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Radio Ambulante - Yo nena

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Luana lo supo desde muy pequeña: ella era diferente.

Luana apenas estaba aprendiendo a hablar cuando decidió cambiar su nombre. Las consecuencias de una decisión tan íntima no solo transformarían su identidad y su familia, sino la discusión de todo un país.

--

El próximo viernes 22 de diciembre publicaremos un episodio extra a propósito de esta historia.

También haremos un Facebook Live el viernes a las 10 a.m. (hora de Nueva York) para que les hagan preguntas a Aneris Casassus y Patricia Serrano, las productoras del episodio.
Pueden verlo en este enlace.

Si
usas
Radio
Ambulante
para
mejorar
tu
español,
este
mensaje
es
para
ti.
Sabemos
que
muchos
de
ustedes
se
apoyan
en
las
transcripciones
que
tenemos
en
nuestra
página
web.
Y
bueno,
funciona:
leen,
ponen
pausa,
leen,
ponen
pausa,
etcétera,
etcétera.
Ok,
pero
para
ustedes
tenemos
algo
mejor:
nuestra
nueva
app
para
los
estudiantes
de
español.
Se
llama
Lupa.
Ok,
aquí
el
episodio.
Bienvenidos
a
Radio
Ambulante
desde
NPR.
Soy
Daniel
Alarcón.
Bueno,
mi
nombre
es
Gabriela
Mansilla.
Tengo
45
años.
Gabriela
es
de
Merlo,
una
ciudad
a
unos
50
minutos
de
Buenos
Aires.
y
la
historia
de
hoy
empieza
hace
unos
diez
años,
en
el
barrio
donde
vivía
con
su
pareja
y
sus
dos
hijos
mellizos,
Manuel
y
Elías.
Sí,
me
acuerdo
tal
cual
porque
enfrente…
¿ves
como
mi
casa
con
rejas?…
Enfrente
había
una
nena.
En
esa
época
sus
hijos
—que
tenían
un
poco
menos
de
dos
años—
estaban
aprendiendo
a
caminar
y
Gabriela
se
acuerda
que
uno
de
ellos
—Manuel—
hacía
algo
curioso,
algo
que
Elías
no.
Le
cogía
la
mano
y…
Me
llevaba
hasta
la
reja
y
me
señalaba
la
nena
de
enfrente.
Lo
hacía
muchas
veces.
Todo
el
tiempo.
Y
yo
le
decía:
“La
nena,
sí,
qué
linda
nena”.
A
Gabriela
le
llamaba
la
atención
que
Manuel
insistiera
tanto
con
esa
nena,
pero
igual
en
ese
momento
lo
único
que
se
le
ocurría
era…
“Tiene
novia.
Le
gusta”.
¡Mirá
vos!
“Le
gusta
la
nena
que
está
enfrente.
Mirá,
le
encanta
la
nena.
Está
pendiente
de
esa
nena”.
Guau.
Unos
meses
después,
cuando
Manuel
ya
empezaba
a
decir
algunas
palabras,
estaban
otra
vez
delante
de
la
reja,
viendo
a
la
niña,
cuando
Manuel
dijo
algo,
casi
balbuceando.
“A…
a…
a…
Yo,
nena.
Yo,
princesa”.
En
ese
momento
Gabriela
no
le
dio
importancia.
No
le
presté
atención.
Qué
yo,
pasó
por…
como
un
juego.
Y
quedó…
quedó
como
si
me
hubiera
dicho
cualquier
otra
cosa.
Pasaría
un
buen
tiempo
antes
de
que
Gabriela
entendiera
esa
frase
de
su
hijo.
El
significado
cambiaría
la
dinámica
familiar
y
cambiaría
a
Gabriela
misma,
forzándola
a
enfrentar
sus
prejuicios
más
profundos.
Las
periodistas
argentinas
Aneris
Casassus
y
Patricia
Serrano
investigaron
esta
historia.
Aquí
Aneris.
Vamos
a
volver
a
la
escena
que
describió
Daniel
en
un
rato,
pero
primero
queremos
contar
cómo
es
Gabriela,
su
vida.
Era
un
martes
feriado
en
Argentina
cuando
llegamos
a
la
casa
de
Gabriela
en
Merlo.
Gabriela
vive
en
un
barrio
de
calles
de
tierra
y
casas
bajas,
un
barrio
silencioso
donde
se
escucha
el
ladrido
de
los
perros
y
el
canto
de
los
pájaros.
Un
barrio
donde
todos
los
vecinos
se
conocen.
A
mediados
de
los
2000,
Gabriela
tenía
32
años.
Era
dueña
de
un
local
en
el
que
vendía
artículos
de
limpieza.
Todos
los
días
caminaba
las
20
cuadras
desde
su
casa
y
no
tenía
mayores
planes
en
mente.
Eh
y
no.
No
tenía
una
proyección
a
futuro.
Viste
que
hay
gente
que
dice:
“Bueno,
voy
a
hacer
tal
cosa”.
No,
lo
mío
era
sobrevivir.
No
había
terminado
la
secundaria.
No
tenía
un
título
ni
una
profesión.
Ni
nada
de
qué
agarrarme
para
decir:
“Bueno,
mirá,
me
proyecto”.
Nunca
había
deseado
ser
mamá.
No
lo
había
sentido.
No
tenía
la
necesidad.
No
quería.
Consideraba
que
el
ser
mamá
llevaba
mucha
responsabilidad,
mucho
tiempo
de
mi
vida,
¿no?
Y
tenía
que
estar
totalmente
dispuesta
a
hacerlo.
Y
no.
No,
no
estaba
dispuesta
en
absoluto.
De
hecho,
Gabriela
estaba
tan
segura
de
que
ser
madre
sería
un
trabajo
a
tiempo
completo
que
había
terminado
una
relación
por
eso.
Su
pareja
de
entonces
quería
hijos,
pero
ella
no
se
sentía
lista.
Así
que
tomaron
caminos
distintos.
Pero
todo
cambió
en
2006
cuando
conoció
a
Guillermo.
Fue
muy
mágico,
¿no?
Fue
muy
loco
porque
apenas
lo
conocí,
a
las
semanas,
empecé
a
tener
la
necesidad
de
ser
mamá.
Fue
una
sensación,
un
sentimiento
que
me
empezó
a
nacer
y,
eh,
y
sentí
también
que
iba
a
ser
con
esa
persona.
Poco
después
quedó
embarazada.
Fue
una
felicidad
inmensa.
El
tema
fue
cuando
me
hice
la
primera
ecografía
y
me
dijeron
que
eran
dos.
Me…
me
agarró
como
un
pánico,
¿no?
Enterarme
que
eran
dos.
Me
peleé
con
el
ecógrafo.
No
le
creí.
Me
levanté
y
me
fui.
Me
agarró
así
como
un
ataque
de
llanto.
No
sabía
cómo
iba
a
enfrentar
un
embarazo
gemelar.
No.
No
podía.
No.
Fue
mucha
angustia
la
que
me
generó
saber
que
iban
a
ser
dos
bebés.
Era
demasiado
para
ella:
hacía
poco
tiempo
pensaba
que
no
iba
a
ser
madre
nunca
y
ahora
estaba
embarazada
de
mellizos.
Para
colmo,
no
iba
a
ser
un
embarazo
fácil.
Primero
me
dijeron
que
estaban
en
sacos
diferentes,
que
no
eran
gemelos.
Eso
tiene
un
nombre
bastante
técnico:
se
le
dice
embarazo
gemelar
monocorial
biamniótico,
que
significa…
Que
están
en
distintos
sacos
como
cualquier
par
de
mellizos,
pero
tenían
una
sola
placenta
como
los
gemelos,
¿no?
Era
como
un
embarazo…
ya
era
un
embarazo
atípico.
Pero
cuando,
al
cuarto
mes,
en
una
nueva
ecografía
se
enteró
el
sexo
de
los
bebés…
Y
ahí,
sí,
la
ecógrafa
me
dijo:
“Vas
a
tener
dos
varones”.
Primero
que
me
puse
recontra
feliz
porque
yo
no
quería
mujeres,
porque
yo
lo
había
pasado
muy
mal
como
niña,
¿no?
Con
estas
desigualdades
de
género
que
hay,
imagináte
30
años
atrás.
Apenas
salieron
de
la
ecografía,
mientras
caminaban
a
su
casa,
decidieron
los
nombres:
Manuel
y
Elías
Federico.
Y
enseguida
Gabriela
empezó
a
imaginarse
cómo
sería
todo.
Tenía
un
mundo
para
un
varón:
pelota
de
fútbol,
celeste,
pantalón,
novias,
muchas.
Uno
sería
electricista,
el
otro
mecánico.
Irían
juntos
a
una
escuela
técnica
y
serían
amigos
inseparables.
Esos
sueños
ayudaron
a
Gabriela
a
transitar
su
embarazo,
que
no
fue
para
nada
fácil.
Le
tenían
que
poner
inyecciones
constantemente,
tomar
medicina
y
estar
acostada
prácticamente
todo
el
tiempo
pues
tenía
una
constante
amenaza
de
aborto.
La
mayor
parte
del
tiempo
la
pasó
sola,
en
la
cama,
imaginando
a
sus
bebés.
Su
pareja
trabajaba
todo
el
día,
su
madre
y
sus
hermanos
también.
A
su
hermana
Silvia
se
le
habían
muerto
dos
bebés
por
una
enfermedad
de
coagulación
que
no
le
habían
detectado
y
Gabriela
tenía
miedo
de
que
fuera
genético,
por
eso
no
quiso
preparar
nada.
No
compré
ropita.
No
tenía
un
bolso
armado.
La
verdad
es
que
hasta
que
no
los
viera
vivos
acá
en
mi
casa
conmigo,
no
preparé
absolutamente
nada,
viste.
Tenía
ese
miedo
de
que
les
pasara
algo.
Pero
que
tuviera
miedo
no
significaba
que
no
siguiera
imaginándolos.
Me
los
imaginé
y
no
solo
me
los
imaginé
sino
que
les
fui
preparando
—porque
al
tener
tantos
meses
de
reposo
absoluto—
les
preparé
dos
cuadernos,
uno
a
cada
uno,
proyectando…
puse
mucho
amor
en
proyectar,
no
mi
vida,
sino
la
de
ellos.
Y
desde
ese
momento
ya
empecé
a
darles
fuerza
para…
para
que
puedan
vivir.
Aunque
el
parto
fue
antes
de
tiempo
y
de
urgencia,
todo
salió
bien.
Los
mellizos
nacieron
por
cesárea
a
las
35
semanas
de
gestación,
el
3
de
julio
de
2007.
Los
llevaron
a
incubadoras
a
neonatología
pero
se
recuperaron
pronto
y
a
los
nueves
días
ya
estaban
en
casa.
Pero
la
vuelta
a
casa
no
fue
nada
fácil.
Su
pareja
estaba
muy
ausente.
Supongo
que
desbordó.
No
asumió
esa
paternidad.
A
los,
qué
yo,
al
menos
de
un
mes
de
vida
empezó
a
abandonarnos.
A
decir
que
no
podía.
Se
iba.
Tardaba
tres,
cuatro
días
en
volver.
Tratamos
de
hablar
con
Guillermo
para
saber
su
versión
de
los
eventos,
pero
no
fue
posible
localizarlo.
Las
cosas
entre
Gabriela
y
Guillermo
empeoraban
cada
vez
más.
Él
trabajaba
todo
el
día
y
cuando
estaba
en
casa
se
la
pasaban
peleando.
Y
después
de
una
pelea,
él
se
iba
por
días
de
la
casa.
Por
su
embarazo
complicado
Gabriela
había
cerrado
el
local
así
que
no
tenía
más
ingresos
y
dependía
de
lo
que
su
pareja
le
daba.
Si
él
se
iba,
se
iban
los
pañales,
se
iba
la
leche.
No
me
quedaba
otra
que
ir
a
buscarlo.
O
aguantarse
o
disculpar
el
maltrato
que
muchas
veces
le
daba.
Su
familia
entera
trabajaba
y
solo
podían
ir
un
rato
de
visita.
Se
sentía
sola
y
abrumada.
Solo
podía
pensar
un
día
a
la
vez.
¿Viste
esa
frase
de
“me
desviví”?
Es
verdad.
Porque
dejé
mi
vida
de
lado.
Dejé
de
ser
Gabriela.
Fui
mamá.
“Mamá
de”.
Mamá
de
Manuel
y
mamá
de
Elías.
Y
no
fui
otra
cosa
que
no
sea
eso.
Fue
mucho
más
difícil
de
lo
que….
de
lo…de
cualquier
cosa
que
pudiera
imaginar.
Además
de
tener
que
hacer
sola
los
malabares
normales
entre
los
dos
bebés,
había
uno
—Manuel—
que
lloraba
todo
el
tiempo.
Y
ella
no
podía
hacer
que
parara
de
llorar,
de
ninguna
manera.
Era
incansable.
No
terminaba
nunca
de
llorar.
Me…
me
consumía
la
atención,
¿no?
La
demanda
era
increíble.
Pero,
bueno,
pensé
que
tenía
un
bebé
de
una
manera
y
otro
bebé
de
otra.
Es
lo
más
común,
para
mí.
Pero
ya
para…
para
el
año
se
acentuó
muchísimo.
Había
algo
en
particular
que
llamaba
la
atención
de
Manuel.
Tenía
ojos
tristes.
Todas
las
personas
se
daban
cuenta
que
tenía
ojos
tristes.
Y
al
año
y
medio
se
le
empezó
a
caer
el
pelo,
¿no?
Tenía
agujeros
en
la
cabeza,
cuatro
—me
acuerdo—
cuatro
agujeros
del
tamaño
de
una
moneda
de
50
centavos.
Y
a
eso
se
le
sumó
las
pesadillas,
digo
pesadillas
porque
eran
gritos
desgarradores.
El
miedo
de
Gabriela
era
que
estuviera
enfermo,
porque
era
evidente
que
algo
estaba
mal.
Sobre
todo
comparado
con
Elías
que
era
muy
tranquilo.
Se
notaba
mucho
la
diferencia.
Mi
mamá
venía
y
me
decía,
“algo
le
pasa
algo”.
Era…
viste,
cuando
no
podés
descifrar
pero
está
tan
evidente
que
algo
le
estaba
pasando.
Consultó
con
el
pediatra
y
lo
mandaron
a
un
neurólogo
infantil.
Le
hicieron
exámenes,
pero
nada.
Por
un
lado,
fue
un
alivio
saber
que
no
tenía
nada,
pero
al
mismo
tiempo
seguía
con
la
angustia
de
no
tener
explicación
de
lo
que
le
estaba
pasando
a
su
hijo.
Por
lo
de
la
caída
del
pelo,
Gabriela
lo
llevó
a
lo
de
una
dermatóloga.
Que
me
preguntó
si
había
muerto
alguien
en
la
familia,
me
acuerdo.
Me
hizo
un
montón
de
preguntas:
si
yo
me
había
mudado,
si
me
había
separado
o
si
me
peleaba
con
el
padre,
si…
Y
es
que
al
parecer
no
había
ninguna
otra
explicación
de
lo
que
le
estaba
pasando,
más
que
la
emocional.
