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Radio Ambulante - No hay visitas

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Marta no quería un trato preferencial sino justo.

Marta nunca se imaginó en la cárcel, y cuando le tocó no estaba dispuesta a perder ni su identidad, ni su dignidad. Desde adentro, diseñó una estrategia para reclamar y defender los derechos de todas. Esa decisión, y la reacción del sistema, cambiarían su vida.



Si lo necesitas, puedes leer la transcripción del episodio.

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Antes
de
comenzar,
una
advertencia:
en
este
episodio
hay
escenas
fuertes
que
no
son
aptas
para
todo
público.
Se
recomienda
discreción.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante
desde
NPR,
soy
Daniel
Alarcón.
Empezamos
hoy
en
una
noche
de
1994.
La
protagonista
de
esta
historia,
Marta
Álvarez,
regresó
a
su
casa
en
un
pueblo
de
Colombia.
Santuario,
se
llama.
Su
hermano,
con
el
que
vivía,
la
vio
acercarse
desde
la
ventana.
Mi
hermano
cuando
me
vio
empezó
a
darle
golpes
a
la
ventana
y
a
decir:
«Estoy
gallo,
hijueputa»,
así
era
que
él
decía.
Gallo:
bravo,
furioso.
Marta
tenía
34
años
y
vivía
en
la
misma
casa
con
su
hermano,
dos
sobrinos
hijos
de
una
hermana
que
vivía
en
una
ciudad
cerca
de
ahí
y
la
empleada
doméstica.
Desde
hacía
cuatro
meses
había
vuelto
de
Estados
Unidos
después
de
vivir
varios
años
allá.
Había
regresado
por
una
razón
específica:
su
hermano
era
adicto
a
las
drogas
y
al
alcohol
y
se
negaba
a
aceptar
ayuda.
Su
hermana,
la
mamá
de
los
sobrinos,
ya
no
podía
lidiar
con
él
y
necesitaba
que
Marta
la
ayudara.
Según
Marta,
también
era
muy
probable
que
su
hermano
tuviera
alguna
enfermedad
mental
que
nunca
se
le
supo
tratar.
Vivían
en
un
segundo
piso,
arriba
de
un
bar
en
donde
en
ese
momento
había
dos
policías
tomando
cerveza.
Marta
se
les
acercó.
Yo
antes
de
subir
le
dije
a
los
dos
policías:
“Agentes,
¿ustedes
se
pueden
llevar
a
mi
hermano?
Que
es
que
está
drogado,
borracho
y
está
muy
agresivo”.
Me
dijeron:
«No,
no
podemos
entrar.
No
tenemos
autorización».
Y
yo:
«Yo
les
estoy
dando
autorización
de
que
entren
a
mi
casa”.
«No,
no,
cuando
esté
peor
viene
y
nos
dice».
Y
yo:
«No,
es
que
ya
está
peor.
Yo
lo
conozco,
señores,
ya
está
peor».
No
quisieron
subir.
Y
es
que
hay
que
aclarar
algo:
desde
que
Marta
regresó
a
Santuario,
vivía
con
susto
de
su
hermano
porque
desde
el
primer
momento
él
empezó
a
ser
especialmente
agresivo
con
ella.
En
las
noches,
cuando
llegaba
a
la
casa
drogado
y
borracho,
entraba
violentamente
a
la
habitación
de
Marta
y
la
empezaba
a
insultar
y
muchas
veces
llegó
a
pegarle.
Marta
es
lesbiana
y
su
familia
lo
supo
desde
que
era
adolescente,
pero
su
hermano
le
decía
todo
el
tiempo
que
necesitaba
un
hombre
que
la
corrigiera.
Era
tal
el
nivel
de
violencia,
que
a
veces
ella
sentía
que
la
podía
matar.
Esa
noche
Marta
lo
vio
más
bravo
de
lo
normal
y
estaba
muerta
del
miedo
pero
no
había
de
otra:
entró
a
su
casa.
No
había
nadie
más
en
ese
momento,
y
su
hermano
empezó
con
la
misma
agresividad
de
siempre.
De
un
momento
a
otro,
se
le
acercó,
se
bajó
la
cremallera
del
pantalón.
Estaba
muy
mal.
Saca
el
pene
y
me
dice:
“Vea,
chupe,
chupe”.
Él
estaba
perdido
ya.
Ese
acto
tan
violento
le
recordó
el
gran
trauma
de
su
niñez
y
adolescencia:
la
agresión
constante
que
recibía
en
las
calles
del
pueblo.
Todo
el
tiempo
hombres
que
sabían
que
era
lesbiana
la
acosaban:
le
hacían
comentarios
obsenos,
la
insultaban.
En
el
pueblo
me
decían:
“¡Arepera!”,
“Arepera,
arepera,
arepera”.
Un
insulto,
¿sí?
Inclusive
me
decían
que
me
iban
a
violar
que
para
enseñarme
a
que
me
gustaran
los
hombres.
Era
un
acoso,
un
acoso
psicológico,
verbal…
era
violencia,
y
yo
estaba
muy
chiquita.
Por
eso,
lo
que
le
estaba
haciendo
el
hermano
en
ese
momento…
Como
que
activó
unos
dolores
que
yo
tenía
allá
guardaditos.
Y
estábamos
muy
cerquita,
muy
cerquita
cuando
él…
él
hace
eso.
Uy,
no,
a
me
dio
una
cosa
tan
extraña.
Yo
sentí
como
que
se
me
salió
todo
de
por
dentro,
como
que
se
me
salió
el
alma,
como
que…
yo
no
puedo
explicar.
Hacía
un
tiempo
Marta
había
conseguido
una
pistola
para
protegerse.
Era
ilegal,
claro,
y
ella
lo
sabía.
Pero
para
ese
momento
ya
una
persona
cercana
le
había
dicho
que
su
hermano
iba
a
contratar
a
un
sicario
para
matarla.
Luego
se
comprobaría
que
otra
persona
supo
del
mismo
plan.
Marta
sentía
que
podía
hacerle
daño
en
cualquier
momento
y
quería
poder
defenderse.
En
ese
instante,
agarró
el
arma.
A
me
dio
una
cosa
extraña.
Yo
no…
sí,
yo
no
era
yo.
Yo
no
era
yo.
Y
le
pegué
un
tiro
y
se
murió.
Yo
estaba
en
un
estado…
yo
no
lo
puedo
describir.
Yo
salí
a
la
calle,
vi
un
montón
de
gente
y
vi
dos
policías
que
venían,
entonces
yo
les
dije
a
ellos
dos:
“Vea,
yo
maté
a
mi
hermano.
Yo
fui
la
que
lo
mató.
Llévenme
para
allá
y
métanme
allá”.
Les
entregó
el
arma
y
les
pidió
que
la
llevaran
a
la
estación
de
policía.
Ni
siquiera
me
cogieron
ni
nada.
Entonces
fui
caminando
con
ellos
y…
y
yo
misma
me
metí
a
la
celda.
Yo
sabía.
Era
culpable
del
asesinato
de
su
hermano
y
estaba
dispuesta
a
pagar
la
pena
que
fuera.
Desde
ese
momento
Marta
no
volvería
a
ser
libre
por
mucho
tiempo,
pero
en
esa
nueva
situación
se
enfrentaría
a
una
serie
de
abusos
y
violencia
que
nada
tenían
que
ver
con
pagar
por
el
crimen
que
había
cometido.
Nuestro
productor
David
Trujillo
nos
sigue
contando.
La
hermana,
los
sobrinos
y
otros
familiares
de
Marta
no
la
visitaron
en
ese
momento.
Aunque
entendían
lo
que
había
pasado
y
sabían
de
todos
los
maltratos
que
ella
había
recibido
por
parte
del
hermano,
estaban
concentrados
en
los
temas
del
funeral,
la
ceremonia
religiosa,
el
cementerio.
Tres
días
después
de
estar
en
esa
celda
de
la
estación
de
policía
de
Santuario,
un
primo
le
llevó
algo
de
ropa
y
otras
cosas
que
necesitaba.
Ya
sabían
lo
que
venía
después.
Esa
tarde
la
subieron
en
una
camioneta
para
llevarla
a
una
cárcel
de
mujeres
a
más
de
una
hora
de
ahí.
Esposada,
así
pegada
de
una
cosa
de
metal
de
la
camioneta.
Como
un
tubo.
A
mitad
de
camino,
empezó
a
llover
muy
fuerte
y
el
policía
que
iba
con
ella
en
la
parte
destapada
prefirió
pasarse
para
adelante
para
no
mojarse.
Me
dejaron
sola
atrás.
Y
yo
me
quité
las
esposas,
que
yo
tengo
las
manos
muy
delgaditas,
y
me
quité
las
esposas
y
me
senté
allá.
Para
sentirse
más
cómoda.
Cuando
llegaron
a
la
cárcel,
más
o
menos
a
las
cuatro
de
la
tarde…
Esos
policías
allá:
“Oh”.
No,
yo
estaba
sin
esposas
ya.
No
me
fui
porque
no
quise.
O
sea,
yo
no
me
fui
porque
yo
era
consciente
de
que
yo
tenía
que
responder
por
lo
que
había
hecho.
Le
hicieron
quitarse
toda
la
ropa
para
requisarla,
le
tomaron
las
fotos,
le
tomaron
las
huellas,
la
reseñaron.
Todo
lo
que
suelen
hacer
para
ingresar
una
nueva
persona
a
la
cárcel.
El
lugar
no
era
tan
grande.
Como
un
colegio.
Entonces
arriba
tenía
los
dormitorios
y
abajo
eran
los
patios,
el
comedor,
las
áreas
comunes.
Lo
primero
que
hicieron
fue
llevarla
al
comedor
para
que
comiera
con
las
otras
internas.
Y
ahí
mismo
empiezan
todas,
unas
más
que
otras,
a
preguntar:
“Oiga,
¿usted
es
nueva?
Venga
¿Usted
por
qué
está
aquí?
¿Cómo
se
llama?».
Y
empiezan
a
preguntarle
a
uno
de
todo,
entonces
uno
pues
todo
inocente
pues
va
diciendo
todo.
Se
acuerda
de
una
mujer
en
particular.
Nunca
se
me
olvida,
le
decían
La
Pájaro.
Entonces
La
Pájaro
se
para
en
el…
la
mitad
de
ahí
del
comedor
a
decir:
«Bueno,
ella
es
Marta.
Viene
de
Santuario
y
aquí
va
a
estar
con
nosotros
un
tiempito».
La
idea
que
tenía
Marta
de
la
cárcel
era
lo
que
había
visto
en
televisión
o
en
películas,
y
estaba
relacionado
más
con
las
cárceles
de
hombres:
gente
hostil,
agresiva,
violenta
y
peleas
constantes.
Y
sí,
seguramente
eso
pasaba
también
en
este
lugar,
pero
ese
recibimiento
fue
mucho
mejor
de
lo
que
esperaba.
Cuando
terminaron
de
comer,
alrededor
de
las
seis
de
la
tarde,
la
llevaron
a
su
celda.
Era
de
unos
dos
metros
cuadrados
y
tenía
una
cama,
un
colchón
y
una
especie
de
repisa
para
poner
la
ropa.
Había
una
ventana
en
la
parte
más
alta,
casi
llegando
al
techo.
Era
difícil
alcanzarla
para
poder
ver
hacia
afuera,
pero
por
ahí
al
menos
entraba
aire
y
algo
de
sol.
Cuando
yo…
a
me
metieron
en
esa
celda,
escuché
cuando
la
guardiana
le
puso
el
candado
ya
dizque
para
dormir,
yo
sentí
un
alivio.
Yo
sentí
que
ahí
estaba
segura.
Ya
sentí
ahí
que
ahí
ya
nadie
me
iba
a
matar.
Del
caso
de
Marta
se
encargó
la
Fiscalía
de
Santuario,
que
ahora
se
dedicaría
a
investigar
y
a
acusarla
ante
un
juzgado.
Ahí
empezó
su
proceso
penal.
Yo
pensaba
no…
la
justicia,
con
el
abogado,
las
pruebas,
la
familia
mía
me
va
a
ayudar.
Y
siempre
me
ayudaron:
las…
las
declaraciones
y
todo.
Yo,
las
amistades…
O
sea,
que
no
es
que
yo
ande
matando
gente.
Que
yo
no
maté
a
nadie
por
robarle,
que
no
me
pagaron,
no
fui
un
sicario
que
fui
a
matarlo,
que…
¿me
entiendes?
Sino
que
se
podía
entender
como
legítima
defensa.
No
es
que
esperara
salir
de
inmediato.
Al
fin
y
al
cabo
era
un
homicidio
y
ella
misma
había
disparado
el
arma.
Además,
según
el
Código
Penal
colombiano,
más
grave
aún
por
el
hecho
de
ser
su
hermano.
Pero
podrían
tener
en
cuenta
la
violencia
de
la
que
era
víctima
y
que
la
llevó
a
cometer
ese
delito.
Su
hermana
y
sus
sobrinos
eran
testigos
de
eso.
También
estaba
el
hecho
de
que
se
hubiera
entregado
desde
el
principio
y
tal
vez
eso
ayudaría
a
reducir
una
posible
condena.
Pero
mientras
eso
se
resolvía,
Marta
debía
permanecer
en
la
cárcel.
Desde
el
principio
la
relación
con
las
otras
internas
fue
cordial.
Allá
había
gente
por
todos
los
delitos.
Había
gente
por
secuestro,
había
gente
por
homicidio,
había
gente
por
Ley
30,
eso
había
de
todo.
Por
Ley
30,
o
sea,
por
temas
de
drogas.
Algunas
eran
agresivas,
así
que
Marta
prefería
no
involucrarse
con
ellas
para
evitar
problemas.
Pero
en
general
se
la
llevaba
bien
con
sus
compañeras.
Su
hermana
la
visitaba
cada
tanto
y
le
llevaba
comida
o
libros,
y
eso
le
ayudaba
a
hacer
un
poco
más
llevadera
su
estadía
en
la
cárcel.
La
rutina
era
la
misma
todos
los
días:
se
levantaban
entre
cinco
y
seis
de
la
mañana,
se
duchaban,
desayunaban
en
el
comedor,
y
luego
les
daban
tiempo
para
hacer
talleres
u
otras
actividades.
Marta
desde
el
principio
decidió
dar
clases
de
inglés
para
también
poder
reducir
el
tiempo
de
una
posible
condena.
Alrededor
de
las
once
de
la
mañana
almorzaban,
luego,
más
o
menos
a
la
una
de
la
tarde,
retomaban
sus
actividades.
Después
cenaban
a
las
cuatro,
Marta
jugaba
microfútbol
con
sus
compañeras
y
a
las
seis
las
encerraban
de
nuevo
en
sus
celdas.
Además
de
eso,
todos
los
días
las
hacían
formar
en
el
patio
para
contarlas.
Cuando
eso
éramos
apenas
como
60.
Entonces
cabíamos
10,
20,
30
así,
filita.
Y
todas
las
mañanas,
pues,
nos
hacían
formar
tarará,
todas
las
noches
tararará,
al
mediodía
tatatatá.
Nos
contaban
tres
veces
al
día.
Y
en
esas
formaciones
siempre
estaba
el
director
de
la
cárcel.
