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Radio Ambulante - Nada que curar

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Cuando tu identidad es catalogada como una enfermedad.

A pesar de que la OMS dejó de considerar la homosexualidad como una enfermedad hace más de 25 años, aún existen lugares en Ecuador donde ofrecen supuestos tratamientos para curarla. En este episodio contamos las historias de Andrés y Andrea Alejandro, dos jóvenes que pasaron por centros de "deshomosexualización" en su país. ¿Qué ocurre en esos lugares y cuál es el impacto que tienen en las personas?

*

Al comienzo de este episodio anunciamos una buena noticia. Vamos a lanzar un nuevo podcast en español además de Radio Ambulante. Si quieren más información, vayan a http://elhilo.audio

Hola,
Ambulantes…
Hola,
hola…
Uno,
dos,
tres,
probando.
Tenemos
una
noticia
muy
importante.
Algo
que
nos
hemos
estado
guardando
por
más
de
un
año:
pronto
lanzaremos
un
nuevo
podcast.
Y
se
llama…
El
Hilo.
Bienvenidos
a
El
Hilo.
Se
llama
El
Hilo.
Cada
semana
profundizaremos
las
historias
y
noticias
más
importantes
de
nuestra
región.
Yo
soy
Eliezer
Budasoff,
he
trabajado
como
periodista
y
editor
en
Argentina,
Perú,
y
ahora
México.
Y
yo
soy
Silvia
Viñas,
llevo
más
de
7
años
de
editora
en
Radio
Ambulante.
Y
cada
viernes,
Silvia
y
Eliezer
van
a
hablar
con
periodistas,
expertos
y
los
protagonistas
de
las
noticias.
Pero
El
Hilo
no
es
un
podcast
de
entrevistas,
ni
una
conversación
frente
al
micrófono.
Le
hemos
puesto
todo
lo
que
hemos
aprendido
en
Radio
Ambulante,
para
contar
las
noticias
de
manera
dinámica
y
única.
Ya
pronto
les
contaremos
más.
Por
mientras,
visiten
elhilo.audio
y
suscríbanse
para
recibir
todas
las
novedades.
Esta
historia
contiene
descripciones
fuertes
y
puede
no
ser
apta
para
menores.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante
desde
NPR,
soy
Daniel
Alarcón.
Empecemos
con
algo
que
escuchó
Andrés.
No
es
su
verdadero
nombre,
nos
pidió
que
lo
cambiáramos.
Fue
en
la
iglesia
evangélica
a
la
que
iba
con
su
familia
en
Guayaquil,
Ecuador.
No
te
acostarás
con
un
hombre
como
quien
se
acuesta
con
una
mujer.
Eso
es
una
abominación.
Es
un
versículo
de
la
Biblia
que
leyó
el
pastor.
Si
alguien
se
acuesta
con
otro
hombre
como
quien
se
acuesta
con
una
mujer,
comete
un
acto
abominable
y
los
dos
serán
condenados
a
muerte,
de
la
cual
ellos
mismos
serán
responsables.
Era
el
2006
y
en
ese
entonces
Andrés
tenía
cerca
de
diez
años.
Y
cuando
escuchó
esto,
supo
que
algo
estaba
mal,
que
su
vida
había
cambiado
para
siempre.
Porque
desde
que
tenía
memoria…
Simplemente
me
gustaban
otros
niños.
O
sea,
desde
siempre
tuve
esta…
esta
atracción
hacia
las
personas
de
mi
mismo
sexo.
Y
hasta
ese
momento
creía
que
a
todo
el
mundo
le
pasaba
lo
mismo.
Pero
de
pronto,
con
esas
palabras,
ya
no
se
sentía
como
antes.
No
me
sentía
como
un
criminal,
pero
lo…
me
sentía
como
una…
como
una
cucaracha,
como
una
abominación,
como
algo
asqueroso.
Así
que
digo
como
que:
“Wow,
¿cómo
yo
puedo
tener
esta
enfermedad?”.
Así
yo
me
sentía,
como
si
estuviera
con
esta
infección
de
lo
más
asquerosa.
Porque
según
su
pastor
y
su
religión,
Dios
aborrece
la
homosexualidad.
Ese
día
Andrés
salió
confundido
de
la
iglesia.
Nunca
había
hablado
con
su
familia
sobre
su
orientación
sexual.
Y
ahora,
con
esto
que
escuchó
del
pastor,
mucho
menos
podía
contarles.
Y
ahí
fue
que
me
entró
el
miedo.
Y
ahí
me
entró
bastante
ansiedad.
Porque
él
amaba
a
Dios
pero,
según
su
pastor,
Dios
lo
odiaba
a
él,
por
su
pecado.
Las
palabras
de
ese
día
lo
marcaron.
Y
totalmente
me
transformé:
ya
no
era
el
chico
súper
extrovertido
y
amigable
y
relajoso.
Me
deprimí
bastante.
Y
tanto
así
que
empecé
a
tener
problemas
con
otros
amigos
y
todo,
porque
yo
era
muy
amargado
y
muy
antisocial
y
muy
peleón.
Sus
papás
se
dieron
cuenta
del
cambio
pero
no
sabían
qué
le
pasaba
exactamente.
Durante
dos
años
lo
llevaron
donde
algunos
psicólogos
para
que
lo
ayudaran,
pero
fue
imposible:
Andrés
seguía
mal,
amargado,
deprimido
y
ellos
seguían
sin
entender
por
qué.
Al
final
optaron
por
llevarlo
a
que
hablara
con
una
consejera
de
la
iglesia
a
la
que
iban.
Ella
fue
la
que
me
dijo:
“Yo
que
algo
no
quieres
contarme,
pero
hay
algo
que
quieres
decir”.
Lisette
Arévalo
y
David
Trujillo,
productores
de
Radio
Ambulante,
investigaron
esta
historia.
Lisette
nos
cuenta.
Era
el
2008
y
Andrés
tenía
12
años
cuando
fue
a
ver
a
esa
consejera
de
su
iglesia.
Sintió
de
inmediato
que
ella
podía
leerle
la
mente,
que
sabía
que
él
tenía
un
secreto.
Entonces,
después
de
que
ella
le
insistió
mucho,
Andrés
terminó
confesándole
que
es
gay.
Y
rompí
a
llorar.
Y
en
vez
de
consolarme
y
me
dijo:
“Tú
no
quieres
quemarte
en
el
infierno
por
siempre,
¿no?
conoces
el
fuego,
¿no
verdad?
¿Lo
has
sentido
alguna
vez
en
tu
piel?”.
Y
me
empezó
a
meter
bastante
miedo.
Pero
le
dijo:
“La
única
forma
en
que
puedes
salir
de
la
homosexualidad
es
contándole
a
tus
padres
para
que
ellos
te
ayuden
a…
a
que
venzas
este
demonio
de
la
homosexualidad”.
Andrés
salió
muy
impactado
de
esa
sesión.
Pensó
mucho
en
cómo
sería
la
mejor
forma
de
hablar
con
sus
papás.
Para
él
no
era
fácil
confesarles
algo
que
creía
era
horrible,
pero
se
sentía
tan
angustiado
y
desesperado
que
decidió
hacerlo.
Un
par
de
semanas
después,
empezó
con
su
mamá,
que
era
con
la
que
tenía
más
confianza.
La
llamaremos
Lucía
para
también
proteger
su
identidad.
Entonces,
una
noche
cuando
estaban
en
la
casa…
Me
acuerdo
que
estábamos…
Me
dijo:
“Mami,
ven
a
mi
cuarto”.
Y…
y
me
dijo:
«Mamita,
yo
tengo
que
decirte
algo”.
Moría
de
los
nervios.
Y
yo
empecé
a
casi
que
ni
podía
respirar
y
empecé
a
llorar:
«Mami,
pero
es
que
en
serio
no,
o
sea…
es
algo
que
no
me
vas
a
mirar
de
la
misma
forma
si
te
lo
cuento».
“No,
cuéntame,
aquí
estoy
para
ti».
Entonces
ahí
le
dije,
tartamudeando
y
todo:
«Mami,
soy
gay”.
Yo
me
quedé
fría
y
lo
único
que
hice
fue
abrazarlo,
y
le
dije:
«¿Sabes
qué,
mijito?
Tranquilo.
vas
a
salir
de
esto».
Y
nos
fuimos
al
suelo
a
llorar,
o
sea,
los
dos
éramos
en
el
piso
llorando.
Lucía
lloraba
porque
su
hijo
sufría,
pero
también
por
lo
que
significaba
dentro
de
su
iglesia
evangélica.
No
me
imaginé
jamás
en
mi
hogar
casi
perfecto
tener
algo
así
que
se
salía
de
los
esquemas.
Y
yo
pensaba
que
yo
era
súper
cristiana
y
que
yo
amaba
a
todo
el
mundo
y
que
yo
era
casi
un
poquito
perfecta.
Hasta
que
su
hijo
le
confesó
la
verdad.
Pero
Lucía
no
reaccionó
de
forma
agresiva,
por
el
contrario,
decidió
apoyarlo
para
contárselo
al
resto
de
su
familia
y
así
encontrar
una
solución
entre
todos.
Cuando
les
contó
a
su
papá
y
su
hermano…
Simplemente
decidieron
negarlo:
«que
yo
estoy
confundido»,
“que…
que
eso
no
es
posible»,
«que
no
vuelva
con
esos
temas»,
«que
eso
es
mentira».
Le
dijeron
que
solo
estaba
llamando
la
atención.
Decidió
contarle
a
su
hermana,
pensando
que
ella
lo
entendería.
Ella
tenía
11
años
en
ese
momento,
era
su
mejor
amiga
y
una
de
las
personas
en
las
que
más
confiaba.
Y
ella
reaccionó
bien
mal.
Ella
prácticamente
me
dijo
que
quería
que
yo
estuviera
muerto,
de
lo
tan
decepcionada
que
ella
estaba.
La
reacción
de
mi
hermana
fue
la
gota
que
derramó
el
vaso,
porque
fue
como
que:
“Wow,
la
persona
que
más
me
importa
me
está
diciendo
que
quiere
verme
muerto
por
lo
que
le
acabo
de
contar,
que
es
algo
tan
íntimo”.
Salí
de
la
casa
porque
no…
no
quería…
no
quería
encontrarme
con
esa
realidad.
Me
sentía
tan
avergonzado.
Andrés
salió
llorando
y
empezó
a
correr
por
las
calles
del
conjunto
de
casas
donde
vivía.
Hasta
que
llegó
a
un
muro
que
dividía
su
conjunto
con
otro
y
lo
escaló
hasta
la
cima.
Lo
que
yo
quería
hacer
era
lanzarme,
¿no?
Pero
justamente
una
persona
que
estaba
en
el
otro
lado
de
la
casa,
este,
vio
la
situación
—que
yo
estaba
ahí
llorando,
angustiado—
y
me
trajo
una
escalera.
Entonces
yo
pude
ir
al…
al
otro
lado.
Cuando
Andrés
bajó
la
escalera,
salió
corriendo
otra
vez
y
se
encerró
en
un
baño
del
conjunto.
Sus
papás
salieron
a
buscarlo,
hablaron
con
los
guardias
y
lo
encontraron.
Y
me
sentí
súper
avergonzado
cuando
estaban
mis
dos
padres
ahí
viendo
lo
que
yo
había
hecho.
Fue…
sí,
fue
terrible.
Después
de
eso
los
días
siguientes
fueron
de
un
silencio
inmenso.
No
nos…
no
me
hablaba
con
nadie.
La
familia
no
volvió
a
tocar
el
tema,
prefirieron
ignorarlo
y
dejar
que
a
Andrés
se
le
pasara.
Pero
Lucía
no
podía
dejar
de
pensar
en
eso,
estaba
muy
preocupada
por
su
hijo.
Era
una…
una
experiencia
realmente
nueva
porque
yo
no
sabía
ni
qué
hacer.
No
sabía
cómo
manejar
esta
situación.
Y
para
el
padre
el…
el
hijo
estaba
loco,
o
sea,
estaba
confundido
y
loco,
¿no?
Lucía
volvió
a
buscar
ayuda
en
su
iglesia
evangélica.
Se
reunió
con
los
consejeros
y
el
pastor.
Les
contó
todo
lo
que
había
pasado
y
les
pidió
que
ayudaran
a
su
hijo
a
salir
de
la
depresión,
pero
sobre
todo
a
que
dejara
de
ser
gay.
Entonces.…
Me
recomendaron
que
vaya
a
Camino
de
Salida.
Hola,
buenas
noches,
damos
un
cordial
saludo
a
cada
uno
de
ustedes
que
nos
acompaña
esta
noche.
Camino
de
Salida,
una
organización
evangélica
que
tenía
su
propio
programa
de
radio
y
se
presentaban
así:
Nosotros
somos
Camino
de
Salida,
un
ministerio
cristiano
dedicado
a
servir
a
Dios
a
través
de
servir
a
las
personas
que
tienen
problemas
con
atracciones
hacia
el
mismo
sexo.
Con
“servir”
se
refieren
a
supuestamente
lograr
que
las
personas
homosexuales
dejen
de
serlo.
Esto
es
conocido
como
“terapias
de
conversión
de
la
homosexualidad”.
Es
una
práctica
que
comenzó
a
finales
del
siglo
XIX
y,
aunque
ha
tenido
muchas
variaciones,
sigue
vigente
en
muchas
partes.
Pero,
específicamente,
Camino
de
Salida
surgió
en
Ecuador
en
1995.
Fue
fundada
por
Betty
Van
Engen
y
Timothy
Broach,
dos
misioneros
evangélicos
estadounidenses
que
vivían
en
Ecuador.
Broach
había
pasado
por
una
de
estas
terapias
de
conversión
en
Estados
Unidos,
así
que
decidió
aplicarlo
en
Ecuador.
El
segundo
paso
de
Camino
de
Salida
fue
afiliarse
formalmente
a
Exodus
América
Latina,
una
dependencia
de
algo
más
grande
que
se
llamaba
Exodus
International.
Y
lo
que
vamos
a
explicar
acá
es
importante:
Exodus
International
es
una
organización
evangélica
que
se
creó
al
final
de
los
años
70
en
Estados
Unidos.
Su
misión
era
clara:
convertir
a
las
personas
homosexuales
en
heterosexuales.
Creían
que
Dios
podía
lograr
ese
cambio.
Y,
con
esto
en
mente,
se
empezaron
a
expandir
por
el
mundo.
Exodus
International
llegó
a
tener
más
de
250
ministerios
en
diferentes
países
con
diferentes
nombres,
como
Camino
de
Salida,
el
lugar
que
le
recomendaron
a
Lucía.
Entonces
yo
busqué
en
Internet,
hasta
que
di
con
el
lugar.
Pregunté
los
horarios.
Y
me
dijo
que
sí,
vamos
a
salir
de
esto,
que
no
te
preocupes.
Y
yo
realmente
quería
salir,
así
que
yo
accedí
y
fui.
Y
fui
con…
con
la
esperanza
de
seguir
los
pasos
de
Dios
y
convertirme
en
heterosexual.
El
siguiente
sábado,
Andrés
—con
12
años—
fue
con
su
mamá
a
la
sede
de
Camino
de
Salida
en
Guayaquil.
El
lugar
era
en,
este,
en
un
edificio
bien
viejo.
Tenías
que
subir,
creo
que
era
hasta
el
séptimo
piso.
Entraron
a
una
oficina
donde
los
recibieron
unos
consejeros
de
la
organización.
Me
dijeron
que…
que
tranquila,
que
él
iba
a
salir
de
esto
de
aquí,
que
no
me
preocupara,
que
Dios
es
un
dios
de
milagros
y…
y
que
se
puede
salir
de
la
homosexualidad.
Y
uno
de
ellos
dijo:
“Yo
soy
uno
de
los
ejemplos.
Yo
salí
de
la
homosexualidad.
Así
que
tranquila,
hermana,
porque
él
va
a
salir
de
esto”.
Yo
sentí
que…
que
llegué
al
lugar
perfecto,
al
lugar
indicado.
O
sea,
yo
dije:
“Gracias,
Dios,
porque
llegué
al
lugar
donde
mi
hijo
tiene
que
estar”.
Después
de
explicarle
a
Lucía
de
qué
se
trataba
Camino
de
Salida
y
de
que
podía
confiar
plenamente
en
su
labor,
le
pidieron
que
saliera
de
la
oficina
para
conversar
a
solas
con
Andrés.
Ahí
a
Andrés
le
mostraron
videos
de
testimonios
de
personas
a
las
que,
supuestamente,
habían
curado.
Eran
algo
como
esto,
que
tienen
en
su
página
web.
Somos
miles
de
hombres
y
mujeres
alrededor
del
mundo
que
hemos
vencido
la
homosexualidad,
que
hemos
tomado
nuevas
decisiones,
que
hemos
abandonado
ese
estilo
de
vida
que
solo
nos
perjudicó.
Luego
le
pidieron
que
le
sacara
copias
a
un
libro
de
Exodus
International
del
que
Andrés
ya
ni
se
acuerda
el
nombre.
Lo
que
recuerda
es
que
esa
sería
la
guía
del
proceso
que
iba
a
empezar.
Ahí
explicaban
el
origen
de
la
homosexualidad
según
la
Biblia
y,
además,
describía
unas
15
áreas
que
supuestamente
están
afectadas
y
hacen
que
alguien
sea
homosexual.
Por
ejemplo,
la
relación
con
la
familia,
la
relación
con
Dios,
la
relación
con
las
personas
de
su
mismo
sexo.
Cada
capítulo
de
ese
libro
decía
cómo
reparar
estas
supuestas
áreas
afectadas
y,
al
final,
había
otro
libro
con
cuestionarios
para
repasar
lo
que
se
aprendía.
Era
como
un
libro
de
colegio.
