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Radio Ambulante - Terremoto

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+
15
30

El martes 19 de septiembre del 2017, un terremoto de magnitud 7.1 causó devastación en México. Hasta el momento de publicación, se han reportado más de 300 muertos e importantes daños estructurales en cinco estados. En este episodio hacemos un recorrido por un barrio de la Ciudad de México, uno de los lugares más afectados, donde miles de personas se han unido en una red de solidaridad. Es una historia que cuenta, al mismo tiempo, lo frágiles y fuertes que somos.

Gracias
por
escuchar
Radio
Ambulante.
Mañana,
empieza
tu
día
con
“Up
First”,
el
podcast
de
noticias
de
NPR.
En
una
reseña
de
Apple
Podcast,
Eve
Bethel
escribió:
“Conciso
y
completo.
Escucho
‘Up
First’
todas
las
mañanas
en
el
camino
al
trabajo.
Me
da
un
resumen
de
las
noticias
más
importantes
del
día
y
lo
que
viene
de
la
semana”.
Arranca
el
día
con
“Up
First”,
mañana
en
NPR
One
o
en
cualquier
app
de
podcasts.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Ciudad
de
México.
Martes.
19
de
septiembre.
Una
y
cuarto
de
la
tarde.
Pues,
yo
estaba
en
un
uber,
yendo
hacia
Reforma.
Entré
tranquilamente
al
baño
de
mi
oficina.
Estaba
en
mi
cama
mandando
un
correo
electrónico.
Sentí
como
un
leve
mareo.
Y
la
casa
empezó
a
crujir.
El
movimiento
se
sintió
fuerte,
como
de
arriba
hacia
abajo.
Pensé
que
había
una
bomba
subterránea,
que
nos
estaban
atacando,
que
la
tierra
se
iba
a
abrir
y
en
cualquier
momento
nos…
Ya,
pensé
que
era
el
fin
del
mundo.
Cómo
se
estaba
moviendo
el
edificio,
si
la
gente
salía
por
las
escaleras,
se
iban
a
caer.
Se
caían
los
cuadros,
se
caía
el
espejo,
se
caía
los
libreros,
empezaron
a
tronar
las
ventanas.
Y
empecé
a
ver
como
todas
las
casas
a
mi
alrededor
temblaban
y
los
vidrios
eran
como
gelatina.
Y
la
casa
parecía
hecha
de
plastilina,
se
movía
así,
toda
la…
la
estructura
se
fracturaba
y
se
cayó
la
chimenea
y
se
empezó
a
desmoronar
como
una
galleta.
Las
nubes
de
cemento,
polvo,
concreto,
todo
volaba.
Estaba
sentado,
chambeando
justo
en
un
episodio
de
Radio
Ambulante.
Y
lo
primero
que
sentí
fue
un
golpe,
como
de
arriba
hacia
abajo.
Pensé
que
era
un
camión
de
la
basura
que,
siempre
que
pasa,
hace
que
se
mueva
un
poco
el
suelo.
Me
paré
y
en
cuestión
de
unos
segundos
me
di
cuenta
que
no
era
eso.
Salí
al
jardín
que
queda
en
la
parte
de
atrás
de
la
casa
y
por
un
momento
pensé
que
ahí
estaba
a
salvo.
Pero
sentí
que
el
temblor
era
tan
fuerte
que
pensé
que
la
casa
del
lado
del
jardín
podía
colapsar.
Entonces
entré
corriendo
rapidísimo
y
atravesé
la
casa
para
salir
a
la
calle.
La
voz
que
acabamos
de
escuchar
es
de
Andrés
Azpiri,
nuestro
diseñador
de
sonido.
Él
vive
en
Coapa,
un
barrio
que
es
parte
de
Coyoacán,
una
de
las
zonas
más
afectadas
por
el
terremoto
del
19
de
septiembre.
Cuando
logró
salir
a
la
calle
se
encontró
con
su
tío,
que
vive
al
lado…
Y
ya
pasó
y,
pues,
como
que
mi
primera
pregunta
estúpida,
una
pregunta
retórica,
fue:
«¿Estuvo
más
fuerte
que
el
pasado
verdad,
el
del
7
de
septiembre?».
Como
con
la
esperanza
de
que
me
dijera:
«¡No,
no,
no!
El
del
7
estuvo
más
fuerte».
Pero,
pues,
sabíamos
de
que
claro
que
estuvo
más
fuerte,
¿no?,
y
los
vecinos
como
que
tranquilos,
pero
como
con
cara
de
“¿qué
está
pasando,
no?”.
No
se
supo
de
inmediato
qué
tan
grave
había
sido
este
terremoto,
cuánto
daño
había
hecho.
Por
una
vecina
supo
que
sus
padres
estaban
bien.
Entonces,
en
ese
momento,
lo
que
quería,
sobre
todo,
era
comunicarse
con
su
novia,
que
trabaja
en
otra
de
las
zonas
más
afectadas.
La
Colonia
Roma.
Trató
de
llamarla,
pero
no
había
servicio.
Regresó
a
su
casa
—donde
también
tiene
su
estudio—
para
ver
los
daños.
Se
había
ido
la
luz.
Se
había
caído
un
monitor
grande,
muy
pesado,
que
estaba
anclado
al
suelo.
Algunos
micrófonos
y
una
lámpara
de
piso,
pero
no
le
importó
mucho.
Es
como
que
todavía
sigues
en
estado
de
shock.
Como
que
cerciorándote
de
que
todo
esté
bien.
Y
pues
así,
intentando
ver
si
me
llegaba
señal:
nada,
nada,
nada,
nada.
Entonces
ya
como
que
regresé
a
comer
una
jícama,
como
que
tranquilo,
y
pues
ya
pasó
mi
tío,
gritándome:
«¡Andrés!
Vámonos
al
parque,
que
nos
están
desalojando
porque
hay
fuga
de
gas!».
Se
fueron
a
un
parque
que
queda
a
unas
dos
cuadras
de
su
casa.
Y
ahí
es
cuando
me
doy
cuenta
que
muchos
vecinos
están
en…
pues
de
tercera
edad,
en
silla
de
ruedas
y
tanques
de
oxígeno,
y
pues
sí,
como
que
mucha
gente
asustada.
Andrés
no
se
podía
quedar
quieto.
Caminaba
por
todo
el
parque
y,
a
veces,
le
ponía
atención
a
lo
que
decían
en
la
radio
de
los
carros
que
estaban
ahí
parqueados.
Solo
escuchaba
lo
mismo
que
se
oye
siempre
en
cualquier
otro
temblor:
“Hay
que
seguir
los
protocolos,
mantener
la
calma,
no
volver
a
los
edificios”…
Entonces
al
no
escuchar
pánico
en
las
voces
de
los
locutores
pensó
que
todo
estaba
normal.
En
el
parque
se
encontró
con
una
vecina
a
la
que
le
entraba
el
WhatsApp
y…
Les
empezaron
a
llegar
“whatsapps”,
así,
de
lista
de
edificios
colapsados,
¿no?
Y
yo
no
daba
crédito,
estaba
como
en
una
especie
de
negación
de:
«Escuela
Rebsamen,
colapsado;
edificio
tal
en
la
Roma,
edificio
colapsado;
edificio
tal,
edificio
colapsado».
Y
yo
dije:
«No,
¿cómo?».
«Galerías
Coapa
—que
es
como
el
mall
más
cercano
acá—,
estacionamiento
colapsado».
