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Radio Ambulante - Saltar el muro

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30

¿Hay algún caso en el que esté bien ayudar a alguien a morir? Carlos Framb tuvo que contestar esto cuando su mamá empezó a no querer seguir viviendo.

Una primera versión de esta historia fue publicada en 2015 –antes de que llegáramos a NPR– y es parte de nuestros archivos.

Un
día
yo
abrí
la
puerta
y
la
llorando,
sola
en
su
cama.
Este
es
Carlos
Framb,
un
escritor
colombiano.
Y
aquí
está
hablando
de
su
mamá,
Luzmila,
con
quien
era
extremadamente
cercano.
En
el
2007
Luzmila
estaba
sufriendo
de
varias
enfermedades.
Tenía
dolores
constantes.
Y
se
estaba
quedando
ciega.
Entonces
ya
yo
me
acerqué.
Y
ella
me
dijo,
llorando:
“No,
yo
así
tan
ciega
no
quiero
vivir.
Negrito,
no
quiero
y
no
quiero».
Entonces
yo
le
dije:
«Dígame,
mi
negra
que
yo
hago
lo
que
usted
me
diga”.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Hoy
volvemos
a
nuestros
archivos
para
compartir
con
ustedes
una
de
nuestras
historias
favoritas,
publicada
originalmente
en
el
2015.
Y
empezamos
con
una
pregunta,
una
pregunta
bastante
complicada:
¿Hay
algún
caso
en
el
que
esté
bien
ayudar
a
alguien
a
morir?
Y
si
sí,
¿bajo
qué
circunstancias?
Nuestra
directora
adjunta,
Camila
Segura,
viajó
a
Medellín
para
conversar
con
Carlos.
Carlos
nació
en
Sonsón,
un
pueblito
a
unas
dos
horas
y
media
de
Medellín.
Un
lugar,
en
esa
época,
bastante
tradicional
y
católico.
El
gran
trauma
de
su
adolescencia,
lo
que
lo
marcaría
de
alguna
manera,
fue
la
muerte
de
su
abuela
materna.
Carlos
tenía
como
14
años
y
a
Carmelita
—así
se
llamaba—
le
dio
un
cáncer
de
piel.
Ella
tenía
85
años
y
vivía
también
en
Sonsón.
Durante
meses,
sufrió
horriblemente.
No
toleraba
el
contacto
con
la
ropa,
entonces
la
tenían
que
envolver
en
plásticos
que,
cuando
se
los
quitaban,
le
arrancaban
la
piel.
Entonces,
todo
ese
suplicio,
ese
sufrimiento
y
ver
cómo
esta
anciana
tan
querida,
se
iba
deshaciendo…
la
piel,
cierto.
Se
iba
quedando
en
carne
viva
toda.
Carlos
sentía
que
no
era
justo
que
una
persona
sufriera
tanto
y
que
tuviera
que
esperar
a
que
le
llegara
la
muerte
para
descansar.
Y
muchas
veces
a
lo
largo
de
la
vida,
con
mi
madre,
recordamos
esa
agonía
de
Carmelita.
Y
ambos
coincidíamos.
Pues,
no
vimos
nunca
sentido
a
ese
sufrimiento
de
esta
mujer.
A
pesar
de
que
creció
en
una
familia
muy
católica,
a
raíz
de
esta
experiencia
Carlos
comenzó
a
separarse
de
la
religión.
No
entendía
por
qué
el
catolicismo
podía
estar
en
contra
de
la
eutanasia.
Cuando
se
graduó
de
bachiller,
Carlos
se
mudó
a
Medellín
a
vivir
con
su
papá.
Poco
después
le
siguieron
su
mamá
y
su
hermano.
Se
dedicó
a
escribir
y
llegó
a
publicar
un
par
de
libros
de
poemas.
Vivió
feliz
durante
casi
veinte
años
en
una
casa
grande
con
sus
papás
y
dos
tías.
A
sus
27
años
empezó
a
trabajar
y
dejó
de
escribir.
Todo
empezó
a
cambiar
en
el
2000,
cuando
su
mamá
se
fracturó
una
pierna.
En
un
lapso
de
dos
años
su
papá
y
sus
dos
tías
se
murieron
y
la
salud
de
Luzmila
empezó
a
deteriorarse.
Ya
estaba
setentona.
Y
descubrieron
una
artrosis
y
osteoporosis.
Y,
además
empezó
a
perder
la
visión,
rápidamente,
tres
enfermedades.
Entonces
mi
madre
pasó
muy
rápido
de
ser
una
mujer,
pues,
no
diría
yo
alegre,
pero,
pues,
una
mujer
activa
y
socialmente,
pues,
en
movimiento,
a
ser
una
mujer
triste.
Carlos
quedó
solo
con
su
mamá
y
un
perrito.
Había
empezado
a
dictar
clases
de
lectura
en
un
colegio
y
pasó
de
vivir
en
esa
casa
grande
llena
de
gente,
a
vivir
con
su
mamá,
en
un
apartamento
chiquito.
No
desagradable,
pero
chiquito.
Muy
diferente
a
la
vida
que
tenía
antes.
Ese
espacio
tan
reducido
hizo
que
algo
pasara
entre
Carlos
y
Luzmila.
Ahí
yo
descubrí
que
mi
madre
y
yo
éramos
más
como
un
par
de
amigos.
Entonces,
lo
que
se
dio
entre
mi
madre
y
yo
al
final,
pues,
fue
una
relación,
digamos
que
muy
dependiente,
muy
cariñosa.
A
mi
me
daba
como
mucho
pesar
de
ella
¿no?
De
su
indefensión,
de
su
impotencia.
Su
hermano
Iván
había
vuelto
a
Medellín
después
de
20
años
en
Estados
Unidos.
A
pesar
de
que
vivía
cerca,
el
que
realmente
cuidaba
a
Luzmila
era
Carlos.
Yo
era
profesor,
¿no?
Entonces
la
vida
mía,
básicamente
era
las
clases
en
el
colegio
y
cuidarla
a
ella,
estar
acompañándola.
Pasaba
mucho
tiempo
sola,
muy
adolorida.
Empezó,
pues,
a
complicarse.
Todos
los
días
era
la
quejadera,
era
la…
como
un
mantra,
¿cierto?
“¿Cuándo
te
vas
a
acordar
de
mí,
diosito?
Acuérdate
de
mí…
qué
cosa
tan
horrible.
No
quiero
vivir”.
Él
salía
todos
los
días
temprano
para
el
colegio
y
desde
allá
la
llamaba
un
par
de
veces.
Normalmente,
Luzmila
se
quedaba
en
la
cama
hasta
las
9
o
9:30.
Oía
radio
y
rezaba
el
rosario.
Se
levantaba,
se
bañaba,
desayunaba
y
a
veces
o
se
volvía
a
acostar
—dependiendo
de
cómo
se
sintiera—
o
se
sentaba
al
lado
de
la
ventana
a
recibir
sol,
sin
poder
ver
casi
nada.
Carlos
llegaba
a
almorzar.
Entonces
básicamente
las
tardes
eran,
o
yo
quedarme
con
ella,
y
le
leía
mucho,
le
gustaba
que
yo
le
leyera.
O
salir,
salir
al
médico,
o
dar
una
caminada
con
el
perrito,
pues,
y
ella.
Pero
hasta
estas
caminatas
que
tanto
le
gustaban
se
le
volvieron
muy
difíciles
por
el
dolor
que
sentía
en
todo
el
cuerpo.
Para
enero
del
2007,
ya
no
veía
más
que
manchas,
no
distinguía
detalles.
Y
una
de
las
cosas
que
más
le
daba
tristeza
era
no
poder
verle
la
cara
a
Carlos.
Ella
le
encantaba
ver
televisión
por
las
noches
y
leer,
por
ejemplo.
Perdió
esa
posibilidad
muy
rápido.
