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Radio Ambulante - Toy story

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A veces encuentras paz en los lugares menos esperados
--
Nota: Estamos planeando hacer más podcasts en español además de Radio Ambulante. Por favor responde estas preguntas para ayudarnos a decidir qué tipos de programas producir. ¡Gracias! http://bit.ly/preguntasRA

Ambulantes,
un
favor
enorme
antes
de
empezar.
Estamos
haciendo
una
encuesta
para
saber
qué
otros
podcasts
en
español
podemos
hacer
para
ustedes.
Además
de
Radio
Ambulante,
por
supuesto.
Entonces,
vayan
a
radioambulante.org/encuesta
y
ahí
nos
pueden
ayudar
respondiendo
unas
preguntas.
Necesitamos
que
nos
respondan
al
menos
cinco
mil
oyentes
y
apenas
vamos
por
la
mitad.
Solo
les
tomará
tres
minutos
y
nos
ayudarán
bastante
a
planear
el
futuro
de
Radio
Ambulante.
Por
favor:
radioambulante.org/encuesta.
¡Gracias!
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante,
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
OK,
comencemos
con
un
poco
de
historia:
el
“Periodo
Especial”
en
Cuba.
Normalmente
esa
frase
se
usa
para
referirse
a
esos
años
difíciles
que
vinieron
justo
después
de
la
caída
del
muro
de
Berlín,
en
1989.
A
esa
época
después
de
que
la
Unión
Soviética
colapsó,
le
quitó
los
subsidios
a
Cuba
y
la
isla
cayó
en
una
larga
depresión
económica.
Pero,
si
lo
vemos
de
otra
manera,
el
período
de
historia
contemporánea
cubana
que
en
realidad
ha
sido
especial,
extraordinario,
diferente,
fue
la
era
que
vino
justo
antes:
los
setentas
y
los
ochentas.
Cuando
Cuba
intercambiaba
caña
de
azúcar
y
tabaco
por
petróleo,
y
—como
si
fuera
magia—el
socialismo
parecía
estar
funcionando.
Esta
es
Karla
Suárez.
Ella
se
acuerda
bien
de
esta
época.
Yo
crecí
en
los
años
setenta.
Nací
en
el
69,
finales
del
69,
y…
y
los
recuerdos
que
yo
tengo
de
esa
época
la
verdad
que
son
muy
buenos.
La
Habana
era
un
lugar
seguro,
limpio
y
se
sentía
abierto.
Cuba
era
un
país
con
futuro.
Yo
soy
de
la
generación
que
vivió…
digamos
que
la
década
de
oro,
si
se
le
puede
llamar,
de…
de
la…
posrevolucionario,
¿no?
Antes
de
seguir,
salgamos
de
unas
cuantas
cosas
primero.
Sí,
había
un
embargo
y,
sí,
había
escasez
y
límites
y
libretas
de
abastecimiento.
Y
el
régimen
de
Castro
era
autocrático
y
a
los
disidentes
los
encarcelaban
o,
en
algunos
casos,
les
hacían
cosas
peores.
Sí.
Todo
eso.
Pero
la
amenaza
inminente
de
un
holocausto
nuclear
había
bajado.
Y
había
buenos
colegios
y
un
sistema
de
salud
envidiable
y
muchos
en
Cuba
sentían
que
había
un
sacrificio
compartido.
No
era
un
paraíso.
Pero
nada
que
ver
con
los
años
duros
que
vendrían.
Quiero
que
entiendan
a
lo
que
me
refiero.
Entonces
hablemos
de
un
aspecto
bastante
cotidiano
de
cualquier
niñez:
los
juguetes.
Un
elemento
clave
de
la
infancia,
¿cierto?
Si
creciste
en
Cuba,
durante
los
setentas
y
los
ochentas—antes
de
que
llegaran
los
años
más
crudos—
los
niños
tenían
derecho
a
juguetes.
Entonces
lo
que
se
hacía
era
que
cada
niño
tenía
derecho
a
tres
juguetes.
Tres
juguetes.
Uno
de
tres
categorías
diferentes.
Uno
se
llamaba
el
básico
que
era
como
el…
el
más
importante,
el
más
grande.
Otro
se
llamaba
el
no
básico,
que
era
mediano
así.
Y
el
otro
era
el
dirigido,
que
era
un
juguetico
simple,
¿no?
Básico.
No
básico.
Dirigido.
Le
pedí
a
Karla
que
me
diera
ejemplos
de
cada
categoría.
No
sé.
La…
la
muñeca
más
bonita
a
lo
mejor
era
básico,
eh…
No
básico
podía
ser,
por
ejemplo,
un
juego
de
tacitas
y
cucharitas
y
platicos.
Eso
podría
ser
un
no
básico.
Y
dirigido
podía
ser
un
juego
de
jacky.
Eh…
un
juego
de
jacky,
¿sabes?
El
que
hay
unas
piececitas
y
tiras
una
pelota
y
vas
cogiendo
dos
y
después
coges
tres.
El
año
en
que
Karla
nació
fue
el
año
en
que
Fidel
canceló
la
navidad
para
que
las
fiestas
no
interrumpieran
las
cosechas.
Así
que
los
juguetes
se
repartían
a
mitad
de
año.
Y
entonces
se
hacía
un
sorteo
con
todas
las
libretas
de
abastecimiento
—todas
las
familias
con
niños.
Y
entonces
te
tocaba
un
número.
Y
ese
número
era
importantísimo
porque
definía
cuándo
podías
comprar
tus
tres
juguetes.
Se
designaban
en
total
seis
días
en
los
cuales
se
podían
comprar.
Si
sacabas
un
número
bajo
—uno
o
dos—
era
una
maravilla
porque
había
muchas
opciones.
Y
si
a
tu
amigo
le
tocaba
el
primer
día,
ya
empezabas
a
jugar
con
los
juguetes
de
tu
amigo
el
primer
día.
Eso.
La
solidaridad
socialista.
Pero,
si
te
sacabas
un
número
alto…
Te
daba
tremenda
rabia
porque
después
te
tocaba
el
cuarto
día
y,
claro,
cuando
ya
yo
compraba,
los
juguetes
no
se
parecían
en
nada
a
lo
que
había
comprado
mi
amiga.
Y
si
creen
que
los
niños
en
países
socialistas
son
más
amables
o
más
generosos
que
y
yo
cuando
éramos
niños,
Karla
me
asegura
que
no.
La
crueldad
de
los
niños
yo
creo
que
sobrepasa
a
cualquier
sistema.
Así
que
los
niños
día
uno,
con
sus
sofisticados
juguetes
día
uno,
se
burlaban
de
los
niños
día
seis,
con
sus
patéticos
juguetes
día
seis.
Porque
había
una
gran
diferencia,
claro,
entre
los
días
uno
y
seis.
Por
ejemplo,
en
el
día
uno
cuando
escogías
tu
juguete
“básico”,
podías
escoger
—como
quería
Karla—
una
guitarra.
Tenía
la
obsesión
de
comprar
una
guitarrita
Pero
si
te
tocaba
el
día
cuatro,
como
a
Karla…
Y
cuando
llegué
la
que
quedaba
no
tenía
cuerda.
Cuando
hablé
con
Karla
le
hice
una
pregunta
que
luego
entendí
era
completamente
absurda:
¿por
qué
no
compraste
la
guitarra
y
después
las
cuerdas?
Ah,
no,
claro.
Qué
va.
¿De
dónde
iba
a
sacar
cuerda?
No,
eso
no…
eso
es
un….
No,
no
creo
que
se
pudieran
conseguir
cuerdas
así.
En
Cuba,
nosotros
crecimos
—mi
generación—
con
lo
que
te
toca.
Eso
quiere
decir
que…
Yo
estoy
acostumbrado
solamente
a
uno
y
es
el
que
me
toca.
Es
como
que
estás…
estás
acostumbrado
a
que
piensen
por
ti.
A
que
alguien
te
diga
—papá
gobierno
te
diga—
lo
que
tienes
que
hacer,
lo
que
te
toca
y
lo
que
es
correcto.
Karla
me
dijo
que
cuando
siempre
escogen
por
ti,
eso
te
afecta.
Moldea
el
tipo
de
persona
que
eres.
No
te
desarrolla
una
parte
que
es
la
capacidad
de
elección,
¿no?
De
decir:
“Yo
quiero
esto.
Prefiero
esto.
Prefiero
lo
otro”,
¿no?
Porque
quizás
quieres
un
juguete
en
octubre
o
en
enero.
Pero
no
lo
puedes
tener,
porque
no
hay
otros
juguetes.
Simplemente
así
son
las
cosas.
Karla
estaba
por
entrar
a
la
universidad.
Todavía
recuerda
cómo
era
La
Habana
en
ese
momento.
No
olvida
el
optimismo
que
ella
y
sus
amigos
sentían.
Cómo
era
ser
joven
y
tener
ilusiones.