Porque
es
que
además
de
lo
del
pelo,
del
constante
llanto,
de
las
pesadillas,
Manuel…
Empezó
a
pegarse…
los
enojos,
¿no?
Porque
se
agarraba
de
los
barrotes
de
la
cuna
para
pegarse
la
cabeza
contra
los
barrotes
de
la
cuna.
Cuando
la
dermatóloga
le
dijo
que
era
emocional
Gabriela
no
entendía.
¿Cómo
emocional
al
año
y
medio?
Ahí
me
agarró
un…
Dije:
“Se
le
va
a
caer
el
pelo,
no
sé.
Va
a
quedar
pelado
si
repite
de
año,
¿no?”.
Qué
yo.
Cualquier
situación
que
le
pase
se
le
va
a
caer
el
pelo
de
esta
manera.
Dije:
“No,
no
puede
ser”.
La
situación
con
Manuel
empezó
a
afectar
a
todos,
pero
a
Elías
especialmente.
Tenía
mucho
miedo.
Yo
me
acuerdo
que
Elías
ante
los
gritos
se
quedaba
quietito.
Cuando
fue
creciendo
se
tapaba
la
cabeza
con
la
sábana.
Era
muy
incómodo
para
Elías.
Empezó
a
entristecerse
Elías
también,
porque
acá
había
una
criatura
que
estaba
pidiendo
auxilio
a
gritos
y…
y
nos
afectó
a
todos,
a
todos
como
familia.
Y
nadie
sabía
cómo
ayudarlo.
Todo
fue
llanto
y
crisis
hasta
que
Manuel
pudo
empezar
a
hablar,
cuando
tenía
20
meses.
Fue
ahí
cuando
agarró
a
su
mamá
de
la
mano,
la
llevó
hasta
la
reja,
señaló
a
la
vecinita
de
enfrente
y
le
dijo
esa
frase
que
ya
escuchamos.
“A…
a…
a…
Yo,
nena.
Yo,
princesa”.
Y
es
que
a
pesar
de
que
en
ese
momento
Gabriela
no
le
dio
importancia,
el
tema
se
volvió
recurrente.
Se
lo
decía
varias
veces.
Antes
de
los
tres
años,
Manuel
empezó
a
vestirse
solo.
Cuando
nacieron
los
mellizos,
Gabriela
y
Guillermo
habían
pintado
la
pieza
de
celeste
y
casi
toda
su
ropa
también
era
azul
o
celeste.
Así
que
Manuel
se
las
arregló
para
encontrar
otros
colores
en
el
closet
de
su
mamá.
Allí
buscaba
desesperadamente
camisetas
y
faldas.
Se
estaba
poniendo
mis
remeras
para
simular
que
tenía
vestido.
Se
ponía
a
bailar
frente
al
televisor
—viendo
la
Bella
y
la
Bestia—
y
bailaba
como
Bella
en
la
película
y
a
veces
le
pedía
a
su
hermano
Elías
que
bailara
con
ella
como
el
príncipe.
Parecía
obsesionado
con
la
ropa.
Una
vez
le
pidió
una
falda
a
Gabriela
—o
pollera,
como
decimos
en
Argentina—
y
ella
se
la
prestó.
Recuerdo
que
se
la
até
con
una
colita
del
pelo
y
no
se
la
quiso
sacar
más.
Quería
dormir
con
esa
pollera
y
cada
vez
que
se
la
ponía
venía
se
asomaba
y
me
decía
que
era
una
nena,
que
era
una
princesa.
También
estaba
obsesionado
con
el
pelo.
Se
ponía
el
trapo
de
piso
que
Gabriela
acababa
de
usar
para
limpiar
la
casa
en
la
cabeza
para
simular
que
tenía
pelo
largo.
Los
juguetes
también
eran
un
tema.
Teníamos
meses
de
haberle
regalado
juguetes
que
nunca
usó.
Que,
al
contrario,
que
le
regalabas
un
camión
y
se
ponía
a
llorar.
Tenía
crisis.
Jugaba
con
unos
peluches
que
tenía
nada
más.
Entonces,
Gabriela
—una
mamá
preocupada
por
el
bienestar
de
su
hijo—
comenzó
a
sacar
sus
conclusiones.
Tenía
un
varón
sumamente
afeminado
que
me
manifestaba
querer
tener
ropa
del
género
opuesto.
Solamente
creí
que
podía
llegar
a
ser
gay.
A
Gabriela
le
parecía
desconcertante
pero
accedía
a
lo
que
le
pidiera
Manuel.
Lo
hacía
por
su
hijo.
Para
Guillermo,
la
idea
de
que
uno
de
sus
hijos
fuera
gay
era
inaceptable.
Su
papá
no
quería
un
hijo
puto
tampoco,
¿no?
La
violencia
que
ejercía
ya
con
la
presencia,
¿viste?
el
machismo
puro
y
la
sensibilidad
extrema
que
tenía
Manuel
en
ese
momento,
que
buscaba
la
aceptación
de
su
papá
todo
el
tiempo.
Todo
el
tiempo.
Gabriela
decidió
consultar
con
una
psicóloga
para
entender
por
qué
su
hijo
quería
ser
una
nena.
Esta
psicóloga
tenía
un
punto
de
vista
muy
claro
al
respecto:
intentó
corregir
y
reafirmar
la
masculinidad
de
Manuel.
Que
me
prohibió
que
viera
películas
de
Disney.
Que
me
dijo
que
todo
lo
que
estuviera
a
su
alcance
que
fuera
de
niña,
¿no?,
de
lo
que
esta
cultura
se
presenta
para
el
género
femenino,
se
lo
quitará.
Incluso
le
pidió
a
Gabriela
que
le
pusiera
llave
a
su
habitación,
para
que
Manuel
ya
no
tuviera
acceso
a
su
ropa.
Hoy
Gabriela
siente
que
haber
acatado
el
tratamiento
que
le
propusieron
fue
lo
más
difícil
que
tuvo
que
hacer
como
mamá.
Ella
intentaba
cumplir
pensando
que
hacían
lo
mejor
para
su
hijo,
pero
a
Gabriela
se
le
partía
el
alma.
Cuando
veía
que
Manuel
se
había
escabullido
para
ponerse
una
remera
de
su
mamá
—siguiendo
el
consejo
de
la
psicóloga—
tenía
que
quitársela.
Yo
sentía
que
en
lugar
de
sacarle
la
remera,
le
arrancaba
la
piel.
Era
muy
doloroso
ver
cómo
esta
criatura
sufría
por
una
remera.
Un
domingo
por
la
noche
sonó
el
teléfono
en
la
casa
de
Gabriela.
Era
el
2010
y
los
mellizos
tenían
tres
años.
La
que
llamaba
era
su
hermana
Silvia.
Le
dijo
que
prendiera
la
tele
y
pusiera
el
canal
del
National
Geographic.
Que
lo
pusiera
ya
mismo.
Que
estaban
dando
un
documental.
Que
lo
mirara.
Que
más
tarde
hablaban.
Gabriela
y
Guillermo
encendieron
el
televisor.
Manuel
y
Elías
dormían.
Nos
pusimos
a
mirar
el
documental
y
ahí
había
una
niña
que
tenía
8
años,
que
decía…
Hi,
my
name
is
Josie.
My
birthday
is
April
sixteen.
I’m
a
girl
and
I
have
a
penis.
Me
llamo
Josie
Romero.
Tengo
ocho
años.
Soy
una
niña
y
tengo
pene.
Y
hablaba
la
mamá.
Hablaba
el
papá.
Mostraban
a
la
niña.
Contaban
todo
esto
que
le
estaba
sucediendo.
Y
era
como
si
estuvieran
contando
lo
que
nos
pasaba
a
nosotros
acá
en
mi
casa.
La
disconformidad
constante,
el
llanto,
la
angustia,
el
vestirse
con…
con
ropas
del
género
opuesto
y
todo
lo
que
venía
haciendo
Manuel.
Era
una
niña
transgénero.
Era
la
primera
vez
que
Gabriela
escuchaba
esa
palabra.
La
sensación
era
como
de
caer
en
un
precipicio,
¿viste?
El
vacío,
en
el
estómago.
El
darte
cuenta
de
que
la
palabra
transgénero
era
lo
que
nos
había
hecho
falta
en
toda
esta
historia.
Entonces
poder
entender
o
vislumbrar
o
decir,
bueno,
quizás
es
esto
lo
que
le
está
pasando.
Guillermo
se
echó
a
llorar
y
salió
a
fumar.
Gabriela,
por
su
parte,
sintió
alivio:
lo
que
le
pasaba
a
su
hijo
tal
vez
tenía
un
nombre.
Pero
también
sintió
culpa.
Recordaba
el
tratamiento
que
le
había
recomendado
la
psicóloga
—lo
de
prohibirle
películas
de
Disney,
colores
femeninos,
la
ropa—
y
si
su
hijo
era
transgénero
—esta
palabra
y
concepto
tan
nuevo
para
ella—
lo
que
le
había
hecho
le
parecía
cruel.
Y
yo
necesité
ir
a
pedirle
perdón,
porque
no
la
había
entendido.
Le
acaricié
su
pelito.
Cuando
la
vi
dormir,
estaba
dormidita,
me
senté
en
su
cama
y
le
pedí
perdón
porque
realmente
yo
la
había
escuchado
pero
no
había
entendido
que
era
lo
que
me
había
querido
decir
cuando
me
dijo:
“Yo
nena,
yo
princesa».
Y
le
prometí
que
ahí
iba
a
hacer
todo
lo
posible,
si
ella
quería
ser
una
princesa,
yo
la
iba
a
ayudar
a
ser
la
princesa
más
hermosa
de
todo
el
mundo.
Lo
que
más
quería
Gabriela
en
el
mundo
era
ayudar
a
Manuel
pero
no
sabía
cómo.
Estaba
realmente
perdida.
Ahora
tenía
algunas
cosas
claras,
eso
sí,
que
su
hijo
Manuel…
No
era
un
varón,
que
no
era
gay,
que
no
estaba
enfermo.
Nada
de
eso.
O
sea,
era
una
niña
trans.
Por
lo
menos
ya
sabía
de
qué
agarrarme.
Lo
primero
que
hizo
fue
entrar
a
Google
y
buscar
información
en
internet,
pero
solo
encontraba
casos
de
Estados
Unidos.
No
había
nada
sobre
“niños
trans”
en
Argentina.
Imprimió
lo
que
consiguió
y
fue
subrayando
aquellas
cosas
que
se
enumeraban
en
los
artículos
y
que
también
le
pasaban
a
Manuel.
Fue
a
la
psicóloga
con
toda
esta
información
y,
para
su
sorpresa,
la
psicóloga
negó
todo.
Le
dijo
que
eso
era
mentira,
que
las
niñas
transgénero
no
existían.
Además…
Hizo
hincapié
en
qué
me
pasaba
a
como
mamá.
Qué
pasaba
en
mi
casa
que…
que
mi
hijo
varón
decía
que
era
una
nena.
Me
responsabilizó
de
absolutamente
todo.
No
entendió.
No
sabía.
Empezó
a
buscar
otros
psicólogos
y
médicos
para
llevar
a
Manuel
y
todos
sostenían
lo
mismo.
Gabriela
otra
vez
sentía
la
frustración
de
no
encontrar
una
respuesta
o
a
alguien
que
la
ayudara
a
manejar
la
situación.
Mientras
buscaba
ayuda
las
cosas
en
su
familia
seguían
complicándose.
Especialmente
con
su
pareja.
Se
acuerda
muy
bien
de
un
día
específico.
Era
el
31
de
julio
de
2011,
los
mellizos
acababan
de
cumplir
4
años
y
fue
con
ellos
y
con
Guillermo
a
la
casa
de
una
amiga
que
acababa
de
tener
una
niña.
La
bebé
tenía
una
muñeca
con
pelito
de
lana
color
rosa
y
sin
saber
cómo,
Manuel
se
metió
en
la
cuna
de
la
bebé.
Y
apareció
delante
de
todos
nosotros
con
la
muñeca
en
la
mano,
diciendo
que
quería
una
muñeca.
Y
eso
llevó
a
que
el
progenitor
estallara
en
violencia,
le
arrancara
la
muñeca
delante
de
toda
la
gente.
Se
sintió
avergonzado
por
lo
que
su
hijo
estaba
haciendo.
Guillermo,
furioso,
los
dejó
en
la
casa
y
se
fue
a
trabajar.
Y
Gabriela
se
acuerda
perfecto
que
esa
noche
estaba
cocinando
cuando
Manuel
aparece
en
la
cocina
con
una
camiseta
roja
que
le
había
sacado
del
closet
a
Gabriela
y
muy
decidido
le
volvió
a
decir:
“Yo
soy
una
nena”.
Y
me
acuerdo
que
le
dije:
“No,
eh,
vos
sos
un
varón.
Pará.
Dame
un
momentito”,
porque
había
sido
un
día
de
mucha
violencia
para
mí.
Gabriela
solo
tenía
la
idea
de
la
transgeneridad
por
un
documental.
Estaba
buscando
especialistas
que
la
ayudaran
a
navegar
esto.
No
había
encontrado
a
nadie
y
todavía
no
estaba
segura
de
qué
pasaba
con
Manuel.
Pero
esa
noche
hubo
algo
que
la
sorprendió.
Me
dijo:
“Soy
una
nena
y
me
llamo
Luana”.
Y
ahí
dejé
de
hacer
todo,
viste,
porque
se
me
congeló
hasta
el
pensamiento.
Y
dije:
“¿Qué?”.
“Soy
una
nena.
Me
llamo
Luana
y
si
vos
no
me
decís
Luana,
mamá,
no
te
voy
a
responder”.
Y
ni
siquiera
sabía
ni
de
dónde
había
sacado
el
nombre,
pero
evidentemente
hasta
ya
tenía
pensado
un
nombre
y
ya
no
quería
que
le
dijera
Manuel.
Y
se
plantó
con
cuatro
años
para
decirme
que
se
había
elegido
su
propio
nombre.
Gabriela
no
supo
qué
decir.
Lo
primero
que
atiné,
viste,
lo
que
atina
cualquier
adulto
cuando
no
tiene
respuesta:
“Andá
a
tu
cuarto.
Después
hablamos”.
Al
día
siguiente
a
Gabriela,
cuando
lo
llamó,
le
salió
decirle
Manuel.
Y
no
me
respondía.
Entonces
al
primer:
“Manuel,
Manuel,
Manuel”,
intenté
con:
“Luana”
y
se
dio
vuelta
y
me
dijo:
«Sí,
mamá».
Desde
que
Manuel
dijo
que
se
llamaba
Luana,
su
mamá,
su
tía
Silvia
y
su
abuela
María
Esther,
empezaron
a
acostumbrarse
de
a
poco
y
a
intentar
nombrarla
por
el
nombre
que
había
elegido.
Le
decían
Lulú,
Lu
y
Luana.
Y
con
esto
—con
solo
esto,
lo
del
nombre—
la
situación
en
casa
comenzó
a
cambiar.