Y
yo
era
como:
«Wagh,
¿cómo
crees?
Son
de
esas
cadenas
que
mandan
en
WhatsApp”.
Sentados
en
el
parque,
escuchaban
helicópteros,
uno
tras
otro.
Y
seguían
llegando
reportes
de
edificios
colapsados.
Estuvieron
ahí
toda
la
tarde,
en
el
parque,
sin
poderse
mover.
Cuando
Andrés
pudo
volver
a
su
estudio,
6
horas
después
del
terremoto,
ya
era
de
noche.
Se
dio
cuenta
que
la
luz
ya
había
vuelto
y
que
ya
tenían
internet.
Se
comunicó
con
sus
amigos
y
familiares,
con
nosotros,
el
equipo
de
Radio
Ambulante…
Toda
la
tarde
habíamos
estado
llamando,
para
saber
si
estaba
bien.
Y
bueno,
un
amigo
le
contó
sobre
el
derrumbe
de
un
edificio
en
particular
que
quedaba
muy
cerca
de
donde
él
vive.
Es
un
edificio
que
realmente
son
dos.
Uno
frente
a
otro,
y
seguramente
estaban
conectados
de
alguna
manera.
Son
residenciales.
Cada
uno
tenía
unos
5
pisos…
Ya
con
la
tranquilidad
de
que
todos
sus
seres
queridos
estaban
bien,
entró
en
un
estado
diferente.
Ya
quería
irse
para
allá
a
ayudar.
Era
el
derrumbe
más
cercano,
sólo
a
dos
minutos
en
carro,
pero…
Como
que
una
voz
dentro
decía:
“Pues
no
vayas
porque
está
oscuro,
puede
ser
peligroso,
este…
tanto
por
inseguridad,
porque
se
colapse
algo”.
Pero
pues
era
una
necesidad
abrumadora
de
salir,
¿no?,
de…
de
hacer
algo.
Cogió
unas
mandarinas
y
agua,
y
salió
hacia
el
edificio.
Y
cuando
llegó,
lo
primero
que
vio
fue…
La
calle
acordonada
de…
con
las
autoridades
y
muchos…
Lo
primero
que
vi
fue
muchos
jóvenes.
Con
casco
y
todo,
organizándose
como:
“Láncese
por
comida
que
es
lo
que
hace
falta”.
Toda
la
gente
trabajando.
Los
vecinos
habían
llevado
agua
para
darles
a
los
rescatistas
y
también
palas,
picos,
cubetas…
Todo
para
mover
escombros.
Andrés
le
dio
las
mandarinas
a
los
voluntarios.
Les
ofreció
ayuda,
pero
le
dijeron
que
lo
mejor
era
que
esperara
al
siguiente
turno…
Llega
un
punto
en
que
estar
ahí
también
estorbas,
¿no?
Porque
puede
hasta
verse
como
medio
morboso
y,
pues,
estás
obstruyendo
también
el…
la
vialidad
y
la
labor
de
la
gente
que
está
chambeando,
¿no?
Entonces
decidí…
decidí
regresarme,
¿no?
Esa
noche
no
logró
dormir
demasiado.
Se
despertaba
cada
hora
y
chequeaba
las
noticias
en
el
celular.
Muchos
en
la
Ciudad
de
México
se
desvelaron.
Por
preocupación.
Ansiedad.
Muchos
se
habían
quedado
sin
casa…
Y
para
los
miles
que
llevaban
horas
recogiendo
escombros,
pues…
adrenalina
pura.
Al
día
siguiente
se
juntó
con
un
amigo.
Regresaron
al
mismo
edificio
colapsado.
Ya
había
maquinaria
recogiendo
los
escombros
aledaños.
No
se
metían
al
edificio
como
tal
pues
era
demasiado
peligroso.
El
trabajo
minucioso
de
mover
los
escombros
en
busca
de
sobrevivientes,
lo
hacían
los
rescatistas
y
voluntarios.
A
mano.
Cuando
estaba
toda
esta
euforia
y
todo,
muchísimo
movimiento
y…
y
lo
que
te
platico
de
que
hay
muchísimo
ruido
y
de
repente
piden
silencio,
y
se
hace
un
silencio,
eh…
absoluto
y
se
siente
como
que
es
súper
fuerte.
[Gritando]
¡Silencio!
¡Silencio!
Andrés
y
su
amigo
llevaron
palas
que
compraron
en
una
ferretería
cercana.
Esperaban
poder
ayudar
a
sacar
escombros,
pero
había
tanta
gente
ayudando
que
realmente
no
pudieron
hacer
nada.
Pasó
lo
mismo
al
tercer
día…
Pues
sentí
una
pequeña
frustración
de
decir,
pues,
“no
necesitan
más
manos
por
el
momento,
pero
necesito
hacer
algo,
¿no?”.
Entonces
se
me
ocurrió
así
como
sacar
mi
IPhone
y
ver
si
me
topaba
gente,
eh,
dispuesta
como
a
dar
su
testimonio,
¿no?
Y
efectivamente
fue
cuando
conocí
a
Rogelio…
Rogelio
no
es
un
rescatista
profesional,
estaba
como
voluntario.
Tiene
unos
treinta
y
pico
de
años…
Debe
medir
unos…
1,
68
por
ahí…
Como
rapado,
como
cabello
rubio…
Yo
estaba
en
el
centro
de
Coyoacán.
Estaba
por
enviar
un
correo
en
Correos
de
México,
y
este,
empezó
a
tronar
el
edificio.
Entonces
salí,
y
cuando
salí
empezó
a
sonar
la
alarma.
Se
le
veía
cansadísimo,
de
que
no
había…
que
no
había
literalmente…
literalmente
no
había
dormido
en
días.
Aquí
es
donde
nací,
crecí
y
viví,
y
vive
mi
familia
y
todos
mis
amigos.
Incluso
las
personas
que
estaban
atrapadas,
todas
las
conocía.
Me
había
comentado
que
se
le
fue
la
noción
del
tiempo
trabajando
ahí.
Llegó
un
momento
en
el
que
dieron,
“las
5
y
media
de
la
mañana”,
y
yo
creía
que
eran
las
11
de
la
noche.
Traía
una
adrenalina
a
todo
lo
que
daba.
Entonces
lo
vi
como
que
súper…
digo,
cansado,
pero
tenía
una
vibra
súper
positiva.
Y
pues
bueno,
descansaba
una
hora,
y
le
volvíamos
a
dar
a
los
trabajos.
Y
así
yo
como
todos
mis
compañeros.
Para
saber
cuántas
personas
estaban
atrapadas
en
los
escombros,
lo
primero
que
hicieron
Rogelio
y
los
rescatistas
fue
identificar
a
los
familiares
que
estaban
parados
ahí,
en
frente
al
edificio…
Sacar
una
lista
de
los
desaparecidos,
y
sobre
de
eso,
también
pasárselo
tanto
a
la
Marina
y
como
a
los
bomberos,
como
a
Protección
Civil,
a
todos
los
que
estábamos
ayudando
ahí
para
saber
dónde
buscar
precisamente.
Con
la
ayuda
también
de
los
vecinos,
fueron
recopilando
los
datos
de
cada
persona
atrapada…
Dónde
vivía
cada
uno,
con
mascotas,
quiénes
estaban
en
silla
de
ruedas,
quiénes
tenían
diabetes,
quienes
tenían
hipertensión…
Y
entre
los
vecinos,
Rogelio
se
encontró
con
una
amiga,
Zara…
Estaba
llorando
inconsolablemente
porque,
pues,
su
mamá
estaba
atrapada,
este…
en
el
piso
de
hasta
abajo
de
la
vivienda.