Ya
no
podía
hacer
nada
en
la
cocina.
Se
empezó
a
sentir
muy
inútil.
En
abril
del
2007
Luzmila
cumplía
82
años
y
Carlos
quería
invitarla
a
un
restaurante
a
comer
pero
ella
no
quiso.
Así
que
pidieron
algo
e
improvisaron
una
celebración,
pero
Carlos
se
sintió
mal
por
la
simpleza
del
asunto.
Y
yo
le
dije
que
no
se
preocupara,
que
el
próximo
cumpleaños,
yo
le
iba
a
traer
una
serenata,
entonces
me
dijo:
“Ay,
no,
mijito,
no
lo
quiera
Dios.
Yo
que
no
paso
de
este
año.
No
quiero”.
Luzmila
se
pasaba
diciendo
cosas
parecidas,
pero
las
ideas
de
Carlos
sobre
el
derecho
a
morir
dignamente
estaban
relativamente
claras
desde
que
vio
cómo
se
murió
su
abuela
materna.
Después
—ya
de
grande—
leyó
filósofos
y
otros
que
ayudaron
a
reforzar
sus
ideas.
Un
libro
en
particular
lo
impactó
mucho.
Se
llama
Final
Exit.
El
libro
es
una
investigación
de
las
maneras
de
suicidarse
buscando
aquella
que
sea
la
más
efectiva,
rápida
y
dulce.
Y
ahí
lo
tenía.
Entonces
él
recomienda
ahí
una
mezcla
de
somníferos
potentes,
barbitúricos,
con
morfina
¿no?
Como
letal.
El
libro
lo
consiguió
en
los
noventas,
a
raíz
de
que
un
amigo
muy
cercano
trató
de
suicidarse
con
pastillas
pero
falló.
Lo
leyó
cuando
su
mamá
aún
no
estaba
enferma.
Y
este
detalle
es
importante.
Pues
lo
que
queda
claro
es
que
Carlos,
desde
hacía
mucho
tiempo,
estaba
pensando
en
maneras
dignas
y
dulces
—como
dice
él—
de
morir.
Yo
tuve
incluso,
durante
años
en
un
gabinete
de
mi
escritorio,
la
dosis.
Ahí
la
tenía:
las
pastillas,
las
cajas
y
la
morfina.
Hasta
que
las
boté
pensando
que
ya
estaban
vencidas.
Para
Carlos,
tener
la
dosis
letal
en
su
escritorio
era
cuestión
sencillamente
de
ser
precavido.
Como
quien
tiene
una
aspirina
para
el
dolor
de
cabeza
o
una
curita
por
si
uno
se
corta.
Era
un
seguro,
digamos,
que
yo
tenía
ahí.
La
sensatez
aconseja
estar
preparado,
no
esperar
a
que
uno
quede
cuadrapléjico
para
ver
qué
se
hace
¿no?
Y
yo
creo
que
debería
en
este
momento
—así
yo
no
piense
en
suicidarme
hoy
o
mañana—,
yo
debería
tener
esos
medicamentos
al
alcance
porque
puede
suceder
cualquier
cosa.
Entonces
Carlos
—enfrentado
todos
los
días
al
sufrimiento
de
su
mamá,
a
su
deseo
explícito
de
morir—
como
en
mayo
del
2007,
empezó
a
hablar
con
ella
sobre
el
tema
de
una
manera
más
directa.
Mi
madre
insistía
en
que
a
ella
le
parecía
que
Dios
era
el
que
daba
y
quitaba
la
vida.
Pero
él
le
dejaba
saber
muy
claramente
Que
yo,
viéndome
en
una
situación
de
invalidez,
yo
me
suicidaría,
de
una
manera
—eso
sí—
dulce
y
tranquila.
Las
píldoras,
las
pastillas,
la
inyección,
lo
que
fuera.
Carlos
conversaba
con
ella
de
este
y
muchos
otros
temas:
el
aborto,
la
homosexualidad,
la
eutanasia.
Me
dijo
que
su
mamá
era
una
persona
que,
a
pesar
de
su
ser
muy
religiosa,
tenía
tendencias
liberales:
muchas
veces
coincidía
con
las
visiones
de
Carlos.
Lo
que
no
es
poca
cosa,
si
se
considera
de
dónde
venía,
su
edad,
su
generación.
Carlos
me
contó
que
le
tradujo
a
su
mamá
partes
del
libro
Final
Exit
y
que
le
llevó
un
par
de
películas
en
las
que
un
ser
querido
ayuda
a
otro
a
morir.
Ella
me
acompañó,
pues,
recostadita
a
mí,
porque
no
la
podía
ver,
pero
yo
le
iba
contando.
Y
curioso,
mi
madre,
¿el
desenlace?:
“Perfecto,
y
claro,
muy
bien”.
Pero
el
libro,
las
películas…
este
proceso
que
Carlos
describe
de
manera
tan
inocente,
algunos
podrían
llamarlo
“manipulación”.
Cuando
le
mencioné
esta
interpretación,
me
respondió
de
la
siguiente
forma:
Pues,
yo
no
creo
que
sea
la
palabra.
Pero
más
fácil,
diría
yo
que
es
la
religión
la
que
te
manipula,
pero
no,
uno
nace
y
le
abrochan
de
una
vez
tal
o
cual
creencia.
Pero
Carlos
siempre
respetó
las
creencias
religiosas
de
Luzmila.
La
religiosidad
o
la
religión
era
para
mi
madre
una
compañía,
un
consuelo.
Entonces
no
se
trataba
de
eso,
sino
como
llevarla
a
una
noción
de
un
Dios
compasivo,
el
Dios
misericordioso,
¿no?
Unos
meses
después
de
cumplir
sus
82
años,
en
septiembre
del
2007,
el
oftalmólogo
de
Luzmila
le
sugirió
que
se
operara
de
las
cataratas.
No
le
aseguró
que
fuera
a
funcionar
pero
era
la
última
esperanza
que
tenía
de
volver
a
ver
algo.
Ella
no
quería
pero
Carlos
la
convenció.
La
operación
fue
un
fracaso.
Yo
creo
que
ese
fue
el
punto,
porque,
a
pesar
de
que
ella
estaba
muy
adolorida,
lo
que
más
le
mortificaba
era
la
ceguera.
Un
día,
poco
después
de
la
operación,
Carlos
pidió
permiso
del
colegio
para
salir
más
temprano.
Ella
no
supo.
Y
yo
abrí
la
puerta
y
la
llorando,
sola
en
su
cama.
Entonces
ya
yo
me
acerqué
y
ella
me
dijo
llorando:
“No,
yo
así
tan
ciega
no
quiero
vivir,
negrito.
No
quiero
y
no
quiero».
Entonces
yo
le
dije:
“Dígame,
mi
negra
que
yo
hago
lo
que
usted
me
diga».
Y
unos
días
después,
Luzmila
le
dijo
a
Carlos
explícitamente
que
ya,
que
estaba
lista.
Entonces,
ella
me
dijo:
“Bueno,
consiga
lo
que
necesite”.
Entonces
yo
sentí
que
eso
era
ya…
yo
supe
ya
que
los
días
nuestros
estaban
contados.
Dijo
“nuestros”.
Y
es
que
Carlos
no
le
había
contado
algo
a
su
mamá.
Yo
ya
había
tomado
la
determinación
también
de…
sin
que
ella
lo
supiera,
de
que
si
ella
aceptaba,
yo
también
tomaría
el
coctel…
coctel
letal.
Ahora,
eso
sí,
mi
madre
no
tenía
la
menor
idea
de
que
yo
planeaba
acompañarla.
No
lo
habría
permitido,
de
ningún
modo.
Pero
yo
sí…
yo
deseaba
ese
fin
con
ella,
ese
desenlace
con
ella.