Y
ahí
es
donde
Luana
comenzó
a
dormir.
Ahí
es
donde
dejó
de
tener
pesadillas.
Ahí
es
donde
empezó
a
bajarle
la
tristeza.
Pero
era
recién
el
comienzo
de
un
largo
camino.
Después
de
la
pausa,
Luana
entra
al
jardín
infantil
con
el
nombre
que
ella
misma
había
escogido.
Ya
volvemos.
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Soy
Daniel
Alarcón.
Antes
de
la
pausa,
con
solo
cuatro
años,
Luana
había
logrado
que
en
su
casa
la
aceptaran
y
la
empezaran
a
llamar
por
este
nuevo
nombre,
pero
el
proceso
con
el
jardín
y
con
el
resto
de
la
sociedad
sería
otra
cosa.
Patricia
Serrano
sigue
con
la
historia.
Luana
y
Elías
habían
empezado
el
jardín
a
los
tres
años.
Era
privado
y
quedaba
cerca
de
la
casa.
El
jardín
siempre
había
sido
un
lugar
difícil
para
Luana
porque
quería
vestirse
como
las
demás
nenas.
Se
usaba
uniforme:
las
nenas
con
falda
y
los
nenes
con
pantalón.
Y
desde
que
entró
obviamente
todos
allá
la
reconocían
como
Manuel.
Pero,
desde
un
principio,
Manuel
quería
hacer
cosas
de
niñas.
Por
ejemplo…
Empezó
a
peinar
a
las
nenas.
Era
el
varoncito
que
peinaba
a
las
niñas
del
jardín,
¿no?
Ella
quería
también
una
pollerita
como
usaban
todas
las
niñas
y
a
ella
le
correspondía
el
pantalón
de
uniforme
y
el
pelo
bien
corto.
Y
salía
del
jardín
sufriendo.
Gabriela
no
podía
complacer
a
Luana.
Y
tampoco
podía
ponerle
una
falda
para
ir
al
colegio.
De
a
poquito
y
dentro
de
casa,
Luana
empezaba
a
ser
cada
vez
más
ella.
Para
que
no
se
pusiera
más
trapos
sucios
en
la
cabeza,
le
compraron
una
peluca
de
cotillón.
De
fantasía.
Su
tía
Silvia
le
compró
su
primer
disfraz
de
princesa.
La
princesa
Aurora.
Y
para
el
día
del
niño
accedieron
comprarle
la
muñeca
que
tanto
pedía.
Empezó
a
dormir
con
la
muñeca
y
con
la
peluca.
Dormía
profundo
y
ya
casi
no
había
pesadillas.
Empezó
a
comer
mejor
y
se
le
dejó
de
caer
el
pelo.
Pero
Luana
era
Luana
solo
en
la
casa.
Para
todo
el
jardín,
Luana
era
un
varón.
Y
ante
el
resto
del
mundo
también,
y
llamándose
Manuel.
Esta
disociación,
no
la
podía
sostener.
Venía
corriendo
del
jardín,
entraba
corriendo
y
se
iba
sacando
la
ropa
desde
la
puerta
hasta
entrar
nada
más
que
para
ponerse
el
vestido
de
cotillón
que
tenía,
la
peluca
de
cotillón.
Parecía
como
que
le
quemaba
la
otra
ropa.
Se
agarraba
a
los
pantalones
y
me
decía:
“Esto
me
molesta”.
Gabriela
seguía
buscando
ayuda
profesional
y
estaba
muy
frustrada…
Ya
habíamos
pasado
por
muchos
psicólogos,
por
pediatras,
neurólogos
—dentro
de
lo
que
podíamos—
y
nadie
nos
quería
acompañar.
O
sea,
nadie
quería
acompañar
a
la
mamá
loca
que
decía
que
tenía
una
niña
trans,
cuando
en
este
país
no
se
hablaba
de
la
transgeneridad
en
la
infancia.
No
existía.
Hasta
que,
buscando
en
internet,
su
hermana
Silvia
encontró
el
mail
de
una
psicóloga:
Valeria
Paván.
Era
la
coordinadora
del
área
de
Salud
de
la
Comunidad
Homosexual
Argentina,
la
CHA.
Le
escribieron
y
Valeria
aceptó
recibir
a
Gabriela
en
su
consultorio,
a
unas
pocas
cuadras
de
Plaza
de
Mayo,
en
pleno
centro
de
la
ciudad
de
Buenos
Aires,
a
tres
horas
de
la
casa
de
Gabriela
en
transporte
público.
Gabriela
le
pidió
a
Guillermo
que
la
acompañara
y
fueron
a
verla
una
noche.
Esta
es
Valeria.
Me
contaron
toda
la
historia
y
todo
el
recorrido
que
habían
hecho
durante
esos…
esos
dos
años.
No
me
llamó
tanto
la
atención.
O
sea,
tenía
mucha
experiencia
con
personas
trans.
Para
ese
momento
Valeria
ya
había
acompañado
como
a
200
personas
trans.
Lo
que
le
sorprendía
era
lo
joven
que
era
Luana
y
el
hecho
de
que
los
padres
habían
reconocido
a
su
hija.
Eso
era
extraño.
Por
primera
vez
en
un
montón
de
años
de
recorrido
habíamos
encontrado
a
un
papá
y
una
mamá
que
habían
podido
escuchar
lo
que
esta
nena
estaba
intentando
explicarles.
Le
sorprendió
que
no
se
hubieran
quedado
con
esas
terapias
correctivas
que
les
ordenaron
los
psicólogos
a
los
que
habían
visto.
Que
siguieran
investigando.
Eso
nunca
lo
había
visto.
Gabriela
recuerda
muy
bien
las
palabras
de
Valeria
aquel
día.
La
pregunta
que
les
hizo:
que
qué
iban
a
hacer
si
la
evaluación
confirmaba
que
Luana
era
una
niña
trans.
E
inmediatamente
yo
ya
sabía
qué
hacer.
Lo
que
no
sabía
era
lo
que
iba
a
hacer
su…
su
progenitor.
Para
su
sorpresa,
Guillermo
—el
progenitor,
como
le
dice
Gabriela—
le
dijo
a
la
doctora
que
aceptaría
a
Luana,
tal
como
era.
Terminaron
la
cita
y
quedaron
en
que
iban
a
llevar
a
Luana
para
que
la
conociera.
Gabriela
salió
sintiendo
que
por
fin
había
conocido
a
un
profesional
que
coincidía
con
su
intuición,
que
estaba
dispuesta
a
apoyarla.
Pero
estaba
muy
asustada,
muy
abrumada.
Una
de
las
cosas
que
más
la
angustiaba
era
saber
que
en
Argentina
nunca
había
habido
un
caso
de
una
niña
trans
tan
pequeña.
No
había
un
modelo
a
seguir,
nada.
Teníamos
que
hacerlo
nosotras
y
ser
punta
de
lanza
en
algo
sin
tener
absolutamente
conocimiento
ni
nada.
No
era
fácil,
¿no?¿Y
si
estaba
bien
lo
que
estábamos
haciendo?
¿Y
si
estaba
mal
lo
que
estábamos
haciendo?
¿Y
quién
me
garantizaba
a
que
mi
hija
no
iba
a
sufrir
o
que
no
le
iba
a
pasar
nada?
¿Cómo
iba
a
ser
en
el
jardín?
Tocaba
paso
por
paso.
Valeria
necesitaba
primero
conocer
a
Luana.
Le
dijo
a
Gabriela
que
cuando
llevara
a
Luana
le
dijera
que
llevara
todo
con
lo
que
quisiera
jugar.
Y
Luanita
sola
agarró
una
bolsita
y
en
la
bolsita
puso
su
vestidito
de
cotillón,
estos
de
jugar,
y
la
peluca.
Entonces
cuando
Valeria
la
conoció,
le
abrió
la
puerta
y
ella
entró
corriendo
casi
como
para
que
ni
la
vea.
Se
puso
la
peluca
y
se
puso
la
pollera
y
recién
ahí
se
presentó
como
Luana.
Para
Valeria
fue
claro
desde
el
primer
momento.
Apenas
la
conocí,
no
dudé
inmediatamente
en
consensuar
con…
con
la
familia
y
empezar
a…
a
darle
lo
que
Lulú
nos
pedía.
Se
empezaron
a
ver
una
vez
por
semana.
Y
de
ahí,
bueno,
Luana
encontró
en
Valeria
el
escape,
la
libertad.
Todo
lo
que
ella
necesitaba
se
lo
pedía
a
Valeria
y
sabía
que
Valeria
iba
a
interferir
para…
para
ayudarla.
Un
día
del
2011,
poco
antes
del
día
de
la
madre
—en
Argentina
se
celebra
en
octubre—,
Gabriela
estaba
con
Luana
y
Elías
buscando
algo
de
ropa
para
la
abuela.
Ambos
estaban
vestidos
iguales,
con
pantalones
azules
de
cuadros.
Estaban
en
la
tienda
y,
cuando
Gabriela
se
dio
vuelta,
Luana
se
había
puesto
una
de
las
blusas
del
local.
Que
alarmó
mucho
a
la
chica
que
estaba
vendiéndome,
¿no?
Entonces
le
dije
al
oído
que
le
quedaba
grande.
Y
ahí
tomé
la
decisión
de
que
ya
no
estuviera
disfrazada.
O
sea,
que
Luana
necesitaba
su
propia
ropa,
de
niña.
Ropa
que
le
quedara.
Que
le
gustara.
Lo
que
cualquier
mamá
le
quisiera
dar
a
su
hija.
Pero
para
Gabriela,
esta
decisión
fue
casi
una
revelación.
No,
me
parece
que
la
dignidad
era
lo
último
que
yo
le
podía
negar.
Después
de
comprar
el
regalo
para
la
abuela,
fueron
a
un
local
de
ropa
infantil.
Entonces
entré
con
ellos
dos,
con
esa
vestimenta,
y
le
pedí
al
señor
una
pollera
de
color
lila
que
había
en
la
vidriera.
Entonces
me
dice:
“¿Como
para
quién?”.
Y
le
dije:
“Como
para…”.
Y
la
miraba
a
Luana
y
no
sabía
cómo
explicarle,
decía:
“Como
para
ella”.
Y
el
señor
no
entendía
nada.
Luana
se
puso
la
falda
y
empezó
a
dar
vueltas
dentro
del
local.
Estaba
feliz.
Cuando
llegaron
a
su
casa,
Luana
estaba
ansiosa
por
ponerse
la
falda
y
mostrársela
a
su
abuela.
La
mamá
de
Gabriela,
María
Esther,
vive
justo
enfrente.
Solo
tenían
que
cruzar
la
calle
de
tierra.
Sería
la
primera
vez
que
Luana
saldría
a
la
calle
vestida
como
una
nena.
Y
apenas
abrí
la
puerta
se
fue
para
atrás
y
me
dijo:
“No,
no,
no,
no.
Si
viene
gente,
me
escondo».
Yo
la
agarré
de
la
mano
y
le
dije:
“¿Vos
sos
una
nena
o
sos
un
varón?”.
“Soy
una
nena,
mamá”.
“Bueno,
vamos
a
la
casa
de
la
abuela
y
vamos
a
cruzar
con
la
pollera
porque
vos
sos
una
nena.
Estás
conmigo,
no…
no
tenés
que
tener
vergüenza”.
“¿Y
si
viene
gente?”.
“Y
si
viene
gente,
si
no
le
gusta
que
no
te
miren”.
Se
terminó.
Así
de
simple
era,
al
final
de
cuentas.
Tomar
la
decisión
de
asumir
quién
era.
Así
que
le
agarré
la
mano
a
Elías,
le
agarré
la
mano
de
Luana
con
su
pollerita.
La
remera
era
azul
con
unos
cuadros
y
tenía
su
pollerita,
con
su
pelito
super
cortito.
Y
de
la
mano
agarraditas,
cruzamos
la
calle.
Fue
inmensa
la
calle,
porque
no
se
terminaba
más
(risa).
Creo
que
eran
seis
pasos
y
nos
costó
mucho
atravesar.
Pero
eso
le
dio
la
seguridad
a
Luana.
No
la
paramos
más.
El
mensaje
de
Gabriela
era
claro:
La
aceptación,
la
seguridad.
El
que
pase
lo
que
pase
yo
estoy
acá.
No
importa
lo
que
digan
los
demás.
Si
vos
querés
salir
a
la
calle
vestida
así,
yo
te
apoyo.»
El
tema
era
el
padre.
No
tenía
permiso
mi
hija
para
salir
a
la
calle
así
vestida.
Así
que
las
batallas
que
fuimos
ganando
nos
duraron
muy
poquito
porque
después
nos
abandonó.
Guillermo
se
fue
definitivamente
de
la
casa
en
enero
del
2012,
cuando
Elías
y
Luana
tenían
cuatro
años
y
medio.
Con
el
tiempo
dejaron
de
verlo
por
completo.
Fueron
épocas
muy
difíciles
para
Gabriela
y
sus
hijos.
Pero
Elías
vivía
la
transición
de
Luana
con
naturalidad.
Primero
porque
él
ya
sabía…
sabía
que
su
hermano
quería
una
muñeca.
Sabía
que
su
hermano
era
la
princesa.
Lo
sabía.
Para
él
fue
mucho
más
fácil.
Fue
solamente
cambiar
un
nombre,
nada
más.
Elías
empezó
a
notar
que
Luana
estaba
mejor,
y
si
Luana
dormía
Elías
también.
O
sea,
si
Luana
estaba
en
paz,
estaba
en
paz
toda
la
casa.
Luana
buscaba
la
aprobación
de
su
hermano.
Y
si
se
ponía
un
vestido
o
una
pollera,
lo
que
fuere,
le
decía
a
Elías:
“¿Cómo
estoy,
Elías?”.
Y
Elías
le
decía:
“Estás
hermosa,
Luana”.
O
sea,
todo
el
amor
de
su
hermano
tuvo
siempre.
Poco
a
poco,
Luana
podía
ser
ella
misma,
no
solo
en
su
casa,
sino
también
puertas
afuera.
Pero
el
tema
era
el
jardín
infantil,
donde
todavía
era
Manuel.
Ahí
estaba
obligada
a
vestirse
de
niño,
las
profesoras
la
trataban
como
niño.
Odiaba
ir
al
colegio.
Lloraba
en
la
puerta
que
no
quería
entrar
porque
la
trataban
como
un
varón.
Lo
cual
era
muy
difícil
para
Luana.
Entendió
poco
a
poco
que
lo
que
la
diferenciaba
de
las
niñas
era
sus
genitales.
Y
un
día
Luana…
Se
apareció
desnuda,
había
hundido
su
pene
con
sus
manitos,
con
sus
deditos
chiquititos.
Lo
había
hecho
desaparecer
y
me
dijo:
“Mira,
mamá.
Así
quiero.
Yo
no
quiero
pene
porque
las
niñas
no
tenemos
pene”.
La
abracé.
La
vestí
e
hice
desaparecer
todo
lo
cortante
que
tuviera
a
su
alcance.
Yo
sentí
que
ella
iba
a
cortarse
ese
pene
y
me
desesperé.