La
idea
era
que
Andrés
trabajaría
de
la
mano
de
un
consejero
de
Camino
de
Salida
y
debían
reunirse
todos
los
sábados
para
hablar
del
proceso,
de
los
avances,
de
las
tareas
que
tenía
que
hacer
la
siguiente
semana
y
de
cómo
estaba
involucrando
a
sus
padres.
También
le
decían
que
tenía
que
leer
la
Biblia
todos
los
días.
Andrés
estaba
muy
emocionado.
Yo
dije:
«Claro,
yo
que
yo
voy
a
salir.
Así
como
soy
muy
aplicado
para
mis
tareas
y
siempre
consigo
lo
que
yo
me
propongo,
lo
mismo
va
a
ser
con
esto».
Entonces
yo
empecé
muy
animado,
la
verdad.
Leía
la
Biblia
bastante.
La
terminé
leyendo
dos
veces
incluso.
Y
todos
los
versículos
que
ellos
me
ponían
yo
los
repetía
cada
mañana.
Su
mamá
lo
llevaba
todos
los
sábados
a
las
sesiones
con
su
consejero.
Cuando
salía…
Siempre
hacíamos
una
como
una
retroalimentación
de
lo
que
él
recibía
allí
y
salía
contento.
Le
contaba
a
su
mamá
sobre
cómo
debía
comportarse
para
ser
heterosexual.
Por
ejemplo,
me
decía
un
día:
«Mami,
ya
me
dijeron
que
tengo,
mira,
tengo
que
pararme
de
esta
forma.
Tengo
que
ponerme
perfumes
bien
fuertes».
O
sea,
le…
le
daban
instrucciones.
Además
de
las
reuniones
con
el
consejero,
Andrés
debía
ir
una
o
dos
veces
al
mes
a
terapias
colectivas
con
las
otras
personas
que
estaban
recibiendo
el
tratamiento.
En
ese
entonces,
era
un
grupo
de
cerca
de
25
personas,
la
mayoría
hombres
con
menos
de
20
años
y
Andrés
era
el
menor
de
todos.
Entre
ellos
solo
sabían
sus
nombres
porque
tenían
prohibido
interactuar
y
conversar
de
otras
cosas.
Cuando
se
reunían
en
las
terapias
colectivas,
un
consejero
guiaba
la
sesión.
Y
ahí
cada
uno
comentaba
acerca
de
sus
caídas
y
también
de…
de
las
cosas
que
lograban
cada
semana:
cómo
pudieron
vencer
o
no
tal
tipo
de
tentación
esa
semana
y
qué
van
a
hacer
para
lograrlo
la
próxima
semana.
A
veces
los
llevaban
a
la
calle
para
ver
a
parejas
heterosexuales
y
les
decían:
“Miren
esa
pareja
como
está
con
ese
hijo.
Eso
es
algo
hermoso,
¿ustedes
no
quisieran
tener
algo
así?”.
También
les
hacían
imitar
la
forma
en
que
caminaban
los
hombres
de
esas
parejas
y
les
decían
que
las
personas
heterosexuales
eran
su
modelo
a
seguir.
Además
les
daban
charlas
de
lo
mala
que
era
la
masturbación,
y
les
insistían
en
que
esa
era
una
de
las
causas
de
su
homosexualidad:
como
se
tocaban
tanto,
les
terminaba
gustando
esa
parte
del
cuerpo
en
otras
personas.
Pero
tenían
una
solución
para
todo,
así
que
les
daban
técnicas
para
evitarla.
No
solamente
cuando
tenías
ganas
de
masturbarte,
sino
cuando
veías,
este,
una
persona
del
mismo
sexo
que
te
atraía,
por
ejemplo,
tenías
que
pellizcarte,
pellizcarte
así
bastante
duro
en
el
brazo
o
en…
solo
en
el
dedo,
porque
el
dolor
va
a
hacer
que
disminuya
tu
excitación.
Andrés
seguía
al
pie
de
la
letra
todo
lo
que
decían
y
la
mayor
parte
del
tiempo
era
optimista.
Por
eso
al
principio
le
sorprendió
que
sus
compañeros
de
terapia
no
se
vieran
tan
positivos
como
él.
veías
a
estos
chicos
tan
deprimidos.
O
sea,
con…
con
una
cara,
con
una
cara
de
agonía,
de
amargura.
Y
con
el
tiempo,
a
Andrés
le
comenzó
a
pasar
lo
mismo.
Poco
a
poco
la
frustración
empezó
a
llegar,
porque
obviamente
veía
que
no
pasaba
nada.
Así
pasó
un
año,
dos
años,
tres
años.
Y
nada
cambiaba.
Entonces,
empezó
a
buscar
culpables
por
otro
lado.
Sus
consejeros
le
decían
que
una
de
las
razones
por
las
que
era
homosexual
era
por
la
relación
que
tenía
con
los
hombres
de
su
familia.
Con
su
papá,
por
ejemplo,
no
era
muy
cercano.
De
hecho
ni
él
ni
su
mamá
le
contaban
lo
que
pasaba
en
Camino
de
Salida
porque,
como
para
el
papá
de
Andrés
lo
que
pasaba
era
que
él
estaba
confundido,
no
necesitaba
esa
terapia.
Según
explicaban,
esa
mala
relación
que
tenía
con
su
papá,
era
una
de
las
causas
por
las
que
no
quería
ser
hombre
y
buscaba
ser
una
mujer
heterosexual.
Pero
no
solo
era
su
papá
el
supuesto
culpable,
eran
todos
los
hombres
que
tenía
alrededor
que
no
le
ofrecían
una
figura
masculina
correcta.
Empecé
a
odiar
a
mi
hermano
mayor,
a
mis
amigos
hombres,
a
mis
profesores
porque
yo
decía:
“Todas
estas
cosas
me
han
hecho
gay”.
Cosas
que
parecen
tener
sentido.
Y
en
mi
cabeza
tenía
sentido
perfecto.
Pero
además
culpaba
a
su
mamá
porque
le
decían
que
por
ser
tan
cariñosa,
tan
sobreprotectora,
tan
cercana,
él
quería
ser
como
ella.
Y
eso
no
era
todo,
en
las
terapias
también
le
hacían
pensar
en
cosas
que,
según
ellos,
le
habían
pasado
en
su
niñez.
Por
ejemplo,
ellos
decían
que,
este,
todos
los
homosexuales
en
algún
momento
de
su
niñez
tuvieron
que
de
ley
haber
sido
abusados
sexualmente
y
si
no
lo
recuerdas
es
porque
te
lo
has
reprimido.
Entonces
te
hacen
hipnosis
y
te
hacen
tratar
de
recordar
esos
eventos
que
muchas
veces
ni
siquiera
pasaron.
Andrés
no
recordaba
ningún
abuso,
ni
siquiera
señales
mínimas
de
que
eso
hubiera
pasado.
Pero
si
era
gay,
esa
era
una
de
las
causas,
nada
qué
hacer.
Entonces
volvía
a
culpar
a
sus
papás
por
no
haberlo
protegido
de
ese
supuesto
abuso.
Pero
por
encima
de
ese
odio
hacia
otros,
había
un
odio
más
grande
hacia
mismo.
¿Cómo
yo
pude
haber
sido
tan
tonto
en
haber
decidido
rechazar
la
identidad
que
Dios
tenía
establecida
para
desde
el
momento
de
la
creación?
La
culpa
me
empezó
a
comer.
Intentaba
corregirse
con
pellizcos,
como
le
habían
dicho
en
Camino
de
Salida.
Se
empezó
a
desesperar
porque
no
le
funcionaba,
entonces…
Comenzaba
a
coger,
este,
tijeras.
Por
ejemplo,
en
el
colegio
yo
llevaba
un
chompa
incluso
cuando
no
hacía
frío,
entonces
yo
a
veces
iba
al
baño
y
me
empezaba,
eh,
a
hacer
pequeños,
este,
cortes
en
el
brazo
y
eso
me
hacía
sentir
bien
porque
decía:
“Esto
es
lo
que
una
basura
como
merece”,
me
decía
a
mismo.
En
ese
momento
Andrés
tenía
15
años
y
ya
llevaba
tres
en
Camino
de
Salida.
Mientras
otros
chicos
de
su
edad
iban
a
clases
de
arte
o
practicaban
algún
deporte,
él
iba
todos
los
sábados
a
terapia
de
deshomosexualización.
Pero,
claro,
nadie
lo
sabía,
solo
su
familia,
los
pastores
y
consejeros
de
su
iglesia.
Era
agotador,
porque
no
veía
los
resultados
que
esperaba.
Pero
si
un
día
no
quería
ir,
Lucía,
su
mamá,
lo
convencía
de
que
fuera
prometiéndole
discos
de
música.
Él
aceptaba
más
por
obligación
que
otra
cosa
y
Lucía…
Me
sentía
horrible.
Me
sentía
horrible
y
después
yo
decía:
“Dios
mío,
¿será
que
yo
estoy
haciendo
bien
o
será
que
estoy
haciendo
mal?”.
Lo
veía
llorar
de
frustración,
en
frustración.
Y…
y
era
como
que
decía
yo:
“Esto…
algo
no
funciona
bien».
Pero
de
inmediato
Lucía
cambiaba
de
parecer,
porque
una
de
las
cosas
que
más
le
daba
miedo
era
que
la
sociedad
rechazara
a
su
hijo,
que
la
gente
lo
discriminara.
Por
eso
es
que
yo
decía:
“No,
él
tiene
que
salir
porque
él
tiene
que
encajar
en
la
sociedad”.
O
sea,
no
puede
salirse
del
estereotipo,
pues.
Entonces
Lucía
buscó
otra
opción:
habló
con
uno
de
los
pastores
de
su
iglesia
y
él
le
recomendó
someterlo
a
lo
que
llamaban
“liberaciones”
para
sacarle
—entre
comillas—
al
«demonio
de
la
homosexualidad».
En
otras
palabras:
un
exorcismo.
Lucía
estuvo
de
acuerdo.
Le
contó
a
Andrés
y
él
también
aceptó.
Fue
a
su
iglesia
y
ahí
había
más
personas
a
las
que
les
iban
a
hacer
las
liberaciones.
Pasaban
uno
por
uno.
Cuando
fue
el
turno
de
Andrés,
lo
sentaron
en
una
silla,
lo
rodearon,
y
leían
versículos
de
la
Biblia
para
expulsar
los
supuestos
demonios.
Duraban
entre
dos
y
cinco
horas,
y
aunque
para
algunos
parecía
estar
funcionando,
para
Andrés
no.
Obviamente
en
mi
caso
yo
me
dije:
“¿Cómo
así?
Yo
no
grité
como
las
demás
personas,
o
salté,
o
me
volví
así
loco.
¿Será
que
realmente
no
puedo
expulsar
el
demonio?”.
En
total
le
hicieron
tres.
Y
aunque
nunca
sintió
que
de
verdad
expulsara
un
demonio,
tuvo
momentos
en
los
que
creía
que
podía
estar
cambiando.
Pero
como
siempre,
al
poco
tiempo,
volvía
a
sentirse
igual.
Seguía
con
terapia
en
su
iglesia,
yendo
a
Camino
de
Salida
todos
los
sábados
y
nada.
Decidió
ir
a
un
retiro
de
jóvenes
organizado
por
su
iglesia.
Iba
a
estar
lejos
de
su
casa,
del
colegio,
de
internet
y
todo
lo
que
pudiera
hacerlo
sentir
atracción
por
otros
hombres.
No
fue
muy
distinto
a
lo
de
siempre,
pero
lo
que
fue
diferente
fue
que
al
final
del
retiro
uno
de
los
líderes
de
la
iglesia
le
dijo:
“Dios
me
ha
dicho
que
al
final
de
esta
semana
te
van
a
empezar
a
gustar
las
mujeres.
Máximo
a
las
12
de
la
noche,
pero
de
esta
semana
no
pasa.
vas
a
sentir
un
cambio».
Había
pasado
tres
años
en
terapia
y
finalmente
Dios
le
había
hablado
a
través
de
este
líder.
Se
había
tardado
más
de
lo
que
esperaba,
pero
todo
su
esfuerzo
había
valido
la
pena.
Andrés
regresó
feliz
de
ese
retiro.
Estaba
esperanzado
de
que
todo
iba
a
cambiar
y
el
domingo
de
esa
semana
se
quedó
despierto
hasta
las
12
de
la
noche
para
experimentar
el
cambio.
Nunca
había
sentido
tanta
esperanza
por
algo.
Sorpresivamente
fue
así:
o
sea,
en
el
sentido
de
que
quizás
eran
tantas
mi…
mi…
mis
ganas
de
que
me
gustaran
las
mujeres.
Y
yo
comencé
a
pensar
en
chicos
y
como
que
me
sentí
súper
fuerte
y
dije:
“No,
ya
no
me
atraen.
Estoy
pensando
en
chicas
y
me
siento
feliz
con
la
idea
y
todo
eso”.
Pero,
al
día
siguiente,
(risa)
¡oh,
sorpresa!
Volvió
a
empezar
la
atracción
y
eso
fue
un
shock
bastante
grande.
Esa
experiencia
fue
para
lo
peor.
Entonces
yo
le
reclamé
a
Dios.
Yo…
Yo
sí…
yo
hasta
le
grité,
dije:
“Dios,
¿cómo
es
posible?
¿Soy
acaso
un
chiste
para
ti?
¿Cómo
es
posible
que
todo
está
funcionando
pero
a
la
final
me
sigan
gustando
los
chicos?
¿Es
acaso
que
yo
no
tengo
solución?
¿Cómo
es
posible
que
otras
personas
lo
han
logrado
y
yo
sigo
estancado
aquí?”.
Tiempo
después,
Andrés
estaba
en
la
cocina
de
su
casa
con
su
mamá
y
su
hermana.
Ellas
hablaban
de
varias
cosas
y
él
estaba
en
silencio,
retraído.
Entonces
empezaron
a
preguntarle
si
estaba
bien.
Andrés
no
les
había
contado
el
último
episodio
de
frustración,
pero
era
evidente
que
no
aguantaba
más.
Y
entonces
agarró
un
cuchillo
que
tenía
al
lado…
Y
empecé
a
cortarme
y
quise
meter
el
cuchillo
en…
en
mi
garganta.
Entonces
yo
exploté.
Yo
saqué
todo
lo
que
tenía
adentro,
que
yo
he
luchado
tanto
pero
no
consigo
nada.
Fue
como
alguna
reacción
catártica.
O
sea,
obviamente
no
lo
hice.
Pero
traté
de
hacerlo,
pero
vino
mi
mamá
y
me
cogió
la
mano.
Y
fue
horrible:
mi
hermana
llorando.
Fue
una
situación
terrible,
pero
no
pasó
nada
más.
Se
dijeron
lo
mismo
de
siempre:
que
todo
iba
a
cambiar,
que
con
la
ayuda
de
Dios,
Andrés
iba
a
poder
salir
de
la
homosexualidad
y
que
seguramente
lo
estaba
retando
para
ver
si
era
un
buen
cristiano.
Al
final
se
calmaron
y
terminaron,
de
nuevo,
enterrando
el
tema.
Lucía
buscó
otra
vez
ayuda
en
la
iglesia.
Y
sí,
tenían
una
nueva
solución
al
supuesto
problema
de
Andrés:
esta
vez
le
recomendaron
llevarlo
donde
un
psiquiatra
muy
cercano
a
la
iglesia.
Entonces,
además
de
ir
a
Camino
de
Salida,
de
pasar
por
tres
exorcismos,
de
ir
a
reuniones
de
su
iglesia
y
al
retiro,
ahora
Andrés
tenía
que
ir
tres
veces
por
semana
donde
este
psiquiatra
que
les
cobraba
40
dólares
por
cita.
Después
de
valorarlo,
el
psiquiatra
les
dijo
que
la
mejor
forma
de
tratar
a
Andrés
era
con
medicamentos
que
no
solo
le
bajaran
los
niveles
de
ansiedad,
sino
también
los
de
su
deseo
sexual.
Lucía
aceptó
el
tratamiento.
Él
era
el
médico
y
sabía
lo
que
hacía.
Al
final,
terminó
recetándole
unas
pastillas
que
no
lo
dejaban
dormir
en
las
noches
y
le
producían
sueño
todo
el
día.
Entonces
mi
hijo:
“Mami”,
me
dice,
“Mami,
yo
no
tengo
emociones:
no
puedo
reír,
no
puedo
llorar.
Me
siento
como
un
ser
inerte».
Era
un
médico
que
lo
que
estaba
haciendo
era
dopar
a
mi
hijo
para
que
mi
hijo
trate
de
olvidarse
de
ese
tema
de
la
homosexualidad
durmiéndose.
Ya
era
demasiado
lo
que
le
estaban
haciendo
a
Andrés
y
era
imposible
que
el
resto
de
la
familia
se
quedara
con
los
brazos
cruzados.
Un
día
—cuando
Andrés
ya
tenía
17
años—
su
hermano
mayor
se
le
acercó
y
le
dijo
que
entendía
todo
por
lo
que
estaba
pasando.
Que
se
imaginaba
su
frustración
y
la
ansiedad
que
le
causaba
ir
todos
los
sábados
a
Camino
de
Salida.
También
le
dijo
algo
que
le
sorprendió:
“Yo
que
usted
ha
estado
pensando
en…
en
dejar
los
grupos.
Yo
que
la
mami
le
está
diciendo
que
vaya
y
todo,
pero
no
creo
que
usted
tenga
que
seguir
yendo.
Sinceramente
yo
me
puse
a
pensar
cómo
yo
estaría
si
a
me
forzaran
a
que
me
gusten
los
chicos”.
A
Andrés
se
le
hizo
extraño
que
su
hermano
le
dijera
algo
así
porque
en
un
principio
no
había
aceptado
su
homosexualidad.
Pero
además
porque
nunca
habían
vuelto
a
hablar
del
tema
y
menos
de
Camino
de
Salida.
Me
dijo
que:
“Sí,
usted
sabe
estos
testimonios
que
cuentan
realmente
no
son
verdad.