Cuando
comenzó
la
universidad…
Yo
empecé
con
unos
sueños
de
cosas
que
iba
a
hacer
después
de
que
me
graduara.
Pero
justo
después…
Buenas
noches,
Berlín,
como
acaban
de
ver,
es
un
clamor
de
libertad.
Miles
de
personas
han
tomado
literalmente
un
muro
que
hasta
hace
24
horas
significaba
la
división
entre
el
Este
y
el
Oeste.
En
el
89
tumbaron
el
muro
de
Berlín.
En
el
91
se
acabó
la
Unión…
la
Unión
Soviética.
Aquí
tenemos
que
parar
un
momento
y
subrayar
la
ironía.
Porque
un
acontecimiento
histórico
tiene
significados
distintos
—a
veces
opuestos—
en
distintos
lugares.
En
Europa
y
en
gran
parte
del
mundo
la
caída
del
muro
de
Berlín
significó
libertad,
el
fin
de
la
dictadura
y
la
represión.
Una
Alemania
unificada.
Pero
para
Cuba…
Cuando
desapareció
la
Unión
Soviética,
desapareció
prácticamente
todos
los
productos
con…
de
los
que
nosotros
vivíamos.
Nosotros
planteamos
que
si
debemos
afrontar
un
Periodo
Especial
en
épocas
de
paz
—un
duro
periodo
especial—
nuestra
tarea
no
debe
ser
solo
la
de
sobrevivir,
sino
incluso
la
de
desarrollarnos.
Empezó
a
faltar
todo
en
Cuba.
Y,
claro,
la
problemática
de
los
años
noventa
era
qué…
qué
voy
a
comer
hoy,
qué
voy
a
cocinar
esta
noche.
Ahora
a
este
país
se
le
pide
un
internacionalismo…
una
misión
internacionalista
extraordinaria:
¡Salvar
la
revolución
en
Cuba!
¡Salvar
el
socialismo
en
Cuba!
Según
recuerda
Karla
—en
lo
que
se
sintió
como
un
abrir
y
cerrar
de
ojos—
Cuba
se
convirtió
en
un
país
completamente
distinto.
Fue
muy
abrupto
porque
era:
de
un
día
para
otro
empezó
a
cambiar
todo,
a
cerrarse
todo.
Y
sobre
todo
al
principio
de
los
años
noventa
se
cerró
prácticamente
el
país
para
nosotros.
Karla
describe
esta
sensación
de
que
la
isla
—su
querida
isla—
de
pronto
se
sentía
pequeña.
Tan
pequeña
que
era
sofocante.
Y
no
solo
en
su
espíritu,
también
en
cuestiones
prácticas.
Y
los
hoteles
cerraron
para
nosotros
y
no
se
podía
entrar.
Eran
para…
para
los
turistas
y
los
restaurantes
también.
Entonces
de
pronto
el
país
completamente…
el
país
que,
al
que
podías
entrar,
ya
no
era
tu
país.
Pero
nosotros
estábamos
ahí.
Había
lugares
a
los
que
ya
no
se
podía
ir,
porque
no
te
dejaban
entrar.
O
lugares
a
los
que
no
podías
llegar,
porque
de
pronto
se
volvió
muy
difícil
ir
de
un
lado
a
otro
en
Cuba.
Y
entonces
de
pronto
el
transporte
—que
ya
era
malo,
porque
siempre
ha
sido
muy
malo
el
transporte
ahí—
ya…
desapareció
prácticamente.
La
guagua,
los
autobuses
pasaban
de
vez
en
cuando.
Y
entonces
la
opción
que
tuvo
el
gobierno
para
solucionar
un
poco
la
crisis
esa
fue
las
bicicletas.
La
ciudad
estaba
completamente
inundada
de
bicicletas.
Miles
y
miles
de
bicicletas
importadas
de
Rusia.
Bicicletas
soviéticas
gigantes
y
pesadas.
Miles
más
se
importaron
de
China.
Esto
era
completamente
nuevo.
Y
Karla
nunca
había
tenido
una
bicicleta.
Cuando
era
niña…
No
cuántas
llegaban,
pero
llegaban
muy
pocas.
Y
por
supuesto
se
acababan
en
los
primeros
números.
En
los
primeros
cinco
o
seis
números,
una
cosa
así.
Pero
ahora
—durante
el
Periodo
Especial—
con
la
isla
inundada
de
bicicletas,
era
su
oportunidad.
Karla
era
una
estudiante.
Necesitaba
llegar
a
clase.
Y,
entonces,
yo
ahí
estaba
en
la
universidad.
Empezaron
a
dar
las
bicicletas.
Yo
dije:
“Bueno,
yo
quiero
una
bicicleta.
Ya
ahora
me
toca”.
Le
tocaba.
Pero,
había
un
problema.
Te
hacían
dar
una
vuelta
para
demostrar
que
sabías
montar
y
te
podías
ir
de
la
universidad
con
la
bicicleta.
Y
ella
no
sabía
montar.
Porque,
claro,
ningún
niño
compraba
una
bicicleta
en
un
día
tres
o
cuatro.
Ya
no
habían.
Como
Karla,
había
muchos
que
nunca
habían
aprendido
a
montar.
Así
que,
si
querías,
podías
tomar
una
clase
ahí
mismo,
en
la
universidad.
Pero
Karla…
Yo
dije:
“No,
no.
Yo
tengo
una
reputación.
Yo
no
voy
a
ponerme
a
aprender
a
montar
bicicleta
delante
de
mis
compañeros”.
¿Qué
van
a
pensar?
¿Que
yo
a
los
20
años
no
montar
bicicleta?
Así
que
se
fue
a
aprender
por
su
lado,
a
la
casa
de
su
prima.
Donde
inmediatamente
se
cayó
de
la
bicicleta
y
se
partió
el
pie.
Tuvo
que
usar
un
yeso,
lo
que
finalmente
resultó
ser
algo
bueno.
Y
entonces
con
el
yeso
fui
a…
a
la
universidad,
que
me
dieran
la
bicicleta.
No
podía
demostrar
que
sabía
montar
porque
tenía
un
yeso,
pero
le
expliqué
que
era…
lógicamente,
yo
sabía
montar.
La
miraron
un
rato,
hasta
que
dijeron:
“Bueno,
está
bien”.
Y
así
fue
como
Karla
—a
los
veinte—
tuvo
su
primer
juguete
día
uno.
Fidel
anunció
el
comienzo
del
Periodo
Especial
en
1990
y
esa
crisis
en
realidad
nunca
terminó.
Y
esto
es
lo
que
quiero
que
entiendan:
cómo
veo
yo
esta
pequeña
historia.
Cuando
te
encuentras
en
un
momento
de
transición,
cuando
sientes
que
tú…
que
tu
país
se
está
despidiendo
de
algo,
sin
realmente
saber
bien
de
qué.
Cuando
sientes
miedo
de
lo
que
se
viene.
A
veces
encuentras
paz
en
los
lugares
más
inesperados.
Karla
consiguió
su
bicicleta,
una
amiga
le
enseñó
a
montarla
y
poco
a
poco
empezó
a
explorar
la
ciudad
con
su
nuevo
juguete.
Podías
pedalear
por
las
calles
así
y…
y
no
y
sentir
el
viento.
Y
a
veces
me
encantaba,
por
ejemplo,
cuando
llovía
—porque
ahí
llueve,
en
el
Caribe
llueve
de
pronto,
brrrrr—
y…
y
eso…
se
va
a
acabar
el
mundo
y
a
los
15
minutos,
se
acabó.
Y
eso
me
encantaba.
Eso
me…
me…
así
era
como
una
liberación,
¿no?
Y
me
relajaba
muchísimo.
Porque
en
Cuba
en
los
noventas
el
mundo
se
te
empezaba
a
cerrar.
Tus
opciones
—que
no
eran
muchas—
se
sentían
incluso
más
reducidas.
Y
era
tan
poco
lo
que
estaba
bajo
tu
control.
Tan
poca
tu
autonomía
personal.
Pero
seguías
con
lo
tuyo,
viendo
qué
iba
a
pasar,
sin
poder
ignorar
el
colapso
que
venía.
Pero
en
la
bicicleta:
Claro.
Y
si
quiero
doblar
por
aquí,
doblo
por
aquí.
Si
quiero
cambiar
de
opinión,
cambio
de
opinión
y
me
voy
por
el
otro
lado.
Y…
y
eres
el
único
que…
todo
depende
de…
de
la
resistencia
de
tus
pies.
Física,
¿no?
Si
ya
te
cansas,
bueno,
no.
Pero
todo
depende
de
ti.
Y
esta
es
la
imagen
que
les
quiero
dejar,
la
que
quedó
grabada
en
mi
mente
desde
que
hablé
con
Karla.
Un
país
que
se
siente
distinto,
en
el
que
las
puertas
que
siempre
habían
estado
abiertas,
de
pronto
se
cierran
de
golpe.