Se
paraba
allá
al
frente.
Era
un
viejo
bajito,
ya
como
yo
diría
por
ahí
sesenta
y
algo
de
años,
gordito,
de
unos
ojos
como
claros,
con
un
bigotico
como
hitleriano
así.
Y
se
paraba
allá,
con
las
manos
en
las…
detrás
de
la
espalda,
y
se
paseaba
de
un
lado
para
el
otro.
«Malnacidas»,
que
nos
gritaba:
«Delincuentes,
ustedes
no
están
en
un
hotel.
Ustedes
están
en
la
cárcel.
Aquí
nadie
las
va
a
mimar,
desgraciadas».
El
director,
como
los
guardias,
administrativos
y
directivos
de
la
mayoría
de
las
cárceles,
hacía
parte
del
INPEC,
el
organismo
público
que
se
encarga
de
los
centros
penitenciarios
en
Colombia.
Entonces
la
primera
vez,
pues,
que
yo
formé
que
es…
oye
a
me
dio
risa.
A
me
dio
risa
ver
a
ese
señor.
Y
yo
ahí,
me
dijo:
«¿Y
usted
de
qué
se
ríe?».
Yo
le
dije:
«Ay,
de
usted
tan
chistoso».
Ese
fue
el
primer
día
que
ya
me
lo
eché
de
enemigo.
El
director
le
pidió
a
uno
de
los
guardias
que
le
diera
el
nombre
completo
de
Marta.
Eso
a
ella
no
le
pareció
mayor
cosa,
no
creía
que
fuera
una
falta
grave.
Pero
a
los
pocos
días,
las
otras
internas
le
empezaron
a
contar
de
los
abusos
que
cometían
las
autoridades
dentro
de
la
cárcel.
Una
de
esas
historias
era
sobre
otra
interna
que
Marta
no
conocía:
Y
entonces
me
dijeron:
«Ay,
mire,
cómo
le
parece
que
hay
una…
Monza”,
a
no
se
me
olvida,
“cómo
le
parece
que
Monza
está
en
el
calabozo
desde
hace
como
seis
meses».
Marta
nunca
había
visto
a
Monza
y
apenas
en
ese
momento
escuchaba
de
ella.
Y
yo:
«¿Seis
meses?
¿Y
por
qué,
qué
hizo?».
Dicen:
«No,
fue
que
la
pillaron
dándole
un
beso
a
otra
muchacha».
Marta
no
lo
podía
creer.
Le
contaron
que
no
era
la
primera
vez
que
hacían
este
tipo
de
castigos.
Castigos
claramente
homofóbicos.
Se
indignó
tanto
que
para
el
siguiente
domingo
de
visitas
le
pidió
a
su
hermana
que
le
llevara
la
Constitución
Política
y
el
Código
Penitenciario
y
Carcelario.
Quería
entender
si
la
ley
permitía
tener
a
una
persona
encerrada
en
un
calabozo
por
seis
meses.
Pero
leyendo
se
dio
cuenta
de
que
una
persona
privada
de
la
libertad
solo
podía
estar
máximo
dos
meses
en
el
calabozo,
y
eso
por
faltas
graves
o
delitos
como
intento
de
fuga,
porte
de
armas
o
robo
dentro
de
la
cárcel.
Yo
le
preguntaba
a
las
muchachas:
«¿Y
ustedes
aquí
por
qué
no
hacen
algo?».
«No,
es
que
nos
meten
en
el
calabozo.
Nos
quitan
las
visitas”.
Y
había
un
castigo
mucho
peor
al
que
todas
le
temían:
el
traslado
a
otra
cárcel,
en
otra
ciudad.
“Mire
que
nosotros
tenemos
la
familia
aquí
y
ya
mi
familia
si
me
trasladan
no
pueden
ir
a
visitarme
a
otra
parte,
que
no
qué,
que
esto”.
Las
mujeres
que
tenían
hijos:
«No,
es
que
cuándo
vuelvo
a
ver
mi
niño,
mi
niña.
No,
es
que
nosotras
más
bien
nos
quedamos
calladas».
Poco
después,
Marta
empezó
a
sentir
esa
persecución.
En
ese
momento
tenía
una
novia
de
Santuario
que
la
visitaba
de
vez
en
cuando,
pero
iba
como
amiga,
no
como
visita
conyugal.
Ese
derecho
que,
por
ley,
tenían
las
parejas
heterosexuales.
Ya
ese
término
no
se
usa
y
ahora
se
llama
“visita
íntima”,
pero
para
ese
entonces,
1994,
la
ley
hablaba
de
visita
conyugal
porque
era
entre
personas
que
estaban
casadas
legalmente.
Las
personas
heterosexuales
podían
recibir
a
sus
parejas
en
las
celdas
o
en
espacios
privados.
A
las
parejas
del
mismo
sexo,
en
cambio,
no
se
les
reconocía
legalmente
su
unión,
así
que
no
podían
recibir
una
visita
conyugal
y
mucho
menos
una
que
incluyera
privacidad.
Simplemente
debían
reunirse
a
la
vista
de
todo
el
mundo
y
disimular
cualquier
muestra
de
afecto.
Era
difícil.
Fue
muy
duro.
Nos
dábamos
besitos
al
escondido,
pero
eso
era…
eso
era
pues,
era
muy
difícil,
porque
además
todo
el
mundo
mirando.
Y
si
nos
hubieran
visto
probablemente
para
el
calabozo.
Y
sí,
al
poco
tiempo
la
mandaron
al
calabozo,
pero
no
precisamente
por
un
beso
a
su
novia.
Aunque
Marta
intentaba
no
meterse
en
problemas
con
nadie,
y
menos
con
la
autoridad,
un
día
la
llamaron
a
la
dirección
porque
supuestamente
había
intentado
pegarle
con
una
escoba
a
una
guardiana.
¡Mentiras!
Pero
no,
a
no
me
creyeron
y
allá
me
metieron,
al
calabozo.
Para
Marta
era
fácil
pensar
que
estos
castigos
eran
por
su
orientación
sexual
y
que
seguramente
la
habían
visto
besándose
con
su
novia.
Además,
ella
sabía
que
la
guardiana
que
la
incriminó
era
especialmente
dura
con
las
lesbianas
y
todo
el
tiempo
les
hacía
comentarios
agresivos.
Horrible
esa
señora,
horrible,
horrible,
horrible.
De
lo
más
homo…
homofóbico
que
he
visto
en
mi
vida.
Allá
me
hizo
meter.
Era
una
celda
pequeña
con
paredes
de
cemento.
Tenía
un
camarote
del
mismo
material
y
un
baño
con
un
hueco
en
el
techo
seguramente
para
que
ventilara
el
espacio,
pero
por
donde
también
entraba
la
lluvia
y
el
sol.
El
inodoro
no
funcionaba,
así
que
los
desechos
se
quedaban
ahí
estancados
y
Marta
tenía
que
recoger
agua
de
la
ducha
para
hacerlos
ir
por
la
tubería.
La
puerta
era
gruesa
de
metal
y
le
pasaban
la
comida
por
una
ventanita.
No
había
electricidad
y
solo
podía
tener
algo
para
escribir.
Y
uno
allá,
pues
¿qué
hacía
uno?
Escribir
de
día
y
de
noche,
pues
nada.
No
era
tanto
que
uno
estuviera
ahí,
sino
saber
que
uno
está
ahí
sin
haber
hecho
nada.
Es
la
injusticia
lo
que
le
da
rabia
a
uno.
En
el
calabozo
tuvo
mucho
tiempo
para
reflexionar
sobre
su
pasado.
Sobre
todo
recordó
lo
que
había
vivido
en
su
pueblo
cuando
era
adolescente:
la
discriminación
y
la
violencia.
Fue
duro,
a
tal
punto
que
hasta
hubo
amenazas
de
muerte
en
Santuario,
solo
por
ser
lesbiana.
Tan
grave
fue
la
cosa
que
cuando
Marta
tenía
19
años
su
papá
le
pidió
que
se
fuera
a
Boston,
en
Estados
Unidos.
El
papá
tenía
varias
farmacias
y
ya
había
enviado
a
esa
ciudad
a
su
hijo
mayor,
que
era
gay
y
que
sufría
el
mismo
acoso.
Así
que
para
el
papá,
la
idea
era
que
Marta
se
fuera
a
vivir
con
su
hermano,
estudiara
allá,
terminara
su
bachillerato
en
un
colegio
en
el
que
no
la
discriminaran,
para
que
luego
pudiera
entrar
a
una
universidad
y
hacer
una
carrera.
Pero
no
es
que
a
Marta
le
gustara
mucho
la
idea.
No
quería
irse
a
Boston,
y
a
pesar
de
las
amenazas,
dice
que
nunca
sintió
miedo
en
Santuario.
Que
nunca
lo
había
sentido.
Era
rabia,
mucha
rabia
con…
con
toda
la
gente
heterosexual,
con…
con
la
iglesia,
con
todo
el
sistema.
Y…
y
yo
me
fui,
no
porque
yo
tuviera
miedo,
me
fui
por
papá.
Porque
su
papá
se
lo
pidió.
Pero
finalmente,
para
Marta
fue
la
mejor
decisión.
En
Boston
fue
libre
y
feliz,
y
después
de
unos
años
se
convirtió
en
ciudadana
estadounidense.
Estudió
sistemas
en
la
universidad,
luego
estudió
farmacéutica
y
empezó
a
trabajar.
Su
vida
cambió
y
justamente
allá
supo
que
era
posible
vivir
en
paz
sin
importar
la
orientación
sexual.
Y
yo
me
acostumbré
a
vivir
ese
tipo
de
vida.
Por
eso
cuando
yo
me
encuentro
con
toda
esta
discriminación,
con
toda
esta
homofobia
y
yo
¿pero
esto
qué
es?
Si
yo
venía
de
otro
mundo,
¿me
entiendes?
Y
para
no
era…
era
inconcebible
estar
viviendo
este
tipo
de
maltrato
y
yo
no
entendía
por
qué,
o
sea,
no,
no…
era
que
no,
no,
no
podía.
Diez
días
más
tarde
y
después
de
perder
cinco
kilos
de
peso,
Marta
salió
del
calabozo
decidida
a
hacer
algo
para
cambiar
esa
situación.
Empezó
a
investigar
un
poco
y
contactó
a
la
Defensoría
del
Pueblo,
la
entidad
que
se
encarga
de
proteger
y
promover
los
derechos
humanos
en
Colombia.
Esa
misma
entidad
había
revisado
el
caso
de
Monza,
la
interna
que
llevaba
seis
meses
en
el
calabozo,
y
gracias
a
esa
gestión
había
podido
salir.
Marta
les
escribió
una
carta
formal
contando
estos
abusos,
pero
además
pidiendo
ayuda
para
que
le
reconocieran
su
derecho
a
una
visita
íntima
con
su
pareja.
La
persona
que
leyó
esa
carta
fue
ella,
que
también
se
llama
Marta.
Yo
soy
Marta
Tamayo.
Tengo
64
años.
Ya
estoy
jubilada.
Estudié
derecho.
Fui
abogada,
militante
feminista,
también,
de
hace
muchos
años.
Para
ese
momento,
era
la
defensora
del
pueblo
regional,
y
desde
hacía
algunos
años
había
empezado
a
trabajar,
desde
otra
entidad
del
Estado,
por
los
derechos
humanos
de
las
personas
privadas
de
la
libertad.
Era
la
primera
vez,
además,
en
el
país,
que
se
hacía
una
línea
de
trabajo
de
prevención
de
violaciones
de
derechos
humanos
en
cárceles.
Y
allí
es
donde
yo
veo
qué
es
lo
que
pasa
en
las
cárceles
y
la
diferencia
entre
hombres
y
mujeres.
Desde
1990
empezó
a
visitar
la
mayoría
de
centros
de
reclusión
del
país.
Ahí
se
dio
cuenta,
por
ejemplo,
de
que
mientras
a
los
hombres
los
enviaban
al
calabozo
por
faltas
graves
o
delitos,
a
las
mujeres,
como
ya
contamos,
las
enviaban
por
darse
un
beso
con
otra
mujer.
Para
eso
fue
“Guau,
¿qué
es
lo
que
está
pasando
aquí?”.
No
solamente
era
eso,
sino
que
en
las
cárceles
de
hombres,
la
visita,
toda
hijos,
papá,
mamá,
amigos
se
podía
recibir
en
las
celdas,
en
los
pasillos.
En
las
cárceles
de
mujeres
solamente
se
podía
recibir
la
visita
en
el
patio.
Y
en
ese
momento
ni
siquiera
la
visita
conyugal
de
mujeres
heterosexuales
estaba
reglamentada.
Y
lo
que
se
decía
en
las
cárceles
es
que
los
hombres
necesitaban
la
visita
íntima
heterosexual
y
llevaban
prostitutas.
Y
lo
que
se
decía
es
que
los
hombres
lo
necesitaban
porque
si
no
se
mariqueaban,
así,
literal.
Una
explicación
posible
de
esa
desigualdad
de
género,
según
ella,
es
que
cuando
se
crearon
varias
cárceles
de
mujeres
en
Colombia,
a
finales
de
los
años
cincuenta,
no
eran
cárceles
como
tal,
sino
reformatorios
manejados
por
monjas
católicas.
Y
que
por
eso,
esas
normas
religiosas
y
morales
prevalecieron
incluso
cuando
esos
lugares
pasaron
a
manos
del
Estado.
Entonces
un
control
muy
estricto
sobre
el
cuerpo
de
las
mujeres.
Las
mujeres
no
podían
hablar
duro,
no
podían
decir
malas
palabras,
a
las
mujeres
les
revisaban
las
cartas
que
mandaban
para
afuera,
para
que
no
dijeran
malas
palabras.
Y
eso
seguía
pasando
en
ese
momento,
entre
finales
de
los
ochenta
y
principios
de
los
noventa.
La
abogada
intentó
buscar
soluciones
con
los
mecanismos
legales
que
había,
pero
no
se
podía
hacer
mucho.
Solo
con
la
nueva
Constitución
Política
de
1991
y
los
cambios
que
produjo
en
cuanto
a
derechos
humanos,
tuvo
más
herramientas
para
exigirle
al
Estado
que
protegiera
a
las
personas
privadas
de
la
libertad.
Pero
para
lograr
algo,
primero
necesitaba
encontrar
a
una
persona
que
representara
el
problema.
Una
mujer
que
la
cara,
digamos
de
sus
prácticas
lésbicas
y
que,
pues,
se
pueda
dar
la
pelea.
O
sea,
para
demostrarle
al
Estado
que
maltrataban
a
las
personas
por
su
orientación
sexual
y
exigirle
que
respetara
sus
derechos
fundamentales.
Pero
en
ese
momento
no
encontró
a
nadie.
Luego,
en
1993,
pasó
a
ser
defensora
del
pueblo
regional
y,
un
año
después,
recibió
la
carta
de
Marta
Álvarez
donde
le
contaba
de
la
homofobia
en
esa
cárcel
y
de
su
decisión
de
pelear
por
el
derecho
a
la
visita
íntima.
Yo
dije,
se
me
apareció
la
virgen,
realmente
porque,
pues
eso
era
lo
que
estaba
buscando
también
hace
rato.