Incluso
muchas
personas
que
han
dicho
salir
a
la
final
se
divorcian
porque
ellos
han
dicho
que
nunca
dejaron
de
ser
gays
y
que
esto
también
incluso
está
en
la
naturaleza.
Es
algo
que
está
en…
en
muchos,
este,
mamíferos”.
Le
mostró
estudios
científicos
sobre
la
homosexualidad
que
decían
que
en
1990,
la
Organización
Mundial
de
la
Salud
dejó
de
considerarla
una
enfermedad.
Pero
lo
más
fuerte
fue
cuando
le
contó
algo
que
en
Camino
de
Salida
nunca
le
dijeron.
Ese
año,
en
2013,
pasó
esto…
A
Christian
group
devoted
to
so-called
gay
conversion
has
closed
its
doors
and
apologized
to
the
LGBT
community.
Un
grupo
cristiano
de
conversión
de
la
homosexualidad
cerró
sus
puertas
y
se
disculpó
con
la
comunidad
LGBT.
El
grupo
del
que
habla
es
Exodus
International,
la
organización
a
la
que
pertenecía
Camino
de
Salida.
Pero
eso
no
era
todo.
Alan
Chambers,
el
presidente
de
la
organización,
publicó
una
carta
en
la
página
web
en
la
que
aceptó
que
cambiar
la
orientación
sexual
realmente
no
es
posible.
Este
es
Chambers
en
una
entrevista
que
dio:
Well,
we
are
sorry
for
the
many
people
who
took
part
in
the..
the
ministries
or
the
counselors
or
were
impacted
by
the
rhetoric.
Chambers
le
pide
perdón
a
las
personas
que
fueron
impactadas
por
lo
que
decían
los
líderes
de
Exodus
International.
Y
continúa
diciendo…
So
that’s
something
that
we
are
very,
very
sorry
for
the
hurt,
and
the
shame,
and
the
anxiety,
and
the
trauma
that
people
were
caused.
Traduzco:
“Pedimos
perdón
por
el
dolor,
la
vergüenza,
la
ansiedad
y
el
trauma
ocasionado
a
estas
personas”.
Incluso
él
mismo
confesó
que
aunque
estuviera
casado
con
una
mujer,
todavía
sentía
atracción
por
hombres
después
de
años
de
haber
pasado
por
el
supuesto
proceso
de
conversión.
Andrés
no
lo
podía
creer.
¿Por
qué
Camino
de
Salida
siguió
funcionando?
¿Por
qué
le
ocultaron
esa
información?
Sencillo:
los
que
no
estaban
de
acuerdo
con
el
presidente
de
Exodus
International
siguieron
trabajando
con
una
dependencia
llamada
Exodus
Global
Alliance.
Y
entonces,
Camino
de
Salida
se
alió
a
esta
nueva
organización
y
siguió
funcionando
en
Ecuador
como
si
nada.
Aunque
toda
la
información
que
le
dio
el
hermano
a
Andrés
era
clara,
él
se
resistió
un
poco
al
principio:
no
era
fácil
sacarse
de
la
cabeza
todo
lo
que
le
habían
metido
durante
cinco
años.
Fueron
varias
conversaciones
privadas
que
tuvo
con
su
hermano.
Cada
noche
él
se
acercaba
y
le
decía
que
no
debía
sentirse
como
una
mala
persona,
que
nadie
tenía
la
culpa
de
que
fuera
gay
y
mucho
menos
él.
No
era
algo
horrible
como
le
habían
hecho
creer,
simplemente
había
que
aceptarlo
y
ya.
Andrés
sentía
algo
de
alivio
por
lo
que
le
decía
su
hermano,
pero
al
mismo
tiempo
sentía
miedo
de
decepcionar
a
su
mamá.
Así
que
su
hermano
le
prometió
que
él
se
encargaría
de
hablar
con
ella.
Y
así
fue.
Mi
hijo
mayor
—que
había
sido
totalmente
homofóbico
toda
su
vida—
viendo
sufrir
al
hermano,
viéndome
llorar
a
mí,
de
no
saber
qué
hacer,
él
había
estado
en
una…
en
un
tiempo
de
investigación
científica
sobre
estos
casos
de
homosexualidad
y
me
dijo:
“Mami,
mi
ñaño
es
homosexual
y
hay
que
aceptarlo
y
hay
que
entenderlo
a
él
cómo
está
sufriendo,
mami.
Yo
recién
ahorita
entiendo
a
mi
hermano.
Si
hasta
en…
hasta
en
la
naturaleza
existe
el
homosexualismo,
mami.
Eso
es
algo
que
está
allí».
A
Lucía
esto
la
dejó
pensando
en
lo
que
estaban
haciendo
y
decidió
llevar
a
Andrés
a
una
psiquiatra
diferente.
Una
que
se
guiara
por
la
ciencia
y
no
por
la
religión.
Finalmente
fui
donde
ella
y
me
dijo:
“Acepte
a
su
hijo
como
es”.
Le
quitó
millones
de
pastillas
y
lo
dejó
solamente
con
una
para
la
ansiedad
y
otra
para
que
pueda
dormir
en
las
noches.
Le
explicó
que
la
homosexualidad
no
era
algo
que
se
pudiera
cambiar,
punto.
Con
esto
que
le
estaba
diciendo
la
psiquiatra
y
lo
que
le
había
dicho
su
hijo
mayor,
un
día
Lucía
se
acercó
a
Andrés
y
le
dijo:
“Quiero
que
sepas
que
yo
te
acepto
como
eres
y
quítate
ya
esa…
esa
carga
que
tienes
encima.
No
tienes
que
hacer
nada
para
salir
de
lo
que
eres,
mijito”.
Se
puso
a
llorar.
Se
puso
feliz,
casi
que
me
carga
al
cielo.
Me
dice:
“Mami,
no
puedo
creer
lo
que
me
estás
diciendo.
No
sabes
el
alivio
que
siento.
Mami,
te
amo,
te
amo
realmente
me
has
demostrado
amor».
Finalmente,
después
de
cinco
años,
decidieron
dejar
de
ir
a
Camino
de
Salida,
a
la
iglesia
y
cambiar
de
psiquiatra.
En
ese
momento
Andrés
tenía
17
años
y,
al
fin,
después
de
años
de
tortura
psicológica,
comenzaba
a
sentir
algo
de
paz.
Como
sabemos
su
mamá
y
su
hermano
lo
apoyaron.
Su
hermana,
aunque
al
principio
había
sido
muy
cruel,
también
terminó
aceptándolo.
Su
papá,
en
cambio,
nunca
lo
aceptó:
siempre
le
dijo
que
la
Biblia
condenaba
la
homosexualidad
y
que
estaba
arruinando
su
vida.
Era
principios
del
2014
y,
sin
avisarle
a
nadie,
Andrés
subió
este
post
a
Facebook.
“Feliz
de
dejar
las
máscaras
a
un
lado.
Feliz
de
finalmente
ser
yo
mismo
y
dejar
de
fingir
ser
alguien
que
no
soy.
Feliz
de
ser
gay.
que
por
algo
estoy
aquí
y
que
por
algo
soy
como
soy.
No
estoy
aquí
para
complacer
a
los
demás,
sino
para
vivir
mi
vida
genuinamente,
haciendo
lo
que
me
gusta
y
siempre
dando
lo
mejor
de
mí.
Gracias
a
las
personas
que
quitaron
la
venda
de
mis
ojos,
que
me
ayudaron
a
dejar
de
odiarme.
Gracias
por
ir
más
allá
de
las
apariencias.
Ustedes
saben
quiénes
son
y
sepan
que
los
amo”.
Andrés
no
esperaba
nada
con
ese
post,
solo
quería
quitarse
de
encima
ese
peso,
contar
lo
que
durante
tantos
años
llevaba
reprimiendo.
Y
se
sorprendió
con
tantas
respuestas
de
apoyo
de
sus
compañeros
del
colegio.
Sin
embargo,
ese
post
también
tuvo
un
efecto
directo
en
su
familia.
Yo
ya
no
tenía
una
buena
relación
con
el
papá.
El
papá
se
puso
como
loco
por
esa
publicación
que
hizo
el
hijo
y…
y
comenzó
a
escribir
también
en
Facebook
diciendo
que
no,
que
Dios…
él
va
a
seguir
adelante
confiando
en
Dios.
Bueno,
se
armó
un
lío
allí.
Entonces
se…
se
volvió
todo
más
feo.
Después
de
eso,
Lucía
y
su
esposo
se
divorciaron
y
desde
ese
momento
Andrés
no
tiene
contacto
con
su
papá.
Pero
no
todo
fue
tan
negativo.
Sus
amigos
y
algunos
miembros
de
su
familia
comenzaron
a
mandarle
mensajes
de
apoyo,
a
felicitarlo
por
ser
tan
valiente.
Él
dijo
que
llegó
hasta
pensar
en
denunciar
a
Camino
de
Salida,
a
su
iglesia
y
al
psiquiatra
por
todos
los
traumas
que
le
causaron
y
convocar
una
marcha
en
Guayaquil
contra
estos
tratamientos.
Pero
después
de
pensarlo
bien,
decidió
no
hacerlo.
Yo
me
di
cuenta
que
yo,
al
menos
en
ese
tiempo,
no
iba
a
ser
capaz
de
lidiar
con
ellos
diciéndome
y
mirándome
decepcionados.
Como
que:
“Wow,
ahora
eres
todo
lo
contrario,
como
que
fallaste
en
vez
de
persistir.
Te
rendiste
y
ahora
eres
gay.
Ahora
estás
con
el
lado
del…
del
diablo”.
O
sea,
no,
nunca
me
sentí
con
las
fuerzas
de…
de
enfrentar
a
estas
personas
que
me
vieron
en
el
camino
de
salir
de
la
homosexualidad.
Tampoco
estaba
obligado
a
hacerlo.
Entonces
prefirió
simplemente
bloquear
a
estas
personas
en
sus
redes
sociales
y
no
volver
a
tener
contacto
con
ellas.
La
relación
de
Andrés
y
su
mamá
se
fortaleció.
Comenzaron
a
ir
juntos
a
marchas
por
los
derechos
LGBTI
y
llevaban
carteles
que
decían
cosas
como
“El
amor
no
discrimina”,
“Sin
igualdad
no
hay
libertad”,
“Mi
hijo
es
gay
y
lo
amo
como
es”.
Él
realmente
me
enseñó
lo
que
era
amar.
A
través
de
él
yo
aprendí
lo
que
realmente
significa
amar
a
alguien
que
es
diferente
a
ti.
Contactamos
a
Camino
de
Salida
para
escuchar
su
versión
de
todo
esto.
Hicimos
varias
llamadas
y
enviamos
correos
electrónicos
pero
no
nos
respondieron.
Buscamos
la
dirección
de
sus
sucursales
en
Ecuador
pero
no
aparecen
en
ningún
lado.
Como
sabíamos
que
Betty
Van
Engen
es
una
de
las
fundadoras
de
Camino
de
Salida,
decidimos
llamarla
a
su
trabajo:
una
emisora
evangélica
en
Quito.
Ella
nos
contestó,
pero
antes
de
aceptarnos
la
entrevista
me
pidió
que
nos
reuniéramos.
En
esa
reunión
me
dijo
que
sabía
que
habíamos
contactado
a
más
gente
de
Camino
de
Salida
y
que
quería
saber
por
qué.
Cuando
le
expliqué
que
íbamos
a
contar
la
historia
de
Andrés
y
que
queríamos
saber
la
posición
de
su
organización
al
respecto,
me
dijo
que
ellos
no
daban
entrevistas
en
las
que
pusieran
a
debatir
su
punto
de
vista
con
otro,
que
no
necesitan
probarle
nada
a
nadie.
Que
si
alguien
va
a
las
terapias
y
no
le
gusta,
ya
es
problema
de
ellos.
Pero
también
me
dijo
que
creen
que
los
homosexuales
no
nacen
sino
que
se
hacen
a
raíz
de
perversiones,
de
abusos,
de
promiscuidad.
Y
que
ellos
consideran
que
la
homosexualidad
es
algo
que
se
puede
cambiar.
Le
pregunté
si
podía
grabarla
explicando
las
razones
por
las
que
no
nos
daría
la
entrevista
y
me
dijo
que
no,
y
me
advirtió
que
nada
de
lo
que
estaba
pasando
ahí
lo
podía
mencionar
en
este
episodio.
Le
dije
que
eso
era
imposible
porque
sería
mentir.
Al
final,
me
dijo
que
la
única
condición
en
la
que
aceptaría
una
entrevista
era
si
no
la
incluíamos
en
la
misma
historia
de
Andrés,
sino
que
saliera
aparte,
en
un
episodio
independiente
sobre
Camino
de
Salida.
Nosotros
no
accedimos,
claro,
y
por
eso
su
voz
no
está
en
esta
historia.
Exodus
International
cerró
en
2013.
Entonces
la
nueva
organización
que
está
a
cargo
ahora,
Exodus
Global
Alliance,
a
la
que
pertenece
Camino
de
Salida,
cambió
un
poco
el
discurso
de
lo
que
hacen.
Para
ellos
la
homosexualidad
ya
no
es
una
enfermedad,
pero
es
una
herida
emocional
que
se
puede
curar.
Todavía
siguen
ofreciendo
sus
servicios
en
diferentes
partes
del
mundo.
No
sabemos
cuántas
personas
exactamente
han
pasado
por
estos
tratamientos.
Cuando
Lisette
y
David
llamaron
a
Exodus
América
Latina
para
preguntar,
les
dijeron
que
no
dan
entrevistas
ni
pueden
dar
datos.
Pero
como
Exodus
ha
funcionado
por
más
de
40
años,
seguramente
la
cifra
es
miles
de
personas.
Pero
esto
es
solo
una
parte
de
lo
que
tienen
que
pasar
muchas
personas
LGBTI
en
Ecuador.
Hay
varios
lugares
clandestinos
en
ese
país
que
utilizan
métodos
mucho
más
violentos.
En
Ecuador
precisamente
descubren
centros
clandestinos
que
con
torturas
aseguraban
curar
la
homosexualidad.Están
siendo
secuestrados
por
sus
propias
familias
y
son
llevados
a
la
fuerza
a
clínicas.
Los
colectivos
homosexuales
denuncian
torturas
y
abusos
sexuales
dentro
de
esas
clínicas.
Bueno,
se
les
dice
clínicas
o
“clínicas
de
deshomosexualización”
pero
no
se
parecen
a
las
clínicas
que
quizá
se
están
imaginando.
Después
de
la
pausa,
David
Trujillo
nos
contará
qué
pasa
en
algunos
de
estos
lugares.
Ya
volvemos.
Este
podcast
y
el
siguiente
mensaje
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Estos
días
hay
tantas
cosas
para
ver
que
jamás
te
va
a
alcanzar
el
tiempo.
Es
por
eso
que
existe
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Happy
Hour,
desde
NPR.
Dos
veces
por
semana,
buscan
entre
todas
las
tonterías
que
hay,
comparten
sus
reacciones
y
te
dan
un
resumen
de
lo
que
vale
la
pena.
Escucha
Pop
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Happy
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todos
los
miércoles
y
jueves.
Estás
escuchando
este
podcast
de
NPR
porque
quieres
estar
informado,
porque
quieres
aprender
algo,
¿cierto?
Bueno,
¿qué
tal
si
necesitas
un
pequeño
descanso?
Para
eso
querrás
oír
Wait
Wait
Don’t
Tell
Me,
el
quiz
de
noticias
de
NPR.
Es
el
show
que
deja
que
tu
cerebro
reptiliano
se
divierta
por
una
vez
en
la
vida.
En
todo
caso,
puedes
volver
a
ser
serio
más
tarde.
Wait
Wait
Don’t
Tell
Me,
desde
NPR.
Escúchalo
todos
los
viernes.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Sigamos
con
un
poco
de
contexto:
Ecuador
despenalizó
la
homosexualidad
en
1997,
hace
poco
más
de
20
años.
Antes
de
esto
la
ley
establecía
que
a
los
hombres
homosexuales
se
les
podía
dar
entre
cuatro
y
ocho
años
de
cárcel.
Y,
bueno,
aunque
eso
dejó
de
ser
así
y
fue
un
gran
avance
para
el
país,
la
nueva
sentencia
seguía
teniendo
un
lenguaje
discriminatorio.
Decía,
por
ejemplo,
que
la
medicina
veía
la
homosexualidad
como,
y
aquí
cito
“una
disfunción
o
hiperfunción
del
sistema
endocrino”
y
que
esto
determina
la
conducta
“anormal”.
Y
esto
es
significativo,
porque
recordemos
que
desde
1990
la
Organización
Mundial
de
la
Salud
dejó
de
considerar
la
homosexualidad
como
una
enfermedad,
pero
la
ley
ecuatoriana
parecía
no
reconocerlo.
Nuestro
productor
David
Trujillo
nos
sigue
contando.
Para
entender
este
cambio
legal
en
Ecuador
y
las
consecuencias
que
trajo,
hablamos
con
él:
Soy
Jorge
Medranda.
Soy
activista
LGBTI
desde
hace
al
menos
25
años.
Jorge
tenía
32
años
cuando
se
despenalizó
la
homosexualidad
y
recuerda
que…
Desde
el
27
de
noviembre
de
1997
dejamos
de
ser
delincuentes
para
pasar
a
ser
enfermos.
Entonces,
claro,
como
éramos
enfermos,
a
los
enfermitos
no
hay
cómo
perseguirles,
pero
en
cambio
hay
que
curarles.
Y
esto,
para
muchos
sitios
como
Camino
de
Salida
o
algunas
iglesias
era
suficiente
para
seguir
ofreciendo
curas.
Ahí
lo
que
proponían
eran
terapias
psicológicas,
mucha
oración
y
ayuda
de
Dios.
Eso
por
lo
que
pasó
Andrés.