Adela
Peralta,
la
mamá
de
Zara,
tiene
87
años
y
se
movía
con
un
caminador
por
una
fractura
de
cadera.
Era
una
de
las
13
personas
que,
según
Rogelio,
faltaban
por
sacar.
Desde
el
martes
en
la
tarde
—que
fue
el
terremoto—
hasta
la
noche
del
miércoles,
pudieron
sacar
los
cuerpos
de
7
personas
que
habían
fallecido,
y
rescatar
a
otros
5
con
vida.
Pero
todavía
faltaba
la
mamá
de
la
amiga
de
Rogelio:
la
señora
Adela.
Todos
tenemos
una
historia.
Cada
víctima,
cada
sobreviviente.
Y
la
historia
de
Adela,
pues,
es
particular.
Esta
mujer
de
87
años,
es
más
o
menos
conocida…
En
la
época
de
oro,
fue
payasita,
le
decían
Tiki
Tiki,
y
pues
bueno
ahorita
actualmente
tiene
un
programa
en
vivo
de
televisión
en
la
televisión
abierta
de
Tláhuac.
Damas
y
caballeros.
Es
un
honor
y
es
un
placer
infinito
el
que
tengo
de
estar
nuevamente
con
ustedes
en
este
programa
que
se
llama
“La
hora
de
los
sabios”.
Los
hemos
invitado
a
todos…
Entrevista
a
grandes
personajes
del
medio
artístico,
literario…
Cultural
en
general.
Y
sus
hijos
estaban
preocupados.
Adela
tiene
hipertensión,
diabetes,
e
hipoglucemia.
Y
estaba
atrapada
en
la
parte
más
baja
del
edificio.
Entonces…
Uno
de
los
bomberos
encontró
un
hueco
en
donde
los
binomios
habían
rascado
y
habían
olfateado…
Binomios,
es
decir
los
perros,
que
habían
detectado
a
alguien,
pero
aún
no
se
sabía
si
estaba
con
vida
o
no.
A
uno
de
los
bomberos…
Lo
metieron
empujándolo
y
fue
haciendo
como
hacen
las
tortugas
en
la
arena.
Este…
fue
sacando
piedras,
fue
sacando
piedras…
Hasta
que
gritó
que
la
había
encontrado.
Y
después
de
unos
minutos
de
estar
organizando
ya
la
cadena
para
sacarla,
gritó:
“¡Está
respirando!”.
Rogelio
y
los
rescatistas
empezaron
a
apurarse…
En
estos
momentos,
se
está
rescatando
una
señora
con
vida…
Todos
estábamos
ya
con
una
inyección
de
adrenalina
muy
grande,
y
empezaron
a
jalar
primero
el
cuerpo
del
bombero,
de
los
pies
—él
estaba
boca
abajo—,
jalando
ya
agarrada
de
los
hombros,
de
las
axilas,
pues,
a
la
señora
Adela
Peralta.
El
bombero
Raúl
Reyes
entró
a
sacarla.
Y
me
tocó
presenciar
esa
parte
donde
sale
con
los
ojos
abiertos
la
señora
Adela,
íntegra
de
un
solo
jalón,
sale
viendo
para
todos
lados,
y
grita
el
compañero
de
la
marina:
“¡Está
viva!”.
En
cadena
está.
¡Está
viva!
Todos
empiezan
a
aplaudir,
se
hace
la
algarabía,
y
pues
bueno,
era
la
última
que
teníamos
que
rescatar.
Y
de
ahí,
pues
bueno,
todos
nos
volvimos
a
poner
las
pilas,
porque,
aunque
no
lo
creas,
estábamos
cabizbajos
por
todo
lo
que
había
sucedido.
Y
que
para
muchos
de
nosotros
pues
era
algo
nuevo
y,
pues,
muy
sorprendente.
¡Eso
es
todo
bomberos!
[Aplausos
y
gritos]
Todo
se
cayó,
este,
horriblemente,
pero
ya
no
vi,
porque
la
luz
se
apagó.
Y
entonces
ya
me
quedé
nada
más
orando,
orando
y
orando.
Esta
esa
Adela.
Unas
dos
horas
después
del
rescate,
Zara
le
mandó
a
Rogelio
unos
mensajes
por
WhatsApp,
donde
Adela
cuenta
cómo
fue
toda
la
experiencia
para
ella.
Una
de
zumbidos
y
zumbidos,
¡cómo
se
caían
las
paredes!
¡En
trozos
grandes!
En
trozos
grandes
como
de
20
centímetros
o
30.
Y
yo,
orando
y
orando
y
orando.
Y
decía
yo,
“¿y
mis
hijos?
¿Vivirán?”.
Zara
y
Adela
viven
juntas.
El
día
del
terremoto
salió
a
trabajar
y
Adela
se
quedó
sentada
en
la
sala,
donde
hacía
más
sol.
Unos
15
minutos
después,
tembló,
y
el
edificio
se
derrumbó.
Si
hubiera
estado
en
los
cuartos
se
hubiera
apachurrado.
La
dejan
ahíy
ahí
es
donde
se
salva
justamente:
se
abre
un
boquete
donde
entra
el
oxígeno,
por
lo
cual
nunca
perdió
el
oxígeno,
aún
estando
hasta
abajo
de
todas
las
toneladas
de
escombros.
Adela
fue
el
rescate
número
13
—el
último—
del
edificio
32
de
la
calle
Rancho
de
los
Arcos.
La
sexta
persona
que
rescataron
de
ahí
con
vida.
Ahora
volvemos.
This
is
Terry
Gross,
host
of
Fresh
Air.
In
my
new
interview
with
Hillary
Clinton,
I
asked
for
her
reaction
when
Donald
Trump
said
this
about
her
showing
up
slightly
late
after
a
commercial
break
in
a
debate.
I
know
where
she
went!
Is
discusting…
You
can
listen
to
Fresh
Air
on
the
NPR
One
App
and
wherever
you
get
your
podcasts.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante,
soy
Daniel
Alarcón.
Después
del
sismo,
la
ciudad
entera
entró
en
una
burbuja
en
la
que
el
tiempo
se
detuvo.
La
vida
se
detuvo.
Se
hace
como
un
silencio
muy,
muy,
muy
particular
de
los
temblores.
Y
estábamos
en
ese
silencio,
todos
estábamos
muy
muy
en
shock
Y
la
gente
salió
de
todas
sus
oficinas,
gritando
y
llorando…
Y
lo
primero
que
escuché
fue
el
sonido
de
las
ambulancias,
de
los
helicópteros.
Todos
tratamos
de
comunicarnos
con
nuestros
familiares,
pero
no
había
señal.
Mi
primer
acto
fue
salir
a
buscar
a
mi
pareja…
Trate
de
localizar
a
mi
papá,
me
tardé
una
hora
y
media…
Logré
comunicarme
con
mi
hijo
y
saber
que
estaba
a
salvo.
Muchos
de
los
edificios
que
daban
a
esa
avenida
también
estaban
destruidos,
se
podían
ver
como
los
departamentos
por
dentro…
La
casa
no
se
cayó,
pero
quedó
sostenida
como
de
suspiros,
así…
Vi
como…
como
unas
10
personas
así,
descalabradas
por
completo
güey.