Decidió
ponerse
en
contacto
con
Marta
Álvarez.
Entonces
ya
Marta
Tamayo
llegó,
me
entrevistó
y
hablamos.
Muy
amable,
eh,
como
muy
dispuesta
a
hacer
algo,
a
ayudar.
La
vi
muy
honesta,
ah,
como
que
las
intenciones
eran
serias
y
que
estaba
de
verdad
muy,
muy,
muy
interesada,
¿en
qué?
En
hacer
algo.
Entonces
inclusive
me
dijo:
«Martica,
¿usted
está
segura
que
usted
quiere
dar
la
cara?
Porque
van
a
venir
cosas,
represalias
y
todo
contra
usted».
Porque
pues
eso
no
se
había
visto
aquí
en
el
país,
que
a
una
mujer
le
dieran
permiso
de
una
visita
íntima.
A
una
mujer
lesbiana.
Y
a
pesar
de
que
la
abogada
estaba
entusiasmada
con
la
idea
de
ayudarla
en
su
caso…
Yo
creo
que
yo
estaba
asustada
dando
esa
pelea,
porque
había
mucho
conservadurismo.
Porque…
porque
en
la
misma
Defensoría
del
Pueblo
incluso
no
había
una
posición
uni…
unificada.
Una
única
posición
que
respetara
los
derechos
de
las
personas
LGBTI.
Así
que
lo
que
ella
hiciera
podía
ir
en
contra
de
la
institución
a
la
que
representaba.
Pero
eso
no
disuadió
a
Marta
Álvarez,
que
estaba
cansada
de
tanto
abuso
e
injusticia.
Y
yo
le
dije:
«Sí,
hagámosle.
No
hay
más.
No
hay
más
quién
lo
haga,
lo
hago
yo.
Hágale.
Me
arriesgo
a
lo
que
sea”.
A
través
de
este
caso,
la
defensora
del
pueblo
podría
exigirle
al
Estado
la
protección,
no
solo
para
los
derechos
fundamentales
de
una
persona
en
particular,
sino
los
de
muchas
personas
privadas
de
la
libertad
en
Colombia.
Y
sin
duda
sería
una
lucha
también
por
los
derechos
de
la
población
LGBTI
en
general.
Para
ellas
valía
la
pena,
pero
las
consecuencias,
como
lo
esperaban,
serían
muy
duras.
Una
pausa
y
volvemos.
Este
podcast
y
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siguiente
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construyendo
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y
sus
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democracia
y
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El
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pero
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pasado
nos
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Toma
lo
bueno
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Sprouts
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Market,
donde
encontrarás
coloridas
calabazas
para
pintar,
decorar
y,
mejor
aún,
para
comer.
Tenemos
sabores
selectos
de
otoño,
como
deliciosas
galletas
y
cereales
de
calabaza,
sidra
con
especias
de
cosecha
y
mucho
más.
Además,
ahora
puedes
pedir
tus
productos
a
domicilio
o
recogerlos
en
la
tienda,
y
el
servicio
de
tu
primer
pedido
es
gratis.
Visita
ya
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Sprouts
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donde
crece
lo
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Mientras
dormías,
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lunes
a
viernes.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
pausa,
Marta
Álvarez
y
Marta
Tamayo
habían
decidido
unirse
para
pelear
contra
el
maltrato
y
la
discriminación
homofóbica
en
las
cárceles.
Y
para
exigir
que
a
las
personas
homosexuales
se
les
concediera
el
mismo
derecho
que
tienen
los
heterosexuales:
la
visita
íntima.
David
Trujillo
nos
sigue
contando.
Desde
el
momento
en
que
las
dos
Martas
se
pusieron
en
contacto,
empezaron
las
represalias.
Para
Marta
Álvarez
la
razón
era
evidente.
Ya
sabían
lo
que
yo…
que
yo
me
había
quejado
ante
la
Defensoría.
Eso
estaba
todo
alborotado,
todo
alborotado.
Entonces
ya
son
diez
domingos
sin
visitas,
¿sabe
lo
que
son
diez
domingos
sin
visitas?
Dos
meses
y
medio,
y
uno
sin
una
visita.
Entonces
yo
me
la
pasaba
era
en
el
calabozo
o
sin
visitas.
Pero
decidieron
seguir.
Así
que
lo
primero
que
tendría
que
hacer
Marta
era
pedir
la
visita
de
su
pareja
de
manera
formal.
Todavía
no
la
habían
condenado,
así
que
tenía
que
hacerle
la
solicitud
a
la
fiscal
que
llevaba
su
caso
en
Santuario.
Lo
mismo
que
tenían
que
hacer
las
personas
heterosexuales.
Entonces
sí,
se
le
pidió
a
la
Fiscalía,
era
la
Fiscalía
33
de
Santuario,
y
la
fiscal
dijo
que
sí.
Tan,
me
la
concedió.
La
Fiscalía
se
tardó
cinco
días
en
dar
esa
autorización.
Le
envió
una
carta
formal
al
director
de
la
cárcel
para
que
él
se
encargara
de
los
temas
administrativos,
permitiera
el
ingreso
de
la
novia
de
Marta
y
les
adecuara
un
espacio
para
su
visita.
Pero
esa
carta
supuestamente
nunca
llegó
a
manos
del
director,
así
que
la
Fiscalía
volvió
a
enviarla
20
días
más
tarde.
Pero
aun
así,
el
director
siguió
sin
responder.
En
septiembre,
dos
meses
después
de
la
primera
carta
de
la
Fiscalía,
la
Defensoría
envió
toda
la
documentación
de
la
solicitud
que
había
hecho
Marta,
pero
tampoco
pasó
nada.
En
enero
de
1995,
y
al
ver
que
el
director
no
les
daba
ninguna
respuesta,
la
abogada…
Yo
puse
una
tutela
como
defensora
para
que
le
respondieran
y
para
que
le
respetaran
el
derecho
a
la
visita
íntima.
Y
bueno,
para
los
que
no
son
colombianos,
aquí
hay
que
explicar
qué
es
una
tutela.
Una
tutela
es
un
mecanismo
judicial
creado
en
la
Constitución
de
1991
y
que
tiene
que
resolver
un
juez
de
la
república.
Es
un
recurso
muy
sencillo
y
rápido
que
le
permite
a
las
personas
defender
sus
derechos
fundamentales
cuando
son
vulnerados.
La
abogada
pedía
que,
primero,
el
director
de
la
cárcel
respondiera
la
solicitud.
Y
segundo,
que
a
Marta
Álvarez
le
garantizaran
la
visita
de
su
pareja
en
las
mismas
condiciones
que
las
personas
heterosexuales.
El
INPEC,
que
es
la
institución
que
se
encarga
de
las
cárceles
en
Colombia,
tenía
que
respetarle
su
derecho
a
la
igualdad
y
al
libre
desarrollo
de
la
personalidad.
Al
cabo
de
unos
días,
el
juez
resolvió
la
tutela.
Por
un
lado,
falló
a
favor
de
que
el
director
de
la
cárcel
respondiera
la
solicitud
de
concederle
la
visita
íntima
a
Marta.
Esa
respuesta
formal
debía
hacerla
por
escrito
en
los
próximos
15
días
como
lo
exige
la
ley,
y
efectivamente
lo
cumplió.
Pero
la
respuesta
fue
que
no
iba
a
aceptar
esa
visita
por
considerarla,
y
aquí
cito
textualmente
ese
documento,
como:
“anómala”,
“bochornosa”,
“denigrante”
y
“obscena”.
Pero
la
abogada
también
había
pedido
en
la
tutela
que
se
le
garantizara
a
Marta
su
visita
por
encima
de
cualquier
permiso
del
director.
Pero
con
respecto
a
esta
petición,
el
juez
falló
en
contra
por
tres
razones:
el
primer
argumento
que
dio
es
que
era
por
seguridad,
que
porque
de
pronto
podía
entrar
alguien
y
cambiarse
por
la
otra
persona
y
volarse.
Después
que
eso
es
un
acto
inmoral.
Y
el
tercer
argumento
fue
que
la
visita
conyugal
tenía
un
propósito
de
reproducción
y
que
en
este
caso
no.
Un
mes
después,
el
INPEC
decidió
trasladar
a
Marta
a
otra
cárcel
como
a
una
hora
y
media
de
ahí,
después
de
haber
estado
casi
un
año
intentando
acoplarse.
Me
trasladaron
en
un
furgón,
esposada
y
esas
curvas
ta,
ta,
ta.
Y
esos
furgones
viejos
que
se
les
metía…
que
ese
olor
a
quemado…
de
gas…
la
gasolina
quemada
se
mete
al
furgón
y
usted
no
tiene
espacios.
No
hay…
no
hay
ventilación.
Me
enfermé
horrible,
me
enfermé
horrible:
vómito,
diarrea,
de
todo.
Eh,
llegamos
allá.
Uy,
no,
qué
depre…
qué
deprimente
fue
eso.
Feo,
feo,
feo.
Marta
pasó
de
una
cárcel
en
la
que
al
menos
había
espacio
para
hacer
algo
de
ejercicio
a
una
mucho
más
pequeña
que
tenía
las
instalaciones
muy
descuidadas.
Había
una
habitación
y
ahí
dormíamos
dos.
Había
un
patio
chiquitico,
tenía
unas…
unas
paredes
altísimas
y
como
con
reja.
Y
entonces
apenas
me
trasladaron,
yo
llamé
a
Marta
Tamayo.
Y
yo
fui
al
otro
día
a
esa
cárcel
a
visitar
en
qué
condiciones
estaba.
Y
yo
vi
a
Marta,
pues,
como
la
vi
además
demacrada,
triste,
derrotada.
Fue
muy
duro,
fue
muy
duro.
Esa
todavía
la
tengo.
Ay,
me
da…
me
da
cosa
acá.
Muy
duro
para
ella.
El
traslado
había
enfermado
a
Marta
y
eso,
sumado
a
la
frustración
por
haber
perdido
la
tutela
y
al
espacio
tan
reducido
en
esa
cárcel,
la
estaba
afectando
psicológicamente.
La
abogada
empezó
a
adelantar
el
proceso
para
que
la
sacaran
de
ese
lugar
y
la
llevaran
a
la
cárcel
de
Santuario,
cerca
de
su
familia.
Pero
esa
cárcel
de
Santuario
no
era
de
mujeres
y
tampoco
había
un
área
para
ellas.
Así
que
en
tres
meses
y,
gracias
a
la
gestión
de
la
Defensoría
del
Pueblo,
la
devolvieron
a
la
primera
cárcel
donde
estuvo.
Era
la
mejor
de
las
opciones
en
ese
momento.
Marta
ya
conocía
el
lugar,
a
las
compañeras
y
se
había
empezado
a
adaptar.
Pero
claramente
los
funcionarios
de
esa
cárcel
no
la
querían
ahí.
Cuando
llegó…
Todos
los
guardianes
se
quedaron
como:
«Oh,
no,
no.
Volvió.
No».
Yo
era
la
piedrita
en
el
zapato
pa’
toda
esta
gente.
La
noticia
de
la
tutela
de
Marta
apareció
en
medios
locales
y
la
gente
en
la
ciudad
estaba
empezando
a
hablar
del
tema.
Esa
tutela
pasó
a
segunda
instancia,
y
el
tema
estaba
causando
tanto
escándalo
que
hasta
el
obispo
de
la
ciudad
contactó
a
la
abogada.
Cuando
yo
estaba
pendiente
de
la
salida
de
la
segunda
instancia,
él…
él
me
llamó
por
teléfono,
que
quería
hablar
conmigo
sobre
la
situación.
Y
yo
le
dije
que
por
supuesto
yo
lo
recibía
en
mi
oficina.
Cuando
se
vieron,
el
obispo
le
pidió
que
no
siguiera
con
ese
proceso
por
el
bien
de
la
moral
de
la
sociedad.
Y
yo
le
dije,
pues,
que
yo
entendía
su
postura,
pero
pues
que
esto
era
un
asunto
estatal,
era
un
asunto
civil
donde
la
iglesia,
pues
no
tenía
opinión
allí.
Entonces,
pues
no,
yo
no
podía
hacer
nada.
Así
que
todo
seguiría
como
estaba
y
ahí
quedó
la
discusión.
Pero
seguramente
eso
mismo
que
motivó
al
obispo
a
contactarla
y
que
estaba
causando
rechazo
en
una
sociedad
tan
conservadora,
fue
lo
que
hizo
que
el
juez
en
segunda
instancia
ratificara
el
fallo.
La
Corte
Constitucional
podía
revisar
la
tutela,
pero
al
final
no
lo
hizo.
O
sea,
no
es
que
haya
confirmado
o
revocado
las
decisiones
de
las
otras
dos
instancias,
sino
que
optó
por
no
revisar
la
tutela
y
dejar
el
asunto
ahí.
Con
eso
se
terminaron
las
herramientas
legales
en
Colombia.
Por
otro
lado,
el
proceso
penal
de
Marta
Álvarez
por
el
homicidio
de
su
hermano
se
reactivó
un
año
después
de
entrar
a
la
cárcel.
Empezaron
a
llevarla
a
varias
audiencias
en
Santuario.
Marta
no
negó
que
hubiera
matado
a
su
hermano,
pero
la
defensa
insistió
en
que
ella
había
cometido
el
delito
con
ira
e
intenso
dolor,
por
toda
la
violencia
de
la
que
fue
víctima.
Pero
además
lo
había
hecho
en
legítima
defensa,
porque
sabía
que
su
vida
corría
peligro
y
había
testimonios
que
lo
confirmaban.
Todos
esos
factores,
según
el
abogado,
debía
tenerlos
en
cuenta
el
juez
para
tomar
una
decisión.
Pero
la
Fiscalía
decía
que
era
un
homicidio
agravado
porque,
como
lo
dice
la
ley,
fue
contra
su
hermano,
y
que
no
se
podía
pensar
en
legítima
defensa
porque
esa
defensa
no
fue
proporcional
al
ataque.
En
otras
palabras,
que
el
hermano
no
la
había
amenazado
con
un
arma
de
fuego.
Marta
igual
sabía
que
la
iban
a
condenar
a
pasar
un
tiempo
en
prisión
por
lo
que
hizo.
Eso
no
era
una
sorpresa
para
ella.
Pero
un
sábado
de
1995,
un
año
después
de
entrar
a
la
cárcel…
Me
llaman
a
la
dirección,
allá
está
la
psicóloga
y
la
directora:
«Siéntese,
Marta».
Marta
sabía
que
en
cualquier
momento
le
iban
a
notificar
su
condena,
e
incluso,
por
lo
que
había
leído
en
el
Código
Penal
y
lo
que
había
hablado
con
el
abogado
que
la
representó
en
ese
proceso,
había
alcanzado
a
hacer
un
cálculo
de
unos
18
años
más
o
menos.
Cuando…
las
dos
mirándose,
y
yo:
“¿Pero
qué?
Díganme
qué
pasó”.
Y
no
me
decían
nada,
mirándose.
Y
yo
dije:
“No,
esto
está
mal.
Esto
está
feo”.
Y
yo
les
dije:
“¿A
cuánto
me
condenaron?”.
Entonces
cuando
la
directora
dice:
“33
años,
cuatro
meses”.
