisiones organizativas y estructurales del show. El juicio de Cromañón que empezó en el 2008 es complejo. Y largo. Hubo varias sentencias. En la primera, en el 2009, a Omar Chabán lo condenaron a 20 años. A uno de los policías le dieron 18. A dos funcionarias del gobierno de Buenos Aires, dos años a cada una. Y al manager de Callejeros, Diego Argañaráz, lo condenaron a 18 años de prisión. Pero… Décimo segundo: Absolver a Patricio Rogelio Santos Fontanet, Eduardo Arturo Vázquez, Juan Alberto Carbone, Christian Eleazar Torrejón, Maximiliano Djerfy, Elio Rodrigo Delgado… Absolvieron a todos los integrantes de Callejeros. En orden a los delitos de estrago doloso seguido de muerte en calidad de coautores, en concurso real con el delito de cohecho activo, tanto en calidad de partícipes necesario como secundario. Lo que se escucha son familiares de las víctimas, protestando mientras se leía la sentencia. Rechazaban que Callejeros no tuviera ningún tipo de culpa. Incluso hubo incidentes dentro de los tribunales y afuera. Hay muchísima bronca acá en la puerta de los tribunales. Fue un rompecabezas fatal, digamos, que no quería nadie. Ahora con este fallo, con esta sentencia, estamos peor todavía. Peor, peor, todavía. El asunto es que acá no había nadie que pudiera salir conforme frente a una tragedia de este tipo, ¿no? Frente a tantos hijos muertos y tantas hijas muertas. Bueno, pasa lo que ustedes están viendo. Se desató la furia, primero contra el portón de la calle Lavalle —un portón muy grueso—, pero ahora están intentando de entrar. Hay una insatisfacción garantizada. Volaron algunas piedras contra las ventanas de los tribunales. Esto está totalmente fuera de control aquí. Para unas partes iba a parecer poco, indefectiblemente, para otras iba a parecer mucho. Dijiste que no hay justicia. No hay justicia. Es cierto, no hay justicia para nada, para nada, para nada. ¡Hay asesinos! ¡Hay asesinos! ¡No hay justicia! Esta es una tragedia, para mí, sin villanos. O mejor dicho, con muchos villanos. Con una culpa compartida. Y es difícil descifrar en qué medida cada cual tiene responsabilidad. Varios de los casos han seguido un patrón: alguien paga un culpa —sea profesional, política o judicial— y luego, después de un tiempo, lo sueltan. Se patraséan. Esta tendencia nos dice algo, creo. Qué tan complejo es el caso, qué tan difícil es poder llegar a una resolución que satisfaga. Bajo presión de la fiscalía y las familias, se revisó esa sentencia. Y en los años que vinieron, todos los integrantes de Callejeros han ido entrando y saliendo de la cárcel —excepto el baterista, Eduardo Vázquez, que cumple cadena perpetua por haber asesinado a su esposa Wanda Taddei en el 2010, prendiéndole fuego. Omar Chabán, que estaba bajo arresto domiciliario con un cáncer terminal, murió en el 2014. El último en salir de la cárcel por cargos relacionados a Cromañón fue Pato Fontanet, el cantante de Callejeros. Le dieron libertad condicional en mayo del 2018. La banda Callejeros —más allá de la responsabilidad que le toca— son pibes que quedaron destrozados, muy dañados, ¿no? Tenés a un cantante como Pato Fontanet, que ahora volvió a los escenarios pero que estuvo psíquicamente muy… muy afectado por esta situación. Tratamos de llegar a Fontanet por un amigo de la banda y sus abogados, pero nos dijeron que Fontanet no estaba dando entrevistas. Con su salida de la cárcel, el caso queda cerrado. Pero no para las familias. Para ellos, no hay sentencia que cubra o cure ese dolor. Y para los sobrevivientes se vuelve, de muchas formas, una cruz. Muchos lo que decían es que no lograban salir de Cromañón. Que a veces a la noche no… no podía dormir y terminaba durmiendo con mi vieja como si tuviera 5 años, Mucha fobia, mucho miedo. Vivís en estado de alerta, casi con un ojo abierto, te diría, durante mucho tiempo. Porque, viste, cualquier ruido de la noche… No sabés. Los que salimos, salimos… Fue un azar, fue una suerte, fue una lotería. Entonces, cuando todo eso te empezó a quedar en la cabeza hubo que empezar a hacer los trabajos pertinentes como para aprender a convivir con eso. Vos tenés esa angustia y esa pena constantemente. Todos los días. Que si te pones a pensar te tirás en una cama y no te levantas más, porque no tiene solución. Esas heridas y esas cosas que uno… esas emociones que uno pasa no se van nunca. Tenes que aprender dónde ubicarlas y cómo convivir con ellas, pero no a borrarlas. Es imposible. Lo pude hablar mucho todo el tiempo. Lo pude llorar mucho cuando hubo que llorarlo. Y me ayudó mucho a elaborar, eh, eso que pasó. Y a tratar de llevarlo de otra manera, ¿no? Y claro, hay los que no lo han podido llevar. A los que le duele demasiado. En los años después de Cromañón, 18 sobrevivientes de la tragedia se han quitado la vida. Creo que también son las… las consecuencias y las víctimas directas de, obviamente, de lo que pasó esa noche. En el 2013 se aprobó una ley de reparación y asistencia a los sobrevivientes y familias de víctimas de la tragedia de Cromañón. Pero en ese momento no se crearon los programas necesarios para que recibieran tratamiento. El reclamo de organizaciones de familiares y la preocupación por los suicidios de algunos asistentes al concierto hicieron que en el 2015 el gobierno creara una red de proveedores de salud mental en todo el país. La red es coordinada por el Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos “Doctor Fernando Ulloa”, que se especializa en estrés postraumático. Grupos de sobrevivientes de Cromañón y personas que trabajan en el centro han denunciado falta de financiamiento y una atención deficiente. Desde el Centro Ulloa niegan que haya falta de recursos y personal. Por favor, si tienes depresión o pensamientos suicidas, busca ayuda. Habla con tus amigos y familiares, y considera buscar ayuda profesional. Si crees que un ser querido está en una situación así, pregúntale, escúchalo, apóyalo. Vamos a poner links a recursos que puedan servirles en nuestra página web. Esta historia fue reportada por Anto Beccari, Ariel Placencia y Federico Pissinis. La produjo Silvia Viñas con el apoyo de Victoria Estrada, y la editamos Camila Segura, Luis Fernando Vargas y yo. Ana Prieto hizo el fact checking. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri y Rémy Lozano. Gracias a Pablo Plotkin de Rolling Stone. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Lisette Arévalo, Gabriela Brenes, Jorge Caraballo, Andrea López Cruzado, Miranda Mazariegos, Diana Morales, Patrick Mosley, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, David Trujillo y Elsa Liliana Ulloa. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. ¿Nos sigues en Instagram? Queremos seguirte de vuelta. Publica en tus stories un video escuchando Radio Ambulante o recomendando el podcast a tus amigos y taguéanos como @radioambulante. Hoy seguiremos de vuelta a las cuentas que nos mencionen. Recuerda: @radioambulante en Instagram. ¡Gracias! Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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