Entre
Gabriela
y
Valeria
trataron
de
que
lo
entendiera
de
la
mejor
manera
posible.
Que
notará
que
estas
diferencias
que
a
ella
le
iban
a
pesar,
como
ser
la
única
niña
con
pene
dentro
de
la
escuela,
en
lugar
de
padecerlo
y
decir:
“Ay,
yo
soy
la
única
nena
con
pene”,
es
decirle:
“Qué
maravilloso
que
vos
seas
la
única
nena
con
pene”.
Lo
que
tratamos
de
trabajar
es
que
la
nena
entendiera
que
lo
que
le
estaba
pasando
no
estaba
mal.
Que
ella
pudiera
aceptar
su
cuerpo,
que
era
posible
ser
una
niña
con
pito
y
no
había…
no
había
ningún
problema.
Era
un
acompañamiento
que
iba
más
allá
del
consultorio.
Valeria
había
ido
a
hablar
con
la
directora
y
las
maestras
del
jardín
y
habían
acordado
que
lo
mejor
para
la
nena
era
que
al
año
siguiente
—cuando
volviera
al
jardín,
casi
a
los
cinco—
entrara
como
Luana,
aunque
todos
sus
documentos
de
registro
la
siguieran
identificando
como
varón.
El
uniforme
ahora
sería
una
falda
como
ella
tanto
quería.
Se
había
empezado
a
dejar
crecer
el
pelo
—que
ya
no
se
le
caía—
y
alcanzaba
para
atar
algunos
mechoncitos
con
las
hebillas
que
a
ella
le
gustaban.
Gabriela
se
acuerda
perfecto
de
ese
primer
día
del
jardín,
cuando
la
llevó
como
Luana.
Fuimos
caminando.
Nueve
cuadras
teníamos
casi
para
llegar
al
jardín.
Todo
lo
que
me
pasó
por
la
cabeza.
No
quería
llegar
porque
tenía
tanto
miedo
de
que
alguien
me
dijera
algo.
Pensé
que
ella
se
iba
a
arrepentir,
que
iba
a
tener
vergüenza.
No
sé.
Si
vos
la
hubieras
visto
entrar
con
la
felicidad
que
entró.
Hasta
cantó
el
himno
entero.
Todo.
No
se
percató
o
no
quiso
ver
o
ignoró
todo
lo
que
a
su
alrededor
pasaba,
porque
fue
muy
violento
todo.
Ningún
adulto
se
privó
del
asombro,
del
comentario,
de
decir
lo
que
quisiera.
Se
preguntaban:
¿Dónde
estaba
Manuel?
¿Por
qué
Manuel
iba
vestido
de
mujer?
¿Qué
le
pasaba?
¿Por
qué
le
estábamos
haciendo
esto?
Pero
Luana
entró
al
jardín
con
una
fuerza
inigualable.
Luana
es…
es
increíble.
Esa
fuerza
de
Luana
—la
que
menciona
su
mamá—
no
significó
que
todo
fuera
fácil.
Había
una
violencia
cotidiana,
como
los
comentarios
de
los
padres
del
jardín
o
de
gente
en
la
calle.
Preguntas,
a
veces
mal
intencionadas,
que
la
juzgaban
a
Luana
o
a
Gabriela.
Y
a
veces,
las
cosas
más
simples,
como
ir
a
urgencias
de
una
guardia
médica,
se
hacían
difíciles.
Y
llegar
y
decirle…
darle
el
documento
con
el
carnet
o
solamente
el
documento
y
que
te
diga:
“Bueno,
¿y
Manuel?”.
“Es
ella”.
“No,
Manuel.
Ah,
es
para
la
nena,
no
es
para
Manuel.
Dame
el
documento
de
la
nena”.
“No,
Manuel
es
esta
nena.
Es
una
nena
transgénero”.
No
la
querían
atender
Y
podía
durar
media
hora
discutiendo
con
la
recepcionista
y
explicándole
toda
la
situación.
Se
acuerda
de
una
vez
que
a
Luana
le
dio
una
fiebre
alta,
la
llevó
y…
El
médico
empezó
a
llamar
delante
de
toda
la
gente
en
la
sala:
“Manuel,
Manuel”.
Y
recuerdo
que
Luana
entró,
le
golpeó
el
escritorio
con
la
mano
y
le
dijo:
“Yo
me
llamo
Luana.
No
me
llamo
Manuel”.
La
dificultad
de
que
los
atendieran
se
repitió
varias
veces.
Era
tal
el
desgaste
de
tener
que
explicar
que
una
vez
Gabriela
pensó
en
una
solución
para
que
le
pusieran
una
vacuna
a
su
hija.
Lo
único
que
le
dije
—y
que
me
arrepiento
y
no
lo
volví
a
hacer
nunca
más—
es
decirle
a
Luana:
“Te
podés
poner
la
ropa
de
Elías?
Así
vamos
te
das
la
vacuna
y
nos
volvemos”.
Y
no
lo
quiso
hacer.
Me
dijo:
“No,
yo
no
voy”…
La
criatura
era
la
coherente
en
esta
historia,
no
los
adultos.
E
inmediatamente
entendí
le
dije:
“Tenés
razón,
tenés
razón.
Cómo
te
voy
a
pedir
que
te
vistas
con
la
ropa
de
tu
hermano
para
que
un
médico
te
atienda
con
respeto
y
como
corresponde
y
te
den
las
vacunas
que
tenés
que
tener”.
En
el
jardín,
a
pesar
de
que
habían
aceptado
formalmente
la
transición
de
Luana,
no
ayudaron
mucho
más
allá.
No
nos
permitieron
hablar
con
las
familias.
O
sea
que
cada
cual
armó
la
historia
que
quiso
en
su
cabeza
y
eso
era
muy
violento
para
Luana.
Había
niños
que
le
pegaban.
Todo
esto
coincidió
con
que
el
papá
de
los
niños
dejó
de
pagar
la
manutención,
la
cobertura
médica
y
el
jardín.
Gabriela,
además,
no
tenía
trabajo.
Su
mamá
empezó
a
ayudarle
a
pagar
la
luz,
el
gas,
a
comprar
la
comida.
Se
pusieron
a
trabajar
en
el
patio
de
la
casa.
A
subirme
a
una
bicicleta
y
repartir
pizzas
y
empanadas.
Y
para
Luana
fue
bastante
fuerte
porque
ella
al
principio
entendía
que
su
papá
se
había
ido
porque
ella
era
transgénero.
Y
eso
nos
encargamos
con
Valeria
de…
de
que
lo
tuviera
bien
en
claro,
¿no?
De
que
no,
de
que
el
papá
no
se
había
ido
porque
ella
era
trans,
sino
que
papá
se
iba
y
no
solo
abandonaba
a
Luana
sino
que
abandonaba
a
Elías
también.
Eran
sus
hijos.
Por
la
falta
de
dinero,
tuvo
que
cambiarlos
a
una
escuela
del
Estado,
donde
a
Luana
ya
la
conocieron
como
a
una
nena
trans.
Pero
en
su
documento
seguía
llamándose
Manuel.
La
esperanza
para
que
fuera
llamada
por
su
nombre
en
todos
lados
llegó
en
el
2012.
En
Argentina
fue
recibida
con
júbilo
la
aprobación
por
parte
del
Senado
de
la
Ley
de
Identidad
de
Género.
La
nueva
legislación
permite
que
las
personas
cambien
de
género
y
nombre
sin
la
aprobación
del
juez
o
médico.
La
ley
de
identidad
de
género,
permite
que
las
personas
trans
sean
inscritas
en
sus
documentos
personales
con
el
nombre
y
el
género
autopercibido,
sin
necesidad
de
un
proceso
judicial
ni
de
patologizar
su
condición.
O
sea
les
permite
rectificar
la
partida
de
nacimiento
y
tener
un
nuevo
DNI.
Ahora
Luana
tenía
la
oportunidad
de
ser
quien
era
también
en
el
aspecto
legal.
La
ley
cuenta
con
un
artículo
para
el
caso
de
menores
de
18
años,
como
ella.
Ambos
progenitores
o
representantes
legales
del
menor
tienen
que
dar
su
consentimiento.
Y
el
menor,
con
su
abogado,
también.
Gabriela
siguió
cada
paso
para
lograrlo.
El
fiscalizador
de
la
Comunidad
Homosexual
Argentina
se
encargó
de
encontrar
a
Guillermo
y
lograron
que
fuera
el
día
en
que
iban
a
llenar
el
formulario
para
el
DNI
de
Luana.
El
asesor
de
menores
nos
dijo
que…
que
nadie
iba
a
firmar
un
DNI
así
para
Luana,
que
era
muy
chiquitita.
Luanita
tenía
cinco
años
nada
más.
Porque
muy
seguramente
este
funcionario
nunca
se
imaginó
que
un
menor
tan
pequeño
iba
a
querer
el
cambio
de
identidad.
Era
el
primer
caso
en
todo
el
país.
Así
que
lo
negaron.
Gabriela
estaba
enojada,
pero…
No
me
quedé
con
esa
negativa.
No
podía
seguir
llevándola
a
una
guardia
con
el
riesgo
de
que
no
le
atiendan.
Necesitábamos
el
DNI.
Y
me
paré
frente
a
la
Casa
Rosada.
La
casa
presidencial.
Y
decidí
escribirle
una
carta
a
la
Presidencia
de
la
Nación.
Cristina
Fernández
de
Kirchner
¿Qué
yo,
viste?
Con
una
esperanza.
No
sé.
Yo
necesitaba
que
alguien
me
escuchara.
Junto
a
Valeria
Paván
decidieron
que
el
pedido
sería
más
contundente
si
el
caso
llegaba
también
a
los
medios
de
comunicación.
Aunque
aquello,
claro,
implicaba
riesgos.
Diseñaron
una
estrategia
para
proteger
la
identidad
de
Luana.
El
caso
salió
por
primera
vez
el
28
de
junio
de
2013
en
el
diario
Página
12.
El
artículo
lo
firmaba
Mariana
Carbajal,
una
periodista
que
sigue
de
cerca
los
temas
de
género,
y
se
tituló
«Lo
que
devuelve
el
espejo».
La
foto
que
ilustraba
la
nota
mostraba
a
Luana
jugando
en
su
habitación
pero
no
se
veía
su
cara.
Tampoco
la
de
Gabriela
ni
Elías.
La
historia
fue
replicada
enseguida
por
otros
medios.
Se
convirtió
en
una
noticia
nacional,
tema
de
debate
en
las
casas
y
en
los
programas
de
televisión.
A
parece
realmente
terrorífico,
terrorífico.
¿Desde
cuándo
un
nene
de
dos
años
le
va
a
dar
órdenes
a
la
madre?
Porque
así
como
le
podría
haber
dicho
que
quería
ser
princesa,
le
podría
haber
dicho
que
quería
irse
a
vivir
a
la
luna.
¿Y
qué?
¿La
madre
iba
a
ir
a
la
NASA
para
llevarlo
a
la
luna?
Es
evidente
que
hay
un
deseo
de
la
madre
desde
que
nació
para
que
Lulú
fuera
mujer.
La
mamá
tiene
mellizos
y
a
lo
mejor
tiene
dos
varones
y
quería
tener
un
varón
y
una
nena
y
psicológicamente
uno
puede
ir
formando
a
sus
hijos
a
medida
de
los
mensajes
que
les
transmite.
¿Vos
decís
que
puede
haber
habido
una
manipulación?
La
mamá
quería
una
nena.
Y
consiguió
la
nena
del
nene.
Está
claro
como
uno
más
uno.
No
faltaron
los
profesionales
que
se
sentaron
en
los
medios
de
comunicación
y
en
los
noticieros
para
decir
que
yo
estaba
esquizofrénica.
Me
diagnosticaron
como
psicótica.
Decían
que
tenía
el
síndrome
de
Munchausen
y
que
podía
llegar
hasta
matar
a
sus
hijos.
Personas
que
ni
siquiera
me
habían
visto
ni
me
habían
oído.
Ni
me
conocían,
ni
conocían
a
Luana.
Lo
que
se
cuestionaba,
principalmente,
era
la
temprana
edad
en
el
cambio
de
género
de
Luana.
Pero
para
Valeria
eso
nunca
fue
un
problema.
La
verdad
es
que
la
toma
de
conciencia
puede
ser
en
cualquier
momento
de
la
vida.
A
me
parece
bien
que
se
respete
una
construcción
identitaria
temprana.
La
identidad
tiene
que
ver
con
el
yo.
El
yo
se
forma
muy
temprano
en
la
infancia
y
sabemos
que
todos
los
intentos
de
cambiar
o
de
corregir
la
autopercepción
de
las
personas
trans
lo
que
ha
conseguido
es
la
destrucción
de
la
persona.
Fueron
días
difíciles
para
Gabriela.
Pero
también
felices
porque
por
primera
vez
se
estaba
hablando
de
infancias
trans
en
Argentina
y
con
tanta
presencia
mediática
comenzaron
a
pasar
cosas
buenas.
El
Instituto
Nacional
contra
la
Discriminación,
la
Xenofobia
y
el
Racismo
convocó
a
Gabriela
para
apoyarla
en
el
pedido
del
DNI.
También
la
Secretaría
Nacional
de
Niñez,
Adolescencia
y
Familia.
Pero
no
era
suficiente.
Escribió
una
carta
al
Gobernador
de
la
Provincia
de
Buenos
Aires,
donde
debía
rectificarse
el
DNI
de
Luana.
En
los
medios
no
se
hablaba
de
otra
cosa.
Gabriela
estaba
abrumada
y
tenía
miedo
de
que
Elías
o
Luana
escucharan
lo
que
decían
de
su
familia,
así
que
un
día
apagó
el
televisor
y
el
teléfono
y
se
los
llevó
a
patinar
a
una
plaza.
Necesitaba
desconectarse.
Y
al
volver…
Tenía
como
cuatro
o
cinco
mensajes
del
ministro.
Del
ministro
de
jefatura
de
gabinete
de
la
provincia
de
Buenos
Aires,
Alberto
Pérez.
Gabriela
llamó
de
vuelta
y
le
dijeron
que
querían
comunicarle…
Que
iban
a
rectificarle
la
partida
de
nacimiento
de
Luana
y
que
Luana
iba
a
tener
su
DNI.
Y
que
me
esperaban
al
día
siguiente
en
la
Casa
de
Gobierno
de
La
Plata.
Yo
recuerdo
que
colgué
el
teléfono
y
empecé
a
los
gritos.
Y
lo
único
que
le
gritaba
a
Luana
era:
“¡Lo
lograste,
Luana!
¡Lo
lograste!
¡Lo
logramos!
¡Lo
logramos,
Luana,
vas
a
tener
tu
DNI!”.
O
sea
que
valió
la
pena
todo
el
dolor,
la
violencia,
lo
que
aguanté,
el
esfuerzo.
Todo
había
valido
la
pena.
El
Gobierno
de
la
Provincia
de
Buenos
Aires
había
decidido
rectificar
la
partida
de
Luana
y
también
había
decidido
que
quería
hacer
un
acto
público
para
anunciarlo.