Ahí
fue
cuando
yo
sentí
como
que
se
me
salió
otra
vez
el
alma.
Porque
yo
lo…
como
que
sentí
fue:
me
morí
aquí,
ya.
De
aquí
no
voy
a
salir
nunca.
Ya,
me
morí.
Salió
de
la
dirección
sin
decir
nada
más.
Yo
lo
que
siento
es
como
rabia
más
que
cualquier
otra
cosa,
porque
me
pareció
injusto.
Le
habían
rebajado
la
condena
inicial
que
era
de
40
años
por
haberse
entregado
voluntariamente,
pero
nada
más.
Yo
dije:
«Bueno,
17,
15…
de
15
a
20
que
me
metan,
listo.
Yo
los
pago.
Yo..
.me
parece…
sí,
está
bien.
Hay
que
responder
por
las
cosas”,
pero
yo
no
pensaba
que
iba
a
ser
el
doble.
Como
en
ese
momento
tenía
35
años,
iba
a
salir
con
68.
Toda
una
vida
en
la
cárcel.
Lo
primero
que
hizo
fue
llamar
a
su
novia.
Le
dijo
que
no
volviera.
Yo
le
dije:
“No,
no
es
justo.
No
es
justo,
pero
es
que
yo
ya
me
voy
a
morir
en
la
cárcel
y
usted
está
muy
joven.
Haga
su
vida
afuera.
Eventualmente
eso
va
a
pasar
de
todas
maneras.
Entonces,
yo
la
hago
adentro.
Hágala
usted
afuera”.
Y
ya.
Ahí
terminaron
su
relación.
En
marzo
de
1996
la
trasladaron
a
la
cárcel
de
Medellín
porque
ya
tenía
una
condena
alta
y
necesitaban
trasladarla
a
una
cárcel
más
grande
y
con
más
seguridad.
Aunque
Marta
apeló
su
condena,
un
tribunal
terminó
ratificando
los
33
años
de
cárcel,
así
que
tuvo
que
resignarse
a
seguir
con
su
vida
encerrada.
No
tenía
sentido
pensar
en
su
vida
afuera,
ni
en
un
futuro.
Es
que
no
había
futuro.
Uno
cuando
está
en
la
cárcel
no
tiene
futuro.
¿Qué
futuro?,
dígame.
¿Qué
va
a
hacer
usted
en
la
cárcel?
Entonces,
¿proyectos?
No,
uno
no
tiene
proyectos
en
la
cárcel.
Uno
vive
el
día
a
día.
Y
en
ese
día
a
día
Marta
enseñaba
inglés,
hacía
cursos
y
talleres
que
les
ofrecían
y
jugaba
fútbol
cuando
podía.
Pero
también
se
daba
cuenta
de
los
maltratos
por
parte
de
los
que
manejaban
la
cárcel.
Esta
discriminación
en
contra
de
las
lesbianas.
Lo
mismo
de
siempre:
lesbianas
para
el
calabozo,
insultarte
cuando
nadie
te
está
viendo,
como
me
lo
hicieron
conmigo,
pegarte
cuando
nadie
te
está
viendo.
Política
del
terror,
traslados,
separación
de
parejas
y
de
familias.
Ya
era
suficiente
con
tener
que
pasar
toda
su
vida
en
la
cárcel,
al
menos
deberían
garantizarles
a
ella
y
a
sus
compañeras
derechos
fundamentales.
Me
volví
activista
en
la
cárcel
por…
porque
vi,
vi
que
había
que
hacer
algo.
Que
no
era
justo
lo
que
estaban
haciendo
con
las
internas.
No
era
justo.
Marta
empezó
a
enseñarles
a
sus
compañeras
a
presentar
tutelas
o
quejas
ante
la
Defensoría
del
Pueblo.
Lo
primero
que
hizo
en
la
cárcel
de
Medellín
fue
conformar
un
comité
de
derechos
humanos.
Y
por
esa
época,
con
Marta
Tamayo,
la
abogada,
decidió
demandar
su
caso
de
la
vulneración
al
derecho
a
la
visita
íntima
ante
la
Comisión
Interamericana
de
Derechos
Humanos.
Esta
es
la
abogada.
Yo
estuve
ahí
para,
digamos,
también
hacer
la
pelea,
pero
eso
es
Marta
que
dice:
“Yo
quiero
pelear
hasta
el
final
este
derecho”.
La
idea
era
que
esa
instancia
internacional
se
pronunciara
al
respecto.
Y
lo
que
estaban
esperando
era
que,
además
de
concederle
la
visita
a
Marta
y
pedirle
al
Estado
colombiano
algún
tipo
de
reparación
por
haberle
violado
su
derecho,
sentara
un
precedente
en
el
continente
para
la
protección
de
los
derechos
de
las
personas
LGBTI
privadas
de
la
libertad.
Para
ese
momento,
1996,
esto
no
era
una
herramienta
jurídica
tan
común
entre
los
abogados
colombianos,
porque
en
general
no
conocían
mucho
sobre
derecho
internacional
humanitario.
Pero
esta
era
una
opción
a
la
que
estaban
acudiendo
algunas
víctimas
del
Estado
y
defensores
de
derechos
humanos
en
el
país,
al
ver
que
sus
denuncias
no
eran
escuchadas.
Y
eso,
otra
vez,
le
trajo
consecuencias
negativas
a
Marta
dentro
de
la
cárcel.
Empezaron
a
castigarla
aun
cuando
en
los
informes
de
disciplina
siempre
salía
bien
calificada
por
parte
de
los
psicólogos
y
las
personas
que
manejaban
el
área
de
educación.
Yo
no
peleaba
con
nadie.
Yo
le
tenía
miedo
hasta
a
un
puño.
La
guardia,
mis
respetos
siempre.
Por
eso,
para
Marta,
aunque
no
se
las
decían
explícitamente,
no
era
tan
difícil
adivinar
las
razones
de
los
abusos
hacia
ella.
Marta
Tamayo,
la
abogada,
lo
tiene
muy
claro.
Por
un
lado
cree
que
el
Estado,
pero
en
particular
los
del
INPEC,
los
de
la
cárcel,
se
habían
molestado
por
la
demanda
a
la
Comisión
Interamericana
de
Derechos
Humanos,
pero
también…
Porque
Marta
al
interior
de
la
cárcel
peleaba
también
otros
derechos.
O
sea,
Marta
no
solamente
peleó
el
derecho
a
la
visita
íntima,
sino
también
otras
cosas.
De
maltrato,
de
desigualdades
allá,
de
muchas
cosas
que
pasan
en…
en
las
cárceles.
Y
entre
más
maltrato
y
abuso
más
ganas
le
daban
a
Marta
de
pelear
por
sus
derechos
y
los
de
sus
compañeras.
Yo
era
una
buena
interna.
Que
era
rebelde,
sí.
Cuando
veía
injusticias.
Incluso
en
el
alguna
ocasión
el
director
de
la
cárcel
le
dijo
de
forma
amenazante
que
no
le
diera
más
problemas.
Marta
le
respondió:
“Si
usted
no
maltrata
a
mis
compañeras
o
a
mí,
aquí
no
va
a
haber
ningún
problema.
Pero
si
usted
maltrata
a
las
compañeras
o
me
maltrata
a
mí,
vamos
a
tener
muchos
problemas”.
Nada
de
violencia.
Se
refería
a
quejas
a
la
Defensoría
del
Pueblo
o
huelgas
del
comité
de
derechos
humanos.
Pero
eso
irritaba
mucho
a
los
funcionarios
de
la
cárcel
de
Medellín
y,
como
no
podían
hacer
nada
para
controlarla,
un
año
después
de
estar
ahí
decidieron
trasladarla.
Otra
vez.
De
ahí
me
trasladaron
para
Bogotá
con
argumentos
de
que
yo
iba
a
formar
un
motín.
Me
inventaron
un
alias,
que
por…
que
yo
era
un
peligro,
pues,
para
la
cárcel.
En
marzo
de
1998,
después
de
estar
ocho
meses
en
la
cárcel
de
Bogotá,
la
historia
se
repitió.
La
única
forma
que
encontró
el
INPEC
para
deshacerse
de
ella
y
el
problema
que
representaba
era
trasladándola
una
y
otra
vez.
Estuvo
en
Bogotá,
Cali,
Medellín,
Bucaramanga,
Cúcuta…
Y
otras
más.
En
total
fueron
17
cárceles.
Todas
las
veces,
pues,
corra.
Marta
me
llamaba:
“Me
trasladaron
pa’
cá,
me
trasladaron
pa’
llá”.
Si
tenías…
te
conseguías
una
noviecita
en
una
cárcel,
te
trasladaban
a
ti
o
a
ella.
Eso
desestabiliza,
duele.
Porque
uno
allá
está
muy
solo,
hay
muchos
miedos.
Entonces
encontrar
uno
a
una
persona
que
le
brinda
apoyo,
compañía,
amor,
cariño,
lo
que
sea,
y
apenas
se
dan
cuenta,
entonces
te
la
quitan.
Yo
creo
que
eso
es
lo
más
duro
que
ocurre
en
una
cárcel
de
mujeres.
El
contacto
con
el
exterior
era
poco.
Marta
recibía
algunas
visitas
de
amigos,
pero
la
única
visita
constante
era
la
de
su
hermana,
que
intentaba
acompañarla
donde
estuviera,
así
tuviera
que
aguantarse
los
abusos
de
los
funcionarios
del
INPEC.
A
mi
hermana
no
la
dejaban
entrar,
la
humillaban
en
la
puerta,
la
hacían
devolver.
Mi
hermana
también
quedó
como
con
un
trauma.
Solo
hasta
que
fue
prohibido
en
el
2005,
a
las
mujeres
las
obligaban
a
entrar
con
falda
a
las
visitas
y
las
revisaban
todas
a
la
entrada
y
a
la
salida,
con
el
argumento
de
que
podían
llevar
droga
o
algún
tipo
de
arma.
Por
eso,
según
Marta,
estar
en
la
cárcel…
No
solamente
lo
afecta
a
uno.
Eso
afecta
a
los
que
están
con
uno,
a
los
más
allegados.
A
la
familia.
Pero
aun
así
su
hermana
hacía
todo
el
esfuerzo
por
visitarla.
Pero
como
no
podía
estar
viajando
tan
lejos
y
todo
el
tiempo,
en
varias
de
esas
cárceles
Marta
nunca
recibió
visitas.
En
uno
de
esos
traslados
a
Cali,
en
1998,
Marta
conoció
a
la
que
hoy
en
día
sigue
considerando
el
amor
de
su
vida.
Una
mañana,
mientras
estaba
en
el
patio
de
la
cárcel…
Yo
recuerdo…
yo
me
siento
en
un
planchón
y
ella
estaba
sentada
al
frente.
Y
yo
la
miré,
yo
dije:
“Qué
mujer
tan
bonita”,
pensé
yo.
Era
más
alta
que
yo.
El
cabello
era…
ella
era
como
onduladito,
pero
era
como
rubio;
tenía
unos
ojos
miel,
una
dentadura
muy
bonita.
No,
era
linda,
era
linda.
Ella
se
estaba
pintando
las
cejas
con
un
delineador
y
mirándose
en
un
espejo.
Marta
se
le
acercó
y
lo
único
que
se
le
ocurrió
decirle
fue:
«Uy,
como
le
quedan
de
igualitas».
Y
me
miró
y
sonrió.
Y
yo
la
seguía
mirando
porque
yo
me
seguí
sentando
ahí,
y
yo
todos
los
días
la
veía
haciendo
la
misma
cosa.
Hasta
que
una
vez
le
dije:
«Vamos
a
jugar
basketball».
Y
me
dijo:
“Vamos”.
Se
pusieron
a
lanzar
la
pelota
a
la
cesta
y
en
un
momento
Marta
le
dijo…
«Usted
me
va
a
hacer
pecar».
Y
ella
me
ignoraba,
me
ignoraba,
me
ignoraba
siempre,
pero
sonreía.
«Oiga,
usted
me
va
a
hacer
pecar».
Me
dijo:
«Ay,
pues
pequemos».
Desde
ese
momento
empezaron
su
relación,
a
escondidas,
claro.
Era
duro,
era
duro
porque
vivíamos
en
un…
en
un
dormitorio
y
eran
camarotes:
una
aquí
y
la
otra
allá,
la
una
aquí
y
la
otra
allá.
Y
yo
me
le
metía
a
la…
al
camarote
de
ella
por
la
noche.
Y
calladitas,
(susurrando).
Eso
era,
eso
era
difícil,
pero
la
aventura
linda,
linda
por…
por
lo
difícil,
por…
por
todas
las
cosas
que
tienen
que
restringir.
El
secreto
duró
unos
meses,
hasta
que
el
INPEC
se
dio
cuenta
de
que
tenían
una
relación
y
decidieron
trasladarlas
juntas,
como
intentando
deshacerse
del
supuesto
problema,
pero
sin
agrandarlo.
Así
pasaron
por
cuatro
cárceles
y
la
relación
continuó.
Pero
finalmente,
después
de
más
de
un
año
de
ser
novias,
las
separaron
definitivamente
y
las
enviaron
a
ciudades
distintas.
Yo
lloré
mucho.
Eso
fue
lo
que
más
me
dolió
a
mí.
Era
el
amor
de
mi
vida.
No
dónde
está,
si
estará
viva
o
estará
muerta,
no
sé,
perdimos
todo
contacto.
Todavía
quedaban
años
de
cárcel
y
uno
en
la
cárcel,
pues
ya
se
va
como
metiendo
en
otras
cosas
por
soledad.
Es
decir,
empezó
otras
relaciones.
En
1999
la
Comisión
dijo
que
revisaría
el
caso,
así
que
la
abogada
se
empezó
a
reunir
con
instituciones
del
Estado
para
poder
llegar
a
algún
acuerdo.
La
idea
era
anticiparse
al
pronunciamiento
de
la
Comisión
sobre
el
derecho
a
la
visita
íntima
de
parejas
del
mismo
sexo,
porque
tal
vez
incluso
podría
sansionar
al
Estado
por
la
violación
de
ese
derecho
a
Marta.
En
ese
momento
ella
no
tenía
una
pareja
fuera
de
la
cárcel
que
la
visitara,
pero
el
objetivo
era
quitar
cualquier
traba
legal
que
se
lo
impidiera,
no
solo
a
ella,
sino
a
todas
las
personas
LGBTI
privadas
de
la
libertad.
Esta
es
de
nuevo
su
abogada.
Hubo
dos
o
tres
reuniones,
no
más.
Conversábamos,
fijábamos
algunos
puntos
de…
de
bueno,
cómo
mover
esto,
cómo
regu…
regular
esto
y
el
INPEC
no
volvió
a
aparecer.
O
sea,
el
INPEC
incumplió
todas
las
veces
lo
que…
lo
que
acordamos
en
esas
reuniones.
Enviamos
la
solicitud
formal
al
INPEC
para
hacer
una
entrevista
al
respecto,
pero
nos
respondieron
que
por
ahora
no
hablarían
sobre
este
tema.