Y
es
que
Carlos,
en
esa
época,
estaba
también
pasando
por
una
etapa
muy
difícil.
Tenía
42
años
y
llevaba
seis
trabajando
en
un
colegio
y
no
lo
disfrutaba.
Había
dejado
de
escribir
a
los
20s
y
se
sentía
perdido,
desmotivado.
El
trabajo,
mi
madre
tan
enfermita.
Yo
no
tenía
una
pareja,
por
decir
algo,
ni
hijos,
ni
nexos,
ni
lazos.
Pero
también
la
ausencia
de
ella,
que
se
había
vuelto
pues
como
mi
razón
de
ser…
Entonces
como
que
esa
burbuja
se
iba
a
reventar,
¿cierto?
Y
yo
no
estaba
como
dispuesto
a
sobrellevar
esa
soledad.
Carlos
empezó
a
dejar
todo
en
orden.
Renunció
al
colegio
con
el
pretexto
de
que
tenía
que
cuidar
a
su
mamá.
Y
un
sábado…
20
de
octubre,
me
dijo:
“Mijito,
no
olvide
conseguir
aquello”.
Entonces
era
como
otro
eufemismo
para…
ya
yo
supe
que
probablemente
era
ese
mismo
día.
Iván,
el
hermano
de
Carlos,
vino
de
visita
ese
sábado.
Vio
a
Carlos
escribiendo
en
el
escritorio
y
a
su
mamá
en
la
cocina.
Este
es
Iván.
Se
veía
muy
deprimida
¿cierto?
Eso
noté
yo…
como
siempre,
¿no?
Pero
ese
día
pues
la
muy
triste
y
entonces
me
quedé
por
ahí
unos
15
minutos,
creo,
aproximadamente
ahí.
Entonces
yo
le
dije
que
mañana…
yo
mañana
regreso,
¿cierto?
Ya
después
yo
la
abracé
y
me
despedí
de
ella.
Cuando
Iván
se
fue,
Carlos
le
dijo
a
su
mamá
que
ya
tenía
los
medicamentos.
Que
era
su
decisión.
Y
ella
me
dijo:
“¿Y
yo
qué
más
espero?”.
En
fin…
vino
un
momento
en
el
que
ella
se
fue
a
rezar.
La
vi
arrodillada
al
pie
de
la
cama
y…
y
yo
supe
que
ya,
que
hasta
ahí
llegó.
Ella
regresó
de
sus
oraciones.
Traía
unas
cajas
de
los
somníferos
que
ella,
pues,
se
tomaba
también
para
ajustar.
Ahí
nos
abrazamos
y
ahí
fue
la
única
escena,
digamos,
de
llanto
o
patética
¿cierto?
Yo
me
contuve
mucho
para
que
no…
no
hubiera
un
toque
dramático
en
algo
que
me
parecía
que
era
una
transición
hasta
muy
bella.
Eran
las
nueve
de
la
noche,
o
algo
así.
Se
tomaron
un
café
con
tostadas
y
se
fueron
a
la
cocina.
Yo
preparé
el
cóctel
en
la
licuadora
con
un
yogurt
de
melocotón
en
un
mug
que
todavía
lo
conservo.
Ella
me
acompañó.
Fuimos
a
la
cama,
yo
puse
el
mug
en
el
nochero
y
ella
se
fumó
un
cigarrillo.
Me
dió
como
recomendaciones
de
mi
hermano,
que
lo
acompañara
mucho…
de
la
ropa,
que
quería
con
la
que
fuera
velada…
que
quería
mucha
gente
en
el
funeral.
Estaba
tranquila.
Y
terminó
el
cigarrillo
y
se
bebió
el…
el
bebedizo,
la
pócima,
¿no?
Y
lo
que
vino
ahí
fue,
pues,
un
lapso
en
el
cual
fue
entrando
en
el
sueño
rápidamente,
digamos.
A
los
10
minutos
ya
estaba
dormida
profundamente.
Obviamente
los
somníferos
y
la
morfina,
pues,
eran
potentes.
Entonces
ya
lo
que
vino
fue
por
ahí
otros
cinco,
siete
minutos
de
una
respiración
muy…
muy
agit…
como…
como
ronquido,
casi,
como
pesada.
Y
cesó
en
un
momento,
ya
terminó.
Y
ya.
Ya
supe
que…
que
ella
había
ya
saltado
el
muro.
Y
seguía
yo.
Una
pausa
y
volvemos.
El
siguiente
mensaje
viene
de
Squarespace,
patrocinador
de
NPR.
Squarespace
le
permite
a
pequeños
negocios
diseñar
y
crear
sus
propias
páginas
web
usando
layouts
modificables,
y
otras
funciones
de
e-commerce
y
edición
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Hola,
soy
María
Hinojosa,
del
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Latino
USA
en
NPR.
¿Qué
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Hay
casi
60
millones
de
latinos
y
latinas
en
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Estados
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cómo
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Cada
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en
How
I
Built
This,
un
detrás
de
escena
con
los
fundadores
de
las
compañías
más
inspiradoras
del
mundo.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Dejamos
la
historia
justo
cuando
la
mamá
de
Carlos
se
había
tomado
el
coctel
letal.
Unos
minutos
después
estaba
profundamente
dormida,
y
poco
a
poco
dejó
de
respirar.
Lo
que
ella
nunca
supo
es
que
Carlos
planeaba
hacer
lo
mismo.
Camila
nos
sigue
contando.
Carlos
se
quedó
en
la
cama,
acostado
al
lado
de
ella,
como
una
hora.
Como
diciéndole
palabras
al
oído,
mientras
se
iba
enfriando,
¿no?
Es
rápido
el
proceso
de
enfriamiento
del
cuerpo.
Eran
más
o
menos
la
una
y
media
de
la
mañana.
Se
sentó
a
escribirle
una
carta
a
su
hermano
Iván,
donde
le
explicaba
todo.
Después
de
que
terminó
la
carta
salió
a
caminar.
Por
el
barrio,
por
el
estadio,
como
a
despedirme,
¿no?
Y
ya
regresé.
música,
algunas
canciones.
Preparó
el
cóctel
y
antes
de
tomárselo…
Me
paré
ante
el
espejo
un
rato,
a
mirar
y
a
pensar
que
todavía
yo
podía
devolverme,
¿no?
Yo
podía
arrepentirme.
Pero
no,
ya
tomé
la
decisión
y
me
fui,
bebí
el
vaso,
del
mug.
Y
se
ajustó
una
bolsa
plástica
a
la
cabeza.
Había
leído
que
era
la
manera
más
certera
de
morir.
Uno
se
duerme
y
luego
se
asfixia.
Entendía
que
tenía
dos
minutos
de
vigilia,
antes
de
tener
que
bajarse
la
bolsa
de
plástico.
Entonces
yo
me
puse
el
gorrito
y
me
dirigí
directamente
a
la
cama,
y
abracé
a
mi
madre,
pensando,
darle
un
abrazo,
volver
a
la
posición
boca
arriba
y
bajarme
el
gorro.
Pero
no.
La
abracé
y
ya.
Colapso.
No
alcanzó
a
bajarse
la
bolsa.
Al
otro
día,
el
domingo,
a
eso
de
las
12
del
día
Iván
empezó
a
sentir
muchas
ganas
de
irse
a
la
casa
de
su
mamá.
Aquí
Iván.
Entonces
llegué
a
la
casa
y
abrí
la
puerta.
Noté
que
había
unos
sobres
en
la
mesa,
los
sobres
decían
“para
Iván”,
entonces…
pero
bueno
no
los
toqué.
Entonces
entré
al
baño.
Cuando
miré
a
la
cama
y
la
vi
acostada
y
miré
al
lado
de
ella
y
estaba
mi
hermano
también
acostado
con
ella.
Luego
dije:
“Ah,
los
voy
a
dejar
dormir”.