Querían
que
Gabriela
recibiera
el
documento
de
Luana
enfrente
de
las
cámaras.
Habría
medios
nacionales
e
internacionales.
Era
un
hecho
sin
precedentes.
Luana
se
convertiría
en
la
persona
más
pequeña
en
el
mundo
en
conseguir
un
nuevo
documento
acorde
a
su
identidad
de
género.
Gabriela
dudó
mucho
antes
de
decidir
enfrentarse
a
las
cámaras.
Desde
que
se
había
hecho
pública
la
historia
escuchaba
cosas
horribles.
Y
hasta
ahora
no
se
conocía
su
rostro,
seguía
siendo
anónima.
Las
redes
sociales
explotaban
con
“Maten
al
puto”,
“Al
putito
y
a
la
madre»,
“La
madre
merece
un
tiro
en
la
cabeza”,
“Hay
que
darle
una
buena
paliza
para
que
sea
macho”.
Era…
era
tremendo.
Gabriela
discutió
con
su
mamá
y
sus
hermanos
cuál
era
la
mejor
alternativa.
Pensaron
en
escribir
una
carta
en
nombre
de
la
familia
para
que
la
leyera
otra
persona
en
el
acto…
Pero,
por
otro
lado,
¿qué
le
enseñaba
yo
a
mi
hija,
no?
Tanta
lucha,
tanto
que
atravesamos,
tantos
años.
Tanto
dolor.
Y
este
era
el
único
gran
logro
que
estábamos
teniendo
y
qué
le
iba
a
enseñar.
Que…
¿quién
iba
a
recibir
ese
documento?
Que
es
la
dignidad
de
Luana,
de
mi
hija.
A
pesar
de
todo
el
miedo
que
sentía
tomó
la
decisión.
Voy
a
ir
y
voy
a
demostrarle
que
de
cara
al
mundo
estoy
orgullosa
de
ella
y
que
no
hay
nada
de
malo.
Porque
también
entendí
que
quizá
no
yendo
seguimos
ocultando,
¿no?
El
9
de
octubre
de
2013,
cuando
Luana
tenía
6
años,
el
ministro
hizo
entrega
oficial
del
documento
a
Gabriela.
Para
nosotros
es…
primero
en
lo
personal,
una
emoción,
porque
lo
que
significa
para
vos,
para
la
nena
y
para
tu
familia.
Y
como
funcionarios
seguir
poniendo
en
vigencia
nuevos
derechos,
que
por
suerte
día
a
día
tenemos
en
nuestro
país.
Gabriela
casi
no
podía
hablar
de
la
emoción.
Como
pudo,
dijo
ante
las
cámaras:
Este
DNI
es
de
Luana.
Está
firmado
por
Luana
y
tiene
la
foto
de
Luana.
Esta
lucha
es
de
ella.
Yo
solamente
la
acompañé
y
la
escuché
en
el
momento
en
que
ella
quería
que
la
escuchara.
La
noticia
se
escuchó
en
toda
la
Argentina
y
en
todo
el
mundo.
Ese
día,
Luana
se
convirtió
en
la
primer
menor
trans
en
el
mundo
en
ser
reconocida
por
el
Estado.
Todos
los
medios
buscaban
a
Gabriela,
pero
decidió
no
hablar.
Ya
había
dicho
lo
importante.
Uno
de
esos
días
salió
con
sus
hijos
a
tomar
el
colectivo
y
se
le
perdió
el
celular.
Ahí
tenía
las
fotos
de
la
entrega
del
DNI
de
Luana.
Gabriela
se
desesperó.
No
solo
por
la
pérdida
sino
porque
pensó
que
si
alguien
encontraba
el
teléfono,
veía
las
fotos
y
la
reconocía,
las
imágenes
no
tardarían
en
aparecer
en
internet.
Y
la
identidad
de
Luana
quedaría
develada.
Entonces
fue
a
la
comisaría
del
barrio
a
hacer
la
denuncia.
Y
no
se
imaginó
la
violencia
a
la
que
iba
a
tener
que
enfrentarse.
Cuando
le
contó
toda
la
historia
al
que
la
atendió,
todo
lo
de
Luana,
el
DNI
y
las
fotos,
el
oficial…
Se
recuesta
sobre
su
silla,
y
ya
como
que
el
clima
empezó
empezó
a
cambiar,
¿no?
Yo
sentí
la
agresión
en
ese
momento,
la
violencia
de
ese
señor
en
ese
momento,
porque
me
dijo:
“Qué
barbaridad”.
Que
él
jamás
permitiría
que
su
hija
fuera
a
la
misma
escuela
que
la
mía
porque
en
el
baño
su
hija
corría
peligro
junto
con
Luana.
Me
pregunto
si
se
le
iba
a
parar,
si
yo
pensaba
en
el
futuro
a
mi
hija
se
le
iba
a
parar
el
pene.
Gabriela
se
acostumbraría
a
escuchar
este
tipo
de
preguntas
y
aprendería
a
responderlas
con
sarcasmo.
Al
final
no
pasó
nada
con
el
celular
perdido.
Luego,
cuando
Gabriela
se
hizo
activista
y
figura
pública,
tendría
que
lidiar
con
personas
como
ese
agente
de
la
policía.
Porque
cuando
la
conocen
a
Luana
están
pensando
qué
hace
Luana
con
su
pene.
Eso
no
debería
importarle
a
nadie.
Solo
a
Luana.
Mientras
entrevistamos
a
Gabriela
en
el
comedor
de
su
casa
se
escuchan
de
vez
en
cuando
las
voces
de
Luana
y
Elías
jugando
en
su
pieza
al
Fortnite,
el
videojuego
del
momento.
Gabriela
los
llama,
para
que
saluden.
Son
flaquitos,
de
la
misma
estatura
y
los
mismos
ojos
negros
inmensos.
Luana
tiene
el
pelo
largo
hasta
la
cintura,
negro
y
brillante.
Elías
el
pelo
cortito.
Luana
saluda
con
sonrisa
grande
de
oreja
a
oreja.
Sabe
que
somos
periodistas
y
que
vamos
a
contar
su
historia.
Elías
parece
tímido.
Los
dos
se
van
corriendo
a
la
casa
de
su
abuela,
enfrente.
Y
ahora
la
calle
ya
no
les
parece
tan
grande.
A
pesar
de
que
en
Argentina
no
existen
cifras
oficiales
ni
informes
estadísticos
sobre
la
situación
de
las
personas
trans,
algunas
organizaciones
de
derechos
humanos
han
hecho
sus
propias
encuestas
para
conocer
la
realidad
de
la
violencia
contra
esta
población.
Según
el
informe
del
2015
de
la
Comisión
Interamericana
de
Derechos
Humanos,
en
Latinoamérica,
la
expectativa
de
vida
de
una
persona
trans
no
es
mayor
a
35
años
y
una
de
las
mayores
causas
de
muerte
es
el
asesinato.
En
estos
años,
Gabriela
se
ha
transformado
por
completo.
Se
volvió
militante
y
referente
de
las
infancias
trans.
Desde
que
se
hizo
pública
su
historia,
empezó
a
recibir
cientos
de
consultas
de
familias
que
estaban
atravesando
una
situación
similar
a
la
de
Luana.
Fundó
«Infancias
Libres»
una
Asociación
Civil
para
apoyar
a
esta
comunidad.
También
ha
publicado
un
libro
sobre
su
experiencia.
Se
titula
Yo
nena,
yo
princesa.
Luana,
la
niña
que
eligió
su
propio
nombre.
Tiene
10
reimpresiones.
El
final
de
ese
libro
dice
así.
Deseo
que
seas
feliz,
que
lo
sigas
intentando,
que
nunca
te
rindas,
que
jamás
des
un
paso
atrás,
que
logres
ser
fuerte,
que
te
sientas
libre,
que
te
quieras
mucho
y
que
sigas
siendo
un
ser
tan
lleno
de
luz,
porque
el
camino
es
oscuro
y
sos
vos
quien
lo
va
a
iluminar.
Te
amo,
mamá”.
Aneris
Casassus
y
Patricia
Serrano
son
periodistas
y
viven
en
Buenos
Aires.
Esta
historia
fue
editada
por
Camila
Segura,
Victoria
Estrada
y
por
mí.
La
música
y
el
diseño
de
sonido
son
de
Andrés
Azpiri.
Andrea
López
Cruzado
hizo
el
fact-checking.
El
resto
del
equipo
de
Radio
Ambulante
incluye
a
Lisette
Arévalo,
Gabriela
Brenes,
Jorge
Caraballo,
Miranda
Mazariegos,
Rémy
Lozano,
Patrick
Moseley,
Laura
Rojas
Aponte,
Barbara
Sawhill,
Luis
Trelles,
David
Trujillo,
Elsa
Liliana
Ulloa,
Luis
Fernando
Vargas
y
Joseph
Zárate.
Carolina
Guerrero
es
la
CEO.
Radio
Ambulante
se
produce
y
se
mezcla
en
el
programa
Hindenburg
PRO.
Ambulantes,
el
viernes
publicaremos
un
episodio
extra
para
complementar
la
historia
que
acaban
de
escuchar.
Hablamos
con
oyentes
de
Radio
Ambulante
que
no
se
identifican
con
las
categorías
tradicionales
de
género.
Sus
testimonios
revelan
lo
que
significa
ser
una
persona
trans
en
Latinoamérica.
Estén
pendientes.
Radio
Ambulante
cuenta
las
historias
de
América
Latina.
Soy
Daniel
Alarcón.
Gracias
por
escuchar.
En
el
siguiente
episodio
de
Radio
Ambulante.
Alberto
Fujimori
tenía
una
idea
ambiciosa…
Como
era
un
avión
privado,
este
avión
privado
entra
a
un
hangar
privado.
Y
en
ese
momento
el
personal
de
Migraciones
envía
a
un
funcionario
al
hangar
a
registrar
a
las
personas.
Cuando
vuelve
a
su
sitio,
ingresa
los
nombres
al
sistema
es
que
sale
la
alerta
de
Interpol.
Dejar
el
exilio
en
Japón
y
regresar
al
Perú.
Pero
su
estadía
en
Chile
comenzaría
una
aventura
inesperadaSu
historia,
la
próxima
semana.
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Si usas Radio Ambulante para mejorar tu español, este mensaje es para ti. Sabemos que muchos de ustedes se apoyan en las transcripciones que tenemos en nuestra página web. Y bueno, funciona: leen, ponen pausa, leen, ponen pausa, etcétera, etcétera. Ok, pero para ustedes tenemos algo mejor: nuestra nueva app para los estudiantes de español. Se llama Lupa. Ok, aquí el episodio. Bienvenidos a Radio Ambulante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Bueno, mi nombre es Gabriela Mansilla. Tengo 45 años. Gabriela es de Merlo, una ciudad a unos 50 minutos de Buenos Aires. y la historia de hoy empieza hace unos diez años, en el barrio donde vivía con su pareja y sus dos hijos mellizos, Manuel y Elías. Sí, me acuerdo tal cual porque enfrente… ¿ves como mi casa con rejas?… Enfrente había una nena. En esa época sus hijos —que tenían un poco menos de dos años— estaban aprendiendo a caminar y Gabriela se acuerda que uno de ellos —Manuel— hacía algo curioso, algo que Elías no. Le cogía la mano y… Me llevaba hasta la reja y me señalaba la nena de enfrente. Lo hacía muchas veces. Todo el tiempo. Y yo le decía: “La nena, sí, qué linda nena”. A Gabriela le llamaba la atención que Manuel insistiera tanto con esa nena, pero igual en ese momento lo único que se le ocurría era… “Tiene novia. Le gusta”. ¡Mirá vos! “Le gusta la nena que está enfrente. Mirá, le encanta la nena. Está pendiente de esa nena”. Guau. Unos meses después, cuando Manuel ya empezaba a decir algunas palabras, estaban otra vez delante de la reja, viendo a la niña, cuando Manuel dijo algo, casi balbuceando. “A… a… a… Yo, nena. Yo, princesa”. En ese momento Gabriela no le dio importancia. No le presté atención. Qué sé yo, pasó por… como un juego. Y quedó… quedó como si me hubiera dicho cualquier otra cosa. Pasaría un buen tiempo antes de que Gabriela entendiera esa frase de su hijo. El significado cambiaría la dinámica familiar y cambiaría a Gabriela misma, forzándola a enfrentar sus prejuicios más profundos. Las periodistas argentinas Aneris Casassus y Patricia Serrano investigaron esta historia. Aquí Aneris. Vamos a volver a la escena que describió Daniel en un rato, pero primero queremos contar cómo es Gabriela, su vida. Era un martes feriado en Argentina cuando llegamos a la casa de Gabriela en Merlo. Gabriela vive en un barrio de calles de tierra y casas bajas, un barrio silencioso donde se escucha el ladrido de los perros y el canto de los pájaros. Un barrio donde todos los vecinos se conocen. A mediados de los 2000, Gabriela tenía 32 años. Era dueña de un local en el que vendía artículos de limpieza. Todos los días caminaba las 20 cuadras desde su casa y no tenía mayores planes en mente. Eh y no. No tenía una proyección a futuro. Viste que hay gente que dice: “Bueno, voy a hacer tal cosa”. No, lo mío era sobrevivir. No había terminado la secundaria. No tenía un título ni una profesión. Ni nada de qué agarrarme para decir: “Bueno, mirá, me proyecto”. Nunca había deseado ser mamá. No lo había sentido. No tenía la necesidad. No quería. Consideraba que el ser mamá llevaba mucha responsabilidad, mucho tiempo de mi vida, ¿no? Y tenía que estar totalmente dispuesta a hacerlo. Y no. No, no estaba dispuesta en absoluto. De hecho, Gabriela estaba tan segura de que ser madre sería un trabajo a tiempo completo que había terminado una relación por eso. Su pareja de entonces quería hijos, pero ella no se sentía lista. Así que tomaron caminos distintos. Pero todo cambió en 2006 cuando conoció a Guillermo. Fue muy mágico, ¿no? Fue muy loco porque apenas lo conocí, a las semanas, empecé a tener la necesidad de ser mamá. Fue una sensación, un sentimiento que me empezó a nacer y, eh, y sentí también que iba a ser con esa persona. Poco después quedó embarazada. Fue una felicidad inmensa. El tema fue cuando me hice la primera ecografía y me dijeron que eran dos. Me… me agarró como un pánico, ¿no? Enterarme que eran dos. Me peleé con el ecógrafo. No le creí. Me levanté y me fui. Me agarró así como un ataque de llanto. No sabía cómo iba a enfrentar un embarazo gemelar. No. No podía. No. Fue mucha angustia la que me generó saber que iban a ser dos bebés. Era demasiado para ella: hacía poco tiempo pensaba que no iba a ser madre nunca y ahora estaba embarazada de mellizos. Para colmo, no iba a ser un embarazo fácil. Primero me dijeron que estaban en sacos diferentes, que no eran gemelos. Eso tiene un nombre bastante técnico: se le dice embarazo gemelar monocorial biamniótico, que significa… Que están en distintos sacos como cualquier par de mellizos, pero tenían una sola placenta como los gemelos, ¿no? Era como un embarazo… ya era un embarazo atípico. Pero cuando, al cuarto mes, en una nueva ecografía se enteró el sexo de los bebés… Y ahí, sí, la ecógrafa me dijo: “Vas a tener dos varones”. Primero que me puse recontra feliz porque yo no quería mujeres, porque yo lo había pasado muy mal como niña, ¿no? Con estas desigualdades de género que hay, imagináte 30 años atrás. Apenas salieron de la ecografía, mientras caminaban a su casa, decidieron los nombres: Manuel y Elías Federico. Y enseguida Gabriela empezó a imaginarse cómo sería todo. Tenía un mundo para un varón: pelota de fútbol, celeste, pantalón, novias, muchas. Uno sería electricista, el otro mecánico. Irían juntos a una escuela técnica y serían amigos inseparables. Esos sueños ayudaron a Gabriela a transitar su embarazo, que no fue para nada fácil. Le tenían que poner inyecciones constantemente, tomar medicina y estar acostada prácticamente todo el tiempo pues tenía una constante amenaza de aborto. La mayor parte del tiempo la pasó sola, en la cama, imaginando a sus bebés. Su pareja trabajaba todo el día, su madre y sus hermanos también. A su hermana Silvia se le habían muerto dos bebés por una enfermedad de coagulación que no le habían detectado y Gabriela tenía miedo de que fuera genético, por eso no quiso preparar nada. No compré ropita. No tenía un bolso armado. La verdad es que hasta que no los viera vivos acá en mi casa conmigo, no preparé absolutamente nada, viste. Tenía ese miedo de que les pasara algo. Pero que tuviera miedo no significaba que no siguiera imaginándolos. Me los imaginé y no solo me los imaginé sino que les fui preparando —porque al tener tantos meses de reposo absoluto— les preparé dos cuadernos, uno a cada uno, proyectando… sí puse mucho amor en proyectar, no mi vida, sino la de ellos. Y desde ese momento ya empecé a darles fuerza para… para que puedan vivir. Aunque el parto fue antes de tiempo y de urgencia, todo salió bien. Los mellizos nacieron por cesárea a las 35 semanas de gestación, el 3 de julio de 2007. Los llevaron a incubadoras a neonatología pero se recuperaron pronto y a los nueves días ya estaban en casa. Pero la vuelta a casa no fue nada fácil. Su pareja estaba muy ausente. Supongo que desbordó. No asumió esa paternidad. A los, qué sé yo, al menos de un mes de vida empezó a abandonarnos. A decir que no podía. Se iba. Tardaba tres, cuatro