No
hay
entrenamiento
de
protección
civil
que
te
prepare
para
esto…
Este
episodio
es
especial,
en
muchos
sentidos.
Especial
porque
se
trata
de
una
ciudad
icónica
para
los
latinoamericanos.
Especial
porque
nos
tocó,
como
colectivo,
directamente.
Especial
también
por
la
manera
que
se
armó.
Todo
lo
que
hacemos
es
colaborativo,
todo
es
trabajo
en
equipo,
pero
quizá
en
este
episodio
fue
más
de
lo
normal.
Queríamos
crear,
en
pocos
días,
un
documento
sonoro
de
lo
que
se
vivió
en
México.
Comenzamos
obviamente
con
Andrés,
pero
tenemos
muchos
amigos
en
la
Ciudad
de
México,
muchas
conexiones.
Familia,
gente
muy
cercana
a
nosotros,
al
equipo
de
Radio
Ambulante.
Muchas
de
las
voces
que
ya
han
escuchado,
vienen
de
ellos.
Y
una
de
esas
personas
es
el
novelista
Alejandro
Zambra.
Es
amigo
del
programa
desde
los
inicios.
Y
una
voz
que
admiramos.
Es
chileno,
pero
se
mudó
a
la
Ciudad
de
México
hace
unos
meses,
para
vivir
con
su
esposa,
la
escritora
Jazmina
Barrera.
Publicó
este
ensayo
en
la
revista
chilena
Qué
Pasa,
y
nos
lo
comparte
ahora.
En
el
terremoto
de
Chillán,
de
1939,
mi
abuela
perdió
a
casi
toda
su
familia.
Crecimos
escuchándola
relatar
la
muerte
de
su
madre:
estaban
en
la
misma
habitación,
pero
en
rincones
opuestos,
no
alcanzaron
a
abrazarse.
Mi
abuela,
que
por
entonces
tenía
21
años,
estuvo
horas
tragando
tierra
antes
de
que
su
hermano
consiguiera
rescatarla.
Sobrevivió
de
milagro
y
se
convirtió
luego
en
la
persona
más
divertida
del
planeta,
pero
cuando
nos
contaba
esta
historia,
por
supuesto,
todo
terminaba
en
un
generoso
llanterío.
Mi
abuela
pasó
con
nosotros
el
terremoto
de
marzo
de
1985.
Yo
estaba
jugando
taca-taca
con
mi
primo
Rodrigo,
recuerdo
que
le
iba
ganando:
el
equipo
blanco
mío
le
ganaba
al
equipo
azul
de
él.
Mi
abuela
nos
agarró
de
un
ala
para
llevarnos
al
patio.
Nos
abrazó
muy
fuerte,
luego
llegaron
mi
mamá
y
mi
hermana
y
5
o
10
angustiosos
segundos
más
tarde
apareció
mi
papá.
Esa
noche
pensé,
con
estas
palabras
exactas:
así
que
esto
es
un
terremoto.
Después,
en
septiembre,
vino
el
terremoto
mexicano.
Pegados
a
la
tele,
vimos
una
y
otra
vez
las
horrorosas
imágenes
de
la
Ciudad
de
México
destruida.
Esa
noche
le
pedí
a
mi
papá
que
fuéramos
a
ayudar
a
los
damnificados.
Lanzó
una
risotada
y
me
explicó
que
México
quedaba
lejos,
a
muchas
horas
en
avión.
Me
dio
vergüenza.
Yo
tenía
9
años
y
parece
que
nunca
había
mirado
un
mapa.
Quizás
por
la
tele
o
por
la
música,
creía
que
México
quedaba
tan
cerca
como
Perú
o
Argentina.
Me
salto
a
febrero
del
2010.
La
noche
del
terremoto
estaba
solo,
vivía
solo.
Pensé,
como
tantos
chilenos,
que
era
el
fin
del
mundo.
Pensé,
sobre
todo,
que
no
tenía
a
nadie
a
quien
proteger.
Al
día
siguiente
busqué,
entre
el
desorden
de
libros,
«Un
hombre
solo
en
una
casa
sola»,
el
poema
de
Jorge
Teillier,
y
me
lo
aprendí
de
memoria.
Quería
quizás
reírme
de
mismo
—de
mi
autocompasión,
de
mi
tristeza—,
pero
no
me
salía
la
risa:
Un
hombre
solo
en
una
casa
sola
No
tiene
deseos
de
encender
el
fuego
No
tiene
deseos
de
dormir
o
estar
despierto
Un
hombre
solo
en
una
casa
enferma.
Ahora
mi
casa
queda
en
la
Ciudad
de
México
y
estoy
menos
solo
que
nunca.
Y
supongo
que
estos
dos
terremotos
al
hilo,
en
dos
semanas,
me
han
vuelto
menos
extranjero.
Cuando
empezó
el
primero,
el
del
7
de
septiembre,
tenía
el
oído
izquierdo
y
la
mano
derecha
en
el
vientre
de
Jazmina,
mi
esposa,
embarazada
de
casi
7
meses.
Y
ayer,
19
de
septiembre,
cuando
empezó
el
segundo,
acababa
de
escribir
el
primer
párrafo
de
esta
columna.
Era
otra
columna,
por
supuesto:
ya
ni
me
acuerdo
de
qué
se
trataba.
Ayer
dimos
unas
vueltas,
a
veces
ayudamos,
a
veces
estorbamos,
mandamos
mensajes
de
texto,
respondimos
correos,
hablamos
por
teléfono,
es
decir,
como
siempre,
hicimos
lo
que
pudimos,
y
sentimos
que
no
fue
mucho,
que
no
fue
suficiente.
Pero
al
menos,
al
final
del
día,
conseguimos
encontrar
a
Frank
y
a
Jovi,
dos
de
nuestros
mejores
amigos,
en
una
plaza
de
la
colonia
Roma.
«Estoy
bastante
mejor
de
la
rodilla»,
dijo
Frank,
con
un
optimismo
a
toda
prueba,
inmediatamente
después
de
acomodar
las
muletas
en
el
asiento
trasero
del
auto.
Para
el
primer
terremoto
Frank
estaba
recién
operado
y
no
podía
apoyar
el
pie
izquierdo.
Bajó
6
pisos
en
calzoncillos
y
muletas,
ayudado
por
Jovi,
y
pasaron
horas
en
la
plaza,
frente
al
edificio,
antes
de
decidirse
a
volver
al
departamento,
que
quedó
plagado
de
grietas,
aunque,
según
los
ingenieros,
sin
daños
estructurales.
Con
el
terremoto
de
ayer,
sin
embargo,
el
edificio
entero
estuvo
a
punto
de
derrumbarse,
y
bajar
los
6
pisos
fue
casi
imposible.
«Eres
experto
en
terremotos,
todos
los
chilenos
son
expertos
en
terremotos»,
me
dice
Frank,
ahora.
Le
respondo
que
mi
especialidad
son
los
terremotos
chilenos,
que
en
materia
de
terremotos
mexicanos
soy
apenas
un
principiante.
Y
sonreímos,
como
si
no
fuera
cierto.
Hace
unos
años,
en
la
pared
principal
de
ese
departamento
al
que
ya
no
volverán,
Frank
y
Jovi
colgaron
un
mapa
enorme,
de
dos
por
dos,
de
la
Ciudad
de
México.
Pero
un
mapa
enorme
de
la
Ciudad
de
México
igual
es
casi
completamente
indescifrable
sin
una
lupa
y
un
montón
de
paciencia.