Luego
ya
volví
y
lo
miré
otra
vez
porque
me
pareció
que
tenía
algo
aquí
en
la
cara.
Me
pareció
raro.
Lo
miré
más
detenidamente
y
me
pareció
que
tenía
una
bolsa
o
un
plástico
en
la
cara
y
ahí
fue
cuando
me
sorprendí
y
me
asusté
un
poco.
Entonces
ya
me
acerqué
a
mi
mamá
y
la
toqué,
la
llamé…
y
no,
no
respondió.
Entonces
la
toque
y
noté
que
estaba
muy
fría.
Y
ya
cuando
vi
que
no
respondía
y
estaba
tan
fría
inmediatamente
me
di
cuenta
que
estaba
muerta.
Pues
yo…
yo
reaccioné…
yo
era:
“Mamá,
mamá,
mamá”.
Entonces
ya,
yo
llamé
a
mi
hermano
y
mi
hermano
también
estaba…
se
ve
que
estaba
inconsciente.
Iván
vió
algo
de
sudor
en
la
cara
de
Carlos
y
sospechó
que
estaba
vivo.
Trató
de
llamar
por
teléfono
a
una
ambulancia
pero
Carlos
lo
había
desconectado.
Bajó
donde
una
vecina
y
cuando
regresó
al
cuarto
vio
que
Carlos
se
había
bajado
la
bolsa.
Y
yo
se
la
subí
otra
vez,
¿cierto?
Se
la
quité.
Pero
cuando
él
hizo
eso,
ahí
él
entró
en
estado
de
coma.
Los
paramédicos
se
lo
llevaron
inconsciente
al
hospital.
Iván
no
entendía
nada
de
lo
que
había
pasado.
Primero
pensó
que
su
mamá
había
muerto
de
forma
natural.
Por
sus
problemas
de
salud,
en
fin…
y
probablemente
sufrió
un
infarto
esa
noche.
Quizás
mi
hermano
lo
que
hizo
fue
que
después
de
ver
eso,
entró
en
pánico
y
simplemente
no
quiso
y
se
suicidó.
Pero
en
un
momento
dado,
cuando
ya
se
habían
ido
los
paramédicos,
se
sentó
a
leer
la
carta
que
le
había
dejado
Carlos.
Así
comenzaba:
Querido
Iván,
Tiene
que
ser
fuerte.
Aquí
no
hay
nada
trágico
ni
dramático.
Así
que
nada
de
lágrimas,
gritos
o
lamentos.
Este
acto
eutanásico
ha
sido
un
acto
de
amor.
Que
no
se
culpe,
pues,
a
nadie.
Ha
sido
una
muerte
libre,
racional
y
soberanamente
elegida”.
A
los
tres
días
desperté
en
el
hospital…
todo
el
panorama,
pues,
que
te
puedes
imaginar.
Pues,
ya
mi
madre
estaba
enterrada
y
todo.
Y
cargos,
pues,
cargos
por
homicidio.
El
día
que
se
despertó
era
casualmente,
su
cumpleaños.
Estaba
en
el
pabellón
psiquiátrico,
rodeado
de
abogados
y
fiscales.
Poco
después,
llegó
Iván.
No
hablaron
de
qué
había
pasado
exactamente,
a
pesar
de
que
Iván
se
moría
de
ganas
de
que
Carlos
le
contara
bien
cómo
había
sido
todo,
por
qué
no
le
había
contado.
Todo
el
tema
legal
estaba
empezando
y
a
Iván
le
pareció
mejor
no
hacer
muchas
preguntas.
Porque
yo
dije:
“Ya
está
aquí
él
en
una
situación
bien
tremenda…
esperando
un
carcelazo
bien
largo
y
yo
le
voy
a
sacar
esto
aquí.
Yo
creo
que
debe
haber
quizá
otra
oportunidad
para
yo
hacer
eso,
¿no?”.
Y
esa
noche
me
trasladaron
a
la
cárcel.
Carlos
celebró
su
cumpleaños
número
43
en
el
piso
de
un
búnker
de
la
fiscalía,
un
sótano,
donde
había
quince
o
veinte
hombres
más.
Fueron
diez
días
horribles.
Sin
embargo,
a
mi
me
alegraba
saber
que
mi
madre
estaba
ya
muerta,
que
había
descansado
ya.
“Eso,
eso”,
decía:
“Listo.
Y
si
esto
se
pone
muy
difícil,
yo
también,
pues,
lo
puedo
intentar
de
nuevo.”
Yo
no
estaba
dispuesto
pues
de
irme
a
una
cárcel
veinte
años,
ni
riesgos.
Los
amigos
de
Carlos
lograron
que
lo
trasladaran
a
una
cárcel
de
mínima
seguridad.
Mientras
estaba
ahí
empezó
a
recibir
muchas
cartas
de
solidaridad.
El
primero
en
apoyarlo
fue
su
hermano
Iván.
Él
me
mandó
una
notica
el
primer
día,
cuando
yo
estaba
ya
en
el
bunker,
diciéndome
que
él
no
me
dejaría
solo,
que
contara
con
él.
El
proceso
legal
de
Carlos
duró
casi
nueve
meses.
Cuando
se
le
imputaron
los
cargos
oficialmente
—en
octubre
del
2007—
estaba
en
el
pabellón
psiquiátrico
del
hospital.
Un
defensor
público
le
recomendó
que
se
declarara
culpable,
pero
Carlos
no
aceptó.
Casi
dos
meses
después
de
estar
en
la
cárcel,
salió
por
primera
vez
para
ir
a
la
audiencia
y
oír
su
acusación.
La
pena
podría
llegar
a
ser
entre
33
y
50
años
de
cárcel.
La
fiscal
afirmó
que
Carlos
había
aprovechado
el
estado
de
indefensión
de
Luzmila
y
le
había
dado
una
sobredosis
de
morfina
mientras
dormía.
Lo
que
no
aclararon
fue
cómo,
si
Luzmila
estaba
dormida,
Carlos
logró
que
se
tomara
la
sustancia.
La
única
prueba
que
estaba
usando
la
fiscalía
era
la
carta
que
le
había
dejado
Carlos
a
Iván.
La
fiscalía
le
había
dado
esa
interpretación
caprichosa
¿cierto?
De
que
realmente
de
ahí
se
podía
deducir
por
algunas
palabras
específicas
que
él
había
usado,
de
que
él
la
había
matado
y
después
se
había
suicidado.
Este
es
Santiago
Sierra,
uno
de
los
abogados
de
Carlos.
La
defensa
pidió
que
se
excluyera
la
carta
como
prueba
ya
que
había
sido
obtenida
sin
una
orden
judicial.
El
juez
aceptó
la
exclusión.
Entonces
la
fiscalía
solo
pudo
contar
con
las
declaraciones
de
algunos
funcionarios,
pero
ninguno
pudo
probar
que
había
sido
un
homicidio.
El
testimonio
de
Iván
fue
clave.
Demostró
que
la
madre
pues
ya
no
quería
seguir
viviendo,
ya
insistentemente
se
quejaba
de
que
Dios
no
se
acordaba
de
ella.
Aquí
Iván.
Lo
que
pasó
con
mi
mamá
no
fue
un
homicidio
¿cierto?
O
sea
si
uno
quiere
tanto
a
una
persona
como
él
la
quería
y
todo…
obviamente
no
iba
a
hacerle
eso
a
mi
mamá.
Simplemente
él
siempre
quería
lo
mejor
para
ella,
¿no?
En
el
juicio
también
testificaron
otras
personas
y
todos
reiteraron
que
Luzmila
constantemente
decía
que
se
quería
morir.
Entonces
hubo
muchos
medios
de
prueba
que
corroboraron
que
ella
quería
morirse,
a
pesar
de
ser
una
mujer
católica,
¿cierto?