días en volver. Tratamos de hablar con Guillermo para saber su versión de los eventos, pero no fue posible localizarlo. Las cosas entre Gabriela y Guillermo empeoraban cada vez más. Él trabajaba todo el día y cuando estaba en casa se la pasaban peleando. Y después de una pelea, él se iba por días de la casa. Por su embarazo complicado Gabriela había cerrado el local así que no tenía más ingresos y dependía de lo que su pareja le daba. Si él se iba, se iban los pañales, se iba la leche. No me quedaba otra que ir a buscarlo. O aguantarse o disculpar el maltrato que muchas veces le daba. Su familia entera trabajaba y solo podían ir un rato de visita. Se sentía sola y abrumada. Solo podía pensar un día a la vez. ¿Viste esa frase de “me desviví”? Es verdad. Porque dejé mi vida de lado. Dejé de ser Gabriela. Fui mamá. “Mamá de”. Mamá de Manuel y mamá de Elías. Y no fui otra cosa que no sea eso. Fue mucho más difícil de lo que…. de lo…de cualquier cosa que pudiera imaginar. Además de tener que hacer sola los malabares normales entre los dos bebés, había uno —Manuel— que lloraba todo el tiempo. Y ella no podía hacer que parara de llorar, de ninguna manera. Era incansable. No terminaba nunca de llorar. Me… me consumía la atención, ¿no? La demanda era increíble. Pero, bueno, pensé que tenía un bebé de una manera y otro bebé de otra. Es lo más común, para mí. Pero ya para… para el año se acentuó muchísimo. Había algo en particular que llamaba la atención de Manuel. Tenía ojos tristes. Todas las personas se daban cuenta que tenía ojos tristes. Y al año y medio se le empezó a caer el pelo, ¿no? Tenía agujeros en la cabeza, cuatro —me acuerdo— cuatro agujeros del tamaño de una moneda de 50 centavos. Y a eso se le sumó las pesadillas, digo pesadillas porque eran gritos desgarradores. El miedo de Gabriela era que estuviera enfermo, porque era evidente que algo estaba mal. Sobre todo comparado con Elías que era muy tranquilo. Se notaba mucho la diferencia. Mi mamá venía y me decía, “algo le pasa algo”. Era… viste, cuando no podés descifrar pero está tan evidente que algo le estaba pasando. Consultó con el pediatra y lo mandaron a un neurólogo infantil. Le hicieron exámenes, pero nada. Por un lado, fue un alivio saber que no tenía nada, pero al mismo tiempo seguía con la angustia de no tener explicación de lo que le estaba pasando a su hijo. Por lo de la caída del pelo, Gabriela lo llevó a lo de una dermatóloga. Que me preguntó si había muerto alguien en la familia, me acuerdo. Me hizo un montón de preguntas: si yo me había mudado, si me había separado o si me peleaba con el padre, si… Y es que al parecer no había ninguna otra explicación de lo que le estaba pasando, más que la emocional. Porque es que además de lo del pelo, del constante llanto, de las pesadillas, Manuel… Empezó a pegarse… los enojos, ¿no? Porque se agarraba de los barrotes de la cuna para pegarse la cabeza contra los barrotes de la cuna. Cuando la dermatóloga le dijo que era emocional Gabriela no entendía. ¿Cómo emocional al año y medio? Ahí me agarró un… Dije: “Se le va a caer el pelo, no sé. Va a quedar pelado si repite de año, ¿no?”. Qué sé yo. Cualquier situación que le pase se le va a caer el pelo de esta manera. Dije: “No, no puede ser”. La situación con Manuel empezó a afectar a todos, pero a Elías especialmente. Tenía mucho miedo. Yo me acuerdo que Elías ante los gritos se quedaba quietito. Cuando fue creciendo se tapaba la cabeza con la sábana. Era muy incómodo para Elías. Empezó a entristecerse Elías también, porque acá había una criatura que estaba pidiendo auxilio a gritos y… y nos afectó a todos, a todos como familia. Y nadie sabía cómo ayudarlo. Todo fue llanto y crisis hasta que Manuel pudo empezar a hablar, cuando tenía 20 meses. Fue ahí cuando agarró a su mamá de la mano, la llevó hasta la reja, señaló a la vecinita de enfrente y le dijo esa frase que ya escuchamos. “A… a… a… Yo, nena. Yo, princesa”. Y es que a pesar de que en ese momento Gabriela no le dio importancia, el tema se volvió recurrente. Se lo decía varias veces. Antes de los tres años, Manuel empezó a vestirse solo. Cuando nacieron los mellizos, Gabriela y Guillermo habían pintado la pieza de celeste y casi toda su ropa también era azul o celeste. Así que Manuel se las arregló para encontrar otros colores en el closet de su mamá. Allí buscaba desesperadamente camisetas y faldas. Se estaba poniendo mis remeras para simular que tenía vestido. Se ponía a bailar frente al televisor —viendo la Bella y la Bestia— y bailaba como Bella en la película y a veces le pedía a su hermano Elías que bailara con ella como el príncipe. Parecía obsesionado con la ropa. Una vez le pidió una falda a Gabriela —o pollera, como decimos en Argentina— y ella se la prestó. Recuerdo que se la até con una colita del pelo y no se la quiso sacar más. Quería dormir con esa pollera y cada vez que se la ponía venía se asomaba y me decía que era una nena, que era una princesa. También estaba obsesionado con el pelo. Se ponía el trapo de piso que Gabriela acababa de usar para limpiar la casa en la cabeza para simular que tenía pelo largo. Los juguetes también eran un tema. Teníamos meses de haberle regalado juguetes que nunca usó. Que, al contrario, que le regalabas un camión y se ponía a llorar. Tenía crisis. Jugaba con unos peluches que tenía nada más. Entonces, Gabriela —una mamá preocupada por el bienestar de su hijo— comenzó a sacar sus conclusiones. Tenía un varón sumamente afeminado que me manifestaba querer tener ropa del género opuesto. Solamente creí que podía llegar a ser gay. A Gabriela le parecía desconcertante pero accedía a lo que le pidiera Manuel. Lo hacía por su hijo. Para Guillermo, la idea de que uno de sus hijos fuera gay era inaceptable. Su papá no quería un hijo puto tampoco, ¿no? La violencia que ejercía ya con la presencia, ¿viste? el machismo puro y la sensibilidad extrema que tenía Manuel en ese momento, que buscaba la aceptación de su papá todo el tiempo. Todo el tiempo. Gabriela decidió consultar con una psicóloga para entender por qué su hijo quería ser una nena. Esta psicóloga tenía un punto de vista muy claro al respecto: intentó corregir y reafirmar la masculinidad de Manuel. Que me prohibió que viera películas de Disney. Que me dijo que todo lo que estuviera a su alcance que fuera de niña, ¿no?, de lo que esta cultura se presenta para el género femenino, se lo quitará. Incluso le pidió a Gabriela que le pusiera llave a su habitación, para que Manuel ya no tuviera acceso a su ropa. Hoy Gabriela siente que haber acatado el tratamiento que le propusieron fue lo más difícil que tuvo que hacer como mamá. Ella intentaba cumplir pensando que hacían lo mejor para su hijo, pero a Gabriela se le partía el alma. Cuando veía que Manuel se había escabullido para ponerse una remera de su mamá —siguiendo el consejo de la psicóloga— tenía que quitársela. Yo sentía que en lugar de sacarle la remera, le arrancaba la piel. Era muy doloroso ver cómo esta criatura sufría por una remera. Un domingo por la noche sonó el teléfono en la casa de Gabriela. Era el 2010 y los mellizos tenían tres años. La que llamaba era su hermana Silvia. Le dijo que prendiera la tele y pusiera el canal del National Geographic. Que lo pusiera ya mismo. Que estaban dando un documental. Que lo mirara. Que más tarde hablaban. Gabriela y Guillermo encendieron el televisor. Manuel y Elías dormían. Nos pusimos a mirar el documental y ahí había una niña que tenía 8 años, que decía… Hi, my name is Josie. My birthday is April sixteen. I’m a girl and I have a penis. Me llamo Josie Romero. Tengo ocho años. Soy una niña y tengo pene. Y hablaba la mamá. Hablaba el papá. Mostraban a la niña. Contaban todo esto que le estaba sucediendo. Y era como si estuvieran contando lo que nos pasaba a nosotros acá en mi casa. La disconformidad constante, el llanto, la angustia, el vestirse con… con ropas del género opuesto y todo lo que venía haciendo Manuel. Era una niña transgénero. Era la primera vez que Gabriela escuchaba esa palabra. La sensación era como de caer en un precipicio, ¿viste? El vacío, en el estómago. El darte cuenta de que la palabra transgénero era lo que nos había hecho falta en toda esta historia. Entonces poder entender o vislumbrar o decir, bueno, quizás es esto lo que le está pasando. Guillermo se echó a llorar y salió a fumar. Gabriela, por su parte, sintió alivio: lo que le pasaba a su hijo tal vez tenía un nombre. Pero también sintió culpa. Recordaba el tratamiento que le había recomendado la psicóloga —lo de prohibirle películas de Disney, colores femeninos, la ropa— y si su hijo era transgénero —esta palabra y concepto tan nuevo para ella— lo que le había hecho le parecía cruel. Y yo necesité ir a pedirle perdón, porque no la había entendido. Le acaricié su pelito. Cuando la vi dormir, estaba dormidita, me senté en su cama y le pedí perdón porque realmente yo la había escuchado pero no había entendido que era lo que me había querido decir cuando me dijo: “Yo nena, yo princesa». Y le prometí que ahí iba a hacer todo lo posible, si ella quería ser una princesa, yo la iba a ayudar a ser la princesa más hermosa de todo el mundo. Lo que más quería Gabriela en el mundo era ayudar a Manuel pero no sabía cómo. Estaba realmente perdida. Ahora tenía algunas cosas claras, eso sí, que su hijo Manuel… No era un varón, que no era gay, que no estaba enfermo. Nada de eso. O sea, era una niña trans. Por lo menos ya sabía de qué agarrarme. Lo primero que hizo fue entrar a Google y buscar información en internet, pero solo encontraba casos de Estados Unidos. No había nada sobre “niños trans” en Argentina. Imprimió lo que consiguió y fue subrayando aquellas cosas que se enumeraban en los artículos y que también le pasaban a Manuel. Fue a la psicóloga con toda esta información y, para su sorpresa, la psicóloga negó todo. Le dijo que eso era mentira, que las niñas transgénero no existían. Además… Hizo hincapié en qué me pasaba a mí como mamá. Qué pasaba en mi casa que… que mi hijo varón decía que era una nena. Me responsabilizó de absolutamente todo. No entendió. No sabía. Empezó a buscar otros psicólogos y médicos para llevar a Manuel y todos sostenían lo mismo. Gabriela otra vez sentía la frustración de no encontrar una respuesta o a alguien que la ayudara a manejar la situación. Mientras buscaba ayuda las cosas en su familia seguían complicándose. Especialmente con su pareja. Se acuerda muy bien de un día específico. Era el 31 de julio de 2011, los mellizos acababan de cumplir 4 años y fue con ellos y con Guillermo a la casa de una amiga que acababa de tener una niña. La bebé tenía una muñeca con pelito de lana color rosa y sin saber cómo, Manuel se metió en la cuna de la bebé. Y apareció delante de todos nosotros con la muñeca en la mano, diciendo que quería una muñeca. Y eso llevó a que el progenitor estallara en violencia, le arrancara la muñeca delante de toda la gente. Se sintió avergonzado por lo que su hijo estaba haciendo. Guillermo, furioso, los dejó en la casa y se fue a trabajar. Y Gabriela se acuerda perfecto que esa noche estaba cocinando cuando Manuel aparece en la cocina con una camiseta roja que le había sacado del closet a Gabriela y muy decidido le volvió a decir: “Yo soy una nena”. Y me acuerdo que le dije: “No, eh, vos sos un varón. Pará. Dame un momentito”, porque había sido un día de mucha violencia para mí. Gabriela solo tenía la idea de la transgeneridad por un documental. Estaba buscando especialistas que la ayudaran a navegar esto. No había encontrado a nadie y todavía no estaba segura de qué pasaba con Manuel. Pero esa noche hubo algo que la sorprendió. Me dijo: “Soy una nena y me llamo Luana”. Y ahí dejé de hacer todo, viste, porque se me congeló hasta el pensamiento. Y dije: “¿Qué?”. “Soy una nena. Me llamo Luana y si vos no me decís Luana, mamá, no te voy a responder”. Y ni siquiera sabía ni de dónde había sacado el nombre, pero evidentemente hasta ya tenía pensado un nombre y ya no quería que le dijera Manuel. Y se plantó con cuatro años para decirme que se había elegido su propio nombre. Gabriela no supo qué decir. Lo primero que atiné, viste, lo que atina cualquier adulto cuando no tiene respuesta: “Andá a tu cuarto. Después hablamos”. Al día siguiente a Gabriela, cuando lo llamó, le salió decirle Manuel. Y no me respondía. Entonces al primer: “Manuel, Manuel, Manuel”, intenté con: “Luana” y se dio vuelta y me dijo: «Sí, mamá». Desde que Manuel dijo que se llamaba Luana, su mamá, su tía Silvia y su abuela María Esther, empezaron a acostumbrarse de a poco y a intentar nombrarla por el nombre que había elegido. Le decían Lulú, Lu y Luana. Y con esto —con solo esto, lo del nombre— la situación en casa comenzó a cambiar. Y ahí es donde Luana comenzó a dormir. Ahí es donde dejó de tener pesadillas. Ahí es donde empezó a bajarle la tristeza. Pero era recién el comienzo de un largo camino. Después de la pausa, Luana entra al jardín infantil con el nombre que ella misma había escogido. Ya volvemos. NPR y este mensaje son patrocinados por EveryAction. EveryAction es una plataforma moderna y fácil de usar, diseñada para que las organizaciones sin ánimo de lucro manejen en un solo lugar todas sus relaciones. Desarrollada por profesionales de ONGs, EveryAction permite recaudar fondos en línea y en persona, así como potenciar campañas de activismo, programas de voluntariado y gestión de becas. Más de 15 mil organizaciones confían en EveryAction, entre ellas la National Audubon Society. Visita EveryAction.com/NPR para más información. Si quieres entender mejor cómo funciona la economía, escucha The Indicator de NPR. Ahí te cuentan historias fascinantes sobre cómo funcionan las cosas en tan solo 10 minutos. Por ejemplo, cómo engañarte a ti mismo para que puedas pagar tus deudas estudiantiles más rápido. O por qué cada vez más obreros están firmando cláusulas de no competencia en sus trabajos. The Indicator desde NPR. Escúchalo todos los días. Este podcast y el siguiente mensaje son patrocinados por la nueva serie de HBO, “His Dark Materials”, basada en la aclamada trilogía del autor Philip Pullman. Acompaña a Lyra en su búsqueda para encontrar a su amigo secuestrado, una aventura que la llevará a descubrir un plan siniestro de una organización secreta, hallar seres extraordinarios y proteger secretos peligrosos. Protagonizada por Dafne Keen, Ruth Wilson y Lin-Manuel Miranda. No te pierdas “His Dark Materials” los lunes a las 9 p. m. solo en HBO. Ya sea que hablemos de las protestas de atletas, la prohibición de que los musulmanes ingresen al país, la violencia con armas de fuego, la reforma educativa o la música que te está dando vida en este momento… La raza es el subtexto de gran parte de la historia estadounidense. Y en Code Switch, de NPR, ese subtexto se vuelve texto. Suscríbete y escucha todos los miércoles. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa, con solo cuatro años, Luana había logrado que en su casa la aceptaran y la empezaran a llamar por este nuevo nombre, pero el proceso con el jardín y con el resto de la sociedad sería otra cosa. Patricia Serrano sigue con la historia. Luana y Elías habían empezado el jardín a los tres años. Era privado y quedaba cerca de la casa. El jardín siempre había sido un lugar difícil para Luana porque quería vestirse como las demás nenas. Se usaba uniforme: las nenas con falda y los nenes con pantalón. Y desde que entró obviamente todos allá la reconocían como Manuel. Pero, desde un principio, Manuel quería hacer cosas de niñas. Por ejemplo… Empezó a peinar a las nenas. Era el varoncito que peinaba a las niñas del jardín, ¿no? Ella quería también una pollerita como usaban todas las niñas y a ella le correspondía el pantalón de uniforme y el pelo bien corto. Y salía del jardín sufriendo. Gabriela no podía complacer a Luana. Y tampoco podía ponerle una falda para ir al colegio. De a poquito y dentro de casa, Luana empezaba a ser cada vez más ella. Para que no se pusiera más trapos sucios en la cabeza, le compraron una peluca de cotillón. De fantasía. Su tía Silvia le compró su primer disfraz de princesa. La princesa Aurora. Y para el día del niño accedieron comprarle la muñeca que tanto pedía. Empezó a dormir con la muñeca y con la peluca. Dormía profundo y ya casi no había pesadillas. Empezó a comer mejor y se le dejó de caer el pelo. Pero Luana era Luana solo en la casa. Para todo el jardín, Luana era un varón. Y ante el resto del mundo también, y llamándose Manuel. Esta disociación, no la podía sostener. Venía corriendo del jardín, entraba corriendo y se iba sacando la ropa desde la puerta hasta entrar nada más que para ponerse el vestido de cotillón que tenía, la peluca de cotillón. Parecía como que le quemaba la otra ropa. Se agarraba a los pantalones y me decía: “Esto me molesta”. Gabriela seguía buscando ayuda profesional y estaba muy frustrada… Ya habíamos pasado por muchos psicólogos, por pediatras, neurólogos —dentro de lo que podíamos— y nadie nos quería acompañar. O sea, nadie quería acompañar a la mamá loca que decía que tenía una niña trans, cuando en este país no se hablaba de la transgeneridad en la infancia. No existía. Hasta que, buscando en internet, su hermana Silvia encontró el mail de una psicóloga: Valeria Paván. Era la coordinadora del área de Salud de la Comunidad Homosexual Argentina, la CHA. Le escribieron y Valeria aceptó recibir a Gabriela en su consultorio, a unas pocas cuadras de Plaza de Mayo, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, a tres horas de la casa de Gabriela en transporte público. Gabriela le pidió a Guillermo que la acompañara y fueron a verla una noche. Esta es Valeria. Me contaron toda la historia y todo el recorrido que habían hecho durante esos… esos dos años. No me llamó tanto la atención. O sea, tenía mucha experiencia con personas trans. Para ese momento Valeria ya había acompañado como a 200 personas trans. Lo que sí le sorprendía era lo joven que era Luana y el hecho de que los padres habían reconocido a su hija. Eso sí era extraño. Por primera vez en un montón de años de recorrido habíamos encontrado a un papá y una mamá que habían podido escuchar lo que esta nena estaba intentando explicarles. Le sorprendió que no se hubieran quedado con esas terapias correctivas que les ordenaron los psicólogos a los que habían visto. Que siguieran investigando. Eso nunca lo había visto. Gabriela recuerda muy bien las palabras de Valeria aquel día. La pregunta que les hizo: que qué iban a hacer si la evaluación confirmaba que Luana era una niña trans. E inmediatamente yo ya sabía qué hacer. Lo que no sabía era lo que iba a hacer su… su progenitor. Para su sorpresa, Guillermo —el progenitor, como le dice Gabriela— le dijo a la doctora que sí aceptaría a Luana, tal como era. Terminaron la cita y quedaron en que iban a llevar a Luana para que la conociera. Gabriela salió sintiendo que por fin había conocido a un profesional que coincidía con su intuición, que estaba dispuesta a apoyarla. Pero estaba muy asustada, muy abrumada. Una de las cosas que más la angustiaba era saber que en Argentina nunca había habido un caso de una niña trans tan pequeña. No había un modelo a seguir, nada. Teníamos que hacerlo nosotras y ser punta de lanza en algo sin tener absolutamente conocimiento ni nada. No era fácil, ¿no?¿Y si estaba bien lo que estábamos haciendo? ¿Y si estaba mal lo que estábamos haciendo? ¿Y quién me garantizaba a mí que mi hija no iba a sufrir o que no le iba a pasar nada? ¿Cómo iba a ser en el jardín? Tocaba paso por paso. Valeria necesitaba primero conocer a Luana. Le dijo a Gabriela que cuando llevara a Luana le dijera que llevara todo con lo que quisiera jugar. Y Luanita sola agarró una bolsita y en la bolsita puso su vestidito de cotillón, estos de jugar, y la peluca. Entonces cuando Valeria la conoció, le abrió la puerta y ella entró corriendo casi como para que ni la vea. Se puso la peluca y se puso la pollera y recién ahí se presentó como Luana. Para Valeria fue claro desde el primer momento. Apenas la conocí, no dudé inmediatamente en consensuar con… con la familia y empezar a… a darle lo que Lulú nos pedía. Se empezaron a ver una vez por semana. Y de ahí, bueno, Luana encontró en Valeria el escape, la libertad. Todo lo que ella necesitaba se lo pedía a Valeria y sabía que Valeria iba a interferir para… para ayudarla. Un día del 2011, poco antes del día de la madre —en Argentina se celebra en octubre—, Gabriela estaba con Luana y Elías buscando algo de ropa para la abuela. Ambos estaban vestidos iguales, con pantalones azules de cuadros. Estaban en la tienda y, cuando Gabriela se dio vuelta, Luana se había puesto una de las blusas del local. Que alarmó mucho a la chica que estaba vendiéndome, ¿no? Entonces le dije al oído que le quedaba grande. Y ahí tomé la decisión de que ya no estuviera disfrazada. O sea, que Luana necesitaba su propia ropa, de niña. Ropa que le quedara. Que le gustara. Lo que cualquier mamá le quisiera dar a su hija. Pero para Gabriela, esta decisión fue casi una revelación. No, me parece que la dignidad era lo último que yo le podía negar. Después de comprar el regalo para la abuela, fueron a un local de ropa infantil. Entonces entré con ellos dos, con esa vestimenta, y le pedí al señor una pollera de color lila que había en la vidriera. Entonces me dice: “¿Como para quién?”. Y le dije: “Como para…”. Y la miraba a Luana y no sabía cómo explicarle, decía: “Como para ella”. Y el señor no entendía nada. Luana se puso la falda y empezó a dar vueltas dentro del local. Estaba feliz. Cuando llegaron a su casa, Luana estaba ansiosa por ponerse la falda y mostrársela a su abuela. La mamá de Gabriela, María Esther, vive justo enfrente. Solo tenían que cruzar la calle de tierra. Sería la primera vez que Luana saldría a la calle vestida como una nena. Y apenas abrí la puerta se fue para atrás y me dijo: “No, no, no, no. Si viene gente, me escondo». Yo la agarré de la mano y le dije: “¿Vos sos una nena o sos un varón?”. “Soy una nena, mamá”. “Bueno, vamos a la casa de la abuela y vamos a cruzar con la pollera porque vos sos una nena. Estás conmigo, no… no tenés que tener vergüenza”. “¿Y si viene gente?”. “Y si viene gente, si no le gusta que no te miren”. Se terminó. Así de simple era, al final de cuentas. Tomar la decisión de asumir quién era. Así que le agarré la mano a Elías, le agarré la mano de Luana con su pollerita. La remera era azul con unos cuadros y tenía su pollerita, con su pelito super cortito. Y de la mano agarraditas, cruzamos la calle. Fue inmensa la calle, porque no se terminaba más (risa). Creo que eran seis pasos y nos costó mucho atravesar. Pero eso le dio la seguridad a Luana. No la paramos más. El mensaje de Gabriela era claro: La aceptación, la seguridad. El que pase lo que pase yo estoy acá. No importa lo que digan los demás. Si vos querés salir a la calle vestida así, yo te apoyo.» El tema era el padre. No tenía permiso mi hija para salir a la calle así vestida. Así que las batallas que fuimos ganando nos duraron muy poquito porque después nos abandonó. Guillermo se fue definitivamente de la casa en enero del 2012, cuando Elías y Luana tenían cuatro años y medio. Con el tiempo dejaron de verlo por completo. Fueron épocas muy difíciles para Gabriela y sus hijos. Pero Elías vivía la transición de Luana con naturalidad. Primero porque él ya sabía… sabía que su hermano quería una muñeca. Sabía que su hermano era la princesa. Lo sabía. Para él fue mucho más fácil. Fue solamente cambiar un nombre, nada más. Elías empezó a notar que Luana estaba mejor, y si Luana dormía Elías también. O sea, si Luana estaba en paz, estaba en paz toda la casa. Luana buscaba la aprobación de su hermano. Y si se ponía un vestido o una pollera, lo que fuere, le decía a Elías: “¿Cómo estoy, Elías?”. Y Elías le decía: “Estás hermosa, Luana”. O sea, todo el amor de su hermano tuvo siempre. Poco a poco, Luana podía ser ella misma, no solo en su casa, sino también puertas afuera. Pero el tema era el jardín infantil, donde todavía era Manuel. Ahí estaba obligada a vestirse de niño, las profesoras la trataban como niño. Odiaba ir al colegio. Lloraba en la puerta que no quería entrar porque la trataban como un varón. Lo cual era muy difícil para Luana. Entendió poco a poco que lo que la diferenciaba de las niñas era sus genitales. Y un día Luana… Se apareció desnuda, había hundido su pene con sus manitos, con sus deditos chiquititos. Lo había hecho desaparecer y me dijo: “Mira, mamá. Así quiero. Yo no quiero pene porque las niñas no tenemos pene”. La abracé. La vestí e hice desaparecer todo lo cortante que tuviera a su alcance. Yo sentí que ella iba a cortarse ese pene y me desesperé. Entre Gabriela y Valeria trataron de que lo entendiera de la mejor manera posible. Que notará que estas diferencias que a ella le iban a pesar, como ser la única niña con pene dentro de la escuela, en lugar de padecerlo y decir: “Ay, yo soy la única nena con pene”, es decirle: “Qué maravilloso que vos seas la única nena con pene”. Lo que tratamos de trabajar es que la nena entendiera que lo que le estaba pasando no estaba mal. Que ella pudiera aceptar su cuerpo, que era posible ser una niña con pito y no había… no había ningún problema. Era un acompañamiento que iba más allá del consultorio. Valeria había ido a hablar con la directora y las maestras del jardín y habían acordado que lo mejor para la nena era que al año siguiente —cuando volviera al jardín, casi a los cinco— entrara como Luana, aunque todos sus documentos de registro la siguieran identificando como varón. El uniforme ahora sería una falda como ella tanto quería. Se había empezado a dejar crecer el pelo —que ya no se le caía— y alcanzaba para atar algunos mechoncitos con las hebillas que a ella le gustaban. Gabriela se acuerda perfecto de ese primer día del jardín, cuando la llevó como Luana. Fuimos caminando. Nueve cuadras teníamos casi para llegar al jardín. Todo lo que me pasó por la cabeza. No quería llegar porque tenía tanto miedo de que alguien me dijera algo. Pensé que ella se iba a arrepentir, que iba a tener vergüenza. No sé. Si vos la hubieras visto entrar con la felicidad que entró. Hasta cantó el himno entero. Todo. No se percató o no quiso ver o ignoró todo lo que a su alrededor pasaba, porque fue muy violento todo. Ningún adulto se privó del asombro, del comentario, de decir lo que quisiera. Se preguntaban: ¿Dónde estaba Manuel? ¿Por qué Manuel iba vestido de mujer? ¿Qué le pasaba? ¿Por qué le estábamos haciendo esto? Pero Luana entró al jardín con una fuerza inigualable. Luana es… es increíble. Esa fuerza de Luana —la que menciona su mamá— no significó que todo fuera fácil. Había una violencia cotidiana, como los comentarios de los padres del jardín o de gente en la calle. Preguntas, a veces mal intencionadas, que la juzgaban a Luana o a Gabriela. Y a veces, las cosas más simples, como ir a urgencias de una guardia médica, se hacían difíciles. Y llegar y decirle… darle el documento con el carnet o solamente el documento y que te diga: “Bueno, ¿y Manuel?”