Donde
hay
incertidumbre,
malestar.
Una
crisis
que
puedes
ver
en
las
caras
de
tus
vecinos
y
de
tu
familia
y
de
tus
amigos,
que
sientes
en
la
boca
del
estómago.
Una
ansiedad
que
no
se
distingue
del
hambre.
Ese
sentimiento
de
que
algún
día
tendrás
que
irte,
aunque
no
sabes
cómo
lo
harías
o
a
dónde.
Pero
de
noche,
llegan
las
lluvias
y
la
ciudad,
dormida,
se
purifica.
Pones
un
cassette
en
tu
walkman.
Ah,
yo
escuchaba
mucho
Pink
Floyd.
Pink
Floyd
me
acompañó
muchísimo
en
la
bicicleta.
Te
pones
los
audífonos
—el
mundo
queda
fuera—
y
regresas
a
casa
en
bicicleta,
vagando
por
calles
oscuras
y
desiertas.
Y
sientes
—solo
por
un
momento—
como
si
nada
pudiera
detenerte.
Menos
el
mar.
Ya
volvemos.
El
siguiente
mensaje
viene
de
Squarespace,
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NPR.
Squarespace
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¿Te
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las
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los
juegos
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poco
nerds
y
el
humor?
¿Qué
tal
las
entrevistas
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actores,
músicos
y
todo
tipo
de
personas?
Si
suena
como
algo
para
ti,
escucha
Ask
Me
Another
todos
los
viernes.
¿Qué
se
necesita
para
empezar
algo
desde
cero?
¿Y
cómo
es
el
proceso
para
construirlo?
Cada
semana
en
How
I
Built
This,
un
detrás
de
escenas
con
los
fundadores
de
las
compañías
más
inspiradoras
del
mundo.
Estamos
de
vuelta
en
Radio
Ambulante.
Soy
Daniel
Alarcón.
Durante
muchos
años
La
Habana
fue
la
ciudad
de
mis
regresos,
el
lugar
donde
yo
vivía
y,
por
tanto,
llegar
significaba
el
fin
del
viaje,
vuelta
a
la
rutina.
Y
esta
es
Karla
Suárez,
leyendo
un
texto
llamado
La
Habana.
Unas
veces
llegué
durmiendo,
junto
a
mi
hermana,
en
el
asiento
trasero
de
un
carro.
Otras
desembarcaba
donde
me
dejara
el
camión
y
la
ciudad
se
convertía
en
los
rostros
de
la
gente
mirándonos
como
si
volviéramos
de
la
guerra,
ellos
barbudos
y
nosotras
despeinadas,
flacos
todos,
con
la
ropa
sucia
y
muchas
veces
rota,
con
las
mochilas
llenas
de
fango
y
los
cuerpos
apestando
a
días
de
carretera,
aunque
sólo
gracias
a
las
miradas
extrañas
o
a
algún
comentario
al
llegar
a
casa,
nos
dábamos
cuenta
de
que
el
perfume
colectivo
que
nos
acompañaba
en
los
montes
o
en
las
cuevas,
en
la
ciudad
se
llama
simplemente
peste.
La
Habana
era
la
normalidad,
la
pausa
entre
aventura
y
aventura,
el
centro
del
mundo,
de
nuestro
limitado
mundo
de
isleños.
Era
el
aprovechar
los
días
que
quedaban
de
vacaciones
para
reunirnos
a
rememorar
el
viaje
y
a
contarles
a
los
otros
y
“estuve
allí,
hice
esto,
y
el
peligro,
y
allí
no
vuelvo
o
allí
tengo
que
volver”.
Era
pasar
en
limpio
mis
diarios
escritos
en
libretas
maltratadas
por
el
viaje
para
leérselos
a
todos,
algún
día,
para
que
no
se
nos
olvidara
quién
hacía
la
fogata
para
cocinar,
quién
llegaba
siempre
de
primero,
quién
protestaba,
quién
cargaba
su
mochila
de
cosas
en
principio
inútiles
que
luego
nos
servían
para
seguir
andando,
quiénes
hacían
las
crónicas
del
viaje,
quiénes
éramos;
escribir
sobre
todo
para
eso,
para
que
no
se
nos
olvidara
quiénes
éramos
y
dónde
habíamos
estado.
La
Habana
era
la
vida
de
todos
los
días,
el
punto
de
partida
para
el
siguiente
viaje,
el
ombligo.
Pero
La
Habana,
para
mí,
es
además
otra
cosa.
Es
la
ciudad
donde
yo
nací
y
donde
he
vivido
la
mayor
parte
de
mi
existencia.
Es
mi
barrio
y
la
alegría
de
sentirme
grande
porque
me
dejaran
cruzar
sola
la
avenida
41
para
visitar
a
mi
amiga
de
infancia.
Es
mi
hermana
inventando
una
coreografía
para
bailar
juntas.
Es
mi
casa
repleta
de
los
libros
de
mi
madre,
todas
las
historias
del
mundo
escondidas
en
los
libreros
y
en
los
discos
de
acetato.
Es
mi
padre,
con
unos
prismáticos,
enseñándome
las
constelaciones
en
la
azotea
de
mi
edificio.
Y
ellos
dos,
con
mapas
y
diseños,
casi
enloquecidos,
tratando
de
hacerme
comprender
que
el
túnel
de
La
Habana
pasa
por
debajo
de
la
bahía,
que
es
una
obra
de
la
ingeniería
civil,
que
entra
por
un
lado
y
sale
por
el
otro,
mis
padres
desesperados
ante
mi
lógica
infantil
de
no
creer
en
lo
que
no
puedo
tocar,
¿cómo
es
posible
que
peces
y
barcos
se
paseen
por
encima
de
los
autos?
Negativa
infantil:
no
entiendo.
Muchos
años
después,
en
Roma,
un
italiano
me
dijo
admirado
que
el
túnel
de
la
bahía
de
La
Habana
era
una
de
las
cosas
que
más
le
había
sorprendido
de
la
ciudad.
Yo
sonreí
y
entonces
saqué
mi
mapa
y
expliqué:
en
La
Habana
hay
tres
túneles,
dos
pasan
por
debajo
del
río
Almendares
y
son
pequeños,
pero
el
más
impresionante
es
el
de
la
bahía,
empieza
de
este
lado
y
sale
por
el
otro,
tiene
cuatro
carriles,
733
metros
de
longitud
y
fue
construido
por
una
empresa
francesa
en
los
años
cincuenta.
De
hecho,
su
arquitectura
se
parece
mucho
a
los
túneles
que
atraviesan
algunas
montañas
en
Francia,
sólo
que
el
de
La
Habana
es
otra
cosa
porque,
mientras
lo
recorres,
sabes
que
unos
metros
más
arriba
puede
estar
pasando
un
barco
o
algún
pez,
si
es
que
quedan
peces
en
aquellas
turbias
aguas.
La
Habana
es
los
muchachos
de
mi
barrio
bañándose
en
el
aguacero
y
las
madres
gritando
por
el
balcón
que
ya
es
hora
de
comer,
que
regresen.
Y
los
chiquitos
corriendo,
los
varones
en
la
calle
jugando
a
la
pelota,
las
niñas
jugando
al
pon.
Es
las
canciones
de
Teresita
Fernández,
“amiguitos
vamos
todos
a
cantar,
porque
tenemos
el
corazón
feliz”.
Y
aquella
otra
sublime
melodía
que
se
escuchaba
a
lo
lejos,
segundos
antes
de
agarrar
el
pote
de
plástico
para
salir
corriendo
a
la
calle,
porque
la
música
anunciaba
el
Carrito
del
helado
que
se
paseaba
por
la
ciudad
para
pararse
en
una
esquina
cualquiera
a
vender
helados,
paleticas,
cosas
ricas
que
había
que
comprar.
La
Habana
es
la
escuela,
el
uniforme,
los
poemas
de
Martí
repetidos
y
aprendidos
para
toda
la
vida
y
recitados
cada
mañana
antes
del
saludo
a
la
bandera
y:
“Pioneros
por
el
Comunismo,
seremos
como
el
Che”,
y
la
fila,
la
clase
y
luego
el
recreo
y
las
galleticas
dulces
y
el
refresco.
La
Habana
es
que
tu
vecina
te
pregunte
si
cambiaste
de
novio
porque
el
muchacho
que
vino
a
buscarte
hoy
no
es
el
mismo
de
la
semana
pasada.
Es
tocar
a
la
puerta
de
al
lado
cuando
se
te
acabó
la
sal
o
cuando
tienes
que
llamar
por
teléfono,
porque
no
tienes
teléfono,
es
escuchar
las
discusiones
de
todo
el
edificio.
Es
la
gente
asomada
a
los
balcones,
mirando
la
calle,
porque
hay
calor
y
no
hay
nada
más
interesante
que
hacer
y
nos
miramos
todos
y
sabemos
todo
de
todos.