Pero
si
eso
no
era
suficiente,
también
había…
Clínicas
de
deshomosexualización
o
con
tratamientos
de
reconversión
de
la
orientación
sexual
que
estaban
dentro
de
las
clínicas
de
tratamiento
de
personas
que
viven
con
alguna
adicción
a
sustancias
psicotrópicas
y
estupefacientes.
O
sea
que
en
ciertas
clínicas
de
rehabilitación
de
adicciones
—algunas
de
iglesias
evangélicas,
otras
no—
también
ofrecían
tratamientos
muy
obsoletos
que
se
aplicaban
contra
la
homosexualidad.
La
fundación
Causana,
donde
trabaja
Jorge
ha
recibido
varias
denuncias
sobre
estos
centros
y
él
ha
conocido
a
varias
personas
que
han
pasado
por
ahí.
Y
lo
que
nos
dijo
fue
que
encontró
un
patrón
claro:
lo
primero
que
hacen
estas
clínicas
con
las
personas
que
llegan
es
aislarlas
por
completo
durante
meses.
Porque
se
supone
que
el
contacto
con
la
familia
y
el
medio
es
lo
que
le
hace
recaer.
Según
Jorge,
este
aislamiento
debilita
mentalmente
a
estas
personas
y
así
es
más
fácil
manipularlas
con
lo
que
sigue
después:
los
maltratos
físicos.
Hacia
las
mujeres
especialmente
violaciones
correctivas.
“Ah,
sí,
tú…
eres
lesbiana
porque
no
has
conocido
un
hombre.
Entonces
ahora
vas
a
conocer
varios,
para
que
te
acostumbres
a
lo
que
es
un
hombre”.
A
las
mujeres
también
las
obligan
a
maquillarse
o
a
vestirse
todo
el
día
solamente
con
baby
dolls
para
que
supuestamente
aprendan
a
ser
mujeres.
A
los
hombres
lo
que
hacen
es…
Mojarles
y
ponerles
electrochoques
en
los
testículos
cada
vez
que
ellos
suponen
que
está
pensando
en
un
hombre
o
que
le
hagan
ver
alguna
imagen
que
pudiera
erotizarle.
Y
con
eso,
supuestamente
disminuyen
su
deseo
sexual
hacia
otros
hombres.
Pero
además
de
esto,
las
torturas
hacia
mujeres
y
hombres
incluyen
golpes,
baños
con
agua
helada
y
encierros
de
varias
horas
en
cuartos
sin
luz
ni
ventilación.
Jorge
dice
que
en
muchos
casos
las
víctimas
son
menores
de
edad
y
son
los
familiares
los
que
las
envían
a
estos
centros.
Uno
de
los
métodos
más
comunes
para
llevar
a
las
personas
a
la
clínica
de
deshomosexualización
es,
eh,
darles
alguna
droga,
alguna
sustancia
para
que
se
duerman
y
secuestrarles
y
llevarles
a
la
clínica.
Entonces,
quién
hace
ese
trabajo
es
la
familia.
Esta
historia
se
repite
una
y
otra
vez
en
los
casi
60
casos
—la
mayoría
de
mujeres
lesbianas—
que
ha
registrado
Causana
desde
el
año
2000.
La
mayoría
no
fueron
denunciados
a
las
autoridades
y
si
lo
hacían
terminaban
archivando
los
casos
por
falta
de
pruebas
o
simplemente
porque
no
les
daban
la
importancia
necesaria.
Y
hay
que
tener
en
cuenta
que
estos
60
casos
son
solo
los
que
ha
registrado
una
de
las
tantas
organizaciones
que
velan
por
los
derechos
LGBTI
en
Ecuador.
Lamentablemente
no
existe
un
estudio
oficial,
por
lo
que
es
difícil
saber
exactamente
cuántas
personas
han
pasado
por
esto.
Uno
de
los
casos
que
encontramos
es
el
de
esta
persona.
Me
llamo
Andrea
Alejandro
Freire.
Nací
acá
en
Guayaquil.
Andrea
Alejandro
tiene
31
años,
se
identifica
como
queer,
es
decir,
una
persona
que
no
se
identifica
con
un
género
específico.
Yo
no
tengo
problema
con
los
pronombres.
No
sé,
me
gusta
igual
pronombre
neutro,
femenino
o
masculino.
Nos
vamos
a
referir
a
ella
en
femenino.
Desde
que
era
pequeña,
le
atraían
las
mujeres.
Nunca
se
lo
dijo
a
nadie,
sobre
todo
porque
su
mamá
era
muy
evangélica
y
la
homosexualidad
no
entraba
dentro
de
lo
que
su
Dios
consideraba
como
bueno.
Y
con
su
papá
no
tenía
muy
buena
relación,
casi
ni
hablaban.
Pero
un
día
en
2003,
cuando
tenía
14
años,
Andrea
Alejandro
estaba
discutiendo
con
su
mamá
porque
la
estaba
obligando
a
ir
a
la
iglesia
y
a
solo
escuchar
música
cristiana.
Solo
recuerdo
la
sensación
de
yo
estar
muy
enojada
y
decirle
así
como
que
me
gustaban
las
mujeres.
Y
primero
ella
ignoró
esa
situación.
Se
hizo
como…
como
la
loca
para
no
tener
que
responderme.
Y
ahí
terminó
la
discusión.
Pero
en
los
días
siguientes,
Andrea
Alejandro
empezó
a
notar
que
su
mamá
estaba
pendiente
de
todo
lo
que
ella
hacía:
quién
la
llamaba,
qué
decía
en
sus
conversaciones,
qué
veía
en
televisión.
También
notó
que
las
inyecciones
que
antes
le
aplicaba
para
tratar
el
asma,
ahora
eran
más
frecuentes,
pero
no
le
dio
mucha
importancia
a
eso.
Hasta
que
progresivamente
a
Andrea
Alejandro
le
comenzó
a
crecer
barba,
la
voz
se
le
hizo
más
grave
y
se
estaba
haciendo
más
musculosa.
La
mamá,
aterrada,
la
llevó
a
un
médico
y
ahí
Andrea
Alejandro
se
enteró
de
lo
que
había
pasado.
Ella
había
hablado
con
el
consejero
de
la
iglesia
y
entonces
él
le
había
dicho
como
que
lo
que
yo
necesitaba
era
como
que
recibir
hormonas
femeninas
y
entonces
ella,
como,
comenzó
a
inyectarme
progesterona.
Progesterona.
Una
hormona
relacionada
al
ciclo
menstrual.
Esto,
según
le
dijo
el
consejero,
haría
que
a
Andrea
Alejandro
le
gustaran
los
hombres
y
se
volviera
una
mujer
de
verdad.
Pero
con
el
tiempo,
las
hormonas
surtieron
el
efecto
opuesto
a
lo
que
su
mamá
buscaba.
Como
su
cuerpo
tenía
tanta
progesterona,
para
equilibrar
el
desbalance
empezó
a
producir
más
testosterona.
El
médico
regañó
a
la
mamá
y
le
dijo
que
no
podía
administrar
hormonas
sin
acompañamiento
médico.
A
Andrea
Alejandro
le
dio
mucha
rabia
esto,
como
si
su
propia
mamá
la
hubiera
enfermado.
En
todo
caso,
le
dieron
un
nuevo
tratamiento
para
estabilizar
su
organismo
y
ella
pensaba
que
era
lo
último
que
iba
a
hacer
su
mamá.
Pero
en
2004
—cuando
Andrea
Alejandro
tenía
15
años—
se
levantó
un
domingo
muy
temprano
y
fue
a
la
cocina.
Sirvió
una
taza
de
café
y
se
tomó
un
sorbo.
Solo
recuerdo
eso
lo
último.
Y,
cuadro
siguiente,
levantarme
en
un
cuarto
oscuro
y
como
encontrarme
golpeada,
como
sedada,
el
cuerpo
muy
pesado,
sin
pantalones.
Y
con
signos
de
haber
sido
violada.
Estaba
en
el
piso
y
en
ese
cuarto
no
había
nada,
ni
ventanas
ni
muebles.
Junto
a
ella
había
dos
personas
más
o
menos
de
su
edad:
un
hombre
y
una
mujer
que
estaban
igual
de
drogados
que
ella
y
casi
ni
podían
hablar.
Andrea
Alejandro
trataba
de
entender
dónde
estaba,
qué
le
estaba
pasando.
Pensaba
igual
que
era
como
que
me
habían
robado
básicamente.
O
sea,
yo
decía:
“Quizás
después
de
que
desayuné,
salí
a
comprar,
no
sé…
Y
alguien
me
trepó
en
un
carro
y
me
llevó.
Y
mi
mamá
y
mi
papá
no
saben
dónde
estoy”.
No
sabía
cuánto
tiempo
había
pasado
desde
que
perdió
la
consciencia.
Pudieron
haber
pasado
horas
o
días.
Todo
era
muy
confuso.
Después
de
un
tiempo,
dos
hombres
entraron
al
cuarto
y
la
sacaron
a
ella
y
a
las
otras
dos
personas
a
un
patio.
Ahí
les
echaron
agua
con
una
manguera.
Luego
se
acercaron
a
Andrea
Alejandro
y…
Me
dijeron
que
mi
mamá
me
había
mandado
ahí
para
que
yo
aprenda
a
ser
bien
mujer,
para
que
sea
una
mujercita
de
bien.
Era
una
clínica
para
tratar
adicciones.
Después
se
enteraría
que
había
sido
una
recomendación
del
pastor
de
su
mamá.
Para
lograr
convertirla
en
una
“mujercita
de
bien”,
empezaron
con
electroshocks
y
violaciones
correctivas.
Y
cuando
Andrea
Alejandro
se
resistía…
Me
obligaban
a
ver
cómo
violaban
a
la
otra
chica
y
cómo
violaban
al
chico
también.
Y
cuando
las
otras
dos
personas
también
empezaron
a
resistirse…
No
te
dejaban
ir
al
baño.
Entonces,
te
terminabas
orinando
encima.
Y
te
orinaban
ellos
encima
y
terminabas
días
ahí.
Y
cuando
los
dejaban
ir
al
baño,
a
veces
los
obligaban
a
comer
ahí.
También
los
hacían
dormir
en
el
patio,
sobre
un
piso
con
piedras
pequeñitas
y
sin
colchón.
Los
golpeaban
hasta
dejarlos
con
los
ojos
hinchados.
Era
un
constante
maltrato
físico
y
psicológico.
O
sea,
ya
habían
días
en
que
ya
no
me
podía
parar
porque
el
día
anterior,
o
sea,
ya
había
recibido
descargas,
me
habían
golpeado,
había
tenido
que
ver,
como,
cosas
que
no
quería
ver.
Además
de
todas
estas
torturas,
también
les
hacían
leer
la
Biblia
o
rezar
y
rezar
y
rezar.
Ella
recuerda
que
a
veces
iba
un
pastor
evangélico.
Era
un
señor
alto.
Tenía
una
barba
muy
larga,
muy
larga.
Y
tenía
una
Biblia
muy
grande.
Igual
siempre
estaba
así,
como
muy
bien
vestido,
o
sea,
como
que
toda
su
ropa
era
limpia.
Estaba
como
lleno
de
alhajas
y
joyas.
Este
hombre
les
hablaba
por
horas.
Él
nos
decía
sodomitas.
Y
nos
leía
siempre
como
que
los
versículos
donde
se
condena
la
homosexualidad
y
estas
prácticas
estaban
penadas
con
la
muerte.
Pero
que
nosotros
estábamos
viviendo
en
un
tiempo
de
gracia
porque
Jesucristo
había
venido
a
morir
por
nosotros
también
y
que
por
eso
teníamos
como
que
esa
oportunidad
de
arrepentirnos.
Según
ella,
este
hombre
nunca
los
violentó
físicamente.
Pero
que
cuando
no
querían
leer
la
Biblia
o
rezar,
les
avisaba
a
los
hombres
del
centro
y
ellos
eran
los
que
les
aplicaban
los
castigos
correctivos
que
ya
sabemos.
Él
decía
que
todo
lo
que
nos
pasaba
era
más
bien
por
nuestra
culpa,
que
nosotros
provocábamos
lo
de
los
castigos.
Que
dependía
solo
de
nosotros,
que
no
era
algo
que
él
disfrutara
hacer
o
que
él
quisiera
hacer.
Andrea
Alejandro
pasó
varios
días
en
ese
lugar.
No
está
muy
segura
de
cuántos
porque
no
tenía
muy
clara
la
noción
del
tiempo.
Solo
recuerda
que
un
día
no
soportó
más
y
decidió
escapar
con
sus
compañeros.
Esperaron
a
que
uno
de
los
hombres
fuera
al
cuarto,
y
en
ese
momento
los
tres
salieron
corriendo
por
el
patio
y
saltaron
un
muro
de
unos
dos
metros
más
o
menos.
Y
ahí
había
como
un
gran
descampado,
así
como
lleno
de
monte.
Y
entonces
estos
tipos
venían
detrás
de
nosotros.
Y
luego
salimos
corriendo
y
atravesamos
como
que
esos
matorrales,
y
llegamos
como
a
una
especie
de
carretera.
Justo
en
ese
momento
pasaba
una
patrulla
de
la
policía.
Andrea
Alejandro
y
sus
compañeros
los
pararon
e
intentaron
explicarles
lo
que
había
pasado.
Pero
los
policías
no
les
creyeron.
Que
nosotros
estábamos
mintiendo,
que
en
realidad
nos
habíamos…
como
que
habíamos
ido
a
alguna
fiesta
o
nos
habíamos
drogado.
Pero
insistieron
tanto
que
al
final
los
convencieron
y
se
subieron
a
la
patrulla.
Entonces
arrancaron
y
perdieron
de
vista
a
los
hombres
que
los
perseguían.
Cuando
los
policías
les
preguntaron
a
dónde
los
podían
llevar,
ninguno
de
los
tres
quería
volver
a
su
casa,
porque
de
ahí
los
habían
mandado
a
este
lugar.
Pero
eran
menores
de
edad,
entonces
no
había
muchas
opciones.
Y
así
fue:
a
cada
uno
se
lo
llevaron
en
una
patrulla
y
esa
fue
la
última
vez
que
Andrea
Alejandro
supo
de
sus
compañeros.
Cuando
llegó
a
su
casa,
su
mamá
la
recibió
muy
sorprendida
porque
los
golpes
eran
evidentes
y
cuando
los
policías
se
fueron…
Ella
se
echó
a
llorar.
Yo
le
digo
a
mi
mamá
que…
como
que
todo
eso,
lo
que
me
había
pasado
era
por
su
culpa.
Pero
no
le
dije…
nunca
le
conté
qué
había
pasado.
No
quería
recordarlo.
Y
aunque
a
su
mamá
tampoco
le
dijeron
lo
que
le
iban
a
hacer
en
este
lugar,
era
obvio
el
daño
que
le
causaron.
La
mamá,
llena
de
remordimiento
y
de
vergüenza,
decidió
decirle
al
resto
de
la
familia
que
Andrea
Alejandro
se
había
ido
de
viaje
por
un
tiempo
y
que
estaba
golpeada
porque
la
habían
robado.
Nunca
les
contó
la
verdad
y
para
Andrea
Alejandro
fue
lo
mejor.
No
quería
hablar
sobre
lo
que
pasó,
no
quería
contarle
a
nadie,
nada,
solo
estaba
muy
enojado.
La
ira
me
ayudaba
como
a
bloquear.
A
bloquear
todos
los
recuerdos
de
lo
que
tuvo
que
pasar.
Y
tomó
varias
decisiones
por
supervivencia:
comenzó
a
ir
a
la
iglesia,
se
alejó
de
sus
amigos
y
si
escuchaba
música
que
no
fuera
cristiana,
lo
hacía
a
escondidas.
Todas
esas
cosas
las
hacía
porque
tenía
miedo
de
que
ella
vuelva
a
decidir
mandarme
a
la
clínica.
Y
no
es
que
le
hubieran
dejado
de
gustar
las
mujeres,
simplemente
aprendió
a
tener
una
doble
vida:
por
un
lado
le
decía
a
su
mamá
que
había
cambiado,
que
ya
no
era
lesbiana.
Pero
por
otro,
seguía
saliendo
con
chicas,
y
haciendo
lo
que
le
gustaba
fuera
de
la
iglesia.
Andrea
Alejandro
decidió
no
denunciar
su
caso
a
las
autoridades,
porque
significaba
también
denunciar
a
su
mamá
por
secuestro
y
eso
era
un
problema
para
ella.
Porque
yo
sentía
que
mi
mamá
era
la
última
pieza
de
todo
eso.
Que
iba
a
recaer
la
pena
o
la
condena
sobre
el
menor
de
los…
de
los
engranajes.
Porque
todo
hace
parte
de
un
sistema
más
grande
que
involucra
iglesias,
pastores,
directores
de
estos
centros,
funcionarios
públicos.
Y
ni
Andrea
Alejandro
ni
su
mamá
sabían
quiénes
eran
los
verdaderos
culpables,
los
dueños
de
la
clínica,
y
una
investigación
de
las
autoridades
tampoco
aseguraba
que
se
hiciera
justicia.
No
contarle
a
nadie
lo
que
pasó
le
ayudó
a
enterrar
un
recuerdo
que
le
hacía
muchísimo
daño.
Pero
esto
solo
le
sirvió
por
unos
ocho
años.
Un
día
del
2012,
cuando
ya
tenía
23
años,
estaba
viendo
un
programa
religioso
de
televisión
con
su
mamá
cuando
salió
este
hombre…
Existen
fundaciones
que
a
través
de
un
proceso,
de
un
servicio
de
terapia,
o
más
bien
de
un
tratamiento,
es
que
pueden
ayudar.
Esto
no
es
de
la
noche
a
la
mañana,
ni
con
sonar
el
dedo.