. “Es ella”. “No, Manuel. Ah, es para la nena, no es para Manuel. Dame el documento de la nena”. “No, Manuel es esta nena. Es una nena transgénero”. No la querían atender Y podía durar media hora discutiendo con la recepcionista y explicándole toda la situación. Se acuerda de una vez que a Luana le dio una fiebre alta, la llevó y… El médico empezó a llamar delante de toda la gente en la sala: “Manuel, Manuel”. Y recuerdo que Luana entró, le golpeó el escritorio con la mano y le dijo: “Yo me llamo Luana. No me llamo Manuel”. La dificultad de que los atendieran se repitió varias veces. Era tal el desgaste de tener que explicar que una vez Gabriela pensó en una solución para que le pusieran una vacuna a su hija. Lo único que le dije —y que me arrepiento y no lo volví a hacer nunca más— es decirle a Luana: “Te podés poner la ropa de Elías? Así vamos te das la vacuna y nos volvemos”. Y no lo quiso hacer. Me dijo: “No, yo no voy”… La criatura era la coherente en esta historia, no los adultos. E inmediatamente entendí le dije: “Tenés razón, tenés razón. Cómo te voy a pedir que te vistas con la ropa de tu hermano para que un médico te atienda con respeto y como corresponde y te den las vacunas que tenés que tener”. En el jardín, a pesar de que habían aceptado formalmente la transición de Luana, no ayudaron mucho más allá. No nos permitieron hablar con las familias. O sea que cada cual armó la historia que quiso en su cabeza y eso era muy violento para Luana. Había niños que le pegaban. Todo esto coincidió con que el papá de los niños dejó de pagar la manutención, la cobertura médica y el jardín. Gabriela, además, no tenía trabajo. Su mamá empezó a ayudarle a pagar la luz, el gas, a comprar la comida. Se pusieron a trabajar en el patio de la casa. A subirme a una bicicleta y repartir pizzas y empanadas. Y para Luana fue bastante fuerte porque ella al principio entendía que su papá se había ido porque ella era transgénero. Y eso nos encargamos con Valeria de… de que lo tuviera bien en claro, ¿no? De que no, de que el papá no se había ido porque ella era trans, sino que papá se iba y no solo abandonaba a Luana sino que abandonaba a Elías también. Eran sus hijos. Por la falta de dinero, tuvo que cambiarlos a una escuela del Estado, donde a Luana ya la conocieron como a una nena trans. Pero en su documento seguía llamándose Manuel. La esperanza para que fuera llamada por su nombre en todos lados llegó en el 2012. En Argentina fue recibida con júbilo la aprobación por parte del Senado de la Ley de Identidad de Género. La nueva legislación permite que las personas cambien de género y nombre sin la aprobación del juez o médico. La ley de identidad de género, permite que las personas trans sean inscritas en sus documentos personales con el nombre y el género autopercibido, sin necesidad de un proceso judicial ni de patologizar su condición. O sea les permite rectificar la partida de nacimiento y tener un nuevo DNI. Ahora Luana tenía la oportunidad de ser quien era también en el aspecto legal. La ley cuenta con un artículo para el caso de menores de 18 años, como ella. Ambos progenitores o representantes legales del menor tienen que dar su consentimiento. Y el menor, con su abogado, también. Gabriela siguió cada paso para lograrlo. El fiscalizador de la Comunidad Homosexual Argentina se encargó de encontrar a Guillermo y lograron que fuera el día en que iban a llenar el formulario para el DNI de Luana. El asesor de menores nos dijo que… que nadie iba a firmar un DNI así para Luana, que era muy chiquitita. Luanita tenía cinco años nada más. Porque muy seguramente este funcionario nunca se imaginó que un menor tan pequeño iba a querer el cambio de identidad. Era el primer caso en todo el país. Así que lo negaron. Gabriela estaba enojada, pero… No me quedé con esa negativa. No podía seguir llevándola a una guardia con el riesgo de que no le atiendan. Necesitábamos el DNI. Y me paré frente a la Casa Rosada. La casa presidencial. Y decidí escribirle una carta a la Presidencia de la Nación. Cristina Fernández de Kirchner ¿Qué sé yo, viste? Con una esperanza. No sé. Yo necesitaba que alguien me escuchara. Junto a Valeria Paván decidieron que el pedido sería más contundente si el caso llegaba también a los medios de comunicación. Aunque aquello, claro, implicaba riesgos. Diseñaron una estrategia para proteger la identidad de Luana. El caso salió por primera vez el 28 de junio de 2013 en el diario Página 12. El artículo lo firmaba Mariana Carbajal, una periodista que sigue de cerca los temas de género, y se tituló «Lo que devuelve el espejo». La foto que ilustraba la nota mostraba a Luana jugando en su habitación pero no se veía su cara. Tampoco la de Gabriela ni Elías. La historia fue replicada enseguida por otros medios. Se convirtió en una noticia nacional, tema de debate en las casas y en los programas de televisión. A mí parece realmente terrorífico, terrorífico. ¿Desde cuándo un nene de dos años le va a dar órdenes a la madre? Porque así como le podría haber dicho que quería ser princesa, le podría haber dicho que quería irse a vivir a la luna. ¿Y qué? ¿La madre iba a ir a la NASA para llevarlo a la luna? Es evidente que hay un deseo de la madre desde que nació para que Lulú fuera mujer. La mamá tiene mellizos y a lo mejor tiene dos varones y quería tener un varón y una nena y psicológicamente uno puede ir formando a sus hijos a medida de los mensajes que les transmite. ¿Vos decís que puede haber habido una manipulación? Sí La mamá quería una nena. Y consiguió la nena del nene. Está claro como uno más uno. No faltaron los profesionales que se sentaron en los medios de comunicación y en los noticieros para decir que yo estaba esquizofrénica. Me diagnosticaron como psicótica. Decían que tenía el síndrome de Munchausen y que podía llegar hasta matar a sus hijos. Personas que ni siquiera me habían visto ni me habían oído. Ni me conocían, ni conocían a Luana. Lo que se cuestionaba, principalmente, era la temprana edad en el cambio de género de Luana. Pero para Valeria eso nunca fue un problema. La verdad es que la toma de conciencia puede ser en cualquier momento de la vida. A mí me parece bien que se respete una construcción identitaria temprana. La identidad tiene que ver con el yo. El yo se forma muy temprano en la infancia y sabemos que todos los intentos de cambiar o de corregir la autopercepción de las personas trans lo que ha conseguido es la destrucción de la persona. Fueron días difíciles para Gabriela. Pero también felices porque por primera vez se estaba hablando de infancias trans en Argentina y con tanta presencia mediática comenzaron a pasar cosas buenas. El Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo convocó a Gabriela para apoyarla en el pedido del DNI. También la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia. Pero no era suficiente. Escribió una carta al Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, donde debía rectificarse el DNI de Luana. En los medios no se hablaba de otra cosa. Gabriela estaba abrumada y tenía miedo de que Elías o Luana escucharan lo que decían de su familia, así que un día apagó el televisor y el teléfono y se los llevó a patinar a una plaza. Necesitaba desconectarse. Y al volver… Tenía como cuatro o cinco mensajes del ministro. Del ministro de jefatura de gabinete de la provincia de Buenos Aires, Alberto Pérez. Gabriela llamó de vuelta y le dijeron que querían comunicarle… Que iban a rectificarle la partida de nacimiento de Luana y que Luana iba a tener su DNI. Y que me esperaban al día siguiente en la Casa de Gobierno de La Plata. Yo recuerdo que colgué el teléfono y empecé a los gritos. Y lo único que le gritaba a Luana era: “¡Lo lograste, Luana! ¡Lo lograste! ¡Lo logramos! ¡Lo logramos, Luana, vas a tener tu DNI!”. O sea que valió la pena todo el dolor, la violencia, lo que aguanté, el esfuerzo. Todo había valido la pena. El Gobierno de la Provincia de Buenos Aires había decidido rectificar la partida de Luana y también había decidido que quería hacer un acto público para anunciarlo. Querían que Gabriela recibiera el documento de Luana enfrente de las cámaras. Habría medios nacionales e internacionales. Era un hecho sin precedentes. Luana se convertiría en la persona más pequeña en el mundo en conseguir un nuevo documento acorde a su identidad de género. Gabriela dudó mucho antes de decidir enfrentarse a las cámaras. Desde que se había hecho pública la historia escuchaba cosas horribles. Y hasta ahora no se conocía su rostro, seguía siendo anónima. Las redes sociales explotaban con “Maten al puto”, “Al putito y a la madre», “La madre merece un tiro en la cabeza”, “Hay que darle una buena paliza para que sea macho”. Era… era tremendo. Gabriela discutió con su mamá y sus hermanos cuál era la mejor alternativa. Pensaron en escribir una carta en nombre de la familia para que la leyera otra persona en el acto… Pero, por otro lado, ¿qué le enseñaba yo a mi hija, no? Tanta lucha, tanto que atravesamos, tantos años. Tanto dolor. Y este era el único gran logro que estábamos teniendo y qué le iba a enseñar. Que… ¿quién iba a recibir ese documento? Que es la dignidad de Luana, de mi hija. A pesar de todo el miedo que sentía tomó la decisión. Voy a ir y voy a demostrarle que de cara al mundo estoy orgullosa de ella y que no hay nada de malo. Porque también entendí que quizá no yendo seguimos ocultando, ¿no? El 9 de octubre de 2013, cuando Luana tenía 6 años, el ministro hizo entrega oficial del documento a Gabriela. Para nosotros es… primero en lo personal, una emoción, porque sé lo que significa para vos, para la nena y para tu familia. Y como funcionarios seguir poniendo en vigencia nuevos derechos, que por suerte día a día tenemos en nuestro país. Gabriela casi no podía hablar de la emoción. Como pudo, dijo ante las cámaras: Este DNI es de Luana. Está firmado por Luana y tiene la foto de Luana. Esta lucha es de ella. Yo solamente la acompañé y la escuché en el momento en que ella quería que la escuchara. La noticia se escuchó en toda la Argentina y en todo el mundo. Ese día, Luana se convirtió en la primer menor trans en el mundo en ser reconocida por el Estado. Todos los medios buscaban a Gabriela, pero decidió no hablar. Ya había dicho lo importante. Uno de esos días salió con sus hijos a tomar el colectivo y se le perdió el celular. Ahí tenía las fotos de la entrega del DNI de Luana. Gabriela se desesperó. No solo por la pérdida sino porque pensó que si alguien encontraba el teléfono, veía las fotos y la reconocía, las imágenes no tardarían en aparecer en internet. Y la identidad de Luana quedaría develada. Entonces fue a la comisaría del barrio a hacer la denuncia. Y no se imaginó la violencia a la que iba a tener que enfrentarse. Cuando le contó toda la historia al que la atendió, todo lo de Luana, el DNI y las fotos, el oficial… Se recuesta sobre su silla, y ya como que el clima empezó empezó a cambiar, ¿no? Yo sentí la agresión en ese momento, la violencia de ese señor en ese momento, porque me dijo: “Qué barbaridad”. Que él jamás permitiría que su hija fuera a la misma escuela que la mía porque en el baño su hija corría peligro junto con Luana. Me pregunto si se le iba a parar, si yo pensaba en el futuro a mi hija se le iba a parar el pene. Gabriela se acostumbraría a escuchar este tipo de preguntas y aprendería a responderlas con sarcasmo. Al final no pasó nada con el celular perdido. Luego, cuando Gabriela se hizo activista y figura pública, tendría que lidiar con personas como ese agente de la policía. Porque cuando la conocen a Luana están pensando qué hace Luana con su pene. Eso no debería importarle a nadie. Solo a Luana. Mientras entrevistamos a Gabriela en el comedor de su casa se escuchan de vez en cuando las voces de Luana y Elías jugando en su pieza al Fortnite, el videojuego del momento. Gabriela los llama, para que saluden. Son flaquitos, de la misma estatura y los mismos ojos negros inmensos. Luana tiene el pelo largo hasta la cintura, negro y brillante. Elías el pelo cortito. Luana saluda con sonrisa grande de oreja a oreja. Sabe que somos periodistas y que vamos a contar su historia. Elías parece tímido. Los dos se van corriendo a la casa de su abuela, enfrente. Y ahora la calle ya no les parece tan grande. A pesar de que en Argentina no existen cifras oficiales ni informes estadísticos sobre la situación de las personas trans, algunas organizaciones de derechos humanos han hecho sus propias encuestas para conocer la realidad de la violencia contra esta población. Según el informe del 2015 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en Latinoamérica, la expectativa de vida de una persona trans no es mayor a 35 años y una de las mayores causas de muerte es el asesinato. En estos años, Gabriela se ha transformado por completo. Se volvió militante y referente de las infancias trans. Desde que se hizo pública su historia, empezó a recibir cientos de consultas de familias que estaban atravesando una situación similar a la de Luana. Fundó «Infancias Libres» una Asociación Civil para apoyar a esta comunidad. También ha publicado un libro sobre su experiencia. Se titula Yo nena, yo princesa. Luana, la niña que eligió su propio nombre. Tiene 10 reimpresiones. El final de ese libro dice así. Deseo que seas feliz, que lo sigas intentando, que nunca te rindas, que jamás des un paso atrás, que logres ser fuerte, que te sientas libre, que te quieras mucho y que sigas siendo un ser tan lleno de luz, porque el camino es oscuro y sos vos quien lo va a iluminar. Te amo, mamá”. Aneris Casassus y Patricia Serrano son periodistas y viven en Buenos Aires. Esta historia fue editada por Camila Segura, Victoria Estrada y por mí. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri. Andrea López Cruzado hizo el fact-checking. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Lisette Arévalo, Gabriela Brenes, Jorge Caraballo, Miranda Mazariegos, Rémy Lozano, Patrick Moseley, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, Luis Trelles, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas y Joseph Zárate. Carolina Guerrero es la CEO. Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO. Ambulantes, el viernes publicaremos un episodio extra para complementar la historia que acaban de escuchar. Hablamos con oyentes de Radio Ambulante que no se identifican con las categorías tradicionales de género. Sus testimonios revelan lo que significa ser una persona trans en Latinoamérica. Estén pendientes. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar. En el siguiente episodio de Radio Ambulante. Alberto Fujimori tenía una idea ambiciosa… Como era un avión privado, este avión privado entra a un hangar privado. Y en ese momento el personal de Migraciones envía a un funcionario al hangar a registrar a las personas. Cuando vuelve a su sitio, ingresa los nombres al sistema es que sale la alerta de Interpol. Dejar el exilio en Japón y regresar al Perú. Pero su estadía en Chile comenzaría una aventura inesperadaSu historia, la próxima semana.

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