Es
la
bronca
en
medio
de
la
calle
o
los
gritos
de
aquella
vecina
mientras
se
suicidaba
pegándose
candela.
Es
la
larga
cola
del
pan
o
la
cola
de
la
guagua
que
demora
siglos.
Es
la
pizza
y
la
malta
que
vendían
en
la
Tropical,
antes
de
que
la
Tropical
se
convirtiera
en
el
reino
de
la
música
bailable
y
la
salsa
se
expandiera
por
el
aire
para
llegar
a
mi
ventana
e
impedirme
escuchar
la
película
del
sábado.
Es
los
dos
canales
de
televisión,
los
muñequitos
rusos
y
polacos
con
que
crecimos,
o
el
cubanísimo
Elpidio
Valdés
luchando
contra
los
españoles,
las
telenovelas
brasileñas
y
los
interminables
discursos
del
Comandante
en
Jefe
transmitidos
por
los
dos
canales,
justo
antes
de
la
telenovela,
para
que
nadie
apague
la
televisión.
La
Habana
son
mis
dedos
aprendiendo
a
tocar
guitarra
en
el
conservatorio.
Es
la
música
de
Ignacio
Cervantes,
de
Lecuona,
de
Caturla,
las
clases
de
solfeo
y
la
cara
de
aquel
profesor
de
marxismo
acusándonos
de
diversionismo
ideológico
porque
los
varones
querían
tener
el
pelo
largo,
todos
llevábamos
las
mangas
de
las
camisas
remangadas
y
habíamos
colgado
en
las
paredes
carteles
de:
“¡Viva
el
rock!”.
Al
día
siguiente
cuando
entró
en
la
clase
vio
escrito
en
la
pizarra:
“¡Qué
viva
también
la
música
cubana!”,
pero
entonces
nada
dijo.
La
Habana
es
la
fuga
del
preuniversitario
para
bañarse
en
la
costa
y
lucir
orgullosos
el
colorcito
moreno
del
Caribe.
Son
las
primeras
discusiones,
las
primeras
preguntas
y
la
guerra
de
Angola
y
Nicaragua
y
la
unidad
Latinoamericana
y
la
música
de
la
Nueva
Trova
acompañando
las
veladas
alrededor
de
una
jarra
de
negro
soviético.
Es
descubrir
la
poesía
y
querer
aprenderse
a
Vallejo
de
memoria,
reunirse
en
un
garaje
para
cantar
las
canciones
de
uno
de
nosotros
y
leer
los
poemas
de
todos
nosotros
y
estar
de
acuerdo
en
que
el
mundo
no
nos
entiende,
y
los
vecinos
se
quejan,
porque
es
madrugada
y
seguimos
cantando
y
el
no
es
sólo
té,
sino
que
va
acompañado
de
ron
y
los
muchachos
gritan
y
no
dejan
dormir,
hasta
que
nos
cierran
el
garaje
y
hay
que
mudarse
al
parque
más
cercano,
donde
los
árboles
no
protestan
y
allí
podemos
quedarnos
hasta
el
amanecer.
La
Habana
son
los
helados
de
Coppelia
cuando
la
heladería
abría
hasta
las
dos
de
la
mañana
y
estaba
llena
de
sabores
diferentes.
Soy
yo
caminando
de
madrugada,
kilómetros
y
kilómetros
hasta
llegar
a
casa,
por
el
simple
gusto
de
caminar
sola
y
de
noche,
cuando
caminar
solo
y
de
noche
no
era
preocupante,
había
luz
en
las
calles
y
gente
sentada
en
los
portales.
La
Habana
son
los
conciertos
de
los
jóvenes
trovadores
en
el
Saborit,
en
el
municipio
Playa;
o
en
la
Casa
del
joven
creador,
en
la
Avenida
del
Puerto.
Es
la
descarga
de
música
y
poesía
en
el
museo
de
13
y
8
en
el
Vedado
a
finales
de
los
ochenta.
Son
los
libros
que
había
que
leerse,
que
había
que
pasarse
de
mano
en
mano,
como
dijo
Martí:
“Ser
cultos
para
ser
libres”,
había
que
ser
cultos
para
luego
descubrir
que
no
íbamos
a
ser
totalmente
libres.
La
Habana
es
el
malecón,
los
casi
siete
kilómetros
de
muro
bordeando
el
litoral
norte,
delimitando
las
fronteras,
marcando
nuestra
“terrible
circunstancia
del
agua
por
todas
partes”
como
escribió
Virgilio
Piñera.
La
Habana
es
Piñera
y
es
Carpentier
y
es
Lezama
Lima
y
es
todos
sus
poetas
y
escritores,
vivos
y
muertos,
dentro
y
fuera
de
la
isla.
Y
es
el
desfile
de
carrozas
y
comparsas
paseando
por
la
avenida
del
malecón
en
los
carnavales
de
hace
tiempo.
Es
“Los
Guaracheros
de
Regla”
y
la
comparsa
“El
alacrán”
y
los
boleros
y
el
camión
cisterna
vendiendo
cerveza
a
granel
en
vasos
de
cartón.
Y
las
mujeres
paseándose
por
la
calle
con
los
rolos
puestos
en
la
cabeza.
Y
los
leones
del
Paseo
del
Prado
y
el
Boulevard
y
las
calles
de
Centro
Habana
inundadas
de
personas.
La
Habana,
para
mí,
es
la
universidad
politécnica
donde
estudié,
tan
apartada
de
la
ciudad,
tan
llena
de
números
y
de
madrugadas
en
el
centro
de
cálculo
y
exámenes
y
trabajos
extraescolares
en
la
construcción
o
en
el
campo
y
preparaciones
militares
y
festivales
de
cultura.
Es
salir
de
allí
para
esconderme
en
la
Biblioteca
Nacional
a
leer
una
novela
de
Cortázar
o
para
escuchar
a
un
trovador
en
el
Museo
de
Artes
Decorativas
o
para
estudiar
en
la
Alianza
Francesa.
Es
el
Patio
de
María
y
sus
conciertos
del
rock
más
nacional
y
más
underground.
Es
el
Festival
de
Cine
Latinoamericano,
las
carreras
de
un
cine
a
otro
para
ver
todas
las
películas,
las
fiestas
con
mucho
ron,
los
amigos.
Soy
yo
cantando
en
la
galería
de
23
y
12
o
convertida
en
corista
en
un
concierto
en
el
teatro
Carlos
Marx.
Es
todos
los
sueños
de
aquellos
años
con
tanto
movimiento
y
tanto
querer
hacer,
porque
el
tiempo
nunca
alcanzaba.
La
Habana
es
el
desconcierto
del
año
1989
cuando
tumbaron
el
muro
de
Berlín
y
cuando,
luego,
la
“madre
Unión
Soviética”
cortó
el
cordón
umbilical
por
donde
llegaba
prácticamente
todo.
Es
descubrir
otra
ciudad
de
la
noche
a
la
mañana
y
tener
que
acostumbrarse.
Es
el
cierre
de
todas
las
tiendas,
las
muchas
horas
sin
luz
eléctrica,
el
agua
con
azúcar
para
desayunar
y
las
bicicletas
convertidas
en
el
único
medio
de
transporte.
Es
como
si
al
amanecer
alguien
te
despertara
bruscamente,
sin
delicadeza.
El
caos,
la
implosión
del
país.
Es
la
ciudad
abierta
de
piernas
al
turismo,
la
ciudad
donde,
poco
a
poco,
nos
convirtieron
en
gente
sin
tierra,
no
en
extranjeros,
porque
para
ellos
era
la
ciudad
y
su
poca
luz
eléctrica
y
sus
hoteles
y
sus
restaurantes.
Para
nosotros
era
“Labana”,
simplemente,
pero
era,
aun
así
era,
seguir
soñando
y
reunirse
con
velas
para
leer
poesía
y
cantar
canciones
y
discutir
de
política
y
beber
cualquier
cosa.
Ya
no
ruso,
por
supuesto,
y
mucho
menos
ron
cubano,
que
era
para
el
turismo
internacional.
Para
nosotros
era
la
ciudad
que
nadie
iba
a
quitarnos,
aunque
no
pudiéramos
entrar
en
sus
hoteles,
aunque
tuviéramos
que
comer
lo
mismo
todos
los
días
y
remendar
la
ropa
y
hartarnos
de
todo.
La
Habana
es,
o
son,
mis
amigos
muertos
a
destiempo,
demasiado
pronto
según
la
cronología
lógica
de
una
vida
cualquiera.
Cuando,
como
si
no
bastara
con
tu
crisis,
Habana,
tuve
que
acostumbrarme
a
sus
ausencias
y
a
recorrer
en
bicicleta
el
cementerio
Colón,
tan
hermoso,
tan
cinematográfico,
con
todas
sus
esculturas
y
yo
buscando
una
lápida
que
alguien
se
robó
para
vender
más
tarde
a
sobreprecio.