Como
sea,
en
ese
momento
no
era
una
buena
estrategia
lo
que
hacía
el
INPEC
porque,
por
un
lado,
el
caso
empezaba
a
ser
conocido
por
organizaciones
de
derechos
humanos,
y
por
el
otro,
como
Marta
era
ciudadana
estadounidense,
la
embajada
ya
estaba
poniéndole
atención
a
lo
que
pasaba
con
ella
y
a
exigir
mejores
condiciones.
Además
de
todo,
la
voz
se
empezó
a
correr
en
las
cárceles
y
cuando
ella
llegaba
a
alguna
nueva
ya
sabían
quién
era.
Yo
llegaba
y
las
internas
sin
conocerme:
«Llegó
Marta
Álvarez,
¡yeah,
yeah,
yeah!»,
todas
felices.
“Uy,
sí,
ahora
sí,
ahora
sí,
ahora
sí,
para
que
no
nos
maltraten.
Sí,
qué
rico.
Ella
pelea
por
nosotros».
En
cambio
la
guardia
y
las
directivas
eran
como:
“Ajá,
usted
aquí
no
vino
a
mandar».
En
2001,
Marta
le
contó
a
su
abogada
que
una
amiga
suya
de
la
cárcel
quería
pedir
la
visita
íntima
con
su
novia.
La
abogada
les
aconsejó
que
pusieran
una
tutela
pidiendo
el
derecho:
como
este
era
un
caso
diferente,
con
nuevos
hechos
y
protagonistas,
tal
vez
los
jueces
ahora
podían
ser
más
flexibles.
Entonces
un
domingo
vino
Marta,
vino
otra
abogada.
Nos
sentamos
ahí
en
la
visita
a
hablar
sobre
la
tutela
y
entonces
me
trajeron
unos
soportes
legales
para
incluir
en
la
tutela.
Me
dijeron:
“No,
hágala
usted”.
En
todo
ese
tiempo
en
la
cárcel
Marta
había
estudiado
la
Constitución
y
los
procesos
legales,
así
que
sabía
muy
bien
cómo
hacerla.
Su
amiga,
la
que
quería
poner
la
tutela,
también
la
animó.
“Sí,
Marta,
hágala
usted.
Usted
es
capaz”.
Y
yo:
“Uy,
no,
cómo
así”.
“Sí,
Martica”,
me
dijo
Tamayo,
“Sí,
hágale,
hágale.
Hágale
que
usted
es
capaz”.
La
convencieron.
Marta
se
sentó
en
el
computador
de
la
biblioteca
de
la
cárcel
y
redactó
la
tutela
basándose
en
el
Código
Penitenciario
y
Carcelario
y
en
la
Constitución
Política.
También
utilizó
los
soportes
jurídicos
que
le
entregaron
las
abogadas,
como
respaldos
de
la
Defensoría
del
Pueblo
y
otras
sentencias
muy
importantes
en
favor
de
los
derechos
LGBTI
que
la
Corte
Constitucional
había
sacado
y
que
no
existían
cuando
Marta
presentó
la
primera
tutela.
Al
final,
se
enfocó
en
pedir
la
protección
de
los
derechos
a
la
igualdad,
a
la
intimidad
y
al
libre
desarrollo
de
la
personalidad.
Casi
un
mes
después,
el
juez
de
primera
instancia
falló
en
contra.
No
se
sorprendieron,
ya
había
pasado
antes.
El
siguiente
paso
era
que
la
revisaran
en
segunda
instancia
y
tal
vez
ahí
tendrían
en
cuenta
todos
los
soportes
jurídicos
que
acompañaban
la
tutela.
Pasaron
dos
meses
hasta
que
al
fin,
en
octubre
de
2001,
le
notificaron
el
fallo
a
la
amiga
de
Marta.
Salió
gritando
y
me
dijo:
“¡Marta,
Marta,
me
la
aprobaron!”.
Entonces,
pues
muy
contenta,
¿no?
Y
una
alegría
muy
grande
por
ella.
Entonces
ya
se
visitaban,
ya
tenían
su
visita
ya
y
todo.
Fue
un
triunfo
muy
grande,
un
avance
muy
grande.
Porque
el
fallo
de
segunda
instancia
no
solo
obligaba
al
director
de
esa
cárcel
a
permitirle
la
visita
íntima
a
la
amiga
de
Marta,
sino
que
ahora
otras
personas
que
pasaran
por
la
misma
situación
en
cualquier
parte
del
país,
podían
usar
este
caso
como
un
respaldo
para
que
les
dieran
el
permiso.
Claro,
era
muy
posible
que
la
prohibición
se
repitiera,
pero
con
este
precedente
era
más
difícil
que
un
juez
de
la
república,
el
INPEC
o
alguien
más
se
negara
a
conceder
el
derecho
a
la
visita
íntima
por
el
simple
hecho
de
la
orientación
sexual
de
la
persona.
En
2002,
Marta
empezó
a
acercarse
al
final
de
su
tiempo
en
prisión
gracias
a
una
decisión
estatal
de
reducción
de
penas,
a
su
buena
conducta,
a
sus
clases
de
inglés,
los
cursos
que
tomó
y
sus
prácticas
deportivas.
Ya
habían
pasado
ocho
años
desde
que
había
entrado
a
la
cárcel
y
ahora
tenía
permiso
para
salir
cada
mes
durante
72
horas.
Hacía
poco
la
habían
separado
de
una
pareja
que
tenía
y
las
habían
enviado
a
cárceles
diferentes.
Como
ya
existía
el
precedente
del
caso
de
su
amiga,
Marta,
en
uno
de
sus
permisos
de
72
horas,
decidió
viajar
hasta
la
cárcel
donde
estaba
su
novia,
a
casi
cinco
horas
de
ahí,
para
ir
el
día
de
las
visitas.
La
directora
no
me
dejó
entrar,
que
porque
yo
necesitaba
el
pasado
judicial.
Es
un
documento
que
detalla
los
antecedentes
judiciales
de
una
persona.
En
ese
momento
se
lo
pedían
a
quienes
fueran
a
visitar
a
algún
recluso
por
motivos
de
seguridad,
pero
en
el
caso
de
Marta…
“¿Cómo
voy
a
tener
yo
pasado
judicial,
no
ve
que
estoy
privada
de
la
libertad?”.
Que
no
me
dejaba
entrar,
que
mientras
ella
estuviera
ahí
yo
no
le…
yo
no
le
entraba.
Me
tocó
devolverme
con
mis
cositas,
estaba
lloviendo
y
me
devolví
con
todo.
Muerta
de
la
rabia,
de
la
ira,
porque
esta
señora
no
me
dejó
entrar.
Pero
Marta
sabía
que
ahora
ya
no
podían
negarle
su
derecho,
así
que
presentó
una
nueva
tutela
basándose
en
el
caso
de
su
amiga.
Y
esta
vez,
en
noviembre
de
2002,
en
primera
instancia
se
le
reconoció
el
derecho
a
tener
su
visita
íntima.
Un
mes
después,
Marta
volvió
a
la
cárcel
donde
tenían
a
su
novia.
Ese
día
la
directora
no
estaba,
pero
igual
los
guardias
la
dejaron
entrar,
tenían
que
hacerlo.
Entró
feliz.
Muy
contenta.
Más
que
todo
como
ese
orgullo,
como
que
ya
usted
me
humilló
la
última
vez
que
vine,
ni
siquiera
me
dejó
entrar
sabiendo
que
podía
haberme
dejado
entrar
a
visita,
y
ahora
le
estoy
entrando.
Mire
que
no
me
di
por
vencida
y
le
gané
a
ella,
al
sistema,
a
todo.
Fue
como
una
reivindicación.
Fue
como
que,
oh
que
por
fin,
por
fin
tanta
lucha,
tanto
traslado,
tantas
lágrimas,
tanto
de
tanto
de
tanto
de
todo
y
mire.
Diez
años
me
tocó
esperar,
pero
entré.
Y
para
hacer
más
contundente
esa
victoria,
en
enero
de
2003
el
derecho
de
Marta
fue
confirmado
en
segunda
instancia.
Y
cuatro
meses
después,
la
Corte
Constitucional,
que
esta
vez
revisó
la
tutela,
ratificó
ambos
fallos.
Marta
Álvarez
salió
en
libertad
a
finales
de
2003,
después
de
casi
diez
años
en
la
cárcel.
Al
poco
tiempo
regresó
a
Boston
a
empezar
una
nueva
vida.
Con
lo
de
la
Comisión
Interamericana
de
Derechos
Humanos
tuvieron
que
pasar
otros
diez
años,
hasta
que
finalmente
en
2014,
la
Comisión
dejó
claro
que
el
Estado
colombiano
violó
los
derechos
de
Marta
y
recomendó
mejorar
la
situación
de
las
personas
LGBTI
en
las
cárceles.
Acordaron
una
indemnización
económica
para
Marta
y
un
acto
público
en
el
que
el
Estado
le
pidiera
perdón.
Eso
fue
en
diciembre
de
2017,
en
la
cárcel
de
mujeres
de
Bogotá.
Ese
día,
Marta
Álvarez
volvió
a
pisar
una
cárcel
después
de
14
años,
pero
esta
vez
lo
hizo
como
una
persona
libre.
Fue
la
primera
vez
que
el
Estado
colombiano
le
pidió
perdón
públicamente
a
una
persona
LGBTI.
Marta
Álvarez
y
Marta
Tamayo
aún
le
hacen
seguimiento
a
lo
que
acordaron
con
el
Estado
porque
faltan
ciertas
cosas
por
cumplir.
Entre
esas
está
verificar
que
cada
cárcel
del
país
ajuste
sus
reglamentos
internos
para
que
garanticen
la
protección
de
los
derechos
de
las
personas
LGBTI.
Marta
Álvarez
regresó
a
Colombia
en
2019
y
vive
cerca
de
su
familia.
Viaja
constantemente
a
Estados
Unidos.
Su
caso
es
muy
conocido
en
las
cárceles
gracias
al
libro
Mi
historia
la
cuento
yo,
que
resultó
de
los
acuerdos
y
fue
repartido
en
las
bibliotecas
de
los
centros
penitenciarios
del
país.
Marta
Tamayo
se
retiró
de
su
trabajo
como
abogada,
aunque
sigue
siendo
activista
feminista.
El
caso
de
Marta
Álvarez
ha
sido
uno
de
los
más
largos
e
importantes
de
su
carrera.
David
Trujillo
es
productor
en
Radio
Ambulante.
Vive
en
Bogotá.
Este
episodio
fue
editado
por
Camila
Segura
y
por
mí.
La
música
y
el
diseño
de
sonido
son
de
Andrés
Azpiri.
Andrea
López
Cruzado
hizo
el
fact-checking.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Paola
Alean,
Lisette
Arévalo,
Jorge
Caraballo,
Aneris
Casassus,
Victoria
Estrada,
Xóchitl
Fabián,
Remy
Lozano,
Miranda
Mazariegos,
Patrick
Moseley,
Barbara
Sawhill,
Elsa
Liliana
Ulloa
y
Desirée
Yépez.