Acaba
de
largarse
a
llover,
todavía
esperamos
las
réplicas
y
estamos
todos
muy
tristes,
pero
yo
pienso
que
quiero
vivir
aquí
muchos
años.
En
3
horas
se
habían
montado
clínicas
improvisadas,
había
brigadas
de
médicos,
enfermeros,
médicas
y
enfermeras,
trabajando.
Empiezas
a
ver
a
gente
joven,
con
cascos,
en
la
bicicleta,
con
víveres.
La
gente
estaba
en
las
calles,
ayudando
y
intentando
rescatar,
quitar
escombros.
Y
todos
una
desesperación,
y
a
las
vez
en
una
solidaridad
y
una
humanidad
que
pocas
veces
se
ve.
Miles
de
jóvenes,
estudiantes,
señoras,
cientos
de
albañiles,
arquitectos,
ingenieros…
Y
literal
fue
pensando
como,
“¿en
qué
echamos
la
mano?”.
Tenemos
las
camionetas.
En
lugar
de
tenerlas
paradas,
pues
esas
madres
sirven
para
mover
víveres,
¿no?
Yo
últimamente
lloro
por
todo,
cuando
me
dan
una
sopa
caliente,
cuando
veo
personas
en
el
metro
con
las
botas
sucias,
con
las
manos
raspadas
de
que
han
estado
trabajando.
Pues
se
sentía
una
vibra
así
de
apoyo
y
pues
sí,
estuvo
cabrón,
güey.
La
neta
fue
algo…
algo
muy,
muy
fuerte.
Y
apenas
vi
a
una
chica
con
una
playera
que
decía:
“No
nos
conocemos,
pero
nos
necesitamos”.
Y
creo
que
ese
es
un
resumen
de
todo
lo
que
ha
pasado
después
del
terremoto.
Terminamos
de
producir
este
episodio
el
miércoles
27
de
septiembre,
poco
más
de
una
semana
después
del
terremoto.
En
este
momento
la
Secretaría
de
Gobernación
de
México
ha
confirmado
337
víctimas
mortales,
distribuidas
en
6
territorios:
Oaxaca,
Guerrero,
el
Estado
de
México,
Puebla,
Morelos
y
Ciudad
de
México.
Como
es
normal
después
de
este
tipo
de
catástrofes,
la
cifra
definitiva
de
pérdidas
humanas
no
se
sabrá
hasta
dentro
de
varias
semanas.
Aunque
la
atención
mediática
se
ha
concentrado
en
la
capital,
en
otros
estados,
como
Oaxaca,
los
estragos
han
sido
mayores
y
se
sumaron
a
los
del
sismo
del
7
de
septiembre.
En
todo
caso,
en
las
otras
zonas
también
se
han
organizado
redes
de
solidaridad
que
son
ejemplo
para
el
resto
de
Latinoamérica.
Gracias
a
todos
los
que
nos
mandaron
audio
por
whatsapp:
Jaled
Abdelrahim,
Carmen
Alcázar,
Diana
Amador,
Rafael
Arvizu,
Julio
Barajas,
Ana
Barbara
Barrón,
Brenda
Barrón,
Héctor
Antonio
Barrón,
Germán
Campos,
José
María
Castro,
Tatiana
García,
Izara
García,
Pamela
Garibay,
Irene
Garibay,
John
Gibler,
Mariana
Gonzalez,
Remy
Lozano,
Eva
Luna,
Areli
Montes,
Miguel
Morquecho,
Daniela
Ocaranza,
Coquis
Quiroz
Teyssier,
Patricia
Ruvalcaba,
Lili
Serra,
Aguri
Serra,
Adolfo
Sosa,
Wilbert
Torre,
Alejandro
Torres,
Daniel
Vázquez,
Julián
Vélez,
José
Carlos
Baltazar,
Raquel
Villarreal
y
Memo
Villegas.
También
queremos
agradecer
a
Rogelio
García,
Francisco
Goldman,
Érick
López,
Jovi
Montes
Hernández
y
Alejandro
Zambra.
También
gracias
a
la
familia
Peralta.
Esta
historia
fue
producida
y
editada
por
el
equipo
editorial
de
Radio
Ambulante,
que
incluye
a
Camila
Segura,
Luis
Fernando
Vargas,
Silvia
Viñas
y
a
mí,
con
ayuda
especial
de
Andrés
Azpiri
y
Andrea
Betanzos,
nuestra
coordinadora
de
programas.
El
diseño
de
sonido
y
la
música
es
de
Andrés.
El
resto
del
equipo
incluye
a
Desiree
Bayonet,
Jorge
Caraballo,
Ryan
Sweikert,
Barbara
Sawhill,
David
Trujillo
y
Elsa
Liliana
Ulloa.
Maytik
Avirama
es
nuestra
pasante
editorial.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Un
saludo
especial
a
nuestro
productor
Luis
Trelles
en
San
Juan,
Puerto
Rico.
Te
estamos
pensando,
Luis.
Un
abrazo
grande
a
ti,
y
a
todos
nuestros
amigos
boricuas.
Radio
Ambulante
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Conoce
más
sobre
Radio
Ambulante
y
sobre
esta
historia
en
nuestra
página
web:
radioambulante.org.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
Check out more Radio Ambulante

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Gracias por escuchar Radio Ambulante. Mañana, empieza tu día con “Up First”, el podcast de noticias de NPR. En una reseña de Apple Podcast, Eve Bethel escribió: “Conciso y completo. Escucho ‘Up First’ todas las mañanas en el camino al trabajo. Me da un resumen de las noticias más importantes del día y lo que viene de la semana”. Arranca el día con “Up First”, mañana en NPR One o en cualquier app de podcasts. Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Ciudad de México. Martes. 19 de septiembre. Una y cuarto de la tarde. Pues, yo estaba en un uber, yendo hacia Reforma. Entré tranquilamente al baño de mi oficina. Estaba en mi cama mandando un correo electrónico. Sentí como un leve mareo. Y la casa empezó a crujir. El movimiento se sintió fuerte, como de arriba hacia abajo. Pensé que había una bomba subterránea, que nos estaban atacando, que la tierra se iba a abrir y en cualquier momento nos… Ya, pensé que era el fin del mundo. Cómo se estaba moviendo el edificio, si la gente salía por las escaleras, se iban a caer. Se caían los cuadros, se caía el espejo, se caía los libreros, empezaron a tronar las ventanas. Y empecé a ver como todas las casas a mi alrededor temblaban y los vidrios eran como gelatina. Y la casa parecía hecha de plastilina, se movía así, toda la… la estructura se fracturaba y se cayó la chimenea y se empezó a desmoronar como una galleta. Las nubes de cemento, polvo, concreto, todo volaba. Estaba sentado, chambeando justo en un episodio de Radio Ambulante. Y lo primero que sentí fue un golpe, como de arriba hacia abajo. Pensé que era un camión de la basura que, siempre que pasa, hace que se mueva un poco el suelo. Me paré y en cuestión de unos segundos me di cuenta que no era eso. Salí al jardín que queda en la parte de atrás de la casa y por un momento pensé que ahí estaba a salvo. Pero sentí que el temblor era tan fuerte que pensé que la casa del lado del jardín podía colapsar. Entonces entré corriendo rapidísimo y atravesé la casa para salir a la calle. La voz que acabamos de escuchar es de Andrés Azpiri, nuestro diseñador de sonido. Él vive en Coapa, un barrio que es parte de Coyoacán, una de las zonas más afectadas por el terremoto del 19 de septiembre. Cuando logró salir a la calle se encontró con su tío, que vive al lado… Y ya pasó y, pues, como que mi primera pregunta estúpida, una pregunta retórica, fue: «¿Estuvo más fuerte que el pasado verdad, el del 7 de septiembre?». Como con la esperanza de que me dijera: «¡No, no, no! El del 7 estuvo más fuerte». Pero, pues, sabíamos de que claro que estuvo más fuerte, ¿no?, y los vecinos como que tranquilos, pero sí como con cara de “¿qué está pasando, no?”