La
Habana…
eres
agosto
de
1994.
Eres
el
desorden,
la
gente
gritando
en
la
calle,
rompiendo
vidrieras,
los
helicópteros
volando
por
encima
de
ti.
Eres
el
malecón
donde
tantas
veces
nos
sentamos
a
conversar
y
a
beber
y
a
terminar
la
noche,
donde
tanta
gente
se
sienta
a
tomar
el
fresco
del
mar,
eres
el
malecón
convertido
en
embarcadero
para
decir
adiós
a
los
que
se
iban
con
las
balsas
construidas
en
casa.
Eres
la
explosión
y
luego
la
calma,
el
“ojalá
que
llegues”,
“que
te
vaya
bien
y
mándame
dinero”.
Eres
la
sonrisa
amarga:
“Pioneros
por
el
Comunismo,
seremos
como
el
Che”,
sí,
extranjeros.
Eres,
Habana,
los
cuerpos
de
tu
gente,
el
calor
en
la
piel,
el
roce
de
una
mano,
las
miradas
lascivas.
Eres
esas
ganas
de
reírse
todo
el
tiempo,
hasta
de
nosotros
mismos.
Eres
el
tipo
sentado
en
el
quicio
de
la
acera
esperando
que
pase
cualquier
mujer
para
decirle:
“Qué
rica
estás,
mami”.
Eres
la
sonrisa
de
la
mujer,
el
vaivén
de
sus
carnes.
El
viejo
que
canta
mientras
camina.
La
vieja
fumando
en
el
portal.
Las
sombras
de
tus
árboles.
La
música
que
vuela
a
través
de
las
ventanas.
El
ruido.
El
vecino
llamando
a
los
santos
afrocubanos
y
que
Changó
nos
proteja
y
Elegguá
nos
abra
los
caminos.
El
sudor
que
corre
por
la
espalda
del
que
pedalea
en
bicicleta
bajo
el
sol
caribeño.
El
sudor
que
corre
por
los
cuerpos
mientras
hacemos
el
amor.
Eres
el
tic-tac
del
reloj
de
la
Emisora
Radio
Reloj,
el
pitido
que
anuncia
los
minutos,
uno
a
uno,
para
no
olvidarnos
del
tiempo:
“son
las
cinco
de
la
mañana
en
La
Habana,
Cuba”.
Y
cada
minuto
son
apenas
60
segundos
cayéndonos
encima.
eres,
linda
Habana,
la
que
se
convirtió
en
un
hastío,
en
la
desesperanza.
Y
eres
el
aeropuerto,
ese
agujero
por
donde
tantas
cosas
desaparecen.
Eres
muchos
amigos
de
menos
en
la
libreta
de
teléfonos.
La
ilusión
de
una
visa
internacional
para
visitar
el
aeropuerto
y
decir:
chao,
ojalá
no
te
tomes
la
Coca-Cola
del
olvido.
Ojalá
me
recuerdes,
nos
recuerdes
y
puedas
escribirnos
y
quién
sabe
si
volver
pronto.
Eres
el
aeropuerto
que
se
llama
José
Martí,
claro,
¿cómo
iba
a
llamarse?
Tu
aeropuerto,
Habana,
es
ese
frío
lugar
donde
la
gente
va
vestida
con
sus
mejores
ropas
para
decir
adiós.
Y
hay
cervezas
y
fiestas
y
carritos
con
maletas
y
llantos
atragantados
en
el
pecho.
Y
están
nuestros
padres,
de
un
lado
o
del
otro,
esperando
el
regreso
o
despidiendo,
siempre
sonrientes,
porque
un
cubano
siempre
sonríe.
Eres
el
aeropuerto
donde
un
día
yo
pasé
la
frontera
de
inmigración
y
me
paré
para
mirarlos
a
todos
y
decir
“chao”,
antes
de
abrir
la
puerta
y
largarme
con
mis
sueños
a
otra
parte.
Y
aquí
estoy,
mi
Habana,
viéndote
en
las
fotografías.
Ahora
te
has
convertido
en
el
viaje,
las
vacaciones.
Eres
el
ansia
de
la
próxima
aventura.
Nuevos
amigos
en
la
libreta
de
teléfonos.
El
lugar
que
no
me
deja
sino
seguir
soñando,
por
todo
y
a
pesar
de
todo.
La
ciudad
fantasma
que
tengo
que
descubrir
cada
vez
que
vuelvo,
pero
que
me
mira
y
me
reconoce.
Será
por
eso,
quizá,
que
entre
todas
las
que
conozco,
eres
mi
ciudad,
Habana,
y
quién
sabe,
quién
podría
decirlo,
si
un
día
vuelvas
a
ser
la
ciudad
de
mi
regreso.
Karla
Suárez
es
novelista.
El
ensayo
“La
Habana”
se
publicó
inicialmente
en
francés
en
el
libro
Cuba,
los
caminos
del
azar.
Aparece
en
español
en
El
hijo
héroe,
publicado
en
el
2017.
Karla
vive
en
Lisboa.
Este
episodio
fue
producido
por
mi
y
editado
por
Camila
Segura.
La
traducción
es
de
Camila
y
de
Victoria
Estrada.
La
mezcla
y
el
diseño
de
sonido
son
de
Rémy
Lozano
y
Andrés
Azpiri.
Esta
historia
se
presentó
por
primera
vez
en
nuestro
show
en
vivo
en
Washington,
en
septiembre
del
2018.
El
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Lisette
Arévalo,
Gabriela
Brenes,
Jorge
Caraballo,
Andrea
López
Cruzado,
Miranda
Mazariegos,
Patrick
Moseley,
Laura
Rojas
Aponte,
Barbara
Sawhill,
David
Trujillo,
Elsa
Liliana
Ulloa,
Luis
Fernando
Vargas,
Silvia
Viñas
y
Joseph
Zárate.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Y
con
esta
historia
terminamos
la
temporada
del
2018-2019.
Estamos
muy
muy
agradecidos
con
todos,
por
el
apoyo,
por
escucharnos,
por
los
mensajes,
los
tuits,
los
clubes
de
escucha,
por
todo
todo
todo.
En
nombre
del
equipo
quiero
agradecerles
y
decirles
cuánto
significa
para
nosotros
sentir
ese
cariño
y
ese
apoyo.
Estamos
ya
trabajando
en
nuevas
historias,
para
volver
con
más
energía
y
más
ambición
la
próxima
temporada.
Atentos
a
nuestras
redes
para
estar
enterado
de
cualquier
novedad.
Tendremos
algunos
anuncios
interesantes
en
los
meses
que
vienen.