Fernanda
Guzmán
es
nuestra
pasante
editorial.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
es
un
podcast
de
Radio
Ambulante
Estudios,
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
Check out more Radio Ambulante

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► Antes de comenzar, una advertencia: en este episodio hay escenas fuertes que no son aptas para todo público. Se recomienda discreción. Bienvenidos a Radio Ambulante desde NPR, soy Daniel Alarcón. Empezamos hoy en una noche de 1994. La protagonista de esta historia, Marta Álvarez, regresó a su casa en un pueblo de Colombia. Santuario, se llama. Su hermano, con el que vivía, la vio acercarse desde la ventana. Mi hermano cuando me vio empezó a darle golpes a la ventana y a decir: «Estoy gallo, hijueputa», así era que él decía. Gallo: bravo, furioso. Marta tenía 34 años y vivía en la misma casa con su hermano, dos sobrinos hijos de una hermana que vivía en una ciudad cerca de ahí y la empleada doméstica. Desde hacía cuatro meses había vuelto de Estados Unidos después de vivir varios años allá. Había regresado por una razón específica: su hermano era adicto a las drogas y al alcohol y se negaba a aceptar ayuda. Su hermana, la mamá de los sobrinos, ya no podía lidiar con él y necesitaba que Marta la ayudara. Según Marta, también era muy probable que su hermano tuviera alguna enfermedad mental que nunca se le supo tratar. Vivían en un segundo piso, arriba de un bar en donde en ese momento había dos policías tomando cerveza. Marta se les acercó. Yo antes de subir le dije a los dos policías: “Agentes, ¿ustedes se pueden llevar a mi hermano? Que es que está drogado, borracho y está muy agresivo”. Me dijeron: «No, no podemos entrar. No tenemos autorización». Y yo: «Yo les estoy dando autorización de que entren a mi casa”. «No, no, cuando esté peor viene y nos dice». Y yo: «No, es que ya está peor. Yo lo conozco, señores, ya está peor». No quisieron subir. Y es que hay que aclarar algo: desde que Marta regresó a Santuario, vivía con susto de su hermano porque desde el primer momento él empezó a ser especialmente agresivo con ella. En las noches, cuando llegaba a la casa drogado y borracho, entraba violentamente a la habitación de Marta y la empezaba a insultar y muchas veces llegó a pegarle. Marta es lesbiana y su familia lo supo desde que era adolescente, pero su hermano le decía todo el tiempo que necesitaba un hombre que la corrigiera. Era tal el nivel de violencia, que a veces ella sentía que la podía matar. Esa noche Marta lo vio más bravo de lo normal y estaba muerta del miedo pero no había de otra: entró a su casa. No había nadie más en ese momento, y su hermano empezó con la misma agresividad de siempre. De un momento a otro, se le acercó, se bajó la cremallera del pantalón. Estaba muy mal. Saca el pene y me dice: “Vea, chupe, chupe”. Él estaba perdido ya. Ese acto tan violento le recordó el gran trauma de su niñez y adolescencia: la agresión constante que recibía en las calles del pueblo. Todo el tiempo hombres que sabían que era lesbiana la acosaban: le hacían comentarios obsenos, la insultaban. En el pueblo me decían: “¡Arepera!”, “Arepera, arepera, arepera”. Un insulto, ¿sí? Inclusive me decían que me iban a violar que para enseñarme a que me gustaran los hombres. Era un acoso, un acoso psicológico, verbal… era violencia, y yo estaba muy chiquita. Por eso, lo que le estaba haciendo el hermano en ese momento… Como que activó unos dolores que yo tenía allá guardaditos. Y estábamos muy cerquita, muy cerquita cuando él… él hace eso. Uy, no, a mí me dio una cosa tan extraña. Yo sentí como que se me salió todo de por dentro, como que se me salió el alma, como que… yo no puedo explicar. Hacía un tiempo Marta había conseguido una pistola para protegerse. Era ilegal, claro, y ella lo sabía. Pero para ese momento ya una persona cercana le había dicho que su hermano iba a contratar a un sicario para matarla. Luego se comprobaría que otra persona supo del mismo plan. Marta sentía que podía hacerle daño en cualquier momento y quería poder defenderse. En ese instante, agarró el arma. A mí me dio una cosa extraña. Yo no… sí, yo no era yo. Yo no era yo. Y le pegué un tiro y se murió. Yo estaba en un estado… yo no lo puedo describir. Yo salí a la calle, vi un montón de gente y vi dos policías que venían, entonces yo les dije a ellos dos: “Vea, yo maté a mi hermano. Yo fui la que lo mató. Llévenme para allá y métanme allá”. Les entregó el arma y les pidió que la llevaran a la estación de policía. Ni siquiera me cogieron ni nada. Entonces fui caminando con ellos y… y yo misma me metí a la celda. Yo sabía. Era culpable del asesinato de su hermano y estaba dispuesta a pagar la pena que fuera. Desde ese momento Marta no volvería a ser libre por mucho tiempo, pero en esa nueva situación se enfrentaría a una serie de abusos y violencia que nada tenían que ver con pagar por el crimen que había cometido. Nuestro productor David Trujillo nos sigue contando. La hermana, los sobrinos y otros familiares de Marta no la visitaron en ese momento. Aunque entendían lo que había pasado y sabían de todos los maltratos que ella había recibido por parte del hermano, estaban concentrados en los temas del funeral, la ceremonia religiosa, el cementerio. Tres días después de estar en esa celda de la estación de policía de Santuario, un primo le llevó algo de ropa y otras cosas que necesitaba. Ya sabían lo que venía después. Esa tarde la subieron en una camioneta para llevarla a una cárcel de mujeres a más de una hora de ahí. Esposada, así pegada de una cosa de metal de la camioneta. Como un tubo. A mitad de camino, empezó a llover muy fuerte y el policía que iba con ella en la parte destapada prefirió pasarse para adelante para no mojarse. Me dejaron sola atrás. Y yo me quité las esposas, que yo tengo las manos muy delgaditas, y me quité las esposas y me senté allá. Para sentirse más cómoda. Cuando llegaron a la cárcel, más o menos a las cuatro de la tarde… Esos policías allá: “Oh”. No, yo estaba sin esposas ya. No me fui porque no quise. O sea, yo no me fui porque yo era consciente de que yo tenía que responder por lo que había hecho. Le hicieron quitarse toda la ropa para requisarla, le tomaron las fotos, le tomaron las huellas, la reseñaron. Todo lo que suelen hacer para ingresar una nueva persona a la cárcel. El lugar no era tan grande. Como un colegio. Entonces arriba tenía los dormitorios y abajo eran los patios, el comedor, las áreas comunes. Lo primero que hicieron fue llevarla al comedor para que comiera con las otras internas. Y ahí mismo empiezan todas, unas más que otras, a preguntar: “Oiga, ¿usted es nueva? Venga ¿Usted por qué está aquí? ¿Cómo se llama?». Y empiezan a preguntarle a uno de todo, entonces uno pues todo inocente pues va diciendo todo. Se acuerda de una mujer en particular. Nunca se me olvida, le decían La Pájaro. Entonces La Pájaro se para en el… la mitad de ahí del comedor a decir: «Bueno, ella es Marta. Viene de Santuario y aquí va a estar con nosotros un tiempito». La idea que tenía Marta de la cárcel era lo que había visto en televisión o en películas, y estaba relacionado más con las cárceles de hombres: gente hostil, agresiva, violenta y peleas constantes. Y sí, seguramente eso pasaba también en este lugar, pero ese recibimiento fue mucho mejor de lo que esperaba. Cuando terminaron de comer, alrededor de las seis de la tarde, la llevaron a su celda. Era de unos dos metros cuadrados y tenía una cama, un colchón y una especie de repisa para poner la ropa. Había una ventana en la parte más alta, casi llegando al techo. Era difícil alcanzarla para poder ver hacia afuera, pero por ahí al menos entraba aire y algo de sol. Cuando yo… a mí me metieron en esa celda, escuché cuando la guardiana le puso el candado ya dizque para dormir, yo sentí un alivio. Yo sentí que ahí sí estaba segura. Ya sentí ahí que ahí ya nadie me iba a matar. Del caso de Marta se encargó la Fiscalía de Santuario, que ahora se dedicaría a investigar y a acusarla ante un juzgado. Ahí empezó su proceso penal. Yo pensaba no… la justicia, con el abogado, las pruebas, la familia mía me va a ayudar. Y siempre me ayudaron: las… las declaraciones y todo. Yo, las amistades… O sea, que no es que yo ande matando gente. Que yo no maté a nadie por robarle, que no me pagaron, no fui un sicario que fui a matarlo, que… ¿me entiendes? Sino que se podía entender como legítima defensa. No es que esperara salir de inmediato. Al fin y al cabo era un homicidio y ella misma había disparado el arma. Además, según el Código Penal colombiano, más grave aún por el hecho de ser su hermano. Pero podrían tener en cuenta la violencia de la que era víctima y que la llevó a cometer ese delito. Su hermana y sus sobrinos eran testigos de eso. También estaba el hecho de que se hubiera entregado desde el principio y tal vez eso ayudaría a reducir una posible condena. Pero mientras eso se resolvía, Marta debía permanecer en la cárcel. Desde el principio la relación con las otras internas fue cordial. Allá había gente por todos los delitos. Había gente por secuestro, había gente por homicidio, había gente por Ley 30, eso había de todo. Por Ley 30, o sea, por temas de drogas. Algunas eran agresivas, así que Marta prefería no involucrarse con ellas para evitar problemas. Pero en general se la llevaba bien con sus compañeras. Su hermana la visitaba cada tanto y le llevaba comida o libros, y eso le ayudaba a hacer un poco más llevadera su estadía en la cárcel. La rutina era la misma todos los días: se levantaban entre cinco y seis de la mañana, se duchaban, desayunaban en el comedor, y luego les daban tiempo para hacer talleres u otras actividades. Marta desde el principio decidió dar clases de inglés para también poder reducir el tiempo de una posible condena. Alrededor de las once de la mañana almorzaban, luego, más o menos a la una de la tarde, retomaban sus actividades. Después cenaban a las cuatro, Marta jugaba microfútbol con sus compañeras y a las seis las encerraban de nuevo en sus celdas. Además de eso, todos los días las hacían formar en el patio para contarlas. Cuando eso éramos apenas como 60. Entonces cabíamos 10, 20, 30 así, filita. Y todas las mañanas, pues, nos hacían formar tarará, todas las noches tararará, al mediodía tatatatá. Nos contaban tres veces al día. Y en esas formaciones siempre estaba el director de la cárcel. Se paraba allá al frente. Era un viejo bajito, ya como yo diría por ahí sesenta y algo de años, gordito, de unos ojos como claros, con un bigotico como hitleriano así. Y se paraba allá, con las manos en las… detrás de la espalda, y se paseaba de un lado para el otro. «Malnacidas», que nos gritaba: «Delincuentes, ustedes no están en un hotel. Ustedes están en la cárcel. Aquí nadie las va a mimar, desgraciadas». El director, como los guardias, administrativos y directivos de la mayoría de las cárceles, hacía parte del INPEC, el organismo público que se encarga de los centros penitenciarios en Colombia. Entonces la primera vez, pues, que yo formé que es… oye a mí me dio risa. A mí me dio risa ver a ese señor. Y yo ahí, me dijo: «¿Y usted de qué se ríe?». Yo le dije: «Ay, de usted tan chistoso». Ese fue el primer día que ya me lo eché de enemigo. El director le pidió a uno de los guardias que le diera el nombre completo de Marta. Eso a ella no le pareció mayor cosa, no creía que fuera una falta grave. Pero a los pocos días, las otras internas le empezaron a contar de los abusos que cometían las autoridades dentro de la cárcel. Una de esas historias era sobre otra interna que Marta no conocía: Y entonces me dijeron: «Ay, mire, cómo le parece que hay una… Monza”, a mí no se me olvida, “cómo le parece que Monza está en el calabozo desde hace como seis meses». Marta nunca había visto a Monza y apenas en ese momento escuchaba de ella. Y yo: «¿Seis meses? ¿Y por qué, qué hizo?». Dicen: «No, fue que la pillaron dándole un beso a otra muchacha». Marta no lo podía creer. Le contaron que no era la primera vez que hacían este tipo de castigos. Castigos claramente homofóbicos. Se indignó tanto que para el siguiente domingo de visitas le pidió a su hermana que le llevara la Constitución Política y el Código Penitenciario y Carcelario. Quería entender si la ley permitía tener a una persona encerrada en un calabozo por seis meses. Pero leyendo se dio cuenta de que una persona privada de la libertad solo podía estar máximo dos meses en el calabozo, y eso por faltas graves o delitos como intento de fuga, porte de armas o robo dentro de la cárcel. Yo le preguntaba a las muchachas: «¿Y ustedes aquí por qué no hacen algo?». «No, es que nos meten en el calabozo. Nos quitan las visitas”. Y había un castigo mucho peor al que todas le temían: el traslado a otra cárcel, en otra ciudad. “Mire que nosotros tenemos la familia aquí y ya mi familia si me trasladan no pueden ir a visitarme a otra parte, que no sé qué, que esto”. Las mujeres que tenían hijos: «No, es que cuándo vuelvo a ver mi niño, mi niña. No, es que nosotras más bien nos quedamos calladas». Poco después, Marta empezó a sentir esa persecución. En ese momento tenía una novia de Santuario que la visitaba de vez en cuando, pero iba como amiga, no como visita conyugal. Ese derecho que, por ley, sí tenían las parejas heterosexuales. Ya ese término no se usa y ahora se llama “visita íntima”, pero para ese entonces, 1994, la ley hablaba de visita conyugal porque era entre personas que estaban casadas legalmente. Las personas heterosexuales podían recibir a sus parejas en las celdas o en espacios privados. A las parejas del mismo sexo, en cambio, no se les reconocía legalmente su unión, así que no podían recibir una visita conyugal y mucho menos una que incluyera privacidad. Simplemente debían reunirse a la vista de todo el mundo y disimular cualquier muestra de afecto. Era difícil. Fue muy duro. Nos dábamos besitos al escondido, pero eso era… eso era pues, era muy difícil, porque además todo el mundo mirando. Y si nos hubieran visto probablemente para el calabozo. Y sí, al poco tiempo la mandaron al calabozo, pero no precisamente por un beso a su novia. Aunque Marta intentaba no meterse en problemas con nadie, y menos con la autoridad, un día la llamaron a la dirección porque supuestamente había intentado pegarle con una escoba a una guardiana. ¡Mentiras! Pero no, a mí no me creyeron y allá me metieron, al calabozo. Para Marta era fácil pensar que estos castigos eran por su orientación sexual y que seguramente la habían visto besándose con su novia. Además, ella sabía que la guardiana que la incriminó era especialmente dura con las lesbianas y todo el tiempo les hacía comentarios agresivos. Horrible esa señora, horrible, horrible, horrible. De lo más homo… homofóbico que he visto en mi vida. Allá me hizo meter. Era una celda pequeña con paredes de cemento. Tenía un camarote del mismo material y un baño con un hueco en el techo seguramente para que ventilara el espacio, pero por donde también entraba la lluvia y el sol. El inodoro no funcionaba, así que los desechos se quedaban ahí estancados y Marta tenía que recoger agua de la ducha para hacerlos ir por la tubería. La puerta era gruesa de metal y le pasaban la comida por una ventanita. No había electricidad y solo podía tener algo para escribir. Y uno allá, pues ¿qué hacía uno? Escribir de día y de noche, pues nada. No era tanto que uno estuviera ahí, sino saber que uno está ahí sin haber hecho nada. Es la injusticia lo que le da rabia a uno. En el calabozo tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre su pasado. Sobre todo recordó lo que había vivido en su pueblo cuando era adolescente: la discriminación y la violencia. Fue duro, a tal punto que hasta hubo amenazas de muerte en Santuario, solo por ser lesbiana. Tan grave fue la cosa que cuando Marta tenía 19 años su papá le pidió que se fuera a Boston, en Estados Unidos. El papá tenía varias farmacias y ya había enviado a esa ciudad a su hijo mayor, que era gay y que sufría el mismo acoso. Así que para el papá, la idea era que Marta se fuera a vivir con su hermano, estudiara allá, terminara su bachillerato en un colegio en el que no la discriminaran, para que luego pudiera entrar a una universidad y hacer una carrera. Pero no es que a Marta le gustara mucho la idea. No quería irse a Boston, y a pesar de las amenazas, dice que nunca sintió miedo en Santuario. Que nunca lo había sentido. Era rabia, mucha rabia con… con toda la gente heterosexual, con… con la iglesia, con todo el sistema. Y… y yo me fui, no porque yo tuviera miedo, me fui por papá. Porque su papá se lo pidió. Pero finalmente, para Marta fue la mejor decisión. En Boston fue libre y feliz, y después de unos años se convirtió en ciudadana estadounidense. Estudió sistemas en la universidad, luego estudió farmacéutica y empezó a trabajar. Su vida cambió y justamente allá supo que era posible vivir en paz sin importar la orientación sexual. Y yo me acostumbré a vivir ese tipo de vida. Por eso cuando yo me encuentro con toda esta discriminación, con toda esta homofobia y yo ¿pero esto qué es? Si yo venía de otro mundo, ¿me entiendes? Y para mí no era… era inconcebible estar viviendo este tipo de maltrato y yo no entendía por qué, o sea, no, no… era que no, no, no podía. Diez días más tarde y después de perder cinco kilos de peso, Marta salió del calabozo decidida a hacer algo para cambiar esa situación. Empezó a investigar un poco y contactó a la Defensoría del Pueblo, la entidad que se encarga de proteger y promover los derechos humanos en Colombia. Esa misma entidad había revisado el caso de Monza, la interna que llevaba seis meses en el calabozo, y gracias a esa gestión había podido salir. Marta les escribió una carta formal contando estos abusos, pero además pidiendo ayuda para que le reconocieran su derecho a una visita íntima con su pareja. La persona que leyó esa carta fue ella, que también se llama Marta. Yo soy Marta Tamayo. Tengo 64 años. Ya estoy jubilada. Estudié derecho. Fui abogada, militante feminista, también, de hace muchos años. Para ese momento, era la defensora del pueblo regional, y desde hacía algunos años había empezado a trabajar, desde otra entidad del Estado, por los derechos humanos de las personas privadas de la libertad. Era la primera vez, además, en el país, que se hacía una línea de trabajo de prevención de violaciones de derechos humanos en cárceles. Y allí es donde yo veo qué es lo que pasa en las cárceles y la diferencia entre hombres y mujeres. Desde 1990 empezó a visitar la mayoría de centros de reclusión del país. Ahí se dio cuenta, por ejemplo, de que mientras a los hombres los enviaban al calabozo por faltas graves o delitos, a las mujeres, como ya contamos, las enviaban por darse un beso con otra mujer. Para mí eso fue “Guau, ¿qué es lo que está pasando aquí?”