. No se supo de inmediato qué tan grave había sido este terremoto, cuánto daño había hecho. Por una vecina supo que sus padres estaban bien. Entonces, en ese momento, lo que quería, sobre todo, era comunicarse con su novia, que trabaja en otra de las zonas más afectadas. La Colonia Roma. Trató de llamarla, pero no había servicio. Regresó a su casa —donde también tiene su estudio— para ver los daños. Se había ido la luz. Se había caído un monitor grande, muy pesado, que estaba anclado al suelo. Algunos micrófonos y una lámpara de piso, pero no le importó mucho. Es como que todavía sigues en estado de shock. Como que cerciorándote de que todo esté bien. Y pues así, intentando ver si me llegaba señal: nada, nada, nada, nada. Entonces ya como que regresé a comer una jícama, como que tranquilo, y pues ya pasó mi tío, gritándome: «¡Andrés! Vámonos al parque, que nos están desalojando porque hay fuga de gas!». Se fueron a un parque que queda a unas dos cuadras de su casa. Y ahí es cuando me doy cuenta que muchos vecinos están en… pues de tercera edad, en silla de ruedas y tanques de oxígeno, y pues sí, como que mucha gente asustada. Andrés no se podía quedar quieto. Caminaba por todo el parque y, a veces, le ponía atención a lo que decían en la radio de los carros que estaban ahí parqueados. Solo escuchaba lo mismo que se oye siempre en cualquier otro temblor: “Hay que seguir los protocolos, mantener la calma, no volver a los edificios”… Entonces al no escuchar pánico en las voces de los locutores pensó que todo estaba normal. En el parque se encontró con una vecina a la que sí le entraba el WhatsApp y… Les empezaron a llegar “whatsapps”, así, de lista de edificios colapsados, ¿no? Y yo no daba crédito, estaba como en una especie de negación de: «Escuela Rebsamen, colapsado; edificio tal en la Roma, edificio colapsado; edificio tal, edificio colapsado». Y yo dije: «No, ¿cómo?». «Galerías Coapa —que es como el mall más cercano acá—, estacionamiento colapsado». Y yo era como: «Wagh, ¿cómo crees? Son de esas cadenas que mandan en WhatsApp”. Sentados en el parque, escuchaban helicópteros, uno tras otro. Y seguían llegando reportes de edificios colapsados. Estuvieron ahí toda la tarde, en el parque, sin poderse mover. Cuando Andrés pudo volver a su estudio, 6 horas después del terremoto, ya era de noche. Se dio cuenta que la luz ya había vuelto y que ya tenían internet. Se comunicó con sus amigos y familiares, con nosotros, el equipo de Radio Ambulante… Toda la tarde habíamos estado llamando, para saber si estaba bien. Y bueno, un amigo le contó sobre el derrumbe de un edificio en particular que quedaba muy cerca de donde él vive. Es un edificio que realmente son dos. Uno frente a otro, y seguramente estaban conectados de alguna manera. Son residenciales. Cada uno tenía unos 5 pisos… Ya con la tranquilidad de que todos sus seres queridos estaban bien, entró en un estado diferente. Ya quería irse para allá a ayudar. Era el derrumbe más cercano, sólo a dos minutos en carro, pero… Como que una voz dentro decía: “Pues no vayas porque está oscuro, puede ser peligroso, este… tanto por inseguridad, porque se colapse algo”. Pero pues era una necesidad abrumadora de salir, ¿no?, de… de hacer algo. Cogió unas mandarinas y agua, y salió hacia el edificio. Y cuando llegó, lo primero que vio fue… La calle acordonada de… con las autoridades y muchos… Lo primero que vi fue muchos jóvenes. Con casco y todo, organizándose como: “Láncese por comida que es lo que hace falta”. Toda la gente trabajando. Los vecinos habían llevado agua para darles a los rescatistas y también palas, picos, cubetas… Todo para mover escombros. Andrés le dio las mandarinas a los voluntarios. Les ofreció ayuda, pero le dijeron que lo mejor era que esperara al siguiente turno… Llega un punto en que tú estar ahí también estorbas, ¿no? Porque puede hasta verse como medio morboso y, pues, estás obstruyendo también el… la vialidad y la labor de la gente que sí está chambeando, ¿no? Entonces decidí… decidí regresarme, ¿no? Esa noche no logró dormir demasiado. Se despertaba cada hora y chequeaba las noticias en el celular. Muchos en la Ciudad de México se desvelaron. Por preocupación. Ansiedad. Muchos se habían quedado sin casa… Y para los miles que llevaban horas recogiendo escombros, pues… adrenalina pura. Al día siguiente se juntó con un amigo. Regresaron al mismo edificio colapsado. Ya había maquinaria recogiendo los escombros aledaños. No se metían al edificio como tal pues era demasiado peligroso. El trabajo minucioso de mover los escombros en busca de sobrevivientes, lo hacían los rescatistas y voluntarios. A mano. Cuando estaba toda esta euforia y todo, muchísimo movimiento y… y lo que te platico de que hay muchísimo ruido y de repente piden silencio, y se hace un silencio, eh… absoluto y se siente como que es súper fuerte. [Gritando] ¡Silencio! ¡Silencio! Andrés y su amigo llevaron palas que compraron en una ferretería cercana. Esperaban poder ayudar a sacar escombros, pero había tanta gente ayudando que realmente no pudieron hacer nada. Pasó lo mismo al tercer día… Pues sentí una pequeña frustración de decir, pues, “no necesitan más manos por el momento, pero necesito hacer algo, ¿no?”. Entonces se me ocurrió así como sacar mi IPhone y ver si me topaba gente, eh, dispuesta como a dar su testimonio, ¿no? Y efectivamente fue cuando conocí a Rogelio… Rogelio no es un rescatista profesional, estaba como voluntario. Tiene unos treinta y pico de años… Debe medir unos… 1, 68 por ahí… Como rapado, como cabello rubio… Yo estaba en el centro de Coyoacán. Estaba por enviar un correo en Correos de México, y este, empezó a tronar el edificio. Entonces salí, y cuando salí empezó a sonar la alarma. Se le veía cansadísimo, de que no había… que no había literalmente… literalmente no había dormido en días. Aquí es donde nací, crecí y viví, y vive mi familia y todos mis amigos. Incluso las personas que estaban atrapadas, todas las conocía. Me había comentado que se le fue la noción del tiempo trabajando ahí. Llegó un momento en el que dieron, “las 5 y media de la mañana”, y yo creía que eran las 11 de la noche. Traía una adrenalina a todo lo que daba. Entonces lo vi como que súper… digo, cansado, pero tenía una vibra súper positiva. Y pues bueno, descansaba una hora, y le volvíamos a dar a los trabajos. Y así yo como todos mis compañeros. Para saber cuántas personas estaban atrapadas en los escombros, lo primero que hicieron Rogelio y los rescatistas fue identificar a los familiares que estaban parados ahí, en frente al edificio… Sacar una lista de los desaparecidos, y sobre de eso, también pasárselo tanto a la Marina y como a los bomberos, como a Protección Civil, a todos los que estábamos ayudando ahí para saber dónde buscar precisamente. Con la ayuda también de los vecinos, fueron recopilando los datos de cada persona atrapada… Dónde vivía cada uno, con mascotas, quiénes estaban en silla de ruedas, quiénes tenían diabetes, quienes tenían hipertensión… Y entre los vecinos, Rogelio se encontró con una amiga, Zara… Estaba llorando inconsolablemente porque, pues, su mamá estaba atrapada, este… en el piso de hasta abajo de la vivienda. Adela Peralta, la mamá de