Esto
es
un…
es
un…
un
tratamiento
que
puede
durar
hasta
dos
a
tres
años
para
que
un
hombre
o
mujer
que
sea
desviado
sexualmente
vuelva
a
encontrar
su
identidad.
La
primera
reacción
fue
como
corporalmente
como
de
escalofríos.
No
entendía
por
qué
ese
hombre
le
generaba
eso,
pero
luego…
Ya
como
que
haciendo
el
esfuerzo
de
pensarlo
y
pensarlo,
lo
asocié.
No
le
dijo
nada
a
su
mamá,
pero
ese
hombre
grande,
blanco,
de
barba
larga
y
voz
gruesa
era
el
pastor
de
la
clínica
en
la
que
estuvo.
El
mismo
que
le
decía
sodomita,
que
la
amenazaba
con
condenarse
en
el
infierno,
que
la
culpaba
por
las
torturas
a
las
que
la
sometían.
Ahí
supo
de
quién
se
trataba:
su
nombre
es
Arturo
Norero
y
efectivamente
es
un
pastor
evangélico
que
se
ha
convertido
en
promotor
de
las
terapias
de
“deshomosexualización”.
Entonces
decidimos
contactarlo.
Muy
buenas,
Dios
lo
bendiga.
Buenos
días,
¿con
quién
hablo?
Arturo
Norero.
Arturo,
¿cómo
está?
Habla
con
David
Trujillo.
Yo
soy
periodista
de
Radio
Ambulante,
¿cómo
está?
Le
dijimos
directamente
para
qué
lo
llamábamos.
En
este
momento
estoy
haciendo
un
reportaje
sobre
terapia
de
deshomosexualización
y
he
hablado
con
algunas
personas
y
me
dicen
que
usted
ofrece
este
servicio.
La
verdad
pensamos
que
nos
iba
a
cortar
la
llamada
porque
este
tema
ha
causado
mucha
polémica
incluso
fuera
de
Ecuador,
pero
para
nuestra
sorpresa
nos
dijo
que
nos
recibiría
en
su
iglesia
evangélica
en
Quito.
Cuando
llegamos
nos
topamos
con
un
edificio
de
tres
pisos.
En
el
segundo
hay
un
salón
grande
donde
hacen
las
ceremonias
religiosas.
Hay
muchas
sillas
blancas
para
que
la
gente
se
siente,
pero
en
ese
momento
no
había
nadie.
Al
fondo
hay
una
especie
de
altillo
desde
donde
predica
el
pastor.
Las
paredes
están
llenas
de
estrellas
de
David
—que
son
las
de
seis
puntas—
y
también
de
frases
bíblicas.
Norero
nos
invitó
a
subir
al
siguiente
piso,
a
su
despacho:
un
lugar
lleno
de
libros
e
imágenes
religiosas,
y
un
escritorio
grande
de
madera
en
el
medio.
Ahí
nos
dio
la
entrevista.
Mi
nombre
es
Arturo
Norero.
Soy
guayaquileño.
Tengo
varias
funciones,
una
de
ellas
es
pastor
de
la
iglesia
“Casa
De
Oración
¡Dile
a
un
amigo!”,
aquí
en
Quito,
Ecuador.
También
soy
hombre
de
negocios
y
me
encanta
servir
y
ayudar
a
la
gente
en
lo
que
se
pueda.
Empezamos
preguntándole
qué
decía
la
Biblia
sobre
la
homosexualidad.
Bueno,
la
Biblia
condena
el
pecado
de
la
homosexualidad,
del
lesbianismo,
igual
que
al
ladrón,
igual
que
al
chismoso,
igual
que
al
mentiroso,
al
orgulloso,
al
prepotente.
En
fin,
el
pecado
es
pecado.
Pero
Norero
nos
dijo
que
Dios
condena
el
pecado
y
no
al
pecador.
Por
ende,
el
adúltero,
el
ladrón,
homosexual,
travesti,
depravado,
violador,
por
supuesto
que
en
Jesucristo
tiene
una
esperanza
y
un
nuevo
estilo
de
vida.
O
sea,
que
una
persona
homosexual
puede
dejar
de
serlo.
Le
preguntamos
cómo
él,
como
pastor,
logra
esto.
Qué
le
dice
a
una
persona
homosexual.
Primero
que
él
mismo
se
de
cuenta
qué
pasó.
En
qué
momento
hubo
esa
confusión.
Todo
empieza
con
una
confusión
y
después,
en
una
sociedad
o
en
una
familia,
viene
la
aceptación.
Y
esa
aceptación,
según
él,
no
significa
que
la
homosexualidad
sea
buena.
Después
de
que
la
persona
reconoce
el
momento
en
que
se
confundió,
Norero
le
dice
—así
como
en
Camino
de
Salida—
que
ocupe
su
mente
en
algo
porque,
según
él,
es
desde
la
mente
ociosa
donde
viene
el
pecado.
Entre
sus
consejos
está
sacar
el
computador
del
cuarto
para
no
tener
la
tentación
de
masturbarse
con
pornografía.
No
explicó
mucho
más
en
qué
consiste
su
terapia
de
deshomosexualización,
pero
lo
que
nos
dejó
claro
es
que
los
menores
de
edad
vienen
con
sus
padres
y
que,
aquí
cito:
“Esos
son
los
más
fáciles.
El
problema
es
ya
cuando
son
mayores,
porque
están
bien
enraizados
con
su
práctica”.
Además
dijo
que
es
un
proceso
que
dura
toda
la
vida,
que
solo
con
un
par
de
sesiones
las
personas
no
se
hacen
heterosexuales.
Es
más,
dijo
que
como
muchos
no
logran
tener
una
atracción
por
personas
del
sexo
opuesto,
deciden
no
casarse
y
optan
por
la
castidad.
Cuando
le
preguntamos
por
qué,
respondió
que
cada
quien
es
libre
de
escoger
lo
que
quiere.
A
veces
yo
quiero
que
otros
vivan
la
clase
de
vida
que
yo
quiero
que
ellos
vivan
y
no
aceptar
y
respetar
que
cada
uno
decide
la
vida
que
ellos
escojan
vivir.
Entonces
Lisette
le
preguntó:
¿Y
qué
pasa
si
es
que
escogen..
si
es
que
la
vida
que
ellos
escogen
es
ser
homosexual?
Está
en
su
libertad,
¿quién
soy
yo
para
decirle
no?
Yo
puedo
decirles
“no”
cuando
quieren
adoptar
leyes,
leyes
nacionales,
en
contra
de
la
sagrada
escritura.
También
tengo
mi
posición,
también
tengo
que
hablar
y
decir
lo
que
yo
creo.
Con
“adoptar
leyes
nacionales”
se
refiere
al
activismo
que
hay
para
que
se
garanticen
derechos
igualitarios
en
Ecuador,
como
la
legislación
del
matrimonio
entre
personas
del
mismo
sexo,
por
ejemplo.
Pero
esto,
según
Norero,
va
en
contra
de
la
ley
de
Dios,
la
única
correcta
para
él.
Por
eso
dice
que
no
se
callará
nunca
frente
a
este
tema.
Luego
pasamos
a
hablar
sobre
el
caso
de
Andrea
Alejandro,
sin
decirle
su
nombre.
Le
dijimos
que
esta
persona
nos
contó
que
él
iba
a
este
centro
de
rehabilitación
y
que
aunque
nunca
la
violentó
directamente,
sabía
de
las
torturas
que
hacían
en
este
lugar.
Esta
fue
su
respuesta.
Yo
siempre
con
la
bendición
de
Dios…
hay
personas
que
me
conocen.
Me
han
invitado
a
centros
en
Guayaquil,
aquí
en
Quito,
en
Manta,
y
yo
voy
es
a
predicar
la
palabra
de
Dios
y
a
darles
una
palabra
de…
de…
de
esperanza.
Ahora,
que
yo
sabía
que
había
abusos
con
las
personas…
desconozco
yo
de…
de
qué
centro
primero
estamos
hablando.
Y
yo
quiero
decir
algo
y
enfáticamente:
yo
apoyo
al
pecador,
pero
no
soy
alcahuete
del
pecado.
Al
pecado
hay
que…
hay
que
confesárselo
al
señor
y
hay
que
renunciar
de
eso.
¿Qué
opina
de
estos
castigos
físicos
y
estas
torturas
de
las
que
hablan
estas
personas?
Eso
es
salvajismo.
Eso
va
en
contra
de…
O
sea,
¿cómo
yo
te
voy
a
ayudar
a
golpes?
O
sea,
eso
es
inaudito.
Eso
es
una
torpeza.
Recalco:
yo
nunca
he
pertenecido
a
ningún
centro
de
rehabilitación.
He
sido
invitado
a
muchos
centros
de
rehabilitación,
sí.
Qué
pasa
ahí,
eso
no
sé.
Si
es
que
hay
estos
rumores
de
que
ocurren
estas
violencias
en
estos
centros,
¿no…
no
es
como
de
cierta
forma
su
responsabilidad
averiguar
que
no
ocurran
en
efecto
para
poder
asistir?
Ay
tú,
cómo
no.
Usted
es
la
periodista.
Usted
vaya
e
investigue.
Yo
soy
pastor.
Yo
estoy
aquí
en
la
iglesia
y
me
invitan
a
predicar.
Yo
predico
y
salgo.
Andrea
Alejandro
no
es
la
primera
víctima
de
estos
casos
que
toma
la
decisión
de
no
denunciar.
De
hecho
son
muchas
las
que
prefieren
no
hacerlo
y
por
varias
razones.
Entre
esas
porque
en
ocasiones
los
fiscales
no
les
creen,
porque
no
ven
golpes
físicos
en
el
cuerpo.
Y
si
aceptan
la
denuncia,
es
común
que
el
caso
se
quede
estancado
por
meses
o
incluso
por
años.
Entonces
las
víctimas
se
ven
sometidas
a
un
desgaste
innecesario
y
muchas
veces
prefieren
seguir
con
sus
vidas
y
abandonan
el
proceso.
Desde
2013,
el
Estado
ecuatoriano
ha
cerrado
25
de
estos
centros
en
todo
el
país,
pero
esta
información
no
se
ha
podido
comprobar.
Según
un
informe
de
la
organización
Taller
de
Comunicación
Mujer,
los
dueños
de
estos
lugares
cobraban
entre
700
y
3
mil
dólares
mensuales
por
el
supuesto
tratamiento.
Además,
esta
organización
reveló
que
solo
ha
habido
nueve
casos
judicializados
contra
los
responsables
de
las
“terapias
de
deshomosexualización”.
De
esos,
solo
uno
tiene
registrada
una
condena.
Eso
fue
en
2013,
cuando
el
dueño
de
uno
de
estos
centros
fue
condenado
a
solo
diez
días
de
prisión
y
a
pagar
una
multa
de
seis
dólares.
Y,
bueno,
haber
cerrado
estos
centros
no
significa
que
dejaron
de
existir.
Lo
que
hacen
los
dueños
de
estos
lugares,
simplemente,
es
reabrir
sus
centros
en
otras
partes
cuando
ven
la
oportunidad.
Y
solo
les
cambian
el
nombre.
Andrés
—uno
de
los
protagonistas
de
esta
historia—
vive
fuera
de
Ecuador.
Sigue
teniendo
una
muy
buena
relación
con
su
mamá,
Lucía,
y
sus
hermanos.
Es
activista
por
los
derechos
LGBTI.
Andrea
Alejandro,
es
artista
y
activista
LGBTI.
Cuando
tenía
25
años
—y
después
de
mucho
tiempo
de
intentar
ocultar
su
caso—
decidió
empezar
a
hablar
de
eso,
aunque
nunca
lo
denunció
a
las
autoridades.
En
este
momento
no
tiene
ningún
contacto
con
sus
padres.
Esta
historia
fue
producida
por
Lisette
Arévalo
y
David
Trujillo.
Viven
en
Quito
y
Bogotá,
respectivamente.
Gracias
a
la
organización
Taller
de
Comunicación
Mujer
y
a
Santiago
Vaca
por
su
ayuda
en
este
episodio.
Este
episodio
fue
editado
por
Camila
Segura
y
por
mí.
El
diseño
de
sonido
y
la
música
son
de
Andrés
Azpiri.
Andrea
López
Cruzado
hizo
el
fact
checking.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Gabriela
Brenes,
Jorge
Caraballo,
Victoria
Estrada,
Rémy
Lozano,
Miranda
Mazariegos,
Patrick
Moseley,
Laura
Rojas
Aponte,
Barbara
Sawhill,
Elsa
Liliana
Ulloa
y
Luis
Fernando
Vargas.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Studios
y
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
El
Club
de
Podcast
Radio
Ambulante
es
un
grupo
en
Facebook
en
el
que
oyentes
de
Radio
Ambulante
de
todo
el
mundo
se
encuentran
a
conversar
sobre
los
episodios
y
a
compartir
información
adicional
sobre
las
historias.
Es
uno
de
nuestros
rincones
favoritos
del
internet.
Búsquenlo
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Facebook
como
Club
de
Podcast
Radio
Ambulante
para
participar.