Entonces,
lo
último
que
me
queda
de
decir
es
lo
de
siempre:
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
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Ambulantes, un favor enorme antes de empezar. Estamos haciendo una encuesta para saber qué otros podcasts en español podemos hacer para ustedes. Además de Radio Ambulante, por supuesto. Entonces, vayan a radioambulante.org/encuesta y ahí nos pueden ayudar respondiendo unas preguntas. Necesitamos que nos respondan al menos cinco mil oyentes y apenas vamos por la mitad. Solo les tomará tres minutos y nos ayudarán bastante a planear el futuro de Radio Ambulante. Por favor: radioambulante.org/encuesta. ¡Gracias! Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón. OK, comencemos con un poco de historia: el “Periodo Especial” en Cuba. Normalmente esa frase se usa para referirse a esos años difíciles que vinieron justo después de la caída del muro de Berlín, en 1989. A esa época después de que la Unión Soviética colapsó, le quitó los subsidios a Cuba y la isla cayó en una larga depresión económica. Pero, si lo vemos de otra manera, el período de historia contemporánea cubana que en realidad sí ha sido especial, extraordinario, diferente, fue la era que vino justo antes: los setentas y los ochentas. Cuando Cuba intercambiaba caña de azúcar y tabaco por petróleo, y —como si fuera magia—el socialismo parecía estar funcionando. Esta es Karla Suárez. Ella se acuerda bien de esta época. Yo crecí en los años setenta. Nací en el 69, finales del 69, y… y los recuerdos que yo tengo de esa época la verdad que son muy buenos. La Habana era un lugar seguro, limpio y se sentía abierto. Cuba era un país con futuro. Yo soy de la generación que vivió… digamos que la década de oro, si se le puede llamar, de… de la… posrevolucionario, ¿no? Antes de seguir, salgamos de unas cuantas cosas primero. Sí, había un embargo y, sí, había escasez y límites y libretas de abastecimiento. Y el régimen de Castro era autocrático y a los disidentes los encarcelaban o, en algunos casos, les hacían cosas peores. Sí. Todo eso. Pero la amenaza inminente de un holocausto nuclear había bajado. Y había buenos colegios y un sistema de salud envidiable y muchos en Cuba sentían que había un sacrificio compartido. No era un paraíso. Pero nada que ver con los años duros que vendrían. Quiero que entiendan a lo que me refiero. Entonces hablemos de un aspecto bastante cotidiano de cualquier niñez: los juguetes. Un elemento clave de la infancia, ¿cierto? Si creciste en Cuba, durante los setentas y los ochentas—antes de que llegaran los años más crudos— los niños tenían derecho a juguetes. Entonces lo que se hacía era que cada niño tenía derecho a tres juguetes. Tres juguetes. Uno de tres categorías diferentes. Uno se llamaba el básico que era como el… el más importante, el más grande. Otro se llamaba el no básico, que era mediano así. Y el otro era el dirigido, que era un juguetico simple, ¿no? Básico. No básico. Dirigido. Le pedí a Karla que me diera ejemplos de cada categoría. No sé. La… la muñeca más bonita a lo mejor era básico, eh… No básico podía ser, por ejemplo, un juego de tacitas y cucharitas y platicos. Eso podría ser un no básico. Y dirigido podía ser un juego de jacky. Eh… un juego de jacky, ¿sabes? El que hay unas piececitas y tiras una pelota y vas cogiendo dos y después coges tres. El año en que Karla nació fue el año en que Fidel canceló la navidad para que las fiestas no interrumpieran las cosechas. Así que los juguetes se repartían a mitad de año. Y entonces se hacía un sorteo con todas las libretas de abastecimiento —todas las familias con niños. Y entonces te tocaba un número. Y ese número era importantísimo porque definía cuándo podías comprar tus tres juguetes. Se designaban en total seis días en los cuales se podían comprar. Si sacabas un número bajo —uno o dos— era una maravilla porque había muchas opciones. Y si a tu amigo le tocaba el primer día, ya empezabas a jugar con los juguetes de tu amigo el primer día. Eso. La solidaridad socialista. Pero, si te sacabas un número alto… Te daba tremenda rabia porque después te tocaba el cuarto día y, claro, cuando ya yo compraba, los juguetes no se parecían en nada a lo que había comprado mi amiga. Y si creen que los niños en países socialistas son más amables o más generosos que tú y yo cuando éramos niños, Karla me asegura que no. La crueldad de los niños yo creo que sobrepasa a cualquier sistema. Así que los niños día uno, con sus sofisticados juguetes día uno, se burlaban de los niños día seis, con sus patéticos juguetes día seis. Porque había una gran diferencia, claro, entre los días uno y seis. Por ejemplo, en el día uno cuando escogías tu juguete “básico”, podías escoger —como quería Karla— una guitarra. Tenía la obsesión de comprar una guitarrita Pero si te tocaba el día cuatro, como a Karla… Y cuando llegué la que quedaba no tenía cuerda. Cuando hablé con Karla le hice una pregunta que luego entendí era completamente absurda: ¿por qué no compraste la guitarra y después las cuerdas? Ah, no, claro. Qué va. ¿De dónde iba a sacar cuerda? No, eso no… eso es un…. No, no creo que se pudieran conseguir cuerdas así. En Cuba, nosotros crecimos —mi generación— con lo que te toca. Eso quiere decir que… Yo estoy acostumbrado solamente a uno y es el que me toca. Es como que estás… estás acostumbrado a que piensen por ti. A que alguien te diga —papá gobierno te diga— lo que tienes que hacer, lo que te toca y lo que es correcto. Karla me dijo que cuando siempre escogen por ti, eso te afecta. Moldea el tipo de persona que eres. No te desarrolla una parte que es la capacidad de elección, ¿no? De decir: “Yo quiero esto. Prefiero esto. Prefiero lo otro”, ¿no? Porque quizás tú quieres un juguete en octubre o en enero. Pero no lo puedes tener, porque no hay otros juguetes. Simplemente así son las cosas. Karla estaba por entrar a la universidad. Todavía recuerda cómo era La Habana en ese momento. No olvida el optimismo que ella y sus amigos sentían. Cómo era ser joven y tener ilusiones. Cuando comenzó la universidad… Yo empecé con unos sueños de cosas que iba a hacer después de que me graduara. Pero justo después… Buenas noches, Berlín, como acaban de ver, es un clamor de libertad. Miles de personas han tomado literalmente un muro que hasta hace 24 horas significaba la división entre el Este y el Oeste. En el 89 tumbaron el muro de Berlín. En el 91 se acabó la Unión… la Unión Soviética. Aquí tenemos que parar un momento y subrayar la ironía. Porque un acontecimiento histórico tiene significados distintos —a veces opuestos— en distintos lugares. En Europa y en gran parte del mundo la caída del muro de Berlín significó libertad, el fin de la dictadura y la represión. Una Alemania unificada. Pero para Cuba… Cuando desapareció la Unión Soviética, desapareció prácticamente todos los productos con… de los que nosotros vivíamos. Nosotros planteamos que si debemos afrontar un Periodo Especial en épocas de paz —un duro periodo especial— nuestra tarea no debe ser solo la de sobrevivir, sino incluso la de desarrollarnos. Empezó a faltar todo en Cuba. Y, claro, la problemática de los años noventa era qué… qué voy a comer hoy, qué voy a cocinar esta noche. Ahora a este país se le pide un internacionalismo… una misión internacionalista extraordinaria: ¡Salvar la revolución en Cuba! ¡Salvar el socialismo en Cuba! Según recuerda Karla —en lo que se sintió como un abrir y cerrar de ojos— Cuba se convirtió en un país completamente distinto. Fue muy abrupto porque era: de un día para otro empezó a cambiar todo, a cerrarse todo. Y sobre todo al principio de los años noventa se cerró prácticamente el país para nosotros. Karla describe esta sensación de que la isla —su querida isla— de pronto se sentía pequeña. Tan pequeña que era sofocante. Y no solo en su espíritu, también en cuestiones prácticas. Y los hoteles cerraron para nosotros y no se podía entrar. Eran para… para los turistas y los restaurantes también. Entonces de pronto el país completamente… el país que, al que tú podías entrar, ya no era tu país. Pero nosotros estábamos ahí. Había lugares a los que ya no se podía ir, porque no te dejaban entrar. O lugares a los que no podías llegar, porque de pronto se volvió muy difícil ir de un lado a otro en Cuba. Y entonces de pronto el transporte —que ya era malo, porque siempre ha sido muy malo el transporte ahí— ya… desapareció prácticamente. La guagua, los autobuses pasaban de vez en cuando. Y entonces la opción que tuvo el gobierno para solucionar un poco la crisis esa fue las bicicletas. La ciudad estaba completamente inundada de bicicletas. Miles y miles de bicicletas importadas de Rusia. Bicicletas soviéticas gigantes y pesadas. Miles más se importaron de China. Esto era completamente nuevo. Y Karla nunca había tenido una bicicleta. Cuando era niña… No sé cuántas llegaban, pero llegaban muy pocas. Y por supuesto se acababan en los primeros números. En los primeros cinco o seis números, una cosa así. Pero ahora —durante el Periodo Especial— con la isla inundada de bicicletas, era su oportunidad. Karla era una estudiante. Necesitaba llegar a clase. Y, entonces, yo ahí estaba en la universidad. Empezaron a dar las bicicletas. Yo dije: “Bueno, yo quiero una bicicleta. Ya ahora me toca”. Le tocaba. Pero, había un problema. Te hacían dar una vuelta para demostrar que tú sabías montar y te podías ir de la universidad con la bicicleta. Y ella no sabía montar. Porque, claro, ningún niño compraba una bicicleta en un día