Zara, tiene 87 años y se movía con un caminador por una fractura de cadera. Era una de las 13 personas que, según Rogelio, faltaban por sacar. Desde el martes en la tarde —que fue el terremoto— hasta la noche del miércoles, pudieron sacar los cuerpos de 7 personas que habían fallecido, y rescatar a otros 5 con vida. Pero todavía faltaba la mamá de la amiga de Rogelio: la señora Adela. Todos tenemos una historia. Cada víctima, cada sobreviviente. Y la historia de Adela, pues, es particular. Esta mujer de 87 años, es más o menos conocida… En la época de oro, fue payasita, le decían Tiki Tiki, y pues bueno ahorita actualmente tiene un programa en vivo de televisión en la televisión abierta de Tláhuac. Damas y caballeros. Es un honor y es un placer infinito el que tengo de estar nuevamente con ustedes en este programa que se llama “La hora de los sabios”. Los hemos invitado a todos… Entrevista a grandes personajes del medio artístico, literario… Cultural en general. Y sus hijos estaban preocupados. Adela tiene hipertensión, diabetes, e hipoglucemia. Y estaba atrapada en la parte más baja del edificio. Entonces… Uno de los bomberos encontró un hueco en donde los binomios habían rascado y habían olfateado… Binomios, es decir los perros, que habían detectado a alguien, pero aún no se sabía si estaba con vida o no. A uno de los bomberos… Lo metieron empujándolo y fue haciendo como hacen las tortugas en la arena. Este… fue sacando piedras, fue sacando piedras… Hasta que gritó que la había encontrado. Y después de unos minutos de estar organizando ya la cadena para sacarla, gritó: “¡Está respirando!”. Rogelio y los rescatistas empezaron a apurarse… En estos momentos, se está rescatando una señora con vida… Todos estábamos ya con una inyección de adrenalina muy grande, y empezaron a jalar primero el cuerpo del bombero, de los pies —él estaba boca abajo—, jalando ya agarrada de los hombros, de las axilas, pues, a la señora Adela Peralta. El bombero Raúl Reyes entró a sacarla. Y me tocó presenciar esa parte donde sale con los ojos abiertos la señora Adela, íntegra de un solo jalón, sale viendo para todos lados, y grita el compañero de la marina: “¡Está viva!”. En cadena está. ¡Está viva! Todos empiezan a aplaudir, se hace la algarabía, y pues bueno, era la última que teníamos que rescatar. Y de ahí, pues bueno, todos nos volvimos a poner las pilas, porque, aunque no lo creas, estábamos cabizbajos por todo lo que había sucedido. Y que para muchos de nosotros pues era algo nuevo y, pues, muy sorprendente. ¡Eso es todo bomberos! [Aplausos y gritos] Todo se cayó, este, horriblemente, pero ya no vi, porque la luz se apagó. Y entonces ya me quedé nada más orando, orando y orando. Esta esa Adela. Unas dos horas después del rescate, Zara le mandó a Rogelio unos mensajes por WhatsApp, donde Adela cuenta cómo fue toda la experiencia para ella. Una de zumbidos y zumbidos, ¡cómo se caían las paredes! ¡En trozos grandes! En trozos grandes como de 20 centímetros o 30. Y yo, orando y orando y orando. Y decía yo, “¿y mis hijos? ¿Vivirán?”. Zara y Adela viven juntas. El día del terremoto salió a trabajar y Adela se quedó sentada en la sala, donde hacía más sol. Unos 15 minutos después, tembló, y el edificio se derrumbó. Si hubiera estado en los cuartos se hubiera apachurrado. La dejan ahíy ahí es donde se salva justamente: se abre un boquete donde entra el oxígeno, por lo cual nunca perdió el oxígeno, aún estando hasta abajo de todas las toneladas de escombros. Adela fue el rescate número 13 —el último— del edificio 32 de la calle Rancho de los Arcos. La sexta persona que rescataron de ahí con vida. Ahora volvemos. This is Terry Gross, host of Fresh Air. In my new interview with Hillary Clinton, I asked for her reaction when Donald Trump said this about her showing up slightly late after a commercial break in a debate. I know where she went! Is discusting… You can listen to Fresh Air on the NPR One App and wherever you get your podcasts. Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Después del sismo, la ciudad entera entró en una burbuja en la que el tiempo se detuvo. La vida se detuvo. Se hace como un silencio muy, muy, muy particular de los temblores. Y estábamos en ese silencio, todos estábamos muy muy en shock Y la gente salió de todas sus oficinas, gritando y llorando… Y lo primero que escuché fue el sonido de las ambulancias, de los helicópteros. Todos tratamos de comunicarnos con nuestros familiares, pero no había señal. Mi primer acto fue salir a buscar a mi pareja… Trate de localizar a mi papá, me tardé una hora y media… Logré comunicarme con mi hijo y saber que estaba a salvo. Muchos de los edificios que daban a esa avenida también estaban destruidos, se podían ver como los departamentos por dentro… La casa no se cayó, pero quedó sostenida como de suspiros, así… Vi como… como unas 10 personas así, descalabradas por completo güey. No hay entrenamiento de protección civil que te prepare para esto… Este episodio es especial, en muchos sentidos. Especial porque se trata de una ciudad icónica para los latinoamericanos. Especial porque nos tocó, como colectivo, directamente. Especial también por la manera que se armó. Todo lo que hacemos es colaborativo, todo es trabajo en equipo, pero quizá en este episodio fue más de lo normal. Queríamos crear, en pocos días, un documento sonoro de lo que se vivió en México. Comenzamos obviamente con Andrés, pero tenemos muchos amigos en la Ciudad de México, muchas conexiones. Familia, gente muy cercana a nosotros, al equipo de Radio Ambulante. Muchas de las voces que ya han escuchado, vienen de ellos. Y una de esas personas es el novelista Alejandro Zambra. Es amigo del programa desde los inicios. Y una voz que admiramos. Es chileno, pero se mudó a la Ciudad de México hace unos meses, para vivir con su esposa, la escritora Jazmina Barrera. Publicó este ensayo en la revista chilena Qué Pasa, y nos lo comparte ahora. En el terremoto de Chillán, de 1939, mi abuela perdió a casi toda su familia. Crecimos escuchándola relatar la muerte de su madre: estaban en la misma habitación, pero en rincones opuestos, no alcanzaron a abrazarse. Mi abuela, que por entonces tenía 21 años, estuvo horas tragando tierra antes de que su hermano consiguiera rescatarla. Sobrevivió de milagro y se convirtió luego en la persona más divertida del planeta, pero cuando nos contaba esta historia, por supuesto, todo terminaba en un generoso llanterío. Mi abuela pasó con nosotros el terremoto de marzo de 1985. Yo estaba jugando taca-taca con mi primo Rodrigo, recuerdo que le iba ganando: el equipo blanco mío le ganaba al equipo azul de él. Mi abuela nos agarró de un ala para llevarnos al patio. Nos abrazó muy fuerte, luego llegaron mi mamá y mi hermana y 5 o 10 angustiosos segundos más tarde