Y
que
Carlos
Framb
empezó
a
hacer
un
trabajo
pedagógico
con
ella
con
miras
a
demostrarle
que
no
era
inmoral
suicidarse
en
esas
circunstancias,
¿cierto?
Según
Carlos,
los
argumentos
de
la
fiscalía
eran
religiosos.
Eran
que:
«Esa
señora
no
se
le
puede
quitar
la
vida
porque
era
pecado».
Hasta
el
final
esa
fue
la
postura.
El
alegato
final
de
la
fiscalía
se
concentró
en
que
no
había
pruebas
de
la
voluntad
de
Luzmila
de
morir
—no
había
notas
o
grabaciones
donde
manifestara
su
deseo
de
suicidarse.
Y
declaró
que
la
hipótesis
de
la
defensa,
de
que
se
trató
de
una
ayuda
al
suicidio,
era
una
coartada
para
encubrir
el
homicidio.
La
defensa,
en
cambio,
subrayó
que
Carlos
solo
facilitó
la
muerte
de
su
mamá,
ayudándola
a
morir.
Pero
si
uno
no
es
un
médico,
ayudar
a
otra
persona
a
suicidarse
en
Colombia
es
ilegal.
Sin
embargo,
en
este
caso…
El
problema
es
que
la
legislación
colombiana
establece
que
la
inducción
al
suicidio
es
un
delito
querellable.
¿Qué
quiere
decir
eso?
Que
el
estado
no
puede
investigarlo
oficiosamente,
solo
si
hay
una
denuncia.
Y
como
no
hubo,
caía
el
caso.
Porque
mi
hermano
siempre
se
declaró,
o
más
bien,
nunca
se
declaró
una
víctima.
A
pesar
de
las
presiones
de
la
fiscalía,
en
fin.
Y
ya,
cayó
el
caso.
El
27
de
Marzo
del
2008,
Carlos
quedó
en
libertad.
Con
el
tiempo,
Carlos
aprendió
a
vivir
sin
su
mamá.
Está
bien,
tranquilo,
y
volvió
a
escribir.
Empezó
por
un
libro
sobre
esta
historia.
La
relación
con
su
hermano
está
bien.
A
pesar
de
que
para
Iván
fue
todo
muy
duro.
Eso
fue
para
mi
algo
muy
traumático
en
realidad,
¿no?
Una
situación
de
depresión
y
de
nervios
y
todo
en
los
meses
siguientes.
Eso
fue
una
cosa
terrible.
Fuera
de
lidiar
con
la
muerte
de
mi
mamá
seguir
con
el
problema
de
mi
hermano,
entonces
eso
eran
dos
cosas
al
mismo
tiempo.
Eso
fue
una
pesadilla.
A
veces
sintió
rabia
pues
pensaba
que
Carlos
le
debía
haber
contado
lo
que
planeaba.
Pero
mientras
Carlos
estaba
en
la
cárcel,
Iván
empezó
a
pensar
qué
hubiera
hecho
él.
Realmente
si
mi
mamá
me
lo
hubiera
pedido
yo
realmente
no
hubiera
sido
capaz
de
hacerlo
¿si?
Porque
no
qué
es
lo
que
se
necesita…
si
es
valor
o
qué…
pero
en
fin.
Pero
sentí
que
por
lo
menos
dije:
“Ya
por
lo
menos
mi
mamá
no
está
sufriendo
como
estaba
sufriendo”.
Le
pregunté
a
Carlos
si
creía
que
su
hermano
y
sus
amigos
estaban
preocupados
por
él,
porque
volviera
a
tratar
de
suicidarse.
Así
me
contestó:
No,
no,
no.
Según
Carlos,
sus
amigos
saben
que
él
siempre
ha
disfrutado
la
vida.
Lo
que
pasa
es
que,
como
parte
precisamente
de
ese
disfrute,
no
veo
porque
hay
que
pagarlo
con
una
cuota
de
dolor,
al
final.
Ahí
yo
estaría,
pues
más
que
dispuesto
a
salir
como
yo
siempre
he
querido
salir
de
la
vida
con
un
buen
sabor.
Porque
ese
cóctel
puede
saber
muy
dulce.
Si
uno
le
pone
azúcar…
Y
si
ya
no
hay
preocupaciones
por
la
línea,
uno
le
pone
mucha
azúcar.
Camila
Segura
es
la
directora
adjunta
de
Radio
Ambulante
y
vive
en
Bogotá.
Carlos
Framb
contó
esta
historia
sobre
su
mamá
en
un
libro
titulado
“Del
otro
lado
del
jardín”,
publicado
en
el
2009.
Su
más
reciente
libro,
la
novela
“En
la
ribera
del
olvido”,
se
publicó
en
el
2018.
Gracias
a
Ana
Cristina
Restrepo,
Angie
Lopera
y
Camilo
Martinez.
Este
episodio
fue
editado
por
Martina
Castro,
Silvia
Viñas,
Luis
Trelles
y
por
mí.
La
música
y
el
diseño
de
sonido
son
de
Andrés
Azpiri
y
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Lozano.
El
resto
del
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Radio
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incluye
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Brenes,
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Laura
Rojas
Aponte,
Barbara
Sawhill,
David
Trujillo,
Elsa
Liliana
Ulloa,
Luis
Fernando
Vargas
y
Joseph
Zárate.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Tenemos
una
lista
de
difusión
en
Whatsapp
y
nos
gustaría
que
fueras
parte.
Todas
las
semanas
te
mandaremos
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que
no
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y
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un
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y
nosotros,
pero
no
es
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No
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ni
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audiencias,
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Repito
el
número:
+57
322
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cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
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Check out more Radio Ambulante

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Un día yo abrí la puerta y la oí llorando, sola en su cama. Este es Carlos Framb, un escritor colombiano. Y aquí está hablando de su mamá, Luzmila, con quien era extremadamente cercano. En el 2007 Luzmila estaba sufriendo de varias enfermedades. Tenía dolores constantes. Y se estaba quedando ciega. Entonces ya yo me acerqué. Y ella me dijo, llorando: “No, yo así tan ciega no quiero vivir. Negrito, no quiero y no quiero». Entonces yo le dije: «Dígame, mi negra que yo hago lo que usted me diga”. Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Hoy volvemos a nuestros archivos para compartir con ustedes una de nuestras historias favoritas, publicada originalmente en el 2015. Y empezamos con una pregunta, una pregunta bastante complicada: ¿Hay algún caso en el que esté bien ayudar a alguien a morir? Y si sí, ¿bajo qué circunstancias? Nuestra directora adjunta, Camila Segura, viajó a Medellín para conversar con Carlos. Carlos nació en Sonsón, un pueblito a unas dos horas y media de Medellín. Un lugar, en esa época, bastante tradicional y católico. El gran trauma de su adolescencia, lo que lo marcaría de alguna manera, fue la muerte de su abuela materna. Carlos tenía como 14 años y a Carmelita —así se llamaba— le dio un cáncer de piel. Ella tenía 85 años y vivía también en Sonsón. Durante meses, sufrió horriblemente. No toleraba el contacto con la ropa, entonces la tenían que envolver en plásticos que, cuando se los quitaban, le arrancaban la piel. Entonces, todo ese suplicio, ese sufrimiento y ver cómo esta anciana tan querida, se iba deshaciendo… la piel, cierto. Se iba quedando en carne viva toda. Carlos sentía que no era justo que una persona sufriera tanto y que tuviera que esperar a que le llegara la muerte para descansar. Y muchas veces a lo largo de la vida, con mi madre, recordamos esa agonía de Carmelita. Y ambos coincidíamos. Pues, no vimos nunca sentido a ese sufrimiento de esta mujer. A pesar de que creció en una familia muy católica, a raíz de esta experiencia Carlos comenzó a separarse de la religión. No entendía por qué el catolicismo podía estar en contra de la eutanasia. Cuando se graduó de bachiller, Carlos se mudó a Medellín a vivir con su papá. Poco después le siguieron su mamá y su hermano. Se dedicó a escribir y llegó a publicar un par de libros de poemas. Vivió feliz durante casi veinte años en una casa grande con sus papás y dos tías. A sus 27 años empezó a trabajar y dejó de escribir. Todo empezó a cambiar en el 2000, cuando su mamá se fracturó una pierna. En un lapso de dos años su papá y sus dos tías se murieron y la salud de Luzmila empezó a deteriorarse. Ya estaba