tres o cuatro. Ya no habían. Como Karla, había muchos que nunca habían aprendido a montar. Así que, si querías, podías tomar una clase ahí mismo, en la universidad. Pero Karla… Yo dije: “No, no. Yo tengo una reputación. Yo no voy a ponerme a aprender a montar bicicleta delante de mis compañeros”. ¿Qué van a pensar? ¿Que yo a los 20 años no sé montar bicicleta? Así que se fue a aprender por su lado, a la casa de su prima. Donde inmediatamente se cayó de la bicicleta y se partió el pie. Tuvo que usar un yeso, lo que finalmente resultó ser algo bueno. Y entonces con el yeso fui a… a la universidad, que me dieran la bicicleta. No podía demostrar que sabía montar porque tenía un yeso, pero le expliqué que era… lógicamente, yo sabía montar. La miraron un rato, hasta que dijeron: “Bueno, está bien”. Y así fue como Karla —a los veinte— tuvo su primer juguete día uno. Fidel anunció el comienzo del Periodo Especial en 1990 y esa crisis en realidad nunca terminó. Y esto es lo que quiero que entiendan: cómo veo yo esta pequeña historia. Cuando te encuentras en un momento de transición, cuando sientes que tú… que tu país se está despidiendo de algo, sin realmente saber bien de qué. Cuando sientes miedo de lo que se viene. A veces encuentras paz en los lugares más inesperados. Karla consiguió su bicicleta, una amiga le enseñó a montarla y poco a poco empezó a explorar la ciudad con su nuevo juguete. Podías pedalear por las calles así y… y no sé y sentir el viento. Y a veces me encantaba, por ejemplo, cuando llovía —porque ahí llueve, en el Caribe llueve de pronto, brrrrr— y… y eso… se va a acabar el mundo y a los 15 minutos, se acabó. Y eso me encantaba. Eso me… me… así era como una liberación, ¿no? Y me relajaba muchísimo. Porque en Cuba en los noventas el mundo se te empezaba a cerrar. Tus opciones —que no eran muchas— se sentían incluso más reducidas. Y era tan poco lo que estaba bajo tu control. Tan poca tu autonomía personal. Pero tú seguías con lo tuyo, viendo qué iba a pasar, sin poder ignorar el colapso que venía. Pero en la bicicleta: Claro. Y si quiero doblar por aquí, doblo por aquí. Si quiero cambiar de opinión, cambio de opinión y me voy por el otro lado. Y… y eres tú el único que… todo depende de… de la resistencia de tus pies. Física, ¿no? Si ya te cansas, bueno, no. Pero todo depende de ti. Y esta es la imagen que les quiero dejar, la que quedó grabada en mi mente desde que hablé con Karla. Un país que se siente distinto, en el que las puertas que siempre habían estado abiertas, de pronto se cierran de golpe. Donde hay incertidumbre, malestar. Una crisis que puedes ver en las caras de tus vecinos y de tu familia y de tus amigos, que sientes en la boca del estómago. Una ansiedad que no se distingue del hambre. Ese sentimiento de que algún día tendrás que irte, aunque no sabes cómo lo harías o a dónde. Pero de noche, llegan las lluvias y la ciudad, dormida, se purifica. Pones un cassette en tu walkman. Ah, yo escuchaba mucho Pink Floyd. Pink Floyd me acompañó muchísimo en la bicicleta. Te pones los audífonos —el mundo queda fuera— y regresas a casa en bicicleta, vagando por calles oscuras y desiertas. Y sientes —solo por un momento— como si nada pudiera detenerte. Menos el mar. Ya volvemos. El siguiente mensaje viene de Squarespace, patrocinador de NPR. Squarespace es una plataforma que te brinda todas las herramientas para que puedas manejar tu negocio y tenga presencia en línea. Crea el sitio web de tu compañía usando layouts modificables, y otras funciones de e-commerce y edición móvil. Además, Squarespace te permite optimizar tu página para los motores de búsqueda. 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Otras desembarcaba donde me dejara el camión y la ciudad se convertía en los rostros de la gente mirándonos como si volviéramos de la guerra, ellos barbudos y nosotras despeinadas, flacos todos, con la ropa sucia y muchas veces rota, con las mochilas llenas de fango y los cuerpos apestando a días de carretera, aunque sólo gracias a las miradas extrañas o a algún comentario al llegar a casa, nos dábamos cuenta de que el perfume colectivo que nos acompañaba en los montes o en las cuevas, en la ciudad se llama simplemente peste. La Habana era la normalidad, la pausa entre aventura y aventura, el centro del mundo, de nuestro limitado mundo de isleños. Era el aprovechar los días que quedaban de vacaciones para reunirnos a rememorar el viaje y a contarles a los otros y “estuve allí, hice esto, y el peligro, y allí no vuelvo o allí tengo que volver”. Era pasar en limpio mis diarios escritos en libretas maltratadas por el viaje para leérselos a todos, algún día, para que no se nos olvidara quién hacía la fogata para cocinar, quién llegaba siempre de primero, quién protestaba, quién cargaba su mochila de cosas en principio inútiles que luego nos servían para seguir andando, quiénes hacían las crónicas del viaje, quiénes éramos; escribir sobre todo para eso, para que no se nos olvidara quiénes éramos y dónde habíamos estado. La Habana era la vida de todos los días, el punto de partida para el siguiente viaje, el ombligo. Pero La Habana, para mí, es además otra cosa. Es la ciudad donde yo nací y donde he vivido la mayor parte de mi existencia. Es mi barrio y la alegría de sentirme grande porque me dejaran cruzar sola la avenida 41 para visitar a mi amiga de infancia. Es mi hermana inventando una coreografía para bailar juntas. Es mi casa repleta de los libros de mi madre, todas las historias del mundo escondidas en los libreros y en los discos de acetato. Es mi padre, con unos prismáticos, enseñándome las constelaciones en la azotea de mi edificio. Y ellos dos, con mapas y diseños, casi enloquecidos, tratando de hacerme comprender que el túnel de La Habana pasa por debajo de la bahía, que es una obra de la ingeniería civil, que entra por un lado y sale por el otro, mis padres desesperados ante mi lógica infantil de no creer en lo que no puedo tocar, ¿cómo es posible que peces y barcos se paseen por encima de los autos? Negativa infantil: no entiendo. Muchos años después, en Roma, un italiano me dijo admirado que el túnel de la bahía de La Habana era una de las cosas que más le había sorprendido de la ciudad. Yo sonreí y entonces saqué mi mapa y expliqué: en La Habana hay tres túneles, dos pasan por debajo del río Almendares y son pequeños, pero el más impresionante es el de la bahía, empieza de este lado y sale por el otro, tiene cuatro carriles, 733 metros de longitud y fue construido por una empresa francesa en los años cincuenta. De hecho, su arquitectura se parece mucho a los túneles que atraviesan algunas montañas en Francia, sólo que el de La Habana es otra cosa porque, mientras lo recorres, sabes que unos metros más arriba puede estar pasando un barco o algún pez, si es que quedan peces en aquellas turbias aguas. La Habana es los muchachos de mi barrio bañándose en el aguacero y las madres gritando por el balcón que ya es hora de comer, que regresen. Y los chiquitos corriendo, los varones en la calle jugando a la pelota, las niñas jugando al pon. Es las canciones de Teresita Fernández, “amiguitos vamos todos a cantar, porque tenemos el corazón feliz”. Y aquella otra sublime melodía que se escuchaba a lo lejos, segundos antes de agarrar el pote de plástico para salir corriendo a la calle, porque la música anunciaba el Carrito del helado que se paseaba por la ciudad para pararse en una esquina cualquiera a vender helados, paleticas, cosas ricas que había que comprar. La Habana es la escuela, el uniforme, los poemas de Martí repetidos y aprendidos para toda la vida y recitados cada mañana antes del saludo a la bandera y: “Pioneros por el Comunismo, seremos como el Che”, y la fila, la clase y luego el recreo y las galleticas dulces y el refresco. La Habana es que tu vecina te pregunte si cambiaste de novio porque el muchacho que vino a buscarte hoy no es el mismo de la semana pasada. Es tocar a la puerta de al lado cuando se te acabó la sal o cuando tienes que llamar por teléfono, porque no tienes teléfono, es escuchar las discusiones de todo el edificio. Es la gente asomada a los balcones, mirando la calle, porque hay calor y no hay nada más interesante que hacer y nos miramos todos y sabemos todo de todos. Es la bronca en medio de la calle o los gritos de aquella vecina mientras se suicidaba pegándose candela. Es la larga cola del pan o la cola de la guagua que demora siglos. Es la pizza y la malta que vendían en la Tropical, antes de que la Tropical se convirtiera en el reino de la música bailable y la salsa se expandiera por el aire para llegar a mi ventana e impedirme escuchar la película del sábado. Es los dos canales de televisión, los muñequitos rusos y polacos con que crecimos, o el cubanísimo Elpidio Valdés luchando contra los españoles, las telenovelas brasileñas y los interminables discursos del Comandante en Jefe transmitidos por los dos canales, justo antes de la telenovela, para que nadie apague la televisión. La Habana son mis dedos aprendiendo a tocar guitarra en el conservatorio. Es la música de Ignacio Cervantes, de Lecuona, de Caturla, las clases de solfeo y la cara de aquel profesor de marxismo acusándonos de diversionismo ideológico porque los varones querían tener el pelo largo, todos llevábamos las mangas de las camisas remangadas y habíamos colgado en las paredes carteles de: “¡Viva el rock!”