Ahí
los
esperamos.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
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Hola, Ambulantes… Hola, hola… Uno, dos, tres, probando. Tenemos una noticia muy importante. Algo que nos hemos estado guardando por más de un año: pronto lanzaremos un nuevo podcast. Y se llama… El Hilo. Bienvenidos a El Hilo. Se llama El Hilo. Cada semana profundizaremos las historias y noticias más importantes de nuestra región. Yo soy Eliezer Budasoff, he trabajado como periodista y editor en Argentina, Perú, y ahora México. Y yo soy Silvia Viñas, llevo más de 7 años de editora en Radio Ambulante. Y cada viernes, Silvia y Eliezer van a hablar con periodistas, expertos y los protagonistas de las noticias. Pero El Hilo no es un podcast de entrevistas, ni una conversación frente al micrófono. Le hemos puesto todo lo que hemos aprendido en Radio Ambulante, para contar las noticias de manera dinámica y única. Ya pronto les contaremos más. Por mientras, visiten elhilo.audio y suscríbanse para recibir todas las novedades. Esta historia contiene descripciones fuertes y puede no ser apta para menores. Bienvenidos a Radio Ambulante desde NPR, soy Daniel Alarcón. Empecemos con algo que escuchó Andrés. No es su verdadero nombre, nos pidió que lo cambiáramos. Fue en la iglesia evangélica a la que iba con su familia en Guayaquil, Ecuador. No te acostarás con un hombre como quien se acuesta con una mujer. Eso es una abominación. Es un versículo de la Biblia que leyó el pastor. Si alguien se acuesta con otro hombre como quien se acuesta con una mujer, comete un acto abominable y los dos serán condenados a muerte, de la cual ellos mismos serán responsables. Era el 2006 y en ese entonces Andrés tenía cerca de diez años. Y cuando escuchó esto, supo que algo estaba mal, que su vida había cambiado para siempre. Porque desde que tenía memoria… Simplemente me gustaban otros niños. O sea, desde siempre tuve esta… esta atracción hacia las personas de mi mismo sexo. Y hasta ese momento creía que a todo el mundo le pasaba lo mismo. Pero de pronto, con esas palabras, ya no se sentía como antes. No me sentía como un criminal, pero lo… me sentía como una… como una cucaracha, como una abominación, como algo asqueroso. Así que digo como que: “Wow, ¿cómo yo puedo tener esta enfermedad?”. Así yo me sentía, como si estuviera con esta infección de lo más asquerosa. Porque según su pastor y su religión, Dios aborrece la homosexualidad. Ese día Andrés salió confundido de la iglesia. Nunca había hablado con su familia sobre su orientación sexual. Y ahora, con esto que escuchó del pastor, mucho menos podía contarles. Y ahí fue que me entró el miedo. Y ahí me entró bastante ansiedad. Porque él amaba a Dios pero, según su pastor, Dios lo odiaba a él, por su pecado. Las palabras de ese día lo marcaron. Y totalmente me transformé: ya no era el chico súper extrovertido y amigable y relajoso. Me deprimí bastante. Y tanto así que empecé a tener problemas con otros amigos y todo, porque yo era muy amargado y muy antisocial y muy peleón. Sus papás se dieron cuenta del cambio pero no sabían qué le pasaba exactamente. Durante dos años lo llevaron donde algunos psicólogos para que lo ayudaran, pero fue imposible: Andrés seguía mal, amargado, deprimido y ellos seguían sin entender por qué. Al final optaron por llevarlo a que hablara con una consejera de la iglesia a la que iban. Ella fue la que me dijo: “Yo sé que algo tú no quieres contarme, pero hay algo que tú quieres decir”. Lisette Arévalo y David Trujillo, productores de Radio Ambulante, investigaron esta historia. Lisette nos cuenta. Era el 2008 y Andrés tenía 12 años cuando fue a ver a esa consejera de su iglesia. Sintió de inmediato que ella podía leerle la mente, que sabía que él tenía un secreto. Entonces, después de que ella le insistió mucho, Andrés terminó confesándole que es gay. Y rompí a llorar. Y en vez de consolarme y me dijo: “Tú no quieres quemarte en el infierno por siempre, ¿no? Tú conoces el fuego, ¿no verdad? ¿Lo has sentido alguna vez en tu piel?”. Y me empezó a meter bastante miedo. Pero le dijo: “La única forma en que tú puedes salir de la homosexualidad es contándole a tus padres para que ellos te ayuden a… a que venzas este demonio de la homosexualidad”. Andrés salió muy impactado de esa sesión. Pensó mucho en cómo sería la mejor forma de hablar con sus papás. Para él no era fácil confesarles algo que creía era horrible, pero se sentía tan angustiado y desesperado que decidió hacerlo. Un par de semanas después, empezó con su mamá, que era con la que tenía más confianza. La llamaremos Lucía para también proteger su identidad. Entonces, una noche cuando estaban en la casa… Me acuerdo que estábamos… Me dijo: “Mami, ven a mi cuarto”. Y… y me dijo: «Mamita, yo tengo que decirte algo”. Moría de los nervios. Y yo empecé a casi que ni podía respirar y empecé a llorar: «Mami, pero es que en serio no, o sea… es algo que no me vas a mirar de la misma forma si te lo cuento». “No, cuéntame, aquí estoy para ti». Entonces ahí le dije, tartamudeando y todo: «Mami, soy gay”. Yo me quedé fría y lo único que hice fue abrazarlo, y le dije: «¿Sabes qué, mijito? Tranquilo. Tú vas a salir de esto». Y nos fuimos al suelo a llorar, o sea, los dos éramos en el piso llorando. Lucía lloraba porque su hijo sufría, pero también por lo que significaba dentro de su iglesia evangélica. No me imaginé jamás en mi hogar casi perfecto tener algo así que se salía de los esquemas. Y yo pensaba que yo era súper cristiana y que yo amaba a todo el mundo y que yo era casi un poquito perfecta. Hasta que su hijo le confesó la verdad. Pero Lucía no reaccionó de forma agresiva, por el contrario, decidió apoyarlo para contárselo al resto de su familia y así encontrar una solución entre todos. Cuando les contó a su papá y su hermano… Simplemente decidieron negarlo: «que yo estoy confundido», “que… que eso no es posible», «que no vuelva con esos temas», «que eso es mentira». Le dijeron que solo estaba llamando la atención. Decidió contarle a su hermana, pensando que ella sí lo entendería. Ella tenía 11 años en ese momento, era su mejor amiga y una de las personas en las que más confiaba. Y ella sí reaccionó bien mal. Ella prácticamente me dijo que quería que yo estuviera muerto, de lo tan decepcionada que ella estaba. La reacción de mi hermana fue la gota que derramó el vaso, porque fue como que: “Wow, la persona que más me importa me está diciendo que quiere verme muerto por lo que le acabo de contar, que es algo tan íntimo”. Salí de la casa porque no… no quería… no quería encontrarme con esa realidad. Me sentía tan avergonzado. Andrés salió llorando y empezó a correr por las calles del conjunto de casas donde vivía. Hasta que llegó a un muro que dividía su conjunto con otro y lo escaló hasta la cima. Lo que yo quería hacer era lanzarme, ¿no? Pero justamente una persona que estaba en el otro lado de la casa, este, vio la situación —que yo estaba ahí llorando, angustiado— y me trajo una escalera. Entonces yo pude ir al… al otro lado. Cuando Andrés bajó la escalera, salió corriendo otra vez y se encerró en un baño del conjunto. Sus papás salieron a buscarlo, hablaron con los guardias y lo encontraron. Y me sentí súper avergonzado cuando estaban mis dos padres ahí viendo lo que yo había hecho. Fue… sí, fue terrible. Después de eso los días siguientes fueron de un silencio inmenso. No nos… no me hablaba con nadie. La familia no volvió a tocar el tema, prefirieron ignorarlo y dejar que a Andrés se le pasara. Pero Lucía no podía dejar de pensar en eso, estaba muy preocupada por su hijo. Era una… una experiencia realmente nueva porque yo no sabía ni qué hacer. No sabía cómo manejar esta situación. Y para el padre el… el hijo estaba loco, o sea, estaba confundido y loco, ¿no? Lucía volvió a buscar ayuda en su iglesia evangélica. Se reunió con los consejeros y el pastor. Les contó todo lo que había pasado y les pidió que ayudaran a su hijo a salir de la depresión, pero sobre todo a que dejara de ser gay. Entonces.… Me recomendaron que vaya a Camino de Salida. Hola, buenas noches, damos un cordial saludo a cada uno de ustedes que nos acompaña esta noche. Camino de Salida, una organización evangélica que tenía su propio programa de radio y se presentaban así: Nosotros somos Camino de Salida, un ministerio cristiano dedicado a servir a Dios a través de servir a las personas que tienen problemas con atracciones hacia el mismo sexo. Con “servir” se refieren a supuestamente lograr que las personas homosexuales dejen de serlo. Esto es conocido como “terapias de conversión de la homosexualidad”. Es una práctica que comenzó a finales del siglo XIX y, aunque ha tenido muchas variaciones, sigue vigente en muchas partes. Pero, específicamente, Camino de Salida surgió en Ecuador en 1995. Fue fundada por Betty Van Engen y Timothy Broach, dos misioneros evangélicos estadounidenses que vivían en Ecuador. Broach había pasado por una de estas terapias de conversión en Estados Unidos, así que decidió aplicarlo en Ecuador. El segundo paso de Camino de Salida fue afiliarse formalmente a Exodus América Latina, una dependencia de algo más grande que se llamaba Exodus International. Y lo que vamos a explicar acá es importante: Exodus International es una organización evangélica que se creó al final de los años 70 en Estados Unidos. Su misión era clara: convertir a las personas homosexuales en heterosexuales. Creían que Dios sí podía lograr ese cambio. Y, con esto en mente, se empezaron a expandir por el mundo. Exodus International llegó a tener más de 250 ministerios en diferentes países con diferentes nombres, como Camino de Salida, el lugar que le recomendaron a Lucía. Entonces yo busqué en Internet, hasta que di con el lugar. Pregunté los horarios. Y me dijo que sí, vamos a salir de esto, que no te preocupes. Y yo realmente quería salir, así que yo accedí y fui. Y fui con… con la esperanza de seguir los pasos de Dios y convertirme en heterosexual. El siguiente sábado, Andrés —con 12 años— fue con su mamá a la sede de Camino de Salida en Guayaquil. El lugar era en, este, en un edificio bien viejo. Tenías que subir, creo que era hasta el séptimo piso. Entraron a una oficina donde los recibieron unos consejeros de la organización. Me dijeron que… que tranquila, que él iba a salir de esto de aquí, que no me preocupara, que Dios es un dios de milagros y… y que se puede salir de la homosexualidad. Y uno de ellos dijo: “Yo soy uno de los ejemplos. Yo salí de la homosexualidad. Así que tranquila, hermana, porque él va a salir de esto”. Yo sentí que… que llegué al lugar perfecto, al lugar indicado. O sea, yo dije: “Gracias, Dios, porque llegué al lugar donde mi hijo tiene que estar”. Después de explicarle a Lucía de qué se trataba Camino de Salida y de que podía confiar plenamente en su labor, le pidieron que saliera de la oficina para conversar a solas con Andrés. Ahí a Andrés le mostraron videos de testimonios de personas a las que, supuestamente, habían curado. Eran algo como esto, que tienen en su página web. Somos miles de hombres y mujeres alrededor del mundo que hemos vencido la homosexualidad, que hemos tomado nuevas decisiones, que hemos abandonado ese estilo de vida que solo nos perjudicó. Luego le pidieron que le sacara copias a un libro de Exodus International del que Andrés ya ni se acuerda el nombre. Lo que sí recuerda es que esa sería la guía del proceso que iba a empezar. Ahí explicaban el origen de la homosexualidad según la Biblia y, además, describía unas 15 áreas que supuestamente están afectadas y hacen que alguien sea homosexual. Por ejemplo, la relación con la familia, la relación con Dios, la relación con las personas de su mismo sexo. Cada capítulo de ese libro decía cómo reparar estas supuestas áreas afectadas y, al final, había otro libro con cuestionarios para repasar lo que se aprendía. Era como un libro de colegio. La idea era que Andrés trabajaría de la mano de un consejero de Camino de Salida y debían reunirse todos los sábados para hablar del proceso, de los avances, de las tareas que tenía que hacer la siguiente semana y de cómo estaba involucrando a sus padres. También le decían que tenía que leer la Biblia todos los días. Andrés estaba muy emocionado. Yo dije: «Claro, yo sé que yo voy a salir. Así como soy muy aplicado para mis tareas y siempre consigo lo que yo me propongo, lo mismo va a ser con esto». Entonces yo empecé muy animado, la verdad. Leía la Biblia bastante. La terminé leyendo dos veces incluso. Y todos los versículos que ellos me ponían yo los repetía cada mañana. Su mamá lo llevaba todos los sábados a las sesiones con su consejero. Cuando salía… Siempre hacíamos una como una retroalimentación de lo que él recibía allí y salía contento. Le contaba a su mamá sobre cómo debía comportarse para ser heterosexual. Por ejemplo, me decía un día: «Mami, ya me dijeron que tengo, mira, tengo que pararme de esta forma. Tengo que ponerme perfumes bien fuertes». O sea, le… le daban instrucciones. Además de las reuniones con el consejero, Andrés debía ir una o dos veces al mes a terapias colectivas con las otras personas que estaban recibiendo el tratamiento. En ese entonces, era un grupo de cerca de 25 personas, la mayoría hombres con menos de 20 años y Andrés era el menor de todos. Entre ellos solo sabían sus nombres porque tenían prohibido interactuar y conversar de otras cosas. Cuando se reunían en las terapias colectivas, un consejero guiaba la sesión. Y ahí cada uno comentaba acerca de sus caídas y también de… de las cosas que lograban cada semana: cómo pudieron vencer o no tal tipo de tentación esa semana y qué van a hacer para lograrlo la próxima semana. A veces los llevaban a la calle para ver a parejas heterosexuales y les decían: “Miren esa pareja como está con ese hijo. Eso es algo hermoso, ¿ustedes no quisieran tener algo así?”. También les hacían imitar la forma en que caminaban los hombres de esas parejas y les decían que las personas heterosexuales eran su modelo a seguir. Además les daban charlas de lo mala que era la masturbación, y les insistían en que esa era una de las causas de su homosexualidad: como se tocaban tanto, les terminaba gustando esa parte del cuerpo en otras personas. Pero tenían una solución para todo, así que les daban técnicas para evitarla. No solamente cuando tenías ganas de masturbarte, sino cuando veías, este, una persona del mismo sexo que te atraía, por ejemplo, tenías que pellizcarte, pellizcarte así bastante duro en el brazo o en… solo en el dedo, porque el dolor va a hacer que disminuya tu excitación. Andrés seguía al pie de la letra todo lo que decían y la mayor parte del tiempo era optimista. Por eso al principio le sorprendió que sus compañeros de terapia no se vieran tan positivos como él. Tú veías a estos chicos tan deprimidos. O sea, con… con una cara, con una cara de agonía, de amargura. Y con el tiempo, a Andrés le comenzó a pasar lo mismo. Poco a poco la frustración empezó a llegar, porque obviamente veía que no pasaba nada. Así pasó un año, dos años, tres años. Y nada cambiaba. Entonces, empezó a buscar culpables por otro lado. Sus consejeros le decían que una de las razones por las que era homosexual era por la relación que tenía con los hombres de su familia. Con su papá, por ejemplo, no era muy cercano. De hecho ni él ni su mamá le contaban lo que pasaba en Camino de Salida porque, como para el papá de Andrés lo que pasaba era que él estaba confundido, no necesitaba esa terapia. Según explicaban, esa mala relación que tenía con su papá, era una de las causas por las que no quería ser hombre y buscaba ser una mujer heterosexual. Pero no solo era su papá el supuesto culpable, eran todos los hombres que tenía alrededor que no le ofrecían una figura masculina correcta. Empecé a odiar a mi hermano mayor, a mis amigos hombres, a mis profesores porque yo decía: “Todas estas cosas me han hecho gay”. Cosas que parecen tener sentido. Y en mi cabeza tenía sentido perfecto. Pero además culpaba a su mamá porque le decían que por ser tan cariñosa, tan sobreprotectora, tan cercana, él quería ser como ella. Y eso no era todo, en las terapias también le hacían pensar en cosas que, según ellos, le habían pasado en su niñez. Por ejemplo, ellos decían que, este, todos los homosexuales en algún momento de su niñez tuvieron que de ley haber sido abusados sexualmente y si tú no lo recuerdas es porque te lo has reprimido. Entonces te hacen hipnosis y te hacen tratar de recordar esos eventos que muchas veces ni siquiera pasaron. Andrés no recordaba ningún abuso, ni siquiera señales mínimas de que eso hubiera pasado. Pero si era gay, esa era una de las causas, nada qué hacer. Entonces volvía a culpar a sus papás por no haberlo protegido de ese supuesto abuso. Pero por encima de ese odio hacia otros, había un odio más grande hacia sí mismo. ¿Cómo yo pude haber sido tan tonto en haber decidido rechazar la identidad que Dios tenía establecida para mí desde el momento de la creación? La culpa me empezó a comer. Intentaba corregirse con pellizcos, como le habían dicho en Camino de Salida. Se empezó a desesperar porque no le funcionaba, entonces… Comenzaba a coger, este, tijeras. Por ejemplo, en el colegio yo llevaba un chompa incluso cuando no hacía frío, entonces yo a veces iba al baño y me empezaba, eh, a hacer pequeños, este, cortes en el brazo y eso me hacía sentir bien porque decía: “Esto es lo que una basura como tú merece”, me decía a mí mismo. En ese momento Andrés tenía 15 años y ya llevaba tres en Camino de Salida. Mientras otros chicos de su edad iban a clases de arte o practicaban algún deporte, él iba todos los sábados a terapia de deshomosexualización. Pero, claro, nadie lo sabía, solo su familia, los pastores y consejeros de su iglesia. Era agotador, porque no veía los resultados que esperaba. Pero si un día no quería ir, Lucía, su mamá, lo convencía de que fuera prometiéndole discos de música. Él aceptaba más por obligación que otra cosa y Lucía… Me sentía horrible. Me sentía horrible y después yo decía: “Dios mío, ¿será que yo estoy haciendo bien o será que estoy haciendo mal?”. Lo veía llorar de frustración, en frustración. Y… y era como que decía yo: “Esto… algo no funciona bien». Pero de inmediato Lucía cambiaba de parecer, porque una de las cosas que más le daba miedo era que la sociedad rechazara a su hijo, que la gente lo discriminara. Por eso es que yo decía: “No, él tiene que salir porque él tiene que encajar en la sociedad”. O sea, no puede salirse del estereotipo, pues. Entonces Lucía buscó otra opción: habló con uno de los pastores de su iglesia y él le recomendó someterlo a lo que llamaban “liberaciones” para sacarle —entre comillas— al «demonio de la homosexualidad». En otras palabras: un exorcismo. Lucía estuvo de acuerdo. Le contó a Andrés y él también aceptó. Fue a su iglesia y ahí había más personas a las que les iban a hacer las liberaciones. Pasaban uno por uno. Cuando fue el turno de Andrés, lo sentaron en una silla, lo rodearon, y leían versículos de la Biblia para expulsar los supuestos demonios. Duraban entre dos y cinco horas, y aunque para algunos parecía estar funcionando, para Andrés no. Obviamente en mi caso yo me dije: “¿Cómo así? Yo no grité como las demás personas, o salté, o me volví así loco. ¿Será que realmente no puedo expulsar el demonio?”