setentona. Y descubrieron una artrosis y osteoporosis. Y, además empezó a perder la visión, rápidamente, tres enfermedades. Entonces mi madre pasó muy rápido de ser una mujer, pues, no diría yo alegre, pero, pues, una mujer activa y socialmente, pues, en movimiento, a ser una mujer triste. Carlos quedó solo con su mamá y un perrito. Había empezado a dictar clases de lectura en un colegio y pasó de vivir en esa casa grande llena de gente, a vivir con su mamá, en un apartamento chiquito. No desagradable, pero sí chiquito. Muy diferente a la vida que tenía antes. Ese espacio tan reducido hizo que algo pasara entre Carlos y Luzmila. Ahí yo descubrí que mi madre y yo éramos más como un par de amigos. Entonces, lo que se dio entre mi madre y yo al final, pues, fue una relación, digamos que muy dependiente, muy cariñosa. A mi me daba como mucho pesar de ella ¿no? De su indefensión, de su impotencia. Su hermano Iván había vuelto a Medellín después de 20 años en Estados Unidos. A pesar de que vivía cerca, el que realmente cuidaba a Luzmila era Carlos. Yo era profesor, ¿no? Entonces la vida mía, básicamente era las clases en el colegio y cuidarla a ella, estar acompañándola. Pasaba mucho tiempo sola, muy adolorida. Empezó, pues, a complicarse. Todos los días era la quejadera, era la… como un mantra, ¿cierto? “¿Cuándo te vas a acordar de mí, diosito? Acuérdate de mí… qué cosa tan horrible. No quiero vivir”. Él salía todos los días temprano para el colegio y desde allá la llamaba un par de veces. Normalmente, Luzmila se quedaba en la cama hasta las 9 o 9:30. Oía radio y rezaba el rosario. Se levantaba, se bañaba, desayunaba y a veces o se volvía a acostar —dependiendo de cómo se sintiera— o se sentaba al lado de la ventana a recibir sol, sin poder ver casi nada. Carlos llegaba a almorzar. Entonces básicamente las tardes eran, o yo quedarme con ella, y le leía mucho, le gustaba que yo le leyera. O salir, salir al médico, o dar una caminada con el perrito, pues, y ella. Pero hasta estas caminatas que tanto le gustaban se le volvieron muy difíciles por el dolor que sentía en todo el cuerpo. Para enero del 2007, ya no veía más que manchas, no distinguía detalles. Y una de las cosas que más le daba tristeza era no poder verle la cara a Carlos. Ella le encantaba ver televisión por las noches y leer, por ejemplo. Perdió esa posibilidad muy rápido. Ya no podía hacer nada en la cocina. Se empezó a sentir muy inútil. En abril del 2007 Luzmila cumplía 82 años y Carlos quería invitarla a un restaurante a comer pero ella no quiso. Así que pidieron algo e improvisaron una celebración, pero Carlos se sintió mal por la simpleza del asunto. Y yo le dije que no se preocupara, que el próximo cumpleaños, yo le iba a traer una serenata, entonces me dijo: “Ay, no, mijito, no lo quiera Dios. Yo sé que no paso de este año. No quiero”. Luzmila se pasaba diciendo cosas parecidas, pero las ideas de Carlos sobre el derecho a morir dignamente estaban relativamente claras desde que vio cómo se murió su abuela materna. Después —ya de grande— leyó filósofos y otros que ayudaron a reforzar sus ideas. Un libro en particular lo impactó mucho. Se llama Final Exit. El libro es una investigación de las maneras de suicidarse buscando aquella que sea la más efectiva, rápida y dulce. Y ahí lo tenía. Entonces él recomienda ahí una mezcla de somníferos potentes, barbitúricos, con morfina ¿no? Como letal. El libro lo consiguió en los noventas, a raíz de que un amigo muy cercano trató de suicidarse con pastillas pero falló. Lo leyó cuando su mamá aún no estaba enferma. Y este detalle es importante. Pues lo que queda claro es que Carlos, desde hacía mucho tiempo, estaba pensando en maneras dignas y dulces —como dice él— de morir. Yo tuve incluso, durante años en un gabinete de mi escritorio, la dosis. Ahí la tenía: las pastillas, las cajas y la morfina. Hasta que las boté pensando que ya estaban vencidas. Para Carlos, tener la dosis letal en su escritorio era cuestión sencillamente de ser precavido. Como quien tiene una aspirina para el dolor de cabeza o una curita por si uno se corta. Era un seguro, digamos, que yo tenía ahí. La sensatez aconseja estar preparado, no esperar a que uno quede cuadrapléjico para ver qué se hace ¿no? Y yo creo que debería en este momento —así yo no piense en suicidarme hoy o mañana—, yo debería tener esos medicamentos al alcance porque puede suceder cualquier cosa. Entonces Carlos —enfrentado todos los días al sufrimiento de su mamá, a su deseo explícito de morir— como en mayo del 2007, empezó a hablar con ella sobre el tema de una manera más directa. Mi madre insistía en que a ella le parecía que Dios era el que daba y quitaba la vida. Pero él le dejaba saber muy claramente Que yo, viéndome en una situación de invalidez, yo me suicidaría, de una manera —eso sí— dulce y tranquila. Las píldoras, las pastillas, la inyección, lo que fuera. Carlos conversaba con ella de este y muchos otros temas: el aborto, la homosexualidad, la eutanasia. Me dijo que su mamá era una persona que, a pesar de su ser muy religiosa, tenía tendencias liberales: muchas veces coincidía con las visiones de Carlos. Lo que no es poca cosa, si se considera de dónde venía, su edad, su generación. Carlos me contó que le tradujo a su mamá partes del libro Final Exit y que le llevó un par de películas en las que un ser querido ayuda a otro a morir. Ella me acompañó, pues, recostadita a mí, porque no la podía ver, pero yo le iba contando. Y curioso, mi madre, ¿el desenlace?: “Perfecto, y claro, muy bien”. Pero el libro, las películas… este proceso que Carlos describe de manera tan inocente, algunos podrían llamarlo “manipulación”. Cuando le mencioné esta interpretación, me respondió de la siguiente forma: Pues, yo no creo que sea la palabra. Pero más fácil, diría yo que es la religión la que te manipula, pero no, uno nace y le abrochan de una vez tal o cual creencia. Pero Carlos siempre respetó las creencias religiosas de Luzmila. La religiosidad o la religión era para mi madre una compañía, un consuelo. Entonces no se trataba de eso, sino como llevarla a una noción de un Dios compasivo, el Dios misericordioso, ¿no? Unos meses después de cumplir sus 82 años, en septiembre del 2007, el oftalmólogo de Luzmila le sugirió que se operara de las cataratas. No le aseguró que fuera a funcionar pero era la última esperanza que tenía de volver a ver algo. Ella no quería pero Carlos la convenció. La operación fue un fracaso. Yo creo que ese fue el punto, porque, a pesar de que ella estaba muy adolorida, lo que más le mortificaba era la ceguera. Un día, poco después de la operación, Carlos pidió permiso del colegio para salir más temprano. Ella no supo. Y yo abrí la puerta y la oí llorando, sola en su cama. Entonces ya yo me acerqué y ella me dijo llorando: “No, yo así tan ciega no quiero vivir, negrito. No quiero y no quiero». Entonces yo le dije: “Dígame, mi negra que yo hago lo que usted me diga». Y unos días después, Luzmila le dijo a Carlos explícitamente que ya, que estaba lista. Entonces, ella me dijo: “Bueno, consiga lo que necesite”. Entonces yo sentí que eso era ya… yo supe ya que los días nuestros estaban contados. Dijo “nuestros”. Y es que Carlos no le había contado algo a su mamá. Yo ya