. Al día siguiente cuando entró en la clase vio escrito en la pizarra: “¡Qué viva también la música cubana!”, pero entonces nada dijo. La Habana es la fuga del preuniversitario para bañarse en la costa y lucir orgullosos el colorcito moreno del Caribe. Son las primeras discusiones, las primeras preguntas y la guerra de Angola y Nicaragua y la unidad Latinoamericana y la música de la Nueva Trova acompañando las veladas alrededor de una jarra de té negro soviético. Es descubrir la poesía y querer aprenderse a Vallejo de memoria, reunirse en un garaje para cantar las canciones de uno de nosotros y leer los poemas de todos nosotros y estar de acuerdo en que el mundo no nos entiende, y los vecinos se quejan, porque es madrugada y seguimos cantando y el té no es sólo té, sino que va acompañado de ron y los muchachos gritan y no dejan dormir, hasta que nos cierran el garaje y hay que mudarse al parque más cercano, donde los árboles no protestan y allí podemos quedarnos hasta el amanecer. La Habana son los helados de Coppelia cuando la heladería abría hasta las dos de la mañana y estaba llena de sabores diferentes. Soy yo caminando de madrugada, kilómetros y kilómetros hasta llegar a casa, por el simple gusto de caminar sola y de noche, cuando caminar solo y de noche no era preocupante, había luz en las calles y gente sentada en los portales. La Habana son los conciertos de los jóvenes trovadores en el Saborit, en el municipio Playa; o en la Casa del joven creador, en la Avenida del Puerto. Es la descarga de música y poesía en el museo de 13 y 8 en el Vedado a finales de los ochenta. Son los libros que había que leerse, que había que pasarse de mano en mano, como dijo Martí: “Ser cultos para ser libres”, había que ser cultos para luego descubrir que no íbamos a ser totalmente libres. La Habana es el malecón, los casi siete kilómetros de muro bordeando el litoral norte, delimitando las fronteras, marcando nuestra “terrible circunstancia del agua por todas partes” como escribió Virgilio Piñera. La Habana es Piñera y es Carpentier y es Lezama Lima y es todos sus poetas y escritores, vivos y muertos, dentro y fuera de la isla. Y es el desfile de carrozas y comparsas paseando por la avenida del malecón en los carnavales de hace tiempo. Es “Los Guaracheros de Regla” y la comparsa “El alacrán” y los boleros y el camión cisterna vendiendo cerveza a granel en vasos de cartón. Y las mujeres paseándose por la calle con los rolos puestos en la cabeza. Y los leones del Paseo del Prado y el Boulevard y las calles de Centro Habana inundadas de personas. La Habana, para mí, es la universidad politécnica donde estudié, tan apartada de la ciudad, tan llena de números y de madrugadas en el centro de cálculo y exámenes y trabajos extraescolares en la construcción o en el campo y preparaciones militares y festivales de cultura. Es salir de allí para esconderme en la Biblioteca Nacional a leer una novela de Cortázar o para escuchar a un trovador en el Museo de Artes Decorativas o para estudiar en la Alianza Francesa. Es el Patio de María y sus conciertos del rock más nacional y más underground. Es el Festival de Cine Latinoamericano, las carreras de un cine a otro para ver todas las películas, las fiestas con mucho ron, los amigos. Soy yo cantando en la galería de 23 y 12 o convertida en corista en un concierto en el teatro Carlos Marx. Es todos los sueños de aquellos años con tanto movimiento y tanto querer hacer, porque el tiempo nunca alcanzaba. La Habana es el desconcierto del año 1989 cuando tumbaron el muro de Berlín y cuando, luego, la “madre Unión Soviética” cortó el cordón umbilical por donde llegaba prácticamente todo. Es descubrir otra ciudad de la noche a la mañana y tener que acostumbrarse. Es el cierre de todas las tiendas, las muchas horas sin luz eléctrica, el agua con azúcar para desayunar y las bicicletas convertidas en el único medio de transporte. Es como si al amanecer alguien te despertara bruscamente, sin delicadeza. El caos, la implosión del país. Es la ciudad abierta de piernas al turismo, la ciudad donde, poco a poco, nos convirtieron en gente sin tierra, no en extranjeros, porque para ellos era la ciudad y su poca luz eléctrica y sus hoteles y sus restaurantes. Para nosotros era “Labana”, simplemente, pero era, aun así era, seguir soñando y reunirse con velas para leer poesía y cantar canciones y discutir de política y beber cualquier cosa. Ya no té ruso, por supuesto, y mucho menos ron cubano, que era para el turismo internacional. Para nosotros era la ciudad que nadie iba a quitarnos, aunque no pudiéramos entrar en sus hoteles, aunque tuviéramos que comer lo mismo todos los días y remendar la ropa y hartarnos de todo. La Habana es, o son, mis amigos muertos a destiempo, demasiado pronto según la cronología lógica de una vida cualquiera. Cuando, como si no bastara con tu crisis, Habana, tuve que acostumbrarme a sus ausencias y a recorrer en bicicleta el cementerio Colón, tan hermoso, tan cinematográfico, con todas sus esculturas y yo buscando una lápida que alguien se robó para vender más tarde a sobreprecio. La Habana… eres agosto de 1994. Eres el desorden, la gente gritando en la calle, rompiendo vidrieras, los helicópteros volando por encima de ti. Eres el malecón donde tantas veces nos sentamos a conversar y a beber y a terminar la noche, donde tanta gente se sienta a tomar el fresco del mar, eres el malecón convertido en embarcadero para decir adiós a los que se iban con las balsas construidas en casa. Eres la explosión y luego la calma, el “ojalá que llegues”, “que te vaya bien y mándame dinero”. Eres la sonrisa amarga: “Pioneros por el Comunismo, seremos como el Che”, sí, extranjeros. Eres, Habana, los cuerpos de tu gente, el calor en la piel, el roce de una mano, las miradas lascivas. Eres esas ganas de reírse todo el tiempo, hasta de nosotros mismos. Eres el tipo sentado en el quicio de la acera esperando que pase cualquier mujer para decirle: “Qué rica estás, mami”. Eres la sonrisa de la mujer, el vaivén de sus carnes. El viejo que canta mientras camina. La vieja fumando en el portal. Las sombras de tus árboles. La música que vuela a través de las ventanas. El ruido. El vecino llamando a los santos afrocubanos y que Changó nos proteja y Elegguá nos abra los caminos. El sudor que corre por la espalda del que pedalea en bicicleta bajo el sol caribeño. El sudor que corre por los cuerpos mientras hacemos el amor. Eres el tic-tac del reloj de la Emisora Radio Reloj, el pitido que anuncia los minutos, uno a uno, para no olvidarnos del tiempo: “son las cinco de la mañana en La Habana, Cuba”. Y cada minuto son apenas 60 segundos cayéndonos encima. Tú eres, linda Habana, la que se convirtió en un hastío, en la desesperanza. Y eres el aeropuerto, ese agujero por donde tantas cosas desaparecen. Eres muchos amigos de menos en la libreta de teléfonos. La ilusión de una visa internacional para visitar el aeropuerto y decir: chao, ojalá no te tomes la Coca-Cola del olvido. Ojalá me recuerdes, nos recuerdes y puedas escribirnos y quién sabe si volver pronto. Eres el aeropuerto que se llama José Martí, claro, ¿cómo iba a llamarse? Tu aeropuerto, Habana, es ese frío lugar donde la gente va vestida con sus mejores ropas para decir adiós. Y hay cervezas y fiestas y carritos con maletas y llantos atragantados en el pecho. Y están nuestros padres, de un lado o del otro, esperando el regreso o despidiendo, siempre sonrientes, porque un cubano siempre sonríe. Eres el aeropuerto donde un día yo pasé la frontera de inmigración y me paré para mirarlos a todos y decir “chao”, antes de abrir la puerta y largarme con mis sueños a otra parte. Y aquí estoy, mi Habana, viéndote en las fotografías. Ahora te has convertido en el viaje, las vacaciones. Eres el ansia de la próxima aventura. Nuevos amigos en la libreta de teléfonos. El lugar que no me deja sino seguir soñando, por todo y a pesar de todo. La ciudad fantasma que tengo que descubrir cada vez que vuelvo, pero que me mira y me reconoce. Será por eso, quizá, que entre todas las que conozco, tú eres mi ciudad, Habana, y quién sabe, quién podría decirlo, si un día vuelvas a ser tú la ciudad de mi regreso. Karla Suárez es novelista. El ensayo “La Habana” se publicó inicialmente en francés en el libro Cuba, los caminos del azar. Aparece en español en El hijo héroe, publicado en el 2017. Karla vive en Lisboa. Este episodio fue producido por mi y editado por Camila Segura. La traducción es de Camila y de Victoria Estrada. La mezcla y el diseño de sonido son de Rémy Lozano y Andrés Azpiri. Esta historia se presentó por primera vez en nuestro show en vivo en Washington, en septiembre del 2018. El equipo de Radio Ambulante incluye a Lisette Arévalo, Gabriela Brenes, Jorge Caraballo, Andrea López Cruzado, Miranda Mazariegos, Patrick Moseley, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas, Silvia Viñas y Joseph Zárate. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Y con esta historia terminamos la temporada del 2018-2019. Estamos muy muy agradecidos con todos, por el apoyo, por escucharnos, por los mensajes, los tuits, los clubes de escucha, por todo todo todo. En nombre del equipo quiero agradecerles y decirles cuánto significa para nosotros sentir ese cariño y ese apoyo. Estamos ya trabajando en nuevas historias, para volver con más energía y más ambición la próxima temporada. Atentos a nuestras redes para estar enterado de cualquier novedad. Tendremos algunos anuncios interesantes en los meses que vienen. Entonces, lo último que me queda de decir es lo de siempre: Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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