. No solamente era eso, sino que en las cárceles de hombres, la visita, toda — hijos, papá, mamá, amigos — se podía recibir en las celdas, en los pasillos. En las cárceles de mujeres solamente se podía recibir la visita en el patio. Y en ese momento ni siquiera la visita conyugal de mujeres heterosexuales estaba reglamentada. Y lo que se decía en las cárceles es que los hombres sí necesitaban la visita íntima heterosexual y llevaban prostitutas. Y lo que se decía es que los hombres lo necesitaban porque si no se mariqueaban, así, literal. Una explicación posible de esa desigualdad de género, según ella, es que cuando se crearon varias cárceles de mujeres en Colombia, a finales de los años cincuenta, no eran cárceles como tal, sino reformatorios manejados por monjas católicas. Y que por eso, esas normas religiosas y morales prevalecieron incluso cuando esos lugares pasaron a manos del Estado. Entonces un control muy estricto sobre el cuerpo de las mujeres. Las mujeres no podían hablar duro, no podían decir malas palabras, a las mujeres les revisaban las cartas que mandaban para afuera, para que no dijeran malas palabras. Y eso seguía pasando en ese momento, entre finales de los ochenta y principios de los noventa. La abogada intentó buscar soluciones con los mecanismos legales que había, pero no se podía hacer mucho. Solo con la nueva Constitución Política de 1991 y los cambios que produjo en cuanto a derechos humanos, tuvo más herramientas para exigirle al Estado que protegiera a las personas privadas de la libertad. Pero para lograr algo, primero necesitaba encontrar a una persona que representara el problema. Una mujer que dé la cara, digamos de sus prácticas lésbicas y que, pues, se pueda dar la pelea. O sea, para demostrarle al Estado que sí maltrataban a las personas por su orientación sexual y exigirle que respetara sus derechos fundamentales. Pero en ese momento no encontró a nadie. Luego, en 1993, pasó a ser defensora del pueblo regional y, un año después, recibió la carta de Marta Álvarez donde le contaba de la homofobia en esa cárcel y de su decisión de pelear por el derecho a la visita íntima. Yo dije, se me apareció la virgen, realmente porque, pues eso era lo que estaba buscando también hace rato. Decidió ponerse en contacto con Marta Álvarez. Entonces ya Marta Tamayo llegó, me entrevistó y hablamos. Muy amable, eh, como muy dispuesta a hacer algo, a ayudar. La vi muy honesta, ah, como que las intenciones eran serias y que estaba de verdad muy, muy, muy interesada, ¿en qué? En hacer algo. Entonces inclusive me dijo: «Martica, ¿usted está segura que usted quiere dar la cara? Porque van a venir cosas, represalias y todo contra usted». Porque pues eso no se había visto aquí en el país, que a una mujer le dieran permiso de una visita íntima. A una mujer lesbiana. Y a pesar de que la abogada estaba entusiasmada con la idea de ayudarla en su caso… Yo creo que yo estaba asustada dando esa pelea, porque había mucho conservadurismo. Porque… porque en la misma Defensoría del Pueblo incluso no había una posición uni… unificada. Una única posición que respetara los derechos de las personas LGBTI. Así que lo que ella hiciera podía ir en contra de la institución a la que representaba. Pero eso no disuadió a Marta Álvarez, que estaba cansada de tanto abuso e injusticia. Y yo le dije: «Sí, hagámosle. No hay más. No hay más quién lo haga, lo hago yo. Hágale. Me arriesgo a lo que sea”. A través de este caso, la defensora del pueblo podría exigirle al Estado la protección, no solo para los derechos fundamentales de una persona en particular, sino los de muchas personas privadas de la libertad en Colombia. Y sin duda sería una lucha también por los derechos de la población LGBTI en general. Para ellas valía la pena, pero las consecuencias, como lo esperaban, serían muy duras. Una pausa y volvemos. Este podcast y el siguiente mensaje son patrocinados por la Fundación Marguerite Casey, construyendo una mayor libertad para que los agentes de cambio puedan construir una economía verdaderamente representativa. La Fundación Marguerite Casey tiene la convicción de que los trabajadores y sus familias deben poder moldear nuestras instituciones, nuestra democracia y nuestra economía. Conoce más sobre la Fundación en www.caseygrants.org, y conéctate con la Fundación en Facebook y Twitter en @caseygrants. Cambiando el poder, empoderando la libertad. El mundo es un lugar complejo, pero conocer el pasado nos puede ayudar a entenderlo mucho mejor. Throughline es el nuevo podcast de Historia de NPR. Cada semana se adentran en las historias y momentos olvidados que han dado forma a nuestro mundo. Throughline. La Historia como nunca la has escuchado. 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Antes de la pausa, Marta Álvarez y Marta Tamayo habían decidido unirse para pelear contra el maltrato y la discriminación homofóbica en las cárceles. Y para exigir que a las personas homosexuales se les concediera el mismo derecho que tienen los heterosexuales: la visita íntima. David Trujillo nos sigue contando. Desde el momento en que las dos Martas se pusieron en contacto, empezaron las represalias. Para Marta Álvarez la razón era evidente. Ya sabían lo que yo… que yo me había quejado ante la Defensoría. Eso estaba todo alborotado, todo alborotado. Entonces ya son diez domingos sin visitas, ¿sabe lo que son diez domingos sin visitas? Dos meses y medio, y uno sin una visita. Entonces yo me la pasaba era en el calabozo o sin visitas. Pero decidieron seguir. Así que lo primero que tendría que hacer Marta era pedir la visita de su pareja de manera formal. Todavía no la habían condenado, así que tenía que hacerle la solicitud a la fiscal que llevaba su caso en Santuario. Lo mismo que tenían que hacer las personas heterosexuales. Entonces sí, se le pidió a la Fiscalía, era la Fiscalía 33 de Santuario, y la fiscal dijo que sí. Tan, me la concedió. La Fiscalía se tardó cinco días en dar esa autorización. Le envió una carta formal al director de la cárcel para que él se encargara de los temas administrativos, permitiera el ingreso de la novia de Marta y les adecuara un espacio para su visita. Pero esa carta supuestamente nunca llegó a manos del director, así que la Fiscalía volvió a enviarla 20 días más tarde. Pero aun así, el director siguió sin responder. En septiembre, dos meses después de la primera carta de la Fiscalía, la Defensoría envió toda la documentación de la solicitud que había hecho Marta, pero tampoco pasó nada. En enero de 1995, y al ver que el director no les daba ninguna respuesta, la abogada… Yo puse una tutela como defensora para que le respondieran y para que le respetaran el derecho a la visita íntima. Y bueno, para los que no son colombianos, aquí hay que explicar qué es una tutela. Una tutela es un mecanismo judicial creado en la Constitución de 1991 y que tiene que resolver un juez de la república. Es un recurso muy sencillo y rápido que le permite a las personas defender sus derechos fundamentales cuando son vulnerados. La abogada pedía que, primero, el director de la cárcel respondiera la solicitud. Y segundo, que a Marta Álvarez le garantizaran la visita de su pareja en las mismas condiciones que las personas heterosexuales. El INPEC, que es la institución que se encarga de las cárceles en Colombia, tenía que respetarle su derecho a la igualdad y al libre desarrollo de la personalidad. Al cabo de unos días, el juez resolvió la tutela. Por un lado, falló a favor de que el director de la cárcel respondiera la solicitud de concederle la visita íntima a Marta. Esa respuesta formal debía hacerla por escrito en los próximos 15 días como lo exige la ley, y efectivamente lo cumplió. Pero la respuesta fue que no iba a aceptar esa visita por considerarla, y aquí cito textualmente ese documento, como: “anómala”, “bochornosa”, “denigrante” y “obscena”. Pero la abogada también había pedido en la tutela que se le garantizara a Marta su visita por encima de cualquier permiso del director. Pero con respecto a esta petición, el juez falló en contra por tres razones: el primer argumento que dio es que era por seguridad, que porque de pronto podía entrar alguien y cambiarse por la otra persona y volarse. Después que eso es un acto inmoral. Y el tercer argumento fue que la visita conyugal tenía un propósito de reproducción y que en este caso no. Un mes después, el INPEC decidió trasladar a Marta a otra cárcel como a una hora y media de ahí, después de haber estado casi un año intentando acoplarse. Me trasladaron en un furgón, esposada y esas curvas ta, ta, ta. Y esos furgones viejos que se les metía… que ese olor a quemado… de gas… la gasolina quemada se mete al furgón y usted no tiene espacios. No hay… no hay ventilación. Me enfermé horrible, me enfermé horrible: vómito, diarrea, de todo. Eh, llegamos allá. Uy, no, qué depre… qué deprimente fue eso. Feo, feo, feo. Marta pasó de una cárcel en la que al menos había espacio para hacer algo de ejercicio a una mucho más pequeña que tenía las instalaciones muy descuidadas. Había una habitación y ahí dormíamos dos. Había un patio chiquitico, tenía unas… unas paredes altísimas y como con reja. Y entonces apenas me trasladaron, yo llamé a Marta Tamayo. Y yo fui al otro día a esa cárcel a visitar en qué condiciones estaba. Y yo vi a Marta, pues, como la vi además demacrada, triste, derrotada. Fue muy duro, fue muy duro. Esa sí todavía la tengo. Ay, me da… me da cosa acá. Muy duro para ella. El traslado había enfermado a Marta y eso, sumado a la frustración por haber perdido la tutela y al espacio tan reducido en esa cárcel, la estaba afectando psicológicamente. La abogada empezó a adelantar el proceso para que la sacaran de ese lugar y la llevaran a la cárcel de Santuario, cerca de su familia. Pero esa cárcel de Santuario no era de mujeres y tampoco había un área para ellas. Así que en tres meses y, gracias a la gestión de la Defensoría del Pueblo, la devolvieron a la primera cárcel donde estuvo. Era la mejor de las opciones en ese momento. Marta ya conocía el lugar, a las compañeras y se había empezado a adaptar. Pero claramente los funcionarios de esa cárcel no la querían ahí. Cuando llegó… Todos los guardianes se quedaron como: «Oh, no, no. Volvió. No». Yo era la piedrita en el zapato pa’ toda esta gente. La noticia de la tutela de Marta apareció en medios locales y la gente en la ciudad estaba empezando a hablar del tema. Esa tutela pasó a segunda instancia, y el tema estaba causando tanto escándalo que hasta el obispo de la ciudad contactó a la abogada. Cuando yo estaba pendiente de la salida de la segunda instancia, él… él me llamó por teléfono, que quería hablar conmigo sobre la situación. Y yo le dije que por supuesto yo lo recibía en mi oficina. Cuando se vieron, el obispo le pidió que no siguiera con ese proceso por el bien de la moral de la sociedad. Y yo le dije, pues, que yo entendía su postura, pero pues que esto era un asunto estatal, era un asunto civil donde la iglesia, pues no tenía opinión allí. Entonces, pues no, yo no podía hacer nada. Así que todo seguiría como estaba y ahí quedó la discusión. Pero seguramente eso mismo que motivó al obispo a contactarla y que estaba causando rechazo en una sociedad tan conservadora, fue lo que hizo que el juez en segunda instancia ratificara el fallo. La Corte Constitucional podía revisar la tutela, pero al final no lo hizo. O sea, no es que haya confirmado o revocado las decisiones de las otras dos instancias, sino que optó por no revisar la tutela y dejar el asunto ahí. Con eso se terminaron las herramientas legales en Colombia. Por otro lado, el proceso penal de Marta Álvarez por el homicidio de su hermano se reactivó un año después de entrar a la cárcel. Empezaron a llevarla a varias audiencias en Santuario. Marta no negó que hubiera matado a su hermano, pero la defensa insistió en que ella había cometido el delito con ira e intenso dolor, por toda la violencia de la que fue víctima. Pero además lo había hecho en legítima defensa, porque sabía que su vida corría peligro y había testimonios que lo confirmaban. Todos esos factores, según el abogado, debía tenerlos en cuenta el juez para tomar una decisión. Pero la Fiscalía decía que era un homicidio agravado porque, como lo dice la ley, fue contra su hermano, y que no se podía pensar en legítima defensa porque esa defensa no fue proporcional al ataque. En otras palabras, que el hermano no la había amenazado con un arma de fuego. Marta igual sabía que la iban a condenar a pasar un tiempo en prisión por lo que hizo. Eso no era una sorpresa para ella. Pero un sábado de 1995, un año después de entrar a la cárcel… Me llaman a la dirección, allá está la psicóloga y la directora: «Siéntese, Marta». Marta sabía que en cualquier momento le iban a notificar su condena, e incluso, por lo que había leído en el Código Penal y lo que había hablado con el abogado que la representó en ese proceso, había alcanzado a hacer un cálculo de unos 18 años más o menos. Cuando… las dos mirándose, y yo: “¿Pero qué? Díganme qué pasó”. Y no me decían nada, mirándose. Y yo dije: “No, esto está mal. Esto está feo”. Y yo les dije: “¿A cuánto me condenaron?”