. En total le hicieron tres. Y aunque nunca sintió que de verdad expulsara un demonio, tuvo momentos en los que creía que podía estar cambiando. Pero como siempre, al poco tiempo, volvía a sentirse igual. Seguía con terapia en su iglesia, yendo a Camino de Salida todos los sábados y nada. Decidió ir a un retiro de jóvenes organizado por su iglesia. Iba a estar lejos de su casa, del colegio, de internet y todo lo que pudiera hacerlo sentir atracción por otros hombres. No fue muy distinto a lo de siempre, pero lo que sí fue diferente fue que al final del retiro uno de los líderes de la iglesia le dijo: “Dios me ha dicho que al final de esta semana te van a empezar a gustar las mujeres. Máximo a las 12 de la noche, pero de esta semana no pasa. Tú vas a sentir un cambio». Había pasado tres años en terapia y finalmente Dios le había hablado a través de este líder. Se había tardado más de lo que esperaba, pero todo su esfuerzo había valido la pena. Andrés regresó feliz de ese retiro. Estaba esperanzado de que todo iba a cambiar y el domingo de esa semana se quedó despierto hasta las 12 de la noche para experimentar el cambio. Nunca había sentido tanta esperanza por algo. Sorpresivamente fue así: o sea, en el sentido de que quizás eran tantas mi… mi… mis ganas de que me gustaran las mujeres. Y yo comencé a pensar en chicos y como que me sentí súper fuerte y dije: “No, ya no me atraen. Estoy pensando en chicas y me siento feliz con la idea y todo eso”. Pero, al día siguiente, (risa) ¡oh, sorpresa! Volvió a empezar la atracción y eso fue un shock bastante grande. Esa experiencia fue para mí lo peor. Entonces yo le reclamé a Dios. Yo… Yo sí… yo hasta le grité, dije: “Dios, ¿cómo es posible? ¿Soy acaso un chiste para ti? ¿Cómo es posible que todo está funcionando pero a la final me sigan gustando los chicos? ¿Es acaso que yo no tengo solución? ¿Cómo es posible que otras personas lo han logrado y yo sigo estancado aquí?”. Tiempo después, Andrés estaba en la cocina de su casa con su mamá y su hermana. Ellas hablaban de varias cosas y él estaba en silencio, retraído. Entonces empezaron a preguntarle si estaba bien. Andrés no les había contado el último episodio de frustración, pero era evidente que no aguantaba más. Y entonces agarró un cuchillo que tenía al lado… Y empecé a cortarme y quise meter el cuchillo en… en mi garganta. Entonces yo exploté. Yo saqué todo lo que tenía adentro, que yo he luchado tanto pero no consigo nada. Fue como alguna reacción catártica. O sea, obviamente no lo hice. Pero traté de hacerlo, pero vino mi mamá y me cogió la mano. Y fue horrible: mi hermana llorando. Fue una situación terrible, pero no pasó nada más. Se dijeron lo mismo de siempre: que todo iba a cambiar, que con la ayuda de Dios, Andrés iba a poder salir de la homosexualidad y que seguramente lo estaba retando para ver si era un buen cristiano. Al final se calmaron y terminaron, de nuevo, enterrando el tema. Lucía buscó otra vez ayuda en la iglesia. Y sí, tenían una nueva solución al supuesto problema de Andrés: esta vez le recomendaron llevarlo donde un psiquiatra muy cercano a la iglesia. Entonces, además de ir a Camino de Salida, de pasar por tres exorcismos, de ir a reuniones de su iglesia y al retiro, ahora Andrés tenía que ir tres veces por semana donde este psiquiatra que les cobraba 40 dólares por cita. Después de valorarlo, el psiquiatra les dijo que la mejor forma de tratar a Andrés era con medicamentos que no solo le bajaran los niveles de ansiedad, sino también los de su deseo sexual. Lucía aceptó el tratamiento. Él era el médico y sabía lo que hacía. Al final, terminó recetándole unas pastillas que no lo dejaban dormir en las noches y le producían sueño todo el día. Entonces mi hijo: “Mami”, me dice, “Mami, yo no tengo emociones: no puedo reír, no puedo llorar. Me siento como un ser inerte». Era un médico que lo que estaba haciendo era dopar a mi hijo para que mi hijo trate de olvidarse de ese tema de la homosexualidad durmiéndose. Ya era demasiado lo que le estaban haciendo a Andrés y era imposible que el resto de la familia se quedara con los brazos cruzados. Un día —cuando Andrés ya tenía 17 años— su hermano mayor se le acercó y le dijo que entendía todo por lo que estaba pasando. Que se imaginaba su frustración y la ansiedad que le causaba ir todos los sábados a Camino de Salida. También le dijo algo que le sorprendió: “Yo sé que usted ha estado pensando en… en dejar los grupos. Yo sé que la mami le está diciendo que vaya y todo, pero no creo que usted tenga que seguir yendo. Sinceramente yo me puse a pensar cómo yo estaría si a mí me forzaran a que me gusten los chicos”. A Andrés se le hizo extraño que su hermano le dijera algo así porque en un principio no había aceptado su homosexualidad. Pero además porque nunca habían vuelto a hablar del tema y menos de Camino de Salida. Me dijo que: “Sí, usted sabe estos testimonios que cuentan realmente no son verdad. Incluso muchas personas que han dicho salir a la final se divorcian porque ellos han dicho que nunca dejaron de ser gays y que esto también incluso está en la naturaleza. Es algo que está en… en muchos, este, mamíferos”. Le mostró estudios científicos sobre la homosexualidad que decían que en 1990, la Organización Mundial de la Salud dejó de considerarla una enfermedad. Pero lo más fuerte fue cuando le contó algo que en Camino de Salida nunca le dijeron. Ese año, en 2013, pasó esto… A Christian group devoted to so-called gay conversion has closed its doors and apologized to the LGBT community. Un grupo cristiano de conversión de la homosexualidad cerró sus puertas y se disculpó con la comunidad LGBT. El grupo del que habla es Exodus International, la organización a la que pertenecía Camino de Salida. Pero eso no era todo. Alan Chambers, el presidente de la organización, publicó una carta en la página web en la que aceptó que cambiar la orientación sexual realmente no es posible. Este es Chambers en una entrevista que dio: Well, we are sorry for the many people who took part in the.. the ministries or the counselors or were impacted by the rhetoric. Chambers le pide perdón a las personas que fueron impactadas por lo que decían los líderes de Exodus International. Y continúa diciendo… So that’s something that we are very, very sorry for the hurt, and the shame, and the anxiety, and the trauma that people were caused. Traduzco: “Pedimos perdón por el dolor, la vergüenza, la ansiedad y el trauma ocasionado a estas personas”. Incluso él mismo confesó que aunque estuviera casado con una mujer, todavía sentía atracción por hombres después de años de haber pasado por el supuesto proceso de conversión. Andrés no lo podía creer. ¿Por qué Camino de Salida siguió funcionando? ¿Por qué le ocultaron esa información? Sencillo: los que no estaban de acuerdo con el presidente de Exodus International siguieron trabajando con una dependencia llamada Exodus Global Alliance. Y entonces, Camino de Salida se alió a esta nueva organización y siguió funcionando en Ecuador como si nada. Aunque toda la información que le dio el hermano a Andrés era clara, él se resistió un poco al principio: no era fácil sacarse de la cabeza todo lo que le habían metido durante cinco años. Fueron varias conversaciones privadas que tuvo con su hermano. Cada noche él se acercaba y le decía que no debía sentirse como una mala persona, que nadie tenía la culpa de que fuera gay y mucho menos él. No era algo horrible como le habían hecho creer, simplemente había que aceptarlo y ya. Andrés sentía algo de alivio por lo que le decía su hermano, pero al mismo tiempo sentía miedo de decepcionar a su mamá. Así que su hermano le prometió que él se encargaría de hablar con ella. Y así fue. Mi hijo mayor —que había sido totalmente homofóbico toda su vida— viendo sufrir al hermano, viéndome llorar a mí, de no saber qué hacer, él había estado en una… en un tiempo de investigación científica sobre estos casos de homosexualidad y me dijo: “Mami, mi ñaño es homosexual y hay que aceptarlo y hay que entenderlo a él cómo está sufriendo, mami. Yo recién ahorita entiendo a mi hermano. Si hasta en… hasta en la naturaleza existe el homosexualismo, mami. Eso es algo que está allí». A Lucía esto la dejó pensando en lo que estaban haciendo y decidió llevar a Andrés a una psiquiatra diferente. Una que se guiara por la ciencia y no por la religión. Finalmente fui donde ella y me dijo: “Acepte a su hijo como es”. Le quitó millones de pastillas y lo dejó solamente con una para la ansiedad y otra para que pueda dormir en las noches. Le explicó que la homosexualidad no era algo que se pudiera cambiar, punto. Con esto que le estaba diciendo la psiquiatra y lo que le había dicho su hijo mayor, un día Lucía se acercó a Andrés y le dijo: “Quiero que sepas que yo te acepto como eres y quítate ya esa… esa carga que tienes encima. No tienes que hacer nada para salir de lo que tú eres, mijito”. Se puso a llorar. Se puso feliz, casi que me carga al cielo. Me dice: “Mami, no puedo creer lo que me estás diciendo. No sabes el alivio que siento. Mami, te amo, te amo realmente tú me has demostrado amor». Finalmente, después de cinco años, decidieron dejar de ir a Camino de Salida, a la iglesia y cambiar de psiquiatra. En ese momento Andrés tenía 17 años y, al fin, después de años de tortura psicológica, comenzaba a sentir algo de paz. Como sabemos su mamá y su hermano lo apoyaron. Su hermana, aunque al principio había sido muy cruel, también terminó aceptándolo. Su papá, en cambio, nunca lo aceptó: siempre le dijo que la Biblia condenaba la homosexualidad y que estaba arruinando su vida. Era principios del 2014 y, sin avisarle a nadie, Andrés subió este post a Facebook. “Feliz de dejar las máscaras a un lado. Feliz de finalmente ser yo mismo y dejar de fingir ser alguien que no soy. Feliz de ser gay. Sé que por algo estoy aquí y sé que por algo soy como soy. No estoy aquí para complacer a los demás, sino para vivir mi vida genuinamente, haciendo lo que me gusta y siempre dando lo mejor de mí. Gracias a las personas que quitaron la venda de mis ojos, que me ayudaron a dejar de odiarme. Gracias por ir más allá de las apariencias. Ustedes saben quiénes son y sepan que los amo”. Andrés no esperaba nada con ese post, solo quería quitarse de encima ese peso, contar lo que durante tantos años llevaba reprimiendo. Y se sorprendió con tantas respuestas de apoyo de sus compañeros del colegio. Sin embargo, ese post también tuvo un efecto directo en su familia. Yo ya no tenía una buena relación con el papá. El papá se puso como loco por esa publicación que hizo el hijo y… y comenzó a escribir también en Facebook diciendo que no, que Dios… él va a seguir adelante confiando en Dios. Bueno, se armó un lío allí. Entonces se… se volvió todo más feo. Después de eso, Lucía y su esposo se divorciaron y desde ese momento Andrés no tiene contacto con su papá. Pero no todo fue tan negativo. Sus amigos y algunos miembros de su familia comenzaron a mandarle mensajes de apoyo, a felicitarlo por ser tan valiente. Él dijo que llegó hasta pensar en denunciar a Camino de Salida, a su iglesia y al psiquiatra por todos los traumas que le causaron y convocar una marcha en Guayaquil contra estos tratamientos. Pero después de pensarlo bien, decidió no hacerlo. Yo me di cuenta que yo, al menos en ese tiempo, no iba a ser capaz de lidiar con ellos diciéndome y mirándome decepcionados. Como que: “Wow, ahora eres todo lo contrario, como que tú fallaste en vez de persistir. Te rendiste y ahora eres gay. Ahora estás con el lado del… del diablo”. O sea, no, nunca me sentí con las fuerzas de… de enfrentar a estas personas que me vieron en el camino de salir de la homosexualidad. Tampoco estaba obligado a hacerlo. Entonces prefirió simplemente bloquear a estas personas en sus redes sociales y no volver a tener contacto con ellas. La relación de Andrés y su mamá se fortaleció. Comenzaron a ir juntos a marchas por los derechos LGBTI y llevaban carteles que decían cosas como “El amor no discrimina”, “Sin igualdad no hay libertad”, “Mi hijo es gay y lo amo como es”. Él realmente me enseñó lo que era amar. A través de él yo aprendí lo que realmente significa amar a alguien que es diferente a ti. Contactamos a Camino de Salida para escuchar su versión de todo esto. Hicimos varias llamadas y enviamos correos electrónicos pero no nos respondieron. Buscamos la dirección de sus sucursales en Ecuador pero no aparecen en ningún lado. Como sabíamos que Betty Van Engen es una de las fundadoras de Camino de Salida, decidimos llamarla a su trabajo: una emisora evangélica en Quito. Ella sí nos contestó, pero antes de aceptarnos la entrevista me pidió que nos reuniéramos. En esa reunión me dijo que sabía que habíamos contactado a más gente de Camino de Salida y que quería saber por qué. Cuando le expliqué que íbamos a contar la historia de Andrés y que queríamos saber la posición de su organización al respecto, me dijo que ellos no daban entrevistas en las que pusieran a debatir su punto de vista con otro, que no necesitan probarle nada a nadie. Que si alguien va a las terapias y no le gusta, ya es problema de ellos. Pero también me dijo que creen que los homosexuales no nacen sino que se hacen a raíz de perversiones, de abusos, de promiscuidad. Y que ellos sí consideran que la homosexualidad es algo que se puede cambiar. Le pregunté si podía grabarla explicando las razones por las que no nos daría la entrevista y me dijo que no, y me advirtió que nada de lo que estaba pasando ahí lo podía mencionar en este episodio. Le dije que eso era imposible porque sería mentir. Al final, me dijo que la única condición en la que aceptaría una entrevista era si no la incluíamos en la misma historia de Andrés, sino que saliera aparte, en un episodio independiente sobre Camino de Salida. Nosotros no accedimos, claro, y por eso su voz no está en esta historia. Exodus International cerró en 2013. Entonces la nueva organización que está a cargo ahora, Exodus Global Alliance, a la que pertenece Camino de Salida, cambió un poco el discurso de lo que hacen. Para ellos la homosexualidad ya no es una enfermedad, pero sí es una herida emocional que se puede curar. Todavía siguen ofreciendo sus servicios en diferentes partes del mundo. No sabemos cuántas personas exactamente han pasado por estos tratamientos. Cuando Lisette y David llamaron a Exodus América Latina para preguntar, les dijeron que no dan entrevistas ni pueden dar datos. Pero como Exodus ha funcionado por más de 40 años, seguramente la cifra es miles de personas. Pero esto es solo una parte de lo que tienen que pasar muchas personas LGBTI en Ecuador. Hay varios lugares clandestinos en ese país que utilizan métodos mucho más violentos. En Ecuador precisamente descubren centros clandestinos que con torturas aseguraban curar la homosexualidad.Están siendo secuestrados por sus propias familias y son llevados a la fuerza a clínicas. Los colectivos homosexuales denuncian torturas y abusos sexuales dentro de esas clínicas. Bueno, se les dice clínicas o “clínicas de deshomosexualización” pero no se parecen a las clínicas que quizá se están imaginando. Después de la pausa, David Trujillo nos contará qué pasa en algunos de estos lugares. Ya volvemos. Este podcast y el siguiente mensaje son patrocinados por Squarespace, el creador de sitios web fácil de usar y hecho por diseñadores reconocidos internacionalmente. Squarespace tiene todo lo que necesitas para lanzar un sitio web elegante y moderno. Y con el servicio de soporte de 24 horas, siete días a la semana, tus clientes nunca tendrán problemas usando tu sitio web. Visita ya squarespace.com/NPR para una prueba gratuita de 14 días, y cuando estés listo para lanzar tu página, usa el código NPR para ahorrarte 10 por ciento en tu primera compra de un sitio web o dominio. Estos días hay tantas cosas para ver que jamás te va a alcanzar el tiempo. Es por eso que existe Pop Culture Happy Hour, desde NPR. 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Y, bueno, aunque eso dejó de ser así y fue un gran avance para el país, la nueva sentencia seguía teniendo un lenguaje discriminatorio. Decía, por ejemplo, que la medicina veía la homosexualidad como, y aquí cito “una disfunción o hiperfunción del sistema endocrino” y que esto determina la conducta “anormal”. Y esto es significativo, porque recordemos que desde 1990 la Organización Mundial de la Salud dejó de considerar la homosexualidad como una enfermedad, pero la ley ecuatoriana parecía no reconocerlo. Nuestro productor David Trujillo nos sigue contando. Para entender este cambio legal en Ecuador y las consecuencias que trajo, hablamos con él: Soy Jorge Medranda. Soy activista LGBTI desde hace al menos 25 años. Jorge tenía 32 años cuando se despenalizó la homosexualidad y recuerda que… Desde el 27 de noviembre de 1997 dejamos de ser delincuentes para pasar a ser enfermos. Entonces, claro, como éramos enfermos, a los enfermitos no hay cómo perseguirles, pero en cambio hay que curarles. Y esto, para muchos sitios como Camino de Salida o algunas iglesias era suficiente para seguir ofreciendo curas. Ahí lo que proponían eran terapias psicológicas, mucha oración y ayuda de Dios. Eso por lo que pasó Andrés. Pero si eso no era suficiente, también había… Clínicas de deshomosexualización o con tratamientos de reconversión de la orientación sexual que estaban dentro de las clínicas de tratamiento de personas que viven con alguna adicción a sustancias psicotrópicas y estupefacientes. O sea que en ciertas clínicas de rehabilitación de adicciones —algunas de iglesias evangélicas, otras no— también ofrecían tratamientos muy obsoletos que se aplicaban contra la homosexualidad. La fundación Causana, donde trabaja Jorge ha recibido varias denuncias sobre estos centros y él ha conocido a varias personas que han pasado por ahí. Y lo que nos dijo fue que encontró un patrón claro: lo primero que hacen estas clínicas con las personas que llegan es aislarlas por completo durante meses. Porque se supone que el contacto con la familia y el medio es lo que le hace recaer. Según Jorge, este aislamiento debilita mentalmente a estas personas y así es más fácil manipularlas con lo que sigue después: los maltratos físicos. Hacia las mujeres especialmente violaciones correctivas. “Ah, sí, tú… tú eres lesbiana porque no has conocido un hombre. Entonces ahora vas a conocer varios, para que te acostumbres a lo que es un hombre”. A las mujeres también las obligan a maquillarse o a vestirse todo el día solamente con baby dolls para que supuestamente aprendan a ser mujeres. A los hombres lo que hacen es… Mojarles y ponerles electrochoques en los testículos cada vez que ellos suponen que está pensando en un hombre o que le hagan ver alguna imagen que pudiera erotizarle. Y con eso, supuestamente disminuyen su deseo sexual hacia otros hombres. Pero además de esto, las torturas hacia mujeres y hombres incluyen golpes, baños con agua helada y encierros de varias horas en cuartos sin luz ni ventilación. Jorge dice que en muchos casos las víctimas son menores de edad y son los familiares los que las envían a estos centros. Uno de los métodos más comunes para llevar a las personas a la clínica de deshomosexualización es, eh, darles alguna droga, alguna sustancia para que se duerman y secuestrarles y llevarles a la clínica. Entonces, quién hace ese trabajo es la familia. Esta historia se repite una y otra vez en los casi 60 casos —la mayoría de mujeres lesbianas— que ha registrado Causana desde el año 2000. La mayoría no fueron denunciados a las autoridades y si lo hacían terminaban archivando los casos por falta de pruebas o simplemente