había tomado la determinación también de… sin que ella lo supiera, de que si ella aceptaba, yo también tomaría el coctel… coctel letal. Ahora, eso sí, mi madre no tenía la menor idea de que yo planeaba acompañarla. No lo habría permitido, de ningún modo. Pero yo sí… yo sí deseaba ese fin con ella, ese desenlace con ella. Y es que Carlos, en esa época, estaba también pasando por una etapa muy difícil. Tenía 42 años y llevaba seis trabajando en un colegio y no lo disfrutaba. Había dejado de escribir a los 20s y se sentía perdido, desmotivado. El trabajo, mi madre tan enfermita. Yo no tenía una pareja, por decir algo, ni hijos, ni nexos, ni lazos. Pero también la ausencia de ella, que se había vuelto pues como mi razón de ser… Entonces como que esa burbuja se iba a reventar, ¿cierto? Y yo no estaba como dispuesto a sobrellevar esa soledad. Carlos empezó a dejar todo en orden. Renunció al colegio con el pretexto de que tenía que cuidar a su mamá. Y un sábado… 20 de octubre, me dijo: “Mijito, no olvide conseguir aquello”. Entonces era como otro eufemismo para… ya yo supe que probablemente era ese mismo día. Iván, el hermano de Carlos, vino de visita ese sábado. Vio a Carlos escribiendo en el escritorio y a su mamá en la cocina. Este es Iván. Se veía muy deprimida ¿cierto? Eso sí noté yo… como siempre, ¿no? Pero ese día pues sí la ví muy triste y entonces me quedé por ahí unos 15 minutos, creo, aproximadamente ahí. Entonces yo le dije que mañana… yo mañana regreso, ¿cierto? Ya después yo la abracé y me despedí de ella. Cuando Iván se fue, Carlos le dijo a su mamá que ya tenía los medicamentos. Que era su decisión. Y ella me dijo: “¿Y yo qué más espero?”. En fin… vino un momento en el que ella se fue a rezar. La vi arrodillada al pie de la cama y… y yo supe que ya, que hasta ahí llegó. Ella regresó de sus oraciones. Traía unas cajas de los somníferos que ella, pues, se tomaba también para ajustar. Ahí nos abrazamos y ahí fue la única escena, digamos, de llanto o patética ¿cierto? Yo me contuve mucho para que no… no hubiera un toque dramático en algo que me parecía que era una transición hasta muy bella. Eran las nueve de la noche, o algo así. Se tomaron un café con tostadas y se fueron a la cocina. Yo preparé el cóctel en la licuadora con un yogurt de melocotón en un mug que todavía lo conservo. Ella me acompañó. Fuimos a la cama, yo puse el mug en el nochero y ella se fumó un cigarrillo. Me dió como recomendaciones de mi hermano, que lo acompañara mucho… de la ropa, que quería con la que fuera velada… que quería mucha gente en el funeral. Estaba tranquila. Y terminó el cigarrillo y se bebió el… el bebedizo, la pócima, ¿no? Y lo que vino ahí fue, pues, un lapso en el cual fue entrando en el sueño rápidamente, digamos. A los 10 minutos ya estaba dormida profundamente. Obviamente los somníferos y la morfina, pues, eran potentes. Entonces ya lo que vino fue por ahí otros cinco, siete minutos de una respiración muy… muy agit… como… como ronquido, casi, como pesada. Y cesó en un momento, ya terminó. Y ya. Ya supe que… que ella había ya saltado el muro. Y seguía yo. Una pausa y volvemos. El siguiente mensaje viene de Squarespace, patrocinador de NPR. 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Dejamos la historia justo cuando la mamá de Carlos se había tomado el coctel letal. Unos minutos después estaba profundamente dormida, y poco a poco dejó de respirar. Lo que ella nunca supo es que Carlos planeaba hacer lo mismo. Camila nos sigue contando. Carlos se quedó en la cama, acostado al lado de ella, como una hora. Como diciéndole palabras al oído, mientras se iba enfriando, ¿no? Es rápido el proceso de enfriamiento del cuerpo. Eran más o menos la una y media de la mañana. Se sentó a escribirle una carta a su hermano Iván, donde le explicaba todo. Después de que terminó la carta salió a caminar. Por el barrio, por el estadio, como a despedirme, ¿no? Y ya regresé. Oí música, algunas canciones. Preparó el cóctel y antes de tomárselo… Me paré ante el espejo un rato, a mirar y a pensar que todavía yo podía devolverme, ¿no? Yo podía arrepentirme. Pero no, ya tomé la decisión y me fui, bebí el vaso, del mug. Y se ajustó una bolsa plástica a la cabeza. Había leído que era la manera más certera de morir. Uno se duerme y luego se asfixia. Entendía que tenía dos minutos de vigilia, antes de tener que bajarse la bolsa de plástico. Entonces yo me puse el gorrito y me dirigí directamente a la cama, y abracé a mi madre, pensando, darle un abrazo, volver a la posición boca arriba y bajarme el gorro. Pero no. La abracé y ya. Colapso. No alcanzó a bajarse la bolsa. Al otro día, el domingo, a eso de las 12 del día Iván empezó a sentir muchas ganas de irse a la casa de su mamá. Aquí Iván. Entonces llegué a la casa y abrí la puerta. Noté que había unos sobres en la mesa, los sobres decían “para Iván”, entonces… pero bueno no los toqué. Entonces entré al baño. Cuando miré a la cama y la vi acostada y miré al lado de ella y estaba mi hermano también acostado con ella. Luego dije: “Ah, los voy a dejar dormir”. Luego ya volví y lo miré otra vez porque me pareció que tenía algo aquí en la cara. Me pareció raro. Lo miré más detenidamente y me pareció que tenía una bolsa o un plástico en la cara y ahí fue cuando me sorprendí y me asusté un poco. Entonces ya me acerqué a mi mamá y la toqué, la llamé… y no, no respondió. Entonces la toque y noté que estaba muy fría. Y ya cuando vi que no respondía y estaba tan fría inmediatamente me di cuenta que estaba muerta. Pues yo… yo reaccioné… yo era: “Mamá, mamá, mamá”. Entonces ya, yo llamé a mi hermano y mi hermano también estaba… se ve que estaba inconsciente. Iván vió algo de sudor en la cara de Carlos y sospechó que estaba vivo. Trató de llamar por teléfono a una ambulancia pero Carlos lo había desconectado. Bajó donde una vecina y cuando regresó al cuarto vio que Carlos se había bajado la bolsa. Y yo se la subí otra vez, ¿cierto? Se la quité. Pero cuando él hizo eso, ahí él sí entró en estado de coma. Los paramédicos se lo llevaron inconsciente al hospital. Iván no entendía nada de lo que había pasado. Primero pensó que su mamá había muerto de forma natural. Por sus problemas de salud, en fin… y probablemente sufrió un infarto esa noche. Quizás mi hermano lo que hizo fue que después de ver eso, entró en pánico y simplemente no quiso y se suicidó. Pero en un momento dado, cuando ya se habían ido los paramédicos, se sentó a leer la carta que le había dejado Carlos. Así comenzaba: Querido Iván, Tiene que ser fuerte. Aquí no hay nada trágico ni dramático. Así que nada de lágrimas, gritos o lamentos. Este acto eutanásico ha sido un acto de amor. Que no se culpe, pues, a nadie. Ha sido una muerte libre, racional y soberanamente elegida”. A los tres días desperté en el hospital… todo el panorama, pues, que te puedes imaginar. Pues, ya mi madre estaba enterrada y todo. Y cargos, pues, cargos por homicidio. El día que se despertó era casualmente, su cumpleaños. Estaba en el pabellón psiquiátrico, rodeado de abogados y fiscales. Poco después, llegó Iván. No hablaron de qué había pasado exactamente, a pesar de que Iván se moría de ganas de que Carlos le contara bien cómo había sido todo, por qué no le había contado. Todo el tema legal estaba empezando y a Iván le pareció mejor no hacer muchas preguntas. Porque yo dije: “Ya está aquí él en una situación bien tremenda… esperando un carcelazo bien largo y yo le voy a sacar esto aquí. Yo creo que debe haber quizá otra oportunidad para yo hacer eso, ¿no?”