. Entonces cuando la directora dice: “33 años, cuatro meses”. Ahí fue cuando yo sentí como que se me salió otra vez el alma. Porque yo lo… como que sentí fue: me morí aquí, ya. De aquí no voy a salir nunca. Ya, me morí. Salió de la dirección sin decir nada más. Yo lo que siento es como rabia más que cualquier otra cosa, porque me pareció injusto. Le habían rebajado la condena inicial que era de 40 años por haberse entregado voluntariamente, pero nada más. Yo dije: «Bueno, 17, 15… de 15 a 20 que me metan, listo. Yo los pago. Yo.. .me parece… sí, está bien. Hay que responder por las cosas”, pero yo no pensaba que iba a ser el doble. Como en ese momento tenía 35 años, iba a salir con 68. Toda una vida en la cárcel. Lo primero que hizo fue llamar a su novia. Le dijo que no volviera. Yo le dije: “No, no es justo. No es justo, pero es que yo ya me voy a morir en la cárcel y usted está muy joven. Haga su vida afuera. Eventualmente eso va a pasar de todas maneras. Entonces, yo la hago adentro. Hágala usted afuera”. Y ya. Ahí terminaron su relación. En marzo de 1996 la trasladaron a la cárcel de Medellín porque ya tenía una condena alta y necesitaban trasladarla a una cárcel más grande y con más seguridad. Aunque Marta apeló su condena, un tribunal terminó ratificando los 33 años de cárcel, así que tuvo que resignarse a seguir con su vida encerrada. No tenía sentido pensar en su vida afuera, ni en un futuro. Es que no había futuro. Uno cuando está en la cárcel no tiene futuro. ¿Qué futuro?, dígame. ¿Qué va a hacer usted en la cárcel? Entonces, ¿proyectos? No, uno no tiene proyectos en la cárcel. Uno vive el día a día. Y en ese día a día Marta enseñaba inglés, hacía cursos y talleres que les ofrecían y jugaba fútbol cuando podía. Pero también se daba cuenta de los maltratos por parte de los que manejaban la cárcel. Esta discriminación en contra de las lesbianas. Lo mismo de siempre: lesbianas para el calabozo, insultarte cuando nadie te está viendo, como me lo hicieron conmigo, pegarte cuando nadie te está viendo. Política del terror, traslados, separación de parejas y de familias. Ya era suficiente con tener que pasar toda su vida en la cárcel, al menos deberían garantizarles a ella y a sus compañeras derechos fundamentales. Me volví activista en la cárcel por… porque vi, vi que había que hacer algo. Que no era justo lo que estaban haciendo con las internas. No era justo. Marta empezó a enseñarles a sus compañeras a presentar tutelas o quejas ante la Defensoría del Pueblo. Lo primero que hizo en la cárcel de Medellín fue conformar un comité de derechos humanos. Y por esa época, con Marta Tamayo, la abogada, decidió demandar su caso de la vulneración al derecho a la visita íntima ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Esta es la abogada. Yo estuve ahí para, digamos, también hacer la pelea, pero eso es Marta que dice: “Yo quiero pelear hasta el final este derecho”. La idea era que esa instancia internacional se pronunciara al respecto. Y lo que estaban esperando era que, además de concederle la visita a Marta y pedirle al Estado colombiano algún tipo de reparación por haberle violado su derecho, sentara un precedente en el continente para la protección de los derechos de las personas LGBTI privadas de la libertad. Para ese momento, 1996, esto no era una herramienta jurídica tan común entre los abogados colombianos, porque en general no conocían mucho sobre derecho internacional humanitario. Pero esta era una opción a la que estaban acudiendo algunas víctimas del Estado y defensores de derechos humanos en el país, al ver que sus denuncias no eran escuchadas. Y eso, otra vez, le trajo consecuencias negativas a Marta dentro de la cárcel. Empezaron a castigarla aun cuando en los informes de disciplina siempre salía bien calificada por parte de los psicólogos y las personas que manejaban el área de educación. Yo no peleaba con nadie. Yo le tenía miedo hasta a un puño. La guardia, mis respetos siempre. Por eso, para Marta, aunque no se las decían explícitamente, no era tan difícil adivinar las razones de los abusos hacia ella. Marta Tamayo, la abogada, lo tiene muy claro. Por un lado cree que el Estado, pero en particular los del INPEC, los de la cárcel, se habían molestado por la demanda a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, pero también… Porque Marta al interior de la cárcel peleaba también otros derechos. O sea, Marta no solamente peleó el derecho a la visita íntima, sino también otras cosas. De maltrato, de desigualdades allá, de muchas cosas que pasan en… en las cárceles. Y entre más maltrato y abuso más ganas le daban a Marta de pelear por sus derechos y los de sus compañeras. Yo era una buena interna. Que era rebelde, sí. Cuando veía injusticias. Incluso en el alguna ocasión el director de la cárcel le dijo de forma amenazante que no le diera más problemas. Marta le respondió: “Si usted no maltrata a mis compañeras o a mí, aquí no va a haber ningún problema. Pero si usted maltrata a las compañeras o me maltrata a mí, vamos a tener muchos problemas”. Nada de violencia. Se refería a quejas a la Defensoría del Pueblo o huelgas del comité de derechos humanos. Pero eso irritaba mucho a los funcionarios de la cárcel de Medellín y, como no podían hacer nada para controlarla, un año después de estar ahí decidieron trasladarla. Otra vez. De ahí me trasladaron para Bogotá con argumentos de que yo iba a formar un motín. Me inventaron un alias, que por… que yo era un peligro, pues, para la cárcel. En marzo de 1998, después de estar ocho meses en la cárcel de Bogotá, la historia se repitió. La única forma que encontró el INPEC para deshacerse de ella y el problema que representaba era trasladándola una y otra vez. Estuvo en Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga, Cúcuta… Y otras más. En total fueron 17 cárceles. Todas las veces, pues, corra. Marta me llamaba: “Me trasladaron pa’ cá, me trasladaron pa’ llá”. Si tenías… te conseguías una noviecita en una cárcel, te trasladaban a ti o a ella. Eso desestabiliza, duele. Porque uno allá está muy solo, hay muchos miedos. Entonces encontrar uno a una persona que le brinda apoyo, compañía, amor, cariño, lo que sea, y apenas se dan cuenta, entonces te la quitan. Yo creo que eso es lo más duro que ocurre en una cárcel de mujeres. El contacto con el exterior era poco. Marta recibía algunas visitas de amigos, pero la única visita constante era la de su hermana, que intentaba acompañarla donde estuviera, así tuviera que aguantarse los abusos de los funcionarios del INPEC. A mi hermana no la dejaban entrar, la humillaban en la puerta, la hacían devolver. Mi hermana también quedó como con un trauma. Solo hasta que fue prohibido en el 2005, a las mujeres las obligaban a entrar con falda a las visitas y las revisaban todas a la entrada y a la salida, con el argumento de que podían llevar droga o algún tipo de arma. Por eso, según Marta, estar en la cárcel… No solamente lo afecta a uno. Eso afecta a los que están con uno, a los más allegados. A la familia. Pero aun así su hermana hacía todo el esfuerzo por visitarla. Pero como no podía estar viajando tan lejos y todo el tiempo, en varias de esas cárceles Marta nunca recibió visitas. En uno de esos traslados a Cali, en 1998, Marta conoció a la que hoy en día sigue considerando el amor de su vida. Una mañana, mientras estaba en el patio de la cárcel… Yo recuerdo… yo me siento en un planchón y ella estaba sentada al frente. Y yo la miré, yo dije: “Qué mujer tan bonita”, pensé yo. Era más alta que yo. El cabello era… ella era como onduladito, pero era como rubio; tenía unos ojos miel, una dentadura muy bonita. No, era linda, era linda. Ella se estaba pintando las cejas con un delineador y mirándose en un espejo. Marta se le acercó y lo único que se le ocurrió decirle fue: «Uy, como le quedan de igualitas». Y me miró y sonrió. Y yo la seguía mirando porque yo me seguí sentando ahí, y yo todos los días la veía haciendo la misma cosa. Hasta que una vez le dije: «Vamos a jugar basketball». Y me dijo: “Vamos”. Se pusieron a lanzar la pelota a la cesta y en un momento Marta le dijo… «Usted me va a hacer pecar». Y ella me ignoraba, me ignoraba, me ignoraba siempre, pero sonreía. «Oiga, usted me va a hacer pecar». Me dijo: «Ay, pues pequemos». Desde ese momento empezaron su relación, a escondidas, claro. Era duro, era duro porque vivíamos en un… en un dormitorio y eran camarotes: una aquí y la otra allá, la una aquí y la otra allá. Y yo me le metía a la… al camarote de ella por la noche. Y calladitas, (susurrando). Eso era, eso era difícil, pero la aventura linda, linda por… por lo difícil, por… por todas las cosas que tienen que restringir. El secreto duró unos meses, hasta que el INPEC se dio cuenta de que tenían una relación y decidieron trasladarlas juntas, como intentando deshacerse del supuesto problema, pero sin agrandarlo. Así pasaron por cuatro cárceles y la relación continuó. Pero finalmente, después de más de un año de ser novias, las separaron definitivamente y las enviaron a ciudades distintas. Yo lloré mucho. Eso fue lo que más me dolió a mí. Era el amor de mi vida. No sé dónde está, si estará viva o estará muerta, no sé, perdimos todo contacto. Todavía quedaban años de cárcel y uno en la cárcel, pues ya se va como metiendo en otras cosas por soledad. Es decir, empezó otras relaciones. En 1999 la Comisión dijo que revisaría el caso, así que la abogada se empezó a reunir con instituciones del Estado para poder llegar a algún acuerdo. La idea era anticiparse al pronunciamiento de la Comisión sobre el derecho a la visita íntima de parejas del mismo sexo, porque tal vez incluso podría sansionar al Estado por la violación de ese derecho a Marta. En ese momento ella no tenía una pareja fuera de la cárcel que la visitara, pero el objetivo era quitar cualquier traba legal que se lo impidiera, no solo a ella, sino a todas las personas LGBTI privadas de la libertad. Esta es de nuevo su abogada. Hubo dos o tres reuniones, no más. Conversábamos, fijábamos algunos puntos de… de bueno, cómo mover esto, cómo regu… regular esto y el INPEC no volvió a aparecer. O sea, el INPEC incumplió todas las veces lo que… lo que acordamos en esas reuniones. Enviamos la solicitud formal al INPEC para hacer una entrevista al respecto, pero nos respondieron que por ahora no hablarían sobre este tema. Como sea, en ese momento no era una buena estrategia lo que hacía el INPEC porque, por un lado, el caso empezaba a ser conocido por organizaciones de derechos humanos, y por el otro, como Marta era ciudadana estadounidense, la embajada ya estaba poniéndole atención a lo que pasaba con ella y a exigir mejores condiciones. Además de todo, la voz se empezó a correr en las cárceles y cuando ella llegaba a alguna nueva ya sabían quién era. Yo llegaba y las internas sin conocerme: «Llegó Marta Álvarez, ¡yeah, yeah, yeah!», todas felices. “Uy, sí, ahora sí, ahora sí, ahora sí, para que no nos maltraten. Sí, qué rico. Ella sí pelea por nosotros». En cambio la guardia y las directivas eran como: “Ajá, usted aquí no vino a mandar». En 2001, Marta le contó a su abogada que una amiga suya de la cárcel quería pedir la visita íntima con su novia. La abogada les aconsejó que pusieran una tutela pidiendo el derecho: como este era un caso diferente, con nuevos hechos y protagonistas, tal vez los jueces ahora podían ser más flexibles. Entonces un domingo vino Marta, vino otra abogada. Nos sentamos ahí en la visita a hablar sobre la tutela y entonces me trajeron unos soportes legales para incluir en la tutela. Me dijeron: “No, hágala usted”. En todo ese tiempo en la cárcel Marta había estudiado la Constitución y los procesos legales, así que sabía muy bien cómo hacerla. Su amiga, la que quería poner la tutela, también la animó. “Sí, Marta, hágala usted. Usted es capaz”. Y yo: “Uy, no, cómo así”. “Sí, Martica”, me dijo Tamayo, “Sí, hágale, hágale. Hágale que usted es capaz”. La convencieron. Marta se sentó en el computador de la biblioteca de la cárcel y redactó la tutela basándose en el Código Penitenciario y Carcelario y en la Constitución Política. También utilizó los soportes jurídicos que le entregaron las abogadas, como respaldos de la Defensoría del Pueblo y otras sentencias muy importantes en favor de los derechos LGBTI que la Corte Constitucional había sacado y que no existían cuando Marta presentó la primera tutela. Al final, se enfocó en pedir la protección de los derechos a la igualdad, a la intimidad y al libre desarrollo de la personalidad. Casi un mes después, el juez de primera instancia falló en contra. No se sorprendieron, ya había pasado antes. El siguiente paso era que la revisaran en segunda instancia y tal vez ahí sí tendrían en cuenta todos los soportes jurídicos que acompañaban la tutela. Pasaron dos meses hasta que al fin, en octubre de 2001, le notificaron el fallo a la amiga de Marta. Salió gritando y me dijo: “¡Marta, Marta, me la aprobaron!”. Entonces, pues muy contenta, ¿no? Y una alegría muy grande por ella. Entonces ya se visitaban, ya tenían su visita ya y todo. Fue un triunfo muy grande, un avance muy grande. Porque el fallo de segunda instancia no solo obligaba al director de esa cárcel a permitirle la visita íntima a la amiga de Marta, sino que ahora otras personas que pasaran por la misma situación en cualquier parte del país, podían usar este caso como un respaldo para que les dieran el permiso. Claro, era muy posible que la prohibición se repitiera, pero con este precedente era más difícil que un juez de la república, el INPEC o alguien más se negara a conceder el derecho a la visita íntima por el simple hecho de la orientación sexual de la persona. En 2002, Marta empezó a acercarse al final de su tiempo en prisión gracias a una decisión estatal de reducción de penas, a su buena conducta, a sus clases de inglés, los cursos que tomó y sus prácticas deportivas. Ya habían pasado ocho años desde que había entrado a la cárcel y ahora tenía permiso para salir cada mes durante 72 horas. Hacía poco la habían separado de una pareja que tenía y las habían enviado a cárceles diferentes. Como ya existía el precedente del caso de su amiga, Marta, en uno de sus permisos de 72 horas, decidió viajar hasta la cárcel donde estaba su novia, a casi cinco horas de ahí, para ir el día de las visitas. La directora no me dejó entrar, que porque yo necesitaba el pasado judicial. Es un documento que detalla los antecedentes judiciales de una persona. En ese momento se lo pedían a quienes fueran a visitar a algún recluso por motivos de seguridad, pero en el caso de Marta… “¿Cómo voy a tener yo pasado judicial, no ve que estoy privada de la libertad?”. Que no me dejaba entrar, que mientras ella estuviera ahí yo no le… yo no le entraba. Me tocó devolverme con mis cositas, estaba lloviendo y me devolví con todo. Muerta de la rabia, de la ira, porque esta señora no me dejó entrar. Pero Marta sabía que ahora ya no podían negarle su derecho, así que presentó una nueva tutela basándose en el caso de su amiga. Y esta vez, en noviembre de 2002, en primera instancia se le reconoció el derecho a tener su visita íntima. Un mes después, Marta volvió a la cárcel donde tenían a su novia. Ese día la directora no estaba, pero igual los guardias la dejaron entrar, tenían que hacerlo. Entró feliz. Muy contenta. Más que todo como ese orgullo, como que ya usted me humilló la última vez que vine, ni siquiera me dejó entrar sabiendo que podía haberme dejado entrar a visita, y ahora le estoy entrando. Mire que no me di por vencida y le gané a ella, al sistema, a todo. Fue como una reivindicación. Fue como que, oh que por fin, por fin tanta lucha, tanto traslado, tantas lágrimas, tanto de tanto de tanto de todo y mire. Diez años me tocó esperar, pero entré. Y para hacer más contundente esa victoria, en enero de 2003 el derecho de Marta fue confirmado en segunda instancia. Y cuatro meses después, la Corte Constitucional, que esta vez sí revisó la tutela, ratificó ambos fallos. Marta Álvarez salió en libertad a finales de 2003, después de casi diez años en la cárcel. Al poco tiempo regresó a Boston a empezar una nueva vida. Con lo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos tuvieron que pasar otros diez años, hasta que finalmente en 2014, la Comisión dejó claro que el Estado colombiano violó los derechos de Marta y recomendó mejorar la situación de las personas LGBTI en las cárceles. Acordaron una indemnización económica para Marta y un acto público en el que el Estado le pidiera perdón. Eso fue en diciembre de 2017, en la cárcel de mujeres de Bogotá. Ese día, Marta Álvarez volvió a pisar una cárcel después de 14 años, pero esta vez lo hizo como una persona libre. Fue la primera vez que el Estado colombiano le pidió perdón públicamente a una persona LGBTI. Marta Álvarez y Marta Tamayo aún le hacen seguimiento a lo que acordaron con el Estado porque faltan ciertas cosas por cumplir. Entre esas está verificar que cada cárcel del país ajuste sus reglamentos internos para que garanticen la protección de los derechos de las personas LGBTI. Marta Álvarez regresó a Colombia en 2019 y vive cerca de su familia. Viaja constantemente a Estados Unidos. Su caso es muy conocido en las cárceles gracias al libro Mi historia la cuento yo, que resultó de los acuerdos y fue repartido en las bibliotecas de los centros penitenciarios del país. Marta Tamayo se retiró de su trabajo como abogada, aunque sigue siendo activista feminista. El caso de Marta Álvarez ha sido uno de los más largos e importantes de su carrera. David Trujillo es productor en Radio Ambulante. Vive en Bogotá. Este episodio fue editado por Camila Segura y por mí. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri. Andrea López Cruzado hizo el fact-checking. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Jorge Caraballo, Aneris Casassus, Victoria Estrada, Xóchitl Fabián, Remy Lozano, Miranda Mazariegos, Patrick Moseley, Barbara Sawhill, Elsa Liliana Ulloa y Desirée Yépez. Fernanda Guzmán es nuestra pasante editorial. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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