apareció mi papá. Esa noche pensé, con estas palabras exactas: así que esto es un terremoto. Después, en septiembre, vino el terremoto mexicano. Pegados a la tele, vimos una y otra vez las horrorosas imágenes de la Ciudad de México destruida. Esa noche le pedí a mi papá que fuéramos a ayudar a los damnificados. Lanzó una risotada y me explicó que México quedaba lejos, a muchas horas en avión. Me dio vergüenza. Yo tenía 9 años y parece que nunca había mirado un mapa. Quizás por la tele o por la música, creía que México quedaba tan cerca como Perú o Argentina. Me salto a febrero del 2010. La noche del terremoto estaba solo, vivía solo. Pensé, como tantos chilenos, que era el fin del mundo. Pensé, sobre todo, que no tenía a nadie a quien proteger. Al día siguiente busqué, entre el desorden de libros, «Un hombre solo en una casa sola», el poema de Jorge Teillier, y me lo aprendí de memoria. Quería quizás reírme de mí mismo —de mi autocompasión, de mi tristeza—, pero no me salía la risa: Un hombre solo en una casa sola No tiene deseos de encender el fuego No tiene deseos de dormir o estar despierto Un hombre solo en una casa enferma. Ahora mi casa queda en la Ciudad de México y estoy menos solo que nunca. Y supongo que estos dos terremotos al hilo, en dos semanas, me han vuelto menos extranjero. Cuando empezó el primero, el del 7 de septiembre, tenía el oído izquierdo y la mano derecha en el vientre de Jazmina, mi esposa, embarazada de casi 7 meses. Y ayer, 19 de septiembre, cuando empezó el segundo, acababa de escribir el primer párrafo de esta columna. Era otra columna, por supuesto: ya ni me acuerdo de qué se trataba. Ayer dimos unas vueltas, a veces ayudamos, a veces estorbamos, mandamos mensajes de texto, respondimos correos, hablamos por teléfono, es decir, como siempre, hicimos lo que pudimos, y sentimos que no fue mucho, que no fue suficiente. Pero al menos, al final del día, conseguimos encontrar a Frank y a Jovi, dos de nuestros mejores amigos, en una plaza de la colonia Roma. «Estoy bastante mejor de la rodilla», dijo Frank, con un optimismo a toda prueba, inmediatamente después de acomodar las muletas en el asiento trasero del auto. Para el primer terremoto Frank estaba recién operado y no podía apoyar el pie izquierdo. Bajó 6 pisos en calzoncillos y muletas, ayudado por Jovi, y pasaron horas en la plaza, frente al edificio, antes de decidirse a volver al departamento, que quedó plagado de grietas, aunque, según los ingenieros, sin daños estructurales. Con el terremoto de ayer, sin embargo, el edificio entero estuvo a punto de derrumbarse, y bajar los 6 pisos fue casi imposible. «Eres experto en terremotos, todos los chilenos son expertos en terremotos», me dice Frank, ahora. Le respondo que mi especialidad son los terremotos chilenos, que en materia de terremotos mexicanos soy apenas un principiante. Y sonreímos, como si no fuera cierto. Hace unos años, en la pared principal de ese departamento al que ya no volverán, Frank y Jovi colgaron un mapa enorme, de dos por dos, de la Ciudad de México. Pero un mapa enorme de la Ciudad de México igual es casi completamente indescifrable sin una lupa y un montón de paciencia. Acaba de largarse a llover, todavía esperamos las réplicas y estamos todos muy tristes, pero yo pienso que quiero vivir aquí muchos años. En 3 horas se habían montado clínicas improvisadas, había brigadas de médicos, enfermeros, médicas y enfermeras, trabajando. Empiezas a ver a gente joven, con cascos, en la bicicleta, con víveres. La gente estaba en las calles, ayudando y intentando rescatar, quitar escombros. Y todos una desesperación, y a las vez en una solidaridad y una humanidad que pocas veces se ve. Miles de jóvenes, estudiantes, señoras, cientos de albañiles, arquitectos, ingenieros… Y literal fue pensando como, “¿en qué echamos la mano?”. Tenemos las camionetas. En lugar de tenerlas paradas, pues esas madres sirven para mover víveres, ¿no? Yo últimamente lloro por todo, cuando me dan una sopa caliente, cuando veo personas en el metro con las botas sucias, con las manos raspadas de que han estado trabajando. Pues se sentía una vibra así de apoyo y pues sí, estuvo cabrón, güey. La neta fue algo… algo muy, muy fuerte. Y apenas vi a una chica con una playera que decía: “No nos conocemos, pero nos necesitamos”. Y creo que ese es un resumen de todo lo que ha pasado después del terremoto. Terminamos de producir este episodio el miércoles 27 de septiembre, poco más de una semana después del terremoto. En este momento la Secretaría de Gobernación de México ha confirmado 337 víctimas mortales, distribuidas en 6 territorios: Oaxaca, Guerrero, el Estado de México, Puebla, Morelos y Ciudad de México. Como es normal después de este tipo de catástrofes, la cifra definitiva de pérdidas humanas no se sabrá hasta dentro de varias semanas. Aunque la atención mediática se ha concentrado en la capital, en otros estados, como Oaxaca, los estragos han sido mayores y se sumaron a los del sismo del 7 de septiembre. En todo caso, en las otras zonas también se han organizado redes de solidaridad que son ejemplo para el resto de Latinoamérica. Gracias a todos los que nos mandaron audio por whatsapp: Jaled Abdelrahim, Carmen Alcázar, Diana Amador, Rafael Arvizu, Julio Barajas, Ana Barbara Barrón, Brenda Barrón, Héctor Antonio Barrón, Germán Campos, José María Castro, Tatiana García, Izara García, Pamela Garibay, Irene Garibay, John Gibler, Mariana Gonzalez, Remy Lozano, Eva Luna, Areli Montes, Miguel Morquecho, Daniela Ocaranza, Coquis Quiroz Teyssier, Patricia Ruvalcaba, Lili Serra, Aguri Serra, Adolfo Sosa, Wilbert Torre, Alejandro Torres, Daniel Vázquez, Julián Vélez, José Carlos Baltazar, Raquel Villarreal y Memo Villegas. También queremos agradecer a Rogelio García, Francisco Goldman, Érick López, Jovi Montes Hernández y Alejandro Zambra. También gracias a la familia Peralta. Esta historia fue producida y editada por el equipo editorial de Radio Ambulante, que incluye a Camila Segura, Luis Fernando Vargas, Silvia Viñas y a mí, con ayuda especial de Andrés Azpiri y Andrea Betanzos, nuestra coordinadora de programas. El diseño de sonido y la música es de Andrés. El resto del equipo incluye a Desiree Bayonet, Jorge Caraballo, Ryan Sweikert, Barbara Sawhill, David Trujillo y Elsa Liliana Ulloa. Maytik Avirama es nuestra pasante editorial. Carolina Guerrero es la CEO. Un saludo especial a nuestro productor Luis Trelles en San Juan, Puerto Rico. Te estamos pensando, Luis. Un abrazo grande a ti, y a todos nuestros amigos boricuas. Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Conoce más sobre Radio Ambulante y sobre esta historia en nuestra página web: radioambulante.org. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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