. Y esa noche me trasladaron a la cárcel. Carlos celebró su cumpleaños número 43 en el piso de un búnker de la fiscalía, un sótano, donde había quince o veinte hombres más. Fueron diez días horribles. Sin embargo, a mi me alegraba saber que mi madre estaba ya muerta, que había descansado ya. “Eso, eso”, decía: “Listo. Y si esto se pone muy difícil, yo también, pues, lo puedo intentar de nuevo.” Yo no estaba dispuesto pues de irme a una cárcel veinte años, ni riesgos. Los amigos de Carlos lograron que lo trasladaran a una cárcel de mínima seguridad. Mientras estaba ahí empezó a recibir muchas cartas de solidaridad. El primero en apoyarlo fue su hermano Iván. Él me mandó una notica el primer día, cuando yo estaba ya en el bunker, diciéndome que él no me dejaría solo, que contara con él. El proceso legal de Carlos duró casi nueve meses. Cuando se le imputaron los cargos oficialmente —en octubre del 2007— estaba en el pabellón psiquiátrico del hospital. Un defensor público le recomendó que se declarara culpable, pero Carlos no aceptó. Casi dos meses después de estar en la cárcel, salió por primera vez para ir a la audiencia y oír su acusación. La pena podría llegar a ser entre 33 y 50 años de cárcel. La fiscal afirmó que Carlos había aprovechado el estado de indefensión de Luzmila y le había dado una sobredosis de morfina mientras dormía. Lo que no aclararon fue cómo, si Luzmila estaba dormida, Carlos logró que se tomara la sustancia. La única prueba que estaba usando la fiscalía era la carta que le había dejado Carlos a Iván. La fiscalía le había dado esa interpretación caprichosa ¿cierto? De que realmente de ahí se podía deducir por algunas palabras específicas que él había usado, de que él la había matado y después se había suicidado. Este es Santiago Sierra, uno de los abogados de Carlos. La defensa pidió que se excluyera la carta como prueba ya que había sido obtenida sin una orden judicial. El juez aceptó la exclusión. Entonces la fiscalía solo pudo contar con las declaraciones de algunos funcionarios, pero ninguno pudo probar que había sido un homicidio. El testimonio de Iván fue clave. Demostró que la madre pues ya no quería seguir viviendo, ya insistentemente se quejaba de que Dios no se acordaba de ella. Aquí Iván. Lo que pasó con mi mamá no fue un homicidio ¿cierto? O sea si uno quiere tanto a una persona como él la quería y todo… obviamente no iba a hacerle eso a mi mamá. Simplemente él siempre quería lo mejor para ella, ¿no? En el juicio también testificaron otras personas y todos reiteraron que Luzmila constantemente decía que se quería morir. Entonces hubo muchos medios de prueba que corroboraron que ella sí quería morirse, a pesar de ser una mujer católica, ¿cierto? Y que Carlos Framb empezó a hacer un trabajo pedagógico con ella con miras a demostrarle que no era inmoral suicidarse en esas circunstancias, ¿cierto? Según Carlos, los argumentos de la fiscalía eran religiosos. Eran que: «Esa señora no se le puede quitar la vida porque era pecado». Hasta el final esa fue la postura. El alegato final de la fiscalía se concentró en que no había pruebas de la voluntad de Luzmila de morir —no había notas o grabaciones donde manifestara su deseo de suicidarse. Y declaró que la hipótesis de la defensa, de que se trató de una ayuda al suicidio, era una coartada para encubrir el homicidio. La defensa, en cambio, subrayó que Carlos solo facilitó la muerte de su mamá, ayudándola a morir. Pero si uno no es un médico, ayudar a otra persona a suicidarse en Colombia es ilegal. Sin embargo, en este caso… El problema es que la legislación colombiana establece que la inducción al suicidio es un delito querellable. ¿Qué quiere decir eso? Que el estado no puede investigarlo oficiosamente, solo si hay una denuncia. Y como no hubo, caía el caso. Porque mi hermano siempre se declaró, o más bien, nunca se declaró una víctima. A pesar de las presiones de la fiscalía, en fin. Y ya, cayó el caso. El 27 de Marzo del 2008, Carlos quedó en libertad. Con el tiempo, Carlos aprendió a vivir sin su mamá. Está bien, tranquilo, y volvió a escribir. Empezó por un libro sobre esta historia. La relación con su hermano está bien. A pesar de que para Iván fue todo muy duro. Eso fue para mi algo muy traumático en realidad, ¿no? Una situación de depresión y de nervios y todo en los meses siguientes. Eso fue una cosa terrible. Fuera de lidiar con la muerte de mi mamá seguir con el problema de mi hermano, entonces eso eran dos cosas al mismo tiempo. Eso fue una pesadilla. A veces sintió rabia pues pensaba que Carlos le debía haber contado lo que planeaba. Pero mientras Carlos estaba en la cárcel, Iván empezó a pensar qué hubiera hecho él. Realmente si mi mamá me lo hubiera pedido yo realmente no hubiera sido capaz de hacerlo ¿si? Porque no sé qué es lo que se necesita… si es valor o qué… pero en fin. Pero sí sentí que por lo menos dije: “Ya por lo menos mi mamá no está sufriendo como estaba sufriendo”. Le pregunté a Carlos si creía que su hermano y sus amigos estaban preocupados por él, porque volviera a tratar de suicidarse. Así me contestó: No, no, no. Según Carlos, sus amigos saben que él siempre ha disfrutado la vida. Lo que pasa es que, como parte precisamente de ese disfrute, no veo porque hay que pagarlo con una cuota de dolor, al final. Ahí yo estaría, pues más que dispuesto a salir como yo siempre he querido salir de la vida con un buen sabor. Porque ese cóctel puede saber muy dulce. Si uno le pone azúcar… Y si ya no hay preocupaciones por la línea, uno le pone mucha azúcar. Camila Segura es la directora adjunta de Radio Ambulante y vive en Bogotá. Carlos Framb contó esta historia sobre su mamá en un libro titulado “Del otro lado del jardín”, publicado en el 2009. Su más reciente libro, la novela “En la ribera del olvido”, se publicó en el 2018. Gracias a Ana Cristina Restrepo, Angie Lopera y Camilo Martinez. Este episodio fue editado por Martina Castro, Silvia Viñas, Luis Trelles y por mí. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri y Rémy Lozano. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Lisette Arévalo, Gabriela Brenes, Jorge Caraballo, Victoria Estrada, Andrea López Cruzado, Miranda Mazariegos, Diana Morales, Patrick Mosley, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas y Joseph Zárate. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Tenemos una lista de difusión en Whatsapp y nos gustaría que fueras parte. Todas las semanas te mandaremos un link al episodio para que no te lo pierdas y para que puedas compartirlo fácilmente con tus contactos. Es un canal directo entre tú y nosotros, pero no es un grupo. No te mandaremos spam ni nada, pero de vez en cuando se nos escapa un emoticón. Si quieres unirte a la lista, envía un mensaje al número +57 322 9502192 y Jorge, nuestro editor de audiencias, te añadirá. Repito el número: +57 322 9502192. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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