porque no les daban la importancia necesaria. Y hay que tener en cuenta que estos 60 casos son solo los que ha registrado una de las tantas organizaciones que velan por los derechos LGBTI en Ecuador. Lamentablemente no existe un estudio oficial, por lo que es difícil saber exactamente cuántas personas han pasado por esto. Uno de los casos que encontramos es el de esta persona. Me llamo Andrea Alejandro Freire. Nací acá en Guayaquil. Andrea Alejandro tiene 31 años, se identifica como queer, es decir, una persona que no se identifica con un género específico. Yo no tengo problema con los pronombres. No sé, me gusta igual pronombre neutro, femenino o masculino. Nos vamos a referir a ella en femenino. Desde que era pequeña, le atraían las mujeres. Nunca se lo dijo a nadie, sobre todo porque su mamá era muy evangélica y la homosexualidad no entraba dentro de lo que su Dios consideraba como bueno. Y con su papá no tenía muy buena relación, casi ni hablaban. Pero un día en 2003, cuando tenía 14 años, Andrea Alejandro estaba discutiendo con su mamá porque la estaba obligando a ir a la iglesia y a solo escuchar música cristiana. Solo recuerdo la sensación de yo estar muy enojada y decirle así como que me gustaban las mujeres. Y primero ella ignoró esa situación. Se hizo como… como la loca para no tener que responderme. Y ahí terminó la discusión. Pero en los días siguientes, Andrea Alejandro empezó a notar que su mamá estaba pendiente de todo lo que ella hacía: quién la llamaba, qué decía en sus conversaciones, qué veía en televisión. También notó que las inyecciones que antes le aplicaba para tratar el asma, ahora eran más frecuentes, pero no le dio mucha importancia a eso. Hasta que progresivamente a Andrea Alejandro le comenzó a crecer barba, la voz se le hizo más grave y se estaba haciendo más musculosa. La mamá, aterrada, la llevó a un médico y ahí Andrea Alejandro se enteró de lo que había pasado. Ella había hablado con el consejero de la iglesia y entonces él le había dicho como que lo que yo necesitaba era como que recibir hormonas femeninas y entonces ella, como, comenzó a inyectarme progesterona. Progesterona. Una hormona relacionada al ciclo menstrual. Esto, según le dijo el consejero, haría que a Andrea Alejandro le gustaran los hombres y se volviera una mujer de verdad. Pero con el tiempo, las hormonas surtieron el efecto opuesto a lo que su mamá buscaba. Como su cuerpo tenía tanta progesterona, para equilibrar el desbalance empezó a producir más testosterona. El médico regañó a la mamá y le dijo que no podía administrar hormonas sin acompañamiento médico. A Andrea Alejandro le dio mucha rabia esto, como si su propia mamá la hubiera enfermado. En todo caso, le dieron un nuevo tratamiento para estabilizar su organismo y ella pensaba que era lo último que iba a hacer su mamá. Pero en 2004 —cuando Andrea Alejandro tenía 15 años— se levantó un domingo muy temprano y fue a la cocina. Sirvió una taza de café y se tomó un sorbo. Solo recuerdo eso lo último. Y, cuadro siguiente, levantarme en un cuarto oscuro y como encontrarme golpeada, como sedada, el cuerpo muy pesado, sin pantalones. Y con signos de haber sido violada. Estaba en el piso y en ese cuarto no había nada, ni ventanas ni muebles. Junto a ella había dos personas más o menos de su edad: un hombre y una mujer que estaban igual de drogados que ella y casi ni podían hablar. Andrea Alejandro trataba de entender dónde estaba, qué le estaba pasando. Pensaba igual que era como que me habían robado básicamente. O sea, yo decía: “Quizás después de que desayuné, salí a comprar, no sé… Y alguien me trepó en un carro y me llevó. Y mi mamá y mi papá no saben dónde estoy”. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que perdió la consciencia. Pudieron haber pasado horas o días. Todo era muy confuso. Después de un tiempo, dos hombres entraron al cuarto y la sacaron a ella y a las otras dos personas a un patio. Ahí les echaron agua con una manguera. Luego se acercaron a Andrea Alejandro y… Me dijeron que mi mamá me había mandado ahí para que yo aprenda a ser bien mujer, para que sea una mujercita de bien. Era una clínica para tratar adicciones. Después se enteraría que había sido una recomendación del pastor de su mamá. Para lograr convertirla en una “mujercita de bien”, empezaron con electroshocks y violaciones correctivas. Y cuando Andrea Alejandro se resistía… Me obligaban a ver cómo violaban a la otra chica y cómo violaban al chico también. Y cuando las otras dos personas también empezaron a resistirse… No te dejaban ir al baño. Entonces, te terminabas orinando encima. Y te orinaban ellos encima y terminabas días ahí. Y cuando los dejaban ir al baño, a veces los obligaban a comer ahí. También los hacían dormir en el patio, sobre un piso con piedras pequeñitas y sin colchón. Los golpeaban hasta dejarlos con los ojos hinchados. Era un constante maltrato físico y psicológico. O sea, ya habían días en que ya no me podía parar porque el día anterior, o sea, ya había recibido descargas, me habían golpeado, había tenido que ver, como, cosas que no quería ver. Además de todas estas torturas, también les hacían leer la Biblia o rezar y rezar y rezar. Ella recuerda que a veces iba un pastor evangélico. Era un señor alto. Tenía una barba muy larga, muy larga. Y tenía una Biblia muy grande. Igual siempre estaba así, como muy bien vestido, o sea, como que toda su ropa era limpia. Estaba como lleno de alhajas y joyas. Este hombre les hablaba por horas. Él nos decía sodomitas. Y nos leía siempre como que los versículos donde se condena la homosexualidad y estas prácticas estaban penadas con la muerte. Pero que nosotros estábamos viviendo en un tiempo de gracia porque Jesucristo había venido a morir por nosotros también y que por eso teníamos como que esa oportunidad de arrepentirnos. Según ella, este hombre nunca los violentó físicamente. Pero que cuando no querían leer la Biblia o rezar, les avisaba a los hombres del centro y ellos eran los que les aplicaban los castigos correctivos que ya sabemos. Él decía que todo lo que nos pasaba era más bien por nuestra culpa, que nosotros provocábamos lo de los castigos. Que dependía solo de nosotros, que no era algo que él disfrutara hacer o que él quisiera hacer. Andrea Alejandro pasó varios días en ese lugar. No está muy segura de cuántos porque no tenía muy clara la noción del tiempo. Solo recuerda que un día no soportó más y decidió escapar con sus compañeros. Esperaron a que uno de los hombres fuera al cuarto, y en ese momento los tres salieron corriendo por el patio y saltaron un muro de unos dos metros más o menos. Y ahí había como un gran descampado, así como lleno de monte. Y entonces estos tipos venían detrás de nosotros. Y luego salimos corriendo y atravesamos como que esos matorrales, y llegamos como a una especie de carretera. Justo en ese momento pasaba una patrulla de la policía. Andrea Alejandro y sus compañeros los pararon e intentaron explicarles lo que había pasado. Pero los policías no les creyeron. Que nosotros estábamos mintiendo, que en realidad nos habíamos… como que habíamos ido a alguna fiesta o nos habíamos drogado. Pero insistieron tanto que al final los convencieron y se subieron a la patrulla. Entonces arrancaron y perdieron de vista a los hombres que los perseguían. Cuando los policías les preguntaron a dónde los podían llevar, ninguno de los tres quería volver a su casa, porque de ahí los habían mandado a este lugar. Pero eran menores de edad, entonces no había muchas opciones. Y así fue: a cada uno se lo llevaron en una patrulla y esa fue la última vez que Andrea Alejandro supo de sus compañeros. Cuando llegó a su casa, su mamá la recibió muy sorprendida porque los golpes eran evidentes y cuando los policías se fueron… Ella se echó a llorar. Yo le digo a mi mamá que… como que todo eso, lo que me había pasado era por su culpa. Pero no le dije… nunca le conté qué había pasado. No quería recordarlo. Y aunque a su mamá tampoco le dijeron lo que le iban a hacer en este lugar, era obvio el daño que le causaron. La mamá, llena de remordimiento y de vergüenza, decidió decirle al resto de la familia que Andrea Alejandro se había ido de viaje por un tiempo y que estaba golpeada porque la habían robado. Nunca les contó la verdad y para Andrea Alejandro fue lo mejor. No quería hablar sobre lo que pasó, no quería contarle a nadie, nada, solo estaba muy enojado. La ira me ayudaba como a bloquear. A bloquear todos los recuerdos de lo que tuvo que pasar. Y tomó varias decisiones por supervivencia: comenzó a ir a la iglesia, se alejó de sus amigos y si escuchaba música que no fuera cristiana, lo hacía a escondidas. Todas esas cosas las hacía porque tenía miedo de que ella vuelva a decidir mandarme a la clínica. Y no es que le hubieran dejado de gustar las mujeres, simplemente aprendió a tener una doble vida: por un lado le decía a su mamá que había cambiado, que ya no era lesbiana. Pero por otro, seguía saliendo con chicas, y haciendo lo que le gustaba fuera de la iglesia. Andrea Alejandro decidió no denunciar su caso a las autoridades, porque significaba también denunciar a su mamá por secuestro y eso era un problema para ella. Porque yo sentía que mi mamá era la última pieza de todo eso. Que iba a recaer la pena o la condena sobre el menor de los… de los engranajes. Porque todo hace parte de un sistema más grande que involucra iglesias, pastores, directores de estos centros, funcionarios públicos. Y ni Andrea Alejandro ni su mamá sabían quiénes eran los verdaderos culpables, los dueños de la clínica, y una investigación de las autoridades tampoco aseguraba que se hiciera justicia. No contarle a nadie lo que pasó le ayudó a enterrar un recuerdo que le hacía muchísimo daño. Pero esto solo le sirvió por unos ocho años. Un día del 2012, cuando ya tenía 23 años, estaba viendo un programa religioso de televisión con su mamá cuando salió este hombre… Existen fundaciones que a través de un proceso, de un servicio de terapia, o más bien de un tratamiento, es que pueden ayudar. Esto no es de la noche a la mañana, ni con sonar el dedo. Esto es un… es un… un tratamiento que puede durar hasta dos a tres años para que un hombre o mujer que sea desviado sexualmente vuelva a encontrar su identidad. La primera reacción fue como corporalmente como de escalofríos. No entendía por qué ese hombre le generaba eso, pero luego… Ya como que haciendo el esfuerzo de pensarlo y pensarlo, lo asocié. No le dijo nada a su mamá, pero ese hombre grande, blanco, de barba larga y voz gruesa era el pastor de la clínica en la que estuvo. El mismo que le decía sodomita, que la amenazaba con condenarse en el infierno, que la culpaba por las torturas a las que la sometían. Ahí supo de quién se trataba: su nombre es Arturo Norero y efectivamente es un pastor evangélico que se ha convertido en promotor de las terapias de “deshomosexualización”. Entonces decidimos contactarlo. Muy buenas, Dios lo bendiga. Buenos días, ¿con quién hablo? Arturo Norero. Arturo, ¿cómo está? Habla con David Trujillo. Yo soy periodista de Radio Ambulante, ¿cómo está? Le dijimos directamente para qué lo llamábamos. En este momento estoy haciendo un reportaje sobre terapia de deshomosexualización y he hablado con algunas personas y me dicen que usted ofrece este servicio. La verdad pensamos que nos iba a cortar la llamada porque este tema ha causado mucha polémica incluso fuera de Ecuador, pero para nuestra sorpresa nos dijo que nos recibiría en su iglesia evangélica en Quito. Cuando llegamos nos topamos con un edificio de tres pisos. En el segundo hay un salón grande donde hacen las ceremonias religiosas. Hay muchas sillas blancas para que la gente se siente, pero en ese momento no había nadie. Al fondo hay una especie de altillo desde donde predica el pastor. Las paredes están llenas de estrellas de David —que son las de seis puntas— y también de frases bíblicas. Norero nos invitó a subir al siguiente piso, a su despacho: un lugar lleno de libros e imágenes religiosas, y un escritorio grande de madera en el medio. Ahí nos dio la entrevista. Mi nombre es Arturo Norero. Soy guayaquileño. Tengo varias funciones, una de ellas es pastor de la iglesia “Casa De Oración ¡Dile a un amigo!”, aquí en Quito, Ecuador. También soy hombre de negocios y me encanta servir y ayudar a la gente en lo que se pueda. Empezamos preguntándole qué decía la Biblia sobre la homosexualidad. Bueno, la Biblia sí condena el pecado de la homosexualidad, del lesbianismo, igual que al ladrón, igual que al chismoso, igual que al mentiroso, al orgulloso, al prepotente. En fin, el pecado es pecado. Pero Norero nos dijo que Dios condena el pecado y no al pecador. Por ende, el adúltero, el ladrón, homosexual, travesti, depravado, violador, por supuesto que en Jesucristo tiene una esperanza y un nuevo estilo de vida. O sea, que una persona homosexual puede dejar de serlo. Le preguntamos cómo él, como pastor, logra esto. Qué le dice a una persona homosexual. Primero que él mismo se de cuenta qué pasó. En qué momento hubo esa confusión. Todo empieza con una confusión y después, en una sociedad o en una familia, viene la aceptación. Y esa aceptación, según él, no significa que la homosexualidad sea buena. Después de que la persona reconoce el momento en que se confundió, Norero le dice —así como en Camino de Salida— que ocupe su mente en algo porque, según él, es desde la mente ociosa donde viene el pecado. Entre sus consejos está sacar el computador del cuarto para no tener la tentación de masturbarse con pornografía. No explicó mucho más en qué consiste su terapia de deshomosexualización, pero lo que sí nos dejó claro es que los menores de edad vienen con sus padres y que, aquí cito: “Esos son los más fáciles. El problema es ya cuando son mayores, porque están bien enraizados con su práctica”. Además dijo que es un proceso que dura toda la vida, que solo con un par de sesiones las personas no se hacen heterosexuales. Es más, dijo que como muchos no logran tener una atracción por personas del sexo opuesto, deciden no casarse y optan por la castidad. Cuando le preguntamos por qué, respondió que cada quien es libre de escoger lo que quiere. A veces yo quiero que otros vivan la clase de vida que yo quiero que ellos vivan y no aceptar y respetar que cada uno decide la vida que ellos escojan vivir. Entonces Lisette le preguntó: ¿Y qué pasa si es que escogen.. si es que la vida que ellos escogen es ser homosexual? Está en su libertad, ¿quién soy yo para decirle no? Yo sí puedo decirles “no” cuando quieren adoptar leyes, leyes nacionales, en contra de la sagrada escritura. También tengo mi posición, también tengo que hablar y decir lo que yo creo. Con “adoptar leyes nacionales” se refiere al activismo que hay para que se garanticen derechos igualitarios en Ecuador, como la legislación del matrimonio entre personas del mismo sexo, por ejemplo. Pero esto, según Norero, va en contra de la ley de Dios, la única correcta para él. Por eso dice que no se callará nunca frente a este tema. Luego pasamos a hablar sobre el caso de Andrea Alejandro, sin decirle su nombre. Le dijimos que esta persona nos contó que él iba a este centro de rehabilitación y que aunque nunca la violentó directamente, sabía de las torturas que hacían en este lugar. Esta fue su respuesta. Yo siempre con la bendición de Dios… hay personas que me conocen. Me han invitado a centros en Guayaquil, aquí en Quito, en Manta, y yo voy es a predicar la palabra de Dios y a darles una palabra de… de… de esperanza. Ahora, que yo sabía que había abusos con las personas… desconozco yo de… de qué centro primero estamos hablando. Y yo quiero decir algo y enfáticamente: yo apoyo al pecador, pero no soy alcahuete del pecado. Al pecado hay que… hay que confesárselo al señor y hay que renunciar de eso. ¿Qué opina de estos castigos físicos y estas torturas de las que hablan estas personas? Eso es salvajismo. Eso va en contra de… O sea, ¿cómo yo te voy a ayudar a golpes? O sea, eso es inaudito. Eso es una torpeza. Recalco: yo nunca he pertenecido a ningún centro de rehabilitación. He sido invitado a muchos centros de rehabilitación, sí. Qué pasa ahí, eso no sé. Si es que hay estos rumores de que ocurren estas violencias en estos centros, ¿no… no es como de cierta forma su responsabilidad averiguar que no ocurran en efecto para poder asistir? Ay sí tú, cómo no. Usted es la periodista. Usted vaya e investigue. Yo soy pastor. Yo estoy aquí en la iglesia y me invitan a predicar. Yo predico y salgo. Andrea Alejandro no es la primera víctima de estos casos que toma la decisión de no denunciar. De hecho son muchas las que prefieren no hacerlo y por varias razones. Entre esas porque en ocasiones los fiscales no les creen, porque no ven golpes físicos en el cuerpo. Y si aceptan la denuncia, es común que el caso se quede estancado por meses o incluso por años. Entonces las víctimas se ven sometidas a un desgaste innecesario y muchas veces prefieren seguir con sus vidas y abandonan el proceso. Desde 2013, el Estado ecuatoriano ha cerrado 25 de estos centros en todo el país, pero esta información no se ha podido comprobar. Según un informe de la organización Taller de Comunicación Mujer, los dueños de estos lugares cobraban entre 700 y 3 mil dólares mensuales por el supuesto tratamiento. Además, esta organización reveló que solo ha habido nueve casos judicializados contra los responsables de las “terapias de deshomosexualización”. De esos, solo uno tiene registrada una condena. Eso fue en 2013, cuando el dueño de uno de estos centros fue condenado a solo diez días de prisión y a pagar una multa de seis dólares. Y, bueno, haber cerrado estos centros no significa que dejaron de existir. Lo que hacen los dueños de estos lugares, simplemente, es reabrir sus centros en otras partes cuando ven la oportunidad. Y solo les cambian el nombre. Andrés —uno de los protagonistas de esta historia— vive fuera de Ecuador. Sigue teniendo una muy buena relación con su mamá, Lucía, y sus hermanos. Es activista por los derechos LGBTI. Andrea Alejandro, es artista y activista LGBTI. Cuando tenía 25 años —y después de mucho tiempo de intentar ocultar su caso— decidió empezar a hablar de eso, aunque nunca lo denunció a las autoridades. En este momento no tiene ningún contacto con sus padres. Esta historia fue producida por Lisette Arévalo y David Trujillo. Viven en Quito y Bogotá, respectivamente. Gracias a la organización Taller de Comunicación Mujer y a Santiago Vaca por su ayuda en este episodio. Este episodio fue editado por Camila Segura y por mí. El diseño de sonido y la música son de Andrés Azpiri. Andrea López Cruzado hizo el fact checking. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Gabriela Brenes, Jorge Caraballo, Victoria Estrada, Rémy Lozano, Miranda Mazariegos, Patrick Moseley, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, Elsa Liliana Ulloa y Luis Fernando Vargas. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Studios y se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. El Club de Podcast Radio Ambulante es un grupo en Facebook en el que oyentes de Radio Ambulante de todo el mundo se encuentran a conversar sobre los episodios y a compartir información adicional sobre las historias. Es uno de nuestros rincones favoritos del internet. Búsquenlo en Facebook como Club de Podcast Radio Ambulante para participar. Ahí los esperamos. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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